LII

diario de un loco de bedlam.

Betzy estaba sin duda en el secreto de los proyectos de su marido y no se había opuesto en ningún modo a su resolución, puesto que no manifestó la menor inquietud al no verlo volver aquella noche.

Al día siguiente se fue a rondar por los alrededores del palacio Pembleton.

El patio de entrada estaba lleno de gente.

Betzy se metió poco a poco entre la multitud y escuchó lo que decían.

Allí contaban, con interminables comentarios, que el noble lord había sido asesinado al atravesar Trafalgar-square, a las cuatro de la mañana.

¿Por quién?

Según algunos, el asesino era un fenian.

Lord Evandale había pronunciado dos días antes en la Cámara alta un discurso muy violento contra la Irlanda.

Según otros, el crímen había tenido por móvil el robo.

Y nadie pronunciaba el nombre de Tom.

Pero como todos estaban de acuerdo sobre la prisión del asesino, Betzy supo a qué atenerse sobre la suerte de Tom.

Betzy era una mujer animosa.

—Tom está preso, se dijo, pero, ¿qué importa? Suceda lo que quiera, yo continuaré su obra.

La pobre mujer basaba su resolución en engañosas ilusiones.

Pensaba que, una vez lord Evandale muerto, lady Pembleton se acordaría de que había amado a lord William, y que se apresuraría a consentir en la transacción.

Con esta esperanza, aguardó pacientemente algunos días.

Los funerales del difunto tuvieron lugar con gran pompa. Los periódicos se ocuparon de ellos, así como se habían ocupado de la muerte del noble personaje, cuyas virtudes y cualidades ensalzaron hasta las nubes. Pero ninguno de ellos habló de las antiguas relaciones del asesino con la víctima.

Al cabo de ocho días, Betzy se presentó en el palacio Pembleton solicitando una audiencia de la viuda.

Lady Anna consintió en recibirla.

Betzy abordó la cuestión desde luego, y, sin otros preámbulos ni rodeos, la dijo:

—El miserable que había abusado de vuestra confianza, milady, ha expiado su crímen. ¿Rehusaréis ahora reconocer a lord William?

Lady Pembleton no desplegó los labios y, por toda respuesta, se fue a tirar del cordón de una campanilla.

Dos hombres entraron inmediatamente, sir Archibaldo y un desconocido.

Es decir, un desconocido para la pobre Betzy, pues el individuo en cuestión no era otro que el reverendo Patterson.

—Padre, dijo lady Pembleton, haced arrojar a la calle a esa miserable loca.

Betzy tuvo un arrebato de indignación.

—¡Ah! milady, exclamó, hasta hoy os había creído la esclava de lord Evandale, pero ya estoy convencida de que erais su cómplice.

Sir Archibaldo llamó a sus lacayos, y estos se apoderaron de Betzy y la pusieron a la puerta.

Betzy gritaba como una desesperada.

Dos policemen del barrio la cogieron entonces a su vez, y la condujeron al puesto de policía más cercano.

Allí, Betzy quiso contarlo todo al comisario que la interrogó; pero este la cerró la boca y dio órden de que la condujeran a la cárcel.

Entonces la pobre mujer comprendió que estaba perdida.

Pero esta ruda escocesa estaba dotada de la indómita y salvaje energía de su marido.

—Pues que debo estar presa, se dijo, tanto vale aprovechar la ocasión para ver a lord William.

Betzy pasó tres días en el puesto de policía del West-End.

Y durante estos tres días dio tales pruebas de insensatez y falta de razón, ya riéndose a carcajadas sin motivo, ya cantando y llorando al mismo tiempo, y ya dando voces descompuestas en las altas horas de la noche; que el comisario declaró que estaba loca y la hizo conducir a Bedlam.

Esto es lo que Betzy quería.

Lord William, bajo el nombre de Walter Bruce, seguía siempre en el famoso hospital.

El director de Bedlam sabía muy bien que debía guardar al supuesto loco hasta su muerte, y cumplía con todo rigor las misteriosas órdenes que había recibido.

Pero respecto a Betzy, juzgaron sin duda inútil el comunicarle los motivos que la habían hecho conducir allí, y de consiguiente no fue vigilada de cerca, y pudo ver a lord William.

Este no había perdido en ningún modo la razón, pero el pesar iba minando lentamente su existencia.

Y no es que pensase ya en reconquistar su nombre y su perdida fortuna, ¡oh! no! su idea fija ahora era recobrar la libertad, reunirse con su esposa y sus hijos, y volver con ellos a Australia.

Durante las largas y tristes horas de su prisión, había empleado el tiempo en redactar un extenso diario, en donde contaba todo lo que sabía de su lamentable historia.

Las revelaciones de Betzy completaron este relato.

Ahora bien, la casualidad, que se burla con tanta frecuencia de los hombres y que parece complacerse a veces en destruir las mejores combinaciones humanas, la casualidad, decimos, vino de pronto en ayuda a lord William y a la fiel y desgraciada Betzy.

Un día trajeron un nuevo loco a Bedlam.

Betzy, al verlo pasar a larga distancia, creyó haber visto ya en alguna parte a aquel hombre; pero al día siguiente, cuando a la hora de recreo, se encontró con él en los patios del hospital, ya no le quedó la menor duda y llegó a reconocerlo.

Era aquel individuo de edad provecta y maneras ambiguas, que se había presentado en la casa de Tom, hacía algunos meses, bajo el nombre de Edward Cokeries, anunciándose como un pasante del solícitor Mr. Simouns.

Aquel hombre, según el lector recuerda sin duda, había sido el instrumento de lord Evandale, o más bien del reverendo Patterson, y—como se habrá adivinado también,—el que había imitado con tal perfección la letra de lord William, y trasmitido a Tom el falso despacho de John Murphy, datado de Perth, en Escocia.

Edward Cokeries estaba loco, realmente loco, y su locura tenía un origen singular.

Al día siguiente del asesinato de lord Evandale, el miserable falsario se había presentado en el palacio Pembleton, ignorando absolutamente la catástrofe que había tenido lugar la noche anterior.

Allí supo de improviso la muerte de lord Evandale.

Y de improviso también, Edward Cokeries, que no esperaba aquel golpe, perdió por completo la razón.

Este exceso de sensibilidad, que parecerá extraño, tenía sin embargo su fundamento.

Aquel mismo día debía entregar el noble lord a su agente, la suma de dos mil libras esterlinas, como precio de su traición.

Y la muerte violenta del lord había anulado naturalmente este contrato verbal.

Los criados del palacio hicieron venir algunos agentes de policía que condujeron a Cokeries a su casa.

El pobre loco tenía mujer e hijos.

Durante algunos días había permanecido encerrado en su cuarto, guardado y cuidado afectuosamente por su familia; pero al cabo presentó tales síntomas de locura furiosa y dio un escándalo tal, que los vecinos aterrados, pidieron que se le encerrase en sitio más seguro.

Entonces intervino la policía, y lo condujeron a Bedlam.

Ahora bien, así como una conmoción violenta había sido la causa de la locura de Edward Cokeries; otra emoción de distinta naturaleza, aunque no menos fuerte, tuvo el poder de volverlo a la razón.

A la vista de Betzy y de lord William, Edward Cokeries lanzó un grito terrible.

Su locura había desaparecido.

Y con la razón, le volvió también la memoria, y con ella el arrepentimiento.

Una tarde, hallándose con lord William en sitio apartado y fuera de la vista de todos, se echó a sus pies y le pidió perdón, acusándose de todos sus crímenes, y confesando que había sido el instrumento de lord Evandale y del reverendo Patterson.

Él era quien había hecho arrebatar a Tom del camino de hierro.

Él quien había hecho desaparecer al teniente Percy.

Él también quien había robado en el gabinete de Mr. Simouns, mientras se fijaban los sellos, aquella importante declaración de Percy y consortes, legalizada por la embajada de Inglaterra.

Pero aquel documento no lo había entregado a lord Evandale.

Lo conservaba como fianza del pago de ocho mil libras, que el noble lord debía entregarle en varias fracciones, según había sido estipulado entre ellos.

Así, al saber de pronto la muerte del lord, había comprendido que no sería pagado, y la desesperación lo había vuelto loco.

Y cuando hubo confesado todo esto, Edward Cokeries añadió:

—Ahora, milord, os juro por la salvación de mi alma, que si un día salgo de aquí, trabajaré sin descanso en reparar todo el mal que he hecho.

Lord William movió tristemente la cabeza.

—No se sale de Bedlam, dijo.

Pero Betzy, que se hallaba presente, respondió:

—¿Quién sabe?

La animosa escocesa había encontrado un medio de evasión, y pensaba emplearlo de seguida, de la manera que va a verse.

diario de un loco de bedlam.

Lord William y Edward Cokeries se quedaron mirando a Betzy con curiosa ansiedad.

Esta, después de echar una ojeada en rededor, les dijo en voz baja:

—He encontrado el medio de salir de aquí.

—¿Cómo? preguntó lord William con aire de duda.

—¡Oh! no hablo de vos, contestó, sino de mí..... Y si lo consigo, todo irá bien, os lo aseguro.

—¿Qué haríais pues? preguntó lord William.

—En primer lugar, el señor me dirá dónde ha ocultado ese documento importante.....

—Así lo haré, interrumpió Edward Cokeries.

—Cuando salga de aquí, iré desde luego a buscar ese papel.

—¿Y después?

—Después, lo llevaré al sucesor de Mr. Simouns.

—Todo eso está muy bien, Betzy, pero, ¿cómo lograréis salir?

—¡Oh! muy fácilmente, como vais a ver.

—Explicaos.

—Ya sabéis que hay en Londres una sociedad de Señoras piadosas y caritativas, que han tomado el nombre de Damas de las prisiones.

—Sí, dijo lord William con un signo de cabeza.

—No solamente asisten a los reos de muerte, sino que también visitan a los presos que caen enfermos.

—Todos los días vienen aquí, dijo lord William.

—Y van siempre, como sabéis, encubiertas; es decir que llevan sobre la cabeza una especie de capuchón, que les oculta casi todo el rostro.

—En efecto: pero veamos en fin.....

—Una de esas Damas vino ayer a ver a un pobre loco que está muy enfermo. Al atravesar la galería adonde da mi celda, esa señora pasó por mi lado y, mirándome fijamente, me dijo:

—Buenos días, Betzy.

Yo hice un gesto de sorpresa.

—¿Me conocéis pues, señora? la pregunté.

—Sí, vos sois la mujer de Tom.

Y como viese que mi sorpresa aumentaba, añadió:

—Y estáis tan loca como yo.

—Pero, repuse con voz balbuciente, ¿cómo sabéis?......

—Yo he asistido a vuestro marido en Newgate, y me lo ha contado todo.

—¡Ah!

—Desgraciadamente no puedo hacer gran cosa por vos, pero lo que puedo hacer, no titubearé en ejecutarlo.

Yo seguía mirándola con asombro.

—Escuchad, me dijo, supongo que deseáis salir de aquí, ¿no es verdad?

—¡Oh! ya lo creo!... sí, señora.

—Pues bien, yo puedo haceros salir.

—¿Cómo?

—¿No ocupáis sola una celda?

—En efecto.

—Pues bien, a partir de esta noche misma, fingíos enferma: meteos en la cama y rehusad todo alimento.

—Así lo haré, señora.

—Dentro de dos días vendré a veros. Os advierto que no vendré sola; otra de mis hermanas me acompañará. No temáis nada, pues yo me encargo de todo.

Y se alejó en seguida.

—Todo eso, observó lord William, no me explica cómo saldréis de aquí.

—Yo lo adivino, milord.

—¡Ah!

—Una de las dos hermanas me prestará su hábito.

—Pero entonces, ella quedará en vuestro lugar.

—Sin duda.

—¿Y cómo saldrá ella a su vez?

—Dándose a conocer probablemente.

—Pero de ese modo va a comprometer gravemente a la sociedad de Damas a que pertenece.

Betzy se encogió de hombros, como si quisiese indicar que, en el fondo, lo que le importaba era verse libre; y volviéndose a Edward Cokeries, le preguntó:

—Y ahora, decidme, ¿dónde está ese papel?

—Escuchad, respondió el curial, yo vivo en Old-Grand-Lane.

—Muy bien, dijo Betzy.

—En el cuarto tercero de la casa señalada con el número 7.—Diréis a mi mujer que vais de mi parte, y si no quiere creeros le entregaréis este anillo.

Y Edward Cokeries se sacó del dedo un anillo de oro y lo dio a Betzy.

—¿Y qué la diré después? preguntó esta.

—Que vais a buscar unos papeles y que sabéis dónde se hallan.

—¡Cómo!

—Ya veréis. Nuestra reducida habitación es bien miserable, prosiguió Edward Cokeries; los muebles son en ella raros; y sin embargo, hay sobre la chimenea de nuestro dormitorio un busto de yeso del duque de Wellington.....

—Bueno.

—Ese busto está hueco, como podéis imaginar.

—¡Ah! ya!... ¿encontraré dentro de él los papeles?

—Sí.

—Está bien, prosiguió Betzy. Vuestra mujer me creerá, y más sobre todo cuando sepa que habéis recobrado la razón.

Después de este conciliábulo, y tan luego como se separó de lord William y de Cokeries, Betzy ejecutó a la letra la primera parte de su programa.

Fingió estar enferma y rehusó la cena aquella noche.

En seguida se acostó muy temprano, y al día siguiente se negó a tomar todo alimento.

Lord William le había entregado su manuscrito,—este diario donde se refiere su lamentable historia,—y ella lo había ocultado bajo su almohada.

Durante dos días Betzy no quiso tomar más que algunas cucharadas de caldo y una poción calmante que el médico le había ordenado, por recetar alguna cosa.

Al tercer día, las Damas de las prisiones llegaron hacia la tarde.

Una de ellas traía un paquete bajo el brazo.

Tan luego como se hallaron solas con Betzy, cerraron la puerta de la celda, echando el cerrojo, y la primera, que era la que había hablado ya con la mujer de Tom, deshizo precipitadamente el paquete.

Este contenía un hábito y un capuchón en todo semejantes a los que llevaba ella misma.

—¡Pronto! pronto! dijo, levantaos y vestios.

Betzy obedeció a toda prisa.

Bedlam es una verdadera Babilonia. Los locos, los vigilantes, los enfermeros y los médicos, van, vienen y se cruzan en el dédalo de corredores de aquel vasto edificio.

Dos Damas de las prisiones habían entrado sin llamar apenas la atención en la celda de Betzy, y salieron tres de ella sin que nadie lo advirtiese.

—Seguídme, dijo entonces la misteriosa libertadora de Betzy.

La otra Dama se separó de ellas en los corredores, y se fue sola por otro camino.

Betzy y su protectora tomaron por una estrecha galería, descendieron al primer piso y de allí al piso bajo, atravesaron veinte salas diferentes y llegaron en fin a la puerta.

El portero principal les abrió y las saludó respetuosamente al paso.

Tan luego como se hallaron en la calle, la Dama de las prisiones se detuvo y puso un bolsillo en manos de Betzy.

—Ahora, ya estáis libre, la dijo. A Dios.......

Betzy la tomó la mano y la suplicó encarecidamente que la dijera su nombre.

La Dama se negó a ello.

—A Dios, repitió.

Y se alejó rápidamente.

Betzy no perdió un solo minuto.

Antes de buscar un lugar oculto donde alojarse, ni tomar otras medidas de seguridad personal, revestida como estaba con el hábito de Dama de las prisiones, se dirigió en seguida a la casa indicada por el curial en Old-Grand-Lane.

Allí encontró en efecto a la mujer de Edward Cokeries, la cual, apenas vio el anillo de su marido, se apresuró a entregarle los papeles escondidos en el interior del busto.

Entonces Betzy se volvió a Adam street y tomó su traje ordinario.

Allí esperó el día siguiente con impaciencia, y tan luego como oyó las nueve de la mañana, corrió a la calle de Pater-Noster, al gabinete del sucesor de Mr. Simouns.

La pobre mujer esperaba ser recibida cordialmente.

Pero no fue así.

—Mistress Betzy, la dijo el joven solícitor, desde la última vez que nos hemos visto han cambiado las circunstancias.

—¿Qué queréis decir? preguntó Betzy con extrañeza.

—En primer lugar, vuestro marido ha asesinado a lord Evandale.

—Un infame de menos, dijo Betzy.

—De acuerdo. Pero ahora tendríamos que luchar con enemigos mucho más temibles que lord Evandale.

—¿Quiénes son esos enemigos?

—La Sociedad de las Misiones extranjeras.

—¿Y qué?

—No hay que chocar con semejantes gentes.

—¿Por qué razón?

—Porque nos romperían como vidrio.

Y el joven solícitor, bajando la voz añadió:

—Voy a daros un buen consejo. Si queréis salvar a vuestro marido de la suerte que le aguarda, id a entregar esos papeles a lady Pembleton. Tal vez, al veros desarmada, solicitará la gracia de Tom.

Y con esto el joven solícitor despidió a Betzy.

Esta salió de allí con la muerte en el alma.

—¡Oh! murmuraba para sí, esos miserables podrán hacer morir a mi pobre Tom, pero no me arrancarán las pruebas de la infamia de lord Evandale. Tal vez un día se encontrará un hombre fuerte y animoso que tomará a su cargo la causa de los oprimidos y declarará una guerra sin tregua a los opresores.

Y Betzy pensó entonces en ocultar aquellos papeles de tal modo, que los amigos y secuaces de lady Pembleton no pudiesen encontrarlos.

diario de un loco de bedlam.

En Londres, como ya hemos visto, se vive mucho de noche.

Así no es de extrañar que Betzy se retirase con frecuencia después de las doce, a su humilde morada de Adam street.

Muchas veces también, al pasar a hora desusada por delante de Rothnite-Church, le había parecido ver agitarse algunas sombras en el cementerio que rodea la capilla.

Betzy no era supersticiosa, y no creía en fantasmas ni aparecidos: por lo tanto adivinó desde luego que, si había algún misterio, no era sobrenatural, y que las sombras que allí se deslizaban entre las tumbas, no eran duendes ni trasgos, ni almas en pena saliendo de sus sepulcros.

Aquellos espíritus errantes eran pues hombres de carne y hueso,—y hombres que llevaban un objeto misterioso al introducirse furtivamente en el cementerio.

Una noche Betzy se había acostado al pie de la verja, y había permanecido allí silenciosa e inmóvil.

La noche era oscura y la niebla muy espesa.

Dos hombres pasaron a su lado sin verla.

Aquellos dos hombres iban hablando en voz baja, pero Betzy oyó parte de su conversación.

—¿Crees no haberte engañado de sepultura? decía uno de ellos.

—No, no, respondió el otro.

—Es que, la verdad, replicó el primero, no sería justo el que nuestro heroico amigo, que durante toda su vida fue un verdadero y ferviente católico, se quedase reposando por más tiempo en una tumba protestante, entre condenados y herejes.

—No hay cuidado, dijo el segundo: ven conmigo, voy a enseñarte su sepultura.

Betzy comprendió que se trataba de una exhumación ilegal; y supo así al mismo tiempo quiénes eran los hombres que se reunían algunas veces a deshora en el cementerio de Rothnite.

Aquellos hombres eran fenians.

Uno de ellos había muerto en el barrio, y lo enterraron de consiguiente en aquel sitio.

Pero sus amigos y correligionarios querían sacar de allí furtivamente sus despojos, para trasportarlos sin duda al cementerio de San Jorge, que es una iglesia católica como todos saben.

Betzy era escocesa, y anglicana por consiguiente.

Y sin embargo, un sentimiento extraño la hacía interesarse en aquella exhumación.

Inmóvil detrás de la reja, y penetrando la niebla con su mirada ardiente, vio abrir la fosa y extraer el cuerpo del fenian:—y solamente cuando aquellos dos hombres se alejaron en fin con su fúnebre fardo, fue cuando Betzy salió de su inmovilidad, y se dirigió lentamente hacia su triste habitación de Adam street.

Pero no pudo dormir en toda la noche, y esperó el día con impaciencia.

Apenas apuntó el alba, Betzy abandonó su buhardilla, se dirigió hacia el templo protestante, y entró en el cementerio.

Los alrededores estaban desiertos aún.

Betzy iba vestida de negro, y cualquiera que la hubiese visto allí a aquella hora, hubiera podido creer que iba a rezar sobre la tumba de alguna persona amada.

Y sin embargo, no era este el motivo que conducía a la Escocesa al cementerio.

Betzy quería ver a la luz del día aquella tumba que no encerraba ya ningún cadáver.

Siguió pues la huella de los pasos que los dos fenians habían dejado sobre la yerba, bastante alta en aquel sitio; y, llegando a la sepultura, que cubría una losa dominada por una cruz de hierro, se arrodilló cerca de ella.

Después, echando a su rededor una rápida y furtiva mirada, se aseguro de que estaba sola y de que nadie podía verla.

Entonces tanteó la losa que cubría la sepultura, y reconoció que podía levantarse fácilmente.

—No vendrán a buscarlos aquí, murmuró.

Betzy, al decir esto, hacía alusión al manuscrito de lord William, y a la declaración del teniente Percy.

Las últimas páginas del manuscrito estaban escritas por una mano diferente.

Lord William, con ayuda de los datos que le suministrara Tom en los últimos tiempos, había relatado detalladamente su historia; y después de su entrevista con Betzy, había añadido la relación de los sucesos que habían tenido lugar después de su encarcelamiento en Bedlam.

Pero luego que tuvo el diario en su posesión, Betzy lo había completado, escribiendo en él los acontecimientos posteriores.

Aquí se detenía elDiario de un loco de Bedlam.

La declaración del teniente Percy y de sus cómplices, se hallaba unida al legajo del manuscrito.

Concluida la lectura, Vanda y Marmouset se consultaron con la mirada.

—¿Y bien? dijo Vanda.

—No sabemos mucho más, pero sabemos bastante, repuso Marmouset.

—Tom ha muerto..... Betzy, muerta también.....

—Sí, pero lord William vive y su familia igualmente.

El abate Samuel no había dicho hasta entonces una palabra.

—Lo que el manuscrito no completa, dijo, vais a saberlo de mi boca.

—¡Ah! exclamó Marmouset volviéndose hacia el abate.

—Hará como cosa de seis meses que Betzy ocultó esos papeles en la tumba vacía donde los habéis encontrado. La existencia miserable de esa desgraciada durante esos seis meses, los últimos ¡ay! de su vida, es la que os voy a referir en breves palabras.

—Decid, decid, exclamó Vanda.

Y así ella, como Marmouset y Shoking se agruparon alrededor del abate Samuel.

Este prosiguió diciendo:

—Betzy había vivido cuidadosamente oculta todo el tiempo que conservó esos papeles en su poder.

La buscaban por todo Londres para volver a encerrarla en Bedlam, y si ella había vuelto a su miserable habitación de Adam street, era precisamente para desorientar a sus perseguidores que no podían suponer, ni aun remotamente, que se hubiera vuelto tranquilamente a su casa.

Durante tres meses la buscaron por todas partes, excepto en Adam street donde se ocultaba.

Betzy no salía más que de noche.

A una hora avanzada recorría los diferentes barrios de Londres, y se hacía prender bajo un nombre supuesto, por delito de embriaguez.

Así lograba pasar las noches en los diversos puestos de policía, y al obrar de este modo, tenía un objeto que perseguía con singular constancia.

Esperaba encontrar en alguna de estas ocasiones a un criminal cualquiera, destinado a ser conducido a Newgate al día siguiente, y al que pudiera encargar la delicada comisión de hacer saber a su marido,—cuya causa seguía lentamente su curso,—que ella tenía en su poder los papeles.

Así fue como encontró al Hombre gris.

Desde el momento en que ese hombre extraordinario se encargó de comunicar con Tom, Betzy se quedó más tranquila.

Tom quedaba advertido y ¿quién sabe si no lograría escaparse?

—¡Ay! interrumpió Vanda, el infeliz ha sido ahorcado.

—Sí, dijo el abate Samuel, pero vosotros continuaréis su empresa.

—Esa empresa es difícil, observó Vanda.

—No por cierto, repuso Marmouset, ¿no tenemos la declaración del teniente Percy y las de sus cómplices?

—Sí, dijo Vanda, pero.....

—¿No tenemos también todo el dinero necesario para seguir el pleito?

—¡Ya lo creo! dijo Shoking, y en la libre Inglaterra se hace con dinero todo lo que se quiere.

—Pero ante todo, repuso el abate Samuel, sería necesario poner a lord William en libertad.

—Y es bien difícil, dijo Vanda.

—Difícil, lo concedo, pero no imposible, replicó Marmouset. Mañana iré a ver al sucesor de Mr. Simouns, y, como dice Shoking, con el dinero se pueden hacer muchas cosas.

—Aun cuando haya que luchar con la Sociedad de Misiones evangélicas, añadió el abate Samuel.

Aquí llegaban de su conversación, cuando una claridad blanquecina penetró en la miserable buharda, y el primer rayo de la luz del día vino a iluminar el pálido rostro de la muerta.....

Vanda y el abate Samuel se pusieron de rodillas, y recitaron el oficio de difuntos.

fin del diario de un loco de bedlam.

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París.—Tip. deGarnierHermanos (Cl.) 41.4.89.

6, RUE DES SAINTS-PÈRES


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