XILa derrota

Fué un salto magnífico. De la balaustrada de la galería que daba a la calle, en la casa de Montarón, Insúa se arrojó sobre el tejado vecino.

Sintió que una teja cedía bajo sus pies, pero era ágil como un jaguar y salvó el obstáculo. El techo, a dos aguas, caía de una parte sobre la calle, de la otra, sobre un patio interior, y cubierto de musgo como estaba, e impregnado de rocío, hacía peligroso el andar.

Los que corrieron detrás del revolucionario, detuviéronse sorprendidos. Uno de ellos tenía una carabina y le apuntó. La distancia era corta y la noche clara, por lo cual el tiro no podía errarse; pero Insúa había previsto que le harían fuego, y salvando la cumbrera del techo, se puso a correr hacia la esquina, guareciéndose en el alero inclinado que daba hacia el patio.

Ante aquella maniobra que imposibilitaba el tirarle, el hombre de la carabina trepó a la balaustrada ydesde ella saltó sobre el tejado, para cazar el fugitivo como a un gato, persiguiéndolo por las azoteas. Pero fuese que le estorbara el arma o que no tuviese la agilidad de Insúa, resbaló sobre las tejas mojadas por el relente de la noche, y soltando una maldición se estrelló en la calle.

El revolucionario alcanzó a verlo y seguro de que se limitarían ya a aguardarlo en la vereda del costado de la plaza, para atraparle cuando quisiera bajarse por allí, buscó manera de escurrirse hasta el patio de la casa en cuyo techo andaba.

Era un boliche, cuya pieza principal daba a la esquina, con dos puertas en ángulo recto, que se abrían una sobre la calle de la plaza, otra sobre la calle del Cabildo, separadas por un parante de algarrobo labrado.

La gente del boliche, un matrimonio de catalanes sin hijos, tímidos como liebres, pero acostumbrados ya a las revoluciones, que tenían por teatro inevitable aquel barrio de la ciudad, al oír los primeros tiros, habían atrancado sus puertas decididos a morir antes que abrir a nadie.

Insúa pudo bajarse al patio solitario, donde un cuzquillo olvidado por sus dueños, le ladró con furia al principio, y corrió luego a lamerle las manos.

A cada descarga, el jefe revolucionario sentía el vuelco de su corazón. Ya las cosas se tornaban en favor del gobierno, fracasado el recurso de la sorpresa con que contaban. Pero aun así, confiaba Insúa llegara tiempo a la plaza para arrojar sus hombres como una avalancha sobre el Cabildo y entrar en él apoderándose del gobierno de la ciudad.

Reconoció de una ojeada el patio donde había caído.

Era cuadrado y pequeño, lleno de plantas, que en la sombra afectaban formas fantásticas. Entre unas enredaderas descubrió una puertecilla que sin duda abría paso a la huerta; la franqueó y atravesó corriendo un tupido plantío de tártago, donde cacareaban las gallinas alarmadas. Trepó sobre la tapia del fondo, que era muy ancha, y comprendió que caminando sobre ella podría llegar hasta la huerta de la escuela, donde recogería sus armas y se lanzaría a la plaza a ayudar a su gente.

Agazapándose para no ser visto, corrió sobre el filo de la pared que se desmoronaba al pasar él, y en pocos minutos llegó hasta la escuela.

En un rincón del patio halló a don Serafín enloquecido de terror, mientras su hija, en el zaguán, no se alejaba de la puerta, lista para prestar auxilio a quien se lo pidiera, pensando en que podía ser él.

—¡Hijo mío!—le gritó el anciano al verle llegar, abrazándose a él—¿qué es lo que ocurre?

Con algunas amables palabras le infundió confianza de que allí no podía temer nada, y cambiando su incómodo traje de etiqueta por otro más holgado, se envolvió en un poncho de vicuña, tomó sus armas y corrió hacia la calle.

En el zaguán se cruzó con la hija del maestro, que nada le dijo por no demorarle, mas lo siguió con los ojos angustiados hasta que llegó a la plaza.

Allí le envolvió un tropel de gente en que reconoció a una parte de sus hombres que empezaban a desorientarse ante la sangrienta resistencia de los soldados del gobierno, que se batían sin peligro casi, parapetados en el Cabildo, y bien provistos de armas de fuego con que mantenían a raya a los asaltantes.

—¡Muchachos!—gritóles Insúa, dándose a conocer.—¡Al Cabildo! ¡Viva la revolución!

Y su grito como un toque de clarín, vibrante en el intervalo de dos descargas, reanimó el entusiasmo ya decaído de los revolucionarios, que se agruparon a su alrededor haciendo frente de nuevo.

Los gubernistas comprendieron por qué reaccionaron sus atacantes, y un capitán que mandaba la tropa organizó un piquete y lo mandó a rodear para tomar a los revolucionarios por la espalda.

A la aparición de Insúa, sus hombres enardecidos de nuevo, se tendieron a lo largo del costado sur de la plaza, parapetados detrás de los árboles y arreció el fuego que hacían, mordiendo con rabia los cartuchos de sus largos fusiles de chispa, con el áspero amargor de la pólvora en la boca.

Los hombres de a caballo, diezmados en un asalto infructuoso, se agruparon alrededor de Insúa, detrás del quiosco, que les resguardaba un tanto de las balas del Cabildo.

Insúa tranquilamente les daba instrucciones, porque iban a atacar de nuevo, lanza en ristre. Temblaban ya las astas en las manos nerviosas y retiñían las espuelas de los jinetes, entusiasmados por aquella voz serena, que apagado el trueno de una descarga, seguía explicando la maniobra, cuando un tiro aislado que parecía venir de la casa de Iriondo, le cortó la palabra.

Estaba Insúa de pie teniendo su caballo de la rienda, porque el montar él iba a ser señal del ataque.

Se llevó la mano al hombro y dijo:

—Estoy herido.

No cayó, empero, mas sintió que se le nublaba la vista.

—¡José, José Golondrina!—había gritado Alarcón al sentir el tiro de aquella parte, con la sospecha de que él hubiera sido, pues acababa de verlo correr hacia ese lado.

El indio llegaba en este momento con la carabina en la mano. Alarcón se echó sobre él.

—¿Quién tiró? ¿Vos, miserable?

—¡Allá, allá!—contestó el indio tranquilamente, señalando la esquina norte de la plaza que daba sobre la calle del Comercio.—Viene un piquete.

Como una respuesta a tal advertencia, la tropa que venía a coparlos por la espalda les abrió un fuego mortífero que desmontó a varios jinetes, sembrando el espanto entre todos. Insúa tuvo apenas tiempo de subir a caballo sostenido por uno de sus hombres. Nopodía saber si eran muchos o pocos los que así atacaban, la revolución estaba perdida.

Ya no debían atinar sino a salvarse de caer prisioneros para aguardar tiempos mejores en que la suerte les acompañara.

Gritó:—¡Alto el fuego! ¡Sálvense, muchachos!, ¡será para otra vez!—y espoleó su caballo, que dió un salto al arrancar, agitándole violenta y dolorosamente el brazo roto.

Todos se desbandaron. Los de a pie corrieron hacia el río para embarcarse en las chalanas y pasar a las islas antes que clarease el día. Los de a caballo tomaron hacia el norte, buscando el camino de Santa Rosa y de Helvecia, donde estaban sus hogares.

Más de treinta quedaron tendidos sobre el pasto verde y suave de la plaza, que el sol de esa mañana haría brillar manchado de sangre.

La persecución de los fugitivos no pudo organizarse inmediatamente porque los caballos de la policía no estaban listos.

Insúa corrió entre un grupo de los suyos unas cuantas cuadras, pero fué quedándose rezagado sin que lo observaran.

Dolíale horriblemente la herida, lo que lo obligaba a ir constantemente sosteniéndose el brazo, para que no se le moviera con el traqueteo de la marcha.

A los pocos minutos pensó que debía volver a la escuela, donde la hija del maestro lo vendaría para que así pudiera huir.

Volvió, en efecto, siguiendo las calles apartadas y solitarias.

Rosarito había visto pasar el tropel de los fugitivos y comprendió que la revolución estaba vencida.

¿Quiénes eran los muertos?

Helada de espanto, temerosa de saber la verdad, permanecía en el hueco de la puerta sin moverse, acechando todos los ruidos que podían darle un indicio de lo que ocurría, rezando por los que agonizaban y temblando de que sus rezos pudieran acompañar el alma del hombre que amaba, cuando sintió el sordo paso del caballo de Insúa, que llegó hasta la puerta.

Don Serafín clamaba por su hija desde el rincón en donde se refugió a los primeros tiros. Pero Rosarito oyó la otra voz que la llamaba desde la calle, y acudió a ella.

—Todo se ha concluído—le dijo Insúa sencillamente—estoy herido, ¿querés vendarme?

—¡Ay!—exclamó ella juntando las manos—¡madre mía del Rosario!—y corrió adentro a buscar un gran pañuelo de seda que podría utilizar y un frasco de árnica.

—¡Rosarito! ¡Hija mía!—gemía el viejo.

—Papá, ¡Francisco viene herido!—Perdió el miedo don Serafín con aquella noticia y corrió a la puerta. Y allí los dos, a riesgo de ser sorprendidos por la gente del gobierno, vendaron al jefe de los revolucionarios que no aceptó quedarse en la escuela, refugio harto sospechoso y huyó de nuevo, en su excelente caballo, dominando el dolor de la herida y sintiendo a lo lejos temblar la tierra bajo los cascos de la caballería del gobierno, que ya se había lanzado en su persecución.

Todavía era de noche, mas el alba no debía estar lejana.

Insúa se encaminó hacia el Noroeste de la ciudad, dispuesto a desviarse de la carretera que generalmente seguían para ir a Santa Rosa, y que a esa hora debía estar ya ocupada por la policía.

Quedaba aislado de sus compañeros, pero eso no le importaba; marcharía solo, hasta que no pudiera más, y si acaso lo vencía el dolor o la fiebre, antes de llegar a Santa Rosa, se refugiaría en la estancia de Cullen cerca de los "Cachos" o se escondería en los impenetrables sauzales del arroyo de Leyes, donde seguramente encontraría quien lo ayudara, entre el paisanaje matrero que allí merodeaba.

Llevaba el brazo firmemente vendado y sujeto por un cabestrillo al cuerpo, lo que le permitía galopar, sin grandes sufrimientos y así marchó largo rato, mecido por el andar acompasado de su buen caballo.

Los terrones menudos y flojos del camino se quebraban bajo sus cascos con un leve crujido, y reinaba un gran silencio, pues hasta los grillos nocturnos habían callado, ante el alba que llegaba.

Empezó a sufrir de sed, pero como había ya pasado el último rancho de la ciudad, siguió galopando con laesperanza de encontrar alguna vivienda a donde acudir.

Clareaba ya el día, cuando entre el monte de algarrobos y ñandubays, a la vera del camino, vió brillar el fogón de un rancho solitario.

A aquella distancia de la ciudad, era arriesgado mostrarse a nadie, pues denunciaba así el rumbo en que marchaba, pero la sed avivada por un viento tibio del norte, que empezaba a soplar, causábale una insoportable angustia, y se resolvió a pedir de beber, sin bajarse del caballo.

Al acercarse ladráronle los perros, y se asomó el dueño del rancho que tomaba mate en rueda familiar, a la luz de un candil de sebo. Sin mayores explicaciones, aquel paisano taciturno y cortés, fué por el agua que Insúa le pidió, y sobre el caballo mismo inquietado por los perros, bebió el revolucionario con ansia un agua salobre, pero fresca.

Y siguió galopando a la luz del día que despertaba ya los maravillosos rumores de la selva.

Prestaba oído a todo ruido sospechoso, deteniéndose a veces, pero no sentía más que el canto de los pájaros, más numerosos que nunca en el otoño que reinaba, y de cuando en cuando el zumbido metálico de las alas de una perdiz, que se levantaba a su paso.

El viento norte se había acentuado, y comenzaba a apretar el calor.

Insúa para librarse de los rayos del sol, comprendiendo que ya se había alejado con exceso del caminode Santa Rosa, y que a esa hora las patrullas del gobierno debían haberse replegado a la ciudad, se internó en el monte.

Era tupida la arboleda y los churquis espinosos que nacían al pie de los ásperos ñandubays, le cerraban el paso a cada instante, obligándolo a buscar los senderitos tortuosos abiertos por la hacienda, hacia los comederos o las aguadas.

Algunos toros salvajes mugían sintiéndole pasar; escarbaban la tierra con rabia y echaban a andar desdeñosos, buscando no al hombre, sino al rival, que de lejos contestaba a su grito de guerra.

Las vacas inquietas y curiosas huían, deteniéndose a trechos y volviendo la cabeza para mirar al fugitivo, a cuyos ojos el paisaje aparecía cubierto por ese velo de ensueño con que la fiebre parece envolver las cosas.

Tenía sed, una sed terrible, que le hacía marchar con la cabeza baja, la mirada avizora, buscando en el monte los charcos de agua fétida en que se abrevaban las vacas.

Pensaba en sus amigos de Santa Fe, presos sin duda, a esas horas y en cierta manera deshonrados por la derrota. Sentía impulsos de correr, lleno de saña contra el hombre invencible, que con un solo gesto había hecho abortar aquella noche el complot urdido en su contra.

La fiebre que le martillaba el cráneo, nacía más que de su herida, del dolor y de la vergüenza de haber sido afrentado por él con tanta gentileza. Sus amigos,al menos, no habían sufrido el latigazo de aquella voz amable que le decía:

—¿No vé cómo está manchada la pechera de su camisa?

¡Ah! La sangre de los muertos por su mano se había vengado cruelmente en su orgullo de jefe, derrotado por la sonrisa de un hombre:

—"¿Va a entrar así al salón del baile?"

Apretó los ijares de su caballo y se lanzó a la carrera por entre el monte, como cuando en su estancia perseguía la hacienda para traerla al rodeo. Las altas ramas extendidas como zarpas bajábanse a veces y le obligaban a echarse sobre el cuello de su caballo, para no romperse el cráneo contra ellas. Los matorrales, cuya ramazón flexible crujía violentamente, cerrábanse tras él, tironeándole con sus mil uñas el poncho que flotaba desgarrado a sus espaldas.

El caballo tenía la boca ensangrentada y palpitantes los flancos y empapados en sudor.

Insúa corría, castigada su alma con los siniestros recuerdos de esa noche, en que su mano había derramado sangre inocente, y en su carrera desatinada sus ojos encendidos por la fiebre, hallaban perfiles fantásticos y medrosos en todos los detalles del cuadro que le rodeaba.

Sentía una sed tan terrible que una vez pasó la mano por el ijar mojado en sudor de su caballo, y fué a beber. Pero era de un sabor insoportable aquel líquido acre y tibio. ¿Dónde estaban los charcos en que bebía la hacienda?

Miró el sol, por entre las copas despeinadas de los algarrobos y torció bruscamente hacia el Este. Quería llegar a la laguna de Setúbal, para arrojarse con caballo y todo en su onda fresca y beber a sus anchas, aunque allí lo hubieran de prender.

Los revolucionarios, sin duda, habían tomado por el camino de San José del Rincón. Para reunírseles, él debía seguir la costa, vadear el Saladillo y la pequeña laguna de San Pedro, en la punta norte de la de Setúbal, y alcanzar así el arroyo de Leyes, donde no era imposible que se cruzara con alguna de sus chalanas, si Alarcón o cualquiera de sus hombres se habían atrevido a huir por el río, camino que tenía sus ventajas y sus riesgos.

Galopó como una hora, torturado por la sed, que traía sobre él infinitas alucinaciones, haciéndole creer en cada revuelta del bosque en un charco fresco de agua; hasta que raleándose la arboleda, divisó a lo lejos la cinta azul y plácida de la hermosa laguna.

El caballo, sediento como el amo, relinchó olfateándola, y sus cascos herrados llamearon al sol, sobre la llanura, que se desenvolvía como un manto verde, a lo largo de la costa, cortada por el blanco perfil del camino.

Al cruzarlo, no vió Insúa, alucinado como iba por el agua azulada y brillante, una nube de polvo que ascendía de la carretera, hacia la parte del Sur, donde estaba la ciudad.

Llegó hasta la barranca, no muy alta, y con grietas por donde bajaban las haciendas, y entró en la laguna hasta que el agua llegó al pecho del caballo.

Se quitó el sombrero, lo llenó de agua y se puso a beber con una inmensa fruición, sintiendo la frescura del líquido puro que le aligeraba la sangre en las venas.

El caballo bebía también interminablemente, haciendo sonar las coscojas del freno y resoplando, a cada espumilla que la corriente le traía hasta el hocico, cuando de pronto apareció sobre la barranca, cien metros más atrás, un grupo de jinetes de rojas bombachas, con sables que brillaban al sol, y carabinas que alzaban sobre sus cabezas, dando alaridos de júbilo.

Insúa miró y comprendió. Estaba perdido; eran los policianos del gobierno, de cuyas manos no podía escapar, porque antes que él volviera a trepar la barranca, ellos le cerrarían el paso. Pensó en hacerse matar, pero la idea de que muerto él, el gobierno quedaría triunfante y tranquilo para siempre, le encendió un áspero deseo de vivir para vengar su derrota.

Por un lado la laguna, que se extendía ante él como una inmensa tela azul, ancha de leguas. Por el otro la barranca, las bombachas rojas, la prisión o la muerte.

Eligió la laguna, castigó a su caballo y se arrojócon la insensata esperanza de llegar a la otra costa, cuyos verdes sauzales se divisaban en lontananza.

El caballo manoteó algunos pasos, perdiendo pie, y luego sin vacilar, como si hubiera comprendido que era la salvación de los dos, se dejó hundir hasta el pescuezo, y empezó a nadar, soplando, con las narices a flor de agua, y los ojos fijos en la orilla lejana. Insúa tiró la carabina, que hasta entonces llevara a bandolera, y el poncho que se arrastraba sobre el agua, haciendo peso y con la mano derecha se agarró a la crín flotante de su caballo.

Era un tostado, morrudo, de cabeza descarnada y mirada inteligente. Criado en la estancia de Insúa, había husmeado la querencia del otro lado de la vasta laguna, y nadaba con fe en sus remos poderosos.

Los policianos habían conocido a Insúa, por el poncho y el caballo, y para no perder la extraordinaria fortuna que la casualidad les deparaba, apartáronse de la barranca, se extendieron en una línea prolongada, y cayeron bruscamente, al galope de sus caballos enardecidos por sus gritos, sobre el sitio por donde había bajado Insúa hasta el agua. Pero esos minutos perdidos en la maniobra, con que quisieron impedir su fuga, permitieron al revolucionario alejarse un buen trecho de la orilla.

Los policianos que nunca imaginaron que se arrojaría a la laguna, al ver apenas a flor de agua la cabeza del caballo y los hombros de él, que se achicaba cuanto podía, le insultaron con rabia.

Uno de ellos se echó a nado, pero su caballo no aquerenciado en la otra costa, dió unos cuantos respingos, y se volvió. En vano su dueño le golpeó el testuz con el cabo de su rebenque; aquella intentona sólo sirvió para dar tiempo a que el fugitivo ganara unos cien metros más, y sólo se divisaba ya como un punto negro sobre el agua que se quebraba en trémulos reflejos a los rayos del sol.

Entonces el jefe de la patrulla echó pie a tierra y le apuntó con su carabina y tranquilamente, como si se tratara de tirar sobre un pájaro o sobre un yacaré, levantó el gatillo. Inclinaba la cabeza sobre el hombro derecho, para ver mejor, y se había echado atrás el kepí, cuya visera verde tocaba con el caño reluciente del arma. Era hombre de gran destreza en su manejo, pero el blanco movible que se alejaba siempre, y la excitación de su pulso agitado por la violenta carrera de toda la mañana, le hicieron errar el tiro. La bala se perdió a veinte pasos del lugar donde se veía a Insúa, avanzando siempre hacia el centro de la laguna.

Volvió a tirar y fué lo mismo.

—¡Pie a tierra!—gritó a sus hombres—¡y fuego sobre él!

Los veinte soldados que formaban la patrulla, arrodillados al borde de la barranca, empezaron a ametrallar al fugitivo. Las balas cada vez picaban más cerca de él, porque la puntería se afinaba. De pronto se le vió desaparecer, y sólo su caballo siguió nadando.

Los hombres se incorporaron dando un grito.

—¡Una bala en la cabeza! lo hemos muerto, y con las pupilas dilatadas, siguieron el rastro que en el agua iba trazando el valiente corcel del caudillo, que nadaba con la misma serenidad que si la otra orilla hubiera estado a veinte metros.

Insúa había desaparecido, y los hombres iban a montar ya, seguros de haberle herido de muerte, cuando surgió de nuevo su cabeza, junto al cuello del caballo.

—¡Maldición!—rugió el jefe de la patrulla—¡se escondió para que no le tiráramos!

En ese minuto de expectativa, el revolucionario se había puesto fuera del alcance de las carabinas.

Siguiéronle mirando hasta que el punto negro se perdió en la lontananza del agua, que agitaba el viento. Entonces todos montaron, y volvieron riendas hacia la ciudad.

—¡Se ahogará antes de llegar al medio de la laguna!—dijo uno de ellos y todos creyeron así.

Durante una hora, quizás, resistió el joven caudillo la sensación violenta que le producía ir a merced de su caballo, con la mano acalambrada en su larga crín. No podía valerse más que de la derecha, porque la otra herida, era un miembro absolutamente inútil.

La frescura del agua le había adormecido el dolor, pero se entumecía poco a poco, y sentía que el sueño se apoderaba de todo el cuerpo, como un veneno mortal.

Si se dormía, estaba perdido. Se soltaría de su caballo y se iría al fondo. Pensó que quizás ese términoa sus padecimientos valía más que la lucha por vivir; pero la prodigiosa energía que le hacía ser lo que era le siguió sosteniendo. Llegó, sin embargo un momento, en que aun luchando contra la terrible modorra que le invadía con el frío del agua y la fiebre de la herida, dejó que sus ojos se cerraran, y toda su fuerza fué impotente para abrirlos, porque se durmió, sintiendo al principio que su mano seguía agarrada a la crín, y luego, que poco a poco, suavemente, se dejaba invadir ella también por la deliciosa sensación de abandonarse y descansar.

Cuando abrió los ojos creyó que soñaba.

Una habitación cuadrada, de piso de ladrillo, de techo bajo, con tirantes de palma enjalbegados, cubiertos de esas ásperas totoras de los bañados, impenetrables a la lluvia.

Una ventana ancha de vidrios pequeños, por donde mirábanse las copas de unos altos eucaliptus, que el viento balanceaba.

Y a un lado de la ventana, un algarrobo seco, del cual no se veía más que una rama, estirada, como un brazo descarnado, cenicienta y pelada, y sobre ella, inmóviles, como un símbolo de eternidad, dos enormes pájaros negros cuyas plumas sin brillo les daban un fúnebre color de crespón.

Insúa, que observaba con los ojos muy abiertos, desde una cama blanda y limpia, aquel cuadro que sin duda le pintaba la fiebre, sintió que la sangre se le helaba en las venas.

Siempre la vista de los cuervos, desde la noche que pasó en el cementerio, obsesionado por los ojos de diamantes de aquel que veló a su lado, devorando la mano de una muerta, le causaba una siniestra impresión.

Alguien lo habló. Se volvió para ver quién era y se halló con un paisano de barba encanecida, que estaba allí a su cabecera, con el sombrero puesto, en mangas de camisa, castigando las botas con la lonja de un talero.

—¿Qué significa esto? ¿Dónde estoy?

Y el paisano le contestó con una hospitalaria sonrisa que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y fuertes:

—En la estancia de doña Carmen de Borja...

—¿Carmen de Borja?—repitió él.

—Sí, y de la niña Gabriela...

—¿Gabriela?

—Gabriela Borja de Jarque...

—¡Ah!—exclamó Insúa y volvió la cara a la pared, penetrado hasta la médula de los huesos por el recuerdo de la noche de la revolución.

—Por mal nombre—asentó el paisano—le llaman la Casa de los Cuervos.


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