LIBRO OCTAVODELIRIOSI
¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causaLlamaron á Bu-Abdil desventurado,Ni sin razón Moraima el fatalismoLloró de sus horóscopos infaustos.Desdichado en su hogar desavenido,En sus empresas de armas desdichadoY en su amor infeliz, siempre implacableFaltóle Dios en cuanto puso mano.La casa en que nació, la madre que hubo,El siglo en que á luz vino, todo aciagoLe fué, y á todo cuanto en torno suyoVivió sus desventuras alcanzaron.Dios le puso al nacer dentro del pechoUn corazón del infortunio blanco,Y el ambiente fatal de la desgraciaPor doquiera que fué le fué cercando.Odio de su nación supersticiosaPor el temor de sus siniestros hados,Y por instinto de creencia y razaOdio á la par del vencedor cristiano,Vió el mundo sus virtudes sin aprecioY su valor inútil sin aplauso,Y Árabes y Cristianos, por vencido,Á un tiempo sin piedad le calumniaron.Los Moros olvidándole con ira,Mirándole con mofa los Cristianos,Unos y otros infiel en sus historiasLegaron á los siglos su retrato.Los unos con lo negro de la saña,Los otros con la tinta del escarnio,En el cuadro inmortal de la conquistaSu figura real emborronaron.La poesía, empero, cuyos ojosEscudriñan sagaces lo pasado,Y en dondequiera que lo encuentra admiraLo bello y lo infeliz, con entusiasmoAlumbra su semblante obscurecido,Y, sus forzadas formas restaurando,Su noble y melancólica figuraDibuja con contornos más exactos.No es la de un grande Rey que el fatalismoDe su sino provoca temerario,Con el valor del héroe que quedaPor él vencido, pero no humillado:Es la figura triste de un MonarcaQue obedece al impulso de los astros,Y, sin poderse defender, sucumbeDe su destino bajo el peso abogado.No es la robusta encina que se tronchaDel huracán gigante entre los brazos,Sino la flor que, abriéndose tardía,Muere marchita por el cierzo helado.¡Mísero Abú-Abdil! La historia austeraNo halla luz en tu rostro soberano,Pero la poesía te le alumbraCon el fulgor del infortunio santo.La historia te ve Rey y sin corona,Enamorado y sin favor, soldadoY sin victoria, muerto y sin sepulcro...¿Dónde hallará su luz para ti un rayo?Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa.Llamaron á Bu-Abdil desventurado,Y con razón Moraima el fatalismoLloró de sus horóscopos infaustos.
¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causaLlamaron á Bu-Abdil desventurado,Ni sin razón Moraima el fatalismoLloró de sus horóscopos infaustos.Desdichado en su hogar desavenido,En sus empresas de armas desdichadoY en su amor infeliz, siempre implacableFaltóle Dios en cuanto puso mano.La casa en que nació, la madre que hubo,El siglo en que á luz vino, todo aciagoLe fué, y á todo cuanto en torno suyoVivió sus desventuras alcanzaron.Dios le puso al nacer dentro del pechoUn corazón del infortunio blanco,Y el ambiente fatal de la desgraciaPor doquiera que fué le fué cercando.Odio de su nación supersticiosaPor el temor de sus siniestros hados,Y por instinto de creencia y razaOdio á la par del vencedor cristiano,Vió el mundo sus virtudes sin aprecioY su valor inútil sin aplauso,Y Árabes y Cristianos, por vencido,Á un tiempo sin piedad le calumniaron.Los Moros olvidándole con ira,Mirándole con mofa los Cristianos,Unos y otros infiel en sus historiasLegaron á los siglos su retrato.Los unos con lo negro de la saña,Los otros con la tinta del escarnio,En el cuadro inmortal de la conquistaSu figura real emborronaron.La poesía, empero, cuyos ojosEscudriñan sagaces lo pasado,Y en dondequiera que lo encuentra admiraLo bello y lo infeliz, con entusiasmoAlumbra su semblante obscurecido,Y, sus forzadas formas restaurando,Su noble y melancólica figuraDibuja con contornos más exactos.No es la de un grande Rey que el fatalismoDe su sino provoca temerario,Con el valor del héroe que quedaPor él vencido, pero no humillado:Es la figura triste de un MonarcaQue obedece al impulso de los astros,Y, sin poderse defender, sucumbeDe su destino bajo el peso abogado.No es la robusta encina que se tronchaDel huracán gigante entre los brazos,Sino la flor que, abriéndose tardía,Muere marchita por el cierzo helado.¡Mísero Abú-Abdil! La historia austeraNo halla luz en tu rostro soberano,Pero la poesía te le alumbraCon el fulgor del infortunio santo.La historia te ve Rey y sin corona,Enamorado y sin favor, soldadoY sin victoria, muerto y sin sepulcro...¿Dónde hallará su luz para ti un rayo?Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa.Llamaron á Bu-Abdil desventurado,Y con razón Moraima el fatalismoLloró de sus horóscopos infaustos.
¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causaLlamaron á Bu-Abdil desventurado,Ni sin razón Moraima el fatalismoLloró de sus horóscopos infaustos.Desdichado en su hogar desavenido,En sus empresas de armas desdichadoY en su amor infeliz, siempre implacableFaltóle Dios en cuanto puso mano.La casa en que nació, la madre que hubo,El siglo en que á luz vino, todo aciagoLe fué, y á todo cuanto en torno suyoVivió sus desventuras alcanzaron.Dios le puso al nacer dentro del pechoUn corazón del infortunio blanco,Y el ambiente fatal de la desgraciaPor doquiera que fué le fué cercando.Odio de su nación supersticiosaPor el temor de sus siniestros hados,Y por instinto de creencia y razaOdio á la par del vencedor cristiano,Vió el mundo sus virtudes sin aprecioY su valor inútil sin aplauso,Y Árabes y Cristianos, por vencido,Á un tiempo sin piedad le calumniaron.Los Moros olvidándole con ira,Mirándole con mofa los Cristianos,Unos y otros infiel en sus historiasLegaron á los siglos su retrato.Los unos con lo negro de la saña,Los otros con la tinta del escarnio,En el cuadro inmortal de la conquistaSu figura real emborronaron.La poesía, empero, cuyos ojosEscudriñan sagaces lo pasado,Y en dondequiera que lo encuentra admiraLo bello y lo infeliz, con entusiasmoAlumbra su semblante obscurecido,Y, sus forzadas formas restaurando,Su noble y melancólica figuraDibuja con contornos más exactos.No es la de un grande Rey que el fatalismoDe su sino provoca temerario,Con el valor del héroe que quedaPor él vencido, pero no humillado:Es la figura triste de un MonarcaQue obedece al impulso de los astros,Y, sin poderse defender, sucumbeDe su destino bajo el peso abogado.No es la robusta encina que se tronchaDel huracán gigante entre los brazos,Sino la flor que, abriéndose tardía,Muere marchita por el cierzo helado.¡Mísero Abú-Abdil! La historia austeraNo halla luz en tu rostro soberano,Pero la poesía te le alumbraCon el fulgor del infortunio santo.La historia te ve Rey y sin corona,Enamorado y sin favor, soldadoY sin victoria, muerto y sin sepulcro...¿Dónde hallará su luz para ti un rayo?Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa.Llamaron á Bu-Abdil desventurado,Y con razón Moraima el fatalismoLloró de sus horóscopos infaustos.
¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causa
Llamaron á Bu-Abdil desventurado,
Ni sin razón Moraima el fatalismo
Lloró de sus horóscopos infaustos.
Desdichado en su hogar desavenido,
En sus empresas de armas desdichado
Y en su amor infeliz, siempre implacable
Faltóle Dios en cuanto puso mano.
La casa en que nació, la madre que hubo,
El siglo en que á luz vino, todo aciago
Le fué, y á todo cuanto en torno suyo
Vivió sus desventuras alcanzaron.
Dios le puso al nacer dentro del pecho
Un corazón del infortunio blanco,
Y el ambiente fatal de la desgracia
Por doquiera que fué le fué cercando.
Odio de su nación supersticiosa
Por el temor de sus siniestros hados,
Y por instinto de creencia y raza
Odio á la par del vencedor cristiano,
Vió el mundo sus virtudes sin aprecio
Y su valor inútil sin aplauso,
Y Árabes y Cristianos, por vencido,
Á un tiempo sin piedad le calumniaron.
Los Moros olvidándole con ira,
Mirándole con mofa los Cristianos,
Unos y otros infiel en sus historias
Legaron á los siglos su retrato.
Los unos con lo negro de la saña,
Los otros con la tinta del escarnio,
En el cuadro inmortal de la conquista
Su figura real emborronaron.
La poesía, empero, cuyos ojos
Escudriñan sagaces lo pasado,
Y en dondequiera que lo encuentra admira
Lo bello y lo infeliz, con entusiasmo
Alumbra su semblante obscurecido,
Y, sus forzadas formas restaurando,
Su noble y melancólica figura
Dibuja con contornos más exactos.
No es la de un grande Rey que el fatalismo
De su sino provoca temerario,
Con el valor del héroe que queda
Por él vencido, pero no humillado:
Es la figura triste de un Monarca
Que obedece al impulso de los astros,
Y, sin poderse defender, sucumbe
De su destino bajo el peso abogado.
No es la robusta encina que se troncha
Del huracán gigante entre los brazos,
Sino la flor que, abriéndose tardía,
Muere marchita por el cierzo helado.
¡Mísero Abú-Abdil! La historia austera
No halla luz en tu rostro soberano,
Pero la poesía te le alumbra
Con el fulgor del infortunio santo.
La historia te ve Rey y sin corona,
Enamorado y sin favor, soldado
Y sin victoria, muerto y sin sepulcro...
¿Dónde hallará su luz para ti un rayo?
Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa.
Llamaron á Bu-Abdil desventurado,
Y con razón Moraima el fatalismo
Lloró de sus horóscopos infaustos.