LIBRO VIII.
ARGUMENTO.
En este libro se contiene la desdichada muerte de Lepolemo, marido de Carites, y de cómo ella sacó los ojos del traidor Trasilo, que lo había muerto, y después se mató con sus propias manos. — Y la mudanza que hicieron sus pastores después de su muerte. — Adonde cuenta muy lucidamente los trabajos que pasó, y cómo después fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, que andaba por los pueblos pidiendo, y al fin cómo fueron descubiertos de sus bellaquerías y torpezas, y otras muchas cosas de gusto y pasatiempo.
Cómo vino un mancebo a casa del pastor amo de Lucio, asno, el cual cuenta a los pastores la muerte de Lepolemo, y la venganza que Carites tomó en su enamorado Trasilo, y cómo después se mató.
Cuando vino el otro día, llegó un mancebo de la ciudad, el cual (a mi parecer) debía ser criado de Carites, aquella doncella que padeció conmigo tantas tribulaciones y trabajos en casa de aquellos ladrones. Este mancebo, estando sentado al fuego con los otros gañanes y mozos, contaba cosas maravillosas y espantables de ladesventura e infortunio que había venido a la persona y casa de su señora, diciendo de esta manera:
—Yeguarizos, vaqueros y ovejeros, quiéroos contar lo que ahora aconteció en casa de nuestros amos. Era un mancebo de esta ciudad, hidalgo y de nuestro linaje, asaz rico, pero era dado a los vicios de lujuria y tabernas, andando de continuo en los mesones y burdeles, acompañándose siempre con ladrones y hombres infames y de bajos espíritus, ensuciando continuo sus manos en sangre humana, el cual se llamaba Trasilo; tal era su fama y así se decía de él. Este mancebo fue uno de los principales que por muchas veces, ahora por sí, ahora por intercesión de sus parientes y otras personas, pidió en casamiento a Carites siendo ella de edad para casar, y con toda su posibilidad trabajó por casarse con ella, y aunque en linaje y riqueza precedía a todos los otros del pueblo, pero por sus malas costumbres fue desechado y repelido.
Después que la hija de mi señor se casó y vino a poder de aquel noble varón Lepolemo, Trasilo criaba entre sí el amor que a Carites tenía, y recordándose cómo le habían negado aquel casamiento, buscaba ocasión para su cruel deseo. Y para esto se hizo y mostró muy placentero con el casamiento y bodas de Lepolemo, y el día que la doncella fue librada de mano de los ladrones por astucia y esfuerzo de su esposo, él, mostrándose más alegre que otro ninguno, hacía mucha fiesta, gozándose mucho de su buen suceso, y así por todo esto que mostraba, como por ser de los más principales de la tierra, él fue recibido en nuestra casa como uno de los principales huéspedes, el cual, encubriendo su traición, era muy placentero y mostraba su gesto alegre. De esta manera vino a ser grande amigo y familiar de casa, y cada día crecía la conversación.
Finalmente, Trasilo deliberó consigo muchos días antes de hacer lo que pudiese, y como no hallase lugar oportuno para poder hablar a la dueña secretamente, y conociese que el vínculo del nuevo amor, que entre los nuevos desposados crecía, no se pudiese desatar, y que la dueña no había de hacer traición a su marido, determinó porfiar en su obstinado y mal propósito, confiando en su juventud, y lo que ahora le parecía dificultoso, el amor loco que cada día más crecía, le hacía creer y tener esperanza de ponerlo en efecto.
Mas yo os ruego ahora que con mucha atención escuchéis en qué paró el ímpetu de esta perversa y furiosa lujuria.
Un día Lepolemo llevó consigo a Trasilo, fuese a caza de monte para buscar animales, así como corzos, porque en estos no hay ferocidad ni braveza como en los otros animales, y también Carites no consentía que su marido fuese a cazar bestias armadas con dientes o con cuernos, por el peligro que de ello se podría seguir. Y llegando a un monte muy espeso de árboles, comenzaron los cazadores a llamar los perros, que eran monteros de linaje, para que sacasen de allí los animales que había, y como los perros eran enseñados de aquella arte, repartiéronse luego, cercando todas las salidas de aquel monte.
Estando así, cada uno aguardando en su estancia, hecha señal por los cazadores, comenzaron de latir y ladrar tan reciamente, que toda la montaña hinchieron de voces, de la cual no salió corza ni gama, que es mansa más que ninguna otra fiera, pero salió un puerco montés muy grande y espantable, con las cerdas levantadas encima del lomo, echando espumajos con el sonido de las navajas, los ojos de fuego, con ímpetu cruel, que parecía un rayo. Y luego, como llegaron a él los más esforzados perros,dando con las navajas acá y allá los mató y despedazó, y después saltó las redes y enderezó su camino.
Nosotros, cuando aquello vimos, espantados de gran miedo, como no éramos acostumbrados a aquella peligrosa caza, mayormente que estábamos sin armas, escondímonos entre aquellas ramas y hojas de los árboles. Trasilo, como halló oportunidad para la traición y maldad que en su pecho moraba, dijo a Lepolemo engañosamente: «¿Qué es la causa por que confusos de miedo, y semejantes a nuestros criados, espantados dejamos perder tan hermosa presa de nuestras manos? ¿Por qué no subimos en nuestros caballos y seguimos a este puerco? Toma tú este venablo, y yo tomaré mi lanza.»
Diciendo esto, no tardaron más, y saltaron luego en sus caballos, y con grandísima gana siguieron tras del puerco, el cual, como el animal se viese apretado, no se le olvidó su esfuerzo, y tornó con gran ímpetu y encendimiento de su ferocidad, dando golpes con las navajas, hiriendo y rompiendo cuanto topaba. Mas el primero que llegó fue Lepolemo, que le metió el venablo por las espaldas. Trasilo perdonó al jabalí, y arrojó la lanza al caballo de Lepolemo, que le cortó las corvas de los pies, por manera que el caballo cayó hacia la parte donde estaba herido, y contra su voluntad dio con su señor en tierra. No tardó el puerco, que con mucha furia arremetió a él, y comenzole a trabar de la ropa, y él forcejeaba por levantarse, mas diole tantas navajadas, que le hizo muchas llagas; pero en todo esto, nunca el bueno de su amigo le socorrió ni se arrepintió de la traición comenzada, antes rogándole Lepolemo que le socorriese, no lo hizo, mas metiole la lanza por muchas partes, a semejanza de las heridas del diente del jabalí, porque no pareciesen dadas con mano. Y revolviéndose al puerco, muy fácilmente lo mató.
En esta manera muerto Lepolemo, salimos todos de donde estábamos escondidos, y corrimos allá. Trasilo, como había acabado lo que deseaba, aunque estaba alegre, todavía hizo gran sentimiento, y mostraba mucha tristeza, y con mucha ansia besaba el cuerpo del difunto, de manera que ninguna cosa dejó de hacer para mostrar que tenía gran dolor de su muerte.
Cuando esta nueva fue a la triste de su mujer, conmovida de gran dolor, como mujer sin seso, se salió de casa y fue a esperar el cuerpo de su marido, y luego se ayuntaron muchos de la ciudad, que la acompañaron en su dolor. En esto llegó el muerto, el cual como ella vio, llena de lágrimas se cayó amortecida, y con harto trabajo la volvieron en sí. Después, con mucha pompa y honra, lo enterraron.
En todo esto Trasilo no hacía sino dar voces y llorar, diciendo muchas cosas lastimosas por engañar a la verdad y encubrir su maldad. Y llegándose muchas veces a Carites, esposa del muerto, le tomaba las manos, porque no se rompiese los pechos, y con oficio de piedad se deleitaba en tocar a la dueña.
Después de hechas las exequias, Carites se retrajo y determinaba de morir de hambre y sed para ir a acompañar a su marido. Mas Trasilo, con malvada instancia, unas veces por sí, otras por sus familiares y parientes, trabajaba que ella no se consumiese ni angustiase, y que tomase placer. Y como era atrevido y desvergonzado, un día le habló, diciéndole que se casase con él, lo cual como ella oyese, fue muy escandalizada, y disimulando con él, le dijo que tomaría su consejo y que le daría la respuesta.
Esa misma noche le apareció el ánima de su marido Lepolemo, la cual, alzando la cara ensangrentada, amarillay muy disforme, quebrantó el casto sueño de su mujer, diciendo:
—Señora mujer, yo te doy licencia que te cases en buen hora con quien quisieres, con tal condición: que jamás vengas a poder del traidor sacrílego de Trasilo, ni hables con él, ni te sientes a la mesa, ni duermas en cama con él; huye de su mano sangrienta que me mató; no quieras comenzar bodas con quien mató a tu marido, que las heridas aquellas, cuya sangre lavaron tus lágrimas, no son todas de las navajadas del puerco, porque la lanza del malvado Trasilo me hizo ajeno de ti.
Y de esta manera le contó todas las otras cosas, por donde le manifestó toda la traición como había pasado.
Ella, muy temerosa, metió la cara debajo de la ropa, adonde bañó la cara en lágrimas, llorando y suspirando con gran dolor y mancilla de su marido, muerto a traición tan malamente por el malvado Trasilo. Y desde entonces propuso en su pecho de vengarse del cruel matador, y después matar a sí misma para quitarse de tan enojosa y triste vida. Al otro día siguiente he aquí donde torna otra vez el abominable demandador de placeres ilícitos, y comenzó a porfiar con la dueña sobre su casamiento; pero ella, con astucia y sagacidad, le habló de esta manera:
—Aun ahora la cara de mi marido y tu amigo se representa ante mis ojos, y aún el olor de su cuerpo dura en mis narices; por ende me parecía bien que aguardases el tiempo que es honesto para el luto y llanto que cualquier noble matrona es obligada a hacer legítimamente por su marido, a lo menos hasta que se cumpla el año, y esto conviene a mi honra y a tu provecho y salud.
Trasilo, no satisfecho con estas palabras, ni contento con el prometimiento que le hacía, al cabo de muy pocotiempo tornó a porfiar, diciendo palabras lastimeras con su lengua maldita, hasta tanto que Carites, vencida de su importunidad, con gran disimulación comenzó a decir de esta manera:
—Trasilo, tú me has de otorgar lo que ahora te pido, y es que por algunos días secretamente seamos en uno, en tal manera, que ninguno de los familiares de casa lo sienta hasta que pasen algunos días en que se cumpla este año.
Mas Trasilo, cuando esto oyó, oprimido de la engañosa promesa de la mujer, concedió alegremente por cumplir toda su voluntad con ella a hurto.
Ella le dijo:
—Mira bien tú, Trasilo, que lo hagas discretamente: cubierta la cabeza con tu capa, y sin compañía, vendrás a mi puerta al primer sueño, y solamente con un silbido que des, te abrirá la puerta esta mi ama, que te estará esperando; y como entrares, ella te llevará a mi cama.
Cuando esto oyó Trasilo, plúgole mucho de la manera que le decía de sus bodas mortales; y no sospechando otra alguna mala cosa, sino turbado con el deseo, se quejaba porque la noche no venía.
En fin, después que el sol dio lugar a la noche, Trasilo, aparejado como le había mandado Carites, vino a la hora, y engañado por la vieja ama que luego le abrió, lleno de placer y gozo se echó en la cama. Entonces la vieja, por mandado de su señora, le comenzó a halagar y hacer caricias, y secretamente sacando un jarro de vino, que tenía mezclado con cierta medicina para darle sueño, de allí con una copa le dio a beber tres o cuatro veces, fingiendo que su señora se tardaba porque estaba allí su padre enfermo y ella estaba cerca de él hasta que reposase.
De esta manera Trasilo, bebiendo de aquel vino, seguramente, y con aquel deseo que tenía, fácilmente la vieja lo enterró en un profundo sueño.
Estando él ya aparejado para sufrir todas las injurias que le quisiesen hacer, durmiendo de espaldas, la vieja llamó a Carites, la cual, con esfuerzo varonil, se llegó a aquel cruel matador, diciendo de esta manera:
—¿Veis aquí el fiel compañero y amigo de mi marido? Este es el que quiere contraer nuevas bodas conmigo; esta mano es aquella que derramó mi sangre; este es el pecho que pensó y compuso tantos engaños y rodeos para mi destrucción; estos son los ojos a quien yo en mal hora agradé. Pues duerme seguro y sueña bien a tu placer, que yo no te heriré con cuchillo ni con espada; nunca plegue a Dios que tal haga, porque no te iguales con mi marido en semejante género de muerte; pero siendo tú vivo, morirán tus ojos y no verás cosa alguna.
Diciendo esto, sacó un alfiler de la cabeza e hirió con él en los ojos de Trasilo, y dejándolo así ciego del todo, desenvainó la espada que su marido solía traer, y echó a correr furiosamente por medio de la ciudad y fue hasta la sepultura de su marido. Nosotros y todo el pueblo la seguimos para quitarle la espada de las manos; pero ella se sentó cerca del sepulcro, y apartando a todos, les dijo de esta manera:
—Dejad, señores, estas lágrimas; dejad el llanto, que es ajeno de mis virtudes, porque yo me vengué del cruel matador de mi marido; yo he punido y castigado al ladrón y malvado robador de mis bodas; ya es tiempo que con esta espada busque el camino para ir adonde está mi Lepolemo.
Y después que hubo contado por orden todas las cosas que su marido le reveló en el sueño, y asimismo dequé manera había engañado a Trasilo, diose con la espada por debajo de la teta izquierda, y así cayó muerta revuelta en su propia sangre. Finalmente, no pudiendo hablar claro, se le salió el ánima.
Entonces los criados de Carites tomaron su cuerpo y enterráronlo en la misma sepultura de su marido, dándole allí su perpetua compañera.
Trasilo, vistas todas estas cosas que por él habían pasado, no pudiendo hallar género de muerte que satisficiese a su presente tribulación, y teniendo por muy cierto que ninguna espada ni cuchillo podía bastar a la gran traición por él cometida, hízose llevar al sepulcro de Lepolemo, y estando allí, dijo:
—¡Oh ánimas enemigas, veis aquí donde viene la víctima y sacrificio de su propia voluntad para vuestra venganza!
Y diciendo esto muchas veces, metiose dentro del sepulcro, y cerradas muy bien las puertas de la tumba, deliberó por hambre sacar de sí el ánima condenada por su propia sentencia.
Cómo después que los pastores supieron la muerte de sus señores se huyeron con su hacienda.
Siendo aquellos pastores sabedores de la cruel fortuna que había pasado por sus amos, unos lloraban, otros gemían, doliéndose del triste suceso de aquella casa. Y temiendo la novedad de la mudanza de otro señor, aparejáronsepara huir, y aquel mayordomo que tenía cargo de las yeguas y ganado (el cual me recibió muy encomendado para tratarme y curar bien), todas cuantas cosas había de precio en la casa y alquería las cargó encima de mis espaldas y de otros caballos, y así se partió, desamparando su primera morada. Nosotros llevábamos a cuestas niños y mujeres; llevábamos gallinas, pollos, pájaros, gatos y perrillos, y cualquiera otra cosa que por su flaco peso podía detener la huida andaba con nuestros pies, y aunque la carga era grande, no me fatigaba mucho el peso de ella, antes me holgaba con la huida por dejar aquel bellaco que me quería castrar y deshacerme de hombre.
Yendo por nuestro camino, habiendo pasado una cuesta muy áspera de un espeso monte, entramos por unos grandes campos, y ya que la noche venía, llegamos a una villa bien grande y rica, adonde los vecinos nos avisaron que no caminásemos de noche, porque había por allí infinitos lobos muy grandes, feroces y muy bravos, que estaban acostumbrados a saltear y comer a los hombres que caminaban de noche. Pero aquellos malvados huidores que nos llevaban, ciegos con el atrevimiento de la presa que llevaban, y miedo que no los siguiesen, desechando el consejo saludable que les daban, no esperaron el día, mas cerca de media noche nos cargaron y comenzaron a caminar.
Entonces yo, por miedo del peligro susodicho, me metí en medio de todas las otras bestias, y todos se maravillaban cómo yo andaba más liviano que cuantos caballos allí iban; pero aquello no era livianeza de alegría, mas era indicio del miedo que llevaba: finalmente, que yo pensaba entre mí, que aquel caballo Pegaso, por miedo le habían nacido alas con que voló, y por eso fue hasta elcielo, habiendo miedo que no lo mordiese la ardiente Quimera.
Aquellos pastores que nos llevaban hiciéronse a manera de un ejército; unos llevaban lanzas, otros dardos, otros ballestas, y otros piedras en las manos, y otros llevaban picas bien agudas, y algunos llevaban hachas ardiendo por espantar a los lobos; en tal manera iban, que no les faltaba sino una trompeta para que pareciera hueste de guerra.
Pero aunque pasamos nuestro miedo sin peligro, caímos en otro lazo mucho mayor, porque los lobos, o por ver mucha gente, o por las lumbres de aquellos, hubieron miedo, o por ventura porque eran idos a otra parte, ninguno de ellos vimos, ni pareció cerca ni lejos. Mas los vecinos de aquellos cortijos por donde pasamos, como vieron tanta gente y armada, pensaron que eran ladrones, y proveyendo a sus bienes y hacienda con gran temor que tenían de no ser robados, llamaron a los perros, que eran más rabiosos y feroces que lobos, y más crueles que osos, los cuales tenían criados así bravos y furiosos, para guarda de sus casas y ganados, y con sus silbos acostumbrados y otras tales voces, echaron los perros contra nosotros, y ellos, además de su propia braveza, esforzados con las voces de sus amos, cercáronnos de una parte y otra, y comienzan a saltar y a morder en la gente sin hacer apartamiento de hombres ni de bestias; mordían tan fieramente, que a muchos echaron por el suelo.
Vierais una fiesta que era más para haber mancilla, que no para contarla, porque como había muchos perros que andaban como rabiosos, y a los que huían arrebataban con los dientes, y a los que estaban quedos arremetían, y con crueldad y braveza les sacaban los pedazos, ental manera, que a bocados disminuyeron toda nuestra compañía. He aquí que a este peligro sucedió otro mayor, que los villanos de encima de los tejados, y de una cuesta que estaba allí arriba, echábannos tantas piedras, que no sabíamos de qué habíamos de huir. De una parte los perros que andaban cerca de nosotros, y de la otra más lejos las piedras que venían sobre nosotros: de manera que estábamos en harto aprieto.
En esto vino una piedra que descalabró a una mujer que iba encima de mí, y ella, con el gran dolor, comenzó a dar grandes gritos y voces, llamando a su marido, que era un pastor de aquellos, que la viniese a socorrer.
Él, cuando la vio, limpiándole la sangre, comenzó a dar gritos, diciendo:
—¡Justicia de Dios! ¿por qué matáis los tristes caminantes, y los perseguís, espantáis y apedreáis con tan crueles ánimos? ¿Qué daño os hemos hecho? ¿Qué robo es este?
Como esto oyeron, luego cesó el llover de las piedras, y apartaron la tempestad de los perros bravos, y uno de aquellos labradores dijo a voces:
—No creáis que nosotros, teniendo codicia de vuestros despojos os queríamos robar; mas pensando que lo mismo queríais hacer a nosotros, nos pusimos en defensa por quitar nuestro daño de vuestras manos; así que de aquí en adelante podéis ir seguros y en paz.
Esto dicho, comenzamos a andar nuestro camino bien descalabrados, y cada uno contaba su mal: los unos, heridos de piedras; los otros, mordidos de los perros; de manera que todos iban lastimados.
Yendo adelante ya buena parte del camino, llegamos a un valle de muchas arboledas y espesuras de grandes matas, adonde acordaron aquellos pastores que nos llevaban,de holgar un rato por descansar y curarse de las heridas. Así que echáronse todos por aquel prado, y después de haber reposado, curáronse sus llagas lo mejor que pudieron: el uno se lavaba la sangre en un arroyo que por allí pasaba, y otros con esponjas mojadas remediaban la hinchazón de sus llagas; otros ligaban las heridas con vendas, y de esta manera procuraba cada uno su salud.
Entretanto, un viejo asomó por un cerro, el cual debía ser pastor, y uno de los de nuestra compañía le preguntó si tenía leche o cuajada para vender; el viejo cabrero, meneando la cabeza, dijo:
—No sabéis en qué lugar estáis; guardaos de ahí no muráis.
Y diciendo esto, fuese de allí muy lejos. La cual palabra y su huida no poco miedo puso a nuestros pastores. Así que estando ellos espantados y no viendo a quién preguntar qué cosa fuese aquella, asomó otro viejo muy mayor que aquel y más cargado de años, con un bordón en la mano, corcovado, y venía como hombre cansado, y llorando muy reciamente: llegó a nosotros, y haciendo grandes reverencias, comenzó a besar a cada uno de aquellos mancebos en las rodillas, diciendo:
—Señores, por vuestra virtud, y por el Dios que adoráis, que me socorráis en una tribulación, a mí, viejo cuitado, de un niño mi nieto que casi está a punto de muerte, el cual venía conmigo en este camino, y tiró una piedra a un pajarito que estaba cantado, y por matarlo, cayó en una cueva que estaba llena de árboles por encima, que no se parecía, y creo que está en lo último de su vida, aunque por las voces que da, conozco que aún está vivo, mas por mi vejez y flaqueza, como veis, no le pude ayudar. Vosotros, señores, que sois mancebos y recios, fácilmentepodréis socorrer a este mezquino viejo, librándome aquel niño, que no tengo otro heredero, ni sucesor de mi linaje.
Diciendo esto, el viejo pelábase las barbas, de manera que todos habían mancilla de él. Pero uno más recio que ninguno, y más mozo, de gran cuerpo y fuerzas, que aquel solo había quedado sano del ruido pasado, levantose luego y preguntó en qué lugar había caído. El viejo le mostró con el dedo entre unas zarzas y matas espesas. Así que el mancebo siguió tras el viejo hacia do le había mostrado.
Los compañeros, de que hubieron bien comido, y nosotros pacido, cargáronnos para ir su camino, y como aquel mancebo no venía, comenzaron a darle voces; desde que vieron que no respondía, enviaron uno que lo buscase, y que le dijese que viniese presto, que era ya hora de caminar: aquel tardó en ir a buscar al otro, y tornó admirado y espantado, diciendo que había visto una cosa maravillosa de aquel mancebo, que vio cómo estaba muerto en el suelo medio comido, y un dragón espantable encima de él, comiéndolo todo, y que no parecía el viejo; lo cual, visto por los pastores, y conociendo que no había en aquella tierra otro morador, sino aquel viejo, conocieron que aquel era el dragón. Así que dejaron aquella tierra y se fueron.
Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos que se ofrecieron siendo asno, yendo con los pastores.
De allí fuimos a una aldea, donde estuvimos toda aquella noche, y allí aconteció una cosa que yo deseo contar.
Un esclavo de un caballero, cuya era aquella heredad, estaba allí por mayordomo y guarda de toda la hacienda, y era casado con una esclava del mismo caballero. El marido andaba enamorado de otra moza libre, hija de un vecino de allí. La mujer, con el dolor y enojo de los amores del marido, tomó cuantos libros de sus cuentas tenía, y toda la hacienda y ropa de casa, no estando allí su marido, y quemolo todo. No contenta con lo que había hecho, ni pensando que estaba vengada de la injuria, tornose contra sí misma y tomó en los brazos un niño, hijo del marido, y atolo consigo y echose en un pozo muy hondo.
El señor, cuando supo la muerte de su esclava y del niño, que había sido por causa de los amores del marido, hubo mucho enojo, y tomolo desnudo y enmelado, y atolo muy fuertemente a una higuera vieja que tenía muchas hormigas, que hervían de un cabo a otro, las cuales, como sintieron el dulzor de la miel y el olor de la carne, y aunque eran chicas, pero infinitas, con los continuos y espesos bocados que le daban, en tres o cuatro días le comieron hasta las entrañas, que dejaron loshuesos blancos y sin carne ninguna, atados a la vieja higuera, de lo cual se espantaron todos los labradores.
Dejamos también esta mala tierra y partimos, caminando a mucha priesa por unos grandes campos, hasta que llegamos a una ciudad muy noble y bien poblada, adonde aquellos pastores determinaron tomar sus casas y morada, porque les parecía que allí se podrían muy bien esconder de los que viniesen a buscarles. Demás de esto les convidaba a morar allí la abundancia que había. Finalmente, que después de haber reposado tres días por descansar, porque nos rehiciésemos del camino, para mejor podernos vender, sacáronnos al mercado, y un pregonero nos comenzó a pregonar, y luego vendió el caballo y otro asno, mas a mi nadie me quería, como a mala bestia.
Ya yo estaba enojado de los que allí estaban, que todos me palpaban las encías, queriendo saber y contar de mis dientes la edad que había, y con este asco, llegando a mí uno que le hedían las manos, sobajando muchas veces mi boca con sus dedos sucios, dile un bocado en la mano, casi le corté los dedos; lo cual espantó tanto a los que allí estaban alrededor, que ninguno me quiso comprar, diciendo que era asno bravo y fiero.
Entonces el pregonero comenzó a dar grandes voces, que ya estaba ronco, diciendo muchas gracias y burlas contra mi fortuna y desdicha.
—¿Hasta cuándo tardaremos en vender este asno viejo? Él tiene las manos y pies desportillados, flaco y de muy ruin color, perezoso, y, sobre todo, bravo y feroz tan sin provecho, que no es bueno sino para hacer de su pellejo un harnero; démoslo a alguno que no le pese de perder la paja y cebada que comiere.
En esta manera, jugando aquel pregonero, hacía dargrandes risas a los que allí estaban; pero aquella mi cruelísima fortuna, la cual yo, huyendo por tantas provincias, nunca pude huir de ella, ni con tantos males y tribulaciones como pasé, pude aplacar, otra vez de nuevo lanzó sus ojos ciegos contra mí, dándome un comprador perteneciente para mis duras adversidades; y ¿sabéis qué tal? Un viejo calvo y bellaco, cubierto de cabellos y medio cano, del más bajo linaje, y de las heces de todo el pueblo, el cual andaba con otros trayendo a la diosa Siria por esas plazas, villas y lugares, tañendo panderos y atabales y mendigando de puerta en puerta sin ninguna vergüenza.
Este echacuervos, con la mucha gana que tenía de comprarme, preguntó al pregonero que de dónde era yo. Él le respondió prestamente que era de Capadocia, y que era muy bueno y asaz recio. Preguntole más: ¿qué edad había? El pregonero, burlándose de mí, dijo:
—Un astrólogo que miró la constelación de su nacimiento, dijo, que podría ahora haber como cinco años, pero él sé que sabrá mejor estas cosas, según la profesión de su ciencia. Y como quiera que yo, a sabiendas, incurra en la pena de la ley Cornelia, si revendiere ciudadano romano por esclavo; pero ¿por qué no compras un servidor tan bueno y provechoso, que te podrá ayudar así en casa como fuera de ella?
Con todo esto, aquel comprador malo no dejó de preguntar cuando esto oyó, y sacar unas cosas de otras. Finalmente preguntó con mucha ansia si yo era manso. El pregonero le dijo:
—Es tan manso, que no parece asno, sino cordero: no muerde, ni echa coces, que no parece sino que debajo del cuero de un asno mora un hombre muy pacífico y modesto.
En esta manera, el pregonero, con sus chocarrerías, trataba aquel glotón echacuervos, el cual dio por mí siete dineros, y llevándome a su casa, luego, a la entrada de la puerta, comenzó a dar voces, diciendo:
—Mozas, un servidor os traigo del mercado, ¿veislo aquí?
Pero aquellas mozas que él decía, era una manada de mozos bardajas, los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría, alzaron grandes voces pensando que les traería algún esclavo que fuese aparejado para lo que ellos querían. Pero cuando vieron que era un asno, torciendo el rostro con enojo, increpaban a su maestro, diciéndole que no había traído servidor para ellos, sino marido para sí.
Diciendo estas y otras cosas de burlas, me ataron a un pesebre, y luego vino un mancebo, que tenía flauta y trompeta, que estaba allí por su sueldo para tañer a la diosa, y en casa ejercitábase en contentar a aquellos medio mujeres, el cual me echó de comer.
Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, le acontecieron muchos trabajos.
Al otro día siguiente, vestidos de varios colores, y cada uno de su traje, unos con mitras en sus cabezas, otros con túnicas blancas ceñidas, pusieron encima de mí a la diosa Siria, cubierta de una vestidura de seda. Ellos llevaban los brazos desnudos hasta los hombros yunos cuchillos en las manos, y al son de la flauta bailaban delante de su diosa. Y yendo de esta manera, pasamos por algunas caserías y pueblos, adonde aquellos hipócritas falsos comenzaron a hacer grandes maravillas, bajando furiosamente sus cabezas, torciendo a una parte y a otra los pescuezos, colgando los cabellos y mordiéndose algunas veces los brazos, y aun con aquellos cuchillos que traían se daban de cuchilladas. Entre estos había uno que con mayor furia, así como hombre endemoniado, fingía aquella locura, por parecer que con las presencias de los dioses suelen los hombres no ser mejores en sí, mas antes hacerse flacos y enfermos.
Pues espera, y verás qué galardón hubo de la Providencia celestial. Él comenzó a decir adivinando a grandes voces, y fingiendo mayor mentira, que quería castigar y reprender asimismo, diciendo que había pecado contra su santa religión; y por esto quería él tomar por sus propias manos la pena que merecía por aquel pecado que había cometido. Así que arrebató un azote, el cual es propia insignia de aquellas medias mujeres, torcidos muchos cordeles de lana de ovejas y escarchado con choquezuelas de pies de carneros a colores, y diose con aquellos nudos muchos golpes, hasta que se adormeció las carnes, que parecía que maravillosamente estaba preservado para poder sufrir el dolor de aquellas llagas. Que vieras cómo de las heridas de los cuchillos y de los golpes de la disciplina todo el suelo estaba bañado en la suciedad de aquella sangre afeminada, la cual cosa no poco cuidado y fatiga me ponía en mi corazón, viendo derramar tan largamente sangre de tantas heridas, por ventura que al estómago de aquella diosa extraña no se le antojase sangre de asno, como a los estómagos de algunos hombres se les antoja leche; así que cuando yaestaban cansados, cierto mejor diría cuando hartos de abrir sus carnes, hicieron pausa cesando de aquella carnicería; y comenzaron a recoger en sus faldas abiertas dineros de cobre y aun también de plata que muchos les ofrecían. Demás de esto, les daban jarros de vino y de leche, queso y harina y trigo candeal, y algunos daban cebada para mí que traía la diosa.
Ellos, con aquella codicia rapaban todo cuanto podían y lanzábanlo en costales que para esto traían de industria aparejados para aquella echacorvería y todos los echaban encima de mí, de manera que ya yo iba bien cargado con carga doblada, porque iba hecho troje y templo.
En esta manera discurriendo por aquella región, la robaban. Llegando a una villa principal, como allí hallaron provecho de alguna ganancia, alegres hicieron un convite de placer, que sacaron un carnero grueso a un vecino de allí, con una mentira de su fingida predicación, diciéndole que con su limosna y sacrificio hartase a la diosa Siria, que estaba hambrienta. Así que su cena bien aparejada, fuéronse al baño, y vinieron muy bien lavados. Trajeron consigo un mancebo aldeano de allí para cenar con ellos, y como hubieron comido unos bocados de ensalada, allí delante de la mesa aquellos sucios bellacos comenzaron a burlar con aquel mancebo, que tenían desnudo, como hacían las mujeres con los hombres.
Yo, cuando vi tan gran traición y maldad, no pudiéndolo sufrir mis ojos, intenté dar voces, diciendo: «¡Oh romanos!», pero no pudiendo pronunciar las otras letras y sílabas, solamente dije muy claro y muy recio: «¡Oh, oh!», lo cual dije a tiempo oportuno, a causa que muchos mancebos de una aldea de allí cerca, andaban a buscar un asnillo que les habían hurtado aquella noche,y andaban muy codiciosos buscándolo por todos los caminos y apartamientos; los cuales, oyendo mi rebuzno dentro de aquellas casas, creyeron que era su asno, y de improviso todos juntos entraron en casa, donde hallaron aquellos bellacos haciendo aquellas maldades y suciedades, y como los vieron comenzaron a llamar a los vecinos para que viesen aquel aparato torpe y sucio; demás de esto, haciendo burla, alababan la purísima castidad de aquellos echacuervos.
Ellos, embarazados y turbados con esta infamia, que fácilmente fue divulgada por todo el pueblo, por lo cual con mucha razón eran aborrecidos y malquistos de todos, aquella noche a las doce, liadas todas sus ropas, se partieron a hurtadillas de aquella villa; y habiendo andado buena parte del camino antes del día, entramos por un desierto y despoblado, siendo ya claro día; entonces hablaron entre sí primeramente, y después aparejáronse para mi daño y muerte; porque quitando la diosa de encima de mí, y puesta en tierra, quitáronme todos aquellos paramentos que traía, y desnudo atáronme a un roble, y con aquel azote que estaba encadenado de osezuelos de ovejas, diéronme tantos azotes, que casi me llegaron a lo último de la muerte.
Uno de aquellos me amenazaba con un cuchillo para cortarme las piernas, diciendo que había enfadado con mi feo rebuzno a todos; pero los otros no permitieron que me las cortase, diciendo que por reverencia de la diosa, que estaba delante, no muriese por entonces. En tal manera, que luego me tornaron a cargar de aquellas cosas que llevaba, y dándome buenos palos, coces y encontrones, llegamos a una grande y noble ciudad; adonde un noble varón principal de allí, hombre de buena vida, y que era muy devoto de la diosa Siria, como oyó el sonidode los atabales y panderos y los cantares de aquellos echacuervos a manera de como cantan los sacerdotes de la diosa Cibeles, corrió luego a recibirlos muy devotamente; recibió por huéspeda a la diosa, y a nosotros todos nos hizo meter dentro del cercado de su ancha casa, y luego comenzaron a entender en aplacar y sacrificar a la diosa con gran veneración y con gruesos animales y sacrificios.
En este lugar me acuerdo yo haber escapado de un grandísimo peligro de muerte, el cual fue este:
Un labrador de allí envió un presente al señor de aquella casa, que era un cuarto de ciervo muy grande y grueso, el cual recibió el cocinero y lo colgó negligentemente tras la puerta de la cocina, no muy alto del suelo. Un lebrel que allí estaba, sin que nadie lo viese, alcanzolo, y alegre con su presa, prestamente desapareció delante de los ojos de los que allí estaban. El cocinero, cuando conoció su daño y la gran negligencia en que había caído, llorando muy fieramente, y como casi desesperado que ya casi su señor demandaba de cenar, no sabiendo qué hacer, y con el temor que tenía, se quería ir de su amo. La mujer, que le quería bien, con palabras amorosas le ponía esfuerzos, diciendo:
—¿Cómo tan espantado y atemorizado te ha este presente mal, que determinas de dejar la casa de tu señor, adonde tanto tiempo ha que ganas tu vida? ¿Y no ves que me dejas sola llena de hijos? Por ende yo he hallado un buen remedio, el cual vino por providencia de los dioses, y es este: Toma este asno, que ahora es venido aquí, llévalo a algún lugar apartado, y degüéllalo, y una de sus piernas, que es semejante a la que se perdió, le cortas, y muy bien picada y guisada, o de otra manera que sea muy sabrosa, la pondrás delante de tuseñor, en lugar del ciervo. Al bellaco pusilánime del cocinero plugo mucho el consejo que la sagaz y astuta de su mujer le había dado, y acordó hacer en mí aquella cruel carnicería, queriendo con mi muerte remediar su vida y la de su mujer e hijos, y para esto comenzó luego a aguzar sus cuchillos, no viendo la hora de tener guisada mi pobre pierna.