X
Contra lo acostumbrado en esta clase de asuntos, el duelo hizo poco ruido. Los mismos periódicos, retumbantes y desafinadas trompetas de la publicidad, callaron. Sólo algunos amigos íntimos acompañaron el cuerpo del desgraciado joven al cementerio de Père-Lachaise. Pero, por mucho que se le instara, el de Chateau-Renaud no quiso salir de París.
Pensé por un momento hacer seguir la carta de Luis a su familia con una mía; pero, aunque el fin fuera excelente, aquella mentira respecto de la muerte de un hijo y de un hermano me repugnaba; hallábame seguro de que el mismo Luis había combatido mucho, antes de decidirse, y que para ello había sido necesario toda la importancia de las razones que me dió.
A riesgo de pasar, pues, por indiferente e ingrato, guardé silencio, convencido de que el barón Giordano había hecho lo mismo. Cinco días después del acontecimiento, a eso de las once de la noche, hallábame trabajando en mi escritorio, al lado del fuego, solo, y con una disposición de espíritu bastante displicente, cuando entró mi criado, cerró la puerta tras de sí, y con voz bastante agitada me dijo que el señor de Franchi deseaba hablarme.
Me volví y lo miré fijamente: estaba muy pálido.
—¿Qué dice usted, Víctor?—le pregunté.
—¡Ay, señor!—exclamó,—a decir verdad, ni yo mismo lo sé.
—¿De qué señor de Franchi, quiere usted hablar? ¡Veamos!...
—Pues del amigo del señor... del que ha venido ya dos o tres veces...
—¡Está usted loco!... ¿No sabe que hemos tenido la desgracia de perderlo hace cinco días?
—¡Sí, señor, y precisamente por eso estoy tan turbado!... Llamó a la puerta; yo estaba en la antecámara, acudí a abrir, y al verlo retrocedí... Entonces entró: preguntó si el señor estaba en casa; yo me hallaba tan turbado que contesté que sí; en seguida me dijo: «Pues vaya usted a decirle que el señor de Franchi desea hablarle...».
—Usted está loco, no hay duda; la antecámara estaría mal alumbrada, y ha visto mal; estaría dormido, y ha oído mal también. Vuelva y pregúntele su nombre otra vez.
—¡Oh! es completamente inútil, le juro al señor que no me equivoco; he visto y he oído muy bien.
—Pues entonces, hágalo entrar.
Víctor volvió temblando hacia la puerta, la abrió, y sin salir de la habitación, dijo:
—Tenga usted la bondad de pasar.
Al punto oí, a pesar de la alfombra que los amortiguaba, unos pasos que atravesaban el salón y se dirigían a mi bufete. Casi inmediatamente vi aparecer en la puerta al señor de Franchi.
Confieso que mi primer sensación fué de terror; me levanté y di un paso atrás.
—Disculpe usted que le incomode a semejantes horas—me dijo el señor de Franchi,—pero hace diez minutos que he llegado, y ya comprenderá usted que no he querido aguardar hasta mañana para conversar con usted.
—¡Oh, mi querido Luciano!—exclamé corriendo hacia él y estrechándolo entre mis brazos,—¡es usted, conque es usted!
Y, muy a pesar mío, algunas lágrimas se escaparon de mis ojos.
—Sí—contestó.—Soy yo.
Calculé rápidamente el tiempo transcurrido: la carta apenas podía haber llegado, no diré a Sollecaro, sino a Ajaccio.
—¡Ah, Dios mío!—exclamé,—pero usted no puede saber nada todavía.
—Lo sé todo—contestó.
—¿Cómo todo?
—Víctor—dije volviéndome a mi criado, muy poco tranquilo todavía,—déjenos usted, o más bien, vuelva dentro de un cuarto de hora con una bandeja servida; cenará usted conmigo, Luciano, y dormirá aquí, ¿no es cierto?
—Acepto gustoso—me contestó.—No he comido desde Auxerre. Como nadie me conocía, o, mejor dicho, como todos veían en mí a mi pobre hermano, no han querido abrirme en su casa, que acabo de dejar toda convulsionada...
—En efecto, mi querido Luciano, su parecido con Luis es tan grande, que yo mismo me he sorprendido, hace un momento.
—¿Cómo—exclamó Víctor, que aún no había tenido valor para alejarse,—el señor es el hermano...?
—Sí, pero vaya usted y sírvanos.
Víctor salió, dejándonos solos. Tomé a de Franchi de la mano, le hice sentarse en un sillón y me senté a su lado.
—Pero—le dije más sorprendido cada vez,—estaría usted en camino cuando recibió la triste noticia...
—No, me encontraba en Sollecaro.
—¡Imposible! la carta de Luis habrá llegado hoy, cuando mucho.
—Ha olvidado usted la balada de Bürger, mi querido Alejandro: «Los muertos andan ligeros».
Me estremecí.
—¿Qué quiere usted decir? Explíquese usted, porque no le comprendo.
—¿No recuerda usted ya lo que le he contado respecto de las apariciones comunes en nuestra familia?
—¿Ha vuelto usted a ver a su hermano?—exclamé.
—Sí.
—¿Cuándo?
—En la noche del 16 al 17.
—Y le ha contado a usted...
—Todo.
—¿Le ha dicho que había muerto?
—Me dijo que había sido muerto; ¡los muertos no mienten!
—¿Le ha dicho a usted cómo?
—En duelo.
—¿Y por quién?
—¡Por el señor de Chateau-Renaud!
—¡No!—exclamé, fuera de mí,—no, usted ha sabido eso de cualquier otra manera, ¿no es verdad? No ¡no puede ser!...
—¿Le parece a usted que estoy en disposición de hacer bromas?
—Perdóneme usted, pero, a la verdad, lo que usted medice es tan extraño, y todo lo que sucede con usted y con su hermano está tan fuera de las leyes de la Naturaleza...
—¿Que no quiere usted creerlo, no es así? ¡Lo comprendo! Pero, mire usted, ahora—agregó entreabriéndose la camisa y mostrándome una marca azulada impresa en su piel, bajo la sexta costilla de la derecha,—¿no creerá usted en esto, tampoco?
—La verdad es—exclamé,—que ése es precisamente el sitio en que fué herido su hermano de usted!
—¿Y la bala salió por aquí, no es cierto?—continuó Luciano, poniendo el dedo sobre el cuadril izquierdo.
—¡Milagroso!—exclamé.
—Y ahora—añadió Luciano,—¿quiere usted que le diga a qué hora murió?
—¡Diga usted!
—A las nueve y diez minutos.
—Vamos, Luciano, cuéntemelo usted todo de un tirón, porque mi espíritu se extravía en este interrogatorio al escuchar sus fantásticas respuestas. Primero un relato...
—¡Dios mío! la cosa no puede ser más sencilla: el día que mataron a mi hermano, yo había salido muy de mañana a caballo a visitar nuestros pastores de cerca de Carboni, cuando en momentos en que, después de mirar la hora ponía el reloj en el bolsillo del chaleco, recibí un golpe tan violento en el costado, que me desmayé. Cuando volví a abrir los ojos me encontré acostado en el suelo, entre los brazos de Orlandini, que me estaba echando agua en la cara. Mi caballo se hallaba a cuatro pasos, y estiraba el hocico hacia mí, soplando y resollando.
—¿Qué es lo que ha pasado?—me preguntó Orlandini.
—¡Dios mío! ni yo mismo lo sé; pero, ¿ha oído usted un tiro?
—No.
—Es que me parece que acabo de recibir un balazo, aquí—y le señalé el sitio en que sentía el dolor.
—En primer lugar—replicó Orlandini,—no ha habido tiro alguno, ni de escopeta ni de pistola; y además, la ropa no está agujereada.
—Entonces—exclamé,—acaban de matar a mi hermano.
—¡Ah!—me dijo entonces,—eso es otra cosa.
Me abrí las ropas y encontré la señal que acabo de mostrarle a usted; pero, en un principio, estaba viva y como sangrienta.
Tan postrado estaba por el doble dolor, moral y físico, que estuve a punto de volver a Sollecaro; pero pensé en mi madre, que no me aguardaba hasta la hora de comer. Era necesario explicarle la razón de aquel repentino regreso, y no tenía razón que darle; por otra parte, no quería, sin estar muy seguro de ello, anunciarle la muerte de mi hermano.
Continué, pues, mi camino, y no volví hasta las seis de la tarde.
Mi pobre madre me recibió como de costumbre; era evidente que nada sospechaba. Apenas terminé de comer, subí a mi habitación.
Al pasar por el pasadizo que usted conoce, el viento apagó la vela. Iba a bajar para encenderla de nuevo, cuando a través de las rendijas de la puerta, vi que en la habitación de mi hermano había luz.
Creí que Griffo tuviera algo que hacer en ese cuarto, o que se hubiese olvidado de apagar la lámpara.
Empujé la puerta: un cirio ardía junto al lecho de mi hermano, y sobre ese lecho, mi mismo hermano estaba tendido, desnudo y ensangrentado.
Confieso que me quedé un instante inmovilizado por el terror. Después me aproximé, lo toqué... Ya estaba helado.
Una bala lo había atravesado en el mismo punto en que yo sintiera el golpe, y algunas gotas de sangre caían de los labios violeta de la herida.
Era evidente para mí que mi hermano había sido muerto.
Caí de rodillas, apoyando la cabeza en la orilla del lecho, y comencé a rezar con los ojos cerrados.
Cuando los volví a abrir me hallaba en la más profunda obscuridad; el cirio se había apagado, y la visión había desaparecido.
Palpé el lecho: estaba vacío.
Me creo tan valiente como otro hombre cualquiera, pero, cuando salí a tientas de la habitación, le confesaré que llevaba los cabellos erizados y la frente cubierta de sudor frío.
Bajé en busca de otra luz. Mi madre me vió y lanzó un grito.
—¿Qué tienes—exclamó,—y por qué estás tan pálido?
—¡Nada!—le contesté, y tomando otra luz subí a mi cuarto.
La vela no se apagó esa vez, y entré en la habitación de mi hermano. Estaba vacía.
El cirio había desaparecido por completo, y los colchones de la cama no tenían huellas de peso alguno.
A pesar de la falta de nuevas pruebas, ya había visto lo bastante para hallarme convencido. Mi hermano había sido muerto a las nueve y diez minutos de la mañana.
Entré en mi cuarto y me acosté.
Como usted comprenderá, pasé mucho tiempo sin poder dormirme; por fin, la fatiga pudo más que la agitación, y el sueño se apoderó de mí.
Entonces todo continuó en la forma de un sueño: Vi la escena tal como había pasado. Vi al hombre que lo mató, y escuché su nombre también: se llama el señor de Chateau-Renaud.
—¡Ay! todo eso es, desgraciadamente, demasiado cierto—dije a mi vez.—Pero, ¿qué viene usted a hacer en París?
—Vengo a matar al que mató a mi hermano.
—¿A matarlo?
—¡Oh! tranquilícese usted, no a estilo corso, detrás de una cerca o por encima de una tapia: no, no, a la moda francesa; con guante blanco, chorrera y puños de encaje.
—¿Y la señora de Franchi sabe que viene usted a París con esa intención?
—Sí.
—¿Y qué le ha dicho a usted, al despedirse?
—Me dió un beso en la frente y me dijo: «Ve». Mi madre es una verdadera corsa.
—¡Y ha venido usted!
—Aquí estoy.
—¡Pero, mientras vivía, su hermano de usted no quería ser vengado!...
—Entonces—dijo Luciano, sonriendo con amargura,—habrá cambiado de modo de pensar después de muerto...
En aquel instante entró el criado llevando la cena: pusímonos a la mesa. Luciano comió como un hombre libre de toda preocupación. Después de cenar le acompañé a su habitación; me dió las gracias, me estrechó la mano, y me deseó buena noche.
Tenía la tranquilidad que, en las almas fuertes, sigue a toda resolución inquebrantable.
Al día siguiente entró en mi cuarto apenas el criado le dijo que yo estaba visible.
—¿Quiere usted acompañarme hasta Vincennes? Es unapiadosa peregrinación que deseo hacer; si no tiene usted tiempo, iré solo.
—¿Cómo solo? ¿y quién le indicará a usted el sitio?
—¡Oh! lo reconoceré perfectamente; ¿no le dije a usted que lo he visto en mi sueño?
Me dió curiosidad de saber hasta dónde llegaría aquella singular intuición.
—Lo acompañaré a usted—dije.
—Bueno, entonces, apróntese usted mientras escribo a Giordano: ¿me permite usted disponer de su criado para que lleve la carta?
—Está a sus órdenes.
—Gracias.
Salió y volvió diez minutos después. Yo había enviado a buscar un cabriolé. Subimos y nos dirigimos a Vincennes.
—Nos acercamos, ¿no es cierto?—dijo Luciano, cuando llegamos a la encrucijada.
—Sí, a los veinte pasos nos hallaremos en el sitio por donde entramos al bosque.
Momentos después:
—¡Aquí está!—dijo el joven, deteniendo el cabriolé.
Era exactamente el sitio.
Luciano se internó en el bosque sin vacilar, y como si lo hubiera visitado cien veces. Fué directamente a la hondonada, y apenas llegó, se orientó un momento. Luego, adelantándose hasta el punto en que había caído su hermano, se inclinó hacia tierra y viendo una mancha rojiza:
—¡Aquí es!—exclamó.
Y bajando lentamente la cabeza besó el césped.
Luego, levantándose con los ojos encendidos, y atravesando la hondonada para llegar al puesto desde donde había tirado Chateau-Renaud.
—¡Aquí—exclamó,—aquí lo verá usted tendido, mañana!
—¡Cómo!—le dije.—¿Mañana?
—Sí, o es un cobarde, o mañana me dará el desquite aquí mismo.
—¡Pero, mi querido Luciano!—exclamé,—ya sabe usted que un duelo no puede acarrear más consecuencias que las naturales de ese duelo. El señor Chateau-Renaud se ha batido con su hermano de usted, a quien había provocado, pero no tiene nada que hacer con usted.
—¡Ah, de veras! ¡conque el señor de Chateau-Renaud hatenido derecho de provocar a mi hermano porque éste ofrecía su apoyo a una mujer a quien acababa de engañar traidoramente, y según dice usted, tenía derecho de provocarlo! ¡El señor de Chateau-Renaud ha muerto a mi hermano que jamás había tocado una pistola; lo ha muerto con tanta seguridad como si hubiera hecho fuego sobre ese cervatillo que nos está mirando! ¿Y yo no tengo derecho de provocar al señor de Chateau-Renaud?... ¡Vamos, hombre!
Bajé la cabeza sin contestar.
—Por otra parte—agregó,—usted nada tiene que hacer en todo esto. Tranquilícese usted: he escrito a Giordano, y cuando volvamos a París ya estará todo arreglado. ¿Cree usted que el señor de Chateau-Renaud rechazará mi proposición?
—Desgraciadamente, el señor de Chateau-Renaud tiene una reputación de valor que no permite abrigar la menor duda a ese respecto.
—Entonces, todo anda a las mil maravillas...—dijo Luciano.—Vámonos a almorzar.
Volvimos a la alameda y subimos al cabriolé.
—Cochero—dije,—a la calle Rívoli.
—No, no—replicó Luciano,—yo me lo llevo a almorzar... Cochero, al café de París. ¿No almorzaba mi hermano generalmente allí?
—Así me parece.
—Por otra parte, allí he dado cita a Giordano.
—Entonces, al café de París.
Media hora más tarde nos deteníamos a la puerta del restaurant.
La entrada del joven fué una nueva prueba del singular parecido que con su hermano tenía. El rumor de la muerte de Luis habíase esparcido, aunque no con todos sus detalles; pero se había divulgado, al fin, y la aparición de Luciano pareció dejar estupefacto a todo el mundo.
Pedí un gabinete particular, previendo lo que tendría que decirnos el barón Giordano.
Nos dieron el del fondo. Luciano se puso a leer los diarios con una sangre fría que parecía rayana de la insensibilidad. Estábamos a la mitad del almuerzo cuando entró Giordano.
Los jóvenes no se habían visto desde hacía cuatro o cinco años; sin embargo, toda su manifestación de amistad se redujo a un efusivo apretón de manos.
—¡En fin! todo queda arreglado—dijo Giordano.
—¿El señor de Chateau-Renaud acepta?
—Sí, pero con la condición de que, después de usted, se le dejará tranquilo.
—¡Ah, que no tenga cuidado por eso! Soy el último de los Franchi. ¿Lo ha visto usted a él personalmente, o a sus testigos?
—A él mismo. Se ha encargado de avisar a los señores de Boissy y de Chateaugrand. En cuanto a armas, hora y sitio, son los mismos.
—Perfectamente... Siéntese usted, y almuerce.
El barón se sentó, y comenzaron a hablar de otras cosas.
Después de almorzar, Luciano nos rogó que lo hiciéramos reconocer por el comisario de policía que había puesto los sellos; y por el propietario de la casa que habitara su hermano: quería pasar en el mismo cuarto de Luis la noche que lo separaba de la venganza.
Estas diligencias nos ocuparon gran parte del día, y Luciano no pudo entrar en las habitaciones de Luis hasta después de las cinco de la tarde.
Lo dejamos solo. Los grandes dolores tienen su pudor y es necesario respetarlo.
Luciano nos dió cita para el día siguiente a las ocho de la mañana, rogándome que llevara las mismas pistolas, y que las comprase si se vendían.
Dirigíme en seguida a casa de Devisme, y cerramos el negocio por seiscientos francos.
Al día siguiente, a las ocho menos cuarto, me presentaba en casa de Luciano.
Cuando entré ocupaba el mismo asiento y escribía en la misma mesa en que vi al hermano escribiendo también.
Tenía la sonrisa en los labios, aunque estuviera muy pálido.
—Buenos días—me dijo,—estoy escribiendo a mi madre.
—Espero que le anunciará usted una noticia menos dolorosa que la que, hace ocho días, le anunciaba su hermano...
—Le anuncio que puede rezar tranquilamente por su hijo, y que éste está vengado.
—¿Cómo puede usted hablar con esa seguridad?
—¿Mi hermano no le anunció a usted su propia muerte? Pues yo, ahora, le anuncio la del señor Chateau-Renaud. Mire usted—agregó levantándose y poniéndose el dedo en la sien,—le introduciré la bala por aquí.
—¿Y usted?
—No me tocará siquiera.
—Pero aguarde usted, por lo menos, hasta la terminación del duelo, para enviar esa carta...
—Es completamente inútil.
Llamó y apareció un criado.
—José—dijo,—lleve usted esta carta al correo.
—Pero, ¿ha vuelto usted a ver a su hermano?—exclamé.
—Sí.
¡Extraños duelos aquéllos, en cada uno de los cuales uno de los adversarios estaba condenado de antemano!...
Giordano llegó en ese momento.
Eran ya las ocho. Salimos.
Luciano tenía tanta prisa por llegar y hostigó tanto al cochero que, diez minutos antes de la hora convenida, estábamos ya en el punto de reunión. Nuestros adversarios llegaron a las nueve en punto. Los tres iban a caballo, seguidos de un criado, a caballo también. El señor de Chateau-Renaud tenía la mano en la abertura de la levita, y por un momento creí que llevaba la mano en cabestrillo.
Desmontaron a veinte pasos de nosotros, entregando al lacayo las riendas de sus caballos.
El señor de Chateau-Renaud se quedó atrás, pero, sin embargo, dirigió una mirada a Luciano; por muy alejados que estuviéramos, le vi palidecer. Se volvió, y con el latiguillo que llevaba en la mano izquierda se entretuvo en cortar las florecillas que brotaban entre el césped.
—Henos aquí, señores—dijo Chateaugrand.—Pero ya saben ustedes nuestra condición: este duelo será el último, y cualquiera que sea su desenlace, el señor de Chateau-Renaud no tendrá que responder a nadie de su doble resultado.
—Así está convenido—contestamos.
Luciano se inclinó en señal de asentimiento.
—¿Han traído ustedes las armas, señores?—preguntó el vizconde de Chateaugrand.
—Sí, las mismas.
—Seguramente, el señor de Franchi no las conoce...
—Mucho menos que el señor de Chateau-Renaud, quien ya se ha servido una vez de ellas. El señor de Franchi no las ha visto todavía.
—Perfectamente, caballeros. Ven, Chateau-Renaud.
Inmediatamente nos internamos en el bosque sin pronunciaruna palabra más: apenas repuestos de la escena cuyo teatro íbamos a volver a ver, todos sentíamos que iba a pasar algo no menos terrible.
Llegamos a la hondonada.
El señor de Chateau-Renaud, merced a una gran fuerza de voluntad y a un gran dominio de sí mismo, parecía tranquilo; pero los que lo habíamos visto en los dos encuentros podíamos apreciar la diferencia.
De tiempo en tiempo dirigía al soslayo una mirada a Luciano, y esa mirada reflejaba una inquietud muy semejante al espanto. Quizá lo preocupara el gran parecido de los hermanos, y creyera ver en Luciano la misma sombra de Luis...
Mientras se cargaban las pistolas vi que, por fin, sacaba la mano de la abertura de la levita; la llevaba envuelta en un lienzo húmedo para tranquilizar sus movimientos febriles.
Luciano aguardaba con la mirada tranquila y firme, como seguro de la venganza.
Sin que se le enseñara su sitio fué a tomar el que ocupara su hermano, lo que, naturalmente, obligó a Chateau-Renaud a volver al que ya había sido el suyo.
Luciano recibió su arma con una sonrisa de alegría. El señor de Chateau-Renaud, al tomar la suya, de pálido que estaba se puso lívido. Luego se pasó la mano entre el cuello y la corbata, como si éste lo sofocara.
Puede imaginarse el sentimiento de terror involuntario con que miraba yo a aquel joven, buen mozo, rico, elegante, que la víspera por la mañana creía tener largos años de vida y que, en aquel momento, con la frente cubierta de sudor, con el corazón oprimido por la angustia, se veía condenado a muerte...
—¿Están ustedes prontos?
—Sí—contestó Luciano.
El señor de Chateau-Renaud hizo una señal afirmativa.
Yo miré hacia otro lado.
Oí las dos palabras sucesivas, y a la tercera la detonación de las pistolas.
Me volví. El señor de Chateau-Renaud estaba tendido en el suelo, muerto instantáneamente, sin haber podido exhalar un suspiro, sin haber podido hacer un movimiento.
Me acerqué a él, impulsado por la invencible curiosidad que nos lleva a seguir hasta el fin una catástrofe: labala le había penetrado por la sien, por el mismo sitio que me había señalado Luciano.
Corrí hacia éste; se había quedado tranquilo e inmóvil; pero, al verme cerca de él, dejó caer la pistola y se arrojó en mis brazos.
—¡Oh! mi pobre, mi pobre hermano—exclamó rompiendo en sollozos.
Eran las primeras lágrimas que derramaba por la muerte de Luis.
FIN