XILA MUSA ERRANTE

XILA MUSA ERRANTE—HAY comedia...—Hay volatines... ¿Vamos?—Díle a madre que nos deje ir...—¡Díselo!Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse en alta voz para que su madre la oyese:—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más.—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo Ramona en tono de transigir.—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta.Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo el pueblo.Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé.El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos encendióse con rara turbación.Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con ciertas precauciones, comentaron la singular visita.A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar aquella misma noche una función.Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia, un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, elextraordinario espectáculo, para las nueve y media en punto.Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador, después de saludar con leve modulación extranjera alrespetable público, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la «presentación» de la «célebre»Musa errante, una dama loca de amor, que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus cuitas en «magníficos versos» ante elilustre auditorio. El cual no quedó muy enterado de laimportancia del anuncio ni muy curioso por el peregrinaje de laMusa.Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante».Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al «ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas.Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre, ablandado de pronto.Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto calmoso de campesina:—¿Nos deja ir?—Dirnos... ¡Pero solas!...—¡Venga usted!—Que vaya la abuela.La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de cabeza y de labios.—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría.Cuando buscan aMariflorpara cenar, responde desde el huerto, y acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante.Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena ronco y dulce, embargado por la emoción.Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidospor la fuerte caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar, recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le saben muy bien según los multiplica.La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata».Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se extiende el silencio en la cocina. EntoncesMariflorrevive a sus anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la felicidad»...Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en medio de las primas.Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron lentamente hacia el lugar del baile.Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa:—Vayan delante ustedes.Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y dejó atrás a Olalla con el sacerdote...BebeMariflorun sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para serenar este recuerdo, y quédase confusaante los murmullos de las palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y esperanzas que se agitan en su corazón.Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde:—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad; quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me quieres,Mariflor?—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta.Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura, quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes; el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos, con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces secas...También laChoscatenía cara de nuez. Y mirándola con repentina curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir.Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente.Descubre a estas mujeresMariflorcomo a criaturas nunca vistas ni relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen.Y cuando, ya agotado en los platos elmojepor mendrugos de pan, se levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por su propia voz que que dice:—Adiós, abuela.Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio.Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor, una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular. Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera.El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula claridad de unos hachones.—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo.—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona.Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa esperanza:—¡Hace viento de Ancares!...Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte, escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la lluvia era esperada.—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo.Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un doncel con arreos de baturro.Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con los pies.En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano, advirtiéndole muy finamente:—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa...Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota, exclamando complacido:—¡Ya pasó!Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la nieve, y estaba, en realidad, maravillado.—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo.—¡De veras!—dijo a su lado, absorto,Rosicler.Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se condensaron en la frase hostil:—¡Esos tíos serán ensalmadores!...Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de supersticiosa pasión.En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó inusitado palique conMariflorSalvadores.Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella dilatabalos ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo las frases breves del sacerdote.El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al «respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante del ceremonioso malabarista.No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria, y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del director de escena.Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes.—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su acento italiano y su cara triste.Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno dolor.Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre.La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro repique en la exhausta bandeja.Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas. Pidió el galancete su sombrero al tíoChosco, el enterrador, que no sin vacilaciones alargó la miserableprenda, raída y parda, de alas abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas.El viejo lucía inmóvil sugarnachavenerable, remedo de la gentil melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal.Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba, anunciaron a toque de corneta la aparición de laMusa errante, y el propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama.Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora.Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos, despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita necesidad de reposo y de auxilio.Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y fúnebre, y comenzó a decir:Yo soy una mujer: nací pequeña,y por dote me dieronla dulcísima carga dolorosade un corazón inmenso.En este corazón, todo llanurasy bosques y desiertos,ha nacido un amor, grande, muy grande,colosal, gigantesco;amor que se desborda de la tierray que invade los cielos...Ando la vida muerta de cansancio,inclinándome al pesode este afán, al que busca mi esperanzaun horizonte nuevo,un lugar apacible en que reposey se derrame luegocon la palabra audaz y victoriosadueña de mi secreto.Yo necesito un mundo que no existe,el mundo que yo sueño,donde la voz de mis canciones halleespacios y silencios;un mundo que me asile y que me escuche:¡le busco, y no le encuentro!...Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso anhelado por aquel inquieto y henchido corazón.Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra, impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida sensación de impaciencias y ansiedades.Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela con el ímpetu de una marejada tempestuosa.Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la hora en que vió al forastero junto aMariflorhablándola con los labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con intuición milagrosa.Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su follaje repentino huracán.La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó quelos demás contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza. ¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba! ¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el inmenso corazón!...Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad, donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado sentimiento...La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con desgarradora expresión de impotencia:¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!...Por los hondos caminos de la vidapasaron vagabundos los poetasrodando sus cantigas:cantaron los amores, los olvidos,anhelos y perfidias,perdones y venganzas,zozobras y alegrías.Siglos y siglos, por el ancho mundola canción peregrinasube a los montes, baja a los collados,en los bosques suspira;cruza mares y ríos, llora y mugeen vientos y celliscas;se queja en el jardín abandonado,en las flores marchitas,en las cosas humildes, en las tumbas,en las almas sombrías.Todo el mundo es querella, todo es himno,todo el mundo es sollozo y poesía...Y yo vengo detrás de ese torrenteque al universo encinta,con una canción nueva entre los labiossin poder balbucirla:porque ya no hay palabras, no hay imágenesni estrofas ni armonías,que no rueden al valle penumbrosoy suban a las cimas,y salven los abismos,colmando las medidasde las voces humanasy los sagrados sones de las liras...¡En este mundo lleno de cancionesya no cabe la mía!Loca y muda la llevo entre los labiossin poder balbucirla...Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles.—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don Miguel.Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la sacudió por un brazo, ríspida y violenta.—¡El tríbulo de siempre!—murmuró.Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó que dejasen a la moza llorar.El poeta yMariflormiraron al sacerdote comprendiéndole, mientras los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de «manquera» incurable.LaMusaextendía el plato petitorio con el aire indiferente de costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular del público, por su grave y silenciosa expectación.De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes.Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora,y para tender el plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño donde hasta los niños hablaban en voz chita.Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó asombrada:—¿Por qué llora?Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la otra mujer.Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su cabellera, volvió a decir:—¿Por qué llora?—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán.Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo:—¿De dónde eres?—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega.—¿Cómo te llamas?—Musa.—Será remote—pronunció una voz tímida.—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven.La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y contestó en frase ambigua:—Por ahí...Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los horizontes universales.—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso.—Papá los tiene.Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas, alargólas murmurando:—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero.El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio, y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la recitadora algunas palabras serenas y apacibles.Marinela, que había cesado de llorar, apoyábase en el brazo de Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas, preñado de un cantar indecible.Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres; y miraba, sobre todo al galán acompañante deMariflor, sin ver, entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía temer a Ramona una amenaza en el forastero.Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la plaza al resplandor mortecino de dos luces.Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los pobres aventureros.Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas por las calzadas adormecidas en la noche.La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposicionesde brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado rincón de la llanura.Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero sobre la belleza deMariflor.Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el firmamento escoltada por tusones livianos de nubes.Aquellas ráfagas que la gente anhelosa de lluvia recibió como «viento de Ancares», no eran más que suspiros de la brisa mojados en la frescura natural de la noche. Y al mirar descorrido el cortinaje blanco sobre el índigo dosel, las mujeres suspiraban a la par del viento, y los ojos contemplaban desconsolado el alto horizonte azul.Despidiéronse las dos familias en la plaza donde el forastero encontró a Marinela; cambiados los adioses, con no poca timidez en algunos labios, desapareció cada grupo en diferente calle, y como un eco de las eternas inquietudes humanas, quedó allí solo y despierto el gallardo temblor de la fuente, compadecido por un rayo de luna.

XILA MUSA ERRANTE—HAY comedia...—Hay volatines... ¿Vamos?—Díle a madre que nos deje ir...—¡Díselo!Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse en alta voz para que su madre la oyese:—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más.—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo Ramona en tono de transigir.—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta.Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo el pueblo.Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé.El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos encendióse con rara turbación.Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con ciertas precauciones, comentaron la singular visita.A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar aquella misma noche una función.Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia, un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, elextraordinario espectáculo, para las nueve y media en punto.Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador, después de saludar con leve modulación extranjera alrespetable público, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la «presentación» de la «célebre»Musa errante, una dama loca de amor, que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus cuitas en «magníficos versos» ante elilustre auditorio. El cual no quedó muy enterado de laimportancia del anuncio ni muy curioso por el peregrinaje de laMusa.Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante».Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al «ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas.Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre, ablandado de pronto.Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto calmoso de campesina:—¿Nos deja ir?—Dirnos... ¡Pero solas!...—¡Venga usted!—Que vaya la abuela.La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de cabeza y de labios.—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría.Cuando buscan aMariflorpara cenar, responde desde el huerto, y acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante.Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena ronco y dulce, embargado por la emoción.Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidospor la fuerte caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar, recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le saben muy bien según los multiplica.La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata».Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se extiende el silencio en la cocina. EntoncesMariflorrevive a sus anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la felicidad»...Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en medio de las primas.Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron lentamente hacia el lugar del baile.Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa:—Vayan delante ustedes.Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y dejó atrás a Olalla con el sacerdote...BebeMariflorun sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para serenar este recuerdo, y quédase confusaante los murmullos de las palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y esperanzas que se agitan en su corazón.Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde:—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad; quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me quieres,Mariflor?—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta.Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura, quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes; el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos, con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces secas...También laChoscatenía cara de nuez. Y mirándola con repentina curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir.Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente.Descubre a estas mujeresMariflorcomo a criaturas nunca vistas ni relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen.Y cuando, ya agotado en los platos elmojepor mendrugos de pan, se levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por su propia voz que que dice:—Adiós, abuela.Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio.Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor, una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular. Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera.El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula claridad de unos hachones.—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo.—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona.Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa esperanza:—¡Hace viento de Ancares!...Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte, escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la lluvia era esperada.—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo.Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un doncel con arreos de baturro.Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con los pies.En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano, advirtiéndole muy finamente:—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa...Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota, exclamando complacido:—¡Ya pasó!Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la nieve, y estaba, en realidad, maravillado.—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo.—¡De veras!—dijo a su lado, absorto,Rosicler.Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se condensaron en la frase hostil:—¡Esos tíos serán ensalmadores!...Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de supersticiosa pasión.En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó inusitado palique conMariflorSalvadores.Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella dilatabalos ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo las frases breves del sacerdote.El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al «respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante del ceremonioso malabarista.No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria, y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del director de escena.Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes.—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su acento italiano y su cara triste.Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno dolor.Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre.La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro repique en la exhausta bandeja.Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas. Pidió el galancete su sombrero al tíoChosco, el enterrador, que no sin vacilaciones alargó la miserableprenda, raída y parda, de alas abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas.El viejo lucía inmóvil sugarnachavenerable, remedo de la gentil melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal.Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba, anunciaron a toque de corneta la aparición de laMusa errante, y el propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama.Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora.Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos, despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita necesidad de reposo y de auxilio.Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y fúnebre, y comenzó a decir:Yo soy una mujer: nací pequeña,y por dote me dieronla dulcísima carga dolorosade un corazón inmenso.En este corazón, todo llanurasy bosques y desiertos,ha nacido un amor, grande, muy grande,colosal, gigantesco;amor que se desborda de la tierray que invade los cielos...Ando la vida muerta de cansancio,inclinándome al pesode este afán, al que busca mi esperanzaun horizonte nuevo,un lugar apacible en que reposey se derrame luegocon la palabra audaz y victoriosadueña de mi secreto.Yo necesito un mundo que no existe,el mundo que yo sueño,donde la voz de mis canciones halleespacios y silencios;un mundo que me asile y que me escuche:¡le busco, y no le encuentro!...Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso anhelado por aquel inquieto y henchido corazón.Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra, impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida sensación de impaciencias y ansiedades.Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela con el ímpetu de una marejada tempestuosa.Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la hora en que vió al forastero junto aMariflorhablándola con los labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con intuición milagrosa.Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su follaje repentino huracán.La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó quelos demás contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza. ¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba! ¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el inmenso corazón!...Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad, donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado sentimiento...La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con desgarradora expresión de impotencia:¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!...Por los hondos caminos de la vidapasaron vagabundos los poetasrodando sus cantigas:cantaron los amores, los olvidos,anhelos y perfidias,perdones y venganzas,zozobras y alegrías.Siglos y siglos, por el ancho mundola canción peregrinasube a los montes, baja a los collados,en los bosques suspira;cruza mares y ríos, llora y mugeen vientos y celliscas;se queja en el jardín abandonado,en las flores marchitas,en las cosas humildes, en las tumbas,en las almas sombrías.Todo el mundo es querella, todo es himno,todo el mundo es sollozo y poesía...Y yo vengo detrás de ese torrenteque al universo encinta,con una canción nueva entre los labiossin poder balbucirla:porque ya no hay palabras, no hay imágenesni estrofas ni armonías,que no rueden al valle penumbrosoy suban a las cimas,y salven los abismos,colmando las medidasde las voces humanasy los sagrados sones de las liras...¡En este mundo lleno de cancionesya no cabe la mía!Loca y muda la llevo entre los labiossin poder balbucirla...Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles.—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don Miguel.Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la sacudió por un brazo, ríspida y violenta.—¡El tríbulo de siempre!—murmuró.Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó que dejasen a la moza llorar.El poeta yMariflormiraron al sacerdote comprendiéndole, mientras los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de «manquera» incurable.LaMusaextendía el plato petitorio con el aire indiferente de costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular del público, por su grave y silenciosa expectación.De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes.Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora,y para tender el plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño donde hasta los niños hablaban en voz chita.Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó asombrada:—¿Por qué llora?Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la otra mujer.Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su cabellera, volvió a decir:—¿Por qué llora?—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán.Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo:—¿De dónde eres?—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega.—¿Cómo te llamas?—Musa.—Será remote—pronunció una voz tímida.—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven.La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y contestó en frase ambigua:—Por ahí...Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los horizontes universales.—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso.—Papá los tiene.Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas, alargólas murmurando:—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero.El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio, y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la recitadora algunas palabras serenas y apacibles.Marinela, que había cesado de llorar, apoyábase en el brazo de Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas, preñado de un cantar indecible.Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres; y miraba, sobre todo al galán acompañante deMariflor, sin ver, entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía temer a Ramona una amenaza en el forastero.Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la plaza al resplandor mortecino de dos luces.Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los pobres aventureros.Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas por las calzadas adormecidas en la noche.La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposicionesde brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado rincón de la llanura.Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero sobre la belleza deMariflor.Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el firmamento escoltada por tusones livianos de nubes.Aquellas ráfagas que la gente anhelosa de lluvia recibió como «viento de Ancares», no eran más que suspiros de la brisa mojados en la frescura natural de la noche. Y al mirar descorrido el cortinaje blanco sobre el índigo dosel, las mujeres suspiraban a la par del viento, y los ojos contemplaban desconsolado el alto horizonte azul.Despidiéronse las dos familias en la plaza donde el forastero encontró a Marinela; cambiados los adioses, con no poca timidez en algunos labios, desapareció cada grupo en diferente calle, y como un eco de las eternas inquietudes humanas, quedó allí solo y despierto el gallardo temblor de la fuente, compadecido por un rayo de luna.

—HAY comedia...

—Hay volatines... ¿Vamos?

—Díle a madre que nos deje ir...

—¡Díselo!

Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse en alta voz para que su madre la oyese:

—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más.

—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo Ramona en tono de transigir.

—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta.

Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo el pueblo.

Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé.

El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos encendióse con rara turbación.

Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con ciertas precauciones, comentaron la singular visita.

A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar aquella misma noche una función.

Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia, un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, elextraordinario espectáculo, para las nueve y media en punto.

Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador, después de saludar con leve modulación extranjera alrespetable público, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la «presentación» de la «célebre»Musa errante, una dama loca de amor, que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus cuitas en «magníficos versos» ante elilustre auditorio. El cual no quedó muy enterado de laimportancia del anuncio ni muy curioso por el peregrinaje de laMusa.

Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante».

Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al «ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas.

Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre, ablandado de pronto.

Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto calmoso de campesina:

—¿Nos deja ir?

—Dirnos... ¡Pero solas!...

—¡Venga usted!

—Que vaya la abuela.

La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de cabeza y de labios.

—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría.

Cuando buscan aMariflorpara cenar, responde desde el huerto, y acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante.

Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena ronco y dulce, embargado por la emoción.

Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidospor la fuerte caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar, recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le saben muy bien según los multiplica.

La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata».

Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se extiende el silencio en la cocina. EntoncesMariflorrevive a sus anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la felicidad»...

Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en medio de las primas.

Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron lentamente hacia el lugar del baile.

Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa:

—Vayan delante ustedes.

Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y dejó atrás a Olalla con el sacerdote...

BebeMariflorun sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para serenar este recuerdo, y quédase confusaante los murmullos de las palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y esperanzas que se agitan en su corazón.

Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde:

—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad; quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me quieres,Mariflor?

—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta.

Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura, quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes; el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos, con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces secas...

También laChoscatenía cara de nuez. Y mirándola con repentina curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir.

Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente.

Descubre a estas mujeresMariflorcomo a criaturas nunca vistas ni relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen.

Y cuando, ya agotado en los platos elmojepor mendrugos de pan, se levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por su propia voz que que dice:

—Adiós, abuela.

Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio.

Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor, una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular. Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera.

El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula claridad de unos hachones.

—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo.

—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona.

Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa esperanza:

—¡Hace viento de Ancares!...

Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte, escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la lluvia era esperada.

—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo.

Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un doncel con arreos de baturro.

Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con los pies.

En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano, advirtiéndole muy finamente:

—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa...

Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota, exclamando complacido:

—¡Ya pasó!

Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la nieve, y estaba, en realidad, maravillado.

—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo.

—¡De veras!—dijo a su lado, absorto,Rosicler.

Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se condensaron en la frase hostil:

—¡Esos tíos serán ensalmadores!...

Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de supersticiosa pasión.

En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó inusitado palique conMariflorSalvadores.

Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella dilatabalos ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo las frases breves del sacerdote.

El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al «respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante del ceremonioso malabarista.

No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria, y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del director de escena.

Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes.

—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su acento italiano y su cara triste.

Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno dolor.

Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre.

La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro repique en la exhausta bandeja.

Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas. Pidió el galancete su sombrero al tíoChosco, el enterrador, que no sin vacilaciones alargó la miserableprenda, raída y parda, de alas abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas.

El viejo lucía inmóvil sugarnachavenerable, remedo de la gentil melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal.

Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba, anunciaron a toque de corneta la aparición de laMusa errante, y el propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama.

Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora.

Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos, despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita necesidad de reposo y de auxilio.

Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y fúnebre, y comenzó a decir:

Yo soy una mujer: nací pequeña,

y por dote me dieronla dulcísima carga dolorosade un corazón inmenso.En este corazón, todo llanurasy bosques y desiertos,ha nacido un amor, grande, muy grande,colosal, gigantesco;amor que se desborda de la tierray que invade los cielos...Ando la vida muerta de cansancio,inclinándome al pesode este afán, al que busca mi esperanzaun horizonte nuevo,un lugar apacible en que reposey se derrame luegocon la palabra audaz y victoriosadueña de mi secreto.Yo necesito un mundo que no existe,el mundo que yo sueño,donde la voz de mis canciones halleespacios y silencios;un mundo que me asile y que me escuche:¡le busco, y no le encuentro!...

Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso anhelado por aquel inquieto y henchido corazón.

Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra, impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida sensación de impaciencias y ansiedades.

Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela con el ímpetu de una marejada tempestuosa.

Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la hora en que vió al forastero junto aMariflorhablándola con los labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con intuición milagrosa.

Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su follaje repentino huracán.

La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó quelos demás contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza. ¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba! ¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el inmenso corazón!...

Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad, donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado sentimiento...

La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con desgarradora expresión de impotencia:

¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!...

Por los hondos caminos de la vidapasaron vagabundos los poetasrodando sus cantigas:cantaron los amores, los olvidos,anhelos y perfidias,perdones y venganzas,zozobras y alegrías.

Siglos y siglos, por el ancho mundo

la canción peregrinasube a los montes, baja a los collados,en los bosques suspira;cruza mares y ríos, llora y mugeen vientos y celliscas;se queja en el jardín abandonado,en las flores marchitas,en las cosas humildes, en las tumbas,en las almas sombrías.

Todo el mundo es querella, todo es himno,

todo el mundo es sollozo y poesía...Y yo vengo detrás de ese torrenteque al universo encinta,con una canción nueva entre los labiossin poder balbucirla:porque ya no hay palabras, no hay imágenesni estrofas ni armonías,que no rueden al valle penumbrosoy suban a las cimas,y salven los abismos,colmando las medidasde las voces humanasy los sagrados sones de las liras...¡En este mundo lleno de cancionesya no cabe la mía!Loca y muda la llevo entre los labiossin poder balbucirla...

Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles.

—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don Miguel.

Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la sacudió por un brazo, ríspida y violenta.

—¡El tríbulo de siempre!—murmuró.

Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó que dejasen a la moza llorar.

El poeta yMariflormiraron al sacerdote comprendiéndole, mientras los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de «manquera» incurable.

LaMusaextendía el plato petitorio con el aire indiferente de costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular del público, por su grave y silenciosa expectación.

De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes.

Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora,y para tender el plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño donde hasta los niños hablaban en voz chita.

Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó asombrada:

—¿Por qué llora?

Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la otra mujer.

Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su cabellera, volvió a decir:

—¿Por qué llora?

—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán.

Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo:

—¿De dónde eres?

—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega.

—¿Cómo te llamas?

—Musa.

—Será remote—pronunció una voz tímida.

—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven.

La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y contestó en frase ambigua:

—Por ahí...

Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los horizontes universales.

—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso.

—Papá los tiene.

Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas, alargólas murmurando:

—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero.

El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio, y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la recitadora algunas palabras serenas y apacibles.

Marinela, que había cesado de llorar, apoyábase en el brazo de Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas, preñado de un cantar indecible.

Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres; y miraba, sobre todo al galán acompañante deMariflor, sin ver, entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía temer a Ramona una amenaza en el forastero.

Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la plaza al resplandor mortecino de dos luces.

Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los pobres aventureros.

Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas por las calzadas adormecidas en la noche.

La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposicionesde brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado rincón de la llanura.

Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero sobre la belleza deMariflor.

Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el firmamento escoltada por tusones livianos de nubes.

Aquellas ráfagas que la gente anhelosa de lluvia recibió como «viento de Ancares», no eran más que suspiros de la brisa mojados en la frescura natural de la noche. Y al mirar descorrido el cortinaje blanco sobre el índigo dosel, las mujeres suspiraban a la par del viento, y los ojos contemplaban desconsolado el alto horizonte azul.

Despidiéronse las dos familias en la plaza donde el forastero encontró a Marinela; cambiados los adioses, con no poca timidez en algunos labios, desapareció cada grupo en diferente calle, y como un eco de las eternas inquietudes humanas, quedó allí solo y despierto el gallardo temblor de la fuente, compadecido por un rayo de luna.


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