III
Sobre el muro que el recintoDe la Alhambra real circunda,Si en fortaleza segundaPrimera en esplendidez,Hay una torre moriscaFrontera al Generalife,Que sobre angosto arrecifeAbre un dorado ajimez.Este arrecife tortuoso,Que extiende sus líneas combasEntre yedras y gayombas,Madreselvas y jazmín,Solitario, áspero, umbrío,Parece el lecho de un ríoQue dividió en otro tiempoEl alcázar del jardín.Fresco, umbroso en el verano,Abrigado en el invierno,Gozando el verdor eternoDe la yedra y el laurel,Es este oculto arrecife,Lleno de sombra y misterio,Huella oriental del imperioDe la raza de Ismael.Á un lado, GeneralifeDe sus floridos verjelesLe entolda con los laureles,Le impregna de aromas mil;Al otro, la Alhambra espléndidaLe fía por sus ventanasDe cautivas y sultanasToda su historia gentil.De una parte le armonizan,Por el lado de las flores,Los canoros ruiseñoresQue anidan en el verjel:De otra, por el del alcázar,Opuesto al de los jardines,Las zambras y los festinesQue se celebran en él.Por un lado le engalanaLa rica naturaleza,Por otro le dan grandezaLas cien torres de Alhamar;Por allí muestra patenteDios su creadora mano,Por aquí del soberanoSe hace el poder acatar.Tal vez en noche de estío,Al són de un arpa morisca,Desde el muro una odaliscaEntona amante canción,Y algún colorín celoso,Desde la verde floresta,Con trino amante contestaDel arpa amorosa al són.En la ciudad empezandoY abriendo paso á la sierra,¿Quién sabe cuántos encierraSecretos de honra y amorEste encantado camino,Bajo flores encubiertoY sobre peñas abiertoDe un palacio en derredor?¡Cuánta hermosa enamoradaIntentó el arduo descensoDel vacío espacio extensoQue hay desde él á su balcón!¡Y cuánto noble AfricanoCayó en su arenosa loma,Muerto por oculta manoY por oculta razón!No hay un pie de este caminoQue una tradición no hechice,Que un nombre no poetice,Ó dé un recuerdo valor.La torre allíde los PicosSe eleva, cuyos cimientosDefienden encantamientosDe un sabio conjurador.Allá lade la Cautiva,Donde entre són de cadenasViene á lamentar sus penasEl alma de una mujer:Allá lapuerta de Hierro,Por do su vida salvaronLos Reyes á quien lanzaronSus vasallos del poder.Y allí, en fin, el pie cercadoDe adelfa y silvestres plantas,La torre delas InfantasSe alza con regia altivez,Abriendo en su grueso muro,Frontero á Generalife,Encima del arrecifeUn misterioso ajimez.Una graciosa ventanaDe arabescos y laboresOrlada, cuyos coloresMinió maestro pincel:Una ventana moriscaQue, en dibujos de oro envuelto,Parte un pilarcillo esbeltoDe mármol de Macaël:Un mirador delicioso,Cuyo arco filigranadoEstá en redor festonadoCon leyendas del Korán;Cuyos dos graciosos huecosOrnados de medallones,Hojas, nichos y agallones,Contento á los ojos dan.Mas ¿quién mora en esa torreDonde jamás se percibeNi el rostro de quien la vive,Ni ruido de humana voz?Jamás de aquella ventanaSe abre al sol la celosía,Ni de un cantar la armoníaDa nunca al aura veloz.Muestra, empero, que se habitaAllá en las nocturnas horasLa luz de las tembladorasLámparas de su interior,Que á pesar de su cerradaCelosía y su vidrieraDe colores, lanza fueraSu trémulo resplandor.Y á veces apunta el albaYa, y tras esta celosíaSe percibe todavíaDe la lámpara el fulgor,Y una sombra que va y vienePor dentro del aposento,Da ó quita á cada momentoLuz ó sombra al mirador.Su movimiento incesante,Sus paradas repentinas,Recogiendo las cortinasPara ver ó para oir,Demuestran que el desveladoDe aquel ajimez esperaAlgo que dél por afueraDebe sin duda venir.Mas pasa una noche y otra,Y la luz del sol se tragaSu luz, y con ella apagaEl que allí esperando estáSu esperanza, hasta otra nocheQue vuelve á arder la bujía,Y él vuelve á la celosíaY tras ella viene y va.Es alta noche: en el sueñoYace el mundo sumergido:El aire se ha recogidoBajo del césped feraz:Tiéndense inmobles las ramasDe los troncos, no se mueveNi la ráfaga más leve,Ni el murmullo más fugaz.¡Silencio!—He aquí que, en medioDel universal reposo,El mirador misteriosoSe abre por primera vez.La celosía doradaSe levanta: la cortinaSe descorre, y se iluminaPor adentro el ajimez.Y al pilar que en dos divideEl arco de su ventanaLlega una figura humanaLentamente: una mujer,Sultana, esclava, cautiva,Joven, ó hermosa..... ¿qué ojosÁ altura tan excesivaLa podrán reconocer?Apartó de ante su rostroSu blanco y flotante velo:Una mirada del cieloPor la cavidad tendió,Y, vuelta hacia el OccidenteDo ya tocando la lunaEstá, en la lengua morunaY con voz triste exclamó:«¡Un día más!—La menguante»Luna hacia la mar declina,»Y su lumbrera argentina»Toca al horizonte ya.»¡Casto fanal de la noche,»De los creyentes lumbrera,»Que tu brillante carrera»Guíe protector Aláh!»Ve en paz ¡oh de las tinieblas»Sultana dominadora,»Pendón de la gente mora,»Lámpara de la oración!»¡Y plegue á Aláh que mañana,»Cuando vuelvas por Oriente,»Vuelva con tu luz naciente»La luz de mi corazón!»Ve en paz: y si sobre Loja»Al verter tu lumbre pura,»Hallas vivos por ventura»Á mi buen padre Aly-Athár»Con el Príncipe mi esposo,»Que es la luz del alma mía,»Diles ¡ay! que noche y día»Les aguardo sin cesar.»Dijo, y la frente apoyandoEn el pilar arabesco,Dentro el marco pintorescoDel morisco miradorQuedó, como una esculturaPara su cuadro labradaLa Mora desconsolada,Á solas con su dolor.Resalta, á la luz de espalda,Su contorno destacadoSobre el fondo iluminadoDel aposento oriental:Y parece desde lejosAl genio de la pureza,Que va á partir con tristezaDe una cámara nupcial.Mas aquel busto tan nobleDe suave y rubio cabello,Aquel nacarino cuelloPálido como el marfil,Aquel brazo modeladoPor una ática escultura,Aquella frágil cintura,Y aquel todo tan gentil;Asomado á tales horasÁ una torre destinadaSólo á las Princesas moras,Al ojo menos sutilDelatan á la que ocupaSu misteriosa ventana,Por la infelice SultanaEsposa de Abú-Abdil.Es ella, sí: allí apacentaEl dolor que la acongojaMoraima, la flor de Loja,La azucena de Aly-Athár:La gacela de ojos garzos,Cuyas niñas de azul cieloEran fuentes de consueloPara el viejo militar.Hoy son ya fuentes de lágrimas:Sus abrasadas pupilasNo reflejan hoy tranquilasLa pura luz del placer;Hoy la dulce paz del niñoSu sonrisa no revela,Porque en sus labios la hielaEl dolor de la mujer.Moraima, sí, la más triste,La más pura de las Moras,Pasa allí sus largas horasEn silencio y soledad.Moraima, que de su esposoEncadenada á la huella,Con él de su mala estrellaParte la fatalidad.Triste es su historia. Su padre,La mejor lanza africana,La otorgó como SultanaAl sucesor de su Rey;Temiendo al viejo soldadoEn rebelión harto crítica,Con su torcida políticaPensó en tal boda Muley.El bravo Aly-Athár, más hombreDe pelea que de Estado,Se dió en ello por honradoY á Granada la llevó.La boda hizo el Rey al punto,Pero á sí mismo se dijo:«¡Imbécil! le doy el hijo,Pero la corona no.»Dos niños eran entrambos,Rubios, alegres, gentiles:Apenas sus quince abrilesCumplido habrían los dos;Hermosos como inocentes,Les unieron y se amaron:Mas en su amor no contaronCon la voluntad de Dios.Sosegados ya los pueblos,No fué Aly-Athár peligroso:Y en su aislamiento amorosoAfeminado Abdilá,Los hijos de la Zoraya,Merced al fatal destinoDe Abdilá, libre el caminoTendrían del trono ya.Tal pensó el Rey; los dos niños,Sin cálculo y sin encono,De sus derechos á un tronoNi aun se acordaron tal vez:Pero otro sér mas activoÁ quien amor no adormía,En lugar de ellos abríaSus ojos con avidez.Aixa, la altiva Sultana,Celosa de su derecho,Fué una mañana á su lechoComo un ensueño fatal.Abrieron sobresaltadosLos dos Príncipes los ojos,Y ella, respirando enojos,Dijo con voz sepulcral:«Aquel á quien Dios destina»Á ceñir una corona,»Sus derechos no abandona»Sino por orden de Dios.»Hijo de Reyes, despierta:»Rompe tus amantes lazos»Y tiende el alma y los brazos»De tu real corona en pos.»Y á ti, flor silvestre y pálida»De los peñascos de Loja,»¿Por ventura te se antoja»Que no hay más ley que el placer?»¿Crees que tus ojos de cielo,»Tu alma y tu tez de nieve,»El dote son que traer debe»Á un Príncipe una mujer?»Pues te engañas: la que espera»Dominar como Sultana,»Necesita un alma entera,»Con más altivez que amor.»Despertad pues; los lobeznos»De la torpe renegada»Giran con planta callada»De vuestro trono en redor.»Abú-Abdilá, de su madreHecho á la exacta obediencia,Tras ella sin resistenciaDel aposento salió:Moraima, sobrecogidaPor la plática severaDe aquella Reina altanera,Quedóse sola y lloró.«¿Qué me importan á mí, dijo,»Su poder y su corona?»Lo que mi amor ambiciona»Es no más su corazón;»Y si éste me lo arrebatan»Por el gobierno y la guerra,»¿Qué me dejan en la tierra»Á mí, sin regia ambición?»¡Pobre niña! el joven PríncipeEmpezó desde aquel díaÁ dejar su compañíaY su cámara á dejar:Venía por él su madreApenas el sol rayaba,Y hasta que el sol se ocultabaNo le veía tornar.Entonces, aunque volvíaAlegre y enamorado,Volvía tan fatigado,Tan hambriento y sin vigor,Que en la mesa devorabaY se dormía en el lecho,Cual si no hubiera en su pechoNi corazón ni calor.Moraima, en su seno amanteColocando su cabeza,Contemplaba con tristezaSu rostro franco y leal,Que empezaba en el reposoDe su fatigado sueñoÁ adquirir un torvo ceñoQue no le era natural.«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía»La pobre niña) ¿Qué afanes»Más propios para gañanes»Me le cansarán así?»Si tanto cuesta á los Príncipes»Guardar su trono, ¡pluguiera»Á Aláh que pastor naciera,»Sin esperar más que en mí!»Y una mañana, Moraima,Un sueño tenaz fingiendo,Fué desde lejos siguiendoÁ la Reina y á Abdilá,Y vió que, cruzando apriesaDe los muros el espacio,Se salieron del palacioAl bosque que al río da.Corrió al oratorio regioQue domina su enramada,Y vióles á una esplanadaTras una loma llegar.Allí esperaban tres hombresHasta los dientes armados,Con caballos ensilladosY en guisa de pelear.Ciñóse una jacerina,Embrazó una recia adarga,Asió de una lanza largaY cabalgó Abú-Abdil.Salió el caballo botando:Moraima tembló de gozoY miedo al verle tan mozo,Tan armado y tan gentil.Cabalgaron uno á unoLos otros tres: apartóseLa Sultana, y preparóseLa escaramuza. Abdilá,En medio de la esplanadaY de los tres circundado,Á la suerte preparadoInmóvil y atento está.Dió la señal la Sultana,Y empezaron los guerrerosEn torno de Abdil mañerosEn círculo á galopar,Á cada vuelta estrechándole;Mas, como un chacal atento,Espiando él un momentoSu línea para salvar.Sereno sobre su silla,Con mirada centelleanteEspía un propicio instanteEn liza tan desigual,En tanto que en torno suyoVan los tres caracoleando,Á cada vuelta cerrandoLa peligrosa espiral.Giraba él en ellos puestaLa vista: por todas partesHallaba un arma funestaDirigida contra él.Vió al fin que un potro rebeldeSe mostraba, y contra él hizoUn amago: espantadizoEncabritóse el corcel.Hirió y arrancó, del círculoDentro, á escape jineteando,Y á alguno siempre amagandoCon incierta rapidez;Desigualó las distanciasCiando, hiriendo y salvándose,Y fué el círculo ensanchándoseMás y más de cada vez.Ya sobre un lado fingíaCaer y sobre otro daba:Ya al escape se tendía:Ya diestro en firme paraba:Ya de todos tres huía,Y á todos tres amagabaY á salvo doquier heríaCon certera agilidad:Hasta que romper lograndoLa línea que manteniendoIban los tres, trabajandoSobre el círculo y abriendoMás sus distancias, girandoDe repente, salió huyendo,Un breve espacio ganandoCon extraña habilidad.Cubierto entonces, tendidoSobre su silla de pechos,Comenzó á alargar los trechosDe unos á otros, y fuéCargándoles uno á uno:Con lo cual, hecha la suerteDe aquel combate moruno,Echaron á tierra pie.Moraima, que de lo altoMiraba la escaramuza,Á cada embestida y saltoTemblando por Abdilá,Solamente sostenidaPor su ansiedad, en el mármolSe sentó desvanecidaAl verla acabada ya.Volvióse luego á su cámara.¡Ay! todo lo comprendía:Abdilá pasaba el díaLección de armas en tomar.Al fin lograba la madreHacer de su hijo un guerrero,Tornándole áspero y fiero,De su cariño á pesar.Dos lunas después, por frutoDe este acendrado cariñoDió Moraima á luz un niñoQue el porvenir la doró:Y el Rey, un año más tarde,Al prender á la briosaAixa, de Abdilá la esposaEn su torre encarceló.Tal es su historia. Moraima,La más triste de las moras,Pasa allí sus largas horasEn silencio y soledad.Moraima, que de su esposoEncadenada á la huella,Con él de su mala estrellaParte la fatalidad.La hermosa Sultana, pálidaDe tez, mas de alma encendida,Es la que está distraídaEn su ajimez oriental.Sabe que Abdilá está en salvo,Mas pronto que vuelva esperaÁ buscar la compañeraDe su destino fatal.Y vendrá: también lo sabeCuando al ajimez se asoma;Lo sabe, sí: una paloma,Mensajero fiel de amor,Por mano desconocidaEnviada hasta su ventana,Trajo un día á la SultanaUn papel consolador.Un Africano, jineteSobre mi corcel del desierto,Llegó al camino encubiertoSobre el que la torre daCon temeraria osadía,Y atada á un cordón de sedaLa alzó hasta la celosíaDiciendo: «Abrid á Abdilá.»Al ruido que en ella hicieronLas alas de la paloma,Abre Moraima y se asoma,Y, asiéndola con placer,Mira al audaz que esto osara:Mas él huyendo, por únicaDespedida, en voz muy clara,Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»Su pronta vuelta anunciabaDel Príncipe la misiva:Desde entonces la cautivaCada noche le aguardó:Y aislada en aquella torreY sin amigos por fuera,Á Aly-Athár y á Abdil esperaComo el papel prometió.El modo, el día... lo ignora:Espera que se los traigaLa fortuna protectora,Y espéralos con afán.Mas no está sola MoraimaEn su torre: hay otros seresQue distracción y placeresY pruebas de amor la dan.Consigo (sin los que aguarda)Tiene entera su fortuna:Su hijo que duerme en la cuna,Su nodriza, esclava fiel,Y un negrito enano y mudo,Que inteligencia destella,Distracción única de ellaY ocupación sólo de él.Ligero como una corza,Sagaz como una serpienteY audaz como diligente,Todo lo escucha y lo ve.Leal como un falderillo,Pero con bríos de alano,Doquier se tiende el enanoDe su hermosa dueña al pie.Mudo, jamás incomodaCon plática inoportuna,Pero no hay idea algunaQue no sepa él expresar.Los guardas le dejan libreTeniéndole por salvaje,Y no hay más astuto pajeEn el reino de Alhamar.Ni su forma es repugnantePor sus defectos nativos,Ni sus gestos expresivosMohines ingratos son:La gracia de su sonrisaDe modo su rostro alegra,Que se lee tras su faz negraEl placer del corazón.Nada hay en él que amedrente,Nada en su exterior que extrañe;Nada en su interior que dañe;Ni expresa su negra fazLa envidia, el pesar ó el odioQue otros seres imperfectosAbrigan con sus defectosEn su alma uraña y falaz.No al ver la ajena hermosuraSu deformidad deplora;Ve la hermosura y la adoraCon sincera admiración;Sér mezquino en proporcionesLe formó naturaleza,Mas bajo negra cortezaLe dió blanco el corazón.Ve en Moraima el infortunioY leal la compadece;Ve la hermosura, y se ofreceDel débil y hermoso sérEn servicio: y admirandoLa beldad sin pesadumbre,Acepta su servidumbreComo justa y con placer.Amigo, juglar y esclavo,Empléase en todo oficioY abarca todo servicioDe interior utilidad.Entretiene la tristezaCon sus juegos de destreza,Y penetra con su instintoLa exterior seguridad.Tal es la real servidumbreQue asiste á la hermosa MoraEn la prisión en que llora,Corta y débil, pero fiel.Tal es el mejor amigoDe Moraima, el Nubio enanoQue de su amparo al abrigoVive, y se llama Kaël.Ahora, y mientras MoraimaDe tristes memorias presaEn recuerdos se embelesaAsomada al mirador,Duerme el negrillo á la sombraDel lecho de la nodrizaSobre el paño que tapizaEl alhamí en derredor.Todo calla: permaneceInmoble al balcón Moraima:La noche se lobreguece,Ausente la luna ya.Ni una estrella en el espacio:Todo es silencio y tinieblasDentro y fuera del palacio;Mudo el universo está.He aquí que, como avisadoPor algún sér misterioso,El negrillo desveladoLa cabeza enderezó,Y con la boca entreabierta,Sin alentar, y clavadosLos ojos sobre la puerta,Por un instante quedó.Nada se oía: el instintoDe su raza le advertíaUn riesgo que todavíaSe escapaba del poderDe los sentidos: sólo eraVoz de su presentimiento,No voz, rumor ni lamentoQue oirse pudiera hacer.Él, empero, á deslizarseComenzó sobre la alfombra,Llegando como una sombraHasta la puerta exterior:Mas al pegar al encajeDe sus hojas el oído,Le hirió otro distinto ruidoQue entró por el mirador.Volvió un punto á su absolutaInmovilidad, tendiendoLa cabeza y conteniendoLa respiración Kaël.Alumbró luego un relámpagoSu mirada inteligente,Y al lejos confusamenteSe oyó trotar un corcel.Sacó de su arrobamientoSu rumor á la Sultana,Que intentó con ansia vanaLas tinieblas penetrar.Kaël, por las colgadurasTrepando á la celosía,Se puso el són que traíaEl aire libre á escuchar.Tal vez era algún viajeroQue á ver venía á Granada,Tal vez algún mensajero,Acaso algún mercaderQue, deseando tempranoGanar la alcaicería,Llegaba á la Alhambra ufanoAun antes de amanecer.Todavía no pisabaEl camino que circundaDe la Alhambra la alcazabaSombría, cuando Kaël,De la ventana saltandoCon agilidad salvaje,Corrió á la puerta, aplicandoEl oído á su cancel.Moraima, á sus pantomimasY señas acostumbrada,Con impaciente miradaExplicación le pidió.Kaël, pasando una manoAlrededor de su frenteÉ irguiéndose altivamente,Á Aixa por allí anunció.¿Y el caballo? preguntóleLa bella Mora temblando;Y al mirador señalandoY con los brazos KaëlDe un ave imitando el vueloY leer ansiosamenteFingiendo, trajo á su menteLa paloma y el papel.Moraima, aún no aseguradaDe comprenderle, le hizoSu pregunta reiterada,Y él sus señas repitió.Lanzóse ella á la ventana,Mas detúvola él á puntoQue á la misma puerta juntoLa voz de Aixa resonó.—«Abre»—en su imperioso tonoDijo con alguno hablando:Y ante ella el portón girando,Pareció bajo el dintel.Ante su rostro severoCalló Moraima, inclinándose,Y fué á hacerla, prosternándose,LargazalemaKaël.Con una antorcha un esclavoSeguía de Aixa la huella;Cerró la puerta, y en ellaQuedóse el esclavo en pie:Sin fijar la vista apenasEn Moraima, la AfricanaEn silencio á la ventanaCon paso altanero fué.Mas no bien á su antepechoTocó, cuando al pie del muro,Sobre el arrecife obscuroTrotar al corcel se oyó.Asomóse Aixa: el caballoParó en firme: cesó el ruido,Y un ruiseñor, sorprendidoTal vez al huir, silbó.Sacando entonces del senoAixa un torzal muy delgadoQue tiene un plomillo atadoÁ una punta, dijo:—va,—Y por el balcón lanzólePrestando el oído atento.Después de un breve momento,Dijeron abajo:—ya.Recogió el torzal la Mora,Y de la bujía al brilloFué á examinar un anilloQue volvía atado á él.Él es—dijo—y una llaveEn vez del anillo atando,Tornó á arrojarle, tornandoÁ oirse trotar el corcel.Reinó un silencio completoPor un instante. Moraima,Con el corazón inquietoMiraba á Aixa, sin osarInterrumpirle: la esclavaCon el infante dormía,Y el enanillo escuchaba,Como Aixa, sin respirar.Quietos, atentos, callados,Parecían esculturasÓ seres que allí encantadosUn Genio paralizó.Confuso luego y lejanoComenzó un rumor á oirse,Que cada vez más cercanoPor grados se acrecentó.Al principio fué un susurroSuave, como el soñolientoRumor que produce el vientoEntre las hojas: despuésPareció que muchas vocesHablaban en el caminoPor lo bajo, y al fin vinoEl són claro tal cual es.Ruido de pasos unidos,Iguales y acompasados,Pasos de muchos soldadosque avanzan con rapidez:Y Moraima, no pudiendoContenerse, adelantóseÁ par de Aixa y asomóseEn silencio al ajimez.Quitó la antorcha al esclavoY, asiéndose al cortinaje,Al labrado barandajeTrepó con ella Kaël.Sacóla sobre el camino,Y su roja llamaradaReflejó en la gente armadaQue descendía por él.Como una inmensa serpienteQue se arrastra en la pradera,Así su movible hileraEn torno ciñendo vaDel regio alcázar el muro,Hasta sumirse en lo obscuroDe la bóveda excusadaQue sobre el camino da.Subterráneos pasadizosQue en los cimientos macizosLabrar mandó de laTorreDe los picosAlhamar,Dan á una puerta de hierro,Cuya boca honda y calladaNo se cansa aquella armadaMuchedumbre de tragar.Tal vez la traición ó el oroFranquean aquella puerta,Puesto que en silencio abiertaDa paso al largo cordónDe armados, que en ella se hundeCual procesión de fantasmasQue unas en otras confundeFebril imaginación.Con fiebre á su vez las veíaDeslizarse una tras otraMoraima, y no se atrevíaÁ la Reina á interrogar,Quien con altanera calmaY semblante satisfecho,Desde el calado antepechoLas contemplaba pasar.Como vagas creacionesDe un sueño, en el subterráneoJinetes tras de peonesSe hundieron: volvió el cancelDe la poterna á cerrarse,Y tras él, desde la altura,Del arrecife á la honduraLanzó su antorcha Kaël.Entonces Aixa, volviéndoseÁ Moraima, por la manoAsiéndola y con ufanoSemblante detrás de síLlevándola, el aposentoCruzó con ella calladaHasta ponerla á la entradaDe su oriental alhamí.Allí, del lecho que parteCon su nodriza el dormidoHijo de Abdilá, corridoTeniendo ante ella el tapiz,La dijo:—«Ahora, hija enteca»De un árabe, débil planta»De savia fría, levanta»Con orgullo la cerviz.»El sol que tras de la sierra»Se elevará esta mañana,»Te saludará Sultana,»Pese el sangriento Muley.»Encrespa, pues, tu flotante»Melena rubia, leona»Real, porque tu tierno infante»Es desde hoy hijo de un Rey.»Dijo, y comprendiólo todoMoraima en aquel momento:Mas aunque libre y contentoDentro su pecho saltóSu corazón, ante el vanoOrgullo de soberanoNi aun el latido más leveEn holocausto ofreció.Abrazó, con sus cariciasDespertándole, á su hijo:Mas únicamente dijo,Con inquietud juvenil,Volviéndose á la Africana:—«¿Pero supongo, Sultana,»Qué me ha traído esa gente»Á mi esposo Abú-Abdil?»Miróla Aixa como un águilaMira, dejándola ir viva,Á una alondra fugitivaQue encuentra por su región,Con esa mirada propiaDe los seres colosalesQue á los débiles mortalesSólo otorgan compasión.Criaturas fuertes, y almasTodas vigor, que calculanPor el que ellas acumulanEl vigor de las demás:Almas en quien arde virgenLa luz de su fe divina,Mas para quien no iluminaSu luz la tierra jamás.Seres dueños de los ímpetusDe las terrenas pasiones,Que juzgan los corazonesDel suyo por la virtud,Y que siguen inflexiblesEl carril de sus deberes,Creyendo á todos los seresCon su firme rectitud.Seres que nacen en tiemposIndignos de ellos; de genteQue arrastra cobardementeSu existencia terrenal:Seres que bajo su sigloSe sepultan con fiereza,Sin humillar la cabezaAnte su siglo fatal.Tal fué Aixa y tal la fríaMirada que echó á MoraimaQue trémula la sentíaSobre su frente pesar:Tales estas dos mujeresIguales sólo en fortuna:Débil cual las flores una,Otra fiera como el mar.El silencio de un momentoQue produjo esta miradaKaël con un movimientoDe alegría interrumpió.Corrió á la puerta, el oídoÁ sus hojas aplicando,Y ufano á los pies saltandoDe su señora volvió.Pasos presurosos, rápidosPor los jardines se oían,Y luces se percibíanDe los vidrios á través:Aixa exclamó:—«Ahí le tienes:»Por suerte no es tan villano»Que como un perro cristiano»Venga á tenderse á tus pies.»Dijo: mas ya no la oíaMoraima, que entrelazadosSus bellos brazos teníaAl cuello de Abú-Abdil:Y el viejo Aly-Athár, que entrabaDetrás del Rey, de su hijaEmbebido contemplabaEl arrebato infantil.Ella, soltando al esposo,Corrió á los brazos del padre,Que los abrió cariñoso,Y olvidando la ocasiónEn que se encontraba, en ellosLa levantó como á un niñoDe su paternal cariñoEn la expansiva efusión.Hasta los negros esclavosQue alumbraron tal escenaSu emoción con harta penaPudieron disimular.Aixa tan sólo inactivaY silenciosa á sus brazosCon circunspección altivaDejó á Abú-Abdil llegar.Y le abrazó: más diciéndole:«Abdil, ya estás en el trono:»Tuyo es, y el cielo en tu abono»Contra la injusticia está:»Piensa, empero, que Aláh es justo»Y que con airada mano»Quita el trono al Rey villano»Lo mismo que se le da.»No olvides que á la fortuna,»De los valientes amiga,»Sólo el valiente la obliga»Y huye del cobarde vil.»Como hombre, pues, sube al trono;»Mas si Aláh al fin te abandona,»No bajes de él sin corona,»Sino sin cabeza, Abdil.»Diciendo así, la AfricanaAbandonó el aposento,Y ocupáronse al momentoLos fuertes por Abdilá,En el silencio nocturnoSorprendiendo á los soldadosÁ quien los dejó fiadosMuley, que hacia Alhama va.
Sobre el muro que el recintoDe la Alhambra real circunda,Si en fortaleza segundaPrimera en esplendidez,Hay una torre moriscaFrontera al Generalife,Que sobre angosto arrecifeAbre un dorado ajimez.Este arrecife tortuoso,Que extiende sus líneas combasEntre yedras y gayombas,Madreselvas y jazmín,Solitario, áspero, umbrío,Parece el lecho de un ríoQue dividió en otro tiempoEl alcázar del jardín.Fresco, umbroso en el verano,Abrigado en el invierno,Gozando el verdor eternoDe la yedra y el laurel,Es este oculto arrecife,Lleno de sombra y misterio,Huella oriental del imperioDe la raza de Ismael.Á un lado, GeneralifeDe sus floridos verjelesLe entolda con los laureles,Le impregna de aromas mil;Al otro, la Alhambra espléndidaLe fía por sus ventanasDe cautivas y sultanasToda su historia gentil.De una parte le armonizan,Por el lado de las flores,Los canoros ruiseñoresQue anidan en el verjel:De otra, por el del alcázar,Opuesto al de los jardines,Las zambras y los festinesQue se celebran en él.Por un lado le engalanaLa rica naturaleza,Por otro le dan grandezaLas cien torres de Alhamar;Por allí muestra patenteDios su creadora mano,Por aquí del soberanoSe hace el poder acatar.Tal vez en noche de estío,Al són de un arpa morisca,Desde el muro una odaliscaEntona amante canción,Y algún colorín celoso,Desde la verde floresta,Con trino amante contestaDel arpa amorosa al són.En la ciudad empezandoY abriendo paso á la sierra,¿Quién sabe cuántos encierraSecretos de honra y amorEste encantado camino,Bajo flores encubiertoY sobre peñas abiertoDe un palacio en derredor?¡Cuánta hermosa enamoradaIntentó el arduo descensoDel vacío espacio extensoQue hay desde él á su balcón!¡Y cuánto noble AfricanoCayó en su arenosa loma,Muerto por oculta manoY por oculta razón!No hay un pie de este caminoQue una tradición no hechice,Que un nombre no poetice,Ó dé un recuerdo valor.La torre allíde los PicosSe eleva, cuyos cimientosDefienden encantamientosDe un sabio conjurador.Allá lade la Cautiva,Donde entre són de cadenasViene á lamentar sus penasEl alma de una mujer:Allá lapuerta de Hierro,Por do su vida salvaronLos Reyes á quien lanzaronSus vasallos del poder.Y allí, en fin, el pie cercadoDe adelfa y silvestres plantas,La torre delas InfantasSe alza con regia altivez,Abriendo en su grueso muro,Frontero á Generalife,Encima del arrecifeUn misterioso ajimez.Una graciosa ventanaDe arabescos y laboresOrlada, cuyos coloresMinió maestro pincel:Una ventana moriscaQue, en dibujos de oro envuelto,Parte un pilarcillo esbeltoDe mármol de Macaël:Un mirador delicioso,Cuyo arco filigranadoEstá en redor festonadoCon leyendas del Korán;Cuyos dos graciosos huecosOrnados de medallones,Hojas, nichos y agallones,Contento á los ojos dan.Mas ¿quién mora en esa torreDonde jamás se percibeNi el rostro de quien la vive,Ni ruido de humana voz?Jamás de aquella ventanaSe abre al sol la celosía,Ni de un cantar la armoníaDa nunca al aura veloz.Muestra, empero, que se habitaAllá en las nocturnas horasLa luz de las tembladorasLámparas de su interior,Que á pesar de su cerradaCelosía y su vidrieraDe colores, lanza fueraSu trémulo resplandor.Y á veces apunta el albaYa, y tras esta celosíaSe percibe todavíaDe la lámpara el fulgor,Y una sombra que va y vienePor dentro del aposento,Da ó quita á cada momentoLuz ó sombra al mirador.Su movimiento incesante,Sus paradas repentinas,Recogiendo las cortinasPara ver ó para oir,Demuestran que el desveladoDe aquel ajimez esperaAlgo que dél por afueraDebe sin duda venir.Mas pasa una noche y otra,Y la luz del sol se tragaSu luz, y con ella apagaEl que allí esperando estáSu esperanza, hasta otra nocheQue vuelve á arder la bujía,Y él vuelve á la celosíaY tras ella viene y va.Es alta noche: en el sueñoYace el mundo sumergido:El aire se ha recogidoBajo del césped feraz:Tiéndense inmobles las ramasDe los troncos, no se mueveNi la ráfaga más leve,Ni el murmullo más fugaz.¡Silencio!—He aquí que, en medioDel universal reposo,El mirador misteriosoSe abre por primera vez.La celosía doradaSe levanta: la cortinaSe descorre, y se iluminaPor adentro el ajimez.Y al pilar que en dos divideEl arco de su ventanaLlega una figura humanaLentamente: una mujer,Sultana, esclava, cautiva,Joven, ó hermosa..... ¿qué ojosÁ altura tan excesivaLa podrán reconocer?Apartó de ante su rostroSu blanco y flotante velo:Una mirada del cieloPor la cavidad tendió,Y, vuelta hacia el OccidenteDo ya tocando la lunaEstá, en la lengua morunaY con voz triste exclamó:«¡Un día más!—La menguante»Luna hacia la mar declina,»Y su lumbrera argentina»Toca al horizonte ya.»¡Casto fanal de la noche,»De los creyentes lumbrera,»Que tu brillante carrera»Guíe protector Aláh!»Ve en paz ¡oh de las tinieblas»Sultana dominadora,»Pendón de la gente mora,»Lámpara de la oración!»¡Y plegue á Aláh que mañana,»Cuando vuelvas por Oriente,»Vuelva con tu luz naciente»La luz de mi corazón!»Ve en paz: y si sobre Loja»Al verter tu lumbre pura,»Hallas vivos por ventura»Á mi buen padre Aly-Athár»Con el Príncipe mi esposo,»Que es la luz del alma mía,»Diles ¡ay! que noche y día»Les aguardo sin cesar.»Dijo, y la frente apoyandoEn el pilar arabesco,Dentro el marco pintorescoDel morisco miradorQuedó, como una esculturaPara su cuadro labradaLa Mora desconsolada,Á solas con su dolor.Resalta, á la luz de espalda,Su contorno destacadoSobre el fondo iluminadoDel aposento oriental:Y parece desde lejosAl genio de la pureza,Que va á partir con tristezaDe una cámara nupcial.Mas aquel busto tan nobleDe suave y rubio cabello,Aquel nacarino cuelloPálido como el marfil,Aquel brazo modeladoPor una ática escultura,Aquella frágil cintura,Y aquel todo tan gentil;Asomado á tales horasÁ una torre destinadaSólo á las Princesas moras,Al ojo menos sutilDelatan á la que ocupaSu misteriosa ventana,Por la infelice SultanaEsposa de Abú-Abdil.Es ella, sí: allí apacentaEl dolor que la acongojaMoraima, la flor de Loja,La azucena de Aly-Athár:La gacela de ojos garzos,Cuyas niñas de azul cieloEran fuentes de consueloPara el viejo militar.Hoy son ya fuentes de lágrimas:Sus abrasadas pupilasNo reflejan hoy tranquilasLa pura luz del placer;Hoy la dulce paz del niñoSu sonrisa no revela,Porque en sus labios la hielaEl dolor de la mujer.Moraima, sí, la más triste,La más pura de las Moras,Pasa allí sus largas horasEn silencio y soledad.Moraima, que de su esposoEncadenada á la huella,Con él de su mala estrellaParte la fatalidad.Triste es su historia. Su padre,La mejor lanza africana,La otorgó como SultanaAl sucesor de su Rey;Temiendo al viejo soldadoEn rebelión harto crítica,Con su torcida políticaPensó en tal boda Muley.El bravo Aly-Athár, más hombreDe pelea que de Estado,Se dió en ello por honradoY á Granada la llevó.La boda hizo el Rey al punto,Pero á sí mismo se dijo:«¡Imbécil! le doy el hijo,Pero la corona no.»Dos niños eran entrambos,Rubios, alegres, gentiles:Apenas sus quince abrilesCumplido habrían los dos;Hermosos como inocentes,Les unieron y se amaron:Mas en su amor no contaronCon la voluntad de Dios.Sosegados ya los pueblos,No fué Aly-Athár peligroso:Y en su aislamiento amorosoAfeminado Abdilá,Los hijos de la Zoraya,Merced al fatal destinoDe Abdilá, libre el caminoTendrían del trono ya.Tal pensó el Rey; los dos niños,Sin cálculo y sin encono,De sus derechos á un tronoNi aun se acordaron tal vez:Pero otro sér mas activoÁ quien amor no adormía,En lugar de ellos abríaSus ojos con avidez.Aixa, la altiva Sultana,Celosa de su derecho,Fué una mañana á su lechoComo un ensueño fatal.Abrieron sobresaltadosLos dos Príncipes los ojos,Y ella, respirando enojos,Dijo con voz sepulcral:«Aquel á quien Dios destina»Á ceñir una corona,»Sus derechos no abandona»Sino por orden de Dios.»Hijo de Reyes, despierta:»Rompe tus amantes lazos»Y tiende el alma y los brazos»De tu real corona en pos.»Y á ti, flor silvestre y pálida»De los peñascos de Loja,»¿Por ventura te se antoja»Que no hay más ley que el placer?»¿Crees que tus ojos de cielo,»Tu alma y tu tez de nieve,»El dote son que traer debe»Á un Príncipe una mujer?»Pues te engañas: la que espera»Dominar como Sultana,»Necesita un alma entera,»Con más altivez que amor.»Despertad pues; los lobeznos»De la torpe renegada»Giran con planta callada»De vuestro trono en redor.»Abú-Abdilá, de su madreHecho á la exacta obediencia,Tras ella sin resistenciaDel aposento salió:Moraima, sobrecogidaPor la plática severaDe aquella Reina altanera,Quedóse sola y lloró.«¿Qué me importan á mí, dijo,»Su poder y su corona?»Lo que mi amor ambiciona»Es no más su corazón;»Y si éste me lo arrebatan»Por el gobierno y la guerra,»¿Qué me dejan en la tierra»Á mí, sin regia ambición?»¡Pobre niña! el joven PríncipeEmpezó desde aquel díaÁ dejar su compañíaY su cámara á dejar:Venía por él su madreApenas el sol rayaba,Y hasta que el sol se ocultabaNo le veía tornar.Entonces, aunque volvíaAlegre y enamorado,Volvía tan fatigado,Tan hambriento y sin vigor,Que en la mesa devorabaY se dormía en el lecho,Cual si no hubiera en su pechoNi corazón ni calor.Moraima, en su seno amanteColocando su cabeza,Contemplaba con tristezaSu rostro franco y leal,Que empezaba en el reposoDe su fatigado sueñoÁ adquirir un torvo ceñoQue no le era natural.«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía»La pobre niña) ¿Qué afanes»Más propios para gañanes»Me le cansarán así?»Si tanto cuesta á los Príncipes»Guardar su trono, ¡pluguiera»Á Aláh que pastor naciera,»Sin esperar más que en mí!»Y una mañana, Moraima,Un sueño tenaz fingiendo,Fué desde lejos siguiendoÁ la Reina y á Abdilá,Y vió que, cruzando apriesaDe los muros el espacio,Se salieron del palacioAl bosque que al río da.Corrió al oratorio regioQue domina su enramada,Y vióles á una esplanadaTras una loma llegar.Allí esperaban tres hombresHasta los dientes armados,Con caballos ensilladosY en guisa de pelear.Ciñóse una jacerina,Embrazó una recia adarga,Asió de una lanza largaY cabalgó Abú-Abdil.Salió el caballo botando:Moraima tembló de gozoY miedo al verle tan mozo,Tan armado y tan gentil.Cabalgaron uno á unoLos otros tres: apartóseLa Sultana, y preparóseLa escaramuza. Abdilá,En medio de la esplanadaY de los tres circundado,Á la suerte preparadoInmóvil y atento está.Dió la señal la Sultana,Y empezaron los guerrerosEn torno de Abdil mañerosEn círculo á galopar,Á cada vuelta estrechándole;Mas, como un chacal atento,Espiando él un momentoSu línea para salvar.Sereno sobre su silla,Con mirada centelleanteEspía un propicio instanteEn liza tan desigual,En tanto que en torno suyoVan los tres caracoleando,Á cada vuelta cerrandoLa peligrosa espiral.Giraba él en ellos puestaLa vista: por todas partesHallaba un arma funestaDirigida contra él.Vió al fin que un potro rebeldeSe mostraba, y contra él hizoUn amago: espantadizoEncabritóse el corcel.Hirió y arrancó, del círculoDentro, á escape jineteando,Y á alguno siempre amagandoCon incierta rapidez;Desigualó las distanciasCiando, hiriendo y salvándose,Y fué el círculo ensanchándoseMás y más de cada vez.Ya sobre un lado fingíaCaer y sobre otro daba:Ya al escape se tendía:Ya diestro en firme paraba:Ya de todos tres huía,Y á todos tres amagabaY á salvo doquier heríaCon certera agilidad:Hasta que romper lograndoLa línea que manteniendoIban los tres, trabajandoSobre el círculo y abriendoMás sus distancias, girandoDe repente, salió huyendo,Un breve espacio ganandoCon extraña habilidad.Cubierto entonces, tendidoSobre su silla de pechos,Comenzó á alargar los trechosDe unos á otros, y fuéCargándoles uno á uno:Con lo cual, hecha la suerteDe aquel combate moruno,Echaron á tierra pie.Moraima, que de lo altoMiraba la escaramuza,Á cada embestida y saltoTemblando por Abdilá,Solamente sostenidaPor su ansiedad, en el mármolSe sentó desvanecidaAl verla acabada ya.Volvióse luego á su cámara.¡Ay! todo lo comprendía:Abdilá pasaba el díaLección de armas en tomar.Al fin lograba la madreHacer de su hijo un guerrero,Tornándole áspero y fiero,De su cariño á pesar.Dos lunas después, por frutoDe este acendrado cariñoDió Moraima á luz un niñoQue el porvenir la doró:Y el Rey, un año más tarde,Al prender á la briosaAixa, de Abdilá la esposaEn su torre encarceló.Tal es su historia. Moraima,La más triste de las moras,Pasa allí sus largas horasEn silencio y soledad.Moraima, que de su esposoEncadenada á la huella,Con él de su mala estrellaParte la fatalidad.La hermosa Sultana, pálidaDe tez, mas de alma encendida,Es la que está distraídaEn su ajimez oriental.Sabe que Abdilá está en salvo,Mas pronto que vuelva esperaÁ buscar la compañeraDe su destino fatal.Y vendrá: también lo sabeCuando al ajimez se asoma;Lo sabe, sí: una paloma,Mensajero fiel de amor,Por mano desconocidaEnviada hasta su ventana,Trajo un día á la SultanaUn papel consolador.Un Africano, jineteSobre mi corcel del desierto,Llegó al camino encubiertoSobre el que la torre daCon temeraria osadía,Y atada á un cordón de sedaLa alzó hasta la celosíaDiciendo: «Abrid á Abdilá.»Al ruido que en ella hicieronLas alas de la paloma,Abre Moraima y se asoma,Y, asiéndola con placer,Mira al audaz que esto osara:Mas él huyendo, por únicaDespedida, en voz muy clara,Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»Su pronta vuelta anunciabaDel Príncipe la misiva:Desde entonces la cautivaCada noche le aguardó:Y aislada en aquella torreY sin amigos por fuera,Á Aly-Athár y á Abdil esperaComo el papel prometió.El modo, el día... lo ignora:Espera que se los traigaLa fortuna protectora,Y espéralos con afán.Mas no está sola MoraimaEn su torre: hay otros seresQue distracción y placeresY pruebas de amor la dan.Consigo (sin los que aguarda)Tiene entera su fortuna:Su hijo que duerme en la cuna,Su nodriza, esclava fiel,Y un negrito enano y mudo,Que inteligencia destella,Distracción única de ellaY ocupación sólo de él.Ligero como una corza,Sagaz como una serpienteY audaz como diligente,Todo lo escucha y lo ve.Leal como un falderillo,Pero con bríos de alano,Doquier se tiende el enanoDe su hermosa dueña al pie.Mudo, jamás incomodaCon plática inoportuna,Pero no hay idea algunaQue no sepa él expresar.Los guardas le dejan libreTeniéndole por salvaje,Y no hay más astuto pajeEn el reino de Alhamar.Ni su forma es repugnantePor sus defectos nativos,Ni sus gestos expresivosMohines ingratos son:La gracia de su sonrisaDe modo su rostro alegra,Que se lee tras su faz negraEl placer del corazón.Nada hay en él que amedrente,Nada en su exterior que extrañe;Nada en su interior que dañe;Ni expresa su negra fazLa envidia, el pesar ó el odioQue otros seres imperfectosAbrigan con sus defectosEn su alma uraña y falaz.No al ver la ajena hermosuraSu deformidad deplora;Ve la hermosura y la adoraCon sincera admiración;Sér mezquino en proporcionesLe formó naturaleza,Mas bajo negra cortezaLe dió blanco el corazón.Ve en Moraima el infortunioY leal la compadece;Ve la hermosura, y se ofreceDel débil y hermoso sérEn servicio: y admirandoLa beldad sin pesadumbre,Acepta su servidumbreComo justa y con placer.Amigo, juglar y esclavo,Empléase en todo oficioY abarca todo servicioDe interior utilidad.Entretiene la tristezaCon sus juegos de destreza,Y penetra con su instintoLa exterior seguridad.Tal es la real servidumbreQue asiste á la hermosa MoraEn la prisión en que llora,Corta y débil, pero fiel.Tal es el mejor amigoDe Moraima, el Nubio enanoQue de su amparo al abrigoVive, y se llama Kaël.Ahora, y mientras MoraimaDe tristes memorias presaEn recuerdos se embelesaAsomada al mirador,Duerme el negrillo á la sombraDel lecho de la nodrizaSobre el paño que tapizaEl alhamí en derredor.Todo calla: permaneceInmoble al balcón Moraima:La noche se lobreguece,Ausente la luna ya.Ni una estrella en el espacio:Todo es silencio y tinieblasDentro y fuera del palacio;Mudo el universo está.He aquí que, como avisadoPor algún sér misterioso,El negrillo desveladoLa cabeza enderezó,Y con la boca entreabierta,Sin alentar, y clavadosLos ojos sobre la puerta,Por un instante quedó.Nada se oía: el instintoDe su raza le advertíaUn riesgo que todavíaSe escapaba del poderDe los sentidos: sólo eraVoz de su presentimiento,No voz, rumor ni lamentoQue oirse pudiera hacer.Él, empero, á deslizarseComenzó sobre la alfombra,Llegando como una sombraHasta la puerta exterior:Mas al pegar al encajeDe sus hojas el oído,Le hirió otro distinto ruidoQue entró por el mirador.Volvió un punto á su absolutaInmovilidad, tendiendoLa cabeza y conteniendoLa respiración Kaël.Alumbró luego un relámpagoSu mirada inteligente,Y al lejos confusamenteSe oyó trotar un corcel.Sacó de su arrobamientoSu rumor á la Sultana,Que intentó con ansia vanaLas tinieblas penetrar.Kaël, por las colgadurasTrepando á la celosía,Se puso el són que traíaEl aire libre á escuchar.Tal vez era algún viajeroQue á ver venía á Granada,Tal vez algún mensajero,Acaso algún mercaderQue, deseando tempranoGanar la alcaicería,Llegaba á la Alhambra ufanoAun antes de amanecer.Todavía no pisabaEl camino que circundaDe la Alhambra la alcazabaSombría, cuando Kaël,De la ventana saltandoCon agilidad salvaje,Corrió á la puerta, aplicandoEl oído á su cancel.Moraima, á sus pantomimasY señas acostumbrada,Con impaciente miradaExplicación le pidió.Kaël, pasando una manoAlrededor de su frenteÉ irguiéndose altivamente,Á Aixa por allí anunció.¿Y el caballo? preguntóleLa bella Mora temblando;Y al mirador señalandoY con los brazos KaëlDe un ave imitando el vueloY leer ansiosamenteFingiendo, trajo á su menteLa paloma y el papel.Moraima, aún no aseguradaDe comprenderle, le hizoSu pregunta reiterada,Y él sus señas repitió.Lanzóse ella á la ventana,Mas detúvola él á puntoQue á la misma puerta juntoLa voz de Aixa resonó.—«Abre»—en su imperioso tonoDijo con alguno hablando:Y ante ella el portón girando,Pareció bajo el dintel.Ante su rostro severoCalló Moraima, inclinándose,Y fué á hacerla, prosternándose,LargazalemaKaël.Con una antorcha un esclavoSeguía de Aixa la huella;Cerró la puerta, y en ellaQuedóse el esclavo en pie:Sin fijar la vista apenasEn Moraima, la AfricanaEn silencio á la ventanaCon paso altanero fué.Mas no bien á su antepechoTocó, cuando al pie del muro,Sobre el arrecife obscuroTrotar al corcel se oyó.Asomóse Aixa: el caballoParó en firme: cesó el ruido,Y un ruiseñor, sorprendidoTal vez al huir, silbó.Sacando entonces del senoAixa un torzal muy delgadoQue tiene un plomillo atadoÁ una punta, dijo:—va,—Y por el balcón lanzólePrestando el oído atento.Después de un breve momento,Dijeron abajo:—ya.Recogió el torzal la Mora,Y de la bujía al brilloFué á examinar un anilloQue volvía atado á él.Él es—dijo—y una llaveEn vez del anillo atando,Tornó á arrojarle, tornandoÁ oirse trotar el corcel.Reinó un silencio completoPor un instante. Moraima,Con el corazón inquietoMiraba á Aixa, sin osarInterrumpirle: la esclavaCon el infante dormía,Y el enanillo escuchaba,Como Aixa, sin respirar.Quietos, atentos, callados,Parecían esculturasÓ seres que allí encantadosUn Genio paralizó.Confuso luego y lejanoComenzó un rumor á oirse,Que cada vez más cercanoPor grados se acrecentó.Al principio fué un susurroSuave, como el soñolientoRumor que produce el vientoEntre las hojas: despuésPareció que muchas vocesHablaban en el caminoPor lo bajo, y al fin vinoEl són claro tal cual es.Ruido de pasos unidos,Iguales y acompasados,Pasos de muchos soldadosque avanzan con rapidez:Y Moraima, no pudiendoContenerse, adelantóseÁ par de Aixa y asomóseEn silencio al ajimez.Quitó la antorcha al esclavoY, asiéndose al cortinaje,Al labrado barandajeTrepó con ella Kaël.Sacóla sobre el camino,Y su roja llamaradaReflejó en la gente armadaQue descendía por él.Como una inmensa serpienteQue se arrastra en la pradera,Así su movible hileraEn torno ciñendo vaDel regio alcázar el muro,Hasta sumirse en lo obscuroDe la bóveda excusadaQue sobre el camino da.Subterráneos pasadizosQue en los cimientos macizosLabrar mandó de laTorreDe los picosAlhamar,Dan á una puerta de hierro,Cuya boca honda y calladaNo se cansa aquella armadaMuchedumbre de tragar.Tal vez la traición ó el oroFranquean aquella puerta,Puesto que en silencio abiertaDa paso al largo cordónDe armados, que en ella se hundeCual procesión de fantasmasQue unas en otras confundeFebril imaginación.Con fiebre á su vez las veíaDeslizarse una tras otraMoraima, y no se atrevíaÁ la Reina á interrogar,Quien con altanera calmaY semblante satisfecho,Desde el calado antepechoLas contemplaba pasar.Como vagas creacionesDe un sueño, en el subterráneoJinetes tras de peonesSe hundieron: volvió el cancelDe la poterna á cerrarse,Y tras él, desde la altura,Del arrecife á la honduraLanzó su antorcha Kaël.Entonces Aixa, volviéndoseÁ Moraima, por la manoAsiéndola y con ufanoSemblante detrás de síLlevándola, el aposentoCruzó con ella calladaHasta ponerla á la entradaDe su oriental alhamí.Allí, del lecho que parteCon su nodriza el dormidoHijo de Abdilá, corridoTeniendo ante ella el tapiz,La dijo:—«Ahora, hija enteca»De un árabe, débil planta»De savia fría, levanta»Con orgullo la cerviz.»El sol que tras de la sierra»Se elevará esta mañana,»Te saludará Sultana,»Pese el sangriento Muley.»Encrespa, pues, tu flotante»Melena rubia, leona»Real, porque tu tierno infante»Es desde hoy hijo de un Rey.»Dijo, y comprendiólo todoMoraima en aquel momento:Mas aunque libre y contentoDentro su pecho saltóSu corazón, ante el vanoOrgullo de soberanoNi aun el latido más leveEn holocausto ofreció.Abrazó, con sus cariciasDespertándole, á su hijo:Mas únicamente dijo,Con inquietud juvenil,Volviéndose á la Africana:—«¿Pero supongo, Sultana,»Qué me ha traído esa gente»Á mi esposo Abú-Abdil?»Miróla Aixa como un águilaMira, dejándola ir viva,Á una alondra fugitivaQue encuentra por su región,Con esa mirada propiaDe los seres colosalesQue á los débiles mortalesSólo otorgan compasión.Criaturas fuertes, y almasTodas vigor, que calculanPor el que ellas acumulanEl vigor de las demás:Almas en quien arde virgenLa luz de su fe divina,Mas para quien no iluminaSu luz la tierra jamás.Seres dueños de los ímpetusDe las terrenas pasiones,Que juzgan los corazonesDel suyo por la virtud,Y que siguen inflexiblesEl carril de sus deberes,Creyendo á todos los seresCon su firme rectitud.Seres que nacen en tiemposIndignos de ellos; de genteQue arrastra cobardementeSu existencia terrenal:Seres que bajo su sigloSe sepultan con fiereza,Sin humillar la cabezaAnte su siglo fatal.Tal fué Aixa y tal la fríaMirada que echó á MoraimaQue trémula la sentíaSobre su frente pesar:Tales estas dos mujeresIguales sólo en fortuna:Débil cual las flores una,Otra fiera como el mar.El silencio de un momentoQue produjo esta miradaKaël con un movimientoDe alegría interrumpió.Corrió á la puerta, el oídoÁ sus hojas aplicando,Y ufano á los pies saltandoDe su señora volvió.Pasos presurosos, rápidosPor los jardines se oían,Y luces se percibíanDe los vidrios á través:Aixa exclamó:—«Ahí le tienes:»Por suerte no es tan villano»Que como un perro cristiano»Venga á tenderse á tus pies.»Dijo: mas ya no la oíaMoraima, que entrelazadosSus bellos brazos teníaAl cuello de Abú-Abdil:Y el viejo Aly-Athár, que entrabaDetrás del Rey, de su hijaEmbebido contemplabaEl arrebato infantil.Ella, soltando al esposo,Corrió á los brazos del padre,Que los abrió cariñoso,Y olvidando la ocasiónEn que se encontraba, en ellosLa levantó como á un niñoDe su paternal cariñoEn la expansiva efusión.Hasta los negros esclavosQue alumbraron tal escenaSu emoción con harta penaPudieron disimular.Aixa tan sólo inactivaY silenciosa á sus brazosCon circunspección altivaDejó á Abú-Abdil llegar.Y le abrazó: más diciéndole:«Abdil, ya estás en el trono:»Tuyo es, y el cielo en tu abono»Contra la injusticia está:»Piensa, empero, que Aláh es justo»Y que con airada mano»Quita el trono al Rey villano»Lo mismo que se le da.»No olvides que á la fortuna,»De los valientes amiga,»Sólo el valiente la obliga»Y huye del cobarde vil.»Como hombre, pues, sube al trono;»Mas si Aláh al fin te abandona,»No bajes de él sin corona,»Sino sin cabeza, Abdil.»Diciendo así, la AfricanaAbandonó el aposento,Y ocupáronse al momentoLos fuertes por Abdilá,En el silencio nocturnoSorprendiendo á los soldadosÁ quien los dejó fiadosMuley, que hacia Alhama va.
Sobre el muro que el recintoDe la Alhambra real circunda,Si en fortaleza segundaPrimera en esplendidez,Hay una torre moriscaFrontera al Generalife,Que sobre angosto arrecifeAbre un dorado ajimez.
Sobre el muro que el recinto
De la Alhambra real circunda,
Si en fortaleza segunda
Primera en esplendidez,
Hay una torre morisca
Frontera al Generalife,
Que sobre angosto arrecife
Abre un dorado ajimez.
Este arrecife tortuoso,Que extiende sus líneas combasEntre yedras y gayombas,Madreselvas y jazmín,Solitario, áspero, umbrío,Parece el lecho de un ríoQue dividió en otro tiempoEl alcázar del jardín.
Este arrecife tortuoso,
Que extiende sus líneas combas
Entre yedras y gayombas,
Madreselvas y jazmín,
Solitario, áspero, umbrío,
Parece el lecho de un río
Que dividió en otro tiempo
El alcázar del jardín.
Fresco, umbroso en el verano,Abrigado en el invierno,Gozando el verdor eternoDe la yedra y el laurel,Es este oculto arrecife,Lleno de sombra y misterio,Huella oriental del imperioDe la raza de Ismael.
Fresco, umbroso en el verano,
Abrigado en el invierno,
Gozando el verdor eterno
De la yedra y el laurel,
Es este oculto arrecife,
Lleno de sombra y misterio,
Huella oriental del imperio
De la raza de Ismael.
Á un lado, GeneralifeDe sus floridos verjelesLe entolda con los laureles,Le impregna de aromas mil;Al otro, la Alhambra espléndidaLe fía por sus ventanasDe cautivas y sultanasToda su historia gentil.
Á un lado, Generalife
De sus floridos verjeles
Le entolda con los laureles,
Le impregna de aromas mil;
Al otro, la Alhambra espléndida
Le fía por sus ventanas
De cautivas y sultanas
Toda su historia gentil.
De una parte le armonizan,Por el lado de las flores,Los canoros ruiseñoresQue anidan en el verjel:De otra, por el del alcázar,Opuesto al de los jardines,Las zambras y los festinesQue se celebran en él.
De una parte le armonizan,
Por el lado de las flores,
Los canoros ruiseñores
Que anidan en el verjel:
De otra, por el del alcázar,
Opuesto al de los jardines,
Las zambras y los festines
Que se celebran en él.
Por un lado le engalanaLa rica naturaleza,Por otro le dan grandezaLas cien torres de Alhamar;Por allí muestra patenteDios su creadora mano,Por aquí del soberanoSe hace el poder acatar.
Por un lado le engalana
La rica naturaleza,
Por otro le dan grandeza
Las cien torres de Alhamar;
Por allí muestra patente
Dios su creadora mano,
Por aquí del soberano
Se hace el poder acatar.
Tal vez en noche de estío,Al són de un arpa morisca,Desde el muro una odaliscaEntona amante canción,Y algún colorín celoso,Desde la verde floresta,Con trino amante contestaDel arpa amorosa al són.
Tal vez en noche de estío,
Al són de un arpa morisca,
Desde el muro una odalisca
Entona amante canción,
Y algún colorín celoso,
Desde la verde floresta,
Con trino amante contesta
Del arpa amorosa al són.
En la ciudad empezandoY abriendo paso á la sierra,¿Quién sabe cuántos encierraSecretos de honra y amorEste encantado camino,Bajo flores encubiertoY sobre peñas abiertoDe un palacio en derredor?
En la ciudad empezando
Y abriendo paso á la sierra,
¿Quién sabe cuántos encierra
Secretos de honra y amor
Este encantado camino,
Bajo flores encubierto
Y sobre peñas abierto
De un palacio en derredor?
¡Cuánta hermosa enamoradaIntentó el arduo descensoDel vacío espacio extensoQue hay desde él á su balcón!¡Y cuánto noble AfricanoCayó en su arenosa loma,Muerto por oculta manoY por oculta razón!
¡Cuánta hermosa enamorada
Intentó el arduo descenso
Del vacío espacio extenso
Que hay desde él á su balcón!
¡Y cuánto noble Africano
Cayó en su arenosa loma,
Muerto por oculta mano
Y por oculta razón!
No hay un pie de este caminoQue una tradición no hechice,Que un nombre no poetice,Ó dé un recuerdo valor.La torre allíde los PicosSe eleva, cuyos cimientosDefienden encantamientosDe un sabio conjurador.
No hay un pie de este camino
Que una tradición no hechice,
Que un nombre no poetice,
Ó dé un recuerdo valor.
La torre allíde los Picos
Se eleva, cuyos cimientos
Defienden encantamientos
De un sabio conjurador.
Allá lade la Cautiva,Donde entre són de cadenasViene á lamentar sus penasEl alma de una mujer:Allá lapuerta de Hierro,Por do su vida salvaronLos Reyes á quien lanzaronSus vasallos del poder.
Allá lade la Cautiva,
Donde entre són de cadenas
Viene á lamentar sus penas
El alma de una mujer:
Allá lapuerta de Hierro,
Por do su vida salvaron
Los Reyes á quien lanzaron
Sus vasallos del poder.
Y allí, en fin, el pie cercadoDe adelfa y silvestres plantas,La torre delas InfantasSe alza con regia altivez,Abriendo en su grueso muro,Frontero á Generalife,Encima del arrecifeUn misterioso ajimez.
Y allí, en fin, el pie cercado
De adelfa y silvestres plantas,
La torre delas Infantas
Se alza con regia altivez,
Abriendo en su grueso muro,
Frontero á Generalife,
Encima del arrecife
Un misterioso ajimez.
Una graciosa ventanaDe arabescos y laboresOrlada, cuyos coloresMinió maestro pincel:Una ventana moriscaQue, en dibujos de oro envuelto,Parte un pilarcillo esbeltoDe mármol de Macaël:
Una graciosa ventana
De arabescos y labores
Orlada, cuyos colores
Minió maestro pincel:
Una ventana morisca
Que, en dibujos de oro envuelto,
Parte un pilarcillo esbelto
De mármol de Macaël:
Un mirador delicioso,Cuyo arco filigranadoEstá en redor festonadoCon leyendas del Korán;Cuyos dos graciosos huecosOrnados de medallones,Hojas, nichos y agallones,Contento á los ojos dan.
Un mirador delicioso,
Cuyo arco filigranado
Está en redor festonado
Con leyendas del Korán;
Cuyos dos graciosos huecos
Ornados de medallones,
Hojas, nichos y agallones,
Contento á los ojos dan.
Mas ¿quién mora en esa torreDonde jamás se percibeNi el rostro de quien la vive,Ni ruido de humana voz?Jamás de aquella ventanaSe abre al sol la celosía,Ni de un cantar la armoníaDa nunca al aura veloz.
Mas ¿quién mora en esa torre
Donde jamás se percibe
Ni el rostro de quien la vive,
Ni ruido de humana voz?
Jamás de aquella ventana
Se abre al sol la celosía,
Ni de un cantar la armonía
Da nunca al aura veloz.
Muestra, empero, que se habitaAllá en las nocturnas horasLa luz de las tembladorasLámparas de su interior,Que á pesar de su cerradaCelosía y su vidrieraDe colores, lanza fueraSu trémulo resplandor.
Muestra, empero, que se habita
Allá en las nocturnas horas
La luz de las tembladoras
Lámparas de su interior,
Que á pesar de su cerrada
Celosía y su vidriera
De colores, lanza fuera
Su trémulo resplandor.
Y á veces apunta el albaYa, y tras esta celosíaSe percibe todavíaDe la lámpara el fulgor,Y una sombra que va y vienePor dentro del aposento,Da ó quita á cada momentoLuz ó sombra al mirador.
Y á veces apunta el alba
Ya, y tras esta celosía
Se percibe todavía
De la lámpara el fulgor,
Y una sombra que va y viene
Por dentro del aposento,
Da ó quita á cada momento
Luz ó sombra al mirador.
Su movimiento incesante,Sus paradas repentinas,Recogiendo las cortinasPara ver ó para oir,Demuestran que el desveladoDe aquel ajimez esperaAlgo que dél por afueraDebe sin duda venir.
Su movimiento incesante,
Sus paradas repentinas,
Recogiendo las cortinas
Para ver ó para oir,
Demuestran que el desvelado
De aquel ajimez espera
Algo que dél por afuera
Debe sin duda venir.
Mas pasa una noche y otra,Y la luz del sol se tragaSu luz, y con ella apagaEl que allí esperando estáSu esperanza, hasta otra nocheQue vuelve á arder la bujía,Y él vuelve á la celosíaY tras ella viene y va.
Mas pasa una noche y otra,
Y la luz del sol se traga
Su luz, y con ella apaga
El que allí esperando está
Su esperanza, hasta otra noche
Que vuelve á arder la bujía,
Y él vuelve á la celosía
Y tras ella viene y va.
Es alta noche: en el sueñoYace el mundo sumergido:El aire se ha recogidoBajo del césped feraz:Tiéndense inmobles las ramasDe los troncos, no se mueveNi la ráfaga más leve,Ni el murmullo más fugaz.
Es alta noche: en el sueño
Yace el mundo sumergido:
El aire se ha recogido
Bajo del césped feraz:
Tiéndense inmobles las ramas
De los troncos, no se mueve
Ni la ráfaga más leve,
Ni el murmullo más fugaz.
¡Silencio!—He aquí que, en medioDel universal reposo,El mirador misteriosoSe abre por primera vez.La celosía doradaSe levanta: la cortinaSe descorre, y se iluminaPor adentro el ajimez.
¡Silencio!—He aquí que, en medio
Del universal reposo,
El mirador misterioso
Se abre por primera vez.
La celosía dorada
Se levanta: la cortina
Se descorre, y se ilumina
Por adentro el ajimez.
Y al pilar que en dos divideEl arco de su ventanaLlega una figura humanaLentamente: una mujer,Sultana, esclava, cautiva,Joven, ó hermosa..... ¿qué ojosÁ altura tan excesivaLa podrán reconocer?
Y al pilar que en dos divide
El arco de su ventana
Llega una figura humana
Lentamente: una mujer,
Sultana, esclava, cautiva,
Joven, ó hermosa..... ¿qué ojos
Á altura tan excesiva
La podrán reconocer?
Apartó de ante su rostroSu blanco y flotante velo:Una mirada del cieloPor la cavidad tendió,Y, vuelta hacia el OccidenteDo ya tocando la lunaEstá, en la lengua morunaY con voz triste exclamó:
Apartó de ante su rostro
Su blanco y flotante velo:
Una mirada del cielo
Por la cavidad tendió,
Y, vuelta hacia el Occidente
Do ya tocando la luna
Está, en la lengua moruna
Y con voz triste exclamó:
«¡Un día más!—La menguante»Luna hacia la mar declina,»Y su lumbrera argentina»Toca al horizonte ya.»¡Casto fanal de la noche,»De los creyentes lumbrera,»Que tu brillante carrera»Guíe protector Aláh!
«¡Un día más!—La menguante
»Luna hacia la mar declina,
»Y su lumbrera argentina
»Toca al horizonte ya.
»¡Casto fanal de la noche,
»De los creyentes lumbrera,
»Que tu brillante carrera
»Guíe protector Aláh!
»Ve en paz ¡oh de las tinieblas»Sultana dominadora,»Pendón de la gente mora,»Lámpara de la oración!»¡Y plegue á Aláh que mañana,»Cuando vuelvas por Oriente,»Vuelva con tu luz naciente»La luz de mi corazón!
»Ve en paz ¡oh de las tinieblas
»Sultana dominadora,
»Pendón de la gente mora,
»Lámpara de la oración!
»¡Y plegue á Aláh que mañana,
»Cuando vuelvas por Oriente,
»Vuelva con tu luz naciente
»La luz de mi corazón!
»Ve en paz: y si sobre Loja»Al verter tu lumbre pura,»Hallas vivos por ventura»Á mi buen padre Aly-Athár»Con el Príncipe mi esposo,»Que es la luz del alma mía,»Diles ¡ay! que noche y día»Les aguardo sin cesar.»
»Ve en paz: y si sobre Loja
»Al verter tu lumbre pura,
»Hallas vivos por ventura
»Á mi buen padre Aly-Athár
»Con el Príncipe mi esposo,
»Que es la luz del alma mía,
»Diles ¡ay! que noche y día
»Les aguardo sin cesar.»
Dijo, y la frente apoyandoEn el pilar arabesco,Dentro el marco pintorescoDel morisco miradorQuedó, como una esculturaPara su cuadro labradaLa Mora desconsolada,Á solas con su dolor.
Dijo, y la frente apoyando
En el pilar arabesco,
Dentro el marco pintoresco
Del morisco mirador
Quedó, como una escultura
Para su cuadro labrada
La Mora desconsolada,
Á solas con su dolor.
Resalta, á la luz de espalda,Su contorno destacadoSobre el fondo iluminadoDel aposento oriental:Y parece desde lejosAl genio de la pureza,Que va á partir con tristezaDe una cámara nupcial.
Resalta, á la luz de espalda,
Su contorno destacado
Sobre el fondo iluminado
Del aposento oriental:
Y parece desde lejos
Al genio de la pureza,
Que va á partir con tristeza
De una cámara nupcial.
Mas aquel busto tan nobleDe suave y rubio cabello,Aquel nacarino cuelloPálido como el marfil,Aquel brazo modeladoPor una ática escultura,Aquella frágil cintura,Y aquel todo tan gentil;
Mas aquel busto tan noble
De suave y rubio cabello,
Aquel nacarino cuello
Pálido como el marfil,
Aquel brazo modelado
Por una ática escultura,
Aquella frágil cintura,
Y aquel todo tan gentil;
Asomado á tales horasÁ una torre destinadaSólo á las Princesas moras,Al ojo menos sutilDelatan á la que ocupaSu misteriosa ventana,Por la infelice SultanaEsposa de Abú-Abdil.
Asomado á tales horas
Á una torre destinada
Sólo á las Princesas moras,
Al ojo menos sutil
Delatan á la que ocupa
Su misteriosa ventana,
Por la infelice Sultana
Esposa de Abú-Abdil.
Es ella, sí: allí apacentaEl dolor que la acongojaMoraima, la flor de Loja,La azucena de Aly-Athár:La gacela de ojos garzos,Cuyas niñas de azul cieloEran fuentes de consueloPara el viejo militar.
Es ella, sí: allí apacenta
El dolor que la acongoja
Moraima, la flor de Loja,
La azucena de Aly-Athár:
La gacela de ojos garzos,
Cuyas niñas de azul cielo
Eran fuentes de consuelo
Para el viejo militar.
Hoy son ya fuentes de lágrimas:Sus abrasadas pupilasNo reflejan hoy tranquilasLa pura luz del placer;Hoy la dulce paz del niñoSu sonrisa no revela,Porque en sus labios la hielaEl dolor de la mujer.
Hoy son ya fuentes de lágrimas:
Sus abrasadas pupilas
No reflejan hoy tranquilas
La pura luz del placer;
Hoy la dulce paz del niño
Su sonrisa no revela,
Porque en sus labios la hiela
El dolor de la mujer.
Moraima, sí, la más triste,La más pura de las Moras,Pasa allí sus largas horasEn silencio y soledad.Moraima, que de su esposoEncadenada á la huella,Con él de su mala estrellaParte la fatalidad.
Moraima, sí, la más triste,
La más pura de las Moras,
Pasa allí sus largas horas
En silencio y soledad.
Moraima, que de su esposo
Encadenada á la huella,
Con él de su mala estrella
Parte la fatalidad.
Triste es su historia. Su padre,La mejor lanza africana,La otorgó como SultanaAl sucesor de su Rey;Temiendo al viejo soldadoEn rebelión harto crítica,Con su torcida políticaPensó en tal boda Muley.
Triste es su historia. Su padre,
La mejor lanza africana,
La otorgó como Sultana
Al sucesor de su Rey;
Temiendo al viejo soldado
En rebelión harto crítica,
Con su torcida política
Pensó en tal boda Muley.
El bravo Aly-Athár, más hombreDe pelea que de Estado,Se dió en ello por honradoY á Granada la llevó.La boda hizo el Rey al punto,Pero á sí mismo se dijo:«¡Imbécil! le doy el hijo,Pero la corona no.»
El bravo Aly-Athár, más hombre
De pelea que de Estado,
Se dió en ello por honrado
Y á Granada la llevó.
La boda hizo el Rey al punto,
Pero á sí mismo se dijo:
«¡Imbécil! le doy el hijo,
Pero la corona no.»
Dos niños eran entrambos,Rubios, alegres, gentiles:Apenas sus quince abrilesCumplido habrían los dos;Hermosos como inocentes,Les unieron y se amaron:Mas en su amor no contaronCon la voluntad de Dios.
Dos niños eran entrambos,
Rubios, alegres, gentiles:
Apenas sus quince abriles
Cumplido habrían los dos;
Hermosos como inocentes,
Les unieron y se amaron:
Mas en su amor no contaron
Con la voluntad de Dios.
Sosegados ya los pueblos,No fué Aly-Athár peligroso:Y en su aislamiento amorosoAfeminado Abdilá,Los hijos de la Zoraya,Merced al fatal destinoDe Abdilá, libre el caminoTendrían del trono ya.
Sosegados ya los pueblos,
No fué Aly-Athár peligroso:
Y en su aislamiento amoroso
Afeminado Abdilá,
Los hijos de la Zoraya,
Merced al fatal destino
De Abdilá, libre el camino
Tendrían del trono ya.
Tal pensó el Rey; los dos niños,Sin cálculo y sin encono,De sus derechos á un tronoNi aun se acordaron tal vez:Pero otro sér mas activoÁ quien amor no adormía,En lugar de ellos abríaSus ojos con avidez.
Tal pensó el Rey; los dos niños,
Sin cálculo y sin encono,
De sus derechos á un trono
Ni aun se acordaron tal vez:
Pero otro sér mas activo
Á quien amor no adormía,
En lugar de ellos abría
Sus ojos con avidez.
Aixa, la altiva Sultana,Celosa de su derecho,Fué una mañana á su lechoComo un ensueño fatal.Abrieron sobresaltadosLos dos Príncipes los ojos,Y ella, respirando enojos,Dijo con voz sepulcral:
Aixa, la altiva Sultana,
Celosa de su derecho,
Fué una mañana á su lecho
Como un ensueño fatal.
Abrieron sobresaltados
Los dos Príncipes los ojos,
Y ella, respirando enojos,
Dijo con voz sepulcral:
«Aquel á quien Dios destina»Á ceñir una corona,»Sus derechos no abandona»Sino por orden de Dios.»Hijo de Reyes, despierta:»Rompe tus amantes lazos»Y tiende el alma y los brazos»De tu real corona en pos.
«Aquel á quien Dios destina
»Á ceñir una corona,
»Sus derechos no abandona
»Sino por orden de Dios.
»Hijo de Reyes, despierta:
»Rompe tus amantes lazos
»Y tiende el alma y los brazos
»De tu real corona en pos.
»Y á ti, flor silvestre y pálida»De los peñascos de Loja,»¿Por ventura te se antoja»Que no hay más ley que el placer?»¿Crees que tus ojos de cielo,»Tu alma y tu tez de nieve,»El dote son que traer debe»Á un Príncipe una mujer?
»Y á ti, flor silvestre y pálida
»De los peñascos de Loja,
»¿Por ventura te se antoja
»Que no hay más ley que el placer?
»¿Crees que tus ojos de cielo,
»Tu alma y tu tez de nieve,
»El dote son que traer debe
»Á un Príncipe una mujer?
»Pues te engañas: la que espera»Dominar como Sultana,»Necesita un alma entera,»Con más altivez que amor.»Despertad pues; los lobeznos»De la torpe renegada»Giran con planta callada»De vuestro trono en redor.»
»Pues te engañas: la que espera
»Dominar como Sultana,
»Necesita un alma entera,
»Con más altivez que amor.
»Despertad pues; los lobeznos
»De la torpe renegada
»Giran con planta callada
»De vuestro trono en redor.»
Abú-Abdilá, de su madreHecho á la exacta obediencia,Tras ella sin resistenciaDel aposento salió:Moraima, sobrecogidaPor la plática severaDe aquella Reina altanera,Quedóse sola y lloró.
Abú-Abdilá, de su madre
Hecho á la exacta obediencia,
Tras ella sin resistencia
Del aposento salió:
Moraima, sobrecogida
Por la plática severa
De aquella Reina altanera,
Quedóse sola y lloró.
«¿Qué me importan á mí, dijo,»Su poder y su corona?»Lo que mi amor ambiciona»Es no más su corazón;»Y si éste me lo arrebatan»Por el gobierno y la guerra,»¿Qué me dejan en la tierra»Á mí, sin regia ambición?»
«¿Qué me importan á mí, dijo,
»Su poder y su corona?
»Lo que mi amor ambiciona
»Es no más su corazón;
»Y si éste me lo arrebatan
»Por el gobierno y la guerra,
»¿Qué me dejan en la tierra
»Á mí, sin regia ambición?»
¡Pobre niña! el joven PríncipeEmpezó desde aquel díaÁ dejar su compañíaY su cámara á dejar:Venía por él su madreApenas el sol rayaba,Y hasta que el sol se ocultabaNo le veía tornar.
¡Pobre niña! el joven Príncipe
Empezó desde aquel día
Á dejar su compañía
Y su cámara á dejar:
Venía por él su madre
Apenas el sol rayaba,
Y hasta que el sol se ocultaba
No le veía tornar.
Entonces, aunque volvíaAlegre y enamorado,Volvía tan fatigado,Tan hambriento y sin vigor,Que en la mesa devorabaY se dormía en el lecho,Cual si no hubiera en su pechoNi corazón ni calor.
Entonces, aunque volvía
Alegre y enamorado,
Volvía tan fatigado,
Tan hambriento y sin vigor,
Que en la mesa devoraba
Y se dormía en el lecho,
Cual si no hubiera en su pecho
Ni corazón ni calor.
Moraima, en su seno amanteColocando su cabeza,Contemplaba con tristezaSu rostro franco y leal,Que empezaba en el reposoDe su fatigado sueñoÁ adquirir un torvo ceñoQue no le era natural.
Moraima, en su seno amante
Colocando su cabeza,
Contemplaba con tristeza
Su rostro franco y leal,
Que empezaba en el reposo
De su fatigado sueño
Á adquirir un torvo ceño
Que no le era natural.
«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía»La pobre niña) ¿Qué afanes»Más propios para gañanes»Me le cansarán así?»Si tanto cuesta á los Príncipes»Guardar su trono, ¡pluguiera»Á Aláh que pastor naciera,»Sin esperar más que en mí!»
«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía
»La pobre niña) ¿Qué afanes
»Más propios para gañanes
»Me le cansarán así?
»Si tanto cuesta á los Príncipes
»Guardar su trono, ¡pluguiera
»Á Aláh que pastor naciera,
»Sin esperar más que en mí!»
Y una mañana, Moraima,Un sueño tenaz fingiendo,Fué desde lejos siguiendoÁ la Reina y á Abdilá,Y vió que, cruzando apriesaDe los muros el espacio,Se salieron del palacioAl bosque que al río da.
Y una mañana, Moraima,
Un sueño tenaz fingiendo,
Fué desde lejos siguiendo
Á la Reina y á Abdilá,
Y vió que, cruzando apriesa
De los muros el espacio,
Se salieron del palacio
Al bosque que al río da.
Corrió al oratorio regioQue domina su enramada,Y vióles á una esplanadaTras una loma llegar.Allí esperaban tres hombresHasta los dientes armados,Con caballos ensilladosY en guisa de pelear.
Corrió al oratorio regio
Que domina su enramada,
Y vióles á una esplanada
Tras una loma llegar.
Allí esperaban tres hombres
Hasta los dientes armados,
Con caballos ensillados
Y en guisa de pelear.
Ciñóse una jacerina,Embrazó una recia adarga,Asió de una lanza largaY cabalgó Abú-Abdil.Salió el caballo botando:Moraima tembló de gozoY miedo al verle tan mozo,Tan armado y tan gentil.
Ciñóse una jacerina,
Embrazó una recia adarga,
Asió de una lanza larga
Y cabalgó Abú-Abdil.
Salió el caballo botando:
Moraima tembló de gozo
Y miedo al verle tan mozo,
Tan armado y tan gentil.
Cabalgaron uno á unoLos otros tres: apartóseLa Sultana, y preparóseLa escaramuza. Abdilá,En medio de la esplanadaY de los tres circundado,Á la suerte preparadoInmóvil y atento está.
Cabalgaron uno á uno
Los otros tres: apartóse
La Sultana, y preparóse
La escaramuza. Abdilá,
En medio de la esplanada
Y de los tres circundado,
Á la suerte preparado
Inmóvil y atento está.
Dió la señal la Sultana,Y empezaron los guerrerosEn torno de Abdil mañerosEn círculo á galopar,Á cada vuelta estrechándole;Mas, como un chacal atento,Espiando él un momentoSu línea para salvar.
Dió la señal la Sultana,
Y empezaron los guerreros
En torno de Abdil mañeros
En círculo á galopar,
Á cada vuelta estrechándole;
Mas, como un chacal atento,
Espiando él un momento
Su línea para salvar.
Sereno sobre su silla,Con mirada centelleanteEspía un propicio instanteEn liza tan desigual,En tanto que en torno suyoVan los tres caracoleando,Á cada vuelta cerrandoLa peligrosa espiral.
Sereno sobre su silla,
Con mirada centelleante
Espía un propicio instante
En liza tan desigual,
En tanto que en torno suyo
Van los tres caracoleando,
Á cada vuelta cerrando
La peligrosa espiral.
Giraba él en ellos puestaLa vista: por todas partesHallaba un arma funestaDirigida contra él.Vió al fin que un potro rebeldeSe mostraba, y contra él hizoUn amago: espantadizoEncabritóse el corcel.
Giraba él en ellos puesta
La vista: por todas partes
Hallaba un arma funesta
Dirigida contra él.
Vió al fin que un potro rebelde
Se mostraba, y contra él hizo
Un amago: espantadizo
Encabritóse el corcel.
Hirió y arrancó, del círculoDentro, á escape jineteando,Y á alguno siempre amagandoCon incierta rapidez;Desigualó las distanciasCiando, hiriendo y salvándose,Y fué el círculo ensanchándoseMás y más de cada vez.
Hirió y arrancó, del círculo
Dentro, á escape jineteando,
Y á alguno siempre amagando
Con incierta rapidez;
Desigualó las distancias
Ciando, hiriendo y salvándose,
Y fué el círculo ensanchándose
Más y más de cada vez.
Ya sobre un lado fingíaCaer y sobre otro daba:Ya al escape se tendía:Ya diestro en firme paraba:Ya de todos tres huía,Y á todos tres amagabaY á salvo doquier heríaCon certera agilidad:
Ya sobre un lado fingía
Caer y sobre otro daba:
Ya al escape se tendía:
Ya diestro en firme paraba:
Ya de todos tres huía,
Y á todos tres amagaba
Y á salvo doquier hería
Con certera agilidad:
Hasta que romper lograndoLa línea que manteniendoIban los tres, trabajandoSobre el círculo y abriendoMás sus distancias, girandoDe repente, salió huyendo,Un breve espacio ganandoCon extraña habilidad.
Hasta que romper logrando
La línea que manteniendo
Iban los tres, trabajando
Sobre el círculo y abriendo
Más sus distancias, girando
De repente, salió huyendo,
Un breve espacio ganando
Con extraña habilidad.
Cubierto entonces, tendidoSobre su silla de pechos,Comenzó á alargar los trechosDe unos á otros, y fuéCargándoles uno á uno:Con lo cual, hecha la suerteDe aquel combate moruno,Echaron á tierra pie.
Cubierto entonces, tendido
Sobre su silla de pechos,
Comenzó á alargar los trechos
De unos á otros, y fué
Cargándoles uno á uno:
Con lo cual, hecha la suerte
De aquel combate moruno,
Echaron á tierra pie.
Moraima, que de lo altoMiraba la escaramuza,Á cada embestida y saltoTemblando por Abdilá,Solamente sostenidaPor su ansiedad, en el mármolSe sentó desvanecidaAl verla acabada ya.
Moraima, que de lo alto
Miraba la escaramuza,
Á cada embestida y salto
Temblando por Abdilá,
Solamente sostenida
Por su ansiedad, en el mármol
Se sentó desvanecida
Al verla acabada ya.
Volvióse luego á su cámara.¡Ay! todo lo comprendía:Abdilá pasaba el díaLección de armas en tomar.Al fin lograba la madreHacer de su hijo un guerrero,Tornándole áspero y fiero,De su cariño á pesar.
Volvióse luego á su cámara.
¡Ay! todo lo comprendía:
Abdilá pasaba el día
Lección de armas en tomar.
Al fin lograba la madre
Hacer de su hijo un guerrero,
Tornándole áspero y fiero,
De su cariño á pesar.
Dos lunas después, por frutoDe este acendrado cariñoDió Moraima á luz un niñoQue el porvenir la doró:Y el Rey, un año más tarde,Al prender á la briosaAixa, de Abdilá la esposaEn su torre encarceló.
Dos lunas después, por fruto
De este acendrado cariño
Dió Moraima á luz un niño
Que el porvenir la doró:
Y el Rey, un año más tarde,
Al prender á la briosa
Aixa, de Abdilá la esposa
En su torre encarceló.
Tal es su historia. Moraima,La más triste de las moras,Pasa allí sus largas horasEn silencio y soledad.Moraima, que de su esposoEncadenada á la huella,Con él de su mala estrellaParte la fatalidad.
Tal es su historia. Moraima,
La más triste de las moras,
Pasa allí sus largas horas
En silencio y soledad.
Moraima, que de su esposo
Encadenada á la huella,
Con él de su mala estrella
Parte la fatalidad.
La hermosa Sultana, pálidaDe tez, mas de alma encendida,Es la que está distraídaEn su ajimez oriental.Sabe que Abdilá está en salvo,Mas pronto que vuelva esperaÁ buscar la compañeraDe su destino fatal.
La hermosa Sultana, pálida
De tez, mas de alma encendida,
Es la que está distraída
En su ajimez oriental.
Sabe que Abdilá está en salvo,
Mas pronto que vuelva espera
Á buscar la compañera
De su destino fatal.
Y vendrá: también lo sabeCuando al ajimez se asoma;Lo sabe, sí: una paloma,Mensajero fiel de amor,Por mano desconocidaEnviada hasta su ventana,Trajo un día á la SultanaUn papel consolador.
Y vendrá: también lo sabe
Cuando al ajimez se asoma;
Lo sabe, sí: una paloma,
Mensajero fiel de amor,
Por mano desconocida
Enviada hasta su ventana,
Trajo un día á la Sultana
Un papel consolador.
Un Africano, jineteSobre mi corcel del desierto,Llegó al camino encubiertoSobre el que la torre daCon temeraria osadía,Y atada á un cordón de sedaLa alzó hasta la celosíaDiciendo: «Abrid á Abdilá.»
Un Africano, jinete
Sobre mi corcel del desierto,
Llegó al camino encubierto
Sobre el que la torre da
Con temeraria osadía,
Y atada á un cordón de seda
La alzó hasta la celosía
Diciendo: «Abrid á Abdilá.»
Al ruido que en ella hicieronLas alas de la paloma,Abre Moraima y se asoma,Y, asiéndola con placer,Mira al audaz que esto osara:Mas él huyendo, por únicaDespedida, en voz muy clara,Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»
Al ruido que en ella hicieron
Las alas de la paloma,
Abre Moraima y se asoma,
Y, asiéndola con placer,
Mira al audaz que esto osara:
Mas él huyendo, por única
Despedida, en voz muy clara,
Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»
Su pronta vuelta anunciabaDel Príncipe la misiva:Desde entonces la cautivaCada noche le aguardó:Y aislada en aquella torreY sin amigos por fuera,Á Aly-Athár y á Abdil esperaComo el papel prometió.
Su pronta vuelta anunciaba
Del Príncipe la misiva:
Desde entonces la cautiva
Cada noche le aguardó:
Y aislada en aquella torre
Y sin amigos por fuera,
Á Aly-Athár y á Abdil espera
Como el papel prometió.
El modo, el día... lo ignora:Espera que se los traigaLa fortuna protectora,Y espéralos con afán.Mas no está sola MoraimaEn su torre: hay otros seresQue distracción y placeresY pruebas de amor la dan.
El modo, el día... lo ignora:
Espera que se los traiga
La fortuna protectora,
Y espéralos con afán.
Mas no está sola Moraima
En su torre: hay otros seres
Que distracción y placeres
Y pruebas de amor la dan.
Consigo (sin los que aguarda)Tiene entera su fortuna:Su hijo que duerme en la cuna,Su nodriza, esclava fiel,Y un negrito enano y mudo,Que inteligencia destella,Distracción única de ellaY ocupación sólo de él.
Consigo (sin los que aguarda)
Tiene entera su fortuna:
Su hijo que duerme en la cuna,
Su nodriza, esclava fiel,
Y un negrito enano y mudo,
Que inteligencia destella,
Distracción única de ella
Y ocupación sólo de él.
Ligero como una corza,Sagaz como una serpienteY audaz como diligente,Todo lo escucha y lo ve.Leal como un falderillo,Pero con bríos de alano,Doquier se tiende el enanoDe su hermosa dueña al pie.
Ligero como una corza,
Sagaz como una serpiente
Y audaz como diligente,
Todo lo escucha y lo ve.
Leal como un falderillo,
Pero con bríos de alano,
Doquier se tiende el enano
De su hermosa dueña al pie.
Mudo, jamás incomodaCon plática inoportuna,Pero no hay idea algunaQue no sepa él expresar.Los guardas le dejan libreTeniéndole por salvaje,Y no hay más astuto pajeEn el reino de Alhamar.
Mudo, jamás incomoda
Con plática inoportuna,
Pero no hay idea alguna
Que no sepa él expresar.
Los guardas le dejan libre
Teniéndole por salvaje,
Y no hay más astuto paje
En el reino de Alhamar.
Ni su forma es repugnantePor sus defectos nativos,Ni sus gestos expresivosMohines ingratos son:La gracia de su sonrisaDe modo su rostro alegra,Que se lee tras su faz negraEl placer del corazón.
Ni su forma es repugnante
Por sus defectos nativos,
Ni sus gestos expresivos
Mohines ingratos son:
La gracia de su sonrisa
De modo su rostro alegra,
Que se lee tras su faz negra
El placer del corazón.
Nada hay en él que amedrente,Nada en su exterior que extrañe;Nada en su interior que dañe;Ni expresa su negra fazLa envidia, el pesar ó el odioQue otros seres imperfectosAbrigan con sus defectosEn su alma uraña y falaz.
Nada hay en él que amedrente,
Nada en su exterior que extrañe;
Nada en su interior que dañe;
Ni expresa su negra faz
La envidia, el pesar ó el odio
Que otros seres imperfectos
Abrigan con sus defectos
En su alma uraña y falaz.
No al ver la ajena hermosuraSu deformidad deplora;Ve la hermosura y la adoraCon sincera admiración;Sér mezquino en proporcionesLe formó naturaleza,Mas bajo negra cortezaLe dió blanco el corazón.
No al ver la ajena hermosura
Su deformidad deplora;
Ve la hermosura y la adora
Con sincera admiración;
Sér mezquino en proporciones
Le formó naturaleza,
Mas bajo negra corteza
Le dió blanco el corazón.
Ve en Moraima el infortunioY leal la compadece;Ve la hermosura, y se ofreceDel débil y hermoso sérEn servicio: y admirandoLa beldad sin pesadumbre,Acepta su servidumbreComo justa y con placer.
Ve en Moraima el infortunio
Y leal la compadece;
Ve la hermosura, y se ofrece
Del débil y hermoso sér
En servicio: y admirando
La beldad sin pesadumbre,
Acepta su servidumbre
Como justa y con placer.
Amigo, juglar y esclavo,Empléase en todo oficioY abarca todo servicioDe interior utilidad.Entretiene la tristezaCon sus juegos de destreza,Y penetra con su instintoLa exterior seguridad.
Amigo, juglar y esclavo,
Empléase en todo oficio
Y abarca todo servicio
De interior utilidad.
Entretiene la tristeza
Con sus juegos de destreza,
Y penetra con su instinto
La exterior seguridad.
Tal es la real servidumbreQue asiste á la hermosa MoraEn la prisión en que llora,Corta y débil, pero fiel.Tal es el mejor amigoDe Moraima, el Nubio enanoQue de su amparo al abrigoVive, y se llama Kaël.
Tal es la real servidumbre
Que asiste á la hermosa Mora
En la prisión en que llora,
Corta y débil, pero fiel.
Tal es el mejor amigo
De Moraima, el Nubio enano
Que de su amparo al abrigo
Vive, y se llama Kaël.
Ahora, y mientras MoraimaDe tristes memorias presaEn recuerdos se embelesaAsomada al mirador,Duerme el negrillo á la sombraDel lecho de la nodrizaSobre el paño que tapizaEl alhamí en derredor.
Ahora, y mientras Moraima
De tristes memorias presa
En recuerdos se embelesa
Asomada al mirador,
Duerme el negrillo á la sombra
Del lecho de la nodriza
Sobre el paño que tapiza
El alhamí en derredor.
Todo calla: permaneceInmoble al balcón Moraima:La noche se lobreguece,Ausente la luna ya.Ni una estrella en el espacio:Todo es silencio y tinieblasDentro y fuera del palacio;Mudo el universo está.
Todo calla: permanece
Inmoble al balcón Moraima:
La noche se lobreguece,
Ausente la luna ya.
Ni una estrella en el espacio:
Todo es silencio y tinieblas
Dentro y fuera del palacio;
Mudo el universo está.
He aquí que, como avisadoPor algún sér misterioso,El negrillo desveladoLa cabeza enderezó,Y con la boca entreabierta,Sin alentar, y clavadosLos ojos sobre la puerta,Por un instante quedó.
He aquí que, como avisado
Por algún sér misterioso,
El negrillo desvelado
La cabeza enderezó,
Y con la boca entreabierta,
Sin alentar, y clavados
Los ojos sobre la puerta,
Por un instante quedó.
Nada se oía: el instintoDe su raza le advertíaUn riesgo que todavíaSe escapaba del poderDe los sentidos: sólo eraVoz de su presentimiento,No voz, rumor ni lamentoQue oirse pudiera hacer.
Nada se oía: el instinto
De su raza le advertía
Un riesgo que todavía
Se escapaba del poder
De los sentidos: sólo era
Voz de su presentimiento,
No voz, rumor ni lamento
Que oirse pudiera hacer.
Él, empero, á deslizarseComenzó sobre la alfombra,Llegando como una sombraHasta la puerta exterior:Mas al pegar al encajeDe sus hojas el oído,Le hirió otro distinto ruidoQue entró por el mirador.
Él, empero, á deslizarse
Comenzó sobre la alfombra,
Llegando como una sombra
Hasta la puerta exterior:
Mas al pegar al encaje
De sus hojas el oído,
Le hirió otro distinto ruido
Que entró por el mirador.
Volvió un punto á su absolutaInmovilidad, tendiendoLa cabeza y conteniendoLa respiración Kaël.Alumbró luego un relámpagoSu mirada inteligente,Y al lejos confusamenteSe oyó trotar un corcel.
Volvió un punto á su absoluta
Inmovilidad, tendiendo
La cabeza y conteniendo
La respiración Kaël.
Alumbró luego un relámpago
Su mirada inteligente,
Y al lejos confusamente
Se oyó trotar un corcel.
Sacó de su arrobamientoSu rumor á la Sultana,Que intentó con ansia vanaLas tinieblas penetrar.Kaël, por las colgadurasTrepando á la celosía,Se puso el són que traíaEl aire libre á escuchar.
Sacó de su arrobamiento
Su rumor á la Sultana,
Que intentó con ansia vana
Las tinieblas penetrar.
Kaël, por las colgaduras
Trepando á la celosía,
Se puso el són que traía
El aire libre á escuchar.
Tal vez era algún viajeroQue á ver venía á Granada,Tal vez algún mensajero,Acaso algún mercaderQue, deseando tempranoGanar la alcaicería,Llegaba á la Alhambra ufanoAun antes de amanecer.
Tal vez era algún viajero
Que á ver venía á Granada,
Tal vez algún mensajero,
Acaso algún mercader
Que, deseando temprano
Ganar la alcaicería,
Llegaba á la Alhambra ufano
Aun antes de amanecer.
Todavía no pisabaEl camino que circundaDe la Alhambra la alcazabaSombría, cuando Kaël,De la ventana saltandoCon agilidad salvaje,Corrió á la puerta, aplicandoEl oído á su cancel.
Todavía no pisaba
El camino que circunda
De la Alhambra la alcazaba
Sombría, cuando Kaël,
De la ventana saltando
Con agilidad salvaje,
Corrió á la puerta, aplicando
El oído á su cancel.
Moraima, á sus pantomimasY señas acostumbrada,Con impaciente miradaExplicación le pidió.Kaël, pasando una manoAlrededor de su frenteÉ irguiéndose altivamente,Á Aixa por allí anunció.
Moraima, á sus pantomimas
Y señas acostumbrada,
Con impaciente mirada
Explicación le pidió.
Kaël, pasando una mano
Alrededor de su frente
É irguiéndose altivamente,
Á Aixa por allí anunció.
¿Y el caballo? preguntóleLa bella Mora temblando;Y al mirador señalandoY con los brazos KaëlDe un ave imitando el vueloY leer ansiosamenteFingiendo, trajo á su menteLa paloma y el papel.
¿Y el caballo? preguntóle
La bella Mora temblando;
Y al mirador señalando
Y con los brazos Kaël
De un ave imitando el vuelo
Y leer ansiosamente
Fingiendo, trajo á su mente
La paloma y el papel.
Moraima, aún no aseguradaDe comprenderle, le hizoSu pregunta reiterada,Y él sus señas repitió.Lanzóse ella á la ventana,Mas detúvola él á puntoQue á la misma puerta juntoLa voz de Aixa resonó.
Moraima, aún no asegurada
De comprenderle, le hizo
Su pregunta reiterada,
Y él sus señas repitió.
Lanzóse ella á la ventana,
Mas detúvola él á punto
Que á la misma puerta junto
La voz de Aixa resonó.
—«Abre»—en su imperioso tonoDijo con alguno hablando:Y ante ella el portón girando,Pareció bajo el dintel.Ante su rostro severoCalló Moraima, inclinándose,Y fué á hacerla, prosternándose,LargazalemaKaël.
—«Abre»—en su imperioso tono
Dijo con alguno hablando:
Y ante ella el portón girando,
Pareció bajo el dintel.
Ante su rostro severo
Calló Moraima, inclinándose,
Y fué á hacerla, prosternándose,
LargazalemaKaël.
Con una antorcha un esclavoSeguía de Aixa la huella;Cerró la puerta, y en ellaQuedóse el esclavo en pie:Sin fijar la vista apenasEn Moraima, la AfricanaEn silencio á la ventanaCon paso altanero fué.
Con una antorcha un esclavo
Seguía de Aixa la huella;
Cerró la puerta, y en ella
Quedóse el esclavo en pie:
Sin fijar la vista apenas
En Moraima, la Africana
En silencio á la ventana
Con paso altanero fué.
Mas no bien á su antepechoTocó, cuando al pie del muro,Sobre el arrecife obscuroTrotar al corcel se oyó.Asomóse Aixa: el caballoParó en firme: cesó el ruido,Y un ruiseñor, sorprendidoTal vez al huir, silbó.
Mas no bien á su antepecho
Tocó, cuando al pie del muro,
Sobre el arrecife obscuro
Trotar al corcel se oyó.
Asomóse Aixa: el caballo
Paró en firme: cesó el ruido,
Y un ruiseñor, sorprendido
Tal vez al huir, silbó.
Sacando entonces del senoAixa un torzal muy delgadoQue tiene un plomillo atadoÁ una punta, dijo:—va,—Y por el balcón lanzólePrestando el oído atento.Después de un breve momento,Dijeron abajo:—ya.
Sacando entonces del seno
Aixa un torzal muy delgado
Que tiene un plomillo atado
Á una punta, dijo:—va,—
Y por el balcón lanzóle
Prestando el oído atento.
Después de un breve momento,
Dijeron abajo:—ya.
Recogió el torzal la Mora,Y de la bujía al brilloFué á examinar un anilloQue volvía atado á él.Él es—dijo—y una llaveEn vez del anillo atando,Tornó á arrojarle, tornandoÁ oirse trotar el corcel.
Recogió el torzal la Mora,
Y de la bujía al brillo
Fué á examinar un anillo
Que volvía atado á él.
Él es—dijo—y una llave
En vez del anillo atando,
Tornó á arrojarle, tornando
Á oirse trotar el corcel.
Reinó un silencio completoPor un instante. Moraima,Con el corazón inquietoMiraba á Aixa, sin osarInterrumpirle: la esclavaCon el infante dormía,Y el enanillo escuchaba,Como Aixa, sin respirar.
Reinó un silencio completo
Por un instante. Moraima,
Con el corazón inquieto
Miraba á Aixa, sin osar
Interrumpirle: la esclava
Con el infante dormía,
Y el enanillo escuchaba,
Como Aixa, sin respirar.
Quietos, atentos, callados,Parecían esculturasÓ seres que allí encantadosUn Genio paralizó.Confuso luego y lejanoComenzó un rumor á oirse,Que cada vez más cercanoPor grados se acrecentó.
Quietos, atentos, callados,
Parecían esculturas
Ó seres que allí encantados
Un Genio paralizó.
Confuso luego y lejano
Comenzó un rumor á oirse,
Que cada vez más cercano
Por grados se acrecentó.
Al principio fué un susurroSuave, como el soñolientoRumor que produce el vientoEntre las hojas: despuésPareció que muchas vocesHablaban en el caminoPor lo bajo, y al fin vinoEl són claro tal cual es.
Al principio fué un susurro
Suave, como el soñoliento
Rumor que produce el viento
Entre las hojas: después
Pareció que muchas voces
Hablaban en el camino
Por lo bajo, y al fin vino
El són claro tal cual es.
Ruido de pasos unidos,Iguales y acompasados,Pasos de muchos soldadosque avanzan con rapidez:Y Moraima, no pudiendoContenerse, adelantóseÁ par de Aixa y asomóseEn silencio al ajimez.
Ruido de pasos unidos,
Iguales y acompasados,
Pasos de muchos soldados
que avanzan con rapidez:
Y Moraima, no pudiendo
Contenerse, adelantóse
Á par de Aixa y asomóse
En silencio al ajimez.
Quitó la antorcha al esclavoY, asiéndose al cortinaje,Al labrado barandajeTrepó con ella Kaël.Sacóla sobre el camino,Y su roja llamaradaReflejó en la gente armadaQue descendía por él.
Quitó la antorcha al esclavo
Y, asiéndose al cortinaje,
Al labrado barandaje
Trepó con ella Kaël.
Sacóla sobre el camino,
Y su roja llamarada
Reflejó en la gente armada
Que descendía por él.
Como una inmensa serpienteQue se arrastra en la pradera,Así su movible hileraEn torno ciñendo vaDel regio alcázar el muro,Hasta sumirse en lo obscuroDe la bóveda excusadaQue sobre el camino da.
Como una inmensa serpiente
Que se arrastra en la pradera,
Así su movible hilera
En torno ciñendo va
Del regio alcázar el muro,
Hasta sumirse en lo obscuro
De la bóveda excusada
Que sobre el camino da.
Subterráneos pasadizosQue en los cimientos macizosLabrar mandó de laTorreDe los picosAlhamar,Dan á una puerta de hierro,Cuya boca honda y calladaNo se cansa aquella armadaMuchedumbre de tragar.
Subterráneos pasadizos
Que en los cimientos macizos
Labrar mandó de laTorre
De los picosAlhamar,
Dan á una puerta de hierro,
Cuya boca honda y callada
No se cansa aquella armada
Muchedumbre de tragar.
Tal vez la traición ó el oroFranquean aquella puerta,Puesto que en silencio abiertaDa paso al largo cordónDe armados, que en ella se hundeCual procesión de fantasmasQue unas en otras confundeFebril imaginación.
Tal vez la traición ó el oro
Franquean aquella puerta,
Puesto que en silencio abierta
Da paso al largo cordón
De armados, que en ella se hunde
Cual procesión de fantasmas
Que unas en otras confunde
Febril imaginación.
Con fiebre á su vez las veíaDeslizarse una tras otraMoraima, y no se atrevíaÁ la Reina á interrogar,Quien con altanera calmaY semblante satisfecho,Desde el calado antepechoLas contemplaba pasar.
Con fiebre á su vez las veía
Deslizarse una tras otra
Moraima, y no se atrevía
Á la Reina á interrogar,
Quien con altanera calma
Y semblante satisfecho,
Desde el calado antepecho
Las contemplaba pasar.
Como vagas creacionesDe un sueño, en el subterráneoJinetes tras de peonesSe hundieron: volvió el cancelDe la poterna á cerrarse,Y tras él, desde la altura,Del arrecife á la honduraLanzó su antorcha Kaël.
Como vagas creaciones
De un sueño, en el subterráneo
Jinetes tras de peones
Se hundieron: volvió el cancel
De la poterna á cerrarse,
Y tras él, desde la altura,
Del arrecife á la hondura
Lanzó su antorcha Kaël.
Entonces Aixa, volviéndoseÁ Moraima, por la manoAsiéndola y con ufanoSemblante detrás de síLlevándola, el aposentoCruzó con ella calladaHasta ponerla á la entradaDe su oriental alhamí.
Entonces Aixa, volviéndose
Á Moraima, por la mano
Asiéndola y con ufano
Semblante detrás de sí
Llevándola, el aposento
Cruzó con ella callada
Hasta ponerla á la entrada
De su oriental alhamí.
Allí, del lecho que parteCon su nodriza el dormidoHijo de Abdilá, corridoTeniendo ante ella el tapiz,La dijo:—«Ahora, hija enteca»De un árabe, débil planta»De savia fría, levanta»Con orgullo la cerviz.
Allí, del lecho que parte
Con su nodriza el dormido
Hijo de Abdilá, corrido
Teniendo ante ella el tapiz,
La dijo:—«Ahora, hija enteca
»De un árabe, débil planta
»De savia fría, levanta
»Con orgullo la cerviz.
»El sol que tras de la sierra»Se elevará esta mañana,»Te saludará Sultana,»Pese el sangriento Muley.»Encrespa, pues, tu flotante»Melena rubia, leona»Real, porque tu tierno infante»Es desde hoy hijo de un Rey.»
»El sol que tras de la sierra
»Se elevará esta mañana,
»Te saludará Sultana,
»Pese el sangriento Muley.
»Encrespa, pues, tu flotante
»Melena rubia, leona
»Real, porque tu tierno infante
»Es desde hoy hijo de un Rey.»
Dijo, y comprendiólo todoMoraima en aquel momento:Mas aunque libre y contentoDentro su pecho saltóSu corazón, ante el vanoOrgullo de soberanoNi aun el latido más leveEn holocausto ofreció.
Dijo, y comprendiólo todo
Moraima en aquel momento:
Mas aunque libre y contento
Dentro su pecho saltó
Su corazón, ante el vano
Orgullo de soberano
Ni aun el latido más leve
En holocausto ofreció.
Abrazó, con sus cariciasDespertándole, á su hijo:Mas únicamente dijo,Con inquietud juvenil,Volviéndose á la Africana:—«¿Pero supongo, Sultana,»Qué me ha traído esa gente»Á mi esposo Abú-Abdil?»
Abrazó, con sus caricias
Despertándole, á su hijo:
Mas únicamente dijo,
Con inquietud juvenil,
Volviéndose á la Africana:
—«¿Pero supongo, Sultana,
»Qué me ha traído esa gente
»Á mi esposo Abú-Abdil?»
Miróla Aixa como un águilaMira, dejándola ir viva,Á una alondra fugitivaQue encuentra por su región,Con esa mirada propiaDe los seres colosalesQue á los débiles mortalesSólo otorgan compasión.
Miróla Aixa como un águila
Mira, dejándola ir viva,
Á una alondra fugitiva
Que encuentra por su región,
Con esa mirada propia
De los seres colosales
Que á los débiles mortales
Sólo otorgan compasión.
Criaturas fuertes, y almasTodas vigor, que calculanPor el que ellas acumulanEl vigor de las demás:Almas en quien arde virgenLa luz de su fe divina,Mas para quien no iluminaSu luz la tierra jamás.
Criaturas fuertes, y almas
Todas vigor, que calculan
Por el que ellas acumulan
El vigor de las demás:
Almas en quien arde virgen
La luz de su fe divina,
Mas para quien no ilumina
Su luz la tierra jamás.
Seres dueños de los ímpetusDe las terrenas pasiones,Que juzgan los corazonesDel suyo por la virtud,Y que siguen inflexiblesEl carril de sus deberes,Creyendo á todos los seresCon su firme rectitud.
Seres dueños de los ímpetus
De las terrenas pasiones,
Que juzgan los corazones
Del suyo por la virtud,
Y que siguen inflexibles
El carril de sus deberes,
Creyendo á todos los seres
Con su firme rectitud.
Seres que nacen en tiemposIndignos de ellos; de genteQue arrastra cobardementeSu existencia terrenal:Seres que bajo su sigloSe sepultan con fiereza,Sin humillar la cabezaAnte su siglo fatal.
Seres que nacen en tiempos
Indignos de ellos; de gente
Que arrastra cobardemente
Su existencia terrenal:
Seres que bajo su siglo
Se sepultan con fiereza,
Sin humillar la cabeza
Ante su siglo fatal.
Tal fué Aixa y tal la fríaMirada que echó á MoraimaQue trémula la sentíaSobre su frente pesar:Tales estas dos mujeresIguales sólo en fortuna:Débil cual las flores una,Otra fiera como el mar.
Tal fué Aixa y tal la fría
Mirada que echó á Moraima
Que trémula la sentía
Sobre su frente pesar:
Tales estas dos mujeres
Iguales sólo en fortuna:
Débil cual las flores una,
Otra fiera como el mar.
El silencio de un momentoQue produjo esta miradaKaël con un movimientoDe alegría interrumpió.Corrió á la puerta, el oídoÁ sus hojas aplicando,Y ufano á los pies saltandoDe su señora volvió.
El silencio de un momento
Que produjo esta mirada
Kaël con un movimiento
De alegría interrumpió.
Corrió á la puerta, el oído
Á sus hojas aplicando,
Y ufano á los pies saltando
De su señora volvió.
Pasos presurosos, rápidosPor los jardines se oían,Y luces se percibíanDe los vidrios á través:Aixa exclamó:—«Ahí le tienes:»Por suerte no es tan villano»Que como un perro cristiano»Venga á tenderse á tus pies.»
Pasos presurosos, rápidos
Por los jardines se oían,
Y luces se percibían
De los vidrios á través:
Aixa exclamó:—«Ahí le tienes:
»Por suerte no es tan villano
»Que como un perro cristiano
»Venga á tenderse á tus pies.»
Dijo: mas ya no la oíaMoraima, que entrelazadosSus bellos brazos teníaAl cuello de Abú-Abdil:Y el viejo Aly-Athár, que entrabaDetrás del Rey, de su hijaEmbebido contemplabaEl arrebato infantil.
Dijo: mas ya no la oía
Moraima, que entrelazados
Sus bellos brazos tenía
Al cuello de Abú-Abdil:
Y el viejo Aly-Athár, que entraba
Detrás del Rey, de su hija
Embebido contemplaba
El arrebato infantil.
Ella, soltando al esposo,Corrió á los brazos del padre,Que los abrió cariñoso,Y olvidando la ocasiónEn que se encontraba, en ellosLa levantó como á un niñoDe su paternal cariñoEn la expansiva efusión.
Ella, soltando al esposo,
Corrió á los brazos del padre,
Que los abrió cariñoso,
Y olvidando la ocasión
En que se encontraba, en ellos
La levantó como á un niño
De su paternal cariño
En la expansiva efusión.
Hasta los negros esclavosQue alumbraron tal escenaSu emoción con harta penaPudieron disimular.Aixa tan sólo inactivaY silenciosa á sus brazosCon circunspección altivaDejó á Abú-Abdil llegar.
Hasta los negros esclavos
Que alumbraron tal escena
Su emoción con harta pena
Pudieron disimular.
Aixa tan sólo inactiva
Y silenciosa á sus brazos
Con circunspección altiva
Dejó á Abú-Abdil llegar.
Y le abrazó: más diciéndole:«Abdil, ya estás en el trono:»Tuyo es, y el cielo en tu abono»Contra la injusticia está:»Piensa, empero, que Aláh es justo»Y que con airada mano»Quita el trono al Rey villano»Lo mismo que se le da.
Y le abrazó: más diciéndole:
«Abdil, ya estás en el trono:
»Tuyo es, y el cielo en tu abono
»Contra la injusticia está:
»Piensa, empero, que Aláh es justo
»Y que con airada mano
»Quita el trono al Rey villano
»Lo mismo que se le da.
»No olvides que á la fortuna,»De los valientes amiga,»Sólo el valiente la obliga»Y huye del cobarde vil.»Como hombre, pues, sube al trono;»Mas si Aláh al fin te abandona,»No bajes de él sin corona,»Sino sin cabeza, Abdil.»
»No olvides que á la fortuna,
»De los valientes amiga,
»Sólo el valiente la obliga
»Y huye del cobarde vil.
»Como hombre, pues, sube al trono;
»Mas si Aláh al fin te abandona,
»No bajes de él sin corona,
»Sino sin cabeza, Abdil.»
Diciendo así, la AfricanaAbandonó el aposento,Y ocupáronse al momentoLos fuertes por Abdilá,En el silencio nocturnoSorprendiendo á los soldadosÁ quien los dejó fiadosMuley, que hacia Alhama va.
Diciendo así, la Africana
Abandonó el aposento,
Y ocupáronse al momento
Los fuertes por Abdilá,
En el silencio nocturno
Sorprendiendo á los soldados
Á quien los dejó fiados
Muley, que hacia Alhama va.