—¿Te has despertado alguna vez sin que me hayas visto junto á tí?—le preguntó Ester.
—No lo recuerdo,—dijo la niña.—Si temes dejarme sola en nuestra choza, debes llevarme contigo. Mucho me alegraría acompañarte. Pero, madre, dime ahora, ¿existe semejante Hombre Negro? ¿Y lo has visto alguna vez? ¿Y es ésta su señal?
—¿Quieres dejarme en paz, si te lo digo de una vez?—le preguntó su madre.
—Sí, si me lo dices todo,—respondió Perla.
—Pues bien, una vez en mi vida encontré al Hombre Negro,—dijo la madre.—Esta letra escarlata es su señal.
Conversando así, penetraron en el bosque lo bastante para ponerse á cubierto de las miradas de algún transeunte casual, y se sentaron en el tronco carcomido de un pino que en otros tiempos habría sido un árbol gigantesco y ahora era tan solo una masa de musgo. El lugar en que se sentaron era una pequeña hondonada, atravesada por un arroyuelo que se deslizaba sobre un lecho de hojas de árboles. Las ramas caídas de estos árboles interrumpían de trecho en trecho la corriente del arroyuelo, que formaba pequeños remolinos aquí y allí, mientras en otras partes se deslizaba á manera de un canal sobre un lecho de piedrecitas y arena. Siguiendo con la vista el curso del agua se veía á veces en su superficie el reflejo de la luz del sol,pero pronto se perdía en medio del laberinto de árboles y matorrales que crecían á lo largo de sus orillas: aquí y allí tropezaba con alguna gran roca cubierta de liquen. Todos estos árboles y estas rocas de granito parecían destinados á hacer un misterio del curso de este arroyuelo, temiendo quizás que su incesante locuacidad revelase las historias de la antigua selva. Constantemente, es verdad, mientras el arroyuelo continuaba deslizándose hacia adelante, dejaba oir un suave, apacible y tranquilo murmurio, aunque lleno de dulce melancolía, como el acento de un niño que pasara los primeros años de su vida sin compañeros de su edad con quienes poder jugar, y no supiese lo que fuera estar alegre, por vivir entre tristes parientes y aun más tristes acontecimientos.
—¡Oh arroyuelo! ¡Oh loco y fastidioso arroyuelo!—exclamó Perla después de prestar oído un rato á sus murmullos.—¿Por qué estás tan triste? ¡Cobra ánimo y no estés todo el tiempo suspirando y murmurando!
Pero el arroyuelo, en el curso de su existencia entre los árboles de la selva, había pasado por una experiencia tan solemne que no podía menos sino expresarla con el rumor de sus ondas, y parecía que no tenía otra cosa que decir. Perla se asemejaba al arroyuelo, en cuanto á que la corriente de su vida había brotado de una fuente también misteriosa, y se había deslizado entre escenas harto sombrías. Pero, todo lo contrario del arroyuelo, la niña bailaba, y se divertía y charlaba á medida que su existencia transcurría.
—¿Qué dice este arroyuelo tan triste, madre?—preguntó la niña.
—Si tuvieras algún pesar que te abrumara, el arroyuelote lo diría,—respondió la madre,—así como me habla á mí del mío. Pero ahora, Perla, oigo pasos en el camino y el ruido que forma el apartar las ramas de los árboles; vete á jugar y déjame que hable un rato con el hombre que viene allá á lo lejos.
—¿Es el Hombre Negro?—preguntó Perla.
—Vete á jugar,—repitió la madre,—pero no te internes mucho en el bosque, y ten cuidado de venir en el instante que te llame.
—Sí, madre,—respondió Perla,—pero si fuere el Hombre Negro, ¿no quieres permitirme que me quede un rato para mirarlo con su gran libro bajo el brazo?
—Vete á jugar, tontuela,—dijo la madre impaciente,—no es el Hombre Negro. Ahora puedes verlo por entre los árboles. Es el ministro.
—Sí, él es,—dijo la niña.—Y tiene la mano sobre el corazón, madre. Eso es porque cuando el ministro escribió su nombre en el libro, el Hombre Negro le puso la señal en el pecho. Y ¿por qué no la lleva como tú fuera del pecho?
—Ve á jugar ahora, niña, y atorméntame después cuanto quieras,—exclamó Ester.—Pero no te alejes mucho. Quédate donde puedas oir la charla del arroyuelo.
La niña se alejó cantando á lo largo de la corriente del arroyuelo, tratando de mezclar algunos acentos más alegres á la melancólica cadencia de sus aguas. Pero el arroyuelo no quería ser consolado y continuó, como antes, refiriendo su secreto ininteligible de algo muy triste y misterioso que había sucedido, ó lamentándose proféticamente de algo que iba á acontecer en la sombría floresta; pero Perla que tenía hartasombra en su breve existencia, se alejó del arroyuelo gemidor, y se puso á recoger violetas y anémonas y algunas florecillas color de escarlata que encontró creciendo en los intersticios de una alta roca.
Cuando la niña hubo partido, Ester dió un par de pasos hacia el sendero que atravesaba la selva, aunque permaneciendo todavía bajo la espesa sombra de los árboles. Vió al ministro que avanzaba solitario apoyándose en una rama que había cortado en el camino. Su aspecto era el de una persona macilenta y débil, y se revelaba en todo su sér un abatimiento, que nunca se había notado en él en tanto grado, ni en sus paseos por la población, ni en ninguna otra oportunidad en que creyera que se le pudiese observar. Aquí, en la intensa soledad de la selva, era penosamente visible. En su modo de andar había una especie de cansancio, como si no viera razón alguna para dar un paso más, ni experimentase el deseo de hacerlo, sino que con sumo placer, si es que algo pudiera causarle placer, habría preferido arrojarse al pie del árbol más cercano y tenderse allí á descansar para siempre. Podrían cubrirle las hojas, y el terreno elevarse gradualmente y formar un montecillo sobre su cuerpo, sin importar nada que éste estuviera animado ó no por la vida. La muerte era un objeto demasiado definido para que pudiese anhelarla ó desease evitarla.
Para Ester, á juzgar por lo que ella podía ver, el Reverendo Arturo Dimmesdale no presentaba síntoma ninguno visible de un padecimiento real y profundo, excepto que, como Perla ya había notado, siempre se llevaba la mano al corazón.
Á pesar de lo lentamente que caminaba el ministro, había éste pasado casi de largo, antes de que á Ester le hubiera sido posible hacerse oir y atraer su atención. Al fin lo consiguió.
—¡Arturo Dimmesdale!—dijo al principio con voz apenas perceptible, pero que fué creciendo en fuerza, aunque un tanto ronca,—¡Arturo Dimmesdale!
—¿Quién me llama?—respondió el ministro.
Irguiéndose rápidamente, permaneció en esa posición, como un hombre sorprendido en una actitud en que no quisiera haber sido visto. Dirigiendo las miradas con ansiedad hacia el lugar de donde procedía la voz, percibió vagamente bajo los árboles una forma vestida con traje tan obscuro, y que se destacaba tan poco en medio de la penumbra que reinaba entre el espeso follaje, que casi no daba paso á la luz del mediodía, que apenas pudo distinguir si era una sombra ó una mujer.
Se adelantó un paso hacia ella y descubrió la letra escarlata.
—¡Ester! ¡Ester Prynne!—exclamó,—¿eres tú? ¿Estás viva?
—Sí,—respondió,—¡con la vida con que he vividoestos siete últimos años! Y tú, Arturo Dimmesdale, ¿vives aún?
No debe causar sorpresa que se preguntaran mútuamente si estaban realmente vivos, y que hasta dudasen de su propia existencia corporal. De tan extraña manera se encontraron en el crepúsculo de aquella selva, que parecía como si fuese la primer entrevista que tuvieran más allá del sepulcro dos espíritus que habían estado íntimamente asociados en su vida terrestre, pero que ahora se hallaban temblando, llenos de mutuo temor, sin haberse familiarizado aún con su condición presente, ni acostumbrado á la compañía de almas desprovistas de sus cuerpos. Cada uno era un espíritu que contemplaba, lleno de asombro, al otro espíritu. Igualmente experimentaban respecto de sí mismos una extraña sensación, porque en aquel momento á cada cual se le representó, de una manera viva é intensa, toda su íntima historia y toda la amarga experiencia de la vida, como acontece tan solo en tales instantes en el curso de nuestra existencia. El alma se contempla en el espejo de aquel fugitivo momento. Con temor pues, y trémulamente, cual si lo hiciera impulsado por necesidad ineludible, extendió Arturo Dimmesdale su mano, fría como la muerte, y tocó la helada mano de Ester Prynne. Á pesar de lo frígido del contacto de aquellas manos, se sintieron al fin habitantes de la misma esfera, desapareciendo lo que había de extraño y misterioso en la entrevista.
Sin hablar una sola palabra, sin que uno ni otro sirviera de guía á su compañero, pero con silencioso y mutuo acuerdo, se deslizaron entre las sombras del bosque de donde había salido Ester, y se sentaron enel mismo tronco de árbol cubierto de musgo en que ella y Perla habían estado sentadas antes. Cuando al fin pudieron hallar una voz con que hablarse, emitieron al principio solo las observaciones y preguntas que podrían haber hecho dos conocidos cualesquiera, acerca de lo sombrío del cielo, del mal tiempo que amenazaba, y luego de la salud de cada uno. Procedieron después, por decirlo así, paso á paso, y con muchos rodeos, á tratar de los temas que más profundamente les interesaban y más á pecho tenían. Separados tan largo tiempo por el destino y las circunstancias, necesitaban algo ligero, casual, casi indiferente en que ocuparse, antes de comenzar á dar salida á las ideas y pensamientos que realmente llenaban sus almas.
Después de un rato, el ministro fijó los ojos en los de Ester.
—Ester, dijo, ¿has hallado la paz del alma?
Ella sonrió tristemente dirigiéndose una mirada al pecho.
—¿La has hallado tú?—le preguntó ella á su vez.
—No: no; solamente desesperación,—contestó el ministro.—¿Ni qué otra cosa podía esperar, siendo lo que soy, y llevando una vida como la que llevo? Si yo fuera ateo, si fuera un hombre desprovisto de conciencia, un miserable con instintos groseros y brutales, ya habría hallado la paz hace tiempo: mejor dicho, nunca la habría perdido. Pero tal como es el alma mía, cualquiera que fuese la capacidad que originalmente pudiera existir en mí para el bien, todos los dones de Dios, los más selectos y escogidos, se han convertido en otros tantos motivos de tortura espiritual. Ester, ¡yo soy inmensamente infeliz!
—El pueblo te reverencia,—dijo Ester,—y ciertamente producen mucho bien entre el pueblo tus palabras. ¿No te proporciona esto consuelo?
—Más padecimientos, Ester, solo más padecimientos!—contestó Dimmesdale con una amarga sonrisa.—En cuanto al bien que yo pueda aparentemente hacer, no tengo fe en él. ¿Qué puede realizar un alma perdida como la mía, en pro de la redención de otras almas? ¿Ni qué puede un alma manchada hacer en beneficio de la purificación de otras almas? Y en cuanto á la reverencia del pueblo, ¡ojalá que se convirtiera en odio y desprecio! ¿Crees tú, Ester, que pueda servirme de consuelo tener que subir á mi púlpito, y allí exponerme á las miradas de tantos que dirigen á mí sus ojos, como si resplandeciera en mi rostro la luz del cielo? ¿Ó tener que contemplar mi rebaño espiritual sediento de verdad y oyendo mis palabras como si fueran vertidas por uno de los escogidos del Eterno, y luego contemplarme yo á mí mismo para no ver sino la triste y negra realidad que ellos idolatran? ¡Ah! me he reído con intensa amargura y agonía de espíritu ante el contraste que existe entre lo que parezco y lo que soy verdaderamente! ¡Y Satanás se ríe también!
—Tú eres injusto contigo mismo en esto,—dijo Ester con dulzura.—Tú te has arrepentido profunda y amargamente. Tu falta ha quedado relegada á una época que hace tiempo ha pasado para siempre. Tu vida presente no es menos santa, en realidad de verdad, de lo que aparece á la vista de los hombres. ¿No tiene por ventura fuerza alguna la penitencia á que han puesto un sello y de que dan testimonio tus buenasobras? ¿Y por qué no han de traer la paz á tu espíritu?
—¡No, Ester, no!—replicó el ministro.—No hay realidad en ello: es frío, inanimado y no puede producirme bien alguno. Padecimientos, he tenido muchos; penitencia, ninguna. De lo contrario, hace tiempo que debería haberme despojado de este traje de aparente santidad, y presentarme ante los hombres como me verán el día del Juicio Final. ¡Feliz tú, Ester, que llevas la letra escarlata al descubierto sobre el pecho! ¡La mía me abrasa en secreto! Tú no sabes cuán gran alivio es, después de un fraude de siete años, mirar unos ojos que me ven tal como soy. Si tuviera yo un amigo,—ó aunque fuese mi peor enemigo,—al que, cuando me siento enfermo con los elogios de todos los otros hombres, pudiera abrir mi pecho diariamente para que me viese como al más vil de los pecadores, creo que con eso recobraría nuevas fuerzas. Aun esa parte de verdad, con ser tan poca, me salvaría.... Pero ahora, ¡todo es mentira!—¡todo es vanidad!—¡todo es muerte!
Ester le dirigió una mirada, quiso hablar, pero vaciló. Sin embargo, al dar el ministro rienda suelta á sus emociones largo tiempo reprimidas, y con la vehemencia que lo hizo, sus palabras ofrecieron á Ester la oportunidad de decir aquello para lo cual le había buscado. Venció sus temores, y habló.
—Un amigo como el que ahora has deseado,—dijo,—con quien poder llorar sobre tu falta, lo tienes en mí, la cómplice de esa falta. Vaciló de nuevo, pero al fin pronunció con un gran esfuerzo estas palabras:—en cuanto á un enemigo, largo tiempolo has tenido, y has vivido con él, bajo un mismo techo.
El ministro se puso en pie, buscando aire que respirar, y llevándose la mano al corazón como si quisiera arrancárselo del pecho.
—¡Cómo! ¿Qué dices?—exclamó.—¡Un enemigo! ¡Y bajo mi mismo techo! ¿Qué quieres decir, Ester?
Ester Prynne comprendió ahora perfectamente el mal inmenso hecho á este hombre desgraciado, y de que era ella responsable, al dejarle permanecer por tantos años, más aun, por un solo momento, á la merced de un hombre cuyo propósito y objeto no podían ser sino perversos. La sola proximidad de este enemigo, bajo cualquiera máscara que quisiera ocultarse, era ya suficiente para perturbar un alma tan delicadamente sensible como la de Arturo Dimmesdale. Hubo cierto tiempo en que Ester no se dió bastante cuenta de todo esto; ó quizás, en la profunda contemplación de su propia desgracia, dejó que el ministro soportara lo que ella podría imaginarse que era un destino más tolerable. Pero últimamente, desde la noche aquella de su vigilia, sintió profunda compasión hacia él, pues podía leer ahora con más acierto en su corazón. No dudaba que la continua presencia de Rogerio Chillingworth,—infectando con la ponzoña de su malignidad el aire que le rodeaba,—y su intervención autorizada, como médico, en las dolencias físicas y espirituales del ministro, no dudaba, no, que todas esas oportunidades las había aprovechado para fines aviesos. Sí, esas oportunidades le habían permitido mantener la conciencia de su paciente en un estado de irritación constante,no para curarle por medio del dolor, sino para desorganizar y corromper su sér espiritual. Su resultado en la tierra sería indudablemente la locura; y más allá de esta vida, aquel eterno alejamiento de Dios y de la Verdad, del que la locura es acaso el tipo terrestre.
¡Á tal estado de infortunio y miseria había ella traído al hombre que en otro tiempo,—y, ¿por qué no decirlo?—que aun amaba apasionadamente! Ester comprendió que el sacrificio del buen nombre del eclesiástico y hasta la muerte misma, como se lo había dicho á Rogerio Chillingworth, habrían sido infinitamente preferibles á la alternativa que ella se había visto obligada á escoger. Y ahora, más bien que tener que confesar este funesto error, hubiera querido arrojarse sobre las hojas de la selva y morir allí á los pies de Arturo Dimmesdale.
—¡Oh Arturo!—exclamó Ester,—¡perdóname! En todas las cosas de este mundo he tratado de ser sincera y atenerme á la verdad. La única virtud á que podía haberme aferrado, y á la que me aferré fuertemente hasta la última extremidad, ha sido la verdad; en todas las circunstancias lo hice, excepto cuando se trató de tu bien, de tu vida, de tu reputación; entonces consentí en el engaño. Pero una mentira nunca es buena, aun cuando la muerte nos amenace, ¿No adivinas lo que voy á decir?... Ese anciano,—ese médico,—ese á quien llaman Rogerio Chillingworth... ¡fué mi marido!
Arturo Dimmesdale la miró un instante con toda aquella violenta pasión que,—entrelazada de más de un modo á sus otras cualidades más elevadas, puras yserenas,—era en realidad la parte á que dirigía sus ataques el enemigo del género humano, y por medio de la cual trataba de ganar todo el resto. Nunca hubo en su rostro una expresión de cólera tan sombría y feroz como la que entonces vió Ester. Durante el breve espacio de tiempo que duró, fué verdaderamente una horrible transformación. Pero el carácter de Dimmesdale en tal manera se había debilitado por el sufrimiento, que aun esos arranques de energía de un grado inferior no podían durar sino un rápido momento. Se arrojó al suelo y sepultó el rostro entre las manos.
—¡Debía haberlo conocido!—murmuró.—Sí: lo conocí, ¿No me reveló ese secreto la voz íntima de mi corazón desde la primera vez que le ví, y después cuantas veces le he visto desde entonces? ¿Por qué no lo comprendí? ¡Oh Ester Prynne! ¡qué poco, qué poco conoces todo el horror de esto! ¡Y la vergüenza!... ¡la vergüenza!... ¡la horrible fealdad de exponer un corazón enfermo y culpado á las miradas del hombre que con ello tanto había de regocijarse!... ¡Mujer, mujer, tú eres responsable de esto!... ¡Yo no puedo perdonarte!
—Sí, sí; tú tienes que perdonarme,—exclamó Ester arrojándose junto á él sobre las hojas del suelo.—¡Castígueme Dios, pero tú tienes que perdonarme!
Y con un rápido y desesperado arranque de ternura le rodeó el cuello con los brazos y le estrechó la cabeza contra su seno, sin cuidarse de si la mejilla del ministro reposaba sobre la letra escarlata. Dimmesdale, aunque en vano, intentó desasirse de los brazos que así le estrechaban. Ester no quiso soltarle por temor de que fijase en ella una mirada severa. El mundoentero la había rechazado, y durante siete largos años había mirado con ceño á esta pobre mujer solitaria,—y ella lo había sufrido todo, sin devolver siquiera al mundo una mirada de sus ojos firmes, aunque tristes. El cielo también la había mirado con ceño, y ella no había sucumbido sin embargo. Pero el ceño de este hombre pálido, débil, pecador, á quien el pesar abatía de tal modo, era lo que Ester no podía soportar y seguir viviendo.
—¿No me quieres perdonar? ¿No quieres perdonarme?—repetía una y otra vez.—¡No me rechaces! ¿Me quieres perdonar?
—Sí, te perdono, Ester,—replicó el ministro al fin, con hondo acento salido de un abismo de tristeza, pero sin cólera.—Te perdono ahora de todo corazón. Así nos perdone Dios á entrambos. No somos los más negros pecadores del mundo, Ester. ¡Hay uno que es aun peor que este contaminado ministro del altar! La venganza de ese anciano ha sido más negra que mi pecado. Á sangre fría ha violado la santidad de un corazón humano. Ni tú ni yo, Ester, jamás lo hicimos.
—No: nunca, jamás,—respondió ella en voz baja. Lo que hicimos tenía en sí mismo su consagración, y así lo comprendimos. Nos lo dijimos mutuamente. ¿Lo has olvidado?
—Silencio, Ester, silencio,—dijo Arturo Dimmesdale alzándose del suelo;—no: no lo he olvidado.
Se sentaron de nuevo uno al lado del otro sobre el musgoso tronco del árbol caído, con las manos mutuamente entrelazadas. Hora más sombría que ésta jamás les había traído la vida en el curso de los años: era elpunto á que sus sendas se habían ido aproximando por tanto tiempo, obscureciéndose cada vez más y más á medida que avanzaban, y sin embargo tenía todo aquello un encanto singular que les hacía detenerse un instante, y otro, y después otro, y aun otro más. Tenebroso era el bosque que les rodeaba, y las ramas de los árboles crujían agitadas por ráfagas violentas, mientras un solemne y añoso árbol se quejaba lastimosamente como si refiriese á otro árbol la triste historia de la pareja que allí se había sentado, ó estuviera anunciando males futuros.
Y allí permanecieron aun más tiempo. ¡Cuán sombrío les parecía el sendero que llevaba á la población, donde Ester Prynne cargaría de nuevo con el peso de su ignominia y el ministro se revestiría con la máscara de su buen nombre! Y así permanecieron un instante más. Ningún rayo de luz, por dorado y brillante que fuera, había sido jamás tan precioso como la obscuridad de esta selva tenebrosa. Aquí, vista solamente por los ojos del ministro, la letra escarlata no ardía en el seno de la mujer caída. Aquí, visto solamente por los ojos de Ester, el ministro Dimmesdale, falso ante Dios y falso para con los hombres, podía ser sincero un breve momento.
Dimmesdale se sobresaltó á la idea de un pensamiento que se le ocurrió súbitamente.
—¡Ester!—exclamó—¡he aquí un nuevo horror! Rogerio Chillingworth conoce tu propósito de revelarme su verdadero carácter. ¿Continuará entonces guardando nuestro secreto? ¿Cuál será ahora la nueva faz que tome su venganza?
—Hay en su naturaleza una extraña discreción,—replicó Ester pensativamente,—nacida tal vez de sus ocultos manejos de venganza. Yo no creo que publique el secreto, sino que busque otros medios de saciar su sombría pasión.
—¿Y cómo podré yo vivir por más tiempo respirando el mismo aire que respira este mi mortal enemigo?—exclamó Dimmesdale, todo trémulo, y llevándose nerviosamente la mano al corazón,—lo que ya se había convertido en él en acto involuntario.—Piensa por mí, Ester; tú eres fuerte. Resuelve por mí.
—No debes habitar más tiempo bajo un mismo techo con ese hombre,—dijo Ester lenta y resueltamente.—Tu corazón no debe permanecer por más tiempo expuesto á la malignidad de sus miradas.
—Sería peor que la muerte,—replicó el ministro,—¿pero cómo evitarlo? ¿Qué elección me queda? ¿Me tenderé de nuevo sobre estas hojas secas, donde me arrojé cuando me dijiste quien era? ¿Deberé hundirme aquí y morir de una vez?
—¡Ah! ¡de qué infortunio eras presa!—dijo Ester con los ojos anegados en llanto.—¿Quieres morir de pura debilidad de espíritu? No hay otra causa.
—El juicio de Dios ha caído sobre mí,—dijo el eclesiástico cuya conciencia estaba como herida de un rayo.—Es demasiado poderoso para luchar contra él.
—¡El cielo tendrá piedad de tí!—exclamó Ester. ¡Ojalá tuvieras la fuerza de aprovecharte de ella!
—Sé tú fuerte por mí,—respondió Dimmesdale. Aconséjame lo que debo hacer.
—¿Es por ventura el mundo tan estrecho?—exclamó Ester fijando su profunda mirada en los ojos del ministro, y ejerciendo instintivamente un podermagnético sobre un espíritu tan aniquilado y sumiso que apenas podía mantenerlo en pie.—¿Se reduce el universo á los límites de esa población, que hace poco no era sino un desierto, tan solitario como esta selva en que estamos? ¿Á dónde conduce ese sendero? De nuevo á la población, dices. Sí: de ese lado, á ella conduce; pero del lado opuesto, se interna más y más en la soledad de los bosques, hasta que á algunas millas de aquí las hojas amarillas no dejan ya ver vestigio alguno de la huella del hombre. ¡Allí eres libre! Una jornada tan breve te llevará de un mundo, donde has sido tan intensamente desgraciado, á otro en que aun pudieras ser feliz. ¿No hay acaso en toda esta selva sin límites un lugar donde tu corazón pueda estar oculto á las miradas de Rogerio Chillingworth?
—Sí, Ester; pero solo debajo de las hojas caídas—replicó el ministro con una triste sonrisa.
—Ahí está también el vasto sendero del mar,—continuó Ester:—él te trajo aquí; si tú quieres, te llevará de nuevo á tu hogar. En nuestra tierra nativa, ya en alguna remota aldea, ó en el vasto Londres,—ó seguramente, en Alemania, en Francia, en Italia,—te hallarás lejos del poder y conocimiento de ese hombre. ¿Y qué tienes tú que ver con todos estos hombres de corazón de hierro ni con sus opiniones? Ellos han mantenido en abyecta servidumbre, demasiado tiempo, lo que en tí hay de mejor y de más noble.
—No puede ser,—respondió el ministro como si se le pidiese que realizara con sueño.—No tengo las fuerzas para ir. Miserable y pecador como soy, no me ha animado otra idea que la de arrastrar mi existenciaterrenal en la esfera en que la Providencia me ha colocado. Á pesar de que mi alma está perdida, continuaré haciendo todavía lo que pueda en beneficio de la salud de otras almas. No me atrevo á abandonar mi puesto, por más que sea un centinela poco fiel, cuya recompensa segura será la muerte y la deshonra cuando haya terminado su triste guardia.
—Estos siete años de infortunio y de desgracia te han abrumado con su peso,—replicó Ester resuelta á infundirle ánimo con su propia energía.—Pero tienes que dejar todo eso detrás de tí. No ha de retardar tus pasos si escoges el sendero de la selva y quieres alejarte de la población; ni debes echar su peso en la nave, si prefieres atravesar el océano. Deja estos restos del naufragio y estas ruinas aquí, en el lugar donde aconteció. Echa todo eso á un lado. Comiénzalo todo de nuevo. ¿Has agotado por ventura todas las posibilidades de acción en el fracaso de una sola prueba? De ningún modo. El futuro está aun lleno de otras pruebas, y finalmente de buen éxito. ¡Hay aun felicidad de que disfrutar! ¡Hay aun mucho bien que hacer! Cambia esta vida falsa que llevas por una de sinceridad y de verdad. Si tu espíritu te inclina á esa vocación, sé el maestro y el apóstol de la raza indígena, Ó,—pues acaso se adapta más á tu naturaleza,—sé un sabio y un erudito entre los más sabios y renombrados del mundo de las letras. Predica: escribe: sé hombre de acción. Haz cualquier cosa, excepto echarte al suelo y dejarte morir. Despójate de tu nombre de Arturo Dimmesdale, y créate uno nuevo, un nombre excelso, tal como puedes llevarlo sin temor ni vergüenza. ¿Por qué has de soportar un solo día máslos tormentos que de tal modo han devorado tu existencia,—que te han hecho débil para la voluntad y para la acción,—y que hasta te privarán de las fuerzas para arrepentirte?—Ánimo; arriba, y adelante.
—¡Oh Ester!—exclamó Arturo Dimmesdale cuyos ojos brillaron un momento, para perder el fulgor inmediatamente, á influjos del entusiasmo de aquella mujer,—¡oh Ester! estás hablando de emprender la carrera á un hombre cuyas rodillas vacilan y tiemblan. ¡Yo tengo que morir aquí! No tengo ya ni fuerzas, ni valor, ni energía para lanzarme á un mundo extraño, inmenso, erizado de dificultades, y lanzarme solo.
Era esta la última expresión del abatimiento de un espíritu quebrantado. Le faltaba la energía para aprovecharse de la fortuna más favorable que parecía estar á su alcance.
Repitió la palabra.
—¡Solo, Ester!
—Tú no irás solo,—respondió Ester con profundo acento.
Y con esto, todo quedó dicho.
ARTURODIMMESDALEfijó los ojos en Ester con miradas en que la esperanza y la alegría brillaban, seguramente, si bien mezcladas con cierto miedo y una especie de horror, ante la intrepidez con que ella había expresado lo que él vagamente indicó y no se atrevió á decir.
Pero Ester Prynne, con un espíritu lleno de innato valor y actividad, y por largo tiempo no sólo segregada, sino desterrada de la sociedad, se había acostumbrado á una libertad de especulación completamente extraña á la manera de ser del eclesiástico. Sin guía ni regla de ninguna clase había estado vagando en una especie de desierto espiritual; tan vasto, tan intrincado, tan sombrío y selvático como aquel bosque en que estaban ahora sosteniendo un diálogo que iba á decidir del destino de ambos. El corazón y la inteligencia de Ester puede decirse que se hallaban en su elemento en los lugares desiertos que ella recorría con tanta libertad como los indios salvajes sus bosques. Durante años había contemplado las instituciones humanas, y todo lo establecido por la religión ó las leyes, desde un punto de vista que le era peculiar; criticándolo todo con tan poca reverencia como la que experimentaríael indio de las selvas por la toga judicial, la picota, el cadalso, ó la iglesia. Tanto su destino como los acontecimientos de su vida habían tendido á hacer libre su espíritu. La letra escarlata era su pasaporte para entrar en regiones á que otras mujeres no osaban acercarse. La Vergüenza, la Desesperación, la Soledad: tales habían sido sus maestras; rudas y severas, pero que la habían hecho fuerte, aunque induciéndola al error.
El ministro, por el contrario, nunca había pasado por una experiencia tal que le condujera á poner en tela de juicio las leyes generalmente aceptadas; bien que en una sola ocasión hubiera quebrantado una de las más sagradas. Pero esto había sido un pecado cometido por la pasión, no las consecuencias de principios determinados, ni siquiera de un propósito. Desde aquella malhadada época, había observado con mórbido celo y minuciosidad, no sus acciones, porque éstas eran fáciles de arreglar, sino cada emoción por leve que fuera, y hasta cada pensamiento. Hallándose á la cabeza del sistema social, como lo estaba el eclesiástico en aquella época, se encontraba por esa misma causa más encadenado por sus reglas, sus principios y aun sus prevenciones injustas. Como ministro del altar que era, el mecanismo del sistema de la institución lo comprimía inevitablemente. Como hombre que había cometido una falta una vez, pero que conservaba su conciencia viva y penosamente sensible, merced al roce constante de una herida que no se había cicatrizado, podía suponérsele más á salvo de pecar de nuevo que si nunca hubiese delinquido.
Así nos parece observar que, en cuanto á Ester,los siete años de ignominia y destierro social habían sido sólo una preparación para esta hora. Pero, ¿y Arturo Dimmesdale? Si este hombre delinquiera de nuevo, ¿qué excusa podría presentarse para atenuar su crimen? Ninguna, á menos que le valiera de algo decir que sus fuerzas estaban quebrantadas en virtud de largos é intensos padecimientos; que su espíritu estaba obscurecido y confuso por el remordimiento que lo corroía; que entre la alternativa de huir como un criminal confeso ó permanecer siendo un hipócrita, sería difícil hallar la decisión más justa; que está en la naturaleza humana evitar el peligro de muerte é infamia y las sutiles maquinaciones de un enemigo; y, finalmente, que este pobre peregrino, débil, enfermo, infeliz, vió brillar inesperadamente, en su senda desierta y sombría, un rayo de afecto humano y de simpatía, una nueva vida, llena de sinceridad, en cambio de la triste y pesada vida de expiación que estaba ahora llevando. Y dígase también la siguiente y amarga verdad: la brecha que el delito ha abierto una vez en el alma humana, jamás queda completamente cerrada mientras conservamos nuestra condición mortal. Tiene que vigilarse y guardarse, para que el enemigo no penetre de nuevo en la fortaleza, y escoja quizás otros medios de entrar que los empleados antes. Pero siempre está allí el muro abierto, y junto á él el enemigo artificioso que, con cautela y á hurtadillas, trata de obtener de nuevo una victoria más completa.
La lucha, si hubo alguna, no es preciso describirla; baste decir que Dimmesdale resolvió emprender la fuga, y no solo.
—Si en todos estos siete años pasados—pensó—pudiera yo recordar un solo momento de paz ó de esperanza, aún lo soportaría todo confiando en la clemencia del Cielo; pero puesto que estoy irremediablemente condenado, ¿por qué no gozar del solaz concedido al sentenciado antes de su ejecución? Ó si este sendero, como Ester trata de persuadirme, es el que conduce á una vida mejor, ¿por qué no seguirlo? Ni puedo vivir por más tiempo sin la compañía de Ester, cuya fuerza para sostenerme es tan vigorosa, así como lo es también su poder para calmar las angustias de mi alma. ¡Oh Tú á quien no me atrevo á levantar las miradas!—¿me perdonarás?
—Tú partirás,—dijo Ester con reposado acento al encontrar las miradas de Dimmesdale.
Una vez tomada la decisión, el brillo de una extraña alegría esparció su vacilante esplendor sobre el rostro inquieto del ministro. Fué el efecto animador que experimenta un prisionero, que precisamente acaba de librarse del calabozo de su propio corazón, al respirar la libre y borrascosa atmósfera de una región selvática, sin leyes y sin freno de ninguna especie. Su espíritu se elevó, como de un golpe, á alturas más excelsas de las que le fué dado alcanzar durante todos los años que el infortunio le había mantenido clavado en la tierra; y como era de un temperamento en extremo religioso, en su actual animación había inevitablemente algo espiritual.
—¿Siento de nuevo la alegría?—se preguntaba, sorprendido de sí mismo.—Creía que el germen de todo contento había muerto en mí. ¡Oh Ester, tú eres mi ángel bueno! Me parece que me arrojé, enfermo,contaminado por la culpa, abatido por el dolor, sobre estas hojas de la selva, y que me he levantado otro hombre completamente nuevo, y con nuevas fuerzas para glorificar á Aquel que ha sido tan misericordioso. Esta es ya una vida mejor. ¿Por qué no nos hemos encontrado antes?
—No miremos hacia atrás,—respondió Ester,—lo pasado es pasado: ¿para qué detenernos ahora en él? ¡Mira! con este símbolo deshago todo lo hecho y procedo como si nunca hubiera existido.
Y diciendo esto, desabrochó los corchetes que aseguraban la letra escarlata, y arrancándola de su pecho la arrojó á una gran distancia entre las hojas secas. El símbolo místico cayó en la misma orilla del arroyuelo, y á poco más lo habría hecho en el agua que le hubiera arrastrado en su melancólica corriente, agregando un nuevo dolor á la historia que constantemente estaba refiriendo en sus murmullos. Pero allí quedó la letra bordada brillando como una joya perdida que algún malhadado viajero podría recoger, para verse después perseguido quizá por extraños sueños de crimen, abatimiento del corazón é infortunio sin igual.
Una vez arrojada la insignia fatal, dió Ester un largo y profundo suspiro con el que su espíritu se libró de la vergüenza y angustia que la habían oprimido. ¡Oh exquisito alivio! No había conocido su verdadero peso hasta que se sintió libre de él. Movida de otro impulso, se quitó la gorra que aprisionaba sus cabellos, que cayeron sobre sus espaldas, ricos, negros, con una mezcla de luz y sombra en su abundancia, comunicándole al rostro todo el encantode una suave expresión. Jugueteaba en los labios y brillaba en los ojos una tierna y radiante sonrisa, que parecía tener su origen en su femenino corazón. Las mejillas, tan pálidas hasta entonces, se veían animadas de rosado color. Su sexo, su juventud, y toda la riqueza de su hermosura se diría que habían surgido de nuevo de lo que se llama el pasado irrevocable, y se agrupaban en torno de ella con su esperanza virginal y una felicidad hasta entonces desconocida, y todo dentro del mágico círculo de esta hora. Y como si la obscuridad y tristeza de la tierra y del firmamento solo hubieran sido el reflejo de lo que pasaba en el corazón de estos dos mortales, se desvanecieron también con su dolor. De pronto, como con repentina sonrisa del cielo, el sol hizo una especie de irrupción en la tenebrosa selva, derramando un torrente de esplendor, alegrando cada hoja verde, convirtiendo las amarillentas en doradas, y brillando entre los negruzcos troncos de los solemnes árboles. Los objetos, que hasta entonces habían esparcido solamente sombras, eran ahora cuerpos luminosos. El curso del arroyuelo podría trazarse, merced á su alegre murmullo, hasta allá á lo lejos en el misterioso centro de aquella selva que se había convertido en testigo de una alegría aún más misteriosa.
Tal fué la simpatía de la Naturaleza con la felicidad de estos dos espíritus. El amor, ya brote por vez primera, ó surja de cenizas casi apagadas, siempre tiene que crear un rayo de sol que llena el corazón de esplendores tales, que se esparcen en todo el mundo interior. Si la selva hubiera conservado aun su triste obscuridad, habría parecido sin embargo brillante álos ojos de Ester, y brillante igualmente á los de Arturo Dimmesdale.
Ester le dirigió una mirada llena de la luz de una nueva alegría.
—Tienes que conocer á Perla,—le dijo,—¡nuestra Perlita! Tú la has visto,—sí, yo lo sé,—pero la verás ahora con otros ojos. Es una niña singular. Apenas la comprendo. Pero tú la amarás tiernamente, como yo, y me aconsejarás acerca del modo de manejarla.
—¿Crees que la niña se alegrará de conocerme?—preguntó el ministro visiblemente inquieto.—Siempre me he alejado de los niños, porque con frecuencia demuestran cierta desconfianza, una especie de encogimiento en entrar en relaciones familiares conmigo. ¡Yo he temido siempre á Perla!
—Eso era triste,—respondió la madre,—pero ella te amará tiernamente y tú la amarás también. No se encuentra muy lejos. Voy á llamarla. ¡Perla! ¡Perla!
—Desde aquí la veo,—observó el ministro.—Allí está, en medio de la luz del sol, al otro lado del arroyuelo. ¿De modo que crees que la niña me amará?
Ester sonrió y llamó de nuevo á Perla que estaba visible á cierta distancia, como el ministro había dicho, y semejaba una brillante visión iluminada por un rayo de sol que caía sobre ella al través de las ramas de los árboles. El rayo se agitaba de un lado á otro, haciendo que la niña pareciera más ó menos confusa, ya como una criatura humana, ora como una especie de espíritu, á medida que el esplendor desaparecía y retornaba. Oyó la voz de su madre, y se dirigió á ella cruzando lentamente la selva.
Perla no había hallado largo ni fastidioso el tiempo, mientras su madre y el ministro estuvieron hablando. La gran selva, que tan sombría y severa se presentaba á los que allí traían la culpa y las angustias del mundo, se convirtió en compañera de los juegos de esta solitaria niña. Se diría que, para divertirla, había adoptado las maneras más cautivadoras y halagüeñas: le ofreció bayas exquisitas de rojizo color, que la niña recogió, deleitándose con su agreste sabor. Los pequeños moradores de aquella soledad apenas se apartaban del camino de la niña. Cierto es que una perdiz, seguida de diez perdigones, se adelantó hacia ella con aire amenazador, pero pronto se arrepintió de su fiereza y se volvió tranquila al lado de su tierna prole, como diciéndoles que no tuvieran temor. Un pichón de paloma, que estaba solo en una rama baja, permitió á Perla que se le acercase, y emitió un sonido que lo mismo podía ser un saludo que un grito de alarma. Una ardilla, desde lo alto del árbol en que tenía su morada, charlaba en són de cólera ó de alegría, porque una ardilla es un animalito tan colérico y caprichoso que es muy difícil saber si está iracundo ó de buen humor, y le arrojó una nuez á la cabeza. Una zorra, á la que sobresaltó el ruido ligero de los pasos de la niña sobre las hojas, miró con curiosidad á Perla como dudando qué sería mejor, si alejarse de allí, ó continuar su siesta como antes. Se dice que un lobo,—pero aquí ya la historia ha degenerado en lo improbable,—se acercó á Perla, olfateó el vestido de la niña é inclinó la feroz cabeza para que se la acariciara con su manecita. Sin embargo, lo que parece ser la verdad es que la selva, y todas estas silvestres criaturas á quedaba sustento, reconocieron en aquella niña un sér humano de una naturaleza tan libre como la de ellas mismas.
También la niña desplegaba aquí un carácter más suave y dulce que en las calles herbosas de la población, ó en la morada de su madre. Las flores parecían conocerla, y en un susurro le iban diciendo cuando cerca de ellas pasaba: "Adórnate conmigo, linda niña, adórnate conmigo;"—y para darles gusto, Perla cogió violetas, y anémonas, y columbinas, y algunos ramos verdes, y se adornó los cabellos, y se rodeó la cintura, convirtiéndose en una ninfa infantil, en una tierna dríada, ó en algo que armonizaba con el antiguo bosque. De tal manera se había adornado cuando oyó la voz de su madre y se dirigía á ella lentamente.
Lentamente, sí, porque había visto al ministro.
—TÚla amarás tiernamente,—repitió Ester mientras en unión de Dimmesdale contemplaban á Perla.—¿No la encuentras bella? Y mira con qué arte tan natural ha convertido en adorno esas flores tan sencillas. Si hubiera recogido perlas, y diamantes, y rubíes en el bosque, no le sentarían mejor. ¡Es una niña espléndida! Pero bien sé á qué frente se parece la suya.
—¿Sabes tú, Ester,—dijo Arturo Dimmesdale con inquieta sonrisa,—que esta querida niña, que va siempre dando saltitos á tu lado, me ha producido más de una alarma? Me parecía... ¡oh Ester!... ¡qué pensamiento es ese, y qué terrible la idea!... Me parecía que los rasgos de mis facciones se reproducían en parte en su rostro, y que todo el mundo podría reconocerlas. ¡Tal es su semejanza! ¡Pero más que todo es tu imagen.
—No, no es así,—respondió la madre con una tierna sonrisa. Espera algún tiempo, no mucho, y no necesitarás asustarte ante la idea de que se vea de quién es hija. ¡Pero qué singularmente bella parece con esas flores silvestres con que se ha adornado el cabello! Se diría que una de las hadas que hemosdejado en nuestra querida Inglaterra la ha ataviado para que nos salga al encuentro.
Con un sentimiento que jamás hasta entonces ninguno de los dos había experimentado, contemplaban la lenta marcha de Perla. En ella era visible el lazo que los unía. En estos siete años que habían transcurrido, fué la niña para el mundo un jeroglífico viviente en que se revelaba el secreto que ellos de tal modo trataron de ocultar: en este símbolo estaba todo escrito, todo patente de un modo sencillo, á haber existido un profeta ó un hábil mago capaces de interpretar sus caracteres de fuego. Sea cual fuere el mal pasado, ¿cómo podrían dudar que sus vidas terrenales y sus futuros destinos estaban entrelazados, cuando veían ante sí tanto la unión material como la idea espiritual en que ambos se confundían, y en que habían de morar juntos inmortalmente? Pensamientos de esta naturaleza,—y quizás otros que no se confesaban ó no describían,—revistieron á la niña de una especie de misteriosa solemnidad á medida que se adelantaba.
—Que no vea nada extraño, nada apasionado, ni ansiedad alguna en tu manera de recibirla y dirigirte á ella,—le dijo Ester al ministro en voz baja.—Nuestra Perla es á veces como un duende fantástico y caprichoso. Especialmente no puede tolerar las fuertes emociones, cuando no comprende plenamente la causa ni el objeto de las mismas. Pero la niña es capaz de afectos intensos. Me ama y te amará.
—Tú no tienes una idea,—dijo el ministro mirando de soslayo á Ester,—de lo que temo esta entrevista, y al mismo tiempo cuánto la anhelo. Pero la verdades, como ya te he dicho, que no me gano fácilmente la voluntad de los niños. No se me suben á las rodillas, no me charlan al oído, no responden á mi sonrisa; sino que permanecen alejados de mí y me miran de una manera extraña. Aun los recién nacidos lloran fuertemente cuando los tomo en brazos. Sin embargo, Perla ha sido cariñosa para conmigo dos veces en su vida. La primera vez... ¡bien sabes cuando fué! La última, cuando la llevaste contigo á la casa del severo y anciano Gobernador.
—Y cuando tú abogaste tan valerosamente en favor de ella y mío,—respondió la madre.—Lo recuerdo perfectamente, y también deberá recordarlo Perla. ¡No temas nada! Al principio podrá parecerte singular y hasta huraña, pero pronto aprenderá á amarte.
Ya Perla había llegado á la orilla del arroyuelo, y allí se quedó contemplando silenciosamente á Ester y al ministro, que permanecían sentados juntos en el tronco musgoso del viejo árbol, esperando que viniese. Precisamente donde la niña se había detenido, el arroyuelo formaba un charco tan liso y tranquilo que reflejaba una imagen perfecta de su cuerpecito, con toda la pintoresca brillantez de su belleza, que realzaba su adorno de flores y hojas, si bien más espiritualizada y delicada que en la realidad. Esta imagen, casi tan idéntica á lo que era Perla, parecía comunicar algo de su cualidad intangible y flotante á la niña misma. La manera en que Perla permanecía allí, mirándoles fijamente al través de la semi-obscuridad de la selva, era realmente extraña; iluminada ella, sin embargo, por un rayo de sol atraído allí por cierta oculta simpatía. Ester misma se sentía de un modo vago y misteriosocomo alejada de su hija; como si ésta, en su paseo solitario por la selva, se hubiera apartado por completo de la esfera en que tanto ella como su madre habitaban juntas, y estuviese ahora tratando de regresar, aunque en vano, al perdido hogar.
Y en esta sensación había á la vez verdad y error: hija y madre se sentían ahora mutuamente extrañas, pero por culpa de Ester, no de Perla. Mientras la niña se paseaba solitariamente, otro sér había sido admitido en la esfera de los sentimientos de la madre, modificando de tal modo el aspecto de las cosas, que Perla, al regresar de su paseo, no pudo hallar su acostumbrado puesto y apenas reconoció á su madre.
—Una singular idea se ha apoderado de mí,—dijo el enfermizo ministro.—Se me figura que este arroyuelo forma el límite entre dos mundos, y que nunca más has de encontrar á tu Perla. ¿Ó acaso es ella una especie de duende ó espíritu encantado á los que, como nos decían en los cuentos de nuestra infancia, les está prohibido cruzar una corriente de agua? Te ruego que te apresures, porque esta demora ya me ha puesto los nervios en conmoción.
—Ven, querida niña,—dijo Ester animándola y extendiendo los brazos hacia ella.—Ven: ¡qué lenta eres! ¿Cuándo, antes de ahora, te has mostrado tan floja? Aquí está un amigo mío que también quiere ser tu amigo. En adelante tendrás dos veces tanto amor como el que tu madre sola puede darte. Salta sobre el arroyuelo y ven hacia nosotros. Tú puedes saltar como un corzo.
Perla, sin responder de ningún modo á estas melosas expresiones, permaneció al otro lado del arroyuelo,fijando los brillantes ojos ya en su madre, ya en el ministro, ó incluyendo á veces á entrambos en la misma mirada, como si quisiera descubrir y explicarse lo que había de común entre los dos. Debido á inexplicable motivo, al sentir Arturo Dimmesdale que las miradas de la niña se clavaban en él, se llevó la mano al corazón con el gesto que le era tan habitual y que se había convertido en acción involuntaria. Al fin, tomando cierto aspecto singular de autoridad, Perla extendió la mano señalando con el dedo índice evidentemente el pecho de su madre. Y debajo, en el cristal del arroyuelo, se veía la imagen brillante y llena de flores de Perla, señalando también con su dedito.
—Niña singular, ¿por qué no vienes donde estoy?—exclamó Ester.
Perla tenía extendido aun el dedo índice, y frunció el entrecejo, lo que le comunicaba una significación más notable, atendidas las facciones infantiles que tal aspecto tomaban. Como su madre continuaba llamándola, lleno el rostro de inusitadas sonrisas, la niña golpeó la tierra con el pie con gestos y miradas aun más imperiosos, que también reflejó el arroyuelo, así como el dedo extendido y el gesto imperioso de la niña.
—Apresúrate, Perla, ó me incomodaré,—gritó Ester, quien, acostumbrada á semejante modo de proceder de parte de su hija en otras ocasiones, deseaba, como era natural, un comportamiento algo mejor en las circunstancias actuales.—Salta el arroyuelo, traviesa niña, y corre hacia aquí: de lo contrario yo iré á donde tú estás.
Pero Perla no hizo caso de las amenazas de su madre,como no lo había hecho de sus palabras afectuosas, sino que rompió en un arrebato de cólera, gesticulando violentamente y agitando su cuerpecito con las más extravagantes contorsiones, acompañando esta explosión de ira de agudos gritos que repercutió la selva por todas partes; de modo que á pesar de lo sola que estaba en su infantil é incomprensible furor, parecía que una oculta multitud la acompañaba y hasta la alentaba en sus acciones. Y en el agua del arroyuelo se reflejó una vez más la colérica imagen de Perla, coronada de flores, golpeando el suelo con el pie, gesticulando violentamente y apuntando con el dedo índice al seno de Ester.
—Ya sé lo que quiere esta niña,—murmuró Ester al ministro, y palideciendo, á pesar de un gran esfuerzo para ocultar su disgusto y su mortificación, dijo:—los niños no permiten el más leve cambio en el aspecto acostumbrado de las cosas que tienen diariamente á la vista. Perla echa de menos algo que siempre me ha visto llevar.
—Si tienes algún medio de apaciguar á la niña,—le dijo el ministro,—te ruego que lo hagas inmediatamente. Excepto el furor de una vieja hechicera, como la Sra. Hibbins,—agregó tratando de sonreir,—nada hay que me asuste tanto como un arrebato de cólera cual éste en un niño. En la tierna belleza de Perla, así como en las arrugas de la vieja hechicera, tiene ese arrebato algo de sobrenatural. Apacíguala, si me amas.
Ester se dirigió de nuevo á Perla, con el rostro encendido, dando una mirada de soslayo al ministro, y exhalando luego un hondo suspiro; y aun antes dehaber tenido tiempo de hablar, el color de sus mejillas se convirtió en mortal palidez.
—Perla,—dijo con tristeza,—mira á tus pies.... Ahí... frente á tí... al otro lado del arroyuelo.
La niña dirigió las miradas al punto indicado, y allí vió la letra escarlata, tan cerca de la orilla de la corriente, que el bordado de oro se reflejaba en el agua.
—Tráela aquí,—dijo Ester.
—Ven tú á buscarla,—respondió Perla.
—¡Habráse visto jamás niña igual!—observó Ester aparte al ministro.—¡Oh! Te tengo que decir mucho acerca de ella. Pero á la verdad, en el asunto de este odioso símbolo, tiene razón. Debo sufrir este tormento todavía algún tiempo, unos cuantos días más, hasta que hayamos dejado esta región y la miremos como un país con que hemos soñado. La selva no puede ocultarla. El océano recibirá la letra de mis manos, y la tragará para siempre!
Diciendo esto se adelantó á la margen del arroyuelo, recogió la letra escarlata y la fijó de nuevo en el pecho. Un momento antes, cuando Ester habló de arrojarla al seno del océano, había en ella un sentimiento de fundada esperanza; al recibir de nuevo este símbolo mortífero de la mano del destino, experimentó la sensación de una sentencia irrevocable que sobre ella pesaba. La había arrojado al espacio infinito,—había respirado una hora el aire de la libertad,—y de nuevo estaba aquí la letra escarlata con todo su suplicio, brillando en el lugar acostumbrado. De la misma manera una mala acción se reviste siempre del carácter de ineludible destino. Ester recogió inmediatamente las espesas trenzas de sus cabellos y las ocultó bajo sugorra. Y como si hubiera un maleficio en la triste letra, desapareció su hermosura y todo lo que en ella había de femenino, á manera de rayo de sol que se desvanece, y como si una sombra se hubiera extendido sobre todo su sér.
Efectuado el terrible cambio, extendió la mano á Perla.
—¿Conoces ahora á tu madre, niña?—le preguntó con acento de reproche, aunque en un tono moderado. ¿Quieres atravesar el arroyo, y venir á donde está tu madre, ahora que se ha puesto de nuevo su ignominia,—ahora que está triste?
—Sí, ahora quiero,—respondió la niña atravesando el arroyuelo, y estrechando á su madre contra su pecho. Ahora eres realmente mi madre, y yo soy tu Perlita.
Y con una ternura que no era común en ella, atrajo hacia sí la cabeza de su madre y la besó en la frente y en las mejillas. Pero entonces,—por una especie de necesidad que siempre la impulsaba á mezclar en el contento que proporcionaba una parte de dolor,—Perla besó también la letra escarlata.
—Eso no es bueno,—dijo Ester,—cuando me has demostrado un poco de amor, te mofas de mí.
—¿Por qué está sentado el ministro allí?—preguntó Perla.
—Te está esperando para saludarte,—replicó su madre.—Vé y pídele su bendición. Él te ama, Perlita mía, y también ama á tu madre. ¿No lo amarás tú igualmente? Vé: él desea acariciarte.
—¿Nos ama realmente?—dijo Perla mirando á su madre con expresión de viva inteligencia.—¿Irá connosotros, dándonos la mano, y entraremos los tres juntos en la población?
—Ahora no, mi querida hija,—respondió Ester.—Pero dentro de algunos días iremos juntos de la mano, y tendremos un hogar y una casa nuestra, y te sentarás sobre sus rodillas, y te enseñará muchas cosas y te amará muy tiernamente. Tú también lo amarás, ¿no es verdad?
—¿Y conservará siempre la mano sobre el corazón?
—¿Qué pregunta es esa, locuela?—exclamó la madre: ven y pídele su bendición.
Pero sea que influyeran en ella los celos que parecen instintivos en todos los niños mimados, en presencia de un rival peligroso, ó que fuese un capricho de su naturaleza singular, Perla no quiso dar muestras de afecto alguno á Arturo Dimmesdale. Solamente, y á la fuerza, la llevó su madre hacia el ministro, y eso quedándose atrás y manifestando su mala gana con raros visajes, de los cuales, desde su más tierna infancia, poseía numerosa variedad, pudiendo transformar su móvil fisonomía de diversas maneras, y siempre con una expresión más ó menos perversa. El ministro,—penosamente desconcertado, pero con la esperanza de que un beso podría ser una especie de talismán que le ganara la buena voluntad de la niña,—se inclinó hacia ella y la besó en la frente. Inmediatamente Perla logró desasirse de las manos de su madre, y corriendo hacia el arroyuelo, se detuvo en la orilla y se lavó la frente en sus aguas, hasta que creyó borrado completamente el beso recibido de mala gana. Después permaneció á un lado contemplando en silencio á Ester y al ministro, mientras éstos conversaban juntos y hacíanlos arreglos sugeridos por su nueva posición y por los propósitos que pronto habían de realizar.
Y ahora esta fatídica entrevista quedó terminada. Aquel lugar donde se encontraban, permanecería abandonado en su soledad entre los sombríos y antiguos árboles de la selva que, con sus numerosas lenguas, susurrarían largamente lo que allí había pasado, sin que ningún mortal fuera por eso más cuerdo. Y el melancólico arroyuelo agregaría esta nueva historia á los misteriosos cuentos que ya conocía, y continuaría su antiguo murmullo, no por cierto más alegre de lo que había sido durante siglos y siglos.
ARTURODIMMESDALEpartió el primero, adelantándose á Ester y á Perla, y ya á cierta distancia dirigió una mirada hacia atrás, como si esperara descubrir tan sólo algunos rasgos débiles ó los contornos de la madre y de la niña desvaneciéndose lentamente en la semiobscuridad de la selva. Acontecimiento de tal importancia en su existencia, no podía concebir que fuese real. Pero allí estaba Ester, vestida con su traje de pardo color, de pie todavía junto al tronco del árbol que algún viento tempestuoso derrumbó en tiempos inmemoriales, todo cubierto de musgo, para que esos dos seres predestinados, con el alma abrumada de pesar, pudieran sentarse allí juntos y encontrar una sola hora de descanso y solaz. Y allí también estaba Perla, bailando alegremente á orillas del arroyuelo, ahora que aquel extraño intruso se había ido, y la dejaba ocupar su antiguo puesto al lado de su madre. No: el ministro no se había quedado dormido, ni había soñado.
Para conseguir que desaparecieran de su mente la vaguedad y confusión de sus impresiones, que le hacían experimentar una extraña inquietud, se puso á recordar de una manera precisa y definida los planes yproyectos que él y Ester habían bosquejado para su partida. Se había convenido entre los dos que el Antiguo Mundo, con sus ciudades populosas, les ofrecería mejor abrigo y mayor oportunidad, para pasar inadvertidos que no las selvas mismas de la Nueva Inglaterra ó de toda la América, con sus alternativas de una que otra choza de indios ó las pocas ciudades de europeos, escasamente pobladas, esparcidas aquí y allí á lo largo de las costas. Todo esto sin hablar de la mala salud del ministro, que no se prestaba ciertamente á soportar los trabajos y privaciones de la vida de los bosques, cuando sus dones naturales, su cultura y el desenvolvimiento de todas sus facultades le adaptaban para vivir tan sólo en medio de pueblos de adelantada civilización. Para que pudiesen llevar á cabo lo que habían determinado, la casualidad les deparó que hubiera en el puerto un buque, una de esas embarcaciones de dudoso carácter, cosa muy común en aquellos tiempos, que sin ser realmente piratas, recorrían sin embargo los mares con muy poco respeto á las leyes de propiedad. Este buque había llegado recientemente del Mar de las Antillas, y debía hacerse á la vela dentro de tres días con rumbo á Brístol en Inglaterra. Ester, cuya vocación para hermana de la Caridad la había puesto en contacto con el capitán y los tripulantes de la nave, se ocuparía en conseguir el pasaje de dos individuos y una niña, con todo el secreto que las circunstancias hacían más que necesario.
El ministro había preguntado á Ester, con no poco interés, la fecha precisa en que el buque había de partir. Probablemente sería dentro de cuatro días á contar de aquel en que estaban. "¡Feliz casualidad!"—sedijo para sus adentros. Por qué razón el Reverendo Arturo Dimmesdale lo consideró una feliz casualidad, vacilamos en revelarlo. Sin embargo, para que el lector lo sepa todo, diremos que dentro de tres días tenía que predicar el sermón de la elección; y como semejante acto formaba una época honrosa en la vida de un eclesiástico de la Nueva Inglaterra, el Sr. Dimmesdale no podía haber escogido una oportunidad más conveniente para terminar su carrera profesional. "Á lo menos, dirán de mí,—pensó este hombre ejemplar,—que no he dejado por desempeñar ningún deber público, ni lo he desempeñado mal."—¡Triste es, indudablemente, ver que una persona que podía hacer un examen tan profundo y minucioso de sí mismo, se engañara á tal extremo! Ya hemos dicho, y aun nos quedan por decir, cosas peores de él; pero ninguna tan lastimosamente débil; ninguna que diera una prueba tan irrefragable de la sutil enfermedad que había, desde tiempo atrás, minado la verdadera base de su carácter. Ningún hombre puede llevar por mucho tiempo, por decirlo así, dos rostros: uno en público y otro frente á frente de su conciencia, sin que al fin llegue á no saber cuál es el verdadero.
La agitación que experimentó el Sr. Dimmesdale al regresar de su entrevista con Ester, le comunicó una energía física inusitada, y le hizo caminar hacia la población con rápido paso. El sendero al través de los bosques le pareció más bravío, más áspero con sus obstáculos naturales, y menos hollado por pies humanos, que cuando lo recorrió en sentido inverso. Pero saltaba sobre los lugares pantanosos, se introducía por entre el frondoso ramaje, trepaba cuando encontrabacuestas que subir, ó descendía á las hondonadas; en una palabra, venció todas las dificultades que se le presentaron en el camino, con una actividad infatigable que á él mismo le sorprendía. No pudo menos de recordar cuán fatigosamente, y con cuántas paradas para recobrar aliento, había recorrido ese mismo camino tan solo dos días antes. Á medida que se acercaba á la ciudad fué creyendo que notaba un cambio en los objetos que le eran más familiares, como si desde que salió de la población no hubieran transcurrido solamente dos ó tres días, sino muchos años.
Ciertamente que las calles presentaban el mismo aspecto que antes, según las recordaba, y las casas tenían las mismas peculiaridades, con su multitud de aleros y una veleta precisamente en el lugar en que su memoria se lo indicaba. Sin embargo, la idea de cambio le acosaba á cada instante, aconteciéndole igual fenómeno con las personas conocidas que veía, y con todas las que le eran familiares en la pequeña población. No las hallaba ahora ni más jóvenes ni más viejas; las barbas de los ancianos no eran más blancas, ni el niño que andaba á gatas ayer podía moverse hoy haciendo uso de sus pies: era imposible decir en qué diferían de las personas á quienes había visto antes de partir; y sin embargo, algo interno parecía sugerirle que se había efectuado un cambio. Recibió una impresión de esta naturaleza, de la manera más notable, al pasar junto á la iglesia que estaba á su cargo. El edificio se le presentó con un aspecto á la vez tan extraño y tan familiar, que el Sr. Dimmesdale estuvo vacilando entre estas dos ideas: ó quehasta entonces lo había visto solamente en un sueño, ó que ahora estaba simplemente soñando.
Este fenómeno, en las varias formas que iba tomando, no indicaba un cambio externo, sino un cambio tan repentino é importante en el espectador mismo, que el espacio de un solo día de intervalo había sido para él equivalente al transcurso de varios años. La voluntad del ministro y la de Ester, y el destino que sobre ellos pesaba, habían operado esta transformación. Era la misma ciudad que antes; pero no era el mismo ministro el que había regresado de la selva. Podría haber dicho á los amigos que le saludaban: "No soy el hombre por quien me tomáis. Lo he dejado allá en la selva, retirado en un oculto vallecillo, junto á un tronco musgoso de árbol, no lejos de un melancólico arroyuelo. Id: buscad á vuestro ministro, y ved si su cuerpo extenuado, sus mejillas descarnadas, y su pálida frente surcada de arrugas por el dolor, no han sido arrojados allí como vestido de que uno se deshace." Sin duda alguna sus amigos habrían insistido, diciéndole: "Tú eres el mismo hombre"; pero el error hubiera estado de parte de sus amigos y no del ministro.
Antes de que el Sr. Dimmesdale llegara á su morada, su sér íntimo le dió otras pruebas de que una revolución se había operado en su modo de pensar y de sentir. Á la verdad, solo á una revolución de esa naturaleza, completa y total, podían atribuirse los impulsos que agitaban al infortunado ministro. Á cada paso se sentía movido del deseo de hacer algo extraño, inusitado, violento ó perverso, con la convicción de que sería á la vez involuntario é intencional y á despechode sí mismo, pero emanando de un sentimiento más profundo que el que se oponía al impulso. Por ejemplo, se encontró con uno de los diáconos de su iglesia, buen anciano que le saludó con el afecto paternal y el aire patriarcal á que tenía derecho por sus años, sus virtudes y su posición, y al mismo tiempo con el profundo respeto, casi veneración, que el carácter público y privado del ministro reclamaban. Nunca se vió un ejemplo más hermoso de cómo la majestad y sabiduría de los años pueden hermanarse á la obediencia y respeto que una categoría social é inteligencia inferiores deben á una persona superior en esas cualidades. Pues bien, durante una conversación de unos pocos momentos entre el Reverendo Sr. Dimmesdale y este excelente y anciano diácono, solo merced á la más cuidadosa circunspección y casi haciéndose violencia, evitó el ministro proferir ciertas reflexiones heréticas que se le ocurrieron sobre varios puntos religiosos. Temblaba y palidecía temiendo que sus labios, á despecho de sí mismo, emitiesen algunos de los horribles pensamientos que le cruzaban por la mente. Y sin embargo, aunque con el corazón lleno de tal terror, no pudo menos de sonreirse al imaginar lo estupefacto que se habría quedado el santo varón y patriarcal diácono ante la impiedad de su ministro.
Referiremos otro incidente de igual naturaleza. Yendo á toda prisa por la calle, el Reverendo Sr. Dimmesdale tropezó de manos á boca con uno de los más antiguos miembros de su iglesia, una anciana señora, la más piadosa y ejemplar que pueda darse: pobre, viuda, sola, y con el corazón todo lleno dereminiscencias de su marido y de sus hijos, ya muertos, así como de sus amigos fallecidos también hacía tiempo. Sin embargo, todo esto, que de otro modo habría sido un dolor intenso, se había casi convertido para esta alma piadosa en un goce solemne, gracias á los consuelos religiosos y á las verdades de las Sagradas Escrituras, con que puede decirse que se había nutrido continuamente por espacio de más de treinta años. Desde que el Reverendo Sr. Dimmesdale la tomó á su cargo, el principal consuelo terrenal de la buena señora consistía en ver á su pastor espiritual, ya de propósito deliberado, ya por casualidad, y sentir confortada el alma con una palabra que respirase las verdades consoladoras del Evangelio, y que saliendo de aquellos labios reverenciados, penetrase en su pobre pero atento oído. Mas en la presente ocasión, al querer el Reverendo Sr. Dimmesdale abrir los labios, no le fué posible recordar un solo texto de las Sagradas Escrituras, y lo único que pudo decir fué algo breve, enérgico, que según le pareció á él mismo entonces, venía á ser un argumento irrefutable contra la inmortalidad del alma. La simple insinuación de semejante idea habría hecho probablemente caer á tierra sin sentido á esta anciana señora, como por efecto de una infusión de veneno intensamente mortífero. Lo que el ministro dijo en realidad, no pudo recordarlo nunca. Tal vez hubo en sus palabras una cierta obscuridad que impidió á la buena viuda comprender exactamente la idea que Dimmesdale quiso expresar, ó quizás ella las interpretó allá á su manera. Lo cierto es, que cuando el ministro volvió la mirada hacia atrás, notó en el rostro de la santa mujer una expresión de éxtasisy divina gratitud, como si estuviera iluminado por los resplandores de la ciudad divina.
Aun referiremos un tercer ejemplo. Después de separarse de la anciana viuda, encontró á la más joven de sus feligreses. Era una tierna doncella á quien el sermón predicado por el Reverendo Sr. Dimmesdale, el día después de la noche pasada en vela en el tablado, había hecho trocar los goces transitorios del mundo por la esperanza celestial que iría ganando brillantez á medida que las sombras de la existencia se fueran aumentando, y que finalmente convertiría las tinieblas postreras en oleadas de luz gloriosa. Era tan pura y tan bella como un lirio que hubiese florecido en el Paraíso. El ministro sabía perfectamente que su imagen se hallaba venerada en el santuario inmaculado del corazón de la doncella, que mezclaba su entusiasmo religioso con el dulce fuego del amor, y comunicaba al amor toda la pureza de la religión. De seguro que el enemigo del género humano había apartado aquel día á la joven doncella del lado de su madre, para ponerla al paso de este hombre que podemos llamar perdido y desesperanzado. Á medida que la joven se iba acercando al ministro, el maligno espíritu le murmuró á éste en el oído que condensara en la forma más breve, y vertiera en el tierno corazón de la virgen, un germen de maldad que pronto produciría negras flores y frutos aún más negros. Era tal la convicción de su influencia sobre esta alma virginal, que de este modo á él se confiaba, que el ministro sabía muy bien que le era dado marchitar todo este jardín de inocencia con una sola mirada perversa, ó hacerle florecer en virtudes con una sola buena palabra. De consiguiente,después de sostener consigo mismo una lucha más fuerte que las que ya había sostenido, se cubrió el rostro con el capote y apresuró el paso sin darse por entendido que la había visto, dejando á la pobre muchacha que interpretase su rudeza como quisiera. Ella escudriñó su conciencia, llena de pequeñas acciones inocentes, y la infeliz se reprochó mil faltas imaginarias, y al día siguiente estuvo desempeñando sus quehaceres domésticos toda cabizbaja y con ojos llorosos.
Antes de que el ministro hubiera tenido tiempo de celebrar su victoria sobre esta última tentación, experimentó otro impulso no ya ridículo, sino casi horrible. Era,—nos avergonzamos de decirlo,—nada menos que detenerse en la calle y enseñar algunas palabrotas muy malsonantes á un grupo de niños puritanos, que apenas empezaban á hablar. Habiendo resistido este impulso como completamente indigno del traje que vestía, encontró á un marinero borracho de la tripulación del buque del Mar de las Antillas de que hemos hablado; y esta vez, después de haber rechazado tan valerosamente todas las otras perversas tentaciones, el pobre Sr. Dimmesdale deseó, al fin, dar un apretón de manos á este tunante alquitranado, y recrearse con algunos de esos chistes de mala ley de que tal acopio tienen los marineros, sazonado todo con una andanada de ternos y juramentos capaces de estremecer el cielo. Detuviéronle no tanto sus buenos principios, como su pudor innato y las decorosas costumbres adquiridas bajo su traje de eclesiástico.
—¿Qué es lo que me persigue y me tienta de esta manera?—se preguntó el ministro á sí mismo, deteniéndose en la calle y golpeándose la frente.—¿Estoyloco por ventura, ó me hallo completamente en poder del enemigo malo? ¿Hice un pacto con él en la selva y lo firmé con mi propia sangre? ¿Y me pide ahora que lo cumpla, sugiriéndome que lleve á cabo todas las iniquidades que pueda concebir su perversa imaginación?
En los momentos en que el Reverendo Sr. Dimmesdale razonaba de este modo consigo mismo, y se golpeaba la frente con la mano, se dice que la anciana Sra. Hibbins, la dama reputada por hechicera, pasaba por allí, vestida con rico traje de terciopelo, fantásticamente peinada, y con un hermoso cuello de lechuguilla, todo lo cual le daba una apariencia de persona de muchas campanillas. Como si la hechicera hubiese leído los pensamientos del ministro, se detuvo ante él, fijó las miradas astutamente en su rostro, sonrió con malicia, y,—aunque no muy dada á hablar con gente de la iglesia,—tuvo con él el siguiente diálogo:
—De modo, Reverendo Señor, que habéis hecho una visita á la selva,—observó la hechicera inclinando su gran peinado hacia el ministro.—La próxima vez que vayáis, os ruego me lo aviséis en tiempo, y me consideraré muy honrada en acompañaros. Sin querer exagerar mi importancia, creo que una palabra mía servirá para proporcionar á cualquier caballero extraño una excelente recepción de parte de aquel potentado que sabéis.
—Os aseguro, señora,—respondió el ministro con respetuoso saludo, como demandaba la alta jerarquía de la dama, y como su buena educación se lo exigía,—os aseguro, bajo mi conciencia y honor, que estoy completamente á obscuras acerca del sentido que entrañanvuestras palabras. No he ido á la selva á buscar á ningún potentado; ni intento hacer allí una futura visita con el fin de ganarme la protección y favor de semejante personaje. Mi único objeto fué saludar á mi piadoso amigo el apóstol Eliot, y regocijarme con él por las muchas preciosas almas que ha arrancado á la idolatría.
—¡Ja! ¡ja! ¡ja!—exclamó la anciana bruja, inclinando siempre su alto peinado hacia el ministro.—Bien, bien: no necesitamos hablar de esto durante el día; pero á media noche, y en la selva, tendremos juntos otra conversación.
La vieja hechicera continuó su camino con su acostumbrada majestad, pero de cuando en cuando volvía hacia atrás las miradas y se sonreía, exactamente como quien quisiera dar á entender que existía entre ella y el ministro una secreta y misteriosa intimidad.
—¿Me habré vendido yo mismo,—se preguntó el ministro,—al maligno espíritu á quien, si es verdad lo que se dice, esta vieja y amarillenta bruja, vestida de terciopelo, ha escogido por su príncipe y señor?
¡Infeliz ministro! Había hecho un pacto muy parecido á ese de que hablaba. Alucinado por un sueño de felicidad, había cedido, deliberadamente, como nunca lo hizo antes, á la tentación de lo que sabía que era un pecado mortal; y el veneno inficionador de ese pecado se había difundido rápidamente en todo su sér moral; adormeciendo todos sus buenos impulsos, y despertando en él todos los malos á vida animadísima. El odio, el desprecio, la malignidad sin provocación alguna, el deseo gratuito de ser perverso, de ridiculizar todo lo bueno y santo, se despertaron enél para tentarle al mismo tiempo que le llenaban de pavor. Y su encuentro con la vieja hechicera Hibbins, caso de que hubiera acontecido realmente, sólo vino á mostrarle sus simpatías y su compañerismo con mortales perversos y con el mundo de perversos espíritus.