II

Por el tranquilo Océano pasó la armada el 18 de diciembre, entre la isla de Juan Fernández y la costa de Chile. «La navegación—dice Antonio de Herrera—, ya era muy penosa por falta de víveres: comían por onzas, bebían agua hedionda y guisaban el arroz con agua salada». El 24 de enero hallaron la isla deSan Pablo, y el 1.° de febrero, otra, que recibió el nombre de la isla de losTiburones, por los muchos que había en ella. También denominaronDesventuradasa las dos, por no haber encontrado mantenimiento alguno con que atenuar las angustias del hambre.

El 1.° de marzo llegó la flota a lasMarianas, que fueron llamadasislas de las velas latinas e islas de los ladrones. El 16 fondearon en la deCeluán, del archipiélago filipino. El cacique deMazaguá, con quien se entendieron por medio de un esclavo de Magallanes, natural de Malaca, les regaló cuatro puercos, tres cabras yarroz, y les comunicó que a veinte leguas de allí había un gran rey, pariente suyo, que les daría cuanto quisieran. El señor deMazaguáy algunos indios les acompañaron hasta la isla deCebúy la villa del mismo nombre, donde residía tan poderoso monarca, que hizo inmediatamente proposiciones de paz a Magallanes, de tanto mejor gana aceptadas, cuanto que no tardaron en seguirlas inmensas cantidades de víveres, con los que los expedicionarios reformaron notablemente, en pocos días, sus quebrantadísimos organismos. ¡Puercos, cabras, arroz, cocos, mijos, diversidad de frutas! Les parecía mentira a los famélicos navegantes tanta abundancia, y dispararon la artillería en demostración de contento.

Los alborozados nautas construyeron, con las velas de los buques y con ramas de árboles, un altar, donde se dijo misa, a la que asistieron el rey de Cebú y muchísimos súbditos suyos. A continuación de la misa, a Magallanes y a otras personas de la flota se les obsequió conuna comida, en la que abundaron las aves asadas, el pan frito, que los indios llamabansagú, y el vino de palmas.

El capitán general había regalado al rey de Cebú una gorra de grana, un traje de seda morada y amarilla y algunos objetos de vidrio, y a un sobrino suyo, que era el heredero de la corona, una taza de vidrio, un paño de Holanda y una gorra; pero lo que más afirmó la amistad entre aquellos soberanos y Magallanes fué el haber curado éste a un nieto del rey que se encontraba enfermo, sin poderse mover hacía más de dos años. Con este motivo recibieron el bautismo la real familia y más de ochocientos indios, habiéndose puesto al monarca, cuyo nombre era Hamabar, el de Carlos; a la reina, el de Juana; al príncipe heredero, el de Fernando, y a una princesa, el de Catalina.

Hamabar envió mensajeros a los reyes de varias islas próximas para que vinieran a reconocerse vasallos del emperador Carlos V. Algunos vinieron, al efecto, a Cebú, pero Cilapulapo, señor de la isla deMaután, respondió altivamente que no podía ni quería obedecer a quien le era desconocido, y que no estaba dispuesto a recibir órdenes de Hamabar; mas que, para que no se le tuviera por inhumano, se complacía en enviarles a los extranjeros unas cabras y unos puercos que habían mandado a pedirle.

Magallanes se dispuso a hacerle la guerra a Cilapulapo para obligarle a aceptar por las armas lo que rechazaba por diplomáticas negociaciones. Hamabar procuró disuadirle de lo temerario de la determinación, diciéndole que el señor deMautánera poderosísimo. Tampoco aprobó Juan Serrano los belicosos proyectos del almirante. Insistiendo éste en ellos, el rey de Cebú le ofreció su ayuda, pero le respondió que con sus castellanos tenía de sobra para vencer y castigar a Cilapulapo, y que a lo sumo le aceptaba mil indios para que le sirvieran de guías y para que presenciaran el escarmiento que había de infligirle.

Con sesenta hombres, en tres bateles, y mil cebutines, en treinta barcas, se dirigió aMaután. Cilapulapo salió a recibirles con tres mil combatientes. El general mandó disparar la artillería creyendo que con ello bastaba para amedrentar, derrotar y poner en fuga a los contrarios. Pronto comprendió que serían inútiles sus esfuerzos contra aquellos indios, que oyeron los disparos con serenidad maravillosa. Y se hubiera vuelto atrás si tales pensamientos cupieran en ánimos tan heroicos como el del insigne portugués.

Los mautanenses acabaron con unos cuantos cebutines y con ocho españoles e hirieron a más de veinte, a casi todos ellos con flechas envenenadas. A Magallanes le dieron un cañazo en el rostro, varios golpes con lanzas y piedras y un saetazo venenoso, y estando ya en el suelo, una lanzada que lo atravesó de parte a parte.

Los nuestros procuraron recobrar su cadáver, pero los mautanenses se negaron a dárseloy aun a vendérselo, queriendo conservarlo como recuerdo de la victoria que habían alcanzado y para advertencia de quienes se propasaran a molestarles.

Así murió el gran Hernando de Magallanes, el 27 de abril de 1521, a los cuarenta y dos años de edad, habiendo tenido la satisfacción de encontrar el estrecho que le había prometido a Carlos V, mas no la de haber llegado a las islas de las especias.

* * *

Magallanes, al ofrecerse al emperador, era ya un experimentado marino y un cosmógrafo inteligentísimo. En la concepción de sus ideas relativas al estrecho, en la claridad de ellas y en la seguridad que tuvo siempre de que había de encontrarlo, parece ser que influyó Martín Behaim, discípulo de Regiomontano y miembro que fué de una junta que Don Juan II de Portugal mandó formar para construír un astrolabio, calcular las tablas de la declinaciónsolar y enseñar a los marinos, como dice el historiador lusitano Barros,una maneira de navegar per altura de sol.

En Venecia, en Amberes y en Viena se dedicó Behaim al comercio de pañería; luego vivió veinte años en Lisboa y en la isla de Fayal, habiendo viajado con Diego Cam por las costas del Africa y traído a Europa la malagueta, especia muy buscada que competía con la pimienta. Fué caballero de la Orden de Cristo. En 1492 terminó, hallándose accidentalmente en Nuremberg, en casa de su primo el senador Miguel Behaim, un globo, que deseaba dedicar «a su cara patria antes de partir para el lugar donde tiene su casa, a 700 millas de Alemania», o sea a la isla de Fayal, donde vivía con su mujer Juana de Macedo y con su suegro el caballero Hürter.

En este globo, concluído por Martín Behaim en Nuremberg, fué donde Magallanes debió ver pintado el estrecho cuyo descubrimiento prometió a Carlos V.

Antonio Pigafeta Vicentino, lombardo, que fué en la armada, compuso unDiariode ella y se contó entre los poquísimos que regresaron a España, escribe a este respeto: «El 21 de octubre de 1520 encontramos un estrecho, al cual dimos el nombre de las once mil vírgenes. Sin el saber de nuestro capitán, no se hubiera podido desembocar este estrecho, porque todos creímos que estaba cerrado; pero nuestro capitán se había informado de que debía pasar por un estrecho singularmente oculto, habiéndolo visto en una carta conservada en los archivos del rey de Portugal, y dibujada por un cosmógrafo excelente, Martín de Bohemia».

González Fernández de Oviedo pone en duda, y mejor pudiera decirse que niega, las afirmaciones de Pigafeta, «pues nunca se vido ni oyó scripta ni pintada tal auctoridad, ni hombre chripstiano supo que avía tal estrecho... Pero, o que Magallanes por su buen espíritu, o por aviso de Martín de Bohemia, se atreviessey determinarse a tal empresa, yo le tengo por hombre de mucho loor».

Entre las aseveraciones de Pigafeta y las dudas o negaciones de Oviedo, será por las de aquél por las que habrá que resolverse, no sólo por haber ido en la expedición, sino por su amistad con Magallanes. El Diario lo entregó al emperador y se ha perdido. Envió copias al pontífice Clemente VII y al gran maestre de Rodas Felipe Villiers de Lisle Adam. El conocido es un extracto de estas copias, existente en la biblioteca ambrosiana de Milán y se publicó en París en 1800.

Antonio de Herrera, que fué el historiador que tuvo a su disposición más documentos acerca de éste y de otros múltiples asuntos, reconoce la influencia de Martín Behaim en el descubrimiento magallánico. El célebre autor de laHistoria de las Indias Occidentalesasegura que, al presentarse Magallanes por primera vez en Valladolid al obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca, le enseñó un globo, enel que estaba indicado el itinerario que proyectaba seguir, pero dejando en blanco el lugar correspondiente al estrecho, por temor a que pudiera encomendársele a otra persona el encargo de descubrirlo, y añade Hererra que, cuando el cardenal Jiménez de Cisneros y monseñor de Xebres apretaban con objeciones al ilustre navegante, les contestó que estaba seguro de encontrarlo por haberlo visto «en una carta marina de Martín de Bohemia..., cosmógrafo de gran reputación».

Fuera o no fuera así, hay que tener a Magallanes porhombre de mucho loor.

MuertoMagallanes, fueron elegidos, para general de la flota, Duarte Barbosa, y para capitán de laVictoria, otro portugués, Luis Alfonso.

Habiendo el rey deCebú, después del triunfo de Cilapulapo, invitado a los expedicionarios a un banquete en que los agasajaría lo mejor que pudiera y les entregaría una joya para la Majestad cesárea, Duarte Barbosa se apresuró a responder que acudirían muy placenteros al convite. Juan Serrano no fué del mismo parecer, considerando que estaba fresca la derrota que les había causado el señor de Maután; que era peligroso, en tales circunstancias, abandonar la nave por irse a divertir; que,si tanto interés tenía el rey deCebúen darles un regalo para el emperador, no debía tener inconveniente en subir a bordo a entregarlo. Insistió Barbosa en su resolución, puso en duda el valor de Serrano y éste, para demostrarle que nada le asustaba, fué el primero en dirigirse al banquete.

A la sombra de unas palmeras iba sirviéndoseles la comida. La satisfacción no les dejaba margen para pensar que pudieran ser traicionados. De súbito, cayó sobre ellos un crecido número de cebutines, que a todos les quitaron la vida, menos a Juan Serrano, a quien, por el momento, se la conservaron, por si les servía, como ellos intentaban, de pretexto para quitársela a los que se habían quedado a la mira de las embarcaciones.

Los indios arrojaron al mar los cadáveres de sus víctimas, y a Serrano le llevaron arrastrando, desnudo y maniatado, hasta la playa, obligándole a suplicar a voces a la gente de las naves que le rescataran y a decirles que elrescate consistiría en que dieran por su libertad dos cañones.

Los afligidos nautas, aunque enfermos y débiles casi todos, estuvieron a punto de desembarcar, no para entregarles a tan falsos amigos las piezas de artillería que deseaban, sino para combatirles, vengar el asesinato de los compañeros y libertar por la fuerza a Serrano; pero se dieron cuenta de su situación y de la imposibilidad de vencer a tantísimos adversarios; comprendieron que lo que éstos se proponían con la estratagema del rescate era prenderlos y matarlos como a los demás, y, dominados por la prudencia, levantaron anclas y se marcharon de aquella tierra, dejando al capitán de laConcepciónen poder de los indios.

¿Sería Hamabar amigo de nuestros navegantes por creerlos invencibles, y brotarían en él sentimientos de deslealtad al ver que Cilapulapo los había derrotado? Quizá influyeran estas pérfidas consideraciones en el ánimo del rey deCebú. Lo más verosímil es que le decidiera a pasar de la amistad al engaño y al crimen el esclavo de Magallanes. Herido dicho esclavo en una pierna en la batalla en que pereció su señor, se acostó durante largo rato fingiendo que la herida era grave. Barbosa le mandó que se levantara, le llamó perro y le dijo que no se hiciese la ilusión de que la muerte de su amo había de significar para él la libertad, a cuyas reprensiones ninguna objeción opuso y se levantó; mas, queriendo cobrarse de ellas y a la vez quedar libre, le habló a Hamabar en contra de los expedicionarios, asegurándole que eran unos codiciosos y unos crueles; que la palabra de amigos que le habían dado era insincera, y que lo que buscaban era someter y maltratar, con su ayuda, a los mautanenses para hacer otro tanto con los cebutines y con los de las islas próximas. Hamabar creyó cuanto quiso contarle, y concibió y se propuso llevar inmediatamente a la práctica, puesto de acuerdo con los reyes circunvecinos, la idea del sanguinario convite.

Los historiadores disienten en cuanto a que el esclavo de Magallanes fuera el causante de la matanza. Lo afirman Pigafeta, Maximiliano Transilvano, Oviedo y Gomara. Para Herrera, el crimen se cometió «a instancia de los otros cuatro reyes, que le habían amenazado (al deCebú) que si no mataba a los castellanos y le tomaba las naves destruirían su tierra y le matarían». Barros, en susDécadas, lo atribuye a que «los reyes enemigos convinieron en hacer paz entre sí con tal que el rey de Cebú trabajase por matar» a los de las naves. Ahora bien; Juan Sebastián Elcano declara que huyeron de aquella isla porque les mataron veintitrés hombres por una traición que hizo un esclavo de Magallanes... «e que la causa porque el esclavo hizo la traición fué porque Duarte Barbosa le llamó perro».

Entre las víctimas se contaron Duarte Barbosa, Juan Serrano y Luis Alfonso. A Serrano lo asesinaron cuando se volvieron a la ciudad los indios que le habían llevado a la playa parahacer con él la comedia de que ofrecían su rescate a los que se habían quedado en los buques.

El 1.° de mayo partieron deCebúlaTrinidad, laConcepcióny laVictoria, y habiendo navegado diez leguas llegaron a la isla deBohol, donde, por ser el personal que les quedaba muy escaso para los servicios de toda la flota, resolvieron quemar laConcepción, que era la más vieja de las tres naves.

Nombraron general a Juan Caraballo y capitán de laVictoriaa Gonzalo Gómez de Espinosa, y desdeBoholse dirigieron aQuepindo, isla de la costa deMindanao. Por no encontrar allí arroz, que era lo que más necesitaban, fueron a la deParaguá, y en el pueblo deSaocao, habitado por moros, y en otro habitado por cafres, se hicieron con arroz, gallinas, puercos y cabras, a cambio de tijeras, cuchillos, lienzos, cuentas de vidrio y otros artículos por el estilo.

DesdeParaguáse encaminó la expedición aBorneo.

El 9 de junio se les acercaron tres fustas, cuyas proas eran doradas y de figura de cabezas de sierpes. En una de las fustas venía, con acompañamiento de estruendosas músicas, un anciano, secretario de Siripada, rey de la isla. El importante personaje y algunos mozos entraron en la capitana, abrazaron a Caraballo y le preguntaron quiénes eran, de dónde venían y qué buscaban. El les contestó que eran súbditos del emperador Carlos V y que el objeto de sus viajes era trocar sus mercancías por las de aquellos países. Y les dió, para el soberano deBorneo, una camisa de terciopelo carmesí y una silla guarnecida de terciopelo azul.

Siripada le mandó a decir al general que le estimaría le enviase dos hombres, pues tenía mucho interés en conocerlos, y Caraballo le envió ocho, uno de ellos Gonzalo Gómez de Espinosa.

Salieron a recibirles 3.000 guerreros vestidos con trajes de seda, armados de arcos, flechas, cerbatanas y alfanjes y provistos de corazas de conchas de tortuga.

Los ocho de la flota llevaban para el rey una ropa de terciopelo verde, una gorra de grana, cinco varas de paño colorado, una copa de vidrio, una escribanía y cinco manos de papel, y para la reina, una copa de vidrio llena de agujas, tres varas de paño amarillo, y otros obsequios. Al día siguiente estuvieron en Palacio, cuya riqueza les admiró y avergonzó. A Siripada, que los vió desde una reja, le dijeron que querían paz, pan y contratación. El monarca se mostró maravillado de la larga navegación que habían hecho y ordenó que fueran atendidos y servidos cumplidamente.

Los visitantes, que habían pasado hambres muy dolorosas, comieron y bebieron hasta no querer más. Les dieron al mediodía doce platos, y para postre, variedad de frutas, y por la noche, treinta platos lo menos y otros tantos vasitos de vino de arroz. Hubo en estos banquetes carne asada, capones y otras aves, muy buena pesca y pasteles.

Lo que sobre todo les agradó a los convidados fueron las noticias que allí les suministraron de la situación y la distancia de lasMolucas.

Transcurridos algunos días, cinco individuos de la flota fueron a la ciudad a comprar brea, y contra lo que pudiera esperarse a continuación de tantos festines, no se los dejó volver, por lo que el resto de nuestra gente combatió y apresó una canoa, en la que iba un hijo del rey deLuzóncon cinco mujeres, un niño de dos meses y cinco hombres. El general los puso en libertad mediante rehenes para que el príncipe luzonés procurase hasta lograrla la devolución de los castellanos.

No fueron reintegrados mas que dos, y como habían huído de laVictoriaotros dos, fueron cinco las bajas sufridas enBorneopor los expedicionarios.

Estos salen de allí el 5 de agosto, y el 15 cae en su poder una canoa, en la que había 30.000 cocos. Luego están treinta y siete días reparando los buques.

Antes de hacerse a la mar destituyen al capitán mayor, y, por unanimidad, eligen para substituírle a Gonzalo Gómez de Espinosa, y por capitán de laVictoria, a Juan Sebastián Elcano. La remoción de Caraballo obedeció a las antipatías que se había conquistado, pues no se sujetaba a las cédulas reales ni atendía los consejos de nadie, reconociendo como única ley su capricho.

Tras una navegación muy rica en incidentes y trabajos, llegó la pequeña armada el 8 de noviembre a una de las islasMolucas, a la deTidor, cuyo rey fué el día 9 a darles la bienvenida a nuestros compatriotas. «Ahora se cumplen—les dijo—dos años que yo conocí por el curso de las estrellas que vosotros érades enviados de un gran rey a buscar esta nuestra tierra, por la cual cosa vuestra venida me ha seydo más cara e graçiosa, pues que por las estrellas tanto tiempo antes me fué anunçiada. E çabiendo que no acaesçe jamás alguna cosa destas sin que primero no sea de la voluntadde los dioses o de las estrellas ordenado, no seré tal con vosotros que quiera contrastar la voluntad de los cielos, sino, con buen ánimo y voluntad, de aquí adelante, dexando aparte el nombre real, pensaré que soy como un gobernador de aquesta isla en nombre de vuestro rey.»

Almanzor, que así se llamaba aquel monarca, iba descalzo, y su indumentaria consistía en una camisa labrada de oro, un pañuelo blanco ceñido hasta el suelo y un velo de seda en forma de mitra. Al entrar en la capitanía se tapó las narices para evitar, como musulmán que era, el olor del tocino. Los castellanos le regalaron una silla de terciopelo carmesí, una ropa de terciopelo amarillo, un sayón de tela falsa de oro, cuatro varas de escarlata, un pedazo de damasco, otro de lienzo, un paño de manos labrado de seda y oro, dos copas y seis sartales de vidrio, tres espejos, doce cuchillos, seis tijeras y seis peines.

Almanzor les autorizó para matar a quienesles molestasen, y hombre de curiosidad voracísima, examinó el estandarte imperial, un retrato de Carlos V, la moneda y un peso.

Muy pronto se cambiaron entre él y Gonzalo Gómez de Espinosa juramentos de paz y contratación. Aquel sería amigo de España y le facilitaría especias por paños, lienzos y sedas.

En diciembre reconocieron la soberanía del emperador, Corala, señor deTerrenate, Luzuf, rey deGilolo, y los deMaquiányBachián. Eran muy afamados por su lujuria y por su prole. Corala tenía cuatrocientas mujeres «gentiles en ley y en persona» y cien jorobadas para que las sirvieran de pajes. De Luzuf se cuenta que era padre de seiscientos hijos. Veintiséis tenía Almanzor, y doscientas mujeres. «En cenando—dice Gomara—mandaba ir a la cama a la que quería... Era celosísimo, o lo hacía por mor de los españoles, que luego miran y sospiran, y hacen del enamorado.»

El rey deTidorles encareció a los castellanos que le suplicasen de su parte a Carlos V el envío de muchas fuerzas, para vengarse del cacique deBurú, que había muerto a su padre y arrojado su cadáver al mar, y para que enseñasen a los tidoreses nuestra religión y nuestras costumbres, y les dió para el emperador papagayos rojos y blancos, miel y varios indios.

Tidor,Terrenate,Maquián,Bachíany otras islas abundaban en clavo, nuez moscada, canela y jengibre. El cinamomo o árbol de la canela se parece al granado; el del clavo, al laurel por la hoja, y al olivo por la corteza; el de las nueces moscadas al nogal español, y la hierba del jengibre a la del azafrán.

Había en lasMolucasunas aves llamadasmanucodiatas. Francisco López de Gomara, en la primera parte de suHispania Victrix, las describe así: «Son de mucho menor carne que cuerpo muestran; tienen las piernas largas un palmo; la cabeza chica; más luengo el pico; la pluma de color lindísimo; no tienen alas. Jamás tocan en tierra, sino muertas, y nunca se corrompen ni pudren. No saben dónde crían, ni qué comen, y algunos piensan que anidan en paraíso. Los españoles las traen por plumajes, y los malucos, contra heridas y asechanzas». Análoga descripción de estas aves hace Antonio de Herrera; pero todas no debían ser lo mismo. Don Martín Fernández de Navarrete vió, en 1831, dos manucodiatas traídas de Manila y originarias deTerrenate, que tenían alas.

Habiéndose despedido los nuestros de Almanzor y disponiéndose para la vuelta a España, observaron que laTrinidadhacía agua de tal modo que les sería imposible navegar con aquel buque sin antes someterlo a importantísimas reparaciones. Ocho días estuvieron trabajando en arreglarlo, y como no lo podían conseguir lo menos en tres meses, acordaron que laVictoriaregresara por el cabo de Buena Esperanza, y que laTrinidad, una vez carenada, marchase a Panamá y descargase lasmercancías, que serían transportadas desde el Pacífico al Atlántico.

El 21 de diciembre de 1521, laVictoria, mandada por Juan Sebastián Elcano, salió deTidorcon sesenta hombres, entre ellos trece indios, y fué aMare, donde se proveyó de leña, y después aLatalata,Lumutolay otras islas. A mediados de enero de 1522 llegaron a la deMahía, abundante en pimienta larga y redonda. DesdeMahíaarribaron a la deTimor, pobladísima y rica en oro, jengibre y sándalo. Allí riñeron algunos de los nuestros, y se escaparon Martín de Ayamonte, grumete, y Bartolomé de Saldaña, paje que había sido de Luis de Mendoza. Los demás, luego de haberse provisto de sándalo blanco y canela, emprendieron la marcha con dirección al cabo de Buena Esperanza.

El 18 de marzo divisaron una isla muy alta, que parecía no tener habitantes ni arbolado. Desde ella—la de Amsterdan—, continúan hacia dicho cabo, a cincuenta y siete leguas delcual creen hallarse el 7 de mayo. El 9 se aproximan a la costa, y el 10 buscan, en vano, un punto donde poder adquirir subsistencias. Iban enfermos casi todos los navegantes. Hubo quienes opinaron que debían irse aMozambique, respondiendo otros que preferían morir a retrasar la vuelta a España. El 16 sufrió el buque considerables desperfectos, y el 18, a pocas leguas del cabo de Buena Esperanza, le obligaron a retroceder la furia del viento y de las corrientes.

Del 7 al 8 de junio cortan la equinoccial.

El 1.° de junio se hallan a doce leguas deCabo Verde, y el 9 llegan a la isla deSantiago. «Surgimos—dice Albo en suDiario—en el puerto deRío Grande, y nos recibieron muy bien, y nos dieron mantenimientos cuantos quisimos, y este día fué miércoles, y este día tienen ellos por jueves, y asícreo que nosotros íbamos errados en un día».

Pedro Mártir de Angleria habla irónicamente deldía perdido, que tuvo inquietos por mucho tiempo a los compañeros de Elcano, al darse cuenta, con espanto, según Herrera, de que en el viaje alrededor del mundo habían celebrado las Pascuas en lunes y comido carne en viernes. Pigafeta, en suPrimo viaggio intorno al globo, nos informa de su sorpresa ante la pérdida de dicho día, porque ni uno sólo había dejado de apuntar durante la navegación. «Posteriormente advertimos—añade el cosmógrafo lombardo—, que no había ningún error y que viajando siempre a occidente y siguiendo el camino del sol, al volver al mismo sitio debíamos haber ganado veinticuatro horas». A juicio de Gomara «trascordáronse o no contaron el bisiesto».

EnRío Grande, como laVictoriahacía mucha agua y eran muy pocos los marineros que quedaban, los navegantes acuerdan comprar negros para darle a la bomba y pagarlos con clavo, puesto que carecían de moneda. Así lo hacen, sin dificultades, el día 13. Para adquirir arroz, el 14 envían un batel, que vuelve a laspocas horas. Nuevamente lo envían por más arroz, y no vuelve, aunque lo esperan hasta el día 15. Los del buque se aproximan al puerto, para enterarse de lo ocurrido. Una barca les insta a que se rindan. Nuestra gente reclama el batel y los individuos que en él han ido. Los de la barca replican que se lo comunicarán a los señores de la isla. Mientras van a comunicárselo, laVictorialevanta anclas y deja abandonados en la isla deSantiagoel batel y doce hombres, para librarse el resto, ya escasísimo, de los expedicionarios, de que también los prenda el gobernador deCabo Verde. Los portugueses tenían prohibido, bajo duras penas, a los extranjeros comerciar con especiaría.

Los doce apresados fueron Martín Méndez, contador de la nave, Pedro Tolosa, despensero; Ricarte de Normandía, carpintero; Roldán de Argote, lombardero; Juan Martín y Simón de Burgos, sobresalientes; Felipe de Rodas, Gómez Hernández y Socacio Alonso, marineros; Pedro Chindurza, grumete; Vasquito Gallego, paje, y maestre Pedro, que había ido como lombardero en laConcepcióncon Gaspar de Mendoza. DesdeCabo Verdese los llevó a la carcel de Lisboa, de donde los mandó sacar al poco tiempo el rey Don Juan II.

El 15 de agosto pasó Elcano entre las islas delFayaly deFlores; el 4 de septiembre divisó el cabo deSan Vicente, y el 6 llegó a Sanlúcar de Barrameda, a los tres años menos catorce días de haber salido de aquel puerto y al año y cuatro meses desde que partieron deTidor. Por la cuenta de Juan Sebastián, habían navegado catorce mil leguas, y por la de Pigafeta, catorce mil cuatrocientas sesenta.

«Fué el camino que esta nao hizo la mayor y más nueva cosa que, desde que Dios crió el primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo, se ha visto, y no se ha oydo ni escripto cosa más de notar».

El 10 de septiembre se procedió a la descarga de laVictoria, que traía trescientos ochenta y un costales de clavo, cuyo peso ascendió aquinientos veinticuatro quintales y veintiuna libras y media. En cajas, sacos y costalillos vinieron muestras de otras especias, como canela y nuez moscada. Varias partidas de clavo, pertenecientes a los oficiales y marineros, pesaron veintiocho quintales, una arroba y diez libras. La canela pesó tres libras y media, y veintiocho un palo de sándalo. Por cédula expedida en Valladolid el 10 de octubre, se mandó a los oficiales de Sevilla que guardasen las muestras de droguerías y especierías traídas por Elcano. Y a los siete días se dió una nueva cédula para que fueran entregados a Cristóbal de Haro, factor de la Casa de la Contratación, cuantos artículos y objetos correspondientes a la Corona hubieran venido en el buque.

De los doscientos treinta y siete individuos que fueron en 1519 en la Armada, he aquí los nombres de los diez y ocho que regresaron a España en 1522: Juan Sebastián Elcano, capitán; Francisco Albo, piloto; Miguel Rodas,maestre; Juan de Acurio, contramaestre; Martín de Indícibus, marino; Hernando de Bustamante, barbero; Aires, condestable; Antón Hernández Colmenero, Diego Gallego, Nicolás de Nápoles, Miguel Sánchez de Rodas, Francisco Rodríguez de Huelva, marineros; Juan de Arratia, Juan de Santander y Vasco Gómez Gallego, grumetes; Juan de Zubileta, paje, y Antonio Lombardo, sobresaliente.

De «hombre intrépido, cuyo nombre no debe ser olvidado, y a quien ni la antigüedad ni la Edad Media pueden oponer rival alguno», califica Antonio de Herrera a Juan Sebastián Elcano. A parecida calificación son acreedores los diez y siete que con él volvieron en laVictoria.

De los trece indios que habían sacado de lasMolucaspara enseñárselos al emperador, tan sólo uno desembarcó aquí vivo. Los demás fallecieron en la travesía.

Los viejos historiadores de estos extraordinarios sucesos tuvieron plena conciencia de lagrandeza y la importancia de la expedición. No puede haber quién no las reconozca; mas la lectura de estas hazañas nunca podrá causar entusiasmos tan hondos y vivos como los experimentados por quienes tuvieron la suerte de oír relatarlas a los hombres que las realizaron.

Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, habló, apenas regresada laVictoria, a España, con su ínclito capitán y con su gente, y a base de estas conversaciones escribió la narración que dirigiera al obispo de Cartagena. «Procuré, con mucha diligencia, de saber y me informar de la verdad de todo ello, ansí del capitán de la nao que ahora volvió como de los otros compañeros que en su compañía vinieron».

Gonzalo Fernández de Oviedo trató al jefe de la gloriosísima nave, y así lo hace constar en el libroXX, capítuloIII, de suHistoria Natural y General de las Indias: «Juan Sebastián del Cano... volvió con la nao Victoria a España, al cual yo hablé y comuniqué mucho, en lacorte de César, el año mill e quinientos y veynte y cuatro».

Los panegíricos de Oviedo, Gomara y Herrera y los de los historiadores modernos a la nave de Juan Sebastián y a sus heroicos navegantes repiten o amplifican este bellísimo elogio que Transilvano hizo de ellos: «Son, por cierto, estos diez y ocho marineros, que con esta nao aportaron a Sevilla, más dignos de ser puestos en inmortal memoria que aquellos argonautas que con Jasón navegaron y fueron a Colchides, de quien los antiguos poetas hacen tanta celebridad. E mucha más digna cosa es, por cierto, que esta nuestra nao sea colocada y ensalzada entre las estrellas que la en que navegó aquel griego, pues que aquella navegó desde Grecia solamente por el mar del Ponto, y ésta partiendo de Sevilla contra el mediodía y dando allí vuelta contra el occidente y pasando por deyuso deste nuestro hemisferio, penetró hasta las partes orientales, desde las cuales, tomando contra el occidente, dando la vueltacon diversas reflexiones a todo el globo e orbe de la tierra e agua, volvió a Sevilla, de donde primero había partido».

* * *

LaTrinidad, ya recompuesta, salió de Tidor el 6 de abril de 1522, con cincuenta individuos y nuevecientos quintales de clavo, y llegó, tras una navegación de cuarenta leguas, a la isla deMorotay, donde los expedicionarios fueron muy bien recibidos e hicieron transacciones.

Yendo hacia el norte, arriban a una de las islasMarianas, en la que la nave sufre grandes destrozos y se mueren varios tripulantes de mal de lombrices.

A últimos de agosto surgen en la isla deMao, próxima a la parte septentrional de las de losLadrones, y distantes trescientas leguas de lasMolucas.

Encontrándose en la costa deZamafo, supieron, por la gente de un barco, que a losquince días de haber salido deTidorlaTrinidad, habían llegado aTerrenateportugueses, mandados por Antonio de Brito, y habían construído una fortaleza.

Gonzalo Gómez de Espinosa envió en aquel barco al escribano Bartolomé Sánchez, con una carta para Brito, comunicándole que laTrinidadestaba a punto de perderse, y muchos de la dotación iban enfermos, y suplicándole auxilios con los que poder retornar aTidor. El escribano no volvió. Como se temió en un principio, y se confirmó más adelante, le habían detenido.

En el puerto deBenacorora, Simón Abreo, Duarte Raga y los capitanes Gaspar Gallo y García Manrique se presentaron a Gómez de Espinosa y le entregaron la respuesta de Brito, en la que le decía que le facilitaba el personal y los auxilios que le había pedido. Sin embargo, no tardaron en apoderarse de los mapas, astrolabios, cuadrantes y derroteros de la nave, y en mandar en ella hasta el puerto deTalangomí, situado entreTerrenateyTidor.

Espinosa protestó contra las violencias de que él y los suyos eran objeto por parte de los lusitanos, en un país que correspondía a Carlos V; a lo que le contestaron que obraban de conformidad con las instrucciones de su rey. Y despreciando las protestas, pidieron el estandarte imperial y procedieron a la descarga del buque. Al exigir Espinosa testimonio de lo que contenía, se le amenazó con que, de insistir en reclamarlo, se lo habían de dar colgándole de una antena.

Cuando laTrinidadsalió deTidor, habían quedado allí, con la hacienda del César, Juan Campos, Alonso Genovés y Diego Arias, y ahora Espinosa los encontró enTerrenate, con hierros, en la fortaleza de los lusitanos, que les habían quitado las mercancías que destinaban para las contrataciones.

Ventiuno eran los hombres de este navio al volver aTerrenate. Todos fueron presos. A los cuatro meses, Brito les consintió pasar a la India, exceptuando, por serle necesarios, al carpintero maestre Antonio y al calafateador Antonio Besanabal.

A los demás los envió aBanda, isla abundantísima en nuez moscada. DeBandafueron conducidos aJavay a la ciudad deAgrazué, habitada por treinta mil moros y muy comercial. Desde aquella animadísima urbe los llevaron aMalaca, punto de confluencia de los buques de los territorios cercanos al estrecho deMecay los de los reinos delPeguí,Chazamán,CambayayBengala.

EnMalacamurieron cuatro españoles, y se quedó el grumete de laTrinidad, Antonio Moreno, esclavo de una hermana de Jorge de Alburquerque, capitán de la isla.

El resto de nuestros compatriotas llegó, al cabo de una marcha de cuatrocientas leguas, aCeilány aCoohín, donde permanecieron diez meses sin lograr autorización para volver a España; por lo que el marinero León Pancaldo y el maestre Bautista Poncero se escaparon en una nave, que los llevó aMozambique. Habiendo sido presos, Poncero murió, y Pancaldo se escapó otra vez y pudo arribar a Lisboa. Allí la encerraron enel limonero, como llamaban a la cárcel.

Vasco de Gama, nombrado por entonces virrey de la India, tampoco dió licencia a nuestra gente para embarcarse, y si don Enrique de Meneses, gobernador de Goa y sucesor de Gama, llegó a concedérsela a Espinosa, al lombardero maestre Hans y al marinero Ginés de Mafra, fué al enterarse de que el Rey de Portugal se había casado con una hermana de Carlos V.

En Lisboa, maestre Hans murió enel limonero, y Gonzalo Gómez y Ginés de Mafra estuvieron en la prisión cerca de siete meses.

De los cincuenta individuos que en laTrinidadhabían partido deTidorpara Panamá, solamente cuatro volvieron a España.

* * *

En 1525 se envió a lasMolucasotra expedición, al mando de fray García de Loaysa, natural de Ciudad Real, guerrero sabio y experimentado y comendador de la Orden militar de Rodas.

Componíase la flota de seis naves y un galeón.La Santa María de la Victoriala gobernaría Loaysa; laSancti Spíritus, Juan Sebastián Elcano; laAnunciada, Pedro de Vera; laSan Gabriel, Rodrigo de Acuña; laSanta María del Parral, Jorge Manrique; laSan Lesmes, Francisco de Hoces, y el galeón, llamadoSantiago, el capitán Santiago de Guevara.

Salieron de La Coruña el 24 de julio.

A la entrada del estrecho de Magallanes, en el cabo de lasOnce mil vírgenes, naufragó laSancti Spíritus, ahogándose nueve hombres y salvándose los demás a costa de grandes esfuerzos.

El 30 de julio de 1526, en las inmediaciones del caboPescado, falleció Loaysa, con «mucha tristesa y dolor en los que en aquella nave capitana iban». «Así como fué muerto y con sendos Paternósters y Avemarías por su ánima,que cada uno de los presentes dixo, echado su cuerpo en la mar», abrieron una real orden, en la que se determinaba la sucesión y elección en el mando del general, capitanes y oficiales designados primeramente.

En ese documento, expedido en Toledo a 3 de mayo de 1525, se prescribía: «Y porque podría ser, lo que Dios no quiera, que el dicho capitán general e capitanes e oficiales nuestros, que van en la dicha armada, fallecieren así a la ida como allá y en la vuelta, mando que, en... muriendo o quedando el dicho comendador Loysa en la dicha tierra..., venga por capitán general de la dicha armada Juan Sebastián del Cano, capitán de la segunda nave...»

Así se hizo; pero Juan Sebastián estaba muy enfermo, y el 4 de agosto de 1526 «le llevó Dios, y le hiçieron las mismas obsequias y le dieron la misma sepoltura que se le dió al comendador y le echaron en essa mar.»

* * *

De la extensión y brillantez del imperio de Carlos V, labradas en grandísima parte por nuestros descubridores y conquistadores en América y Oceanía, se han descrito magníficos cuadros en aquella época y en la moderna.

Célebre es por su majestuosidad el de Macaulay en las primeras páginas de su ensayo sobre laGuerra de Sucesión, y muy estimable el de Martín H. Hume, en suHistoria del pueblo español; pero es a Gonzalo Fernández de Oviedo a quien se le deben las expresiones más entusiásticas acerca de la obra realizada por aquellos hombres que ensancharon los dominios de España, los del mundo conocido entonces y los de la civilización universal.

Aunque graves autores han ensalzado desde tiempos antiguos a nuestra nación por sus ingenios, su valor y su esfuerzo, nada tan merecedor de loa como las hazañas de los españoles en las Indias, ya en el ejercicio de las armas en tierra, ya en el Océano, con excesivos e innumerables trabajos, sin temor al cansancio nia los peligros, con no pocas hambres y enfermedades y muy frecuentemente con absoluto desinterés. Ellos encontraron otro hemisferio no menos amplio que Europa, Asia y Africa. Alejandro Magno y sus soldados no dejaron de ver el polo ártico ni cuando más se alejaron de su país. En el antártico ondeó la bandera de Castilla en más reinos y estados que cuantos tuvieron debajo de su cetro cada uno de todos los príncipes habidos desde el principio del mundo hasta Carlos V. Los asirios, los sicionios, los macedonios, los persas, los corintios, los atenienses, los tebanos, los partos, los egipcios, los cartagineses, los romanos y otros señoríos estaban comprendidos en el polo ártico. Los del emperador se extendían por ambos hemisferios, no pudiendo equipararse con tantas proezas y adquisiciones las fabulosas novelas de Jasón y Medea con su vellocino de oro.

Tales son, en resumen, las alabanzas tributadas al Imperio de Carlos V y a quienes maravillosamente lo dilataron, por Fernández deOviedo, que las corona con estas palabras: «Callen los pregoneros de Theseo aquel laberinto y su Minotauro, pues que, sabida la verdad, essas metháporas, reduçidas a historia çierta, son unas burlas y niñerías si se cotejan y traen a comparación de lo que en estas nuestras Indias se ha visto y se ve cada día en nuestro tiempo, y lo han visto mis ojos y otros muchos a quien en esta edad ni en las venideras no podrán en verdad contradeçir envidiosos, enemigos de tan valerosa y experimentada naçión y tan jubilada en virtudes».

Entrelas expediciones hechas en el sigloXVIpara el descubrimiento y la conquista de las islas del Poniente, figuran la de Hernando de Magallanes, la de frey García de Loaysa, la de Alvaro de Saavedra Cerón y la de Ruy López de Villalobos.

El objeto determinado de ésta fueron las Filipinas. El de las demás, las Molucas.

La expedición de Villalobos es como el prólogo de la de Legazpi.

* * *

En 1538 y 1539, el emperador Carlos V facultó a don Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala, para el apresto de una flota de cinco navíos, con destino al descubrimiento y la conquista de las islas del Poniente.

Sin embargo, don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, envió a Francisco Vázquez con una armada a dichas islas.

Con este motivo surgieron escandalosas diferencias entre Alvarado y el virrey.

Por fin, se concertaron respecto a todo lo que se descubriese, tanto por mar como por tierra, dentro de los límites contenidos en las capitulaciones ajustadas entre ambos a 29 de noviembre de 1540, conviniendo en enviar dos flotas, una a las islas, para ver lo que en ellas había, y otra a la costa de Tierra Firme, hasta dar con el fin y el secreto de ellas, la primera compuesta de tres naves y una galera, con 300 hombres, al mando del caballero Ruy López de Villalobos..., «muy experto y plático en las cosas de la mar», y la segunda, de cinco navíos y una fusta, con 300 hombres, a las órdenes del caballero Juan de Alvarado.

Este convenio mereció la aprobación del monarca en 26 de julio de 1541. Poco después murió don Pedro, y se encargó completamente de la empresa don Antonio de Mendoza, que el 18 de septiembre de 1542 le dió a Villalobos intrucciones para el descubrimiento que se le había conferido.

Formóse la flota con las navesSantiago,San Jorge,San Juan de LetránySan Antonio, la galeotaSan Cristóbaly la fustaSan Martín. Iban por maestre de campo, Francisco Merino; por capitanes, Bernardo de la Torre, don Alonso Enrique, Matías de Alvarado, Pedro Ortiz de Pineda y Cristóbal Pareja; por oficiales del rey, García de Escalante Alvarado, como factor; Jorge Nieto, como contador; Onofre de Arévalo, como veedor, y Juan de Estrada, como tesorero; por pilotos, Gaspar Rico, de laSantiago; Alvaro Fernández Tarifeño, de laSan Jorge; Ginés de Mafra, de laSan Juan, y Francisco Ruiz, de laSan Antonio. Los oficiales del virrey eran Martín de Islares, factor; Guido de Lavezaris, contador, y Gonzalo Dávalos, tesorero. La tripulación constaba, según unas relaciones, de 370 hombres, y, según otras, de 400.Embarcáronse cuatro religiosos agustinianos: fray Jerónimo de Sanctisteban, prior, que años adelante escribió un relato del viaje; fray Nicolás de Perea, fray Alonso de Alvarado y fray Sebastián de Reina, y cuatro clérigos: el comendador Laso y los padres Martín, Cosme de Torres y Juan Delgado. Acompañaban a Ruy López de Villalobos los caballeros e hidalgos Iñigo Ortiz de Retes, Bernardino de Vargas, Antonio de Bustos y Francisco Alvarado.

La armada salió del puerto de la Navidad el 1.° de noviembre de 1542. El 6 de enero de 1543 encontraron las islas de losJardines. Cien leguas al oeste de ellas se perdió la galeotaSan Cristóbal. El 20 avistaron una isla pequeña, a la que se llamóMatalotes. El 2 de febrero arribaron a la deMindanao, que, por su gran extensión, fué denominadaCesarea Karoli. «La majestad del nombre—dice Escalante de Alvarado—le cuadraba». Costeando hacia el sur la isla de Mazaguá y apartándose de ella, dieron en la de Sarangani. Los indígenas no les llevaban bastimentos. Y se sembró maíz, pero no nació. Los soldados se disgustaban, y hubieran preferido la muerte en la pelea a tener que morir de hambre. La que allí pasaron llegó a los mayores extremos. Desde Cochin, «de la India del rey de Portugal», le decía fray Jerónimo de Santisteban a don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, en carta de 22 de enero de 1547: «El hambre no sufría espera...; en fin, comimos cuantos perros y gatos y ratas se pudieron haber, y otras malas savandijas y yerbas no conocidas, que todo fué causa de la muerte a muchos y de grandes enfermedades; en especial, comieron muchos de unas lagartijas grandes; son pardas y relucen mucho; muy pocos son vivos de los que las comieron; comiéronse cangrejos de tierra, que algunos estaban locos un día de los que comían, en especial si comían las tripas».

LaSan Cristóballlegó aSaranganial cabo de cinco meses. Sus navegantes fueron recibidos con inmensa alegría, pues se les creía perdidos. Esta alegría aumentó al oírseles decir que en aquel tiempo habían estado en unas islas ricas en víveres y cuyos moradores rescataban con facilidad.

De tal júbilo provino el que se diera a aquellas islas el nombre deFilipinas, como homenaje al príncipe don Felipe.

«En la isla de Ambón—escribe Santisteban—, viniendo de camino, sacó Dios a Rui-López de Villalobos de ruin mundo... Murió de calenturas y muy cano, después de muy seco de pensar y congojar; murió muy pobre y recebidos todos los Sacramentos: de 370 españoles que salimos de esa Nueva España, llegamos a Malaca 117; quedaron en Maluco 30 o pocos más, y presos entre infieles, 12.»

* * *

Muchos años mediaron entre la expedición de Villalobos y la de Legazpi, por los fracasosde algunas flotas enviadas al estrecho de Magallanes, por los grandes gastos que ocasionaban y por el empeño que hubo en comunicar el Atlántico con el Pacífico por el istmo de Panamá, aprovechando el curso del río Chagres.

En 1558, el rey Don Felipe II le manda a don Luis de Velasco, virrey de Méjico, hacer en la mar del sur navíos para el descubrimiento de las islas del Poniente.

En 9 de febrero de 1561 el virrey le da cuenta al monarca de ocuparse en el apresto de la Armada y le recomienda para dirigirla a Miguel López de Legazpi, natural de Zumárraga, provincia de Guipúzcoa, que llevaba veintinueve años en la Nueva España, donde había sido, con general estimación, alcalde ordinario y escribano mayor de Cabildo. «Estaban sus bríos prontos para cualquier empresa, por haber sido hombre de gran valor y esfuerzo, y aun vivían en la blanca nieve de sus venerables canas las centellas de su ardiente juventud, acompañadas de la prudencia y madurez de sus años.»

Don Luis de Velasco fué facultado para ordenar la expedición como mejor le pareciese.

Se retrasó el apresto de las naves hasta el extremo de mediar una carta apremiante del rey, fechada a 13 de febrero de 1563, a la que contestó Velasco el 25 de febrero de 1564, presentando sus excusas y anunciando la salida de la flota para el mes de mayo. No pudo cumplir la oferta, y volvió a disculparse en 15 de junio.

Muerto Velasco a fines de julio, la Audiencia, que en tales casos asumía la autoridad y el Gobierno, ultimó los preparativos del viaje, y en pliego cerrado le entregó a Legazpi una extensa y muy detallada instrucción.

El 20 de noviembre de 1564 los expedicionarios salieron del puerto de la Navidad con dos galeones grandes y dos pataches pequeños.

La nave capitana se llamabaSan Pedro, de quinientas toneladas. En ella iban: como maestre, Martín de Ibarra, natural de Bilbao, «con los más lucidos soldados y más expertos marineros», y como pilotos, Esteban Rodríguez, natural de Huelva, y el francésPierres Plin; por factor, Andrés de Mirandola; por alguacil mayor, Andrés de Ribera; por escribano mayor, Hernando Riquelme, de Sevilla; por capitán de artillería, Juan Maldonado del Berrocal, de Burgos; por alférez mayor, Andrés de Herrera, mejicano; por sargento mayor, Luis de la Haya, de Valladolid, y por capitán de infantería, Martín de Goiti, de Bilbao, con su compañía y la de Legazpi. También se embarcaron en laSan Pedro, Felipe de Salcedo, nieto del general e hijo de doña Teresa de Legazpi y de don Pedro Salcedo, y los religiosos agustinos fray Andrés de Urdaneta, fray Martín de Rada y fray Andrés de Aguirre.

En la almiranta, denominadaSan Pablo, de cuatrocientas toneladas, fueron: como jefe, el maestre de campo Mateo del Sanz, de Ciudad Real; por piloto mayor, Juan Martínez Fortín; por acompañado, Diego Martín, de Triana; por maestre, Juan María, genovés; por tesorero,Guido de Lavezaris, y por contador, Andrés de Cauchela. En esta nave iban dos padres de la Orden de San Agustín, fray Diego de Herrera y fray Pedro de Gamboa.

En el patacheSan Juan, de cien toneladas, fué por capitán Juan de la Isla; por piloto, su hermano Rodrigo de Espinosa, y por maestre, Julián Felipe, de Triana.

ElSan Lucas, de cuarenta toneladas, lo mandaba el capitán don Alonso de Arellano, yendo por piloto Lope Martín, mulato, natural de Ayamonte, y por maestre, Nicolao, habilísimo marinero, de nacionalidad griega.

Intérprete de la Armada era un indio llamado Jorge, que sabía muy bien la lengua malaya. Este indio fué convertido al catolicismo, enTidor, por los religiosos de la flota de Ruy López de Villalobos, y pasó a la Nueva España con el soldado Pedro Pacheco, natural de Ciudad Rodrigo, que había formado parte de aquella expedición desdichadísima.

Durante cinco días corrió la de Legazpi alsuroeste, y el 25 de noviembre el general mandó reunir en su nave a los religiosos, capitanes y oficiales, al alférez, al sargento, al alguacil mayor y a los pilotos, y le presentó, por ante el escribano Hernández Riquelme, instrucción que traía, cerrada y sellada, de la Nueva España, y que se le había ordenado no abrir hasta haber navegado cien leguas, en la que se disponía que el viaje se hiciese con rumbo a las islas Filipinas y a las inmediatas a ellas.

En cuanto a la derrota, había habido disconformidad de pareceres entre fray Andrés de Urdaneta y el capitán Juan Pablo de Carrión, que, enemistado con el padre, no quiso ir en la Armada.

Urdaneta había ido, en 1525, en la de García de Loaysa, a las Molucas, donde sirvió durante ocho años, como soldado, como capitán y en oficios de la real Hacienda. En 1536 le dió cuenta a Carlos V de los sucesos de aquella expedición. Después, hasta 1552, desempeñó en Nueva España, por nombramiento y encargodel virrey don Antonio de Mendoza, importantes comisiones relativas a asuntos de guerra y de paz. En 1553 ingresó en la Orden de San Agustín. El virrey don Luis de Velasco se valió de él para negocios interesantísimos. Felipe II, por cédula expedida en Valladolid a 24 de septiembre de 1559, dispuso que Urdaneta fuera, con dos religiosos más, a las islas del Poniente, en la flota de Legazpi; y fray Andrés le contestó al monarca, en carta fechada en Méjico a 23 de mayo de 1560, que, aunque estaba falto de salud, había padecido muchos trabajos desde su mocedad y necesitaba reposo en lo que le quedara de vida, se disponía, por veneración a la majestad real y a la fe católica, a las molestias de la nueva jornada.

El soberano quería que la flota fuese en busca de las islasFilipinas, sin entrar en lasMolucas, para no infringir las capitulaciones hechas con el rey de Portugal, y Urdaneta opinaba que estas islas no solamente caían dentro de los términos de lo del empeño, sino que laextremidad de ellas por la parte de Levante estaba comprendida en el meridiano de las Molucas; por lo cual debía enviarse dos galeones y un patache a descubrir por aguas del Poniente de Méjico, «arando la mar», hasta los límites de lo correspondiente a los portugueses. No hallaba reparo en que se llegase a lasFilipinaspara rescatar a los españoles que allí hubiera cautivos, de los que en 1525 fueron en la armada de Loaysa; de la enviada en 1527, por el marqués del Valle; de un navío, también de Hernan Cortés, que, yendo del Perú a la Nueva España, fué a dar, combatido por vientos contrarios, en aquel archipiélago, y de la expedida en 1542 por don Antonio de Mendoza. Pero no se debía hacer otras contrataciones que la compra de algunas cosas merecedoras de verse como muestras y la de los bastimentos precisos para el viaje.

El septiembre de 1564 el capitán Juan Pablo de Carrión, nombrado almirante de la flota de Legazpi, le escribe al rey que lasFilipinaslasha descubierto, antes que nadie, en 1521, Magallanes, y que «son Islas que los Portugueses nunca han visto y están muy a trasmano de su navegación, ni an tenido noticias dellas, sino aya sido por alguna figura o carta de marear nuestra». Y arremetiendo contra Urdaneta y contra Legazpi añade: «... el padre fray Andrés ha dicho resueltamente que no se embarcará si el Armada va adonde yo digo; y como el que va por general, ques Miguel López de Legaspe, es de su nación y tierra y íntimo amigo, quiérele complacer en todo, y como el dicho general no tiene nenguna esperencia en estas cosas, ni entiende nenguna cosa de navegación, por no lo aver usado, no sabe destenguir lo uno de lo otro, y en todo se abraza a la voluntad del padre.»

En la controversia entre Urdaneta y Carrión sobre si la armada debía ir o no a lasFilipinas, aparentemente venció fray Andrés, porque, al salir los buques del Puerto de la Navidad, se dijo que irían a lasMolucas; pero, en realidad,el victorioso fué el capitán, con arreglo a cuyos dictámenes redactó la Audiencia de Méjico y le entregó a Legazpi la orden secreta, según la cual pondría las proas hacia el archipiélago filipino, cuando los navíos llevaran recorridas cien leguas desde la Nueva España: «Haréis vuestra navegación en demanda y descubrimiento de las Islas del Poniente hacia los Malucos, sin que por vía ni manera alguna entréis en las Islas de los dichos Malucos, porque no se contravenga el asiento que Su Magestad tiene tomado con el Serenísimo Rey de Portugal, sino en otras islas que están comarcanas a ellas, como las Filipinas y otras que están fuera del dicho asiento y dentro de la demarcación de S. M...»

Se resolvió el pugilato armonizando el que se cumpliera la voluntad del Monarca y el no prescindir del utilísimo concurso de fray Andrés, quien, de haberse aclarado desde el primer momento el camino que había de seguirse, se hubiera quedado en tierra.

Los religiosos se lamentaron del contenido de la instrucción y de que habían sido engañados; pero, en virtud de los preceptos superiores y de las reflexiones de Legazpi, se conformaron con la novedad, y habiéndose discutido sobre cuál sería la mejor ruta para las islas Filipinas, se decidió navegar al oeste, cuarta del sudoeste, y al llegar a una altura de 9° dirigirse al oeste en busca de las islas delos Reyesy las delos Corales; de éstas irían a las delos ArrecifesyMatalotes, y desde allí, al archipiélago deSan Lázaro.

El 30 de noviembre, el patacheSan Lucas, que iba delante de la capitana, desapareció, sin que en mucho tiempo se volviera a saber de él. Esta embarcación, buscando o con la excusa de que buscaba a la flota en la isla deMindanao, en las deMagallanesy en otras, regresó a Nueva España y llegó al puerto de Navidad el 9 de agosto de 1565.

Siguieron navegando días y días sin que los pilotos pudieran ponerse de acuerdo respectoa las leguas que llevasen recorridas. En la madrugada del 18 de enero de 1565 creyeron estar cerca de tierra, por haberlo dado a entender el buque almirante con un disparo de artillería; mas, habiéndose convencido de que se trataba de una ilusión, continuaron la marcha. Cuando efectivamente vieron tierra fué el día 9. Era una isla pequeña, abundante en palmas de coco y en árboles. Bajaron a examinarla fray Andrés de Urdaneta, Felipe de Salcedo, Mateo del Sanz y el capitán delSan Juan. Al volver a las naves, refirieron que se habían encontrado con un indio y una india viejos, que debían ser marido y mujer; una india joven, que debía ser hija del matrimonio, y una pequeñuela, que sería hija de la india moza; que no entendieron el idioma de aquellos naturales; que les obsequiaron con cuentas de vidrio y otras bagatelas, y que ellos se mostraron muy pesarosos al retornar los visitantes a la playa. Otras noticias les dieron a los demás expedicionarios: había allí muchas frutas, pescados, gallinas, patatas ymillo. En cuanto a los habitantes, el indio era de buena conformación y las mujeres eran guapas. Todos llevaban el cabello suelto y largo. Tenían canoas muy lindas, anzuelos de cordeles y de hueso; carecían de utensilios de barro y no usaban armas de ninguna clase.

Tan pintoresco territorio recibió el nombre de isla de losBarbudos.

Poniendo las proas al noroeste, llegó la flota el 22 de enero a unas islas que, según los pilotos, formaban parte del archipiélago filipino, y, según el padre Urdaneta, eran las de losLadrones. Numerosos isleños, en cincuenta canoas, que llamaban paraos y estaban hechas de palma, rodearon a la armada y prorrumpieron en grandes voces, con las que parecían invitar a los nuestros a que fueran a sus poblaciones, donde les darían de comer hasta que se hartasen. La costa estaba cuajada de palmares de coco, y entre los palmares había viviendas. Al anochecer encendieron los indios infinidad de hogueras. Antes de que los castellanosdesembarcaran, Legazpi, dando pruebas de ser un habilísimo diplomático, ordenó que nadie se atreviese a hacerles daño a los indígenas, ni a quitarles nada, ni a tocar en sus sementeras y labranzas, ni a cortar palmas ni otros árboles, y que los rescates pudieran hacerlos únicamente los oficiales del rey. Esta orden malhumoró a los soldados. El día 23 los isleños trajeron cocos secos y verdes, cañas dulces, plátanos, arroz, batatas y otros artículos, trocándolos por naipes, cascabeles, cuentas de vidrio y trozos de orillo; pero, desconfiadísimos, se negaron a entrar en las naves. En las sucesivas contrataciones exigieron, para el pago de sus mercancías, primero hierro y, después, clavos, por haber comprendido cuán útiles habían de serles para sus canoas. Tenía razón el padre Urdaneta: aquéllas eran las islas de losLadrones. Se pedía, sobre todo, arroz a cambio de clavos grandes, y los indios, con una sagacidad y una desaprensión indescriptibles, llevaban fardos, en cuya parte superior había unacapa de arroz como de dos dedos, siendo arena todo lo demás, y otras veces metían en los fardos piedras y hierbas para aumentarles el peso y hacer los cambalaches más ventajosamente. Se les compró gran cantidad de barriles de aceite de coco, y se vió que la mayor parte contenían agua con uno o dos dedos de aceite. Con frecuencia cometían otros engaños, como el de acercarse algo a uno de los buques, esperar a que se les echasen los clavos, y luego, sin entregar las mercancías, salir huyendo hacia los otros buques para repetir idénticas operaciones.

Al patacheSan Juanle desclavaron un pedazo de un hierro del timón, procuraron arrancar los clavos del costado de las naves y a todas les quitaron las boyas. Un indio le arrebató a un soldado un arcabuz que llevaba al hombro. Otro indio le pegó a otro soldado con una vara en el pecho, y aunque no se lo lastimó, porque llevaba cota, le produjo en una mano una herida, de la que murió inmediatamente. «Todo lo cual hacían sin vergüenza ninguna, porque de cosa no la tienen».

Legazpi salió a tierra y, en nombre de Su Majestad, tomó, con gran aparato, posesión de esta isla, que era la deGoam, nombradaGuanen el derrotero del piloto mayor Esteban Rodríguez, yBoanen el dePierres Plin. Aunque se había propuesto conducirse con aquellos isleños de la manera más afable, se vió obligado a disponer que los castigaran. Parte de nuestra gente bajó a tierra a cargar de agua dulce, y los indios fingieron recibirles de paz. Cuando llegó el momento de recogerse a los navíos, se quedó rezagado, durmiendo entre unos palmares, un muchacho, que era grumete, sin que los españoles le echasen al pronto de menos. Al darse cuenta de que faltaba, fueron a buscarle, mas le encontraron hecho pedazos. Los isleños le habían atado de pies y manos, le habían producido más de treinta heridas, traspasándole el cuerpo con lanzas, le habían desollado la cara, le habían metido por la boca un palo, que lesalía por el colodrillo, y le habían apedreado.

El maestre de campo Mateo del Sanz les quemó algunas canoas y casas, hirió a varios indios, mató a otros y prendió a cuatro. A tres se les ahorcó en el mismo sitio en que había perecido el grumete. A uno que había quedado ileso, el maestre le trajo a la nave «a ruego de los religiosos» «diciendo que sería más servicio de Dios nuestro Señor y de su Majestad llevarle a la Nueva España que no ahorcarle, e ansí se llevó a la Capitana.»

Legazpi, los religiosos, los capitanes y los oficiales conferenciaron sobre si convendría poblar enGoamy despachar un navío a la Nueva España. Así lo propuso el padre prior, respondió el general que era necesario dar cumplimiento a las órdenes que tenía de seguir hasta las islasFilipinasy las colindantes, y, sin más discusión, el 3 de febrero emprendieron la marcha.

El 13 arribó la armada a una bahía muy amplia, rodeada de islas pequeñas y de una grande. Se encargó al maestre de campo, al padre prior y al capitán Martín de Goiti que vieran si había población, río o puerto, y si encontraban indios. Unos cuantos vieron, que se negaron a esperarles.

El 20 comparecieron algunos naturales, significaron que la isla grande se llamaba «Zubú», y dijeron nombres de pueblos y caciques del territorio. El general les dió cuentas de vidrio, bonetes de grana, cuchillos, etc., y les pidió que de su parte les suplicaran a los principales que fueran a verle, porque les quería hablar y hacerse amigos suyos.

Vinieron, en efecto, en canoas, unos caciques, que en prueba de amistad querían sangrarse con el general, y entraron en la capitana, donde fueron muy bien recibidos.

Allí era incomprensible otro lenguaje que el de las señas. Legazpi se las hizo de que deseaba contratar con ellos y obtener su amistad en nombre del rey de Castilla. De lo que mostraron gran satisfacción. Y venían con frecuenciaa los navios y convidaban a los expedicionarios con vino de palmas. Se les propuso que vendieran en grandes cantidades puercos y gallinas, y se los pagarían muy bien, y quedaron en hacerlo así, pero no llevaron mas que un gallo, un huevo y un cochino. Pronto se vió que no querían venderle nada a nuestra gente, sino entretenerla, y, sobre todo, aprovecharse de las baratijas—para ellos de mucho valor—que se les daban gratuitamente siempre que iban a los buques.

Se encargó a Juan de la Isla y a dos religiosos que reconocieran si había puerto, y hallaron dos bahías. En una salieron indios a la ribera dándole señas al capitán de que querían sangrarse con él para entablar amistades. Francisco Gómez, gentil hombre de Legazpi, sin consentimiento del capitán Isla y contra el parecer de los religiosos, saltó a tierra para sangrarse con uno de los caciques. Cuando estaban en la ceremonia surgió del monte un indio, y acercándose a Gómez por entre los quese hallaban con él, le dió tan terrible lanzada que murió al poco rato.

El 21 arribaron, en la costa de la isla grande, a una bahía que denominaronSan Pedro, y el 22 vino a la nave del maestre un isleño, que dijo ser principal y llamarse Urrao. Se sangró con Mateo del Sanz, y le enteró de que Tandaya, gran cacique, de quien era sobrino, residía a no mucha distancia de allí. A Urrao y a otros dos principales, uno de ellos llamado Balaniga, les obsequió el general y les pidió una canoa para enviarle a decir a Tandaya que Su Majestad «le quería por amigo, y le quería mucho». Un indio que sabía algunos términos castellanos se ofreció a llevarle a Tandaya la carta, y quedó en volver al día siguiente para que se la dieran. A Urrao y a los otros dos caciques les rogó el maestre que le vendiesen arroz, gallinas y puercos, y quedaron en llevarlos; pero no volvieron. Tampoco volvió el que se había ofrecido a entregarle el mensaje de Legazpi al gran cacique.

El 22 dispuso el general que Martín de Goiti buscase el río de Tandaya, por si tenía buen puerto, y que procurase ver al poderoso señor y darle cuenta de las intenciones de los españoles.

Mientrastanto, Legazpi procedió a tomar posesión de la isla, y, terminado el acto, se aproximó, en compañía de los religiosos y del maestre de campo, al pueblo deCaniungo, donde les esperaron multitud de indios en disposición amenazadora. Dos disparos de arcabuz fueron bastantes para amedrentarles y hacerles huír.

A los diez días volvió Martín de Goiti, refiriendo que lo más notable que había encontrado en sus exploraciones había sido la ciudad deCabalián, cuyos habitantes usaban joyas de oro y tenían muchos puercos y gallinas.

El 5 de marzo salió la armada para aquella población, cuyo cacique, Maletec, tenía un hijo, llamado Camutrián, que se sangró con el alférez mayor, no habiendo ido Maletec en persona a sangrarse con Legazpi por ser muy viejo y estar ciego.

Quisieron los expedicionarios comprar víveres, y los indios prometieron traérselos, pero faltaron reiteradamente a su palabra, y el general, los capitanes, los oficiales y otras personas de cuenta resolvieron, haciendo de la necesidad ley, adquirirlos por la fuerza, aunque evitando causarles daño a los indígenas y pagándoles lo que les tomasen.

Los naturales del país huyeron al ver en tierra a los españoles, y con la precipitación de la huída dejaron abandonados algunos puercos y cierta cantidad de batatas. También se les tomaron unas cuantas gallinas. Muchísimas otras escaparon volando como perdices.


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