Chapter 6

Delas aspiraciones generosas y remontadas del pueblo francés, no cabe dudar y menos de su obra dilatada á todas las actividades, industrias, ciencias y máquinas especulativas. Su ideal ha sido por momentos el ideal de la humanidad. Todas las naciones le deben algo, y todos llevan en el medallón del alma, como un recuerdo del primer amor, la imagen querida del bello París. Fuera menester haber nacido ciego y sordo-mudo en las cosas del espíritu para negar la influencia dulce y luminosa que irradia sobre la tierra desde lo alto de la torre Eiffel, y no reconocer que muchas veces la amable Lutecia fué, y sigue siendo en parte aún, la flor de la humanidad y así como la inteligencia y la gracia del mundo. La invención de la inferioridad de laraza y la decadencia latina, son burdas especies. Después del libro de Finot quedan muy mal paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. Las aptitudes y cualidades francesas, tan múltiples como peregrinas, nunca fueron más salientes ni vigorosas. Sólo que el medio ha cambiado y muchas veces, aunque decantadas y superiores, no son utilizables aquellas excelencias. Al contrario, en cierta manera, sirven de rémora y dificultad para ponerse al diapasón positivista de los tiempos que corren. El mundo hase convertido en un vasto mercado donde no tienen empleo los marquesestalon rouge. El perpetrar las tradiciones estéticas de la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio ni oficio remunerador. Y todo hace pensar que en lo futuro ningún pueblo podrá ejercer una influencia honda ni durable sobre los otros, ni siquiera tenerlos á raya, ni aun vivir con sus talentos de sociedad solamente por amables que sean. Francia conserva en sus manos de uñas pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia técnica que se necesita en el Taller. Contra lo que supone el gran Anatole, el ejercicio del espíritu y el uso de la razón, de la vieja razón, no prolongarán el imperio de Franciasobre el mundo. La Fuerza de las ideas es ineficaz cuando las ideas no son la expresión de la Fuerza. En la vida moderna los retores y los humanistas van pareciendo casi tan anacrónicos como los santos. Pero ello no implica una condenación de muerte para los pueblos latinos, ni quiere decir que éstos, después de haber «fait le tour des sentiments et des idées», no puedan adquirir y desarrollar por convicción y sistemáticamente los arrestos y bríos morales que las naciones hoy dominadoras poseen gracias á su inferioridad crítica y simplicidad primitivas. Además, puede acontecer muy bien que las circunstancias ambientes cambien y las tornas se vuelvan y que resulten entonces feos vicios las cualidades que hoy se tienen por raras perfecciones, méritos de subidos quilates y signos ciertos de superioridad.

Mas, por el momento, la virtud de germanos y anglo-sajones salta á la vista. De un modo lento, pero eficaz, como el trabajo subterráneo de las aguas que disloca y parte las montañas, van haciendo del mundo su exclusivo patrimonio. Los grandes capitanes de la industria y la finanza plantan las banderas de la expansión comercial hasta en los rincones más escondidos del globo; conquistan los mercados, que son las ciudadelas de las naciones; se infiltran con sus mercancías en los pueblos y los hacen sus vasallos. Y á esta penetración parsimoniosa y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, en las que se transvasan en la era capitalista los ímpetus conquistadores de otras épocas y los impulsos del nunca dormido, mientrasse conserva sano, instinto de dominación, el sibarita París no acierta á oponer otras barreras para defender su predominio, que las brillanteces y refinamientos que abrieron á Roma las puertas de Atenas y á los bárbaros las puertas de Roma.

Al modo que las voluntades flacas, después de renunciar á las tierras del planeta, inventaron el consuelo de las tierras celestes y las estupefactiva inversión de valores que hacen robusto lo canijo, rico lo pobre, noble lo vil; las naciones de embotadas energías viriles y fatigados alientos, inventan los códigos morales de la debilidad y las ilusiones idealistas que adormecen y engañan las voluntades nacionales contra las que no se puede luchar á brazo partido ni frente á frente. Como el cristianismo, cuya esencia es renunciamiento, contemplación, acritud contra la existencia, la cultura greco-latina lleva en sí oculto, muy oculto, el desdén de lo real y de la acción—su amor de las ficciones del arte y odio de la riqueza da de ello claros indicios—y es un filtro poderoso para adormecer los ardores de la sangre moza y hacer factibles por las vías pacíficas, el suspirado reino de la justicia y la adorable quimera de lasociedad universal, que de realizarse han de hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo por la guerra y la muerte, «ya que nada existe sino en virtud de la injusticia; ya que toda existencia es un robo anticipado sobre otras existencias y que cada vida que florece lo hace en un cementerio», al decir del admirable Gourmont.

Cada vez que trato de exprimirle el jugo real á launión por la vida, dulce fórmula de uno de los representantes más autorizados del idealismo francés, me viene á las mientes el recuerdo de otra unión de la que yo formaba parte de pequeño en la escuela. Se llamaba la «Cofradía del Bizcocho», y tenía por objeto el ayudarnos mútuamente para escamotearle al pobre diablo de mercachifle, que en las horas de asueto vendía de que merendar, las golosinas que apetecíamos. Nuestras maniobras eran muy concertadas y amigas hasta cometer el feo hurto, pero después, cuando se trataba de repartirlo, la uniónpara el bizcochose convertía invariablemente en guerrapor el bizcocho. La experiencia del mundo me ha demostrado en múltiples ocasiones, que la unión para la vida desde que hay que comer, desde que hay que vivir setrueca en lucha por la vida. ¡Reino de la justicia, sociedad universal, edenismo terrestre! Hermosos sueños sino se cambiasen, con el desate de las pasiones, intereses y apetitos quedejar de obedecer, en guerra y anarquía, y sino fueran la expresión sintomática de las enfermedades de la voluntad que contraen los pueblos embebecidos de la idea y que palidecen y se consumenescuchando el canto del ruiseñor... Humanitarismo é internacionalismo, y, por otra parte, proteccionismo y antisemitismo, revelan bien á las claras la urgente necesidad de desarmar á los otros ó confabularse contra los que no se pueden vencer á armas iguales, y constituyen la implícita confesión de la anemia nacional. «Ils nous gênent», responde un personaje representativo de la nobleza en el drama «Israel» para explicar su odio á los judíos, vencedores en la lucha social y que acaparan ávidamente cuanto privilegio y poder se les pone al alcance de la mano. Y en aquella despechada frase se contiene la razón verdadera... y cínica, como todas las razones verdaderas, de un odio secular. Los judíos son los rivales, tanto más detestados cuanto más victoriosos, á cuyas arcas van á concentrarse los dineros, ó lo que importalo mismo, la virtualidad y situación social de todos. Se comprende que incomoden y se hagan aborrecibles. «Ejercemos el natural dominio de las almas fuertes sobre las débiles», podrían ellos replicar remedando á la Galigaï cuando explicaba á los jueces su influencia sobre María de Médicis. Y no podía ser por menos. Contemplativos, idealistas, estetas nunca se acomodaron bien de la lanza, ni del casco guerreros. Digan lo que quieran: las exquisiteces de la inteligencia y la sensibilidad, son destructoras de la osadía y firmeza del empeño. No hay sino escudriñar, para percatarse de ello, las causas recónditas de la abulia, y observar de cerca la torpeza, timidez y escasísimainteligenciaen la práctica de la vida, de los cerebrales y los emotivos. ¡Pensar por pensar, sentir por sentir, flores monstruosas que secan la planta! En cambio, «obrar es pensar con todo el cuerpo». Sé, también, que obrar es asimismo, según el poeta del misterio y del silencio, recogerse en sí, escuchar, callar... pero no hay meditación ni recogimiento que unan el individuo como el acto á su patria celeste, á la actividad universal. Una idea suele ser una bella cosa, pero el más pequeño de los actos es siempre una cosadivina. Á mayor abundancia de razones, cuando el Espíritu deja de ser el servidor de la voluntad de vivir y gala y ornato de ella, la traiciona; el obrar la sirve en todos los casos y eternamente, y como aquella traición se repite con grande frecuencia, es por lo que resulta en definitiva, que en el individuo la capacidad de pensar y sentir idealmente nace y medra en razón inversa de la capacidad de obrar prácticamente. El pensador, el artista, en suma el poeta—llamo poeta al intérprete de lo divino—tiene una excelsa y misteriosa misión que cumplir en cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto de su actividadinexplosiva, ó su actividad misma cuando adormece y enerva en vez de excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de eunucos y distracciones de harén.

Ahora bien: esto último es, para desdicha de los imperios apolínicos, lo que ocurre y produce una especie de fermentación literaria que intoxica el corazón y el cerebro de las multitudes y prepara el reino de lo femenino, la voluptuosidad y la quimera. Entonces las sociedades se embriagan de luna, y recostadas en blandos almohadones languidecen esperando la venida de los bárbaros.

Esteconvencimiento que se traduce aquí y allá en las obras de los viajeros salidos de la Metrópoli de la Belleza para sufrir el roce áspero de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros literatos como Bourget y Adam, ya sociólogos y psicólogos como Leroy-Beaulieu, Boutmy, de Rousiers; ora financistas letrados como Weiller, ora simples periodistas como Huret, es quizá, lo que en forma de presentimiento obscuro, agita á la Francia. Las convulsiones de su política y anarquía moral pueden ser los últimos espasmos de un mundo glorioso, pero inapto para adaptarse al ambiente positivista, ó los dolores de un nuevo alumbramiento revolucionario del que saldrá el ideal de amor y ventura que la bella Lutecia, apasionada y ensoñadora,nutre y quiere con los redaños del alma. Lo innegable es que fermentos y levaduras morales de muy diversa condición trabajan las masas á porfía y tienden á destruir el orden de cosas actual. Tradicionalistas, cuya fórmula es latierra y los muertos, la patria y los ascendientes, que el travieso individualismo barresiano descubre en las profundidades del yo, y socialistas que sueñan con la sociedad universal como Jaurès y Hervé; cesaristas á lo Renán y monarquistas á lo Murras, que se apoyan en Darwin y la ciencia para condenar el régimen imperante; republicanos de vieja cepa y anarquistas sentimentales, ateos y creyentes, patriotas y escépticos conciertan sus enemigas voluntades en el aquel de renegar de la democracia. Los unos por que ésta, destruyendo las jerarquías y excelencias sociales se pone en camino de rebajar el nivel intelectual y moral de la raza y substituir la cultura por la barbarie, el orden por el caos. Los otros porque la democracia no ha cumplido ninguna de las promesas grabadas como divisas en la piedra de los edificios públicos: mito la libertad, mito la igualdad, mito la fraternidad y el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, mitologíapura. Y unos y otros ven y confiesan dolidos la desorganización que avanza, la natalidad que decrece, la marea del escepticismo que sube, el nivel del heroísmo que baja. La misma fe y esperanza puestas en el porvenir se desvanecen al reconocer el fracaso de la pedagogía y las disciplinas francesas, que sólo preparan sentimentales y retores, ineptos y desorbitados. No se sabe qué hacer ni á qué santo encomendarse. Ningún mejunje calma la fiebre ni la agitación nerviosa. Todas las posturas son incómodas. Y las doctrinas de perfecta armazón lógica suceden á las doctrinas; las utopías seductoras á las utopías; los discursos á las hemorragias de la palabra; la Revolución al perpetuo hervor revolucionario, mientras las ébrias musas de París cantan como Nerón contemplando el incendio de Roma.

Y este es el desolado y maravilloso espectáculo que ofrece al mundo la razón razonante.


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