El amor es una cosa, y el materialismo otra.
Cansada de vida fácil y tormentosa, estaba, sin embargo, vírgen de amor.
La más seductora é irresistible de las virginidades.
Estaba reservada para mí la felicidad de hacer amar á aquella tremenda gitana.
A aquella vaca brava, por no decir á aquella tora.
Era de Colmenar Viejo, y se habia criado en la calle de la Arganzuela de Madrid.
En plena tripicallería ó casquería, como mejor queramos.
A dos pasos del Rastro y de las Américas viejas.
Cerca del matadero.
Pegada á la Fuentecilla.
Es decir, en el centro, en la crema de la tauromaquia, de la chalanería, de lo manolo y de lo chulo.
Vamos, una hembra completa, que no le faltaba á la mujer ningun sacramento.
Ni siquiera sus primeros amores, primiciados cuando todavía era muy muchacha, por un fraile de San Francisco el Grande.
Si en los tiempos de aquellas primicias el fraile no estaba exclaustrado, la Nicanora debia tener mucho más de cincuenta años.
Pero era el caso que no representaba ni aún cuarenta.
¡Buena madera!
Tal era el amor voluntarioso y vírgen, formidable é impaciente que me habia cogido.
Ya lo habeis visto, lectoras mias.
La Nicanora estaba al corriente de todo.
Me habia expiado.
He habia echado mano.
Yo la habia seguido, huyendo de Micaela, que era otra india brava.
Aquello habia sido ir dePericoáPendanga, de mal á peor.
Habia causado una nueva ofensa á Micaela, dándola esquinazo en los propios andaluces de Casacon, y Nicanora me habia secuestrado.
Pero yo estaba en la embriaguez de mi buena fortuna, y aquellas aventuras tan movidas me encantaban.
Sabia demasiado Nicanora que tenia tremendas rivales.
A falta de instruccion, de civilizacion, tenia una gramática parda que metia miedo.
Si yo no hubiera tenido empeñada una cita con Loreto, hubiera dado por muy bien empleada aquella noche con mi vieja verde de tela burda.
Yo me habia propuesto, como ya he dicho, contentarla, engañarla, confiarla y escapar.
Puse todos los medios para ello.
Apuré todos los recursos.
La Nicanora se embriagaba.
Se volvia loca.
Pero no me soltaba.
Y se acercaba la hora.
Yo me daba á los diablos.
Eran las doce.
A las doce y media me esperaba Loreto en el baile de la Zarzuela.
Y tal vez con Eloisita.
Habia necesidad de escapar, aunque para esto fuese necesario una brutal energía.
Separarme de aquella furiosa, que estaba agarrada á mí como un cangrejo á un pedazo de carne cruda.
¡Ah, los amores berroqueños!
¡Los que pudieran llamarse los callos y los caracoles del festin de la vida!
¡Tan sabrosos de cuando en cuando, tan picantes y tan crasos; pero tambien tan indigestos!
Hay muchos, muchísimos, infinitos, que no saben lo que son estos amores de salsa picante.
Es decir, que no saben lo que es chuparse los dedos de gusto.
Que no han conocido una cosa semejante á Eva.
Porque Eva debia ser una hembra cruda.
Un amor salvaje.
Pero rico de un perfume embriagador, y de una fuerza incontrastable.
O no ha habido nunca salvajes en el mundo, lo que es, á mi juicio, lo más cierto.
La humanidad ha sido siempre una misma cosa.
O demasiado desnuda (¡qué felicidad!)
O demasiado vestida (¡qué fatiga!)
Pero en el fondo...
Las mujeres siempre han sido amigas del demonio.
Cuando cansado ya de emplear todo género de persuasiones con Nicanora, acabé de convencerme de que no habia contra su tiranía otro derechoque el sagrado de la insurreccion, esto es, el de la bofetada y la vuelta de coces, y pretendí ponerlo en práctica, me encontré conque la Nicanora lo habia previsto, y estaba dispuesta á sostener su tiranía por las vías de hecho.
—¡Quiá! ¡no señor!—me dijo:—no te quiero yo tanto, para que te burles de mí como te has burlado de tantas otras.
Yo te tengo cogido, y bien cogido: tú eres mi esposo, y no te me vas.
Figúrate que estás en la cárcel, y que yo soy el juez.
Tú no saldrás de la cárcel sino atado á mi por locevily por la vicaría.
Si piensas valerte de los puños, te engañas, porque yo tengo más puños que tú, y en diciendo que tú me levantes la mano, te doy una paliza que te pongo verde.
Y te quiero, y te requiero, ¿lo entiendes tú?
Y conmigo vas á tener tú la gloria de Dios.
Y mira si te querré, que para poder mantenerte como yo quiero mantenerte y regalarte, porque la que quiere tener á su marido gordito, que le dé un traguito, y para que no te falte nunca una onza en el bolsillo, he robado á doña Emerenciana.
Y eso que yo no he robado nunca.
¿Pero qué quieres, hijo?
Me has vuelto loca.
¡Y tan pronto, señor, tan pronto!
A la Nicanora se la saltaban los ojos de amor.
Se la agitaba el seno que era una atrocidad.
Tenia hinchadas y le palpitaban las arterias de la garganta.
Aquello era un temblor de tierra.
Una tempestad, con truenos y relámpagos.
Un cataclismo.
—¿Qué has robado tú á doña Emerenciana?—exclamé asustado.
—Sí,—me respondió con un grande aplomo:—la he quitado las alhajas que tenia sobre el tocador; mira.
Y se fué á su baul, que estaba en un rincon, y sacó de él un pañuelo de seda que envolvia algo.
Lo desenvolvió, y aparecieron:
Un rico brazalete de oro macizo y pedrería.
Un collar de gruesas perlas, con medallon de diamantes, esmeraldas y rubíes.
Dos broquelillos, y en ellos dos gruesos solitarios.
Un imperdible, cuajado de ricas piedras.
Un broche admirable.
Y media docena de sortíjas de gran valor.
—Si no hay aquí diez mil duros, no hay nada,—dijo la Nicanora:—en eso lo ha tasado unplatero que yo conozco, y que me ha dicho que le dará salida.
Con este dinero me meto yo al trato, y le hago crecer como la espuma.
Ya verás, dentro de poco con palacio y coche.
Conque yo te tengo mucha cuenta, chaval: déjate de señoritingas, que no son nichichanilimoná, y de viejas que apestan, yapégateá mí, que ya sabes si valgo más que otras que se dán tono de hermosas.
¡Digo: porque sí!
Y volvió á envolver en el pañuelo las joyas que dejó sobre la mesa de noche.
Como podeis suponerlo, mis adorables lectoras, me sentó muy mal aquel acto de mi terrible amante.
Podia muy bien creérseme cómplice del robo, si me encontraban encerrado con ella.
Habia una razon más, y poderosa, para escapar.
Cuando ya desesperado, y con miedo á la cárcel y al presidio, me decidia á usar á todo trance de la fuerza, sonaron pasos presurosos y fuertes de muchos hombres en las escaleras.
La Nicanora se puso pálida, y se aturdió.
Pero instantáneamente dominó el aturdimiento, y cogiendo el pañuelo donde estaban lasalhajas, le arrebujó, se lo metió entre el seno, y exclamando:
—Á obra que no á mí,—se fue á la lucana, la abrió, y escapó por el tejado.
Yo respiré.
Salí á la cocina.
Apagué la luz.
Me fuí á la puerta, y escuché.
El ruido de los pasos que habian espantado y ahuyentado á la Nicanora, se sentían ya al pié de las escaleras.
Al mismo tiempo se oian vocea de tres ó cuatro mujeres que gritaban:
—¡A esos pillos! ¡ladrones!
Era, en fin, una culebra, que por fortuna mia, habia engañado á la Nicanora.
No me fué difícil correr con mi navaja el fiador de la vieja cerradura.
Salí al pasillo.
Las melisendras no gritaban ya.
Las escaleras estaban silenciosas.
Me lancé por ellas.
Las bajé con la misma rapidez que si hubieran estado iluminadas.
Llegué á la puerta de la calle.
Los de la zalagarda la habian dejado abierta.
Ciego, desatentado, temiendo siempre sentirlas manos de la Nicanora que me agarraban, corrí, llegué á la plazuela de Santo Domingo, donde me esperaba mi carruaje, me zambullí en él, y dije al lacayo:
—A escape: á la Zarzuela.
En que doy fin y remate á mis aventuras de Tenorio y de buscavidas.
Algunos minutos despues el carruaje llegaba al teatro de Jovellanos, y se quedaba esperándome.
A la entrada del salon se me presentó un dominó negro.
La concurrencia era enorme.
A la busconería las unas.
A la chulapería ellos.
El dominó negro se asió á mi brazo, y me habló con su voz natural.
Era Loreto.
Por bajo de la careta se la veia la preciosa barba.
Entre el capuchon entreabierto la hermosa garganta morena, con un collar de corales, delcual pendia, entre las dos prominencias del seno, un rico medallon.
Aturdia.
Daba el ópio.
—¿Qué te sucede?—me dijo:—¡estás pálido, temblando, fatigado; y con unas ojeras!...
—Me he afanado mucho estos dias,—la respondí;—¿pero y Eloisita? ¿no decias que la ibas á traer?
—Tu papá suegro es muy escamon, hijo mio: no ha querido dejármela.
Por lo demás, todo está convenido: me ha costado un sacrificio.
¿Pero qué sacrificio no soy yo capaz de apurar por tí?
Le he vuelto loco: agradécemelo.
He hecho por tí todo lo que por un hombre puede hacer una mujer que le ama.
Arrumbales te dá su hija, y despues de que te cases con ella, no te romperá el esternon como él dice.
Por el contrario, te amará como á su amadísima hija.
Yo entre tanto tendré que sufrir al viejo.
¿Qué hemos de hacer?
Este es el mundo.
Sacrificios, y más sacrificios.
Dependemos los unos de los otros.
Vivimos de engañarnos los unos á los otros.
De devorarnos á diente de cochino.
Yo me alegraré mucho de que no me engañes tú.
Vámonos, vámonos cuanto antes.
Estoy impaciente.
Mi marido me creerá en el baile.
No le extrañará que yo no vuelva á casa hasta que sea bien de dia.
Estoy contentísima.
Y tiraba de mí.
Salimos del salon.
Apenas estábamos en el vestíbulo, cuando una máscara, un dominó blanco y azul, Adriana, aquella Adriana de Capellanes y de la Infantil; es decir, Micaela, se nos puso delante.
—¡Ah!—exclamó:—¡así se deja á una señora sola casa de Casacon, dándole un cambiazo!
¡Ah, ya sabia yo que te encontraria aquí!
—¿Quién es esta mujer?—exclamó con un desprecio agresivo Loreto.
Yo sudaba.
Una nueva tormenta se venia encima.
—¡Yo soy la que te va á arrastrar por el moño en seguida!—dijo Micaela.
Y dicho y hecho.
Arremetió con Loreto, y con una furia tal, que la tiró por tierra.
Pero se levantó como una pantera, y arremetió á su vez con Micaela.
En vano me metia yo por medio.
En vano pretendia separarlas.
En torno nuestro, llamada por el escándalo, se habia reunido una multitud enorme.
Los capuchones de las combatientes habian sido rasgados.
Las caretas habian caido por tierra.
Aquellos dos hermosos semblantes tenian ferocidades de tigre.
Los curiosos gritaban.
Las azuzaban.
Algunos silbaban.
Habian acudido los rabos de la autoridad.
Yo hice como si las oleadas de los curiosos me hubiesen separado de ellas.
Tenia miedo.
No queria ponerme en evidencia.
El robo de la Nicanora me asustaba.
Creia que me iban á suponer cómplice suyo, y que me iban á echar mano.
Los inspectores y losórden-públicome daban lajindama.
Las dejé liadas, y me escapé.
Esto era cobarde.
Pero no pude hacer otra cosa.
Era necesario tomar elolivo.
Ampararme de algo que fuera una potencia.
Una jóven, y una casi vieja, se batian por mí, y hacian méritos para que las aposentasen en la prevencion.
Otra vieja verde, Aurora, yacia en un lecho, por la virtud de un garrotazo recibido por amor mio.
El excelentísimo señor don F... era su cuñado.
¿Quién otro podia protejerme mejor que él?
Me zambullí en el carruaje, y dí al lacayo las señas.
—Ya me contarán lo que haya sucedido,—dije en el momento en que el carruaje partia al trote.
Llegué.
La puerta estaba abierta, y el portal iluminado, á pesar de la hora.
En la calle esperaban algunos carruajes.
Habia, pues, gentes casa de don F...
Sucedia algo importante.
En efecto, don F... no estaba sólo.
Le acompañaban los vecinos de la casa y gran parte de sus numerosos conocimientos.
Cuando un hombre tiene una gran posicion, cuando puede servir de mucho, tiene un número enorme de cortesanos serviles.
Algunos personajes, que sin saberse cómo, habían sabido que la Aurorita, ó más bien, Auroraza,estaba enferma de peligro, habian acudido.
No se habia dicho que Aurorita era víctima de un palo de ciego, dado por un lacayo celoso.
Se habia dicho que se habia caido por las escaleras.
Todos lo habian creido.
Se decia que la herida presentaba muy mal aspecto.
Cuatro médicos-cirujanos estaban allí de planton.
No se separaban del lecho dos hermanas de la caridad.
Se hablaba de preparar á la enferma.
Yo hice avisar á don F...
Este sobrevino al momento, con una vehemencia extraordinaria.
Me asió las manos, y dijo:
—Yo habia mandado se buscase á usted.
Y me llevó á su gabinete.
Se encerró conmigo.
—Esa está muy mala,—me dijo:—lo sé todo.
—¡Cómo! ¡todo!—exclamé.
—Sí señor, todo: usted es un hombre apreciabilísimo.
Un jóven de muchas esperanzas.
Su artículo ha causado una impresion profunda.
Ha empezado usted de una manera segura, y aún pudiera decirse que brillante, su carrera política.
Es usted muy simpático.
Está usted dotado de grandes condiciones.
Yo hacia una reverencia á cada uno de estos elogios.
Don F... me sonreia.
Me miraba, como si no me hubiera conocido.
Como si yo le causara admiracion.
—Ya no me extraña,—añadió,—que mi cuñada Aurora haya sentido por usted una pasion violenta y repentina.
La simpatía.
Algo misterioso é inexplicable.
Que impulsada por su extraordinaria sensibilidad, haya dado en una inconveniencia.
Usted lo merece todo.
Aurora se ha empeorado.
Está en un estado grave.
Los médicos dicen, que si se pudiera calmar su excitacion aún se podrian tener esperanzas.
Yo habia enviado en busca de usted; pero no se le habia encontrado.
Pero ha llegado usted muy á tiempo.
Se trata de un casamientoin artículo mortis.
Me extremecí.
¡Marido de la Aurora!
¡De aquel esqueleto, forrado de pergamino!
¡Horripilante!
¿Pero qué hacer?
Necesitaba de la proteccion de don F...
Él podia llevarme en poco tiempo á la cúspide.
Y luego si era verdad que Aurora estaba herida de muerte...
Además, habia que tener en cuenta que me daria desde el momento una gran posicion mi alianza con el eminentísimo hombre político don F...
¿Pero y Micaela, y Eloisita y Loreto, y aún la misma Nicanora?
¿Qué me importaba?
Ellas podian ser las odaliscas de mi haren.
Me presté á la exigencia de don F...
Éste me llevó junto á su cuñada.
Hizo salir á los médicos.
A las hermanas de la caridad.
Nos quedamos solos.
Entonces adelanté yo, y me dejé ver de Aurora.
En cuanto me vió soltó un berrido de alegría.
Parecia como que de improviso, se mejoraba.
Se incorporó y extendió hácia mí sus dos brazos secos como dos sarmientos.
Renuncio á ocuparme de la escena que sobrevino.
Mis lectores pueden figurársela.
Todo era allí falso ó asqueroso.
Todo ridículo.
Todo exagerado.
Se convino en que me casaria inmediatamente con Aurora, como si ésta hubiese estado en un inminente peligro de muerte.
Los médicos habian firmado una declaracion de gravedad extraordinaria.
Se llamó al párroco.
Guadalupe, la egregia esposa de don F... estaba contentísima.
Al fin iba á tenerme en la familia.
Dentro de muy poco seria yo su cuñado.
Los cuñados y las cuñadas suelen llevarse bien.
Se preparó todo.
Habia allí bastantes personas importantes que podian servir de testigos.
Se preparó á la que se hacia pasar por moribunda.
Se procedió á la ceremonia.
Pero apenas se habia empezado, cuando me sentí agarrado por el cuello.
Pensé en la Nicanora.
Me volví, y ví al coronel Arrumbales que habia dejado encerrada á Eloisita, y habia venido como buen vecino, á pasar la noche, como otros, velando á la moribunda.
Habia llegado á tiempo.
Antes de que yo pronunciase el sí terrible me habia echado mano.
Me arrolló.
Se puso delante de mí con los puños crispados:
—Esto no puede ser,—dijo:—este hombre no puede casarse.
Este hombre es el prometido de mi hija.
Si se casa con otra que con mi hija le mato.
Al que directa ó indirectamente se mezcle en este negocio le estrangulo.
Ya se sabe quién es el coronel Arrumbales.
Basta un sólo aliento mio para que todo el mundo se aterre y se humille.
—Que vayan á buscar una pareja,—exclamó don F...—este hombre á la cárcel.
—¿Quién tal dijo?
El coronel Arrumbales, soltó un grito pavoroso.
Un formidable grito de guerra.
Me retenia asido con su mano izquierda, y estendia el puño derecho cerrado.
Estaba magnífico.
Puesto en guardia.
Rugía como un tigre.
Una locura de exterminio flameaba en sus ojos.
Estaba formidable.
Infinito.
Parecia omnipotente.
Los más tímidos huyeron.
El cura desapareció.
Aurora gritaba.
Sus gritos parecian chillidos de rata.
Don F... habia querido intervenir, y don Silvestre habia embestido con él.
El grande hombre, convencido de su impotencia, por un gaznatazo, se habia puesto en fuga.
La moribunda habia saltado de la cama, y habia escapado.
Los criados acudian con garrotes.
Entonces pude admirar la bravura de Arrumbales.
—Ayúdame,—me dijo,—si quieres hacerte digno de que yo te perdone.
Y bajó la cabeza, y embistió con los criados.
Yo le ayudé.
Rompimos al fin por medio.
Nos lanzamos por las escaleras.
El portero aturdido nos dejó el paso libre.
Salimos á la calle.
La puerta de la casa de Arrumbales estaba inmediata.
—Ya sabes quién soy yo, y tengo la seguridad de que tú procurarás que yo no te extermine,—me dijo:—mañana terminaremos esto, ven á verme; buenas noches.
Yo aproveché la ocasion.
Me gustaba más que el cuarto del hotel de París el cuarto de Eloisita.
—¡A mi casa!—dije:—yo no tengo casa.
—¡Cómo que no tienes casa!—me contestó:—¿pues no eres tú el marido de mi hija?
—¡Ah, señor!
—¿Qué más dá?
Soy un filósofo.
Tu estás ya casado de hecho.
Yo no he podido evitar lo que me fuerza á considerarte como hijo mio.
Yo te he casado ya con mi hija.
Solo faltan las formas.
La ceremonia.
Como si dijéramos, la credencial.
Eso será mañana mismo.
Un mandamiento cerrado...
—Todo eso está muy bien,—le dije,—pero nos detenemos á la puerta.
Pueden sobrevenir.
—¡Que sobrevengan!
—¡Un escándalo en la calle!
—Pues bien, entra: estás en tu casa.
Despedí el carruaje.
Entré con Arrumbales.
Poco despues Eloisita se arrojaba en mis brazos, sollozando de amor.
Arrumbales me dejó en el cuarto de su hija, con la misma tranquilidad que si hubiera estado casado con ella.
Era un original de primera fuerza aquel diablo de coronel.
Yo estaba muy contento.
Eloisita me amaba.
Las cosas se arreglaban.
¡Un millon de dote!
¡Otros cinco de herencia!
Además estaba seguro de hacer del coronel Arrumbales lo que quisiera.
Eloisa me parecia hermosísima.
Estaba traspuesta de amor.
Y parecia tan brava como su padre.
Me pidió cuentas.
Me dió celos.
¡Pero cuando una mujer está enamorada de un hombre, es tan fácil convencerla!...
Habian pasado dos horas.
Eloisita dormia sonriendo.
Yo sentia necesidad de reposo; pero estaba terriblemente excitado.
La Nicanora, el robo, Micaela, Loreto, la situacion extraordinaria en que me encontraba, todo esto excitaba mis nervios y me impedia el sueño.
Sentí tres golpes y repique á la puerta de la calle.
¿Quién podia ser?
Temí una nueva aventura.
Tal vez habia sido presa la Nicanora, me habia comprometido, y la policía venia á buscarme.
Salté de la cama.
Eloisita, que me tenia abrazado, despertó.
Pasó un gran rato, casi otra hora.
Llamaron á la puerta del cuarto.
Acudí.
Era el papá.
Éste llamó á Eloisita, que acudió envuelta en un peinador.
—Hija mía,—la dijo su padre:—tienes una huéspeda por lo que queda de noche: es necesario que la acojas.
—Bueno, papá,—dijo la niña con voz soñolienta y bostezando de una manera deliciosa.
Arrumbales me llevó á su cuarto.
—Sé todo lo que ha pasado en el teatro de la Zarzuela,—me dijo con voz severa,—y fuera de la Zarzuela. Loretito me lo ha contado todo: te prevengo que si no te dejas de desórdenes y de tunanterías te acogoto; tu tienes ya la obligacion de hacer feliz á mi hija: si la causas el más leve disgusto, te hundo el cráneo.
Yo me deshice en protestas.
—Obras son amores y no buenas razones: tú eres un canalla: tú has abandonado en el peligro á una grande amiga tuya: ha habido un gran escándalo: se las han llevado á las dos á la prevencion: Loreto me ha llamado en este apuro: yo he servido de fiador, y las han soltado: me he traido á Loreto, y la otra se ha ido á su casa ó á donde ha querido: mañana, ó más bien, luego, sera necesario que se eche tierra al juicio de faltas.
—Tiene usted que pensar en que se eche tierra á otro negocio mio,—le dije.
Y le conté lo de Nicanora.
—¡Ah!¡ah!—dijo:—pues es necesario confesar, que tú has nacido para volver locas á las mujeres. ¡Peste! ¡un títere! Pero, en fin, así son ellas.
Eso se arreglará también: acuéstate en mi cama, y descansa: debes estar rendido, maldito.
Al fin habia yo dado fondo.
Se arregló todo.
Don Bruno se habia apoderado al fin por Completo de doña Emerenciana.
Esta, encontrándose indefensa, se resignó y se casó con él.
Micaela se resignó tambien.
Yo me habia casado, y disponia del dinero de mi suegro.
Micaela, pues, estaba en grande, y me tenia á su lado con frecuencia.
La Loretito estaba aliada conmigo.
Guadalupe y Aurora tuvieron paciencia.
Sin embargo, yo era muy amable con ellas.
Las necesitaba aún.
Por mi casamiento tenia asegurada mi fortuna.
¿Pero qué eran seis millones en comparacion de lo que podia producirme la carrera política?
Yo me manejaba de tal modo con las dos estantiguas, que ellas me tenian hecho el amo de la casa.
Don F... me protegia abiertamente.
Toda su influencia era mia.
Yo iba bien en popa.
No habia perdido nada.
Tenia mis odaliscas, de las cuales Eloisita era la sultana.
Nicanora, con quien nadie se habia metido, tomó en traspaso una posada en la calle de Toledocon lo que habia robado á doña Emerenciana.
Habia transigido conmigo, viéndome casado.
Yo iba con mucha frequencia á la posada á comer callos y caracoles.
¡Ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres!
Yo puedo decir que ellas han sido las yeguas que han tirado del carro de mi fortuna.
Estoy en una gran posicion.
Tengo una envidiable reputacion de hombre sério.
De hombre de gobierno.
He desempeñado importantísimos cargos públicos.
Soy uno de los oradores terribles.
He llegado á hombre de partido.
He sido dos veces ministro.
Tengo un escaparate artístico, riquísimo, incrustado de nacar, marfil, oro y plata; una preciosidad artística en que aparecen todas mis altas condecoraciones nacionales y extranjeras.
Soy marqués de X.
Conde de Z.
Tengo... naturalmente... dos millones de renta.
No es bastante.
Tengo una prole numerosa.
Mi mujer gasta como el fuego.
¡Ah! ¡la representacion social de un grande hombre!...
De un ilustre hijo de sus obras.
De un chulo amparado por las mujeres...
De un bohemio redimido...
Indudablemente es necesario crecer más.
Creceré.
¡Oh! ¡la política!
Nadie sabe mi historia.
Yo soy respetable de toda respetabilidad.
Me faltaba un perfil, y voy á tenerlo.
He sido admitido en la Academia.
Os recomiendo, pues, las viejas verdes.
Ellas han hecho muchas posiciones.
Ellas lo revuelven todo.
Ellas empingorotan á sus amantes.
Ellas son la providencia de los buenos mozos.
Sí, yo recomiendo al jóven ambicioso, que venga á Madrid á hacer fortuna, que el mejor medio para encontrarla, el más seguro es... una vieja verde.
FIN.
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