VIII

Desgraciadamente para la señora Chermidy, los venenos llegaron antes que el Champaña. El doctor se mostró prudente, bromeó mucho y no cometió la menor imprudencia. Se recreó en las curiosidades arqueológicas, aseguró que la ciencia de los venenos no había progresado, que habíamos perdido las fórmulas de Locusta, de Lucrecia Borgia, de Catalina de Médicis y de la marquesa de Brinvilliers, y lamentó, riendo, la pérdida de tan hermosos secretos, lloró por el veneno fulminante del joven Británico, por las guantes perfumados de Juana de Albret, los polvos de sucesión y el licor de familia que cambiaba el vino de Chipre en vino de Siracusa; en su revista no olvidó tampoco el ramo fatal de Adriana Lecouvreur. La señora Chermidy pudo observar que el cerrajero escuchaba atentamente.

—Háblenos usted de venenos modernos—dijo al doctor—, de los venenos empleados en nuestros días, de venenos en servicio activo.

—¡Ay señora!—contestó—. Estamos en plena decadencia. No es difícil matar a las gentes: un pistoletazo basta y sobra para ello. Pero se trata de matar sin que queden vestigios. El veneno no es bueno para otra cosa y ésa es la única ventaja sobre la pistola. Desgraciadamente, en el mismo instante en que sale un tóxico nuevo, se descubre un medio de comprobar su presencia. El demonio del bien tiene las alas tan poderosas como el genio del mal. El arsénico es un buen obrero, pero ahí está el aparato de March para vigilar la obra. La nicotina no es una tontería, la estricnina también es un buen producto; pero el señor magistrado sabe tan bien como yo que la estricnina y la nicotina han encontrado ya sus fiscales, es decir, sus reactivos. Se ha adoptado el fósforo con un fundamento de razón, apoyándose en lo siguiente: «El cuerpo humano contiene fósforo en cantidad apreciable; si el análisis químico lo descubre en el cuerpo de la víctima, se podrá decir que es la Naturaleza quien lo ha puesto allí»; pero ¡ay! no nos ha costado tampoco mucho trabajo demostrar la diferencia entre el fósforo natural y el ingerido. No es, pues, difícil matar a una persona, pero es casi imposible hacerlo impunemente. Yo podría indicar a usted el medio de envenenar a veinticinco personas a la vez, en una habitación cerrada, sin darles ningún brebaje. El ensayo no costaría ni dos reales, pero al asesino le costaría la cabeza. Un químico de mucho talento ha inventado recientemente una composición sutil que también tiene su encanto. Rompiendo el tubo que la contiene, las gentes caerían como moscas, pero no se podría convencer a nadie de que la muerte había sido natural.

—Doctor—preguntó la señora Chermidy—, ¿qué es el ácido prúsico?

—El ácido prúsico o cianhídrico, señora, es un veneno muy difícil de fabricar, imposible de adquirir, imposible de conservar puro, aun en recipientes negros.

—¿Y deja trazas?

—¡Magníficas! Tiñe a las gentes de azul; así es cómo se ha descubierto el azul de Prusia.

—Usted se burla de nosotros, doctor. Usted no tiene respeto ni por aquello que hay de más sagrado en el mundo: la curiosidad de una mujer. Me han hablado de un veneno de Africa o de América que mata a los hombres con la cantidad que cabe en una punta de alfiler. ¿Es una invención de los novelistas?

—No, es una invención de los salvajes. Se unta con él la punta de las flechas. Lindo veneno, señora; no hace languidecer a sus víctimas; es el rayo en miniatura. Lo más curioso es que se le puede comer impunemente. Los salvajes lo emplean en las salsas y en los combates, en la guerra y en la cocina.

—Acaba usted de decir su nombre y ya no me acuerdo.

—No lo he dicho, señora, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es elcurare. Se vende en Africa, en las montañas de la Luna. El comerciante es antropófago.

La señora Chermidy dejó a un lado sus venenos para dedicarse a sus invitados. El doctor guardó cuidadosamente el depósito terrible que todo médico lleva consigo. Pero el duque quedó muy bien impresionado de la atención y del interés de Mantoux. Desde entonces quedaba al servicio de su hija.

LOS BUENOS TIEMPOS

Cuando se lee una historia de la Revolución francesa se sorprende uno grandemente al encontrar meses enteros de paz profunda y de dicha completa. Las pasiones están adormecidas, los odios descansan, los temores desaparecen, los partidos rivales marchan como hermanos cogidos de la mano, los enemigos se besan en la plaza pública. Esos hermosos días son como un alto preparado de etapa en etapa en un camino sangriento.

Altos parecidos se encuentran en la vida más agitada y más desgraciada. Las revoluciones del alma y del cuerpo, las pasiones y las enfermedades también necesitan algunos instantes de reposo. El hombre es un ser tan débil que no puede obrar ni sufrir continuamente. Si no se detuviese de cuando en cuando, pronto agotaría sus fuerzas.

El verano de 1853 fue para Germana uno de esos momentos de reposo que tanto convienen a la debilidad humana. Y a fe que se aprovechó de ello; se recreó en su dicha y adquirió algunas fuerzas para las pruebas por que aun tenía que pasar.

El clima de las islas Jónicas es de una dulzura y una regularidad sin igual. Allí el invierno no es otra cosa que la transición del otoño a la primavera; los veranos son de una serenidad fatigosa. De cuando en cuando se ve una nube pasajera sobre las siete islas, pero no se detiene nunca. Se pasan hasta tres meses esperando una gota de agua. En aquel árido paraíso no se dice: Aburrido como la lluvia, sino: Aburrido como el buen tiempo.

El buen tiempo no aburría a Germana; la curaba lentamente. El señor Le Bris asistía a aquel milagro del cielo azul; dejaba obrar a la Naturaleza y seguía con un interés apasionado la acción lenta de un poder superior al suyo. Era demasiado modesto para atribuirse el honor de la cura, y confesaba ingenuamente que la única medicina infalible es la que viene de lo alto.

No obstante, para merecer la ayuda del Cielo, él también ayudaba un poco. Había recibido de París el yodómetro del doctor Chartroule con una provisión de cigarrillos yodados. Estos cigarrillos, compuestos de hierbas aromáticas y de plantas calmantes en infusión con una disolución de yodo, haciendo llegar el medicamento hasta los pulmones, acostumbraban a los órganos más delicados a la presencia de un cuerpo extraño y preparaban al enfermo para aspirar el yodo puro a través de los tubos del aparato. Por desgracia, el aparato llegó destrozado, aunque hubiese sido embalado por el mismo duque y conducido con los mayores cuidados por el nuevo doméstico. Era necesario pedir otro, y esto requería tiempo.

Al cabo de un mes de aquel tratamiento anodino, Germana experimentaba ya una mejoría sensible. Estaba menos débil durante el día; soportaba mejor las fatigas de un largo paseo y cada vez acudía con menos frecuencia a su cama de reposo. Su apetito era más vivo, y sobre todo más constante; ya no rechazaba los alimentos casi sin haberlos probado. Comía, digería y dormía bastante bien. La fiebre de la caída de la tarde había disminuido; los sudores que inundan por las noches a los tísicos, no eran tan abundantes.

El corazón de la enferma no tardó también en entrar en convalecencia. Su desesperación, su humor huraño y el odio a los que la amaban, cedieron la plaza a una melancolía dulce y benévola. Se consideraba tan dichosa al sentirse renacer, que hubiera querido dar las gracias al cielo y a la tierra.

Los convalecientes son niños grandes que se asen, por miedo de caer, a todo lo que les rodea. Germana retenía a sus amigos a su lado; temía a la soledad; quería ser tranquilizada a todas horas; continuamente decía a la condesa: «¿Verdad que estoy mejor?» Y luego, en voz más baja, añadía: «¿Me moriré?» La condesa le respondía riendo: «Si la muerte viniese por usted yo le enseñaría mi cara y ya tendría buen cuidado de escaparse.» La condesa estaba orgullosa de su fealdad, como las otras mujeres lo están de su belleza. La coquetería es infinita.

Don Diego esperaba pacientemente que Germana le comprendiese. Era demasiado delicado y demasiado orgulloso para importunarla con sus cumplimientos, pero siempre estaba dispuesto a dar el primer paso cuando ella le llamase con la mirada. Para la joven se había hecho ya una dulce costumbre el espectáculo de aquella amistad discreta y silenciosa. El conde tenía en su fealdad algo de heroico y de grande que las mujeres aprecian más que la hermosura. No era de aquellos que hacen conquistas, pero sí de los que inspiran pasiones. Su larga cara cetrina, sus grandes manos bronceadas contrastaban con cierta brillantez con su traje blanco. Sus grandes ojos negros dejaban escapar relámpagos de dulzura y de bondad; su voz fuerte y metálica adquiría a veces inflexiones suaves. Germana acabó por encontrar un parecido entre aquel grande de España y un león amansado.

Cuando se paseaba por el jardín bajo los viejos naranjos, apoyada en el brazo de la vieja o arrastrando al pequeño Gómez, el conde la seguía de lejos, sin afectación, con un libro en la mano. No adoptaba los aires melancólicos de un enamorado, ni confiaba sus suspiros al viento. Más bien se le hubiera tomado por un padre indulgente que quiere vigilar a sus hijos sin intimidarlos en sus juegos. Su afecto por Germana se componía de caridad cristiana, de compasión por la debilidad y de aquella alegría agridulce que un hombre de corazón encuentra en el cumplimiento de los deberes difíciles. Quizá también había en aquel sentimiento algo de legítimo orgullo. Constituía, efectivamente, una hermosa victoria arrancar una presa cierta a la muerte y crear de nuevo un ser que la enfermedad casi había destruido. Los médicos conocen ese placer y consagran toda su amistad a los que han sacado del otro mundo; tienen por ellos la ternura del criador por la criatura.

El hábito, que lo vence todo, había acostumbrado a Germana a hablar con su marido. Cuando se ve a una persona desde la mañana a la noche, no hay odio que dure; se habla, se responde, esto no compromete a nada; pero, la vida no es posible más que a este precio. Ella le llamaba don Diego; él sencillamente Germana.

Un día de mediados del mes de junio, estaba tendida en el jardín sobre unos tapices de Esmirna. La señora de Villanera, sentada a su lado, desgranaba maquinalmente un grueso rosario de coral, y el pequeño Gómez recogía naranjas del suelo para atiborrarse los bolsillos. En aquel momento pasaba el conde con un libro en la mano. Germana se incorporó y le invitó a tomar asiento. El obedeció sin hacerse de rogar y guardó el libro en el bolsillo.

—¿Qué leía usted?—preguntó ella.

—Va usted a reírse de mí. El griego—contestó ruborizándose como un colegial.

—¡El griego! ¡Usted sabe leer el griego! ¿Y un hombre como usted ha podido entretenerse aprendiendo el griego?

—Una verdadera casualidad. Mi preceptor hubiera podido resultar un imbécil como los demás, ¿no es cierto?, pues bien, me encontré con que era un sabio.

—¿Y usted lee el griego por placer?

—A Homero, sí. Esto es laOdisea.

—Sí—dijo simulando un pequeño bostezo—. Ya había leído eso en Bitaubé. Era un libro con un cuchillo y un casco en la cubierta.

—Siendo así, le extrañaría a usted mucho si le leyese a Homero en Homero; seguramente no le reconocería.

—¡Muchas gracias! no me gustan las historias de batallas.

—No las hay en laOdisea. Es una novela de costumbres, la primera que se haya escrito, y quizás la más hermosa. Nuestros autores a la moda, no inventarán nada más interesante que la historia de ese propietario campesino que ha dejado su casa para ganar dinero, que vuelve después de veinte años de ausencia, que encuentra a su regreso un ejército de faquines instalados en su casa para galantear a su mujer y comerse su pan y que los mata a flechazos. Hay ahí un drama interesante, incluso para el público de los bulevares. Nada falta, ni el fiel servidor Eumeo, ni el pastor que hace traición a su amo, ni las criadas juiciosas, ni las criadas locas. El único defecto de esta historia es que siempre nos la han servido con una traducción llena de énfasis. Han cambiado en otros tantos reyes los jóvenes rústicos que cortejaban a Penélope; han convertido la granja en palacio y han prodigado el oro por todas partes. Si yo me atreviese a traducirle solamente una página, quedaría usted maravillada de la verdad sencilla y familiar del relato; usted vería con qué alegría ingenua habla el poeta del vino tinto y de la carne suculenta: y con qué admiración, de las puertas bien cerradas y de las mesas bien acepilladas. Vería usted sobre todo con qué exactitud está descrita la Naturaleza y reconocería en mi libro el mar, el cielo y la campiña que ahora estamos contemplando.

—Probemos, pues—dijo Germana—. Si me duermo, ya lo verá usted.

El conde obedeció muy a gusto y comenzó a traducir el primer canto a libro abierto, desarrollando ante los ojos de Germana el bello estilo homérico, más rico, más pintoresco y más centelleante que los brillantes tejidos de Beyruth y de Damasco. Su traducción era tanto más libre cuanto que no entendía bien todas las palabras, pero entendía perfectamente al poeta. Abrevió algunas descripciones demasiado largas, interpretó a su modo ciertos pasajes curiosos y a todo añadió un comentario inteligente. En resumen, consiguió interesar a su querido auditorio, a excepción del marqués de los Montes de Hierro que chillaba como un condenado para interrumpir la lectura. Los niños son como los pájaros; cantan cuando se habla delante de ellos.

Yo no sé si los jóvenes esposos llegaron hasta el final de laOdisea, pero don Diego había encontrado el medio de despertar el interés de su mujer, y esto era mucho. Germana adquirió la costumbre de oírle leer y de encontrarse bien en su compañía y no tardó en ver en él un espíritu superior. Era demasiado tímido para hablar en su propio nombre, pero la vecindad de un gran poeta le daba atrevimiento y sus ideas personales iban saliendo a la superficie bajo la protección del pensamiento de los otros. Dante, Ariosto, Cervantes, Shakespeare, fueron los sublimes intermediarios que se encargaron de aproximar aquellas dos almas y de infundirlas cariño. Germana no se sentía humillada por su ignorancia ni ante la superioridad de su marido. La mujer se siente orgullosa de no ser nada en comparación del que ama.

Pronto adoptaron el hábito de vivir juntos y de reunirse en el jardín para hablar y para leer. Lo que constituía el encanto de aquellas reuniones, no era la alegría; era una cierta serenidad tranquila y amistosa. Don Diego no sabía reír y la risa de su madre se asemejaba a una mueca nerviosa. El doctor, franco y alegre como un champañés, parecía dar la nota discordante cuando arrojaba su grano de sal en la conversación. Germana aun tosía alguna vez y conservaba en su cara la expresión inquieta que da el presentimiento de la muerte. Y no obstante, aquellos días de verano sin nubes habían sido los primeros días dichosos de su juventud.

¿Cuántas veces, en aquella intimidad de la vida de familia, fue turbado el espíritu del conde por el recuerdo de la señora Chermidy? Nadie lo ha sabido y yo tampoco me aventuraré a decirlo. Es probable que la soledad, la ociosidad, la privación de placeres activos, en que el hombre gasta sus energías, y, en fin, la savia de la primavera que asciende a la cabeza de los seres vivientes como a las sumidades de los árboles, le hiciera lamentar más de una vez la noble resolución que había tomado. Los trapenses que vuelven la espalda al mundo después de haber gozado de él, encuentran en el fondo del claustro armas prestas contra las tentaciones del pasado; son éstas el ayuno, la oración y un régimen capaz de matar los ímpetus juveniles. Quizás hay más mérito en combatir como don Diego, completamente desarmado. El señor Le Bris le seguía con el rabillo del ojo, como a un enfermo al que hay que evitar una recaída. Le hablaba muy raras veces de París, nunca de la calle del Circo. Un día leyó en un diario francés que laNáyadehabía anclado ante Ky-Tcheou, en el mar del Japón, para pedir reparación del insulto hecho a unos misioneros franceses; Le Bris rompió el periódico para que su lectura no pudiese suscitar la menor conversación sobre la señora Chermidy.

En Oriente, a horas determinadas, la brisa del mediodía embriaga más poderosamente los sentidos del hombre que el vino de Tinos que se bebe con el nombre de malvasía; el corazón se funde como la cera; la voluntad se distiende, el espíritu se debilita. Si uno se esfuerza en pensar, las ideas se escapan como el agua que se va de entre los dedos. Se va a buscar un libro, un dulce y antiguo amigo y, sin querer, los ojos se desvían desde las primeras líneas; la mirada vaga, los párpados se abren y se cierran sin saber por qué. Es en esas horas de somnolencia y de dulce quietud cuando nuestros corazones se abren por sí mismos. Las virtudes masculinas triunfan fácilmente cuando un frío vivo nos enrojece la nariz y nos hiela las orejas, y cuando el aire de diciembre aprieta las fibras de la carne y de la voluntad. Pero cuando los jazmines extienden su perfume por los alrededores, cuando las hojas del laurel cerezo nos caen sobre la cabeza, cuando los pinos sacudidos por el viento suenan como liras y cuando las velas blancas se dibujan a lo lejos sobre el mar, entonces sería preciso ser bien ciego y bien sordo para ver y oír otra cosa que el amor.

Don Diego advirtió un día que Germana había cambiado, sin perder nada en el cambio. Sus mejillas estaban más llenas y mejor nutridas; todos los huecos de aquel lindo rostro se iban rellenando; las arrugas siniestras comenzaban a borrarse. Un color más sano orlaba su bella frente, y sus cabellos de oro no parecían ya la corona de una muerta.

Había oído una lectura bastante larga; la fatiga y el sueño se habían apoderado de ella al mismo tiempo y, dejando caer la cabeza hacia atrás, se había quedado dormida en el sillón. El conde estaba solo con ella. Dejó el libro en el suelo, se aproximó dulcemente, se puso de rodillas ante ella y adelantó los labios para besarla en la frente, pero se contuvo por un instinto de delicadeza. Por primera vez pensó con horror en la manera cómo había llegado a ser el esposo de Germana; tuvo vergüenza de la venta, se dijo que un beso obtenido por sorpresa sería algo como un crimen, y se prohibió a sí mismo amar a su mujer hasta el día en que estuviese seguro de ser amado por ella.

Los huéspedes de la villa Dandolo no vivían en una soledad tan absoluta como se pudiera suponer. El aislamiento no se encuentra más que en las grandes ciudades, donde cada uno vive para sí sin inquietarse del vecino. En el campo, los menos sociables se buscan y no se teme hacer un camino de una legua; el hombre sabe que ha nacido para la sociedad y busca la conversación de sus semejantes.

Pocos eran los días en que Germana no recibía alguna visita. Al principio iban a su casa por curiosidad, después por un interés compasivo y finalmente por amistad. Aquel rincón de la isla estaba habitado por cinco o seis familias modestas, que hubieran sido pobres en la ciudad, y que no carecían de nada en sus tierras porque sabían contentarse con poco. Sus castillos caían en ruinas y no tenían dinero para repararlos; pero sostenían con cuidado, encima de la puerta de entrada, un escudo contemporáneo de las Cruzadas. Las islas Jónicas son elfaubourgSaint-Germain de Oriente; allí encontraréis las grandes virtudes y las pequeñas extravagancias de la nobleza, orgullo, dignidad, pobreza decente y laboriosa, y una cierta elegancia en la vida más humilde.

Al propietario de la villa, el señor conde Dandolo, no le hubieran podido reprochar nada sus antepasados los dux. Era un hombre pequeño, vivo e inteligente, muy conocedor de los asuntos políticos, atraído a la vez por el partido griego y la influencia inglesa, pero inclinado a la oposición y siempre dispuesto a juzgar con severidad los actos del lord comisario. Seguía de cerca las intrigas viejas y nuevas que dividen a Europa, vigilaba los progresos del leopardo británico, discutía la cuestión de Oriente, se inquietaba de la influencia de los jesuitas y era presidente de la logia masónica de Corfú. Un excelente hombre que derrochaba más actividad que un marino del antiguo régimen para navegar alrededor de un vaso de agua. Su hijo Spiro, un hermoso joven de treinta años, se había dejado conquistar por las ideas inglesas, como toda la nueva generación. Era amigo de los oficiales y se le veía en el teatro con ellos. Los Dandolo hubieran podido vivir espléndidamente si se hubiesen podido deshacer de sus bienes, pero en Corfú los habitantes son tan pobres, como rica es la tierra. Todos están prestos a vender, nadie a comprar. El conde y Spiro hablaban elegantemente las tres lenguas del país, el inglés, el griego y el italiano; además sabían el francés, por lo que su amistad fue preciosa para Germana. Spiro se interesaba por la bella enferma con todo el calor de un corazón desocupado.

Algunas veces lo acompañaba un hombre, digno por todos conceptos de sus amigos, el doctor Delviniotis, profesor de química de la Facultad de Corfú. El señor Delviniotis profesaba a la enferma una amistad tanto más viva, cuanto que él tenía una hija de la misma edad. Daba sus consejos al doctor Le Bris, hablaba en italiano con el conde y la señora de Villanera y lamentaba no saber el francés para poder entablar más amplio conocimiento con Germana. Se le veía sentado delante de ella durante horas enteras, buscando una frase o mirándola sin decir nada con esa cortesía tranquila y muda que reina en todo Oriente.

El hombre más ruidoso de toda la compañía era un viejo francés, establecido en Corfú desde el año 1814, el capitán Bretignières. Había abandonado el servicio a los veinticuatro años con una pensión de retiro y una pierna de madera. Aquel corpachón seco y huesudo saltaba alegremente, bebía de lo lindo, reía a carcajadas y se burlaba de la vejez. Hacía una legua a pie para ir a comer a la villa Dandolo, contaba historietas militares, se atusaba el bigote y sostenía que las islas Jónicas deberían pertenecer a Francia. Era un convidado sumamente agradable que comunicaba su alegría a todos los de la casa. Algunas veces, cuando se echaba vino en el vaso, decía sentenciosamente:

—Cuando se está en buena compañía, se puede beber impunemente tanto como se quiera.

Germana comía siempre con buen apetito cuando el capitán estaba allí. Aquel amable cojo, tan obstinadamente apegado a la vida, le hacía acariciar una dulce esperanza y la obligaba a creer en el porvenir. El señor de Bretignières tuteaba al pequeño marqués, le llamaba mi general y le hacía saltar sobre su única rodilla. Besaba galantemente las manos de la enferma y la servía con la devoción de un viejo paje o de un trovador retirado.

Tenía un admirador de otra escuela en la persona del señor Stevens, juez de instrucción del tribunal real de Corfú. Este honorable magistrado empleaba en los cuidados de su cuerpo un sueldo de mil libras esterlinas anuales. No habéis visto jamás un hombre más limpio, más satisfecho, más nutrido, más brillante y de una salud más tranquila y mejor paladeada. Egoísta como todos los viejos solterones, serio como todos los magistrados, flemático como todos los ingleses, ocultaba bajo la beatífica rotundidez de su cuerpo una cierta dosis de sensibilidad. La salud le parecía un don tan precioso, que hubiera querido repartirla entre todo el mundo. Había conocido al joven inglés de Pompeya y había seguido de cerca las diversas fases de su curación. Contaba ingenuamente que había experimentado una simpatía mediocre por aquel ser pálido y moribundo, pero que le había amado más de día en día a medida que le veía volver a la vida. Había acabado por ser su amigo íntimo el día en que pudo estrecharle la mano sin hacerle gritar. Fue lo mismo para Germana. Evitó aficionarse a ella mientras la creyó condenada a muerte; pero desde el momento en que le pareció que se instalaba en este mundo, le abrió su corazón de par en par.

Los más próximos vecinos de la casa eran la señora Vitré y su hijo. En poco tiempo se convirtieron en los amigos más íntimos. La baronesa de Vitré era una normanda refugiada en Corfú con los restos de su fortuna. Como ella evitaba contar su historia, no se supo jamás qué acontecimientos la habían arrojado de su país. Lo que era evidente es que la baronesa vivía como una mujer honrada y educaba admirablemente a su hijo. Tenía cuarenta años y una belleza un poco vulgar; en Francia la hubieran tomado por una granjera del país de Caux. Pero ella se ocupaba de su casa, de sus olivos y de su querido Gastón con una actividad metódica y un celo incansable que denotaban su procedencia. La grandeza es un don que se revela en todas las situaciones de la vida y sobre los escenarios más diversos: se muestra por igual en el trabajo y en el reposo y no brilla más en un salón que en una buhardilla. La señora de Vitré, entre sus dos criadas, vestida, como ellas, con el traje nacional, parecido al hábito de los carmelitas, tenía un aspecto tan imponente como Penélope bordando las túnicas del joven Telémaco. Gastón de Vitré, bello como una joven de veinte años, llevaba la vida ruda y activa de un noble campesino. Trabajaba, cortaba los árboles, cogía naranjas y arrancaba las ramas de los granados cuyos rojos frutos se abrían al sol. Por la mañana, corría con la escopeta al hombro para matar algunos zorzales o papafigos; por la noche, leía con su madre, que fue su profesor y la nodriza de su espíritu. Sin preocupaciones del porvenir, ignorando las cosas del mundo y encerrando sus pensamientos en el horizonte limitado por sus miradas, no deseaba otros placeres que una hermosa jornada de caza, una lectura de Lamartine o un paseo por el mar. Era un corazón virgen, un alma severa y blanca como esas bellas hojas de papel que invitan a la pluma a escribir. Cuando su madre lo llevó a la villa Dandolo, advirtió, por primera vez, que era un pobre ignorante, se ruborizó de la ociosidad en que había vivido y lamentó no haber aprendido la medicina.

Las visitas son siempre largas en el campo. Se hace tanto para verse, que se tiene pena después de abandonarse. Los Dandolo y los Vitré, el doctor Delviniotis, el juez y el capitán pasaban algunas veces días enteros alrededor de la hermosa enferma. Ella los retenía con alegría, sin darse cuenta del motivo secreto que la hacía obrar así. Es que ya comenzaba a evitar las ocasiones de encontrarse sola con su marido. Tanto como el amor declarado huye de los importunos y busca la intimidad, el amor naciente gusta de la compañía y de las distracciones. Desde que nos comenzamos a sentir poseídos por otro, nos parece que los extraños y los indiferentes nos protegen contra nuestra debilidad, y que quedaríamos sin defensa sin ellos.

La señora de Villanera servía, sin saberlo, este secreto deseo de Germana, reteniendo a su lado a la señora de Vitré, con la que cada día se sentía más identificada. Don Diego no había llegado aún a ese punto en que un amante soporta impacientemente la compañía de los extraños; su cariño por Germana era aún desinteresado. Buscaba ante todo aquello que podía distraer a la joven para que se sintiese más interesada por la vida. Quizás aquel hombre tímido, como todos los hombres verdaderamente fuertes, evitaba explicarse a sí mismo el sentimiento nuevo que le atraía hacia ella. Temía verse preso entre dos deberes contrarios; no se podía ocultar que estaba ligado por toda la vida a la señora Chermidy. La creía digna de su amor, la amaba a pesar de su falta, como se ama a la mujer culpable o inocente por la que se es correspondido. Si hubieran ido con pruebas en la mano a decirle que la señora Chermidy no era digna de él, hubiera experimentado un sentimiento de angustia y no se hubiera alegrado de recobrar su libertad. No se rompe fácilmente con tres años de dicha: no se dice frotándose las manos: ¡Loado sea Dios! ¡mi hijo es el hijo de una intrigante!

El conde experimentaba, pues, un malestar moral, una inquietud sorda que contrariaba su pasión naciente. Temía confesarse a sí mismo; se detenía ante su corazón como ante una carta que no nos atrevemos a abrir.

Mientras tanto, los jóvenes esposos se buscaban, se encontraban bien cuando estaban juntos y daban las gracias desde el fondo de su corazón a los que les impedían estar solos. El círculo de amigos que se sentaban alrededor de ellos, abrigaba su amor, como los grandes obreros que rodean los vergeles de Normandía protegen la floración de los manzanos.

El salón de recepciones era el centro del jardín, alfombrado de naranjas que habían caído antes de sazonar. Germana, sentada en su sillón, fumaba cigarrillos yodados; el conde la miraba vivir; la señora de Villanera jugaba con el niño como una faunesa vieja y negra con su retoño bronceado. Los amigos se balanceaban en las mecedoras que se habían hecho traer de América. De cuando en cuando, Mantoux u otro criado de la casa, servía café, helados o confituras, según los usos de la hospitalidad oriental. Los huéspedes se extrañaban de que la dueña de la casa fuese la única fumadora de toda la concurrencia. En Oriente se fuma siempre. Vosotros arrojáis el cigarrillo a la puerta de una casa, pero la dueña os ofrece otro en seguida. Germana, sea que fuese más indulgente para el único vicio de su marido, sea que se apiadase de aquellos pobres griegos que no podían vivir sin el tabaco, decretó un día que el cigarrillo sería permitido en toda la extensión de su imperio. Don Diego le recordó sonriendo sus antiguas repugnancias. La joven se ruborizó ligeramente y replicó con viveza:

—He leído enEl Conde de Montecristoque el tabaco turco era un perfume y yo sé que aquí, a la vista de las riberas de Turquía, no se fuma de otro. No se trata de esos nauseabundos cigarros que usaba usted y cuya sola vista me hace daño.

Bien pronto se vieron aparecer en el jardín y en la casa los grandeschibuksde hornillo rojo y boquilla de ámbar; losnarghilésde cristal que cantan al hervir y que pasean sobre la hierba su largo tubo flexible como una serpiente. A fines de julio los nauseabundos cigarros se escaparon tímidamente de no sé qué receptáculo invisible y encontraron gracia ante Germana, lo que dio a comprender que se encontraba mucho mejor.

Fue por aquella época cuando el elegido por la señora Chermidy, Mantoux, llamadoPoca Suerte, tomó el partido de envenenar a su ama.

Hay siempre algo de bueno en el hombre más vicioso y yo debo confesar que por espacio de dos meses fue un criado excelente. Cuando el duque, que ignoraba su historia, le hizo dar un pasaporte a nombre de Mateo, atravesó la frontera con alegría y reconocimiento. Quizá pensaba de buena fe, como el criado de Tucaret, en ser el tronco de hombres honrados. La dulzura de Germana, el encanto que ejercía sobre todos los que la rodeaban, lo bien que pagaba a los que la servían y la poca esperanza que se tenía de salvarla, inspiraron buenos sentimientos a aquel criado de contrabando. Sabía mucho mejor descerrajar una puerta que preparar un vaso de agua azucarada, pero se esforzó en no parecer un novicio y lo consiguió. Pertenecía a una raza inteligente, apta para todo, hábil en todos los oficios y en todas las artes. Se aplicó tan bien, hizo tales progresos y aprendió tan pronto su obligación, que sus amos estaban muy contentos de él.

La señora Chermidy le había recomendado que ocultase su religión y aun que renegase de ella si le interrogaban. Conocía la fama de intolerantes que tienen los españoles para con los israelitas. Desgraciadamente aquel honrado hombre forrado de nuevo no podía ocultar su cara. La señora de Villanera sospechó que, por lo menos, era un hebreo convertido. Porque, como buena española, hacía poca diferencia entre los convertidos y los obstinados[F]. Era la mejor mujer del mundo, pero los hubiera enviado a todos a la hoguera, segura de que los doce apóstoles hubieran hecho otro tanto.

Mantoux, que había transigido más de una vez con su conciencia, no hizo escrúpulos al acto de renegar de la religión de sus padres. Pero, por una de esas contradicciones tan frecuentes en los hombres, no se decidió nunca a comer los mismos alimentos que sus camaradas. Sin hacer alarde de ello, se dedicó a las legumbres, a las frutas y a las herbáceas, viviendo como un vegetariano, un pitagórico. Se consolaba de este régimen cuando se le enviaba con alguna comisión a la ciudad. Entonces corría en derechura al barrio judío, fraternizaba con sus compatriotas, hablaba con ellos esa jerga semihebraica que sirve de lazo de unión a la gran nación dispersa, y comía carnekaucher, es decir, matada por el sacrificador, según los preceptos de la ley. Era un consuelo que seguramente le habría faltado durante el tiempo que estuvo en presidio.

Hablando con sus correligionarios, se enteró de muchas cosas; supo que Corfú era un excelente país, una verdadera tierra de promisión en la que se vivía muy barato y en la que sería rico con 1.200 francos de renta. Se enteró también de que la justicia inglesa era severa, pero que con una buena lancha y dos remos se podía escapar a la persecución de la ley. Bastaba poner el pie en Turquía; el continente estaba a algunas millas de allí, ¡se le veía, se le tocaba casi! Supo, por fin, donde se podía adquirir arsénico a un precio módico.

Hacia los últimos días de julio, oyó afirmar a muchas personas que la joven condesa estaba en vías de curación. Se aseguró por sus propios ojos y vio que, efectivamente, estaría restablecida de un día a otro. Todas las noches al llevarle un vaso de agua azucarada podía observar, junto con el señor Le Bris, cómo disminuían la tos y la fiebre. Un día asistió al acto de desembalar una caja mucho mejor cerrada que la que él había traído de París. De ella vio salir un lindo aparato de cobre y de cristal, una pequeña máquina muy sencilla, y tan sugestiva, que al verla sentía uno no ser tísico. El doctor se apresuró a montarla, y dijo, mirándola con ternura: «¡He aquí, tal vez, la salvación de la condesa!»

Estas palabras fueron tanto más penosas para Mantoux, cuanto que acababa de echar el ojo a una pequeña propiedad, con sus árboles y su casa para el dueño, el nido que podía apetecer una familia honrada. Entonces se le ocurrió la idea de hacer añicos aquel aparato de destrucción que amenazaba su fortuna. Pero no tardó en comprender que le pondrían a la puerta y que no sólo perdería su pensión, sino también su sueldo. Resignose, pues, a ser un buen criado.

Por desgracia, sus camaradas hacían ya comentarios sobre el régimen vegetariano a que se había sometido. La señora de Villanera entró en alarma, se informó de todo y decidió que era un judío incorregible, relapso y todo lo demás por añadidura. Le preguntó si le convenía buscar una plaza en Corfú, o bien prefería regresar a Francia. El desgraciado gimió, pidió gracia y recurrió a la intervención caritativa de la buena Germana, pero la señora de Villanera se mostró inexorable. Todo lo que pudo obtener es que continuaría allí hasta la llegada de su substituto.

Le quedaba un mes por delante: he aquí cómo lo aprovechó. Compró algunos gramos de ácido arsenioso que guardó en su habitación. Cogió una pizca, la cantidad necesaria para matar a dos hombres, y la disolvió en un vaso de agua. Colocó el vaso en la alacena, sobre una tabla muy alta a la cual no se podía llegar sino subiéndose a una silla; y, sin perder tiempo, echó algunas gotas de aquel líquido envenenado en el agua de la enferma, después de prometerse repetir las operación todos los días, matar lentamente a su ama y merecer, a pesar del pequeño aparato, los beneficios de la señora Chermidy.

CARTAS DE CHINA Y DE PARÍS

al señor Mateo Mantoux, en casa del señor conde de Villanera, Villa Dandolo, en Corfú

«Sin fecha.

»Tú no me conoces, y yo en cambio te conozco como si te hubiese inventado. Eres un antiguo pensionista del Gobierno en la escuela naval de Tolón; allí es donde te vi por primera vez. Más tarde te encontré en Corbeil; no era tu posición muy brillante y la policía tenía fijos los ojos en ti. Tuviste la suerte de caer sobre una estúpida parisiense que te procuró una buena colocación con la esperanza de una pensión. La señora de la calle del Circo y su camarera te tienen por un inocente; se dice que tus señores te distinguen con su confianza. Si la enferma que cuidas hubiera tomado soleta para el otro mundo, serías rico, considerado, y vivirías como un burgués allí donde mejor te pluguiese. Desgraciadamente no se ha decidido, y a ti no se te ha ocurrido hacer nada para decidirla. Peor para ti; seguirás llamándotePoca Suerte. El comisario de policía de Corbeil te busca. Está sobre tu pista. Si no tomas las medidas convenientes, darán contigo ahí. Por mi parte, yo que te escribo, te he encontrado. ¿Te gustaría ir a coger pimienta a Cayena? ¡Pues trabaja, holgazán! Tienes la fortuna en la mano tan cierto como me llamo... Pero no hay necesidad de que sepas mi nombre. No soy ni Rabichon, ni Lebrasseur, ni Chassepie. Abrigo la esperanza de que sabrás comprender lo que te conviene.

»Tu amigo

»X. Y. Z.»

La señora Chermidy al doctor Le Bris

«París, 13 de agosto de 1853.

»Llave de los corazones, mi estimado amigo, he aquí una grande y magnífica noticia. Mme. de Sevigné se la haría esperar durante dos páginas; yo voy más pronto al grano y se la espeto en seguida. ¡Soy viuda, amigo mío; viuda sin apelación; viuda en última instancia, como si el notario lo hubiese rubricado! He recibido la noticia oficial, el acta de defunción, el pésame del ministerio de Marina, el sable y las charreteras del difunto y una pensión de 750 francos para que pueda poner coche en los días de mi vejez. ¡Viuda, viuda, viuda! No hay palabra más bonita en la lengua francesa. Me he vestido de negro; me paseo a pie por las calles, y siento un gran deseo de detener a los transeúntes para hacerles saber que soy viuda.

»En esta ocasión he comprendido que no soy una mujer vulgar. Conozco más de una que habría llorado por debilidad humana y para darle una pequeña satisfacción a sus nervios; yo, he reído como una loca. Ya no hay Chermidy; Chermidy no existe, y tenemos derecho a decir ya el difunto Chermidy.

»Ya sabe usted, tumba de los secretos, que jamás quise a ese hombre. No era nada para mí. Llevaba su apellido, soportaba sus botaratadas; los dos o tres bofetones que me ha dado eran los únicos lazos que el amor había formado entre nosotros. El hombre que yo he amado, mi verdadero esposo, mi esposo ante Dios, no se ha llamado nunca Chermidy. Mi fortuna no procede de ese marinero; no le debo nada, y sería una hipócrita si lo llorase. ¿No asistió usted a nuestra última entrevista? ¿Se acuerda usted de la mueca conyugal que embellecía sus facciones? Si no hubiese estado usted presente, me habría jugado una mala partida: esos maridos marinos son capaces de todo. Las cartas me han anunciado repetidas veces que yo moriría de muerte violenta, y es que las cartas conocían al señor Chermidy. Tarde o temprano me habría retorcido el cuello, y hubiera bailado el día de mi entierro. Ahora soy yo la que río, la que bailo y dice tonterías; el mío es un caso de legítima defensa.

»¡Vamos, es una linda historia la de esa muerte! Nunca se ha visto objeto de china igual, y yo la conservaré en una rinconera. Todos mis amigos han venido a darme el pésame, poniendo cara de circunstancias; pero les he contado el suceso y les he hecho perder la gravedad en seguida. Hemos estado riendo a mandíbula batiente hasta las doce y media de la noche.

»Figúrese usted, mi querido doctor, que laNáyadehabía anclado delante de Ky-Tcheou. No he podido encontrar de ningún modo en el mapa donde cae eso, y estoy desesperada. Los geógrafos de hoy son seres muy incompletos. Ky-Tcheou debe estar al sur de la península de Corea, en el mar del Japón. He encontrado Kin-Tcheou, pero en la provincia de Ching-King, en el golfo de Leou-Toung, en el mar Amarillo. ¡Póngase usted en lugar de una pobre viuda que no sabe en qué latitud la han privado de su marido!

»Sea lo que fuere, los magistrados de Ky-Tcheou o Kin-Tcheou, en la desembocadura del río Li-Kiang, habían maltratado a dos misioneros franceses. El mandarín gobernador, o padre de la ciudad, el poderoso Gu-Ly, consagraba todos sus ocios a hacerles jugarretas a los extranjeros. Existen tres factorías europeas en ese lugar de recreo. Un francés que compra seda, ejerce las funciones de agente consular. Tenía una bandera delante de su puerta y los misioneros se alojaban en su casa. Gu-Ly hizo prender a los dos sacerdotes acusándolos de predicar una religión extraña. Difícilmente se pudieron defender los sacerdotes mentados, puesto que a eso, a predicar la religión cristiana, habían ido. Fueron condenados, y corrió el rumor de que los habían matado. Debido a eso envió el almirante a laNáyadecon la misión de enterarse de lo que ocurría.

»El comandante hizo ir a Gu-Ly a su presencia, ¿Se representa usted a mi marido frente a frente con el tal chino? Gu-Ly aseguró que los misioneros no tenían novedad, pero que habían infringido las leyes del país, y por lo tanto era preciso que sufriesen seis meses de cárcel. Mi marido quiso verlos y se le ofreció que se los enseñarían a través de las rejas. Aquella misma noche se trasladó a las puertas de la prisión con una compañía de desembarco. Vio a dos misioneros que gesticulaban en la ventana, el cónsul los reconoció y todo el mundo quedó satisfecho.

»Pero al día siguiente fueron a avisar al cónsul que los misioneros habían sido degollados ocho días antes de la llegada de laNáyade. Más de veinte testigos certificaron el hecho. Mi Chermidy volvió a endosarse el uniforme, desembarcó con sus hombres, fue de nuevo a la cárcel y derribó las puertas, sin hacer caso a los misioneros que le hacían señas con los brazos para que regresara al buque. Encontró en el calabozo dos figuras de cera, modeladas con una perfección chinesca; eran los dos misioneros que le habían enseñado el día anterior.

»Mi marido montó en cólera. No era de los que sufren que se les engañe; éste es un defecto que siempre ha tenido. Volvió a bordo y juró por lo más sagrado que bombardearía la ciudad, si los asesinos no eran castigados. El mandarín, temblando como una hoja, hizo acto de sumisión y condenó a los jueces a ser aserrados vivos. Mi marido no tuvo ninguna objeción que hacer.

»Pero la legislación del país permite a todo condenado a muerte buscar un substituto. Hay agencias especiales que, mediante cinco o seis mil francos y buenas promesas, deciden a un pobre diablo a dejarse cortar en dos. Los chinos de la clase baja, los que viven mezclados con los animales, no tienen gran apego a la vida. Y se comprende. ¡Para lo que hacen! No les cuesta, pues, gran trabajo, decidirse a dejar este mundo cuando se les ofrece mil piastras y tres días para comérselas. Mi marido aceptó a los substitutos, asistió al suplicio e hizo las paces con el ingenioso Gu-Ly, llegando en su clemencia hasta invitarle a comer al día siguiente con los magistrados que se habían hecho sustituir. Esto era obrar como buen diplomático, porque, después de todo, ¿qué es la diplomacia? El arte de perdonar las injurias tan pronto como han quedado vengadas.

»Gu-Ly y sus cómplices fueron a comer a bordo de laNáyade. Los postres fueron interrumpidos por un incendio magnífico; el navío ardía como una cerilla. Funcionaron las bombas oportunamente, se echaron las culpas sobre un pinche de cocina y se dieron excusas al venerable Gu-Ly.

»¿Encuentra usted el relato un poco largo? ¡Paciencia! todo se andará. El mandarín quiso devolverle su fineza y le invitó para el día siguiente a uno de esos banquetes en que triunfa la prodigalidad china. Nosotros somos unos pobres señores comparados con esos originales. Admiramos mucho algentlemanque gasta en un cubierto para él solo quinientos francos en el café de París: ¡los chinos hacen las cosas de otro modo! Anunciaron al comandante las salsas espolvoreadas con perlas finas, los nidos de golondrinas con lenguas de faisán, y la célebre tortilla de huevos de pavo real que se hace en la misma mesa matando a cada hembra para arrancarle su huevo. Mi Chermidy, simple como un remo, no adivinó que sería él quien pagaría elmenú. Según los relatos oficiales, se relamía los labios y se prometía escuchar atentamente las comedias con que se acostumbra sazonar un festín chino.

»Desembarcó con el cónsul y cuatro hombres de escolta, bajo una lluvia persistente. Ya comprenderá usted que no olvidaría su uniforme de gala. Una diputación de magistrados lo recibió con toda la etiqueta de rigor. Supongo que quedaría satisfecho de la arenga. Si los chinos adoran la etiqueta, los marinos no la detestan. Se le izó sobre un caballejo. Desde aquí le veo trotando y dando tumbos. El animal (dicho sea sin equívoco) se hundía en el barro hasta los corvejones; las ciudades de China están empedradas con un afirmado de dos filas que las hace aptas a la vez para el tránsito rodado y para la navegación. Doce jóvenes vestidos de seda de color de rosa marchaban a sus lados, con una pluma de pavo real en la mano. Cantaban con su voz gangosa alabanzas en honor del grande, del poderoso, del invencible Chermidy, y agasajaban dulcemente a la montura con las barbas de sus plumas. Los pequeños le hacían cosquillas en las narices y los mayores le hurgaban en el interior de las orejas tan bien y tan largo tiempo, que el animal acabó por encabritarse. El caballero, torpe como un marino, cayó de espaldas. Los niños corrieron hacia él y le preguntaron todos a la vez si se había hecho daño, si tenía necesidad de algo, si quería agua para lavarse, y, sin dejar de hablar, sacaron sus cuchillos de los bolsillos y le cortaron el cuello sin ruido, sin escándalo, hasta que la cabeza quedó completamente separada del tronco.

»Es el cónsul el que ha contado esta historia. Me temo mucho que no hubiera podido hablar nunca más con nadie a no ser por el socorro de los cuatro marineros que le salvaron la vida y le condujeron a bordo. Me detengo aquí, porque la pieza pierde su interés desde el momento en que el héroe ha sido enterrado. Ya sabrá usted la continuación por los periódicos y por la carta adjunta que los oficiales de laNáyadese han tomado la molestia de enviarme. Lamento sinceramente la muerte del mandarín Gu-Ly. Si viviese aún, le aseguraría un plato de nidos de golondrinas para el resto de sus días. Desde que mi dicha depende de una doble viudez, me he prometido siempre partir un millón entre las almas caritativas que me librasen de mis enemigos. En un cajón de misecreterhabía quinientos mil francos para ese mandarín que ya no existe.

»Tumba de los secretos, quemará usted mi carta, ¿no es verdad? Queme también los periódicos que hablan de este asunto. No es necesario que don Diego sepa que yo soy libre mientras él aún continúa encadenado. Evitemos a nuestros amigos disgustos demasiado crueles. Sobre todo, no le diga usted que el luto me embellece.

»Cuide bien a la persona a la cual se ha dedicado usted. Pase lo que pase, tendrá el mérito de haberla hecho vivir más de lo que era humanamente posible. Si le hubieran dicho antes de dejar París que iba a estar ausente siete u ocho meses, ¿comería tan buenas codornices? Cuando esté curada o le ocurra otra cosa, usted vendrá a París y entonces trataremos de buscarle una clientela, porque estoy segura de que sus enfermos, a excepción de mí, no le reconocerán.

»El señor duque de La Tour de Embleuse, que me hace algunos días el honor de comer en mi casa, me ha rogado que buscase otro criado para su hija. Yo había tomado apresuradamente mis informes sobre el primero que le envié, pero después me han dicho que es un sujeto de malos antecedentes. Echelo usted lo más pronto posible, o quédeselo bajo su responsabilidad hasta la llegada del substituto.

»Adiós, llave de los corazones. El mío le está abierto desde hace mucho tiempo, y si no es usted el mejor de mis amigos, no es mía la culpa. Consérveme mi marido y mi hijo y seré siempre completamente suya.

»Honorina.»

Los oficiales de la «Náyade» a la señora Chermidy

«Hong-Kong, 2 de abril 1853.

»Señora: Los oficiales y los alumnos embarcados a bordo de laNáyadecumplimos un penoso deber al unir nuestro pesar al dolor bien legítimo que le causará la pérdida del comandante Chermidy.

»Una odiosa conspiración ha robado a Francia uno de sus oficiales más honorables y más experimentados: a usted, señora, un marido, del cual todos habíamos podido apreciar la bondad y la dulzura; a nosotros un jefe, o mejor dicho, un compañero, que tenía a honor descargarnos del peso del servicio, reservándose la parte más pesada.

»Al enviarle las insignias de su grado, que había conquistado tan laboriosamente, lamentamos, señora, no poder unir la condecoración de los valientes que merecía desde hace mucho tiempo, tanto por la duración como por la importancia de sus servicios, y que le esperaba sin duda, después de una campaña que tendremos que terminar sin él.

»Es un débil consuelo, señora, en un dolor como el suyo, el placer de la venganza. No obstante, nos sentimos orgullosos de poder decir a usted que hemos hecho gloriosos funerales a nuestro bravo comandante.

»Cuando el señor cónsul y los cuatro marineros que habían presenciado el crimen nos trajeron la noticia a bordo, el más antiguo de los tenientes de navío, que había sucedido al excelente oficial que habíamos perdido, hizo evacuar las personas y las mercaderías de las factorías europeas, y comenzamos un fuego graneado contra la ciudad que la convirtió en cenizas en menos de dos días. Gu-Ly y sus compañeros creyeron encontrar un refugio seguro en la fortaleza. La compañía de desembarco, a las órdenes de uno de los nuestros, los sitió durante una semana con dos cañones que habíamos llevado a tierra. La conducta de nuestros hombres fue admirable; vengaron cumplidamente a su comandante. LaNáyadeno izó el pabellón imperial hasta después de haber castigado implacablemente al mandarín gobernador y a todos los que se habían reunido alrededor de su persona. A la hora en que le escribimos, señora, ya no existe la ciudad llamada Ky-Tcheou; no queda en su lugar más que un montón de cenizas que podría ser llamado la tumba del comandante Chermidy.

»Reciba usted, señora, el homenaje de los sentimientos de la más profunda simpatía, y reconózcanos como sus más humildes y fieles servidores. (Siguen las firmas.)»

LA CRISIS

La época más dichosa en la vida de una joven es el año que precede a su matrimonio. Toda mujer que quiera pasar revista a sus recuerdos se acordará con un sentimiento de pesar de aquel invierno bendito entre todos, en que su elección ya estaba hecha, pero ignorada de los demás. Una multitud de pretendientes tímidos e indecisos se mostraban obsequiosos a su alrededor, se disputaban su ramo o su abanico y la envolvían en una atmósfera de amor, que ella respiraba con embriaguez. Ella ya había distinguido entre todos al hombre del cual quería ser, pero no le había prometido nada y experimentaba una cierta alegría en tratarle como a los demás y en ocultarle su preferencia. Se divertía en hacerle dudar de su dicha, en llevarle de la esperanza al temor, en someterle todos los días a una prueba. Pero en el fondo de su corazón, le inmolaba todos su rivales y depositaba a sus pies todos los homenajes que fingía acoger. Se prometía recompensar espléndidamente tanta perseverancia y resignación, y sobre todo saboreaba el placer, eminentemente femenino, de mandar a todos y de no obedecer más que a uno solo.

Este período triunfal había faltado en la vida de Germana. El año que precedió a su matrimonio había sido el más triste y el más miserable de su pobre juventud. Pero el año que siguió la indemnizó en parte. Vivía en Corfú en un círculo de admiradores apasionados. Todos los que la rodeaban, viejos y jóvenes, experimentaban por ella un sentimiento muy parecido al amor. Llevaba impreso sobre su hermosa frente ese signo de melancolía que demuestra que una mujer no es dichosa. Es un atractivo que pocos hombres resisten. Los más atrevidos temen ofrecerse a la que parece no carecer de nada, pero la tristeza enardece a los tímidos. No faltaban, ciertamente, médicos a aquella alma afligida. El joven Dandolo, uno de los hombres más brillantes de las siete islas, la asediaba con sus cuidados, la deslumbraba con su talento y le imponía su amistad soberbia con la autoridad del que siempre ha triunfado. Gastón de Vitré paseaba alrededor de ella una solicitud inquieta. El hermoso joven se sentía nacer a una nueva vida. No había cambiado nada en sus costumbres, y sus ocupaciones y sus placeres marchaban al mismo paso que antes, pero cuando leía cerca de su madre, veía más allá de las páginas del libro; se detenía como deslumbrado en medio de la lectura; se sumía en un ensueño a propósito de un verso que jamás le había impresionado. El beso de despedida que daba por las noches a la señora de Vitré quemaba la frente de su madre. Cuando rezaba, de rodillas, con la cabeza apoyada contra la cama, veía pasar entre sus ojos y sus párpados imágenes extrañas.

No dormía toda la noche de un tirón, como antes; su sueño era entrecortado. Se levantaba antes del amanecer y corría por el campo con una impaciencia febril. La escopeta le pesaba menos sobre el hombro; sus pies casi no pisaban la hierba seca. Cuando se embarcaba, se internaba más que nunca en el mar y sus brazos robustos encontraban un placer en impulsar los remos; cualquiera que fuese el objeto de su visita, un encanto invisible lo atraía siempre cerca de Germana, lo mismo por tierra que por mar; se volvía hacia ella como la brújula a la estrella, sin tener conciencia del poder que lo atraía. Era acogido amistosamente, se tenía placer al verle y a él no se le ocultaba. No obstante, siempre mostraba prisa de partir y no entraba más que un momento, pretextando que su madre lo esperaba, pero es lo cierto que a la caída del sol aun estaba sentado al lado de la querida enferma, y se extrañaba de que los días fuesen tan cortos en el mes de agosto.

El señor Stevens, hombre de peso y de gravedad, marcaba el paso detrás del sillón de Germana como un regimiento de infantería; tenía para ella esas atenciones reflexivas y serenas que constituyen la fuerza de los hombres de cincuenta años. Le llevaba bombones, le contaba cuentos y le prodigaba esas pequeñas atenciones a las que una mujer no se muestra nunca insensible. Germana no despreciaba aquella buena amistad, paternal en la forma, menos paternal no obstante que la del doctor Delviniotis. Recompensaba también con una dulce mirada al capitán Bretignières, aquel excelente hombre al que no faltaba más que una pluma en el sombrero. Se regocijaba al verle correr a su alrededor con todo el estruendo de una fantasía árabe. Tenía una amistad bien tierna por el doctor; el señor Le Bris, acostumbrado a hacer una corte inocente a sus enfermas, no sabía con precisión el sentimiento que experimentaba por la joven condesa de Villanera. Esta cambiaba a ojos vistas y aquella belleza renaciente podía derribar en un instante la frágil barrera que separa la amistad del amor.

Todos estos sentimientos mal definidos y más difíciles de nombrar que de describir constituían la alegría de la casa y la dicha de Germana. Encontraba una gran diferencia entre su último invierno de París y su primer verano de Corfú. La villa y el jardín respiraban alegría, esperanza y amor. No se oían más que palabras de cordialidad y francas carcajadas. Los huéspedes rivalizaban en ingenio y en buen humor, y Germana se sentía renacer al dulce calor de todos aquellos corazones devotos que latían por ella. Si algunas veces atizaba el fuego por una inocente coquetería, es porque quería asegurar la conquista de su marido.

Los recuerdos penosos de su matrimonio se iban poco a poco borrando de su memoria. Había olvidado la lúgubre ceremonia de Santo Tomás de Aquino y se consideraba como una prometida que espera el momento de ir a la iglesia. No pensaba ya en la señora Chermidy y no experimentaba aquel frío interior que da el temor de una rival. Su marido se le aparecía como un hombre nuevo; ella se creía también ser una mujer nueva, acabada de nacer. ¿Acaso escapar a una muerte cierta, no es nacer una segunda vez? Hacía remontar su nacimiento a la primavera y se decía sonriendo: «Soy una niña de cuatro meses.» La vieja condesa la confirmaba en aquella idea tomándola en brazos como a una criatura.

Lo que le hubiera podido llamar a la realidad era la presencia del marqués. Era difícil olvidar que aquel niño tenía una madre y que aquella madre podía venir un día u otro a reclamar la dicha que le habían tomado. Pero Germana se había acostumbrado a mirar al pequeño Gómez como a su hijo. El amor maternal es de tal modo innato en las mujeres, que se desarrolla en ellas mucho antes que el matrimonio. Por eso se ve a niñas de dos años ofrecer el pecho a sus muñecas. El marqués de los Montes de Hierro era la muñeca de Germana. Se olvidaba de sí misma para ocuparse de su hijo. Había acabado por encontrarle hermoso, lo que prueba que tenía un verdadero corazón de madre. Don Diego la miraba con complacencia cuando estrechaba entre sus brazos a aquel pequeño gnomo bronceado. Y se regocijaba al observar que la mueca hereditaria de los Villanera no daba miedo a su mujer.

Todas las noches, a las nueve, los señores y los criados se reunían en el salón para rezar en común. La vieja condesa se mostraba muy apegada a esta costumbre religiosa y aristocrática. Ella misma leía las oraciones en latín. Los domésticos griegos se asociaban devotamente a la plegaria común, a pesar del cisma que divide a los cristianos de Occidente. Mateo Mantoux se arrodillaba en un rincón, desde el cual podía ver sin ser visto, y desde allí trataba de leer en la cara de Germana los estragos del arsénico.

No había dejado ni sola vez de envenenar el vaso de agua azucarada que llevaba todas las noches a Germana. Esperaba que el arsénico a pequeñas dosis aceleraría los progresos de la enfermedad, sin dejar trazas visibles. Este es un prejuicio extendido entre las clases ignorantes. Mateo Mantoux, con razón llamadoPoca Suerte,no podía saber que el veneno mata de una vez a las gentes, o no les hace nada. Creía que aquellos miligramos de ácido arsenioso ingeridos diariamente se unían en el cuerpo hasta formar gramos; y es que no contaba con el trabajo infatigable de la naturaleza que repara incesantemente todos los desórdenes interiores. Si hubiese tomado una lección más detallada de toxicología o se hubiera acordado del ejemplo de Mitrídates, hubiera comprendido que los envenenamientos microscópicos producen unos efectos muy distintos de los que él esperaba. Pero Mateo Mantoux no había leído la historia.

Lo que aun le habría extrañado más es saber que el arsénico a pequeñas dosis es un remedio contra la tuberculosis. No la cura siempre, pero por lo menos procura un verdadero alivio al enfermo. Las moléculas del veneno van a quemarse en los pulmones al contacto del aire exterior y producen una respiración ficticia. Siempre es algo respirar con más facilidad, y Germana había podido notarlo. Además, el arsénico rebaja la fiebre, abre el apetito, facilita el sueño, restablece las carnes y no perjudica el efecto de los otros medicamentos, ayudándolos algunas veces.

El señor Le Bris había pensado muchas veces en tratar a Germana por este método, pero un escrúpulo bien natural le detenía. No estaba seguro de salvar a la enferma y aquel diablo de arsénico le recordaba a la señora Chermidy. Mateo Mantoux, médico menos timorato, aceleró los efectos del yodo y la curación de Germana.

Germana llevaba ya un mes del tratamiento por el yodo. El doctor asistía todas las mañanas a la inspiración, y muchas veces le acompañaba el señor Delviniotis. Este tratamiento no es infalible, pero es suave y fácil. Una corriente de aire caliente disuelve lentamente un centigramo de yodo y lo hace penetrar en los pulmones sin esfuerzo ni dolor alguno. El yodo puro no embriaga a los enfermos como la tintura, no provoca la tos, no produce estomatitis. Su único defecto es dejar en la boca un ligero sabor a herrumbre, al cual el enfermo no tarda en acostumbrarse. Los señores Le Bris y Delviniotis acostumbraron suavemente a Germana a este medicamento nuevo. En su impaciencia por curar hubiera querido arrancarse su mal a viva fuerza; pero ellos no le permitían más que una inspiración diaria y aun muy corta: tres minutos, cuatro a lo más. Con el tiempo aumentaron la dosis y a medida que la curación avanzaba llegaron a darle hasta dos centigramos diarios.

El estado de la enferma mejoraba con una rapidez increíble, gracias a la discreta colaboración de Mateo Mantoux. Un desconocido que hubiese estado por primera vez en la villa Dandolo no habría sospechado que allí hubiese una tísica. A fines de agosto, Germana estaba fresca como una rosa y redonda como una fruta. En aquel hermoso jardín donde la Naturaleza había acumulado todas sus maravillas, el sol no alumbraba nada más brillante que aquella mujer completamente nueva, por decirlo así, que salía de la enfermedad como una joya de su estuche. No sólo los colores de la juventud florecían en su rostro, sino que la salud metamorfoseaba cada día las formas de su cuerpo. Las dulces oleadas de una sangre generosa henchían lentamente su piel rosada y transparente; todos los resortes de la vida, relajados por tres años de dolor, recobraban su tensión con una alegría visible.

Los testigos de aquella transformación bendecían la ciencia como se bendice a Dios. Pero el más dichoso de todos era quizás el doctor Le Bris. La curación de Germana podía parecer a los demás una esperanza; sólo para él era una certidumbre. Al auscultar a su querida enferma, comprobaba todos los días la disminución del mal; veía la curación en sus efectos y en sus causas; medía como con un compás el terreno que había ganado a la muerte. La auscultación, método admirable que la ciencia moderna debe al genio de Hipócrates, permite al médico leer en el cuerpo del enfermo como en un libro abierto. Los resortes invisibles que se agitan en nosotros producen en su marcha regular un ruido tan constante como el movimiento de un péndulo. El oído del médico, cuando está acostumbrado a percibir esa harmonía de la salud, reconoce por signos ciertos el más pequeño desorden interior. La enfermedad tiene su lenguaje claro y preciso para el observador inteligente que asiste a los progresos de la vida o de la muerte. Un sonido mate designa al médico las partes del pulmón donde el aire ya no penetra; un estertor particular le indica las cavernas invasoras que caracterizan el último período de la tuberculosis. El señor Le Bris reconoció bien pronto que las partes impermeables al aire se circunscribían de día en día; que el estertor se extinguía poco a poco; que el aire entraba suavemente en las células vivificadas que envolvían las cavernas cicatrizadas. Había dibujado, para la vieja condesa, el plano exacto de los estragos que la enfermedad había hecho en el pecho de la joven. Todas las mañanas trazaba con lápiz un nuevo contorno que atestiguaba el progreso cotidiano de la curación. Balzac ha descrito el caso de un individuo, en su novelaLa piel de zapa, cuya vida, figurada por un cuero que él corta a medida de sus deseos y necesidades, se va limitando cada día. El caso de Germana era al revés.

El 31 de agosto, el señor Le Bris, dichoso como un vencedor, dio un paseo a pie hasta la ciudad. El campo le agradaba, pero no desdeñaba tampoco una vuelta por la explanada donde le divertían las cornamusas de los regimientos escoceses. Además, contemplaba el humo de los vapores, creía aproximarse a París. Le agradaba también comer en compañía de los oficiales ingleses y curiosear después un rato por las calles comerciales. Admiraba a los soldados vestidos completamente de blanco, con sombrero de paja, guantes amarillos y zapatos cuidadosamente lustrados, a la hora en que aquellos bravos, acompañados de sus pequeños, iban a comprar sus provisiones. Reposaban los ojos en el espectáculo de las admirables instalaciones de frutas verdes que los vendedores procuraban presentar con una limpieza inglesa. El uno frotaba las ciruelas contra su manga para sacarlas lustre; el otro cepillaba con un cepillito de sombrero el terciopelo rosado de los melocotones. Era un pintoresco batiburrillo en el que se veían melones del tamaño de calabazas, limones gruesos como melones, ciruelas como limones y uvas como ciruelas. Quizá también el joven doctor miraba con cierta complacencia a las lindas griegas asomadas a los balcones y rodeadas de flores. En aquel país de dicha y despreocupación, las burguesitas no se desdeñan en enviar besos a los extranjeros, como las floristas de Florencia les arrojan ramos en sus coches. Si su padre las ve, las abofetea rudamente, en nombre de la moral, y esto da un poco de variedad al cuadro.

Mientras el doctor pasaba el rato inocentemente, el conde Dandolo, el capitán Bretignières y los Vitré, comían juntos en casa del señor de Villanera. Germana tenía buen apetito; pero en cambio el pobre Gastón no comía más que con los ojos.

A los postres se entabló una conversación muy interesante. El señor Dandolo describió a grandes rasgos la política inglesa en extremo Oriente, mostrando a la gran nación establecida en Hong-Kong, en Macao, en Cantón, en todas partes.

—Nuestros hijos—decía—, verán a los ingleses dueños de la China y del Japón.

—¡Alto ahí!—interrumpió el capitán Bretignières. ¿Qué dejaríamos entonces para Francia?

—Todo lo que pida, es decir, nada. Francia es un país desinteresado. Se pasa la vida haciendo conquistas, pero no guarda nada para sí.

—Entendámonos, señor conde. Francia nunca ha tenido egoísmo. Ha hecho más por la civilización que ningún otro país de Europa, y nunca ha pedido recompensa. El Universo entero es nuestro deudor; nosotros le proveemos de ideas desde hace trescientos o cuatrocientos años, y no nos ha dado nada en cambio. ¡Cuando pienso que ni siquiera tenemos las islas Jónicas!

—Ya las han tenido, capitán, y no han querido conservarlas.

—¡Ah! ¡si yo tuviese mis dos piernas!

—¿Qué haría usted, capitán?—preguntó la señora de Villanera.

—¿Qué haría, señora? Mi país no tiene ambición; ya la tendría yo por él. Yo le daría las islas Jónicas, Malta, las Indias, la China y el Japón; y no sufriría que se hablase de monarquía universal.

—El señor de Bretignières—dijo Germana—se parece al preceptor aquel de quien uno de los alumnos robó un higo. Le hizo un sermón sobre la glotonería y se comió el higo en el calor de la improvisación.

El capitán se detuvo ruborizándose hasta las orejas.

—Creo—dijo—que he ido más lejos que mi pensamiento. ¿Dónde estábamos?

—En todas partes—respondió el conde Dandolo.

—Es justo, puesto que hablamos de Inglaterra. ¿Cree usted que si lo de Ky-Tcheou hubiese ocurrido a un navío inglés se hubieran conformado sus oficiales con bombardear la ciudad? ¡No son tan tontos! Inglaterra habría conseguido un buen tratado de comercio, cien millones en metálico y cincuenta leguas de territorio.

—¿Lo cree usted?—preguntó el señor Dandolo.

—Estoy seguro.

—Pues bien, ¿para qué discutir más? Soy de igual opinión.

—¿Qué es esa historia de Ky-Tcheou?—preguntó Germana.

—¿No ha leído usted eso, señora?

—Nosotros no vemos ningún periódico aquí, a excepción de usted, querido conde.

—Pues bien, lo de Ky-Tcheou es un asunto de importancia. Los chinos han asesinado a dos misioneros y a un comandante francés; los franceses han arrasado la ciudad, tan completamente, que su nombre no figura ya en el mapa; las gentes se preguntan en qué quedará eso; yo creo que en nada.

El conde, que hasta entonces había permanecido silencioso, preguntó al señor Dandolo:

—¿Es reciente la historia de que usted habla?

—De ahora mismo. Ha llegado en el último correo. ¿No ha oído hablar usted de laNáyade? ¿No ha leído la muerte del comandante Chermidy?

El conde de Villanera palideció; Germana le miró fijamente para sorprender en él un síntoma de alegría; la vieja condesa se levantó de la mesa y el señor Dandolo pasó al salón sin haber contado la historia de Ky-Tcheou.

Germana aprovechó el momento en que se servía el café para arrastrar al señor de Villanera hasta el jardín. El sol se había puesto dos horas antes y la noche era calurosa como un día de verano. Los dos esposos se sentaron juntos en un banco rústico a orillas del mar. La luna no había aparecido aún en el horizonte, pero las estrellas fugaces cruzaban el cielo en todas direcciones, y las olas iluminaban la playa con sus fosforescencias.

Don Diego aun estaba aturdido por la noticia que acababa de oír. Había recibido una sacudida violenta; pero la impresión había sido tan repentina que aun no podía darse cuenta exacta de si era de placer o de pena. Se parecía al hombre que se ha caído de un tejado y se palpa para saber si está muerto o vivo. Mil reflexiones rápidas atravesaban confusamente su espíritu, como las antorchas que cruzan un campo sin disipar las tinieblas. Germana no estaba más tranquila que él. Presentía que su vida iba a decidirse en una hora y que su médico no era ya el señor Le Bris, sino el señor de Villanera. No obstante, los dos jóvenes, conmovidos hasta el fondo del alma por una emoción violenta, permanecieron algunos instantes sentados el uno al lado del otro en el más profundo silencio. Un pescador que pasaba cerca de la orilla les tomó seguramente por dos amantes dichosos, absortos en la contemplación de su felicidad.

Germana fue la primera en hablar. Se volvió hacia su marido, le cogió las dos manos y le dijo con voz ahogada:

—Don Diego, ¿lo sabía usted?

—No, Germana. Si lo hubiera sabido se lo habría dicho. No tengo secretos para usted.

—¿Y qué impresión le ha producido a usted la noticia? ¿De disgusto o de alegría?

—No sé qué responder y me pone usted en un verdadero compromiso. Déjeme tiempo para que pueda darme cuenta de lo que me pasa. Ese acontecimiento no puede alegrarme, ya lo sabe usted. Pero si yo le dijese que me sabe mal creería usted que yo había tomado mis medidas para esa fatal eventualidad. ¿No es eso lo que usted piensa?

—Yo no estoy segura de lo que pienso, don Diego. Mi corazón late tan fuerte, que me sería difícil oír otra cosa. La única idea que se me presenta clara es la de que esa mujer es libre. Si le había prometido quedarse viuda, ha cumplido su palabra antes que usted. Ha sido la primera en llegar a la cita que le ha dado usted, y yo temo...

—¿Qué teme usted?

—Ser un obstáculo, puesto que mi vida le separa de la dicha y que mi salud le hace perder toda esperanza.

—Su vida y su salud, Germana, son presentes de Dios. Es un milagro del Cielo el que la ha conservado a usted, y ahora que ya conozco a usted bendigo desde el fondo de mi corazón los decretos de la Providencia.

—Le doy las gracias, don Diego, y le reconozco a usted en ese lenguaje noble y religioso. Es usted demasiado buen cristiano para rebelarse contra un milagro. Pero, ¿no siente usted ningún disgusto? Hábleme usted con entera franqueza porque ya estoy lo suficientemente fuerte para oírlo todo.

—Lo único que siento es no haber dado a usted mi primer amor.

—¡Qué bueno es usted! Esa mujer no ha sido jamás digna de usted. Yo no la he visto nunca, pero instintivamente la detesto, la desprecio.

—No hay necesidad de despreciarla, Germana. Yo ya no la amo porque mi corazón está lleno de usted y no queda en él sitio para otra; pero no tiene usted razón al despreciarla, se lo juro.

—¿Por qué quiere usted que sea yo más indulgente que el resto del mundo? Ella ha faltado a todos sus deberes engañando a un hombre honrado que le había dado su nombre. ¿Cómo una mujer puede hacer traición a su marido?

—Es culpable a los ojos del mundo, pero yo no puedo censurarla porque me amaba.

—¿Y quién no amaría a usted, amigo mío? ¡Es usted tan bueno, tan grande, tan noble, tan hermoso! No, no haga usted gestos de protesta. Yo no tengo peor gusto que las otras y sé bien lo que digo. Usted no se parece al señor Le Bris, ni a Gastón de Vitré, ni a Spiro Dandolo ni a ninguno de esos que tienen éxito con las mujeres; y no obstante, fue al verle a usted la primera vez cuando comprendí que el hombre era la más bella criatura de Dios.


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