— Así lo haré — dijo la pobre muchacha.
— He pensado que no tendrías pan para la semana — dijo el tío Juan, sacando un pan moreno del fondo de su bolsillo y dejándolo sobre el velador.
Nedda se ruborizó, como si fuese ella la que hacía tan buena acción. Luego de un instante continuó:
— Si el señor cura dijese mañana la misa por mi madre, yo le haría dos días de trabajo cuando coja las habas.
— Ya he mandado decir la misa — respondió el tío Juan.
— ¡Ay, la pobre muerta rogará también por usted! — murmuró la muchacha con gruesos lagrimones en los ojos.
Al cabo, cuando el tío Juan se marchó y oyó perderse a lo lejos el rumor de sus pesados pasos, cerró la puerta y encendió la luz. Entonces le pareció que estaba sola en el mundo, y tuvo miedo de dormir en aquel pobre camastro en que solía acostarse junto a su madre.
Las mozas del pueblo murmuraron de ella por haber ido a trabajar al día siguiente de la muerte de su vieja y por no haberse puesto de negro; el señor cura la regañó mucho cuando el domingo la vió a la puerta de su casa cosiéndose el delantal que había mandado teñir, único y pobre luto, y tomó argumento de ello para predicar en la iglesia contra la mala costumbre de no observar las fiestas y los domingos. La pobre muchacha, para que le fuese perdonado tan gran pecado, fué a trabajar dos días a las tierras del cura, a fin de que dijese la misa por su muerta el primer lunes del mes; y los domingos, cuando las mozas vestidas de fiesta se apartaban de ella en el banco y se reían, y los mozos, al salir de la iglesia, le decían groseros piropos, se arrebujaba en su mantilla todo rota y apresuraba el paso, bajando los ojos, sin que un mal pensamiento turbase la serenidad de su rezo, o se decía a sí misma, a modo de merecido reproche: "¡Soy tan pobre!"; o también, mirándose los brazos: "¡Bendito sea el Señor que me los ha dado!", y seguía andando tan sonriente.
Una noche — había apagado poco hacía la luz —, oyó en el sendero una voz que cantaba hasta desgañitarse, con la melancólica cadencia oriental de las canciones campesinas:
"Ya falta poco pa que te vea, niña del alma..."
"Ya falta poco pa que te vea, niña del alma..."
— ¡Es Janu! — dijo en voz baja, saltándole el corazón dentro del pecho como un pájaro espantado, y escondió la cabeza entre las sábanas.
Al día siguiente, cuando abrió la ventana, vió a Janu con su traje nuevo de fustán, en cuyos bolsillos quería meter a la fuerza sus manazas morenas y encallecidas en el trabajo, asomando coquetonamente de la escarcela del farseto un flamante pañuelo de seda; Janu estaba tomando el sol de abril, apoyado en la tapia del huerto.
— ¡Janu! — dijo ella como si nada supiese.
— ¡Se te saluda! — exclamó el mozo con su mejor sonrisa.
— ¿Qué haces ahí?
— Vengo de la Plana.
La muchacha sonrió y miró a las alondras que saltaban aún por el verde en la temprana hora matinal.
— Has vuelto con las alondras.
— Las alondras van adonde encuentran mijo, y yo, adonde hay pan.
— ¿Cómo, qué dices?
— El amo me ha echado.
— ¿Por qué?
— Porque había cogido las fiebres y no podía trabajar más que tres días por semana.
— ¡Ya se ve! ¡Pobre Janu!
— ¡Maldita Plana! — imprecó Juan, extendiendo el brazo hacia la llanura.
— ¿Sabes que mi madre?... — dijo Nedda.
— Me lo ha dicho el tío Juan.
Ella no dijo más, y miró al huertecillo del otro lado de la tapia. Humeaban los guijarros húmedos; las gotas de rocío relucían sobre cada brizna de hierba; los almendros en flor susurraban levemente, y dejaban caer sobre el tejadillo de la casa sus flores blancas y rosadas que embalsamaban el aire; un gorrión, petulante y temeroso a un tiempo, piaba estrepitosamente, amenazando a su manera a Janu, que con su rostro desconfiado parecía acechar el nido, del que asomaban entre las tejas algunas pajas indiscretas. La campana de la iglesia llamaba a misa.
— ¡Qué gusto que da oír "nuestra" campana! — exclamó Janu.
— Esta noche he conocido tu voz — dijo Nedda poniéndose colorada y hurgando con una horquilla la tierra del tiesto en que tenía sus flores.
El se volvió y encendió la pipa como hacen los hombres.
— ¡Adiós, me voy a misa! — dijo bruscamente Nedda, echándose atrás luego de largo silencio.
— Toma, te he traído esto de la ciudad — le dijo el mozo desatando su pañuelo de seda.
— ¡Ay, qué bonito! ¡Pero esto no es para mí!
— ¿Por qué? ¡Si no te cuesta nada! — respondió el mozo con lógica campesina.
Ella se puso colorada, como si tanto gasto le hubiera dado cabal idea de los cálidos sentimientos del mozo; se lanzó, sonriente, una mirada entre acariciadora y salvaje, y cuando oyó los recios zapatones de él sobre los guijarros del sendero, se asomó para acompañarle con los ojos, según iban andando.
En misa, las mozas del lugar pudieron ver el precioso pañuelo de Nedda, con aquellas rosas estampadas que daban ganas de comérselas, sobre las que el sol, brillando a través de los vidrios de la iglesia, reflejaba sus más alegres rayos. Cuando pasó junto a Janu, que estaba al lado, junto al primer ciprés del atrio, apoyado de espaldas al muro, fumando su pipa, sintió un gran calor en el rostro y que el corazón le latía en el pecho con violencia, y echó a andar ligera. El mozo la siguió, silbando, viéndola cómo andaba de prisa, sin volver la cabeza, con su traje nuevo de fustán que hacía pesados y elegantes pliegues, sus zapatos y su mantilla flamante. La pobre hormiga, ahora que su madre, ya en el cielo, no era una carga para ella, había logrado hacerse un poco de ropa con su trabajo. ¡Entre tantas miserias como tiene el pobre, hay al menos el alivio que traen consigo las pérdidas más dolorosas!
Nedda oía tras de sí, con grande placer o miedo — no sabía cuál de las dos cosas — los pesados pasos del mozo, y veía sobre el polvo blancuzco de la carretera, recta e inundada de sol, otra sombra que de cuando en cuando se apartaba de la suya. De pronto, cuando estuvo a la vista de su casucha, se dió a correr como una cervatilla asustada. Janu la alcanzó, ella se apoyó en el umbral, toda ruborizada y sonriente, y le puso la mano en el hombro.
— ¡Eh, tú!
El se apartó con galantería un tanto rústica.
— ¿Cuánto te ha costado el pañuelo? — preguntó Nedda quitándoselo de la cabeza, para extenderlo al sol y contemplarlo gozosa.
— Cinco liras — respondió Janu un poco amoscado.
Ella sonrió sin mirarle; dobló con mucho cuidado el pañuelo, fijándose en la señal que habían dejado los pliegues, y se puso a canturrear una cancioncilla que no se le venía a la boca de mucho tiempo atrás.
El puchero roto sobre la barandilla abundaba en capullos de claveles.
— ¡Qué lástima — dijo Nedda — que no los haya abiertos! — y cortando el capullo más hermoso, se lo dió.
— ¿Qué quieres que haga con él, si no está abierto? — dijo él sin comprenderla, y lo tiró.
Ella volvió la cara.
— Y ahora, ¿dónde vas a ir a trabajar? — le preguntó luego de un momento.
El levantó la cabeza:
— ¡Donde vayas tú mañana!
— Iré a Bongiardo.
— Trabajo encontraré; lo que hace falta es que no me vuelvan las fiebres.
— Para eso es menester no estarse al sereno por las noches, cantando al pie de las puertas — díjole ella muy colorada, apoyándose en el quicio con cierta coquetería.
— Si tú no quieres, no lo haré más.
Ella le dió un capirotazo y escapó adentro.
— ¡Ohé, Janu! — llamó desde la calzada el tío Juan.
— ¡Voy! — gritó Janu; y a la Nedda —: Si me llevas contigo, también iré yo a Bongiardo.
— Hijo mío — le dijo el tío Juan cuando estuvo en la calzada — la Nedda no tiene ya a nadie, y tú eres un buen muchacho; pero no está bien que vayáis juntos. ¿Entiendes?
— Entiendo, tío Juan; pero, si Dios quiere, después de la siega, cuando haya apartado los pocos cuartos que hacen falta, no estará mal que vayamos juntos.
Nedda, que había oído detrás de la tapia, se puso colorada, aunque nadie la veía.
Al día siguiente, antes de amanecer, cuando se asomó a la puerta para salir, se encontró a Janu con su hatillo colgado del bastón.
— ¿Adónde vas? — le preguntó.
— También voy a Bongiardo a buscar trabajo.
Los pajarillos, despiertos a las voces matutinas, comenzaron a piar dentro del nido. Janu colgó de su bastón asimismo el hatillo de Nedda, y echaron a andar con paso ligero, mientras el cielo se teñía en el horizonte con las primeras llamas del día y el vientecillo se agudizaba.
En Bongiardo había trabajo para todo el que lo quisiera. El precio del vino había subido, y un rico propietario roturaba un gran trecho de cercados para plantar viñedos. Los cercados daban 1.200 liras al año de altramuces y aceite; plantados de viñedo, darían en cinco años doce o trece mil liras, con sólo emplear diez o doce mil; la corta de los olivos cubriría la mitad de los gastos. Era, como se ve, una especulación excelente, y el propietario pagaba de buen grado un gran jornal a los trabajadores empleados en la roturación: treinta cuartos a los hombres y veinte a las mujeres, sin sopa; cierto que el trabajo era un tanto cansado y que se dejaban en él incluso los harapos que constituían todo el traje de los días de trabajo; pero Nedda no estaba acostumbraba a ganar veinte cuartos diarios.
El mayoral se percató de que Janu, al llenar las esportillas de piedra, dejaba siempre las más ligera para Nedda, y le amenazó con echarle. El pobre diablo, para no perder el pan, tuvo que contentarse con descender de treinta a veinte cuartos.
Lo malo era que aquellas tierras casi incultas no tenía gañanía, y hombres y mujeres tenían que dormir todos revueltos en una cabaña sin puertas, de suerte que las noches eran más bien frías. Janu decía siempre que tenía calor, y dábale a Nedda su chaqueta de fustán, para que se tapase bien. El domingo, toda la brigada se puso en camino en distintas direcciones.
Janu y Nedda habían tomado por el atajo e iban atravesando el castañar, charlando, riendo, cantando a ratos y haciendo sonar los cuartos en los bolsillos. Calentaba el sol como en junio; los lejanos prados empezaban a amarillear; las sombras de los árboles tenían algo de festivo, y la hierba que allí crecía estaba aún verde y fresca.
Hacia mediodía sentáronse en la hierba, para comer su pan moreno y sus blancas cebollas. Janu tenía también vino, buen vino de Mascalí, que ofrecía a Nedda con largueza, y la pobre muchacha, que no estaba hecha a ello, sentía la lengua áspera y que le pesaba la cabeza. De trecho en trecho se miraban y se reían sin saber por qué.
— Si fuésemos marido y mujer, podríamos comer y beber juntos todos los días — dijo Janu con la boca llena.
Nedda bajó los ojos, porque él la miraba de cierta manera.
Reinaba el profundo silencio del mediodía; las más pequeñas hojas estaban inmóviles; las sombras eran escasas; difundido en el aire, había una calma, un sopor, un zumbido de insectos que pesaba voluptuosamente sobre los párpados. De pronto, una ráfaga de aire fresco que venía del mar hizo susurrar las más altas copas de los castaños.
— El año será bueno para pobres y ricos — dijo Janu —, y si Dios quiere, para la siega apartaré... ¡y si tú me quieres!... — y le ofreció la botella.
— No, no quiero beber más — dijo ella, rojas las mejillas.
— ¿Por qué te pones colorada? — dijo él riéndose.
— No te lo quiero decir.
— ¿Porque has bebido?
— ¡No!
— ¿Porque me quieres?
Ella le dió un puñetazo en el hombro y se echó a reír también.
Oyóse de lejos el rebuzno de un asno que olía la hierba fresca.
— ¿Sabes por qué rebuznan los burros? — preguntó Janu.
— Dilo tú que lo sabes.
— Sí que lo sé; rebuznan porque están enamorados — díjole él con risa grosera; y la miró fijamente.
La muchacha bajó los ojos, como si viese llamas en ellos, y le pareció como si todo el vino que había bebido se le subiese a la cabeza, y todo el ardor de aquel cielo de metal le penetrase en las venas.
— ¡Vámonos! — exclamó entristecida, moviendo la cabeza, que le pesaba.
— ¿Qué tienes?
— No lo sé, pero vámonos.
— ¿Me quieres?
Nedda bajó la cabeza.
— ¿Quieres ser mi mujer?
Ella le miró serenamente y estrechó entre las suyas, morenas, las callosas manos de él; pero se puso de rodillas, que le temblaban para levantarse. El la detuvo por el vestido, como extraviado, balbuciendo palabras sin sentido, sin saber lo que se hacía.
Cuando se oyó cantar al gallo en una haciendo próxima, Nedda se levantó sobresaltada y miró en derredor suyo, espantada.
— ¡Vámonos! ¡Vámonos! — dijo toda colorada y con prisa.
Según estaba para volver la esquina de su casita, se detuvo un momento temblorosa, como si temiera encontrar a su viejecica a la puerta, desierta seis meses hacía.
Llegó la Pascua, la gaya fiesta de los campos con sus gigantescas hogueras, sus alegres procesiones por entre los verdes prados, bajo los árboles cargados de flores, vestida de gala la iglesia, enguirnaldadas las puertas de las casas y las mozas con sus trajes nuevos de verano. A Nedda viósele alejarse del confesionario llorando, y no compareció entre las muchachas arrodilladas ante el coro en espera de comunión. Desde aquel día ninguna moza honrada le dirigió la palabra, y cuando iba a misa no encontraba sitio en el banco de siempre, y le era menester estarse todo el tiempo de rodillas; si la veían llorar, pensaban quién sabe en qué pecados, y le volvían horrorizadas la espalda, y los que le daban trabajo aprovechábanse de ello para rebajarle el jornal.
Nedda esperaba a su novio, que había ido a segar a la Plana para reunir los cuartos necesarios para poner la casa y pagar al señor cura.
Una noche, según estaba hilando, oyó que se paraba al cabo del sendero un carro de bueyes, y vió aparecer antes su ojos a Janu, pálido y demudado
.
— ¿Qué tienes? — le dijo.
— He estado malo. Me han vuelto a dar las fiebres allá abajo, en esa maldita Plana; he perdido más de una semana de trabajo y me he comido los pocos cuartos que había reunido.
Ella entróse a toda prisa, descosió el jergón y quiso darle los pequeños ahorros que había atado en el fondo de una media.
— No — dijo él —. Mañana iré a Mascalucia, a la poda de los olivos, y no necesitaré ya nada. Después del la poda nos casaremos.
Hízole esta promesa tristemente, apoyado en el quicio de la puerta, con el pañuelo alrededor de la cabeza y mirándola con ojos relucientes.
— ¡Tú tienes fiebre! — le dijo Nedda.
— Sí, pero ahora que estoy aquí ya, se me quitará; de todos modos, no me da más que cada tres días.
Ella le miraba sin hablar, y el corazón se le encogía al verle tan pálido y enflaquecido.
— ¿Y podrás tenerte en las ramas altas? — le preguntó.
— ¡Dios proveerá! — respondió Janu —. Adiós, no puedo hacer esperar al carretero que me ha hecho un lugar en su carro desde la Plana hasta aquí. ¡Hasta la vista!
Y no se movía. Cuando el cabo se marchó, ella le acompañó hasta la carretera, y le vió alejarse, sin una lágrima, aunque le parecía que le veía irse para siempre; el corazón se le encogió nuevamente, como una esponja no exprimida bastante; nada más; él la llamó despidiéndose desde la revuelta del camino.
Tres días después oyó un gran murmullo por aquel mismo lado. Se asomó a la tapia y vió, en medio de un corro de campesinos y comadres, a Janu tendido sobre una escalera de mano, pálido como un trapo lavado, vendada la cabeza con un pañuelo todo lleno de sangre. Por la vía dolorosa, antes de llegar a su casa, él teniéndola por la mano, le contó cómo, con la debilidad de las fiebres, se había caído desde lo alto de un árbol, hiriéndose de aquel modo.
— ¡Te lo decía el corazón! — murmuró con triste sonrisa.
Ella le escuchaba con sus grandes ojos muy abiertos, pálida como él, y cogida de su mano. Al día siguiente se murió.
Entonces Nedda, sintiendo que se movía en su seno algo que el muerto le dejaba en triste recuerdo, corrió a la iglesia a rogar por él a la Virgen Santa. En el atrio se encontró al cura, que sabía su vergüenza, escondió el rostro en la mantilla y se volvió atrás, acobardada.
Ahora, cuando buscaba trabajo se le reían en la cara, no por escarnecer a la doncella culpable, sino porque la pobre madre no podía trabajar como antes. Luego de las primeras negativas y de las primeras risas, no osó buscar más, y se encerró en su casa, como herido pajarillo que se refugia en su nido. Los pocos cuartos reunidos en la media fuéronse uno tras otro, y después de los cuartos, el vestido nuevo y el pañuelo de seda. El tío Juan las socorría lo poco que podía, con esa caridad indulgente y reparadora, sin la cual la moral del cura es injusta y estéril, y así impidió que se muriera de hambre. La muchacha dió a luz una niña raquítica y débil; cuando le dijeron que no era varón, lloró como había llorado la noche en que se cerró la puerta de su casa, luego de haber salido el féretro, y se encontró sin su madre; pero no quiso que la echasen al torno.
— ¡Pobre hija! ¡Que empiece a sufrir lo más tarde posible! — dijo.
Las comadres la llamaban desvergonzada porque no había sido hipócrita, porque no era desnaturalizada. La pobre niña le faltaba la leche, pues que a su madre le faltaba el pan. Se desnutrió rápidamente, y en vano Nedda intentó exprimir en aquellos diminutos labios hambrientos la sangre de su seno. Una noche de invierno, al anochecer, en tanto la nieve caía sobre el tejado, y el viento golpeaba la puerta mal cerrada, la pobre niña, fría, lívida, contraídas las manecitas, fijó sus ojos vidriados en los ardientes de la madre, dió una sacudida y no se movió más.
Nedda la zarandeó, la apretó contra su seno con ímpetu salvaje, intentó calentarla con su aliento y sus besos y cuando se convenció de que estaba muerta, la dejó sobre la cama en que había dormido su madre, y se arrodilló ante ella, secos y extraviados los ojos, fuera de las órbitas.
— ¡Dichosas vosotras que estáis muertas! — exclamó —. ¡Bendita seas, Virgen Santa, que me has quitado a mi hija para que no sufra como yo!
CAPRICHO
CAPRICHO
(Fantasticheria.)
(Fantasticheria.)
Una vez, al pasar el tren por Aci-Trezza dijiste, asomándote a la ventanilla del vagón: "¡Quisiera que estuviésemos un mes aquí!"
Volvimos, y pasamos no un mes sino cuarenta y ocho horas. Los campesinos, que tanto abrían los ojos al ver tus grandes baúles, creían que ibas a quedarte allí dos años. A la mañana del tercer día, cansada de ver eternamente aquel verde y aquel azul, y de contar los carros que pasaban por el camino, estabas en la estación, y jugueteando impaciente con la cedenilla de tu frasco de olor, alargabas el cuello por divisar un tren que no llegaba nunca. En aquellas cuarenta y ocho horas hicimos todo lo que se puede hacer en Aci-Trezza: paseamos por el polvo de la carretera y trepamos a las rocas; con el pretexto de aprender a remar, te hiciste bajo el guante unas ampollitas que robaban los besos; pasamos en el mar una noche lo más romántica, echando las redes como para hacer algo que a los barqueros les pudiera parecer merecedor de pescar una reuma, y el alba nos sorprendió en lo alto del acantilado, un alba modesta y pálida, que aun me parece estar viendo, estriada de amplios reflejos violeta, sobre un mar verde profundo, como una caricia sobre aquel grupito de casuchas que dormían acurrucadas a la orilla, mientras en lo alto del promontorio destacábase tu figulina en el cielo transparente y límpido, con las sabias líneas, obra de tu modista, y el perfil elegante y fino, obra tuya. Llevabas un vestidito gris que parecía hecho aposta para entonar con los colores del alba. ¡Lindo cuadro en verdad! Y bien se adivinaba que tú lo sabías, según la manera de modelar a tu cuerpo el chal y el modo con que sonreías con tus ojazos muy abiertos y cansados ante el extraño espectáculo, al que se añadía lo extraño también de estar tú presente. ¿Qué pasaba entonces por tu cabecita frente al naciente sol? ¿Le preguntaste acaso en qué hemisferio te encontraría de allí a un mes? Dijiste tan sólo ingenuamente: "No comprendo cómo se puede vivir aquí todo la vida."
Y, sin embargo, ya ves: la cosa es más fácil de lo que parece. Basta, primero, con no poseer 100.000 liras de renta y en compensación, pasar toda clase de trabajo entre aquellos peñascos gigantescos encuadrados en el azul que te hacían palmotear de admiración. Con eso poco basta para que aquellos pobres diablos que nos esperaban dormitando en la barca encuentran entre aquellas casuchas desquiciadas y pintorescas, que vistas de lejos parecían a su vez mareadas, todo lo que te afanas en buscar en París, en Niza y en Nápoles.
Es cosa singular; mas tal vez mejor que así suceda para ti y para todos los que son como tú. Aquel montón de casuchas está habitado por pescadores, "gente de mar" dicen ellos, como otros dirían "gente de toga", que tienen el pellejo más duro que el pan que comen — cuando lo comen —; pues el mar no es siempre tan amable como cuando besaba tus guantes... En los días negros, en que rezonga y bufa, es menester contentarse con mirarlo desde la orilla, mano sobre mano o tumbado a la larga, que es mucho mejor postura para el que no ha almorzado. En esos días hay mucha gente a la puerta de la taberna; pero suenan pocos cuartos sobre la hojalata del mostrador, y los chiquillos que pululan por el pueblo, como si la miseria los engordara, chillan y se arañan cual si tuvieran el diablo en el cuerpo.
De cuando en cuando, el tifus, el cólera, el mal año o la borrasca dan un buen barrido en aquel rebullicio, que, a la verdad, parece que no debiera desear cosa mejor que ser barrido y desaparecer; y con todo, vuelve a rebullir en el mismo sitio, no sé decirte cómo ni por qué.
¿No te has entretenido nunca, después de una lluvia de otoño, en desbaratar un ejército de hormigas, trazando al descuido el nombre de tu última pareja en un baile, en la arena del paseo? Alguna de aquellas pobres bestiezuelas se habrá quedado pegada a la contera de tu paraguas, retorciéndose en espasmos; pero todas las demás, luego de cinco minutos de pánico y de vaivén, habrán vuelto a aferrarse desesperadamente a su tostado montecillo. Tú no volverías, ni yo tampoco; mas para poder comprender semejante terquedad, heroica en algunos aspectos, es menester hacernos pequeños también nosotros, limitar todo el horizonte entre dos peñascos y mirar al microscopio las pequeñas causas por que laten los corazones pequeños. ¿Quieres mirar por esta lente, tú que miras la vida por el otro lado del anteojo? El espectáculo te parecerá extraño, y tal vez por eso te divierta.
Hemos sido muy amigos, ¿te acuerdas? Y me has pedido que te dedique esta página. ¿Para qué?A quoi bon?, como tú dices. ¡Qué puede valer lo que yo escribo para quien te conoce? Y para quien no te conoce, ¿qué significas? El caso es que me he acordado de tu capricho un día que he vuelto a ver a aquella pobre mujer a quien solías dar limosna con pretexto de comprarle las naranjas que tenía puestas en fila en un banquillo ante su puerta. Ya no existe el banquillo; han cortado el níspero del corral, y la casa tiene una ventana nueva. Unicamente la mujer no había cambiado, estaba un poco más allá tendiendo la mano a los carreteros, acurrucada sobre el montón de piedras que cierren el paso al antiguo "Puesto" de la guardia nacional; y yo, según iba con mi cigarro en la boca, pensé que también ella, en su pobreza, te había visto pasar blanca y magnífica.
No te enfades por haberme acordado de ti de tal suerte y con tal motivo. A más de los gratos recuerdos que me dejaste, tengo otros cien, vagos, confusos, dispares, recogidos aquí y allá, no sé dónde — acaso algunos son recuerdos de sueños tenidos con los ojos abiertos —, y en el revoltiño que hacían en mi memoria, al pasar yo por aquella calleja donde han transcurrido tantas cosas placenteras y dolorosas, la mantilla de aquella mujeruca temblorosa, acurrucada, ponía una nota triste y me hacía pensar en ti, en todo satisfecha, incluso de la adulación que ofrece a tus pies el periódico de modas, citándote, frecuentemente a la cabeza de la crónica elegante, y en el deseo de ver tu nombre en las páginas de un libro.
Cuando escriba el libro, acaso tú ya no pienses en ello; entre tanto, mi recuerdo, en todos sentidos tan lejos de ti, embriagado de fiestas y flores, te hará el efecto de una brisa deliciosa en medio de las ardientes veladas de tu eterno carnaval. El día que vuelvas allí, si es que vuelves, y nos sentemos otra vez el uno junto al otro a rodar pedruscos con el pie y fantasías con el pensamiento, hablaremos tal vez de las embriagueces que la vida ofrece en otras partes. Puedes también imaginar que mi pensamiento se ha acogido a aquel ignorado rincón del mundo porque en él se ha posado tu pie — por apartar mis ojos del brillo que por doquier te sigue, sea de gemas o de fiebre —, o porque te he buscado inútilmente por todos los lugares que la moda hace placenteros. Ve, pues, que aquí, como en el teatro, ¡siempre estás en el mejor sitio!
¿Te acuerdas del viejecillo timonel de nuestra barca? Le debes ese tributo de agradecimiento porque ha evitado diez veces lo menos que se te mojaran tus lindas medias azules. El pobre diablo ha muerto en el hospital, en un gran sala blanca, entre blancas sábanas, comiendo pan blanco, servido por las blancas manos de las hermanas de la Caridad, que no tenían más defecto que el de no comprender los míseros males que el pobrecillo balbucía en su semibárbaro dialecto.
Pero, de haber deseado algo, él habría querido morir en aquel rincón obscuro, junto al fuego, donde tantos años había sido su cama, "bajo las tejas", tanto que, cuando se lo llevaron, lloraba quejándose mansamente, como hacen los viejos.
Había vivido siempre entre aquellas cuatro piedras, frente a aquel mar hermoso y traidor, con el que tuvo que luchar día tras día, para sacar con que pasar la vida y no dejar en él el pellejo; y, con todo, en los momentos en que tomaba el sol tranquilamente, acurrucado en la barca, con las rodillas entre los brazos, no habría vuelto la cara para mirarte, y habrías buscado en vano en aquellos ojos atónitos el reflejo de tu belleza, como cuando tantas frentes altivas se inclinan a tu paso en los espléndidos salones y te miras en los ojos envidiosos de tus mejores amigas.
La vida es rica, como ves, en su inexhausta variedad, y puedes, por lo tanto, sin escrúpulos, gozar a tu manera de la parte de riqueza que te ha correspondido.
Aquella muchacha, por ejemplo, que asomaba la cabeza tras el tiesto de albahaca, cuando el rumor de tu vestido revolucionaba la calleja, si veía en la ventana de enfrente otro rostro para ella conocidísimo, sonreía, como si también ella estuviera vestida de seda. ¡Quién sabe cuán pobres glorias soñaba apoyada en la barandilla, tras la albahaca olorosa, fija la vista en aquella otra casa enguirnaldada con sarmientos de vid! La risa de sus ojos no habría acabado en lágrimas amargas, allá en la ciudad, lejos de las piedras que la habían visto nacer, y que la conocían, si su abuelo no se hubiese muerto en el hospital, si su padre no se hubiese ahogado, ni toda su familia se hubiera dispersado a un golpe de viento funesto, arrastrando a uno de sus hermanos hasta la cárcel de Pantelleria.
Mejor suerte les cupo a los que se murieron en la batalla de Lissa el uno, el mayor, aquel que parecía un David de cobre, erguido, guadaña en mano, e iluminado bruscamente por la llama de la yedra. Alto y robusto, encendíase en brasas cuando le miraste a la cara con tus ojos ardientes; murió como buen marinero, sobre la verga del trinquete, firme en la cuerda, agitando la gorra y saludando por última vez a la bandera, con su viril y salvaje grito de isleño; el otro, aquel hombre que en el islote no se atrevía a tocarte el pie para librarlo del lazo tendido a los conejos, y en el que te habías prendido de aturdida que eres, se perdió una fosca noche de invierno, solo, entre las olas desencadenadas separada su barca de la playa, donde le esperaban los suyos corriendo como locos de un lado a otro, en sesenta millas de tinieblas y tempestad. Tú no habrías podido imaginarte el desesperado y tétrico valor de que era capaz para luchar contra muerte tal el hombre que se atemorizaba ante la obra maestra de tu zapatero.
Mejor para los que se han muerto y no "comen el pan del rey", como el pobrecillo que está en la cárcel, ni ese otro pan que come su hermana; ni andar como la mujer de las naranjas, viviendo de la gracia de Dios, una gracia harto exigua en Aci-Trezza.
¡Esos, al menos, no han ya menester nada! Así lo dijo también el chico de la tabernera la última vez que fué al hospital a preguntar por el viejo y llevarle a hurtadillas esos caracoles estofados, que son tan buenos de chupar para quien ya no tiene dientes, y halló la cama vacía, con la colcha extendida y muy limpia, hasta que husmeando por el patio dió con una puerta toda llena de pedazos de papel, y atisbó por el ojo de la cerradura una sala muy grande y sonora, y fría en verano, y el extremo de una mesa de mármol, sobre la cual había una sábana densa y rígida.
Y pensando que aquéllos al menos ya no habían menester nada, se puso a chupar uno por uno, por pasar el tiempo, los caracoles que ya no servían.
Apretando contra tu pecho el manguito de zorro azul, te acordarás con gusto de haberle dado cien liras al pobre viejo.
Quedan los chiquillos que te escoltaban como chacales y asediaban las naranjas; siguen revoloteando en torno a la mendiga, levantándole las sayas, como si tuviese pan escondido, atrapando tronchos de coliflor, cáscaras de naranja y puntas de cigarro, todo lo que se tira, en fin, pero que aun debe tener algún valor, puesto que hay gente que de ello vive; vive tan bien, que aquellos desharrapadillos, gordos y hambrientos, crecerán entre el barro y el polvo de los caminos, y, fuertes y robustos como su padre y su abuelo, poblarán Aci-Trezza de otros tantos pilluelos; pasarán la vida alegremente, echando las muelas todo el tiempo que pueden, como el abuelo, sin desear más, rogando a Dios tan sólo que les permita cerrar los ojos donde los abrieron, en manos del médico del pueblo, que llega todos los días en su borriquillo, como Jesús, para ayudar a la buena gente que se va.
— ¡El ideal de la ostra! — dirás tú —. ¡El ideal de la ostra precisamente, y no tenemos más motivo para encontrarlo ridículo que el no haber nacido ostras a nuestra vez.
Por lo demás, el tenaz aferramiento de esa pobre gente al peñasco en que la fortuna los ha dejado caer, mientras sembraba príncipes aquí y duquesas allá, esa valiente resignación a una vida trabajosa, esa religión de la familia, que se refleja en el oficio, en la casa, en las piedras que las circundan, me parecen — al menos en este cuarto de hora — cosas muy serias y respetables.
Me parece que las inquietudes del pensamiento vagabundo se adormecerían dulcemente en la serena paz de aquellos sentimientos suaves y simples, que se sucedan inalterados, en calma, de generación en generación. Me parece que podría verte pasar al trote de tus caballos, con el alegre tintineo de sus cascabeles, y saludarte tan tranquilo.
Acaso porque he intentado ser demasiado en el torbellino que te rodea y te sigue, me ha parecido ahora leer una necesidad fatal en las tenaces afecciones de los débiles, en el instinto que tienen los pequeños de estrecharse unos con otros para resistir a las tempestades de la vida, y he intentado descifrar el drama modesto e ignorado que ha destrozado a los plebeyos actores que juntos conocimos. Un drama que tal vez algún día te contaré, y cuyo nudo me parece que ha de consistir en esto: que cuando uno de aquellos seres, más débil, más incauto, o más egoísta que los otros, quiso separarse de los suyos por deseo de lo ignorado, o por curiosidad de conocer el mundo, pez voraz se lo tragó, y con él a los suyos. Verás que bajo ese aspecto no le falta interés al drama. Para las ostras, el argumento más interesante debe ser el que trata de las insidias del cámbaro, o del cuchillo del buzo que las arranca de la roca.
JELI EL PASTOR
JELI EL PASTOR
Jeli, el guardián de caballos, tenía trece años cuando conoció a don Alfonso, el señorito; pero era tan pequeño, que no alcanzaba a la panza de la "Blanca", la vieja yegua que llevaba la esquila de la piara. Veíasele siempre de aquí para allá, por montes y llanos, donde pastaba su ganado, derecho e inmóvil sobre algún teso o sentado en una piedra. Su amigo don Alfonso, cuando estaba de veraneo, iba a buscarle todos los días de Dios a Tebidi, y partían los buenos bocados del amito, el pan de maíz del pastorcito y la fruta robada al vecino. Al principio, Jeli trataba de "excelencia" al señorito, como es uso en Sicilia; pero luego que se hubieron zurrado de lo lindo, su amistad se estableció sólidamente. Jeli enseñaba a su amigo a trepar hasta los nidos de pegas, en las copas de los nogales, más altas que el campanario de Licodia; a cazar un pájaro al vuelo de una pedrada o a montarse de un salto a pelo en las yeguas sin domar aún, agarrando por la crin a la primera que se ponía a tiro, sin asustarse de los relinchos de cólera de los potros salvajes ni de sus saltos desesperados. ¡Ah, qué escapatorias por los campos segados, con las crines al viento! ¡Los buenos días de abril, cuando el aire encrespaba en ondas la hierba verde, y las yeguas relinchaban en los pastizales! ¡Los claros mediodías estivales, en que el campo blancuzco callaba bajo el cielo fosco, y los saltamontes brincaban entre los surcos, como si los rastrojos se incendiasen! El limpio cielo de invierno, a través de las desnudas ramas de los almendros, que se estremecían al soplo del cierzo, y el sendero que resonaba helado bajo los cascos de los caballos, y las alondras que cantaban en lo alto buscando el calor y el azul. Las hermosas noches de verano, en que subían poco a poco, como la niebla, el buen olor del heno, en que se hundían los codos; el melancólico zumbido de los insectos nocturnos, y aquellas dos notas de la flauta de caña de Jeli, las mismas siempre — ¡iuh, iuh, iuh! —, que hacían pensar en las cosas lejanas, en la fiesta de San Juan, en la Nochebuena, en el alba de la jira campestre, en todos los acontecimientos ya pasados, que a lo lejos parecen tristes y hacen mirar a lo alto, húmedos los ojos, como si todas las estrellas que van encendiéndose en el cielo lloviesen en el corazón y le inundasen.
Jeli no tenía semejantes melancolías; estábase sentado en un ribazo, hinchados los carrillos, dado a tocar y más tocar — ¡iuh, iuh, iuh! —. Luego reunía la piara a fuerza de gritos y pedradas y la empujaba a la cuadra, más allá del Cerro de La Cruz.
Subía anhelante la cuesta del otro lado del valle, y gritábale a veces a su amigo Alfonso:
"¡Llama al perro; ¡eh!, llama al perro!" O también: "Tírale una piedra alzaino, que está antojado y va parándose a cada paso en las matas del valle." O: "Mañana llévame una aguja gruesa, de las de la "señá" Liá."
Sabía hacer toda clase de labores de aguja, y llevaba consigo un lío de trapos para remendarse los calzones y las mangas del jubón; sabía tejer asimismo trencillas de crin de caballo, y él mismo se lavaba también con creta del valle el pañuelo que se ponía al cuello cuando tenía frío. En suma: con tal de tener su zurrón, no tenía necesidad de nadie en el mundo, aunque estuviera en los bosques de Resendone o perdido en lo último de la llanada de Caltagirono. La "señá" Lía solía decir:
— Ahí tenéis a Jeli el pastor; como ha estado siempre sólo por el campo, cual si le hubieran parido sus yeguas, sabe manejárselas.
Por lo demás, es muy verdad que Jeli no tenía necesidad de nadie; pero todos los de la hacienda habrían hecho de buen grado cualquier cosa por él, porque era un chico servicial y siempre había que ir a pedirle algo. La "señá" Lía le cocía el pan por amor del prójimo, y él se lo pagaba con preciosos castillos de mimbre para los huevos, mesas de caña y otras cosillas.
— Hagamos lo que sus animales — decía la "señá" Lía —, que se rascen el pescuezo por turno.
En Tebidi todos le conocían desde pequeño, cuando aun no se le veía entre las colas de los caballos, según pastaban en el llano del literero, y a sus ojos puede decirse que había crecido, aunque nadie le viese nunca, andando, como andaba, de una parte a otra con su ganado. "Había caído del cielo, y la tierra lo había recogido", que dice el proverbio, como los que no tienen casa ni padres. Su madre estaba sirviendo en Vizzini, y no le veía más que una vez al año, cuando iba él con los potros a la feria de San Juan, y el día que se murió fueron a llamarlo, tal que un sábado, por la noche, y el lunes ya había vuelto Jeli a la piara; de suerte que no perdió ni un día; pero volvió tan desolado el pobre chico, que los potros se le escapaban a veces por los sembrados.
— ¡Eh, Jeli! — gritábale entonces el señor Agripino desde la era —. ¿Es que quieres probar el vergajo de las fiestas, hijo de perra?
Jeli se echaba a correr tras los potros desmandados y los llevaba poco a poco hacia el monte. Pero ante los ojos tenía siempre a su madre, con la cabeza envuelta en aquel pañuelo blanco, sin hablar ya.
Su padre estaba de vaquero en Ragoleti, pasado Licodia, "donde se respiraba la malaria", según decían los campesinos de los alrededores; pero en los terrenos pantanosos, los pastos son buenos y las vacas no cogen las fiebres. Jeli, pues, estábase en el campo todo el año, bien en Donferrante, ya en los cercados de La Encomienda o en el valle del Tacitano, y los cazadores o los caminantes que tomaban los atajos veíanlo siempre de aquí para allá, como perro sin amo. No lo pasaba mal, porque estaba acostumbrado a ir con los caballos, que andaban paso al paso delante de él buscando el trébol, y con los pájaros, que revoloteaban en bandadas a su alrededor, en tanto el sol hacía su lento viaje, hasta que se alargaban las sombras, deshaciéndose luego; tenía tiempo para ver amontonarse las nubes poco a poco, figurando montes y valles; sabía cómo sopla el viento cuando hay temporal y de qué color son las nubes cuando está para nevar. Cada uno tenía su aspecto y significación, y había siempre cosas que ver y que oír a todo hora del día. Así, cuando al anochecer, el pastor se ponía a tocar en su flauta de saúco, la yegua negra se acercaba, masticando trébol, y se quedaba mirándole fijamente, con grandes ojos pensativos.
Donde únicamente le daba melancolía era en las desiertas landas de Passanitello, donde no hay un arbusto ni una mata, y en los meses de calor no vuela un pájaro. Los caballos reuníanse en coro, con la cabeza baja, para hacerse sombra los unos a los otros, y en los largos días de la trilla llovía aquella gran luz silenciosa, siempre igual y agobiante, durante diez y seis horas.
Pero donde el pasto era abundante y los caballos estaban a gusto, el muchacho se ocupaba en cualquier otra cosa; hacía jaulas de caña para grillos, pipas incrustadas y cestillos de junco con cuatro asas; sabía levantar un cobijo cuando la tramontana empujaba hacia el valle las largas hileras de cuervos, o cuando las cigarras batían las alas al sol que abrasaba los rastrojos; asaba las bellotas del encinar en las brasas de los sarmientos de zumaque, que parecíale comer tostadillas, o cocía las grandes rebanadas de pan cuando empezaba a tener la barba del moho, pues que cuando estaba en Passanitello durante el invierno los caminos se ponían tan malos que, a las veces, transcurrían quince días sin que por ellos pasara alma viviente.
Don Alfonso, que estaba pegado a las faldas de su madre, envidiaba a su amigo Jeli el zurrón en que llevaba todo su menaje, el pan, las cebollas, la botellita de vino, el pañuelo para el frío, el lío de trapos con el hilo y las agujas gruesas, la cajita de hojalata con la yesca y el pedernal; le envidiaba también la soberbia yegua "Pía", el animal aquel de los rizos enhiestos en la frente, que tenía tan malos ojos e hinchaba las narices como un mastín receloso cuando alguien quería montarla. De Jeli, por el contrario, se dejaba montar y rascar las orejas, que le gustaba mucho, y se estaba quieta a escuchar lo que le decía.
— Deja a la "Pía" — le recomendaba Jeli —. No es mala; pero no te conoce.
Luego que Scordu, el recovero, se llevó la yegua calabresa que había comprado por San Juan, para que se la tuviesen con el ganado hasta la vendimia, el potro zaino, una vez huérfano, no se daba paz y correteaba monte arriba con largos y lamentosos relinchos, al viento las crines. Jeli corría tras él, llamándolo con fuertes gritos, y el potro se detenía a escuchar, tenso el pescuezo y erguidas las orejas, acariciándose los flancos con la cola. "Como le han quitado la madre, no sabe lo que le pasa — observaba el pastor —. Hay que estarle a la mira, porque sería capaz de tirarse precipicio abajo. También yo cuando se me murió mi madre andaba a ciegas."
Cuando el potro comenzó de nuevo a oliscar el trébol y a darle unas cuantas dentelladas de mala gana, repetía: "Mira, poco a poco empieza a olvidársele. Pero también a él le venderán. Los caballos nacen para que se los venda, como los corderos para el matadero y las nubes para traer la lluvia. Sólo los pájaros no tienen más que hacer que cantar y volar todo el día."
No se le ocurrían las ideas rápidamente y una tras otra, porque rara vez había tenido con quien hablar, y por eso no tenía prisa de sacárselas de la cabeza, donde estaba acostumbrado a que surgieran poco a poco, como las yemas de los árboles bajo el sol. "También los pájaros — añadió — tienen que buscarse el cebo, y cuando la nieve cubre la tierra se mueren."
Luego reflexionó un momento. "Tú eres como los pájaros; pero cuando llega el invierno te puedes estar al fuego sin hacer nada."
Don Alfonso contestaba que también él tenía que ir a aprender al colegio. Jeli entonces abría mucho los ojos y se hacía todo oídos si el señorito se ponía a leer, mirando al libro y a él con ojos desconfiados, y permaneciendo atento, con ese ligero temblor de párpados que indica la intensidad de atención en los animales que más se acercan al hombre. Le gustaban los versos, que le acariciaban el oído con la armonía de una canción incomprensible, y a veces fruncía las cejas, sacaba la barbilla y parecía como si en su interior se estuviera forjando un grave pensamiento; entonces decía que sí con la cabeza, sonriendo burlonamente, y se rascaba la cabeza. Cuando luego el señorito poníase a escribir, para hacer ver todas las cosas que sabía, Jeli se habría estado mirándolo horas enteras, y de pronto dejaba escapar una mirada de desconfianza. No podía comprender que se pudiesen repetir en el papel las palabras que él había dicho o que había dicho don Alfonso, y aun cosas que no había pronunciado su boca; tanto, que acababa por echarse atrás, incrédulo, con maliciosa sonrisa.
Toda idea nueva que llamaba a su cabeza queriendo entrar dábale que sospechar, y parecía como si la oliscase con la misma salvaje desconfianza que su yegua "Pía". Pero no se maravillaba de nada; si le hubieran dicho que en la ciudad los caballos van en coche, se habría quedado impasible, con esa máscara de indiferencia oriental que constituye la dignidad del campesino siciliano. Parecía atrincherarse instintivamente en su ignorancia, como si fuese la fuerza de su pobreza. Siempre que le faltaban argumentos repetía: "Yo no sé nada. Yo soy pobre", con una sonrisa obstinada que quería ser maliciosa.
Había pedido a su amigo Alfonso que le escribiera el nombre de Mara en un pedazo de papel que había encontrado quién sabe dónde, porque recogía cuanto veía por el suelo y lo había puesto en el lío de los trapos. Un día, luego de estar un rato callado, mirando muy pensativo de una parte a otra, dijo serio, serio:
— Yo tengo mi novia.
Alfonso, aunque sabía leer, abrió los ojos desmesuradamente.
— Sí — repitió Jeli —; Mara, la hija del señor Agripino, que estaba aquí, y que ahora está en Marineo, en ese caserío tan grande del llano que se ve desde el teso del Literero, allá arriba.
— Conque... ¿te casas?
— Sí; cuando sea mayor y tenga seis onzas de salario al año. Mara no sabe nada todavía.
— ¿Por qué no se lo has dicho?
Jeli movió la cabeza y se dió a reflexionar. Luego desató el lío y desdobló el papel que había hecho que le escribiera.
— Es verdad que aquí dice Mara; lo ha leído don Jesualdo, el guarda, y fray Colás, cuando bajó en busca de las habas. Uno que sepa escribir — observó luego — es como uno que conservase bien las palabras en la caja del eslabón y pudiese llevarlas en el bolsillo y mandarlas aquí y allá.
— ¿Qué vas a hacer ahora con ese pedazo de papel, tú que no sabes leer? — le preguntó Alfonso.
Jeli se encogió de hombros; pero continuó doblando cuidadosamente su papel escrito en el envoltorio de los trapos.
Había conocido a la Mara cuando niña, que bien se pegaron al encontrarse en el valle, cogiendo moras en las zarzas. La chiquilla, que sabía que "aquello era cosa suya", agarró a Jeli por el pescuezo, como un ladrón. Se dieron sus buenas puñadas, por turno riguroso, como hace el tonelero con los aros de los toneles, y cuando se cansaron, calmáronse poco a poco, según se tenían agarrados.
— ¿Tú quién eres? — le preguntó Mara.
Y al ver que Jeli, más salvaje, no decía quién era:
— Yo soy Mara, la hija del señor Agripino, que es el campero de todos estos campos.
Jeli entonces soltó la presa sin decir nada, y la chica se puso a recoger las moras que se le habían caído por el suelo, mirando de reojo de cuando en cuando a su adversario con curiosidad.
— Del otro lado del puentecillo, en el seto del huerto, hay muchas moras muy gordas — añadió la pequeña — y se las comen las gallinas.
Jeli, en tanto, se alejaba paso a paso, y Mara, luego que le siguió con los ojos hasta que se perdió en el encinar, volvió las espaldas a su vez y fuese corriendo a casa.
Pero desde aquel día empezaron a domesticarse. Mara iba a hilar estopa al parapeto del puentecillo, y Jeli empujaba el ganado poco a poco hacía las faldas del Cerro del Bandido. Al principio quedábase apartado de ella, revoloteándole alrededor, mirándola de lejos con aire desconfiado, y poco a poco iba acercándosele con paso cauteloso de perro acostumbrado a las pedradas. Cuando al cabo se encontraban juntos, permanecían horas enteras sin abrir la boca; Jeli, observando atentamente el intrincado trabajo de media que habíale mandado hacer su madre a Mara, o viéndole ella a él incrustar caprichosos zigzag en las varas de almendro. Luego íbanse cada cual por su lado sin decirse palabra, y la niña, cuando llegaba a la vista de su casa, se echaba a correr, levantándosele las sayas sobre las coloradas piernezuelas.
Por el tiempo de los higos chumbos, fuéronse a la espesura del matorral, a comer higos todo el santo día. Vagabundeaban juntos bajo los nogales seculares, y Jeli vareaba las nueces, que llovían como granizo; la niña se daba a recoger con gritos de júbilo cuantas podía, y luego escapaba a toda prisa, cogiéndose las dos puntas del delantal y tambaleándose como una viejecilla.
En todo el invierno Mara no se atrevió a asomar la nariz con aquel frío tan grande. A veces, al anochecer, veíase el humo de las fogatas de zumaque, que Jeli hacía en el Llano del Literero o en el Cerro de la Abundancia, para no quedarse aterido, igual que los abejarucos que encontraba por las mañanas detrás de una piedra, o al reparo de su surco. También a los caballos les gustaba menear un poco la cola en torno al fuego, y se le apretaban unos con otros para calentarse.
Con el marzo volvieron las alondras al llano, los pájaros al tejado, las hojas y los nidos a los setos, y Mara volvió a andar en compañía de Jeli sobre la blanda hierba, entre las matas en flor, bajo los árboles todavía desnudos que empezaban a pintarse de verde. Jeli se metía entre los espinos como un sabueso para coger los nidos de mirlos, que le miraban espantados con sus ojillos de pimienta; los dos niños llevaban muchas veces entre la camisa conejitos desencamados, casi pelados aún, mas ya con largas e inquietas orejas, correteaban por los campos tras la piara de los caballos, entraban en los rastrojos tras los segadores, paso a paso, con el ganado, deteniéndose cada vez que una yegua se paraba a arrancar un matojo. Por la noche, al llegar al puentecillo, se marchaban cada cual por su lado sin decirse adiós.
Así pasaron todo el verano. Entre tanto, el sol empezaba a ponerse tras el cerro de la Cruz, y los pardillos iban siguiéndole hacia la montaña según obscurecía, por entre las chumberas. Ya no se oían grillos ni cigarras y a aquella hora difundíase por el aire como una gran melancolía.
Por entonces llegó a la cabaña de Jeli su padre, el vaquero, que había cogido la malaria en Ragoleti, y ni aun tenerse sobre el burro que le llevaba podía. Jeli encendió el fuego a toda prisa y corrió "a las casas" a buscar algún huevo de gallina.
— Extiende un poco de paja junto al fuego — le dijo su padre —, que siento que me vuelve la fiebre.
El calofrío de la calentura era tan grande, que el compadre Menu, sepultado bajo su gran tabardo, la albarda del asno y el zurrón de Jeli, temblaba como las hojas en noviembre ante la hoguera de sarmientos, que le hacía una cara blanca como la de un muerto. Los hombres de la hacienda iban a preguntarle:
— ¿Cómo va, compadre Menu?
El pobrecillo no respondía más que con un quejido como el de un perrillo nuevo.
— Es malaria de la que mata como un escopetazo — decían los amigos calentándose las manos al fuego.
Llamaron asimismo al médico; pero eran dinero despilfarrados, porque la enfermedad era tan clara que un niño sabría curarla; ya si la fiebre no era de las que matan de todos modos, con el sulfato se curaba en seguida. El compadre Menu se gastó un ojo de la cara en sulfato, pero era lo mismo que echarlo al pozo.
— Toma un buen cocimiento de "eucalitus", que no cuesta nada — sugería el señor Agripino —; y si tampoco sirve como el sulfato, por lo menos no te arruinas gastando.
Tomaba el cocimiento de eucalipto, y la fiebre le volvía con más fuerza. Jeli asistía a su padre lo mejor que sabía. Todos las mañanas, antes de salir con los potros, le dejaba el cocimiento preparado en la gamella, el haz de sarmientos a mano, los huevos en la ceniza caliente, y volvía temprano a la noche, con la leña, la botella de vino y algún pedazo de carne de carnero que había ido a comprar a Licodia. El pobre muchacho hacíalo todo con garbo, como una buena ama de casa, y su padre, según le seguía con cansados ojos en sus quehaceres por la cabaña, sonreía de cuando en cuando, pensando que el chico sabría salir adelante cuando se quedara solo.
Los días en que remitía la fiebre algunas horas, el compadre Menu se levantaba todo descompuesto, con el pañuelo atado a la cabeza, y se ponía a la puerta a esperar a Jeli mientras calentaba el sol. Cuando Jeli dejaba caer junto a la puerta el haz de leña y ponía sobre la mesa la botella y los huevos, le decía:
— Pon a hervir el "eucalitus" para esta noche.
O también:
— Ten en cuenta para cuando yo te falte que el oro de tu madre lo tiene a recaudo la tía Agueda.
Y Jeli decía que sí con la cabeza.
— Es inútil — repetía el señor Agripino cada vez que volvía a ver al compadre Menu con la fiebre —. Tiene ya la sangre apestada.
El compadre Menu escuchaba sin parpadear, con la cara más blanca que el pañuelo que llevaba a la cabeza.
Ya no se levantaba. Jeli se echaba a llorar cuando no tenía fuerzas para ayudarle a volverse de un lado; poco a poco, el compadre Menu acabó por no hablar tampoco. Las últimas palabras que le dijo a su chico fueron éstas:
— Cuando me muera, ve al amo de las vacas, a Ragoleti, y que te dé las tus onzas y los doce túmulos de trigo que me debe de mayo acá.
— No — respondió Jeli — son dos onzas y quince tan sólo, porque ha dejado usted las vacas hace más de un mes y hay que hacer la cuenta justa con el amo.
— ¡Es verdad! — afirmó el compadre Menu, entornando los ojos.
— Ahora sí que estoy en el mundo lo mismo que un potro perdido, que se lo pueden comer los lobos — pensó Jeli cuando se llevaron a su padre al cementerio de Licodia.
María fué también a casa del muerto, con esa inquieta curiosidad que despiertan las cosas espantosas.
— ¡Mira cómo me he quedado! — le dijo Jeli.
La niña se echó atrás asustada, por miedo a que quisiera hacerle entrar en la casa donde había estado el muerto.
Jeli fué a recoger el dinero de su padre y se marchó con el ganado a Passanitello, donde ya estaba alta la hierba en el terreno en barbecho y el pasto era abundante; así que los potros estuvieron allí pastando mucho tiempo, Jeli, en tanto, se había hecho muy mayor, y también Mara debía haber crecido, pensaba él muchas veces según tocaba la flauta; luego, cuando volvió a Tebidi, después de tanto tiempo, llevando delante de él, poco a poco, las yeguas por los resbaladizos senderos de la Fuente del tío Cosme, iba buscando con los ojos el puentecillo del valle, la casa del valle del Tacitano, y el tejado delas casas grandes, sobre el que revoloteaban siempre las palomas. Pero por entonces el amo ya había despedido al señor Agripino, y toda la familia de Mara estaba desalojando. Jeli se encontró a la muchacha muy crecida y guapetona, a la puerta del corral, viendo cómo cargaban su ropa en la carreta. Ahora la habitación vacía parecía más obscura y ahumada que de costumbre. La mesa, la cama, la cómoda, las estampas de la Virgen y San Juan, incluso los clavos para colgar las calabazas de las semillas, habían dejado señal en las paredes donde estuvieron tantos años.
— Nos vamos — le dijo Mara al ver que miraba —. Nos vamos a Marineo, donde está ese caserío tan grande, en el llano.
Jeli se dió a ayudar al señor Agripino y a la "señá" Lía a cargar la carreta, y cuando ya no hubo nada que sacar de la habitación, fué a sentarse con Mara en el parapeto del abrevadero.
— Tampoco las casas — le dijo luego que la vió cargar la última cesta en la carreta —, tampoco las casas, cuando se saca lo que tienen dentro, parecen las mismas.
— En Marineo — respondió Mara — tendremos un cuarto más bonito, dice mi madre, y tan grande como el almacén del queso.
— Cuando te marchas no quiero volver más por aquí: que me parecerá que ha vuelto el invierno al ver esa puerta cerrada.
— En Marineo encontraremos otra gente, a Pudda, "la Roja", y a la hija del campero; nos divertiremos; por la siega irán más de ochenta segadores con su cornamusa, bailaremos en la era.
El señor Agripino y su mujer habían echado a andar con la carreta; Mara corría tras ellos muy contenta, llevando la cesta con los pichones. Jeli quiso acompañarla hasta el puentecillo, y cuando ya estaba para desaparecer en el valle, la llamó:
— ¡Mara, Mara!
— ¿Qué quieres? — dijo Mara.
No sabía lo que quería.
— Y tú, ¿qué vas a hacer ahora aquí sólo? — le preguntó entonces la muchacha.
— Yo me quedo con los potros.
Mara se fué dando brincos, y él se quedó allí quieto en tanto pudo oír el ruido de la carreta, bambaleándose sobre las piedras. El sol tocaba las altas rocas del Cerro de la Cruz; las grises cabelleras de los olivos se esfumaban en el crepúsculo, y en la lejanía del campo no se oía más que la esguila de la "Blanca" en el silencio inmenso.
Mara, apenas se vió en Marineo entre gente nueva y en las faenas de la vendimia, se olvidó en él; pero Jeli pensaba siempre en ella, porque no tenía otra cosa que hacer en los largos días que se pasaba contemplando la cola de sus caballos. Ahora ya no tenía motivo para bajar al valle, del otro lado del puentecillo, y nadie le veía en la hacienda. Así, ignoró mucho tiempo que Mara tenía novio, porque bajo el puentecillo había pasado mucha agua. No volvió a ver a la muchacha hasta el día de la fiesta de San Juan, según fué a la feria a vender unos potros; una fiesta que se le trocó en veneno y le quitó el pan de la boca por un accidente que le ocurrió a uno de los potros del amo; Dios nos libre.
El día de la feria, el mayoral esperaba los potros desde el amanecer, andando de un lado a otro, con sus polainas relucientes, por detrás de las grupas de los caballos y las mulas, puestos en fila a un lado y a otro de la carretera. La feria estaba ya para acabar, y Jeli no asomaba aún con el ganado por el recodo que hacía la carretera. En las empinadas cuestas del Calvario y del Molino de viento quedaba aún tal cual rebaño de ovejas apretadas en corro, con el hocico en tierra y los ojos cerrados, y tal cual pareja de bueyes de pelo largo, de esos que se venden para pagar la renta de las tierras, esperando inmóviles bajo el sol ardoroso. Abajo, en el valle, la campana de San Juan tocaba a misa mayor, acompañada del largo estampido de los morteretes.
El campo de la feria parecía exaltar en un griterío que se prolongaba entre los tenderetes de los vendedores alineados en la Cuesta de los Gallos, descendía por las calles del pueblo y parecía regresar del valle donde estaba la iglesia.
— ¡Viva San Juan!
— ¡Santo diablo! — gritaba el mayoral —. Ese maldito Jeli me va a hacer perder la feria.
Las ovejas levantaban el hocico atónito y se daban a balar todos a una, y los bueyes andaban lentamente, mirando en derredor con sus grandes ojos.
El mayoral estaba tan enfadado porque aquel día había que pagar el arrendamiento de los Cercados grandes, "cuando San Juan llegase bajo el olmo" decía el contrato, y para completar la cantidad se había contado con la venta de los potros. Entre tanto, potros, caballos y mulas había cuantas el Señor hizo, todos limpios y relucientes, adornados de trenzas, lazos y cascabeles, que sacudían para espantar el fastidio, volviendo la cabeza a todo el que pasaba, como si esperasen un alma caritativa que quisiera compararlos.