En la alta noche, doña Carmen de Borja, sintiendo quieta a su hija, que dormía en su cuarto y que en un principio había aparecido intranquila, se levantó sin ruido, fatigada de esa cama en que no podía conciliar el sueño, y arrebozada en un manto, se llegó hasta el comedor.
Las tinieblas que reinaban allí, el silencio temeroso de su soledad, roto bruscamente por el crujido de las maderas de algún mueble, la atmósfera impregnada aún con el vaho de la cena, todo le inspiró el deseo de respirar el aire frío y puro de la galería.
Corrió los pasadores de la puerta y salió.
No había luna, pero las estrellas dejaban caer sobre la tierra el discreto resplandor de su luz cenicienta, buscando entre el follaje de los eucaliptus dormidos, alguna abertura para llegar hasta el suelo.
Todo reposaba; en los árboles, los raros pájaros que desafiaban el invierno; las bestias en el campo;las ovejas en el corral; los perros, alerta el oído para sorprender los rumores sospechosos, que se agrandaban con el vasto silencio, dormían amontonados, en la cocina; un cuzquito lanudo, se había trepado sobre el fogón y roncaba suavemente, con el hocico pegado a la ceniza tibia del rescoldo.
Y en la rama de siempre dormían los cuervos que la dama no podía ver, pues quedaban del otro lado de las casas.
Aquella calma apaciguó sus pensamientos tumultuosos, y le trajo a la memoria con más nitidez que en toda la velada la palabra del cura, a quien esa tarde llamó al oratorio, para confiarle su tremenda angustia.
—¡Padre!—le había dicho, arrodillada a los pies de él, que la escuchaba sentado en un viejo sillón de cuero, la cabeza apoyada en la mano.—¡Padre! Mi pobre Carmelo ha sido muerto por él; Jarque también, y él, ahora, ama a Gabriela, que no puede saber nada de este horrible secreto, que me pesa como una lápida. Yo habría querido equivocarme, pero cada día estoy más segura de que ella también lo ama. ¿Por qué, él que sabe cuál es su crimen, ha venido hasta aquí, y ha turbado la paz de mi casa con ese amor que es otro crimen?
Doña Carmen se puso a sollozar, y el cura, con su voz llena y viril, de maestro que indica la senda, le dijo:
—El amor puede adueñarse del hombre, sin que esté en su mano libertarse.
—Así es; también lo pienso yo,—respondió la dama.
—¿Sabía él que aquí vivía la viuda de Jarque?
—No, padre. Mi hija lo salvó, cuando se estaba ahogando y lo trajo en su bote. Volvió al conocimiento estando ya en esta casa, y yo no supe quién era el que así recibíamos como un huésped, digno de nuestra caridad, sino cuando ya era tarde para cerrarle la puerta. Dos días pasé en la ciudad, preguntando cómo fué la muerte de mi Carmelo; para algunos era un misterio, pero no faltó quien me hiciera el relato. Cuando volví a mi casa, el horror de cuidar a ese hombre que veía ensangrentado con la sangre de mi hijo, me hizo egoísta y abandoné la tarea a Gabriela, que lo ignoraba todo. Nunca pensé en lo que jamás debí descuidar. Ella ha vivido triste, como una viuda, toda su vida; ha presentido el amor, pero no lo ha gustado, porque su matrimonio no llenaba su corazón. Y libre, por la muerte de su marido, aquel hombre a quien había salvado, que era cortés y hermoso, que tenía el prestigio de un soldado valiente, y que empezaba a amarla sin que yo lo supiera, no podía menos de entrar en el alma de mi hija. Y así fué; yo he comprendido que si él la quiere, sinceramente, como creo, ella está embriagada por un amor que es lo que había soñado.
—¿Y ella? ¿Ella... puede saber?—preguntó el cura con un ligero temblor en la voz, porque recordó que esa mañana, en el rodeo, algo extraordinario revelaban los gestos de Gabriela, cuando se acercó a Insúa.
—Ella no puede saber—respondió la madre;—si lo hubiera sabido en un principio, no habría llegado a enamorarse de ese hombre. Y ésa es mi culpa no habérselo dicho. El crimen es de él, que sabiéndolo se llegó a ella y la amó. ¡Santo Dios! me tiembla el corazón y me parece oír, cada vez que pienso en esto, que mi pobre Carmelo se lamenta de que así hayamos vengado su sangre.
—La venganza—murmuró el cura—es miseria nuestra. Las almas de los muertos, que han visto a Dios, no pueden sentirla ni desearla.
—Y ahora—prosiguió doña Carmen—me aflige el presentimiento de las cosas que pueden ocurrir, si Gabriela, que está enamorada, llega a saber qué abismo le separa de ese hombre. Yo soy su madre, y le debo ahora una dicha que antes por motivos egoístas no le dí. Su padre quiso casarla, ella consintió, porque era buena y sumisa; y yo, que debía oponerme, pues conocía su alma, y sabía sus sueños, no me opuse, y también consentí. Fué su desgracia, quizás por culpa mía. Ahora no tengo valor para contrariar de nuevo sus ilusiones, y prefiero guardar para mí el horrendo secreto, que conozco sin que nadie sospeche.
Con sus manos finas y largas, se tapó el rostro descompuesto por el dolor y murmuró sofocando el grito de venganza que se alzaba en ella:
—¡Oh, mi Carmelo, mi Carmelo!
Don Julián tenía, no obstante su aparente simplicidad, una larga experiencia que le hacía discreto y sagaz en sus consejos, y humano por encima de todo, en cuanto se lo permitían sus rígidos principios religiosos y morales.
Aquello que le confesaba la dama, no era todo misterio para él, que había husmeado el secreto que pesaba sobre ella en su propia esquivez, y en la sombría reserva de Insúa, cuando se comentaba la noche de la revolución, en que lo hirieron.
Conocía también los sueños de Gabriela, rotos por aquel matrimonio sin amor, que fraguó su padre, y alguna vez había temido que la desesperación entrara en el espíritu romántico de la joven, confinada en el estrecho horizonte de la Casa de los Cuervos.
Pensó también que Insúa no era en realidad un criminal, sino un combatiente que se defiende o ataca, sin odio y sin más propósito que la victoria para un ideal, y que habría sido injusto equiparar su culpa a la de un hombre que hubiera muerto al marido para casarse con la viuda.
—¿Cómo llegaron a usted los detalles de la muerte de su hijo y de su yerno? ¿Quién le contó? ¿Hay muchos que lo sepan?—interrogó el cura a doña Carmen.
Y ella entonces le hizo el relato. En la noche del entierro en casa de una parienta, un indio se acercó a contarle con toda reserva lo que sus ojos habían visto. Nadie más—le dijo—sabía nada de aquello, y nadie debía saberlo, era el nombre del que había quitado la vida a Carmelo Borja y a Braulio Jarque.
—¿Y ese indio quién era, y qué interés tenía en decírselo a usted y en callarlo a los otros?
—Era uno de los revolucionarios, que en los primeros momentos había pasado inadvertido, pero que deseaba ganarse mi voluntad para que yo influyera ante el gobernador, mi pariente, si acaso llegaban a prenderle.
No quería huir, porque había desertado y los compañeros se vengarían; conocía los secretos de la revolución; había presenciado la lucha de Insúa, y estaba resuelto a callar, pero que el capitán no lo castigara si algún día se sabía por él el horrendo secreto.
La madre siguió acumulando los detalles del relato que el indio le hiciera, mientras don Julián pesaba en su conciencia el bien y el mal que podía haber en esconder a todos el secreto que el acaso o la providencia ponía en sus manos, y dejar que las cosas siguieran sin violencia su curso natural.
Cuando la dama se alzó del reclinatorio en que había hecho aquella confesión que revolvía todossus dolores, su corazón estaba sometido a lo que pudiera ser la voluntad de Dios.
Pero esa noche la soledad o el silencio, que envolvía la casa dormida, despertó de nuevo en ella la rebelión que la palabra del cura había apagado. Escuchaba la voz de su hijo muerto, que clamaba por el crimen que se iba a consumar, permitiendo aquel amor, y todo lo que en ella había de humano se sublevaba sintiendo aquel lamento, que turbaba su sueño.
Se levantó, por eso, y buscó la calma de sus nervios paseándose en la galería, donde la infinita quietud de la noche apenas turbada por el rumor del agua del río, volvió la paz a su espíritu.
Y mientras ella paseaba, temblando de frío, creyendo a su hija dormida, ésta incorporada en su lecho, llena de espanto, veía por el postigo abierto de la ventana pasar y repasar la sombra de su madre.
La había sentido salir, y tuvo vergüenza de hablarla, porque también su conciencia era como un mar agitado, en que luchaban el nuevo amor, con todas las fuerzas de su vida naciente, y el sentimiento de aquella venganza que ella debía ejercer para acallar la voz de los muertos.
¡Oh, si su madre supiera—pensaba—que ella estaba a punto de doblarse como una caña ante el huracán de la pasión!
Y volvía a hostigarla aquella duda:
¿Ignoraba su madre lo que ella adivinó esa mañana? Si ignoraba, ¿por qué huía de su huésped como si le horrorizara su vista? Y si sabía, ¿por qué había callado, por qué no se llegó hasta ella, para detenerla al borde de este amor que era un crimen?
Con los ojos dilatados en la oscuridad, crispadas las manos sobre las cobijas, estuvo un largo rato dudando si debía saltar de la cama, para ir hacia su madre y pintarle su tortura.
A esa misma hora, otro pensamiento hacía su misma dolorosa jornada.
Insúa se había acostado temprano, con el pretexto de su partida que sería al alba, pero en realidad por no encontrarse más con Gabriela, cuyas palabras al anunciarle la llegada de Alarcón le quitaron toda esperanza.
Antes pensaba con pena en el momento en que abandonaría la Casa de los Cuervos, para acompañar a sus amigos en la nueva campaña que se iba a emprender. Y ahora, lo veía llegar como un alivio, y su partida era una fuga, de aquellos lugares en que se había encendido la primera ilusión de su vida.
Se estremecía de horror ante la evidencia de que ella esa mañana leyó en sus ojos la verdad que fué su pesadilla en sus horas de fiebre. ¿Cómo había llegado a comprender ella la maldición que pesaba sobre él?
¿Pero había comprendido en efecto? ¿Sabía que era viuda por él, que no tenía hermano por él?
Revolvía en su memoria todos los detalles de ese día, y serenábase como un lago su alma atormentada, recordando que esa noche, después de la cena, al despedirse de Gabriela, mientras sus labios le temblaban, balbuceando la despedida, ella lo envolvió en una profunda mirada dolorida, que fué su primera confesión de amor.
En la insomne noche, parecíale que los ojos luminosos dejaban caer sobre él una apacible luz de perdón, porque habían comprendido que era su destino, y no su voluntad, el que había tejido aquella intriga siniestra.
¡Ay! ¡pero a esa intriga debía ella su libertad de amarle!
Alarcón hasta altas horas de la noche le estuvo relatando, en voz baja, las circunstancias en que se preparaba la revolución.
El gobierno estaba alerta como nunca, y deseoso de tomar represalias que curasen de raíz aquella perpetua zozobra en que le obligaban a vivir.
Con la muerte inopinada de Jarque había perdido todas las pruebas con que hubiera podido caer sobre los cabecillas. Ni contra Cullen, ni contra Montarón, ni contra ninguno de los conjurados que en la noche del baile debían apresar a Iriondo y a Bayo, se pudo probar nada en concreto. Ellos mismos, al ver cómo Iriondo escapó de las manos de Insúa, invirtiéndose los papeles y teniendo éste que huir, permanecieron quietos, en una actitud que podía ser sospechosa para los que poseían los hilos de la conjuración, pero que no tenía nada de hostil contra los hombres del gobierno, que aguardaron en la casa de Montarón, llena de tropa, el fin de la refriega que se libraba en la plaza.
La muerte de Jarque, el adversario más temible que tenían los opositores, alentóles a vengar cuanto antes aquella derrota, y sigilosamente, aleccionados por la experiencia de sucesos, en cuanto recibieron noticias de que Insúa vivía, empezaron los preparativos de la nueva revolución que había de terminar sangrientamente en la batalla de los Cachos.
Oyendo a Alarcón, Insúa podía medir el cambio profundo que en esos días se había producido en él. Ya esas cosas parecíanle sin sentido.
¿Qué le importaba a él quién gobernara, si el poder se le presentaba como la más estéril de las vanidades?
Pensaba en su drama interior, cuyo desenlace no podía prever y sentía deseos de entrar en la acción, buscando en la lucha el reposo de su corazón y de su conciencia atormentada.
Cuando Alarcón se durmió, comparó la serenidad de aquel sueño, con el suyo agitado por la fiebre de ese imposible amor. Y sin embargo, losojos de ella, que no podían haberle mentido, le habían hablado de perdón.
Faltaba mucho aún para el alba, cuando despertó a su compañero para que fuera a ensillar los caballos, que habían dejado en el corral de las vacas a fin de tenerlos cerca.
Alarcón había dormido sobre un apero de montar, y comenzó sin ruido a juntar las caronas, mientras Insúa se vestía, precipitadamente, sin decir una palabra, dejando traslucir en sus gestos la impaciencia de aquella partida, que era como una fuga en medio de la noche.
Dominado por su propia voluntad imperiosa, ya no pensaba más que en sus amigos, en su deber, en la lucha.
Su pequeña maleta pronta, abrió la puerta que daba a la galería, y salió antes que Alarcón. Encandilado por la luz de adentro, no vió la sombra huraña de doña Carmen de Borja, que aún se paseaba por allí, escabulléndose hacia el comedor.
Llegó hasta el patio, cuya tierra endurecida, apenas mojaba el rocío, y sintió en la avenida de los eucaliptus el áspero graznar de los gansos que advertían su presencia.
Hacía un frío intenso, mas no fué ese frío el que le hizo temblar, corriéndole por la médula de los huesos. En la sombra siniestra de la arboleda, a donde había llegado, ansioso de movimiento, percibió el susurro de las alas de uno de los cuervos, que pasó rozando su cabeza.
Supersticioso como era tuvo miedo, aunque en la nueva aventura no podía jugarse más que la vida, que ya apenas le importaba. Para calmar sus nervios, sintiendo pasos y creyendo que era Alarcón se echó a reír, dispuesto a contarle el motivo de su pueril recelo.
Se volvió, y oyó la voz de Gabriela que le hablaba en la sombra donde apenas se veía su grácil figura.
—¿Se vá?
—¡Oh, Gabriela! ¿por qué ha venido?—respondió él, como un reproche, estremecido de gratitud hasta el fondo de su alma.
—No le había dicho adiós—dijo ella con dulzura—y era de mal augurio dejarlo partir así, como si huyera de la casa.
Insúa se le acercó y le tomó la pequeña mano temblorosa.
—Es como una huída, en verdad...
—¿Y por qué?—interrogó ella, vencida en su largo insomnio por el amor, y resuelta a guardar su terrible secreto. Con tal que él no supiera que ella sabía de aquel abismo de sangre que les separaba, ¿por qué no había de amarlo? ¿Cómo podía él nunca sospechar que ella fingía?
Él le contestaba:
—¿Para qué había de quedarme? Ayer le dije que a usted le debía la primera ilusión de mi vida. Ahora...
—¿Ahora qué?—preguntó ella ansiosa, sintiendo que vacilaba y que temblaban sus manos.
—Ahora esa ilusión se ha desvanecido. Mi vida no tiene sentido ya; usted misma ayer me lo dijo, anunciándome la llegada de Alarcón. "Ha venido el que esperaba para irse". ¿No fué así?
—Ayer sí, ayer fué así;—dijo con reprimida vehemencia la joven.—¡Hoy no! ¡hoy no! ¿Por qué se ha de ir?
—¿Y por qué había de quedarme?
Y ella en un relámpago de voluntad, sintiendo que él no hablaría nunca, desconfiando quizás de que ella hubiese penetrado su secreto:
—¿Si yo se lo pidiera...?
—¡Oh, Gabriela!
—¿Se quedaría?
De nuevo sintióse pasar el cuervo, echando sobre sus cabezas un viento cargado de tufo salvaje. Pero ninguno de los dos tuvo miedo.
Ella dijo simplemente:
—Cuando vuelan los cuervos de noche es que alguien se acerca.
Después hablaron, y la confesión del escondido amor brotó con fuerza, como una llama que disipó en sus corazones el frío y la niebla de las angustiosas horas pasadas.
Cuando volvió Alarcón trayendo los caballos, Jesús había llegado con un farol, y alumbraba el sitio. Empezaron a ensillar. Insúa hablaba con Gabriela, en voz baja, mirando su rostro que laluz rojiza del farol alumbraba como una de las estampas del oratorio.
Graznaron otra vez los gansos, y el ladrido de los perros confirmó lo que anunciara uno de los cuervos. Sintióse la voz de un hombre que decía:
—Manso, Batallón, Cuzco, ¡soy yo, ¡soy yo!—aplacando a los perros que conociéndole dejaron de ladrar.
Llegóse él hasta el grupo, y Gabriela dijo:
—Es el ovejero.
Era un viejito descarnado, pequeño, ágil aún, vestido miserablemente, con una vieja chaqueta azul de militar y un cuero de oveja sujeto a la cintura con una huasca.
Saludó con voz apagada y acercándose al capataz, que en ese momento aparecía, le contó en voz baja que esa noche había llegado al rancho donde él vivía, a una legua de distancia, un hombre que parecía andaba sobre el rastro del capitán Insúa.
—¿Cómo es ese hombre?—preguntó Insúa oyendo aquello.
—Aindiado, capitán; quizás indio de veras.
—José Golondrina—murmuró Alarcón.
—Entonces habrá que hacerle venir—dijo Insúa.
Alarcón que cinchaba su caballo, dejó el correón y se volvió hacia el capitán.
—Será mejor que no sepa donde estamos.
Lo dijo como para que Insúa no más lo oyera.
El ovejero continuó:
—Por lo que me ha parecido entender, no es de los revolucionarios, más bien del gobierno. Entró en mi rancho, al anochecer; me pidió carne y le dí media pierna de oveja. Me dijo que era poco y me compró un costillar. Salió para el monte, diciendo que iba a ponerlo en las alforjas. Yo creo que no era así, y que alguien, que no quería dejarse ver, lo esperaba allí. Tal vez son varios los compañeros; el perro que tengo ladró toda la noche, estando ya ese hombre en el rancho. Cuando lo ví dormido, me salí, y aquí estoy avisándoles y para lo que gusten mandarme.
Hablaba despacio, con voz monótona, pero se adivinaba en sus ojos chispeantes, a pesar de la calma de sus facciones, la sagacidad del paisano, que lee las intenciones en la cara más impasible.
Un momento Insúa había tenido la intención de quedarse en la Casa de los Cuervos para ganar mejor aquella alma que se venía a él, y averiguar si doña Carmen de Borja, huraña con él, se negaría a darle su hija. Mas al oír hablar al ovejero comprendió que el gobierno estaba sobre su pista, y que José Golondrina servía sus planes. Tenían, sin duda, la consigna de llevarle vivo o muerto, y aunque habría sido su gusto pelear contra la patrulla que sin duda acompañaba al indio, cedió al pedido de Gabriela que mandaba ya en él, y resolvió huir, dejando la promesa de volvery llevando la gran esperanza que ella había encendido en su corazón.
Y así, cuando estuvieron ensillados los caballos, besó la mano que Gabriela le tendía, y con el capataz que había de guiarles hasta el vado, en donde estaba la canoa para pasar el río, crecido aún, partieron al galope, haciendo resonar en la noche la tierra endurecida por la helada.
Gabriela siguió con la mirada ansiosa las siluetas que pronto se perdieron en la sombra.
Estaba próxima el alba y ya los cuervos revoloteaban desde su árbol al corral de las ovejas, que empezaban a balar, por el frío de la madrugada, y al entrar en la galería, sintió Gabriela el susurro de las alas de uno de ellos que pasaba rozando el muro.