—Nde cuñá porá. Che-r-ayhub-i, esto es: tú eres mujer bonita. Ámame.
Adiestrada luego por él en la pronunciación, casi me obligaba a decir y yo decía riendo:
—Nde-hayhú, o sea: te amo.
Él en seguida se ponía contentísimo, me miraba con unos ojos muy dulces y con un mirar muy intenso y fijo, y aseguraba que toda su ventura se cifraba en ser mio-hayhú-bae, o, como si dijéramos, mi amante. Con esto me reía yo mucho más: me reía como una loca: y, para excitarle más por la contradicción, añadía:
—Hijo mío, todo eso está muy bien: tus vocablos guaraníes son musicales y sonoros, pero yo no veo por dónde han de ser más expresivos ni más eficaces que los correspondientes vocablos castellanos.
D. Pepito entonces procuraba realzar y fortificar la eficacia de sus vocablos; y en su entusiasmo filológico, sin maliciosa premeditación, apelaba a la mímica.
—Modérese usted, tenía yo que decirle, y advierta que con ese auxilio no hay idioma que no sea tan eficaz y expresivo como el guaraní. Con ese auxilio hasta sin hablar se expresa cualquiera con primor, claridad y eficacia. Lo malo está en que yo no acepto ese lenguaje auxiliar, y menos aún en esta ocasión y en este sitio.
Estábamos sentados sobre cubierta y rodeados de multitud de pasajeros. Anhelaba yo mostrarme severa y grave, pero apenas me lo consentía la risa que me retozaba en el cuerpo, porque D. Pepito ponía una cara cómicamente triste, y que por cierto no me parecía mal. En fin, yo vencía los estorbos que a mi severidad se oponían, me mostraba entonada y digna y conseguía que el joven se arredrase y estuviese respetuoso.
Reportado ya y muy compungido, suspiraba él y decía en guaraní:
—Che rací-hayhub-guasú.
—¿Qué significa ese a modo de gruñido que usted exhala?—le preguntaba yo.
Y él me contestaba con tono lastimero:
—Pues significa: estoy enfermo de amor grande. De la voluntad de usted depende que yo me muera o me cure.
Muy extremoso me parecía el dilema que don Pepito me ponía. Algo, no obstante, podía tener de cierto. Siempre fui compasiva y el tal dilema me atribulaba. Calamitoso hubiera sido que don Pepito se hubiera muerto en vez de volver al Paraguay, al cabo de dos o tres años, con todo lo esencial de la civilización, puesto en cifra y bien estampado en el meollo.
Pasaban días, el barco iba adelantando, y, si no recuerdo mal, estábamos ya cerca de las Islas Canarias.
Bueno es que advierta yo aquí, para que mi erudición no te sorprenda, que mi prurito de enseñar ha estimulado mucho mi prurito de estudiar y de saber, desde que en elRetiro de Camoensnos conocimos y tratamos íntimamente. No te maraville, pues, que yo me muestre en algunas ocasiones algo erudita.
A D. Pepito, que quería enseñarme el guaraní ¿cómo no había yo en pago de enseñarle un poco de lo que sabía?
De aquí que, cuando él no me hablaba de su amor, y a menudo para distraerle e impedir que me hablase, solía yo darle lecciones y contarle historias. Estas, por antiguas y sabidas que fuesen, siempre eran nuevas para él. ¿Qué mayor deleite para mí que esta ignorancia suya, que prestaba a cuanto yo le decía el aliciente de lo inaudito y la magia de lo no sabido, ni siquiera soñado?
No puedes figurarte cuánto me complací yo refiriendo y cuánto se deleitó D. Pepito oyéndome referir, a vista de las Canarias, todo lo que aconteció a Rinaldo en los jardines de Armida y el regalo, la elegancia y el cariño con que en ellos le recibió y le agasajó aquella voluptuosa maga.
Con tales pláticas no es de maravillar que cada día fuese yo cobrando más afición a D. Pepito.
Pero no fue esto lo más escabroso ni lo más ocasionado a deslices. Lo peor fue que allá en mis adentros discurrí yo de esta suerte, cuando íbamos llegando ya a la isla de Madera:
—Las historias que yo cuento y las doctrinas que expongo a D. Pepito son desatados fragmentos, hojas rotas arrancadas de un libro sin orden y sin método, carecen de conjunto, no tienen unidad, ni principio, ni fin, ni objeto. Al pobre muchacho, en vez de servirle de algo cuanto yo le digo, va a armarle en la cabeza una confusa maraña, un enredo, un caos inextricable. ¿No sería más natural y más conveniente ser su maestra por estilo sintético? Ariadna, que no poseía plano del Laberinto, no se empeñó en manifestar a Teseo sus reconditeces y revueltas, con lo cual le hubiera calentado el cerebro sin la menor ventaja, sino que le dio el hilo para que se guiase por él y saliese airoso de aquella aventura, diciéndole probablemente: Dios te la depare buena. Y yo he leído, no recuerdo bien en qué libro tan docto como ameno, que el joven Anacarsis, el cual era escita, o como si dijéramos un paraguayo de las edades clásicas, cuando quiso iniciarse en los misterios de Ceres eleusina, acudió a una sacerdotisa tan avisada como discreta, de las que dependían del hierofante principal, y esta sacerdotisa se guardó muy bien de perder su tiempo tratando de comunicarle punto por punto las ocultas doctrinas de los iniciados, sino sencillamente le abrió de par en par la puerta del camino que iba al santuario y le dio la antorcha luminosa y ardiente que hasta él había de conducirle. Estas parábolas o símbolos se presentaban a mi mente y me tenían obsesa, vacilante, casi rendida.
Ya te he dicho que D. Pepito era guapo. Y por la mañana, cuando antes del almuerzo, estando yo sobre cubierta, le veía venir hacia mí, se me ocurría, ya que era el joven Teseo que acudía a pedirme el hilo, ya que era el joven Anacarsis que requería la antorcha para penetrar en las profundidades y descubrir los misterios.
La verdad sea dicha: mi alma anhelaba entonces prestarle la antorcha y darle el hilo.
Y este anhelo subía de punto al notar yo o al imaginar que notaba que D. Pepito estaba pálido y triste. Y yo me ponía triste también, pero no pálida, sino encendida como la grana, y sintiendo traidora compasión y suave quebranto. Llegaba él luego cerca de mí, se sentaba a mi lado, y aproximando su boca a mi oído, decía en voz bajita, dulce y suplicante:
—Che rací-hayhub-guasú, o sea estoy enfermo de amor grande.
Al cabo, me faltaron las fuerzas para defenderme. Cité a D. Pepito, en el obscuro silencio de la noche, y él vino a mí y yo le di el remedio que apetecía.
Aquello fue para él una revelación, antes ni en sueños presentida. El pasmo, el embeleso, la sorpresa inefable y beatífica que todo, todo, todo le causaba, inundaron mi alma de satisfacción y de orgullo. Yo fui mil y mil veces más dichosa de su dicha que de la mía. Se me figuró que le abría con llave de oro las puertas del Edén; que amasaba yo entre mis manos el árbol de la ciencia y el árbol de la vida y sacaba de ambos un filtro poderoso, que, vertido sobre el corazón de aquel muchacho, le magnificaba y ensalzaba, y que vertido sobre su cabeza llenaba su mente de alegría y de una luz riquísima penetrando todos los arcanos.
Al siguiente día llegamos al puerto de Lisboa, término de mi viaje. D. Pepito continuó el suyo hasta Inglaterra. Gran ventura fue ésta para mí. No hubo tiempo para desengaño, cansancio ni hastío.
Dejé el barco de vapor y salté en tierra, como quien sale a escape del teatro, donde ha visto unaféerie, un precioso baile de hadas, antes de que se disipe la ilusión escénica y no se vean sino los oropeles, la ruda maquinaria, los telones y bambalinas y los comparsas y figurantes untados de colorete, que la han promovido.
Entonces me afligió separarme de D. Pepito. Más tarde, he pensado a veces, ¿estuvo en la realidad toda aquella poesía o brotó de mi alma, exuberante a la sazón de represada y viciosa lozanía, y de ocios y ensueños de mi por largo tiempo no empleada ternura?
No lo supe ni lo sé. Me place seguir dudando. Y a fin de que no termine la duda, he procurado no informarme jamás ni saber el paradero del joven paraguayo, como si hubiera sido un ser peregrino que estuvo algunos instantes en nuestro planeta, y en seguida se desvaneció para siempre.
Quise detenerme y me detuve en Lisboa, porque yo teníasaudadesde Lisboa. Aunque tan otra de la que me fui, ansiaba ver a los antiguos amigos, y singularmente al que me proporcionó recursos para ir al Brasil y me dio las cartas de recomendación para Figueredo, que causaron el cambio de mi fortuna.
Los más de estos antiguos amigos se me mostraron muy amables. Con algunos estuve yo amabilísima.
Todo, no obstante, había variado con el transcurso del tiempo, a pesar de la lentitud y reposo con que en Portugal todo camina.
Los regocijadosjanotasque habían formado mi sociedad, se hallaban convertidos en personajes muy serios. Unos eran Pares, diputados otros, y no faltaban entre ellos altos funcionarios y hasta Ministros cesantes o militantes. Los más eran padres de familia, con señora encopetada y con prole.
Ni ellos ni yo queríamos, debíamos ni podíamos volver a la vida pasada, salvo el hacer resurgir del seno de lo que fue, y por evocación mágica, una fugaz apariencia que, no bien se dejaba columbrar, mostraba marchitas y ajadas las lindas galas que en el recuerdo había conservado. Se asemejaba a brillante mariposa custodiada muchos años bajo un fanal, y que se deshace y convierte en ceniza, no bien se levanta el fanal y una ligera ráfaga de viento toca en ella y la mueve.
No podía yo tampoco, en Lisboa menos que en parte alguna, porque en Lisboa era muy conocida, intentar, sin peligro de desdenes y de sofiones, penetrar en lo que se llama la buena sociedad y hacer bien el papel de la señora viuda de Figueredo.
La melancolía se apoderó de mi espíritu. Para distraerla, siguiendo mis aficiones didácticas, me entretuve en hacer cerca deMadameDuval el papel decicerone.MadameDuval seguía a mi servicio y jamás se había detenido en las orillas del Tajo. Yo gocé inocentemente en hacerle ver y admirar todas sus bellezas; las espléndidas vistas que desde la Patriarcal quemada se admiran; la plaza del Rocío y las anchas calles paralelas que después del terremoto hizo construir Pombal; el espléndido Terreiro do Pazo; la soberbia anchura con que frente de él se dilata el Tajo, como para recibir todas las escuadras del mundo; el risueño camino que va por su orilla derecha, llena de quintas, palacios y graciosos jardines, hasta la desembocadura, cerca de Pazo de Arcos; y sobre todo, el admirable templo de Belén, con sus esbeltos y aéreos pilares, exquisita muestra de la original arquitecturamanuelinay digno monumento de la más noble hazaña de los portugueses, cuando, en edades para nosotros más dichosas, competimos en descubrir y recorrer el mundo y en dilatar por mares y por tierras remotas o ignoradas la civilización de Europa y la fe de Cristo.
Mi papel deciceroneme agradaba y divertía. Hice, pues, algunas pequeñas excursiones conMadameDuval. La llevé a Cintra, a Colares, a Cascaes y a Mafra.
En Cintra, aun viniendo como veníamos del Brasil, nos extasiamos contemplando la fertilidad y hermosura de aquellas montañas, con sus bosques floridos de magnolias y de camelias. El castillo reedificado por el rey D. Fernando, o, mejor dicho, creado por él con estupenda inspiración artística, me pareció más encantador que nunca, y procuré, aunque lo conseguí sólo a medias, infundir en el alma deMadameDuval una admiración igual a la mía. Ella prefería a todo, recordándolos con entusiasmo, los jardines deMabilley laCloserie des Lilas, donde había bailado elcancánen sus verdes años, muy por lo alto, y siendo a veces frenéticamente aplaudida.
Nunca pude fijar la cronología de estos triunfos deMadameDuval, y saber a punto fijo si los alcanzó de soltera, o ya de casada, mientras su marido combatía en Argel, o si le valieron como consuelo y desahogo después de viuda. En fin,MadameDuval gustó también de Cintra, aunque no tanto como yo y como Lord Byron.
Es inexplicable el sentimiento que llaman patriotismo. Sábete, Vizconde, si ya no lo sabes, que mi madre se llamaba la Pascuala, celebradísima como única en el cante gitano y en bailar el vito. Siendo yo muy niña todavía, me dejó huérfana y menesterosa. Bien sabe el diablo cómo después me he criado y he crecido. Nada debo a España. No recuerdo haber dejado por allí una sola deuda de gratitud. ¿Qué me va ni qué me viene con la decadencia o con la prosperidad de esa patria, donde sólo tuve de balde, o sea sin ganarlo yo, el aire que respiré, y obscuridad y desprecio? Y sin embargo no acierto a ponderarte lo muy patriota que soy. No lo son más las Duquesas y las Princesas que en Madrid viven y a quienes tantos respetan y adulan.
Digo todo esto, porque en Lisboa se recrudeció mi patriotismo. ¡Qué gran Capital para nuestra gran nación, señora de dos mundos, hubiera sido aquella ciudad espléndida y hermosa, si D. Felipe el Prudente hubiera sido D. Felipe el Previsor y hubiera tenido más elevadas miras!
Pero ya basta. No nos engolfemos en cosas que no son ahora del caso. A pesar de todos sus esplendores, Lisboa se me caía encima. A las dos semanas de estar allí, abandoné a Lisboa.
Viajaba yo con no pequeño acompañamiento. Además de la Duval, que era y sigue siendo mi dama de compañía, estaba conmigo y está aún mimucamba, o sea mi primera doncella, mulata muy ágil, llamada Petronila, que me peina con primor y buen gusto, que cose y borda y tiene otras mil habilidades; una segunda doncella, dos fieles criados negros, y por último, la mujer que cuidaba y alimentaba a mi tesoro.
Aquí conviene que te imponga yo de algo, en extremo importante para mí, y que tal vez ignores.
Mi alma ha sentido no pocas veces inclinación amistosa, compasión, aprecio y cariño a los seres humanos; pero lo desaforado y suelto de los primeros años de mi vida ha impedido acaso que llegue yo a amar a un solo hombre con aquel amor exclusivo, persistente y celoso, con que deben amar y aman las mujeres honestas criadas con recato. He tenido muchos amoríos y casi no me atrevo a decir que he tenido amor. Una vez sola en mi vida me parece que entreví, que columbré a lo lejos la celestial aparición del verdadero amor, que benigno me sonreía y que ansiaba penetrar en mi alma, llenarla de su divina beatitud y purificarla e iluminarla.
Fue esto cuando tuve relaciones con Juan Maury. Tú estabas en Río y debes acordarte de todo.
Contra Juan Maury no tengo yo la menor queja. Era un cumplido caballero. Me quiso todo lo que podía quererme. Me respetó todo lo que podía respetarme. Me atendió, me obsequió, me consideró como atiende, obsequia y considera el galán más delicado a la más noble dama. Pero hubiera sido absurdo que hubiese tratado yo de inspirar a Juan Maury más hondos sentimientos y más apasionado afecto que los de la amistad y la galantería. Yo misma tuve miedo de sentir hacia él verdadero amor.
Yo casi me atrevo a afirmar que no he engañado a D. Joaquín. Para evitar el medio engaño en que le tenía, hubiera sido menester hacerle infeliz con revelaciones feroces y con el más amargo de los desengaños. El amor mío, si hubiese llegado a ser hacia Juan Maury exclusivo y profundo, hubiera tenido que romper dolorosamente el lazo que a mi bienhechor y protector me ligaba; hubiera sido para D. Joaquín horrible infortunio: todo el bien, todo el contento y el reposo y toda la superior serenidad hasta donde había yo logrado elevar su espíritu, hubieran venido a desvanecerse o a hundirse en negro abismo. Por otra parte, aunque yo debo ser humilde, y aunque lo soy, soy también muy orgullosa en cierto sentido. Es el orgullo que nace de mi propia humildad. Si por la vileza de mi origen, si por el ruin desorden de mi primera vida no merezco ni soy digna de ciertas cosas, me repugna reclamarlas, solicitarlas de nadie y hasta insinuarme para que se me concedan por favor ya que para ellas no tengo el menor derecho.
De aquí que yo, más bien que mostrar a Juan Maury toda la vehemencia y la elevación de mi afecto, traté de disimularlas. Quise aparecer y aparecí a sus ojos como la más fina y complaciente de las amigas, como bastante capaz de entender y de apreciar el valer y las excelentes prendas de toda su persona y como no indigna de obtener su amistad y su aprecio; pero todo, sin llegar a ser y sin mostrarme siquiera profundamente enamorada, y sin propender a infundirle de mí otro concepto que el de una mujer alegre, fácil y galante.
Si el verdadero amor, si el hijo divino de la Venus del cielo revoloteó cerca de mí en aquellos días, yo huí de él por indigna y le ahuyenté por peligroso.
Juan Maury se fue de Río y me abandonó sin gran pena. Nada más natural. No le culpo. Sólo me lisonjea y me contenta el figurarme que él ha de guardar dulce recuerdo de las dulces horas que pasó conmigo; de nuestros íntimos coloquios y de nuestra ternura.
Fue tal la ligereza de aquellas efímeras relaciones, que ni yo le rogué que me escribiese ni él me ha escrito. De estas relaciones, sin embargo, me dejó él una prenda preciosa. Suya era, pero era mía más que suya; y yo apenas la sentí en mi seno, me propuse con firme resolución que no fuese sino mía.
Hasta donde alcanza mi memoria, desde que tengo uso de razón, en el libre abandono de los años primeros de mi vida, no me remuerde la conciencia de hurto, de estafa, ni de engaño o embuste para medrar. Escudriñando yo hasta los más obscuros rincones de mi vida pasada, no encuentro en ellos ni asomo de ruin bellaquería. Esto me consuela. De ciertos pecados, en que con frecuencia he incurrido, después de absolverme el confesor, me he absuelto yo también. De aquellos otros, tal es el inflexible y recto tribunal de mi conciencia, jamás me hubiera absuelto yo aun después de recibir la absolución en el confesonario. Espantoso torcedor hubieran sido para mí, humillándome y abatiéndome. Faltas, pues, en que yo no había incurrido cuando desamparada y menesterosa, no habían de ser cometidas por mí cuando ya estaba próspera y rica.
Por otro lado, lo que era mío, lo que yo esperaba y yo me figuraba ya que iba a ser un primor, un asombro de gracia y de belleza, por nada del mundo quería yo atribuírselo en parte a alguien de quien no era. ¿Y qué aliciente había para el engaño? Usurpar para el fruto de mis entrañas la hacienda que no le pertenecía y además un nombre cualquiera. ¿Quién sabe si un nombre ilustre y glorioso, si un título histórico me hubieran seducido y me hubieran hecho faltar? ¿Pero cómo había de seducirme que lo que iba a nacer se apellidase Figueredo a secas, a pesar de la supuesta descendencia de Güesto Ansures de que yo misma me había burlado?
Con persistente disimulo, con firme y enérgica voluntad, con raras precauciones e incesante recato, sin dejarme ver de nadie y fingiéndome enferma, dejé pasar los meses.
Llegó la hora y sóloMadameDuval, mimucambay el médico, de quienes tuve que valerme y me valí, exigiendo el mayor sigilo, supieron que fui madre.
Mi hija, a quien di por nombre Lucía, se crió lejos de mí, aunque yo velaba sobre ella e iba a verla a menudo.
Muerto D. Joaquín, procuré no poner en ridículo su memoria, dejando conocer en Río que tenía yo una niña de cerca de dos años. Casi de oculto hice que se embarcara y me la traje conmigo cuando vine para Europa.
Quisiera yo escribir a escape estas confidencias: no contarte sino lo más esencial: pero tal vez dejo correr la pluma y tal vez divago.
Lo que yo principalmente quiero que comprendas, es que en mi espíritu hay como dos focos distintos de actividad, de donde brotan dos corrientes también harto distintas, si bien la una y la otra están alegremente iluminadas por la luz clarísima con que yo veo y entiendo todo lo creado. Jamás se me ha ocurrido hallar mal lo hecho por la madre naturaleza, ni echar la culpa a la sociedad mal organizada de ningún caso adverso que me haya ocurrido, ni de ninguna contrariedad o percance angustioso en que yo me haya encontrado. Y no quejándome yo ni de la naturaleza, ni del orden social tal como los hombres han ido disponiéndole, muchísimo menos puedo quejarme de la divina providencia, que acato, adoro y bendigo. Apenas hay objeto que no vea yo de color de rosa, y siempre que se ennegrece, me culpo a mí y a nadie culpo. Como soy muy indulgente para con los otros, no es tan de censurar que lo sea también para conmigo misma. Por eso me dejo llevar de mis generosos afectos, harto poco en consonancia con una moral rígida, y de mi inclinación irresistible a lucir las prendas de que me dotó el cielo y a dar con ellas a los seres que me son caros ventura y deleite. Hay en mí asimismo un tenaz empeño de progreso, de adelanto en el camino de la perfección. Y tanto lo que creo realizado en mí, cuanto lo que en mí no está realizado ni puede realizarse nunca, anhelo yo con vehemencia ponerlo y realizarlo en un ser predilecto, en quien brillen, a par de cuanto hay en mí de que puedo con razón ufanarme, todas las excelencias y virtudes de que carezco y que no son pocas. Por esto, desde que nació mi hija, desde que por primera vez la vi y presentí que iba a ser hermosa, me propuse y ansié que su hermosura eclipsase la mía, que en discreción, elegancia y saber me aventajase, y que estuviese exenta de todos los defectos y manchas que en mí hay. Me propuse criarla con esmerado desvelo para que fuese tan casta y tan pura como bella, y para que no columbrase sólo el verdadero y exclusivo amor, hijo del cielo, sino para que fuese capaz de poseerle, de gozarle y de recibirle en su alma inmaculada como en su propio y consagrado templo.
Y para que veas lo extraño y contradictorio de mi condición, o más bien lo extraño y contradictorio de la decaída condición humana, mi alma, que tan altos propósitos tuvo y que a tan alta misión quiso consagrarse, se dejaba arrastrar de sus regocijados ímpetus, de su perversión bondadosa y de su liviandad inveterada, hasta el extremo de buscar y de forjar aventuras como la que te conté ya del paraguayo y como varias otras que he tenido después y sobre las cuales prefiero callarme.
No pude refrenar mi deseo de volver a mi patria. Desde Lisboa fui a Sevilla y a Cádiz.
Mi antiguo confesor, el Padre García, había hecho algunos ahorros y había heredado también a un hermano suyo que se había enriquecido. Harto el Padre de rodar por el mundo, vivía retirado en el lugar de su nacimiento, no lejos de Sevilla. Le anuncié mi llegada y él vino a verme.
Para descargo de mi conciencia, en este punto muy escrupulosa, quise, viéndome rica y convertida en toda una señorona, no desdeñar a mis parientes, si los tenía, y hasta favorecerlos y socorrerlos si se hallaban en la abyección y en la miseria. El Padre García me sirvió en esto muy bien. Buscó con tino y diligencia a mis parientes, y no los halló sino dudosos y muy lejanos. Yo había sido la única hija de la Pascuala.
En Río de Janeiro, no recuerdo bien con qué tramoya, suplió D. Joaquín la falta de mi fe de bautismo, que para nuestro casamiento se requería. Hasta que el Padre García me la sacó, jamás había tenido yo ni visto semejante documento.
Considerando yo que mis parientes más seguros habían de estar en los hospicios, en las inclusas y en los conventos de mujeres recogidas, di al Padre García pródigamente todos mis ahorros para que en aquellas santas casas los repartiera. Él cumplió mi encargo y me trajo los recibos que conservo aún, donde constan las donaciones de una dama brasileña, cuyo nombre se calla.
A decir verdad, a pesar de todo mi patriotismo y de mi amistad hacia el Padre García, me repugnaba permanecer en España. Dicen algunos autores que las mujeres como yo suelen tenernostalgia del fango. No sé qué quieren decir con esto; pero si es lo que yo entiendo, declaro que no he tenido jamás semejante nostalgia. Al contrario, yo recordaba bien todos los sitios, y al pasar por algunos se me encendía la cara de vergüenza. Por fortuna, estaba yo tan encumbrada y en posición tan diferente de la que allí tuve, que nadie me reconoció ni reconocí a nadie. Hice en mi patria el papel de peregrina misteriosa.
Fuera del Padre García, con nadie quise tratar. Después de separarme de él, estuve en Granada, Córdoba, Madrid, Toledo, Burgos y otros puntos, visitando los monumentos en compañía deMadameDuval, que detestaba las antiguallas y suspiraba por losboulevardsde París. Allí fui por último, y pronto me instalé comprando muebles y poniendo casa.
He vivido desde entonces con comodidad y hasta con lujo, pero sin el menor empeño de llamar la atención ni de brillar, y con tanto arreglo y economía que, a pesar de no pocos gastos extraordinarios y de viajes de recreo que he hecho por Alemania y por Italia, he doblado mi capital y mi renta. Hoy casi puedo asegurar que soy rica.
Mi vida de París ha sido alegre, desenfadada y modesta. Expondré aquí, en pocas palabras, cómo concierto yo la modestia con la alegría y el desenfado. Mi modestia ha consistido en no desear ni aspirar a hacerme conocida, celebrada y famosa. Más he huido que buscado que nadie me señale con el dedo, que la atención pública se fije en mí, y que la gloria infame de que algunas mujeres gozan, gloria que yo me jacto de poder adquirir fácilmente, me circunde con sus resplandores. En vez de mostrarme, puedo afirmar que me he ocultado.
Como la soledad me entristece, he ido a reuniones y tertulias, pero nunca he pretendido salir de la colonia ibero-americana. Y aun dentro de esta colonia no he sido asidua en el trato ni he intimado mucho, sobre todo con mujeres. Hasta que mi hija llegó a tener ocho años, como apenas exigía otro cuidado que el de su corporal desarrollo, cuidado harto leve porque mi hija se ha criado con excelente salud, ora pensando yo en distraerme, ora anhelando hacerme apta para contribuir a su educación, he leído muchísimo y casi sin sentir me he convertido en marisabidilla.
Soy franca admiradora de la literatura francesa. Me parece esta nación fecundísima en ingenios de toda clase. Yo los admiro y quiero seguir admirándolos sin tropiezo. Acaso te parezca extravagante modo de discurrir, mas es lo cierto que, a fin de no tropezar y conseguir que la tal admiración salga rodando por el suelo, me he abstenido de buscar la sociedad literaria parisina. Al conocer los libros, he conocido lo más noble, depurado y selecto de cada autor. ¿Para qué conocer lo restante? He recelado desilusionarme al conocerlo. ¿Quién me asegura que los escritores franceses no sean presumidos y fatuos? ¿Qué necesidad tengo yo de extremar mis amabilidades y de hacer esfuerzos para insinuar en la mente de esos señores que no soy una salvaje, que estoy al nivel de ellos, que comprendo sus profundidades y sutilezas, y que, aun suponiendo que en España, en Portugal y en el Brasil esté la gente muy atrasada y hasta sea de casta inferior, yo, por excepción fenomenal y monstruosa, he podido elevarme hasta hombrearme con ellos?
Ahora comprenderás en qué sentido digo yo que mi vida en París ha sido modesta. En cuanto a su desenfado y a su alegría, no es menester que entre yo en pormenores para que tú lo comprendas. El cielo, el infierno, la naturaleza, un poder sobrenatural, lo que tú quieras o supongas, no parece sino que me ha dotado de imperecedera lozanía de cuerpo y de alma y de una bondad y de una ternura inagotables y prontas, pero que han hallado siempre obstáculos insuperables para el verdadero y definitivo amor, y se han quedado en mitad del camino.
Voy a contarte una curiosa aventura, que, si bien tiene mucho de ridículo, no puedo ni debo pasar en silencio, porque sus consecuencias fueron serias para mí y han influido bastante en los ulteriores sucesos de mi vida. De esta aventura hace ya mucho tiempo, pero la tengo tan presente como si ayer hubiera sido.
El Barón de Castell-Bourdac es el personaje más inverosímil y complejo de cuantos he conocido. Sus excentricidades mueven a risa, sus chistes, sus exageraciones y sus embustes involuntarios nos divierten a par que rebajan el concepto que de él formamos; pero cuantos le conocen y tratan y penetran bien en el fondo de su alma, no pueden menos de quererle y de estimarle. La fantasía del Barón ha bordado su vida sencilla y honrada, desfigurándola con falsos adornos. Sobre la historia ha venido a sobreponerse la leyenda: pero aunque por la leyenda aparezca el Barón como personaje cómico, por la historia es siempre digno de respeto. No pretendamos tasar y aquilatar con exactitud lo egregio y lo rancio de su nobleza. Él cree, y esto me basta, que es nobilísimo. Apenas hubo Cruzada en que un Castell-Bourdac no figurase. La importancia de los Castell-Bourdac ha sido grande desde entonces hasta la caída del antiguo régimen en 1789. La revolución los arruinó. Y desde entonces hasta ahora la inflexible energía de sus opiniones legitimistas ha impedido que salgan de la obscuridad. Ni durante la Restauración intervinieron en nada, porque hallaron a Luis XVIII y a Carlos X sobrado transigentes con las ideas nuevas.
Aunque el Barón de Castell-Bourdac, restablecida en gran parte la hacienda de su casa, poseyó por entonces bastantes bienes de fortuna, que hubieran podido servirle de sostén y aun de resorte para su elevación en la política, por desgracia e no quiso mezclarse en nada, y no acertó a emplear mejor su actividad que en disipar alegremente sus bienes y volver a quedarse pobre.
Desde el año de treinta en adelante, fue imposible que el Barón pusiese mano en los negocios públicos. Si él hubiera querido ceder, humillarse, renegar hasta cierto punto de las creencias y de la misión de sus antepasados, hubiera sido Diputado, Senador, Embajador, Ministro y cuanto le hubiera dado la gana; él al menos así lo creía; pero como el Barón no había querido ceder ni renegar, había tenido que limitarse y resignarse a ser un caballero, si bien encopetado, viviendo de sus rentas, que eran cortísimas.
En este punto de la situación económica, ya no entra por nada la fantasía del Barón. La pura verdad acude en su abono y le concede justa alabanza.
El Barón es un prodigio de arreglo y de economía. No disimula su pobreza, pero tampoco la deplora. En los círculos más elegantes se presenta siempre con el decoro propio de su clase. No juega, ni bebe. Por no tener vicio alguno, no fuma, y también porque el fumar le parece plebeyo, apestoso, impropio de un Castell-Bourdac y en plena disonancia con el ideal del atildado y noble cortesano del antiguo régimen tal como él se le representa.
El Barón no debe nada a nadie y nadie puede jactarse de que él le haya pedido dinero prestado.
Cada día come en una casa distinta. Es muy buscado y está convidado a las mejores mesas, así por su divertida conversación, como por su extraordinaria fama de hondo conocedor y perito en todas las artes del deleite. El Barón pasa por elgourmetmás delicado que hoy vive, paladea y olfatea en Francia. No es rico para pagar unos convites con otros, ni es zafio tampoco para pagarlos de otra manera sin el menor disimulo; pero, quizás sin pensarlo, paga los obsequios que recibe y no hay quien le tilde depique-assietteo de parásito. Los cumpleaños, las bodas y otras festividades le ofrecen ocasión, que él aprovecha, de pagar cumplidamente cuantos obsequios recibe. En suma, y en mi opinión, que creo fundada, el Barón es un modelo de cortesanía. Sólo han podido los maldicientes echarle en cara un defecto, del que, a mi ver, se ha corregido. El defecto, si lo es, consiste en su extremada galantería, muy en desacuerdo para muchos con la edad provecta a que ha llegado. Conceden sus críticos censores que él, en su juventud, hizo brillantes conquistas y cautivó no pocos corazones indómitos y soberbios, pero añaden que hace ya más de veinte años que debe el Barón recogerse a buen vivir y reposarse sobre sus laureles.
Mucho disto yo de seguir semejante parecer. Desde que conocí al Barón, trece o catorce años ha, he opinado lo contrario. Hay belleza, elegancia y distinción para todas las edades, con tal de que no falten la salud y el aseo. Y como el Barón está saludable y es aseado y pulcro, yo le hallé y le hallo siempre muy agradable persona y además un hermoso viejo. Por otra parte, como el alma humana es inmortal, no hay vejez que valga contra ella, mientras no se destruyan o deterioren en extremo los aparatos y órganos que la ponen en relación con el mundo y le sirven de medio para pensar y sentir y para expresar lo que piensa y siente mientras en el cuerpo está encerrada. Sea como sea, y a fin de que no digas que me quiebro de sutil, prescindiré de más aclaraciones, y te diré con llaneza que el Barón se prendó de mí y me hizo muy respetuosa y finamente la corte.
Yo me lisonjeo de no haber tenido jamás ciertos defectos que se atribuyen, así a los que llaman en Franciaparvenuscomo a los que en España llaman cursis. Sin duda a la aparición en mí de estos defectos se ha opuesto el orgullo. No he anhelado ni buscado para darme tono el trato y la amistad de personas encumbradas por nacimiento, educación y riqueza. Naturalmente me he encontrado yo y me encuentro tan distinguida como si hubiera nacido en la púrpura y no me hubiera echado al mundo la Pascuala, sabe Dios en qué zahurda. No podía yo esperar, por consiguiente, que el influjo o el arrimo de sujetos aristocráticos viniese a prestarme como un reflejo de su valer. Creía yo y creo tener luz propia, digámoslo así, y que no la necesito prestada. No sé si aplaudirás o censurarás esta vanidad mía. Yo te confieso que la tengo para confesarte además que el Barón me aduló esta vanidad, sin artificio y por manera irresistible. El Barón procuraba demostrarme con evidencia, empleando para ello muy elocuentes palabras, que yo, sobre ser hermosa, poseía tal majestad en el gesto, en los modales y en todo, que más parecía una princesa o una emperatriz que una perdida plebeya, puesta casualmente en zancos por su enlace con un ricacho usurero.
El arte y el ingenio con que el Barón iba insinuando en mi alma estas lisonjas me tenían cada vez más hechizada. El Barón me comprende bien, pensaba yo, y cuando tan bien me comprende señal es, y prueba es clarísima, de la elevación y de la agudeza de su entendimiento. Así infundió el Barón en mi pecho la amistad más acendrada hacia él.
Hízose micavaliere servente, y yo me deleitaba y hasta me enorgullecía de que me acompañara y me sirviera.
Con modesta timidez, que de su ancianidad se originaba, el Barón empezó con suavísimo tiento y cautela a mostrarse enamorado de mí, pero sin persistir en sus manifestaciones para no cansarme, refrenando su vehemencia para evitar mi enojo, y haciéndolas, cuando las hacía, como por un arranque involuntario y muy a despecho suyo.
¿Quieres creer que con tal proceder el Barón me enterneció, y cautivó en cierto modo mi espíritu? Mi estimación y mi amistad se las tenía ya ganadas por completo. Después, poco a poco y al compás que él iba siendo más atrevido y más explícito, fueron despertándose en mí aquellas ideas, pasiones o inclinaciones, pues no sé cómo las llame, que siempre, a pesar del freno religioso y a falta del freno del orgullo y del decoro en este particular, han hecho de mí lo que rudamente podemos llamar una mujer liviana, o más bien han impedido que yo no quiera, ni pueda, ni logre nunca desechar de mí la liviandad primitiva. Consideré al Barón herido, y tuve piedad de él y pensé en el bálsamo que podía curarle. Mi generosa piedad fue aguijoneada por algo a modo de remordimientos. Me di a cavilar que con mis favores amistosos, aunque concedidos sin malicia, con mi dulce abandono cuando le tenía a mi lado, con el mal disimulado placer con que yo oía sus requiebros, y hasta con mi reír y burlar cuando me hablaba de su cariño, había sido yo una desalmada coqueta, que había robado la tranquilidad de aquel señor excelente y había levantado en el mar pacífico de su ya fatigado corazón la más deshecha borrasca. Casi o sin casi, me creí en la ineludible obligación de apaciguarla para descargo de mi conciencia. En fin, y sin más preámbulos, en una tarde de invierno, a las cinco, hora en que suele tomarse el té, cité al Barón, como recientemente te tengo citado a ti, para que viniese a tomarle conmigo a solas. Mis jaquecas un tanto cuanto imaginarias han persistido siempre. Aquella tarde para todos tuve jaqueca menos para el Barón. Este acudió a la hora justa, lleno de gratitud, contento y ufanía. Parecía remozado por virtud de una poción mágica o por hechizos del amor. Entró, me saludó y se llegó a mí con la gracia, desenfado y ligereza de un pollo ogomoso, no de nuestro siglo decadente, sino de otras edades caballerescas en que fueron los hombres de temple más recio y más fino. Yo, con el pretexto de la jaqueca, estaba en el más cuidadoso y esmeradonégligé. Mi vestidura era una elegantísima bata de flexible seda.
Pocas mujeres pueden hacer lo que yo hice entonces y puedo hacer y hago todavía. Cuando el corsé me enoja no le llevo, y nada, absolutamente nada, se humilla falto de sostén y baja de su sitio: todo permanece firme como el mármol y el bronce. Perdona que entre en estas menudencias. Mi presunción tiene alguna disculpa por lo no comunes que son las cualidades de que me jacto. Importa además consignar esta circunstancia de mitoilettepara que se entienda lo que ocurrió en seguida.
No estaría bien que yo paso a paso te lo refiriese todo. Baste decir que pronto noté, en medio de las vivas muestras de cariño que el Barón quería darme, no sé qué disgusto, no sé qué penoso rubor en su cara. Creí entender lo que aquello significaba y me apesadumbré por él. En esto se abrió un poco mi bata y hubo de descubrirse mi garganta: no mucho más que lo que en un baile o en una recepción de etiqueta se deja ver al público. El sonrojo y la turbación de mi amigo subieron entonces de punto. Pero ¡qué imaginación tan poderosa y tan socorrida la suya!
Por dicha llevaba yo, pendiente del cuello en una cadenita de oro muy sutil, una pequeña medalla de plata, representando la Virgen de Araceli, patrona de la ciudad de Lucena.
Fijó el Barón la vista en la medalla y la tomó entre sus dedos, para examinarla mejor.
—¿De dónde procede esta medalla?—preguntó con curiosidad tal, que parecía embargar su espíritu y distraerle de los otros objetos.
—Es el único recuerdo que conservo de mi madre, contesté yo, como era la verdad.
—¿Y cómo se llamaba tu madre?
—Pascuala, le dije.
—¡Oh inescrutables designios del cielo!, exclamó el Barón, arrancando de su pecho un hondo suspiro que se diría que le desahogaba.
—¿Qué pasa?—pregunté yo imaginando que el Barón iba a desmayarse.
—Esa medalla, dijo el Barón, se la di yo a tu madre cuando estuve en Andalucía hace cuarenta y pico de años. Entonces... fuimos muy amigos... ¿no me comprendes?
Me entró al oír esta pregunta tan feroz gana de reír, que a duras penas pude contenerme, temerosa de que el Barón se ofendiera.
—¡Ah!, sí, te comprendo, dije al cabo, y di rienda suelta a mi alegría, riendo ya sin temor.
—¡Hija del alma!—dijo el Barón con tan profundo acento y con tantas apariencias de estar convencido, que sin duda empezó desde aquel punto a dar por cierto y por evidente lo que de improviso había imaginado. Ello es que ambos salimos muy agradablemente de aquel a modo de apuro, trocándose de súbito nuestra amistad y nuestro conato de amor anacrónico en el santo y puro afecto de un padre y de una hija.
—¡Padre mío!—dije yo y eché al Barón los brazos al cuello.
Después de esta dulcísima expansión, llamé aMadameDuval para que nos hiciese compañía. Con el debido sigilo le revelé nuestro parentesco, de que ella se maravilló y holgó mucho. Luego charlamos los tres a cántaros. Con lo ameno de la conversación se nos olvidó tomar el té y llegó la hora de la comida.
La imprevista anagnórisis, como el Barón la llamaba, fue solemnizada con un exquisitopetit diner finen que se lució mi cocinera,cordon bleude primera fuerza, y brindamos los tres a la persistencia del santo lazo recién descubierto y reanudado, primero conChateau Iquem, y a los postres con tintilla de Rota, mi casi paisana. No hubochampagne, porque ni el Barón ni yo gustamos de ese vino, con algún pesar deMadameDuval, que gusta de él más que de nada.
Mi pobrecita hija Lucía, que apenas contaba entonces siete años, inocente como un ángel, luminosa, bella y serena como el lucero del alba, fue la cuarta persona que estuvo en la mesa y comió con nosotros. Con ojos algo espantados y sin comprender nada, se alegró de hallarse repentinamente con un abuelito, y más aun cuando el Barón, que es bueno e ingenioso y muy a propósito para divertir a los niños, le contó tres o cuatro cuentos fantásticos e infantiles, y le hizo varios juegos de prestidigitación con no escasa maestría.
Admirable es el encadenamiento de las cosas, y cómo de ciertas causas nacen a veces los efectos más imprevistos. ¿Quién hubiera podido imaginar que del descubrimiento de mi padre y de su aparición algo cómica, habían de resultar tan serias modificaciones y hasta cambios en la dirección de mi vida? Sin embargo, así aconteció. Lo que para salir de su atolladero inventó de súbito el Barón y yo acepté con risa, hallándolo disparatadamente gracioso, él y yo lo fuimos tomando más por lo serio cada día, y por virtud de nuestra voluntad atamos nuestras almas con lazo tan limpio y tan fuerte como si él fuese en realidad mi padre y yo su hija.
De esta ficción, que apenas ya me lo parecía, brotó en mi espíritu un sentimiento jamás experimentado por mí: algo de más fervoroso que la amistad; algo en que no entraba por nada el vehemente anhelo de los sentidos y algo que no era tampoco eso que llaman amor platónico y puro. Este sentimiento llegó a ser más puro y más grave que el amor platónico. Olvidada yo de que nacía de una mentira, le vi nacer en mí con sorpresa y deleite, y le cuidé con esmero para que creciese y floreciese.
Yo no niego ni afirmo la existencia de lo que llaman amor platónico; pero, si existe, hallo en él, mientras vivimos esta vida mortal y tenemos el alma en el cuerpo, y cuando son los que se aman mujer y hombre, un no sé qué de incompleto y aun de monstruoso.
No es, en verdad, amor, ni merece tan santo nombre, lo que yo he sentido y conocido desde la bajeza impura en que nací hasta el día de hoy. Sólo es amor, cumplido y entero, el que yo columbré remotamente entre los brazos de Juan Maury, y que por mi indignidad o por mi desgracia no pude alcanzar nunca.
Del amor cumplido y entero, exclusivo y honrado desistí desde entonces, considerándole para mí imposible.
El lazo afectuoso que hace años al Barón me une, no es amor ni amistad, porque es más apretado lazo que el que ata a los amigos, y porque es más espiritual y cae menos bajo el influjo de los sentidos que el amor más platónico y más puro.
Yo he leído y aprendido mucho en estos últimos años. Pocos escritos me han encantado más, como divino ensueño poético, que las últimas áureas páginas del libro de Baltasar Castiglione, tituladoEl Cortesano. Allí explica el ingenioso, sutil y elocuente Pedro Bembo cómo se complace y cuánto goza el amante en la contemplación de la mujer amada, viéndola, oyéndola y hasta mereciendo de ella ciertos delicados e inocentes favores, entre los cuales pone el de abandonar por largo rato en las manos de él las manos de ella, y hasta el de dar y recibir, con mero contentamiento espiritual y sin sensualidad alguna, besos en la boca, a fin de que allí acudan las almas y se unan y compenetren, como cuentan que le sucedió a Platón con su amiga, que hubo de ser la linda Arqueanasa.
Sin duda que esto es muy bonito, pero no veo yo cómo ha de ser el medio para encumbrarse a la contemplación, primero de la belleza universal, donde se encierran y cifran todas las bellezas individuales, y después a la eterna y perenne fuente de la belleza creada e increada, en cuyas llamas arda nuestro espíritu como ardió Alcides en la cumbre del monte Oeta, y por cuyo fuego seamos arrebatados al empíreo como Enoch y Elías.
Repito que todo esto me parece muy bien para leído en el libro que he citado, pero no en la práctica. Por eso doy gracias al cielo de que el Barón haya inventado tan a tiempo su paternidad. Dios me preserve de que él, por la contemplación estática de mi hermosura, y de que yo, prodigándole los referidos favores, aspiremos también a remontarnos al empíreo. Más fácil sería resbalar por este camino y caer en inmundicia, que subir, purificados y gloriosos, como el solitario del Carmelo, en el ardiente carro.
En suma, lo excelente que tuvieron mis relaciones con el Barón desde que se convirtió en mi padre, fue lo neutral, lo apacible, lo manso y lo sin sexo ni siquiera platónico, con que se señalaron. El Barón casi dejó de admirarme como hermosa, a fin de quererme, de atenderme y de servirme como buena.
No soy yo alegre y regocijada por mera y espontánea energía de mi espíritu. Lo he sido y lo soy también porque me impongo, porque me decreto la alegría. Las cosas no pueden estar mejor de lo que están. Me parecería ingratitud para con Dios, si yo me quejase. Desde lo más hondo de la abyección impura he logrado elevarme a una esfera brillante y relativamente limpia. Soy rica, libre, respetada, a pesar de mis extravíos, y considerada y atendida en cierta sociedad, que tendrá sus máculas, pero a la que algún respeto se concede. Claro está que yo, aspirando siempre a lo más perfecto, ora supongo que hay, ora si no hay, gustaría de que hubiese, una sociedad más escogida, elegante y honrada, un círculo de gente más selecta, dentro del cual fuese yo digna de colocarme. Pero jamás me conformaría yo a ser recibida en ese círculo por indulgente piedad; a que ese círculo descendiese de su nivel para recibirme, a que entendiesen los que viven en él que con su trato me purificaban o me realzaban. Para esto prefiero estar donde estoy, y aun me resignaría a estar mucho más abajo.
Completa es, por lo tanto, mi conformidad con mi posición y con mi suerte.
Tengo además grandes motivos de satisfacción y contento. Mi salud es inmejorable y mi mocedad se diría que no acaba. ¿Para qué he de fingir modestia contigo? Me encuentro ahora más bella, más lozana, que cuando nos veíamos en elRetiro de Camoens. Imagíname entonces como mata de azalea sin flor aún y toda verde, e imagíname ahora como la misma planta con toda la pompa y las galas de sus abiertas flores.
Aduladora es mimucamba, que sigue siempre llamándome su niña; pero no creo que me adula cuando salgo del baño y me enjuga y me mira con agradable pasmo, y suele decirme:
—¡Ay, niña, niña!, cada día estás más hermosa. ¡Bienaventurado el que así te vea!
Lo que es yo me miro también con complacencia en grandes y opuestos espejos y me siento en perfecta consonancia con el parecer de Petronila.
Te lo confesaré todo: cuando Petronila me deja sola, incurro en una puerilidad que no sé decidir si es inocente o viciosa. Sólo sé que es acto meramente contemplativo; que es desinteresada admiración de la belleza; No es grosería sensual, sino platonismo estético lo que hago. Imito a Narciso; y sobre el haz fría del espejo aplico los labios y beso mi imagen. Esto sí que es platonismo, me digo entonces. Esto es el amor de la hermosura por la hermosura: la expresión del cariño y del afecto hacia lo que Dios hizo manifestada en un beso candoroso que en el vano e incorpóreo reflejo se estampa.
Ya ves tú que te hablo hasta de mi sencilla fatuidad y que te declaro todas mis venturas. Bien es que sepas también lo que durante mucho tiempo he procurado ocultarme a mí misma, lo que yo veo distintamente con susto y con pena y lo que me duele confesarte.
Como si de un lago tranquilo surgiese de repente un monstruo, como si en una pradera cubierta de olorosas hierbas y flores viese yo bullir, por bajo de ellas, multitud de escorpiones y de víboras, así, en medio de mis alegrías y placeres, surge a menudo, desde hace tiempo y desde lo más intrínseco de mi ser, un desconsuelo, una melancolía, una amargura que me esfuerzo por ahogar o remediar y no lo consigo.
No es hastío: yo no estoy ni fatigada ni hastiada. No es desilusión: las ilusiones, si alguna vez las he tenido, jamás me han contentado con su falacia y antes he celebrado que deplorado el perderlas. La causa de mi mal es mi ambición trascendente; mi empeño de ir en busca de un ideal para mí inasequible; el vano propósito de borrar de mi ser las indelebles manchas, con cuyo germen al menos nací manchada. Este mal, que en mí no tiene cura ni remedio, quise curarle y remediarle yo en otro ser amado, que me pertenece, que ha nacido de mis entrañas.
Mi propósito de educar altamente a mi hija fue corroborándose cada vez más. De él hice el más noble fin de mi vida. Lucía, si mi deseo se realizaba, había de ser limpio dechado de castidad, de pureza y de cuantas excelencias y virtudes pueden sublimar y glorificar a un alma humana en esta baja tierra.
Preví un peligro, preví para mí el más enorme de los infortunios, pero arrostré el peligro con valor porque sobre todo prevalecía mi afán de que ella fuese perfecta, inmaculada, tan hermosa como yo de cuerpo y mil y mil veces más hermosa de alma; conseguido esto, me sentía yo con fortaleza bastante para sufrir que ella, desde la elevación moral en que iba a verse, tuviera harto involuntariamente que despreciarme y que avergonzarse de mí. Movida yo por esta pasión, tuve por principal empleo hasta que Lucía cumplió doce años, el cultivar su corazón y su mente con el más activo desvelo. Yo misma, ocultándole con recato cuidadoso cuanto yo pensaba y sabía de malo, la instruí en todo lo bueno y santo que mi alma había conservado o aprendido.
Mi fe religiosa, profunda en mi mocedad y consuelo en mi abyección de entonces, o había sido combatida por dudas o se había bastardeado, combinándose con ideas filosóficas que tal vez quebrantaban su entereza con el pretexto de ensanchar un estrecho molde donde imaginaban que su grandeza no tenía cabida. Así es que busqué y hallé a un virtuoso e ilustrado sacerdote que completase la educación moral y religiosa de Lucía sin inficionarla con los elementos heterodoxos con que mi fe se había pervertido.
No acierto a ponderarte el miedo que tenía yo de que Lucía descubriese mi indignidad; el recato con que viví para que no comprendiese ella o para que tardase en comprender mis faltas y pecados, y cuánto vigilé para que ningún pensamiento impuro penetrase en la mente de ella; y, lo que es imposible cuando un ser humano es inteligente, para perpetuar en su espíritu la ignorancia de lo malo y de lo vicioso.
Recelando yo que esta ignorancia de Lucía se disipase y que ella abriese los ojos y me viese tal como soy, no me sosegué hasta que, haciendo un inmenso sacrificio en separarme de ella, la hice entrar, desde poco después que cumplió doce años, en el convento del Sagrado Corazón de Jesús, donde permaneció hasta los diecisiete.
Muchas veces salía mi hija del convento y venía a pasar algunos días conmigo. Con más frecuencia iba yo al convento a visitarla y a hablar con ella.
Mi amor y mi vanidad de madre estaban cada día más lisonjeados. Lucía iba creciendo en hermosura y en natural elegancia. Algo había en ella de parecido a mí, pero se parecía mucho más a su padre. No envidiosa sino encantada notaba yo que había en todo su ser corporal algo de más aristocrático que en el mío. Era además blanca y rubia, mientras que yo soy pelinegra y trigueña. Mis ojos son verdi-oscuros; los suyos azules como el cielo. Yo soy alta y esbelta: ella es más esbelta y más alta que yo, aunque igualmente bien proporcionada. Para que comprendas bien la diferencia que hay entre nosotras, te diré, aunque peque yo de presumida, que mi estampa retrae al pensamiento la de una diosa del gentilismo, y la suya la de unamadonnade antes de Rafael.
Las caricias y las alabanzas, que yo le prodigaba, eran siempre tiernamente recibidas y pagadas por ella. Había, sin embargo, entre nosotras no poco que limitaba la expansión. No me atrevía yo a hablarle de ciertos puntos. Le decía que era su madre, pero no le decía de qué suerte era su madre, como deseando que lo ignorara. Y salvo en lo indiferente y en las relaciones entre ella y yo desde que nació ella, ponía yo en toda mi vida, cuando con ella hablaba, un sigilo harto embarazoso.
Intenciones tuve a veces de confesarme con ella: de decirle mis faltas para que ella las perdonase. Pero pronto un orgullo, en mi sentir bien entendido, me hacía desechar aquella tentación. Era preferible que ella supiese por otras personas quién yo era y no que lo supiese por mí misma. Yo no me podría resistir al deseo de justificarme o al menos de disculparme; y de aquí podrían originarse dos casos que igualmente me horrorizaban. O bien que, al disculparme yo, ella aceptase como buena y como plausible mi disculpa, y entonces la elevación de su moralidad se relajaría, siendo yo su maestra y su iniciadora en liviandades; o bien que ella, con severo criterio, allá en el centro de su alma y aunque no me lo dijese, rechazara mis disculpas, y tal vez sospechara, a pesar suyo, que yo le daba lecciones infames, y que, acaso sin querer, pero arrastrada por mis instintos perversos, ansiaba rebajarla a mi nivel, aunque sólo fuese para que ella mejor me amase.
Tales cavilaciones fueron la causa de mi silencio.
Por mi desdicha, es absurdo imaginar que una virgen, una santa, una criatura inmaculada y purísima, si no es tonta, permanezca siempre a obscuras y con los ojos del alma completamente cerrados para todo cuanto hay en el mundo que no es honesto. La honestidad, la castidad y hasta la inocencia más columbina, consisten en abominar de lo malo y no en ignorarlo del todo, como si no existiera. Lucía, pues, austera, virtuosa y sin ningún pensamiento feo, y sin ninguna imagen impura que enturbiase el claro espejo de su conciencia, reflejándose en él, no pudo menos de saber al cabo y supo del mal, y fue conociendo poco a poco todo cuanto de este mal en mí había. Callándome siempre, pero con mirada escrutadora, procuraba yo, con curiosidad irresistible, penetrar en el centro de su alma, y ver el progreso que iba haciendo allí el conocimiento del mal y los estragos y la ruina que este conocimiento hacía en el buen concepto que ella de mí tenía formado. Grandísimo pesar me causaba lo que acabo de querer explicarte. El amor maternal, no obstante, y casi tanto como el amor maternal uno a modo de orgullo de artista que se deleita en su obra, siempre me impidieron desear, en el juicio de Lucía, la menor indulgencia que implicase relajación o quebranto en la ley por cuya virtud su espíritu había de dictar un fallo.
Ya se entiende que todo esto lo veía o lo creía ver yo como si mi mirada penetrase en los más abismados pensamientos de mi hija. Lo que es ella, nunca dejaba de mostrarse tan cariñosa conmigo como con ella yo, y tan respetuosa como la hija más cristianamente educada.
Después de nuestros deberes para con Dios, los mandamientos de su ley ordenan que respetemos y honremos a nuestros padres. ¿Cómo hubiera podido Lucía faltar nunca en lo más mínimo a este mandamiento? Ella, además, me amaba y me ama, porque ha nacido de mis entrañas y porque es mi sangre y porque recuerda y agradece mis mimos, mi ternura, el esmero con que la he criado, y hasta esa misma elevación moral y religiosa a que he procurado elevarla, quedándome yo tan lejos y tan por bajo de ella.
Jamás he tenido la tentación de destruir mi obra; de hacer que Lucía baje hasta mí desde la altura en que la he puesto. Pero, a veces me pregunto: ¿no fue delirio ponerla en esa altura?
A este propósito recordaba yo ciertas palabras de una dama andaluza que conocí un verano en Biarritz cuando Lucía no contaba aún sino ocho años de edad. Tenía esta dama una hija de la misma edad que Lucía. Las niñas se conocieron y jugaron juntas en elPort Vieux. Y por esto, y por ser españolas ambas madres, y por lo franco y fácil del trato en los lugares de baños, trabé yo cierta amistad con la madre de la niña, que se llamaba la señora de Benítez. Su marido, D. Ambrosio, era un personaje político de cuarta o quinta magnitud, si bien con esperanzas más o menos fundadas de llegar a serlo de primera, ya que poseía notable desenfado, gran facilidad de palabra y otras brillantes prendas. Por lo pronto, D. Ambrosio estaba como parado, por no decir extraviado en su carrera. O por haberse comprometido en conjuraciones y pronunciamientos, o sin necesidad y sólo para contraer méritos y darse tono, gemía en la emigración. Verdad es que no era muy lastimero el gemido, porque cuando los suyos estuvieron en el poder, le habían enviado a Cuba de vista de una Aduana o no sé bien con qué otro empleo en Hacienda. Al año y medio cayó su partido y le dejaron cesante, pero él no se había dormido ni descuidado y había aprovechado tan bien el tiempo, que pudo volver y volvió, con no despreciables ahorros. Así podía esperar y esperaba sin sobrada angustia la vuelta al poder de su partido, para que le hiciese Director general, Ministro y quién sabe si Conde. Sus esperanzas eran grandes. Su mujer era quien no se las prometía tan felices. La señora de Benítez tenía un carácter apocado y siempre pronosticaba males y no bienes. Ella era lo contrario de D. Ambrosio, que veía el porvenir de color de rosa y que soñaba con todos los refinamientos y primores del lujo y de la distinción suprema. La señora de Benítez, a pesar de lo tétrica que era en el pronosticar, tenía mil excelentes cualidades. Desde que, siendo estudiante D. Ambrosio y ella hija de la pupilera en cuya casa D. Ambrosio se hospedaba, ambos se amaron y se casaron, había sido fiel, sufrida y hacendosa compañera de aquel hombre, gobernando la casa y cuidando de todo con ordenada economía y dando a D. Ambrosio, sin molestarle ni ofender su orgullo, los más juiciosos consejos. Ella se esforzaba, sobre todo, en esfumar los ensueños de grandeza de su marido, y en procurar que éste no viniese a ser un Faetonte delchic, y acabase por caer despeñado.
En el invierno que siguió al verano y al otoño en que los conocí, vinieron a París ambos esposos a pasar una corta temporada. A ellos y a su niña los obsequié cuanto pude. Un día en que estaban los tres comiendo a mi mesa, mi cocinera estuvo inspirada. Don Ambrosio, que era francote a pesar de su vanidad, se entusiasmó con todos los platos que se sirvieron, y singularmente con unchaud-froiddeortolans, que en realidad fue una obra maestra. Mas ¡oh, desgracia!, la niña del Sr. Benítez comió muy poco de todo. Lo que es elchaud-froid, por culpa de la gelatina que le envolvía y por lo frío que estaba, le dio mucho asco y no consintió en llevársele a la boca. Don Ambrosio perdió con esto los estribos; no acertó a contenerse y deploró en mi presencia con acerbas frases la ingénita ordinariez de su hija, que no gustaba sino de alboronía, chanfaina, pepitoria y sobrehúsa de bacalao. Herido con esto el orgullo maternal de la señora de Benítez, habló con elocuencia y refutó el parecer de su marido, diciéndole para concluir:
—Pues debieras dar gracias a Dios y no lamentarte de que sea así tu hija, porque tal vez se quede para vestir santos, o bien se case con algún pobretón que, en vez de darle a comer pajaritos sin hueso y rellenos de trufas, tenga que alimentarla, y gracias, con esos guisotes que tú desdeñas, aunque con ellos te has alimentado y bien robusto te has criado.
Ya comprenderás tú de qué manera aplicaba yo este caso a Lucía y a mí. Y, sin embargo, aunque me parecía atinado y juicioso lo que con relación al refinamiento material decía la señora de Benítez, yo seguía hallándolo vil y grosero aplicado al refinamiento del alma. Lo que es en esto persistía yo y me aferraba en ser más exquisita que D. Ambrosio.
Mi entendimiento vacila, cambia y duda mucho. Suele mirar las cosas por diversos lados, y según el lado por donde las mira, las ve con aspecto distinto.
Me inclino a creer que a todo el mundo le sucede lo mismo. La diferencia está en que yo lo confieso, y son raras las personas que lo confiesan.
Digo esto porque hasta en los momentos de mi mayor entusiasmo por la sublimidad moral y religiosa de Lucía, asaltaban mi mente no pocas consideraciones que propendían a echar por tierra el entusiasmo mencionado.
Siempre me figuraba yo como legítimo y bueno el andamio, la escala, la a modo de Torre de Babel que el alma construye a veces para encaramarse por ella y subir al cielo de su ideal más alto; pero importa que esta torre, andamio o lo que sea se construya sobre firme y sólido cimiento de sentido común. De lo contrario, es casi seguro que cuando ya esté muy alta la torre y nos complazcamos y ufanemos en contemplarla, se cuartee por culpa de la base y acabe por hundirse lastimosamente en el ancho foso de tontería que la rodea.
Así pensaba yo y así me atormentaba al penetrar cada vez más en la mente de Lucía y al recelar que en la dirección que yo había dado al vuelo de su espíritu, había acaso falta de tino. Pues qué, ¿no podía ella ser todo lo santa que quisiese sin avergonzarse de mí, aunque fuese de un modo involuntario? ¿Si ella se hubiese criado en el abandono en que yo me crié, hubiera sido más que yo virtuosa y honrada?
En el abismo de mi alma ocultaba yo mis cavilaciones. No hallaba términos con que declarárselas a Lucía, ni con qué darle al menos leve indicio de ellas. Ignoro hasta qué hondura penetraría Lucía en mi conciencia y leería lo que allí pasaba. Lo que sé es que yo leía en la conciencia de ella como en un libro abierto, donde las sanas doctrinas del ilustrado sacerdote que la había educado, y las no menos sanas de las benditas madres del convento habían venido a combinarse con los rumores del mundo y con las malévolas insinuaciones de las compañeras de colegio a quienes la envidia movía, y habían formado un amargo conjunto que menoscababa el respeto y que acibaraba y aun emponzoñaba el amor de la hija a la madre.
Sin duda en la mente de Lucía había llegado a formarse un concepto de mí harto peor que el merecido. Ella hubo de creerse hija de un padre hasta de mí misma ignorado.
No creas tú por lo que aquí manifiesto que Lucía me mostrase el menor desvío. Antes era cada vez para mí más entrañablemente afectuosa. Por gratitud, por deber y por natural inclinación Lucía me amaba.
Modelo de cristiana humildad para con Dios, Lucía era tan orgullosa o más orgullosa que yo en sus relaciones con el prójimo, salvo que mi vileza primitiva había cortado las alas de mi orgullo y su orgullo tenía alas, aunque estaba herido por mi culpa y por mi vergüenza.
Una tristeza dulce y al parecer sin causa se pintaba en su rostro desde que salió del convento. La llevé a paseos y tertulias, la vestí y la adorné con los más elegantes trajes de moda, y procuré distraerla y alegrarla, pero todo fue en balde. Ella me confesó al cabo que tenía la más decidida vocación de abandonar el mundo y de entrar en el claustro. Inútiles fueron todas mis amonestaciones en contra; inútil la pintura que reiteradamente le hice de un porvenir brillante, honrado y tan dichoso y tan digno cuanto en este bajo mundo es posible. ¿Por qué no había ella de inspirar a un hombre y de sentir por un hombre que la mereciese el único y persistente amor que al pie de los altares se purifica y que un sacramento religioso ennoblece y ensalza?
Todo por mi parte fue empeño vano. Lucía persistió en no ser esposa sino de Cristo, y fue tan resuelto su propósito que no pude atajar los primeros pasos que quiso dar para lograrle, y, harto a despecho mío, hube de consentir en que se volviese al convento.
Sobre lo que tengo que contarte ahora, voy a pasar con rapidez como sobre ascuas. Aun así me quemará la sangre el recordarlo.
Por amor, por devoción a mi hija, concebí un proyecto tan sentimental como descabellado. A fin de realizarle me expuse a la más dura de las humillaciones.
Mi efímero amante, el joven Secretario de la Legación inglesa en Río de Janeiro, no era ya Master John, eraSirJohn. Se había transformado en un señor respetabilísimo de cuyas circunstancias había yo tomado exactos informes. Era un personaje rico, notable e influyente en la política de su patria.
Bien podía afirmarse que dominaba fuera de su casa y que dentro de ella estaba dominado. Trece años hacía que había contraído matrimonio con una nobleLady, bella, muy aristocrática y tan dotada de virtudes como de soberbia. Juan Maury tenía de esta mujer tres hijos legítimos; y, según me contaron, si a ellos los amaba como padre, a ella la obedecía y la acataba como rendido adorador a una diosa.
Allá en mis adentros, allá en lo más hondo y oculto de mi corazón, aún descubría yo rastros del verdadero amor que, por única vez en mi vida y evocado por Juan Maury, había pasado por mi alma, tocándola con sus alas e iluminándola toda. Juan Maury nunca lo supo, ni lo presumió siquiera. Durante el corto tiempo que me poseyó me tuvo por una mujer galante: muy agradable, muy divertida, y nada más. Para él aquellos nuestros amores no fueron más que amoríos.
¿Cómo pues me atreví a considerar posible que Juan Maury, dieciocho o diecinueve años después, había de llegar a saber que había tenido de mí una hija y había de estar tan seguro de ello que se allanase a reconocerla?
Sin embargo, fue tan grande mi deseo de que mi hija supiese quién era su padre y de que él declarase que lo era, que yo vencí mi repugnancia, humillé mi soberbia y acudí a Juan Maury con mi pretensión. Le escribí varias cartas a las que no se dignó contestar, y yo sufrí y devoré su desprecio. Apelé entonces al confesor de mi hija, le puse en el secreto de todo y le di la comisión de ir a Inglaterra, de buscar a Juan Maury, de hablar con él, de reiterarle mi pretensión y de exponerle mis planes.
Mi hija era suya, y yo lo juraba por lo más sagrado. No necesitaba de la hacienda de él. Yo era bastante rica y estaba dispuesta a dar desde luego más de la mitad de la mía y el resto a mi muerte. Yo me conformaba asimismo con renegar de mi maternidad o con ocultarla, para que Juan Maury buscase y fingiese, para su hija, al reconocerla por tal, más decorosa madre que yo, y no casada sino soltera. Yo me comprometía, si era necesario, a no volver a ver a mi hija para no contaminarla con mi contacto. A ella, si Juan Maury no quería tenerla en su casa, la podría tener bajo la custodia y autoridad de una ilustre y anciana parienta suya, viuda y sin hijos, y de quien sabía yo que le amaba en extremo. De la virtud, de la limpieza y santidad de costumbres y del recato de Lucía fácil era que pudiese informarse Juan Maury. De su hermosura, de su distinción y de su talento, él mismo podía juzgar, viniendo a visitarla en el convento en que ella estaba. Tal vez (en mi concepto casi de seguro) notaría él viéndola, por los rasgos de su fisonomía y por todo su aspecto, que era ella de su casta y de su sangre. ¿Qué recelo, qué temor podía impedir a Juan Maury confesar a su mujer una culpa suya cometida cuatro o cinco años antes de su casamiento, e impetrar su beneplácito para expiar en parte dicha culpa reconociendo por hija y dando su nombre a la que de la culpa había nacido? Ni los bienes de fortuna de Juan Maury sufrirían con esto menoscabo, porque Lucía era rica de por sí y nunca le sería gravosa.
Pero Juan Maury era más egoísta de lo que yo había imaginado. Era además tan gurrumino que tenía más miedo de su mujer que de una espada desnuda; yLadyMaury era quizás la más severa, la más entonada, la más en sus puntos y la más enemiga de lo escandaloso e incorrecto de cuantasLadiesvestían y calzaban a la sazón en todo el Reino Unido de la Gran Bretaña.
Por otra parte, yo soy muy imparcial, y cuando hay disculpa, la hallo aunque sea contra mí. Mi pretensión pecaba de extemporánea, era harto sospechosa y carecía de documentos fehacientes en que fundarse.
Mi orgullo maternal y mi altivo menosprecio de las consideraciones y respetos sociales, en época en que estaba yo más sobre mí y muy engreída, me habían inducido a ser imprevisora y a no desear ni buscar con oportunidad mayor el reconocimiento de mi hija por quien evidentemente era su padre.
Mi empeño fue ya tardío. A fuerza de gestiones mi embajador clérigo consiguió ver en secreto a Juan Maury y exponerle el objeto de su embajada; pero Juan Maury, lleno de desconfianza, le despidió sin hacerle caso.
Todavía, con humillante terquedad, persistí yo en mis ruegos y escribí varias cartas a mi antiguo y descastado amante. El único resultado que obtuve fue infundir en su ánimo un miserable terror de que suLadysorprendiese mi correspondencia a medias y pusiese el grito en el cielo. Para salvarse de tamaña calamidad, Juan Maury me envió como mensajero a un hombre de negocios de toda su confianza, quien, más que a convenir en nada, vino a imponerme silencio. Aunque era inglés y no hablaba la lengua francesa muy de corrido, yo no he visto ni oído nunca a nadie más fresco, circunspecto y reposado en su hablar, ni que acertase a decir mayores crudezas y enormidades, sin descomponerse y sin manifestar en la forma y combinación de sus palabras nada deshockingni de feo. Traducido lo que me dijo en rudas frases era como sigue: que si Juan Maury, que había sido guapo y muy querido de las damas, tuviese que aceptar un hijo por cada uno de los extravíos o ligerezas de su primera juventud, se expondría a poder formar un batallón con su prole; que sus relaciones conmigo habían sido de lo más ligeras, sin compromiso ninguno, y de duración muy corta; y que él no tenía ningún motivo justificado para afirmar con pleno convencimiento que durante dichas relaciones había sido el único, porque entonces había también un marido legítimo, y había además dos rivales que con grave escándalo y por celos riñeron en desafío, resultando muerto uno de ellos. En suma, el mensajero inglés me amonestó para que abandonase mi empeño absurdo, del cual sólo podría originarse la perturbación de la paz doméstica en el seno de una honrada y nobilísima familia.
No he de negarte aquí que el discurso de aquel mensajero inglés me revolvió ferozmente la bilis: estuvo a punto de restaurar en mí las bizarrías de mis verdes años y mis arrestos de chula. En mis manos, cuidadas ahora con el esmero de las manos de una princesa, sentí bullir la comezón y el prurito de hartar a aquel inglés de bofetadas y de arañazos. Pero su corrección, su calma y su serenidad impasible me contuvieron y lo aguanté todo. Lo que sí hice fue derribar con ira y hasta con asco el ídolo de Juan Maury del altar que misteriosamente le había yo erigido en el templo de mis recuerdos. Y aunque mis manos permanecieron ociosas e inertes, no le sucedió lo mismo a mi lengua. La esgrimí como puñal buido. Si no calenté bien con mis manos la cara del inglés, con la lengua le calenté las orejas. En contestación de lo que él insinuó acerca del nombre ilustre que anhelaba yo dar a mi hija, llegué a decir al inglés que ya prefería yo hacerla hija de un zapatero remendón a que fuese hija de su amo. En suma, yo me desahogué de veras y despedí al inglés con cajas destempladas.
Para siempre deseché la esperanza y abandoné el propósito de que mi hija tuviera padre en la tierra. Casi creí juiciosa la idea extravagante del sansimoniano Padre Enfantín de no conceder sino madres a los seres humanos y de suponerles un padre ideal para que imitasen mejor a Cristo.
No era Lucía de este parecer. No poco traslució de los pasos que había yo dado y del mal éxito que habían tenido. Su amargura hubo de ser grande. La opinión que de mí tenía hubo también de malearse mucho. No dejó por eso de mostrarme sino que extremó más que antes su cariño y su respeto hacia mí; pero cada día ponderó más lo decidido y lo invencible de su vocación.
En balde fueron mis razonamientos y mis súplicas para que Lucía desistiera. Al fin tuve que ceder y que consentir.
Hace ya más de un año que Lucía tomó el velo y se encerró para siempre en el claustro.
Nada diría yo si creyese su determinación enteramente nacida de fervor religioso; pero yo me atormentaba y aún me atormento sospechando que la desesperada soberbia de mi hija y la lucha interior entre el respetuoso cariño que me tenía y me debía y el pésimo concepto que de mí formaba, la habían llevado a sacrificarse.