XIIISOL DE JUSTICIA

XIIISOL DE JUSTICIAUN día y otro posaba el sol adurente sobre la llanura.Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar, aprovechando el agua de los fugitivos arroyos.Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios para «apresar y correr el agua».Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres se dirigían; y ya estasúnicas parcelas estaban hipotecadas al tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las «hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad.Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca envidiable, señora de la mies.No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes, con tenacidad interrogadora.A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes cierta inquietud mezclada de repulsión.Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de sus vecinas o elde sus mismas hermanas, aunque las prendas de los antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo. Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de quien era pariente.No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas.Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo con las voracidades torvas del instinto.Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño.Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador.Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y corriendo el anhelado camino para el agua.—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo profundo de sus labios.Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente:—Bien venido.Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un árbol caduco.Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser.Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo.El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes, porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los audaces brazos femeninos.—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en murmullo remoto...Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con fuerza en el bastón.Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien él temía casado conMariflor, pero a quien nunca supuso capaz de favorecer a la familia con desinteresados fines.De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de la abuela. Entonces,¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la sombra perseguidos!Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se podía tender hacia la sitiada hacienda.No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores, que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del abuelo Juan.Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores.Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente.Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre, crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una tragedia, sobre la glauca alegría del centeno.—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce.—A trabajar—respondió la anciana llena de bríos.Hizo Ramona un gesto desdeñoso, y Olalla suspiró jadeante.Alzábase la moza a menudo para medir con los ojos la distancia a cuyo borde modulaba el arroyuelo su promesa;no era mucha, alcanzada con la vista: veinte metros escasos. Mas era enorme para hendirla con el azadón, honda hasta nivelar la altura del terreno con el declive donde el regajal corría. Y la carne joven, nueva en aquella bárbara lid, temblaba hecha un ovillo, sudorosa y encendida bajo el implacable sol.En cuanto llegó la abuela a meter sus afanosos brazos en la zanja, Ramona la dejó arañar el escondido seno de la tierra, menos duro que la capa exterior, y subió infatigable a romper el camino en los abrojos, sobre el campo de barbecho, mustio y ardiente.Rígida la corteza del erial, defendíase con sordas rebeliones del empuje bravo de la azada. Un hiposo jadeo, semejante a un bramido por lo amargo, resoplaba en el pecho de la cavadora, y la tierra devolvía en retumbos persistentes los desesperados golpes, escupiendo su polvo de cadáver a la roja cara de la mujer.Mira la joven con espanto cómo su madre rompe al fin la brecha sin hacer una pausa ni pronunciar una frase, como poseída de un vértigo brutal. Da y repite azadazos lo mismo que una furia, con sacudidas violentas de todo su cuerpo: parece que le crujen los riñones y se le saltan los ojos; parece que llora a raudales según tiene la faz mojada de sudor.También la anciana contempla absorta el tremendo poderío de una triste juventud, escondida en la sangre y en la voluntad bajo las injurias de vientos y de soles, de lágrimas y trabajos.Pero al tío Cristóbal no se le da un ardite en aquel imponente pugilato de la carne heroica y viva con la tierra muerta y dura.Impaciente hasta la indignación por la intempestiva llegada de la tía Dolores, por el silencio hostil de las tres mujeres y el eco retumbante de la cava, se revuelve el avaricioso con la doble ansiedad de la vejez que tiembla impotente por cada minuto perdido para sus deseos.—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia, al cabo, después de toser y de escupir.Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por la sorpresa.—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores.Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial.—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante.Ya la abuela va entendiendo un poco:—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren; el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada como una salvación por la familia?—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda, permanece entregada al trabajo con frenesí.—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera exasperado el tío Cristóbal.—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad de su juicio calmoso, y responde:—De lo que usté pregunta... no sabemos nada.—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene ese barbilindo?—Por don Miguel.—¡Mentira!Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo, y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o revienten.Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua paraseguir en actitud de bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el duro rebujal.Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal.Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la tierra, bajo la azada prepotente.Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se angustia visiblemente en el esfuerzo.De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre dientes:—¡Aguanta, niña!Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera, odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite.Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias, confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo de la conversación.—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también son buenos maridos...Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses tornó a decir:—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí; más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo dinero...Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un ave, y dice aún el tío Cristóbal:—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene por allí?En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con una cestilla colgada del brazo.—Ya es medio día—dice al llegar.Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse descubrir.—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero?—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto.—¡Ah, no eres tú!Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo mismo que un demente.De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente.Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar deagua nueva el cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa murmuradora.—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla.Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla.—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean, mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al borde de la zanja.—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela.—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casaMariflor...—¿Y le habéis dicho?:..—¡Qué sabemos nosotras!Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto. Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio taciturno de las almas.Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al arroyo.Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso el viejo la suya de color de ceniza.Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía. Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas.Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la boca pegada al suelo.Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente:—Dejadle que duerma.—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla.Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con solicitud sobre el ancho sombrero del maragato.Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de la niña, preguntó de pronto:—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer?—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas, rachó leña y llevó los «curros» al agua.—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén.A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos.Las mozas habían palidecido.—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde.Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos y la respiración difícil.Quedaron aterradas las mujeres.—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en tanto que la nuera pedía con demudado semblante:—¡Agua, agua!Inclinó Marinela el cántaro tendido.—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre la congestionada faz.Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero antes de decir:—¡Ah, no eres tú!Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal; las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo: seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo.—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose.—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el final.No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso, cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida, la inerte cabezasaltó desde las manos de Ramona rebotando en el polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el erial.—¿Murió?—dijo despavorida Olalla.Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos.—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió resoluta:—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre.—¿A quién?—A la familia; ellos avisarán a la Justicia.Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa, movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho».—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el trabajo y la caridad.—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto.—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz...—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento brusco de Ramona.Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el seto vivo de los tallos.Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol, impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con los codos el follaje, y el rumor de las hojassacudidas le causaba indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga al través del centenal.Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásicocuartico, la pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos, forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa de la tía Dolores han llamadoestradínpor excepción.Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó por decir:—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales.—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?...Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie.—Vengo de allá; le vide.—Pero, ¿qué le dió?—La muerte repentina.—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí?—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de la Urz.—¿Asurcana de la nuestra Gobia?—¡Velaí!Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga.—Pues yo le estaba esperando para comer.—¿Y no comiste?—Nada.Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj que se mecía en su caja de roble, señoreando elcuartico.Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el aposento.—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?...—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca: echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco.—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente.—Pues cuenta que derecho fué a la mies. Allí dió en preguntar con quién se casaba mi prima.—¡Andanda!—Estaría algo chocho... ¡tantos años!—Y la boda ¿es con ese extranjero?Pasó un fulgor oscuro por las turquesadas pupilas de Marinela.—No sé—balbució, para añadir a poco:—Pero, digo yo que sí.—Es galán y bien apersonado—musitó en éxtasis Facunda...—¿Tienes hambre?—preguntó de repente, viendo a su amiga, blanca lo mismo que la cal, en demudación terrible.—No—dijo la otra con la cabeza.—Pues ¿qué tienes entonces?... ¡Estás priadica!La interrogada sacudió los párpados violentamente para ahuyentar la nube de su lloro, y pudo con esfuerzo tristísimo decir:—Me pasmó el difunto, ¿sabes?—¡Ah, ya!... Quedaríase muy feo; ¡sin las armas de Dios!—Mi madre le rezó el señor mío.—¿Están al riego entodavía?—Hasta la noche. La barbechera cae más alta que el regato, y es menester cavar mucho.—¿Quién os ayuda?—¡Nadie!Al evocar el desamparo de su pobreza con la triste palabra negativa, por la mente de la joven pasó el reflejo seductor de los caudales del tío Cristóbal.—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores.Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente:—Voy a comer...Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura.Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente el inventario delcuartico. Y, de pronto, la hizo estremecer una anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y sin aire, como una mortaja.—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con solemne tono.—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca.—¡Natural!—¿Quién lo dijo?—Mi madre.—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez.—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento.—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si tuviese que realizar una hazaña insuperable.—Manda aRosicler.—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo...—Pues a tu hermano...—Anda a la escuela...Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de aquella grave dificultad.Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la anguarina parda.—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como si alguien durmiese.Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía:—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre.—¡Eso!Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro.Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas, apresurada y vacilante.—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa inspiración—podías contarle a don Miguel...—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente.—¿Por qué, criatura?—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le rezó al oído, como un eco de su primera entrevista:—¡Salve, maragata!Un grito y un sollozo contestaron a la oración devotadel poeta... Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas.—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú, como a una niña.Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces.—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?... ¿Por qué sufres?Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado ensueño de su alma, y al punto quiso huir.—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar.—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya no supiese decir otra cosa.Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua.—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta.Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala.Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido, deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y bárbara crudeza, con alarde infantil.Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle. No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en el llanto de aquella joven.Mariflorle había dicho que su prima gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica, más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el romance de laMusaentre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los versos de la farandulera.También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores, que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto en la enfermedad complicada de la niña.Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas.

XIIISOL DE JUSTICIAUN día y otro posaba el sol adurente sobre la llanura.Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar, aprovechando el agua de los fugitivos arroyos.Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios para «apresar y correr el agua».Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres se dirigían; y ya estasúnicas parcelas estaban hipotecadas al tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las «hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad.Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca envidiable, señora de la mies.No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes, con tenacidad interrogadora.A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes cierta inquietud mezclada de repulsión.Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de sus vecinas o elde sus mismas hermanas, aunque las prendas de los antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo. Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de quien era pariente.No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas.Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo con las voracidades torvas del instinto.Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño.Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador.Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y corriendo el anhelado camino para el agua.—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo profundo de sus labios.Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente:—Bien venido.Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un árbol caduco.Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser.Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo.El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes, porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los audaces brazos femeninos.—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en murmullo remoto...Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con fuerza en el bastón.Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien él temía casado conMariflor, pero a quien nunca supuso capaz de favorecer a la familia con desinteresados fines.De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de la abuela. Entonces,¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la sombra perseguidos!Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se podía tender hacia la sitiada hacienda.No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores, que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del abuelo Juan.Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores.Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente.Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre, crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una tragedia, sobre la glauca alegría del centeno.—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce.—A trabajar—respondió la anciana llena de bríos.Hizo Ramona un gesto desdeñoso, y Olalla suspiró jadeante.Alzábase la moza a menudo para medir con los ojos la distancia a cuyo borde modulaba el arroyuelo su promesa;no era mucha, alcanzada con la vista: veinte metros escasos. Mas era enorme para hendirla con el azadón, honda hasta nivelar la altura del terreno con el declive donde el regajal corría. Y la carne joven, nueva en aquella bárbara lid, temblaba hecha un ovillo, sudorosa y encendida bajo el implacable sol.En cuanto llegó la abuela a meter sus afanosos brazos en la zanja, Ramona la dejó arañar el escondido seno de la tierra, menos duro que la capa exterior, y subió infatigable a romper el camino en los abrojos, sobre el campo de barbecho, mustio y ardiente.Rígida la corteza del erial, defendíase con sordas rebeliones del empuje bravo de la azada. Un hiposo jadeo, semejante a un bramido por lo amargo, resoplaba en el pecho de la cavadora, y la tierra devolvía en retumbos persistentes los desesperados golpes, escupiendo su polvo de cadáver a la roja cara de la mujer.Mira la joven con espanto cómo su madre rompe al fin la brecha sin hacer una pausa ni pronunciar una frase, como poseída de un vértigo brutal. Da y repite azadazos lo mismo que una furia, con sacudidas violentas de todo su cuerpo: parece que le crujen los riñones y se le saltan los ojos; parece que llora a raudales según tiene la faz mojada de sudor.También la anciana contempla absorta el tremendo poderío de una triste juventud, escondida en la sangre y en la voluntad bajo las injurias de vientos y de soles, de lágrimas y trabajos.Pero al tío Cristóbal no se le da un ardite en aquel imponente pugilato de la carne heroica y viva con la tierra muerta y dura.Impaciente hasta la indignación por la intempestiva llegada de la tía Dolores, por el silencio hostil de las tres mujeres y el eco retumbante de la cava, se revuelve el avaricioso con la doble ansiedad de la vejez que tiembla impotente por cada minuto perdido para sus deseos.—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia, al cabo, después de toser y de escupir.Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por la sorpresa.—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores.Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial.—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante.Ya la abuela va entendiendo un poco:—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren; el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada como una salvación por la familia?—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda, permanece entregada al trabajo con frenesí.—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera exasperado el tío Cristóbal.—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad de su juicio calmoso, y responde:—De lo que usté pregunta... no sabemos nada.—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene ese barbilindo?—Por don Miguel.—¡Mentira!Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo, y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o revienten.Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua paraseguir en actitud de bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el duro rebujal.Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal.Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la tierra, bajo la azada prepotente.Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se angustia visiblemente en el esfuerzo.De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre dientes:—¡Aguanta, niña!Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera, odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite.Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias, confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo de la conversación.—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también son buenos maridos...Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses tornó a decir:—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí; más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo dinero...Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un ave, y dice aún el tío Cristóbal:—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene por allí?En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con una cestilla colgada del brazo.—Ya es medio día—dice al llegar.Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse descubrir.—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero?—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto.—¡Ah, no eres tú!Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo mismo que un demente.De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente.Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar deagua nueva el cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa murmuradora.—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla.Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla.—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean, mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al borde de la zanja.—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela.—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casaMariflor...—¿Y le habéis dicho?:..—¡Qué sabemos nosotras!Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto. Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio taciturno de las almas.Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al arroyo.Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso el viejo la suya de color de ceniza.Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía. Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas.Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la boca pegada al suelo.Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente:—Dejadle que duerma.—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla.Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con solicitud sobre el ancho sombrero del maragato.Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de la niña, preguntó de pronto:—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer?—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas, rachó leña y llevó los «curros» al agua.—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén.A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos.Las mozas habían palidecido.—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde.Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos y la respiración difícil.Quedaron aterradas las mujeres.—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en tanto que la nuera pedía con demudado semblante:—¡Agua, agua!Inclinó Marinela el cántaro tendido.—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre la congestionada faz.Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero antes de decir:—¡Ah, no eres tú!Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal; las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo: seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo.—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose.—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el final.No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso, cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida, la inerte cabezasaltó desde las manos de Ramona rebotando en el polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el erial.—¿Murió?—dijo despavorida Olalla.Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos.—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió resoluta:—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre.—¿A quién?—A la familia; ellos avisarán a la Justicia.Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa, movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho».—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el trabajo y la caridad.—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto.—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz...—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento brusco de Ramona.Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el seto vivo de los tallos.Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol, impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con los codos el follaje, y el rumor de las hojassacudidas le causaba indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga al través del centenal.Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásicocuartico, la pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos, forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa de la tía Dolores han llamadoestradínpor excepción.Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó por decir:—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales.—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?...Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie.—Vengo de allá; le vide.—Pero, ¿qué le dió?—La muerte repentina.—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí?—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de la Urz.—¿Asurcana de la nuestra Gobia?—¡Velaí!Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga.—Pues yo le estaba esperando para comer.—¿Y no comiste?—Nada.Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj que se mecía en su caja de roble, señoreando elcuartico.Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el aposento.—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?...—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca: echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco.—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente.—Pues cuenta que derecho fué a la mies. Allí dió en preguntar con quién se casaba mi prima.—¡Andanda!—Estaría algo chocho... ¡tantos años!—Y la boda ¿es con ese extranjero?Pasó un fulgor oscuro por las turquesadas pupilas de Marinela.—No sé—balbució, para añadir a poco:—Pero, digo yo que sí.—Es galán y bien apersonado—musitó en éxtasis Facunda...—¿Tienes hambre?—preguntó de repente, viendo a su amiga, blanca lo mismo que la cal, en demudación terrible.—No—dijo la otra con la cabeza.—Pues ¿qué tienes entonces?... ¡Estás priadica!La interrogada sacudió los párpados violentamente para ahuyentar la nube de su lloro, y pudo con esfuerzo tristísimo decir:—Me pasmó el difunto, ¿sabes?—¡Ah, ya!... Quedaríase muy feo; ¡sin las armas de Dios!—Mi madre le rezó el señor mío.—¿Están al riego entodavía?—Hasta la noche. La barbechera cae más alta que el regato, y es menester cavar mucho.—¿Quién os ayuda?—¡Nadie!Al evocar el desamparo de su pobreza con la triste palabra negativa, por la mente de la joven pasó el reflejo seductor de los caudales del tío Cristóbal.—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores.Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente:—Voy a comer...Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura.Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente el inventario delcuartico. Y, de pronto, la hizo estremecer una anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y sin aire, como una mortaja.—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con solemne tono.—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca.—¡Natural!—¿Quién lo dijo?—Mi madre.—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez.—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento.—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si tuviese que realizar una hazaña insuperable.—Manda aRosicler.—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo...—Pues a tu hermano...—Anda a la escuela...Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de aquella grave dificultad.Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la anguarina parda.—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como si alguien durmiese.Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía:—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre.—¡Eso!Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro.Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas, apresurada y vacilante.—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa inspiración—podías contarle a don Miguel...—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente.—¿Por qué, criatura?—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le rezó al oído, como un eco de su primera entrevista:—¡Salve, maragata!Un grito y un sollozo contestaron a la oración devotadel poeta... Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas.—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú, como a una niña.Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces.—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?... ¿Por qué sufres?Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado ensueño de su alma, y al punto quiso huir.—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar.—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya no supiese decir otra cosa.Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua.—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta.Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala.Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido, deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y bárbara crudeza, con alarde infantil.Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle. No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en el llanto de aquella joven.Mariflorle había dicho que su prima gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica, más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el romance de laMusaentre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los versos de la farandulera.También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores, que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto en la enfermedad complicada de la niña.Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas.

UN día y otro posaba el sol adurente sobre la llanura.

Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar, aprovechando el agua de los fugitivos arroyos.

Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios para «apresar y correr el agua».

Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres se dirigían; y ya estasúnicas parcelas estaban hipotecadas al tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las «hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad.

Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca envidiable, señora de la mies.

No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes, con tenacidad interrogadora.

A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes cierta inquietud mezclada de repulsión.

Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de sus vecinas o elde sus mismas hermanas, aunque las prendas de los antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo. Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de quien era pariente.

No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas.

Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo con las voracidades torvas del instinto.

Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño.

Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador.

Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y corriendo el anhelado camino para el agua.

—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo profundo de sus labios.

Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente:

—Bien venido.

Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un árbol caduco.

Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser.

Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo.

El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes, porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los audaces brazos femeninos.

—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en murmullo remoto...

Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con fuerza en el bastón.

Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien él temía casado conMariflor, pero a quien nunca supuso capaz de favorecer a la familia con desinteresados fines.

De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de la abuela. Entonces,¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la sombra perseguidos!

Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se podía tender hacia la sitiada hacienda.

No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores, que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del abuelo Juan.

Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores.

Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente.

Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre, crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una tragedia, sobre la glauca alegría del centeno.

—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce.

—A trabajar—respondió la anciana llena de bríos.

Hizo Ramona un gesto desdeñoso, y Olalla suspiró jadeante.

Alzábase la moza a menudo para medir con los ojos la distancia a cuyo borde modulaba el arroyuelo su promesa;no era mucha, alcanzada con la vista: veinte metros escasos. Mas era enorme para hendirla con el azadón, honda hasta nivelar la altura del terreno con el declive donde el regajal corría. Y la carne joven, nueva en aquella bárbara lid, temblaba hecha un ovillo, sudorosa y encendida bajo el implacable sol.

En cuanto llegó la abuela a meter sus afanosos brazos en la zanja, Ramona la dejó arañar el escondido seno de la tierra, menos duro que la capa exterior, y subió infatigable a romper el camino en los abrojos, sobre el campo de barbecho, mustio y ardiente.

Rígida la corteza del erial, defendíase con sordas rebeliones del empuje bravo de la azada. Un hiposo jadeo, semejante a un bramido por lo amargo, resoplaba en el pecho de la cavadora, y la tierra devolvía en retumbos persistentes los desesperados golpes, escupiendo su polvo de cadáver a la roja cara de la mujer.

Mira la joven con espanto cómo su madre rompe al fin la brecha sin hacer una pausa ni pronunciar una frase, como poseída de un vértigo brutal. Da y repite azadazos lo mismo que una furia, con sacudidas violentas de todo su cuerpo: parece que le crujen los riñones y se le saltan los ojos; parece que llora a raudales según tiene la faz mojada de sudor.

También la anciana contempla absorta el tremendo poderío de una triste juventud, escondida en la sangre y en la voluntad bajo las injurias de vientos y de soles, de lágrimas y trabajos.

Pero al tío Cristóbal no se le da un ardite en aquel imponente pugilato de la carne heroica y viva con la tierra muerta y dura.

Impaciente hasta la indignación por la intempestiva llegada de la tía Dolores, por el silencio hostil de las tres mujeres y el eco retumbante de la cava, se revuelve el avaricioso con la doble ansiedad de la vejez que tiembla impotente por cada minuto perdido para sus deseos.

—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia, al cabo, después de toser y de escupir.

Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por la sorpresa.

—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores.

Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial.

—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante.

Ya la abuela va entendiendo un poco:

—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren; el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada como una salvación por la familia?

—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda, permanece entregada al trabajo con frenesí.

—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera exasperado el tío Cristóbal.

—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad de su juicio calmoso, y responde:

—De lo que usté pregunta... no sabemos nada.

—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene ese barbilindo?

—Por don Miguel.

—¡Mentira!

Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo, y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o revienten.

Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua paraseguir en actitud de bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el duro rebujal.

Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal.

Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la tierra, bajo la azada prepotente.

Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se angustia visiblemente en el esfuerzo.

De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre dientes:

—¡Aguanta, niña!

Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera, odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite.

Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias, confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo de la conversación.

—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también son buenos maridos...

Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses tornó a decir:

—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí; más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo dinero...

Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un ave, y dice aún el tío Cristóbal:

—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene por allí?

En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con una cestilla colgada del brazo.

—Ya es medio día—dice al llegar.

Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse descubrir.

—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero?

—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto.

—¡Ah, no eres tú!

Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo mismo que un demente.

De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente.

Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar deagua nueva el cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa murmuradora.

—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla.

Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla.

—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean, mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al borde de la zanja.

—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela.

—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casaMariflor...

—¿Y le habéis dicho?:..

—¡Qué sabemos nosotras!

Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto. Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio taciturno de las almas.

Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al arroyo.

Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso el viejo la suya de color de ceniza.

Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía. Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas.

Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la boca pegada al suelo.

Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente:

—Dejadle que duerma.

—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla.

Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con solicitud sobre el ancho sombrero del maragato.

Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de la niña, preguntó de pronto:

—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer?

—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas, rachó leña y llevó los «curros» al agua.

—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén.

A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos.

Las mozas habían palidecido.

—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde.

Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos y la respiración difícil.

Quedaron aterradas las mujeres.

—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en tanto que la nuera pedía con demudado semblante:

—¡Agua, agua!

Inclinó Marinela el cántaro tendido.

—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre la congestionada faz.

Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero antes de decir:

—¡Ah, no eres tú!

Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal; las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo: seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo.

—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose.

—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el final.

No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso, cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida, la inerte cabezasaltó desde las manos de Ramona rebotando en el polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el erial.

—¿Murió?—dijo despavorida Olalla.

Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos.

—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió resoluta:

—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre.

—¿A quién?

—A la familia; ellos avisarán a la Justicia.

Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa, movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho».

—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el trabajo y la caridad.

—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto.

—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz...

—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento brusco de Ramona.

Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el seto vivo de los tallos.

Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol, impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con los codos el follaje, y el rumor de las hojassacudidas le causaba indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga al través del centenal.

Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásicocuartico, la pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos, forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa de la tía Dolores han llamadoestradínpor excepción.

Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó por decir:

—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales.

—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?...

Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie.

—Vengo de allá; le vide.

—Pero, ¿qué le dió?

—La muerte repentina.

—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí?

—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de la Urz.

—¿Asurcana de la nuestra Gobia?

—¡Velaí!

Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga.

—Pues yo le estaba esperando para comer.

—¿Y no comiste?

—Nada.

Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj que se mecía en su caja de roble, señoreando elcuartico.

Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el aposento.

—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?...

—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca: echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco.

—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente.

—Pues cuenta que derecho fué a la mies. Allí dió en preguntar con quién se casaba mi prima.

—¡Andanda!

—Estaría algo chocho... ¡tantos años!

—Y la boda ¿es con ese extranjero?

Pasó un fulgor oscuro por las turquesadas pupilas de Marinela.

—No sé—balbució, para añadir a poco:

—Pero, digo yo que sí.

—Es galán y bien apersonado—musitó en éxtasis Facunda...—¿Tienes hambre?—preguntó de repente, viendo a su amiga, blanca lo mismo que la cal, en demudación terrible.

—No—dijo la otra con la cabeza.

—Pues ¿qué tienes entonces?... ¡Estás priadica!

La interrogada sacudió los párpados violentamente para ahuyentar la nube de su lloro, y pudo con esfuerzo tristísimo decir:

—Me pasmó el difunto, ¿sabes?

—¡Ah, ya!... Quedaríase muy feo; ¡sin las armas de Dios!

—Mi madre le rezó el señor mío.

—¿Están al riego entodavía?

—Hasta la noche. La barbechera cae más alta que el regato, y es menester cavar mucho.

—¿Quién os ayuda?

—¡Nadie!

Al evocar el desamparo de su pobreza con la triste palabra negativa, por la mente de la joven pasó el reflejo seductor de los caudales del tío Cristóbal.

—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores.

Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente:

—Voy a comer...

Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura.

Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente el inventario delcuartico. Y, de pronto, la hizo estremecer una anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y sin aire, como una mortaja.

—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con solemne tono.

—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca.

—¡Natural!

—¿Quién lo dijo?

—Mi madre.

—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez.

—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento.

—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si tuviese que realizar una hazaña insuperable.

—Manda aRosicler.

—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo...

—Pues a tu hermano...

—Anda a la escuela...

Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de aquella grave dificultad.

Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la anguarina parda.

—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como si alguien durmiese.

Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía:

—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre.

—¡Eso!

Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro.

Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas, apresurada y vacilante.

—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa inspiración—podías contarle a don Miguel...

—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente.

—¿Por qué, criatura?

—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le rezó al oído, como un eco de su primera entrevista:

—¡Salve, maragata!

Un grito y un sollozo contestaron a la oración devotadel poeta... Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas.

—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú, como a una niña.

Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces.

—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?... ¿Por qué sufres?

Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado ensueño de su alma, y al punto quiso huir.

—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar.

—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya no supiese decir otra cosa.

Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua.

—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta.

Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala.

Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido, deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y bárbara crudeza, con alarde infantil.

Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle. No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en el llanto de aquella joven.Mariflorle había dicho que su prima gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica, más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el romance de laMusaentre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los versos de la farandulera.

También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores, que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto en la enfermedad complicada de la niña.

Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas.


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