IIEl aviso

La tarde cayó como un velo ceniciento sobre el campo, cubierto de pajas sobre el río dormido, sin una arruga entre las inmóviles carrizas, sobre el alma de la niña, que se llenó de tristeza, viendo morir el último día en que aún pudo guardar su ilusión.

Esa mañana, al rayar el alba, había llegado, en efecto, a la Casa de los Cuervos, rendida, porque para abreviar la jornada y llegar antes que nadie, tuvo que ayudar al canoero.

La travesía de la laguna habíanla hecho, siguiendo la costa, con un buen viento que hinchaba alegremente la vela.

De cuando en cuando el canoero, sentado en el taco de popa, daba un golpe de pala para rectificar el rumbo de la embarcación. Ésta a veces tocaba el fondo gredoso, porque no siempre el agua era profunda; a veces la pala se hundía todaentera, y el canoero se quedaba tranquilo por un rato.

Rosarito al pie del mástil, arrebozada en un manto obscuro, temblando de frío y de ansiedad, miraba la costa, como una faja negra, y la vasta napa de agua agitada por el viento de la noche, que arrojaba sus olas negras contra las bordas de la canoa.

Cuando entraron en el arroyo de Leyes, la vela se desinfló. El viento calmaba, y allí apenas se sentía, resguardado el lugar por los tupidos sauzales de las orillas.

El canoero dejó la pala y tomó el botador.

—Usté, niña, si puede, ayúdeme con la pala, de proa.

Fueron las primeras palabras que pronunció. Parecía haber hecho dormido el viaje hasta entonces. Rosarito obedeció, sin darse cuenta de cuál podía ser el servicio que prestaran sus fuerzas. Pero remó con brío, desentumeciéndose con el ejercicio, sintiéndose luego jadeante, pero decidida a remar hasta que hubiera llegado, para que aquel hombre no se descorazonara en la extraña aventura.

No le había preguntado por qué viajaba de noche y sola. En aquellos tiempos de revoluciones, los hombres discretos no pretendían informarse de las cosas que no les atañían, por raras que le pareciesen.

Le pagaban bien y aunque era ruda la jornada, no tenía derecho de quejarse, cuando aquella niña se mostraba infatigable y valiente.

Bogaban cerca de la margen. Las altas hierbas acuáticas rozaban la borda, con un ruido de papeles ajados, y llegaban a poner su caricia húmeda y fría, por el rocío, en la mano de Rosarito, que se estremecía a su contacto.

La barca deslizábase dejando una estela en que se quebraba la luz de las estrellas, que empezaban a dormirse en el cielo, ante la cercanía del alba. El agua chapoteaba contra la costa gredosa, y aquel ruido monótono, mezclado al concierto nocturno de los grillos y de los camalotes podridos en el barro, iba anegando en somnolencia el pensamiento de la niña.

Dejó la pala y se sentó sobre el taco de proa. El manto que le cubría la espalda, caía fuera de la borda, mojándose una punta.

—Estoy cansada—dijo, como una disculpa.

—Ya me parecía que así había de ser—contestó el canoero dando un empellón más fuerte, como para mostrar que la canoa marchaba por él y no por ella.

Rosarito se adormeció temblando de frío, al dejar el violento ejercicio.

Ya no tenía miedo, ni del hombre que le acompañaba, ni de la noche que le envolvía, ni de las hierbas húmedas que le besaban la mano al pasar, con el contacto viscoso de una víbora o de unsapo. Una gran ilusión se levantaba en su corazón, como el lucero que en ese momento anunciaba el alba...

Cuando ella fuera hasta "él" y le dijera que había hecho aquel viaje descabellado, sin pensar en peligro ninguno, por anunciarle que debía huir, él, sin que ella hablara más, comprendería su amor y adivinaría el temple de su carácter, que la hacía digna de ser la mujer de un caudillo.

¿Pero en verdad, comprendería él que ella lo amaba, que lo había amado siempre?

Sintió en los labios el beso de aquella noche triste, en que oyendo las descargas de los soldados que se batían en la plaza, ella creyó morir. ¿Por qué la había besado antes de ir al combate si no era para decirle que también él la amaba?

Su ensueño duró hasta que llegaron a la Casa de los Cuervos, cuando la ceniza de la escarcha brillaba sobre los campos a la luz de la aurora.

El canoero, que conocía el lugar, dijo:

—Aquí es.

Y Rosarito se levantó de golpe, pensando que podía hallar a Insúa al saltar a tierra.

Todo el campo aparecía como sembrado de sal, y más que en el frío, mostrábase el invierno en la ausencia de los pájaros, y en el gran silencio que reinaba sobre la tierra despierta ya.

Sólo en las casas sentíase el ruido que hacía un peón, martillando un freno, que se había doblado; y en la isla de enfrente la algarabía áspera de lasgallinetas y de los chajás, que saludaban al nuevo sol que empezaba a salir.

Llegó el capataz, al oír ladrar los perros, y Rosarito preguntó por Insúa, y tuvo que explicarle de qué se trataba, para que el desconfiado campesino los hiciera pasar hasta el patio de los naranjos, donde ella vió los cuervos, que daban nombre a la estancia. Los dos pajarracos, posados en el suelo, devoraban su ración de la mañana, antes de salir al campo de las ovejas. Al pasar Rosarito se levantaron, y ella sintió el viento y el tufo que arrojaban sus alas.

No pensó en nada triste, porque allí estaba Insúa, que la habló, inmensamente sorprendido de verla.

—¿Qué hay?

Y ella le contó. Y él quiso ver entonces la canoa en que había venido, y fueron los dos hasta la orilla del río, y bajaron la barranca. Ya no estaba el canoero, que había ido hasta las casas con el capataz, pero la pequeña embarcación, con la proa en tierra, parecía reposar de su larga jornada, junto al bote de Gabriela que se balanceaba en el agua.

Insúa comprendió la suma de valor y de destreza que había gastado la niña en su aventura. Se volvió a ella, que estaba a su lado, estremecida, esperando aquella palabra con que había venido soñando.

Mas no la dijo. Le apretó la mano.

—Gracias, Rosarito. Voy a salir enseguida, porque ellos no tardarán.

Subieron hasta las casas, juntos los dos. Rosarito silenciosa y desencantada; él contándole a grandes rasgos lo que podía decirse de la revolución que preparaban, y que estaba fijada para algunos días después.

Recibida con afecto en la Casa de los Cuervos, la hija del maestro empezó a comprender qué sortilegio había apresado aquella alma errante, que ella perseguía con amor hacía tantos años.

En pocos minutos se hicieron los preparativos de la fuga. Alarcón ensilló los caballos y cuando todo estaba listo, Rosarito vió a Insúa apartarse con Gabriela, siguiendo la calle de los eucaliptus, sombría a pesar de los rayos oblicuos del sol que se filtraba por entre sus troncos; y sus ojos se abrieron a la triste verdad.

No pudo esconder sus lágrimas, cuando los vió venir. Pensó que él la habría besado, como en aquella noche inolvidable en que él le robó un beso para que le sirviera de talismán en la batalla.

—¿Por qué lloras, Rosarito?—le preguntó él, subiendo a caballo.—No hay peligro para mí; no se ha fundido la bala que ha de matarme...

—¡Que Dios te bendiga!—le dijo, como una madre o como una hermana.

Él partió al galope seguido de Alarcón. Gabriela se había entrado. La silueta severa de doña Carmen de Borja, que un momento se pintara enla galería, bañada de sol, desapareció como una sombra.

Cumplida su misión Rosarito pensó volverse, mas no la dejaron, haciéndola ver que si la gente del gobierno, que sin duda vigilaba el río, la veía pasar en canoa, adivinaría que ella había sido la mensajera, y expondría a su padre a persecuciones o venganzas.

Haría mejor en aguardar dos o tres días antes de partir, y entonces se iría en volanta, lo cual se prestaría a menos sospechas.

Accedió, y esa tarde fué sola hasta la barranca, a despedir el canoero que se volvía, y cuando él partió, ella se quedó mirando cómo se entraba aquel sol que esa mañana vió salir, con una extrema ilusión.

A lo lejos el monte quieto, iba espesando su faja sombría. El grito de una lechuza, a la puerta de su cueva, rompía el gran silencio, apenas turbado por el melancólico rumor del río.

Sobre las nubes cobrizas de Occidente, el sol parecía un enorme sello de lacre, que teñía el cielo con un reflejo cárdeno.

Callaba el viento, que durante todo el día había silbado en los duros espartillos del campo, pero a ratos la brisa del río, con un frío aletazo, hacía temblar a la niña, que miraba las cosas, poniendo en cada una un poco de su tristeza.

Se echó a llorar, sentada en el bote de Gabriela, que parecía una gaviota dormida.

No sintió correr el tiempo. Cuando la fueron a llamar era de noche, y en el árbol seco dormían ya los cuervos.


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