—Muy bien—respondió el doctor,—optad, si os place, por el método italiano. Da a veces resultados excelentes, pero exige una inmovilidad y paciencia de la que tal vez no seáis capaz.
—Si sólo se trata de inmovilidad y paciencia, os respondo en absoluto de mí.
—¿Sois capaz de permanecer, por espacio de treinta días, en una posición extremadamente molesta?
—Sí.
—¿Con la nariz cosida al brazo derecho?
—Sí.
—En ese caso, os cortaré del brazo un trozo triangular de piel, de quince o diez y seis centímetros de longitud, por diez u once de anchura...
—¿Que me cortaréis a mí ese trozo de piel?
—Sin duda.
—¡Pero eso es espantoso, doctor! ¡desollarme vivo! ¡sacarme el pellejo a tiras! ¡eso es bárbaro, inhumano, propio de la Edad Media, digno sólo de Shiloock, el judío de Venecia!
—Lo de menos es la herida del brazo. Lo difícil es permanecer cosido a sí mismo por espacio de treinta días.
—A mí sólo me horroriza el corte del escalpelo. Cuando se ha sentido ya el frío de la hoja de acero al penetrar en la carne viva, se horripila uno al pensarlo. Una vez, y nada más, mi querido doctor.
—Siendo así, caballero, no hay nada que aquí exija mi presencia: Os quedaréis sin nariz para toda vuestra vida.
Esta especie de condena sumió al pobre notario en profunda consternación, que le hizo recorrer la estancia a grandes pasos, mesándose los cabellos de su hermosa y rubia cabellera como un loco.
—¡Mutilado!—exclamaba, llorando;—¡mutilado para siempre! ¡No hay remedio para mí! ¡Si existiese alguna droga, algún tópico misterioso cuya virtud devolviera la nariz a los que la han perdido, lo compraría a peso de oro! ¡Lo enviaría a buscar al fin del mundo! Hasta sería capaz de fletar para ello un buque si no hubiera otro remedio. ¡Pero nada! ¿de qué me sirve ser rico? ¿de qué sirve que seáis un cirujano ilustre, si toda vuestra habilidad y todos mis sacrificios no sirven absolutamente para nada? ¡Riqueza, ciencia! ¡he aquí dos palabras hueras!
Pero M. Bernier le respondía de vez en cuando, con imperturbable calma:
—Permitidme que os corte un trozo de piel del brazo, y os reconstruiré la nariz.
M. L'Ambert pareció decidirse un instante. Quitose la levita y arremangose la manga de la camisa; pero cuando vio abierto el estuche del cirujano, y brillaron ante sus aterrados ojos las hojas relumbrantes de treinta instrumentos de suplicio, palideció intensamente y se desplomó, desmayado, sobre una butaca. Algunas gotas de agua con vinagre le devolvieron el conocimiento, mas no la resolución.
—No pensemos más en esto—dijo recuperando la calma.—Nuestra generación posee toda clase de valores, mas se arredra ante el dolor. Es culpa de nuestros padres que nos han criado envueltos entre nubes de algodón en rama.
Pocos instantes después, aquel joven, que profesaba los más religiosos principios, púsose a blasfemar de la Providencia.
—En realidad—exclamó,—el mundo es una gran trapisonda, ¡bendigamos por ello al Creador! Con mis doscientos mil francos de renta, me quedaré para el resto de mi vida tan chato como una calavera; en tanto que mi portero, que no tiene jamás en el bolsillo diez escudos, lucirá la nariz de un Apolo de Beldevere. ¡La Suprema Sabiduría, que tantas cosas ha previsto, no acertó a prever que un turco me cortaría la cabeza por saludar a la señorita Victorina Tompain! Hay en Francia tres millones de pordioseros, todos los cuales juntos no valen medio franco, ¡y no puedo yo comprar a peso de oro la nariz de cualquiera de esos miserables!... Y, después de todo, ¿por qué?
Su rostro iluminose por un rayo de esperanza, y añadió, con tono más dulce:
—Mi anciano tío de Poitiers, en su última enfermedad, se hizo inyectar cien gramos de sangre bretona en la vena cefálica mediana: un antiguo servidor prestose a suministrársela. Mi bella tía Giromagny, cuando aún conservaba su belleza, hizo arrancar un incisivo a una de sus doncellas más hermosas para reemplazar un diente que acababa de perder. Este expediente dio un resultado magnífico, y no costó arriba de tres luises. Doctor, vos me habéis dicho que, a no ser por la trastada de ese maldito gato, hubierais podido colocarme nuevamente la nariz en su sitio, cosiéndomela con cuidado. ¿Me lo habéis dicho, o no?
—Sin duda, y os lo repito.
—Y si lograse comprar la nariz de algún pobre diablo, ¿podríais también colocármela en reemplazo de la mía?
—Claro está que podría...
—¡Oh, magnífico!
—Pero no me prestaría a hacerlo, ni ninguno de mis colegas tampoco.
—¿Y por qué, queréis decirme?
—Porque mutilar a un hombre sano es un crimen, por muy estúpido que sea, o muy hambriento que se halle el paciente para consentir en ello.
—A la verdad, doctor, que confundís mis nociones relativas a lo justo y a lo injusto. Yo me hice reemplazar, cuando fui llamado a filas, mediante un centenar de luises, por una especie de alsaciano, de pelo alazán tostado. A mi hombre (porque era bien mío) hubo de llevarle la cabeza una bala de cañón, el 30 de abril de 1849. Y como dicha bala me estaba destinada a mí por la suerte, puedo decir con verdad que el alsaciano en cuestión vendiome su cabeza y toda su persona entera por un centenar de luises, o algo más. El Estado no sólo toleró, sino que aprobó esta combinación; vos tampoco tendréis nada que objetar; es muy posible que vos mismo hayáis comprado también al mismo precio un hombre entero, que se haya matado por vos. ¡Y sois capaz de escandalizaros porque ofrezco doble precio, al primer bribón que se presente, por sólo la punta de la nariz!
El doctor detúvose un momento a meditar una respuesta lógica. Pero, como no la encontrase, dijo al señorito L'Ambert:
—Si bien no permite mi conciencia desfigurar a otro hombre en beneficio vuestro, creo que podría, sin escrúpulo, cortar del brazo de cualquier perillán los pocos centímetros cuadrados de piel que os hacen falta.
—¡Vaya, doctor! ¡tomadlos de dónde mejor os plazca, con tal de que reparéis este estúpido accidente! Busquemos en seguida un hombre de buena voluntad, y ¡viva el método italiano!
—Os prevengo de nuevo, sin embargo, que tendréis que permanecer un mes entero en una situación bien molesta.
—¡Qué me importan todas las molestias del mundo, si al cabo de ese mes puedo presentarme de nuevo en elfoyerde la Opera!
—Convenido. ¿Habéis pensado ya en alguien? ¿Acaso ese portero de quien ahora poco hablabais...?
—¡Me parece muy bien! Será fácil comprarlo, con su mujer y sus hijos, por un centenar de escudos. Cuando Barberau, su antecesor, se retiró no sé adónde, para vivir de sus rentas, un cliente recomendome a este, que se estaba literalmente muriendo de hambre.
Llamó M. L'Ambert, y ordenó al ayuda de cámara, que se presentó al instante, que hiciera subir a Singuet, el nuevo portero.
Acudió el hombre, y lanzó un grito de espanto al contemplar el rostro de su amo.
Era el verdadero tipo del pobre diablo parisiense, que es el más pobre de todos los diablos: un hombrecillo de treinta y cinco años de edad, al cual todos le hubieran echado sesenta, a juzgar por su aspecto flaco, amarillo y desmirriado.
M. Bernier examinolo atentamente y le mandó volver otra vez a la portería.
—La piel de este hombre—dijo—no sirve para nada. Acordaos que los jardineros toman las varas, para efectuar sus injertos, de los árboles más sanos y rollizos. Elegidme a un mozo fuerte y rebosando salud entre vuestra servidumbre; de sobra los tendréis.
—Sí, pero no será empresa fácil convencerlos. Mis criados son todos caballeros, que poseen capitales y valores en cartera, y especulan al alza y a la baja, como todos los criados de casa grande. No creo que haya ninguno entre ellos que quiera comprar con el precio de su sangre un dinero que se gana tan fácilmente en la Bolsa.
—Pero tal vez halléis alguno que por abnegación y cariño...
—¿Abnegación y cariño entre estas gentes? ¡Creo que os burláis, doctor! Nuestros padres tenían servidores abnegados: nosotros sólo poseemos unos grandísimos pillos que medran a nuestra costa, y, en el fondo, tal vez salgamos ganando. Nuestros padres, que se veían amados por estas gentes, creíanse obligados a pagarles en la misma moneda. Sufrían sus defectos, asistíanlos en sus enfermedades, alimentábanlos en su vejez: esto era insoportable. Yo pago a mis criados para que me sirvan bien, y, cuando no estoy satisfecho de ellos, los despido, sin meterme a averiguar si es falta de voluntad, vejez o indisposición lo que motiva su mal comportamiento.
—Entonces no encontraremos en vuestra casa el hombre que precisamos. ¿Tenéis alguno a la vista?
—¿Yo? Ninguno. Pero es igual; el primer advenedizo, el mozo de cordel de la esquina, el aguador que grita en este momento en la calle.
Sacó del bolsillo las gafas, levantó ligeramente la cortina, examinó, a través de aquéllas, la calle de Beaune, y dijo al doctor:
—He ahí a un muchacho que no tiene mala cara. Tened la bondad de hacerle señas, porque yo no me atrevo a mostrar a los transeúntes mi rostro.
M. Bernier abrió la ventana en el momento en que la víctima elegida gritaba a plenos pulmones:
—¡Agua muy fresca!
—¡Muchacho!—gritole el doctor,—dejad vuestro tonel y subid por la calle de Verneuil, si queréis ganar un buen puñado de luises.
CHEBACHTIÁN ROMAGNÉ
Llamábase Romagné, por su padre. Sus padrinos le habían puesto, al bautizarle, Sebastián; pero, como era natural de Frognac-les-Mauriac, departamento de Cantal, invocaba a su patrón bajo el nombre deChan Chebachtián. Todo hace presumir que había escrito su nombre conch; pero, afortunadamente, no sabía escribir. Este hijo de la Auvernia contaba veinticuatro o veinticinco años de edad, y poseía la constitución de un verdadero Hércules: alto, grueso, rechoncho, colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fácil de conducir como un corderillo blanco. Imaginaos un hombre fabricado de la pasta mejor, al par que la más grosera.
Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que tragaban y bullían bajo el techo paternal. Su padre poseía una cabaña, un pedazo de tierra, algunos castaños en el monte, media docena de cerdos, y dos brazos para cavar el terreno. La madre hilaba cáñamo; los varones ayudaban al padre; las mujercitas arreglaban la casa y se cuidaban las unas a las otras, haciendo la mayor de niñera de la más pequeña, y así todas las otras, hasta terminar la escala.
El joven Sebastián jamás brilló por su inteligencia, ni por su memoria, ni por ningún don intelectual; pero, en cambio, poseía un corazón excelente. Le habían enseñado algunos capítulos del catecismo como se enseña a los mirlos a silbar cualquier tonadilla; pero siempre profesó los sentimientos más cristianos. Jamás abusó de sus fuerzas contra las personas ni contra los animales; evitaba las querellas y recibía con frecuencia coscorrones, sin devolverlos jamás. Si el subprefecto de Mauriac hubiese querido conceder una medalla de plata, no hubiera tenido más que escribir a París, porque Sebastián había salvado a muchas personas, con grave exposición de su propia vida, y en especial a dos gendarmes que estaban a punto de ahogarse, con sus caballos, en el torrente del Saumaise. Pero a todo el mundo le parecían sus actos meritorios la cosa más natural, ya que los ejecutaba por instinto, y a nadie se le ocurría concederle una recompensa, considerándolo casi como a un perro de Terranova.
A la edad de veinte años entró en quintas y obtuvo un número alto, gracias a una novena que hizo, en unión de su familia. Después de esto, resolvió marcharse a París, siguiendo los usos y costumbres de la Auvernia, para ahorrar algunos centenares de francos, y volver después a ayudar a sus padres. Le dieron un traje de pana y veinte francos, que en Mauriac constituyen una cantidad importante, y aprovechó la ocasión de marchar un camarada que conocía el camino de la capital. Hizo el camino a pie, invirtiendo en él diez jornadas, y llegó fresco y dispuesto a trabajar, con catorce francos y medio en el bolsillo, y los zapatos sin estrenar, en la mano.
Dos días más tarde, rodaba un tonel por el faubourg de Saint-Germain, en compañía de otro camarada que no podía ya subir las escaleras, porque se había relajado. En pago de sus servicios, recibió alojamiento, cama, manutención y ropa limpia, a razón de una camisa cada mes, sin contar el franco y medio semanal que le daba su patrón para sus gastos de soltero. Con sus economías, compró, al cabo del año, un tonel de lance, y se estableció por su cuenta.
El éxito que obtuvo fue asombroso, y superior a cuanto pudo esperarse. Su ingenua cortesía, su incansable amabilidad y su intachable honradez, captáronle la simpatía y protección de todo el barrio. De dos mil escalones que solía subir al principio, llegó a siete mil gradualmente. Por eso enviaba hasta sesenta francos mensuales a las buenas gentes de Frognac. La familia bendecía su nombre y lo encomendaba a Dios con fervor, mañana y tarde, en sus plegarias; sus hermanos menores tenían pantalones nuevos, y se pensaba nada menos que enviar a los dos más pequeños a la escuela.
Su vida, sin embargo, a pesar de soplarle la fortuna, en nada había cambiado: acostábase al lado de su tonel, en un mal bodegón, y renovaba la paja de su lecho sólo dos veces al mes. Su traje de pana estaba más remendado que el vestido de un arlequín. La verdad es que en vestir habría gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos que consumían cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde no escatimaba lo más mínimo. Adquiría, sin regatear, diariamente cuatro libras de pan, y hasta, a veces, solía regalarse el estómago con un trozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradas en el puente nuevo. Los domingos y días festivos permitíase el lujo de comer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedos recordándolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano para permitirse jamás el despilfarro de tomar un vaso de vino. «El vino, el amor y el tabaco» eran para él artículos fabulosos, que sólo conocía de oídas. Con mucha mayor razón ignoraba los placeres del teatro, tan caros para los obreros de París. Nuestro hombre prefería acostarse a las siete, sin que le costara un céntimo, a aplaudir a M. Dumaine por medio franco.
Tal era, en lo moral y en lo físico, el hombre a quien M. Bernier llamó, en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M. L'Ambert.
Advertidos los criados, hiciéronle pasar en seguida.
Avanzó tímidamente, con el sombrero en la mano, levantando los pies cuanto podía, y no atreviéndose a sentarlos sobre la alfombra. La tormenta de aquella mañana lo había salpicado de lodo hasta las axilas.
—Si me llaman para que suministre agua a la casa—dijo saludando al doctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tenía que pronunciar,—le...
M. Bernier cortole la palabra.
—No, amigo mío; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.
—¿De qué se trata, pues?
—De otra cosa completamente distinta. Al señor le han cortado la nariz esta mañana.
—¡Ah, demontre! ¡pobre hombre! ¿Quién ha hecho esa villanía?
—Un turco; pero esto es lo de menos.
—¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; pero no creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy a avisar a un gendarme.
M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle, en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase. Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser un excelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízole comprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, y comprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.
—La operación no es nada en sí—le dijo,—y os garantizo que os hará sufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que tener una paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosido a la nariz del señor.
—Paciencia no me falta—respondió nuestro hombre;—para algo soy auvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a este señor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornales de esos días.
—Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.
—En conciencia—dijo al fin,—ese trabajo bien vale cuatro francos diarios.
—No, amigo mío—respondiole el notario;—ese trabajo vale mil francos al mes, o sea, treinta y tres francos diarios.
—No—replicó el doctor, con acento autoritario;—eso vale dos mil francos.
L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.
Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en el bodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.
—Por otra parte—dijo,—no vale la pena de comenzar hoy mismo, para sólo medio día.
Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, sus medidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometió reemplazarle por espacio de un mes.
—Tú me traerás el pan todas las noches—le dijo Romagné.
Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues le darían de comer en la casa.
—Eso dependerá de lo que me cueste—observó él.
—M. L'Ambert os dará de comer gratis.
—¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.
Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.
—Esto es un placer—decía.—Me han contado de un auvernés de mi país que se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora. Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce mucho más.
M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y ambos hombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro. Los dos hermanos siameses que excitaron un día la curiosidad de toda Europa no estaban tan indisolublemente unidos. Pero aquéllos eran hermanos, acostumbrados a soportarse mutuamente desde la más tierna infancia, y habían recibido la misma educación. Si uno hubiese sido aguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectáculo de una amistad tan fraternal.
Romagné jamás se quejaba de nada, por muy extraña que la nueva situación le pareciese. Obedecía como un esclavo, o, por mejor decir, como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara su piel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volvía hacia la derecha o la izquierda, según el capricho de su señor. No obedece con tanta sumisión al Polo Norte la aguja imantada, como Romagné a M. L'Ambert.
Esta heroica mansedumbre enterneció el corazón del notario, que, a decir verdad, nada tenía de blando. Sintió por espacio de tres días una especie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su víctima; mas no tardó en cobrarle antipatía y hasta horror.
Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sin trabajo, a la inmovilidad absoluta. ¿Qué no será cuando se trate de permanecer inmóvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sin educación? Pero lo había querido así la suerte. Era preciso vivir sin nariz o soportar al auvernés con todas sus consecuencias: comer con él, dormir con él, llenar al lado suyo, y en la situación más incómoda, todas las funciones de la vida animal.
Era Romagné un digno y excelente joven; pero roncaba como un órgano. Adoraba a su familia y amaba a su prójimo; pero jamás se había bañado en su vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Poseía los sentimientos más delicados del mundo; pero no sabía imponerse los sacrificios más elementales que la civilización recomienda. ¡Pobre M. L'Ambert! ¡y pobre Romagné asimismo! ¡qué noches y qué días! ¡qué lluvia de puntapiés! Inútil es decir que Romagné los recibía sin quejarse, temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimento del doctor Bernier.
El notario recibía buen número de visitas. Vinieron a verle todos sus compañeros de aventuras, que se burlaban del auvernés. Enseñáronle a fumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo se entregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Lo emborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos los escalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarle nuevamente, y aquellos buenos señores acometieron esta difícil tarea con placer mefistofélico. ¿No era, por ventura, una cosa divertida y agradable la empresa de desmoralizar al auvernés?
Cierto día le preguntaron en qué pensaba emplear los cien luises de M. L'Ambert cuando acabase de ganarlos.
—Los emplearé en papel del cinco por ciento, y me producirán cien francos de renta—contestoles.
—¿Y después?—preguntole un emperejilado millonario de veinticinco años de edad.—¿Serás más rico con eso? ¿serás más dichoso acaso? ¡Tendrás treinta céntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable, pues eres de la madera de que se fabrican los imbéciles, tendrás doce hijos al menos.
—¡Es posible!—replicó el auvernés, riendo de buena gana.
—Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarás a cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos mil francos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer los placeres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.
Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas de corrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espeso cráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por donde penetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.
También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimas en todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas; escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían de verosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como un bellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en la intimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirlo así, el cañamazo donde se borda la vida elegante.
¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como Cristóbal Colón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario no se recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en su presencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Vio padres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos en provecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiaban la manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato; prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas y prestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.
Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la de cualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.
—Vos no poseéis mi estima—le dijo un día al notario, creyendo hacerle un gran bien.
Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.
En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse las tempestades casi sin interrupción.
Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de piel había arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerables tirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz a L'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer al auvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dos billetes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:
—¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lo menos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal de mi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelva a oír pronunciar tu nombre.
Romagné diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebió una botella de vino en la cocina, tomó un par de copitas con Singuet, y marchó tambaleándose hacia su antiguo domicilio.
GRANDEZA Y DECADENCIA
M. L'Ambert volvió a entrar en el mundo con éxito; casi podría decirse que con gloria. Sus testigos le hicieron la más estricta justicia diciendo que se había batido como un león. Los viejos notarios sentíanse rejuvenecidos por su valor.
—¡Ved ahí—decían,—lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances! ¡Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de las armas hizo traición a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bello gesto: ha sido un Waterloo. ¡Aunque digan lo que quieran, somos gentes decididas!
De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el digno maese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores del notariado. Los jóvenes hablaban en parecidos términos, con ciertas variantes inspiradas por los celos.
—No queremos renegar—decían,—de maese L'Ambert: ciertamente que nos honra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotros hubiera procedido con el mismo valor, y quién sabe si con menos torpeza. Un funcionario público no debe dar estos escándalos. No se debiera ir nunca al terreno del honor más que por causas confesables. Si yo fuese padre de familia, preferiría confiar mis asuntos a un hombre prudente, y no a un héroe de aventuras dudosas, etc., etc.
Pero la opinión del bello sexo, que es la que prevalece, habíase declarado en favor del héroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contado con tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato; quizás también ese sexo tan encantador como injusto habría condenado a L'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sin nariz. Pero todos los testigos habían guardado la mayor discreción acerca del ridículo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estar desfigurado, parecía haber ganado en el cambio.
Una baronesa observó que su fisonomía era más dulce desde que llevaba la nariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, preguntó al príncipe de B... si no haría bien en buscarle querella al turco. El aguileño príncipe gozaba de una reputación hiperbólica.
Alguno preguntará cómo las damas del gran mundo podían interesarse en peligros que no habían sido corridos por ellas. Los hábitos de maese L'Ambert eran bien conocidos, y se sabía que una gran parte de su corazón y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdona fácilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellas por completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo poco que le dan. Se agradecía a M. L'Ambert que no estuviese perdido más que a medias, cuando tantos, a su edad, están perdidos del todo. No dejaba de frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba con las solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; no hablaba, en fin, de caballos a la moda. Estos méritos, bastante raros por cierto entre los jóvenes millonarios del faubourg, le concillaban la benevolencia de las damas. Una linda devota, la señora de L..., habíale demostrado durante tres meses que los placeres más vivos no consisten en la disipación y el escándalo.
No se crea por eso que había roto en absoluto con el cuerpo de baile; la severa lección recibida no le había hecho concebir el menor horror hacia aquella hidra de cien encantadoras cabezas. Una de sus primeras visitas fue para el templo donde brillaba la señorita Victorina Tompain. ¡Allí sí que se le tributó un recibimiento entusiasta! ¡Con qué amistosa curiosidad corrió todo el mundo a su encuentro! ¡Qué dulcísimos dictados! ¡qué apretones de manos tan cordiales! ¡Cuántos labios hechiceros se alargaron hacia él, en forma de tentador hocico, para recibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estaba radiante. Todos sus amigos de los días pares, todos los altos dignatarios de la francmasonería del placer, le dieron la enhorabuena por su curación milagrosa. Reinó durante todo un entreacto en aquel reino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar el tratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con que estaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocían.
—Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con la piel de un auvernés. ¡Y qué auvernés, Dios mío! ¡El más estúpido y sucio de la Auvernia! Nadie lo diría al ver el trozo de piel que me ha vendido. ¡Qué horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!... Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al lado suyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de él. El día en que le pagué sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quitó de encima un peso inmenso. Se llama Romagné, ¡bonito nombre! Jamás lo pronunciéis en mi presencia. ¡Si queréis que viva largos años, no me habléis jamás de Romagné!
La señorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la última en cumplimentar al héroe. Ayvaz-Bey la había abandonado indignamente, dejándole cuatro veces más dinero del que valía ella. El magnánimo L'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.
—No os guardo rencor—le dijo,—ni a ese bravo turco tampoco. Sólo tengo un enemigo en el mundo: un auvernés llamado Romagné.
Y pronunciaba su nombre con una entonación cómica que hizo gracia a todo el mundo. Creo que aun hoy día la mayor parte de aquellas señoritas dicen: «Mi Romagné, cuando hablan de su aguador.»
De esta suerte transcurrieron los tres meses de estío. La estación fue deliciosa y casi todas las familias se ausentaron de París. La Opera viose invadida por provincianos y extranjeros. M. L'Ambert frecuentola bastante menos que otras veces.
Casi todos los días, al sonar las seis de la tarde, despojábase de la gravedad del notario y partía para Maisons-Lafitte, donde había alquilado un chalet, y adonde acudían a verle sus amigos y hasta sus amiguitas. Jugaban en el jardín a toda clase de juegos campestres, y os garantizo que el columpio nunca holgaba.
Uno de los más asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios, M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habíale ligado a L'Ambert con lazos más estrechos. M. Steimbourg pertenecía a una buena familia de israelitas convertidos; su cargo valía dos millones y poseía una fortuna de medio millón, de suerte que ya se podía trabar amistad con él. Las amantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale a decir que sólo se peleaban una vez por semana. ¡Qué bello es contemplar cuatro corazones que laten al unísono! Los hombres montaban a caballo, leían elFígaro, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas se echaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: ¡una edad de oro en miniatura!
M. Steimbourg creyó un deber presentar a su amigo a su familia. Condújole a Bieville, donde su padre se había hecho construir un chalet. M. L'Ambert fue recibido en él por un viejo muy verde, una señora de cincuenta años, que no había abdicado aún, y dos jovencitas extremadamente coquetas; y a primera vista advirtió que no entraba en una casa de fósiles. Por el contrario: tratábase de una familia moderna y perfeccionada. Padre e hijo eran dos buenos compañeros que se daban mutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas habían visto cuanto se representaba en el teatro, y leído cuanto se ha escrito. Pocas personas conocían mejor que ellas la crónica elegante de París; les habían sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloña, las más celebradas bellezas de todas las clases sociales; las habían llevado a presenciar las ventas de los mobiliarios más ricos, y disertaban de la manera más agradable sobre las esmeraldas de la señorita X... y las perlas de la señorita Z... La mayor, la señorita Irma Steimbourg, copiaba con verdadera pasión los trajes y sombreros de la señorita Fargueil; la menor, había enviado a uno de sus amigos a casa de la señorita Figeac para que le pidiese la dirección de su modista. Una y otra eran ricas y poseían buena dote. Irma le gustó más a L'Ambert. El apuesto notario pensaba de vez en cuando que medio millón de dote y una mujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Viéronse con frecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primeras heladas de noviembre.
Tras un otoño dulce y brillante, cayó como una teja el invierno. Es un hecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambert dio pruebas, en esta ocasión, de una sensibilidad extraordinaria. Enrojeciose un poco al principio, después mucho; fuese hinchando por grados hasta tornarse deforme. Después de una partida de caza alegrada por el viento Norte, experimentó el notario intolerable comezón. Mirose en el espejo de un mesón, y desagradole en extremo el color de su nariz. A decir verdad, parecía un sabañón mal colocado.
Consolose pensando que un buen fuego le devolvería su figura natural, y, en efecto, el calor se la descongestionó y rebajó su color durante algunos momentos. Pero, al siguiente día, la comezón presentose nuevamente, los tejidos se inflamaron mucho más, y presentose de nuevo la coloración rojiza, acompañada de ciertos tintes violáceos. Ocho días sin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatales matices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a la primera salida.
Muerto de susto L'Ambert, envió a buscar en seguida al doctor Bernier. Este acudió a toda prisa; diagnosticó una ligera inflamación y prescribió unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvo alivio, a pesar de la refrigeración, y el doctor no salía de su asombro al ver la persistencia del mal.
—Tal vez tenga razón Dieffembach—dijo al notario,—al asegurar que la piel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se le apliquen sanguijuelas. ¡Ensayemos!
Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuando se desprendió, harta de sangre, reemplazósela por otra, y así sucesivamente, dos días y dos noches. La hinchazón y la coloración desaparecieron por algún tiempo; mas sus efectos no fueron de larga duración. Fue preciso recurrir a otro expediente. Pidió M. Bernier veinticuatro horas para reflexionar, y se tomó cuarenta y ocho.
Cuando volvió al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestras de una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre sí mismo un gran esfuerzo para decidirse a hablar.
—La medicina—dijo al fin,—no explica satisfactoriamente todos los fenómenos naturales, y vengo a someteros una teoría que carece de todo fundamento científico. Mis colegas se burlarían de mí si les dijese que un pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecer sometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda alguna de que es vuestra propia sangre, puesta en circulación por vuestro corazón, bajo la acción del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y, sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbécil de auvernés no es extraño a estos sucesos.
M. L'Ambert lanzó una exclamación de disgusto y de sorpresa. ¡Decir que un vil mercenario, a quien había religiosamente pagado su servicio, podía ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionario público, era una impertinencia!
—Es mucho peor aun—replicó el doctor,—es un absurdo. Y, sin embargo, os pido autorización para buscar a Romagné. Tengo necesidad de verle hoy mismo, aunque no sea más que para convencerme de mi error. ¿Habéis conservado sus señas?
—¡No lo permita Dios!
—Pues bien, yo trataré de averiguarlas. Tened paciencia, no salgáis para nada de vuestra habitación, y suspended entre tanto toda medicación.
Buscó en vano durante quince días. Recurrió a la policía, que le tuvo despistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno de experiencia descubrió todos los Romagnés de París, excepto el que se buscaba. Encontró un inválido, un tratante en pieles de conejo, un abogado, un ladrón, un corredor del ramo de mercería, un gendarme y un millonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba de impaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperación su nariz color de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, pero éste ya no vivía en él. Los vecinos refirieron que había hecho fortuna y vendido su tonel para gozar de la vida.
M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y demás lugares de placer, en tanto que su enfermo permanecía sumido en la mayor melancolía.
El 2 de febrero, a las diez de la mañana, el atildado notario calentábase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquella peonía florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmovió toda la casa. Abriéronse las puertas con estrépito, de los pechos de todos los criados escapáronse gritos de alegría, y se vio aparecer al doctor, trayendo de la mano a Romagné.
Era el verdadero Romagné; pero, ¡cuán cambiado estaba! Sucio, embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente, apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejo cocido, era el prototipo del erisipelatoso.
—¡Monstruo!—le dijo M. Bernier,—se te debería caer la cara de vergüenza. Has descendido a un nivel más bajo que el de los brutos. Conservas todavía la cara del hombre, pero no su color. ¡En qué has empleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en el cieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de París, tirado como un cerdo en el suelo de la taberna más inmunda.
El auvernés elevó hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amable acento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:
—¡Y bien, qué! Que he empinado un poco el codo. ¿Es acaso una razón para decirme esa sarta de necedades?
—¿A qué llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. ¿Por qué no colocaste tu dinero a interés en vez de bebértelo?
—¡Fue el señor quien me dijo que me divirtiese!
—¡Tunante!—exclamó el notario,—¿fui yo quien te aconsejó que te fueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente y vino tinto?
—Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.
—¡Vaya unos camaradas!—dijo el médico, no pudiendo reprimir un movimiento de cólera.—¿De manera, truhán, que llevo a cabo una cura maravillosa, que me llena de gloria y esparce por París mi bien ganada fama, y que acabará por abrirme las puertas del Instituto, y tú, en unión de unos cuantos borrachos de tu misma calaña, vais a hacer zozobrar la más divina de mi obras? ¡Si sólo se tratase de ti, grandísimo bellaco, te dejaríamos obrar como quisieses! Es un verdadero suicidio físico y moral; pero un auvernés más o menos poco importa a la sociedad. ¡Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tu bienhechor, de mi cliente! Tú lo has comprometido, desfigurado, asesinado con tu mala conducta. ¡Mira bien en qué estado lamentable has puesto al señor el rostro! El infeliz contempló la nariz que había contribuido a formar, y rompió en amargo llanto.
—Es una verdadera desgracia, señor Bernier; pero pongo a Dios por testigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deteriorado ella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi mano en ella.
—¡Imbécil!—tronó M. L'Ambert,—jamás comprendes las cosas... por más que, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata únicamente de que digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esa vida de crápula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazo muy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabré ponerte pronto a buen recaudo.
—¿Preso?
—Preso.
—¿Preso entre los criminales? ¡Gracias, señor L'Ambert! ¡Eso sería la deshonra de mi familia!
—¡Seguirás bebiendo, o no?
—¡Ah, Dios mío! ¿cómo beber cuando no se tiene dinero? Todo lo he gastado ya, señor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos íntegros; me he bebido mi tonel y cuánto poseía, y no hay un alma en la tierra que ya quiera abrirme crédito.
—Me alegro, perillán; hacen todos muy bien.
—Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señor L'Ambert.
—¡Te repito que me alegro!
—¡Señor L'Ambert!
—¿Qué?
—Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme la vida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.
—¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.
—No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!—Esos son juramentos de borracho.
—¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener de francos, mi buen señor L'Ambert!
—¡Ni un solo céntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolver a mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prívate de lo más necesario, muérete de hambre, si puedes; sólo a ese precio podré recobrar mis facciones y volveré a ser el mismo.
Romagné inclinó la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando a los presentes.
El notario recuperó su alegría y el médico sus ensueños de gloria.
—No quiero alabarme a mí mismo—decía modestamente M. Bernier,—pero Leverrier descubriendo un planeta por la fuerza del cálculo, no ha realizado un milagro tan grande como yo. Adivinar, por el aspecto de vuestra nariz, que un auvernés ausente y perdido en la baraúnda de un París, se halla entregado a la crápula, es remontarse desde el efecto a la causa por caminos que la audacia del hombre no había intentado aún. En cuanto al tratamiento de vuestra enfermedad, se halla indicado por las circunstancias. La dieta aplicada a Romagné es el único remedio que puede curaros. La suerte ha venido a servirnos de un modo maravilloso, puesto que este animal se ha comido hasta su último céntimo. Habéis hecho perfectamente en negarle el socorro que os pedía: todos los esfuerzos del arte serán vanos mientras tenga que beber ese hombre.
—Pero, doctor—le interrumpió L'Ambert,—¿y si no fuera ese el origen de mi mal? ¿y si sólo se tratase de una coincidencia fortuita? ¿No habéis dicho vos mismo que a veces la teoría...?
—He dicho, y lo repito, que en el estado actual de los conocimientos humanos, vuestro caso no admite ninguna explicación lógica. Es un hecho cuya ley se desconoce. La relación que hoy hallamos entre vuestra nariz y la conducta de este auvernés, nos abre una perspectiva, engañosa tal vez, mas, sin duda alguna, inmensa. Esperemos algunos días: si vuestra nariz se cura a medida que Romagné se enmienda, se verá reforzada mi teoría por una nueva probabilidad. No respondo de nada; pero presiento una ley fisiológica, hasta aquí desconocida, y que me consideraré muy feliz si puedo formularla. El mundo de las ciencias se halla lleno de fenómenos visibles producidos por causas desconocidas. ¿Por qué la señora de L..., a quien conocéis como yo, tiene en el hombro izquierdo una cereza perfectamente pintada? ¿Es, acaso, como dicen, porque, hallándose encinta su madre, sintió ésta grandes deseos, que no pudo satisfacer, de comerse una cesta de cerezas expuestas en el escaparate de Chevet? ¿Qué artista invisible ha dibujado esta fruta sobre el cuerpo de un feto de seis semanas, del tamaño de un langostino mediano? ¿Cómo explicar esta acción especial de lo moral sobre lo físico? ¿Y por qué la cereza de la señora de L... adquiere cierta tumefacción y sensibilidad en el mes de abril de cada año, cuando están flor los cerezos? He aquí unos hechos ciertos, evidentes, palpables, y tan inexplicables como la hinchazón y rubicundez de vuestra nariz. ¡Pero tengamos paciencia!
Dos días después la hinchazón la nariz del notario cedía de un modo visible, pero su color rojo persistía. Al final de la semana, su volumen habíase reducido más de una tercera parte. Al cabo de quince días, perdió por completo la piel, crió seguida otra nueva, y recuperó su forma y color primitivos.
El triunfo del doctor era evidente.
—Mi único sentimiento—decía,—es que no hayamos guardado a Romagné en una jaula, para observar en él, al mismo tiempo que en vos, los efectos del tratamiento. Estoy seguro que ha estado, durante siete u ocho días, cubierto de escamas como un pez.
—¡Que el diablo cargue con él!—observó cristianamente el notario.
Este, a partir de aquel día reanudó su vida ordinaria: salió carruaje, a caballo, a pie; danzó los bailes del faubourg, y embelleció con su presencia elfoyerde la Opera. Todas las mujeres lo acogieron perfectamente, en el mundo y fuera de él. Una de las que más tiernamente le felicitaron por su curación fue la hermana mayor de su amigo Steimbourg.
Esta amabilísima joven, que tenía costumbre de mirar a los hombres cara a cara, observó que M. L'Ambert había salido de la última crisis más hermoso que nunca. Y en realidad, parecía como si aquellos dos o tres meses de enfermedad hubiesen dado a su rostro un no sé qué de perfecto. La nariz, sobre todo, aquella nariz recta, que acababa de recuperar sus ordinarias dimensiones después de una dilatación excesiva, parecía más fina, más blanca y más aristocrática que nunca.
Esta era también la opinión del acicalado notario, que se contemplaba en todos los espejos con una creciente admiración de su persona. ¡Había que verlo frente a frente de su imagen, sonriendo, endiosado, a su propia nariz!
Pero a la vuelta de la primavera, en la segunda quincena de marzo, mientras la generosa savia hacía retoñar las lilas, llegó a creer M. L'Ambert que sólo a su nariz le eran negados los beneficios de la estación y las bondades de la naturaleza. En medio del renacimiento general de todas las cosas, palidecía como una hoja de otoño. Sus alas, adelgazadas y como desecadas por el viento del desierto, adosábanse cada vez más a su tabique central.
—¡Demontre!—decía el notario, haciéndole una mueca al espejo,—la distinción es cosa bella, lo mismo que la virtud; pero esto ya es demasiado. Mi nariz va adquiriendo una elegancia inquietante, y, si no trato de darle alguna fuerza y color, muy pronto no será que una sombra.
Diose en ella un poco de colorete; pero sólo logró hacer resaltar más aun finura increíble de aquella línea recta y sin espesor que dividía su rostro en dos mitades. La fantástica nariz del desesperado notario hacía recordar la varilla de hierro que proyecta su cortante sombra sobre la esfera de los relojes de sol.
En vano sometiose a un régimen más alimenticio el indignado millonario de la calle de Verneuil. Considerando que una buena alimentación, digerida por un estómago sólido, aprovecha por igual a todas las partes del cuerpo, se impuso la dulce ley de embaularse sendas tazas de caldo, sendos tajos de carne ensangrentada, regados con los más generosos vinos. Decir que estos manjares elegidos no le hicieron efecto, sería negar la evidencia y blasfemar de las comidas regaladas. M. L'Ambert adquirió en poco tiempo hermosos mofletes rojos, un pescuezo muy digno de cualquier ternero apoplético y una respetable panza. Pero la nariz parecía una especie de socio negligente o desinteresado, que no se ocupa en cobrar sus dividendos.
Cuando un enfermo no puede comer ni beber, se le sostiene a veces por medio de baños alimenticios, que penetran a través de los poros de la piel hasta los centros vitales. M. L'Ambert trató a su nariz como a un enfermo a quien es preciso alimentar por separado a cualquier precio. Adquirió una bañera de plata sobredorada, y, seis veces al día, introducíala en ella y la mantenía pacientemente sumergida en sendos baños de leche, de vino de Borgoña, de caldo substancioso y hasta de salsa de tomates. ¡Trabajo perdido! la enferma salía del baño tan pálida y delgada y en estado tan deplorable como estaba antes de entrar.
Todas las esperanzas parecían ya perdidas, cuando un día M. Bernier diose un golpe en la frente y exclamó:
—¡Pero si hemos cometido una falta imperdonable! ¡un error digno de colegiales! ¡y he sido yo! ¡yo mismo, cuando este hecho constituye una confirmación aplastante de mi teoría...! No lo dudéis, caballero: el auvernés está enfermo, y es preciso curarle a él para que sanéis vos.
El desdichado L'Ambert mesose los cabellos. ¡Cuánto se arrepintió de haber plantado a Romagné de patitas a la calle, y de haberse negado a socorrerle, y olvidado el quedarse con sus señas! Representábase al pobre diablo consumiéndose sobre un camastro, sin pan, sin rosbif y sin vino de Châteaux-Margaux. Esta idea destrozaba su corazón. Asociábase a los dolores del infeliz mercenario. Por primera vez en su vida compadeciose de los sufrimientos del prójimo.
—¡Doctor, querido doctor!—exclamó, estrechando la mano de Bernier,—¡daría toda mi fortuna por salvar a ese valiente muchacho!
Cinco días después, el mal había avanzado más aun. La nariz no era más que una película flexible, que se plegaba bajo el peso de las gafas, cuando M. Bernier vino a decirle que había encontrado al auvernés.
—¡Victoria!—exclamó entusiasmado el notario.
El cirujano encogiose de hombros y contestó que la victoria parecíale dudosa por lo menos.
—Mi teoría—añadió,—está plenamente confirmada, y, como fisiólogo, tengo que declararme satisfecho; pero, como médico, quisiera ante todo curaros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspira demasiadas esperanzas.
—¡Vos le salvaréis, doctor!
—Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al servicio de un colega mío que le estudia con cierta curiosidad.
—Ya lograréis que os lo ceda. ¡Lo compraremos, si es preciso!
—¡No soñéis siquiera en eso! Un médico no vende nunca a sus enfermos. Los mata algunas veces, en interés de la ciencia, para ver qué tienen dentro; pero traficar con ellos... ¡jamás! Mi amigo Fogatier me cederá, tal vez, vuestro auvernés; pero el pobre está muy enfermo, y, para colmo de desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trance morirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan pronto se queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su ración entera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.
—¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el lenguaje de la religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?
—En el hospital, sala de San Pablo, número 10.
—¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?
—Sí.
—Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura que todos los hombres son hermanos?
HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN CATARRO NASAL
Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás Massillon ni Fléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagrada cátedra una elocuencia más persuasiva y untuosa que la empleada por M. Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagné. Dirigiose primero a la razón, después a la conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió a lo profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos. Mostrose fuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador y hasta complaciente. Demostrole que el suicidio es el más bochornoso de los crímenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontar voluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a emplear una metáfora tan nueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona su puesto sin permiso de su cabo.
El auvernés, que no había tomado nada en las últimas veinticuatro horas, parecía bien aferrado a su idea. Permanecía inmóvil y terco ante la muerte, como un asno ante un puente. A los argumentos más hábiles, respondía con impasible dolor:
—No vale la pena, señor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.
—¡Bah, amigo mío! la miseria fue instituida por Dios, que la creó para excitar la caridad de los ricos y la resignación de los pobres.
—¿Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado en todas partes. ¡He pedido limosna y me han amenazado con la policía!
—¿Por qué no os dirigisteis a vuestros amigos? ¡A mí, por ejemplo! ¡a mí, que tanto os debo! ¡a mí, que tan agradecido os estoy! ¡a mí, que por mis venas corre vuestra propia sangre!
—¡En seguida! ¡para que me hicieseis poner nuevamente de patitas en la calle!
—¡Mis puertas estarán siempre abiertas para vos, lo mismo que mi bolsillo, igual que mi corazón!
—¡Si siquiera me hubieseis dado cincuenta francos para comprarme un tonel de ocasión!
—¡Pero, animal!... animal querido, quiero decir... ¡permíteme que te maltrate un poco, como en los tiempos en que compartía contigo mi mesa y mi lecho! no son ya cincuenta francos los que pienso darte, sino mil, dos mil, tres mil... ¡diez mil! mi fortuna entera deseo compartirla contigo... a prorrateo, naturalmente, de nuestras necesidades respectivas. ¡Es preciso que vivas! ¡es menester que seas feliz! He aquí la primavera que vuelve, con su cortejo de flores y la dulce melodía de las aves que trinan en la enramada. ¿Serás capaz de abandonar todo esto? ¡Piensa en el inmenso dolor que ocasionarías a tus infelices padres, que te aguardan en tu país! ¡piensa en tus pobres hermanos! ¡en tu madre, sobre todo, amigo mío, que no podría sobrevivirte! ¡Volverás a verlos a todos! O, mejor dicho, no: permanecerás en París bajo mi protección, conviviendo conmigo en la intimidad más estrecha. Quiero verte dichoso, casado con una mujer bonita y hacendosa, padre de dos o tres hermosas criaturas. ¡Sonríe, hombre, sonríe! ¡Toma este plato de sopas!
—¡Gracias, señor L'Ambert. Guardaos esas sopas; ¿para qué las he de tomar? ¡Hay tanta miseria en el mundo!
—Pero, hombre, ¿no te juro que se han acabado ya tus malos días para siempre? ¿que me encargo de tu porvenir, bajo mi fe de notario? Si accedes a vivir, se acabarán tus sufrimientos, no volverás a trabajar, ¡tus años constarán de trescientos sesenta y cinco domingos!
—¿Sin lunes?
—Y de lunes también, si lo prefieres. Comerás, beberás, fumarás buenos habanos. Serás mi comensal, mi amigo inseparable, mi otro yo. ¿Quieres vivir, Romagné, para ser un segundo yo?
—No, no; ya que he comenzado a morir, lo mejor es acabar cuanto antes.
—¡Ah, pedazo de alcornoque! ¡Voy a contarte, animal, el destino que te aguarda! No se trata ya solamente de las penas eternales que en tu obstinación endiablada acercas más a ti cada minuto; en este mundo, aquí mismo, mañana, quizás hoy, antes de ir a pudrirte a la fosa común, te llevarán al anfiteatro. Te tenderán sobre una mesa de piedra, y partirán tu cuerpo en pedazos. Uno henderá, a fuerza de hachazos, tu abultada cabeza de mulo; otro te abrirá el pecho en canal para ver si es posible que exista un corazón dentro de tan estúpida envuelta; otro...
—¡Por favor, señor L'Ambert, que no quiero que me corten a pedazos! ¡prefiero comer las sopas!
Tres días de sopas y su robusta constitución arrancáronle de aquel amargo trance, y fue posible transportarle en carruaje al hotel de la calle de Verneuil. El mismo M. L'Ambert lo instaló con solicitud maternal. Alojolo en la habitación de su propio ayuda de cámara, para tenerle más cerca. Por espacio de un mes ejerció con verdadera abnegación las funciones de enfermero, pasando bastantes noches en claro, a la cabecera de su lecho.
Estas fatigas, lejos de alterar su salud, devolvieron a su rostro su frescura y lozanía habituales. Cuanta mayor asiduidad desplegaba en el cuidado de su enfermo, más lozana y vigorosa tornábase su nariz. Repartía su vida entre el estudio, el auvernés y el espejo. En este período fue cuando escribió, distraídamente, sobre el borrador de una escritura de venta: «¡Qué dulce es hacer bien a su prójimo!» Máxima un poco vieja en sí misma, pero nueva en absoluto para él.
Cuando entró Romagné en el período de franca convalecencia, su huésped y salvador, que tantas veces le había trozado el pan y partido los biftecs, le dijo:
—A partir de este momento, comeremos siempre juntos. Sin embargo, si prefieres comer en la cocina, también serás allí perfectamente alimentado, y es posible, tal vez, que te encuentres más a gusto.
Romagné, a fuer de hombre juicioso, obtó por la cocina.
Supo conducirse en ella de tal suerte, que se captó la simpatía y el aprecio de todos. Lejos de prevalerse de la amistad que le unía con el amo, mostrose más humilde y más modesto que el último marmitón. Era un criado que M. L'Ambert había puesto a sus servidores. Todo el mundo utilizaba sus servicios, se burlaba de su acento y le daba palmadas amistosas a la espalda, sin que a nadie se le ocurriese darle nunca una propina. M. L'Ambert lo sorprendió varias veces sacando agua, cambiando de sitio los muebles más pesados, encerando los pisos de madera. En tales ocasiones le tiraba de la oreja aquel amo ideal, y le decía:
—Entretente, si quieres, no hay en ello inconveniente por mi parte; pero no te fatigues demasiado.
El infeliz muchacho, confundido por tantas bondades, se escondía en su habitación y lloraba de ternura.
Pero no pudo conservar por mucho tiempo aquel cuarto tan cómodo y aseado, contiguo a las habitaciones del amo. M. L'Ambert le hizo saber, de un modo delicado, que echaba mucho de menos la vecindad de su ayuda de cámara, y el mismo Romagné solicitó autorización para alojarse en las buhardillas, adjudicándosele entonces un cuartucho que las freganchinas no habían querido nunca.
«¡Dichosos los pueblos que no tienen historia!» ha dicho un sabio. Sebastián Romagné fue dichoso por espacio de tres meses; pero, al comenzar el verano, empezó a tener historia. Su corazón, largo tiempo invulnerable, fue herido por las flechas del amor. El antiguo aguador entregose, atado de pies y manos, al dios que perdió a Troya. Advirtió, mientras preparaba las legumbres, que la cocinera tenía unos ojillos grises muy bonitos, y unos mofletes rojos muy hermosos. Un suspiro, capaz de echar a rodar las mesas, fue la primera manifestación de su mal. Quiso explicarse, pero ahogó la emoción en su garganta las palabras. Apenas si, en su excesiva timidez, se atrevió a aprisionar a su Dulcinea por el talle, y a besarle los labios con pasión.
Esto bastó, sin embargo, para que lo comprendieran. Era la cocinera una persona capaz, que le llevaba a él siete u ocho años, y ya bastante ducha en las lides del amor.
—Ya me hago cargo—le dijo ella;—deseáis casaros conmigo. Perfectamente, amigo mío; podremos entendernos si traéis algo por delante.
Él respondió ingenuamente que traía por delante todo lo que puede exigirse a un hombre, es decir: dos brazos vigorosos y acostumbrados al trabajo. La señorita Juanita riósele en sus barbas y habló con más claridad; el a su vez soltó la carcajada, y le dijo, con la más amable confianza:
—¿Pero es dinero lo que deseáis? Deberíais haberlo dicho desde luego. ¡Tengo más dinero que peso! ¿Cuánto deseáis? Fijad vos misma la suma. ¿Os contentaríais, por ejemplo, con la mitad de la fortuna del señor L'Ambert?
—¿La mitad de la fortuna del amo?
—Ciertamente. Me lo ha dicho más de cien veces. Yo poseo la mitad de su fortuna; pero no hemos repartido el dinero todavía: me tiene guardada mi parte.
—¡Qué gran majadería!
—¿Majadería? Esperad, que ahora entra él. Voy a pedirle mi cuenta y os traeré a la cocina todo mi capital.
¡Pobre inocente! sólo obtuvo de su amo una buena lección de gramática parda. M. L'Ambert le enseñó que prometer y dar no son palabras sinónimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los méritos y peligros de la figura llamada hipérbole; y le dijo, por último, con, tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admitía réplica:
—Romagné, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer más todavía al alejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os halláis en él en calidad de dueño; quiero llevar mi bondad hasta el extremo de admitir que estéis en él como un ayuda de cámara; en fin, me parece que os haría un gran perjuicio manteniéndoos en una situación mal definida que pervertiría vuestros hábitos y falsearía vuestro espíritu. Llevando un año más esa vida parasitaria y ociosa, perderíais por completo el amor al trabajo. Os convertiríais en un vago, y los vagos, permitidme que os lo diga, son el azote de nuestra época. Poneos la mano sobre vuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. ¡Pobre Romagné! ¿No habéis echado de menos muchas veces el título de obrero, que es vuestro más noble blasón? Porque vos sois de aquellos seres que la Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente; pertenecéis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya como otras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yo garantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestas necesidades. Yo saldré a los gastos de la primera instalación; yo os procuraré trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen los medios de existencia, acudid a mí en seguida, que siempre os acogeré con afecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con mi cocinera, porque no debéis enlazar vuestra suerte a la de una simple criada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.
El infeliz lloró copiosamente y se deshizo en protestas de sincero agradecimiento. Debo decir, en descargo de M. L'Ambert, que hizo las cosas con bastante generosidad. Vistió de pies a cabeza a Romagné, amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dio quinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontraba trabajo. Aún no habían transcurrido ocho días, cuando le hizo entrar, como peón de albañil, en una fábrica de espejos de la calle de Sèvres.
Transcurrió mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz del notario sufriese la menor novedad digna de especial mención. Pero un día en que nuestro funcionario descifraba, en compañía de su oficial mayor, los pergaminos de una noble y rica familia, rompiéronsele por la mitad las gafas, y cayeron sobre la mesa.
Este pequeño accidente no le causó grandes molestias. Púsose provisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar el armazón de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su óptico, M. Luna, apresurose a pedirle mil perdones, enviándole unas gafas nuevas, que se rompieron también por igual sitio antes de transcurrir veinticuatro horas.
Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otras nuevas, y les ocurrió en seguida otro tanto. El óptico no sabía ya cómo excusarse. En el fondo de su alma, hallábase persuadido de que M. L'Ambert tenía la culpa de todo.
—Este señor no es razonable—decía a su mujer, mostrándole los estragos de los cuatro últimos días;—usa gafas del número 4, que son forzosamente muy pesadas; quiere por coquetería una montura muy liviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran de hierro forjado. Si le hago la menor observación se enfadará; lo mejor será que le envíe otras nuevas con la montura más recia, sin decirle una palabra.
La señora de Luna encontró la idea excelente; pero las quintas gafas corrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M. L'Ambert montó en cólera, a pesar de no habérsele hecho ninguna observación, y mandó a buscar otras gafas a un establecimiento rival.
Pero hubiérase dicho que todos los ópticos de París se habían puesto de acuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobre millonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras. Y lo más maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero, que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, manteníanse vigorosos y firmes.
Ya sabéis que la paciencia no era la virtud favorita de M. Alfredo L'Ambert. Hallábase un día furioso, pateando sobre unas gafas, haciéndolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita del doctor Bernier.
—¡Demontre! llegáis a tiempo—exclamó el notario, colérico.—¡Estoy, por lo visto, hechizado! ¡el diablo ha tomado posesión de mi persona!
Las miradas del doctor fijáronse en seguida en la nariz de su cliente; pero encontrándola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como una rosa.
—Me parece—observó,—que marcha todo muy bien.
—De salud, sí, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafas endiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.
Y refirió al doctor toda la historia.
Este se quedó pensativo, y dijo al cabo de un rato:
—El auvernés anda por medio. ¿Tenéis aquí alguna de las monturas rotas?
—Debajo de mis pies tengo la última.
Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareció que el oro estaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.
—¡Diablo!—exclamó.—¿Habrá hecho Romagné alguna calaverada?
—¿Qué calaveradas queréis que haya hecho?
—¿Le tenéis todavía en vuestra casa?
—No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.
—Espero, sin embargo, que esta vez habréis conservado sus señas.
—Sin duda. ¿Queréis verle?
—Cuanto antes.
—¿Hay algún peligro tal vez? ¡Yo me hallo perfectamente!
—Vamos, por lo pronto, a casa de Romagné.
Un cuarto de hora después nuestros dos personajes descendían a la puerta de los señores Taillade y Compañía, en la calle de Sèvres. Una amplia muestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente el género de industria a que se dedicaba la casa.
—Henos aquí—dijo el notario.
—¡Cómo! ¿está empleado el auvernés en este establecimiento?
—Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocación.
—Vamos, el mal no es tan grande como llegué a suponer. Pero, de todas maneras, habéis cometido una imprudencia imperdonable.
—¿Qué queréis decir?
—Entremos.
La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue al auvernés, en mangas de camisa, los puños arremangados, azogando la luna de un espejo.
—¡Hola!—exclamó el doctor,—lo que yo había previsto.
—¿Pero qué?
—Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo una hoja de estaño, ¿comprendéis?
—Todavía no.
—Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta los codos; ¿qué digo? hasta las axilas.
—Mas no veo la relación...
—¿No veis que, siendo vuestra nariz una fracción de su brazo, y poseyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio, jamás podréis evitar que se os rompan vuestras gafas?
—¡Demontre!
—Tenéis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.
—Me es lo mismo.
—En ese caso, no corréis peligro alguno, salvo, quizás, algunos accidentes mercuriales.
—¡Ah, no! Prefiero que Romagné trabaje en otra cosa. ¡Ven, Romagné! Deja lo que estás haciendo y vente con nosotros al instante. ¿Quieres acabar de una vez, pedazo de zopenco? ¿No sabes a lo que me expones?
Habiendo acudido el dueño del taller al escuchar el rumor de la conversación, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, y recordó que él había recomendado a aquel hombre por mediación de su tapicero. M. Taillade respondió que lo recordaba muy bien, y explicole que, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia, había promovido al auvernés de peón de albañil a azogador.
—¿Hace quince días de eso?—preguntole el notario.
—Sí, señor, ¿lo sabíais ya?
—¡Demasiado, por desgracia! ¡Ah, señor! ¿cómo puede jugarse con cosas tan sagradas?
-¿Yo...?
—No, nada. Pero por mí, por vos, por la sociedad toda entera, ponedle nuevamente a trabajar de albañil; pero no, mejor será que me lo devolváis; me lo llevaré conmigo. Pagaré lo que sea necesario, pero el tiempo apremia. ¡Prescripción facultativa!... Romagné, amigo mío, es preciso que me sigáis. Habéis hecho vuestra fortuna; ¡cuanto tengo os pertenece!... ¡No! pero venid de todos modos; ¡os juro que no quedaréis descontento de mí!
Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevóselo como arrebata el ave de rapiña a su presa. M. Taillade y sus obreros tomáronle por un loco. El bueno de Romagné levantaba los ojos al cielo, y se preguntaba qué querrían de él otra vez.