La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda, ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.
Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muy despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.
Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla los cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos nos espera.
Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo y con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del lance con los moriscos.
—Paréceme—exclamó gravemente—que te pudiste ahorrar tanto riesgo, tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes bastaba.
Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y desengaño de toda acción ambiciosa.
—Esto lo hiciste—agregó—por punto de honra. Harta dicha será que no te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú, Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como a otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué modo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te cumple pagar esa segunda vida que te concede.
Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.
Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante la menor impresión.
Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle. En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando que don Alonso Blázquez subía las escaleras.
El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia, hermoseando la expresión ante su propia imagen.
Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madre echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando un contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el hierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve levantarse ante sí pavoroso fantasma.
El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo más tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.
En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura, don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en su marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su amigo.
A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, en servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz. Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del sebillo en los guantes descabezados.
—El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey—díjole a Ramiro, antes de despedirse,—dejando a una parte el largo padecer, que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme. Vuesa merced—agregó—no tendrá con esto más trabajo que reunir sus pergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbre del sol.
Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados, estrechó en las suyas aquella mano generosa.
Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:
—¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?
Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:
—Una gran desdicha—respondió,—la más grande, la más cruel que podía acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!
—¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?
—Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?
Luego, con la frase entrecortada por el llanto:
—Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!
Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con voz casi hombruna y justiciera, exclamó:
—Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.
Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olor de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramiro sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.
La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó en presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, y alumbrada ella misma como imagen entre cirios.
En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la más visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso Blázquez Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas principales para tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. El número de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara se agregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del aristocrático mentidero del señor de la Hoz.
Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio los varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto. Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado. Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico doméstico se apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, y perdió mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario ademán o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para él mismo era obscura la razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo, que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casa guisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su casamiento a los más antiguos linajes de la ciudad, habíase conservado completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y San Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas de su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelería excelente.
El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal, compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos de tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba, evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; el hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor del agasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano de número...
Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, y casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestión actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobre sus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja en lisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y ya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto, como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes de aquella guerra santa y vengadora.
Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el número de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata, nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejores tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristán de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja. El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la servidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a sus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayos apostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada cual con un hacha de cera encendida. Gastábase tanta luminaria como en la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril.
Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos los rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves se adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso, se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacía las veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación y de un religioso franciscano de San Antonio, las personas que allí estaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno que otro, su jornada, lo hicieron en términos tales, que parecían referirse a la diligencia más o menos provechosa de algún alguacil. El desengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con aliento para pasar a la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazapose en el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano, arrimando su taburete, le dijo en voz baja:
—¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro está que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habrá de llevárselo el viento como la paja.
—¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?—preguntó Ramiro.
—Habladurías, habladurías—replicó el religioso con ademán de desprecio.
—No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nunca daña saber por dónde habemos de ser combatidos.
—Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticias a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga...
En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:
—¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que fenecemos!
El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose al mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló en voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como avergonzado.
Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de asombro y se dirigió a saludarle:
—Enhorabuena—exclamó, alargando los brazos.—Grata señal es ésta; pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de ver y escuchar a vuesamerced.
—Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.
—Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste, todo su lance con los moriscos, punto por punto.
—Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la calentura.
A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, con inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que el mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándola por fin en su mano, exclamó:
—Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?
—No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.
El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara:
—Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento y esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.
—Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.
—Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la lealtad sea por momentos amarga.
—¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!
—Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cómo, cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes de los conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba.
Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la mano a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento.
De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas que don Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón predilecto, frente a don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al mediodía para retirarse después del toque de oraciones. Eso cuando él mismo no se invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida detriunfocon el anciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en su propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todos los criados. Su situación era, sin duda, la más prominente. Su vieja amistad con el Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués de Velada era causa de que los menos informados le atribuyesen grande influencia en la Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo a menudo las dos o tres frases que Su Majestad le había dirigido en su larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiración tan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquel espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.
Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de aguijonear ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para pretender la mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de vuesa merced, señor Alférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad de los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan ejércitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a la corte...» y dejaba caer en el oído del soldado alguna deslumbradora promesa.
Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que él decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta era como abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se derramaba sin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada, cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros célebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor, su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre el gobierno de la Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar un lenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas salvedades acerca de la secreta razón de muchas resoluciones de los príncipes.
En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol, descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la más clara nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la política del Rey.
La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El discurso flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su ademán eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segura sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe; pero el hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y del riesgo, perorando aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentes el señor Corregidor don Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quien todos sospechaban un espía del Santo Oficio y del Monarca. Su reto infanzón y feudal no bajaba la voz; y parecía volar, como un cartel atado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte.
Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofo plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale siempre harto holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabría comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dos plumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto macho y soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muy docto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latino sobre la decadencia de las repúblicas.
El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión de las Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponían sin consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquicias rotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de sus arengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro de extraer caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujado en valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola de los privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era hambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bien era desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores y mercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los caballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo de ducados.
—¿Es cosa derecha—preguntaba—que el Rey se haga de caudales vendiendo hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevos tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que Flandes esté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamos del collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale y saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza, y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la hambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta pidiendo un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la protesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en qué para aqueste menosprecio.
Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno de los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don Enrique Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto y vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casi siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte, como hechizado. El contagio de la rebelión se apoderaba de algunos oyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé, aseguraba que Santiago Apóstol se le había aparecido una noche diciéndole que, si la nobleza castellana no volvía por el respeto de sus fueros, España estaba perdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrón alentaban a Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas, que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería con patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de los dictámenes de todo el reino congregado.
Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba quien entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida, con tal que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario de Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendida antorcha que golpeara a lo largo las añejas colgaduras.
Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientemente del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos fabulosos, segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro enterrado, huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonaba los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no se escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de Castilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos los espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados para soñar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la riqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y veían pasar por su imaginación tierras inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cada paso con venas de oro desnudo.
Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban las últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes, como Antonio Dávila,el verrugoso, o Pedro Rengifo, el de la cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían innumerables heroísmos de los soldados de España.
El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus botas lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de Isabel y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba los presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del color de una pluma o del rumor de las propias espuelas.
Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades eran disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolástica destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y ponzoñoso latín que agriaba la reunión.
Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era densa y candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de los pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendían los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario a las tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarse entonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de servidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en la palidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayal amarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de las Ordenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos y brocados.
Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambición o la penitencia, ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes, desgrasaban las carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros. Rostros a la vez altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores y la constante aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas.
La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro. Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La vanidad del mundo»:
«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de acá abajo divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la tierra como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo empíreo? ¿Pues qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses señor dél, sino un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del cielo?»
Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su cuerpo sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a través de los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado, cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios tomaban tonos lívidos, ateridos. El viento ululaba.
Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán mágico sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza al caer una interjección uraña y reconfortante, y el ascua nos recibe con su ardiente fascinación que amodorra las ansias y desapega de todos los afanes del siglo.
Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire maligno y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres consejas, escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la memoria del mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el árbol de los patios. Algunos campesinos bajaban presurosos hacia la Puerta de Don Antonio Vela, acuciando sus machos y borricos. Ramiro adivinaba en la dirección del Sudeste, por detrás de las sierras, un agazapamiento de vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa, destechando cabañas, reventando los trojes, descuajando los árboles.
¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de los monasterios, en la ascética fruición de la celda durante los días y noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la cera, del incienso.
El brutal desengaño que sufriera, días antes, al presentarse en la reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los hombres.
—¡Por cuestión de la paga!—repetía por momentos, recordando las palabras del religioso.—¿De quién podía venir aquella especie si no de su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los santos?
La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no os desluzcan la jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente acento de profecía.
¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la merced de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera: ¿De qué valían las glorias y loores del mundo, de este «nido de hormigas», como lo apellidaba el inspirado religioso? ¿No era, acaso, todo ello castillo de cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué más valía el paso de un hombre sobre la tierra?... Cualquier frágil baratija duraba más que su dueño. Otros galanes habían de aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel su espejo, cuando él no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de Venecia pasaba de padres a hijos más vividora que las manos soberbias que la alzaban en los festines. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?
El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su ánimo.
Volvió a mirar hacia la calle.
Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de costumbre iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus capas de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el aliento blanquecino. Los clérigos se arrebozaban con sus lobas; los dominicos, en sus manteos; los franciscanos y carmelitas traían el rostro cubierto bajo la puntiaguda capilla y los brazos cruzados por dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a Vargas Orozco con la nariz amoratada por el frío; el paje caudatario le sostenía por detrás la cola superflua. Creyó reconocer a don Pedro Valderrábano por las calzas de velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro valentones custodiaban la silla de don Enrique Dávila, tres de ellos con alabarda y rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil.
Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de nuevo «La vanidad del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el golpecito de costumbre, entró Casilda en la habitación. Un estremecimiento inusitado agitaba sus pestañas. Acercose al escritorio, removió la arquilla de las obleas, requirió las torcidas del velón, estiró las holandas del lecho. Palpábalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera comunicar o pedir alguna cosa y no se hallase con ánimo.
—¿Buscas algo?—la preguntó el mancebo.
—Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y miro porque todo quede bien aparejado para la noche.
La idea de recompensar con alguna dádiva los cuidados que aquella muchacha le había prodigado, durante tantos días de sufrimiento, le asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces:
—Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. ¿Ves una escarcela verde? Bien, tráela.
Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando:
—Toma para alfileres, Casilda.
Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de las monedas, dejolas caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente, diciendo:
—¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios!
—¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un obsequio?
—No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo decir a vuestra merced—agregó vacilando un instante y bajando la voz—algo que sucede en esta casa.
—Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me lo dirás otra vez.
—Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio... ¿cómo decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede seguir a vuestra merced.
—Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?
Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso:
—Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen, acabada la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra el Rey y hablan de levantar bandera.
—¿Por quién sabes todo eso?
—Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de noche.
—Dilo todo, date prisa.
—Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero, como yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo estaba; pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y el de...
Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su narración.
—¿Quién?—demandó Ramiro.
—Yo soy—respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda, aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:
—¿Os lo ha referido?
—¿Qué?
—Lo que acontece en esta casa.
—¿A qué quiere aludir vuesa merced?
—A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo, conducidos por el maestresala.
En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas:
—¡A la enorme felonía—gritó—de esos malos caballeros!
—Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle—interrumpió Ramiro, agregando:—De suerte que vuesa merced lo sabe también por...
—Por esta rapaza—contestó el Canónigo señalando a Casilda.
El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de que terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad, escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras, le dijo:
—Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir, una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.
Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie, junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina. Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.
Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia. Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo, forrada de pieles.
Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.
Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:
—Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a aquella monarquía de la pestilencia luterana.
—¡Qué brava guisa de guerrear!—dijo don Pedro Valderrábano, con tono amistoso y burlesco.—En un quítame allá esas pajas desbarata vuesa merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre una poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique, que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el brasero.
El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el picante de aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don Enrique:
—Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña empresa, y hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y coraje, que pelea a la cabeza de sus soldados.
—Con eso—le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de táctico—no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como aconteció a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey Darío, y en España muerto el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a los turcos.
Prodújose un rumor de admiración.
—¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de Francia?—preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía de Jesús.
—Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearnés sobre París, en diciembre pasado.
—Sepamos, sepamos.
—Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche, cuando todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa de ver la mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al asomar los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira desengañado.
—Grande gloria para vuestra religión—dijo alguno.
—Un venturoso accidente en verdad—respondió el padre Rodríguez.
Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente mansedumbre:
—Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.
—¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?
—Anseres Capitolini, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá que os falta añejo abolengo.
Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela, monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.
—Son tan grandes—decía—las mercedes que Dios la hace y tan apegadas sus razones al amor divino, que no cabe dudar.
—De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced, señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos inclinado a creellas.
—Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre Teresa de Jesús.
—En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta monja, que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así conviene para mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser posible en ellas la perfección evangélica.
—Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia tengo de su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de Satanás.
—Me dicen que fue vuesa merced—preguntó el licenciado Zimbrón, dirigiéndose al capellán—quien aconsejó administralla el santo Viático para hacella aflojar las mandíbulas.
—No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.
—¿Vuesa merced presenció el milagro?
—Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su boca hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lámpara. Más de nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre más fuerte no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella pasar una gota de caldo.
La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad.
Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le denunciaba las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa. En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio. Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a la vista de todas sus compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde lo alto de una galería al jardincillo del convento, no recibió daño alguno. Además, todos los lunes, que es el día que corresponde a la Oración en el Huerto, sudaba a imitación de Nuestro Señor, tanta sangre de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres túnicas al día.
Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y los semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados por un soplo divinal.
La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado hasta una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los perfumados carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la penitencia, atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto.
El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de almas, la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos. Muchos de los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían parlado y chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José; otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en hablar llanamente de un ser que los ojos del alma veían ahora en la gloria del Paraíso.
—Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su cuerpo—dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.
—Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba—replicó el señor de Navamorcuende.
Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras de don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que, no hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el cuerpo milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa, y descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo, metió la mano por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo llevó consigo a la celda. Al siguiente día, el inconfundible perfume que embalsamaba los claustros, denunció el sublime sacrilegio.
Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de la sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose penetrar hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos últimos relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera mención de los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos ante la sublimidad de la gloria penitente.
Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo de su conciencia, le habló de esta manera:
Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más fuerte, vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero del vano ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese acrecienta como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos ignorados y maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la vanidad, la brevedad y el terreno dolor.
Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura santidad.
Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar las vidrieras, desgarró su visión.
—¿Qué es esto?—exclamaron algunos.
Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie, abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de Bracamonte. Nueva exclamación estalló:
—¡Viva don Diego!
Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y solemne.
—Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de Bracamonte—exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el concurso.
—Parece—dijo Valderrábano,—que de algunos días a esta parte, apenas le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.
—Quiera Dios no le empujen a alguna demasía—agregó con lenta modulación el Canónigo lectoral.
Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.
—Don Enrique: «Las barajas excusallas»—dijo entonces el Lectoral.
—Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»—replicole el señor de Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su familia.
Minutos después entraba Bracamonte.
—¿Qué nueva?—preguntole don Enrique, dejando el asiento.
A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada de nieve, Bracamonte repuso:
—Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.
Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:
—¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición? Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.
Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:
—Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la olla!
Ramiro sintió que le apretaban el brazo.
—Salgamos, que es tiempo—murmurole al oído el Lectoral.
Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.
Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos por Casilda, ya era de noche.
—Cae nieve—dijo la muchacha mirando hacia el patio.
Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera, comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada a medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.
—Las nuevas cartas—dijo Bracamonte—son del Barón de Bárboles, de Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.
Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y la agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor de Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.»
—Sí; la república se pierde—agregó con brusquedad Bracamonte, comunicando a su voz una resonancia imprudente.—¿Y, por ventura, debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pública, sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antigua nobleza del reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, e inventando contra ella, cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si el puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!: mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo espera nuestra señal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve, Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas nosotros marchemos.
Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte. Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta, inconfundible.
—Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide, hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un venablo.
Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro en la obscuridad.
—¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!—exclamó el Lectoral asiendo del brazo a su discípulo.
—¡Sí; él es!—dijo, tan sólo, el mancebo.
Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.
—Es un tirano—dijo alguien claramente.
—Su confesor—agregó el cura de Santo Tomé—ha de arder en el infierno, porque le absuelve.
Otros exclamaron:
—Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.
—Es harto tarde.
—Que se lea, y partiremos.
Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el histórico pasquín.
«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera! ¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.»
El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.
—Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique—exclamaron algunos.
—Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los portales del Mercado.
—Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el sitio que convenga.
Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.
Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su discípulo, exclamó con profético vozarrón:—Todo esto habrá de concluir sobre un cadalso.
Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso:
—Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los honrados. Yo he de mostrar—agregó, levantando el rostro hacia la lumbre y golpeando con el puño sobre la mesa—que aún quedan en la nobleza castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.
—Por el hábito que tengo—replicó el Canónigo,—si estoy por decir que ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo, con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro, concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.
—¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la vida por ellos.
—Malaventurado yo—replicó el Lectoral—si he de cosechar esa espiga. ¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?
Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:
—¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España! ¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos una hilacha tan sólo del capotillo?...
Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.
Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre. Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino de Salamanca.
—A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón que ha menester—agregó con inusitada sonrisa, al retirarse.
Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y, acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve, resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de encantamiento.
Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.
Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.
Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y las almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en claras armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios, entre la innumerable blancura de los serafines!
—¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?—exclamó de pronto el Canónigo, con todo el busto hundido en la obscuridad;—pienso que vuestra virtuosa madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y que agora más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez vuestra alma y vuestra honra, os debéis echar sin tardanza en brazos de la Santa Iglesia. Ella sólo puede asosegaros esos bullentes borbotones del cerebro y salvaros de caer en la pasión del orgullo, en esa peligrosa y aborrecible pasión que nos convierte en un fruto mollar para el Demonio. Dios queriendo, hijo mío, yo seré muy pronto promovido a Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura don Alonso. Lejos de la mentecatez y la envidia, no tardará mi nombre en correr por toda España. Mi saber saldrá de la cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y encenderá, por doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a cada ocasión mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir: «Esto piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que agregar.» Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será llamaros a mi lado; y allí dará principio la verdadera ocasión que el Cielo os depara. Al fin lo comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo quiere!
Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por último, inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado y casi doliente, repuso:
—A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice vuesa merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la muerte, mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de todas las glorias humanas, o hablándome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello. Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad, demandándola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y que manifiestan de un golpe su predilección; pero, nada, nada me responde, e todo mi ser desengañado tiene que replegar de nuevo su ardimiento, en la hondura, en la tiniebla. Yo quisiera—agregó en voz bien alta, tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual sus manos resplandecieron de modo perturbador,—yo quisiera subir de un solo ímpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la Madre Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un instante, de ese deliquio, de ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar a Dios, en fin, de un solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en su contemplación.
Hizo una breve pausa y prosiguió:
—O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual el Señor me significase su complacencia: desprenderme del suelo durante la plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la Pasión, escuchar una palabra de una de esas imágenes de Nuestra Señora que tantos milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o recibir, en fin, de lo alto, alguna locución que yo debiese, a mi vez, transmitir a los hombres. ¡Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un costal lleno de cantos, mis manos siguen tan mondas como siempre, y el cielo mudo y cerrado para mí. Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de las Vacas e de la Soterraña, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e oscilan, como entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y qué negrura en la mente, qué sequedad, qué apretamiento acá en el corazón! ¡ah!...
Llevose las manos al pecho.
—¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de ver, y en quien menos lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de corta experiencia y estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda humildad e despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre mística, en lengua vulgar, van haciendo harto mal por España, incitando al desprecio del duro camino escolástico y engolosinando a los incautos con visiones y revelaciones, coloquios y éxtasis, y todos los sueños que engendra la beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que el humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan sólo ese humo pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriñar los secretos de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica, esperan que Dios se los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara a cara, como si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estáis, Ramiro, de las peores herejías que apestan a España, e mucho me temo que, llevado por esa gula espiritual, os hundáis, sin sabello, en la locura de los begardos, o alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de quietista.
—Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en sus escritos la madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa—exclamó nerviosamente el mancebo.
—¿Y por ventura—replicó a su vez el Canónigo—no han sido bastante aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la Cruz y de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!—exclamó esta vez, removiendo los brazos en la sombra con un ademán que Ramiro no alcanzó a distinguir.
Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso pensamiento, prosiguió:
—Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos en Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo:Væ, filii desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis. Y vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente, y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero, agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y la fe fundamentadaper sæcula, sæculorum; y no hay para qué preguntar a Dios como antes, porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su más soberana palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y no tiene más que hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues, en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás, que éste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino áspero, pero seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visión y el cerebro.
La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedaba la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con más fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.
Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al azar elCordial, elArte de bien morir, elContemptus Mundi. La vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto, una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera. La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.
La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y moribunda.
Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando vaivén de la silla, desapareció con su gente.
Ramiro arrojó elArte de bien morirsobre una mesa cubierta de libros.
A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.
Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica. Cierto día le dijo:
—La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a testificar.
Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la calle, exclamó:
—Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio. Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la Iglesia.
Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:
—Agora llega la estación libidinosa.
Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces,ex carpo manus; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no había más que pedir».
La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete, rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.