IV

IV

Aunque apenas estuviéramos a principios de marzo el tiempo era magnífico, y hubiera podido decirse que hacía calor, si una brisa encantadora no nos refrescara, trayéndonos, al propio tiempo el acre y vivaz perfume de la mar. La luna clara y brillante levantábase detrás del monte de Cagna, y hubiérase dicho que derramaba cascadas de luz sobre toda la vertiente occidental que separa la Córcega en dos partes y forma en cierto modo de una sola isla dos países diferentes, siempre en guerra o poco menos el uno contra el otro. A medida que subíamos y que las gargantas en que corre el Tavaro se hundían en una noche cuya obscuridad trataba en vano de penetrar la vista, veíamos el Mediterráneo tranquilo, semejante a un bruñido espejo de acero, extenderse en el horizonte. Ciertos ruidos peculiares de la noche, sea porque durante el día desaparecen bajo otros ruidos, sea porque realmente se despiertan con las tinieblas, dejábanse oir entonces y producían—no en Luciano que, acostumbrado a ellos, podía reconocerlos, sino sobre mí, para quien eran extraños,—singulares sensaciones de sorpresa, y mantenían en mi espíritu esa emoción continua que presta mayor interés a todo cuanto se ve.

Cuando llegamos a una especie de pequeña encrucijada en que el camino se dividía en dos, es decir en un camino que parecía rodear la montaña y en un sendero además visible que subía recto por ella, Luciano se detuvo.

—Veamos—dijo,—¿tiene usted piernas de montañés?

—Piernas, sí, pero vista, no.

—¿Es decir que siente usted vértigos?

—Sí, el vacío me atrae irresistiblemente.

—Entonces podemos tomar este sendero que no le presentará precipicios sino simples dificultades de terreno.

—¡Oh! en cuanto a las dificultades del terreno estoy tranquilo.

—Tomemos, pues, el sendero que nos ahorra tres cuartos de hora de camino.

—Tomemos el sendero.

Luciano se internó adelante en un bosquecillo de encinas verdes, y yo le seguí. Diamante caminaba a cincuenta o sesenta pasos de nosotros, registrando el bosque a derecha e izquierda, y volviendo de vez en cuando al sendero, meneando alegremente la cola para anunciarnos que podíamos sin peligro y confiados en su instinto, continuar tranquilamente nuestra marcha. Se veía que como los caballos comodines de los semielegantes, agentes de cambio por la mañana y petimetres a la tarde, que buscan un animal que les sirva al propio tiempo para el tílbury y la silla, Diamante estaba adiestrado para la caza del bípedo y el cuadrúpedo, el bandido y el jabalí.

Para no parecer completamente ignorante de las costumbres corsas, hice esta observación a Luciano.

—Se engaña usted—me contestó,—Diamante caza al propio tiempo animales y hombres, pero los hombres que caza no son bandidos, son la triple raza del gendarme, el soldado de caballería y el voluntario.

—¡Cómo!—exclamé.—¿Diamante es entonces un perro de bandido?

—Usted lo ha dicho. Diamante pertenecía a un Orlandini a quien de vez en cuando enviaba yo al campo pan, pólvora, balas, las diversas cosas que puede necesitar un bandido. Fué muerto por un Colonna, y al día siguiente recibí su perro que, como tenía costumbre de ir a casa, me tomó fácilmente cariño.

—Pero me parece que desde mi cuarto, o desde el de su hermano de usted, mejor dicho, he visto a la cadena un perro que no era Diamante.

—Sí, ése es Brusco; tiene las mismas cualidades que éste, pero me viene de un Colonna muerto por un Orlandini: de esto resulta que cuando voy a visitar a un Colonna tomo a Brusco, y cuando, por el contrario, tengo que ver a un Orlandini, desalo a Diamante. Si se tiene la desgracia de desatar a ambos al mismo tiempo, se hacen pedazos. También—continuó Luciano con risa amarga,—los hombres pueden reconciliarse,hacer las paces, comulgar con la misma hostia, pero los perros no volverán a comer en el mismo plato...

—¡Vaya en gracia!—exclamé riendo a mi vez,—éstos si que son verdaderos perros corsos; pero me parece que Diamante, como todos los corazones modestos, rehuye nuestras alabanzas: desde que hablamos de él no hemos vuelto a verlo.

—¡Oh! no se preocupe usted por eso; sé dónde está.

—¿Dónde, si no es una indiscreción?

—Está en elmucchio.

Iba a hacer una nueva pregunta, a riesgo de fatigar a mi interlocutor, cuando se dejó oir un aullido, tan triste, tan prolongado y tan lamentable que me estremecí y me detuve poniendo la mano en el hombro del joven.

—¿Qué es eso?—pregunté.

—Es Diamante que llora.

—¿Y a quién llora?

—A su amo. ¿Cree usted que los perros son hombres, y que olvidan a los que los han amado?

—¡Ah! ¡comprendo!—exclamé.

Diamante dejó oir un segundo aullido, más prolongado, más triste y más lamentable que el primero.

—Sí—continuó,—su amo ha sido muerto, y nos acercamos al sitio en que le mataron, precisamente, y el perro nos ha abandonado para ir almucchio.

—¿De modo que elmucchioes la tumba?

—Sí, es decir, el monumento que cada uno que pasa va erigiendo sobre la fosa de todo hombre asesinado, arrojando sobre ella una piedra o una rama de árbol. De ahí resulta que en lugar de achatarse como las demás tumbas bajo los pies de ese gran nivelador que se llama el tiempo, la tumba de la víctima va creciendo sin cesar, símbolo de la venganza que debe sobrevivirle y crecer sin tregua en el corazón de sus parientes más próximos.

Sonó un tercer aullido, pero esta vez tan cerca de nosotros que no pude dejar de estremecerme, aunque ya supiese perfectamente su causa.

En efecto, en la curva de un sendero, vi blanquear, a unos veinte pasos de nosotros, un montón de piedras que formaba una pirámide de cuatro o cinco pies de altura. Era elmucchio. Diamante estaba sentado al pie de aquel extraño monumento, con el cuello tendido y la boca abierta.

Luciano recogió una piedra, y quitándose el gorro, se acercó almucchio.

Hice lo mismo, imitándole en todo.

Cuando llegó junto a la pirámide rompió una rama de encina, arrojó primero la piedra y en seguida la rama; luego hizo con el pulgar la rápida señal de la cruz, costumbre corsa, si las hay, que se le escapaba al mismo Napoleón en ciertas circunstancias terribles.

Yo repetí todas sus acciones.

En seguida volvimos a ponernos en camino, pensativos y silenciosos. Diamante se quedó detrás.

Habrían pasado unos diez minutos cuando oímos un postrer aullido, y casi al mismo tiempo con la cabeza baja y la cola entre las piernas Diamante pasó junto a nosotros, avanzó un centenar de pasos, y volvió a su papel de explorador.

Seguíamos avanzando, entretanto, y como me lo advirtiera Luciano, el sendero iba haciéndose cada vez más escarpado. Me colgué la escopeta, pues vi que pronto iba a necesitar de mis dos manos. En cuanto a mi guía, continuaba caminando con la misma soltura, y no parecía notar las dificultades del terreno.

Después de trepar durante algunos minutos a través de las rocas, ayudándonos con las lianas y las raíces, llegamos a una especie de plataforma dominada por algunas murallas en ruinas. Esas ruinas eran las del castillo de Vicentello d’Istria, y allí terminaba nuestro viaje. Al cabo de cinco minutos habíamos terminado otra escarpada más difícil y áspera que la primera. Luciano, que había llegado a la última plataforma, me tendió la mano y me ayudó a subir junto a él.

—¡Vaya, vaya!—exclamó,—no lo hace usted tan mal, para ser parisiense.

—Consiste—le contesté,—en que el parisiense a quien acaba usted de ayudar a hacer el último salto, ha hecho ya varias excursiones de este género.

—Sí—dijo Luciano riendo,—¿no tienen ustedes cerca de París una montaña que se llama Montmartre?

—Sí, pero además de Montmartre, de la que ni me avergüenzo, he trepado también otras montañas, que se llaman el Righi, el Faulhorn, el Gemni, el Vesubio, el Stromboli, el Etna.

—¡Oh! pues ahora le toca a usted tenerme en menos, porque jamás he subido a otra que el Monte Rotondo. Seacomo sea, ya hemos llegado; hace cuatro siglos, mis antepasados le hubiesen abierto a usted las puertas diciéndole: «Sed el bienvenido a nuestro castillo». Hoy, el descendiente le muestra a usted esta brecha y le dice: «Sea usted el bienvenido a nuestras ruinas».

—¿Este castillo ha pertenecido a su familia de usted después de la muerte de Vicentello d’Istria?—le pregunté reanudando la conversación en el punto en que la habíamos dejado.

—No; sino antes de su nacimiento: era entonces la morada de una de mis antepasadas, la famosa Savilia, viuda de Luciano de Franchi.

—¿No se lee en Philippini una terrible historia sobre esa mujer?

—Sí, si fuese de día podría usted ver todavía, desde aquí, las ruinas del castillo de Valle; allí habitaba el señor de Giudice, tan odiado como amada era ella, tan feo como ella hermosa. Él se enamoró, y como Savilia no se apresuraba a corresponder a ese amor de acuerdo con sus deseos, la hizo advertir de que, si no se resolvía a aceptarle por esposo en un plazo dado, sabría apoderarse de ella por la fuerza. Savilia fingió que cedía, e invitó a Giudice a que fuera a comer con ella. Giudice, loco de contento, olvidando que no había arribado a aquel halagüeño resultado sino por medio de amenazas, fué a la cita, acompañado por unos pocos servidores solamente. Cerróse la puerta tras ellos, y cinco minutos después, Giudice, prisionero, era encerrado en un calabozo.

Pasé por el camino indicado, y me encontré en una especie de patio cuadrado. A través de las aberturas excavadas por el tiempo, la luna tendía sobre el suelo sembrado de escombros, grandes manchas de luz. Todo el resto del terreno permanecía en la sombra que proyectaban los muros todavía en pie.

Luciano sacó el reloj.

—¡Ah!—dijo,—hemos llegado veinte minutos antes; sentémonos; debe usted estar cansado.

Nos sentamos, o mejor dicho, nos acostamos en un declive cubierto de césped frente a la gran brecha.

—Pero me parece que ésa no es la historia completa—dije.

—No—continuó Luciano;—porque todas las mañanas, y todas las tardes Savilia bajaba al calabozo en que estaba encerrado Giudice, y allí, separado de él por una simplereja, se desnudaba, y mostrándose desnuda al cautivo: «Giudice—le decía,—¿cómo es que un hombre tan feo como tú, ha podido creer nunca que poseería todo esto?» Este suplicio duró tres meses, renovándose dos veces al día. Pero, al cabo de esos tres meses, gracias a una criada a quien compró, Giudice logró escapar. Volvió entonces con sus vasallos, mucho más numerosos que los de Savilia, tomó el castillo por asalto, y apoderándose a su vez de Savilia la expuso desnuda, en una jaula de hierro, en una encrucijada del bosque llamada Bocca di Cilaccia, ofreciendo él mismo la llave de esa jaula a todos los que, al pasar, se sentían tentados por aquella belleza: al cabo de tres días de esta prostitución pública Savilia murió...

—¡Caramba!—exclamé,—parece que sus antepasados no entendían del todo mal la venganza, y que sus descendientes han degenerado un poco cuando se limitan a matarse de un tiro o de una puñalada...

—Sin añadir que van a acabar por no matarse de ninguna manera. Pero, por lo menos—agregó el joven,—las cosas no han pasado así en esta familia. Los dos hijos de Savilia, que estaban en Ajaccio, bajo la tutela de su tío, fueron educados como verdaderos corsos y continuaron haciendo la guerra a los hijos de Giudice. Esa guerra ha durado cuatro siglos, y como usted puede haberlo visto, en las carabinas de mi padre y de mi madre, no terminó hasta el 21 de septiembre de 1819 a las once de la mañana.

—En efecto, recuerdo esa inscripción, cuya explicación no tuve tiempo de pedirle, a usted, pues acababa de leerla cuando nos llamaron a la mesa.

—Hela aquí: En 1819 sólo quedaban dos hermanos de la familia Giudice; de la de los de Franchi no existía más que mi padre, que se había casado con una prima.

Tres meses después de este casamiento, los Giudice resolvieron acabar de un golpe con los nuestros. Uno de los hermanos se emboscó en el camino de Olmeto para aguardar a mi padre que volvía de Sartène, mientras que el otro, aprovechando esa ausencia, debía asaltar nuestra casa. El plan se ejecutó, pero acabó de una manera que no aguardaban los agresores. Mi padre, avisado, se puso en guardia; mi madre, advertida también, reunió a sus pastores, de modo que en el momento del doble ataque ambos estaban a la defensiva: mi padre en la montaña, mi madre en su propio cuarto... Al cabo de cinco minutos de combate los dos hermanosGiudice caían, el uno herido por mi padre, el otro por mi madre. Viendo caer a su enemigo mi padre sacó el reloj: ¡eran las once! Viendo caer a su adversario, mi madre miró el reloj de su cuarto: ¡eran las once! Todo estaba terminado en el mismo minuto: ya no había Giudice, la raza quedaba destruída. La familia de Franchi, victoriosa, quedó desde entonces tranquila, y como había realizado dignamente su obra durante esa guerra de cuatro siglos, ya no se mezcló en nada; pero mi padre hizo grabar la fecha y la hora de aquel extraño acontecimiento en la culata de las carabinas y las colgó a ambos lados del reloj, donde usted las ha visto. Siete meses después mi madre dió a luz dos gemelos, uno de los cuales es un servidor de usted, el corso Luciano, y el otro el filántropo Luis, su hermano.

En ese mismo instante, y en uno de los trozos de terreno iluminados por la luna, vi proyectarse la sombra de un hombre y un perro.

Era la del bandido Orlandini, y la de nuestro amigo Diamante.

El reloj de Sollecaro daba lentamente las nueve.

Mas ese Orlandini era, según se ve, de la misma opinión de Luis XV, que tenía por máxima, como se sabe, que la puntualidad es la cortesía de los reyes.

Era imposible ser más puntual que aquel rey de la montaña, a quien Luciano había dado cita a las nueve en punto. Al verle, ambos nos pusimos en pie.


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