Sí, era innegable que Montánchez le había traicionado con el pensamiento, y el que las imagina las hace, no bien la ocasión se presenta; ¡y si aquella ocasión fatal hubiese llegado!...
Sandoval quedó estupefacto ante su descubrimiento, pues ya imaginaba que el criminal estaba descubierto y que sólo faltaba castigarle. Levantóse cautelosamente del sillón y, apartando la sábana y las mantas, examinó nuevamente los brazos de Consuelo a la luz del quinqué: las señales moradas habían disminuído mucho, pero aún se distinguían perfectamente; y tan grande, tan íntima era ya la convicción de Alfonso, que creyó reconocer en ellas las manos y los dedos de Montánchez.
—Sí, es él—exclamó a media voz—; ¿por qué buscar sofismas que le disculpen? Aquí ha ocurrido una escena horrible; en ausencia mía la ha fascinado, arrojándome a la cara un estigma que nadie puede borrar...
El crimen adquiría a los ojos de Sandoval proporciones tan gigantescas, que la magnitud de su venganza no le cabía en la frente. Levantóse desesperado y abrió con estrépito las hojas de la ventana; eran cerca de las siete de la mañana y la rojiza luz del quinqué palideció bajo la claridad diurna. El tiempo era hermoso, por la calle discurríanalgunos barrenderos con sus escobas al hombro, en la Puerta del Sol había un grupo de desarrapados junto a un puesto de café.
—Pero necesito una prueba—murmuró Sandoval—, una sola, porque de lo contrario no sabré acusarle... Cuando venga le recibiré secamente, como nunca; a él le sorprenderá mi conducta, y como a los criminales los dedos les parecen agentes de policía, dirá: “Éste ya sabe algo”. Y como es de los templados, se pondrá fosco.—¿Por qué estás así?—Porque eres un canalla, Gabriel.—¿Yo?—Tú, sí; abusaste de Consuelo y voy a arrancarte las entrañas... no lo niegues, ten agallas para confesar tu crimen, cobarde ladrón... Atrévete, tú que has realizado tantas proezas, que has hecho correr a tantos... ven a mí, quiero reñir contigo en un cuarto cerrado, como pelean los hombres de verdad, no los fantoches de novela... Y él se encrespará furioso y se arrojará sobre mí, y entonces... ¡me le como a mordidas, le despedazo!... Le saco los riñones y se los pateo; le trituro, le reduzco los huesos a polvo, me baño en su sangre... ¡Toma, charrán, miserable, villano, bandido, toma!...
Comenzó a dar puntapiés, presa de terrible cólera; los muebles caían al suelo.
—¿Qué habías creído, bellacón—prosiguió—, que yo no era capaz de vengar tamaño agravio?... Toma, en las tripas, ¡pum! en la cabeza... ¡así! ven acá, levántate, ya te dejo, acércate,acércate más... Parece que mi cabeza va a dar un estallido... ¡Qué martilleo, estoy atontado!... ¿Y si fuera inocente, o tan hipócrita que negase a pies juntillas el mal que ha hecho? ¿Cómo la emprendo a bofetadas con quien jura ser mi mejor amigo?... ¿Y si con sus razones consigue calmarme y mientras yo me sosiego el indecente se ríe por dentro de mi credulidad?... ¿Qué hago yo entonces?... Por eso necesito una prueba de esas que se ven y se tocan... que son irrecusables... y con un testigo así ya no dudaré aunque él me aseverase lo contrario de rodillas. Señor, ¿por qué no habla Consuelo, por qué ese espejo no conserva la imagen de lo que aquí sucedió aquella tarde maldita?...
Acercóse a la chimenea y oprimió un timbre; la doncella se presentó.
—Ten—dijo Alfonso entregándola una tarjeta en donde había escrito algunas palabras—, ve corriendo a casa del señor Montánchez y entrégale esto. Vuelve pronto.
Cuando la muchacha llegó al domicilio del médico, éste se disponía a meterse en la cama.
Montánchez cogió la tarjeta y leyó:
“Gabriel: Necesito verte en seguida; ven”.
Montánchez estrujó el cartoncillo entre sus dedos y empezó a pasear por su despacho con la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos echados atrás, sin acordarse de que la mujer que tenía delante esperaba una contestación.
—¿Qué hora es?—preguntó.
—Las siete y media.
—¿De la mañana o de la noche?
—¡De la mañana!—replicó la doncella estupefacta.
Hubo una pausa.
—Bueno; dile a don Alfonso que iré después de la una...
En el transcurso de aquel mes Gabriel Montánchez había tenido tiempo suficiente para examinar su situación y el curso probable de los acontecimientos. Al principio creyó que todo estaba irremisiblemente perdido, pues lo más fácil era que Consuelo, en un momento de locura o de debilidad, se lo dijese todo a Sandoval, y resolvió permanecer alejado del teatro de los sucesos, esperando el desenlace de aquel drama cuyas últimas páginas iban necesariamente a mancharse de sangre; pero cuando vió que todo continuaba tranquilo y que Consuelo Mendoza se moría poco a poco y sin hablar, recobró su aplomo.
Montánchez se había engañado respecto de sí mismo una vez más, pues tomando por verdadera pasión lo que sólo fué un arrebato de su sensualidad, creyó que el amor hacia Consuelo era el mayor cariño de su vida; pero cuando satisfizo aquel deseo, la indiferencia consiguiente a la posesión le demostró que su corazón estaba frío y que la cabeza era demasiado dueña de sí para consentirle nuevas locuras, y lo único que deplorófué haberse expuesto tanto por lo que le interesaba tan de soslayo.
—Si Consuelo muere—pensó Montánchez disponiéndose a dormir—, el conflicto queda resuelto, pues los difuntos no hablan; si vive, procuraré estar a su lado todo el tiempo posible para sujetar su lengua.
A la hora indicada llegó el médico a casa de Sandoval. Éste le recibió en el gabinete; estaba un poco pálido por las cavilaciones y las noches de insomnio.
Gabriel se sentó en una butaca junto a la chimenea.
—¿Y Consuelo?—preguntó.
—Peor que nunca—repuso Alfonso secamente—; ninguno de los médicos que la han reconocido sabe decirme qué tiene; parece hechizada.
—Pues yo no pensaba venir—dijo Gabriel poniendo indolentemente una pierna sobre otra y apoyando sus manos cruzadas sobre la rodilla cabalgadora—, pero me has enviado un mensaje tan despótico que más bien parece un cartel de desafío, y en la duda he venido, ignorando ciertamente si me quieres para pedirme consejo o para reñir.
Sandoval miró a su interlocutor de hito en hito, y Montánchez sostuvo la mirada con perfecta tranquilidad, sonriente, como si no comprendiera que los ojos de su amigo querían leer su pensamiento.
—Te he llamado—dijo Alfonso—para ambas cosas; para pedirte consejos... y para reñir contigo si te negabas a dármelos.
—Pero, ¿a muerte?
—A muerte; como riñen los hombres.
—Veo que la enfermedad de Consuelo—repuso Montánchez burlesco—te ha avinagrado el carácter y haces mal en ponerte así, porque la dolencia de tu mujer no es grave; si enviudaras serías un viudo intratable, un traidor de melodrama.
—Gabriel—interrumpió Sandoval levantándose—, no te llamé para pasar un rato riendo, sino para discutir seriamente: quiero que cures a Consuelo; lo quiero y la curarás... porque eres el único hombre que puede curarla.
—Gracias.
—¿La curarás?
—Haré lo posible—repuso Montánchez fríamente—; vamos a verla.
Entraron en la alcoba.
—Ahí la tienes—dijo Alfonso señalando a la joven que parecía dormir—; así está desde hace un mes, desde la tarde del ciclón... ¿recuerdas aquella tarde?
—Perfectamente.
—¿Cuánto tiempo hará?
—Eso que has dicho; un mes.
—¿Nos vimos aquella tarde en el casino?
—No.
—¿Dónde estuviste?
—¿Te importa saberlo?
Sandoval miró al médico fijamente, no sabiendo si atribuir la ingenuidad de sus respuestas a su inocencia o a su descaro; pero la escasa luz que atravesaba los visillos de la ventana le impidió ver la expresión impasible de Gabriel.
—Pues bien, cúrala tú, que sabes el origen de su enfermedad.
—Lo supongo, pero puedo equivocarme.
—No, Gabriel; tú no lo supones, tú lo sabes...
—Te engañas.
—¡Mentira! Tú lo sabes... por consiguiente no caminas a ciegas.
Montánchez no respondió y se acercó a la enferma. Inmediatamente los ojos de Consuelo, cual si hubiesen adivinado la mirada del médico, empezaron a parpadear y después todo su cuerpo vibró con un temblor nervioso: entonces Montánchez la cogió una mano y ella, como si acabase de recibir la descarga de una máquina eléctrica, despertó súbitamente lanzando un grito. Al fijarse en el médico sus ojos, expresaron un terror supremo; abrió la boca y sin poder articular palabra ninguna se desvaneció.
Cuando la intensidad del ataque hubo pasado, Gabriel se levantó para marcharse.
—La enfermedad—dijo—reviste los caracteres de costumbre, y por tanto no desconfío de poder curarla: todos los días vendré y lucharé hasta elfin; en el poder de la sugestión fundo mis esperanzas.
Montánchez tenía demasiado mundo para no comprender lo que en el ánimo de su amigo sucedía: el lenguaje lacónico y duro empleado por Sandoval para llamarle, la sequedad de su recibimiento y el marcado retintín con que pronunció ciertas palabras, le revelaron que sospechaba la traición de que había sido víctima.
Otras razones no menos poderosas concurrieron a corroborar su pensamiento; al acercarse al lecho de Consuelo para pulsarla, vió que los brazos de la joven estaban señalados en ciertos sitios por dos manojitos de manchas negras, y supuso cuerdamente que aquellas señales pusieron a Sandoval sobre la pista del crimen: lo que Alfonso ignoraba era el nombre del criminal y esta ignorancia fué la que Montánchez quiso prolongar indefinidamente, aun cuando la empresa durase años.
Después que pasó el ataque nervioso motivado por la visita del médico, Consuelo se incorporó en la cama y con un aplomo que sorprendió a Sandoval:
—Alfonso—dijo posando sobre su marido una mirada llena de dolor—, ¿Montánchez va a volver?
—Sí, hermosa, le he llamado para que te cure, porque los otros médicos son unos burros que no ven más allá de sus narices.
—¡Ah!... ¿Tú le llamaste?
—Sí, porque él no quería venir, temiendo que su presencia te impresionase desagradablemente.
La miró procurando sorprender el efecto que en ella causaban estas palabras; pero Consuelo, que parecía sumida en graves cavilaciones, se pasó la mano por la frente y repuso con la impasibilidad de un sonámbulo:
—¡Qué fatalidad!... ¡Tú, siempre tú!
—¿Por qué dices eso?
—Porque yo no quería verle; ya sabes que siempre me fué antipático, pero hoy me es más repulsivo que nunca... ahora, por tanto, necesito, más que nunca, vivir lejos de él... Si yo estuviese buena o convaleciente, te instigaría a que me sacases de Madrid, mas no hablemos de esto porque sé que de esta cama no he de levantarme. Estoy enferma, Alfonso mío, muy enferma... y mi mal es incurable: lo tengo metido en mi corazón, en mi sangre, tan hondo, tan hondo, que es imposible llegar a él con ninguna medicina... Deja que concluya—agregó, viendo que Alfonso quería hablar—, me quedan pocas fuerzas y temo se agoten antes de decir todo lo que pienso. Comprendo que siempre fuí una niña mimosa y lunática, cuyos juicios raras veces has tomado en cuenta. Yo, que puedo ahora examinarme bien, porque he dejado de parecerme a la Consuelo de antes, no te recrimino por ello; tenías razón... siempre he sido una cabeza de chorlito, sin másvirtud que la de amarte con toda mi alma... Óyeme con atención y ten fe en mis palabras, que los locos y los moribundos dicen las verdades, y a mí poca vida me queda. Pues bien, como iba diciendo... he tenido poco juicio, pero en cambio tuve una penetración extraña, una doble vista que me permitía adivinar lo que mi pobre entendimiento no razonaba: no acierto a explicarte de dónde procede esta voz sobrenatural que habla en mí, pero la siento resonar clara y distintamente en mi interior y sé que nunca me engañó... Esa voz siempre me ha prevenido contra Montánchez y hecho sentir hacia él aversión invencible; parece lo más natural, lo más lógico, puesto que yo le odiaba, que ese hombre hubiese vivido fuera de mi intimidad más que otro cualquiera, y, sin embargo, el Destino, por conducto tuyo, me le puso constantemente delante de los ojos... Tú, desde antes de casarnos, me hablabas de él; tú me lo presentaste en el teatro; tú, venciendo mi repugnancia y su retraimiento, le aficionaste a frecuentar nuestra amistad; por ti empezó a curarme, finalmente...
—¿Pero me acusas de haber provocado alguna desgracia?—preguntó Alfonso sin poder contenerse—; ¿te ha ofendido ese hombre?... Habla, Consuelo, por Dios; no es amigo mío quien te ofenda... si él te ultrajó, aún vivo yo para arrancarle las entrañas... ¿Por qué te detienes?... ¿A dónde vas a parar?...
—No te enfades, porque me asustas—dijo ella hablando con dificultad—, y ya sabes que las impresiones me son funestas. Lo que iba a decir era que, pues hasta aquí me has contradicho forzándome a aceptar su amistad, no sigas violentándome en lo sucesivo. Alfonso, sé cariñoso como siempre lo fuiste para mí y cede una vez más; éste es uno de los postreros favores que te pido... ¡y es tan pequeño!... No quiero ver a tu amigo, deseo morir tranquila junto a ti, sin ver a nadie, y si él se presentara moriría rabiando... Quiero estar sola contigo, entregada a ti, ya que soy completamente tuya... Háblame... ¡tengo tanta necesidad de oír tu voz y de recibir tus besos!...
La enferma calló sofocada por los suspiros que subían a su garganta y rompió a llorar.
—Consuelo—exclamó Sandoval—, tú sufres alguna desgracia, tú has sido víctima de una asechanza inicua; me lo dicen mi amor y mis celos, que no se engañan: tú me quieres, lo sé, pero disimulas en esta ocasión por no disgustarme, y haces mal... quiero saberlo todo, ¡todo!... aunque la rabia me ahogue después de oírte... ¡Habla; te lo ruego por caridad, como un esclavo... te lo exijo como marido... habla!...
—No oculto nada—repuso ella con acento desmayado—, no hables así, me infundes miedo.
—Y entonces, esas señales que tienes aquí, ¿de qué provienen?
Fuera de sí, no podía contenerse más tiempo.
—¿Cuáles?—exclamó Consuelo abriendo mucho los ojos y mirando espantada a su alrededor.
—Éstas que tienes aquí, en los brazos... no lo niegues, porque hasta ahora creí que sólo había un infame y si te obstinas en fingir, Consuelo... creeré que hay dos.
La joven miró hacia el sitio indicado y no pudo responder; su impresión fué tan grande que perdió el conocimiento y empezó a delirar en voz alta y perfectamente inteligible.
—No, no puedo más, ¡qué dolor, si parece que están partiéndome los brazos con tenazas de hierro!... Sobre todo éste, el derecho... so... so... corro... Y esa tempestad, esos rayos malditos, esos truenos que me aturden... Alfonso, ven, que ya no puedo más... ¡ay, ay!...
Su voz se ahogó y sus labios barbotaron algunas palabras que Sandoval no pudo entender.
—No—prosiguió Consuelo esforzándose en sonreír—, si no lloro, ¡qué tontería!... estoy muy bien, muy alegre... tengo los ojos llenos de lágrimas porque he estado picando cebollas... Nadie tiene derecho a averiguar mi historia, nadie... y menos usted, que es una vecina a quien apenas conozco; pero, en fin, para que no crea usted que oculto algo se lo diré todo, sí, señora... como si fuese usted mi confesor. Esta niñita tan mona, tan gordita, con esos ojos tan grandes, es mía, mía sola... ¿que no puede ser?... Ya lo creo, ¿quién lo sabrá mejor que yo, que soy su madre,quien la ha parido?... Ea, es usted tan cabezona que no hay más remedio que ceder... Pues sí... es hija de Alfonso... por eso la tengo vestida siempre con trajecitos azules adornados de encajes blancos, porque esos eran los colores que más le gustaban... Pero luego me dejó... hace ya tres o cuatro años... ¡ay!... ¿Dónde andará?... Me dejó porque me volví muy mala, muy mala; una tía completa. No, él era bueno; no ha nacido ningún hombre más hermoso ni más caballero que él... y no tuerza usted el gesto porque reñimos... Él me dejó porque yo era una perdida, por eso no me quejo... ¡pero si él supiera que yo no tuve la culpa de nada!... Le aseguro a usted que esta niña es de Alfonso; lo juro, vaya... si fuese de otro cualquiera, lo mismo lo diría...
Calló, suspirando honda y largamente.
—¡Ah, sí!—continuó—, esas manchas no sé de qué serán... ¡Cuidado si eres fastidioso!... ¿Cómo he de decir que no me acuerdo?... Serán de tinta o de betún...
Lanzó una carcajada corta y estridente, y luego se puso muy seria; frunció las cejas y levantó un poco la cabeza, procurando percibir un ruido lejano.
Entonces se oyeron el repiqueteo de un timbre y los pasos de la doncella que salió a abrir: después entró en el gabinete Gabriel Montánchez.
—¿Duerme?—dijo.
—No—repuso Sandoval—, delira.
Montánchez se acercó al lecho, y Consuelo, cual si hubiese tenido conciencia de su llegada, se cubrió la cara y fué encogiéndose hasta quedar hecha un ovillo, como los chicos cuando se suben las mantas a la cabeza para librarse del coco.
—¡Qué miedo... ya está ahí... se acerca... me callaré, schiii, silencio!...
El médico la miraba con todo el poder fascinador de sus ojos.
—Estoy temblando... que no me sienta...
No dijo más y quedó inmóvil, rendida por un sueño magnético.
Los ataques que sobrevinieron en los días sucesivos tuvieron un desenlace idéntico: en cuanto el médico la miraba, la infeliz histérica enmudecía como amordazada, y ya no volvía a desplegar los labios ni a moverse en muchas horas.
Gabriel Montánchez seguía un plan maravilloso.
Estaba seguro de que Consuelo no viviría más de un mes; la ciencia se lo dijo y la ciencia en ciertos casos no se engaña. La joven se hallaba herida de muerte; tenía una anemia crónica que por sí sola hubiese bastado a destruir su vida; y como si aquel padecimiento obrase con demasiada lentitud, sufría una inflamación en uno de los lóbulos del cerebro que podía causar de un momento a otro la muerte por congestión, y un principio de aneurisma en el cayado de la aorta: la infeliz, por tanto, estaba sentenciada de modo irrevocable, y todo el trabajo del médico, duranteaquellas semanas de agonía, se reducía a velar a Consuelo constantemente, para impedir que hablase, resultado que conseguía fácilmente merced a su influencia sugestiva.
Para esto, y amparado por la amistad de Alfonso, pasaba todo el día y gran parte de la noche velando a la enferma y espiando sus palabras con el mismo interés que Sandoval, y, en cuanto el delirio la impulsaba a hablar, torcía instantáneamente con una mirada el curso de sus ideas y sellaba su boca.
Abusando de estos sopores magnéticos, el infame conseguía dos objetos: impedir que revelara inconscientemente su caída y acortar su existencia, pues como los ataques se sucedían casi sin interrupción, apenas tenía tiempo de tomar alimentos entre acceso y acceso, lo cual acrecía enormemente los destructores efectos de la debilidad.
Los resultados de tan infernales maquinaciones se apreciaban ya a simple vista: la postración de Consuelo era espantosa, su cuerpo y su espíritu iban sumergiéndose en el no ser, rápidamente, y la nostalgia y la anemia se daban la mano para completar el aniquilamiento del organismo; sus largos desmayos la dejaban postrada, y cuando volvía en sí, la conciencia de su triste estado la precipitaba otra vez en nuevos delirios.
Más que para Montánchez, las noches se hacían insoportables para Sandoval, que comprendía cuán equívoca y terrible era su situación. A lasocho de la noche la doncella iba a decirles que la cena estaba servida, y entonces los dos salían del dormitorio de la enferma para pasar al comedor. Las comidas eran tristes; se sentaban el uno frente al otro y permanecían silenciosos, comiendo maquinalmente, preocupados con sus pensamientos.
Después de tomar el café, Montánchez se sentaba en un sillón, cargaba una pipa de sándalo y fumaba tranquilamente, adormeciéndose con las voluptuosas emanaciones de aquel humo perfumado; Sandoval quedábase inmóvil, los codos sobre la mesa y la cara entre las manos, mirando detenidamente su taza, ya vacía, llena de cenizas de cigarro. Así estaban una hora, dos... hasta que la campana del reloj o algún grito de Consuelo les sacaba de su éxtasis; entonces se levantaban cual si sólo hubiesen estado aguardando aquella señal para ponerse en movimiento y volvían al cuarto de la joven. Allí se instalaban, cada cual en su butaca, y dejaban transcurrir el tiempo entretenidos, al parecer, en mirarse la bigotera de sus botas o los dibujos de la alfombra.
A pesar de esta calma aparente, empezaba a surgir entre ambos un disgusto, un antagonismo, una tirantez magnética que acrecía por momentos; eran amigos o, por lo menos, lo fueron hasta allí, y la amistad y la consecuencia que creían deber guardar a su antiguo cariño, era lo que les impedía abofetearse. Aquella animosidad radicabaprincipalmente en Alfonso: su instinto suspicaz había convertido sus recelos en certidumbres y un odio mortal iba invadiendo su corazón; y si no estalló de una vez fué porque algo misterioso le retenía, poniéndole ese pelo que se enreda al frenillo de la lengua, aun en las circunstancias más críticas, y que rara vez deja hablar a tiempo.
Su exasperación provenía de su situación harto equívoca; sabía que su honor fué pisoteado, que sus ensueños de felicidad estaban muertos y que el único autor de aquella catástrofe era un hombre, quizá el mismo que tenía delante, y a quien, por falta de pruebas, no podía estrangular. La idea de representar un papel ridículo y de que alguien estuviera riéndose en silencio de su ceguedad le ponían fuera de sí: hubiera preferido habérselas con un demonio de cien cabezas, a reprimirse y sufrir por no hablar fuera de razón: su actitud era agresiva, pero aún no estaba bien determinada y padecía ese raro furor que acomete a los perros de presa cuando oyen el gruñido provocador de un rival invisible.
La posición de Gabriel Montánchez era bien distinta: conocía perfectamente qué circunstancias le favorecían y cuáles le perjudicaban, y la única persona de quien debía guardarse, caso de que el enredo se descubriese. Estaba, por tanto, a la defensiva, pero tranquilo, confiando a la ciencia el éxito lisonjero de su empresa, y en últimocaso, y cuando toda compostura fuese imposible, encomendándose a su valor.
Así iban filando las horas para ambos, inquiriendo el uno y esperando el otro, los dos silenciosos, velando atentamente el sueño de aquella pobre mujer que se moría.
Pasaron más días, todos monótonos y tristes como las vibraciones de la campana que anuncia en los cementerios la llegada de los difuntos, y el trágico desenlace de la enfermedad previsto por Montánchez tampoco era un misterio para Alfonso: Consuelo se moría, era preciso ser ciego para no verlo.
Cuando Gabriel se lo advirtió, Sandoval no dijo nada, no se le ocurrió nada, apenas experimentó una pequeña sensación, como si fuere una noticia insignificante que ya supiera desde hacía mucho tiempo: era una insensibilidad absurda, de loco o de imbécil; sus preocupaciones invadían su espíritu desquiciándolo; no aquilataba los hechos que a su alrededor ocurrían, ni que Consuelo, la mujer amada, su encanto, su esperanza, su espíritu bienhechor, su ángel guardián, iba a morir. ¡Morir!... aquella palabra lúgubre llenaba su cerebro produciéndole una noción vaga cuya importancia desconocía.
Una noche se levantaron de la mesa peor humorados que nunca; sabían que el desenlace de la tragedia se acercaba y que sólo algunas horas bastarían para romper aquella situación. Alfonsoasomó la cabeza por entre las cortinas que separaban el gabinete de la alcoba; la joven estaba tendida de lado, la cabeza sobre el antebrazo izquierdo, descansando toda ella con el lánguido abandono de una persona profundamente dormida.
Entonces se retiró de puntillas y fué a sentarse en un sillón, después de cubrir con un papel la parte inferior del quinqué colocado sobre la chimenea, para que su luz no le molestase. Montánchez se había tendido en el sofá. Alfonso empezó a contemplarle a su sabor aprovechando la circunstancia de tener el médico los ojos cerrados. Hasta entonces nunca pudo fijarse bien en su amigo, y quiso corregir aquel descuido de su atención; examinó su ancha frente surcada de arrugas, sus cejas bien arqueadas, su nariz recta, sus mejillas hundidas y la blancura marmórea de aquel semblante que parecía más pálido de lo que era en realidad, visto a los reflejos del quinqué: después, aquellos rasgos fueron borrándose y concluyó viendo en el sitio ocupado por la cabeza una sombra blanca. Vencido por el sueño, inclinó la cabeza sobre el pecho...
A pesar de los recelos que hasta allí le sostuvieron en perpetua vigilia, su cuerpo y su espíritu, extenuados, reclamaban imperiosamente el derecho que tiene todo lo que vive al reposo; la materia estaba aniquilada, las piernas no querían moverse, los oídos eran dos órganos inservibles, sordos a toda impresión; sus ojos, abiertos por unesfuerzo supremo de voluntad, no veían; los nervios estaban embotados, el cerebro dormido; la naturaleza exigía descanso y fué preciso rendirse.
Largo rato hacía que los dos hombres disfrutaban el más reparador de los sueños, cuando Consuelo, que se revolvía en la cama articulando palabras, lanzó un grito tan penetrante que les despertó.
—¡Socorro, socorro, suélteme usted!—decía.
Ellos se levantaron, pero Alfonso había entendido las palabras pronunciadas por la enferma y aquello fué para él un rayo de luz.
—No te muevas—dijo con tono imperioso y sujetando por un brazo a Montánchez que se dirigía a la alcoba.
—¿Por...?
—Porque quiero oír lo que dice.
—¡Valiente antojo!... Dirá mil simplezas, como siempre; suelta, conviene cortar el ataque para impedir que aumente...
—¡Socorro, que me ahogan, no puedo respirar!...—gritó Consuelo.
—No te muevas—dijo Sandoval poniéndose de un salto delante de la alcoba—, a esa mujer la ha sucedido algo muy grave cuando grita de ese modo, y necesito saber qué es.
—Quieres una tontería; dejándola entregada a sí misma, la crisis puede matarla.
—No importa; he de arrancarla ese secreto que me oculta... y por saberlo diera su vida; ¡ya vessi deseo conocerlo!... Parece que no quieres que hable, que te da miedo oírla, que tratas de amordazarla con tu magnetismo...
—¡Basta, Alfonso!—replicó Gabriel haciendo un gesto despreciativo—; mi corazón no conoce el miedo; no temo a nadie y menos a una mujer histérica, y si no creyese que discurres así porque la fiebre nubla tu razón, me iba de aquí para no volver, pues hay ofensas que la amistad más estrecha no disculpa...
Diciendo esto sentóse en el sofá con toda la indolencia del que se dispone a dormir, y Alfonso permaneció de pie, escuchando la voz amada.
Consuelo hablaba tranquilamente.
—No sé cómo arreglármelas para meter mi equipaje en estos baúles; ¡y cuidado que son grandes los malditos!... ¿Pero en qué pensaría Alfonso? Debió de comprar muchos, muchos, veinticinco o treinta, aunque fuesen pequeñitos... Y ahora no puedo cerrarlos, no tengo fuerzas... ¡Ay!... qué triste estoy; el día se presenta malo, ¡cómo llueve!... Voy a helarme en el tren... si me parece que estoy metida en el coche y que junto a mí va un señor muy gordo, con unas narices muy coloradas, durmiéndose sobre una maleta... Pero no, aún no he salido de mi casita, ni saldría nunca si en mí consistiera; Alfonso cree que deseo viajar, correr mundo... como si me importase algo verle los bigotes al emperador de los chinos o patinar por el Sena; lo que necesito eshuir, poner muchas leguas por medio... ¡Uy, ahora que se han ido ésas empiezo a sentir miedo!... Me aterroriza pensar que estoy solita en esta casa tan grande y tan obscura; parece que las estatuas del despacho se descuelgan a lo largo de los armarios para visitarme... Sí, cerraré la puerta para que no entren. ¡Cómo llueve! Lo que más temo son los relámpagos y los truenos... Y Alfonso sin venir...
Calló haciendo sonar su lengua contra el paladar, como saboreando algo. Sandoval continuaba inmóvil, con el oído pegado a la cortina de la alcoba, poseído de ansiedad creciente; tenía el presentimiento de que iba a saber el misterio con que luchaba desde hacía tanto tiempo, y que Consuelo sería la pitonisa reveladora. Montánchez seguía en el sofá, pálido y frío.
—Y han llamado—continuó diciendo la joven—, juraría que es el timbre de la escalera... Dios santo, vuelven a llamar, ¿quién será?...
Las ideas que sucesivamente se ofrecían a su espíritu eran de tal naturaleza, que comenzó a temblar violentamente.
—¡Es él, y yo aquí sola!... voy a morirme de espanto. No, señor; pero mi marido volverá de un momento a otro... quizá no tarde ni diez minutos... si quiere usted hacerle algún encargo yo se lo diré; sí, eso es lo mejor; ¿para qué va usted a molestarse en esperar?... ¡Y estoy sola!...Este hombre y el diablo se dan la mano para perderme.
Hubo otra pausa; Alfonso y Montánchez se miraron fijamente.
—No, no, señor—prosiguió Consuelo—, eso, de ninguna manera; o usted ha perdido el juicio, o me toma por una tía del arroyo... Lo que usted oye; sí, señor, eso mismo, no tengo nada que añadir, mis fallos son irrevocables como los de las leyes absolutas. Por la violencia menos... se lo juro a usted, antes muerta: yo tendré menos fuerza, pero a corazón nadie me gana y el mío es de un hombre que quiero con toda mi alma; se lo di enterito hace mucho tiempo... ya sabe usted demasiado a quién me refiero; pues sí, él se lo llevó y aquí no me ha quedado ni una piltrafa... ignoro la razón de mi cariño; es bueno y es guapo... ¡ya ve usted si le quiero, que por él perdí hasta las ganas de besar a mi padre!... Pero aunque así no fuera, a usted no puedo amarle nunca, le odio demasiado para mirarle alguna vez con buenos ojos... me ha sido usted siempre repulsivo; desde la primera vez que le vi... usted es malo y las personas malas me infunden repugnancia y miedo.
—¿Pero con quién hablará esa mujer?—exclamó Sandoval—, ¿con quién?...
Montánchez no se movió.
—¡Uy, qué asco!—dijo Consuelo desvariando y echando poco a poco hacia fuera la saliva quetenía en la boca—, ¡qué sabor tan repugnante tiene esta agua de tila!... ¡Puf! me he tragado un cuerpecillo sólido, quizá una pajilla o un pedacito de azúcar... pero no, es un sabor amargo, tal vez habría en el fondo una araña muerta... ¡Qué asco, un bicho negro y con tantas patas!...
Prorrumpió en arcadas como si fuese a vomitar; aquella alucinación gustal aumentó la fuerza del ataque histérico y su cuerpo empezó a crisparse.
Entonces Sandoval, temiendo que se lastimara, cogió el quinqué y penetró en la alcoba; Gabriel, que a pesar de su aparente tranquilidad no había perdido un solo detalle de la escena, se apresuró a seguirle, comprendiendo que el momento decisivo llegaba.
Alfonso se sentó en la cama procurando dominar las sacudidas nerviosas de la joven sujetándola por las muñecas, mientras Montánchez, no queriendo que su solicitud despertase la ya alarmada suspicacia de su amigo, permaneció al otro lado de la cama, con los brazos cruzados y la impasibilidad del exorcista ante los calambres de una posesa a quien está sacando con conjuros los demonios del cuerpo.
Consuelo procuraba desasirse de las manos de Alfonso, empleando para conseguirlo un vigor sobrehumano. Tenía el semblante congestionado, el pelo suelto y extendido sobre las revueltas almohadas, los ojos apretados convulsivamente, lasnarices dilatadas, los labios descoloridos, la boca llena de espumarajos, las venas del cuello pletóricas de sangre, el cuerpo arqueado, los brazos rígidos. Conforme la intensidad del ataque arreciaba, la curvatura del cuerpo aumentaba también; hubo momento en que las nalgas estuvieron separadas del colchón cerca de medio metro, y Sandoval creyó que la columna vertebral iría doblándose hasta permitir que la cabeza se juntase con los pies: en aquel instante la cara de Consuelo ofrecía un aspecto horrible; el pecho contraído por un espasmo violentísimo no podía alentar y la falta de respiración determinó un aumento considerable de sangre venosa; el cuello y el semblante fueron obscureciéndose hasta renegrirse; sus ojos se abrieron; los tenía inyectados como los de las personas que mueren por asfixia, y entre las babas que salían de su boca entreabierta, apareció un hilito de sangre. Pero el espasmo había llegado a su mayor grado de intensidad sin conseguir romper ninguna fibra vital, y Consuelo lanzó un grito y cayó sobre la cama: el aire penetró silbando por las fosas nasales, el pecho alentó con placer y la cara recobró su color; pasados algunos minutos, el delirio histérico empujaba los nervios hacia otras sensaciones y la joven palideció como la persona que sucumbe víctima de una sangría suelta. Después empezó a hablar.
—Esto es espantoso, váyase usted, se lo ruegode rodillas; mi marido puede llegar... ¡Ay! no me apriete usted de ese modo, parece que se parten mis brazos, yo desfallezco... ¡Alfonso de mi alma, ven aquí, ven a favorecerme, que ya no puedo más!...
Se agitaba luchando con aquel enemigo que su imaginación la ponía delante.
—¿Dónde estará Alfonso, que no viene?... No, la muerte antes... si yo pudiera valerme de mis brazos o morder...
Aún se defendió un poco y al fin tendióse a discreción, destrozada de tanto pelear. Hubo un largo silencio.
—Sí, maridito mío—agregó—, yo no quería contarte las causas de estas señales, pero ahora he resuelto decírtelo todo; sí, todo; ya ves que me pongo muy seria... Te lo explicaré todo, ¿entiendes? aunque el recordarlo me hace mucho daño; pero promete que no te enfadarás conmigo ni con nadie...
Entonces Gabriel se acercó a la cama.
—¡Déjala, no la mires!—gritó Sandoval de un modo siniestro—; déjala que hable, mi vida depende de sus labios.
—Por esas incomprensibles temeridades tuyas, puede sobrevenir otra crisis como la que ha sufrido hace un momento y de la que libró milagrosamente.
—Montánchez—exclamó Alfonso con el acento del hombre resuelto a todo—, te aconsejo que nola mires; sé que no quieres que hable y tratas de callarla con los ojos, y haces mal en mantener tal empeño; no me importa que muera, el corazón me dice que aquí habrá más de un cadáver.
Pero la poderosa mirada del médico ya había producido su efecto y Consuelo empezó a tartamudear:
—¡Qué miedo, ese hombre, ese... qué cara tiene tan seria!...
Y se cubrió los ojos con las manos.
Alfonso conoció la perfidia encerrada en la conducta de su amigo y anhelando contrarrestar su influjo, asió violentamente una de las muñecas de Consuelo.
—¡Habla—dijo en tono imperativo—, yo te lo mando!
El semblante de la joven expresó sorpresa, después alegría.
—¡Es él!—murmuró.
—¡Habla, habla!—repitió Alfonso colérico.
—Sí, sí... es él, ¡ay! pero no me atrevo, está ahí el otro, no le veo... pero le siento cerca...
En efecto, Montánchez la miraba con toda la fuerza de sus ojos.
Sandoval nunca había puesto a prueba el poder magnético de su mirada, ni sabía el estado psicológico en que debe colocarse el operador para producir más fácilmente la sugestión; pero si le faltaban la ciencia y la costumbre, en cambioposeía ese vigor extraordinario que desarrolla en los espíritus el amor y los celos; y como el cerebro de Consuelo tenía la sensibilidad de las agujas imantadas, no pudo substraerse a aquella nueva y simpática corriente sugestiva que la libertaba de la odiosa fascinación del médico.
—No puedo, no me atrevo—balbuceó aún.
—Sí, sí puedes, te lo mando yo, yo que estoy aquí para defenderte—gritó Alfonso con toda la energía de que fué capaz, temiendo que su voluntad no prevaleciese.
La corriente simpática triunfó.
—Creo que se ha ido—prosiguió Consuelo—, no sé por dónde, pero no le siento... Verás, yo estaba sola en el gabinete...
—¿Cuándo?
—Me quedé sola cosiendo... y llamaron a la puerta... un repiqueteo muy largo y luego otro... ¡hijo, cuánto me duele el corazón, apenas puedo respirar!... Parece que me ponen una piedra muy grande sobre el pecho... y entró; desfallecí al verle, y para que comprendas que el diablo anda metido en esto, yo misma abrí la puerta y dejé entrar al lobo.
En aquel momento el semblante de Montánchez adquirió una expresión feroz, y sus ojos relampaguearon con ira salvaje.
Consuelo calló y sus manos temblaron.
—Sigue—dijo Sandoval, que por la posición en que estaba no pudo ver los gestos que desfigurabanla fisonomía del médico—, te lo mando yo, ¿no entiendes?... ¡Sigue!
Indudablemente los pensamientos de la joven continuaron desarrollándose mientras permaneció silenciosa, porque súbitamente su alucinación fué terrorífica.
—¡Ay, suélteme usted!... yo quererle, ¡qué locura!... yo, que no puedo verle ni pintado... No, señor, a mí no me toca nadie más que mi marido, y a mí no tiene usted que tutearme... ¡Ay! me aprieta entre sus brazos... Bueno, me escaparé, no puedo, me echa sobre el sofá... no puedo moverme... ¡favor, socorro... so... ay... no me deja gritar, me tapa la boca con la suya!
Incorporóse con un movimiento rápido y empeñó con Sandoval una lucha desesperada, procurando morderle, babeando de coraje y deshaciéndose en denuestos que la ira entrecortaba.
—¡Mentira, perro, mentira—repetía—, de mi marido sola, de usted nunca: me tendría usted que matar antes!...
—Pero, ¿con quién hablas, con qué demonio del infierno?—gritó Alfonso, ciego de ira, sacudiéndola por los brazos como si quisiera arrancárselos.
—Déjala—exclamó Montánchez—, estás maltratándola bárbaramente.
—Gabriel, aquí hay un hombre engañado, un hombre del que otro se ríe, y ese hombre soy yo... Pues bien, el misterio ha de quedar resueltoen seguida, y de aquí no sales sin que yo esté persuadido de que no eres un criminal.
Consuelo le interrumpió.
—Sí, marido mío, esa es la verdad, la horrible verdad... ¿quién había de pensarlo?... Créeme, no estoy borracha, no... ¿Cómo, y el miserable dice que no... me desmiente, se atreve a negarlo?... ¡Cobarde, canalla!... Usted es, usted sólo, tenga usted siquiera el valor de confesarlo... ¿No siente usted vergüenza de su conducta?... ¡Sí, Alfonso, ése es el infame que me ha perdido, el que se ha mofado de tu honor y del mío, ése!...
—Pero, ¿quién es ése?—gritó Sandoval, por cuya frente corrían gruesas gotas de sudor—, ¿quién es, no tiene nombre?...
El médico, silencioso, se mordía los labios.
—¿Que quién es?—balbuceó ella queriendo despertar.
—Sí, ¿quién es?
—Es... no puedo decirlo... es tu amigo.
—¿Mi amigo, dices... mi amigo Montánchez?
Ella vaciló.
—¡Acaba!
—Sí, sí, ése mismo...
—¿Montánchez?
—Sí, ése... Montánchez...
Sandoval ya lo sabía; uno de esos presentimientos que nunca engañan se lo dijo y, sin embargo, la confesión que acababa de sorprender a Consuelo le anonadó. Se puso pálido, luego lívido,abrió la boca y se pasó las manos por la frente; después retrocedió buscando un punto de apoyo, porque sus piernas empezaron a temblar y creyó que las paredes de la habitación giraban en torno suyo y que el piso se hundía bajo sus pies; pero súbitamente la voluntad reaccionó sobre sí misma devolviendo a los músculos su entereza.
—¡Consuelo!—gritó cogiéndola por los brazos y obligándola a sentarse en el lecho—, piensa lo que has dicho; Consuelo, por tu padre, por el amor que me tienes... habla: si Gabriel te arrastró al adulterio, le mato; pero si es inocente, dímelo, dímelo pronto para descansar... Consuelo, vuelve en ti, ¿quién es el hombre que te ha perdido?... Acaba, miserable, despierta, recobra el seso, porque si no harás que yo lo pierda también... Dilo, antes de que te ahogue...
Y la sacudía, la abofeteaba, ciego de coraje.
—Di, ¿quién fue?... ¿Es Montánchez, es Montánchez?...
La voz de Sandoval tenía un poder extraordinario, que daba frío; Consuelo se estremeció y sus párpados se entreabrieron.
Entonces exclamó Alfonso, señalando al médico:
—Me lo acabas de confesar, ¿es ése?... ¿Es ése?...
Las pupilas de la joven se dilataron y un terror infinito desfiguró su semblante: con esa lucidez de los moribundos, comprendió la situación,la sima que acababa de abrirse a sus pies y la horrible tragedia que seguiría a su muerte; el crimen estaba descubierto y ella perdida.
—Pero, habla, ¿es ése?... ¿Es ése?—repitió Sandoval.
Consuelo Mendoza hizo un gesto de suprema angustia y se desplomó sobre el lecho murmurando:
—¡Sí, ése es!...
Cayó boca arriba, los brazos abiertos y la cabeza colgando fuera de la cama; muerta...
Alfonso miró al médico, y con una voz que el dolor tremolaba:
—Gabriel—dijo—, ¿es cierto lo que ella ha dicho?...
—Completamente cierto—repuso Montánchez sin inmutarse—, y si no hubiese hablado, yo lo hubiera dicho, pues ya me repugnaba prolongar tanto tiempo una mentira.
—¿Y fué tuya?
—Sí.
—¿La violentaste?
—Sí; fué una caída de la que la infeliz no es responsable: luchamos, yo era más fuerte y vencí.
—¿Y los cardenales de los brazos se los hiciste tú?
—Yo mismo.
—Eso ocurrió...
—La tarde de la tempestad.
—¿Y quién lo sabe?
—Nadie, más que tú y yo.
Hubo un silencio.
—¿Qué hiciste, Gabriel?—exclamó Alfonso con un acento que revelaba las angustias de su alma—, ¿qué hiciste de nosotros?...
Y le miraba fijamente, pensando en lo que acababa de oír y examinándole los brazos, los ojos, la boca, las manos... ¡las manos, sobre todo!... Aquellas manos habían mancillado el cuerpo de Consuelo, aquellos labios la besaron, aquellos ojos la vieron desnuda...
Los dos hombres se contemplaron con furor: Sandoval estaba a un lado del lecho, Montánchez a otro, como separados por la muerta.
—¡Suya, suya!—murmuró Alfonso abrumado—; ¿es posible?
Luego agregó:
—Gabriel, uno de nosotros morirá.
—Sí, es preciso—repuso el médico con arrebato—; yo lo quiero también: no creas que soy como aquel parricida que trató de conmover a sus jueces recordándoles su orfandad. Cuando me decidí a traicionarte sabía que en este lance me jugaba la vida; él o yo, dije entonces; y ahora que ha llegado el momento de resolver aquel dilema quiero agregar al crimen de Consuelo el tuyo, o morir a tus manos.
Montánchez parecía tranquilo y su voz resonaba con ese aplomo que, aun en las circunstancias difíciles, conservan los caracteres bien templados.Y había una grandeza imponente y trágica en aquellos dos hombres que iban a destrozarse en una habitación cerrada.
—No eres despreciable del todo—murmuró Alfonso—, me debes tu sangre y me la traes.
—Sí, te la debo y te la traigo; pero para cobrarte has de venir por ella; yo no te la doy.
Sandoval no le oyó: un destello de razón había iluminado su cerebro y vió su pasado, su amor, su juventud, su deshonra, su porvenir lleno de oprobio, el cuerpo ultrajado de Consuelo pidiéndole venganza y la alevosía de aquel amigo a quien tanto quiso: una ola de fuego le abrasaba el rostro, una nube de sangre se extendía ante sus ojos.
—¡Suya, suya!—murmuraba.
Corrió al gabinete para cerrar la puerta y volvió en seguida al dormitorio palpándose los bolsillos.
—No tengo armas—dijo.
—Yo tampoco—repuso Gabriel—, pero eso no importa; así la agonía del que sucumba será mayor y podrán saciarse más cumplidamente los deseos vengativos del matador.
Y extendiendo el brazo como para contener aún a su enemigo.
—¡Alfonso!—gritó—, dos hombres como nosotros si riñen es a muerte.
—¡A muerte!—repitió Sandoval con alegría feroz—; tú has matado a Consuelo y por su vida, la tuya.
—Sea, pues.
Los dos rivales se acometieron.
La lucha prometía ser horrible: eran dos atletas; vigorosos de cuerpo, enteros de alma, llenos de agilidad, de audacia y de ira; pronto sus caras y manos estuvieron cubiertas de sangre, que se limpiaban con el antebrazo o que escupían cuando se les entraba por la boca. El dolor de los golpes centuplicó su coraje, y deseando abreviar la pelea lucharon a brazo partido: Montánchez era más alto que Alfonso y más membrudo, pero, en cambio, éste tenía más elasticidad en los músculos, más rapidez en los movimientos, más nervios, más ira.
Entonces el combate alcanzó proporciones épicas. Los rivales, anhelantes, frenéticos, se oprimían, se estrujaban, se separaban un poco para volver a embestirse con nuevo encono, procurando sorprender una debilidad, un descuido, una pisada en falso de su contrario, para cargar sobre él y derribarle; jadeantes y ensangrentados peleaban con la desesperación del que sabe que no puede rehuir el peligro.
Las sillas quedaron derribadas y la mesilla de noche cayó al suelo saltando en pedazos su tapa de mármol. Oyéronse pasos precipitados; eran las criadas que, sobrecogidas de terror al sentirel estrépito, procuraban enterarse de lo que ocurría; al convencerse de que en la alcoba reñían trataron de abrir la puerta, pero como ésta estaba cerrada y no cedió, prorrumpieron en alaridos de espanto y en voces desaforadas pidiendo ¡socorro, socorro!...
Entretanto, los combatientes continuaban su cruel porfía, sintiendo que su sed de venganza aumentaba con el cansancio.
Hubo un momento en que Montánchez, ágil como un tigre, descargó un vigoroso puntapié en el vientre de su enemigo; era ésta una estratagema decisiva que había aprendido de los boxeadores ingleses: Sandoval ladeó el cuerpo, mas no pudo evitar del todo el golpe y fué a recostarse sobre la pared arrojando sangre por la boca; estaba pálido, desencajado por la fatiga, porque su boca y su nariz no bastaban a aspirar todo el aire que necesitaban sus pulmones.
Gabriel también se hallaba rendido, pero calculando que su viveza en los ataques podrían darle la victoria arremetió a Sandoval y cogióle por debajo de los brazos; Alfonso lanzó un grito frenético, viéndose perdido si su agilidad no le sugería algún nuevo medio de defensa. En aquella falsa posición no podía revolverse, sus pies apenas tocaban el suelo, y mientras sus brazos se agitaban en el vacío los del médico le oprimían en un círculo de acero; en tal actitud estaba a merced de su enemigo que podía, haciendo un esfuerzo, levantarlecompletamente en el aire y estrellarle el cráneo contra el suelo.
—¡Ya eres mío!—rugió Montánchez.
Y le alzó para voltearle; mas no pudo y Sandoval cayó de pie.
—Todavía no—murmuró éste.
—¡Pero lo serás!... ¡lo serás!...
La idea de su impotencia y de que aquel infame jugaba con su vida como antes jugó con su honor, redoblaron las fuerzas de Alfonso.
Con rapidez felina apoyó sus manos sobre el pecho de Montánchez, y en cuanto pudo ensanchar un poco el círculo donde se ahogaba y afirmarse en el suelo, se precipitó sobre el médico asiéndole por el cuello con los dientes: Gabriel hizo un violento esfuerzo para desasirse, pero no lo consiguió; las mandíbulas de Sandoval se apretaban en una especie de crisis epiléptica; Montánchez sintió que el pecho se le empapaba de sangre y Alfonso que su boca se llenaba de un líquido caliente, nauseabundo, acre, que enardecía su rabia.
Fuera resonaban los gritos de las criadas, pidiendo auxilio.
En los vaivenes de la pelea Gabriel tropezó y, perdiendo el equilibrio, cayó al suelo arrastrando a Sandoval tras sí: entonces arreció el empeño de la lucha y con él los esfuerzos de los combatientes, que rodaban el uno sobre el otro sin poder desasirse; un instante consiguieronponerse de rodillas, pero pronto les faltó el equilibrio y forcejeando volvieron a caer. Esta vez Sandoval quedó debajo, medio ahogado: la sangre del médico inundaba su boca y en su angustia tenía que tragársela; y mientras procuraba degollar a su enemigo con los dientes, Gabriel Montánchez gemía sobre él de rabia y de dolor.
La cabeza de Consuelo pendía fuera del lecho, el quinqué, falto de petróleo, parpadeaba como la rojiza pupila de un borracho, y entre los muebles destrozados y sobre un charco de sangre, aquellos dos hombres seguían ahogándose en un postrer abrazo...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Días después los periódicos publicaron la siguiente noticia:
“Anoche, en el “rápido” Irún-París, se suicidó, disparándose un tiro, el señor A. S., muy conocido de la buena sociedad madrileña. Su muerte se relaciona con el trágico crimen de la calle Arenal, del que dimos oportuna cuenta a nuestros lectores. La gravedad de este drama es de tal naturaleza, que nos impide, por hoy, ser más explícitos”.
Madrid, mayo 1896.
FIN