Al otro día, Alicia supo por Teodora que Darléshabía ido á visitarla hallándose ella ausente. En tardes sucesivas ocurrió lo mismo. La joven acabó por sentirse molestada ante la imagen deplorable y testaruda de aquel muchacho, mendigo de amor, que inopinadamente venía á turbar el fácil curso de su despreocupado vivir. Cada vez que Teodora la informaba de que el estudiante había vuelto, Alicia Pardo se revolvía colérica.
—Pero ¿qué quiere?—exclamaba—; porque yo no lo sé...
Y era sincera, no lo sabía; en la frivolidad egoísta de su carácter, no comprendía cómo un hombre que lo obtuvo todo de una mujer no se canse de ella. Su disgusto arreció con la postal, donde el estudiante dolíase de su abandono. Era indispensable desenlazar aquel enredo de una vez, y para conseguirlo nada mejor que recibir al importuno y hablarle impasible, cual si no mediase entre ellos nada secreto.
Al día siguiente, y á la hora de costumbre, Enrique Darlés llegó á casa de Alicia. Teodora le dejó pasar al comedor.
—Voy á informar á la señorita de que está usted aquí.
El estudiante quedóse de pie, en actitud meditabunda, un codo apoyado sobre el alféizar de la ventana. Antes, cuando no era allí mas que «el amigo de don Manuel», le recibían sin etiqueta, nadie le anunciaba. Ahora se hallaba aislado, oprimido por esa amabilidad hostil con que acogemos á los visitantes que nos son molestos.
Teodora reapareció.
—Dice la señorita que puede usted pasar.
Alicia Pardo se hallaba en su gabinete acompañada de una joven alta y pelinegra, vestida de gris. Completaban la elegante expresión masculina de su traje inglés el lacito de una corbata roja y la albura de su cuello y de sus puños almidonados. Al ver á Enrique, Alicia, sin moverse de su asiento ni alargarle la mano, exclamó:
—¡Hola! ¿Es usted?...
Y hubo en la cordialidad, un poco desdeñosa, de su saludo algo que humillaba infinitamente. El estudiante palideció. Hacia su corazón toda su sangre había refluído, hecha hielo. Siempre displicente, Alicia le presentó.
—El señor Darlés; mi amiga Candelas...
Esta fijó en el recién llegado sus ojos fulgurantes y astutos, y luego miró á Alicia, como preguntándola si aquella visita no ocultaba un secreto de amor. La joven comprendió, y para la ladina interrogación de su amiga tuvo una respuesta vertical:
—No—dijo—, te equivocas. Enrique viene aquí porque es amigo de Manolo.
El estudiante hizo un ademán de asentimiento, y por los labios de Candelas resbaló una sonrisa fría. Después las dos jóvenes reanudaron el diálogo que interrumpió la llegada del estudiante, con lo que Darlés se sintió repentinamente aislado y despedido. Transcurrieron cinco, diez, quince minutos... sin que aquel animado charloteo declinase;en la conversación citábanse nombres de amigos, y Candelas reía mucho al describir los pormenores de una cena, á la que ella y Alicia Pardo concurrieron. Quizás lo hacía con propósito dañino, para persuadirse de que Enrique no era allí, en efecto, mas que «un amigo de don Manuel».
Después llegó una visita. Era una jamona que comerciaba en ropas y alhajas. Traía un pesado envoltorio, que depositó en el suelo. Alicia preguntó:
—¿Qué novedades hay, Clotilde?
La interpelada pareció esponjarse de gozo dentro de su mantón alfombrado.
—Llevo—dijo—las mejores faldas de barro y las mejores medias del mundo.
—¿Muy caras?
—Y muy baratas. No sé por qué me figuro que hoy tiene usted ganas de gastar dinero.
En un momento los muebles del gabinete desaparecieron bajo una oleada multicolor de sedas joyantes, verdes, moradas y azules, que, al ser extendidas, esparcían un agradable olor á limpieza. Como por ensalmo, Alicia y Candelas mostráronse devoradas por ese prurito adquisitivo que atormenta á las mujeres ante el mostrador de las tiendas de modas. A porfía las dos se informaban del valor de cada prenda.
—¿Cuánto cuesta esta falda?
—Por ser para usted, cien pesetas.
—¿Y ésa, la heliotropo?
—Setenta y cinco. Fíjese usted bien. ¡Es magnífica!
Enrique observaba con asombro aquella evaporación de elegancia y de lujo. Jamás había soñado que la civilización rodease al amor de tantos refinamientos, y al hundir sus miradas candorosas en las faldas llenas de suaves murmurios y en los lazos y opulentos encajes de aquellas camisas de dormir, amplias y majestuosas como togas senatorias, recordaba tristemente las pobres camisitas blancas y los refajos groseros, sin voluptuosidad, que las mujeres de su pueblo ponían á secar sobre el alféizar de sus azoteas.
Un nuevo detalle acrecentó su angustia. La vendedora y Alicia discutían empeñadamente el precio de la falda heliotropo. Clotilde pedía setenta y cinco pesetas y la joven aseguraba que no podía dar más de diez duros. La vendedora insistía:
—Anímese usted, porque no hallará en ninguna parte otra más barata. La vendo en ese precio por complacerla á usted; pero no gano en el trato medio maravedí.
Y agregó, dirigiéndose á Enrique:
—Vamos, este caballero se la regalará á usted.
Darlés enrojeció y no supo contestar. Los hombres sin dinero son despreciables, y como Alicia ni siquiera levantase la cabeza para mirarle, el estudiante comprendió que la había perdido. ¡Oh! Si hubiera una banca diabólica donde los amantes pudiesen cambiar por dinero los años que han de vivir, su existencia, toda su existencia, la habría dado á cambio de aquellos quince duros malditos...
Cansada de discutir, la vendedora rehizo su paquete;la conversación cambió de rumbo; se habló de alhajas. Candelas enseñó una lanzadera que la habían regalado. Clotilde ofreció á las jóvenes un collar.
—Si quieren ustedes verlo, lo traeré; lo tengo en casa.
Alicia suspiró y aquel suspirón largo, entrecortado como los de los niños, fué de inmensa pena.
—Estoy enamorada de un collar que venden en la calle Mayor y no quiero ningún otro. Sueño con él. No he visto maravilla igual. Os aseguro que el hombre que me lo regale me conquista.
—¿Cuánto vale?
—Quince mil pesetas.
Y agregó, clavando en Darlés una mirada indefinible:
—Creo que aquí, este señor, piensa comprármelo... ¿Verdad, Enrique?...
Candelas iba á reir, pero se detuvo; en el rostro congestionado del estudiante, sus ojos zahorís acababan de sorprender un drama espantoso. Sin poder contenerse, Darlés se había levantado para marcharse, y sus ojos revelaban una vergüenza y una desesperación tales, que Alicia tuvo piedad de él.
—Le despediré á usted—dijo.
Salieron del gabinete. Al llegar al recibimiento, el estudiante, fuera de sí, empezó á cubrir de besos las manos de la joven; sus lágrimas se desataron.
—¡Alicia, Alicia!—balbuceaba—, ¿por qué erestan cruel? Me muero por ti... Alicia... ¡oh!... ¿por qué no me quieres?...
Ella, ya repuesta de su pasajera emoción, procuró desasirse.
—Vaya, vaya... ¡qué tonto eres!...
—Te adoro... Alicia... ¡alma de mi alma!...
—Ea, sé juicioso... adiós. Esto me compromete.
—Necesito verte... verte... ¡verte!...
—Bueno... calla, y adiós... calla... Candela podría sospechar y no quiero que se ría de nosotros.
Hablaba en voz baja, al mismo tiempo que, suavemente, empujaba á Darlés hacia la puerta. Él murmuró:
—¿Me despides?
—No.
—¡Sí; me despides!
—No, no... anda...
—Sí; me echas... me echas porque soy pobre, porque no he sabido conquistarte... pero ¿cómo conquistarte, si no he tenido tiempo?...
Ella se impacientaba; su entrecejo se endurecía. Él prosiguió juntando las manos:
—Y haces mal en despedirme...
—Bueno.
—Haces mal, porque el hombre que ama mucho puede mucho, y yo, que soy pobre, sería rico; y yo, que soy obscuro, sería artista famoso si tú quisieses. Por ti yo mataría, yo robaría...
—Calla, calla... y vete...
—Sí, lo que tú me ordenases; eso,., héroe ó ladrón,., todo; pero á tu lado, contigo, para ti... Alicia, mi Alicia... lo que tú quieras... ¡Si tengo veinte años!...
Sin sospecharlo, el inocente había dicho una frase, una gran frase, al poner á los pies de la ingrata el tesoro de esa edad, por la que Fausto se condenó.
Alicia había abierto la puerta.
—Adiós—susurró—, márchate; Manolo puede venir...
—¿Cuándo nos veremos?
—Otro día.
—¿Cuándo?
—No sé... déjame...
—¿Mañana?...
—No.
—Díme, señálame una fecha... yo tendré paciencia... aguardaré... ¿Cuándo?
Ella vaciló. Él insistía, calenturiento.
—¿Cuándo?
—Me mareas.
—¡Oh! ¡Acaba de una vez!... ¿Cuándo?
Por los ojos verdes, verdes como esmeraldas, de la pecadora, pasó una mirada de perdición, de locura, que luego pareció resbalar por sus mejillas hasta trocarse en sonrisa sobre la línea tiránica de sus labios.
—¿Cuándo?—repitió.
Inconscientemente el estudiante tuvo miedo, pero se rehizo pronto.
—Sí, habla; ¿cuándo?
—No sé.
—Dílo, dílo.
—Es un disparate.
—No importa; dí, ¿cuándo?
Suavemente, ella repuso:
—Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido.
Él la miró aterrado, pareciéndole que Alicia hablaba en serio. Ella repitió:
—Entonces...
Y cerró la puerta. Enrique Darlés bajó las escaleras llorando.
A la mañana siguiente Darles salió á la calle muy temprano; estaba rendido; había pasado una noche de insomnio y de espanto, y al clarear el día y hallarse en su habitación pobrísima, sin otro mobiliario que una cómoda cargada de periódicos y de libros, una mala mesita de pino y algunas sillas de enea, todo mezquino y viejo, recibió con la violencia de un golpe la emoción de su soledad y experimentó esa inquietud que los psicólogos denominan claustrofobia ó «terror á los espacios cerrados».
Largo rato caminó absorto en vacilaciones sin nombre ni dibujo. No se reconocía. En pocas horas de dolor su conciencia habíase retorcido cruelmente, y de esta convulsión fiera emergían ahora desdoblamientos insólitos, panoramas morales enormes constelados de perplejidades aterradoras. Contra el baluarte de los principios éticos que le inculcaron cuando niño, su desesperación desencadenaba una recia avalancha de preguntas. Y cada interrogación constituía un enigma terrible.¿Dónde termina el bien? ¿Dónde comienza el mal? ¿Por qué, si todos nuestros esfuerzos deben ir enderezados á procurar nuestra felicidad, hay deseos que la moral instituída juzga depravados y deshonestos? ¿Por qué no será lícito todo lo agradable?...
Al llegar á la calle de Atocha, Darlés tropezóse con un amigo suyo, estudiante de medicina también, llamado Pascual Cañamares. Los dos jóvenes se saludaron. Cañamares iba á San Carlos.
—¿Quieres venir?—dijo—. Te enseñaré la sala de disección.
Darlés siguió á su condiscípulo. A éste le impresionó la palidez de Enrique.
—Tienes muy mala cara.
—Es que no he dormido.
—¿Habrás pasado la noche de fiesta?
—Al contrario. La he pasado llorando.
Y hubo en su respuesta un dolor tan varonil, que su interlocutor no se atrevió á indagar.
La sala de disección, fría y blanca, emocionó á Darlés vivamente. Desde los altos ventanales el sol caía á raudales, pintando una ancha franja de oro sobre los zócalos de azulejos. En las mesas de mármol, y cubiertos por sábanas manchadas de sangre, había varios cadáveres, con las cabezas afeitadas y los labios abiertos. Sus pies desnudos y juntos daban una macabra sensación de quietud. Flotaba en el aire un olorcillo indefinible, nauseabundo, á carne muerta. Darlés experimentó un ligero vahido que le obligó á cerrar los ojos, yhuyó de la sala. Más de una hora anduvo por los claustros espaciosos, siniestramente sonoros, de San Carlos. Una rara tristeza gravitaba sobre el edificio, caserón viejo y húmedo que antes de ser escuela fué convento, y donde á la honda melancolía de una religión que sólo piensa en la muerte, parece añadirse el gran desengaño de una ciencia que no sabe librar del dolor á la vida.
Cuando Pascual Cañamares salió de clase, quiso que Darlés le acompañase á almorzar. Enrique accedió. Eran las doce. Cañamares almorzaba en una taberna de la plaza de Antón Martín: era un establecimiento alegre, con altos zócalos de madera pintados de rojo. Los dos estudiantes se instalaron ante un velador, sobre el cual la tabernera había extendido un pequeño mantel. Cañamares exclamó:
—¿Qué quieres comer?
—Me es indiferente. Lo que tú comas.
—¿Sopa y cocido?
—Bueno...
Cañamares ordenó, campechano:
—¡Patrona! ¡Un cocido!
Era un muchachón de veinte años, sanguíneo y rollizo, lleno de esa jovialidad sana y turbulenta que se desprende, á modo de perfume, de las grandes energías vitales. Hablaba mucho, y había en su conversación pintoresca y frívola un buen humor contagioso. Enrique Darlés le respondía distraídamente y con monosílabos, atento sólo á lo que varios cocheros, instalados en una mesa próxima,referían de cierto crimen cometido aquella mañana. Dos hombres, enamorados de la misma mujer, habían reñido á navajazos y uno de ellos mató al otro. El vencedor estaba preso. Era un lance vulgar, pero intenso, de una belleza bárbara y, á su modo, caballeresca, ya que en la lucha no hubo traición. Y el estudiante admiró y aun envidió á aquellos dos bravos que, por amor, afrontaron la solemnidad de ese momento donde coinciden la herida que produce la muerte y la puñalada que lleva á presidio.
Al salir de la taberna, Pascual se despidió bruscamente.
—Me marcho, porque no me divierto contigo. No sé qué te sucede. ¡Ni siquiera escuchas!...
Y se fué. Enrique Darlés le vió alejarse impasible, y luego experimentó una dolorosa sensación de vacío. Estaba solo porque había tenido la franqueza de no disimular su negro humor, porque dejó que toda la melancolía de su alma se asomara libremente á sus ojos; y entonces comprendió que ser muy sincero equivale á ser muy generoso, ya que cualquiera sinceridad, aun la más inocente, siempre cuesta mucho.
Por la noche cenó frugalmente y se acostó temprano. Largo rato estuvo despierto, atormentado por una marea de recuerdos inconexos. Su padre, que era su pasado, y Alicia Pardo, que simbolizaba su presente, le solicitaban. Al cabo, la imagen de la joven prevaleció.
Poco á poco dióse á examinar el alma tornadizay burlona de aquella mujer que, al despertarse de una noche de amor, le había mirado encogiéndose de hombros. ¿Qué había sucedido? ¿En cuál de los dos estuvo la falta? ¿Acaso ella era una ingrata incapaz de sentimientos levantados y duraderos, ó es que él, encogido y pacato, no había sabido corresponder á la ilusión de Alicia?...
Bajo la tiranía torturante de su voluntad, la memoria evocó momentos, recompuso frases, dió actualidad nueva á los pormenores de aquella noche hadada en que creyó que todo Madrid olía á violetas... Y como siempre tendemos al perdón del ser amado, tras mucho discurrir, Enrique Darlés llegó á convencerse de que Alicia Pardo era inocente. Ella, desde el primer momento, había sido buena; ella le animó á emprender su conquista, y después, llanamente, sin otro propósito que el de verle feliz, le abrió sus brazos; brazos venusinos que pusieron alrededor de su cuello un lazo de dulzura y misericordia. Y él, á cambio de tan subida ventura, ¿qué había dado?...
En la conciencia del estudiante alzábase acusadora una voz implacable.
Alicia, habituada al roce del gran mundo, era una mujer de gustos exigentes y refinados, que adoraba el lujo y entendía á Beethoven. Varios aristócratas la amaron, poniendo su belleza en boga, y más de un tenor de ópera cantó para ella sola y en la intimidad de su dormitorio, suraccontofavorito.
Y la voz inexorable continuaba:
«¿Qué hiciste tú, pobre Darlés, para merecerese tesoro? ¿Qué méritos son los tuyos? Las mujeres que son todo belleza quieren lo que brilla, la fuerza, belleza suprema del hombre: la fuerza, que es gloria en el artista, dinero en el millonario, elegancia y aplomo en el hombre de mundo, desesperación en el suicida, valor y rebeldía en el ladrón que, audazmente, se pone enfrente de la ley. Pero tú, que no eres nada, ¿de qué te dueles ni á qué aspiras?...»
El estudiante lanzó un gran suspiro y sus párpados se llenaron de lágrimas. Era un necio, un zagalón menguado y cobarde. De una mujer puede quejarse el hombre que se arruinó por ella, ó quien, por conservarla, mató y fué á presidio. El, en cambio...
De pronto Darlés se estremeció tan violentamente, que la descarga eléctrica de sus nervios le arrancó un grito. Incorporóse en el lecho; estaba lívido. Si no podía ofrecer á Alicia ni una gloria de artista, ni una fortuna, debía brindarla su honor: debía robar... Fué una revelación terrible que sonaba á infierno. Entonces comprendió aquella expresión enigmática que inflamó los ojos y resbaló luego por los labios de Alicia la última vez que hablaron. El la había dicho: «¿Cuándo te veré?» Y ella contestó: «Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido». Ahora estas palabras cabalísticas resonaban en su espíritu claramente: ahora las entendía. Alicia estaba enamorada de una joya que no podía comprar, y más de una vez, pensando en ella, se puso triste; su dolorera sincero; él lo había visto. Acaso la joven, al despedirle y recordarle aquel collar, habló en broma; quizás habló en serio. ¡Quién sabe!... De todos modos, al afirmar que «nunca» se verían, expresó veladamente su convicción de que él era un cobarde que jamás llegaría á perderse por ella. Los ojos febriles de Enrique Darlés brillaban como carbunclos. ¿Y por qué no robar? ¿Por qué no mostrarse valiente y capaz de todo? Hay en el fondo de los grandes sacrificios algo superhumano que ofusca y arrastra. Si él fuese ladrón; si pagase con su audacia lo que no le era dable adquirir por dinero; si, por complacerla, perdiese su carrera, arrostrase la maldición de su padre y el rigor de las leyes, Alicia le amaría ciegamente, con aquel frenesí que Vautrin, el héroe balzaciano, inspiraba á las mujeres.
La voz que antes tronó acusadora en la borrascosa conciencia del estudiante, ahora musitaba lagotera y suave:
«Alicia, tu Alicia, sería feliz con las esmeraldas de ese collar. Si no tienes medios de comprarlo, róbalo. Eres un miserable si no robas para ella. ¿Qué te importa la opinión del vulgo? ¡Egoista! El hombre que no es capaz de ser ladrón por una mujer, puede quererla mucho, pero no la quiere ciegamente. Lo que tu Alicia desee, tú debes dárselo. No dudes, y roba; roba para ella ese collar y cíñeselo después á su cuello, cuya nieve tantas veces, en el espacio de una noche, dió frescura á tus labios...»
Estas ideas acudieron á corroborar sus impresiones más recientes: la de su visita á la sala de disección, donde vió otra vez que todo es nada, y la de aquel crimen por celos que oyó referir en la taberna. Y, repentinamente, Enrique Darlés se sintió calmado. Su porvenir acababa de decidirse: robaría. La Fatalidad, hecha carne en el cuerpo de Alicia Pardo, acababa de decretarle un camino.
Todas las tardes, al tramontar del sol, en esa hora de misterio en que los faroles comienzan á encenderse y las mujeres parecen más lindas, el estudiante salía de su casa y, por las calles de Mesonero Romanos y Carmen, dirigíase hacia la Puerta del Sol, siempre llena de una multitud desocupada y abúlica que no sabe andar. En la calle Mayor se detenía, hundiendo una mirada ávida y medrosa en la joyería, cuyo escaparate refulgente parecía una brasa.
La contemplación diaria y reposada de aquellos tesoros producía en Enrique Darlés un trastorno moral, cuya gravedad él no sospechaba. La idea de robar iba incubándose en su ánimo, obsesionándole, trocándose en resolución irreductible y desapoderada.
Para tormento suyo, aquel collar de esmeraldas que servía de reclamo á la tienda no hallaba comprador. Era demasiado caro.
Con la nariz aplastada sobre el cristal del escaparate, Enrique sufría largos minutos de angustia sin poder disuadir sus ojos de aquel abismo, precipicio de oro y terciopelo en cuyo fondo los brillantes,los topacios, las esmeraldas, las perlas, los rubíes, las amatistas, parecían las pupilas de una extraña multitud. Su imaginación, entretanto, devanaba una historia de locura. El, con su presa oculta en su bolsillo más secreto, iría á ver á Alicia, y la diría: «Toma, aquí tienes tu collar; el collar que ni don Manuel, ni esos aristócratas millonarios que conoces, han querido comprarte, te lo he ganado yo jugándome la vida. ¿Qué dices ahora?...» Y discurriendo así cerraba los ojos, creyendo que á su alrededor el aire olía á violetas. Después, cuando abría los párpados, las esmeraldas del collar, verdes y duras como las pupilas de Alicia, parecían decirle: «Todo eso, tan bonito, sucederá cuando tú quieras». Era la voz sigilosa de la tentación: voz hecha luz...
Una tarde, al recobrarse de uno de estos duraderos y profundos ensimismamientos, vió que Alicia Pardo y su amiga Candelas se acercaban. Ellas también le habían visto. Turbado, casi sin voz, el estudiante las saludó. Alicia le estrechó la mano afectuosamente, y él aspiró esta vez con más fuerza, aquel perfume á violetas que aromaba sus sueños de ladrón. La joven preguntó:
—¿Qué hace usted aquí?
—Nada... pasar el rato...
Alicia inspeccionó el escaparate.
—¡Ah, sí! ¿Miraba usted mi collar?
—Sí, precisamente...
Y al decir esto enrojeció, porque equivalía á confesar que estaba acordándose de ella. Candelasexaminó al estudiante risueña. Alicia Pardo agregó cruel:
—Ya sabe usted que se lo he pedido.
—Lo sé, me acuerdo.
Habló tristemente y ella se echó á reir.
—Y bien, qué, ¿piensa usted regalármelo?
—¡Quién sabe!...
Una cólera repentina había dado á sus facciones tirantez viril y agresiva. Palidecieron su frente y sus labios. Candelas, que era bondadosa, trató de aliviar su tormento.
—Déjese usted de mujeres—exclamó—; somos muy malas. Créame usted á mí: la mejor, la más santa de nosotras, no vale un sacrificio.
Alicia interrumpió á su amiga.
—¡Qué bobita eres! Estamos hablando en broma. ¿Tú piensas que Enrique puede hacer una locura por mí?... ¡Qué disparate!
Fieramente el estudiante repitió:
—¡Quién sabe!
Y luego, tras una pausa:
—Ignoro por qué habla usted así. Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo.
Dos meses antes, las frases un poco burlescas y las sonrisas de las dos jóvenes le hubiesen desconcertado. Pero ahora hallábase transfigurado y poseído de un nuevo y vigoroso ardimiento. Ya no dudaba; invadíale un extraordinario y avasallador concepto de sí mismo, y esta convicción de su juventud y de su audacia, de su fuerza, en fin le enajenaba como una ola de alcohol. Un instantehabía bastado para que el niño creciera y fuese hombre.
Alicia le observó de hito en hito; sus labios tornáronse graves; bajo la doble crencha de sus cabellos rojos, partidos simétricamente sobre la frente, los ojos tuvieron una expresión pensativa. Ella ignoraba cómo los hombres primitivos cazaban el reno, pero sabía de conocer caracteres y de atizar pasiones, y si ojeó pocos libros, leyó de corrido en muchas conciencias, lo que es mejor. Su instinto agudo, que no solía equivocarse, adivinó en el gesto y la voz del estudiante algo dominador y desesperado. Prefirió cortar la conversación.
—Adiós, Enrique. ¡Ah! Manolo ha preguntado por usted varias veces.
—Muchas gracias. Dele usted mis recuerdos.
—¿Cuándo irá usted por casa?
Siempre sombrío, Darlés repuso:
—No lo sé, Alicia; pero esté usted cierta de que iré tan pronto como deba ir.
Y hubo en esta alusión á lo que él llamaba «su deber» un trémolo indefinible de soberbia y de amargura.
Al quedarse solo el estudiante tuvo una explosión de cólera que, á falta de palabras, se deshizo en lágrimas. Tenía la convicción de que sus respuestas, un poco misteriosas, impresionaron á Alicia; habían sido bellas. Ahora, y para no perder lo ganado, necesitaba que su conducta corroborase lo dicho. Embozadamente habíase comprometido á algo muy grave. De no cumplir lo ofrecido,quedaría en ridículo. Era, pues, indispensable llegar al fin.
—Seré ladrón—pensó.
Después dirigióse á su taberna, donde cenó tranquilamente y se acostó temprano. Durmió bien, con esa paz profunda que dejan en los espíritus largo tiempo agitados las resoluciones irrevocables. Era mediodía cuando despertó. Inmediatamente se levantó, vistióse de limpio y escribió á su padre una carta tranquila, en la que sólo hablaba de sus estudios. Luego metió en un pañuelo todos sus libros de texto y salió á la calle. Iba á venderlos. «Si me prenden—reflexionaba—ese dinero puede hacerme falta; y si logro huir y todo queda en el misterio, tiempo tengo de recobrarlos.»
Realizada la venta se dirigió á unrestaurantde lujo, donde almorzó con ciertos refinamientos. En todos estos detalles menudos, tan contrarios al orden y sencillez de su vida habitual, un observador hubiese descubierto cierta melancolía de despedida. Luego estuvo bebiendo café en laterrassedelLyon d'Or, y reconoció que muchas de las mujeres que pasaban eran bonitas. Acerca de lo que iba á realizar no había pensado nada concreto. Prefería abandonarse á lo imprevisto. Los grandes conflictos se resuelven mejor sobre la marcha, de sopetón, ante la inminencia del peligro.
A las seis en punto se levantó, y cruzando la calle de Sevilla dirigióse por la carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol. Todavía las lucesdel alumbrado público y de los comercios estaban apagadas. Era una tarde de Abril; barría las calles un remusgo fresco y húmedo; en el espacio límpido, teñido de rosa, Venus vertía la serenidad de su luz milenaria. Darlés avanzaba tranquilamente, con un sosiego de movimientos que parecía responder á una ecuanimidad perfecta. Al llegar á la acera del Ministerio de la Gobernación detúvose á observar los tranvías, los coches, el gentío que pululaba á su alrededor. La idea de que pronto le prenderían, renació en su espíritu.
—Mañana—pensó—no veré nada de esto.
Y sus ojos tuvieron una melancolía de «adiós». Sin embargo, ya no podía torcer su resolución de robar.
El fondo de esta locura lo constituía, más que un anhelo carnal, un prurito romántico, casi coquetón, de «quedar bien». La concupiscencia de los primeros momentos había evolucionado hasta convertirse en el sentimiento elegante, puramente artístico, de un «bello gesto». En último término, adueñarse de Alicia era lo de menos: lo importante, por no decir lo único, era tener ante ella la hermosura de un heroísmo; que para los grandes criminales, como para los artistas ilustres, como para los multimillonarios que se arruinan en una noche, como para todos los que rompen los moldes vulgares, guarda el alma aventurera de la mujer una admiración. Y el estudiante, considerando que Alicia Pardo se acordaría siempre de quehubo un hombre honrado que fué á presidio por ella, se juzgaba pagado y feliz.
Absorto en estas quimeras, llegó Enrique Darlés á la joyería de la calle Mayor, cuyas luces, recién encendidas, volcaban sobre la acera un generoso resplandor. Detúvose el mozo ante el escaparate, lleno de refulgencias cegadoras. En el centro de la vidriera y ciñendo el cuello de un medio busto de terciopelo blanco, estaba el collar, el terrible collar de esmeraldas. Darlés lo contempló largamente, y al principio experimentó esa sensación de miedo y de frío que inspiran las armas de fuego. Después esta emoción desapareció; la luz verde de las esmeraldas le enajenaba; era una especie de atracción telúrica, invencible como el principio de gravedad. No obstante, todavía vacilaba, todavía comprendía que en aquel medio metro que le separaba del escaparate flotaba un abismo. De pronto, pensó:
—¿Y si Alicia me viese ahora aquí?...
Esta idea derrotó sus últimos temores y abrió la puerta del establecimiento con mano segura. En seguida avanzó hacia el mostrador; su paso era firme y suelto. Un dependiente alto y elegante, con largos bigotes rubios, salió á recibirle.
—¿Qué deseaba usted?
Con un aplomo del que segundos antes no se hubiese creído capaz, Enrique contestó:
—Quisiera ver ese collar de esmeraldas que hay en la vidriera.
—Sí, señor.
Darlés miró á su alrededor y notó que, al fondo de la tienda, un caballero barbiblanco, el dueño sin duda, le observaba atento. El tenía ya un plan: se apoderaría de la joya y huiría hacia la puerta que, para este fin, dejó entornada.
El dependiente volvía con el collar, que depositó sobre el pañete verde musgo del mostrador. Enrique Darlés apenas se atrevía á tocarlo.
—¿Cuánto vale?
—Quince mil pesetas.
El estudiante chasqueó la lengua, como hacen los bebedores para celebrar el buen gusto y calidad de un vino. Su interlocutor agregó:
—Tengo la seguridad de que habrá usted visto pocas esmeraldas como éstas.
El caballero peliblanco se había acercado sin hablar, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y su continente era grave y perplejo. Diríase que su espíritu desconfiado de comerciante venteaba un peligro. Darlés le miró de reojo: aún era honrado, aún podía arrepentirse...
El dependiente había traído varios estuches, de los que fué sacando collares diferentes. En el modo de cogerlos, de acariciarlos entre sus dedos de uñas cuidadas y de extenderlos sobre el pañete del mostrador, ponía aquel hombre un cariño. Los había de brillantes, de turquesas, de zafiros, de topacios...
El estudiante vacilaba; latía en aquella proximidad del crimen una voluptuosidad mareante y terrible, á la vez dulce y acre. Siguió preguntando:
—¿Qué vale este collar?
—Muy poco: dos mil doscientas pesetas.
—¿Y éste de rubíes?
—Cuatro mil quinientas.
Darlés los cogía, los miraba detenidamente, volvía á dejarlos. De pronto experimentó la sensación de que por sus mejillas acababa de extenderse una gran palidez. Para reponerse dijo:
—Este de perlas negras es muy hermoso.
—También es más caro: diez mil pesetas.
Bruscamente el señor barbiblanco, que hasta entonces no había desplegado los labios, exclamó con acritud:
—Bien; creo que ya han hablado ustedes bastante.
Y, dirigiéndose al dependiente:
—Guarde usted esos estuches.
Enrique Darlés levantó la cabeza y le miró á los ojos fieramente, con la altivez del hombre que todavía no ha delinquido.
—¿A qué viene eso?—gritó.
—No me gusta perder el tiempo—repuso el joyero—; á usted no debe sobrarle el dinero; yo no me equivoco.
Y volviéndose á su empleado, que presenciaba la escena atónito, repitió secamente:
—Le he dicho que recoja esos estuches.
Tal vez el estudiante no estaba aún totalmente decidido á robar; todavía, quizás, quedaba en su conciencia algo bueno, sano, que, en el momento supremo, se hubiese impuesto á la fatal tentación.Pero las palabras destempladas del comerciante, exasperándole, le obligaron á delinquir; buscó un desquite y pecó. El caso no es nuevo; muchas, muchísimas veces, un crimen sólo es la represalia lógica de una injusticia.
Fuera de sí, Enrique alargó rápidamente un brazo hacia el sitio donde estaba el collar de esmeraldas; sus dedos se crisparon, convulsos; giró sobre sí mismo y, de un salto, ganó la puerta.
En aquel momento, uno tras otro, sonaron dos tiros.
Darlés emprendió una carrera vertiginosa, delirante, hacia el Viaducto. Al principio oyó una voz que gritaba á su espalda:
—¡A ése, á ése! ¡Al ladrón!...
Una voz terrible, de pesadilla, y luego percibió el estrépito, semejante á un trueno, de la gente que le perseguía. Ante él los transeuntes se apartaban, y había en sus rostros miedo y asombro. Al llegar á la calle de Bordadores, un hombre que esgrimía un bastón, trató de cerrarle el paso y, entonces, Darlés torció á la izquierda, venciendo con velocidad de liebre la cuesta de la calle Siete de Julio. De un portal le tiraron una silla, que apenas le rozó, y donde acaso tropezaron los que de más cerca le acosaban. Cuando la humana jauría, jadeante y furiosa, pasaba bajo los arcos de la Plaza Mayor, su griterío amenazador retumbó con más fuerza:
—¡A ése!... ¡A ése!...
El estudiante, alocado, corriendo siempre en línearecta, llegó á la barandilla que cierra el jardín y la franqueó de un salto. Esto le salvó. La poca luz que allí había y las sombras de los árboles desdibujaron su figura. El, sin embargo, continuó corriendo y, al encontrarse de nuevo con la barandilla, volvió á saltar. Al caer, sus rodillas, fatigadas, se doblaron y á poco da de bruces contra el suelo. Pero en el acto se levantó y siguió corriendo. Ahora las voces de sus acosadores retumbaban lejos, bajo las bóvedas sonantes de la plaza.
Darlés continuó huyendo por la calle de Toledo, y advirtió que muchos transeuntes le miraban con inquietud. Una mujer exclamó:
—¡Va herido!...
Al llegar á Puerta Cerrada, el estudiante se acercó á la famosa cruz que da nombre á la plaza. No podía más; las piernas se le rompían de cansancio; su corazón estallaba; la lengua se le escapaba de la boca. Varias mujeres le rodearon asustadas.
—¡Está usted herido!—decían—. ¿Qué es eso?... ¡Le han herido á usted!
Pero en sus exclamaciones no había rencor, sino piedad ingénua. El estudiante se sintió más tranquilo. Una de aquellas mujeres llevaba un cántaro.
—¡Un buche de agua!—balbuceó Enrique—. Agua... ¡Me muero de sed!...
Acercó sus labios á la boca de la vasija y bebió á largos sorbos.
Ellas repetían:
—Está usted herido... ¡Pobre hombre!... ¡Vaya usted en seguida á la Casa de Socorro!...
Para no suscitar sospechas, Darlés repuso:
—Sí, ahora voy...
Después trasegó algunas buchadas más, y siguió huyendo hacia la calle de Segovia. Corrió mucho, mucho, hasta que sus fuerzas se agotaron totalmente. Detúvose y se reconoció; sus ropas mojadas se adherían á su carne, produciéndole una desagradable sensación de frío; tenía las manos rojas: lo que él creyó sudor, era sangre.
—¡Estoy herido!—murmuró.
Y entonces comprendió lo que las mujeres de Puerta Cerrada le habían dicho. En aquel momento acometióle un ligero mareo y necesitó apoyarse contra la pared. Después abrió los ojos y examinó el sitio donde se hallaba. Era un callejón pendiente y solitario, abierto entre casas modestas. Muy cerca, sobre la inmensidad negra del cielo, aparecía la mole imponente del Viaducto, esa atalaya siniestra y magnífica desde la cual tantos tristes se despidieron de la vida en una reverencia mortal.
Enrique Darlés volvió á pensar:
—Estoy herido...
Sus ideas iban coordinándose: Alicia, su cuartito de la calle de la Ballesta... Palpóse los bolsillos, y sus dedos hallaron el collar, «¡su collar!...»
El estudiante sonrió; una alegría inefable esponjaba su cuitado corazón. Suspiró; se enjugó dos lágrimas. Alicia sería suya. La novela de su vida acababa de ser escrita.
Candelas y Alicia Pardo regresaban en landó de las carreras. La tarde había pecado de frescachona, pero el sol no se ocultó ni un momento, y los jockeys lucharon bien. Alicia sonreía; estaba contenta; había ganado ochocientas pesetas, y en sus ojos persistía aún la visión de los jinetes huyendo con rapidez fantasmagórica sobre el fondo del paisaje abrileño. Y, de pronto, en el segundo tercio de la carrera, de aquel grupo multicolor, compuesto de blusas rojas, azules y amarillas, y de calzones blancos, un caballo se destacó para tomar la cuerda, y ella había ganado...
En esta victoria hallaba algo personal, que mimaba su orgullo.
—Ese jockey que ahora tiene tu conde—exclamó—monta como un centauro. ¿Es inglés?
Candelas contestó:
—No, belga.
A Alicia, que no recordaba con exactitud hacia dónde quedaban los Países Bajos, no le satisfizo la respuesta. Pero era igual; bastábala con saber queel jockey triunfador venía de uno de esos pueblos septentrionales donde todos los hombres son correctos y rubios.
Candelas comenzó á explicar la ciega confianza que el conde, su amigo, tenía en aquel caballista extraordinario. En pocas palabras trazó un brillante programa de diversiones y de viajes. A primeros de Mayo irían á Londres, y en Junio, á París, donde el conde pensaba llevarse el «Gran Premio», de Longchamps. La otoñada la pasarían en Niza.
Alicia Pardo repuso:
—En Septiembre el marquesito y yo vamos á Monte-Carlo. Es preciso que nos veamos; con los hombres, ¿verdad?..., nos divertimos poco. No saben hacernos reir.
Cuando el landó llegaba á la plaza de Castelar, Alicia preguntó á su amiga:
—¿Tienes algo que hacer esta noche?
—No.
—Pues vente al Real conmigo. La noche pertenece á Bizet, el divino. Representan Carmen, y trabajan la Nasí y Pacteschi. ¡Sin comentarios!
Candelas accedió.
—Ahora—dijo Alicia—quiero ir á mi casa, por si he recibido algún recado urgente. Luego te llevo á la tuya, cambias de traje y buscamos á Manolo para que nos invite á comer.
El coche se detuvo ante el portal de Alicia, y Teodora, que estaba en el balcón, bajó á la calle en seguida. Traía una carta.
—Esto ha venido para usted.
—¿De parte de quién?
—De parte del señorito Enrique.
Alicia repitió, sorprendida:
—¡De Enrique!
Rasgó el sobre con gesto febril, y leyó:
«Ven á mi casa, te lo ruego. Necesito verte hoy mismo.»
Y firmaba: «E. D.»
Alicia pareció reflexionar. Luego miró á su amiga.
—¿Tú entiendes esto?... Es de Enrique Darlés... ¿Te acuerdas?... Un muchacho, amigo de Manolo...
Y, dirigiéndose á Teodora:
—¿Quién trajo esta carta?
—Una vieja.
—¿Qué facha tenía?
—No sé... así..., parecía portera...
Alicia permanecía indecisa; la concisión autoritaria de aquellos renglones impresionaba. Era una carta de hombre; los niños no saben hablar así. En el sobre una mano impaciente, acaso desesperada, había escrito, con letras de trazos vigorosos, la palabra «urgente».
—¿Qué hacemos?—preguntó.
—Creo—repuso Candelas—que debemos ir á verle.
—¿Para qué?
—Cuando él te llama, algo muy grave debe ocurrirle. Ve...
Alicia consultó su reloj: eran las seis; aun podía, sin turbar el programa de aquella noche, otorgarse el lujo de una condescendencia. Y ordenó al cochero:
—¡Ballesta, número...! ¡A escape!...
Un momento las dos jóvenes estuvieron calladas. Candelas, de repente, exclamó:
—¿Has leído lo que dicen los periódicos del robo que hubo anoche en la calle Mayor?
—No... ¿Qué dicen?
—Que han robado una joyería.
—¡Una joyería!—repitió Alicia.
Su rostro tuvo una expresión inenarrable de ansiedad y de espanto. Se acordó de aquel collar de esmeraldas, en el que tantas veces había pensado, y de la tarde en que ella y Candelas sorprendieron á Enrique Darlés inmóvil ante el escaparate de la tienda. Inopinadamente, la dolorida figura del estudiante parecía ponerse de pie en su memoria. Escuchaba sus últimas palabras: «Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo». Y estas frases, á las que nunca concedió valor, ahora repercutían en sus oídos con un «tic» profético.
—¿Qué han robado?—preguntó.
—No puedo decírtelo, porque leí el periódico muy á la ligera.
—¿Y quién es el ladrón?
—No se sabe.
—¿No le prendieron?
—No. Fué más listo que los que le perseguían...
—¿Y escapó?
—Sí.
El misterio que envolvía al delincuente aumentó la inquietud de Alicia. Era una emoción bonita, novelesca, que la producía cierto engreimiento. «¡Si hubiese robado por mí!», pensaba. Emoción orgullosa y malsana, semejante á la que experimenta ante sus amigos el hombre por quien una mujer se ha suicidado.
Candelas, que seguía los pensamientos de Alicia, exclamó:
—¡Sería notable que el autor del atentado fuese Enrique Darlés!
—No lo creo.
—Pues mira, yo dudo...
—Hubiera hecho muy mal.
—Evidentemente.
—Y si lo hizo, me tiene sin cuidado. Que se fastidie, por imbécil. Yo, nada le he pedido; y, en último término, ¡qué diablos!, más delito tiene el que otorga que el que pide...
El coche se detuvo, y Alicia y Candelas echaron pie á tierra y penetraron en un portal de apariencia mezquina. Candelas llamó.
—¡Portera, portera!
A sus voces nadie contestó.
—Sígueme—dijo Alicia—, conozco el camino.
Echó á andar, recogiéndose pulcramente su falda color perla é imprimiendo á la larga amazona roja de su sombrero un gracioso vaivén. Atravesaron un patio sórdido y húmedo, luego otro, y comenzaron á subir una empinada escalera. Elfru-frú sedeño de sus enaguas y el tintineo de sus pulseras llenaba el silencio. Llegaron al tercer piso y detuviéronse ante una puerta entornada. Alicia llamó con los nudillos. Nadie contestó. Volvió á llamar. Desde dentro, una voz, la voz de Enrique, repuso débilmente:
—Adelante...
La joven y Candelas se hallaron en una habitación obscura que apestaba á sangre. Alicia Pardo no pudo reprimir una exclamación grosera de disgusto:
—¡Qué asco! ¡Puf!... ¿A qué huele aquí?
Desde el fondo de la estancia, donde se insinuaba la silueta de un lecho, Enrique Darlés balbuceó:
—Ahí, sobre esa mesita, hay fósforos... Enciende el quinqué...
Candelas se mantuvo inmóvil, junto á la puerta, temerosa de tropezar. Cuando hubo luz, las dos amigas lanzaron á su alrededor una mirada rápida. Componían el moblaje una mesa de escribir, una cómoda sobre la que había un espejo, y á la hila de las paredes encaladas media docena de sillas de enea. El estudiante estaba acostado y vestido en su lecho; sobre la albura de la almohada, su cabeza, de crespos y negrísimos cabellos, yacía inerte. Un momento abrió los ojos, y luego, pausadamente, tornó á cerrarlos. Por su rostro lampiño, que la lividez de los labios entristecía, divagaba la blancura etérea y luminosa del último dolor.
Las dos jóvenes se aproximaron al estudiante. Alicia exclamó:
—¡Enrique!... ¡Enrique!...
El entreabrió los párpados, y sus pupilas turbias fijaron en «Tacita de oro» una mirada de gratitud. Ella repitió:
—Enrique... ¿Me oyes?
—Sí.
—Te han herido, ¿verdad?
—Sí.
—¿Tú fuiste quien cometió anoche el robo de la calle Mayor?
—Sí...
Alicia Pardo miró ufanamente á Candelas, como invitándola á fijarse bien en su hazaña y poniendo en su ademán aquella petulancia con que se exhibe una obra de arte. Acababa de obtener un gran triunfo, porque únicamente por las mujeres capaces de inspirar pasiones locas se atreven los hombres á tanto. Después adelantó la cabeza para ver de más cerca las ropas del estudiante, y al encontrarlas tintas en sangre, experimentó un nuevo acceso de asco. El contraste del aire cálido y nauseabundo de aquella habitación, largo tiempo cerrada, con el ambiente saludable de la calle, era demasiado brusco.
—¿Abro la ventana?—dijo.
—No... no—murmuró Enrique—; estoy muy débil; el frío me mataría.
Alicia, sentada sobre el lecho, aquel pobre lecho que su cuerpo una noche perfumó á violetas, leobservaba en silencio. Un ancho sombrero carmesí, adornado por una magnífica amazona blanca, cubría su semblante pálido, donde los ojos verdes brillaban lascivos en el gran nimbo cárdeno de las ojeras; y la gracia libertina de los ademanes, la brevedad pueril del talle, el entono robusto de las caderas y del seno, y aquel desasosiego con que los piececitos impacientes y bailarines herían el suelo cual si deseasen escapar, contrastaban fuertemente con la fealdad del aposento desamueblado, oliendo á agonía.
Candelas parecía conmovida. Pero Alicia se ahogaba; una sensación terrible de asco iba dominándola. Repetidas veces llevóse á su nariz gozadora, bañada aquella tarde en la brisa suelta y oxigenada del Hipódromo, su pañuelo de encajes. El invasor malestar se sobreponía á su aflicción. No podía llorar. Además, ¿para qué?... Y con tal de escapar pronto de allí, no la hubiese importado que Enrique viviese algunas horas menos. En su ingratitud, Alicia Pardo llegó á maravillarse de que hubiese mujeres amantes capaces de besar un cadáver...
De súbito, deseosa de concluir, preguntó:
—Pero... ¿cómo te hirieron?
Nuevamente Enrique abrió los ojos, luego los labios.
—Vas á saberlo.
A pesar de la enorme hemorragia que había sufrido, aún le restaban algunas fuerzas, las últimas, y pudo hablar.
—He robado por ti, porque la tarde en que me echaste de tu casa me dijiste: Nos veremos... «cuando me traigas el collar que te he pedido».
Alicia exclamó:
—No me acuerdo.
—Yo, sí; me lo dijiste. Yo me acuerdo de todo.
La joven encogióse de hombros y sus ojos sádicos, de color de ajenjo, permanecieron secos. Candelas, en cambio, más humana, más mujer que su amiga, tenía anegados en llanto los suyos. Enrique siguió hablando. Su gesto era grave. Repentinamente, el niño se había hecho hombre.
—Decidido a recobrarte, quise ofrecerte lo que tanto deseabas. Anoche, cuando penetré en la joyería, aún no estaba seguro de lo que iba á hacer. Me acerqué, sin embargo, al mostrador, y dije que deseaba examinar el collar de esmeraldas que había en el escaparate. Cuando me lo trajeron, juntamente con otros, apoderóse de mí un vértigo que echó sobre mis ojos una tiniebla inmensa y terrible. Rápidamente extendí una mano, cogí uno de los collares, no sé cuál, porque todos me parecían verdes... y escapé. Pero el dueño, que sin duda había ido espiando todos mis movimientos, sacó un revólver y disparó. Su puntería fué certera. Yo, en aquel minuto trágico, nada sentí y continué corriendo. A mi espalda, voces acusadoras repetían: «¡Á ése, á ése!...» Y me parecía ver manos vengativas que, con el ansia de cogerme, seabrían y cerraban como garras detrás de mí. Cuando volví de mi terror me hallé en un callejón solitario; mis perseguidores no habían podido alcanzarme. Entonces advertí que mis ropas estaban empapadas en sangre y que mis piernas flaqueaban. ¿Qué hacer? Poco á poco, amparado por las sombras de la noche, regresé aquí... y te mandé llamar...
Los deditos ensortijados de Alicia se cruzaron con un doble gesto de interés y de horror.
—¿Y no te has curado?—gritó—, ¿no llamaste á ningún médico?
—No; no quise... porque si alguien me hubiese visto así hubiera sospechado... Y he preferido morir á que me quitasen el collar que robé para ti...
Y como sintiese que sus energías se agotaban, añadió con un gesto:
—Ahí está, sobre la cómoda. Levanta esos libros.
Era una escena tristísima, de un romanticismo punzante y melodramático. Al fin, los párpados de la pecadora se humedecieron.
—¡Niño, niño!...—sollozó—, ¿qué has hecho?
Darlés repitió:
—Búscalo... sobre la cómoda...
No quería morir sin ver su regalo entre las manos, nácar y nieve, de la Deseada.
Ella hizo lo que el estudiante ordenaba, y bajo unos periódicos, sus dedos hallaron un collar de perlas negras.
—¡Qué hermoso!—exclamó absorta.
Sin abrir los ojos, como quien habla en sueños, Darlés repuso:
—No es el que tú querías... ya lo sé... Luego lo he visto... Pero en aquel momento, todas las piedras me parecían verdes...
Era éste un episodio más, un capricho más de la amarga y eternal ironía de las cosas. ¡Dar la vida por un collar de esmeraldas, y equivocarse de collar!... El estudiante balbuceó:
—Adiós...
Por sus miembros corrió un largo estremecimiento, y bruscamente la agonía dió á sus facciones varonil severidad. Torcióse la línea de sus labios. Candelas, puesta de hinojos, lloraba y rezaba. Alicia Pardo, más violenta, cogió al estudiante por los hombros.
—¡Enrique... Enrique!...
Y le miraba con una de esas expresiones trágicas, todo pasión, que explican el sacrificio de una vida.
El estudiante aún pudo murmurar:
—Acuérdate...
No dijo más. Cerró los párpados. Moría tranquilamente, sin sangre. Por su rostro deslizóse una sombra blanca. Alicia exclamó:
—Enrique... ¿me oyes?... ¡Enrique!
Le palpó la frente y las manos. Estaba frío.
—Ha muerto—dijo.
Aquello, á su modo, era bonito. Hubo una pausa. Candelas se había levantado y las dos amigas se consultaron con los ojos. Acababa de herirlas lamisma idea, el mismo temor. La muerte de Enrique las comprometía; la justicia realizaría pesquisas y no era difícil que las llamasen á declarar. El instinto de conservación alejaba de ellas el recuerdo del muerto.
—Estamos perdidas—dijo Alicia—; tú tienes la culpa, yo no quería venir.
Candelas repuso colérica:
—La culpa es tuya.
—¿Mía?
—¡Claro es! ¿Quién, sino tú, le obligó á robar?
—¡Yo... yo!...
—Tú, sí, estúpida...
Y en su voz ardía ese rencor envidioso que sienten todas las mujeres hacia la manceba por quien un hombre se ha perdido. Luego, para tranquilizarse, agregó:
—Afortunadamente, la portera no nos ha visto subir.
Alicia Pardo examinaba el collar; su alma ególatra prendada del lujo, su almita «de presa», tornó á olvidarse del estudiante para sólo pensar en la belleza de la joya. De pie, ante el espejo, se ciñó el collar y comenzó á mover la cabeza á uno y otro lado, complaciéndose en el contraste que formaba la negrura de las perlas sobre el armiño de la garganta. Y un momento sus ojos ardieron con el vigor insolente de la dicha. Lo sucedido no la inspiraba remordimientos. ¿Por qué? ¿Tenía ella la culpa de que Enrique hubiese tomado en serio lo que ella pidió en broma? Y pensó filosóficamenteque en la historia de todas las grandes cortesanas siempre hay, por lo menos, un capítulo trágico. Después su espíritu experimentó un matiz de ironía. ¡Pobre Enrique! El infeliz fué uno de esos desdichados que, ni aun cuando se sacrifican, aciertan del todo... Al fin, obedeciendo más que á un sentimiento de ternura á una delicadeza de artista, se acercó al cadáver para despedirse de él en una mirada. Desde la puerta, Candelas la llamó.
—Vámonos...
Alicia Pardo dió media vuelta: nada, en efecto, tenía que hacer allí. El ambiente de aquel cuarto, con su aire denso y su suelo de ladrillo salpicado de manchas bermejas, tornó á sofocarla. En la calle respiraría bien, y recordó que aquella noche, en la platea del Real, las perlas de su collar llamarían la atención. No estaba triste. Al pasar por delante del espejo se miró de reojo.
—Es bonito—pensó.
Y luego, con cierta melancolía:
—Sin embargo, el collar de esmeraldas me gustaba más...
Madrid.—Enero, 1908.
A los treinta años, aburrido de vivir solo y sin afectos, Amadeo Zureda se casó. Era un hombre de mediana estatura y robustas espaldas, que tenía la color cetrina, el mirar reflexivo, el ademán lento y seguro. Toda el alma de su rostro, cortado por un bigote negro y bronco, más que en la reciedumbre de sus pómulos y de sus mandíbulas cuadradas ó en la dureza de su nariz, radicaba en la energía taciturna del entrecejo hirsuto, sombrío como un mal recuerdo. Borráranse uno tras otro los rasgos todos de aquel semblante, y mientras la línea peluda de las cejas subsistiera intacta, la expresión de Amadeo Zureda no habría cambiado; que entero su espíritu, reservado y ardiente, estaba allí.
A Rafaela, su mujer, el matrimonio la redimió de la esclavitud del obrador. Acababa de cumplir diez y ocho años, y era una morenucha de ojos negros, apicarados y muy grandes, y de labiosfragantes y rojos; el talle flexible, las traviesas caderas turgentes y movedizas, el seno bien soplado, el caminar vivo, desembarazado y aventurero. A su donaire bravío, un poco canallesco, de hija del pueblo, iba unida cierta distinción de gestos y de aficiones que aderezaba su belleza y la mejoraba; tenía las manos menudas y pulidas, y gustaba de ir finamente calzada y con enaguas bien limpias y crujientes. Y como su cuerpo era su espíritu, ágil, inquieto, incapaz de guardar durante mucho tiempo la misma actitud; mientras hablaba, sus ojos pícaros rebrillaban de contento, y en su boca grande, de dientes blanquísimos, ardía perenne, como lámpara santa, la luz de una risa. Amadeo adoraba en ella; cuando por las tardes, al volver del trabajo, Rafaela acudía á recibirle con jubilosas alharacas y luego se instalaba zalamera sobre sus rodillas, Zureda, poseído de inefable contento, quedábase boquiabierto y como en éxtasis, y hasta aquella cicatriz pensativa de su entrecejo parecía dulzurarse en la grave serenidad de la frente cobriza.
El matrimonio se había instalado en el piso quinto de una casa vecina de la Estación del Norte. La finca era nueva, y el cuarto de los Zureda, muy alegre y soleado, con habitaciones espaciosas, claras, y dos balcones, que las manos hacendosas y artistas de Rafaela habían colmado de flores.
Amadeo era maquinista del ferrocarril; sus jefes estaban contentísimos de él; dos años hacíaque trabajaba en la línea de Madrid á Bilbao, y nunca cometió faltas merecedoras de castigo; era inteligente, activo, duro en la faena; después de una jornada de quince horas, sus ojos negros dotados de extraordinario poder visual, miraban sin cansancio; dentro de su traje de pana, aquel hombre musculoso, impasible y cetrino, parecía de bronce.
Zureda amaba su oficio; lo aprendió en los Estados Unidos, el país donde corren más los trenes, y habiéndose quedado huérfano en edad temprana, á su profesión dedicó íntegra la abundante savia afectiva de sus años solteros. El camino de Madrid á Bilbao lo conocía en sus menores detalles, palmo á palmo, y hubiera sido capaz de andar por él á ciegas, y tan seguro como por su propia casa. Había grupos de árboles, barrancos, ríos, cerros y alquerías que tenían para él la elocuencia terminante de un plano topográfico ó de un reloj. «Al llegar á tal sitio—pensaba—hay que dar freno, porque inmediatamente después viene una cuesta abajo.» O bien: «Ahí está el puente; debe ser tal hora...» Y la apreciación de estas nociones de espacio y de tiempo era siempre precisa, infalible. Zureda sabía que aquellos objetos inanimados, escalonados á lo largo de la vía, eran á modo de amigos fieles, que no habían de engañarle.
Este amor fetichista al paisaje lo compartía el que le inspiraban sus máquinas. Generalmente trabajaba con las mismas: la número 187 y la número1.082. A la primera Amadeo la llamaba «la Negra»; á la segunda, «la Dulce». Aquélla era indócil, violenta y se gobernaba mal; cuando iba venciendo alguna cuesta parecía trepidar de dolor, y en su panza de hierro había ululeos extraños de amenaza; en las pendientes patinaba, y era difícil contenerla; diríase que en su interior agitábase un espíritu díscolo, eternamente rebelde á todo mandato; estaba quieta y no quería andar; si andaba, costaba trabajo detenerla; al penetrar bajo el arco tenebroso de los túneles, su silbido de alarma vibraba desgarrador, semejante á un grito humano. «La Dulce», por el contrario, era mansa, obediente, recia y voluntariosa en los momentos de subida, prudente y reservona en las cuestas abajo, cuando convenía reprimir el descenso temerario del convoy.
Siempre que Amadeo iba de viaje, lo que ocurría dos veces por semana, su mujer le preguntaba:
—¿Qué máquina llevas hoy?
Y si era «la Dulce» se quedaba tranquila.
—Con ésa—decía—no hay cuidado. La otra, en cambio, me da miedo: tiene «mala sombra...»
A Zureda, sin embargo, le gustaba bregar con las dos, y hasta sentía inclinación por una ó por otra, según el estado de sus nervios. Cuando se hallaba de buen humor, prefería «la Dulce», que no le daba trabajo. Esto sucedía durante los días apacibles, bajo el enorme beso ardiente del sol. Pedro, el fogonero que acompañaba á Zureda, eraandaluz y sabía canciones picantes y sabrosos cuentos. Amadeo le escuchaba complacido, mientras sus ojos vigilantes se abismaban en el horizonte, riente y azul; los rieles que iban devanándose ante los topes de la locomotora, brillaban á la luz y parecían de plata; el aire era tibio y cargado venía de fragancias campestres; bajo sus pies el maquinista sentía retemblar la máquina, diligente, sumisa, sin bruscos sacudimientos ni lamentos insólitos, y murmuraba, ufano y cariñoso, como animándola:
—Anda, cordera...
Pero otras veces su cuerpo sanguíneo padecía cóleras recónditas, irritaciones caprichosas, desequilibrios insanos de humor, que le quitaban las ganas de hablar y ahondaban la cicatriz torva de su entrecejo. Y entonces prefería llevar consigo á «la Negra», siempre amenazadora y arisca, que contradecía todas sus órdenes; y esta lucha, en la que palpitaba constantemente un peligro, servía de sedante á sus nervios y le pacificaba. Entonces Pedro, el andaluz de los cuentos atrevidos y de las canciones pícaras, enmudecía cohibido por el agrio humor del maquinista. A lo largo del camino, y como rimado por las ráfagas musicales del viento y el fragor trepidante de la locomotora, un largo diálogo de rencores se entablaba entre el hombre y la máquina. Apretando los dientes, Zureda murmuraba:
—Anda, perra... la pendiente es dura, pero has de subirla. ¡Anda con ella!...
Y abría la boca del horno, ardiente y roja comopozo infernal, y por su propia mano, sañudamente, arrojaba dentro del hogar ocho ó diez paletadas de carbón. Como respondiendo al castigo, la máquina se estremecía; bramidos iracundos restallaban en su interior, y por sus lomos humeantes parecía correr una ondulación de odio.
De estos viajes Amadeo Zureda siempre volvía trayendo para su mujer algún regalo: un corsé, un cuello de piel, una caja de medias... Rafaela, que sabía exactamente la hora de llegada del expreso, atisbaba su paso desde un balcón. Zureda, además, desde muy lejos la avisaba con un largo silbido.
Ella, si aún estaba acostada, saltaba del lecho, vestíase precipitadamente y corría al balcón; y sobre el verde alféizar de las macetas, su rostro cobrizo sonreía al paisaje. Un momento después, por entre las arboledas frondosas de la Moncloa, el tren aparecía crepitante, fragoroso, devanando su cuerpo negro y ondulante á lo largo de los rieles, bruñidos. Desde el tándem, el maquinista, alborozado, saludaba á la joven con un pañuelo; y solamente entonces su entrecejo, hasta donde jamás subía el regocijo de una risa, se desarrugaba y parecía contento.
Amadeo Zureda no deseaba nada. Su oficio era ingrato, pero aquellas dos noches que, entre viaje y viaje, pasaba en Madrid, bastaban á darle la felicidad. Toda su alma honrada y brusca se remozaba allí, bajo el techo del hogar tranquilo, en medio de los muebles modestos, comprados uno áuno. Aquel era su premio. Entre los brazos amantes de la compañera, el frío que recogieron sus huesos á la intemperie, en la extensión de los caminos, disipábase poco á poco, y su alma adormecíase en el calor de un dulce bienestar sensual.