XXIILOS MARTILLOS DE LAS HORAS

XXIILOS MARTILLOS DE LAS HORASCORRÍA noviembre. Ya en los robles puntisecos y en las oscuras urces palidecían las hojas para morir enfermas de la fiebre otoñal; el sol se insinuaba amarillo y remoto, dorando apenas el matiz austero del paisaje, y en la hidalga llanura de León caían las horas con infinita pesadumbre...Una tarde, muy triste,MariflorSalvadores tuvo que ir al molino, distante dos kilómetros del pueblo.—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte.Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela, otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre.SalióMariflorcon su cestilla de centeno al brazo y sus profundas penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo, que ni el vuelo de un ave ledaba compañía: cigüeñas y golondrinas emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz pareció vieja y pálida al través de las nubes.Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres, despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas corrientes.Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz.¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la felicidad. ViveMariflorcon los ojos puestos en todo lo que huye, en todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de estas ansiedades.No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio. Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres. Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y triste.Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite:...soy el amor que pasa,el niño amor que encontrarás un díatras de las tempestades de tu alma...A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven.Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión, temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un enamorado «escucho»...Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos, una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del pastor.Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y su encuentro allí conRosicler, el galán pastorcillo que ya emigró, como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós, adiós!... Iba llorando.—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro.Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una formidable desolación del mundo entero!...Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al invierno en lánguida canción:«¡Ay noche de Navidad,ay noche serena y clara!...»—Buenas tardes.—Bien venida.Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura deMariflor, que todavía parece forastera y trasciende a encantos desconocidos en el país.—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez de los cabellos que la muchacha luce.Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón abierto en el canal.El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el agua.Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil, y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio. Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno, platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse. A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que represe el agua.Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia, la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja mencionan la familia de la joven:—¡Quien la vió y quien la ve! ¿Noverdá?—Sí; ¡con la arrufadía que gastaron!—Era gente de mucha tramontana...—¡Como tuvieron los haberes a rodo!...—¡Y es bellida la moza!La cual vió con gusto presentarse a Maricruz, que al regreso de Piedralbina entraba a pedir un poco de agua y a buscar compañía, si la hubiese, para volver a Valdecruces.—Pues en la sotabasa—le dijeron—tienes colmado un cantarico; y aquí está la de Salvadores.Bebió Maricruz, sonrió a su vecina y sentóse a esperarla.—¿Qué hora será?—pregunta una mujer.Otra responde:—Sin la ruta del sol no es fácil conocerlo.Y a la recién llegada le parece que habrán dado las tres.—¡Corre mucho frío!—le dicen.—Abondo, y cercea.—Pos la nieve es segura.—Sí; hogaño la tenemos antes de Navidá.—Ya de madrugada hubo pinganillos en los alares.—Pronto crece el Duerna y tenemos que abrir el fortacán para moler.Una moza de Piedralbina anuncia sonriente que las fiestas de año nuevo van a estar muy preciosas. Y se discute la propiedad con que ese día los pastores se disfrazan de mujeres para hacer gala de resistencia y caracterizarse bien de valerosos. Así vestidos se denominanxiepas; bailan en zancos sobre la nieve, cantan y piden aguinaldos en extrañas procesiones nocturnas, que iluminan con «mechones» y adornan con tirsos, como los gentiles en las orgías de Baco...Poco después, logrado porMariflorsu cestillo de harina, salen de la aceña las zagalas de Valdecruces.—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve.Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire.Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la «avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores esperaban al tío Isidoro.—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció.—No sé—dice vagamente Florinda, observando conadmiración a su compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda apalabrada con un hijo de Tirso Paz.El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del paisaje.—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo Maricruz.—No irá gente, si nieva.—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso. ¿Dais entrada a la tía Gertrudis?—Si va...—Porque endecha unas historias de guerreros y marinos, que da gusto oyirlas. Ella anduvo en su mocedad por las playas y conoció a maragatos de mucho enseño, aquistadores que allende fincaron ciudades y ganaron a pote.—Pero, ¿los hubo?—Ya lo creo, rapaza.—Me lo dicen; lo he leído...—¿Y lo dudas?—A veces, sí.—No conoces bien a estos paisanos; cuando te hagas estadiza entre nosotros, ¡ya verás!—Veo mucha pobreza; las mujeres aquí abandonadas a sus fatigas, los hombres ausentes, duros.—¿Duros?... No te entiendo... Valdecruces es una aldea ruín; pero Maragatería es muy grande y tiene pueblos ricos y casas a la moda. Por ahí fuera, los maragatos que hicieron fortuna y recibieron estudios, son agora señorones de mucha fama.—Ya, ya...Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su estímulo regional, prosigue con algún calor:—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas.—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre.—Y tus agüelos,—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan triste!... Y en los hombres parece que se nota más.—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece!Mariflorlanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa:—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá...—Ya lo sé.—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para medrar, si a mano viene.Ahora Florinda sonríe a pesar suyo.—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico, temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal; entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado.—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra después de mucho tiempo, dejó un relojmuy grande en Madrid, regalado para un edificio de la Puerta del Sol.—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno, cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín, hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo?—Eso no.Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino. Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura:—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas?—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que veas que hay gente de prez nestas planuras de León!Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en este punto, y da otro giro a la plática.—¡Cómo sona la nube!—¡Sí!Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le hallaMariflorbastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes. Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra sentimental.Y cuando, alucinada, se inclinaMariflorpara coger, como una reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial...—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—. ¿Tienes miedo?—No.El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice, conmovida, sin saber por qué:—¿Sigue Marinela mejor?—Está lo mismo.—¿Aún dormís a la santimperie?—Ya no; mi tía se opone desde que empezó el mal tiempo.—¡Pobre pitusa!... ¡Y agora, si viene su padre tamién comalido!—¡No sé si vendrá!...—Ansí dicen que la tía Gertrudis os malface: ¿oístelo?Mariflorse había serenado un poco.—Eso es mentira—protestó.—Yo nunca lo creí: ni es bruja ni prodigiadora... Será, si acaso, conjurante.—Es una triste vieja como las demás.—Y mejor: sabe fervorines, cantares y medicinas, que te pasmas. Con tomillín de un cantero de la huerta y otro yerbato dulce, me curó a mí antaño la ronquez.—Dicen que está muy sola y muy necesitada.—Sí; la malfamaron y poco se la ayuda, aunque la juventud no cree, ya, en los hechizos: son cosas de rapaces y de viejas...Apretó a nevar: las muchachas, muy juntas y diligentes, seguían la margen del arroyo, fiel rumbo hacia Valdecrucesen la espesa cerrazón del horizonte. Ya estaba lejos el cauce del molino, y Maricruz, guiada por su experiencia campesina, anunció alegre:—Pronto llegamos.Mas al punto refrenó el paso, prestó oído y añadió pesarosa:—¡Ay!... ¡Se ha muerto la tía Mariana!—Sí; tocan a difunto—dice Florinda escuchando—, ¿pero cómo sabes que es por ella?—Fíjate en las posas: una... dos... Si hubiera muerto un hombre serían tres.—¡Ah!—También el tíoChoscoanda malico.—¡Pues mira que si se muere el enterrador!—Hereda el puesto el sacristán.—Y esa tía Mariana, ¿era muy vieja?—Sí, mujer: abuela de Facunda por parte de madre.—¿Y abuela de tu novio?—Velaí.—Vamos a rezar por su alma.Un devoto murmullo acarició los compungidos semblantes de las mozas, que llegaban a Valdecruces cuando ya, en precoz anochecer, moría la tarde, malherida de la nieve.IbaMariflortan penetrada por el soplo de la tragedia, que no experimentó grande inquietud al oir en su casa llantos y quejidos. Supuso llegada la hora de que la Humanidad, lo mismo que la Naturaleza, estallase en lamentos. Y las razones de esta lógica explosiva quedaron atravesadas por una voz lamentable que decía en la sombra delestradín:—¡Ay, cómo tardabas!... ¿No sabes que Pedro va a partir y que mi padre viene a morirse?Florinda no supo qué responder, y Marinela, deteniéndola aún por el brazo, añadió con angustia:—Madre dice que nosotras somos harto pobres para socorrer a un enfermo, y que la abuela ya no tiene casa ni haberes para aconchegar a su hijo; además, no quiere que mi hermano marche; llora por él clamando que se le rebatan, que se le quitan: la abuela gime y Olalla paez muda.—Pero, ¿quién ha escrito?—Tu padre.—¿A mí?—No: a la abuela.—¡A mí ya no me escribe!—¡Mujer, la carta pone para ti tantas de cosas!Dentro se habían apaciguado un poco las lamentaciones, yMariflorsiguió escuchando a su prima.—Verás: dice la esquela que unos maragatos ricos pagan estos viajes que te cuento. Mi padre llegará para la Pascua y el rapaz tiene que salir a primeros de mes con un paisano de Santa Coloma—. Suspiró con ansia la niña y lamentóse—: ¡Ay, Dios, ya estoy más sediente que nunca, con un jibro en el pecho y un acor en el alma!—Pues hay que tener ánimos—murmuró Florinda maquinalmente.—Yo no sirvo para este mundo... ¡Si pudiese entrar en el convento!En aquel instante llegaban los niños de la escuela sacudiéndose la nieve y extendiendo las manos en la oscuridad, con rumbo a la cocina, donde antes resonaron los lloros. Detrás de los rapaces entraron las muchachas.Ardía en el llar un fuego mortecino y temblaba sobre la mesa la luz del candil. En viendo Ramona a su hijo mayor, lanzóse a él con ademán salvaje y comenzó a gritar como si le prestaran sus aullidos todos los animales maltratados y moribundos:—¡Ay fiyuelo, quédome sin tigo!... ¡Te parí de mis entrañas,te pujé en mis brazos y trabajé para ti como una sierva!... Agora que me conoces y me quieres, te me quitan... ¡Ay, pituso, non te veré más!... ¡Los mares y los hombres te rebatan!...Parecían mordiscos, por lo hambrientos, los besos de la madre; lloraba toda la familia, y el zagal, asustado, apenas supo decir:—¡Volveré pronto!—Volverás muriente como tu padre, y yo estaré tocha y ceganitas como tu abuela, sin nido ni cubil pa tu resguardo; lo mesmo que esa pobre: ¡mira!Y conteniendo la explosión de su piedad en el acento ronco y firme, Ramona empujó a su hijo hasta la anciana.Acogióle ella entre sus brazos doblándose, en el sitial, para recibirle, con tan acongojada pesadumbre, como si del viejo corazón exprimido cayese en aquel instante la última gota de ternura.También Carmen y Tomasín se refugiaron, ronceros y llorones, en aquella caricia. Estalló un sollozo en el pecho de Olalla, y el triste concierto de ayes y suspiros volvió a levantar sus desconsoladas notas en la escena. Ramona, con los ojos fijos en el grupo que formaban los rapaces y la tía Dolores, fué serenándose hasta sentir un repentino bienestar que sin saber cómo se le subió a los labios en una dulce palabra.—¡Madre!—dijo.Nadie respondía. Las muchachas creyeron que hablaba sola. Pero ella avanzó resueltamente desde el sitio donde había quedado en pie. Su larga sombra ganó el techo y llenó la cocina de gigantes perfiles.—¡Madre!—iba diciendo—. En los últimos años, endurecido su áspero carácter por el infortunio, huyó arisca de pronunciar esta suave palabra.—¡Madre!—repitió—; ¿no me oye?Y puso las manos con inusitada blandura en los débiles hombros de la vieja.—¡Ah!... ¿Me llamaste a mí?—¡Claro! Mire: con llorar, el solevanto que nos acude non se desface y atribulamos a estas criaturas.—¿Qué quieres, hija?—Que no llore: es menester que Sidoro la halle moza.—¿Pos no dijiste?...—Era por decir: usté entodavía tiene salud y casa pa recoger a su hijo.—¡Ah!... ¿Consientes?...—¿Soy acaso una hereja?... ¿Se iba a quedar el pobre en medio de la rúa?... Pujaremos por él como cristianas.—Mujer, ¡Dios te lo pague!—Sí—murmuró Ramona, abrazando otra vez a Pedro—. ¡Dios me lo pagará cuando vuelva éste!...Temblaba Marinela apoyándose en su prima, y las dos, lo mismo que Olalla, se animaron con aquellas últimas frases.—Andaí—ordenó Ramona, alcanzándolas, con un gesto impaciente—. Van a venir las del filandón y no hay que poner las caras acontecidas. Mañana hablaremos al señor cura.—Denantes—pronunció Marinela aprovechando una cordialidad tan expresiva y rara—vide a la tía Gertrudis, y me dijo...—¿Onde la viste, rutiando por aquí?—interrumpió desabrida la madre.—Pasaba sobrazando un atiello de coscoja: ¡casi no podía con él!—Bueno; ¿y qué te dijo?—Que esta noche vendría al filandón, porque en la so cabaña no tiene luz para hilar... Yo no me atreví a decirle que no viniera; ¡como don Miguel manda que se la estime!...—Pos... ¡que entre!—concedió Ramona vacilante, mirando a Pedro con oscura inquietud—. Y agora, las cucharesy el pote: a cenar, pa que estos críos se acuchen.Las pálidas figuras del cuadro se movieron sin ruido, y rodó solitario en la estancia el son de la esquila parroquial, que aún contaba las fúnebres posas...

XXIILOS MARTILLOS DE LAS HORASCORRÍA noviembre. Ya en los robles puntisecos y en las oscuras urces palidecían las hojas para morir enfermas de la fiebre otoñal; el sol se insinuaba amarillo y remoto, dorando apenas el matiz austero del paisaje, y en la hidalga llanura de León caían las horas con infinita pesadumbre...Una tarde, muy triste,MariflorSalvadores tuvo que ir al molino, distante dos kilómetros del pueblo.—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte.Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela, otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre.SalióMariflorcon su cestilla de centeno al brazo y sus profundas penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo, que ni el vuelo de un ave ledaba compañía: cigüeñas y golondrinas emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz pareció vieja y pálida al través de las nubes.Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres, despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas corrientes.Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz.¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la felicidad. ViveMariflorcon los ojos puestos en todo lo que huye, en todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de estas ansiedades.No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio. Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres. Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y triste.Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite:...soy el amor que pasa,el niño amor que encontrarás un díatras de las tempestades de tu alma...A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven.Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión, temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un enamorado «escucho»...Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos, una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del pastor.Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y su encuentro allí conRosicler, el galán pastorcillo que ya emigró, como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós, adiós!... Iba llorando.—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro.Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una formidable desolación del mundo entero!...Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al invierno en lánguida canción:«¡Ay noche de Navidad,ay noche serena y clara!...»—Buenas tardes.—Bien venida.Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura deMariflor, que todavía parece forastera y trasciende a encantos desconocidos en el país.—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez de los cabellos que la muchacha luce.Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón abierto en el canal.El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el agua.Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil, y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio. Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno, platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse. A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que represe el agua.Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia, la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja mencionan la familia de la joven:—¡Quien la vió y quien la ve! ¿Noverdá?—Sí; ¡con la arrufadía que gastaron!—Era gente de mucha tramontana...—¡Como tuvieron los haberes a rodo!...—¡Y es bellida la moza!La cual vió con gusto presentarse a Maricruz, que al regreso de Piedralbina entraba a pedir un poco de agua y a buscar compañía, si la hubiese, para volver a Valdecruces.—Pues en la sotabasa—le dijeron—tienes colmado un cantarico; y aquí está la de Salvadores.Bebió Maricruz, sonrió a su vecina y sentóse a esperarla.—¿Qué hora será?—pregunta una mujer.Otra responde:—Sin la ruta del sol no es fácil conocerlo.Y a la recién llegada le parece que habrán dado las tres.—¡Corre mucho frío!—le dicen.—Abondo, y cercea.—Pos la nieve es segura.—Sí; hogaño la tenemos antes de Navidá.—Ya de madrugada hubo pinganillos en los alares.—Pronto crece el Duerna y tenemos que abrir el fortacán para moler.Una moza de Piedralbina anuncia sonriente que las fiestas de año nuevo van a estar muy preciosas. Y se discute la propiedad con que ese día los pastores se disfrazan de mujeres para hacer gala de resistencia y caracterizarse bien de valerosos. Así vestidos se denominanxiepas; bailan en zancos sobre la nieve, cantan y piden aguinaldos en extrañas procesiones nocturnas, que iluminan con «mechones» y adornan con tirsos, como los gentiles en las orgías de Baco...Poco después, logrado porMariflorsu cestillo de harina, salen de la aceña las zagalas de Valdecruces.—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve.Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire.Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la «avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores esperaban al tío Isidoro.—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció.—No sé—dice vagamente Florinda, observando conadmiración a su compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda apalabrada con un hijo de Tirso Paz.El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del paisaje.—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo Maricruz.—No irá gente, si nieva.—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso. ¿Dais entrada a la tía Gertrudis?—Si va...—Porque endecha unas historias de guerreros y marinos, que da gusto oyirlas. Ella anduvo en su mocedad por las playas y conoció a maragatos de mucho enseño, aquistadores que allende fincaron ciudades y ganaron a pote.—Pero, ¿los hubo?—Ya lo creo, rapaza.—Me lo dicen; lo he leído...—¿Y lo dudas?—A veces, sí.—No conoces bien a estos paisanos; cuando te hagas estadiza entre nosotros, ¡ya verás!—Veo mucha pobreza; las mujeres aquí abandonadas a sus fatigas, los hombres ausentes, duros.—¿Duros?... No te entiendo... Valdecruces es una aldea ruín; pero Maragatería es muy grande y tiene pueblos ricos y casas a la moda. Por ahí fuera, los maragatos que hicieron fortuna y recibieron estudios, son agora señorones de mucha fama.—Ya, ya...Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su estímulo regional, prosigue con algún calor:—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas.—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre.—Y tus agüelos,—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan triste!... Y en los hombres parece que se nota más.—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece!Mariflorlanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa:—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá...—Ya lo sé.—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para medrar, si a mano viene.Ahora Florinda sonríe a pesar suyo.—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico, temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal; entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado.—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra después de mucho tiempo, dejó un relojmuy grande en Madrid, regalado para un edificio de la Puerta del Sol.—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno, cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín, hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo?—Eso no.Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino. Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura:—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas?—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que veas que hay gente de prez nestas planuras de León!Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en este punto, y da otro giro a la plática.—¡Cómo sona la nube!—¡Sí!Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le hallaMariflorbastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes. Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra sentimental.Y cuando, alucinada, se inclinaMariflorpara coger, como una reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial...—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—. ¿Tienes miedo?—No.El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice, conmovida, sin saber por qué:—¿Sigue Marinela mejor?—Está lo mismo.—¿Aún dormís a la santimperie?—Ya no; mi tía se opone desde que empezó el mal tiempo.—¡Pobre pitusa!... ¡Y agora, si viene su padre tamién comalido!—¡No sé si vendrá!...—Ansí dicen que la tía Gertrudis os malface: ¿oístelo?Mariflorse había serenado un poco.—Eso es mentira—protestó.—Yo nunca lo creí: ni es bruja ni prodigiadora... Será, si acaso, conjurante.—Es una triste vieja como las demás.—Y mejor: sabe fervorines, cantares y medicinas, que te pasmas. Con tomillín de un cantero de la huerta y otro yerbato dulce, me curó a mí antaño la ronquez.—Dicen que está muy sola y muy necesitada.—Sí; la malfamaron y poco se la ayuda, aunque la juventud no cree, ya, en los hechizos: son cosas de rapaces y de viejas...Apretó a nevar: las muchachas, muy juntas y diligentes, seguían la margen del arroyo, fiel rumbo hacia Valdecrucesen la espesa cerrazón del horizonte. Ya estaba lejos el cauce del molino, y Maricruz, guiada por su experiencia campesina, anunció alegre:—Pronto llegamos.Mas al punto refrenó el paso, prestó oído y añadió pesarosa:—¡Ay!... ¡Se ha muerto la tía Mariana!—Sí; tocan a difunto—dice Florinda escuchando—, ¿pero cómo sabes que es por ella?—Fíjate en las posas: una... dos... Si hubiera muerto un hombre serían tres.—¡Ah!—También el tíoChoscoanda malico.—¡Pues mira que si se muere el enterrador!—Hereda el puesto el sacristán.—Y esa tía Mariana, ¿era muy vieja?—Sí, mujer: abuela de Facunda por parte de madre.—¿Y abuela de tu novio?—Velaí.—Vamos a rezar por su alma.Un devoto murmullo acarició los compungidos semblantes de las mozas, que llegaban a Valdecruces cuando ya, en precoz anochecer, moría la tarde, malherida de la nieve.IbaMariflortan penetrada por el soplo de la tragedia, que no experimentó grande inquietud al oir en su casa llantos y quejidos. Supuso llegada la hora de que la Humanidad, lo mismo que la Naturaleza, estallase en lamentos. Y las razones de esta lógica explosiva quedaron atravesadas por una voz lamentable que decía en la sombra delestradín:—¡Ay, cómo tardabas!... ¿No sabes que Pedro va a partir y que mi padre viene a morirse?Florinda no supo qué responder, y Marinela, deteniéndola aún por el brazo, añadió con angustia:—Madre dice que nosotras somos harto pobres para socorrer a un enfermo, y que la abuela ya no tiene casa ni haberes para aconchegar a su hijo; además, no quiere que mi hermano marche; llora por él clamando que se le rebatan, que se le quitan: la abuela gime y Olalla paez muda.—Pero, ¿quién ha escrito?—Tu padre.—¿A mí?—No: a la abuela.—¡A mí ya no me escribe!—¡Mujer, la carta pone para ti tantas de cosas!Dentro se habían apaciguado un poco las lamentaciones, yMariflorsiguió escuchando a su prima.—Verás: dice la esquela que unos maragatos ricos pagan estos viajes que te cuento. Mi padre llegará para la Pascua y el rapaz tiene que salir a primeros de mes con un paisano de Santa Coloma—. Suspiró con ansia la niña y lamentóse—: ¡Ay, Dios, ya estoy más sediente que nunca, con un jibro en el pecho y un acor en el alma!—Pues hay que tener ánimos—murmuró Florinda maquinalmente.—Yo no sirvo para este mundo... ¡Si pudiese entrar en el convento!En aquel instante llegaban los niños de la escuela sacudiéndose la nieve y extendiendo las manos en la oscuridad, con rumbo a la cocina, donde antes resonaron los lloros. Detrás de los rapaces entraron las muchachas.Ardía en el llar un fuego mortecino y temblaba sobre la mesa la luz del candil. En viendo Ramona a su hijo mayor, lanzóse a él con ademán salvaje y comenzó a gritar como si le prestaran sus aullidos todos los animales maltratados y moribundos:—¡Ay fiyuelo, quédome sin tigo!... ¡Te parí de mis entrañas,te pujé en mis brazos y trabajé para ti como una sierva!... Agora que me conoces y me quieres, te me quitan... ¡Ay, pituso, non te veré más!... ¡Los mares y los hombres te rebatan!...Parecían mordiscos, por lo hambrientos, los besos de la madre; lloraba toda la familia, y el zagal, asustado, apenas supo decir:—¡Volveré pronto!—Volverás muriente como tu padre, y yo estaré tocha y ceganitas como tu abuela, sin nido ni cubil pa tu resguardo; lo mesmo que esa pobre: ¡mira!Y conteniendo la explosión de su piedad en el acento ronco y firme, Ramona empujó a su hijo hasta la anciana.Acogióle ella entre sus brazos doblándose, en el sitial, para recibirle, con tan acongojada pesadumbre, como si del viejo corazón exprimido cayese en aquel instante la última gota de ternura.También Carmen y Tomasín se refugiaron, ronceros y llorones, en aquella caricia. Estalló un sollozo en el pecho de Olalla, y el triste concierto de ayes y suspiros volvió a levantar sus desconsoladas notas en la escena. Ramona, con los ojos fijos en el grupo que formaban los rapaces y la tía Dolores, fué serenándose hasta sentir un repentino bienestar que sin saber cómo se le subió a los labios en una dulce palabra.—¡Madre!—dijo.Nadie respondía. Las muchachas creyeron que hablaba sola. Pero ella avanzó resueltamente desde el sitio donde había quedado en pie. Su larga sombra ganó el techo y llenó la cocina de gigantes perfiles.—¡Madre!—iba diciendo—. En los últimos años, endurecido su áspero carácter por el infortunio, huyó arisca de pronunciar esta suave palabra.—¡Madre!—repitió—; ¿no me oye?Y puso las manos con inusitada blandura en los débiles hombros de la vieja.—¡Ah!... ¿Me llamaste a mí?—¡Claro! Mire: con llorar, el solevanto que nos acude non se desface y atribulamos a estas criaturas.—¿Qué quieres, hija?—Que no llore: es menester que Sidoro la halle moza.—¿Pos no dijiste?...—Era por decir: usté entodavía tiene salud y casa pa recoger a su hijo.—¡Ah!... ¿Consientes?...—¿Soy acaso una hereja?... ¿Se iba a quedar el pobre en medio de la rúa?... Pujaremos por él como cristianas.—Mujer, ¡Dios te lo pague!—Sí—murmuró Ramona, abrazando otra vez a Pedro—. ¡Dios me lo pagará cuando vuelva éste!...Temblaba Marinela apoyándose en su prima, y las dos, lo mismo que Olalla, se animaron con aquellas últimas frases.—Andaí—ordenó Ramona, alcanzándolas, con un gesto impaciente—. Van a venir las del filandón y no hay que poner las caras acontecidas. Mañana hablaremos al señor cura.—Denantes—pronunció Marinela aprovechando una cordialidad tan expresiva y rara—vide a la tía Gertrudis, y me dijo...—¿Onde la viste, rutiando por aquí?—interrumpió desabrida la madre.—Pasaba sobrazando un atiello de coscoja: ¡casi no podía con él!—Bueno; ¿y qué te dijo?—Que esta noche vendría al filandón, porque en la so cabaña no tiene luz para hilar... Yo no me atreví a decirle que no viniera; ¡como don Miguel manda que se la estime!...—Pos... ¡que entre!—concedió Ramona vacilante, mirando a Pedro con oscura inquietud—. Y agora, las cucharesy el pote: a cenar, pa que estos críos se acuchen.Las pálidas figuras del cuadro se movieron sin ruido, y rodó solitario en la estancia el son de la esquila parroquial, que aún contaba las fúnebres posas...

CORRÍA noviembre. Ya en los robles puntisecos y en las oscuras urces palidecían las hojas para morir enfermas de la fiebre otoñal; el sol se insinuaba amarillo y remoto, dorando apenas el matiz austero del paisaje, y en la hidalga llanura de León caían las horas con infinita pesadumbre...

Una tarde, muy triste,MariflorSalvadores tuvo que ir al molino, distante dos kilómetros del pueblo.

—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte.

Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela, otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre.

SalióMariflorcon su cestilla de centeno al brazo y sus profundas penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo, que ni el vuelo de un ave ledaba compañía: cigüeñas y golondrinas emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz pareció vieja y pálida al través de las nubes.

Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres, despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas corrientes.

Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz.

¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la felicidad. ViveMariflorcon los ojos puestos en todo lo que huye, en todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de estas ansiedades.

No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio. Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres. Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y triste.

Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite:

...soy el amor que pasa,

el niño amor que encontrarás un díatras de las tempestades de tu alma...

A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven.

Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión, temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un enamorado «escucho»...

Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos, una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del pastor.

Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y su encuentro allí conRosicler, el galán pastorcillo que ya emigró, como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós, adiós!... Iba llorando.

—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro.

Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una formidable desolación del mundo entero!...

Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al invierno en lánguida canción:

«¡Ay noche de Navidad,

ay noche serena y clara!...»

—Buenas tardes.

—Bien venida.

Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura deMariflor, que todavía parece forastera y trasciende a encantos desconocidos en el país.

—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez de los cabellos que la muchacha luce.

Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón abierto en el canal.

El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el agua.

Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil, y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio. Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno, platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse. A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que represe el agua.

Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia, la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja mencionan la familia de la joven:

—¡Quien la vió y quien la ve! ¿Noverdá?

—Sí; ¡con la arrufadía que gastaron!

—Era gente de mucha tramontana...

—¡Como tuvieron los haberes a rodo!...

—¡Y es bellida la moza!

La cual vió con gusto presentarse a Maricruz, que al regreso de Piedralbina entraba a pedir un poco de agua y a buscar compañía, si la hubiese, para volver a Valdecruces.

—Pues en la sotabasa—le dijeron—tienes colmado un cantarico; y aquí está la de Salvadores.

Bebió Maricruz, sonrió a su vecina y sentóse a esperarla.

—¿Qué hora será?—pregunta una mujer.

Otra responde:

—Sin la ruta del sol no es fácil conocerlo.

Y a la recién llegada le parece que habrán dado las tres.

—¡Corre mucho frío!—le dicen.

—Abondo, y cercea.

—Pos la nieve es segura.

—Sí; hogaño la tenemos antes de Navidá.

—Ya de madrugada hubo pinganillos en los alares.

—Pronto crece el Duerna y tenemos que abrir el fortacán para moler.

Una moza de Piedralbina anuncia sonriente que las fiestas de año nuevo van a estar muy preciosas. Y se discute la propiedad con que ese día los pastores se disfrazan de mujeres para hacer gala de resistencia y caracterizarse bien de valerosos. Así vestidos se denominanxiepas; bailan en zancos sobre la nieve, cantan y piden aguinaldos en extrañas procesiones nocturnas, que iluminan con «mechones» y adornan con tirsos, como los gentiles en las orgías de Baco...

Poco después, logrado porMariflorsu cestillo de harina, salen de la aceña las zagalas de Valdecruces.

—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve.

Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire.

Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la «avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores esperaban al tío Isidoro.

—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció.

—No sé—dice vagamente Florinda, observando conadmiración a su compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda apalabrada con un hijo de Tirso Paz.

El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del paisaje.

—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo Maricruz.

—No irá gente, si nieva.

—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso. ¿Dais entrada a la tía Gertrudis?

—Si va...

—Porque endecha unas historias de guerreros y marinos, que da gusto oyirlas. Ella anduvo en su mocedad por las playas y conoció a maragatos de mucho enseño, aquistadores que allende fincaron ciudades y ganaron a pote.

—Pero, ¿los hubo?

—Ya lo creo, rapaza.

—Me lo dicen; lo he leído...

—¿Y lo dudas?

—A veces, sí.

—No conoces bien a estos paisanos; cuando te hagas estadiza entre nosotros, ¡ya verás!

—Veo mucha pobreza; las mujeres aquí abandonadas a sus fatigas, los hombres ausentes, duros.

—¿Duros?... No te entiendo... Valdecruces es una aldea ruín; pero Maragatería es muy grande y tiene pueblos ricos y casas a la moda. Por ahí fuera, los maragatos que hicieron fortuna y recibieron estudios, son agora señorones de mucha fama.

—Ya, ya...

Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su estímulo regional, prosigue con algún calor:

—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas.

—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre.

—Y tus agüelos,

—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan triste!... Y en los hombres parece que se nota más.

—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece!

Mariflorlanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa:

—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá...

—Ya lo sé.

—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para medrar, si a mano viene.

Ahora Florinda sonríe a pesar suyo.

—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico, temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal; entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado.

—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra después de mucho tiempo, dejó un relojmuy grande en Madrid, regalado para un edificio de la Puerta del Sol.

—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno, cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín, hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo?

—Eso no.

Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino. Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura:

—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas?

—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que veas que hay gente de prez nestas planuras de León!

Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en este punto, y da otro giro a la plática.

—¡Cómo sona la nube!

—¡Sí!

Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le hallaMariflorbastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes. Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra sentimental.

Y cuando, alucinada, se inclinaMariflorpara coger, como una reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial...

—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—. ¿Tienes miedo?

—No.

El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice, conmovida, sin saber por qué:

—¿Sigue Marinela mejor?

—Está lo mismo.

—¿Aún dormís a la santimperie?

—Ya no; mi tía se opone desde que empezó el mal tiempo.

—¡Pobre pitusa!... ¡Y agora, si viene su padre tamién comalido!

—¡No sé si vendrá!...

—Ansí dicen que la tía Gertrudis os malface: ¿oístelo?

Mariflorse había serenado un poco.

—Eso es mentira—protestó.

—Yo nunca lo creí: ni es bruja ni prodigiadora... Será, si acaso, conjurante.

—Es una triste vieja como las demás.

—Y mejor: sabe fervorines, cantares y medicinas, que te pasmas. Con tomillín de un cantero de la huerta y otro yerbato dulce, me curó a mí antaño la ronquez.

—Dicen que está muy sola y muy necesitada.

—Sí; la malfamaron y poco se la ayuda, aunque la juventud no cree, ya, en los hechizos: son cosas de rapaces y de viejas...

Apretó a nevar: las muchachas, muy juntas y diligentes, seguían la margen del arroyo, fiel rumbo hacia Valdecrucesen la espesa cerrazón del horizonte. Ya estaba lejos el cauce del molino, y Maricruz, guiada por su experiencia campesina, anunció alegre:

—Pronto llegamos.

Mas al punto refrenó el paso, prestó oído y añadió pesarosa:

—¡Ay!... ¡Se ha muerto la tía Mariana!

—Sí; tocan a difunto—dice Florinda escuchando—, ¿pero cómo sabes que es por ella?

—Fíjate en las posas: una... dos... Si hubiera muerto un hombre serían tres.

—¡Ah!

—También el tíoChoscoanda malico.

—¡Pues mira que si se muere el enterrador!

—Hereda el puesto el sacristán.

—Y esa tía Mariana, ¿era muy vieja?

—Sí, mujer: abuela de Facunda por parte de madre.

—¿Y abuela de tu novio?

—Velaí.

—Vamos a rezar por su alma.

Un devoto murmullo acarició los compungidos semblantes de las mozas, que llegaban a Valdecruces cuando ya, en precoz anochecer, moría la tarde, malherida de la nieve.

IbaMariflortan penetrada por el soplo de la tragedia, que no experimentó grande inquietud al oir en su casa llantos y quejidos. Supuso llegada la hora de que la Humanidad, lo mismo que la Naturaleza, estallase en lamentos. Y las razones de esta lógica explosiva quedaron atravesadas por una voz lamentable que decía en la sombra delestradín:

—¡Ay, cómo tardabas!... ¿No sabes que Pedro va a partir y que mi padre viene a morirse?

Florinda no supo qué responder, y Marinela, deteniéndola aún por el brazo, añadió con angustia:

—Madre dice que nosotras somos harto pobres para socorrer a un enfermo, y que la abuela ya no tiene casa ni haberes para aconchegar a su hijo; además, no quiere que mi hermano marche; llora por él clamando que se le rebatan, que se le quitan: la abuela gime y Olalla paez muda.

—Pero, ¿quién ha escrito?

—Tu padre.

—¿A mí?

—No: a la abuela.

—¡A mí ya no me escribe!

—¡Mujer, la carta pone para ti tantas de cosas!

Dentro se habían apaciguado un poco las lamentaciones, yMariflorsiguió escuchando a su prima.

—Verás: dice la esquela que unos maragatos ricos pagan estos viajes que te cuento. Mi padre llegará para la Pascua y el rapaz tiene que salir a primeros de mes con un paisano de Santa Coloma—. Suspiró con ansia la niña y lamentóse—: ¡Ay, Dios, ya estoy más sediente que nunca, con un jibro en el pecho y un acor en el alma!

—Pues hay que tener ánimos—murmuró Florinda maquinalmente.

—Yo no sirvo para este mundo... ¡Si pudiese entrar en el convento!

En aquel instante llegaban los niños de la escuela sacudiéndose la nieve y extendiendo las manos en la oscuridad, con rumbo a la cocina, donde antes resonaron los lloros. Detrás de los rapaces entraron las muchachas.

Ardía en el llar un fuego mortecino y temblaba sobre la mesa la luz del candil. En viendo Ramona a su hijo mayor, lanzóse a él con ademán salvaje y comenzó a gritar como si le prestaran sus aullidos todos los animales maltratados y moribundos:

—¡Ay fiyuelo, quédome sin tigo!... ¡Te parí de mis entrañas,te pujé en mis brazos y trabajé para ti como una sierva!... Agora que me conoces y me quieres, te me quitan... ¡Ay, pituso, non te veré más!... ¡Los mares y los hombres te rebatan!...

Parecían mordiscos, por lo hambrientos, los besos de la madre; lloraba toda la familia, y el zagal, asustado, apenas supo decir:

—¡Volveré pronto!

—Volverás muriente como tu padre, y yo estaré tocha y ceganitas como tu abuela, sin nido ni cubil pa tu resguardo; lo mesmo que esa pobre: ¡mira!

Y conteniendo la explosión de su piedad en el acento ronco y firme, Ramona empujó a su hijo hasta la anciana.

Acogióle ella entre sus brazos doblándose, en el sitial, para recibirle, con tan acongojada pesadumbre, como si del viejo corazón exprimido cayese en aquel instante la última gota de ternura.

También Carmen y Tomasín se refugiaron, ronceros y llorones, en aquella caricia. Estalló un sollozo en el pecho de Olalla, y el triste concierto de ayes y suspiros volvió a levantar sus desconsoladas notas en la escena. Ramona, con los ojos fijos en el grupo que formaban los rapaces y la tía Dolores, fué serenándose hasta sentir un repentino bienestar que sin saber cómo se le subió a los labios en una dulce palabra.

—¡Madre!—dijo.

Nadie respondía. Las muchachas creyeron que hablaba sola. Pero ella avanzó resueltamente desde el sitio donde había quedado en pie. Su larga sombra ganó el techo y llenó la cocina de gigantes perfiles.

—¡Madre!—iba diciendo—. En los últimos años, endurecido su áspero carácter por el infortunio, huyó arisca de pronunciar esta suave palabra.

—¡Madre!—repitió—; ¿no me oye?

Y puso las manos con inusitada blandura en los débiles hombros de la vieja.

—¡Ah!... ¿Me llamaste a mí?

—¡Claro! Mire: con llorar, el solevanto que nos acude non se desface y atribulamos a estas criaturas.

—¿Qué quieres, hija?

—Que no llore: es menester que Sidoro la halle moza.

—¿Pos no dijiste?...

—Era por decir: usté entodavía tiene salud y casa pa recoger a su hijo.

—¡Ah!... ¿Consientes?...

—¿Soy acaso una hereja?... ¿Se iba a quedar el pobre en medio de la rúa?... Pujaremos por él como cristianas.

—Mujer, ¡Dios te lo pague!

—Sí—murmuró Ramona, abrazando otra vez a Pedro—. ¡Dios me lo pagará cuando vuelva éste!...

Temblaba Marinela apoyándose en su prima, y las dos, lo mismo que Olalla, se animaron con aquellas últimas frases.

—Andaí—ordenó Ramona, alcanzándolas, con un gesto impaciente—. Van a venir las del filandón y no hay que poner las caras acontecidas. Mañana hablaremos al señor cura.

—Denantes—pronunció Marinela aprovechando una cordialidad tan expresiva y rara—vide a la tía Gertrudis, y me dijo...

—¿Onde la viste, rutiando por aquí?—interrumpió desabrida la madre.

—Pasaba sobrazando un atiello de coscoja: ¡casi no podía con él!

—Bueno; ¿y qué te dijo?

—Que esta noche vendría al filandón, porque en la so cabaña no tiene luz para hilar... Yo no me atreví a decirle que no viniera; ¡como don Miguel manda que se la estime!...

—Pos... ¡que entre!—concedió Ramona vacilante, mirando a Pedro con oscura inquietud—. Y agora, las cucharesy el pote: a cenar, pa que estos críos se acuchen.

Las pálidas figuras del cuadro se movieron sin ruido, y rodó solitario en la estancia el son de la esquila parroquial, que aún contaba las fúnebres posas...


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