La vida del maestro encerraba una novela que el mundo había olvidado.
Muchos años antes, tantos que él mismo ya no quería contarlos, porque su recuerdo se hacía más doloroso cuanto más lejano, él, joven, lleno aún de las ilusiones que le habían hecho cruzar el mar, recién llegado a Santa Fe, encontró un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa de comercio de don Agustín Insúa, uno de los estancieros más fuertes del país.
Insúa tenía muchos hijos, pero sólo una hija, la menor, que en el tiempo en que don Serafín comenzó a hacer números en los grandes libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete años, rubia y de ojos azules, que más de una vez volcó el tintero sobre las páginas que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para ella. Él se encadenó a la casa obscura y triste en que su patrón vivía enriqueciéndose, por aquel rayo de sol que entraba casi a lamisma hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado solo.
Éste fingía no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma simulaba, cuando sintiéndola detrás se volvía de pronto y la alzaba en los brazos y la ponía encima del alto pupitre donde él trabajaba de pie.
Allí se quedaba Rosarito—era su nombre—muy seria, esperando que su amigo concluyera la tarea; y había que ver cómo volaba la pluma de ave sobre el áspero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y hermosos números españoles, hoy pasados de moda.
Cuando era invierno hacía un intenso frío en la pieza de techo de paja, paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero sentía que los ojos de la niña, siguiendo los movimientos de su mano desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazón y le desentumecían los dedos.
Y cuando era verano, y la lóbrega estancia sofocaba como un horno, la sola idea de que ella estaba allí, mirándolo siempre, aunque él no la mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el monótono trabajo.
Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de arenilla las páginas frescas, señal de que el trabajo había concluído, y cerrara con estrépito aquellos libros enormes, que le daban la ilusión de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su reloj de oro, su hermoso reloj más seguro que el sol, según decían.
Entonces él la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y acordándose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche, cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas del mar.
Pasaron largos años, variando apenas los episodios de aquella amistad que iba trocándose en amor silencioso y apacible.
Don Agustín Insúa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus complicados negocios, no sospechó nunca el idilio que se iba tejiendo en su propia casa, y cuando un día alguien le contó lo que pasaba, montó en cólera y cayó como un huracán sobre el cajero y sobre la niña, que era ya una linda joven de diez y ocho años.
Ambos confesaron la verdad; el empleado fué despedido, por haber alzado los ojos hasta la hija del patrón, y ella enviada a un colegio de Buenos Aires, para que olvidara su locura.
Ni él ni ella olvidaron, y cuando algunos años después volvió Rosarito, mayor de edad y libre para disponer de su corazón y de su persona, con una férrea voluntad que nadie habría sospechado bajo su grácil hermosura, huyó de su casa y fué a pedir asilo a unatía, y se casó con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia.
Durante muchos meses el episodio fué en Santa Fe el asunto palpitante, que se comentaba en todas las reuniones.
El padre se vengó de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en forma que a su muerte, que ocurrió poco después, los hijos lo tuvieran todo y ella nada.
Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situación, le donó la casa en que don Serafín instaló su escuela, único medio de vida que le quedó después de su aventura.
Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres años después Rosarito murió al nacer su hija, el pobre maestro creyó que el mundo se iba a quebrar y que él se hundiría en el espacio como un pedazo de estrella.
No ocurrió la catástrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida ordinaria; sus cuñados ni siquiera fueron al entierro, y él mismo siguió viviendo una vida más obscura, envuelto en inofensivas manías que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que crecía ignorante del mal que había hecho; hasta que un día, como un volcán que renace, irrumpió en el corazón del maestro, que se hacía viejo, un amor inmenso hacia la niña, que llevaba el nombre de su madre.
No tenía de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el cielo en las noches de luna, y aquellaamable seriedad que la hacía estarse horas enteras mirando trabajar al maestro.
La niña creció sola en el antiguo caserón de la escuela. Una mulata fiel, hija de una esclava de los Insúa, sirvióles allí hasta que murió, y enseñó a Rosarito a rezar y a ser dueña de casa, mientras su padre la atiborraba con su ciencia, y después de las lecciones, le llenaba la cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores, que le conquistaron el amor de la madre.
Cuando murió la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito, que tenía quince años, con todo el quehacer de la casa.
El maestro daba sus clases en un largo salón, enladrillado, que tenía una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la riqueza de sus dueños, en los tiempos en que se construyó, hubiera querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con prodigiosos adornos a escoplo.
Ya en los años de don Serafín, aquella casa más que secular, se apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del cedro empleado en sus techos.
Y don Serafín en los días de hambre, llamaba a su hija y le mostraba aquello:
—¿Sabes? ¡si nosotros quisiéramos!
Cuando la niña era pequeña, asistía a las clases y aprendía a la par de los otros alumnos: cuando fué mayor, y quedaron solos, mientras su padre repetíalas lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardín.
El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados había corredores de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores capitosas.
En el centro del patio, crecían profusamente las plantas que entonces se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la niña.
Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasábase a una huerta contigua, llena de naranjos, en la que había además una antiquísima higuera, maravillosa por su frondosidad, que había hecho alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, caídas hasta el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde sólo se podía entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el ramaje.
En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del maestro.
Rosarito amaba su jardín y su huerta, donde estaban todas sus amistades. Las gentes parecían olvidadas de la novela del maestro, pero continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por su parte no trató nunca de salir.
Orgullosa por instinto de raza, lastimábala el poco aprecio que hacían de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tenía realmente la sonoridad aristocrática del de su madre.
Rara vez salía, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y algunos días en que estaba triste, y anhelaba un consuelo más alto que el que podían darle las gentes, que apenas la conocían. Pasaba por la plaza, para llegar al colegio de los Jesuítas, y en su ignorancia de las modas, se vestía siempre como le enseñó la mulata que la criara, de blanco y con un manto celeste.
Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores de su jardín, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvían a mirarla, porque era su figura como un sueño que pasa.
Por eso prefería las horas en que las calles estaban solitarias y cerradas las puertas.
En la humildad de su vida también ella, que había heredado la ternura de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de todos, y cuya intriga le ponía en los ojos azules una pincelada de ensueño, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su voluntad, templada para todas las batallas que podía reservarle el destino.
La tía lejana, en cuya casa halló refugio su madre, muerta hacía tiempo, dejó un niño al cuidado del maestro.
Francisco Insúa entró así en la casa de Rosarito, mayor que ella bastantes años, de tal modo que cuando ella no era más que una chicuela, él era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones.
Se criaron juntos en la escuela. Él la protegía como a una hermanita, y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insúa estaba siempre pronto a repartir puñetazos entre los que hubieran osado tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaños que llenaban de sombra sus ojos inocentes.
Pero Francisco debió abandonar la escuela de don Serafín, porque ni la estéril gramática ni la complicada aritmética, las dos materias fuertes de la institución, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia Sagrada, que se les hacía leer en la obra de Mazo, no sacó en limpio más que una profunda admiración por los filisteos gigantes y por el incontrastable Sansón.
Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesuítas, donde no pudo estar tres años; disgustóle la férrea disciplina y se hizo expulsar.
Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad, sometidos a él por la destreza insuperable con que boleaba patos y chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y aun por su descreimiento en las cosas que no se veían.
Una noche hizo una apuesta, saltó las tapias del cementerio de San Antonio y se fué a apedrear laslechuzas entre las cruces de los sepulcros; y para más estupor de sus camaradas, se quedó a dormir en la capilla, que habían dejado abierta.
A la mañana siguiente llegó a casa del maestro, pálido pero sonriendo, para disipar la angustia de Rosarito que había pasado la noche llorando por él.
Sólo a ella le confió la verdadera historia de aquella aventura, que le había ganado para siempre la admiración de cuantos llegaron a saberla, pero que dejó en su alma un germen de terror supersticioso.
—"Ya ves—le dijo—yo no creo en las ánimas, pero anoche tuve miedo, miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco de luz cuando saliera la luna, dejé entornada la puerta y me eché a dormir sobre la tarima del altar. Me despertó el ruido de la puerta que se cerró de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pensé que era el viento, pero cerca del techo había una claraboya y a la luz de la luna, alta ya, se veían las ramas de un ciprés inmóvil. No era el viento. Quise saber quién había entrado, pero no me animé; tuve miedo de moverme, sin saber por qué. Me quedé quieto, sin respirar, pareciéndome que algo andaba cerca de mí, no por el suelo como un hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era algo tan grande que llenaba la iglesia. Sentí un aletazo en la cara y me quedé helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para no ver, pero conteniendo la respiración para oír mejor. Me pareció entoncesque "aquello" estaba allí, a mi cabecera y que respiraba como un niño. No sé cuánto tiempo pasé de ese modo; oí las campanas de Santo Domingo que tocaban antes del alba y abrí los ojos. La iglesia negra y silenciosa, parecía atravesada por una espada de oro, y era un rayo de luna.
"Por la claraboya veíanse las ramas del ciprés, que empezaban a temblar al viento de la mañana. Sintiendo siempre cerca de mí aquello que había entrado a pasar la noche conmigo, me atreví a mirar y ví un cuervo inmóvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me paré de un salto, pero él no se movió, y entonces ví una mano blanca, larga como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tenía entre las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a mí, como si me hubiera penetrado el olor de cadáver que despedía la mano, y el cuervo creyera que yo era el muerto."
A los años, aquella aventura que él le confió, permanecía viva como un relato reciente, en la memoria de Rosarito.
Él le había dicho: ¿No contarás a nadie que tuve miedo? Y ella se lo prometió y había cumplido.
Francisco Insúa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas, desde que fué hombre pasaba lo más del tiempo en sus estancias, bajando rara vez ala ciudad, casi siempre con propósitos revolucionarios.
Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema de todos los gobiernos, agracióle con el cargo honorífico de capitán de guardias nacionales, y con esa designación llegó a los tiempos de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario más perseverante y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la policía echaba detrás de él sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos.
Una tarde—aquella tarde en que don Serafín tuvo la buena fortuna de hallarse con el Gobernador y con Iriondo,—Rosarito, sola, en la gran casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche, sentada sobre un poyo del jardín, en el centro del patio cuadrado, escuchaba la música de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con el perfume otoñal de las magnolias, que se deshojaban a su vera.
Sentía el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre que la quería como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio.
El día anterior estuvo don Pedro Montarón a pedir noticias de él, y eso era señal para ella de que algo se tramaba. Llenábasele de angustia el corazón, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrábala el presentimiento de que él vendría.
"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la bandade policía, y las frases vehementes de esa música, le daban la impresión de que si ella, alguna vez no se decidía a confesarle su amor, él pasaría a su lado sin sospecharlo.
Sintió que la puerta de calle se abría, arrastrando la piedra que la calzaba, y creyendo que fuera su padre, se quedó allí, persiguiendo su ensueño, entre las sombras de la noche que habían ganado el jardín.
Sólo vió que era Francisco Insúa, cuando él la apretó en sus brazos y la besó en la frente.
—¡Francisco!
Él la hizo callar.
—Que nadie sepa mi llegada. ¿Tu padre? ¿Está en la plaza? ¿Mi cuarto?
En el caserón de la escuela había siempre lista para él una pieza, que Rosarito cuidaba con incansable esperanza.
Pero esa vez tenía otros designios.
—Ahora no quiero dormir allí. Es necesario que si alguien viene y entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o tres días, nada más. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas del cielorraso, estaré seguro y cómodo.
Ella lo miraba hablar, penetrada de admiración y de ternura, y llena de recelos.
Cuando llegó don Serafín, ya el capitán Insúa tenía su escondrijo, difícil de encontrar, y podía aguardar, sin peligro, la visita de los que con él tramaban la revolución.