LIBRO III.
ARGUMENTO.
Luego que fue de día, la justicia con sus ministros fueron a la posada de Apuleyo, y como a hombre homicida lo llevaron ante los jueces. — Y cuenta del gran pueblo y gente que se juntó a verlo. — Y de cómo el promotor fiscal le acusó como a hombre matador, y cómo él defendía su parte por argumentos de grande orador, y cómo vino una vieja que parecía ser madre de aquellos muertos a los cuales descubrió Apuleyo por mandato de los jueces, y hallaron tres odres, de donde se levantó tan gran risa entre todos, que con esto fue celebrada la fiesta del dios de la risa. — Cómo Andria, su amiga, le descubrió la causa de los odres. — Y cómo le mostró a la mujer de Milón cuando se untaba para tornarse en ave, de lo cual le tomó gran deseo, y por yerro de la bujeta del ungüento, por tornarse ave se volvió en asno; en fin, cuenta cómo robaron a Milón, de donde hecho asno le llevaron cargado, con otras bestias, de las riquezas de Milón su huésped.
Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres.
Otro día de mañana yo desperté y comencé a pensar en lo que había hecho antenoche, y lloraba muy reciamente diciendo:
—¿Qué juez puedo yo hallar que me haya de dar por inocente siendo homicida de tantos hombres? Esta es aquella prosperidad de mi camino que el sabio Diófanes me decía.
Esto y otras cosas diciendo, lloraba mi ventura, cuando entraron los alcaldes y alguaciles en casa, pegaron en mí para llevarme por fuerza, a lo que yo no resistí.
Y yendo yo preso, toda la ciudad me salió a mirar, y volviendo a un lado vi una gran maravilla, y fue que entre tanto pueblo como allí estaba, ninguno había que no rompiese las entrañas de risa. Finalmente, habiéndome llevado por todas las calles públicas, de la manera que purgan la ciudad cuando hay algunas malas señales o agüeros, que traen la víctima o animal que han de sacrificar por las calles y rincones de la ciudad. Después de haberme traído por los rincones de ella, pusiéronme delante de la silla de los jueces, que era un cadalso muy alto donde estaban sentados.
Ya el pregonero de la ciudad pregonaba que todos callasen y tuviesen silencio, cuando todos a una voz dicen que por la muchedumbre de la gente que peligraba por la estrechura y apretamiento del lugar, que este juicio se fuese a juzgar al teatro. Y luego sin más tardanza, todo el pueblo fue corriendo al teatro, que en muy poco espacio fue lleno de gente, de manera que las entradas y tejados todo estaba lleno. Unos estaban abrazados con las columnas, otros colgados de las estatuas, y otros a las ventanas y azoteas medio asomados, tanto, que por la gana que tenían de ver se ponían a peligro de su salud. Entonces lleváronme por medio del teatro los ministros de la justicia como a un carnero que quieren sacrificar, y pusiéronme delante del asiento de los jueces. El pregonero, a grandes voces, comenzó a pregonar al acusador,y luego se levantó un viejo para acusarme, y para el término de la acusación pusiéronme allí un reloj de arena; en cuanto caía la arena por un sutil agujero, el viejo comenzó a hablar al pueblo de esta manera:
—Ciudadanos nobles y honrados, no penséis que se tratan aquí cosas de poca sustancia; mayormente, que toca a la paz y bien común de toda la ciudad y al buen ejemplo; yo soy capitán de la guarda que se hace en la noche, y creo que ninguno habrá que culpe mi diligencia. Andando yo anoche casi a las once horas, con mucha diligencia cercando y rondando la ciudad de puerta en puerta, vi este crudelísimo hombre con una espada en la mano, matando cuantos podía, y tenía a sus pies muertos tres, que aún estaban expirando, llenos de sangre, y él, como me sintió y vio el mal que tenía hecho, metiose en una casa con mucha prisa, y como hacía oscuro, fácilmente se me pudo esconder, mas la providencia de los dioses, que no permiten que los malhechores queden sin castigo, quiso que esta mañana lo hallase y lo prendiese, y lo presentase ante la majestad de vuestro juicio; de manera que aquí tenéis este culpado de tantas muertes, que fue tomado en el delito y es extranjero. Así que, con mucha constancia y severidad, pronunciad la sentencia contra este hombre extraño que mató a tres de vuestros ciudadanos.
De esta manera hablando aquel recio acusador, en fin acabó su razón, y luego el pregonero me dijo si quería responder alguna cosa, a lo que aquel decía que comenzase; pero yo en aquel tiempo ninguna otra cosa podía, salvo llorar, y no tanto por oír aquella cruel acusación, como por ser yo matador. Con todo esto Dios me dio una poca de osadía, con que respondí de esta manera:
—No ignoro yo, señores, cuán recia y ardua cosa sea,estando muertos tres ciudadanos, aquel que es acusado de su muerte (aunque diga verdad confesando el delito), cómo podrá persuadir a tanta muchedumbre de pueblo ser inocente y sin culpa; mas si vuestra humanidad me quiere dar un poco de audiencia pública, fácilmente os mostraré que este peligro en que ahora estoy puesto, no por mi culpa y merecimiento, mas por caso fortuito, con mucha razón que tuve, lo padezco. Porque viniendo anoche un poco tarde de cenar y habiendo bebido, y muy bien, lo cual como crimen verdadero no dejaré de confesar, llegando ante las puertas de mi posada, que es en casa de Milón, vuestro ciudadano, vi unos crudelísimos ladrones que tentaban de entrar en su casa y procuraban arrancar las puertas de sus quicios, determinados ya de matar a los que hallaran dentro de ella, de los cuales ladrones, el principal de ellos, así en cuerpo como en fuerzas, incitaba a los otros con estas palabras: «Ea, mancebos, con esfuerzo salteemos a estos que duermen; apartad toda pereza de vosotros; con las espadas en las manos andemos matando por toda la casa al que halláremos durmiendo, y así, matando a todos, nos iremos en salvo si ninguno dejamos vivo en casa.» Yo, señores, confieso que pensando hacer oficio de buen ciudadano, y también temiendo no robasen a mis huéspedes y a mí, eché mano a mi espada, que para semejantes peligros conmigo traía, y arremetí a ellos por hacerlos huir. Ellos, como hombres bárbaros y crueles, no quisieron, antes aunque me vieron con la espada en la mano, pusiéronse a resistirme con grande pertinacia; el capitán de ellos arremetió conmigo con mucha valentía, y con ambas manos me trabó de los cabellos, y volviéndome atrás la cabeza, quería darme con una piedra, y en tanto que la pedía dile una estocada que luego cayó muerto; a otro que me mordíalos pies le di por las espaldas; al tercero, que sin discreción vino contra mí, le di por los pechos, y así los despaché a todos tres. En esta manera hice paz, aseguré la casa de mi huésped y defendí las vidas a todos, y no pensaba que por esto me darían pena, antes me galardonarían, porque hasta hoy no se hallara que en cosa alguna yo haya hecho ni cometido crimen, antes siempre fui tenido en honra, y en mi tierra siempre la virtud antepuse a todos otros provechos y utilidades, ni puedo hallar qué razón haya para acusarme de tan justa venganza como fue la que hice contra unos ladrones tan malignos, mayormente, que no se podría mostrar que yo tuviese enemistad con ellos antes de ahora, ni que yo los conociese ni hubiese visto.
Habiendo hablado de esta manera, con las manos alzadas y los ojos llenos de lágrimas, a todos pedía la debida misericordia.
Y como creyese que ya todos estaban conmovidos, habiendo mancillado mis lágrimas, alcé un poco la cabeza, y veo que todo el pueblo quería reventar de risa, y también mi huésped Milón, que se deshacía riendo.
Cuando yo esto vi, dije entre mí: «¡Mirad qué fe y qué proximidad; yo, por la defensa de mi huésped, soy acusado de homicidio, y él, en pago de esto, está riéndose de mí!»
Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, llega al teatro una vieja que de nuevo lo acusó, y el donoso cuento en que esto paró.
Haciendo todos, como dije, grandes fiestas, con mucha risa, he aquí do viene al teatro una mujer llorando, cubierta de luto, y con un niño en los brazos; tras ella venía una vieja llorando como la otra; las cuales, poniéndose alderredor del lecho donde los muertos estaban cubiertos con una sábana, alzaron grandes gritos, y llorando amargamente, decían:
—¡Oh señores, por la misericordia que debéis a todos y por el bien común de esta ciudad, tened piedad de estos tres mancebos muertos y de nuestra ciudad y soledad, y para nuestra consolación, dadnos venganza sacrificando por la paz y sosiego de esta República la sangre de este ladrón, según vuestras leyes y derechos!
Levantose uno de los jueces más antiguos, y comenzó a hablar al pueblo de esta manera:
—Sobre tan grave crimen como este resta hacer una diligencia, y es que sepamos quiénes fueron los compañeros de tan gran hazaña, porque no es cosa de creer que un hombre solo matase a tres tan valientes mancebos. Por tanto, mi parecer es que la verdad se sepa por cuestión de tormento, porque quien le acompañaba, huyó.
Diciendo esto el juez, no tardó mucho que, a la manera de Grecia, luego trajeron allí un carro de fuego y todos los otros artificios del tormento. Acrecentósemecon esto la tristeza, porque a lo menos no me dejaban morir entero sin despedazarme con tormentos; pero aquella vieja que con lloros y plantos lo turbaba todo, dijo:
—Señores, antes que pongáis en la horca a este ladrón, matador de mis tristes hijos, permitid que sean descubiertos sus cuerpos muertos, que aquí están, porque vista su edad y disposición, más justamente os indignéis a vengar este delito.
A esto que la vieja dijo, concedieron, y luego uno de los jueces me mandó que con mi mano descubriese los muertos que estaban en el lecho.
Excusándome yo que no lo quería hacer, porque parecía que con la nueva demostración renovaba el delito pasado, los ministros me compelieron que por fuerza y contra mi voluntad lo hubiese de hacer; finalmente, que yo, constreñido de necesidad, obedecí su mandado, y aunque contra mi voluntad, arrebatada la sábana, descubrí los cuerpos muertos.
¡Oh buenos dioses, qué cosa vi, qué monstruo y cosa nueva, porque los cuerpos de aquellos tres hombres eran tres odres hinchados, y acordándome de la pendencia de anteanoche, estaban abiertos y heridos por las partes que yo había dado a los ladrones!
Entonces, de industria de algunos, detuvieron un poco la risa, y luego comenzó el pueblo a reír tanto, que unos con la gran alegría daban voces, otros se ponían las manos en las barrigas, que les dolían de risa, y todos, llenos de placer y alegría, mirándome muchas veces, se partieron del teatro.
Yo, luego que alcé la sábana y vi los odres, quedé ni más ni menos como una piedra, estatua o columna de las que estaban en el teatro, y no volví en mí hasta quemi huésped Milón llegó y tiró de mí para llevarme, y renovadas otra vez las lágrimas y sollozando muchas veces, me llevó consigo, aunque no quise, por unas callejas malas y sin gente, y por unos rodeos fuimos a casa, consolándome con muchas palabras; y estando así con mucha tristeza, llegaron allí los senadores y jueces, y comienzan a hablarme de esta manera:
—No ignoramos, Lucio, tu dignidad y el noble linaje de donde vienes; esto porque ahora te quejas, no lo recibiste por injuria, porque esta fiesta celebramos cada año al gratísimo dios de la risa con alguna novedad; por tanto, aparta de tu corazón toda tristeza y fatiga, y este pueblo te agradece mucho el placer que le has dado, y desde ahora te asentarán en sus libros para tener memoria de ti.
A esto que me decían yo no pude responder, porque aún me parecía que esperaba la sentencia, y como mejor pude les di las gracias de su visitación, y al fin se partieron de mí.
Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa del ser afrentado en la fiesta de la risa.
De esta manera estaba con harta pasión afrentado y con dolor de cabeza, por las muchas lágrimas que había derramado. Mi huésped Milón me convidaba a cenar, mas yo me excusé, porque no estaba para ello; y así me fui a acostar con harta tristeza, pensando en todas las cosas que aquel día habían pasado.
Estando así pensativo, llegó mi amiga Andria, la cual venía más desemejada que antes era, la cara no alegre, ni con habla graciosa; mas con mucha pena empezó a decir:
—Yo soy culpada en tu afrenta y enojo; lo que a causa de otro a mí me mandaron que hiciese, por mi desdichada y mala suerte se tornó y cayó en tu injuria.
Entonces yo le rogué me dijese en qué manera aquel su yerro se convirtió en mi daño.
Ella me respondió:
—Señor, ruégote que esperes, cerraré la puerta de la cámara, porque no haya algún escándalo de lo que aquí hablaremos.
Diciendo esto, echó la aldaba a la puerta, y tornada a mí, con voz muy baja me dijo:
—Gran temor tengo de descubrirte los secretos de esta casa y cosas ocultas de mi señora; pero confiada de tu discreción y saber, me atrevo a decirte cosas que a persona del mundo no dijera. Ya sabrás todo el estado de nuestra casa, y también los secretos maravillosos que mi señora sabe, por los cuales la obedecen los muertos, las estrellas se turban, los dioses son apremiados, los elementos la sirven, y en cosa alguna no usa tanto de este arte, como cuando ve algún gentilhombre que le agrada, lo cual le suele acontecer a menudo, que aun ahora está muerta de amores por un mancebo hermoso y de buena disposición, contra el cual apareja todas sus artes, manos y artillería. Yo le oí decir ayer a vísperas, amenazando el sol, que si presto no se pusiese, y diese lugar que la noche viniese para hacer las artes de sus hechicerías, que lo haría cubrir de una niebla oscura que en diez días no alumbrase. Este mancebo que digo, viniendo ella el otro día del baño, viole estar en casa deun barbero que lo afeitaban, y como ella lo viese, mandome a mí que secretamente tomase de los cabellos que le habían cortado, que estaban en el suelo caídos; los cuales, como yo comencé a coger a hurto, el barbero me vio, y como nosotras somos conocidas e infamadas de hechiceras, arrebatome de las manos los cabellos y aun me quisiera dar unas pocas de bofetadas si yo no me desviara. Conociendo yo las costumbres de mi señora, que cuando no le llevaba lo que quería se enojaba mucho conmigo, y aun me daba de palos, yendo así triste, pensando qué haría, acaso veo estar un odrero trasquilando tres cueros de cabrón; los cuales, como yo los viese estar colgados, tiesos e hinchados, tomé algunos de los pelos que estaban por el suelo, y como eran rojos, parecían a los cabellos de aquel Beocio gentilhombre de quien mi ama estaba enamorada, a la cual se los di, encubriéndole la verdad. Mi señora Pánfila, en el principio de la noche, antes que volvieses de cenar, con la pena y ansia que tenía en el corazón, subiose a un aposento alto, adonde ella tiene sus hechicerías. Y ante todas cosas, según su costumbre, aparejó sus instrumentos mortíferos, conviene a saber: todo género de especias odoríferas, láminas de cobre con ciertos caracteres que no se pueden leer, clavos y tablas de navíos que se perdieron en la mar y fueron llorados. Asimismo tenía allí delante de sí muchos miembros y pedazos de cuerpos muertos, así como narices, dedos y clavos de los pies de hombres ahorcados. También tenía sangre de muertos a hierro, huesos de cabeza y quijadas sin dientes de bestias fieras. Entonces abrió un corazón, y vistas las venas y fibras cómo bullían, comenzó a rociarlo con diversos licores, con agua de fuente, ahora con leche de vacas, ahora con miel silvestre; añadió mulsa, que es hecha demuchos materiales. De esta manera, aquellos pelos retorcidos y con muchos olores perfumados, puso en medio las brasas para quemar. Entonces con la fuerza de la nigromancia y hechizos, apremiados por los espíritus aquellos cuerpos, cuyos pelos están en el fuego, vienen muy recios en aquella parte do son llamados; esto hicieron los odres, y vinieron a la puerta porfiando de entrar. Y tú, engañado con la oscuridad de la noche, y con el vino que habías bebido, con gran osadía, como aquel Áyax griego, no matando ovejas, cuando mató a muchos, pero muy más esforzadamente mataste tres odres hinchados. De manera que vencidos los enemigos sin sangre, te abrazaré no como a matahombres, mas como a mataodres.
Siendo yo de esta suerte burlado y escarnecido de mi Andria, le dije:
—Pues que así es, yo podré muy bien contar esta primera historia, comparándola a los doce trabajos de Hércules, que como él mató a Cerión, que era de tres cuerpos, o al Cancerbero del infierno, que era de tres cabezas, así yo maté otros tantos odres. Pero por el amor que te tengo, te ruego me enseñes a tu señora cuando hace alguna cosa del arte mágica, o cuando se muda en otra forma.
Andria me respondió:
—Mucho deseo, mi Lucio, en todo hacer tu voluntad, pero mi señora siempre se aparta a solas a hacer sus hechizos; mas por tu amor, yo buscaré tiempo y parte en que la puedas ver, con condición que, como te dije al principio, tengas silencio en todo lo que vieres.
En esta manera, hablando y burlando, nos dormimos, y así pasamos la noche, olvidando los enojos del dios de la risa.
Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama Pánfila cuando se untaba para convertirse en búho, y él, queriéndose untar por experimentar el arte, fue, por yerro de la bujeta del ungüento, convertido en asno.
De esta manera, pasadas algunas noches de placer, un día vino a mí corriendo Andria, medrosa y alterada, y díjome que, viendo su señora cómo con todas las otras artes que hacía no le aprovechaban para sus amores, deliberaba aquella noche tornarse en un ave con plumas, y así volar a su amigo deseado, por ende que yo me aparejase cautamente para ver cosa tan grande y maravillosa. Así que a la prima de la noche tomome de la mano, y con pasos muy sutiles, y sin algún ruido, llevome a la cámara alta, donde la señora estaba, y mostrome una hendidura de la puerta por donde viese lo que hacía. Lo cual Pánfila hizo de esta manera: Primeramente ella se desnudó, y, abierta una arquilla pequeña, sacó muchas bujetas, de las cuales, tirando la tapadera a una, sacó de ella un ungüento, con que se untó desde las puntas de los pies hasta la cabeza, y diciendo entre sí ciertas palabras, comenzose a sacudir todos sus miembros, de los cuales salieron poco a poco plumas; luego le salen las alas y el pico, y las uñas se encorvaron: en fin, que se tornó perfecto búho, y luego empezó a cantar aquel triste canto que ellos cantan, y después se salió volando por la ventana fuera.
Yo, que mirando estaba esto, quedé como hombre loco, y pensaba entre mí si estaba durmiendo o si estaba encantado, y porque tan gran hazaña me espantó mucho.
Tornando en mi seso, viendo lo presente cómo había pasado, rogué a mi Andria que me untase con aquel ungüento para tornarme en búho o en otra cualquier ave.
Ella dijo:
—¿Para qué me pides eso? ¿Quieres que yo misma encienda el fuego en que me queme? Veamos: tú hecho ave, ¿a dónde te iré a buscar, o cuándo te veré?
Yo le respondí:
—Los dioses me guarden de hacer contra ti cosa que te dé enojo. ¿Cómo, y aunque volase y subiese tan alto como el águila, no volvería muchas veces a mi nido? Yo te juro por este trenzado de tus cabellos, con el cual ataste mi corazón, que a persona del mundo no quiero más que a ti: por tanto, no receles de tornarme en ave, porque yo sabré muy bien tornar a ti. Mas te quiero preguntar si después de tornado en ave he de volver a ser Lucio como de antes.
Ella respondió:
—De eso no tengas temor, porque mi señora me enseñó todo lo que es menester para los que toman estas figuras poder tornar a su natural y forma primera; y esto no pienses que me lo mostró por quererme bien, sino porque cuando ella tornase, le pudiese dar medicina con que vuelva a su primera forma. Y mira con cuán poca cosa y cuán liviana se remedia tan gran cosa, con un poco de eneldo y hojas de laurel echado en agua de fuente, y con esto lavarla y darle a beber un poco, luego se convierte en su propia forma.
Estas y otras cosas me decía Andria, por lo cual me daba cada vez más gana de hacerme ave, por probar estos hechizos. Mas Andria decía que yo me perdería y que no sabría volver, y otras muchas cosas me ponía delante. Yo le decía que sí volvería y que no recelase de hacerlo.
Ella, con mucha prisa y temor, se metió en la cámara y sacó una de las bujetas. Así que prestamente yo me desnudé, y con mucha ansia metí la mano en la bujeta y tomé un buen pedazo de aquel ungüento, con el cual refregué todos los miembros de mi cuerpo.
Ya que yo con buen esfuerzo sacudí los brazos, pensando tornarme en ave semejante que Pánfila se había tornado, no me nacieron plumas, ni los cuchillos de las alas, antes los de mi cuerpo se tornaron sedas, y mi piel delgada se tornó cuero duro, y los dedos de las partes extremas de pies y manos, perdido el número, se juntaron y tornaron en sendas uñas, y del fin de mi espinazo salió una grande cola; pues la cara muy grande, el hocico largo, las narices abiertas, los labios colgando, y las orejas alzábanseme con unos ásperos pelos, y en todo este mal veía que también me crecía mi natura. Así que estando considerando tanto mal como tenía, vídeme tornado, no en ave, mas en asno. Y queriéndome quejar de lo que Andria había hecho, ya no podía, porque estaba privado de gesto y voz de hombre; y lo que solamente pude era que, caídos los bezos, los ojos hundidos, mirando un poco de través a ella, callando la acusaba y me quejaba, la cual, como así me vido, abofeteando su cara, y arañándose, lloraba diciendo:
—Mezquina de mí que soy muerta: el miedo y priesa que tenía me hizo errar, y la semejanza de las bujetas me engañó; pero bien está, que fácilmente habremos el remediopara reformarte como antes. Porque solamente mascando unas pocas de rosas te desnudarás de asno y luego te tornarás mi Lucio. Pluguiera a Dios que, como otras veces yo he hecho, esta tarde hubiera aparejado guirnaldas de rosas, porque solamente no estuvieras en esa pena espacio de una noche; pero luego en la mañana te será dado el remedio prestamente.
En esta manera ella lloraba: yo, como quiera que estaba hecho perfecto asno, y por Lucio era bestia; pero todavía retuve el sentido de hombre. Finalmente, yo estaba en gran pensamiento y deliberación, si mataría a coces y bocados aquella maligna y falsa hembra; pero de este pensamiento temerario me aparté, porque si matara a Andria, por ventura también matara y acabara el remedio de mi salud. Así que, bajada mi cabeza y murmurando entre mí, y disimulada esta temporal injuria, obedeciendo a mi dura y adversa fortuna, voyme al establo, donde estaba mi buen caballo que me había traído, donde asimismo hallé otro asno de mi huésped Milón, que estaba con él.
Entonces yo pensaba entre mí si algún natural distinto y conocimiento tuviesen los brutos animales, que aquel mi caballo, revestido de alguna mancilla, me hospedara y diera el mejor lugar del establo; mas él y el otro asno juntaron las cabezas como que hacían conjuración contra mí para destruirme, temiendo que les comiese la cebada; apenas me vieron llegar al pesebre, cuando, abajadas las orejas, con mucha furia me siguen echando pernadas, de manera que me hicieron apartar de la cebada, que yo poco antes les había echado. En esta manera maltratado y desterrado, me aparté en un rincón del establo.
Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, vinieron súpitamente ladrones a robar la casa de Milón, y cargado el robo en el caballo y asno, cargaron también a él y se partieron para la posada de los ladrones, que era una cueva, y lo que más pasó.
De esta manera estaba hecho asno, pensando en la soberbia de mis compañeros, y también las cosas que a la mañana había de hacer para volverme Lucio, y la venganza que había de tomar en mi caballo. Estando pensando esto miré a una columna, sobre la cual se sustentaban las vigas de la casa; y vi en ella estar una imagen de la diosa Hipona, la cual estaba adornada de rosas frescas. Finalmente, que conocido mi saludable remedio, lleno de esperanza me alcé cuanto pude con los pies delante todos, y levanteme esforzadamente, y tendido el pescuezo, alargando los bezos con cuanta fuerza yo podía, procuraba llegar a las rosas. Lo cual yo con mala dicha procuraba alzándome muchas veces; mas un mi criado que tenía cuidado de dar pienso al caballo, viéndome levantar, se vino a mí con grande enojo, y dijo:
—¿Quién trajo aquí esta jaca castrada? De antes quería comer la cebada a los otros, y ahora quiere hacer enojo a la imagen de la diosa; por cierto que a este asno sacrílego yo le quiebre las piernas y lo amanse.
Y luego, buscando un palo topó con un haz de leña que allí estaba, del cual sacó un valiente leño nudoso y másgrueso de cuantos allí había, y comenzó a sacudirme tantos palos, que no acabó hasta que sonó un gran ruido y golpes en las puertas de casa, y con temor de la vecindad, que daba voces: ¡Ladrones, ladrones! De esto él, espantado, huyó. Y sin más tardar, súpitamente abiertas las puertas, entró un montón de ladrones, los cuales, armados, cercaron la casa por todas partes, resistiendo a los que venían a socorrer de una parte y de otra; porque como ellos venían todos bien armados, con sus espadas y armas, y con hachas en las manos que alumbraban la noche, de manera que el fuego y las armas resplandecían como rayos del sol. Entonces llegaron a un almacén que estaba en medio de la casa, bien cerrado con fuertes candados, lleno de todas las riquezas de Milón, y con fuertes hachas quebraron las puertas, el cual abierto, sacaron de él todo cuanto allí había, y muy prestamente hechos líos de todo ello, repartiéronlos entre sí; pero la mucha carga excedía el número de las bestias que lo habían de llevar. Entonces ellos, puestos en necesidad por la abundancia de la gran riqueza, sacaron del establo a nosotros, ambos los asnos y a mi caballo, y cargáronnos con cuantas mayores cargas pudieron, y dejando la casa vacía y metida a sacomano, dándonos de palos nos llevaron, y para que les avisase de la pesquisa que se hacía de aquel delito, dejaron allí uno de sus compañeros; y dándonos mucha prisa y palos, nos llevaron fuera de camino por esos montes.
Yo, con el gran peso de tantas cosas como llevaba, y con las cuestas de aquellas sierras, y el camino largo, casi no había diferencia de mí a un muerto. Yendo así vínome al pensamiento, como quiera que tarde, pero de veras, de llamar el ayuda y socorro de la justicia para que, invocando el nombre del emperador César, me pudieselibrar de tanto trabajo. Finalmente, como ya fuese bien claro el día, pasando por una aldea bien llena de gente, porque había allí feria aquel día, entre aquellos griegos y gentes que allí andaban intenté invocar el nombre de Augusto César en lenguaje griego, que yo sabía bien por ser mío de nacimiento. Y comencé valientemente y muy claro a decir: «¡Oh, oh!» Lo otro que restaba del nombre de César nunca lo pude pronunciar.
Los ladrones, cuando esto oyeron, enojados de mi áspero y duro cantar, sacudiéronme tantos palos, hasta que hicieron del triste de mi cuero tal, que aun para cribas no era bueno.
Al fin Dios me deparó remedio no pensado, que como pasamos por muchas aldehuelas, vi estar un huerto muy hermoso y deleitable a donde había rosas muy hermosas y llenas del rocío de la mañana; yo, como las vi, con gran deseo y ansia esperando la salud, alegreme, y muy gozoso llegueme cerca de ellas; y ya que movía mis labios para comer, vínome a la memoria otro consejo muy más saludable, creyendo que si comía de aquellas rosas y de improviso dejase de ser asno y me tornase hombre, manifiestamente me ponía en gran peligro de morir por las manos de los ladrones, porque sospecharían que yo era nigromántico, o que los había de descubrir y acusar del robo. Entonces, con este pensamiento me aparté de ellas, padeciendo mi desdicha presente en figura de asno, royendo heno y cebada como los otros animales, esperando la ventura.