The Project Gutenberg eBook ofLa enferma: novela

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This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.

Title: La enferma: novelaAuthor: Eduardo ZamacoisRelease date: February 18, 2015 [eBook #48302]Most recently updated: October 24, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images available at The Internet Archive)

Title: La enferma: novela

Author: Eduardo Zamacois

Author: Eduardo Zamacois

Release date: February 18, 2015 [eBook #48302]Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online DistributedProofreading Team at http://www.pgdp.net (This file wasproduced from images available at The Internet Archive)

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LA ENFERMA

OBRAS COMPLETAS DEEDUARDO ZAMACOISNOVELAS DE LA PRIMERA EPOCALa enferma.—Punto-Negro.—Incesto.—Tik-Nay,El payaso inimitable.—El Seductor.—Duelo a muerte.—Memorias de una cortesana.—Sobre el abismo.NOVELAS DE LA SEGUNDA EPOCAEl otro.—Europa se va...—La opinión ajena.—El misterio de un hombre pequeñito.—Memorias de un vagón de ferrocarril.—Una vida extraordinaria.—Traición por traición.—Las raíces.—Los vivos muertos.NOVELAS CORTASPara ti...(Libro I.)—Rick.—El collar.—La cita.—El secreto.—El paralítico.—Una mujer espiritual.Para ti...(Libro II.)—La caída.—La virtud se paga.—El hijo.—Historia de artistas.—Los ojos fríos.—Una buena acción.Para ti...(Libro III.)—Odios salvajes.—El maleficio amarillo.—Historia de un drama que no gustó.—Astucias de mujer.—Sobre el mar.—El emigrante.El Guiñol del Diablo.—Obra de amor, obra de arte.—El hotel vacío.—Don Paco “El Temerario”.—Lo horrible.—El amo del mundo.AUTOBIOGRAFIAConfesiones de “un niño decente”.—Años de miseria y de risa.TEATRONochebuena.—El pasado vuelve.—Frío.—Los reyes pasan.—Presentimiento.VIAJESLa alegría de andar(Crónicas de un viaje por tierras de Puerto Rico y Cuba, Centro-América y América del Sur).—De Córdoba a Alcazarquivir.CRITICAImpresiones de arte.—Desde mi butaca(Apuntes para una psicología del teatro).—El teatro por dentro.CUENTOSLa Risa, la Carne y la Muerte.EN PREPARACIONEl delito de todos(novela).

OBRAS COMPLETAS DEEDUARDO ZAMACOISNOVELAS DE LA PRIMERA EPOCALa enferma.—Punto-Negro.—Incesto.—Tik-Nay,El payaso inimitable.—El Seductor.—Duelo a muerte.—Memorias de una cortesana.—Sobre el abismo.NOVELAS DE LA SEGUNDA EPOCAEl otro.—Europa se va...—La opinión ajena.—El misterio de un hombre pequeñito.—Memorias de un vagón de ferrocarril.—Una vida extraordinaria.—Traición por traición.—Las raíces.—Los vivos muertos.NOVELAS CORTASPara ti...(Libro I.)—Rick.—El collar.—La cita.—El secreto.—El paralítico.—Una mujer espiritual.Para ti...(Libro II.)—La caída.—La virtud se paga.—El hijo.—Historia de artistas.—Los ojos fríos.—Una buena acción.Para ti...(Libro III.)—Odios salvajes.—El maleficio amarillo.—Historia de un drama que no gustó.—Astucias de mujer.—Sobre el mar.—El emigrante.El Guiñol del Diablo.—Obra de amor, obra de arte.—El hotel vacío.—Don Paco “El Temerario”.—Lo horrible.—El amo del mundo.AUTOBIOGRAFIAConfesiones de “un niño decente”.—Años de miseria y de risa.TEATRONochebuena.—El pasado vuelve.—Frío.—Los reyes pasan.—Presentimiento.VIAJESLa alegría de andar(Crónicas de un viaje por tierras de Puerto Rico y Cuba, Centro-América y América del Sur).—De Córdoba a Alcazarquivir.CRITICAImpresiones de arte.—Desde mi butaca(Apuntes para una psicología del teatro).—El teatro por dentro.CUENTOSLa Risa, la Carne y la Muerte.EN PREPARACIONEl delito de todos(novela).

OBRAS COMPLETAS DEEDUARDO ZAMACOIS

NOVELAS DE LA PRIMERA EPOCA

La enferma.—Punto-Negro.—Incesto.—Tik-Nay,El payaso inimitable.—El Seductor.—Duelo a muerte.—Memorias de una cortesana.—Sobre el abismo.

NOVELAS DE LA SEGUNDA EPOCA

El otro.—Europa se va...—La opinión ajena.—El misterio de un hombre pequeñito.—Memorias de un vagón de ferrocarril.—Una vida extraordinaria.—Traición por traición.—Las raíces.—Los vivos muertos.

NOVELAS CORTAS

Para ti...(Libro I.)—Rick.—El collar.—La cita.—El secreto.—El paralítico.—Una mujer espiritual.

Para ti...(Libro II.)—La caída.—La virtud se paga.—El hijo.—Historia de artistas.—Los ojos fríos.—Una buena acción.

Para ti...(Libro III.)—Odios salvajes.—El maleficio amarillo.—Historia de un drama que no gustó.—Astucias de mujer.—Sobre el mar.—El emigrante.

El Guiñol del Diablo.—Obra de amor, obra de arte.—El hotel vacío.—Don Paco “El Temerario”.—Lo horrible.—El amo del mundo.

AUTOBIOGRAFIA

Confesiones de “un niño decente”.—Años de miseria y de risa.

TEATRO

Nochebuena.—El pasado vuelve.—Frío.—Los reyes pasan.—Presentimiento.

VIAJES

La alegría de andar(Crónicas de un viaje por tierras de Puerto Rico y Cuba, Centro-América y América del Sur).—De Córdoba a Alcazarquivir.

CRITICA

Impresiones de arte.—Desde mi butaca(Apuntes para una psicología del teatro).—El teatro por dentro.

CUENTOS

La Risa, la Carne y la Muerte.

EN PREPARACION

El delito de todos(novela).

EDUARDO ZAMACOISOBRAS COMPLETAS

N O V E L AUNICA EDICIÓN REFUNDIDA POR EL AUTORcolofón: RENACIMIENTO

Este libro, publicado en 1896, es mi primera novela: afortunadamente, la prensa apenas habló de ella, la edición fué corta y mi esfuerzo pasó inadvertido. Aunque ogaño la presento muy corregida, el lector sorprenderá en sus páginas candores y balbuceos de principiante, descripciones borrosas, retratos que mi mano bisoña no supo dejar rotunda y gallardamente concluídos, momentos psicológicos que el temor de parecer machacón y difuso, dejó mal alumbrados. Conste así en desagravio de la labor que luego he hecho.

E. Z.

Madrid, Junio 1903.

Consuelito Mendoza despertó presa de un ligero acceso de fiebre: toda la noche estuvo viendo danzar ante ella varios personajes cubiertos de sangre y con heridas horribles por las cuales asomaban entrañas palpitantes. Las primeras claridades matutinas causáronla inmenso bien, al ahuyentar aquel mundo fantástico y rojo; mas la penosa impresión de la pesadilla y la falta de reposo, la dejaron rendida. Aún permaneció largo rato echada, sin atreverse a mover pie ni mano, bostezando nerviosamente, tiritando a pesar de la agradable temperatura de la habitación y sintiendo en sus oídos un raro y sostenido murmujeo. Estaba silenciosa, acurrucada en un ángulo de su gran cama matrimonial, paseando miradas indiferentes de un sitio a otro: primero sus ojos repararon en el abrigo de pieles que había dejado la víspera sobre una silla. ¡Pícara camarera, no acordarse de llevarlo a su sitio!... Aplicóse a examinarlo fijamente, por hacer algo y distraerse, batallando por buscarle semejanza con otro objeto,pero sin conseguirlo; siempre le parecía lo que era: un abrigo de pieles. Mas luego la endiablada imaginación empezó a triunfar de los sentidos, y lo que los ojos no pudieron ver lo vió el alma descomponiendo la realidad a través de los misteriosos cristales imaginativos: una arruga se la antojó un sombrero de copa antiguo, ancho de arriba y estrecho de abajo: aquello ya era algo, pero no todo: el sombrero, sí, era perfecto; mas, ¿dónde estaba la cabeza? Continuó mirando... y, nada; la realidad se obstinaba en no doblegarse al capricho.

—Pues yo he de conseguirlo—murmuró la joven esbozando un mohín picaresco.

Frunció los ojos y miró con uno de ellos a través de su mano derecha medio cerrada a guisa de telescopio: así quedóse inmóvil, embelesada, observando siempre: la autosugestión continuó y pronto la visión rebuscada surgió de golpe, con claridad indudable. Bajo el gran sombrero de copa, negro y peludo, había una cara redonda, mofletuda y riente; aquel rostro tenía un ojo hinchado y la nariz torcida; una nariz ciranesca, insolente y sensual. Consuelo se echó a reír recordando a Gelasio, el cochero de una amiga suya, cuando iba en el pescante bajo su pelerina de pieles, con el sombrero encajado hasta las orejas y los carrillos amoratados por el frío. Siguió mirando y la imagen tornó a descomponerse: el sombrero de copa se prolongaba convirtiéndoseen hocico; la cara, formada por un trozo de piel blanca, parecía el terrible pechazo de un animal, las patas se bosquejaron en la sombra. Consuelo quiso reconocer al cochero y ya no pudo: Gelasio se había trocado en un oso negro, enorme, que por momentos adquiría mayores visos de objetividad. La joven lanzó un grito; la fiera no se movió; entonces ella encogióse más aún, presa de un temblor nervioso que estremecía el lecho moviendo hasta los cortinajes de muselina: al fin, sacando bríos de su propio terror y flaqueza, y con desatinados aspavientos, apoderóse de un zapatito que la víspera quedó olvidado sobre la mesilla de noche y lo arrojó violentamente contra la quimera: el fantasma del oso se deshizo y el zapatito cayó al suelo, reapareciendo el abrigo de pieles.

Pero Consuelo estaba tan nerviosa que no podía sosegar, y quiso distraerse examinando las figuritas de porcelana que exornaban su tocador, y estudiando la razón de que se reflejasen en el techo del gabinete las sombras de las personas que ambulaban por la calle. No podía distinguir si eran hombres o mujeres, mas sí la dirección que llevaban, lo que bastó a entretenerla algunos momentos. Cuando aquel juego ya la aburría quiso cambiar de actitud, mas la cama estaba tan fría que no supo moverse. Volvióse boca arriba y empezó a bostezar, desperezándose lentamente, con esa lasciva parsimonia de los gatos: susblancos brazos extendiéronse hacia arriba, luego se abrieron en cruz y acabaron desplomándose pesadamente sobre el embozo de las colchas.

—Cuando venga Alfonso—murmuró cerrando los ojos—le diré: “Señor Sandoval, ¿cómo me tiene usted tan abandonada? ¿No me quiere usted ya?... Y le daré muchos besos, muchos... y un abrazo muy apretado”.

Tornó a bostezar y sus párpados se llenaron de agua; mareada por sus propios antojos y por aquel interminable desfile de sombras que recorrían el techo con sempiterno vaivén, apoyó un timbre; un prolongado repiqueteo metálico vibró en los aposentos interiores de la casa. Después resonaron pasos cautelosos.

Cuando Alfonso penetró en la alcoba, Consuelito Mendoza parecía dormir.

—¿Qué quiere mi dueña?—preguntó él socarronamente, acercándose.

Ella no contestó, pero al sentirse abrazar hizo un violento esfuerzo para desasirse y escondió la cabeza bajo las almohadas. Alfonso, a quien ya no sorprendían aquellos humorismos de su mujer, intentó reconquistarla con lagoterías y discretas razones de amante ducho. Ella mantúvose inexorable. ¡No, aquella vez no le perdonaba aunque se pusiera de rodillas y en cruz!... Vaya, irse y dejarla sola, sabiéndola enferma; ¿cuándo se vió entre buenos enamorados nada igual?... Alfonso sonreía; ella, por fin, abrió los ojos, con los labiosy las cejas fruncidas y la expresión agria del muchacho revoltoso que se ha enfadado.

—Ande usted, bicho indómito—exclamó él bromeando y alargando una mano—; bese usted aquí.

—¿Qué hora es?

—No sé; bese usted humildemente aquí y se le contestará.

—He preguntado qué hora es—gritó Consuelo muy irritada—. ¡Jesús, hijo!... ¿Estás sordo?

Alfonso la dió un cachetito en la mejilla y ella se echó a reír: hasta entonces no comprendió que se había irritado un poco sin querer. Sandoval abrió completamente las hojas de madera del balcón, y descorrió las cortinas; la claridad gris de la mañana invadió el dormitorio. Eran las diez.

—No debes levantarte—aconsejó—; llueve y el aire húmedo podría perjudicarte.

Mas ella quiso llevarle la contraria: sí, señor; se levantaría a todo trance, aunque en ello se jugase la vida.

—Es un capricho que merecías pagar caro; tienes los labios fríos, la frente ardiendo...

Consuelo rompió a llorar.

—¡Qué desgraciada soy, qué desgraciada!—repetía—; ¡tampoco quieren dejarme andar tranquila por mi cuarto!...

Preciso fué complacerla: Alfonso cogió una bata y con mil trabajos consiguió que la enferma metiese los brazos por las mangas.

—Corre, muchacha—repetía—; si andas con esa cachaza atraparás un enfriamiento.

—No importa; cuando quise, tú no quisiste; ahora que quieres, no quiero yo. ¡Ea, chúpate ésa; para que aprendas!

Quedóse sentada al borde del lecho, con las ropas medio subidas y las piernas colgando, y una encantadora carita de mal humor. Sandoval acomodóse en el suelo, sobre la alfombra pintarrajeada de negro y amarillo, apercibido a calzarle a su mujer los zapatos: antes de hacerlo la besó los pies, esbozando al mismo tiempo, para obligarla a reír, extravagantes pamplinerías y visajes; después la tomó en brazos y la puso de pie, echándola, para mayor abrigo, un pañuelo de seda por la cabeza y un mantón peludo sobre los hombros. Consuelito Mendoza se acercó a un espejo.

—¡Mala jeta tengo!—exclamó—; me parece que el Día del Juicio no he de tenerla peor. Sí, queridito; voy a morirme muy pronto.

Pasados algunos segundos de autoinspección y religioso recogimiento, acercóse a la ventana con el semblante descompuesto por la fiebre. Del cielo plomizo atravesado por los hilos de una red telefónica, semejante a un pentagrama gigantesco, caía una lluvia fina y compacta; la calle Arenal y parte de la Puerta del Sol, estaban casi desiertas: bajo el balcón, los caballos de los coches de alquiler formados a lo largo de la acera, sacudían sus arreos moviendo resignadamente la cabezapara quitarse el agua que les corría orejas adentro; mientras, los cocheros, envueltos en sus viejos capotones de pardo paño, cabeceaban soñolientos bajo sus paraguas de algodón. Consuelo seguía ensimismada, mirando hacia afuera, los ojos medio cerrados, como meciendo su alma en brazos del ensueño: luego sus labios se agitaron y palideció intensamente. Sandoval corrió a ella.

—¿Te sientes peor?—inquirió solícito—. ¿Quieres acostarte?

Hizo ella un signo afirmativo, y él, cogiéndola entre sus brazos robustos, la volvió al lecho sin esfuerzo, ensabanándola después con cariño y compasión maternales. Transcurrieron quince o veinte minutos. El calorcillo reparador de los cobertores fué disipando el malestar de la mimada y su semblante picaresco tornó a sonreír sobre el embozo.

—¡Hola, mosquita—exclamó Alfonso—, parece que vuelves a la vida!... ¿Reconoces ya cómo tu empeño de levantarte era un disparate?

—Pero ya estoy tan famosa.

—Gracias a mí.

—Y a mí, que soy de buena madera.

—El refrán lo dijo: bicho malo...

—Bien podías—repuso ella—contarme un cuento.

—¡Un cuento!... ¡lindo compromiso!...

Sabía muchos, pues era gran aficionado a leer, y cuando no recordaba ninguno los inventaba sobrela marcha, poquito a poco, según hablaba, de suerte que en una inmensa mayoría de casos estaba tan ignorante del desenlace de la narración como su auditorio. Esto hacía que los cuentos fuesen unas veces cortos y otras excesivamente largos, según el ingenio y la vena del narrador. En aquella ocasión, teniendo la memoria vacía de argumentos, empezó a inventar uno. Reducíase éste a la prolija enumeración de las aventuras, malandanzas y pesadumbres sufridas por tres soldados ingleses a quienes apresaron los salvajes habitantes de un país que, desde luego, suponíase clavado en el corazón del africano continente. Las primeras peripecias ocurrían a orillas de un lago rodeado de selvas vírgenes impenetrables, a la puesta del sol, hora precisa en que los elefantes, hipopótamos, cocodrilos y demás respetables huéspedes del bosque, iban a refocilarse remojando sus cuerpos en las verdosas aguas del pantano, y en que las manadas de leones hambrientos acechaban en los claros del bosque la llegada de las tímidas jirafas.

Estas relaciones infantiles, soporíferas de puro inverosímiles, transportaban a Consuelito Mendoza a un mundo de aventuras y desatinos del cual no quería volver; siendo lo más chistoso que si no la petaba el hilo del cuento ella misma se erigía en autora y lo modificaba: este episodio no estaba bien y convenía suprimirlo, o buscar otro, pues de lo contrario se negaba a seguir escuchando:también los personajes habían de llevar nombres simpáticos...

Aquella vez Sandoval, a costa de esfuerzos mentales inimaginables, consiguió urdir una fábula de bastante interés, bautizó bien sus héroes, supo elegir episodios y arribó con toda felicidad y gallardía al término de su relato después de hablar sin interrupción más de una hora; él mismo quedó admirado de su locuacidad y fértil ingenio de cuentista, y Consuelo Mendoza, que compartía su sorpresa, permaneció silenciosa, saboreando las escenas oídas. Cuando llegó la hora de almorzar la joven obligó a Alfonso a comer allí, pues no quería quedarse sola: él accedió. El resto de la tarde lo pasaron sin salir del cuarto, refiriendo cuentos y tarareando aires populares y trozos de ópera al compás de una guitarra que Alfonso solía pulsar medianamente. Habían dado órdenes terminantes a las criadas de no recibir a nadie, y siempre que sonaba el timbre de la escalera, Consuelo se incorporaba, procurando conocer por la voz a la persona que llegaba. Después, al oír que el importuno se iba, dejábase caer en el lecho retorciéndose de risa.

—¡Qué cara llevará!—decía—; el muy tontísimo vendría aterido y calado hasta los calzoncillos pensando rejuvenecerse al amor de la chimenea, de los pasteles y de las copitas de Jerez. ¡Pues, hijo, límpiate por hoy!... Así te caigas al salir de aquí y llegues a tu casa embarrado y hechoun adefesio, y los porteros no quieran dejarte pasar... Y, ¿qué más diré?... Que encuentres la sopa fría, y tu mujer te arañe...

Ensartaba disparates, sin poder contenerse, como obedeciendo a un impulso irrefrenable, hasta que Sandoval, aturdido, acordaba cerrarla los labios a besos.

A media tarde Alfonso, cansado de no hacer nada entretenido, rindióse al sueño. Despertó ya de noche; la luz de los faroles callejeros bañaba gran parte de la habitación, y otra vez danzaban por el techo las sombras de los transeúntes que iban o venían: levantóse perezosamente, corrió las cortinas y encendió el quinqué de la chimenea. Al volver a la alcoba, sus pies tropezaron una silla: el ruido despertó a Consuelo.

—¡Ay!—exclamó ésta lanzando un suspiro de liberación—. ¡Afortunadamente es mentira! ¡Oye!... Una pesadilla horrible... Soñaba que un hombre... cuya cara no recuerdo... extendía los brazos para cogerme; yo huía y aquellos brazos se alargaban detrás de mí; eran negros... parecían dos cuerdas llenas de nudos...

Su cuerpo tiritaba de espanto ante la presencia imaginaria de aquel fantasma que pretendía abrazarla. Tenía la frente ardiendo, las mejillas arreboladas, la mirada brillante, el pulso insólito.

—¡Diablo!—murmuró Sandoval contrariado—; nunca te vi tan sobresaltada como esta noche.

Sentóse a los pies de la cama y quedó pensativo,maldiciendo en su interior la tardanza de Gabriel, a quien esperaba desde el mediodía. Consuelo le observaba con ojos febriles, paladeando mucho, cual si su seca garganta no pudiese deglutir la saliva. Pasó otra media hora; el timbre de la escalera volvió a sonar; Consuelo, que se había quedado traspuesta, abrió los ojos.

—Han llamado—dijo.

Alfonso se levantó; la voz de la doncella preguntaba desde el pasillo:

—Señorito, ¿puede pasar el doctor?

Sandoval miró a su mujer, inquieto.

—Diríase—murmuró—que le presentiste en tu pesadilla...

Gabriel Montánchez abrió la puerta y allí se detuvo, esperando a que su amigo saliera a recibirle.

—Adelante, querido—dijo Alfonso—, y ve a Consuelo; no sé qué tiene.

—¿Jaqueca?

—Jaqueca y mimo, de todo un poco.

—¡Bah! El mimo y los celos, achaques son de recién casadas.

Consuelo hizo un gesto de mal humor y escondió los brazos bajo las sábanas. Gabriel Montánchez era alto, representaba cuarenta años y sus ademanes y actitudes tenían naturalidad y sencillez encantadoras; era hermoso, con esa arrogancia y satisfecha osadía de los retratos antiguos: la frente desembarazada, pobladas las cejas,la nariz correcta, los labios finos, las mejillas siempre pálidas, sin barbas ni bigote. Pero lo más notable de su fisonomía eran los ojos; ojos pardos muy obscuros, que miraban fijamente, con expresión punzante, cual si fuesen capaces de leer a través de los cuerpos opacos; su fascinadora atracción llegaba a ser insoportable; era la mirada del hombre de genio que todo lo sabe, y también la del aventurero audaz que a todo se atreve.

—Hay algo de fiebre—afirmó Montánchez pasados algunos momentos de silenciosa observación—, ¿qué siente usted?

—Nada—repuso Consuelo—, sino son muchas ganas de comer golosinas. Pero, sí... me duele bastante la cabeza y hasta parece que la habitación gira en torno mío.

—Yo creo—interrumpió Alfonso viendo que su mujer no acertaba a explicarse—que a ese cuerpo le falta algún resorte esencialísimo, y de ahí que los demás órganos funcionen mal. A ratos y sin motivo, sufre fríos horribles, contra los cuales fracasan cuantos medios de calefacción se empleen, y que sólo yo puedo curar contando cuentos o discurriendo tonterías extravagantes: ¿qué te parece? Y otras, un calor extraño que la sofoca hasta bañarla en sudor. A veces la atormentan ridículos terrores, o se vuelve irritable y antojadiza... En fin, que la niña es un manojito de estrafalarios caprichos y de rarezas.

Montánchez encendió un fósforo y aproximándolo al rostro de la joven:

—Míreme usted—dijo—de frente, sin pestañear.

Consuelo sostuvo aquel examen cinco o seis segundos y empezó a parpadear.

—Estése usted quietecita—exclamó Gabriel sonriendo—; así no puedo observarla los ojos.

—Ni falta—repuso ella con su habitual mohín de desdén y atropellando todo género de miramientos—; no quiero que me mire usted; me hace usted daño.

—¿Dónde?

—Concho, en todo el cuerpo...

Montánchez la examinó el interior de los párpados y las encías.

—¿Tiene usted palpitaciones?—inquirió.

—No sé tampoco; a ratos me duele el corazón.

—¿Mucho?

—Mucho: es decir, regular... No sé...

—¿En qué quedamos?

—¡Ea, ya lo dije!... en que no sé.

El médico continuó preguntando lentamente, interrumpiéndola a cada momento para reflexionar.

—¿Siente usted, de cuando en cuando, un cuerpo extraño, a guisa de bola, que sube del estómago y se detiene en la garganta cual si no pudiera pasar de allí?

—Psch... ¡no recuerdo!

—¿Y no experimenta usted vahídos al levantarse después de haber permanecido mucho tiempo sentada?

—Tampoco—replicó Consuelito Mendoza con aquella vaguedad que ponía en todas sus respuestas—: es decir, vahídos, sí... muchas veces, cada lunes y cada martes...

—¿Se la hinchan los pies?

—Nunca, ¡concho, qué miedo!...

A cada nueva contestación Gabriel Montánchez, perplejo, enarcaba las cejas. Concluyó marchándose sin recetar.

Entonces Consuelito Mendoza se enfureció; estaban ofendiéndola y su marido lo permitía. Hola, ¿conque todos menospreciaban sus dolores? Pues ella sabría de qué modo comportarse en lo sucesivo: desde aquel momento quedaba libre para hacer cuanto se la ocurriese, comería lo que quisiera, iría al teatro sin permiso de nadie, y, sobre todo, no consentiría que volviesen a hablarla de aquel médico cazurro y antipático...

Sandoval, que había salido a despedir a Montánchez, le interrogó acerca de la enfermedad de Consuelo.

—Por ahora—repuso el médico—, el daño es insignificante, pero puede ser germen de perturbaciones gravísimas. Al principio, creí habérmelas con un desarreglo cardíaco, pero no, el corazón funciona perfectamente. Aquí todo el mal radica en el cerebro, o por decir mejor, en la médulaespinal: los nervios son los causantes de esos vahídos y palpitaciones que sufre, y los conturbadores únicos de su carácter. Consuelo es extraordinariamente impresionable, parece una sensitiva o una balanza de precisión, y el menor disgusto, el accidente más nimio, la alteran: el color de sus cabellos, la expresión de su mirada, la palidez y suavidad de la piel, todo acusa un desarrollo neurológico excesivo; y los desmanes de esos nervios es lo que importa corregir. Para ello debes evitarla todo clase de emociones; las emociones son un veneno para los enfermos del corazón o del cerebro. Prohíbela el uso de perfumes, no la lleves al teatro cuando representen dramas demasiado vehementes, ni a la ópera, porque la música, según Goncourt, es el haschisch de las mujeres y las vuelve locas; no la contradigas nunca abiertamente, para que la contradicción no la excite irritándola, y distráela cuanto puedas: los nervios son a modo de sutilísimos hilos telegráficos que siempre están vibrando, y ya que no se les puede reducir al reposo absoluto, procuremos, al menos, que vibren agradablemente. Por ahora, nada de medicamentos. El agua de azahar sólo la procuraría alivios pasajeros, y el bromuro es un calmante demasiado enérgico. Más adelante, si la enfermedad se mostrase rebelde, recurriremos a las duchas o al hipnotismo, único sistema que puede emplearse con éxito en la curación de los padecimientos nerviosos.

Con esto se fue Montánchez, y Alfonso regresó al dormitorio donde su mujer continuaba llorando, muy pesarosa de que nadie creyera en la gravedad de su estado.

En días sucesivos la joven experimentó alguna mejoría.

Por las mañanas su refugio predilecto era el despacho; un cuarto grande y bien empapelado, con dos ventanas a un patio espacioso. A un lado de la habitación había un retrato de Víctor Hugo, ya viejo, con sus dulces ojos azules y su melena blanca; debajo estaba la mesa de escribir adornada por un tintero de plata que Sandoval conservaba como recuerdo de familia: los demás testeros los decoraba una rica estantería de caoba repleta de libros cuidadosamente colocados; los grandes a un lado, los chicos a otro, los encuadernados ocupaban sitios preferentes, los en rústica los lugares menos visibles. Sobre aquellos estantes varios bustos de hombres célebres levantaban sus escorzos inmóviles: Cervantes y Calderón, junto a Demóstenes y a Esquilo; Byron y Shakespeare, frente a Confucio y a Marco Aurelio; así, todos revueltos, como celebrando desde lo alto de los armarios un congreso misterioso a despecho de los siglos y de la muerte.

Allí era donde Consuelito Mendoza pasaba las mañanas, cosiendo junto a la ventana hasta la hora de almorzar; a ratos apoyaba la frente sobre el cristal para sentir una impresión de frialdadque aliviaba los ardores de su cerebro, y permanecía embelesada, mirando las paredes del patio renegridas a trechos por grandes manchas de humedad, y oyendo las voces de los vecinos o el adormecedor murmullo de la lluvia. Entonces su espíritu parecía desligarse del cuerpo; éste yacía inmóvil, conservando la actitud que adoptó al sentarse, mientras el otro se disipaba en lo infinito o era absorbido por ese “no ser” que en las horas de reflexión y recogimiento flota sobre nuestras cabezas: sus ojos abiertos, apenas veían el objeto reflejado en la retina, el tímpano vibraba transmitiendo al cerebro ecos indefinidos...

El alma, como el mundo, tiene sus desiertos, infinitamente más grandes que los terrestres; arenales inmensos, piélagos sin playas por las cuales vuela el pensamiento sin hallar una idea seductora. Cuando Consuelo Mendoza, harta de mirar hacia abajo, levantaba los ojos para complacerse viendo caer la nieve, apreciaba la velocidad con que descendían los copos a pesar de su extraordinaria rapidez, y entonces seguía mirando con nuevo ahinco, hasta que aquella multiplicación interminable de puntitos blancos empezaba a trastornarla: sucedíala con ellos lo que a los viajeros de un tren, para quienes los árboles, los postes telegráficos y los pueblos enteros corren hacia atrás, cuando son ellos los que caminan hacia adelante. Viéndolos caer, Consuelo pensaba subir. Esta ascensión comenzaba poco a poco, luego surapidez aumentaba y al fin convertíase en carrera furiosa, trasportándose a través del abismo cual si fuese una pluma; y si no se estrellaba la cabeza contra el techo, era porque su casa y todas las adyacentes ascendían también con el mismo anhelo y premura con que los copos de nieve bajaban. Cuando la joven podía reconocer oportunamente su alucinación, apartaba los ojos del objeto que tan fuertemente la atraía; pero si el embeleso cobraba apariencias de realidad no podía substraerse a él, y muchas veces la hallaron junto a la ventana, la cabeza caída hacia atrás, jadeante, mirando al cielo con ojos alocados, cual si un hipnotizador sobrehumano la sugestionara desde la inmensidad del vacío.

Otras mañanas, hallándose con verdaderos deseos de trabajar, se entretenía repasando la ropa de su marido, examinando cada prenda una por una, y cuando muy a despecho suyo reconocía que todo estaba bien, arrancaba los botones de un chaleco para procurarse el gusto de ponérselos otra vez; o bien deshacía una camisa y luego empezaba a recoserla, poniendo todo su empeño en concluir aquella labor antes de que Alfonso volviese: lo importante, pues, era estar haciendo algo que aludiese a su marido, en quien no dejaba de pensar.

El origen de aquel desarreglo nervioso, que el tiempo y los azares y tropezones de la vida fueron desarrollando, nadie lo supo.

Consuelo era hija única de don Felipe Mendoza y Sorero, anciano militar que lidió en la primera guerra civil y se reintegró al tranquilo hogar cuando el reuma y las heridas le inutilizaron: su mujer murió de sobreparto y Consuelo quedó al cuidado de una tía solterona que la amparó desde muy pequeña y veló por ella con solicitud maternal.

Su niñez deslizóse plácidamente en una casita del barrio Pozas, que tenía ventanas a un vasto solar donde las vecinas iban por las tardes a tender ropa. Consuelito salía a las cinco y media de un colegio situado en la calle Don Evaristo, junto a la de Ferraz, y con dos o tres amiguitas de su edad íbase a rondar el solar, atisbando por entre las tablas mal unidas que lo circuían, la ocasión propicia de penetrar en él.

En aquel espacio cubierto de hierba lozana, que servía de pasto a las vacas de las lecherías inmediatas, había una casuca con techumbre de teja y chimenea de ladrillo, y agrandada en sus fachadas anterior y posterior por dos viejísimos soportales de madera. En aquella choza reinaba como omnipotente y única soberana la señora Daniela, viejecilla pequeña y canija como las brujas de Teniers. Vivía con su marido, que siempre estaba borracho, y por tanto impotente para nada útil, y con una hija, ya moza; pero ésta tampoco la ayudaba en sus quehaceres porque tenía un señorito que la compraba pendientes finos deoropel, y vestidos y zapatos de charol y camisas de treinta pesetas... Todo, menos mantenerla y casarse con ella.

Daniela, por tanto, era la administradora única de aquellos dominios: ella fué quien impuso a las vecinas que llevaban su ropa a secar allí, cinco céntimos de contribución, y diez o veinte, según las circunstancias y la abundancia de pastos, a los dueños de las vacas y burras de leche; la que regaba el solar con agua sacada de un pozo, hacía calceta por las noches, y barría y repasaba lo más apremiante de lo roto que tenían las ropas de su marido y las suyas; ella, finalmente, era propietaria de un copioso enjambre de pollitos culones y vivarachos, hechizo de Consuelo y de sus amigas.

Desde la ventana de su cuarto, Consuelito Mendoza los veía correr por el solar, moviendo las inteligentes cabecitas y riñendo sobre los montones de estiércol: todos eran hermanos, y cuando a la caída del sol su madre los llamaba, acudían en tropel a guarecerse bajo el soportal trasero de la casa. Poseer uno de aquellos pollitos, dormir con él y comérselo a besos, constituía la mayor ilusión de Consuelo.

Resuelta a dar satisfacción a este deseo, espió pacientemente la oportunidad de allanar los dominios de la señora Daniela: pasaron más de quince días sin que la anhelada coyuntura se presentase; ¡qué mala suerte!... los pollitos serían,cuando ella los cogiese, casi unos gallos. Pensando así la pobre niña lloró mucho, perdió el apetito y fué necesario llamar al médico. Cuando los tan codiciados animalitos crecieron, aquel antojo quedó repentinamente olvidado. Esta volubilidad de carácter presidió la psicología, toda la psicología, de Consuelo Mendoza.

A los diez y siete años, la joven sufrió un accidente que puso en riesgo su vida.

Una tarde, yendo con su padre, varios granujillas intentaron prenderla en el abrigo una obscena figura de papel: don Felipe, justamente irritado contra el atrevimiento de los chicuelos, quiso aplicarles una buena mano de azotes que, sin romperles hueso, les escociese, cuando se vió detenido por un hombre que, luego de insultarle groseramente por lo que llamó “cobardía y barbaridad”, intentó agredirle con un cuchillo. Afortunadamente, varias de las personas allí reunidas mediaron en la cuestión, evitando que ésta tuviese mal desenlace; pero Consuelo, que desde los primeros momentos comenzó a sentirse muy excitada, al ver brillar el arma dió un grito espantoso y cayó al suelo sin conocimiento. Este accidente, complicándose con las manifestaciones primeras de la pubertad, provocó una violentísima fiebre que la hizo delirar varias noches consecutivas y de la cual tardó mucho tiempo en reponerse.

Desde entonces su naturaleza quedó resentida:adelgazó, perdió el color, sus ojos se agrandaron, su mirada fué más profunda y brillante, y su carácter adquirió una irritabilidad morbosa. Todo llamaba su atención y de todo se aburría; sus cuadernos de dibujo estaban llenos de esbozos y figuras a medio terminar, y al piano farfullaba seguidamente los trozos musicales más opuestos, sin acabar ninguno: sus labores inconcluídas, la pluralidad de libros que empezó a leer y que rodaban de una silla a otra con las hojas a medio cortar, el desorden de sus conversaciones y propósitos, todo descubría un carácter inconstante, sujeto a crisis nerviosas y a inmotivados accesos de ternura. Pero, como el ataque primitivo no volvió a repetirse, los médicos opinaron neciamente que todo ello desaparecería con los años y el matrimonio, y dejaron que la enfermedad, al parecer dormida, siguiese echando mejores y más profundas raíces.

Dos años después conoció a Sandoval, un muchacho de muy buena familia que acababa de salir de la Universidad, y que, falto de obligaciones y no necesitando de su carrera para vivir, divertía agradablemente el tiempo en viajes o riendo con amigos y pecadoras de buen humor. Aquel noviazgo formó una pareja perfecta: ella de regular estatura, cabello negro y ondeado, ojos soñadores, un poco fruncidos, como los del árabe que explora el desierto; las curvas abultadas, breve la cintura, las manos y los pies aniñados;él, alto, vigoroso, alegre, con el ilusionado corazón siempre propicio a enamorarse de todo lo noble y digno de aplauso. Las relaciones fueron cortas, y tras un viaje de novios más empalagoso que un idilio de Mosco, los nuevos cónyuges se establecieron en un cuartito entresuelo de la calle Arenal. Poco después murió el padre de Consuelo, y la pérdida de aquel ser querido reforzó los lazos que ya la unían apretadamente a su esposo. El idilio de la niñez había terminado y empezaba la novela de la juventud.

Jorge Sand dijo que “una mujer no puede amar al hombre a quien considere inferior a ella, porque el amor sin veneración y sin entusiasmo sólo es amistad”. Con este idolátrico, ciego y bienhechor frenesí, quería Consuelito Mendoza a Sandoval: más fuerte que ella, dominándola por la amplitud y serenidad de su pensamiento y la entereza de su resolución. Alfonso era condescendiente, benévolo, fácil siempre a la súplica y al perdón; pero a ratos, en los asuntos de riesgo y trascendencia, sabía desenvolver su voluntad inexorable, probando cuán recta y dura eran su orientación y su temple.

A despecho de tales rozaduras, acaso por este mismo antagonismo de caracteres, ambos se amaban locamente. Consuelo reconocía ciertamente que Alfonso Sandoval era muy celoso, pues no la permitía salir sola a ninguna parte, y hasta dió a entender a sus amigos que las puertas de su casa no se abrían con gusto para ninguno de ellos, creyendo fundadamente que, si bien haymujeres en quienes puede tenerse absoluta seguridad por lo que a ellas atañe y concierne, de los hombres, aun de los más fieles y allegados, debe siempre desconfiarse: mas aquel exceso de pasión halagaba el amor propio de la joven, y como no quería nada fuera de su hogar, no sintió el peso de tales prohibiciones. Vivía consagrada a su marido, con exclusión rotunda de todo otro afecto; y, sin procurarlo, imitó su manera de hablar, sus gestos, sus frases favoritas: le adivinaba en el modo de pisar, de toser, de subir la escalera; y a obscuras, sólo por el olor, reconocía sus ropas, aun cuando estuviesen recién lavadas, en algo simpático que sólo ella percibía. Hallándose sola, esperándole, solía suceder que su corazón, de pronto, latiese con más violencia.

—¡Ahí viene!—exclamaba corriendo a la ventana.

Y ¡cosa rara! su agudo instinto de mujer enamorada jamás la engañó: había necesariamente entre ellos un flúido que les ponía en relación constante, permitiendo que se buscaran sin verse, por la misma ley magnética que mueve a la aguja imantada a señalar al norte. En lo que Alfonso Sandoval mostrábase absolutamente intransigente era en cuanto a la salud de su mujer concernía: a verla sana y fuerte, aspiraban sus empeños.

—Acerca de esto procederé según mi criterio y mi conciencia me aconsejen—decía—; Montánchez,que, como médico y como amigo, está interesado en curarte, me aconseja evitarte toda clase de malas impresiones, que no te deje llorar ni reír con exceso... y yo, que cumplo fielmente estas cuerdas prescripciones, inmolando muchas veces mi voluntad y mis deseos a tu bien, ¿consentiré que nadie, sea quien fuere, llegue con su imbecilidad a destruir mi obra?

A pesar de tan prolijos cuidados, la flaca salud de Consuelito Mendoza no mejoraba; el diablillo inapresable de la neurosis mordía sus nervios; sus risas y sus lágrimas sucedíanse caprichosa e inesperadamente, como las grupadas en los días vernales o de otoño.

Una tarde, después de almorzar, el matrimonio pasó al gabinete a tomar el café. Era aquella una habitación cuadrangular, ricamente alfombrada. Sandoval arrimó su butaca a la chimenea, cruzó una pierna sobre otra y encendió un tabaco.

—Acércame el café, niña, ya que estás ahí—dijo con su tono cariñoso habitual.

Ella apresuróse a obedecerle trayendo un velador con dos tazas. Alfonso cogió la suya y bebió un sorbo.

—¡Uy, qué rico está!—dijo.

Aquel era uno de sus mayores caprichos; el de fumar y beber café al amor de la lumbre, sin discurrir nada serio, abandonándose a una pereza enervante. Entonces reconocíase completamente feliz; el adormecedor aroma del tabaco, el humoque caracoleaba alrededor de sus dedos y luego subía en líneas sinuosas girando sobre sí mismo en caprichosas espirales por el ambiente tibio, el sonsonete continuo de la lluvia y el cálido chisporroteo de la madera quemada inspirábanle un placer tranquilo, soporífero, paradisíaco.

Consuelo, sentada delante de él sobre el brazo de una butaca, le contemplaba silenciosa, cubriéndole bajo una mirada de amor: tenía el pelo graciosamente recogido, un pañuelo rojo de seda ceñía su cuello mórbido y blanco; el vestido negro realzaba los contornos ondulantes, exquisitamente pomposos, de su cuerpo; cuerpo juvenil, de carnes frías y apretadas. Su frente pequeña, sus ojos grandes, la afilada nariz y el tinte pálido del semblante y de los labios, daban a su fisonomía la expresión dulce de esos retratos de mujeres hebreas que publican las revistas ilustradas...

De pronto Sandoval miró su reloj; eran las tres, la hora de ir al Casino para desentumecerse haciendo gimnasia o tirando al florete.

—¿Te vas?—preguntó Consuelo.

Alfonso repuso indeciso:

—Psch... ¿Llueve mucho?

Ella corrió al balcón y levantando los visillos:

—¡Qué atrocidad—dijo—, no se ve a cuatro metros! ¡Qué modo de caer agua!... En toda la Puerta del Sol hay dos personas. Pero, chico, si los tranvías parecen submarinos y los pobrecitos caballos tienen un canalón en cada oreja...

Dejó caer la sutil cortinilla y fué a sentarse sobre las rodillas de Sandoval.

—¿Conque, vas a salir?

—¡Diantre... no sé!...

Consuelo sintió uno de aquellos vehementes arrebatos mimosos que la transfiguraban en otra mujer.

—Bien mío, no salgas, complace esta vez a tu mujercita. El tiempo es malo, llegas al Casino mojado de pies a cabeza, manchado de barro, tiritando de frío... ¿y para qué? Para ganar o perder una partida de tresillo: mientras que aquí estás abrigadito, con los pies calientes y, sobre todo, junto a mí, que te adoro. Verás: jugaremos al tute, al ajedrez, me contarás cuentos... ¿verdad que sí? ¡Concho, hijo, cuánto tardas en responder!... Di, ¿te quedas?... ¿Eh?... ¿Te quedas?...

Realmente Sandoval ya estaba decidido a quedarse, pero no quiso rendirse tan pronto.

—Acceder a esto—dijo—no es cuestión de cariño, porque las pequeñeces no merecen tenerse en cuenta. Lo que te quiero lo sabrás algún día, si llega el caso. Yo me quedaría, ¡pero eso de no ir al Casino, ni un ratito siquiera, es horrible!... La vida de Círculo llega a ser para ciertos hombres, para mí, verbigracia, una segunda naturaleza.

Consuelo hizo un gesto impaciente.

—¡Qué Casino ni qué concho! Siempre estásmortificándome; es lo primero que te pido y luego...

—Digo esto—agregó él complaciéndose en verla apurada—, porque prescindir del Casino equivale a renunciar a la tertulia de mis amigos, al riquísimo café que allí se bebe, a la sonrisa del criado que está en el guardarropa y me ayuda a quitarme el gabán, a los asaltos que riñen los aficionados en la sala de armas... y a otra multitud de atractivos; ¡celebraría que las mujeres tuvieran también sus círculos para que apreciases cuánto vale todo esto!... Pero el hombre es débil, y Hércules, hilando a los pies de Onfala, es el ejemplo que mejor demuestra cuán grandes son el imperio y poderío que las faldas tienen sobre los pantalones; por eso yo, que te quiero tanto o más que Hércules a Onfala, también me rindo a tus súplicas, bribonzuela, y con tal de verte alegre renuncio a todo y... ¡me quedo!

Ella, enajenada de gozo y no sabiendo cómo demostrar su regocijo, acomodóse en el suelo entre las piernas de él, los brazos apoyados sobre sus rodillas, besándole las manos. Alfonso sonreía satisfecho, acariciando aquella frente preciosa cubierta de abundantes cabellos negros que ponían a su cara un marco de azabache. Luego estuvieron contemplándose, dictando con sus miradas un idilio mudo.

—¿Me quieres mucho?—preguntó Consuelo.

—Más que el primer día de casados, y nuncahe sido tan feliz como hoy: creo que ni en el paraíso cristiano, con sus santos repletos de teología y sus once mil vírgenes insulsas y rezadoras, ni en el edén musulmán poblado de huríes ardientes, puede estarse mejor que aquí: esto es un ensueño de opio y hasta me creo un sultán vestido a la europea, y tú una sultana más hermosa y discreta queSchéhérazade.

—¿Se te quitará el mal humor? ¿Serás bueno y tolerante para mí? ¿No volverás a reñirme?...

—Tonta; defendiendo tu bienestar soy para los demás una fiera; para ti, siempre seré un niño.

Consuelito, aburrida de permanecer en el suelo, quiso cambiar de posición, mas no acertaba a colocar cómodamente las piernas.

—¡Concho, siempre me lastimo!

Harta de removerse inútilmente, acabó por estirarlas, dejando al descubierto sus pantorrillas: tenía medias negras.

—¡Qué vergüenza!—exclamó Alfonso tapándose los ojos—; ¿le parece a usted eso decente?

—¿El qué, concho?

—Esas dos cosas negras que te asoman por debajo de las faldas.

—Y, ¿qué importa?

—¿Cómo?... ¿No es un delito tenerme siempre el ánimo en pecado mortal?

Ella, bruscamente, se levantó.

—¡Ah, está bien—dijo—, te disgustan!... Puesno volverás a verlas en toda tu vida, lo juro. Eso ya no es para nadie.

Parecía enfadada y corrió a echarse en el sofá, al otro extremo del gabinete. Después, sin saber por qué, comenzó a ponerse seria, muy seria; sus cejas se fruncieron; plegó los labios gravemente.

El crepúsculo fué breve y la noche cerró en seguida; la luz de los faroles atravesaba los cristales del balcón dejando en el techo ligeros resplandores que se movían en indeciso aquelarre.

Como la joven no depusiese su actitud esquiva, Sandoval la llamó.

—Acércate, quiero descubrirte un secreto al oído...

La requerida continuó impasible; él agregó incomodándose:

—¿Para eso me retuviste con tus ruegos? ¿Para luego ponerte a ensayar mojigangas?

—Pues... ¿por qué no quieres verme las piernas?

—Vaya, basta de tonterías, chiquilla mal criada.

—No haberlo dicho.

—Tonta.

—Mejor que mejor.

—Si quieres reconciliarte conmigo, ven aquí.

—¡No, ven tú!

—¡Eres más empalagosa que un tarro de almíbar! ¿Qué? ¡Haces lo que mando o me marcho y no vuelvo hasta la madrugada!

Consuelo reanudó su llanto, lanzando a cortos intervalos largos y entrecortados suspiros. Alfonso, compadecido, acercóse a ella; seguía tendida con abandono delicioso; bajo su traje negro, sencillo como el de una colegiala, se bocetaban las formas lujuriantes del cuerpo, y estaba tentadora, con esa seducción irresistible que tienen las mujeres bonitas cuando lloran de amor.

—Niña, no te excites, procura serenarte—dijo Sandoval—; levanta la cabeza; ya me tienes aquí. Ea, ¿qué?... ¿te pasó el mal humor?

—No. ¿Por qué me llamaste empalagosa? Hijo, yo debo de darte náuseas; las cosas muy dulces repugnan.

Decía esto abriendo mucho los ojos y arqueando las cejas con adorable expresión inocente: Alfonso la abrazó conmovido, murmurando:

—¡Pobre enfermita!

—No estoy enferma; ésas son calumnias que el mundo inventa para atormentarme. Lloro porque me tratas muy mal, porque no me quieres, porque te aburre en mí todo lo que antes te divertía, porque soy para ti menos que una esclava... Menos, sí; pues yo he oído contar que muchos hombres quieren a sus esclavas como a sus propias mujeres...

—¡Loca... locuela... loquilla!...

—Eso querría yo, eso... porque prefiero morir loca a que me abandones. Desgraciadamente no será así. Me lo aseguran tu manera de comportarteconmigo, tus miradas, tus atenciones, que más parecen dictadas por el deber que por el cariño; tu conversación...

Sandoval estaba perplejo, no sabiendo si entristecerse y tomar la cuestión por su lado serio, o si reír.

—¡Ay, maridito mío!—exclamó de repente Consuelo—: yo tengo muchas ganas de llorar.

—¡Cómo, tontuela! ¿qué motivo tienes?

—No sé, quizá ninguno, pero siento sobre el pecho un peso muy grande que me impide respirar, y estoy cierta de quitármelo llorando.

—Pues llora.

—Es que no puedo...

Volvió a reclinarse en el sofá, prorrumpiendo en sollozos fingidos; luego se sentó, oprimiéndose el pecho; pero las lágrimas no corrían, y tal fué su desesperación que llegó a pegarse un vigoroso cachete en la cara. El dolor permitió que los ojos se humedecieran momentáneamente, pero en seguida volvieron a secarse.

—¡Virgen, qué nerviosa estoy!... Alfonso, dime algo, hazme algo, para que llore...

Se retorcía los brazos como un reo en la tortura.

Sandoval la llevó al lecho, pero Consuelito Mendoza, insensible a sus halagos, dejóse caer en la cama, sollozando furiosamente, pugnando por derramar aquellas lágrimas rebeldes que se obstinaban en no correr. Su excitación nerviosa fuéaumentando, empezó a revolcarse y llegó a tirarse del pelo.

—¡No seas imbécil!—gritó Alfonso realmente irritado—; vas a lastimarte.

—Eso quiero.

—Pues cuida de que no te haga llorar de veras aplicándote unos buenos azotes.

El semblante de Consuelo expresó alegría inmensa.

—¡Sí, por Dios, sí... dámelos!

—No instes, porque cumplo lo ofrecido.

—Bueno, pues, sí; anda pronto...

—Que van a escocerte...

—Lo que quieras, tirano mío; pégame cuanto gustes, tuyos son mi espíritu y mi cuerpo, pero no dejes de amarme. Mírame a merced tuya, sumisa, gozando ya con el castigo... ¡Pégame, Alfonso, pégame!...

Ella misma se tendió boca abajo, la cara sobre la almohada, esperando impaciente. Toda aquella flagelación envolvía una voluptuosidad extraña. Sandoval, sin otros ambages, sofaldó a la joven y cogiendo una chinela levantó el brazo sobre aquellas carnes turgentes que parecían vibrar de placer bajo la fina tela de la camisa. Consuelo permanecía inmóvil, suspirando dulcemente, esperando el castigo, deleitándose con él: al fin recibió el primer golpe y su cuerpo tembló más de sensualidad que de dolor; luego recibió otro y seguidamente cinco o seis más, muy fuertes... DespuésSandoval, condolido, acarició la parte azotada. Consuelito le abrazó diciendo:

—¡Esposo mío, piedad para mí, no me pegues más, basta, por Dios!...

Tenía los ojos colorados y las lágrimas corrían abundantes por sus mejillas. Pero Alfonso, comprendiendo la refinada voluptuosidad de aquel capricho, quiso extremarlo, y desasiéndose de la joven continuó macerando sañudamente aquellas carnes blancas y duras; ella sollozaba; después, juzgándola bastante castigada, se acostó a su lado para consolarla. Consuelo se dejaba acariciar besándole y riendo y llorando al mismo tiempo, complaciéndose en rendirse a su propio verdugo; y cuando estuvo completamente tranquila acabó por confesarle, y aun lo juró por su padre muerto, que desde aquel momento le quería más y que los azotes mejores fueron los últimos.

Aquella noche, acobardados los dos por el frío, se acostaron temprano: Consuelo tenía miedo; ese miedo a lo indeterminado y remoto que sólo conocen los nerviosos: la seguridad de sufrir el asalto de alguna pesadilla horrible, oprimía su ánimo.

—¿Qué tienes?—inquiría Alfonso sintiéndola temblar.

—¡Ay, no sé, pero... no me sueltes... se me antoja que van a llevarme!...

Al fin, tras muchos esfuerzos, logró dormirse; el temido ensueño, efectivamente, no tardó en llegardisfrazado bajo sus vagarosas hopalandas negras y grises...

...Era una tarde de invierno; ella vivía en aquella misma casa, pues todas las estancias guardaban entre sí idéntica disposición, pero las habitaciones eran inmensas, las paredes de color plomizo se balanceaban alejándose o acercándose cual si tramoyistas invisibles las pusieran en movimiento por medio de mágicos resortes...

Consuelo andaba por allí calladamente, sorprendida de que sus pasos no tuvieran eco y de la prolongada ausencia de Alfonso: también maravillábase de la pequeñez de los muebles y de la gran altura a que fueron colocados los cuadros: la cama no llegaba a sus rodillas, la mesita de noche apenas levantaba dos palmos del suelo. Alarmada por tanto silencio salióse al pasillo y llamó a la camarera; a sus voces sólo contestó un eco lejano, un quejido moribundo semejante al del viento penetrando por una abertura estrecha. Entonces recorrió el corredor, las alcobas, la cocina; todo estaba desierto: en la despensa, encaramado sobre un queso de bola, había un ratoncillo gris, de largos y blancos bigotes. Siguió adelante y se detuvo frente a la puerta del despacho; aplicó el oído a la cerradura y no oyó nada; llamó ligeramente con la yema de los dedos... y nadie respondió. Animándose a entrar empujó la puerta, y al comprender lo que en la habitación sucedía, quiso huir; una fuerza invencible se loimpidió. Delante de la chimenea y alrededor de un hombrecillo de pelo rojo, se hallaban repantigadas en sendos butacones de cuero claveteado, varias personas: el hombrecillo era un gnomo; los demás, las estatuas del despacho que habían dejado sus pedestales: todas tenían sus hermosas cabezas de yeso asentadas sobre pequeños cuerpos vestidos con jubones acuchillados, gregüescos y gola, y sus voces resonaban temerosamente como si saliesen de una caverna o del fondo de una tinaja vacía.

Consuelo colocóse sin ruido tras una cortina para no llamar la atención de los misteriosos personajes. La conversación de éstos llenóla de espanto; hablaban de ella, querían buscarla, prenderla, llevarla maniatada a un paraje lejano, a un mundo chiquitín que brillaba en medio del espacio... Quien entonces usaba de la palabra era Cervantes, y le respondían Quevedo y Marco Aurelio. Byron callaba, mirándoles con sus ojos sin luz. Todos ellos, y éste fue un detalle que no sorprendió a Consuelo, se expresaban fácilmente en correcto castellano. Entonces estuvo a punto de salir de su escondrijo diciendo a gritos:

—Concho, ¿qué es eso?... ¡Fuera de aquí, espíritus y desatinos mágicos! ¡Zape! ¡Cada mochuelo a su olivo!...

Mas se contuvo, sobrecogida de curiosidad y de miedo. El gnomo hechicero acababa de levantarse; iba vestido de encarnado, como el Mefistófelesde Fausto, y después de dar una cabriola en el aire, empezó a describir con su mano izquierda movimientos cabalísticos y a pronunciar palabras en un idioma desconocido. Obedeciendo a su irresistible llamamiento, penetraron por la ventana muchos espíritus revestidos de formas extrañas y tan pequeños, que el más grande, que tenía cabeza de elefante y cuerpo de pescado, no era mayor que una sopera.

Aquellos diablejos trabaron entre sí reñida batalla: un sapo que volaba por la habitación montado en un plumero, atravesó con su espadín a otro espíritu con trazas de zorro; dos escarabajos horripilantes trepaban cachazudamente por las flacas y torcidas piernas del gnomo, quien subido sobre un tambor, continuaba dirigiendo con los movimientos de su mano zurda la espantosa bataola; las estatuas dejaron los butacones para volver a sus sitiales respectivos. Consuelo las veía trepar por inseguras escalerillas de cuerda, pendientes del techo, apreciando las violentas contracciones musculares de sus brazos y de sus piernecillas negras, impotentes para soportar el peso abrumador de sus cabezotas; y por entre aquel perpetuo flujo y reflujo de figurillas disparatadas, de ratonzuelos que corrían por el suelo empujando quesos de bola, de machos cabríos, de lagartos verdes que se arrastraban por las paredes cazando tortugas con alas de murciélago, los ilustres padres del habla castellana, del romanticismomoderno y de la grave filosofía estoica, continuaban trepando en busca de sus pedestales vacíos. La joven les observaba atentamente, deseando verles arribar sanos y sin magulladuras al término de sus afanes. Cervantes llegó el primero; luego Calderón; al recobrar su puesto sus cuerpecillos desaparecían y tornaban a ser las pacíficas estatuas que ella misma compró por doce o quince pesetas a un mercader italiano.

Pero Marco Aurelio fué menos afortunado que los otros: al llegar a la cornisa del estante, un condenado diablillo que andaba por el suelo jugando al trompo, quiso subir por la escalerilla en que, desde hacía diez minutos, realizaba prodigios de agilidad el desgraciado emperador y filósofo romano, y aquélla empezó a oscilar. Consuelo hubiera deseado ahuyentar al maligno espíritu, mas como no podía moverse, tuvo que resignarse a permanecer inactiva. No obstante las importunas sacudidas del demoncejo revoltoso, el autor de “Los doce libros” estaba a punto de salvarse: ya había afianzado su pie izquierdo en la cornisa y reconcentraba todas sus energías para separarse con un último esfuerzo de la escala fatal, cuando una lagartija que huía de un repugnante sapo armado de adarga y lanza, tropezó con tal violencia al desventurado filósofo, que le arrebató el equilibrio. Consuelo le vió vacilar, inclinarse hacia atrás, dar una vuelta de campana y caer pesadamente al suelo, saltando en añicos.Al quedar la venerable cabezota de Marco Aurelio reducida a un montón de pedacitos de yeso, la joven lanzó un grito. Entonces desaparecieron por ensalmo los detalles de aquel aquelarre y la joven permaneció inmóvil, creyendo que la llamaban: luego aquella audición fue más clara; parecía la voz de Alfonso.

—¿Qué es eso?—murmuró.

—Despierta, mujer; tienes una pesadilla.

—Es que el pobrecito Aurelio se ha roto la cabeza...

Sus ideas tornaban a confundirse y calló.

—¿Qué dices, loca?... Vuelve en ti; no sueñes.

Era otra vez la voz de Alfonso. Consuelito Mendoza oyó que la hablaban casi al oído, un aliento tibio rozó su cara, manos vigorosas la sacudieron. Despertó sobresaltada, frotándose los ojos.

—Alfonso—balbuceó.

—¿Qué?

—¿Pasó ya?

—Sí; era una pesadilla; como te empeñas en acostarte del lado izquierdo... Ahora duerme y déjame en paz; tengo mucho sueño.

—¡Hijo... qué miedo tan grande!... ¡Si vieras!

Dió media vuelta, abrazándose al cuello de Sandoval.

—¿Qué hora es?—preguntó.

No dijo más y volvió a dormirse. Transcurridos algunos minutos, la pesadilla se reanudó.

Estaba con su marido en un palco del teatro Real, viendo una ópera cuyo argumento desconocía. De pronto tuvo frío y se levantó para vestirse el abrigo que había dejado en el antepalco: éste era una alcoba, su dormitorio de la calle Arenal, con su otomana, su mesa de noche y su cama matrimonial vestida de blanco. Sentóse en el lecho a reposar; tenía jaqueca; las notas llegaban a sus oídos debilitadas, tenues, remedando suspiros.

De pronto reapareció el gnomo con su luenga barba gris, su caperucita roja y una linterna en la mano. Corría de un lado a otro callado y sin ruido, como buscando algún pequeño objeto extraviado. Consuelo no tuvo ganas de seguir mirándole.

—Este hombre—pensó—es un pillo. ¿A qué vendrá esta noche aquí? Seguramente entró por el cristal roto de alguna ventana, como hacen las brujas, o por la puerta, bajo las faldas de alguna señora: como es tan chiquitín... Pero, ¿a qué habrá venido, a qué?... Yo antes lo sabía y la idea está aquí; se va... se me escapa, no consigo agarrarla bien. ¡Ah, sí... ya sé... ahora recuerdo!... Lo que pretende es organizar una reunión de diablos para que bailen un poquito al son de la música.

Reapareció el gnomo: sin fijarse en ella atravesó el cuarto y procuró ocultarse bajo la otomana: después de tenderse de pecho al suelo comenzóa estirarse alargando los miembros, doblegándose de diferentes modos con una suavidad de movimientos semejante a la de los gatos cuando quieren meterse por debajo de una puerta. Consuelo le observaba fijamente: el misterioso espíritu pasó primero la cabeza, luego la mitad del busto, en seguida la otra mitad, las piernecillas también fueron entrando poco a poco hasta desaparecer enteramente: y entonces sólo vió el reflejo de la linterna que continuaba luciendo bajo la otomana, iluminando su vientre, convirtiéndola en un gigantesco gusano de luz.

De pronto las miradas de Consuelo repararon en una puertecilla que acababan de abrir y por la cual entró un hombre muy pálido, sin pelo de barba, con las mejillas arreboladas, las orejas grandes y separadas del cráneo, los labios descoloridos, el pelo áspero y cortado a rape, la mirada inmóvil y sin expresión, las manos exangües como las de un muerto, el cuerpo vestido con un burdo traje de tafetán verde; aquel extraño antojo avanzaba lentamente, sin mover los brazos ni las piernas, como patinando... La joven comenzó a tiritar de miedo: no podía huir, ni gritar, ni defenderse; la espeluznante aparición ejercía sobre ella una atracción fascinante. Entretanto, la sombra fatídica se acercaba sin ruido, sin movimientos, sin voz, extendiendo hacia su víctima sus brazos y sus labios. Consuelo sintió que aquellos brazos la enlazaban con un anillo dehielo. El fantasma maldito tenía la fuerza de una realidad espantable: la boca del horrible engendro oprimió la suya con un beso mortal, mientras una mano, fría como el mármol, la palpaba bajo las faldas. Estaba tendida en el suelo, sin poder desasirse, jadeante, a punto de ser vencida... Entonces la expresión del hombrecillo del traje de tafetán empezó a cambiar: sus apagados ojuelos fueron transformándose en otros grandes, expresivos, penetrantes, de color pardo o verde muy obscuro, sombreados por largas pestañas negras. Consuelo, que había visto aquellos ojos en otra parte, miró mejor... El muñeco había desaparecido y en su lugar estaba Montánchez. La vergüenza y su dignidad de esposa sublevaron el valor de Consuelo, que empezó a defenderse.

—¿Qué hace usted?—exclamó.

—Nada, no se apure usted—repuso él con su acostumbrada finura—; vamos a representar la última escena de la ópera.

—No, no... puede venir Alfonso y enfadarse conmigo. Espere usted a que yo se lo diga; vuelvo pronto... Hombre, ¿usted no dice que deben evitarme las impresiones fuertes?... ¡No me irrite usted!

—Señora—insistía Montánchez sin soltarla—, tenga usted paciencia; concluímos en seguida.

—Suélteme usted, se lo ruego, porque si Alfonso nos ve aquí solos y abrazados, es capaz de matarnos. ¡Oh!... Si él supiera que un hombre meha tenido entre sus brazos, me daba un tiro... Suélteme usted... oigo pasos... ¡es él... es él!...

Ya no percibía la música del teatro, ni los rumores de la sala, ni las voces de los cantantes: la decoración había cambiado.

En aquel momento apareció Sandoval. Consuelo le vió dar un paso atrás, ponerse horriblemente pálido y coger un cuchillo, una faca enorme, cuya hoja brillaba a la luz siniestramente; la faca, tal vez, con que quisieron matar a don Felipe: luego caminó hacia ellos... Montánchez no se movió: hubiérase creído que esperaba resignado el golpe, o que poseía algún medio oculto y sobrenatural para conjurar el peligro y detener el brazo agresor. Mas Consuelo no pudo contenerse y lanzó un grito.

—¡Yo no quería!—exclamó—; ¡es... él!...

Iba subiendo la voz. Luego oyó la de Sandoval, y el trágico caramillo se disipó.

—Es Montánchez—repetía la joven.

Abrió los ojos y vió que ya amanecía. Alfonso la riñó duramente; no le había dejado dormir en toda la noche.

—¡No te enfades, hijito!—repuso ella—. ¿Ves?... yo no soy responsable de mis males. Es que he tenido pesadillas horribles. Creí que un muñeco de estuco, vestido de verde, me abrazaba, y después aquel monigote se convirtió en Gabriel Montánchez, que quería representar conmigo la última escena de una ópera...

Y volvió a temblar, recordando aquellas quimeras.

Poco a poco, sin embargo, tornó a quedarse dormida. Tenía el semblante pálido, sus ojos cerrados temblaban ligeramente, los labios se movían balbuceando palabras que no llegaban a ser inteligibles...

Al día siguiente, y sin otro contratiempo o motivo, Consuelito Mendoza amaneció tiritando otra vez bajo las garras de la calentura.


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