VIILAS SIERVAS DE LA GLEBA

VIILAS SIERVAS DE LA GLEBAEL «crucero» es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro calles, anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada, corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta.Por allí pasaMariflortempranito en esta mañana azul y blanca del mes de Abril: va la moza vestida con el mismo traje vistoso con que llegó a Valdecruces hace pocas semanas; pero no es tan fino su calzado como aquel que traía, ni es tan lindo el pañuelo de su talle.Camina muy diligente al lado de la abuela, que disimula sus «tres veintes» y diez años más—como ella dice—siguiendo con tesón el paso firme y ligero de la niña.Al tomar ambas una de las cuatro calles, en el cruce,un zagal se aparece por la otra, silbando, con la cabeza gacha y el andar perezoso.—EsRosicler, abuelita—advierte la muchacha.Levanta la voz y acorta el paso la vieja para decirle:—Dios te guarde.—Felices, tía Dolores y la compaña—contesta el mozalbete—. Y se para en seco, turbado y rojo, con visibles afanes de añadir al saludo alguna cosa.Es un maragato que contará hasta diecisiete primaveras, cenceño, de regular estatura, ojos garzos, tez soleada y boca infantil; tiene el genio cobarde, el humor alegre, la inteligencia calmosa y el corazón sano: le llamanRosiclerporque era desde niño risueño y galán.—Mucho se madruga—declara al cabo de sus vacilaciones, que hacen a la doncella sonreir.—Mucho no, que ya son las ocho—replica la anciana; y añade con afabilidad:—¿A dónde vas, hijo?... ¿Solas dejaste las ovejas?—Sí, señora; voy a pedirle al amo una razón... Pero torno allá de un pronto; si vais a las aradas os alcanzo en seguida.—Pues aguanta, rapaz, que a las aradas vamos.Un instante detuvo el pastor embelesados sus tranquilos ojos en Florinda, y luego echó a correr con tal celeridad que no tuvo tiempo de oir la jocunda carcajada de la moza. Puso la tía Dolores un dedo rígido sobre los labios en señal de silencio, y reprendió suavemente, algo escandalizada:—¡Niña, no te rías así!—Pero, abuela; ¿es la plaza un camposanto?... ¿No se puede reír en Valdecruces?—Tan recio no; ya te lo dije. Aquí no parece bien que las mujeres hagan ruido.—Pues lo que es los hombres no han de hacerlo... Como no seanRosicler, el señor cura, el sacristán, el enterrador, y tres o cuatro carcamales...—Sí; ya no quedamos en el lugar más que los viejos, las mujeres y la rapacería—suspiró tía Dolores.Se extinguió la calle entre las sebes de algunos huertos mustios, y el camino, abriéndose de pronto a un horizonte vasto, mostró las pardas tierras movidas por labores recientes, abiertas y solitarias, con el cuajarón sangriento de algunas amapolas temblando entre las glebas; un viento blando y dulce besaba la llanura en silenciosa paz.Caminaron buen trecho las dos mujeres cuando las dió alcanceRosicler, a paso veloz, con la gorra en la mano y encendido el semblante.—Tardó en despacharme el tío Cristóbal—murmuró—; estaba durmiendo.—Estaría; que ya los años le pesan mucho: entró en los noventa y seis—dijo la abuelita, irguiéndose con arrestos juveniles ante la evocación venerable de tantos años vivos.Ella y el zagal siguieron hablando con mucha parsimonia, doctos y humildes frente al eterno problema de su vida ruda.—Era sobre el sirle mi recado, ¿sabe?—explicóRosicler—. Tengo que levantar las cancillas y hube de preguntarle al tío Cristóbal hacia dónde correría el redil.—Y de «allá», ¿tuviste carta?—Ni carta ni señales... Mi hermano me había prometido que en el mes de San Pedro, al finar el ajuste, estaría todo a punto para embarcarme yo.—Aún falta tiempo.—Pero ya van cuatro meses que no escribe.—Yo también espero noticias... ¡Siempre esperando!—Del señor Martín, ¿verdad?—De los dos hijos que me quedan... Isidoro no está bien de salud—se condolió la anciana.—Ahora mi padre le cuidará—dijo Florinda.—¡Tu padre iba tan triste!La muchacha bajó la cabeza, murmurando:—Pero es muy animoso...Un gran silencio corría por la tierra; a naciente fulguraba el sol, enrubesciendo el horizonte, y en una lejanía remota alzábase la silueta del Teleno, pálida y confusa, como errante jirón de niebla o nube. De aquel lado venían al término de Valdecruces las tempestades asoladoras, las fatídicastruenasdel estío. Hacia allí miró Florinda cuando levantó la frente, mientras su abuela se llevaba a los ojos la punta del delantal, y decíaRosicler:—Hoy posa en Vigo «el barco»... Quizabes tengamos carta.Habíase estrechado la ruta, acosada por los arados terrones; sendas leves penetraban con misterio en el llano, fugitivas y embozadas, sin vegetación ni perfumes. De tarde en tarde algunos matojos descoloridos ofrecían un tropiezo en la vereda, erizados y adustos, como si se avergonzasen de la luz vernal.Llegaron los tres caminantes a la orilla donde una mujer jadeaba, aguijando, intrépida, su yunta.—Dios te ayude—le dijeron al uso del país.Y ella, de igual modo, respondió:—Bien venidos.—¿Son de usted las vacas, tía Dolores?—preguntó el muchacho.—Y tuyas.—¡Buenas yugadas rendirán!... ¡Miren que la silga!... No hay mejor pareja en Valdecruces.—Háylas, hombre, que el tío Cristóbal las tiene muy llocidas.—Pero no tanto—halagó el pastorcillo, fervoroso.Y sus devotas frases se posaban enMariflorcon ingenua candidez.Ella, agradecida y sonriente, le interrogó:—¿De modo que tú también te quieres embarcar?—También. Considere que de pastor se gana poco.—Pero, ¿le dices de usted?—intervino la tía Dolores—. ¡Si tu abuelo y el suyo eran hermanos!—¡Como no la tengo tratada!...—¿Eso qué importa?—pronunció la niña—. Ya ves que yo te hablo con franqueza de parientes. Conque dime, ¿cuánto ganas?—Un duro al año por cada doce ovejas, la comida y alguna ropa.—¿Y el rebaño es grande?—Hogaño es más chico.—¿Dónde le tienes?—Vélo va.Y el pastor señalaba en el paisaje, raso, un punto quimérico para Florinda.—Yo no distingo más que cielo y tierra—murmuró la moza, entornando los ojos y haciéndose una pantalla con la mano.—Vélo... vélo ende—insistíaRosicler, lanzado a su dialecto por la propia fuerza y concisión de las palabras regionales—. Y con el brazo tendido hacia el lugar solano del horizonte, trazaba un ademán amplio y seguro, cobijador, que parecía descubrir a cada res, guardarla y bendecirla.—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya, ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira,Rosicler.—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa.—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la llanura?Siguió riendoRosiclerante la sorpresa de la moza y su ignorancia en materia de lechos pastoriles. Y como lamujer de la yunta había suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles, tomabaMariflorpor un lecho flotante y prodigioso.—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los vientos.Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos.Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos, llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria de esta mujer.Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco, insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor.—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida.—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza.Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y enfrascada en su labor.—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una vuelta; luego tú echas las tornas.—¡Pero, abuelita!—protestaMariflorsuavemente—. Y ya la abuela, avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual:—¡Tuis... tuis!Los animales obedecen mansos, y la maragata hunde la «tiva» en el surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia», avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan.Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener?—Cuarenta y cinco lo menos, piensaMariflor, examinándola de reojo. Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir, complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como un rayo de luz toda la cara.—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida. YRosicler, cándido y simple, por decir algo, le pregunta:—¿Tú no sabes arar?—No—contesta prontamente la muchacha.—Ya irás aprendiendo; es muy fácil.—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose,como si las palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade.Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla con cualquiera interesante noticia, sale diciendo:—Ya llegaron mis ovejas a los alcores.De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón.Pero tanto señalaRosiclery con tal exactitud «allí á man riesga del aprisco, una riba que asoma en ras del término», queMariflorencuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al borde del cielo azul.—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor.—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones.Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco sigue terciando con mucho brío. Y cuandoMariflorlo advierte y la llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el cuerpo encorvado.—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian allí también, y quiere dar un vistazo.—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera.—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco.—En cuanto vengan cuatro días estenos.—Justamente.—Creí que tenía en fuelga aquella hanegada—diceRosicler.—No; antaño estuvo.Se despiden la vieja y la moza, en tanto que el zagal y Felipa, al borde de «la arada», murmuran a dúo:—Condiós...—Condiós...Y al catar el sendero, con rumbo a Ñanazales, Florinda, muy curiosa, averigua:—¿Cuántos años tiene esa mujer, abuela?Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo, responde la anciana:—Habrá entrado ahora en veintitrés.—¡Es posible!—¿Qué te asusta?—¡Si parece mucho mayor!—Ya tuvo dos críos.—¿Luego está casada?—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí.—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres!—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar.A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha candidez:—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron?—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no, de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo!Mariflorextiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha, lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de unmundo fenecido o de un planeta huérfano de la humanidad.—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las esclavas y de los emigrantes!...La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre.Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un honrado título, corona de aprovechada mocedad.Todo lo que sabeMariflory aun mucho que adivina, que presiente y que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay! trémulo y ansioso.—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela.—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos parajes, tan solos y tan yermos.—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas queves, quedan de aramio para el año que viene; no todo es erial.—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo.—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y no se puede sembrar hasta que descanse.—Sonce, ¿significa malo?—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla.—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley.—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país!Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo al punto sus palabras, dice muy cariñosa:—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al otro lado del pueblo ya está madurando la mies.—¿De trigo?—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da.—¿Y nunca tenéis pan blanco?—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo moreno.—A mí también—se apresuró a decir, sumisa,Mariflor.La abuelita ponderó entonces jactanciosa:—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de trigo.No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los terrones, los añojales y las «aradas», vióMarifloroscurecerse la tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos solitarios y activos.—¿Qué hacen, abuela?—preguntó.—Terciar: es la última labor, por ahora.—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas cuitadas?—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería por no valer, por no servir más que para labores animales. Los maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas de más provecho.—Y las maragatas, ¿por qué no?—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos? ¿Quién, entonces, trabajaba las tierras?La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales, impasibles, confundidas con la tierra cruel...—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar.—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida.—Una que tú no conoces: está para parir.—¿Y trabaja?—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas.Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole aMariflor:—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a ver la traza del terreno.Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida, amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer esperaba, limpiando la reja con el gavilán.Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios, y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda su garganta,carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo.No sabeMariflorpor qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso, removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y generoso!...Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa, bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora.Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el ímpetu misterioso de la rebelde cuita, queMariflorcruza sus manos en actitud devota de plegaria.—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos, como a las olas bravas de los mares...Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas dehierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino.A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras dulces, que en augusto libro se aprendieron:Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos...Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto.Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene:—¿Adónde vas, rapaza?—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la reciente borrasca de su espíritu.Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste.—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante.—¿Cuála?—Esa que está terciando para ti.—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba!—Que si gana mucho jornal—pregunta la muchacha algo confusa, sin atreverse a decir todo lo que se le ocurre.—Gana abondo: tres riales y mantenida.—Y «abondo», es mucho... ¡Dios mío!—lamenta la niña con terror en lo profundo de su alma.Acércase distraídamente hacia los brezos, mientras inquiere la abuela con un poco de desdén:—¿Te gustan las albaronas?—Son éstas, ¿no?—Sonlo. También la urz negral da flor.—¿Morada?—Sí; parece de muertos... Son las más abundantes del país.—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!... ¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He visto una codorniz.—¡Quiá mujer!... Será un vencejo.—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra!—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes; por aquí escasean.Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre.Retornando a la aldea, aún preguntaMariflor:—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales?—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto, ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas...Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»; y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el camino a veces atravesado por el vuelo de un ave.—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—;éstos son mansos como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los alares...Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de angustia y desconsuelo.Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte.

VIILAS SIERVAS DE LA GLEBAEL «crucero» es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro calles, anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada, corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta.Por allí pasaMariflortempranito en esta mañana azul y blanca del mes de Abril: va la moza vestida con el mismo traje vistoso con que llegó a Valdecruces hace pocas semanas; pero no es tan fino su calzado como aquel que traía, ni es tan lindo el pañuelo de su talle.Camina muy diligente al lado de la abuela, que disimula sus «tres veintes» y diez años más—como ella dice—siguiendo con tesón el paso firme y ligero de la niña.Al tomar ambas una de las cuatro calles, en el cruce,un zagal se aparece por la otra, silbando, con la cabeza gacha y el andar perezoso.—EsRosicler, abuelita—advierte la muchacha.Levanta la voz y acorta el paso la vieja para decirle:—Dios te guarde.—Felices, tía Dolores y la compaña—contesta el mozalbete—. Y se para en seco, turbado y rojo, con visibles afanes de añadir al saludo alguna cosa.Es un maragato que contará hasta diecisiete primaveras, cenceño, de regular estatura, ojos garzos, tez soleada y boca infantil; tiene el genio cobarde, el humor alegre, la inteligencia calmosa y el corazón sano: le llamanRosiclerporque era desde niño risueño y galán.—Mucho se madruga—declara al cabo de sus vacilaciones, que hacen a la doncella sonreir.—Mucho no, que ya son las ocho—replica la anciana; y añade con afabilidad:—¿A dónde vas, hijo?... ¿Solas dejaste las ovejas?—Sí, señora; voy a pedirle al amo una razón... Pero torno allá de un pronto; si vais a las aradas os alcanzo en seguida.—Pues aguanta, rapaz, que a las aradas vamos.Un instante detuvo el pastor embelesados sus tranquilos ojos en Florinda, y luego echó a correr con tal celeridad que no tuvo tiempo de oir la jocunda carcajada de la moza. Puso la tía Dolores un dedo rígido sobre los labios en señal de silencio, y reprendió suavemente, algo escandalizada:—¡Niña, no te rías así!—Pero, abuela; ¿es la plaza un camposanto?... ¿No se puede reír en Valdecruces?—Tan recio no; ya te lo dije. Aquí no parece bien que las mujeres hagan ruido.—Pues lo que es los hombres no han de hacerlo... Como no seanRosicler, el señor cura, el sacristán, el enterrador, y tres o cuatro carcamales...—Sí; ya no quedamos en el lugar más que los viejos, las mujeres y la rapacería—suspiró tía Dolores.Se extinguió la calle entre las sebes de algunos huertos mustios, y el camino, abriéndose de pronto a un horizonte vasto, mostró las pardas tierras movidas por labores recientes, abiertas y solitarias, con el cuajarón sangriento de algunas amapolas temblando entre las glebas; un viento blando y dulce besaba la llanura en silenciosa paz.Caminaron buen trecho las dos mujeres cuando las dió alcanceRosicler, a paso veloz, con la gorra en la mano y encendido el semblante.—Tardó en despacharme el tío Cristóbal—murmuró—; estaba durmiendo.—Estaría; que ya los años le pesan mucho: entró en los noventa y seis—dijo la abuelita, irguiéndose con arrestos juveniles ante la evocación venerable de tantos años vivos.Ella y el zagal siguieron hablando con mucha parsimonia, doctos y humildes frente al eterno problema de su vida ruda.—Era sobre el sirle mi recado, ¿sabe?—explicóRosicler—. Tengo que levantar las cancillas y hube de preguntarle al tío Cristóbal hacia dónde correría el redil.—Y de «allá», ¿tuviste carta?—Ni carta ni señales... Mi hermano me había prometido que en el mes de San Pedro, al finar el ajuste, estaría todo a punto para embarcarme yo.—Aún falta tiempo.—Pero ya van cuatro meses que no escribe.—Yo también espero noticias... ¡Siempre esperando!—Del señor Martín, ¿verdad?—De los dos hijos que me quedan... Isidoro no está bien de salud—se condolió la anciana.—Ahora mi padre le cuidará—dijo Florinda.—¡Tu padre iba tan triste!La muchacha bajó la cabeza, murmurando:—Pero es muy animoso...Un gran silencio corría por la tierra; a naciente fulguraba el sol, enrubesciendo el horizonte, y en una lejanía remota alzábase la silueta del Teleno, pálida y confusa, como errante jirón de niebla o nube. De aquel lado venían al término de Valdecruces las tempestades asoladoras, las fatídicastruenasdel estío. Hacia allí miró Florinda cuando levantó la frente, mientras su abuela se llevaba a los ojos la punta del delantal, y decíaRosicler:—Hoy posa en Vigo «el barco»... Quizabes tengamos carta.Habíase estrechado la ruta, acosada por los arados terrones; sendas leves penetraban con misterio en el llano, fugitivas y embozadas, sin vegetación ni perfumes. De tarde en tarde algunos matojos descoloridos ofrecían un tropiezo en la vereda, erizados y adustos, como si se avergonzasen de la luz vernal.Llegaron los tres caminantes a la orilla donde una mujer jadeaba, aguijando, intrépida, su yunta.—Dios te ayude—le dijeron al uso del país.Y ella, de igual modo, respondió:—Bien venidos.—¿Son de usted las vacas, tía Dolores?—preguntó el muchacho.—Y tuyas.—¡Buenas yugadas rendirán!... ¡Miren que la silga!... No hay mejor pareja en Valdecruces.—Háylas, hombre, que el tío Cristóbal las tiene muy llocidas.—Pero no tanto—halagó el pastorcillo, fervoroso.Y sus devotas frases se posaban enMariflorcon ingenua candidez.Ella, agradecida y sonriente, le interrogó:—¿De modo que tú también te quieres embarcar?—También. Considere que de pastor se gana poco.—Pero, ¿le dices de usted?—intervino la tía Dolores—. ¡Si tu abuelo y el suyo eran hermanos!—¡Como no la tengo tratada!...—¿Eso qué importa?—pronunció la niña—. Ya ves que yo te hablo con franqueza de parientes. Conque dime, ¿cuánto ganas?—Un duro al año por cada doce ovejas, la comida y alguna ropa.—¿Y el rebaño es grande?—Hogaño es más chico.—¿Dónde le tienes?—Vélo va.Y el pastor señalaba en el paisaje, raso, un punto quimérico para Florinda.—Yo no distingo más que cielo y tierra—murmuró la moza, entornando los ojos y haciéndose una pantalla con la mano.—Vélo... vélo ende—insistíaRosicler, lanzado a su dialecto por la propia fuerza y concisión de las palabras regionales—. Y con el brazo tendido hacia el lugar solano del horizonte, trazaba un ademán amplio y seguro, cobijador, que parecía descubrir a cada res, guardarla y bendecirla.—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya, ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira,Rosicler.—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa.—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la llanura?Siguió riendoRosiclerante la sorpresa de la moza y su ignorancia en materia de lechos pastoriles. Y como lamujer de la yunta había suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles, tomabaMariflorpor un lecho flotante y prodigioso.—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los vientos.Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos.Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos, llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria de esta mujer.Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco, insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor.—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida.—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza.Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y enfrascada en su labor.—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una vuelta; luego tú echas las tornas.—¡Pero, abuelita!—protestaMariflorsuavemente—. Y ya la abuela, avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual:—¡Tuis... tuis!Los animales obedecen mansos, y la maragata hunde la «tiva» en el surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia», avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan.Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener?—Cuarenta y cinco lo menos, piensaMariflor, examinándola de reojo. Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir, complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como un rayo de luz toda la cara.—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida. YRosicler, cándido y simple, por decir algo, le pregunta:—¿Tú no sabes arar?—No—contesta prontamente la muchacha.—Ya irás aprendiendo; es muy fácil.—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose,como si las palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade.Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla con cualquiera interesante noticia, sale diciendo:—Ya llegaron mis ovejas a los alcores.De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón.Pero tanto señalaRosiclery con tal exactitud «allí á man riesga del aprisco, una riba que asoma en ras del término», queMariflorencuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al borde del cielo azul.—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor.—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones.Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco sigue terciando con mucho brío. Y cuandoMariflorlo advierte y la llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el cuerpo encorvado.—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian allí también, y quiere dar un vistazo.—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera.—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco.—En cuanto vengan cuatro días estenos.—Justamente.—Creí que tenía en fuelga aquella hanegada—diceRosicler.—No; antaño estuvo.Se despiden la vieja y la moza, en tanto que el zagal y Felipa, al borde de «la arada», murmuran a dúo:—Condiós...—Condiós...Y al catar el sendero, con rumbo a Ñanazales, Florinda, muy curiosa, averigua:—¿Cuántos años tiene esa mujer, abuela?Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo, responde la anciana:—Habrá entrado ahora en veintitrés.—¡Es posible!—¿Qué te asusta?—¡Si parece mucho mayor!—Ya tuvo dos críos.—¿Luego está casada?—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí.—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres!—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar.A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha candidez:—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron?—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no, de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo!Mariflorextiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha, lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de unmundo fenecido o de un planeta huérfano de la humanidad.—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las esclavas y de los emigrantes!...La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre.Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un honrado título, corona de aprovechada mocedad.Todo lo que sabeMariflory aun mucho que adivina, que presiente y que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay! trémulo y ansioso.—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela.—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos parajes, tan solos y tan yermos.—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas queves, quedan de aramio para el año que viene; no todo es erial.—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo.—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y no se puede sembrar hasta que descanse.—Sonce, ¿significa malo?—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla.—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley.—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país!Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo al punto sus palabras, dice muy cariñosa:—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al otro lado del pueblo ya está madurando la mies.—¿De trigo?—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da.—¿Y nunca tenéis pan blanco?—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo moreno.—A mí también—se apresuró a decir, sumisa,Mariflor.La abuelita ponderó entonces jactanciosa:—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de trigo.No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los terrones, los añojales y las «aradas», vióMarifloroscurecerse la tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos solitarios y activos.—¿Qué hacen, abuela?—preguntó.—Terciar: es la última labor, por ahora.—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas cuitadas?—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería por no valer, por no servir más que para labores animales. Los maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas de más provecho.—Y las maragatas, ¿por qué no?—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos? ¿Quién, entonces, trabajaba las tierras?La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales, impasibles, confundidas con la tierra cruel...—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar.—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida.—Una que tú no conoces: está para parir.—¿Y trabaja?—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas.Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole aMariflor:—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a ver la traza del terreno.Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida, amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer esperaba, limpiando la reja con el gavilán.Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios, y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda su garganta,carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo.No sabeMariflorpor qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso, removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y generoso!...Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa, bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora.Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el ímpetu misterioso de la rebelde cuita, queMariflorcruza sus manos en actitud devota de plegaria.—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos, como a las olas bravas de los mares...Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas dehierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino.A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras dulces, que en augusto libro se aprendieron:Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos...Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto.Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene:—¿Adónde vas, rapaza?—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la reciente borrasca de su espíritu.Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste.—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante.—¿Cuála?—Esa que está terciando para ti.—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba!—Que si gana mucho jornal—pregunta la muchacha algo confusa, sin atreverse a decir todo lo que se le ocurre.—Gana abondo: tres riales y mantenida.—Y «abondo», es mucho... ¡Dios mío!—lamenta la niña con terror en lo profundo de su alma.Acércase distraídamente hacia los brezos, mientras inquiere la abuela con un poco de desdén:—¿Te gustan las albaronas?—Son éstas, ¿no?—Sonlo. También la urz negral da flor.—¿Morada?—Sí; parece de muertos... Son las más abundantes del país.—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!... ¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He visto una codorniz.—¡Quiá mujer!... Será un vencejo.—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra!—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes; por aquí escasean.Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre.Retornando a la aldea, aún preguntaMariflor:—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales?—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto, ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas...Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»; y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el camino a veces atravesado por el vuelo de un ave.—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—;éstos son mansos como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los alares...Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de angustia y desconsuelo.Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte.

EL «crucero» es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro calles, anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada, corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta.

Por allí pasaMariflortempranito en esta mañana azul y blanca del mes de Abril: va la moza vestida con el mismo traje vistoso con que llegó a Valdecruces hace pocas semanas; pero no es tan fino su calzado como aquel que traía, ni es tan lindo el pañuelo de su talle.

Camina muy diligente al lado de la abuela, que disimula sus «tres veintes» y diez años más—como ella dice—siguiendo con tesón el paso firme y ligero de la niña.

Al tomar ambas una de las cuatro calles, en el cruce,un zagal se aparece por la otra, silbando, con la cabeza gacha y el andar perezoso.

—EsRosicler, abuelita—advierte la muchacha.

Levanta la voz y acorta el paso la vieja para decirle:

—Dios te guarde.

—Felices, tía Dolores y la compaña—contesta el mozalbete—. Y se para en seco, turbado y rojo, con visibles afanes de añadir al saludo alguna cosa.

Es un maragato que contará hasta diecisiete primaveras, cenceño, de regular estatura, ojos garzos, tez soleada y boca infantil; tiene el genio cobarde, el humor alegre, la inteligencia calmosa y el corazón sano: le llamanRosiclerporque era desde niño risueño y galán.

—Mucho se madruga—declara al cabo de sus vacilaciones, que hacen a la doncella sonreir.

—Mucho no, que ya son las ocho—replica la anciana; y añade con afabilidad:—¿A dónde vas, hijo?... ¿Solas dejaste las ovejas?

—Sí, señora; voy a pedirle al amo una razón... Pero torno allá de un pronto; si vais a las aradas os alcanzo en seguida.

—Pues aguanta, rapaz, que a las aradas vamos.

Un instante detuvo el pastor embelesados sus tranquilos ojos en Florinda, y luego echó a correr con tal celeridad que no tuvo tiempo de oir la jocunda carcajada de la moza. Puso la tía Dolores un dedo rígido sobre los labios en señal de silencio, y reprendió suavemente, algo escandalizada:

—¡Niña, no te rías así!

—Pero, abuela; ¿es la plaza un camposanto?... ¿No se puede reír en Valdecruces?

—Tan recio no; ya te lo dije. Aquí no parece bien que las mujeres hagan ruido.

—Pues lo que es los hombres no han de hacerlo... Como no seanRosicler, el señor cura, el sacristán, el enterrador, y tres o cuatro carcamales...

—Sí; ya no quedamos en el lugar más que los viejos, las mujeres y la rapacería—suspiró tía Dolores.

Se extinguió la calle entre las sebes de algunos huertos mustios, y el camino, abriéndose de pronto a un horizonte vasto, mostró las pardas tierras movidas por labores recientes, abiertas y solitarias, con el cuajarón sangriento de algunas amapolas temblando entre las glebas; un viento blando y dulce besaba la llanura en silenciosa paz.

Caminaron buen trecho las dos mujeres cuando las dió alcanceRosicler, a paso veloz, con la gorra en la mano y encendido el semblante.

—Tardó en despacharme el tío Cristóbal—murmuró—; estaba durmiendo.

—Estaría; que ya los años le pesan mucho: entró en los noventa y seis—dijo la abuelita, irguiéndose con arrestos juveniles ante la evocación venerable de tantos años vivos.

Ella y el zagal siguieron hablando con mucha parsimonia, doctos y humildes frente al eterno problema de su vida ruda.

—Era sobre el sirle mi recado, ¿sabe?—explicóRosicler—. Tengo que levantar las cancillas y hube de preguntarle al tío Cristóbal hacia dónde correría el redil.

—Y de «allá», ¿tuviste carta?

—Ni carta ni señales... Mi hermano me había prometido que en el mes de San Pedro, al finar el ajuste, estaría todo a punto para embarcarme yo.

—Aún falta tiempo.

—Pero ya van cuatro meses que no escribe.

—Yo también espero noticias... ¡Siempre esperando!

—Del señor Martín, ¿verdad?

—De los dos hijos que me quedan... Isidoro no está bien de salud—se condolió la anciana.

—Ahora mi padre le cuidará—dijo Florinda.

—¡Tu padre iba tan triste!

La muchacha bajó la cabeza, murmurando:

—Pero es muy animoso...

Un gran silencio corría por la tierra; a naciente fulguraba el sol, enrubesciendo el horizonte, y en una lejanía remota alzábase la silueta del Teleno, pálida y confusa, como errante jirón de niebla o nube. De aquel lado venían al término de Valdecruces las tempestades asoladoras, las fatídicastruenasdel estío. Hacia allí miró Florinda cuando levantó la frente, mientras su abuela se llevaba a los ojos la punta del delantal, y decíaRosicler:

—Hoy posa en Vigo «el barco»... Quizabes tengamos carta.

Habíase estrechado la ruta, acosada por los arados terrones; sendas leves penetraban con misterio en el llano, fugitivas y embozadas, sin vegetación ni perfumes. De tarde en tarde algunos matojos descoloridos ofrecían un tropiezo en la vereda, erizados y adustos, como si se avergonzasen de la luz vernal.

Llegaron los tres caminantes a la orilla donde una mujer jadeaba, aguijando, intrépida, su yunta.

—Dios te ayude—le dijeron al uso del país.

Y ella, de igual modo, respondió:

—Bien venidos.

—¿Son de usted las vacas, tía Dolores?—preguntó el muchacho.

—Y tuyas.

—¡Buenas yugadas rendirán!... ¡Miren que la silga!... No hay mejor pareja en Valdecruces.

—Háylas, hombre, que el tío Cristóbal las tiene muy llocidas.

—Pero no tanto—halagó el pastorcillo, fervoroso.

Y sus devotas frases se posaban enMariflorcon ingenua candidez.

Ella, agradecida y sonriente, le interrogó:

—¿De modo que tú también te quieres embarcar?

—También. Considere que de pastor se gana poco.

—Pero, ¿le dices de usted?—intervino la tía Dolores—. ¡Si tu abuelo y el suyo eran hermanos!

—¡Como no la tengo tratada!...

—¿Eso qué importa?—pronunció la niña—. Ya ves que yo te hablo con franqueza de parientes. Conque dime, ¿cuánto ganas?

—Un duro al año por cada doce ovejas, la comida y alguna ropa.

—¿Y el rebaño es grande?

—Hogaño es más chico.

—¿Dónde le tienes?

—Vélo va.

Y el pastor señalaba en el paisaje, raso, un punto quimérico para Florinda.

—Yo no distingo más que cielo y tierra—murmuró la moza, entornando los ojos y haciéndose una pantalla con la mano.

—Vélo... vélo ende—insistíaRosicler, lanzado a su dialecto por la propia fuerza y concisión de las palabras regionales—. Y con el brazo tendido hacia el lugar solano del horizonte, trazaba un ademán amplio y seguro, cobijador, que parecía descubrir a cada res, guardarla y bendecirla.

—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya, ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira,Rosicler.

—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa.

—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la llanura?

Siguió riendoRosiclerante la sorpresa de la moza y su ignorancia en materia de lechos pastoriles. Y como lamujer de la yunta había suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles, tomabaMariflorpor un lecho flotante y prodigioso.

—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los vientos.

Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos.

Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos, llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria de esta mujer.

Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco, insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor.

—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida.

—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza.

Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y enfrascada en su labor.

—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una vuelta; luego tú echas las tornas.

—¡Pero, abuelita!—protestaMariflorsuavemente—. Y ya la abuela, avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual:

—¡Tuis... tuis!

Los animales obedecen mansos, y la maragata hunde la «tiva» en el surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia», avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan.

Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener?

—Cuarenta y cinco lo menos, piensaMariflor, examinándola de reojo. Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir, complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como un rayo de luz toda la cara.

—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida. YRosicler, cándido y simple, por decir algo, le pregunta:

—¿Tú no sabes arar?

—No—contesta prontamente la muchacha.

—Ya irás aprendiendo; es muy fácil.

—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose,como si las palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade.

Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla con cualquiera interesante noticia, sale diciendo:

—Ya llegaron mis ovejas a los alcores.

De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón.

Pero tanto señalaRosiclery con tal exactitud «allí á man riesga del aprisco, una riba que asoma en ras del término», queMariflorencuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al borde del cielo azul.

—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor.

—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones.

Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco sigue terciando con mucho brío. Y cuandoMariflorlo advierte y la llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el cuerpo encorvado.

—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian allí también, y quiere dar un vistazo.

—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera.

—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco.

—En cuanto vengan cuatro días estenos.

—Justamente.

—Creí que tenía en fuelga aquella hanegada—diceRosicler.

—No; antaño estuvo.

Se despiden la vieja y la moza, en tanto que el zagal y Felipa, al borde de «la arada», murmuran a dúo:

—Condiós...

—Condiós...

Y al catar el sendero, con rumbo a Ñanazales, Florinda, muy curiosa, averigua:

—¿Cuántos años tiene esa mujer, abuela?

Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo, responde la anciana:

—Habrá entrado ahora en veintitrés.

—¡Es posible!

—¿Qué te asusta?

—¡Si parece mucho mayor!

—Ya tuvo dos críos.

—¿Luego está casada?

—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí.

—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres!

—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar.

A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha candidez:

—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron?

—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no, de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo!

Mariflorextiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha, lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de unmundo fenecido o de un planeta huérfano de la humanidad.

—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las esclavas y de los emigrantes!...

La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre.

Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un honrado título, corona de aprovechada mocedad.

Todo lo que sabeMariflory aun mucho que adivina, que presiente y que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay! trémulo y ansioso.

—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela.

—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos parajes, tan solos y tan yermos.

—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas queves, quedan de aramio para el año que viene; no todo es erial.

—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo.

—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y no se puede sembrar hasta que descanse.

—Sonce, ¿significa malo?

—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla.

—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley.

—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país!

Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo al punto sus palabras, dice muy cariñosa:

—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al otro lado del pueblo ya está madurando la mies.

—¿De trigo?

—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da.

—¿Y nunca tenéis pan blanco?

—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo moreno.

—A mí también—se apresuró a decir, sumisa,Mariflor.

La abuelita ponderó entonces jactanciosa:

—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de trigo.

No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los terrones, los añojales y las «aradas», vióMarifloroscurecerse la tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos solitarios y activos.

—¿Qué hacen, abuela?—preguntó.

—Terciar: es la última labor, por ahora.

—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas cuitadas?

—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería por no valer, por no servir más que para labores animales. Los maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas de más provecho.

—Y las maragatas, ¿por qué no?

—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos? ¿Quién, entonces, trabajaba las tierras?

La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales, impasibles, confundidas con la tierra cruel...

—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar.

—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida.

—Una que tú no conoces: está para parir.

—¿Y trabaja?

—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas.

Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole aMariflor:

—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a ver la traza del terreno.

Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida, amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer esperaba, limpiando la reja con el gavilán.

Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios, y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda su garganta,carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo.

No sabeMariflorpor qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso, removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y generoso!...

Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa, bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora.

Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el ímpetu misterioso de la rebelde cuita, queMariflorcruza sus manos en actitud devota de plegaria.

—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos, como a las olas bravas de los mares...

Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas dehierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino.

A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras dulces, que en augusto libro se aprendieron:

Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos...

Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto.

Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene:

—¿Adónde vas, rapaza?

—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la reciente borrasca de su espíritu.

Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste.

—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante.

—¿Cuála?

—Esa que está terciando para ti.

—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba!

—Que si gana mucho jornal—pregunta la muchacha algo confusa, sin atreverse a decir todo lo que se le ocurre.

—Gana abondo: tres riales y mantenida.

—Y «abondo», es mucho... ¡Dios mío!—lamenta la niña con terror en lo profundo de su alma.

Acércase distraídamente hacia los brezos, mientras inquiere la abuela con un poco de desdén:

—¿Te gustan las albaronas?

—Son éstas, ¿no?

—Sonlo. También la urz negral da flor.

—¿Morada?

—Sí; parece de muertos... Son las más abundantes del país.

—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!... ¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He visto una codorniz.

—¡Quiá mujer!... Será un vencejo.

—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra!

—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes; por aquí escasean.

Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre.

Retornando a la aldea, aún preguntaMariflor:

—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales?

—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto, ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas...

Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»; y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el camino a veces atravesado por el vuelo de un ave.

—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—;éstos son mansos como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los alares...

Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de angustia y desconsuelo.

Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte.


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