SÃ; podrÃa aseverarse muy bien, no sólo que la materiapiensa, sino que su pensamiento es infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma de él, una manifestación autoritaria de la razón fÃsica, á la cual la conmovedora é incurable locura de los hombres, ya hemos dicho que se empeña en oponer la razón mÃstica, que es en realidad una creación y una servidora de aquélla, del mismo modo que los instintos y las pasiones. Los devaneos, fantasÃas, caras á las veces, y briosas imaginaciones de esta razón que vive de prestado, perduran, resisten á la muerte y son cosas animadas y verdaderas, mientras sirven solÃcitas los firmes designios de la razón madre, donde encuentran su razón de ser todas las formas de lo corpóreo y lo intangible. Son como las floraciones y galas mudables de un árbol eterno. He ahà por qué las verdades, las religiones, las aspiraciones humanas envejecen y caducan; y he ahà por qué, al modo de los insectos, cuyo destino fugaz y radioso es el de depositar los huevos en el seno protector de la tierra y, asegurada su descendencia, morir, la bondad, la virtud, la razón de una época parecen ó son sacrificadas al dar á luz la razón, la virtud y la bondad de la época que sigue. Asà las duras virtudes del paganismo, fueron destruÃdas sin piedad por laspiadosasvirtudes cristianas, y éstas que alguien llama con ternura melancólicales vertus délaissées, empiezan á marchitarse, sofocadas por las soberbias vegetaciones del culto de la Vida, que brotan en toda la tierra, muestran las encendidas flámulas de sus floraciones tropicales en todos los horizontes y principian á enseñorearse del paisaje moral visible á los ojos humanos.
Como la antorcha que simboliza la vida en las fiestas panateneas, la antorcha del espÃritu pasa de mano en mano. Las superestructuras cambian. Las verdades transitorias, las mentiras saludables de que se nutre un instante la humanidad, perecen asà que ésta agota el jugo vital que aquéllasatesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad de vivir, que trabaja oculta en los antros más profundos de las almas, como un gnomo prodigioso, que produce maravillas y opera milagros, escondido en las concavidades misteriosas de la tierra.
Masel respeto de la Vida, que sale de los laboratorios é informa el pensamiento moderno, se infiltra en las religiones y obra sobre las costumbres con el renacimiento de los deportes atléticos y el amor de la acción, nace, mirándolo bien, de la metafÃsica de la fuerza. Ó de otro modo, el triunfo de la religión de la Vida es la implÃcita consagración del culto de la Fuerza. La moral de esta última, á pesar de la terca y enconada oposición de nuestros ideales del momento, aparecerá triunfante como un sol que rompe las nieblas matutinas, cuando se desvanezcan del todo en la conciencia humana los espejismos que tergiversan el valor de las cosas é invierten las reales y eternas, aunque á veces imperceptibles jerarquÃas, de la razón universal. La diosa de voluntad diamantina no herirá entonces los sentimientos más caros de los hombres, ni aparecerá á los ojos de éstos como una deidad maléfica, como un genio enemigo, sino al revés, como el ángel protector de los huevecillos dorados, que ponen en el nido tibio del alma las ilusiones favorables á la existencia... Si todavÃa rechazamos con fiera indignación sus verdades infalibles, trágica hermosura y grande justicia, á la que empero, quieras que no, ignorándolo ó á sabiendas, se someten todas las cosas, es porque nuestra razón y sensibilidad de invernáculo no se acuerdan con las leyes que rigen fuera de él; es porque ignoran que su propio crecimiento va á romper presto los vidrios que las protegen de los soles enfloradores y las nieves esterilizantes y que será preciso aclimatarse ó perecer; es porque no conocen su pristino origen, ni saben que sólo son las pintadas y efÃmeras mariposas en que se transforma una porción diminuta de la fuerza eterna é inconmensurable.
Esteconvencimiento vago, que gana poco á poco las conciencias más quisquillosas y aun los ingratos cerebros en que la leche del saber se agria y cuaja en ñoño sentimentalismo, traerá aparejado, al decantarse, un cambio radical en la apreciación de las acciones y excelencias humanas. La victoria del más fuerte no parecerá ignominiosa como hasta aquÃ, sino altamente justa y saludable porque será, en un momento dado, el triunfo de lo más vital, de lo que sirve mejor el único propósito discernible en las intenciones confusas de la Naturaleza. Es la voluntad de existir y dominar. Reconocida la fuerza como el elemento divino, generador del universo; establecido el idéntico abolengo é ilustre prosapia de la Razón y la Necesidad, delFactumy de laidea triunfante; en resumen, de lo que domina y se impone material ó espiritualmente, la conciencia humana enriquecida por definitivas nociones de lo real, dilatará los horizontes de su concepción ética, teniendo por primera vez, una vislumbre justa del Bien y del Mal absolutos.
Y aquà darÃa principio el reino de lo divino natural. Cada excelencia serÃa una irrefragable manifestación de él. Las criaturas, las cosas, las almas, se graduarÃan en la escala de la vida por la cantidad devirtudque almacenasen. Lo pequeño no podrÃa ser lo grande, como acontece para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; ni lo débil lo robusto; ni las aspiraciones más nobles serÃan precisamente, por una estupenda inversión de valores morales, las que más deprimen y amengüan la voluntad de ser. Las superioridades, las verdades, los triunfos se impondrÃan sin demostración, por sà mismos, por el hecho de existir. Y las antinomias de lo que es, y de lo que debÃa ser, de lo objetivo y lo subjetivo, á causa de las cuales tantas inquietudes han atenaceado al hombre, acabarÃan por reconciliarse para siempre en el regazo maternal de la grande razón.
Formidablestestas han acometido la singularÃsima aventura de echar los cimientos de la fábrica moral, no en la voluble razón del espÃritu, sino en la firme razón de la materia, volviendo por tal arte á poner sobre sus pies á la humanidad aburrida dela parada de cabezahegeliana. Pero únicamente el amable pensamiento de Guyau intentó poner de acuerdo la moral de la fuerza con nuestra moral; la expansión de la vida y los instintos interesados y agresivos, con el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, á decir verdad, los sentimientos expansivos y nobles que cita para descubrir la faceta social de la criatura humana y probar que «la vie comme le feu, ne se conserve qu'en se communiquant», sólo son modalidades delinstinto de soberanÃa,instinto que por medio del amor ó del convencimiento tiende á ocupar más espacio en el alma ó la inteligencia de los otros, no es menos cierto que tales manifestaciones de la superabundancia de vida entrañan, en su propia intensidad, un principio altruista que transforma el despliegue de la fuerza en lo que llamamos sentimientos generosos ó expansión hacia las demás criaturas. Más aún. El poder ergotizante del filósofo-poeta partiendo de la expansión de la vida como elemento activo de la conducta, llega no sólo á resolver la afligente antinomia de lo individual y lo social, sino á establecer á la manera del viejo idealismo, la supremacÃa del espÃritu, precisamente porque éste realiza el máximum deintensidad extensiva, es decir, de fuerza dominante.
Una argucia ó vuelta de grupas de la misma Ãndole, da nacimiento á la moral de las ideas-fuerzas de Fouillee, la cual, por otra parte, se apoya en hechos, en realidades y no en soportes religiosos ó metafÃsicos. «Las fuerzas, dice, en acción en el mundo ó en nosotros, cualquiera que sea su naturaleza intrÃnseca, concluyen por concebirse en nuestra conciencia y al concebirse transformándose en ideas, juzgan lo real, lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas.» Nopor arte, pues, de birlibirloque, sino por las vÃas naturales de la experiencia, llega el representante del idealismo francés á fabricar como Guyau, con substancias materiales, los útiles productos de lavoluntad de conciencia y el persuasivo supremo. En su tozudo afán de establecer la acariciada superioridad de la inteligencia, el neo-idealismo contemporáneo hace muchos de estas sorprendentes excursiones al arsenal de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas fuerzas, vese obligado Apolo á sentar los divinos pies en la tierra. Sólo que después de cada nueva adulteración y embrollo, queda más claramente dilucidado lo que podrÃa llamarse el origen material del espÃritu y la naturaleza agresiva de las morales. Las ideas son transformaciones de fuerzas; las ideas-fuerzas, como tales, no pueden establecer su imperio en los dominios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al exterior sin combatir ni dominar.
Lalarga y laboriosÃsima evolución de las morales interesadas ó fisiológicas, de las que desaparecen poco á poco los elementos divinos y luego las substancias espirituales á medida que la inteligencia humana se nutre y enriquece de conocimientos positivos, termina después de la grande revolución de Darwin en la ciencia y de Spencer en la biologÃa, en el osado intento de Nietzsche y Guyau de construir el noble edificio de la moral sobre los formidables cimientos de la fuerza, para darle á la conducta humana una base inamovible y en armonÃa con las leyes del universo.
Por otra parte, la reacción de los hebreos contra toda aristocracia, continuada por el cristianismo, los ideólogos y loshombres sensiblesdelsigloxviii, hasta florecer espléndidamente en los inmortales principios de la gran Revolución, remata luego de acicalarse con los ensueños, quimeras y utopÃas sociales de los discÃpulos de Jean-Jacques, en el determinismo económico de Marx, explicación materialista de la historia, de la que el Oro, el heredero legÃtimo de la fuerza en las sociedades, es el principio generador.
Esta doctrina, antagónica delétat pensantque vive fuera del Taller; este socialismo cientÃfico, destructor de lo que llama con enojo y desprecio un discÃpulo de Marx ladisociación ideológica ó irrealismode la cultura greco-latina, traduce en luchas sociales por la riqueza, el mando y la dominación del mundo las aspiraciones sentimentales de los humildes que antaño pretendieran establecer, en ebriedad generosa, el reino de Dios sobre la tierra.
Acontece, pues, que de un modo ó de otro, por vÃas ocultas ó visibles, las actividades humanas concentran en el dominio los fuegos de la voluntad, y resuelven en opresiones y tiranÃas los idealismos más desinteresados y puros. La fuerza tiende á ejercer su imperio porque es la fuerza; la vida tiende á dilatarse porque es la vida. El tiempo descubre infaliblemente, los principiosactivos de la conducta humana, que son idénticos á los de toda la actividad universal. En vano es desvirtuar con metafÃsicas mixturas su naturaleza combativa y dominadora. Los hechos muestran la garra felina. La trama y el reverso de los variados tapices de la historia, enseñan que un estado social es una cristalización de la violencia, y que las reacciones contra él, aun las más idealistas, terminan fatalmente en otras cristalizaciones sociales autoritarias y opresoras. Los sistemas de gobierno, las morales, las religiones mismas—propugnáculos y murallas que acaso no tienen otro objeto que proteger la conquista económica,—obedecen á esa ley universal, porque lo universal son las transformaciones de la fuerza que constituyen á su turno los módulos de la vida. Ved el cristianismo; la religión del amor, la piedad y el desprecio de los bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil subterráneo, sale de las tenebrosas catacumbas de Roma, quema vivos á los herejes, provoca mil guerras y persecuciones y oprime al mundo en un abrazo de mortal amor. Los desheredados, los miserables, los enfermos; la escoria de la sociedad, los oprimidos, en fin, pasan á ser opresores, desplegando en sus luchas por la dominación un celo apasionado y cruel, una ferocidad implacable, un furor divino que, no saciándose con el odio y la persecución de los infieles y dañados, inventa sutiles razones y refinadas torturas para aprisionar y atormentar á su antojo el alma temblante de los adeptos. La Revolución, la gran Revolución, luego de cometer mil horrendos crÃmenes en nombre de la Libertad, termina en las tiranÃas de Robespierre y Napoleón. El reino de la Razón, resulta la locura trágica del Terror. La eterna paz, guerra sin fin. Después... las indestructibles jerarquÃas vuelven á establecerse con otras etiquetas. à los privilegios de la nobleza suceden los privilegios de la burguesÃa; la aristocracia del dinero á la aristocracia de la sangre; el derecho burgués al derecho feudal; la tiranÃa del número á la tiranÃa del rey, y la fementida fórmula en que se resumen los Inmortales Principios y los Derechos del Hombre, no inspiran más respeto, ni tienen más virtuosidad en el frontón de los edificios públicos, que los versÃculos del Corán en los muebles moriscos de los bazares exóticos. Pasada la tromba niveladora, en el interior de Francia los hombres y las clases se separan y ocupan el puesto que les da su valor social, como los lÃquidos de densidad diferente se gradúan por su peso si dejan de ser agitados. En el exterior, la revolución que acariciara el pretencioso intento de suprimir las fronteras y establecer la patria universal, acierta sólo á instituir el principio de las celosas nacionalidades y la formación de las repúblicas americanas, donde las diferencias y las aristocracias sociales se acentúan más cada dÃa, á pesar de las leyes democráticas que las rigen. Asà que sus fuerzas expansivas lo reclaman, el pacÃfico y modesto paÃs de Washington, se convierte en la patria altanera é imperialista de Roosevelt, por las mismas razones y de idéntico modo que la poética Alemania de los claros de luna, de lagrechensy del imperativo categórico, en la utilitaria y temible nación de Bismarck y la filosofÃa de la historia.
De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces varios, que reclamaban las necesidades subjetivas del hombre, no libertado aún de las tiranÃas de la finalidad ni de la sed de lo infinito, el reinado de la fuerza no ha dejado jamás de existir en las sociedades salvajes ó cultas. Las firmes columnas de su trono, son las leyes mismas de la vida. Sea la primordial de ésta eldeseo de poderde Hobbes, ó la lucha Darwiniana,ó lavoluntad de dominaciónde Nietzsche, ó lavoluntad de concienciade Fouillee, ó laexpansión de la vidade Guyau, óla vida creadorade Bergson ú otra ley no formulada aún por labios mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante surge del disforme vientre del caos; anida en el alma de todas las cosas, de las religiones, de las filosofÃas y del amor mismo y es asà como el fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa alguna, escapa al imperio de la terrible divinidad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran humildemente, los dioses del olimpo y los gusanos de la tierra.
Esun bien ó un mal? En todo caso es una indestructible realidad, contra la que, al punto á que han llegado las nociones positivas de las cosas, no cabe ni conviene revelarse. ¿Qué hacerle? Las atenuaciones de la cultura idealista y las virtudes cristianas, que fueron en un principio indispensables para corregir la virulencia del egoÃsmo nativo y contrarrestar los abusos naturales, pero anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común, parecen hoy nocivas á las sociedades caducas, excesivamente domesticadas y cuyos apagados ardores para la acción y la lucha piden más bien enérgicos revulsivos. Las nuevas disciplinas morales tratan de dárselos; obedecen á una alta necesidad. ¿Qué serÃa de los hombres y los pueblos que practicasen el desinterés, el desprecio de los bienes materiales, en esta época en que la superioridad económica entraña todas las otras? Las viejas virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. El exhausto é inane espiritualismo confiésase impotente para forjar una nueva ilusión favorable á la vida. Las mentiras saludables, que en otra hora fueron propicias al instinto vital para producir los espejismos encantados que le daban á la existencia una razón de ser y la marcaban imperiosamente un derrotero, no tienen hogaño ninguna virtud activa. La ciencia condena implacable las aspiraciones subjetivas é ilusiones metafÃsicas en pugna con las verdades é hipótesis que ella establece frÃamente, sin piedad y sin rencor. La humanidad provecta, curada de locura juveniles y ansiosa de bienes reales, no cree en los campos elÃseos del edén ni en los mÃsticos jardines del alma; prefiere las prosaicas dichas que satisfacen, sin las torturas de lamala conciencia, su apetito de carne, su sed de vino.
Perdida la ilusión fastuosa del ParaÃso y de toda finalidad transcendente, sin excluir la del superhombre, las actividades y aspiraciones humanas van, como al caer la tarde las dispersasovejas al redil, hacia la religión de la Vida, elevada y cruel en aquellos pensadores que, aceptando los principios selectivos de la Naturaleza como necesarios á la evolución progresiva, quieren la vida bella y dura como el diamante; rastrera y fecunda en los que, rechazándolos y desdeñosos de toda excelsitud, aspiran sólo honestamente á la dicha común del mayor número.
Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo y del plebeyismo, llevada sin embozos ni trapujos, al campo de honor de los intereses materiales, donde las categorÃas idealistas pierden sus múltiples y engañosos matices y se resuelven en deseo de poder y lucha por la riqueza entre los poseedores y los desposeÃdos. Los primeros, individualistas ó no, sin exceptuar á la clase pensante, que tan sospechosa y antipática va pareciendo á los trabajadores, son los menguados descendientes, pero que llevan aún en la sangre la pimienta del heroÃsmo, de los jefes, hombres providenciales y cazadores forzudos delante del Señor que guiaron á los pueblos en su aurora; los segundos, solidaristas ó ácratas, son los ensoberbecidos vástagos de la turbamulta pasiva y rebañega, convertida en pueblosoberano por la fuerza del número. Su oposición es la oposición de la parte caduca del pasado señoril, sibarita, ensoñador, guerrero, y el presente cientÃfico, pacifista, práctico, laborioso. Del choque nace el antagonismo y la anarquÃa de las ideas contemporáneas; las trágicas luchas sociales y el drama Ãntimo de las conciencias: antros obscuros donde á ciegas riñen guerreros con sotana, señores vestidos de harapos y mendicantes que ostentan valiosas plumas en los sucios y miserables chambergos.
El espÃritu clásico, razonante y finalista, que reconoce un principio divino y la supremacÃa de la inteligencia sobre elquerery elpoderpara la bella ordenanza del mundo, fué siempre amante de las jerarquÃas bien establecidas, del orden, de la autoridad, de la sumisión á la regla; pero al mismo tiempo, por exceso de cultura literaria, es irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, ya que perpetúa con el desinterés y el altruÃsmo, un engaño, una mentira, un espejismo peligroso para las energÃas viriles de la inteligencia y del alma. à las veces por sensiblerÃa y razones de justicia convencional, de esa justicia compuesta con toda suerte de productos artificiales en las aulas de los ideólogos, pica endemocrático y humanitarista, pero en el fondo, si deja hablar suinstinto profundoes un adorador de la fuerza idealizada—como corresponde á quien ha nacido con el alma gran dama y el espÃritu gran señor,—y acata las copetudas excelencias y aristocracias morales que ella establece á su capricho, de la misma manera que el espÃritu moderno, un tanto macarrónico, á pesar de su ciencia, cree únicamente en la fuerza real y respeta sólo las superioridades de hecho y las aptitudes que se imponen por su eficacia y utilidad inmediatas.
Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas virtudes de los humanistas, causa eficiente ayer de poderÃo y hoy de flaqueza, puesto que llevan al renunciamento, crimen monstruoso ahora como fué antes decantada virtud; y las industriosas y batalladoras cualidades necesarias á las naciones para no ser vencidas en la contienda universal, no cabe pacto ni conciliación. Es la lucha de dos mundos; uno que nace, otro que muere; es la lucha inevitable y eterna de la tradición conservadora y la educación revolucionaria como dicen los fisiólogos y que constituye el fenómeno de la vida lo mismo en la naturaleza que en las sociedades.
Ladiscordia que la antigua sabidurÃa creyó suprimir entre los hombres, sin barruntar que con ella hubiese desaparecido la existencia misma, ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada grado de la civilización. Son las novÃsimas formas de la cultura, las modalidades del progreso, las manifestaciones de la vida. Cuanto más avanza ésta, más se complica y refina la lucha no sólo entre los hombres, sino entre las ideas, sentimientos é instintos de cada hombre. Lucha entre el ideal y la realidad, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y lo social, entre el capital y el trabajo, entre los opresores y los oprimidos, entre los que nacieron marcados con el signo radioso de la voluntad dominadora y los que vinieron al mundo llevando en el cuello el collar infamante de los esclavos.
Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario siempre, es de aquello que interpreta mejor, en un momento preciso, los propósitos impertérritos é incontrastables de la razón universal.
La cuestión social que actualmente nos atribula, se resolverá como todas las otras: por el dominio de los fuertes sobre los débiles. El comunismo evangélico, soñado por ciertas órdenes religiosas y que ha tenido sus últimos destellos en el misticismo anárquico de Tolstoy; la Edad de oro de los utopistas del sigloxviiiy laFederación universalde los libertarios modernos; los ideales colectivos, por decirlo todo, punto extremo de la EconomÃa que pretende organizar la sociedad, vale decir la producción, cientÃficamente, es muy posible y aun probable que puedan arraigar en la áspera corteza del globo. Mas ello no será porque los consabidos ideales sean justos, según nuestra universitaria justicia; no por las razones sentimentales que á todos nos impulsan á revelarnos contra lo que el instinto social, desarrollado por el influjo del ambiente humano á expensas del egoÃsmo nativo, llama iniquidades sociales, vÃas ocultas acaso de una justicia suprema; sino porque la evolución económica llega á un punto culminante y preciso en que «la producción colectiva reclama la repartición colectiva», y, sobre todo, porque siendo las necesidades pecuniarias las primeras que hoy es necesario satisfacer para vivir tanto material como moralmente, fuerza es que arrastren mayor número de almas y tengan más grande influjo sobre las sociedades que el aristocratismo idealista, cuyos principios eficientes, cuasi mÃsticos, no pueden ser impulsores sino de las naturalezas muy cultivadas y finas. Y he aquà otra prueba palpable de la relatividad y miseria de las presuntuosas verdades salidas de la testa del hombre. Una simple modificación de las circunstancias ambientes, vuelve las tornas de los valores humanos: las cualidades excelsas truécanse en causa de inferioridad y los ineptos de ayer se convierten en los aptos de hoy.
No; la sociedad no ha sido nunca ni será en el porvenir la obra santa del Bien, de la Justicia ni del Derecho, sino el engendro diabólico del instinto vital dominante, ó como quiere Marx, el producto de la lucha de clases, engendrada, según él, por la evolución de los intereses y que determina, por añadidura, el proceso de la historia entera. Es la parte cierta, salvo ligeras restricciones, del socialismo cientÃfico ó criticista, que muy poco tiene que ver con las utopÃas sentimentales de Rousseau, del cura Meslier y de los ideólogos, ni con las componendas burocráticas y fiscales óutopÃas de los cretinos, ni con otras formas pueriles delsocialismo vulgarisde que nos habla el docto Labriola. Muy acertadamente dice Marx: «El modo de producción de la existencia material, determina generalmente elprocessussocial, polÃtico é intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre lo que determina su manera de ser, sino, al contrario, su manera de ser social, lo que determina su conciencia. El cuerpo creador se crea el espÃritu como una mano de su voluntad», dirÃa Zaratustra. «La producción primero, agrega por su parte Engels, y en seguida el cambio de los productos, forman la base de todo orden social. Esos dos factores determinan, en cualquier sociedad dada, la distribución de las riquezas y, por consiguiente, la formación y las jerarquÃas de las clases que las componen. Esto sentado, si queremos encontrar las causas determinantes de tal ó cual metamorfosis ó revolución social, será preciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni en su conocimiento superior de la verdad y lajusticia eternas, sino en las metamorfosis del modo de producción y de cambio, en una palabra, no en la filosofÃa, sino en la economÃa de la época estudiada.»
Estos razonamientos pedestres son la antÃtesis del vértigo de las alturas, agria voluptuosidad de las excursiones metafÃsicas, pero producen la reconfortante impresión de la tierra firme después de un largo viaje marino ó una ascensión aerostática. Por fin los fenómenos sociales pueden explicarse positivamente, sin echar mano de sutiles recursos: son las apariencias, las superestructuras de la evolución económica, la cual provoca la formación y la lucha de clases y ésta, á su vez, la enmarañada urdimbre de la historia. La ineficacia de las disciplinas idealistas en los sucesos del mundo, que tan hondos lamentos arrancó á Renán, queda explicada claramente. El modo de producción y de cambio, sometiendo á su influjo plasmante las manifestaciones todas de la vida social, crea el bien, la justicia y el derecho de cada época, que no son otra cosa, en último término, que «la expresión autoritaria de los intereses que han triunfado», y dicta las relaciones de los hombres que sólo son, en substancia, «relaciones de producción, correspondientes á un perÃodo dado del desenvolvimiento de sus fuerzas productivas».
Aun no ha llegado el momento, ni llegará acaso nunca por falta de documentación histórica precisa, de explicar, por medio del determinismo económico, los mitos, las religiones, las morales como ha intentado hacerlo incauta y puerilmente Lafargue. Mas ciertos hechos indiscutibles, aducidos con grande copia de comentarios por la escuela marxista, y la observación, constatada, en general, de que las efervescencias y revoluciones humanas obedecen, en el fondo, á causas económicas visibles ú ocultas, legitiman las pretensiones del materialismo histórico y permiten interpretar, en conjunto, una gran parte del pasado. Y si bien se considera, hasta los más ayunos de doctrina, pueden comprender, con un poco de buena voluntad, que siendo las necesidades materiales las más hondas y urgentes, debieron de inspirar en todo tiempo las metafÃsicas, retóricas y reglas de conducta favorables á su satisfacción; y que siendo el espÃritu asà como la sombra del cuerpo ó de la necesidad, las estructuras sociales se explican más acabadamente por la economÃa de cada época que por sus engañosos espejismos mentales.
Antaño podÃan abrigarse dudas sobre la veracidad de tal afirmación, que á muchos ingenios, y no de los más romos, hubiera parecido descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo formidable y fatal de los fermentos económicos se ha hecho visible en la edad moderna, cuya morfologÃa empezamos á conocer Ãntimamente, sin que nublen los ojos veladuras idealistas ni misterios divinos. La transformación completa de las sociedades por la manufactura comercial, la grande industria y el capitalismo, no dejan al respecto ni asomos de dudas. Más queespÃrituprecipitado parece el mundo condensación de egoÃsmo. En el Manifiesto Comunista, y, sobre todo, en las luengas páginas del Capital, admirables de análisis y lógica, muestra, con muy concertadas razones, el pontÃfice del socialismo cientÃfico, cómo los nuevos modos de producción y las fuerzas expansivas del comercio rompieron las servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales del mundo feudal para dar origen al reino de la finanza y la grande industria, y cómo el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres para colaborar en el mismo producto, ó en otras palabras, cómo la producción colectiva, mina al presente los fundamentos de laapropiación individual, ó lo que es lo mismo, de la sociedad capitalista; roe sus soportes polÃtico-jurÃdicos y trata abiertamente de imponer los códigos comunistas y la repartición colectiva que corresponden á aquella producción. De modo que, por la fuerza de las cosas, se efectuará, según los arúspices socialistas, la muerte de la sociedad burguesa, fundada sobre «la odiosa explotación del hombre por el hombre», y el advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad idÃlica, en la que «el libre desenvolvimiento de cada uno, será la condición del libre desenvolvimiento de todos.»
Dulcesanuncios, capaces de tonificar la desmayada esperanza en el edenismo terrestre, si no los hiciera sospechosos el endiablado parentesco con las amables sofisterÃas de Jean-Jacques y la hueca y rimbombante fraseologÃa jacobina! Sin duda, hay mucho de verdadero en la abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones y aplicaciones prácticas, como engendros del espÃritu de sistema, intención pueril de hacer entrar las realidades en los angostos casilleros de la abstracción, parécenme sobrado artificiales y, á la postre, ingenuas. Se comprende, sin grande esfuerzo, el papel principal y decisivo de la lucha económica en la historia del mundo, y que la sociedad comunista suplante á la sociedad burguesa, como ésta misma suplantó á lafeudal en el gobierno de los hombres, cuando lo pidieron las leyes de la producción. Lo que es más difÃcil de digerir, á pesar de los jugos gástricos de la dialéctica marxista, es cómo ha de impedirse la formación de las clases sociales y el antagonismo de ellas, aun en el caso de suprimir, lo que es ardua empresa, la lucha económica, causa presunta de los males que afligen á la sociedad, pero al mismo tiempo causa cierta también del proceso histórico de las sociedades. Sin la lucha económica, se dice, y lo que es su consecuencia, sin la lucha de clases, desaparecerÃan los privilegios burgueses, las desigualdades inicuas, la dominación de los pobres por los ricos. Mas para lograrlo, hace falta la destrucción de la propiedad—que es un robo, según reza el resobado aserto de Prudhon,—del capital, del comercio, de la libertad, y, en fin, de las desigualdades naturales, porque si éstas subsistieran en cualquier forma, las odiosas jerarquÃas se establecerÃan nuevamente y con ellas el predominio de unos hombres sobre otros. Luego hace falta para la organización cientÃfica de la humanidad, organización destinada á concluir con la guerra de los hombres y la anarquÃa capitalista, no sólo la igualdad civil, sino laigualdad económica, sin la que, la primera y aun la democracia misma, es un puro fantaseo, y por añadidura la igualdad moral, intelectual, todas las igualdades. Y como la lucha entre los hombres existirÃa aún, mientras hubiera ambiciones y egoÃsmos, habrÃa que suprimir los egoÃsmos y las ambiciones, ó lo que es igual, habrÃa que suprimir la vida misma. Es un punto de contacto curioso entre los ascetas y los comunistas de todos los tiempos. Cómo las cerezas, que en tirando de unas vienen las otras detrás, las enormidades traen las enormidades. Es lo que acaece cada vez que la inteligencia, olvidando que es la servidora del instinto vital, se lanza á construir castillos de abstracciones, en guerra abierta contra la fÃsica del alma y la lógica infalible de las realidades.
Muchas y muy serias objeciones cabe hacer á la concepción marxista del dinero, de la mercancÃa, del capital, y más aún, á las tendencias fatalmente niveladoras y utópicas de la doctrina que está en vÃsperas de desquiciar el mundo burgués. Pero hay algo en que nadie ha parado mientes y que se me antoja realmente imperdonable en el sesudo Marx: es la incomprensión del valordivinode la moneda, después de habercomprendido su valor fisiológico, digámoslo asÃ, en el desarrollo orgánico de las sociedades. Y, sin embargo, á lo que se me alcanza, sólo admitiendo que el Oro es elsubstratumsocial de la voluntad de dominación y que como tal, se crea la ética que le conviene, es que podrÃa aseverarse que la filosofÃa y las instituciones son las superestructuras de la economÃa, como lo afirman, sin empacho, Marx y Engels; sólo reconociendo, con estoica resignación, que el Oro es el signo de la diosa guerrera, creadora y destructora de la sociedad, y por lo tanto el acicate del deseo de poder, es que puede resultar cierto, ya que todos los brotes del carácter son obra de aquella, que la lucha de clases sea la historia del mundo, como el planeta, la vida, el hombre y el pensamiento mismo son el producto maravilloso de una lucha sin tregua ni fin.
Demodo, pues, que la Federación Europea del sueño feérico y prosaico á una de Hipólito Dufresne, no se realizará por otros medios que los empleados hasta ahora por las clases triunfantes para consolidar sus conquistas y establecer su dominio; ni eliminará la vitanda lucha entre los hombres, aunque suprimiera la lucha económica; ni los libertará de esclavitudes fatales; ni por el hecho de equilibrar los bolsillos, nivelará los cerebros y las almas. La sociedad futura, en donde el gobierno de las cosas reemplazará al gobierno de las personas, gobierno técnico y pedagógico, reino ecuánime y omnÃmodo de la ciencia, que podrÃa terminar como el reino de la Razón, prepara ya en las sombras los instrumentos de tortura y diseña las jerarquÃas del nuevo imperio. En el altar de la diosa Igualdad, á los pies del Ãdolo populachero, empiezan á depositarse, como costosas ofrendas, las suspiradas libertades y los derechos sagrados por los que ardorosamente combatió la humanidad, tan presto ilusa como desengañada. El nivelamiento común, hecho al rasero de lo más inferior; la pobreza forzada y el trabajo obligatorio, fundamentos fatales de la nueva organización colectivista, sobre relajar, como la ética cristiana, los resortes de la voluntad, matando el interés y el egoÃsmo, y producir la degeneración y envilecimiento de la criatura humana, dividirÃa la sociedad en dos ejércitos: uno de funcionarios, la nueva aristocracia, y otro de trabajadores, el nuevo proletariado, sin peculio, ni esperanza de obtenerlo ni libertad de procurárselo. El Estado, con este ú otro nombre, pensarÃa por todos, obrarÃa por todos, acumularÃa las magras riquezas que nadie tendrÃa interés verdadero en producir, porque «el hombre puede amar á su semejante hasta morir, pero no hasta trabajar para él», como asegura el mismÃsimo Proudhon. Y aquellas riquezas serÃan repartidas luego, según lo entendiera una plaga de administradores, interesados,como es natural, en quedarse con la mejor parte. Los odiosos privilegios de las aristocracias, le serÃan conferidos al Estado forzosamente; á la omnipotencia de los mandarines, seguirÃa la omnipotencia delmonstruo frio, más absoluta aún; y á la anarquÃa capitalista, otras anarquÃas, otras pasiones invasoras, otras ambiciones feudales, otros egoÃsmos acaparadores, otros intereses egoÃstas, otras formas de la Voluntad, en conclusión, la que suministrando secretamente los materiales para todas las sociales construcciones, y pasando al través de todas las cribas de la lógica, seguirá trabajando, como hasta aquÃ, la masa humana, por la guerra de todos los instintos é intereses: el camino de perfección más corto y cierto quizá, para llegar prontamente á los movimientos ordenados y la armonÃa que, en medio de una lucha colosal, reina en la Naturaleza.
Elesfuerzo trágico de la humanidad por acordar las leyes del universo á los deseos ardientes del corazón, no puede menos de terminar un dÃa por la obediencia y adaptación humildes del corazón al universo. Mas ello será, á todas luces, el franco y decisivo advenimiento de la moral de la Fuerza. Falta saber quién obedecerá mejor sus reglas inflexibles: si el darwinismo social y el idealismo nietzsquiano, sacrificando las generaciones presentes á las futuras, las masas á los aristos, y los débiles y lacerosos á los robustos y viriles para embellecer á la humanidad y llegar al superhombre, ó el piadoso humanitarismo, luchando bravamente contra la crueldad de la Naturaleza y de los hombres de rapiña, á fin de asegurar la viday el bienestar de todas las criaturas, sin excluir á los tristes depositarios de la fealdad, vileza y degeneración humanas.
Ambas sendas son lóbregas, temerosas y llenas de incertidumbres. à cada paso surgen como fantasmas, dudas torturantes. ¿En virtud de qué ley, ya que el mundo, según todas las apariencias no tiene ningún fin racional ni le es dado á la razón imponérselo, puesto que ella misma ignora adonde se dirige; en virtud de qué ley, repito, el presente, la única realidad sabrosa é indiscutible, será sacrificada á un futuro brumoso y metafÃsico, al modo que antaño los bienes terrenales á las promesas celestes y las dichas quiméricas del otro mundo? ¿Es posible que el genio de la especie ó los mismos mandatos de la diosa fiera, le impongan á la humanidad aquel cruento deber? ¿Cabe esperar una nueva concepción religiosa de la vida, semejante á la gran ilusión cristiana, ó un ideal neo-romántico que surja del descreimiento como la pintada mariposa del gusano vil? Por otra parte, ¿el triunfo probable de las utopÃas socialistas, en pugna con la sapiente crueldad de la Naturaleza, no será efÃmero y, en resumidas cuentas, dañoso para el alma? ¿La relajacióndel egoÃsmo y los resortes del querer, fatales en un organismo social que suprime el instinto de dominación concentrado en el Oro y al propio tiempo la lucha de clases, signos de salud y robustez, no traerá aparejadas la decadencia, la podredumbre y, á la postre, la explosión de otros egoÃsmos, tanto más viles cuanto más hipócritas? ¿Cuando el globo sea harto pequeño para contener holgadamente á la Federación Universal, el hombre impulsado por las duras necesidades de la existencia, no tornará á ser el enemigo y el cazador del hombre? ¿Y reduciendo tanta duda y zozobra á lo esencial: la razón frÃvola y voluble puede reducir los apetitos y servirnos de rodrigón, siendo ella misma la esclava del deseo, la vÃctima de los sentidos y la proyección de la necesidad, ó es más seguro ombráculo y guÃa el egoÃsmo integral, lobo hambriento convertido en pastor del rebaño?
He ahà los arduos problemas en que se ejercitarán en adelante la ciencia finita y la paciencia inagotable de los sociólogos. Lo visible por el momento, para todo aquel que no tenga telarañas en los ojos, es la lucha de los egoÃsmos, los cuales cambian de formas, pero no de esencia, y la invariable é irresistible propensión delas clases á dominar. Siempre fué asÃ, aunque los hombres lo ignorasen á veces, pero hoy es asà con pleno conocimiento del hecho erigido en ley. Poderosos y humildes glorifican la violencia y pugnan por ejercerla, espiritualmente los unos, positivamente los otros. Los héroes de Carlyle, las bestias de presa hiperbóreas de Nietzsche, loseugénicosde Lapouge, los dolicocéfalos de los antropólogos, los idealistas anárquicos al modo de Gourmont, los individualistas de cada época celosos de su yo, y, en fin, los ungidos de los dioses de todos los tiempos, tenderán fatalmente á apoderarse del mundo y hacer de la vida «quelque chose de fou et de divin». Los pobres braquicéfalos, los humildesmarchands de marrons, los débiles poseedores del tristedon de las lágrimas, los que nacen esclavos de sà mismos antes de serlo de los otros y suman sus abulias para fabricarse una voluntad, los que practican la moral del caracol que esconde los cuernos para que no se los rompan, y, en resumen, los hijos espirituales de Rousseau y Marx, formarán la turbamulta, sin freno religioso que la domine y ávida con toda razón, de justicia social, calma, goces y bienes materiales. Los unos defenderán conlas uñas y los dientes sus conquistas económicas y con ellas los privilegios del Poder y la alta cultura; los otros pugnarán por destruir las murallas de la construcción capitalista y asaltar los castillos de puentes de oro guardados por los monstruosos dragones de Mammon. Al pie de aquellos se librarán las grandes batallas del porvenir.
El signo de los tiempos presentes, y lo que puede servir al pensador de tela de juicio para presagiar los partos del futuro, es que la dicha y fortaleza buscadas por los hombres continua y afiebradamente en las religiones, filosofÃas y morales, á sabiendas ó no, impulsados ya por el instinto materialote, pero seguro, ya por la razón vaporosa, pero inconstante y falaz, las esperan hoy deljugo del planetacomo á la riqueza llama un filósofo idealista. Inútil es indignarse... literariamente, á la manera de los fraseadores de oficio, grotescos alucinados cuyo destino lamentable es el de vivir confundiendo eternamente las vejigas con las linternas. Aquella verdad salta á los ojos indiferente, inconmovible, indestructible. Antes, pues, de prorrumpir en anatemas, tan furibundos como vanos, y adoptar indignadas y teatrales actitudes, serábien preguntarse si no existen poderosas, superiores y aun metafÃsicas razones para que asà sea, y si, todo bien pesado y medido, no es más saludable que sea asÃ. Hase dicho que el anhelo Ãntimo y la porfiada voluntad del corazón humano, no es la ventura, sino la dominación, no la paz, sino la guerra, y que ésta sola da vado á los instintos invasores de aquél y le sirve á una de hito y resorte propulsor. Aun pensadores de legÃtima cepa rousoniana, reconocen contritos la Ãndole batalladora del excelso antropoide, y loan la violencia como una excelente é insuperable disciplina moral. Y el Oro es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación de los hombres y los pueblos. Como tal, merece el respeto de las cosas sagradas. Esta consideración les brinda, aun á los espÃritus más delicados y ansiosos de soluciones transcendentes, la filosófica ocasión de purificarse de añejos prejuicios y reparar una grande injusticia. Y si á tal consideración se agrega el convencimiento de que la lucha económica transporta por artes mágicas al seno de las sociedades, las condiciones ambientes del medio natural, satisfaciendo con esa estupenda industria, los instintos másprofundosysanosde la especiehumana, acabarán de disiparse las últimas nieblas del craso error, y hasta los peor dispuestos comprenderán, sin asomos de dudas, por qué «la riqueza es moral», como decÃa Emerson; por qué «la riqueza es la ocupación de todos», como asegura el puro Gladstone, y por qué «el comercio gobierna al mundo», según afirma el amillonado Carnegie.