—Y ella, ¿no se encuentra exigente?
—Nada de eso—respondió Francisca con una burlona carcajada.—Ella es natural que tenga las pretensiones que quiera, eso es permitido... Lo que no lo es, es que el caballero haga lo mismo.
—¡Ah!—respondí pensando en otra cosa.
Francisca se acercó a mí y me levantó la cabeza cogiéndome por la barbilla.
—¿Me quieres decir qué significan esas distracciones?—me preguntó meneándome.—La verdad es que no te conozco... Vamos, no me mires así, porque creeré que no tienes la conciencia tranquila...
Por toda respuesta me eché a llorar sin poder más que decir débilmente:
—No sé lo que tengo... Creo que estoy enferma...
Francisca me miró un instante en silencio, registró mi escritorio, descubrió mi diario y leyó las últimas páginas sin que yo pensase siquiera en oponerme.
—¡Vamos! esto es... Estás cogida, mi pobre amiga...
—¿Cómo cogida?...
—Sí, estás chiflada por el señor Baltet.
—Chiflada...
—Ciertamente... Le amas... ¿Comprendes ahora?
—No, no, Francisca, no te figures eso—exclamé espantada y sin llorar ya esta vez;—estoy enferma...
—Enferma... ¿Dónde?
—Por todas partes...
—Una especie de angustia, ¿eh?...
—Sí.
—Falta de interés hacia todo... Una idea fija...
—Sí, sí...
—Accesos de tristeza... Ganas de llorar...
—Sí, sí—dije sintiendo que las lágrimas se me escapaban con abundancia.
—Pues bien, eso es el amor—exclamó Francisca con entonación triunfante.—Te aseguro, hija mía, que eso es el amor...
—No es posible—respondí indignada.—No conozco siquiera a ese señor y quieres que le ame...
—No es necesario conocer para amar—dijo Francisca con vivacidad.—En las novelas no se conoce más que a los amigos. Con los enamorados la cosa es más rápida... Una chispa, y brota el amor...
—En las novelas, Francisca, pero en la vida...
—En la vida pasa como en las novelas... Créeme, Magdalena, he leído bastante para conocer la materia...
—¿Crees entonces?...—pregunté un poco influida por la convicción de Francisca.
—Sí... Con tus ideas y tu educación, tenía que suceder... ¡Ah! Magdalena, la solterona se transforma en una enamorada... Es graciosísimo...
Sonreí débilmente.
—No te burles, Francisca... Piensa que te puede suceder lo mismo...
—¿A mí?—exclamó indignada;—jamás... ¿Yo enamorada?... El amor, amiga mía, no es de mi cuerda.
—¿Y lo es de la mía?...
—Completamente... Tú eres cariñosa, Magdalena, y yo no... Por otra parte—añadió,—prefiero mi carácter al tuyo...
—Cada cual es como Dios le ha hecho—suspiré, envidiándole su filosofía y su buen humor.
—Desgraciadamente para ti. Teniendo corazón se sufre... Con un corazón de similor como el mío, todo importa poco... ¡Viva el similor!...
—¡Viva el amor!—respondí por lo bajo.
—¡Qué gusto!—exclamó Francisca muy contenta.—Va a ser divertido ver a una enamorada de carne y hueso... ¿Me lo contarás todo, eh, Magdalena?...
La niñada de Francisca me hizo reír, y prometí todo lo que quiso. He aquí a la buena Francisca elevada al papel de confidente... Se calumnia al decir que no tiene corazón, y todo el mundo es injusto con ella... Es, sin embargo, la única que me ha comprendido... Qué buena y segura amiga...
—¡Pensar que estoy enamorada!... Es lindo el amor, pero triste... Y hasta hace un poco de daño...
16 de febrero.
La abuela va con frecuencia a casa de la Ribert, el padre Tomás viene a la nuestra, Genoveva aparece y desaparece y me envía amables sonrisas, y Celestina afecta cierto aire de discreción... Con tal de que no piensen otra vez en casarme... ¡Oh! no, no estoy para entrevistas...
No he podido menos de dar parte a Francisca de mis temores, y me ha animado a la resistencia.
—El amor es siempre contrariado por la familia—observó, dándose importancia.
—¿Crees eso?
—Sí. Hay que tener energía y no dejarte influir...
—Pero...
—Si cedes, todo está perdido.
—No cedo—respondí;—pero, en fin, Francisca, yo no conozco al señor Baltet...
—Que no le conoces... ¿Y la famosa carta?...
—Es verdad; existe la carta.
—Una carta como esa, basta para inflamar un corazón...
—Un corazón inflamable—rectifiqué,—pero no uno como el tuyo.
—No se trata de mí—respondió Francisca.—sabes que yo no represento más que los papeles de coqueta, mientras que tú eres una enamorada de nacimiento...
—¿Verdad?...
—Sí, cuando yo te lo digo...
¡Buena y querida Francisca!... Qué suerte tiene de saber tanto... Hemos discutido juntas el santo a quien hay que rezar para conseguir que el señor Baltet llegue a conocerme. Yo me inclinaba a San Antonio, pero Francisca no es de mi opinión y me encomienda a Santa Magdalena. Me ha traído el librito del padre Lacordaire para excitar mi confianza en la querida santa.
20 de febrero.
—¡Qué revolución en mi vida!...
—¡Oh! qué inmenso agradecimiento el mío a mi buena y querida abuela... Y pensar que estaba yo a punto de creer que su abnegación se debilitaba... Qué monstruoso error y qué ingratitud sin ejemplo...
Esta mañana, almorzando, la abuela me hizo observar que estaba quedando mal con la de Ribert y que no debía abandonarla así, después de haberla molestado tanto con mis deseos de estudio.
Si ahora te interesan menos las solteronas—dijo la abuela con fina sonrisa,—no por eso debes tomar ese aspecto despegado... Hace más de cinco meses nos estás fastidiando con tus solteronas... ¡Dios mío! qué disgustos me has dado... En fin, ya pasó...
—¿Qué es lo que ha pasado?—pregunté fingiendo no comprender el pensamiento de la abuela.
—Tu incomprensible gusto... Para ti no había más que las solteronas... Sólo ellas eran buenas y perfectas...
—No, abuela. Pero convengamos en que son tan buenas y tan perfectas como las casadas... o más.
—¡Bah! no hablemos más... Para salvar tu reputación, iremos esta tarde a casa de la de Ribert... No quiero que esta excelente amiga te juzgue mal.
Se convino que a las tres dadas me encontraría dispuesta para acompañar a la abuela, y como no quería, de ningún modo, sufrir un interrogatorio malicioso, envié dos letras a Francisca para que se encontrase a las tres en casa de la de Ribert. Contaba con ella para cambiar de conversación e impedirla que fuese desagradable para mí.
A la hora indicada, y en el momento de entrar en casa de nuestras amigas, nos tropezamos con Francisca, la cual, después de haber saludado amablemente a la abuela, nos propuso acompañarnos. La abuela hizo un movimiento de protesta que Francisca aparentó no ver ni yo tampoco. En seguida llamé, para evitar la hostilidad de la abuela, a la que no hacía ninguna gracia la compañía de Francisca.
Marieta, la doncella, nos abrió la puerta, y cambió un mirada con la abuela, que me asombró. Pareció que la abuela le preguntaba:
—¿Hay alguien con la señora?
Y que Marieta había respondido:
—Sí.
Mientras subía la escalera, me sentí oprimida y rara. Francisca me empujó con el codo y me dijo:
—Esto huele a misterio, ¿eh?...
Mi opresión aumentaba, y me parecía que marchaba hacia mi destino, casi hacia mi desgracia... Si me hubiera atrevido, me hubiera escapado... Por fin, se abre la puerta del salón y... ¿qué veo?
Delante de la ventana, ocupados en mirar fotografías, estaban la de Ribert y un joven rubio... alto... delgado... de ojos azules... Es el señor Baltet, estoy segura...
Las presentaciones no me enseñaron nada. Le había conocido... ¡Cómo se parecía al hombre de mis sueños!... Su voz tiene las mismas inflexiones corteses... ¡Es él!...
Pero... si es él, es que la abuela y la de Ribert me han adivinado... ¡Qué vergüenza!
Por un violento esfuerzo, logro recobrar un poco la calma, pero no puedo hablar... Francisca, que lo ha comprendido todo, se divierte grandemente, ríe, habla, afecta su expresión reservada de los buenos días, y exhibe de vez en cuando algún ingenio. Está encantadora, mientras que yo tengo la sensación de estar estúpida como una docena de gansos reunidos... La de Ribert me mira con reproche, la abuela con ansiedad, y las dos están casi duras con Francisca, y cortan intencionadamente sus frases más brillantes... Por fortuna para mi amiga, su humor parece estar en buen tiempo fijo y me quedo asombrada de su dulzura desusada. ¡Pobre Francisca! Hace eso por mí... Qué buena es...
La de Ribert nos explicó en pocas palabras cómo había conocido al señor Baltet, y habló de sus investigaciones sobre el celibato... La abuela sonrió... El señor Baltet tomó parte en la conversación... Genoveva habló también... Solamente a mí no se me ocurrió nada que decir... Era tan feliz con mi absurda angustia... No sé cuánto tiempo duró la visita, pero cuando la abuela se levantó, di un suspiro de pena... La abuela lo notó probablemente, pues invitó al señor Baltet a ir a casa al día siguiente, con aquellas señoras, para ver unas antigüedades que podía enseñarles.
El señor Baltet dio las gracias y aceptó, diciendo que quería aprovechar su estancia en Aiglemont para hacer unos estudios arqueológicos del mayor interés. Tiene una carta de recomendación para el padre Tomás, lo que pareció encantar a la abuela.
Pero Francisca dio un violento golpe a su encanto, expresando que tendría mucho gusto en ser admitida a contemplar esas cosas que tanto le gustan. La abuela no había comprendido ciertamente a Francisca en la invitación, pero la curiosilla desempeñó perfectamente bien el papel de aficionada a antigüedades, y hasta tomó cierta expresión profunda al hablar de arqueología, todo para ablandar a la abuela y conseguir que no se le cerrase la puerta... El señor Baltet parecía ver con placer las diversas evoluciones de Francisca. Cómo se hubiera reído si hubiera sospechado la comedia que nos estaba representando...
Genoveva me acompañó hasta la puerta y me dio un beso tan tierno, que me sentí instantáneamente animada y libre de mi absurda angustia.
—Qué lástima, dejar a la de Ribert—dije a la abuela en cuanto salimos.—Creo ahora haber recobrado mi presencia de ánimo y hubiera gozado más de la presencia de mi alma hermana...
—Silencio—dijo la abuela;—esperemos a estar en casa para hablar libremente...
Al llegar, me eché en los brazos de la abuela, y sólo mis lágrimas le dijeron elocuentemente mi agradecimiento.
—¡Querida abuela!—suspiré, cubriéndola de besos.
—¿Estás contenta, hija mía?—me preguntó con voz conmovida, devolviéndome con usura mis caricias.
—Abuela, abuela... ¿Habías adivinado?... Qué ángel guardián...
—No era difícil—respondió.—Eres tan misteriosa, pobre hija mía, que llevas el secreto escrito en la frente...
—¡Dios mío! y yo que apenas lo sabía... Sin Francisca, no lo hubiera sospechado siquiera...
—Dichosa inocencia—exclamó la abuela riéndose.—Pero—añadió más severamente,—te ruego, Magdalena, que no acojas a Francisca como lo haces... Es astuta esa muchacha... Me contraría el verla mañana con el señor Baltet...
—¿Por qué?—pregunté sorprendida.
—Por nada—respondió la abuela, haciendo un movimiento como para ahuyentar un pensamiento importuno.—Hablemos de nuestro complot...
Me contó entonces que había vigilado mis impresiones, que se había confiado al padre Tomás, y que la de Ribert había prestado su concurso a la conspiración. Con el pretexto de comunidad de ideas, había respondido directamente al señor Baltet. Este había pedido con la misma ocasión algunos datos sobre los descubrimientos arqueológicos hechos en Aiglemont, y la de Ribert había respondido tan bien, que el señor Baltet manifestó el deseo de venir a juzgar personalmente. Y todo se había arreglado.
—De modo—pregunté mordida en el corazón por una secreta angustia,—que no se ha tratado de mí...
—Nada de eso—respondió la abuela.—Acuérdate de la declaración de principios del señor Baltet... Creo que hablaba de exterminar a todo intermediario en un asunto matrimonial... No era este el caso de probar...
—Mejor—respondí;—me quitas un gran peso...
—Un poco de buen sentido, Magdalena—dijo la abuela.—Ya me haces incurrir en cosas bastante extraordinarias sin llegar a ofrecer a nadie mi nieta... ¡Ah! qué débil es el corazón de una abuela... Por cariño a ti, me veo metida en la más tonta historia que he visto jamás... La culpa es de las solteronas... Las abomino...
—Querida abuela—respondí, apoyando la cabeza en su hombro,—si esas aborrecidas solteronas fuesen la causa de mi felicidad, ¿las detestarías?...
—No, hija mía—dijo la abuela enternecida.—Tu dicha es mi única preocupación... de modo que tú crees...
—Sí—balbucí confusa,—sí, creo...
—¿Ya no eres opuesta al matrimonio?
—Muy poquito ya... casi nada.
—¡Ay! hija mía, qué alegría me das... Al fin podré morir tranquila...
—No hables así, abuela adorada. Lo que hace falta es que vivas mucho tiempo... siempre.
La abuela movió la cabeza con expresión de pena, y para no enternecerse más, me habló de la buena posición del señor Baltet, de sus gustos serios y de sus relaciones con el mundo de la ciencia.
—¡Es alguien!—dijo la abuela.
—Con tal de que yo llegue a ser algo para ese alguien...—murmuré con nueva angustia.
—¿Por qué no?—respondió la abuela con orgullo.—Tendría que ver que a ese señor se le ocurriera criticarte...
—Sin criticarme, podría sencillamente no reparar en mí...
—¿En ti?...
Esta pregunta fue un poema de amor, de confianza y de admiración y dijo todo el cariño de mi abuela querida y su fe ciega en el porvenir de su nieta.
¡Pobre abuela!...
21 de febrero.
El señor Baltet me gusta cada vez más.
Ha estado delicioso esta tarde. Cada uno de los objetos que le presentaba la abuela, era motivo para una disertación medio seria, medio jocosa. La de Ribert y Genoveva han quedado conquistadas como yo... aunque en distinto grado. Hasta Celestina manifiesta alguna indulgencia hacia el señor Baltet. La abuela no habla más que de él, y su nombre sale a cada instante en la conversación... Yo sonrío y me pongo encarnada... Dios mío, qué dichosa soy...
Francisca me asombra prodigiosamente. Ella, que no tiene la costumbre de hablar seriamente, está admirable de formalidad y de oportunidad. No sé dónde ha ido a buscar las anécdotas que nos ha contado sobre un plato de Bernardo Palissy; todas la hemos escuchado con la misma sorpresa. Sin ese airecito reservado y dulce que ha inaugurado, sin duda en obsequio del señor Baltet, se hubiera ganado algunas observaciones de la abuela o de la de Ribert; pero nadie ha dicho nada, en consideración a un esfuerzo tan meritorio. El mismo señor Baltet escuchaba con gusto lo que decía Francisca. En varias ocasiones ha buscado su mirada y casi solicitado su aprobación; y la deliciosa Francisca, encantadora de ingenuidad y de modestia, sonreía, decía algunas palabras sin incorrecciones, se callaba y bajaba los ojos... Hasta he notado que le sale muy bien ese juego de miradas... Qué milagrosa conversión... No he podido menos de hacérselo observar:
—Dime, Francisca, ¿se trata de una apuesta?
—No hagas caso, Magdalena—me respondió, soltando una carcajada, que me pareció nerviosa,—es mi cara de hacer conquistas...
—¡Su cara de hacer conquistas!... ¡Qué broma!...
25 de febrero.
Se ha marchado, y todo mi horizonte se ha ensombrecido de repente... El cielo me parece obscuro, las nubes tristes, las calles enlutadas, la gente fea y me pesa la vida diaria... ¿Es esto el amor?... ¿Amaré verdaderamente a un hombre a quien apenas conozco y en el que pienso sin cesar?...
La abuela asegura que le he gustado y apoya su opinión en las confidencias que le ha hecho el padre Tomás. El señor Baltet le ha hablado de su deseo de casarse y de su voluntad de no hacerlo más que con una mujer que le guste absolutamente. El cura, con su espiritual bondad, le ha animado, y ha sabido por él que mi alma hermana se interesa por una joven descubierta hace poco tiempo... ¡Salto de alegría!... Gracias, Dios mío...
El señor Baltet debe de estar contento de la recepción que se le ha hecho en Aiglemont. El padre Tomás le ha mostrado una benevolencia excesiva. El señor Dumais, a ruego de Francisca, se ha desvivido por acompañarle y enseñarle las curiosidades de la población, y, en una palabra, todos han puesto de su parte para que el arqueólogo encuentre en Aiglemont algo más que la antigüedad... ¿Ha encontrado, verdaderamente?... ¿Se lleva una impresión seria y duradera?... ¡Cómo quisiera saberlo!...
He tratado de ver a Francisca para saber su pensamiento sobre esto, y me ha sido imposible... Francisca, que se encontraba como por milagro ante los pasos del señor Baltet, es ahora invisible.
—La señorita ha salido.
Tal es la respuesta que responde a mi campanillazo, cada vez que trato de ver a esta fantástica Francisca.
Es curioso... Creí tener muchas cosas que escribir esta noche, y no me ocurre nada... Estoy distraída... Busco las palabras, y mis ideas se confunden... ¿Qué estará haciendo el señor Baltet mientras yo escribo?...
1.º de marzo.
La de Ribert ha recibido una carta de mi alma hermana, llena de esperanzas para mí. El señor Baltet escribe con todas sus letras:
«Espero que tendré pronto una gran confidencia que hacer a usted, confidencia a que tiene derecho, puesto que está usted un poco en el fondo del secreto que me interesa.»
Genoveva me ha dado broma sobre esto.
—El señor Baltet ha descubierto un sarcófago o alguna moneda muy rara, y quiere participárselo a mi madre... Es muy amable—ha añadido, dirigiéndome una linda sonrisa.
Yo también me he reído... Qué lejos está el señor Baltet de tal asunto de confidencias... Tan lejos como yo...
He podido echar la vista encima a Francisca, durante un minuto. Estaba nerviosa, molesta e impresionable en exceso.
—Sabes—le dije, con toda la exuberancia de mi alegría,—la de Ribert tiene una carta...
—¡Ah!—dijo con voz apagada.—¿Y qué dice?...
—Nada preciso, pero hay muchas esperanzas...
—¿Nada preciso?... ¿Seguramente?...—preguntó en un tono violento y temeroso a la vez.
—Puesto que yo te lo digo—respondí extrañada al ver aquel temor incomprensible.—Nadie está más interesado que yo en creer otra cosa...
—Es verdad—replicó Francisca con voz extraña,—tú eres la más interesada en la cuestión...
—Sin duda—dije.—Y dime, ¿cómo le encuentras?...
—¿Yo?...—preguntó Francisca...—Pero cogió de prisa el sombrero, que estaba en una mesa de su cuarto, y se lo puso en un momento...—¡Y yo que olvidaba el encargo de mamá!...—exclamó, con una prisa extraordinaria en ella.—Dispénsame, Magdalena, tengo que salir... ¡Ah! sí—dijo en el momento en que la dejaba,—me preguntabas cómo le encuentro... Pues bien, mi opinión no ha cambiado... El señor Baltet es un majadero, a quien la primera mujer un poco lista escamoteará cuándo y cómo le plazca...
—Si soy yo—exclamé,—no me quejo.
—Y tienes razón—respondió Francisca, con no sé qué relámpago en los ojos.
Es singular esta Francisca...
Mi destino empieza a dibujarse... Voy a él confiada y dichosa, creyendo al fin en la felicidad de la mujer en posesión de un marido amado y de unos hijos queridos... ¡Qué camino recorrido en pocas semanas!...
No he podido menos de hacérselo observar a la de Ribert, cuya indulgencia conozco.
—Es el momento psicológico, Magdalena... Esa hora suena para todas...
—Pero hay que oírla—murmuré con una fantástica visión en el corazón y en los ojos.
—¡Bah! habría de ser sorda para no oír, al menos, las campanadas de una parte...
—Es verdad... pero con algodón en los oídos...
—¿Tiene usted algodón ahora?—me preguntó la de Ribert, con una sonrisa enteramente maternal.
—No—respondí, ruborizándome;—al menos para lo que viene de Bellefontaine...
Y me marché con el corazón en fiesta y el alma en ebullición.
5 de marzo.
No se habla en el pueblo más que del chasco de la de Brenay con el Barón de Erinois. La Bonnetable hace el oficio de tambor municipal y va de casa en casa a llevar la noticia. El brillante capitán se vuelve a casar, pero no con Petra. Sus 13.000 pesos de renta han encontrado otra renta de 4.000 en una joven, sin más antepasados que unos fabricantes de productos químicos... La crónica añade que las esperanzas de la novia exceden con mucho a su dote...
La abuela lo siente por Petra, puesto que ésta lo deseaba, pero vitupera vivamente a la de Brenay, por desear tanto la gran riqueza.
—¡Qué singulares matrimonios se hacen ahora!—dice.—Todo desaparece ante la fortuna... Todo el mundo se arrodilla ante el becerro de oro... Qué costumbres...
No hay noticias del señor Baltet... La de Ribert le espera todos los días... ¡Y yo!...
—Dígale usted que sí en seguida, señora, no le haga usted esperar—le digo muy bajo.
—De modo que hay que decir sí...
—Sí... sí... sí...
—Cómo me recuerdas a tu pobre madre—dijo la abuela, con voz temblorosa.—Así estaba el día en que tu padre la solicitó...
—Y los dos te dan las gracias, abuela adorada, por la dicha que das a su hija...
—Así lo espero—respondió la abuela mirando las fotografías de los muertos queridos...—He hecho cuanto he podido para reemplazarlos contigo... ¿Lo he conseguido?
—Bien sabes que sí.
Mis besos pusieron fin a la conversación.
Como el señor Baltet no sea un buen nieto para la abuela, estoy pronta al divorcio... Cuidado con el papel sellado...
9 de marzo.
Por fin ha habido una carta suya, dirigida esta vez al padre Tomás, a propósito de un volumen que no se encuentra en las librerías... Pero como el volumen me interesa poco, retengo sobre todo la frase en que el señor Baltet asegura que su viaje a Aiglemont ha sido su camino de Damasco, y que su sueño dorado sería llamar su mujer a aquella de quien conserva tan profundo recuerdo...
¡Qué bien dicho está!
Cinco veces he leído el famoso pasaje, y, finalmente, para escapar a las miradas maliciosas del padre Tomás, me he arrojado llorando en los brazos de la abuela.
El cura se quedó un poco sorprendido por esta conclusión imprevista.
—¡Cómo!... ¿Lágrimas?...—murmuró levantando las gafas para ver mejor.
—Sí—respondió la abuela,—esta niña está muy sensible...
—¿Y es esa frase, que parece insignificante, la que ha provocado tal diluvio?
—Ciertamente... Señor cura—añadió la abuela descontenta,—no tiene usted corazón, sino comprende estas lágrimas.
—¡Bah!—respondió el cura, comprimiendo políticamente la risa,—creo tenerlo un poco, aunque mis glándulas lacrimales no tengan la misma capacidad que las de Magdalena...
No pude menos de reírme de la evidente sinceridad del cura, el cual dio un salto al oír la carcajada burlona que dejé escapar.
—¿Ahora se ríe?...—exclamó abriendo los ojos con intensa sorpresa.—Qué hermosa es la juventud... Se llora y se ríe sin saber por qué...
En seguida, para evitar otra emoción, me preguntó a quemarropa:
—¿Y las solteronas?... veo que las abandona usted definitivamente... No está bien interrumpir tan bonitos estudios...
—Así es la vida—respondí;—pero no crea usted que las abandono, puesto que les deberé mi felicidad...
El cura me miró con expresión de asombro, y la abuela me dirigió una sonrisa.
—Eso—dijo,—no es de la competencia de usted, señor cura... sea indulgente... Magdalena es tan feliz...
—Feliz por una frasecilla sin estilo, sin citación...—dijo despidiéndonos,—sí, no lo comprendo...
—Lo creo, señor cura, que no lo comprende usted... Eso no es de su competencia, como dice la abuela...
12 de marzo.
¡Ay!... todo está acabado desde ayer... desapareció aquella dicha que tanto me ilusionaba...
El señor Baltet se casa, sí, pero... con Francisca...
Es en Francisca en quien ha reparado; es a Francisca a quien ama; a ella es a quien pide en matrimonio, por medio de la de Ribert, consternada.
En el primer momento, la de Ribert quería devolver la carta y rogar al señor... no, no puedo escribir su nombre... que hiciese sus encargos él mismo, pero le supliqué que salvase mi amor propio y aceptase la misión que se le confiaba.
La abuela echa chispas contra Francisca; la de Ribert y Genoveva están indignadas, y el cura afirma que desde Dalila no se ha visto un ejemplo de traición semejante... Me esfuerzo por parecer animosa, pero estoy herida en el corazón...
—¡Queridos sueños míos!... ¡Qué derrumbamiento!
20 de marzo.
Se han hecho los esponsales de Francisca... La de Dumais vino ayer a participar el matrimonio a la abuela, pero ésta, muy delicada, no pudo recibirla...
¡Cuánto sufro, Dios mío!... ¿Le amaba, pues, hasta ese punto?
25 de marzo.
Parece que hay que salvar la situación y tener el valor de no cambiar mis costumbres para escapar de las hablillas del pueblo. La abuela me suplica que reciba a Francisca, que ha venido ya a verme cuatro veces... Hasta ahora he resistido, pero la abuela tiene razón... A la misma Celestina no dejaría de chocarle... Ayer dejó escapar una reflexión significativa:
—No vale la pena de ponerse una persona en las niñas de los ojos para dejarla luego en la puerta...—murmuró cuando iba a decir a Francisca que había yo salido.
Recibiré, pues, a Francisca... Qué penoso momento... Con tal de que tenga valor...
28 de marzo.
He visto a Francisca y he tenido con ella una escena muy dura.
La abuela me había suplicado tanto que me dominase, y tan vigorosamente me había sermoneado el padre Tomás, que estuve casi correcta.
Francisca entró un poco desconcertada. Evidentemente tenía conciencia de su mala acción. Sin hacerle un reproche, le ofrecí la mano.
—¿Me guardas rencor, Magdalena?
—Mucho.
—Sin embargo, te juro que ha sucedido a pesar mío...
—De modo que te casas a pesar tuyo...
—No... lo confieso... Pero... ¿Cómo diré yo?... Al principio no pensé en tal cosa.
—Sin duda—dije con amargura.—Sin pensar, estuviste provocadora y coqueta. Sin querer, prodigaste mil gracias conquistadoras y lo hiciste todo, todo, para quitármele...
Me callé de repente, viendo que iba demasiado lejos, y seguí diciendo con más calma:
—¿Por qué me has hecho traición?
—¡Traición!... que palabra...
—Es la justa.
—Pues bien, sí, te he hecho traición, pero al principio, créeme, Magdalena, no pensaba en ello...
—Que no pensabas...
—No, te lo juro... estuviste tan torpe... no hablabas... apenas sonreías...
—Sí, estuve torpe como un ganso y tú ingeniosa como un demonio... es sabido... ¿Y qué?...
—¿Y qué?... Que vi en seguida que no le gustarías jamás... jamás... ¿entiendes?...
—¿Por qué jamás?
—Los hombres como él, no aprecian a las mujeres como tú... Su razón no podía simpatizar con la tuya... Su prudencia tenía necesidad de mi locura...
—¡Ah!...
—La prueba es—dijo Francisca con energía,—que en seguida comprendí su inclinación hacia mí y su indiferencia contigo.
—Debiste decírmelo.
—¿Para hacer imposible mi juego?... No, por cierto, Magdalena. El señor Baltet es un hombre serio, un hombre que no ha vivido... Te aseguro—continuó Francisca casi suplicante,—que esa clase de hombres no se aficionan más que a...
—A las bribonas, tienes razón.
La palabra era dura, y la sentí inmediatamente, aunque sin desear retirarla.
—¡Bien!—articuló Francisca, respirando profundamente.—Pero, por muy bribona que sea, oye lo que tengo que decirte... Mi prometido... era el único marido posible para mí...
—¿Por qué?
—Porque es uno de los raros jóvenes que desprecian la fortuna...
—Desprecio no recíproco, ¿verdad?...
—No recíproco—confirmó Francisca muy sombría.—El es rico y le es fácil ese desprecio... yo, soy pobre y quiero vivir...
—Pues bien, tus medios te lo permitirán ahora—dejé escapar...
—¡Ah! Magdalena, eres cruel...
—Es que sufro... ¿Pero qué te importa eso a ti?—exclamé bruscamente.
—Yo también he sufrido—dijo Francisca...—tú no sabes lo que es desear casarse... No comprendes el infierno de no concebir otra vida más que la del matrimonio, ni más dicha que la de una buena unión, y pensar que jamás... jamás... se tendrá marido...
—Se toma el de las demás...
—El señor Baltet no lo era tuyo.
—No, pero sin ti, lo hubiera sido...
—Nunca...
—¿Qué sabes tú?
—El me lo ha dicho.
—¡Ah!—exclamé yendo hacia ella en actitud amenazadora,—¿me has hecho traición dos veces?...
—No—me respondió sin bajar los ojos;—le he preguntado sencillamente por qué me había preferido siendo pobre, a ti que eres rica...
—¡Ah!...
—Jamás—me respondió,—me hubiera casado con una mujer que tuviese fortuna... Quiero que mi esposa me lo deba todo, lo mismo su bienestar que su amor...
—De modo que te has perdonado tu traición...
—Todavía no... Quisiera, Magdalena, que te dieses cuenta de los sentimientos que puede experimentar una muchacha pobre cuando contempla la vida de las dichosas de la tierra desde el fondo del abismo en que vegeta... Ninguna probabilidad de casarse... Ninguna esperanza en la vida... Entonces deja una de darse cuenta del bien y del mal... No se piensa, no se vive, ni se desea más que conquistar lo imposible...
—Aunque sea destrozando el corazón de otra...
—Qué importa... Es la lucha por la vida...
—Lucha horrible...
—Pero permitida.
—¿Por qué, desgraciada?...
—Por el instinto de la dicha... ¿Es ésta, acaso, un monopolio de las jóvenes que tienen dote?
—¿Somos tan felices?...
—Vuestra felicidad es insolente...
—¡Ah! Francisca—dije enternecida.—No tengo padre ni madre y me quitas el único hombre a quien hubiera podido amar...
—Era el único con quien podía yo casarme... Tú puedes escoger...
—Ya había escogido.
—Peor para ti... La cuestión no está en escoger, sino en ser escogida...
—Bueno—respondí.—Estoy vencida, luego no tengo razón... No te deseo ningún mal, pero quiera Dios, Francisca, que seas más honrada como esposa que como amiga... ¿Le amas al menos?
—Todavía no—respondió Francisca después de un instante de vacilación.—Pero ya le amaré—añadió precipitadamente.
—O no le amarás—murmuré llena de angustia...—¡Qué triste es vivir!...
Francisca me miró, vaciló y se atrevió por fin a invitarme a su boda. Entregada a mí misma, hubiera rehusado con indignación; para salvar las apariencias, acepté.
—Para ti como para mí, vale más que nada se sepa fuera... Nuestra amistad ha muerto...
—¡Oh, Magdalena!
—Sí, ha muerto... de nada sirve negar la evidencia. Vas a salir de Aiglemont; hasta que te vayas, estaremos en la misma actitud en que estábamos. ¿Has comprendido?...
—Acepto tus condiciones puesto que he obrado mal contigo... Pero... yo... Magdalena... te quiero como siempre...
—Sin duda... el gato quiere al ratón con que juega... Adiós, Francisca.
Hizo un movimiento para abrazarme, pero yo permanecí helada.
—Adiós, Magdalena... Eres dura...
—Sí, las víctimas lo son siempre, es sabido. Pero me es imposible darte las gracias a pesar de mi buena voluntad... Adiós, pues...
Y Francisca desapareció, muy feliz sin duda, por haber terminado su nueva comedia.
Qué razón tenía la de Ribert y la abuela al ponerme en guardia contra ella... ¿Por qué no las he escuchado?... ¡Ay! ya es tarde...
31 de marzo
Se habla mucho del matrimonio de Francisca. Yo estoy heroica y me callo... La de Aimont gime al hablar de la increíble suerte de esta muchacha que ha encontrado el secreto de pescar tan buen partido. La cosa les es más sensible porque el joven de Martimprey exige 20.000 pesos de dote en vez de 10.000, para casarse con Paulina. Es lo último...
Los Aimont están furiosos por tal regateo, y es natural.
—¿Cómo va una a hacer para casar a sus hijas, Dios mío?—murmura la de Aimont.—No puede una, sin embargo, ponerse al acecho detrás de un muro protector y tirar sobre los yernos posibles...
—A eso se llegará, señora—dijo la abuela como consuelo...—La caza a los maridos amenaza con hacerse bárbara... ¡Qué costumbres!...
Pobre abuela... Siente mi pena a pesar de la calma aparente que ha logrado conquistar. Está triste y pálida y me mira con inquietud... En pocos días ha envejecido muchos años... Y pensar que hubiera querido tanto hacerla dichosa...
16 de abril.
He pasado una parte del día leyendo este voluminoso diario, relato de mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepción. Estaba recorriéndole con toda la melancolía de un ensueño interrumpido, cuando han venido a pedir noticias mías el padre Tomás, la de Ribert y Genoveva.
Les he leído unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Tomás me aconseja que le continúe.
—¿Qué voy a continuar?—pregunté.—¿Se continúa lo que está acabado?
—¿Cómo que está acabado?...
—Sí... ¿Qué quiere usted que añada a mis solteronas?—dije sonriendo tristemente.
—Un último capítulo—respondió el cura con fingida alegría.—Alguna cosa original.
—Ese capítulo—respondí,—está escrito... Me faltaba la solterona por decepción, y ya la tengo... Después, como cosa inédita...
—Permítame usted...
—Hacía falta añadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin fortuna en el camino de la que la posee... También está relatado.
—No hablemos de eso—exclamó la de Ribert con lágrimas en los ojos.—Distráigase usted, Magdalena, y no piense más en esa decepción que nos incumbe a todos, y a mí sobre todo...
—Por favor, déjeme usted toda la responsabilidad de lo que ha pasado—dije con voz poco segura.—Así como ignoraba lo que era una decepción, no sabía hasta donde podía ir la joven hipnotizada por el deseo de casarse... Ahora lo sé—añadí temblando ligeramente;—la cosa hace poco honor a la sociedad...
—La sociedad no tiene que ver con eso—dijo la abuela estudiándome con angustia;—todo depende del carácter particular.
—No siempre—respondí en tono más firme.—La lucha está emprendida de abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este combate por la vida, desgraciados los tímidos, desgraciados los débiles, desgraciados los concienzudos... Esos están vencidos de antemano...
—Vaya—respondió el cura,—usted exagera las cosas...
—¿No soy yo una vencida?...
—Sin embargo—replicó el cura mientras la abuela se enjugaba una lágrima,—no hay que ver las cosas tan negras... Podría usted ganar una enfermedad del estómago—añadió intentando una broma.
—Tengo ya tan malo el corazón...—murmuré apoyando la cabeza en el respaldo de la butaca.—Siento rencor por la sociedad entera.
—¿Por qué?—preguntó Genoveva.
—Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros más débiles es una sociedad a la que falta algo...
—Le faltan tantas cosas—suspiró el cura.
—Sí, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a aquellos a quienes tiene la misión de guardar y no guarda... En el estado actual de nuestras costumbres, ¿qué puede hacer una joven que quiere casarse y no encuentra con quién?...
—Resignarse en el celibato—respondió la de Ribert.—No hay otra cosa.
—¿Y para la que no acepta la resignación?... Para esa no hay más que la rebelión—añadí convencida.—Las honradas faltarán al honor haciendo traición a quien puedan... Las otras caerán más bajo todavía... Es triste—continué,—pues si la sociedad no protege a sus individuos, se protegerán ellos mismos y volverá a empezar la lucha cuerpo a cuerpo, con la traición además...
El padre Tomás movió la cabeza, la abuela me miró con expresión de alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas.
—Es duro—añadí bajando los ojos,—ser engañada por la amistad y por lo que se cree ser el amor...
Nadie respondió.
Al cabo de un instante, el cura tosió, para aclararse la voz, y dijo:
—Por encima de la amistad que hace traición y del amor que desilusiona, hay, sin embargo, Magdalena, algo, o más bien, alguien que usted olvida...
Le miré con incertidumbre.
—Está Dios—continuó en un tono majestuoso que me conmovió;—Dios que castiga las traiciones y consuela a los engañados...
—Sí—respondí en un impulso de sinceridad.—Pero mi decepción está tan reciente que...
—¿Quiere usted una receta para curarla?
—¿Una receta?—pregunté sonriendo esta vez, con gran contento de la abuela.—Démela usted pronto, señor cura, pues bastante la necesito...
—No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los demás... Esta es mi receta.
—Pero... es una receta de solteronas—exclamé.
—Por eso es de circunstancias...
—Sí—respondí valientemente.—Puesto que soy una solterona involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos, señor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la desilusiona, se le hace traición...
—No siempre—protestó Genoveva.
—Y si no se le hace traición, se le acapara y se la ocupa de los demás y no de sí misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca...
—Y muere—dijo la de Ribert en tono trágico.
—Y va derecha al Cielo—añadió el cura,—escoltada por las lágrimas de todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los bienaventurados que la han precedido...
—Entonces, la solterona...—pregunté.
—Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena.
—¿Y si no lo ha sido?...
—Ha tenido bastante purgatorio en la tierra para no necesitar pasarlo de nuevo en el otro mundo—dijo el cura en tono un poquito sarcástico.
—Dichosas solteronas—suspiró la abuela.
—Sí—respondí sintiendo cierto alivio...—Dichosa la que sufre sin haber hecho nunca sufrir...
—¡Sufrir y no hacer sufrir! sí—murmuró la abuela con su voz grave de los grandes días de duelo;—sí, esa debiera ser la fórmula de la vida de la mujer, aun de la más feliz de todas.
FIN