IVLa levita de Cullen

Fué ese el primer día frío del otoño que empezaba a dorar el follaje de los árboles caducos y las frutas de los naranjos entre el verde lustroso de sus hojas persistentes, y alfombraba el suelo húmedo de las huertas, con el manto amarillo de las hojas secas.

La lluvia de la noche había lavado el cielo, y el sol se miraba esplendoroso en los charcos de las calles, donde los niños, que no iban a la escuela, chapoteaban el barro con los pies desnudos.

A las ocho en punto, la puerta de la escuela de Don Serafín, estaba sitiada por una banda turbulenta de escolares, sorprendidos por lo extraordinario del caso.

¿Qué podía haberle ocurrido al puntualísimo "Curuña", que no había abierto a la hora precisa, como acostumbraba, para que esa fuera la señal de arreglar los relojes del barrio?

A las ocho y cuarto empezaron los chicuelos a armar una tormentosa baraúnda, ante la puerta cerrada.

Los de familias pudientes habían sacado esa mañana por primera vez en el año, sus capas o sus abrigos de invierno, porque el pampero que traía el frío de las nieves del Sur, daba la señal de cambiar de ropa. Los más pobres, habrían tiritado bajo sus trajecitos de brin, si la algazara y el movimiento no les hubiera hecho bullir la sangre. Casi todos, en bolsas de tela, suspendidas de un bramante que les cruzaba la espalda, llevaban sus librejos envejecidos por el manoseo de algunas generaciones de escolares, que se los pasaban unos a otros, al abandonar las aulas.

Algunos revelaban su pobreza, no sólo en su traje inadecuado para la estación, sino en el detalle sobrado elocuente de carecer de libros y cuadernos, lo cual les obligaba a aprender en los Mazos rotosos que don Serafín ponía a disposición de ellos en la clase.

No eran los menos bulliciosos, empero. Todos, pobres y ricos, picados por la curiosidad golpeaban la puerta gritando ansiosos por entrar no al aula, donde se aburrían, sino al patio bajo cuyas anchurosas galerías podrían jugar a la rayuela o las bolitas si es que "Curuña" estaba enfermo o había muerto y se imponía la vacación.

No estaba muerto el mísero, mas habría deseado estarlo, porque en ese momento pasaba las angustias de un ajusticiado, bajo el ojo severo de su amigo Jarque.

Se levantó más temprano que de costumbre, y por lo menos una hora antes de las ocho, estuvo dispuesto para acudir a la cita que le diera el gobernador la noche antes.

No era cosa mayor su traje, pero envuelto en su capa—regalo del capitán Insúa—podía disimular la fementida levita y engañar al espectador en cuanto a la integridad de los pantalones.

Cuando empezó a trepar las escaleras del Cabildo, hacia el despacho del gobernador, recordó su pecado de esa noche dando albergue a los conspiradores y le temblaron las rodillas.

Parecióle un calvario aquella ascensión y cuando llegó a la sala de espera, donde aguardaban los postulantes, consultó su reloj para comprobar la marcha de un péndulo que allí había.

En este momento se le acercó Jarque y lo tomó del brazo y lo llevó con alguna prisa, que llenó de pavor al maestro, ó la oficina de la Jefatura de Policía, que formaba cuadro con el salón de espera, en una de las alas del edificio.

Entraron al despacho, una pieza grande y fría, con pobrísimos muebles, una mesa de caoba y algunas sillas de estera. Jarque cerró la puerta, aumentando la confusión del maestro, que todo trémulo, buscó asiento, sin atreverse a despegar los labios ni a hacer más gesto que el de consultar su reloj, el cual marcaba las ocho menos cuarto.

Por fin, mientras el jefe acercaba otra silla, se animó a decirle con cierta altivez que sonó bien en sus propios oídos:

—Te advierto, Braulio, que tengo una cita con el señor Gobernador.

—¿A qué hora?

—A las ocho; y estaba haciendo tiempo...

Jarque echó una despreciativa mirada sobre el reloj que don Serafín tenía en la mano, y sentándosele al lado, le dijo con tono zumbón:

—Tu reloj atrasa, muchacho. Hace un cuarto de hora que el gobernador te esperaba; ahora, me ha encargado tu asunto, porque él atiende a otros visitantes.

Don Serafín se había puesto de pie, con el pelo encrespado por la indignación.

—¡El "Losada", señor jefe de policía, no atrasa nunca!

—Entonces está parado—le respondió Jarque, haciéndolo sentar de nuevo.

El maestro acercó al oído su maravillosa máquina, y constató con horror que en efecto se había parado algunos minutos antes, falto de cuerda.

—¡Ah, miserable!—exclamó golpeándose la frente.—He deshonrado mi reloj. Por primera vez en treinta años, anoche por culpa de las visitas, me acosté sin darle cuerda.

Jarque sonreía.

—¿Tuviste visitas, Serafín? ¿Haces tertulia ahora? ¿Estás por casar tu hija?

El maestro, que daba cuerda a su "Losada", se quedó frío al oír aquello. Un poco más y en su turbación habría puesto al astuto jefe de policía sobre la pista de la conspiración tramada en su casa.

Jarque observó la ingrata impresión que causó su pregunta, y para no espantar la caza, se puso a hablar del asunto que más interesaba a su amigo.

—Realmente—le iba diciendo—era una iniquidad que un hombre del mérito de don Serafín Aldabas, que servía a la provincia con tanta abnegación, educando a los futuros ciudadanos, pasara miserias por negligencias del gobierno en cumplir sus promesas.

—¿No es verdad?—exclamó encantado el maestro—es lo que digo; un maestro es un servidor de la provincia.

La misma subvención—seguíale diciendo el jefe—era irrisoria; ya el Gobernador se lo había dicho. Debía dársele cuarenta pesos por lo menos.

—¿Cuarenta pesos? Es lo que tengo ahora.

—¿Sí? Bueno; eso mismo es poco; habría que ponerle cincuenta...

—Cien me dijo ayer el señor Gobernador.

—Bueno; cuanto más mejor; ya me encargaré de recordárselo.

—Y sobre todo—insinuó dulcemente don Serafín—que me paguen los seis meses que me adeudan.

—¡Oh, por supuesto!

—¿No sería posible hoy?

El jefe sacudió la cabeza.

—¿No hay fondos, quizás? ¿y la mitad... la tercera parte... un mes siquiera?

Jarque hacía señas de que no era posible.

—Hay fondos—dijo—y la voluntad del Gobernador era mandar pagarte; pero hoy mismo le han traído una denuncia que te compromete.

Don Serafín sintió que las piernas le empezaban a temblar, y echó mano del reloj.

Jarque se puso a mirarlo y sus ojos astutos lo turbaron más.

—Deja el reloj, Serafín; y si no quieres perderte dime la verdad: ¿a qué fué don Patricio Cullen a tu casa anoche?

El maestro se quedó lívido, pero decidido a morir antes que delatar a sus amigos, contestó con un soplo de voz:

—A visitarme...

—Aprovechando la bondad de la noche... ¿eh? ¡Serafín!, ¡Serafín!

—No; la noche era mala, muy mala, quizás la peor que he pasado en mi vida...

—Sí, lo creo; y esa visita a esa hora, y la turbación que muestras y que dice estás mintiendo, han puesto en peligro la subvención de tu escuela, y lo que es más grave, tu seguridad personal. ¿Por qué me engañas? Don Patricio no fué a visitarte.

Don Serafín tuvo entonces un rayo de luz. Se acordó de algunos rasgos nobilísimos del carácter de Cullen, el cual disimulaba sus caridades con tacto exquisito y se animó a echar una mentira salvadora.

—¡Oh, Braulio! ¡Desconfías de mí! Sabrás, entonces, toda mi vergüenza: Don Patricio fué a llevarme una levita.

—¿Una levita?—exclamó Jarque sorprendido.—¿Para qué te fué a llevar una levita?

—¡Mira!—contestó don Serafín, poniéndose de pie, y dejando caer la capa, con el gesto de Friné delante de sus jueces.

Y Jarque pudo ver, en efecto, que su amigo tenía urgente necesidad de una levita, porque la que llevaba no merecía tal nombre, pues a más de los faldones que le faltaban, empleados en menesteres escolares, carecía de forros y los bolsillos no habrían podido cumplir su misión de tales.

La capa de don Serafín guardaba celosamente aquel secreto y por eso, de su levita ningún ojo extraño conocía más que las solapas.

Jarque se echó a reír, ante la figura desguarnecida de su amigo, y éste se puso rojo de cólera.

—¿Lo ves? ¿Lo sabes ya? ¿Comprendes ahora todo el valor del obsequio, y toda la nobleza de ese hombre, que no ha querido enviármelo con una criada charlatana, sino que ha ido él mismo, en persona, en una noche desagradable, a llevármelo, como una prueba de afecto?

Se arrebozó de nuevo en la capa y se dejó caer sobre una silla.

—¿Y por qué no te la has puesto?

Don Serafín tartamudeó un instante:

—Pues, porque—¡ahí verás!—no tenemos el mismo cuerpo, y Rosarito ha debido encargarse de achicarla.

Jarque pareció satisfecho y el maestro se quedó íntimamente halagado por su destreza, que había despistado al astuto jefe de los polizontes, y pensó que bajo su capa se ocultaba un fino espíritu revolucionario.

Hablaron luego de otras cosas, y de pronto Jarque preguntó:

—¿Siempre es tu hija tan bonita?

—Es como antes.

—¿Y siempre tan hacendosa?, ¡aquellas empanadas que ella hacía!...

Rosarito tenía una habilidad muy celebrada entre sus relaciones para confeccionar empanadas exquisitas, con que alguna vez obsequió a Jarque, como a algunos otros personajes de la ciudad.

—Cuando las haga—dijo el maestro—te haré mandar media docena.

—Gracias; prefiero ir un día de estos a comerlas en tu propia mesa.

—Cuando gustes, Braulio—respondió tristemente don Serafín, pensando si su hija no habría perdido ya la habilidad, dado el tiempo que no se hacían empanadas en su casa, por falta de recursos.

El jefe se había quedado caviloso.

—¿No sería posible hoy?—dijo.

El maestro vaciló. ¿Cómo iba a costear el gasto?

—Te seré franco, Braulio. Si hoy me pagaran, siquiera un mes, podría surtirme de nuevo en el almacén, y habría en casa cómo hacer empanadas. Si no...

El jefe de policía no aguardó más. Escribió unas líneas, que metió en un sobre y mandó con un ayudante a su destinatario, que don Serafín no pudo saber quién era, pero que debía ser el ministro o el Gobernador mismo, porque volvió al cabo de pocos minutos con otro sobre en que venía el dinero de cinco de los meses atrasados, doscientos pesos.

Deslumbrado por aquella fortuna, el maestro bajó tambaleando las escaleras del Cabildo, atravesó la plaza a grandes zancadas, sin cuidarse de su capa que flotaba a sus espaldas como dos alas abiertas, permitiendo a los ojos profanos iniciarse en el secreto de aquella levita misteriosa.


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