Nota:

A MIS HIJOS«El nombre que os lego, y que he honrado, no es el mío. Mi padre se llamaba Savage. Era regidor de una plantación en la isla, entonces francesa, de Santa Lucía, perteneciente á una rica y noble familia del Delfinado, la de los Champcey d'Hauterive. En 1793 mi padre murió y yo heredé, aunque muy joven, la confianza que los Champcey habían depositado en él. Hacia el fin de este funesto año, las Antillas francesas fueron tomadas por los ingleses, ó les fueron entregadas por los colonos insurgentes. El Marqués de Champcey d'Hauterive (Santiago Augusto), á quien las órdenes de las convenciones no habían alcanzado todavía, mandaba entonces la fragataThetisy hacía tres años cruzaba aquellos mares. Un gran número de colonos franceses esparcidos en las Antillas, habían llegado á realizar sus fortunas, amenazadas á cada instante. Estos se habían entendido con el comandante Champcey para organizar una flotilla de ligeros transportes, á la que habían trasladado sus bienes, y que debía emprender su vuelta á la patria bajo la protección de los cañones de laThetis. Desde largo tiempo, en previsión de desastres inminentes, yo había recibido la orden y el poder para vender á cualquier precio la plantación que administraba desde la muerte de mi padre. En la noche del 14 de noviembre de 1793, montaba solo en un pequeño bote en la punta de Morne au Sable y abandonaba furtivamente á Santa Lucía, ocupada ya por el enemigo. Llevaba en papel inglés y en guineas el precio que había podido sacar por la plantación. El señor de Champcey, gracias al conocimiento minucioso que tenía de estos parajes, había podido engañar al crucero inglés y refugiarse en el paso difícil y desconocido de Crossilot. Tenía orden de reunirme allí aquella misma noche, y sólo esperaba mi llegada á bordo, para salir de este paso con la flotilla que escoltaba, y dirigir su proa á Francia. En el trayecto tuve la desgracia de caer en manos de los ingleses. Estos maestros en traición, me dieron á elegir entre ser fusilado en el acto, ó venderles, mediante el millón de que era portador y que me abandonaban, el secreto del paso en que se abrigaba la flotilla. Yo era joven, la tentación era demasiado fuerte; una media hora después, laThetisera echada á pique, la flotilla tomada, y el señor de Champcey gravemente herido. Pasé un año; un año sin sueño. Yo me enloquecía, y resolví hacer pagar al inglés maldito los remordimientos que me despedazaban. Pasé á la Guadalupe, cambié mi nombre y consagré la mayor parte del precio de mi delito á la compra de un brick armado, y corrí sobre los ingleses. He lavado durante quince años en su sangre y con la mía la mancha que en una hora de debilidad había arrojado sobre el pabellón de mi patria. Si bien más de las tres cuartas partes de mi fortuna actual ha sido adquirida en gloriosos combates, no por eso es otro su origen que el que acabo de indicar.»Al volver á Francia, en mi vejez, me informé de la situación de los Champcey d'Hauterive: era dichosa y opulenta. Continué guardando un profundo silencio. ¡Que mis hijos me perdonen! No he podido hallar valor, mientras he vivido, para sonrojarme en su presencia; pero la muerte debe entregarles este secreto, del que usarán según las inspiraciones de su conciencia. Por mi parte, sólo tengo una súplica que hacerles: habrá, tarde ó temprano, una guerra entre la Francia y su vecina del otro lado del Canal; nos odiamos demasiado; será menester reñir; que nosotros los traguemos ó que ellos nos traguen. Si esta guerra estallara viviendo alguno de mis hijos ó de mis nietos, deseo que donen al Estado una corbeta armada y equipada, con la condición de que se llameLa Savagey la mande un bretón. A cada andanada que descargue sobre la costa de Inglaterra, mis huesos se estremecerán de contento en su tumba.—Ricardo Savage, conocido porLaroque.»

A MIS HIJOS

«El nombre que os lego, y que he honrado, no es el mío. Mi padre se llamaba Savage. Era regidor de una plantación en la isla, entonces francesa, de Santa Lucía, perteneciente á una rica y noble familia del Delfinado, la de los Champcey d'Hauterive. En 1793 mi padre murió y yo heredé, aunque muy joven, la confianza que los Champcey habían depositado en él. Hacia el fin de este funesto año, las Antillas francesas fueron tomadas por los ingleses, ó les fueron entregadas por los colonos insurgentes. El Marqués de Champcey d'Hauterive (Santiago Augusto), á quien las órdenes de las convenciones no habían alcanzado todavía, mandaba entonces la fragataThetisy hacía tres años cruzaba aquellos mares. Un gran número de colonos franceses esparcidos en las Antillas, habían llegado á realizar sus fortunas, amenazadas á cada instante. Estos se habían entendido con el comandante Champcey para organizar una flotilla de ligeros transportes, á la que habían trasladado sus bienes, y que debía emprender su vuelta á la patria bajo la protección de los cañones de laThetis. Desde largo tiempo, en previsión de desastres inminentes, yo había recibido la orden y el poder para vender á cualquier precio la plantación que administraba desde la muerte de mi padre. En la noche del 14 de noviembre de 1793, montaba solo en un pequeño bote en la punta de Morne au Sable y abandonaba furtivamente á Santa Lucía, ocupada ya por el enemigo. Llevaba en papel inglés y en guineas el precio que había podido sacar por la plantación. El señor de Champcey, gracias al conocimiento minucioso que tenía de estos parajes, había podido engañar al crucero inglés y refugiarse en el paso difícil y desconocido de Crossilot. Tenía orden de reunirme allí aquella misma noche, y sólo esperaba mi llegada á bordo, para salir de este paso con la flotilla que escoltaba, y dirigir su proa á Francia. En el trayecto tuve la desgracia de caer en manos de los ingleses. Estos maestros en traición, me dieron á elegir entre ser fusilado en el acto, ó venderles, mediante el millón de que era portador y que me abandonaban, el secreto del paso en que se abrigaba la flotilla. Yo era joven, la tentación era demasiado fuerte; una media hora después, laThetisera echada á pique, la flotilla tomada, y el señor de Champcey gravemente herido. Pasé un año; un año sin sueño. Yo me enloquecía, y resolví hacer pagar al inglés maldito los remordimientos que me despedazaban. Pasé á la Guadalupe, cambié mi nombre y consagré la mayor parte del precio de mi delito á la compra de un brick armado, y corrí sobre los ingleses. He lavado durante quince años en su sangre y con la mía la mancha que en una hora de debilidad había arrojado sobre el pabellón de mi patria. Si bien más de las tres cuartas partes de mi fortuna actual ha sido adquirida en gloriosos combates, no por eso es otro su origen que el que acabo de indicar.

»Al volver á Francia, en mi vejez, me informé de la situación de los Champcey d'Hauterive: era dichosa y opulenta. Continué guardando un profundo silencio. ¡Que mis hijos me perdonen! No he podido hallar valor, mientras he vivido, para sonrojarme en su presencia; pero la muerte debe entregarles este secreto, del que usarán según las inspiraciones de su conciencia. Por mi parte, sólo tengo una súplica que hacerles: habrá, tarde ó temprano, una guerra entre la Francia y su vecina del otro lado del Canal; nos odiamos demasiado; será menester reñir; que nosotros los traguemos ó que ellos nos traguen. Si esta guerra estallara viviendo alguno de mis hijos ó de mis nietos, deseo que donen al Estado una corbeta armada y equipada, con la condición de que se llameLa Savagey la mande un bretón. A cada andanada que descargue sobre la costa de Inglaterra, mis huesos se estremecerán de contento en su tumba.—Ricardo Savage, conocido porLaroque.»

Los recuerdos que despertó repentinamente en mi imaginación esta espantosa confesión, me confirmaron su exactitud. Había oído contar veinte veces á mi padre, con una mezcla de orgullo y de amargura, el rasgo de la vida de mi abuelo á que se hacía alusión en ella. Solamente que se creía en mi familia que Ricardo Savage, cuyo nombre tenía muy presente, había sido la víctima y no el promotor de la traición, ó de la casualidad que había entregado al comandante de laThetis.

Me expliqué entonces las singularidades que á menudo me habían llamado la atención en el carácter del viejo marino, y en particular su actitud tímida y pensativa cuando se hallaba frente á frente conmigo. Mi padre había dicho siempre que yo era un vivo retrato de mi abuelo, el Marqués Santiago, y sin duda, algunos resplandores de esta semejanza penetraban de tiempo en tiempo, atravesando las nubes de su cerebro, hasta la conciencia confusa de aquel anciano.

Apenas dueño de esta secreta revelación, caí en una horrible perplejidad. Por mi parte, sólo sentí un débil rencor contra este infortunado, en quien las flaquezas del sentido moral habían sido purgadas por una larga vida de arrepentimiento, y por una pasión de desesperación y de odio, que no carecía de grandeza. Yo mismo no podía respirar, sin una especie de admiración, el soplo salvaje que anima aún estas líneas trazadas por una mano culpable, pero heroica. Entretanto, ¿qué debía yo hacer de este terrible secreto? Lo que se me ocurrió de pronto, fué el pensamiento de que él destruía todo obstáculo entre Margarita y yo, que en adelante aquella fortuna que nos había separado debía ser entre nosotros un lazo casi obligatorio, pues yo sólo en el mundo podía legitimarla, dividiéndola. A la verdad, este secreto no era mío, y aun cuando la más inocente de las casualidades me lo hubiera hecho conocer, puede ser que la estricta probidad exigiese que lo dejara llegar en su hora, á las manos á que está destinado; ¡pero cómo, si esperando ese momento el mal irreparable se consumiría! ¡Los lazos más indisolubles nos separarían! ¡La piedra de la tumba iba á caer para siempre sobre mi amor, sobre mis esperanzas, sobre mi corazón inconsolable! ¿Y lo soportaría cuando podía impedirlo con una sola palabra? Y estas pobres mujeres, el día en que la fatal verdad haga sonrojar sus frentes, es muy probable dividirán conmigo mis pesares y mi desesperación. Y exclamarán las primeras: ¡Ah! si lo sabía usted ¿por qué no había hablado?

Pues bien; ni hoy, ni mañana, ni nunca: si sólo de mí depende, la vergüenza no sonrojará estas dos nobles frentes. Yo no compraré mi felicidad á precio de su humillación. Este secreto que sólo yo poseo, que ese anciano mudo para siempre, no puede él mismo traicionar, ya no existe; la llama lo ha devorado.

Lo he pensado bien. Comprendo lo que me he atrevido á hacer. Era un testamento, una acta sagrada y la he destruido. Además, no era yo sólo el que ganaba. Estoy encargado de mi hermana, que hallaría en él una fortuna, y sin consultarla, mi mano la ha sumergido de nuevo en la pobreza. Sé todo esto; pero dos almas puras, elevadas y orgullosas, no serán deshonradas, ni aniquiladas bajo el peso de un crimen de que son inocentes. Había en esto un principio de equidad que me ha parecido superior á toda justicia literal. Si á mi vez he cometido un crimen, yo responderé de él... Pero esta lucha me ha destrozado y ya no puedo más.

4 de octubre.

El señor Laubepin llegó, en fin, ayer noche. Vino á apretarme la mano. Estaba preocupado, brusco y descontento. Hablóme brevemente del matrimonio que se preparaba.

—Operación muy afortunada—dijo,—combinación muy laudable bajo todos respectos, en que la Naturaleza y la sociedad hallan á la vez las garantías que tienen el derecho de exigir semejantes circunstancias. Después de lo cual, joven—me dijo—le deseo una buena noche, mientras yo voy á ocuparme en despejar el terreno delicado de las convenciones preliminares, á fin de que el carro interesante del matrimonio llegue á su término sin inconvenientes.

Hoy á la una del día se reunirán en el salón con el aparato y concurso acostumbrados, para proceder á la firma del contrato. Yo no podía asistir á esa fiesta, y bendije mi herida que me libraba de semejante suplicio. Escribía á mi querida Elena, á quien me esforzaba más que nunca á ofrecer mi alma entera, cuando á eso de las tres de la tarde, entraron en mi cuarto el señor Laubepin y la señorita de Porhoet. El señor Laubepin en sus frecuentes viajes al castillo de Laroque, no había podido dejar de apreciar las virtudes de mi venerable amiga y se ha formado, desde largo tiempo, entre los dos ancianos, una amistad platónica y respetuosa, cuyo carácter se esfuerza en vano el doctor Desmarest en desnaturalizar. Después de un cambio de ceremonias, de saludos y de reverencias interminables, tomaron las sillas que les presenté y ambos se pusieron á contemplarme con un aire de grave beatitud.

—Y bien—pregunté—¿se terminó?

—Se terminó—respondieron al mismo tiempo.

—Muy bien—añadió la señorita de Porhoet.

—Maravillosamente—agregó el señor Laubepin, añadiendo después de una pausa:—El Bevallan se fué al diablo.

—Y la jovencita Helouin por el mismo camino—continuó la señorita de Porhoet.

—¡Dios mío! ¿qué es lo que pasa?—dije, arrojando un grito de sorpresa.

—Amigo mío—me respondió el señor Laubepin;—la unión proyectada presentaba todas las ventajas deseables, y habría asegurado, á no dudarlo, la felicidad común de los cónyuges, si el matrimonio fuera una asociación puramente comercial, pero está muy lejos de serlo. Mi deber, cuando mi concurso fué exigido en esta circunstancia interesante, era pues, consultar la inclinación de los corazones y las conveniencias de los caracteres, no menos que la proporción de las fortunas; pero creí observar desde luego, que el matrimonio que se preparaba tenía el inconveniente de no satisfacer á nadie, ni á mi excelente amiga la señora de Laroque, ni á la interesante novia, ni á los amigos más ilustrados de estas damas; á nadie, en fin, sino probablemente al novio, de quien me cuido mediocremente. Es verdad (debo esta nota á la señorita de Porhoet), es verdad—decía—que el novio es gentilhombre.

—Gentleman, si le parece—interrumpió la señorita de Porhoet con un acento severo.

—Gentleman—continuó el señor Laubepin, aceptando la enmienda:—pero es una especie degentlemanque no me gusta.

—Ni á mí—dijo la señorita de Porhoet.—Bellacos de esta especie, palafreneros sin costumbres, como éste, que vimos salir en el último siglo, dirigidos por el entonces Duque de Chartres, de las caballerizas inglesas para preludiar la revolución.

—¡Oh, si no hubieran hecho más que preludiarla!—dijo sentenciosamente el señor Laubepin—se les perdonaría.

—Le pido un millón de excusas, mi querido señor, pero hable. Por lo demás, no se trata de eso; tenga usted á bien continuar.

—Pues bien—prosiguió el señor Laubepin,—viendo que en general se marchaba á esta boda como á un convoy fúnebre, busqué algún medio á la vez honorable y legal, si no de volver al señor de Bevallan su palabra, al menos de hacérsela recoger. El proceder era tanto más lícito, cuanto que en mi ausencia el señor de Bevallan había abusado de la inexperiencia de mi excelente amiga la señora de Laroque, y de la inexperiencia de mi colega de la villa vecina, para hacerse asegurar ventajas exorbitantes. Sin separarme de la letra de las convenciones, conseguí modificar sencillamente su espíritu. Sin embargo, el honor y la palabra dada me imponían límites que no pude ultrapasar. El contrato, á pesar de todo, quedaba aún suficientemente ventajoso para que un hombre dotado de alguna elevación de espíritu y animado de una verdadera ternura por su futura, pudiese aceptarlo con confianza. ¿El señor de Bevallan, sería hombre capaz de ello? Debimos correr riesgo. Le aseguro que no dejaba de hallarme conmovido, cuando comencé esta mañana, ante un imponente auditorio, la lectura de esta acta irrevocable.

—Por mi parte—interrumpió la señorita de Porhoet—no tenía una sola gota de sangre en las venas. La primera parte del contrato, era tan conveniente para el enemigo, que lo creí todo perdido.

—Sin duda, señorita; pero como decimos nosotros entre augures, el veneno está en la cola,in cauda venenum. Era verdaderamente agradable, amigo mío, ver la fisonomía del señor de Bevallan y la de mi colega de Rennes, que le acompañaba, cuando llegué á descubrir bruscamente mis baterías. Al principio se miraron en silencio: luego cuchichearon; se levantaron por fin y aproximándose á la mesa ante la cual me hallaba sentado, me pidieron en voz baja explicaciones.

—Hablen alto, si gustan, señores—les dije:—no hay aquí necesidad de misterios. ¿Qué quieren?

El público empezaba á prestar atención. El señor de Bevallan sin alzar la voz me insinuó, que este contrato era una obra de desconfianza.

—¡Una obra de desconfianza, señor!—respondí en el tono más elevado de mi garganta.—¿Qué pretende decir con eso? ¿Es contra la señora de Laroque, contra mí, ó contra mi colega aquí presente, que dirige semejante imputación?...

—¡Chit, silencio! nada de bulla,—dijo entonces el notario de Rennes, con el acento más discreto; pero veamos, estaba convenido al principio que el régimen dotal sería separado.

—¿El régimen dotal, señor? ¿Y en dónde se trata aquí de régimen dotal?

—Vamos, compañero, bien ve que lo restablece por un subterfugio.

—¿Subterfugio, colega? ¡Permítame que como más antiguo le pida borrar esa palabra de su vocabulario!

—Pero, en fin—murmuró el señor de Bevallan,—se me ligan las manos de todos lados, se me trata como á un chiquillo.

—¿Cómo, señor, qué es lo que hacemos en este momento? ¿Es esto un contrato ó un testamento? ¿Olvida usted que la señora de Laroque vive, que su padre vive, que se casa, señor, pero que no hereda? ¡Un poco de paciencia; qué diablo!

A estas palabras la señorita Margarita se levantó.—Basta ya—dijo;—señor Laubepin, arroje usted al fuego ese contrato. Madre mía, haga usted volver al señor sus presentes,—saliendo en seguida con un paso de reina ultrajada. La señora de Laroque la siguió. Al mismo tiempo lancé el contrato en la chimenea.

—Señor—me dijo entonces el señor de Bevallan con tono amenazador—hay aquí una intriga cuyo secreto sabré.

—Señor, voy á decírselo—respondí.—Una joven que con justo orgullo se estima á sí misma, había concebido el temor de que sus pretensiones amorosas sólo se dirigían á su fortuna; ha querido cerciorarse de ello, y no le cabe duda alguna. Tengo el honor de saludarle.

En seguida, amigo mío, fuí á reunirme con las señoras, que me saltaron al cuello. Un cuarto de hora después, el señor de Bevallan dejaba el castillo con mi colega de Rennes. Su partida y su desgracia han tenido por efecto inevitable desencadenar contra él todas las lenguas de los criados, y su imprudente intriga con la señorita Helouin ha estallado muy luego. La joven, sospechosa hacía algún tiempo por otros motivos, ha pedido permiso para retirarse, y no se le ha negado. Inútil es agregar, que las señoras le aseguran una existencia honorable... ¡Y bien, hijo mío! ¿qué dice de todo esto? ¿Le hace sufrir más? Está tan pálido como un muerto...

La verdad es, que estas noticias inesperadas habían excitado en mí tantas emociones agradables y penosas á la vez, que me sentía próximo á desfallecer.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

El señor Laubepin que debe partir mañana al amanecer, volvió esta noche á despedirse de mí. Después de algunas palabras embarazosas de parte á parte:

—¡Ah, mi querido niño!—me dijo—no le interrogo sobre lo que aquí pasa: pero si tiene usted necesidad de un confidente y un consejero, le pediría la preferencia.

Yo no podía efectivamente desahogarme en un corazón más amigo, ni más seguro. Hice al digno anciano un relato detallado de todas las circunstancias que han señalado desde mi llegada al castillo, mis relaciones particulares con la señorita Margarita. Hasta le he leído algunos trozos de este diario, para precisar mejor el estado de esas relaciones y también el estado de mi alma. Excepto el secreto que había descubierto la víspera en los archivos del señor Laroque, nada le he ocultado.

Cuando terminé, el señor Laubepin cuya frente se había puesto recelosa hacía un momento, tomó la palabra.

—Es inútil disimular, amigo mío—dijo—que al enviarle aquí, premeditaba unirlo con la señorita Laroque. Al principio todo marchó conforme á mis deseos. Los dos corazones, que según mi opinión, son dignos el uno del otro, no han podido aproximarse sin entenderse: pero ese extravagante acontecimiento, cuyo teatro romántico ha sido la torre d'Elven, confieso que me desconcierta enteramente. ¡Qué diantre! querido joven, saltar por la ventana, á riesgo de romperse la cabeza, era, permítame que se lo diga, una demostración muy suficiente de su desinterés; fué, pues, muy supérfluo agregar á este paso honorable y delicado, el juramento solemne de no casarse jamás con esa pobre niña á no ser eventualidades que es absolutamente imposible esperar. Yo me tengo por hombre de recursos, pero me reconozco enteramente incapaz de dar á usted doscientos mil francos de rentas ó de quitárselos á la señorita Laroque.

—Entonces, señor, déme un consejo. Tengo más confianza en usted, que en mí mismo, pues conozco que el infortunio expuesto siempre á la sospecha, ha podido irritarme hasta el exceso las susceptibilidades de mi honor. Hable. Me inducirá usted á olvidar el juramento indiscreto pero solemne, sin embargo, que en este momento es, según creo, lo único que me separa de la dicha, que había soñado para su hijo adoptivo.

El señor Laubepin se levantó; sus espesas pestañas cayeron sobre sus ojos, y recorrió la habitación á grandes pasos durante algunos minutos; luego, deteniéndose ante mí, y tomándome la mano con fuerza:

—Joven—me dijo—es cierto, le amo como á un hijo; pero aun cuando debiera despedazar su corazón y el mío con el suyo, jamás transigiré con mis principios. Mejor es ultrapasar el honor que quedarse atrás de él: en materia de juramentos, todos los que no son exigidos bajo la punta de un puñal ó ante la boca de una pistola, es menester no hacerlos ó cumplirlos: esa es mi opinión.

—Y también la mía. Mañana partiré con usted.

—No, Máximo, permanezca aquí algún tiempo todavía. Yo no creo en milagros, pero creo en Dios, que rara vez permite que sucumbamos por nuestras virtudes... Demos un plazo á la Providencia... Sé que le pido un gran esfuerzo de valor, pero lo reclamo formalmente de su amistad. Si en un mes no recibe noticias mías, entonces partirá.

12 de octubre.

Hace dos días que puedo salir de mi retiro y pasar al castillo. No había visto á la señorita Margarita desde el instante de nuestra separación en la torre d'Elven. Cuando entré, estaba sola en el salón; al reconocerme hizo un movimiento involuntario como para levantarse, pero permaneció inmóvil y su fisonomía se coloreó repentinamente de una púrpura ardiente. Esta fué contagiosa, por que yo mismo sentí que me enrojecía hasta la frente.

—¿Cómo está usted, señor?—me dijo al tenderme la mano, pronunciando estas simples palabras con un tono de voz tan dulce, tan humilde, ¡ay! tan tierno, que habría querido arrojarme de rodillas ante ella. Sin embargo, fué preciso contestarla en el tono de una política helada. Me miró dolorosamente: luego bajó sus grandes ojos con aire de resignación y continuó su trabajo.

Casi en el mismo instante, su madre la hizo llamar al lado de su abuelo, cuyo estado se agravaba notablemente. Hacía muchos días que había perdido la voz y el movimiento; la parálisis le había invadido casi entero. Los últimos destellos de su vida intelectual se habían extinguido: únicamente persistía la sensibilidad con el sufrimiento. No podía dudarse que el fin del anciano se aproximaba, pero la vida había tomado posesión muy fuertemente de aquel enérgico corazón, para desprenderse de él, sin una lucha obstinada. El doctor había anunciado que la agonía sería larga. Desde la aparición del peligro, la señora de Laroque y su hija le habían prodigado sus esfuerzos y sus vigilias con la abnegación apasionada y el entusiasmo del sacrificio, que son la virtud especial y la gloria de su sexo. Anteayer en la noche, sucumbían ya á la fatiga y á la fiebre; el doctor Desmarest y yo, nos ofrecimos para suplirlas al lado del señor Laroque durante la noche que comenzaba. Consintieron en descansar algunas horas. El doctor muy fatigado también, no tardó en anunciarme que iba á recostarse en un lecho que había en la pieza vecina.

—Yo no sirvo aquí para nada—me dijo;—todo está hecho, usted lo ve, ya ni sufre el pobre hombre... Es un estado de letargo que no tiene nada de desagradable, y cuyo despertar será la muerte... de consiguiente puede uno estar tranquilo. Si nota algún cambio, me llama, pero creo que esto no sucederá hasta mañana. Entre tanto yo me muero de sueño.—Lanzó un bostezo sonoro y salió. Su lenguaje y su sangre fría ante el moribundo me chocaron. Es, sin embargo, un hombre excelente, pero para tributar á la muerte el respeto que le es debido, es necesario no ver únicamente la materia bruta que ella disuelve, sino también creer en el principio inmortal que desliga.

Una vez solo en la cámara fúnebre, me senté al pie del lecho cuyas cortinas habían sido levantadas, y traté de leer á la claridad de una lámpara que había cerca de mí, en una pequeña mesa. El libro cayó de mis manos: no podía separar mi pensamiento de la singular combinación de acontecimientos, que después de tantos años, daba á este culpable anciano al nieto de su víctima por testigo y protector de su último sueño. Luego en medio de la calma profunda, de la hora y del lugar, evocaba á mi pesar las escenas tumultuosas y las sanguinarias violencias que habían llenado esta existencia que acababa. Buscaba impresión lejana de ellas, en la fisonomía de aquel agonizante secular, sobre sus grandes rasgos cuyo pálido relieve se dibujaba en la sombra, como el de una máscara de yeso, y sólo veía en ellos la gravedad y el reposo prematuros de la tumba. Por intervalos me aproximaba á la cabecera, para asegurarme si el soplo vital movía aún aquel pecho destruido.

En fin, hacia la media noche, me invadió una somnolencia irresistible y me dormí con la frente apoyada sobre la mano. Repentinamente fuí despertado por no sé qué lúgubres estremecimientos; levanté los ojos y sentí pasar un escalofrío por la médula de mis huesos. El anciano se hallaba medio levantado en su lecho, y tenía fija sobre mí una mirada atenta, asombrada, en que brillaba la expresión de una vida y de una inteligencia que hasta entonces me habían sido desconocidas. Cuando mi mirada encontró la suya, el espectro se estremeció; abrió sus brazos en cruz, y me dijo con una voz suplicante, cuyo timbre extraño suspendió el movimiento de mi corazón.

—¡Señor Marqués, perdóneme!

Quise levantarme, quise hablar, pero en vano. Me hallaba petrificado en mi sillón.

—¡Señor Marqués—continuó,—dígnese perdonarme!

Hallé en fin la fuerza suficiente para acercarme á él; á manera que yo me aproximaba, él se retiraba penosamente hacia atrás como para escapar á un contacto pavoroso. Levanté una mano, y bajándola suavemente ante sus ojos desmesuradamente abiertos y desesperados de terror.

—¡Morid en paz!—le dije—¡Yo le perdono!

No había aún acabado estas palabras cuando su fisonomía marchita se iluminó con un relámpago de alegría y de juventud. Al mismo tiempo brotaron dos lágrimas de sus hundidas órbitas. Extendió sus manos hacia mí: repentinamente, aquella mano se cerró con violencia y se extendió en el espacio con un gesto amenazador: vi revolverse y rodar sus ojos entre sus órbitas dilatadas, como si una bala le hubiera herido el corazón.

—¡Oh! inglés—murmuró.

Volvió á caer sobre la almohada como una masa inerte. Estaba muerto.

Llamé apresuradamente, y todos acudieron. Muy luego fué rodeado de piadosas lágrimas y oraciones. Yo me retiré con el alma profundamente conmovida por aquella escena extraordinaria, que debía permanecer secreta para siempre, entre aquel muerto y yo.

Este triste suceso de familia ha hecho pesar sobre mí cuidados y deberes de que tenía necesidad para justificar á mis propios ojos la prolongación de mi morada en la casa. Me es imposible concebir en virtud de qué motivos el señor Laubepin me ha aconsejado que demorare mi partida. ¿Qué puedo esperar de este aplazamiento? Me parece que esta circunstancia ha cedido á una especie de vaga superstición y de debilidad pueril, á que no debía haberse doblegado jamás una alma de su temple y á la que yo mismo he hecho mal en someterme. ¿Cómo no comprendí que me imponía con un aumento de inútil sufrimiento, un papel sin franqueza y sin dignidad? ¿Qué haré yo en adelante? ¿No es ahora cuando con justo motivo, podría reprochárseme el jugar con los sentimientos más sagrados? Mi primera entrevista con la señorita Margarita había bastado para revelarme todo el rigor, toda la imposibilidad de la prueba á que me hallaba condenado, cuando la muerte del señor Laroque ha venido á dar por corto tiempo á mis relaciones alguna naturalidad, y una especie de bienestar á mi permanencia en el castillo.

Rennes, 16 de octubre.

Todo está dicho, ¡Dios mío! ¡Cuán fuerte era este lazo! ¡De qué manera envolvía mi corazón! ¡Hasta qué punto le ha despedazado al romperse!

Ayer en la noche, cerca de las nueve, me hallaba yo de codos en mi ventana abierta, cuando fuí sorprendido por una débil luz que se aproximaba á mi habitación á través de los sombríos caminos del parque, y en una dirección que no acostumbran traer las gentes del castillo. Un instante después llamaron á mi puerta, y la señorita de Porhoet entró jadeando.

—Primo—me dijo—tengo que hablar á usted.

—¿Hay alguna desgracia?—le pregunté, mirándola á la cara.

—No, no es eso precisamente. Usted mismo juzgará. Siéntese. Mi querido hijo; ha pasado usted dos ó tres noches en el castillo durante la presente semana ¿no ha observado en él nada nuevo ni de singular, en la actitud de las señoras?...

—Nada.

—¿No ha notado al menos en su fisonomía una especie de serenidad no acostumbrada?...

—Sí, tal vez... Apartando la melancolía del reciente duelo me han parecido más serenas, y aún más dichosas que en otro tiempo.

—Sin duda, le habrían llamado la atención otras particularidades si hubiera usted, como yo, vivido desde hace quince años en su intimidad cotidiana. Así es que á menudo he sorprendido entre ellas los signos de una inteligencia secreta, de una misteriosa complicidad. A más, sus hábitos se han modificado sensiblemente. La señora de Laroque ha echado á un lado su brasero, su garita, y todas sus inocentes manías de criolla; se levanta á una hora fabulosa y se instala desde la aurora con Margarita delante de la mesa de trabajo. A ambas les ha entrado un gusto apasionado por los bordados, y se informan del dinero que una mujer puede ganar por día con este género de labor. Para terminar, hay en esto un misterio cuya palabra en vano me desesperaba por encontrar. Ella acaba de serme revelada y sin deber entrar en los secretos de usted antes de lo que le convenga, he creído deber transmitírsela sin retardo.

Después de las protestas de absoluta confianza, que me apresuré á dirigirle, la señorita de Porhoet continuó en su lenguaje dulce y firme:

—La señora de Aubry fué á verme esta noche á hurtadillas; comenzó por arrojarme sus horribles brazos al cuello, lo que no me gustó nada, y luego, á través de mil jeremiadas personales, que excuso repetir, me ha suplicado que detenga á sus parientes sobre el borde de su ruina.

—He aquí lo que ha oído escuchando á través de las puertas, según su graciosa costumbre; me dijo que esas señoras solicitan en estos momentos autorización para abandonar todos sus bienes á una congregación de Rennes, á fin de suprimir entre Margarita y usted los inconvenientes que les separan. No pudiendo hacerle rico, ellas se hacen pobres. Me ha parecido imposible, primo, dejar á usted ignorar esta determinación, igualmente digna de esas dos almas generosas y de esas dos cabezas quiméricas. Me excusará agregar que su deber es desbaratar á toda costa ese proyecto. Me parece inútil hablar del arrepentimiento que infaliblemente se prepara á nuestras amigas, y de la responsabilidad terrible que las amenaza; usted lo comprende tan bien como yo. Si pudiera, amigo mío, aceptar en el instante la mano de Margarita, el asunto terminaría del modo más feliz; pero se halla ligado á este respecto por un compromiso que, por muy ciego, por muy imprudente que haya sido, no es por eso menos obligatorio para su honor. Sólo le queda un partido que tomar: dejar este país sin demora y cortar resueltamente todas las esperanzas que entretiene su permanencia aquí. Cuando haya partido, me será más fácil volver á esas dos niñas á la razón.

—Pues bien, estoy pronto; partiré esta misma noche.

—Muy bien—continuó:—cuando le doy este consejo amigo mío, yo misma obedezco á una ley de honor bien rigurosa. Usted endulza los últimos momentos de mi larga soledad; me ha vuelto la ilusión de los más dulces encantos de la vida, perdidos por mí hace tantos años. Alejándose usted hago mi último sacrificio... es inmenso.

Se levantó y me miró un momento sin hablar.

—A mi edad no se abraza á los jóvenes—continuó, sonriendo tristemente,—se les bendice. Adiós, querido hijo, y gracias... Que Dios le ayude... Yo besé sus manos temblorosas, y ella me dejó precipitadamente.

Hice á toda prisa mis aprestos para la partida: luego escribí algunas líneas á la señora de Laroque. La suplicaba renunciara á una resolución cuyo alcance no había calculado, y de la que por mi parte, estaba firmemente determinado á no hacerme cómplice. Le daba mi palabra, y ella sabía que podía contarse con ella, que no aceptaría jamás mi felicidad á costa de su ruina. Al terminar, para apartarla mejor de su insensato proyecto, le hablaba vagamente de un porvenir cercano en que fingía entrever esperanzas de fortuna.

A media noche, cuando todos dormían, di un adiós, un cruel adiós á mi retiro, á aquella vieja torre ¡en que tanto había sufrido, donde tanto había amado! y me deslicé en el castillo por una puerta excusada, cuya llave me había sido confiada. Atravesé furtivamente, como un criminal, las galerías vacías y sonoras, guiándome lo mejor que pude en las tinieblas; llegué al fin al salón, donde la había visto por primera vez. Ella y su madre lo habían dejado, hacía apenas una hora; su presencia reciente se manifestaba aún por un perfume dulce y tibio, que me embriagó súbitamente. Busqué y toqué la cesta en que su mano había colgado pocos instantes antes su bordado, comenzado. ¡Ay, pobre corazón! Caí de rodillas ante el lugar que ocupaba, y allí, con la frente sobre el mármol, lloraba y sollozaba como un niño. ¡Dios mío, cómo la amo!

Aproveché las últimas horas de la noche para hacerme conducir secretamente á la pequeña ciudad vecina, donde tomé el carruaje de Rennes. Mañana en la noche estaré en París. ¡Pobreza, soledad, desesperación, que allí os dejé, voy á hallaros de nuevo! ¡Ultimo sueño de mi juventud, sueño del Cielo, adiós!

París.

Al día siguiente por la mañana, cuando iba á montar en el ferrocarril, entró en el patio del hotel un carruaje de posta, y vi descender de él al viejo Alain. Cuando me vió, su fisonomía se iluminó.

—Ah, señor, ¡qué fortuna que no haya partido! Tome esta carta.

—Reconocí la letra del señor Laubepin. Me decía en dos líneas que la señorita de Porhoet estaba gravemente enferma y que me llamaba. No me tomé sino el tiempo necesario para mudar caballos y me arrojé en la silla, después de haber decidido á Alain, no sin trabajo, á que se sentara frente á mí. Entonces lo aturdí á preguntas. Le hice repetir la noticia que me trajo y que me parecía inconcebible. La señorita Porhoet había recibido la víspera, de manos del señor Laubepin, un pliego ministerial, que le anunciaba que era puesta en plena y entera posesión de la herencia de sus parientes de España.—Y parece—agregaba Alain—que se lo debe al señor, que ha descubierto en el palomar algunos papeles viejos, en los que nadie soñaba y que han probado el buen derecho de la anciana señorita. Yo no sé lo que hay de verdadero en esto, pero sí es lástima—me dijo—que á esta respetable señora se le haya metido en la cabeza ideas de catedral y que no quiere abandonarlas... porque, note usted, que está más aferrada que nunca. Al principio, cuando recibió la noticia, cayó redonda en el pavimento y se le creyó muerta; pero una hora después empezó á hablar, sin fin ni tregua, de su catedral, del coro, de la nave, del cabildo y de los canónigos, del ala del Norte y del ala del Sur, de tal modo que para calmarla ha sido necesario traerle un arquitecto, albañiles, y poner sobre su lecho los planos del malhadado edificio. En fin, después de tres horas de conversación sobre el asunto se amodorró un rato; al despertarse, ha pedido ver al señor... al señor Marqués (Alain se inclinó cerrando los ojos) y se me ha hecho correr en su busca; parece que quiere consultarle sobre el coro alto.

Este extraño acontecimiento me causó la más viva sorpresa. Sin embargo, con ayuda de mis recuerdos y de los detalles confusos, que me daba Alain, llegué á darme una explicación de ellos, que noticias más positivas debían confirmar muy luego. Como ya he dicho, el negocio de la sucesión de la rama española de los Porhoet había pasado por dos fases. Había habido primero, entre la señorita de Porhoet y una gran casa de Castilla, un largo proceso que mi vieja amiga había acabado por perder en última instancia; luego un nuevo proceso, en el que la señorita de Porhoet no figuraba, se había suscitado, á propósito de la misma sucesión, entre los herederos españoles y la corona, que pretendía que los bienes volvían á ella por derecho de fundación del mayorazgo. Mientras esto tenía lugar, continuando siempre mis indagaciones en los archivos de los Porhoet había puesto la mano como dos meses antes de mi salida del castillo sobre una pieza singular, cuyo texto literal era el siguiente:

«Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón; de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, islas y tierras firmes del mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina, etc., etc.»A ti Herve Juan Joselyn, señor de Porhoet Gaél, Conde de Torrenueva, etc., que me has seguido en mis reinos y servido con una fidelidad ejemplar, prometo, por favor especial, que en caso de extinción de tu descendencia directa y legítima, los bienes de tu casa volverán, aun con detrimento de los derechos de mi corona, á los descendientes directos y legítimos de la rama francesa de los Porhoet-Gaél, mientras ella exista, y hago este compromiso, por mí y mis sucesores sobre mi fe y palabra de rey.»Dado en el Escorial el 10 de abril de 1716.Yo el Rey.»

«Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón; de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, islas y tierras firmes del mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina, etc., etc.

»A ti Herve Juan Joselyn, señor de Porhoet Gaél, Conde de Torrenueva, etc., que me has seguido en mis reinos y servido con una fidelidad ejemplar, prometo, por favor especial, que en caso de extinción de tu descendencia directa y legítima, los bienes de tu casa volverán, aun con detrimento de los derechos de mi corona, á los descendientes directos y legítimos de la rama francesa de los Porhoet-Gaél, mientras ella exista, y hago este compromiso, por mí y mis sucesores sobre mi fe y palabra de rey.

»Dado en el Escorial el 10 de abril de 1716.

Yo el Rey.»

Al lado de esta pieza, que sólo era una copia traducida, había hallado el texto original con las armas de España. No se me había ocultado la importancia de este documento, pero había temido exagerármela. Dudaba mucho que la validez del título, sobre el que habían pasado tantos sucesos y tantos acontecimientos, fuese admitida por el gobierno español, y hasta dudaba que tuviera el poder de hacerle lugar, aun cuando quisieran hacérselo. Me decidí, pues, á dejar ignorar á la señorita de Porhoet, un descubrimiento cuyas consecuencias me parecían ser muy problemáticas y me limité á remitir el título al señor Laubepin. No recibiendo contestación alguna, no tardé en olvidarlo en medio de los cuidados personales que me abrumaban entonces. El gobierno español, obrando de una manera contraria á mi injusta desconfianza, no había vacilado en desempeñar la palabra del Rey Felipe, y en el momento mismo en que un decreto supremo acababa de abocar á la corona la sucesión inmensa de los Porhoet, por otro decreto la restituyó noblemente á su legítimo heredero.

Eran las nueve de la noche cuando descendí del carruaje, en el húmedo umbral de la casita en que acababa de entrar, aunque tardíamente, esta fortuna casi real. La sirvienta vino á abrirme; lloraba amargamente. Oí al instante la voz grave del señor Laubepin que dijo:—Él es.—Subí apresuradamente. El anciano me apretó la mano fuertemente y me introdujo, sin pronunciar una palabra, en el cuarto de la señorita de Porhoet. El médico y el cura de la villa se mantenían silenciosos en el hueco de una ventana. La señora de Laroque estaba arrodillada sobre una silla, cerca del lecho; su hija de pie en la cabecera, sostenía las almohadas en que reposaba la pálida cabeza de mi pobre y vieja amiga. Cuando la enferma me vió, una débil sonrisa iluminó su fisonomía, profundamente alterada, y desprendió penosamente uno de sus brazos. Tomé su mano, caí de rodillas y no pude contener mis lágrimas.

—¡Hijo mío, mi querido hijo!...—Luego miró fijamente á Laubepin. El viejo notario tomó entonces del lecho una hoja de papel, y continuando, al parecer, una lectura interrumpida, leyó:

«Por estas causas, instituyo por este testamento ológrafo, por legatario universal de todos mis bienes, tanto en España como en Francia, sin reserva ni condición alguna, á Máximo Santiago María Odiot, Marqués de Champcey d'Hauterive, noble de corazón como de raza. Tal es mi voluntad.—Joselina Juana, Condesa Porhoet-Gaél.»

En el exceso de mi sorpresa, me había levantado por una especie de sacudimiento, é iba á hablar, cuando la señorita de Porhoet, reteniendo suavemente mi mano, la colocó en la de Margarita. A este contacto repentino, la querida niña se estremeció; inclinó su joven frente sobre la almohada fúnebre y murmuró sonrojándose, algunas palabras al oído de la moribunda. Yo no hallé expresiones; volví á caer de rodillas y oré á Dios. Habíanse pasado algunos minutos en medio de un silencio solemne, cuando Margarita retiró repentinamente su mano haciendo un gesto de alarma. El doctor se aproximó apresuradamente; yo me levanté. La cabeza de la señorita de Porhoet se había desplomado súbitamente hacia atrás, su mirada estaba fija, resplandeciente y dirigida al cielo, sus labios se entreabrieron, y como si hablara en sueños:

—Dios—dijo—Dios, la veo... allá arriba... sí... el coro... las claraboyas... la luz por todas partes... Dos ángeles de rodillas ante la Majestad... con albos ropajes... sus alas se agitan. Dios... están vivos.—Este grito se extinguió en su boca, que permaneció sonriente: cerró los ojos como si durmiese: súbitamente un aire de inmortal juventud, se extendió sobre su fisonomía, que se puso desconocida.

Tal muerte coronando tal vida, contiene en sí enseñanzas de las que he querido llenar mi alma. Supliqué que se me dejara solo con el sacerdote en aquel cuarto. Espero que esta piadosa vigilia no será perdida para mí. Sobre aquella fisonomía en que se hallaba impresa una gloriosa paz, y donde parecía verdaderamente errar, yo no sé qué reflejo sobrenatural, más de una verdad olvidada ó dudosa, se me apareció con una evidencia irresistible. Mi noble y santa amiga, yo sabía muy bien que tenías la virtud del sacrificio; veo ahora, que habías recibido el premio de ella.

Hacia las dos de la mañana sucumbiendo de fatiga quise respirar por un momento el aire puro. Descendí la escalera en medio de las tinieblas, entre en el jardín, evitando atravesar el salón del piso bajo, donde noté luz. La noche estaba profundamente sombría. Cuando me aproximaba á la torrecilla que se hallaba al fin del pequeño cercado, sentí un débil ruido bajo el soto de ojaranzo; en el mismo instante una forma indistinta se desprendió del follaje. Sentí un desvanecimiento repentino, mi corazón precipitó sus latidos, y vi al cielo llenarse de estrellas.

—¡Margarita!—dije tendiendo los brazos.—Oí un ligero grito, luego mi nombre murmurado á media voz... luego... nada... y sentí sus labios sobre los míos. ¡Creí que el alma se me escapaba!...

He dado á Elena la mitad de mi fortuna. Margarita es mi mujer, cierro para siempre estas páginas. Ya nada tengo que confiarles. Puede decirse de los hombres lo que se ha dicho de los pueblos: ¡Felices aquellos que no tienen historia!

FIN

Nota:[1]Menhir(de las palabras bretonas,main, piedra,hirr, larga), es un obelisco bruto, algunas veces redondo, generalmente cuadrado, colocado verticalmente sobro el suelo. No se halla jamás en él una escultura, por grosera que sea, á no ser en el menhir de Plonarez (Finisterre), colocada sobre el punto más elevado de los Leones.—Camile Duteil.Dolmen: mesa enorme de piedra, que como el menhir, son moradas como altares donde se consumaban sangrientos sacrificios.—Bouill(Diccionario de Historia).Galgul, es una planta especial.Cromlech, sitio accidentado.

[1]Menhir(de las palabras bretonas,main, piedra,hirr, larga), es un obelisco bruto, algunas veces redondo, generalmente cuadrado, colocado verticalmente sobro el suelo. No se halla jamás en él una escultura, por grosera que sea, á no ser en el menhir de Plonarez (Finisterre), colocada sobre el punto más elevado de los Leones.—Camile Duteil.Dolmen: mesa enorme de piedra, que como el menhir, son moradas como altares donde se consumaban sangrientos sacrificios.—Bouill(Diccionario de Historia).Galgul, es una planta especial.Cromlech, sitio accidentado.

[1]Menhir(de las palabras bretonas,main, piedra,hirr, larga), es un obelisco bruto, algunas veces redondo, generalmente cuadrado, colocado verticalmente sobro el suelo. No se halla jamás en él una escultura, por grosera que sea, á no ser en el menhir de Plonarez (Finisterre), colocada sobre el punto más elevado de los Leones.—Camile Duteil.

Dolmen: mesa enorme de piedra, que como el menhir, son moradas como altares donde se consumaban sangrientos sacrificios.—Bouill(Diccionario de Historia).

Galgul, es una planta especial.

Cromlech, sitio accidentado.


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