Pero, entre tanto, De Pas volvÃa amorosamente la visual del catalejo a su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allà debajo tenÃa, como dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquÃsimas que la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa MarÃa y San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista, y gloriosamente se pudren poco a poco vÃctimas de la humedad y hechas polvo por los siglos. En rededor de Santa MarÃa y de San Pedro hay esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor gloria serÃa poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos. Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.
Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona, era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales. Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendÃa o proyectaba siquiera el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por utilidad pública, don Saturnino ponÃa el grito en el cielo y publicaba enEl Lábaro, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos artÃculos que nadie leÃa, y que el alcalde no hubiera entendido, de haberlos leÃdo; en ellos ponÃa por las nubes el mérito arqueológico de cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera fuese por bien del arte, mentÃa no poco, y abusaba de lo románico y de lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared fabricada por algún modesto cantero, vivo todavÃa. Estos lapsus del erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podÃan descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos beneméritos, y los demás vetustenses no leÃan nada de aquello. Mas no por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creÃa, ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energÃa, entre las que descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solÃan decir: «tiemblan mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solÃa terminar el artÃculo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de obras,sunt lacrimae rerum!».
Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde. Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza Nueva, adonde constantemente volvÃa el catalejo, separose de la ventana, redujo a su mÃnimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros, descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro, cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con cierta languidez entre mÃstica y romántica la bien modelada cabeza, y más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El manteo que el canónigo movÃa con un ritmo de pasos y suave contoneo iba tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento, tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecÃa cola de pavo real; algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo teñÃan con un verde pálido blanquecino, como de planta sombrÃa, ora le daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un cadáver.
En la gran nave central del trascoro habÃa muy pocos fieles, esparcidos a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos muros, sumidas en las sombras, se veÃa apenas grupos de mujeres arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquà y allà se oÃa el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte, la más obscura, don FermÃn distinguió dos señoras que hablaban en voz baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él.
—Va al coro—dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del Magistral. En el altar habÃa dos candeleros de bronce, sin velas, sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la obscuridad; los reflejos del vidrio parecÃan una humedad frÃa. Era el rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos afilados, como gastados por el roce de besos devotos.
Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro; llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba cerrada. Don FermÃn, que iba a la sacristÃa, dio el rodeo de la nave del trasaltar flanqueada por otra crujÃa de capillas. Frente a cada una de estas, empotrados en la pared del ábside habÃa haces de columnas entre los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento de colocarse enfrente de ellos. Allà comúnmente ataban y desataban culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El Magistral miró al beneficiado sin sonreÃr, pinchándole con aquellas agujas que tenÃa entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro. Era gruesecillo, adamado, tenÃa aires de comisionista francés vestido con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo ceñÃa, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecÃa prenda mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de la oposición. CreÃa, o por lo menos propalaba todas las injurias con que se querÃa derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la envidia de aquel pobre clérigo le servÃa para ver, como en un espejo, los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creÃa en su porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte, influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don FermÃn más grandezas que el mismo Magistral veÃa en sus esperanzas. La mirada de este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salÃa el envidioso. Arrodillada junto a una de las celosÃas vio una joven pálida con hábito del Carmen.
No era una señorita; debÃa de ser una doncella de servicio, una costurera, o cosa asÃ, pensó el Magistral. TenÃa los ojos cargados de una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del sitio, pegada al confesonario lleno todavÃa del calor y el olor de don Custodio.
El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la sacristÃa. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, frÃa, con cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la cajonerÃa, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto. Encima de los cajones pendÃan cuadros de pintores adocenados, antiguos los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio de la sacristÃa ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del paÃs. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas pluviales en los armarios. ElPalomo, con una sotana sucia y escotada, cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabÃa cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba furioso. Los monaguillos se hacÃan los distraÃdos, pero él, sin mirarles, les aludÃa y amenazaba con terribles castigos hipotéticos, repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro extremo de la sacristÃa cuchicheaba con la voz apagada de la conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos señoras y dos caballeros. Los cuatro tenÃan la cabeza echada hacia atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada. El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecÃa una gran mancha de negro mate. De otro color no se veÃa más que el frontal de una calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi todos los dÃas a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada. Don Saturnino estaba muy ocupado todo el dÃa, pero de tres a cuatro y media siempre le tenÃan a su disposición cuantas personas decentes, como él decÃa, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la provincia, creÃa ser—y esto era verdad—el hombre más fino y cortés de España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los pies a la cabeza se veÃa algo que FrÃgilis, personaje darwinista que encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldrÃa ya diácono por lo menos, según FrÃgilis. Era el arqueólogo bajo, traÃa el pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes entradas en la frente y se conocÃa que una calvicie precoz le hubiera lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo», decÃa él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las leyes naturales, don Saturno—asà le llamaban—después de haber perdido ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo, se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como el boj de su huerto. TenÃa la boca muy grande, y al sonreÃr con propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por qué entonces era cuando mejor se conocÃa que Bermúdez no se quejaba de vicio al quejarse del pÃcaro estómago, de digestiones difÃciles y sobre todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que equivalÃa a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que Bermúdez querÃa pasar por el hombre másespiritualde Vetusta, y el más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos alternaban en su ambicioso espÃritu con las novelas más finas y psicológicas que se escribÃan por entonces en ParÃs. Lo de parecer clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veÃa con asombro que vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno. Siempre parecÃa que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenÃa por pariente de toda la nobleza vetustense, y en cuanto morÃa un aristócrata estaba de pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creÃa nacido para el amor, y su pasión por la arqueologÃa era un sentimiento de la clase de sucedáneos. Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los personajes de mejor sociedad sentÃan sobre poco más o menos las mismas comezones de que él era vÃctima, ya no vaciló en pensar que lo que le habÃa faltado habÃa sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran incapaces de comprenderle, asà como él se confesaba a solas que no se atreverÃa jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en materia de amores.
Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrÃan entenderle mejor. La primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que saboreaba sucedÃa casi siempre que eran casadas las heroÃnas, pecadoras sÃ, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y dar por evidente que se podÃa querer a una casada y hasta decÃrselo, si el amor se contenÃa en los lÃmites del más acendrado idealismo. En efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decÃrselo. Con los ojos sà se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorÃas que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus amores no hacÃa caso de los ojos de don Saturno ni entendÃa las alegorÃas ni las parábolas; no hacÃa más que decir a espaldas de Bermúdez:
—No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.
Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora jubilado, habÃa sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso, aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio hombre más aturdido que él en cuanto una mujer querÃa marearle con una o dos miradas. Cuatro años hacÃa que no perdÃa baile, ni reunión de confianza, ni teatro, ni paseo, y todavÃa las damas, cada vez que le veÃan bailando un rigodón (no se atrevÃa con el wals ni con la polka) repetÃan:
—¡Pero este Bermúdez está desconocido!
¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba. Cierto que jamás habÃa probado las dulzuras groseras y materiales del amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, asà como el comulgar dos veces al mes, en nada empecÃa (su estilo) a los tÃtulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran! ¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como dicen en Vetusta, salÃa muy recatadamente por la calle del Rosario, torcÃa entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez, doctor en teologÃa, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en filosofÃa y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, deVetusta Romana,Vetusta Goda,Vetusta Feudal,Vetusta Cristiana, yVetusta Transformada, a tomo por Vetusta. Era él, que salÃa disfrazado de capa y sombrero flexible. No habÃa miedo que en tal guisa le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenÃa seguridad de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solÃa ser una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la tentación; entonces retrocedÃa el sabio más pronto, ganaba el terreno perdido, volvÃa a las calles anchas y respiraba con delicia el aire puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal que eran su propio ambiente, cantaba laCasta divaoel Spirto gentiloel Santo Fuerte, y pensaba en sus amores de niño o en alguna heroÃna de sus novelas.
¡Ah, cuánta felicidad habÃa en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo asà debÃa de ser el éxtasis de los mÃsticos! Y don Saturno apretando el paso volvÃa a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa con las lágrimas que le hacÃa llorar aquel baño de idealidad, como él decÃa para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso, sobre todo en las noches de luna.
Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribÃa versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se acostaba, satisfecho de sà mismo, contento con la vida, feliz en este mundo calumniado donde, dÃgase lo que se quiera, aún hay hombres buenos, ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho, convertÃa poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el imaginar aventuras románticas, de amores en ParÃs, que era el paÃs de sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. SolÃa volver a sus novelas de la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponÃa el ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y la lógica se hacÃa disparatada, y hasta el sentido moral se pervertÃa y se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al doctor en teologÃa.
A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el cuerpo.—¡Memento homo!—decÃa el infeliz, y se arrojaba del lecho con tedio, procurando una reacción en el espÃritu mediante agudos y terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que positivamente tenÃa el ilustre autor deVetusta Transformada. Después de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venÃa; y por vanidad o por fe creÃa en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de Jesús. Por eso el espÃritu no envejecÃa: era el estómago, el pÃcaro estómago el que no hacÃa caso de la fervorosa contrición del pobre hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y grosera!
Aquel dÃa habÃa recibido antes de comer un billete perfumado de su amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar?
¿Qué era aquello? O. F. decÃan dos letras enroscadas como culebras en el lema del sobre.—De parte de doña Obdulia, habÃa dicho el criado. Aquella señora, todo Vetusta lo sabÃa, era una mujer despreocupada, tal vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?... una cita.... Ellos, al fin, se entendÃan algo, no tanto como algunos maliciaban, pero se entendÃan.... Ella le miraba en la iglesia y suspiraba. Le habÃa dicho una vez que sabÃa más que el Tostado, elogio que él supo apreciar en todo lo que valÃa, por haber leÃdo al ilustre hijo de Ãvila. En cierta ocasión ella habÃa dejado caer el pañuelo, un pañuelo que olÃa como aquella carta, y él lo habÃa recogido y al entregárselo se habÃan tocado los dedos y ella habÃa dicho:—«Gracias, Saturno». Saturno, sin don.
Una noche en la tertulia de Visitación OlÃas de Cuervo, Obdulia le habÃa tocado con una rodilla en una pierna. Él no habÃa retirado la pierna ni ella la rodilla; él habÃa tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella no lo habÃa retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió vino y abrió la carta.
DecÃa asÃ: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero con...». Hubo que dar vuelta a la hoja.
—Impaciencia—pensó el sabio. Pero decÃa: «...Le espero con unos amigos de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si estuviera en ridÃculo delante de una asamblea.
—No importa—se dijo—esta visita a la catedral es un pretexto.
Y añadió:—¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me invita!
Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo como un Lovelace que estudia arqueologÃa en sus ratos de ocio, se fue a casa de doña Obdulia.
Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veÃa apenas una calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado. Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor eran tan notables para Bermúdez.
El señor de Palomares vestÃa un gabán de verano muy largo, de color de pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación, pero de cuatro o cinco onzas—su precio en la Habana—y por esto pensaba que podÃa usarlo todo el otoño. Se creÃa el señor Infanzón en el caso de comprender el entusiasmo artÃstico del sabio mejor que las señoras, quien por su natural ignorancia tenÃan alguna disculpa si no se pasmaban ante un cuadro que no se veÃa. Buscó alguna frase oportuna y por de pronto halló esto:
—¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme!
Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en realidad de verdad—estilo de Bermúdez—para descansar, con una reacción proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le habÃa tenido un cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó:
—Me parece, señor Bermúdez, que ese famosÃsimo cuadro del ilustre....
—Cenceño.—Pues; del ilustrÃsimo Cenceño; lucirÃa más si....
—Si se pudiera ver—interrumpió la esposa del señor Infanzón.
Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó diciendo:
—LucirÃa más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la cera... el incienso....
—No señor; ¡qué ahumado!—respondió el sabio, sonriendo de oreja a oreja—. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el encanto de los cuadros antiguos.
—¡La pátina!—exclamó el del pueblo convencido—. SÃ, es lo más probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para saber qué era pátina.
En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno; reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los de Palomares que le fueron presentados por el sabio.
—El señor don FermÃn de Pas, Magistral y provisor de la diócesis....
—¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!—exclamó Infanzón que hacÃa mucho admiraba de lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de que habÃa infestado la sacristÃa desde el momento de entrar. Era el olor del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabÃa a gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar asà los olores mÃsticos y los eróticos, mediante una armonÃa o componenda, que creÃa él debÃa de ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habÃan sabido resistir toda clase de tentaciones.
Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterÃas que no habÃa entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien era hija de confesión, por más que él habÃa procurado varias veces entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella mujer le crispaba los nervios a don FermÃn; era un escándalo andando. No habÃa más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo carmesÃ, debajo de la cual salÃan abundantes, como cascada de oro, rizos y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho dÃas antes el Magistral habÃa visto aquella cabeza a través de las celosÃas del confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenÃa nada de particular mientras la dama no se movÃa; era negra, de raso. Pero lo peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponÃa el grito en el cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podÃa ser menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo parecÃa que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras irritaba al Magistral, que no querÃa aquellos escándalos en la iglesia. Aquella señora entendÃa la devoción de un modo que podrÃa pasar en otras partes, en un gran centro, en Madrid, en ParÃs, en Roma; pero en Vetusta no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podÃa referÃrselas en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponÃa rifas católicas,organizababailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada, para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la mano siempre que podÃa, pero no podÃa siempre. Su autoridad, que era absoluta casi, no conseguÃa sujetar aquel azogue que se le marchaba por las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y ella que querÃa seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas; los adoradores de la viuda lo sabÃan y le envidiaban. Pero él maldecÃa de aquel bloqueo.
—«Necia, ¿si creerá que a mà se me conquista como a don Saturno?».
A pesar de esta cordial antipatÃa, siempre estaba afable y cortés con la viuda, porque en este punto no distinguÃa entre amigos y enemigos. Era menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para que don FermÃn no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban de ella muy diferente partido.
Mientras se hablaba de lo mucho bueno que habÃa en la catedral y el lugareño se pasmaba y su señora repetÃa aquellas admiraciones, Obdulia se miraba como podÃa, en las altas cornucopias.
El Magistral se despidió. No podÃa acompañar a aquellas señoras, lo sentÃa mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se inclinaron.
—Lo primero es lo primero—dijo el de Palomares, aludiendo a la Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o ante el Provisor.)
Afortunadamente, según don FermÃn, nada les servirÃa su inutilidad, mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades vetustenses.
Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo; después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda, como diciéndole:
—Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los pliegues amplios y rÃtmicos del manteo. De este se despojó don FermÃn, después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado roquete, la señoril muceta y la capa de coro.
—¡Qué guapo está!—dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.
Dieron vuelta a toda la sacristÃa. Cerca de la puerta habÃa algunos cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin duda porque se veÃan mejor. Pero su prudente esposo, considerando que Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por allà se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros habÃa una copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro de MurilloSan Juan de Dios, del Hospital de incurables de Sevilla. A la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde que se ve una vez no se olvida.
—¡Oh, qué hermoso!—exclamó sin poder contenerse.
Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo:
—SÃ, es bonito; pero muy conocido.
Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al pordiosero enfermo, entre las tinieblas.
El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en voz baja la reprendió de esta suerte:
—Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina?
Salieron de la sacristÃa.—Por aqu×dijo Bermúdez señalando a la derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego de Obdulia. La falda de raso, que no tenÃa nada de particular mientras no la movÃan, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecÃa apretado calzón ciñendo esculturales formas, que asà mostradas, no convenÃan a la santidad del lugar.
—Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes—murmuró muy quedo el arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de suVetusta Goday de suVetusta Cristiana. Y en honor de la verdad se ha de decir que un rey se le iba y otro se le venÃa; esto es, que los mezclaba y confundÃa, siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el sabio no podÃa menos de admirar aquella atrevidÃsima invención, nueva en Vetusta, mediante la que aparecÃan ante sus ojos graciosas y significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran pesadumbre comprendÃa el devoto anticuario que el contraste del lugar sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como si a una hoguera la echasen petróleo....
Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, frÃa, de tosca fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma que tal se le antojaban a don Saturno, quien los habÃa visto otras veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes allà sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del descanso eterno de tan respetables señores:
—Aquà descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares, decÃaueen vez deoiy otros adefesios.
Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabidurÃa y elocuencia de don Saturnino.
Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, habÃa un sepulcro de piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles. Entre el sepulcro y el muro habÃa estrecho pasadizo, de un pie de ancho y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno, hubo un silencio solemne. El sabio habÃa tosido, iba a hablar.
—Encienda usted un fósforo, señor Infanzón—dijo Obdulia.
—No tengo... aquÃ. Pero se puede pedir una vela.
—No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y además, no se pueden leer.
—¿Están en latÃn?—se atrevió a decir la Infanzón.
—No señora, están borradas.
No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora. Recitó, fingiendo el pÃcaro que improvisaba, los capÃtulos 1.º, 2.º, 3.º y 4.º de una de susVetustasy ya iba a terminar con el epÃlogo que copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo:
—¡Dios mÃo! ¿Habrá aquà ratones? Yo creo sentir....
Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimÃa el hombro; y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de esta suerte:
—Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque de ricas preseas, envidiables privilegios y pÃas fundaciones a esta Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonÃa, digámoslo asÃ, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga, Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidaset sic de coeteris.
—¡Amén!—exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra.
El coro habÃa terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por aquel dÃa su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras otro iban entrando en la sacristÃa con el aire aburrido de todo funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de cada dÃa. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo. Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta de armonÃa: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto reinaba la mayor y más jovial concordia. HabÃa apretones de mano, golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos al oÃdo. Algunos, taciturnos, se despedÃan pronto y abandonaban el templo; no faltaba quien saliera sin despedirse.
Cuando entraba el Magistral, el ilustrÃsimo señor don Cayetano Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro:
—Hame dado en la nariz olor de...
La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la cita, añadió:
—¿Parece que hemos tenido faldas por aquÃ, señor De Pas?
Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.
Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque, según otros, más se parecÃa a una urraca, o a un tordo encogido y despeluznado. TenÃa sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más, visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio, y como lo echaba hacia el cogote, parecÃa que llevaba en la cabeza un telescopio; era miope y corregÃa el defecto con gafas de oro montadas en nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo estudiante, solÃa poner los brazos en jarras, y si la conversación era de asunto teológico o canónico, extendÃa la mano derecha y formaba un anteojo con el dedo pulgar y el Ãndice. Como el interlocutor solÃa ser más alto, para verle la cara Ripamilán torcÃa la cabeza y miraba con un ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque era don Cayetano canónigo y tenÃa nada menos que la dignidad de arcipreste, que le valÃa el honor de sentarse en el coro a la derecha del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por estos vulgares tÃtulos, ni por la cruz que le hacÃa ilustrÃsimo, sino por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. HabÃa venido a Vetusta de beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis habÃa asistido al coro de aquella iglesia y podÃa tenerse por tan vetustense como el primero. Muchos no sabÃan que era de otra provincia. Además de la poesÃa tenÃa dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última habÃa renunciado; no a la primera, que seguÃa adorando con el mismo pudibundo y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun contando a los librepensadores que en cierto restaurant comÃan de carne el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenÃa que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto poético, como él decÃa, pues se preciaba de hablar como los poetas de mejores siglos y al asunto solÃa llamarlo sujeto. SentÃa desde su juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención, cuanto llenos de picardÃa y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manÃa de Ripamilán como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo, gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más adelante.
Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas, bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero ¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de Meléndez Valdés, ni de lasÉglogas y Canciones por un Pastor de BÃlbilis, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el liberalismo habÃan hecho estragos. Y habÃa pasado el romanticismo, pero el género pastoril no habÃa vuelto, ni los epigramas causaban efecto por maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigoslaudatores temporis acti, como decÃa él; no alababa el tiempo pasado por sistema, pero en punto a poesÃa era preciso confesar que la revolución no habÃa traÃdo nada bueno.
—Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada—solÃa él decir a los jóvenes de Vetusta, que le querÃan mucho—. Ustedes, por ejemplo, no saben bailar. DÃganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla contra el pecho?
CreÃa que se bailaba en los salones la polka Ãntima que él, años atrás, habÃa visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso.
—En mi tiempo bailábamos de otra manera.
El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca habÃa bailado más que con alguna silla. Eso sÃ; allá, cuando seminarista, habÃa sido gran tañedor de flauta y bailarÃn sin pareja. De todas maneras, figurándose con la abundante y poética fantasÃa que Dios le habÃa dado, los rigodones en que habÃa lucido garbo y talle, solÃa, enpetit comité—según decÃa—terciar el manteo, colocar la teja debajo del brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.
ReÃanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba en los tiempos de prosa a que habÃamos llegado.
Esto de los bailes solÃa acontecer en las tertulias a donde el setentón acudÃa sin falta, porque desde que los médicos le habÃan prohibido escribir y hasta leer de noche, no podÃa pasar sin la sociedad más animada y galante. El tresillo le aburrÃa y los conciliábulos de canónigos y obispos de levita, como él decÃa siempre, le ponÃan triste. «No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraÃa y preferÃa su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y gacetilleros de lalocalidadtenÃan en él un censor socarrón y malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y decÃale:
—He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo deversate manu. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo! ¿Dónde hay sencillez como aquella:
Yo he visto un pajarilloposarse en un tomillo?
Y recitaba la tierna poesÃa de Villegas hasta el último verso, con lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayorÃa del cabildo absolvÃa de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se le tuviera por chocho.
—Y aun asà y todo—decÃa un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia—aun asà y todo no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones impropias de una dignidad.
A este mismo señor canónigo que embozadamente le habÃa reprendido algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solÃa taparle la boca el Arcipreste diciendo:
—Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridÃsimo poeta Marcial dejó escrito para casos tales, es a saber:
Lasciva est nobis pagina, vita proba est.
Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenÃa los verdores en la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era de estos dÃas el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino que toda la vida habÃa sido un boquirroto en tal materia, pero nada más que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial.
El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la catedral habÃa despertado sus instintos anafrodÃticos, su pasión desinteresada por la mujer, dirÃase mejor, por la señora. Aquel olor a Obdulia, que ya nadie notaba, sentÃalo aún don Cayetano.
El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se marchaba. Algo tenÃa que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que solÃan quedarse al tertulÃn, como llamaban a la sabrosa plática de la sacristÃa después del coro. Si hacÃa bueno, los del tertulÃn acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si llovÃa o amenazaba, prolongaban el palique hasta que elPalomohacÃa un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a su casa. No se crea por esto que eran Ãntimos amigos los aficionados a platicar después del coro. AcontecÃa allà lo que es ley general de los corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debÃa de estar en su casa el temerario, alguno de los que quedaban, decÃa de repente:
—Como ese otro.... Y todos sabÃan que aquel gesto de señalar a la puerta y tales palabras significaban:
—¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano aese otro.
El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.
Él le habÃa puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro derecho don Restituto—por lo demás buen mozo, casi tan alto como el pariente del ministro—, y como este defecto incurable era un obstáculo a las pretensiones de gallardÃa que siempre habÃa alimentado, discurrió hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña postura que parecÃa Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose a los rumores, avanzada de sà mismo para saber noticias, cazar intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras. Encontraba el Arcediano, sin haber leÃdo a Darwin, cierta misteriosa y acaso cabalÃstica relación entre aquella manera deFque figuraba su cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. CreÃa que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba al mundo entero. SÃ, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos caras: iba con los de la feria y volvÃa con los del mercado; disimulaba la envidia con una amabilidad pegajosa y fingÃa un aturdimiento en que no incurrÃa nunca.—Pero, decÃa el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él supone.
Hablaba, siempre que podÃa, al oÃdo del interlocutor, guiñaba los ojos alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que fingÃa ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvÃa secretos. DecÃa él que abrÃa el corazón por única vez al primero que querÃa oÃrle.
—Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente en ser explÃcito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues bien, oiga usted el secreto.
Y lo decÃa. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristÃa muchas veces diciendo de modo que apenas se le oÃa:
—¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure!
Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez, escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o seabolsa, vio una noche el drama titulado:Los hijos de Eduardo, arreglado por Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó:
—¡Ahà está el Arcediano!
La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo para toda Vetusta ilustrada. Allà estaba, oyendo con fingida complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temÃa, presente y ausente. Cuando don Cayetano volvÃa la espalda, pues hablaba girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al Deán y barrenaba con un dedo la frente. QuerÃa aludir a la locura del poeta bucólico. El cual continuaba diciendo:
—No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de Nauplia, a quien yo traté allà con gran intimidad. En una fonda de la calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien antes apenas saludaba aquÃ, a pesar de que éramos contertulios en casa del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No cree en el sexto.
Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreÃr, inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo de los oÃdos. El Arcediano rio sin ganas.
La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristÃa, como poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes.
El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho Marcial, salvo el latÃn.
—Señores, a mà me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce en el Espolón esa señora....
—Son bien escandalosos...—dijo el Deán.
—Pero muy ricos—observó el pariente del ministro.
—Y muchos; nunca lleva el mismo; cada dÃa un perifollo nuevo—añadió el Arcediano—; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta miserable y una viudedad irrisoria....
—Pues a eso voy—interrumpió triunfante don Cayetano—. Me ha dicho el chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos últimos años Obdulita servÃa en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la célebre querida del célebre....
—Sà ¿qué?—Que le servÃa de trotaconventos, digámoslo asÃ. Es decir, no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra, agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja nuevos y tiene tantos y tan ricos....
El cabildo, que fingÃa oÃr por educación, nada más, al Arcipreste, se interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática lasciva sólo por lo que tenÃa de gracejo. Los demás empezaron a estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia; parecÃa buscar su testimonio.
El Provisor no estaba allà más que para hablar a solas con don Cayetano. SufrÃa sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos inocentes alardes de erotismo retórico porque conocÃa sus costumbres intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el más decidido y entusiástico partidario de don FermÃn en las luchas del cabildo. Otros le seguÃan por interés, muchos por miedo; don Cayetano, incapaz de temer a nadie, le servÃa y le amaba porque, según él, era el único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito, Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio, un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valÃa más que todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los supuestos cohechos del Provisor, de su tiranÃa, de su comercio sórdido, se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonÃa más probables. Si le traÃan a cuento el capÃtulo de las aventuras amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que hiciera prueba, el Arcipreste sonreÃa al negar, dando a entender que aquello era posible, pero importaba menos.
—La verdad es que don FermÃn es muy buen mozo, y, si las beatas se enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a las sabias leyes naturales.
El Magistral sabÃa todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. TenÃa que hacerle ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrÃan ser peligrosas. Glocester habÃa olido algo.
—«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufrÃa aquella jaqueca? No, pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial enemigo que tenÃa el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo más refinado del Arcediano consistÃa en mantener en la apariencia buenas relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el terreno, prepararle una caÃda que ni la de don Rodrigo Calderón. VastÃsimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas, emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales. Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le habÃa dado aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy principal señora, era esposa de don VÃctor Quintanar, Regente en varias Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podÃa vivir holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquà fue ella. La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre familia vetustense de los Ozores. En cuanto a laadvenedizatuvo que perdonar y contentarse con ser: laotraRegenta. Además, el conflicto durarÃa poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto habrÃa nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de Ozores. La cual siempre habÃa sido hija de confesión de don Cayetano, pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas pocas personas, señoras casi todas, de alta categorÃa, escogidÃsimos amigos y amigas, al cabo se habÃa cansado también de esta leve carga, pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del confesonario, habÃa suplicado a sus hijas de confesión que le librasen de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de herencia, o mejor, sucesióninter vivos, era muy codiciada en el cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habÃan producido los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada, porque tenÃa la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda habÃa cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas.
Don Custodio, joven ardentÃsimo en sus deseos, creÃa demasiado en los milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuÃa a ellos sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. HabÃa averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los más ricos americanos deLa ColoniahabÃa pasado, tiempo atrás, del confesonario de Ripamilán al de don FermÃn. Esto era ya una gollerÃa. Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo habÃa averiguado escuchando detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin duda la digna y virtuosa y hermosÃsima esposa de don VÃctor Quintanar. ¡Y don Custodio sentÃa la alegórica baba de la envidia manar de sus labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se habÃa dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla delotro, habÃa visto, mirando de soslayo, dos señoras;nuevassin duda, pues no sabÃan que aquella tarde nose sentabadon FermÃn. HabÃa vuelto a pasar, habÃa mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en persona.
Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta sucesión particular; creÃa pertenecerle por razón de su dignidad el honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no habÃa que contar; el Deán era un viejo que no hacÃa más que comer y temblar; en una procesión de desagravios cuatro borrachos le habÃan dado un susto, del que sólo se repuso su estómago; digerÃa muy bien, pero no discurrÃa; no pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al coro; tampoco habÃa que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la Regenta, ¿pues qué dignidad seguÃa? la suya; la jerarquÃa indicaba al Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que clamaba al cielo, y no podÃa clamar al Obispo, porque este era esclavo de don FermÃn». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no tenÃa el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sà tan buen bocado, pero querÃa que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos. Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oÃdo del confidente:
—¿Será libre elección de esa señora?—Y separándose un poco, para ver el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de los labios.
—Puede ser—contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse por enterado de la intención del otro.
Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que era sacristÃa, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podÃa tener el Magistral para oÃr a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble.
Se juraba a sà mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto sin saber a qué atenerse.
El Magistral habÃa resuelto no entrar aquel dÃa en la capilla que llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción, motivo para dar que decir. ¿EstarÃan allà todavÃa aquellas señoras? Al bajar de la torre y pasar por el trascoro las habÃa visto, las habÃa conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habÃan venido sin avisar? Don Cayetano debÃa de saberlo. Cuando una señora de las principales, como era la Regenta, querÃa hacerse hija de confesión del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedÃa hora. Las personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevÃan a tanto, y las pocas de esta clase que confesaban con él acudÃan en montón a la capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allà esperaban el turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabÃan cuáles eran los dÃas de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras. Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocÃa a punto fijo los dÃasfastosynefastos, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y cuándo no. La Regenta venÃa por primera vez, «¿por qué no le habÃa avisado? El suceso era bastante solemne y habÃa de sonar lo suficiente para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que aquella señora pensaba que él habÃa de beber los vientos para averiguar cuándo vendrÃa a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de Vetusta, querÃa confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecÃa un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacÃa ser irreverentes, groseras, sÃ, groseras, con el sacramento y en general con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones; adquirÃan pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las calumnias de los necios y de los mal intencionados».
«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana en el confesonario, para que le halagasen todavÃa revelaciones imprudentes, que sólo servÃan para inundarle el alma de hastÃo. Esperaba algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». SabÃa, por rumores, que el Arcipreste habÃa aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano nada le habÃa dicho. Además, como en materia de confesión los buenos clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabÃa tratar en serio los asuntos serios, nunca habÃa hablado al Magistral de lo que podÃa ser la Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo; y Glocester no se movÃa. Se habÃan ido despidiendo todos los señores canónigos; quedaban los tres y elPalomo, que abrÃa y cerraba cajones con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda.
Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también querÃa hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordÃa la lengua, cortó la conversación diciendo:
—¡Ah! ¡pÃcara memoria! don FermÃn, una palabra, con permiso del señor Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo... son intereses espirituales.
Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose un arco de puente, y salió de la sacristÃa diciendo para su alzacuello morado y blanco:
—«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!».
El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros expedientes por el estilo.
—«Si todos fueran como yo, Glocester no sabrÃa qué hacer de su habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen gallinas!».
Glocester salÃa siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo Norte del crucero; por allà llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso salir por la puerta de la torre, porque asà pasaba junto a la capilla del Magistral. Miró; no habÃa nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar con ahÃnco, dio un paso dentro de la capilla; no habÃa nadie; estaba seguro. «¡Luego aquellas señoras se habÃan ido sin confesión; luego el Magistral se permitÃa el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!». El Arcediano vio un mundo de intrigas que podÃan fundarse en este descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del trascoro, decÃa para sÃ:
—Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo explotaré.
Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos secretos y escaleras subterráneas.
El Arcipreste habÃa abierto la boca al oÃr a De Pas que la Regenta estaba en la catedral, según le habÃan dicho, y que él no habÃa corrido a saludarla y a confesarla, si a eso venÃa, como era de suponer.
—¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?—gritaba don Cayetano, asustado de veras.
—A ver, RodrÃguez (elPalomo) corre a la capilla del señor Magistral, y si está allà una señora....
Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió en la conversación diciendo:
—No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor Magistral; y doña Visita que ya querÃa irse antes, cogió del brazo a doña Ana y se la llevó.
—¿Y qué decÃan?—preguntó don Cayetano.
—Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora Regenta habÃa querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón.
—¡Al Espolón!—gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del Magistral y con la otra la teja—. ¡Al Espolón!
—¡Pero don Cayetano!—Es cuestión de honra para mÃ; de ese desaire tengo yo culpa en cierto modo.
—Pero si no fue desaire—repetÃa el Provisor dejándose llevar, y con el rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegrÃa que lo inundaba.
—SÃ, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente, como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo.