XVIIILA HEROICA HUMILDAD

XVIIILA HEROICA HUMILDADARROJADAS como dos náufragos a los rigores de la suerte, Olalla y Ramona siegan sus panes y los ajenos, hacen gavillas y manojos,acerandany criban, mueven el trillo, el bieldo y elcalomón.Ningún fiero trabajo se resiste a la necesidad y al brío de estas mujeres silenciosas y duras, imperturbables. Si Olalla desfallece un minuto, ebria de calor y de esfuerzo, su madre la sostiene y aguza con unas sílabas certeras, rápidas como un latigazo:—¡Aguanta!—balbuce roncamente.Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra, endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras.Mariflorsecunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de cadenas en el fondo del alma juvenil.Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura, de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y horrible.Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con que acude a los brazos abiertos de la Cruz.Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas con el pie.Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante, adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce. La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo; estánlos niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo, Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora.Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha.La propiaMariflorfué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un jaco semejante al de Fabián Alonso.Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la lobreguez de la alcoba adonde le condujoMariflor, y acabó por decir que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de luz.—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que un escondrijo oscuro para esta criatura?La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo; oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para cuando él llegase!SintióMariflormucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio.Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la anciana, con el auxilio deMariflor, hizo un dificultoso relato de muertes prematuras,recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico de la botica y baños progresivos de sol.Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y a plena luz.No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la piadosa intención.—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres.Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa.—¡Si es necesario!...—insinuó.Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces.Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga, volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer secretas relaciones entre el baúl deMariflory los armarios de la maestruca.De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos apuros yllegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro, de una sola tapa, lindo y pequeño.Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla, parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora.Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite, llevado y traído por una mano trémula:Mariflorquería ofrecérselo a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a extinguirse.En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz...Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin cesar el tónico de las brisas puras.El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna, con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de curar.De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace algún tiempo enaquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro, esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate!Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede. No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge, como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos estímulos de vanidad y gratitud...HoyMariflorarrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas. Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado.—¡Cinco!—balbuce Ramona.Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría.—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja.—¡No crea usted en hechicerías!—ruegaMariflortímidamente.Pero Ramona, exaltándose, arguye:—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la vida.Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y añade:—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo.SuspensaMariflorante la benigna frase, atrévese a profundizar con la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda escondido en él...Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar. Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud.El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio las colma de profunda melancolía.Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz suave de Florinda insiste:—Marinela sanará si seguimos cuidándola...Ramona interrumpe sordamente:—No sana, como la bruja no la ensalme.—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla?La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre:—La meiga puede sanarla.—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo?Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido el corazón, palpitando sobre la mies.Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones que la obligan a moverse, prorrumpe:—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza; afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la intención que nos ofende!...No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida, tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió:Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas...Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los mendrugos de pan.—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore! Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel.Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto.—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con inquietud.Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso:—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el... la... el medio de encontrarlo.Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y comunicativa como jamás lo estuvo, dijo:—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras, yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a las dos jornal.—Yo iré—apresuróse a decirMariflor, inspirada en un doble propósito.Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su hija:—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta.—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz.—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento.Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos...La imagen desfallecida de Olalla persiguió aMariflortoda la noche como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo, jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!...Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la realidad, cuando la víctima despertase.De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo, mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad de marchitarse aspada enel potro del trabajo, le causaba terror; ya le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones, borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer.Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia, igual que tantas infelices de Valdecruces.Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante embellecido con gracias y tristezas.En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña doliente.AvergonzadaMariflorpor el contraste que ofrece su frívola consulta con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos de ella para disimular el sonrojo, y pregunta:—¿Rezabas?—Eso mismo.—¿Por quién?—Por ti.—¡Dios te lo pague!La enferma alisa blandamente los cabellos deMariflor, que de pronto balbuce:—¿Tengo canas?—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y amoroso que da gusto cariciarlo.—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda, incorporándose para acabar de vestirse.—¿Tú? ¿Pues cómo?—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla tienen hoy jornal.—¿Y quién me cuida?—La abuela.—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora!—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas sólo para ti: son de mucho alimento.—¿Pero sabes el camino?—Voy con las de Fidalgo.—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú!—¿Sientes la vocación otra vez?—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa.—Creí que ya no te acordabas del convento.—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad, queMariflorla mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de aquel pecho herido estalla en sollozante crisis.—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas!La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las dos primas juntas, en un abrazo tristísimo.—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la contestación, añade:—Aquí están los palombos: diez parejas.Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se revuelven temblorosas.Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las nubes.

XVIIILA HEROICA HUMILDADARROJADAS como dos náufragos a los rigores de la suerte, Olalla y Ramona siegan sus panes y los ajenos, hacen gavillas y manojos,acerandany criban, mueven el trillo, el bieldo y elcalomón.Ningún fiero trabajo se resiste a la necesidad y al brío de estas mujeres silenciosas y duras, imperturbables. Si Olalla desfallece un minuto, ebria de calor y de esfuerzo, su madre la sostiene y aguza con unas sílabas certeras, rápidas como un latigazo:—¡Aguanta!—balbuce roncamente.Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra, endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras.Mariflorsecunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de cadenas en el fondo del alma juvenil.Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura, de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y horrible.Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con que acude a los brazos abiertos de la Cruz.Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas con el pie.Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante, adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce. La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo; estánlos niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo, Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora.Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha.La propiaMariflorfué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un jaco semejante al de Fabián Alonso.Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la lobreguez de la alcoba adonde le condujoMariflor, y acabó por decir que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de luz.—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que un escondrijo oscuro para esta criatura?La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo; oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para cuando él llegase!SintióMariflormucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio.Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la anciana, con el auxilio deMariflor, hizo un dificultoso relato de muertes prematuras,recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico de la botica y baños progresivos de sol.Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y a plena luz.No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la piadosa intención.—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres.Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa.—¡Si es necesario!...—insinuó.Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces.Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga, volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer secretas relaciones entre el baúl deMariflory los armarios de la maestruca.De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos apuros yllegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro, de una sola tapa, lindo y pequeño.Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla, parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora.Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite, llevado y traído por una mano trémula:Mariflorquería ofrecérselo a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a extinguirse.En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz...Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin cesar el tónico de las brisas puras.El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna, con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de curar.De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace algún tiempo enaquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro, esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate!Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede. No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge, como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos estímulos de vanidad y gratitud...HoyMariflorarrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas. Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado.—¡Cinco!—balbuce Ramona.Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría.—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja.—¡No crea usted en hechicerías!—ruegaMariflortímidamente.Pero Ramona, exaltándose, arguye:—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la vida.Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y añade:—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo.SuspensaMariflorante la benigna frase, atrévese a profundizar con la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda escondido en él...Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar. Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud.El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio las colma de profunda melancolía.Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz suave de Florinda insiste:—Marinela sanará si seguimos cuidándola...Ramona interrumpe sordamente:—No sana, como la bruja no la ensalme.—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla?La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre:—La meiga puede sanarla.—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo?Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido el corazón, palpitando sobre la mies.Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones que la obligan a moverse, prorrumpe:—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza; afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la intención que nos ofende!...No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida, tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió:Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas...Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los mendrugos de pan.—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore! Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel.Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto.—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con inquietud.Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso:—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el... la... el medio de encontrarlo.Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y comunicativa como jamás lo estuvo, dijo:—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras, yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a las dos jornal.—Yo iré—apresuróse a decirMariflor, inspirada en un doble propósito.Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su hija:—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta.—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz.—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento.Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos...La imagen desfallecida de Olalla persiguió aMariflortoda la noche como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo, jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!...Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la realidad, cuando la víctima despertase.De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo, mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad de marchitarse aspada enel potro del trabajo, le causaba terror; ya le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones, borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer.Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia, igual que tantas infelices de Valdecruces.Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante embellecido con gracias y tristezas.En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña doliente.AvergonzadaMariflorpor el contraste que ofrece su frívola consulta con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos de ella para disimular el sonrojo, y pregunta:—¿Rezabas?—Eso mismo.—¿Por quién?—Por ti.—¡Dios te lo pague!La enferma alisa blandamente los cabellos deMariflor, que de pronto balbuce:—¿Tengo canas?—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y amoroso que da gusto cariciarlo.—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda, incorporándose para acabar de vestirse.—¿Tú? ¿Pues cómo?—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla tienen hoy jornal.—¿Y quién me cuida?—La abuela.—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora!—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas sólo para ti: son de mucho alimento.—¿Pero sabes el camino?—Voy con las de Fidalgo.—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú!—¿Sientes la vocación otra vez?—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa.—Creí que ya no te acordabas del convento.—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad, queMariflorla mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de aquel pecho herido estalla en sollozante crisis.—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas!La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las dos primas juntas, en un abrazo tristísimo.—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la contestación, añade:—Aquí están los palombos: diez parejas.Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se revuelven temblorosas.Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las nubes.

ARROJADAS como dos náufragos a los rigores de la suerte, Olalla y Ramona siegan sus panes y los ajenos, hacen gavillas y manojos,acerandany criban, mueven el trillo, el bieldo y elcalomón.

Ningún fiero trabajo se resiste a la necesidad y al brío de estas mujeres silenciosas y duras, imperturbables. Si Olalla desfallece un minuto, ebria de calor y de esfuerzo, su madre la sostiene y aguza con unas sílabas certeras, rápidas como un latigazo:

—¡Aguanta!—balbuce roncamente.

Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra, endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras.

Mariflorsecunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de cadenas en el fondo del alma juvenil.

Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura, de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y horrible.

Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con que acude a los brazos abiertos de la Cruz.

Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas con el pie.

Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante, adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce. La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo; estánlos niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo, Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora.

Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha.

La propiaMariflorfué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un jaco semejante al de Fabián Alonso.

Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la lobreguez de la alcoba adonde le condujoMariflor, y acabó por decir que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de luz.

—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que un escondrijo oscuro para esta criatura?

La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo; oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para cuando él llegase!

SintióMariflormucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio.

Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la anciana, con el auxilio deMariflor, hizo un dificultoso relato de muertes prematuras,recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico de la botica y baños progresivos de sol.

Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y a plena luz.

No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la piadosa intención.

—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres.

Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa.

—¡Si es necesario!...—insinuó.

Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces.

Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga, volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer secretas relaciones entre el baúl deMariflory los armarios de la maestruca.

De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos apuros yllegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro, de una sola tapa, lindo y pequeño.

Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla, parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora.

Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite, llevado y traído por una mano trémula:Mariflorquería ofrecérselo a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a extinguirse.

En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz...

Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin cesar el tónico de las brisas puras.

El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna, con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de curar.

De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace algún tiempo enaquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro, esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate!

Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede. No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge, como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos estímulos de vanidad y gratitud...

HoyMariflorarrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas. Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado.

—¡Cinco!—balbuce Ramona.

Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría.

—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja.

—¡No crea usted en hechicerías!—ruegaMariflortímidamente.

Pero Ramona, exaltándose, arguye:

—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la vida.

Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y añade:

—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo.

SuspensaMariflorante la benigna frase, atrévese a profundizar con la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda escondido en él...

Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar. Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud.

El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio las colma de profunda melancolía.

Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz suave de Florinda insiste:

—Marinela sanará si seguimos cuidándola...

Ramona interrumpe sordamente:

—No sana, como la bruja no la ensalme.

—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla?

La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre:

—La meiga puede sanarla.

—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo?

Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido el corazón, palpitando sobre la mies.

Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones que la obligan a moverse, prorrumpe:

—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza; afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la intención que nos ofende!...

No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida, tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió:

Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas...

Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los mendrugos de pan.

—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore! Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel.

Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto.

—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con inquietud.

Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso:

—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el... la... el medio de encontrarlo.

Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y comunicativa como jamás lo estuvo, dijo:

—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras, yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a las dos jornal.

—Yo iré—apresuróse a decirMariflor, inspirada en un doble propósito.

Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su hija:

—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta.

—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz.

—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento.

Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos...

La imagen desfallecida de Olalla persiguió aMariflortoda la noche como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo, jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!...

Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la realidad, cuando la víctima despertase.

De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo, mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad de marchitarse aspada enel potro del trabajo, le causaba terror; ya le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones, borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer.

Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia, igual que tantas infelices de Valdecruces.

Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante embellecido con gracias y tristezas.

En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña doliente.

AvergonzadaMariflorpor el contraste que ofrece su frívola consulta con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos de ella para disimular el sonrojo, y pregunta:

—¿Rezabas?

—Eso mismo.

—¿Por quién?

—Por ti.

—¡Dios te lo pague!

La enferma alisa blandamente los cabellos deMariflor, que de pronto balbuce:

—¿Tengo canas?

—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y amoroso que da gusto cariciarlo.

—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda, incorporándose para acabar de vestirse.

—¿Tú? ¿Pues cómo?

—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla tienen hoy jornal.

—¿Y quién me cuida?

—La abuela.

—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora!

—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas sólo para ti: son de mucho alimento.

—¿Pero sabes el camino?

—Voy con las de Fidalgo.

—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú!

—¿Sientes la vocación otra vez?

—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa.

—Creí que ya no te acordabas del convento.

—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad, queMariflorla mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de aquel pecho herido estalla en sollozante crisis.

—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas!

La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las dos primas juntas, en un abrazo tristísimo.

—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la contestación, añade:

—Aquí están los palombos: diez parejas.

Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se revuelven temblorosas.

Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las nubes.


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