LIBRO PRIMERO.

EL ASNO DE ORO.LIBRO PRIMERO.

EL ASNO DE ORO.

ARGUMENTO.

Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, donde estas artes se usaban, y en el camino se juntó con otros dos compañeros: y en aquel camino iban contando cosas increíbles y de maravillar de un embaidor y de dos hechiceras. — Y luego cómo llegó a la ciudad de Hipata, y de su huésped Milón, y lo que le aconteció en su casa la primera noche. — Lee y verás cosas de mucho gusto, y toma lo mejor para ti.

Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros, los cuales iban contando admirables acaecimientos de hechiceras.

Yendo yo a Tesalia (que de allí era mi linaje por parte de mi madre, de aquel noble Plutarco, y Sexto su sobrino), después de haber pasado por sierras y valles, deleitosos prados llenos de hierbas y campos arados, yami caballo iba rendido, y así por esto, como por ejercitar las piernas, que llevaba cansadas de venir caballero, salté de él en tierra y comencé a caminar muy poco a poco, llevándolo por delante. De esta manera alcancé dos compañeros que iban allí cerca, y escuché lo que hablaban.

El uno de ellos, con una risa, dijo:

—Calla ya; no digas esas palabras mentirosas.

Como esto le oí, deseando saber cosas nuevas, dije:

—Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo.

Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo:

—Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo, que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las estrellas, que se quita el día y la noche se detiene.

Yo entonces, con un poco más de osadía, dije:

—Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te pese ni te enojes de proseguir adelante.

Asimismo dije al otro:

—Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón, menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar, pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que hacen juegosde manos, que tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de dinero que le dieron, tomó una lanza por el hierro y metiósela por la barriga; de manera que el hierro que entró por la ingle le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y en la punta de él apareció un niño volteando y danzando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio, medio cortados los ramos y nudoso, con una serpiente volteando encima. Así que, tú que comenzaste a hablar, torna lo comenzado, que yo solo te creeré, y demás de esto te prometo que en el primer mesón en que entremos te convidaré a comer conmigo, y esta será la paga de tu trabajo.

Él respondió:

—Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó, y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta. Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia, Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso, de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentadoen tierra medio vestido, con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía tal como aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con todo esto dudé si le conocía, y llegándome a él, dije:

—¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura fue la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado tutores los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus parientes que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con nuestra injuria y deshonra.

Él entonces me respondió:

—¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus instables movimientos!

Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que se descubrió desde el ombligo abajo.

Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara cubierta, me dijo:

—Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que comenzó.

Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí, aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber, de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer, para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la cara, diciendo:

—¡Oh mezquino de mí! que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me placía, caí en estas miserias, porque, como tú bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí con mi dinero, un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa, pasando por un valle muy grande lleno de espesa arboleda, hay unas grandes decendidas; allí me cercaron los ladrones y me robaron cuanto traía, y yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad y posé en casa de una vieja tabernera llamada Meroes, mujer sabia y parlera, a la cual conté lo que me acaeció en el camino y la gana y ansia que tenía por volver a mi casa, contándole mis penas con mucha fatiga y miseria; ella me empezó a tratar humanamente y diome a cenar muy bien y de balde, y así que, movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama. Yo, mezquino luego, como llegué a ella una vez, se me pegó tanta enfermedad y vejez, que por huir su conversación todo cuanto tenía le di, hasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y aun algunas de las cosas que había ganado. Así que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que poco antes me viste.

Yo le respondí:

—Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu casa, mujer e hijos.

Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor a ver si era lugar seguro para hablar, dijo:

—Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por ventura no recibas algún daño por tu lengua.

A lo cual yo le respondí:

—¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es?

Él respondió:

—Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los dioses.

Cuando le oí decir estas cosas, le dije:

—Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta, hablemos en cosas comunes.

Sócrates dijo:

—¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de saber que ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente, no solamente aquí los naturales, pero aun los que están muy lejos, aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal que llaman castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser tomado por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia. Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino, y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas, porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con la barriga muy grande, comopreñada, y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años que a la mezquina crece el vientre, como preñez de elefante. La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella, que determinaron de apedrearla; pero con sus encantamentos, ella supo lo que estaba ordenado, y como aquella Medea, que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su casa, y su hija, y al mismo rey, quemó en vivas llamas, así esta, con sus imprecaciones infernales, que dentro de un sepulcro hizo (según que la beoda me contó), a todos los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus encantamentos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras ni abrir las puertas, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle todo favor y ayuda. De esta manera amansada, desligó toda la ciudad; pero al autor de este escándalo, con su casa entera, y sus cimientos, a media noche la llevó a otra ciudad cien millas de allí; y porque en la ciudad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad, la puso en el arrabal, y allí la dejó.

Cuando yo le oí esto, díjele:

—Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles, y sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir, y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos.

Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron aquella noche a Sócrates.

Aún yo no había bien acabado de decir esto, cuando Sócrates se adormeció, así por haber bebido de lo que no acostumbra, como también por la luenga fatiga que había padecido.

Yo entonces entré la puerta dentro de la cámara y echele la aldaba, y acosteme sobre una camilla que estaba cerca los quicios de la puerta. Así que del miedo que tenía velé un poco, y siendo casi media noche, comenzáronseme a cerrar los ojos; mi fe, si os place, ya dormía, y súpitamente las puertas se arrancaron de sus quicios, y se cayeron en tierra.

Mi camilla en que estaba, como era pequeña, y cojo el banco de un pie y los otros podridos, con la fuerza e ímpetu de la puerta, cayó en tierra, y yo caí debajo en el suelo, porque como la cama se volvió, tomome debajo de sí; entonces sentí un efecto natural en contrario, que así como en un gran placer suelen venir lágrimas, así a mí, que estaba lleno de miedo, me venía gran risa, porque estaba de hombre hecho tortuga.

Estando así en el suelo cubierto con mi camilla, vi dos mujeres viejas; la una traía un candil ardiendo, la otra un puñal y una esponja, y pusiéronse cerca de Sócrates, que dormía muy bien. La que traía el puñal dijo a la otra:

—Hermana Pancia, este es el gran enamorado Endimión,otro Ganímedes, que días y noches burló de mi juventud. Este es el que no solamente contando mis amores me difama y deshonra, mas aun ahora se quería huir, y que yo quede sola y con pena, como Calipso cuando Ulises la dejó y se fue.

Diciendo esto me señaló con la mano, y dijo a Pancia:

—Y también este buen consejero Aristómenes, que es el autor de esta huida, cercano está de la muerte, echado yace en tierra debajo de la cama; todo esto bien lo ha mirado, mas no crea que ha de pasar sin pena por lo que contra mí dijo, yo le haré que luego, y aun ahora, se arrepienta de lo que malamente ha hablado y del consejo de la huida que quiere hacer.

Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío y comenzome a temblar todo el cuerpo, en tanta manera, que mi camilla saltaba temblando en mis espaldas.

Pancia dijo entonces:

—Pues, hermana, ¿por qué a este no despedazamos primero o le cortamos su natura?

Respondiole Meroes (que era la tabernera, la cual conocí más por su gesto de vino que por otra cosa):

—Antes me parece que debe de vivir este, para que entierre a este otro cuitado.

Y tomando la cabeza de Sócrates por la parte siniestra de la garganta, le metió el puñal hasta los cabos, y tomó la sangre en un barquino, de manera que gota no pareció, y metiendo la mano por la llaga hasta las entrañas, sacó el corazón de mi triste compañero, el cual, como tenía cortado el gaznate, no pudo dar ni un solo gemido.

Pancia tomó la esponja que traía, y metióla en la boca de la llaga, diciendo:

—Tú, esponja, nacida en la mar, guarda que no pases por ningún río.

Diciendo esto, ambas se vinieron a mí y quitáronme la cama de encima, y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto, que me remojaron muy bien, y entonces se fueron, y luego las puertas se tornaron a su lugar como de antes estaban.

Yo, como estaba echado en tierra, desnudo y frío y remojado de orines, como si entonces hubiera salido del vientre de mi madre, dije entre mí:

«¿Qué será de mí cuando se hallare este a la mañana degollado? ¿Quién me podrá creer, aunque dé mil razones? Porque luego me dirán: Si tú, hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos dieras voces y llamaras socorro. ¿Cómo en tu presencia degollaban un hombre? ¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti como a él? Así que, pues escapaste de la muerte, torna a ella.»

Considerando yo estas cosas muchas veces, íbase la noche, y venía el día; pareciome buen consejo salirme antes de él, y tomar mis alforjas y mi capa.

Comencé de abrir las puertas de la cámara con la llave, y aquellas, que esa noche de su voluntad se abrieron, a mala vez y con mucho trabajo pude abrir, dando veinte vueltas a la llave.

Después que salí de la cámara, fuime a la puerta del mesón, y dije al portero:

—Oyes, tú, ábreme la puerta, que quiero caminar de mañana.

El que cerca de la puerta estaba echado, me respondió:

—¿Cómo te quieres partir ahora, que aún es de noche? ¿No sabes que andan ladrones por los caminos? Si túeres tan simple que deseas morir, nosotros no tenemos cabezas de calabaza que queramos morir por ti.

Yo dije:

—No hay mucho de aquí al día, cuanto más, que a hombre pobre, ¿qué pueden robarle los ladrones? ¿No sabes tú, hermano, que a hombre desnudo, diez valientes no le pueden despojar?

A esto el embeleñado villano, medio dormido, dio una vuelta sobre el otro lado, diciendo:

—¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu compañero con quien cenabas anoche, y te vas huyendo?

Cuando yo le oí aquello, en aquel punto me pareció abrirse la tierra, y que vide el maldito profundo del infierno, y el traidor del Cancerbero hambriento por tragarme. Acordóseme que aquella buena de Meroes no me había dejado de matar por misericordia, mas por crueldad, por guardarme para la horca. Así que torneme a la cámara, y pensaba entre mí qué linaje de muerte me habían de dar al otro día; con esta cuita determiné de matarme, y como en la cámara no hubiese armas, volvime a mi camilla, y díjele:

—¡Oh mi lecho amado, que has padecido conmigo tanta fatiga esta noche, tú eres sabedor de lo que aquí se hizo; a ti solo puedo tomar por testigo de mi inocencia; ruégote que si tengo que morir, me des algún socorro!

Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido, y echéla de un madero, e hice un lazo en la cuerda, y subido encima de la cama, me lo puse atado al pescuezo, y dando con los pies en la cama por apartarla, para que el cuerpo quedase en el aire, y me ahogase, la cuerda, súpitamente, con el peso del cuerpo se hizo pedazosde vieja y podrida; yo, como caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí echado cerca de mí. Y luego en ese momento entró el portero dando voces:

—¿Dónde estás tú que a media noche con gran prisa te querías partir, y ahora te estás en la cama?

A esto, no sé si o con la caída que yo di, o por las voces y baraúnda del portero, Sócrates se levantó primero que yo, diciendo:

—No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos mesoneros; ved ahora este necio importuno cómo entró de rondón en la cámara, creo que por hurtar algo. Con sus voces me despertó.

Cuando yo vi a mi compañero hablar, fuime a él y abracele y besele muchas veces; él me dijo:

—Quítate allá, que hiedes malamente.

Entonces yo le mudé el propósito, y lo hice levantar, y luego nos partimos. Empezamos a caminar ya cuando el sol alumbraba toda la tierra: yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta por aquella parte que le había visto meter el puñal, y decía entre mí.

Cierto, anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas del diablo: he aquí Sócrates vivo y sano. ¿Dónde está la herida? ¿Dónde esta la esponja?

Entonces dije a mi compañero:

—No sin causa dicen los médicos que los que mucho cenan y beben, sueñan pesados sueños, así me aconteció a mí, que anoche, como me desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me parecía que estaba rociado con sangre de hombre.

A esto respondió él riéndose:

—Antes me parece que estás rociado con meados. Pero también soñaba yo que me degollaban, y me dolió la garganta, y que me arrancaban el corazón: y aun ahorano puedo resollar; por tanto, quería comer alguna cosa para esforzar.

Yo entonces le dije:

—He aquí el almuerzo.

Luego saqué pan y queso, y sentámonos a almorzar. Yo lo estaba mirando cómo tragaba los bocados con una flaqueza intrínseca y un color amarillo, que parecía de muerto: yo, pensando en aquellas brujas, estaba tan medroso, que el bocado de pan que había mordido se me atravesó en el galillo, de manera que no podía pasar abajo, ni tornar arriba, y también tenía temor por no ver pasar a nadie por el camino.

Sócrates, desde que hubo bien comido del pan y queso, tenía gran sed, y cerca de allí do estábamos asentados, corría un hermoso y claro río, adonde mi compañero fue a matar su sed; y echándose de bruces en el agua, empezando a meter los labios, se le abrió súpitamente la degolladura, y de dentro salió la esponja con una poca de sangre.

Yo, cuando esto vi, asile por los pies y tirelo a tierra, que de otra manera, el cuerpo sin alma cayera en el río. Después (según el tiempo y lugar) lloré a mi compañero, y le di en la arena sepultura para siempre. Y con mucha ansia me fui por esos caminos; y dejando mi tierra y casa, tomando voluntario destierro me fui a Etolia, y allí me casé, donde ahora soy morador.

De esta manera nos contó Aristómenes su historia: y el otro su compañero, medio riendo, dijo:

—No hay mentira tan fabulosa en el mundo como esta.

Y mirando hacia mí, dijo:

—Tú, hombre de bien (según tu presencia y hábito muestran), ¿crees esta conseja?

Yo le respondí:

—Cierto: no pienso que hay cosa imposible, porque muchas veces acaecen a mí y a ti, y a todos los hombres, cosas maravillosas que nunca acontecieron, que si se cuentan a persona rústica, no son creídas.

Y volviéndome a Aristómenes, le dije:

—Mucho holgué de oír tu historia, y de mi parte lo agradezco mucho, porque con tu cuento me hiciste olvidar el camino y pasarlo sin fatiga; del cual beneficio también mi caballo lleva su parte, porque sin trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, no encima de él, mas de mis orejas.

Aquí nos apartamos; yo entré en la ciudad, y mis compañeros pasaron adelante.

Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa de Milón, y lo que con Pitias le aconteció.

Llegando al primer mesón que hallé, pregunté a una vieja tabernera si conocía uno de los principales de aquel pueblo que se llamaba Milón.

La vieja respondió:

—Por cierto así es, que este Milón es el más honrado de su casa.

Yo le dije:

—Madre mía, dejemos burlas y dime en qué casa mora.

Ella respondió:

—¿Ves aquellas ventanas del cabo que están fuera de la ciudad, de frente una calleja sin salida? pues allí mora Milón, harto rico, y mayor avariento, y de baja condición, hombre infame y sucio, que no tiene otro oficio sino continuo dar dinero a usura, sobre buenas prendas de plata y oro; metido en una casilla pequeña, está siempre pensando en su dinero, con su mujer, compañera de tristeza y avaricia, y no tiene en su casa persona, sino una mozuela, y tanto es avariento, que anda vestido como un pobre hombre.

Cuando yo oí esto, reíme entre mí, diciendo:

—Por cierto, bien encaminado vengo de mi amigo Demeas, pues a tal hombre me envía para que me dé posada, en cuya casa ni habrá miedo del humo ni del olor de la cocina.

Y diciendo esto llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba muy bien cerrada, empecé a llamar.

En esto salió una mozuela de dentro, que me dijo:

—Oyes tú, que tan reciamente llamas a la puerta, ¿qué prenda traes para que te preste sobre ella dineros?

Yo le respondí:

—Mejor lo haga Dios conmigo; respóndeme si está en casa tu señor.

Ella dijo:

—Sí está; mas dime: ¿qué es lo que quieres?

Yo respondí:

—Tráigole cartas de Corinto, de su amigo Demeas.

Ella me dijo:

—Espera en cuanto se lo digo.

Y cerrando muy bien la puerta, se entró para dentro.

De allí a poco tornó a salir, y abriéndola, me dijo que entrase.

Yo entré y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña,que entonces empezaba a cenar. Y la mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o casi nada que comer.

Él me dijo:

—Esta es tu posada.

Yo le di muchas gracias, y luego le di las cartas de Demeas, las cuales por él leídas, dijo:

—Yo soy muy contento de tener tan honrado huésped como mi amigo Demeas me envía.

Y diciendo esto, hizo levantar a su mujer, y a mí, tomándome por la halda, me hizo sentar en su lugar, diciendo que por miedo de ladrones no tenía otra silla ni otras cosas que convenían.

Después que yo fui sentado, me dijo.

—Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi casa, que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella cámara, que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque cierto, tu persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu padre Teseo, que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena vieja Hecales.

Entonces llamó a la moza, y díjole:

—Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más cercano, porque vendrá fatigado del largo camino.

Cuando yo le oí esto, dije:

—No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño. Lo que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno y cebada, ves aquí los dineros.

Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé de proveer primero algo para cenar, y fuimea la plaza de Cupido a donde había gran abundancia, y compré pescado.

Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y diome paz amorosamente, y dijo:

—¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la causa de tu venida?

Yo dije:

—Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito, debes tener oficio en la ciudad.

Él me respondió:

—Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si quieres comprar algo, bien te podré aprovechar.

Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero él, como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que en ella había, dijo:

—¿Cuánto te costó este rehús?

Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome:

—¿De cuál de estos lo compraste?

Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual, con voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar diciendo:

—Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo menos en tanto que yo tuviere este cargo.

Y tomando la espuerta del pescado la derramó por el suelo e hizo a uno de sus oficiales que lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo Pitias contestó con este castigo, me dijo:

—Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios.

Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin dineros, por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después de lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara.

Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo:

—Ruégate mi señor que vayas allá.

Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra cosa.

Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó:

—¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos?

Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la regía y gobernaba, y otras cosas.

Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento del sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir.


Back to IndexNext