El poema del mal poeta

Con mi muñequitasobre el corazón,esta hora tan dulceme embriaga de amor.

Con mi muñequitasobre el corazón,esta hora tan dulceme embriaga de amor.

Ahora voy a responder a una pregunta que está en la mente de los lectores. Sí, señor, el amigo Sindulfo existe, y no diré que es de carne y hueso, porque más bien parece de nube. Va todos los días a verme al café, y espero que dentro de poco será académico de la Historia. No olvidéis que ha descubierto la calavera de Atahualpa.

Clamaría a Dios y se hundirían las esferas si la docta Corporación le pretiriese. Sindulfo estaría muy bien exclamando en plena sesión:

—Señores académicos: Habéis de saber que el juego de carambolas, entre los antiguos persas...

EL mal poeta escribe en un café solitario. Yo le profeso al poeta malo un aborrecimiento corso. Me ha apedreado los oídos con sus ripios, con sus tópicos, con su retórica. Es hombre insensible a la emoción estética, que fabrica sus versos como un jornalero: un albañil, por el cascote; un picapedrero, por su ritmo monótono, que parece que agita adoquines dentro de un cubo en vez de lapidar las piedras preciosas de las bellas rimas.

El mal poeta tiene un orgullo satánico. Es de los que hacen burla bellaca de Rubén y componen pueriles mixtificaciones de los viejos maestros románticos—fáciles becquerianas y humoradas sin el hondo espíritu campoamoriano—. El mal poeta escribe mucho. Sus versos son una infección de todos los periódicos. Su ramplonería es una bomba de gases asfixiantes. Yo os confieso que degollaría con mucho gusto al poeta malo.

Es un sujeto más de cuarentón. Posee una calva sucia, los ojos pitañosos, los dientes verdes de nicotina, y un bigote rubianco y abatido. Lleva un abominable hongo, representativo de su vulgaridad interior. Suele parlarnos de Filomela cuando complica a los sencillos ruiseñores en sus octavas reales, sin duda para despistar al ingenuo lector.El pensil amenoy elrosicler de la aurorale son tan familiares como su terno de lanilla. Amacon ansia loca, pierde la calmaen cuanto tiene que rimar con alma, y todos los labios le causan agravios, sin saber por qué. Elbesole parece unexceso—y a sus años, es natural—, y la luz de la luna siempre le sorprende en una laguna, cosa muy perjudicial para sus achaques reumáticos.

El poeta malo se entretiene en colocar uno sobre otro sus endecasílabos, como los ladrillos en una construcción. Luego entrega las cuartillas a una niña rubia que aguardaba para llevarlas a un periódico.

El hijastro de Apolo charla después conmigo de literatura. Me lee una odaAl Sol, un sonetoA una ingratay una elegíaA la muerte de la virgen de sus amores primeros. ¡Hace ya tantos años! Este poeta tiene una memoria feliz.

El pobre hombre no acierta ni por casualidad. Tanto artificio, tanta falsificación poética, la lluvia de lugares comunes, me ponen muy nervioso. Tal vez hubiera llegado a agredirle si no llega a volver la niña rubia que llevó los versos al periódico y que retorna con cinco duros. El mal poeta la besa en la frente con sincera ternura.

—Esta es la mayor—exclama—. En casa quedan otros cinco leones. ¡Calcule usted los versos que tendré que hacer!

La niña rubia, una grácil adolescente de catorce años, tiene los ojos zarcos e ilusionados.

—Ahora le voy a comprar unos zapatos, ¿sabe usted? Los romperá en seguida, porque estas criaturas...

Sin querer, miro a los pies de la niña, unos pies lindos y pequeños de princesa china, envueltos en unas botas muy rotitas, muy rotitas...

Esta dolora no la siente ni la rima el poeta malo. Pienso en loscinco leones que quedan en casa, y este emocionante poema del mal poeta casi me hace llorar.

Y le veo alejarse, amorosamente abrazado a la niña, en cuyos ojos zarcos arde una llamita de ilusión, y en este momento, el mal poeta me parece más grande que Shakespeare y que Hugo...

POR el puentecillo de El Pardo iba aquel rey galán cuya leyenda cantan los niños en los jardines. Era pálido y adolorido, tenía las ojeras moradas como los lirios del paje Gerineldo. Era el rey madrileño, el rey chispero, el de las corridas de toros y las patillas manolas:

«¿Dónde vas Alfonso XII?¿Dónde vas, triste de ti?»

«¿Dónde vas Alfonso XII?¿Dónde vas, triste de ti?»

canta el coro infantil en el azul idilio de la tarde, mientras el rey galán, pálido y muriente, como un lis borbónico, que se marchita, se pierde por las avenidas, seguido de silenciosos cortesanos.

El pueblo amaba al príncipe netamente español. Le aclamaba en los toros, en las verbenas, en las tardes del Prado. Le halló en sus alegrías y en sus duelos, íntimamente ligado a su vida, en el ritmo jovial, generoso, magnífico de la vida española, de aquel momento.

Ya sonaba lejano aquel romance de su adolescencia, en las horas tediosas, preñadas de augurios, que transcurrían en el palacio de El Pardo. Otoño sollozaba en el monte verdinegro y adusto; en los parques lloraban los violines verlenianos, y la Desnarigada rondaba el palacio. La veían los perros errantes, que aullaban a la luna.

Y cuando sonó la hora, esa hora misteriosa del cuadrante de la eternidad, otro ilustre moribundo, el general Serrano, anunció en Madrid, a cuantos rodeaban su lecho:

—¡El rey acaba de morir en el palacio de El Pardo!

Y en aquel punto mismo, Alfonso dejaba de ser, en el palacete gris, con caperuza de pizarra, mientras en el aire flotaba el último verso del ingenuo romance infantil:

«Cuatro duques la llevabanpor las calles de Madrid.»

«Cuatro duques la llevabanpor las calles de Madrid.»

¿Quién fué el arreglador de esta vieja canción que yo oí sonar en el último acto deReinar después de morir, llorando la muerte de doña Inés de Castro? ¡El amor del pueblo ha hecho al rey galán y a la princesa del palacio de San Telmo los esenciales protagonistas de este poema eterno, que es como una oración ingenua del alma popular!

«Rey dolorido y galante,tu muerto amor juvenil¡con qué tristeza aflorantellora el romance infantil!Princesina de leyenda,te da el alma popular,como una oración, la ofrendaingenua de su cantar.»

«Rey dolorido y galante,tu muerto amor juvenil¡con qué tristeza aflorantellora el romance infantil!Princesina de leyenda,te da el alma popular,como una oración, la ofrendaingenua de su cantar.»

Así ha glosado un poeta de ahora el idilio adolescente del rey galán, del rey chispero, del rey madrileño, el de las patillas manolas a loPepe-Hillo, que supo de las locas farsas del Momo, en el castizo Capellanes, y dejó cien leyendas de su breve reinado y se murió muy joven, como una mustia lis heráldica, abrasado en una fiebre loca de vivir una vida magnífica y emocionante.

¡Puentecillo de El Pardo, por donde pasaba el príncipe de las leyendas galanas! En las tardes vernales, doradas y olorosas, yo he evocado la sombra del rey galán por estos jardines señoriales y estas montaraces espesuras.

Yo siento una honda simpatía por este príncipe y por esta época exaltada, generosa, pintoresca, de un decadentismo elegante y escéptico. Entonces, como ahora, había una gran pasión por los ídolos de la tauromaquia, el arte nacional por excelencia. Frascuelo y Lagartijo recogían en su joyante capote el último rayo del gran sol de la raza y despertaban el único latido de la conciencia nacional. Y aun no había surgido en el horizonte el espectro trágico, grotesco e infame del desastre colonial.

¡Dichosos los príncipes que viven en el corazón de su pueblo y cuya memoria queda en romances que cantan los coros de niñas en los jardines y en las plazas! Vale más ese culto poético y sentimental que todas las gloriosas atrocidades bélicas, exaltadas por la Historia.

¡Reyes de hierro, con corona esplendente cuyos laureles están manchados de sangre, los niños de vuestros reinos no cantarán romances de vuestros amores, en las floridas avenidas, cuando la primavera viste de novia a las acacias!

ES una de esas plazoletas melancólicas de un barrio solitario, rodeada de bancos de piedra, que tienen un ambiente provincial, y sobre la cual caen de vez en vez las lentas campanadas de las vísperas, con un clamoreo ensoñador y místico. Tiene acaso un balcón florido que da la amable sensación de una mano blanca de mujer, y también algún arbolillo desmedrado y triste o una antigua fontana que vierte, hilo a hilo, la dulzura de su monotonía.

En la hora sedante del crepúsculo toma un aspecto severo y arcaico de yerma ciudad castellana, que evoca el heroico redoblar del Romancero o la sandalia de Teresa de Ávila, la celeste doctora, y vaga en su gran paz un perfume antiguo de penas olvidadas y de encantos añejos.

A este paraje apartado y romántico acuden todas las tardes los melancólicos fracasados de todos los ideales, los soñadores de las áureas apoteosis que han visto hundirse la leyenda de sus vidas en la bahorrina de la vulgaridad, en el vacío de un vivir abrumadoramente cotidiano.

Se conocen de todos los días, galeotes de una misma cadena, sombríos discípulos de un mismo maestro, el inmortal Dolor, y entre ellos se ha hecho una suave simpatía consoladora. Hay un viejo militar invalidado la primera vez que entró en campaña; él quizá tenía una visión homérica de la vida, soñaba con el laurel del héroe, con el botín y la aventura, y todo su ensueño fracasó en el momento inicial por la crueldad de una bala perdida que le negó el triunfo de una bella muerte y le condenó a arrastrar una hórrida y grotesca pata de palo, cuyo seco y monorrítmico golpear es un irónico estribillo a la galana bizarría de su ideal truncado.

Después ha visto cómo se deslizaban sus días, sin ambición, monótonos y fríos; en el alma, la honda amargura de las renunciaciones.

¡Si al menos la bala me hubiera buscado el corazón!

Y sus ojos se tornan hacia los años juveniles, florecidos de hazañas imaginadas, en las que sonaban las trompetas de la Gloria.

Llega después un hombrecillo torvo y desaliñado, tocado con un chapeo raído que cubre su calva de santo, ancha y reluciente. Es un inventor desgraciado.

Había trabajado día y noche en su taller, renunciando a los holgorios de la mocedad, al regalo de la hembra y a toda dulzura de los sentidos. Empleó su pequeña fortuna en el trabajo y en el estudio, hasta obtener una nueva máquina.

Después comenzó el peregrinaje por las oficinas en pos de la soñada patente, que era su riqueza futura, y al cabo de amargas andanzas se mofaron de él, de su invento y de su calva, y los ujieres le echaron al arroyo con vayas y sinrazones. En el café, en la calle, a solas con las fementidas tapias de su mechinal solitario, peroraba con esa exaltación de loco de los inventores. Y ya le oían impasibles, le brindaban protecciones quiméricas o se le reían en sus barbas.

—¡Ya ve usted, se burlaban de aquello que me había costado mi fortuna, mi cerebro y mi juventud!

Y cierra los ojillos grises y casi ciegos, tal vez para restañar una lágrima.

Luego, una arrogante mujer enlutada, con aires de gran dama, que saluda con cierta gracia señorial. Tiene la belleza fuerte y calina de la madurez; el luengo manto vela apenas su cara algo marchita, donde arden los ojos negros con una llama de locura bella y eterna.

Al comienzo todos la creyeron viuda; no era sino una virgen vetusta que consumía su corazón y su virginidad en el ara de un ideal remoto e imposible, como esas lámparas de la devoción que se extinguen tristemente ante una hornacina olvidada. Allá en los verdes años de su galana adolescencia, amó con bravura y firmeza de corazón a un bello aventurero romántico y audaz, que se fué hacia las tierras fecundas del sol, nauta de lo imprevisto, conquistador de la casualidad.

Él dijo que volvería y ella le aguardó. Interrogó al horizonte todas las mañanas; sintió caer todas las horas de cada día, todas las desesperanzas de cada año, y el amado no volvió más. Pero ella le esperará siempre, hasta que la muerte toque sus ojos con sus dedos de niebla.

Y cruza sus manos pálidas de monja sobre el raso litúrgico de su traje. Manos transparentes y puras que parecen hechas para filigranar ex votos de santos y capas pluviales; ojos fanatizados en torno de los que las largas vigilias, huérfanas de besos, han florecido en sedeñas ojeras violeta, como dos flores de fiebre y de locura; alma noble y extática, donde el amor es una rosa casta e inmortal.

Y cuando un soplo de brisa arrastra alguna hoja muerta, la viuda ideal la sigue intensamente, quizá comprendiendo que la aproximación del otoño tiene para ciertas almas un melancólico valor emblemático.

Mas luego, entre otros que ocultan el secreto de su fracaso, arriba la carátula ridícula y triste de un viejo farandulero. Aun recuerda con llanto de regocijo los días buenos en que él fué don Juan y Manfredo, Sullivan y Don Álvaro.

Estos héroes le dieron el prestigio de su poder imaginario entre bambalinas y oropel, y pusieron un poco de oro de leyenda en su vivir menesteroso, a cuyas puertas solía llamar el Hambre con su puño espectral. Después, el aguardiente y los años han abatido el tórax que se irguió enorgullecido bajo la cota de acero de Ruy Díaz, se abatió en curva claudicante en demanda de las dos pesetas, en esas lamentables aulas de picardía y de dolor que están siempre abiertas en las aceras de la corte.

Y llegan otros, desarrapados y tristes inválidos de cuerpo y ulcerados de corazón, inventores preteridos, soldados sin fortuna, viejas meretrices, traductores, poetas vitaliciamente inéditos, todas las almas en sombras, y los perfiles contorcidos de los fracasados del arte, del amor y de la vida.

Y gustan de esta solitaria plazoleta, que tiene un aroma antiguo de lágrimas enjugadas, de flores secas y de dolores resignados, donde hay un arbolillo triste y torcido y un balcón con flores, y en donde en la hora dulce del crepúsculo suena acaso un piano tocado por una bella y desconocida mujer, de lentas y melancólicas melodías, a las que las almas en ruinas de los fracasados ponen tal vez la letra de su íntimo dolor.

TODOS sabéis que Barriobero es un terrible revolucionario, un formidable socavador del orden social. Durante mucho tiempo, su melancólica silueta quijotesca ha sido la pesadilla de golillas y de ministriles. ¿Qué había un mitin de cigarreras? Barriobero a la cárcel. ¿Que algún orondo cacique se levantaba dispépsico? Metamos a Barriobero en chirona. La tranquilidad del respetable vulgo reclamaba que el peligroso anarquista estuviese siempre aposentado en el hosco palacio de la Moncloa. Y a veces resultaba una admirable combinación económica para Barriobero... porque en la calle, los comestibles habían decidido trasladarse a Saturno.

Este hombre tenebroso es una de las figuras más pintorescas de esta época. Su nariz, en guisa de interrogación, bien merece un soneto quevedesco o una de las loas que rimara Rostand en elCyrano; su melena, romántica y subversiva, flota como airón en las revueltas populares, y es como el símbolo orgulloso de toda su vida. En las horas de opulencia, Barriobero adorna su translúcida persona con un deleite de «dandy». ¡Oh, qué admirables chalecos bordados, dignos descendientes de las pomposas chupas del tiempo viejo, cortesano y galante! Estos chalecos merecen por sí solos un apologista tan atildado y erudito como lo fueron Barbey y Jorge Brummel. Pero, más que estos gloriosos indumentos, rameados de oro, de azul, de rosa; más que sus pipas y su melena, sobre sus discursos y sus libros, yo prefiero las paellas a la valenciana de Barriobero.

Porque este terrible revolucionario es un supremo artista en sus paellas, señores míos. Yo uno a este suculento recuerdo un buen puñado de episodios juveniles; mi estómago siente una onda sentimental al evocar aquellos arroces, que eran como un paréntesis de encanto en medio de aquellos días menesterosos, en que el más loco y bizarro mocerío florecía en rosas de alegría e imprevisión.

Por las noches, Barriobero traducía para Jorro o para Calleja; despachaba un volumen—«católicamente» mutilado—en un par de sesiones, y con las pesetas que esta labor de negro le producía, nos íbamos a comer arroz, condimentado por sus manos largas, frías y pulidas de cardenal galante, a un ventorro de los Cuatro Caminos.

Y fué en aquellos días de lamentable supeditación al régimen suicida de la media tostada, en aquella época de chicharrones en el figón de la plaza del Progreso, de versos recitados a gritos en las calles solitarias, de proyectos absurdos dictados por el Hambre, que hacía funámbulas delirantes en nuestros caletres visionarios; fué entonces cuando el editor Pueyo llegó a encargar a Barriobero que escribiese una novela.

—Hágame usted la novela de un repatriado, que se muere de inanición en este cochino país, dominado por los jesuítas. Tome usted a cuenta estos cuatro duros.

—Pero eso va a resultar un sapo... Yo no siento ese asunto...

—Pues, si no le conviene, se marcha enhoramala de la tienda, que tengo mucho tajo. ¡Con esta baraúnda no se puede laborar!...

Y la voz cavernosa de «Nietzsche», el cuñado de Pueyo—una especie de Harpagón—, que interrumpe, con «ritornello» de «miserere».

—¡Acabarán por arruinarte, Gregorio! ¡Acabarán por arruinarte!

Barriobero acepta el encargo y los cuatro duros, y escribió la novela, interesante y «documentaria», como él dice.

Pero, ¡ah!, la factura de sus novelas será muy notable; mas no tanto como la de aquellos arroces, dorados y humeantes, devorados fieramente, bajo el alegre cielo madrileño, en amable cordialidad, en aquellos buenos días que retornan del fondo de lo pasado perfumados de alegría y de juventud.

Perdonadme, respetables señores, estas fugas sentimentales y pintorescas.

Al contaros estas minucias, yo gozo reviviendo el encanto de los viejos días, y me parece, además, que ningún hombre serio dejará de reconocer el trascendentalismo de estas cuestiones de culinaria. Yo creo que si Luis XVI hubiera convidado a comer a Marat, tal vez hubiera evitado la Revolución francesa; las lentejas y el cocido cotidiano han hecho más revolucionarios que todos los libros de Kropotkine.

Así, pues, reconozco que Barriobero tiene talento, que tiene bellos chalecos de terciopelo y una gran colección de pipas; confieso que es un gran orador, un novelista sagaz y un famoso abogado. Pero yo, francamente, le prefiero y le admiro mucho más como confeccionador de paellas a la valenciana.

¡Qué queréis! Soy un Aquiles vulnerable por el estómago.

LAnoche es la suprema aristocracia. La noche es una dama misteriosa, como Ligeia, como Eleonora, las mujeres litúrgicas, transparentes y ultraterrenales de Edgardo Poe. El día es un poco plebeyo con tanto escándalo de sol, con tanta greguería ramplona.

¡Noche! Viciosa querida bohemia, como una alta dama que va a la busca de emociones raras entre los hampones y las busconas. Todos tenemos una querida ideal, cuya mascarilla en vano buscamos entre las mujeres de la tierra. ¡Un alma de mujer, como un cáliz de oro, donde verter el licor musical de nuestro corazón en esas horas tristes en que la emoción se desborda!

La Musa de la Noche tiene para mí todos los magos prestigios de esa amante suprema. En las altas horas las sombrastejen torbellinos de alucinación en torno a mis pobres ojos, que se emborrachan de misterio. La Musa de la Noche adquiere corporeidad para mí y se apoya en mi brazo, en mis sonámbulas paseatas por la ciudad desierta, que tiene algo de cementerio, con sus balcones cerrados, como nichos inquietantes.

La siento levemente reclinada, muy levemente, como si llevase de mi brazo a un fantasma. Va vestida con un amplio ropón de terciopelo negro, y su cabeza es pálida, como el místico lirio de la luna. Sus ojos son verdes, como pequeños océanos tumultuosos, y tienen verdes ojeras como el licor emponzoñado con que la luna hace cantar a sus ahijados en los trágicos manicomios. ¡Los ojos de la Noche!

¡Los ojos de la Musa de la Noche! Ellos le dan su trágica llamarada de lujuria a esos rostros de clownesa que muequean en las encrucijadas del pecado.

La Dama de la Noche es voluptuosa y trágica, y junta el placer y el crimen en una onda de sensualidad. Tiene el alma de Lucrecia Borgia, exquisita y abominable. Ella aconseja a los rufianes que asesinen a las rameras, después de amarse dolorosamente, en las zahurdas tenebrosas, para que ría el Diablo, padre de las rameras y de los asesinos.

La Dama de la Noche entiende las palabras misteriosas que susurran en el fondo de mi alma, sin asomar jamás al labio. Son palabras de un idioma lleno de amor y de eternidad, y ella me dicta versos en ese lenguaje divino, con símbolos imperecederos. La Musa de la Noche sabe la cifra del amor, del dolor y del misterio, y me inicia en sus ritos sobrehumanos, mientras los otros hombres—los hombres sanos que viven de día—duermen en un grotesco amontonamiento de carnaza, como cansadas bestias sin horizontes en el pensamiento. Y también sin el exquisito tormento de la Poesía.

La Bohemia Nocturna lleva una corona de estrellas sobre el cabello negro, negro como el ala del cuervo que canta «¡Nunca más!», en el poema del Dolor de las almas. Sus manos son de marfil transparente, como los dedos de niebla de las Parcas, y toda ella tiene un perfume vago de azahar y de adelfas y de incienso. El Amor, el Dolor y el Misterio.

La querida del Misterio me ofrece la flor de locura de su boca, cuando todos duermen, y lleva la hostia de la luna, como un florón luminoso, sobre su cabellera de sombras. Es la musa galante que dió el brazo al pobre Paul Verlaine, cuando iba por las calles del viejo París como unpierrotdestrozado, borracho de ajenjo y de melancolía. Ella es la que hace sonar las viejas campanas con una solemne armonía orquestal: las campanas magníficas de voces de oro, que tienen un alma antigua y misteriosa, cantan el poema de las vidas que empiezan, de las vidas que acaban, de la alegría y del dolor de los hombres. En torno a los viejos campanarios, que parecen de plata bruñida en el plenilunio, la Noche dirige la danza de las Horas, vírgenes inquietantes, en cuya danza interviene, como concertador irónico y dramático, el Destino, que cambia el compás de las vidas vulgares de una manera trágica o grotesca.

La Dama de las Sombras coquetea con los siete Mancebos del Pecado, que, por sus ojos verdes, andan a estocadas en las desiertas callejuelas. Pero ella me prefiere a mí, pobre poeta nocturno y lunático, y me da su boca amarga y sus senos magníficos de dogaresa artista, sensual y dramática. Ella me ama, porque sus palabras, preñadas del sentido de la Vida y de la Muerte, riman muy bien con la armonía secreta de mi corazón. Y en las encrucijadas del Horror, de la Duda, donde acechan los buitres de la Estupidez y de la Ignorancia, ella alumbra mi pobre carne triste y sensual con la lámpara celeste de óleos aromáticos que lleva en su diestra marfilina. Porque la Musa de la Noche enciende en nuestros epitalamios el lampadario inmortal de la Belleza. Y la pobre carne se transfigura cuando ella trae en la mano el lirio del más allá, el lirio del Misterio y de la Poesía, como una celeste Anunciación para el espíritu, hundido en la carroña igual que en un abismo.

ES un viejo café donde antaño se reunían los ingenios más famosos de la época. En una mesa, cuyo mármol está ya azulenco, trazó sus estupendas, impresionantes y abrumadoras farsas novelescas aquel Ortega y Frías que ha sido el educador sentimental y el enloquecedor de las fantasías de tantas ingenuas y sensitivas muchachitas, y cuyos imprevistos episodios de maravilla han puesto en estas pobres vidas vulgares un poco de oro de leyenda.

En un rincón estuvo la pequeña capilla literaria cuyo pontífice fué el magnífico don Manuel Fernández y González. Allí escribióEl cocinero de su majestad, y allí acudió la última noche antes de emprender el gran viaje...

Las dos amplias salas de este viejo café de la Luna tienen el mismo aspecto de aquellos días. Los espejos, velados tristemente por la pátina de los diez lustros, parece que conservan como un vago reflejo de ensueño, rostros confusos y siluetas de lejanas personas desaparecidas, repetidas de uno en otro, infinitamente, en los cristales, como un cortejo de alucinación. En el ambiente flotan hálitos de vidas remotas, cadencias de músicas antiguas, y como un fantasma de sonido, susurros de voces lejanas que tiemblan en el aire con quimérica, muda vibración. Algo espectral y desvanecido que da una vaga y misteriosa sensación de presencia.

En las tardes solitarias de estos últimos años, en que el alma antigua de este café parecía encantada, y el tedio tejía sus melancólicos telares, tal vez de la penumbra propicia surgían claras risas y frescas voces juveniles. Y era que los enamorados ocultaban su amor como un pecado entre la umbría protectora, ingenuas obreritas un poco sentimentales, pomposas matronas que enloquecen con su gracia picante y su intensidad crepuscular—que ponen tanto fuego en la aventura, porque temen que aquélla puede ser su despedida al amor—, princesas de la Casualidad, juntamente con sus varios cortejos, ponían una nota encantadora en parajes como éste. ¡Los cafés solitarios y galantes! Peláez, la Universidad y los gabinetes coquetones del Habanero, ¡qué malignas y deliciosas historias de un momento pudieran relatarnos!

Pero he aquí que un fresco aire de fuera ha venido a renovar el ambiente de este viejo café de la Luna, donde yo pasaba mis tardes gozando del placer de no hacer nada, placer digno de un Papa, y trazando a las veces—raro suceso—sobre la cuartilla, mis tristes o apacibles devaneos sentimentales. ¡El lugar era tan solitario y tan evocador! Pero la ignara turba ha invadidomi mesa de despachoen pos de un raro acontecimiento femenino y musical. Claro es que esta turba hombruna llega, más que por el deleite artístico, atraída por el olor de la hembra; prefieren estos sátiros un grácil escorzo o la insinuación anfórica de la cadera a un nocturno de Chopín, y la línea de un busto bello a una melodía de Borodine... Y es posible que estos sátiros tengan razón.

¡Cómo sentirá esta invasión de la muchedumbre el viejo erudito de todas las tardes! Llegaba con su raro volumen, tal vez un incunable, aseguraba sus anteojos, preparaba su cuaderno para apuntar las citas y las curiosidades y luego se mecía en un sueño seráfico hasta que encendían las luces. ¡Pobre erudito, ahora tendrás que irte a otro viejo café a dar cabezadas sobre tu incunable!

Tal vez habría tomado cariño a la mesa de su rincón, y este cambio trunque tristemente su vida... A veces un suceso sencillo, insignificante, la pérdida de un perro, de un paraguas o de una mujer, deja en nuestro espíritu la desolación de una catástrofe.

Y como por esta intrusión han encendido los focos, las parejas amantes también han huído en busca de otro retiro penumbroso que proteja sus risas, sus confidencias y el encanto de su amor, otro lugar solitario para ocultar su felicidad como un pecado.

Y es el motivo que han llegado unas señoritas napolitanas a hacer música, tarde y noche, y la gente invade la sala entre un estrépito de cucharillas y platillos y una greguería grotesca y plebeya.

Yo he descubierto la mixtificación: estasvirtuosasno son napolitanas; la dulce musicalidad de esta palabra sirve de reclamo para ese eterno alucinado que se llamapúblico. Pero ¡qué importa! Ello es que las manos lindas y blancas arrancan bellas melodías de las cuerdas de los violines y que una hermosa cabeza de diablescos ojos moriscos y negra cabellera, como una exótica flor rizada, se inclina graciosa sobre el puente del violoncello. Y el prestigio hechicero de la carne de la mujer hace temblar el beso en todos los labios.

La mujer artista, la triunfante mujer que se exhibe ante un público en medio de artístico artificio, es secretamente amada con un deseo delirante. Las heroínas de comedia, los astros defolies bergèreshan inspirado enormes pasiones y sus enamorados han llegado hasta el matrimonio, saltando por todos los obstáculos sociales y resignándose a no hallar ningún obstáculo en la noche nupcial. Porque la carne perfumada y blanca, entre las sedas, el oropel y tanta bella mentira, tiene un magnetismo irresistible.

Esta orquesta femenina a veces ejecuta cosas agradables; otras, adula al público tocando lo que está al alcance de su menguada cultura artística. Tal vez los violines cantan la frase de tanto éxito deEl anillo de hierro:

«Ven, Rodolfo, ven, por Dios.»

Y asoman lágrimas de emoción a los ojos de las matronas románticas, que se saben de memoria los versos deFlor de un díay hacen soñar a estas pálidas burguesitas que van a los cafés las noches de domingo y en cuyas vidas pobres y monótonas el encanto de la música pone una dulce hora sentimental.

Son esas muchachas suavemente tristes, humildes y resignadas, que tienen ojeras muy hondas y pobres manos santificadas por el culto heroísmo de la lucha diaria: que van tocadas con gráciles sombreros y vestidas con una coquetería un poco triste por lo usado y deslucido del atavío. Conmovedoras y humildosas vidas grises a las que una fiera sátira sin corazón ha llamado cursis, y que, al invocar a Rodolfo los violines, ellas también le invocan con toda la ternura de su alma, y la figura del galán tiene en su fantasía todos los áureos prestigios de un príncipe milagroso de leyenda.

Y por eso sus ojos tienen cercos tan profundos y su boca esa mueca de melancolía: porque los días huyen, huyen... ¡y Rodolfo no llega nunca!

MI querido cofrade D. Amaranto Peláez es un virtuoso covachuelista, muy digno de una hornacina en el martirologio moderno. Su cuerpecillo, magro y desvencijado por el diario chocar con los esquinazos de la miseria, se guarece en un chaquet ribeteado de trencilla, de un negro desvaído, al que las virtudes de constante pulcritud de su dueño han dado un magnífico brillo que miran envidiosos los puños deshilachados y la tirilla restaurada con tiza, por el buen parecer, el día en que Su Excelencia tiene la bondad de llamarle a la firma. Porque podemos decir, para orgullo de D. Amaranto, que él es el alma del negociado.

Sus calzones, en guiñapos, lucen pintorescos festones sobre los zapatos; sin herretes y sin trencillas, y su chapeo ha soportado las lluvias de cinco inviernos; y sucarrickel rigor de cincuenta ventiscas.

Don Amaranto llega invariablemente a la oficina a las ocho de la mañana; se calza sus manguitos, se toca con un bonetillo la calva de santo, ancha y reluciente, y silencioso, con una tristeza mansa y resignada, trabaja hasta las dos, en que el ujier trae el parte de salida.

En ese momento, D. Amaranto se torna a su casa. ¡Es la hora de comer! Pero como él no es sino un humilde auxiliar de la clase de quintos, «eso de comer» a ciertas alturas mensuales, generalmente no pasa de ser una hipérbole absurda.

Y en esas horas amargas, D. Amaranto llega a su mezquino mechinal, donde le aguarda su mujer, triste, enferma y mal vestida, y cuatro niñacos, como cuatro ruinas, en cuyos ojos candorosos, al mirar tan desolada pobreza, hay quizá un poco de recriminación hacia los que en un momento de lujuria ciega les trajeron a una vida tan sórdida, tan cruel y tan miserable. Nadie le pregunta nada. Entre ellos no se cambia un solo vocablo, aunque el fogón esté apagado y nunca llegue la hora de poner la mesa. Y es que los sin ventura están resignados a no comer, mejor dicho, han perdido la saludable costumbre de comer. Estas vidas están sepultadas en el «in pace» de todas las renunciaciones.

En cierta ocasión me decía la señora, con una sencillez más que trágica:

—Se nos han muerto tres hijos: Luisín, porque el médico, a quien debíamos algún dinero, no quiso venir. ¡Julito y Nita, de hambre!

¡De hambre, sí! ¿No os parece una horrible ironía que puedan morirse así dos criaturas al borde de una gran ciudad cristiana? Pues sucede, y la conciencia social no se estremece; y la vida sigue su curso, y mi querido cofrade, el virtuoso D. Amaranto, no sintió en su alma un latigazo de rebeldía. Porque el Sr. Peláez es, ante todo, un hombre de orden.

La señora de Peláez ha sido una bella mujer: tenía unos lindos ojos negros, un seno matronil y unos dientes blancos, iguales. Ahora es una melancólica ruina; la miseria, como un cruel vampiro, ha devorado su belleza y su juventud. Días pasados me contaba tristemente, con cierta macabra coquetería:

—¿Ve usted estos dos dientes de arriba? Pues se me están cayendo... de anemia.

Y la veo partir con su taima ridícula y vieja, que cubre los estragos del tiempo en su raída vestimenta; amoratadas las manos, que fueron finas y aristocráticas; metidos los pies en unos burdos zapatones; abatida al peso de su juventud fracasada, de toda su vida, obscura, truncada, deshecha.

El cuerpecito grotesco y desmedrado del ecuánime covachuelista ha sido suculento festín de usureros; D. Amaranto sabe bien la amargura de ver su ajuar de titiritero en medio del arroyo; conoce la bárbara cacería que sobre su personilla realizan mensualmente el panadero, el tendero, el carbonero. Los mozos de café son también para el Sr. Peláez una horrible pesadilla, y no supongáis que adquirió esas deudas por vicio de gula ni regalo de sus gustos. Las noches de invierno son tan largas, el hogar desmantelado tiene un alma hostil que arroja de su seno, y en el café hay un ambiente tan suave y regalado, hay tanto derroche de luz, el piano pone una hora de encanto y de melodía en las voluntades resquebrajadas por la pobreza. Además, el café con media tostada tiene cierta apariencia de cena... claro que la apariencia nada más; significa quedarse sin cenar... decorosamente.

Y digámoslo en elogio de D. Amaranto, ¡jamás, ni en los días de bochornoso desahucio, ni en el asedio africano de sus acreedores, ni cuando tenía un hijo muerto, sin monedas para la inhumación; ni en las horas en que la señora de Peláez deliraba en el fementido camastro, loca de tristeza y de hambre, jamás D. Amaranto hubo de faltar a la oficina! ¡Oh, brava alma que rima con el balduque, que armoniza con el papel de oficio, por estar tan bien templada en el fuego de las virtudes administrativas, bien mereces una estatua, con tus manguitos y tu gorro, sobre un pedestal de expedientes y de minutas!

¿Me preguntáis si D. Amaranto Peláez tiene realidad? Sin duda, amigos; tiene la relativa realidad traslúcida y enfermiza que le permite su mesada ridícula; pero existe, y se llama así, y es mi querido y moribundo cofrade.

Y lo más lamentable es que D. Amaranto es un hombre representativo. Su perfil trágicocómico muequea cotidianamente en el retablillo de la triste y grotesca clase media.

LApicaresca clásica, erudita, aventurera y gallofa se funde con la bohemia literaria, pedigüeña, trotacalles y sentimental, y nace el tipo del «piruetista» entre poeta y pícaro, filósofo y desarrapado.

La cofradía de «piruetistas», de «operadores», de «navegantes de la Puerta del Sol», está compuesta principalmente por los jóvenes envenenados por la literatura, que llegan de las provincias a la conquista de Madrid. La literatura es como la trágica sirena de las baladas germanas, y los pobres nautas se hunden en el fondo del mar por haber escuchado el sortilegio de su canto. Sólo que nuestros nautas naufragan en seco, sobre el asfalto de las calles, en los figones absurdos y en los hórridos hostales. A la caza de las rimas sustituye muy pronto la pesca de las dos pesetas o del café con media tostada, ese seudoalimento tan literario. El veneno de las letras es más fuerte que la morfina, que el éter y que el alcohol. El que emprende esos trágicos derroteros, o triunfa o se muere. Casi nunca se adapta a un ambiente mediocre, metódico o «burgués».

Antonio Santaló era un muchacho cordobés que iba a verme al café y a quien solía encontrar, como una sombra, en la Puerta del Sol, muy de madrugada, a esa hora terrible de los que no tienen un puñadito roñoso de calderilla para ir a dormir a casa deHan de Islandiao a los sótanos de la Peña de Francia, los hoteles de cincuenta céntimos, donde se guarecen los buscones, los poetas pobres y los rateros. Santaló era muy inteligente, muy culto, y tenía voluntad. No triunfó porque ni siquiera pudo vivir. La Casualidad, que vela por los aprendices del Arte, no se cuidó de él. Los bohemios viven a pesar de los restaurantes donde suelen ir a comer y de las yácijas donde suelen ir a acostarse. Baroja dice que el triunfo literario consiste en la resistencia del jugo gástrico. Hay que transigir con las albóndigas de perro y con ciertas chuletas de celuloide que conocen a varias generaciones literarias.

El frío de las noches, al asalto de los céntimos para la cama, la comida que se retrasa... dos o tres días, la pobreza en el traje y el dolor de la pobreza en el alma han asesinado al pobre amigo Antonio Santaló. No ha escrito un drama ni un poema que decoren su memoria. Artículos de periódico olvidados en seguida, traducciones que firmó otro o que acaso no firmó nadie. La sirena de la Puerta del Sol se tragó su espíritu antes de que la Desnarigada, que tanto quiere a los poetas y a los artistas pobres, le estrujase el corazón, en el silencio helado del hospital, entre hedor de calentura y de medicinas. Aquel pobre corazón hipertrofiado, que como un trágico reloj contó las horas del hambre, del abandono y de la lucha grotesca y terrible para buscar un poco de calderilla, a las cuatro de la madrugada, iba como un polichinela roto, dando tumbos por las encrucijadas de la miseria.

Hace algunos meses Santaló estaba contento. Dormía todas las noches y comía fijamente tres días a la semana. ¡La vida era fácil!

Con un espíritu tan contentadizo, Santaló era digno de haber triunfado. Tenía del dinero una idea demasiado hiperbólica. Poseyó un sombrero azul pálido que era una sima de arbitrariedad junto a los hongos ramplones y los frégolis de tenor cómico.

—Yo le había tomado cariño. Quería conservarlo como recuerdo de la «vorágine»; pero un díanecesité dinero... y lo vendí por tres perras gordas.

¿Verdad que este ingenuo concepto del dinero es conmovedor? Entre el hampa literaria Santaló fué siempre un caballero de la Tabla Redonda. Fué un bohemio, pero no hampón. Y esto tiene mucho mérito, viviendo en plena calle, con hambre y con dolor, entre gerifaltes de la pirueta que aprenden la picardía en las aulas de la necesidad.

Los caballeros de La Noche, de la Media Tostada y del Salto Mortal viven una vida desastrosa entre paradojas y algún soneto que otro, no muchos, porque la bohemia estropea el estómago y dispersa las rimas como una bandada de pájaros quiméricos.

Yo podría hacer una lista negra de estos espíritus ilusos, devorados por el monstruo encantador de la literatura. ¡Intrépidos comedores de musarañas, que sois mis amigos antiguos, que habéis vivido a la sombra de la literatura—pipas, melenas y chalinas—y que vais cayendo poco a poco por el escotillón macabro del hospital! Yo siento hondamente vuestra tragicomedia, oh, gran Losada, el músico genial y salvaje; Barrantes, el de la carátula de pesadilla; Alberto Lozano, rubio y señorial como un príncipe, y vosotros también, Dorio, el audaz; Pujana, el intrépido; Roldán, el preciosista, que tiene una enorme sed que sólo se calmará cuandoEllale llene de tierra la boca; vosotros, que al caer un hermano de esta cofradía de dolor y de absurdidad, acaso tembléis viendo que todo el entusiasmo de vuestra juventud está compensado por un lecho de hospital y un montón de polvo, sin nombre, en un osario. ¡Y vosotros que soñabais precisamente con la Gloria, y que porque la gente leyese vuestra firma al pie de unas líneas impresas, lo sacrificabais todo! ¿Veis qué broma final tan sangrienta? Es una verdad que os hubiera parecido mentira en los ilusionados comienzos, allá en vuestro rincón provinciano, antes de caer en la Puerta del Sol entre las garras de la Bohemia, la sirena que devora el corazón y el cerebro de sus amantes, en unión de la miseria, entre alegres paradojas y peligrosas funambulerías en la cuerda floja de lo imprevisto.

Estos bajos fondos literarios disfrazan con metáforas pintorescas su dolor; el dolor de los que no han sabido decir lo que llevaban dentro... o lo que creían que aleteaba bajo su frente: el dolor de los artistas de corazón que han fracasado en la Puerta del Sol, agarrotados por la necesidad. ¡El dolor de la literatura, de los ex literatos, de los hampones pintorescos, de los buscadores de calderilla, como sombras, entre la penumbra de las calles, a la madrugada! ¡Pobre Santaló! Ya no tendrás que buscar los céntimos para la cama, mientras tu corazón latía penosamente como un viejo reloj desquiciado.

EL primer caballero que se terció esta capa para andar de aventuras y amoríos fué el gran Villón, el padre de la lírica francesa. Y el glorioso tabardo sufrió el rigor de todas las ventiscas y la lluvia de todos los inviernos, y se ungió de ideal errante bajo el plenilunio en la Corte de los Milagros, tejiendo besos y rimas con la ramera ardiente y propicia, de quien decía el poeta que era suRayo de luz. La capa de Villón, como la capa, de Mañara, sabe de madrigales y caricias, en las encrucijadas del viejo París.

Ha visto cómo se desnudaban los aceros, cabrilleando en la sombra, bajo la plata mística de las estrellas, buscando bravamente el corazón por el encanto de un soneto.

La capa de Villón paseó por los salones de los obispos, y de entre sus remiendos y corcusidos surgió la mano exangüe del bohemio para tomar la limosna de doce sueldos por una loa aNotre-Dame, y los labios que mordieron los labios de las rameras besaban unciosamente la amatista episcopal. Y la capa ungida de poesía y de dolor rodó una mañana por las escalerillas del patíbulo. Porque habéis de saber que el primer poeta de la bohemia estuvo a punto de ser ahorcado por ladrón.

He aquí su gloriosa ejecutoria: una capa caída, la cuerda del ahorcado y una boca lasciva de ramera, como flor ponzoñosa de lujuria. Sin embargo, muchos académicos han metido la garra en el tesoro de Villón, sin peligro de cuerda. ¡Nefandos viceversas de la señorita Themis!

La capa bohemia, posteriormente, ha envuelto a muchos desgraciados superiores. Fué la fiel camarada de Edgardo Poe, aquella alma rara que oía voces del cielo, de la tierra y también del infierno, y le sirvió de sudario en su última y trágica borrachera en las calles de Baltimore. Baudelaire, el solitario, hizo de su capa torre de marfil que le aislaba del vulgo de malos poetas, de periodistas hueros y vanidosos, de cretinos equilibrados. La capa de Verlaine rodó por las tabernas y por los hospitales, y aquella capa de mendigo es ahora venerada como la bandera de la Francia espiritual.

¡Capa de la bohemia! Tú, que has cubierto tantas horribles tragicomedias, que has sido tan calumniada por los tontos de todos los tiempos, de todos los países. Tú, que has paseado tantos sueños y tantas hambres, bajo la luna, en las noches sin casa, que conoces tantas lágrimas de tantas crueldades, de tantas injusticias, que has visto el horror de las tabernas cuando todos están borrachos y entonan los lúgubres salmos deldelirium tremens, mientras en el espacio gira el anillo de Saturno, nuestro fatídico padrino.

La capa bohemia supo las gallardías de Espronceda en su buena época romántica, antes de destrozar su leyenda con aquel fementido discurso sobre las lanas... Pelayo del Castillo, Eduardo del Palacio, Manuel Paso, Pedro Barrantes, sabían del encanto de la capa bohemia, que entre nosotros tiene también el desgaire de la capa manolesca.

Y ¡Alejandro Sawa!...

Glorioso emperador de la bohemia, del gesto amplio y magnífico como Hugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un dios, con la cabeza en las nubes y el corazón en la hoguera del amor y del dolor de la Humanidad. En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capa pontifical, manto de púrpura, clámide y aureola. Alejandro fué la suprema consagración de la capa bohemia.

La capa de la bohemia es la aristocracia incomprendida de los vulgos, y nunca como ahora, en este momento, es anacrónica y absurda. Es el gesto bravío ante la mueca horrible de la miseria, el rictus de desdén ante los artículos de fondo y demás cosas sin alas, sin gracia, sin espíritu.

La capa bohemia se burla de los libros de caja, de la mentalidad del tendero, de la sensibilidad chirle de los malos poetas. La capa bohemia, sobre toda la prosa, sobre todo el horror de las horas vulgares, es el pájaro azul.

Es la bella locura del ideal. Ved de cuál gentilísimo linaje aristocrático es el manteo con que cubre su clorosis y sus espaldas desnudas la señorita Bohemia.

EN los viejos tiempos católicos y caballerescos, el mendigo era hermano del mismo rey. Tenía una altivez hidalga, y llevaba al cinto el bote de la guiropa, y arrastraba su tabardo harapiento con el orgullo de un manto real.

—Buscad vuestros pobres en otra parte, que yo no puedo volver—hubo de decirle un mangante a un caballero que no halló a mano una moneda que darle.

Recibían la limosna con altanería. El mendigo estaba ungido por las palabras del Rabí, y creían de buena fe que beneficiaban a sus donantes, pues así edificaban su ánima por la caridad. Les hacían la merced de dejarse dar limosna.

Una tarde paseábase por las Platerías un hidalgüelo gabacho, cuando le asaltó un mendigo de nobles barbas blancas y aspecto distinguido. Dolióse el hidalgüelo y quiso darle unas monedas sin humillarle.

—Sírvase llevarme este cartapacio hasta mi posada y le daré un escudo.

—Libre es vuestra merced de darme o no limosna—gritó solemnemente el pedigüeño—; pero no consiento que se me trate como a un criado—. Y le volvió la espalda con desdén.

El mendigo es libre como el aire y ama su libertad sobre toda holgura y acomodo. Es de un individualismo rabioso: le place más rascar sus liendres al sol en medio del arroyo, que aprisionarse en el régimen un poco frío de las Casas de Caridad, donde, además, tienen que aguantar la férula religiosa.

Al rancho metódico prefieren la guiropa en la alegría de las solanas, de sabrosa y picara parla con sus hermanos de cofradía. Y mejor que los lechos iguales y helados, con algo de cuartel o de hospital, les sabe más gustoso apretujarse en la escalerilla de Cuchilleros. Ante todo, hacer lo que les dé la real gana, y después Dios proveerá...

Es estéril toda iniciativa contra la mendicidad: es como una costra del alma española, que no curan los bandos de ningún corregidor. España es un país de pirueta, de azar y de aventura, y los mendigos son una rancia y pintoresca representación. En la patria de los pedigüeños, donde todos somos un poco mangantes, el mendigo es perfectamente respetable. Hay en nosotros un sabroso anhelo de tomar el sol tranquilamente, esperando el milagro del pan y de los peces en forma de destinejo oficial o de «combinación» lucrativa. En un pueblo de trabajo, de ideales, de ciencia y de arte, la mendicidad es un tumor repugnante, como también es criminosa la existencia del noble juego de la Lotería. Pero nosotros encendemos luminarias a la diosa Casualidad, convencidos de que vivir del esfuerzo personal es una utopía.

Un mendigo vive mejor que un pequeño covachuelista, y de sobra más holgadamente que un obrero. En una tarde de «trabajo», cualquier mendigo un poco acreditado saca de ocho a diez pesetas, es decir, el sueldo de jefe de tercera de cualquier negociado, y no tiene que aherrojarse en la covachuela, ni ponerse los manguitos, ni tocarse con un gorrito absurdo.

El mangante tiene un castizo abolengo, y nuestros contemporáneos lo son, más que por necesidad, por imperativo de la casta, por una enorme fuerza de atavismo.

¡Oh, capa de mendigo, santificada y evangélica, altiva como la del mismo rey! La que pasó flotante por las páginas de la picaresca del Siglo de Oro; la que vemos hoy en las solanas, a la puerta de los cuarteles, o, como una visión goyesca, en las escalerillas de Cuchilleros, mientras suenan cantarinas las fuentecillas de la Plaza Mayor. Debajo de tus harapos hay un jirón del alma española, aventurera y andariega, castiza y soñadora.

Capa de los mendigos juglares que van por las aldeas, tabardos que cobijan a los fingidos paralíticos, que desgranan el rosario de sus cuitas y se arrastran al sol lo mismo que gusanos; manos pedigüeñas, perfiles costrosos, pupilas sin luz, que sois las clásicas figuras del viejo retablo, tenéis una jocunda poesía antañona que en vano quieren borrar los graves varones y las nobles damas de Concejos y de piadosas Hermandades.

País de pirueta y de lotería, donde reina lo imprevisto, y la aventura, y salto mortal; donde el Arte y la Ciencia son pordioseros, donde se mendiga todo, desde la bicoca política hasta el duro pan proletario, donde el esfuerzo personal no da derecho a esperar nada, ¿con qué autoridad queremos suprimir la mendicidad pintoresca? ¿No os parece que toda España va envuelta en una capa de mendigo?


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