El aventurero estrechó por última vez la mano al conde, besó la frente de la joven y se subió sobre su caballo.
—Hasta luego, le dijo doña Dolores.
—Mañana verá V. a su amigo Meriadec, dijo Domingo, dirigiendo una mirada risueña al conde y saliendo al galope tras el aventurero.
—¿Regresa V. con nosotros a la hacienda? preguntó Luis al mayordomo.
—¿Por qué no? respondió éste; creerán que les he encontrado a Vds. durante su paseo.
—Dice V. bien.
Los tres se subieron sobre sus respectivos caballos y tomaron al trote largo la vuelta de la hacienda, a la que llegaron poco antes de ponerse el sol.
A fines de 18... los acontecimientos políticos empezaron a desenvolverse con tal rapidez, que aun los hombres de entendimiento más tosco comprendieron que se caminaba a pasos redoblados a una catástrofe inminente.
En el sur, las tropas del general Gutiérrez habían alcanzado una gran victoria sobre el ejército constitucional mandado por el general don Diego Álvarez, el mismo que en otra época presidiera en Guaymas el consejo de guerra que condenó a muerte a nuestro infortunado compatriota y amigo el conde Gastón de Raousset-Boulbón.
Entre los indiospintosla carnicería fue horrorosa; mil doscientos de ellos quedaron tendidos en el campo de batalla.
En poder del vencedor quedaron la artillería y gran número de armas.
Sin embargo, en los mismos días se había iniciado en el interior una serie de acontecimientos opuestos; el primero, la fuga de Zuloaga, el presidente que, después de haber abdicado en favor de Miramón, revocara más adelante su abdicación sin saber por qué, sin consultar a quien quiera que sea y en el momento en que nadie lo esperaba.
EL general Miramón había lealmente ofrecido entonces al presidente del tribunal supremo de justicia hacerse cargo del poder ejecutivo y convocar a los notables para que eligiesen al primer magistrado de la república.
En esto vino a añadirse una nueva catástrofe a los peligros de la situación.
Miramón, a quien sus no interrumpidos triunfos inspiraran tal vez una confianza imprudente, o lo que es más probable aguijado por el deseo de terminar definitivamente de un modo o de otro, había presentado, en Silao, batalla a fuerzas cuatro veces superiores en número a las suyas. La derrota que aquél experimentó fue completa: perdió toda la artillería y aun su existencia corrió inminente peligro; sólo haciendo prodigios de valor y matando por su propia mano gran número de los que le cercaban, consiguió abrirse paso, salir de la refriega y huir a uña de caballo hacia Querétaro, a donde llegó casi solo.
Desde esta ciudad y sin que la suerte adversa le amilanara, Miramón tomó la vuelta de Méjico, cuyos habitantes supieron a la vez de la derrota de éste, su llegada y su intento de someterse a una nueva elección.
El resultado no contrarió las esperanzas del general, quien fue elegido casi por unanimidad presidente por la Cámara de los notables. Miramón, como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prestó juramento y entró inmediatamente a desempeñar su cargo.
Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo, desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.
Miramón, comprendiéndolo así, se ocupó activamente en reorganizar la hacienda, en crearse recursos precarios; pero suficientes para atender a las urgentes necesidades de la situación, en decretar nuevas levas, por fin en tomar todas las precauciones que aconsejaba la prudencia.
Por desgracia, el presidente se veía constreñido a abandonar muchos puntos importantes para concentrar sus fuerzas alrededor de la capital, cuyos habitantes, interpretando mal estos movimientos, se llenaron de zozobra y temieron peligros no lejanos.
En tales circunstancias, el presidente, sin duda con el objeto de dar una satisfacción a la opinión pública y devolver un poco la tranquilidad a la metrópoli, consintió o hizo que consentía en entablar con Juárez, su competidor, cuyo gobierno residía en Veracruz, negociaciones para llegar a la firma, sino de la paz a lo menos de un armisticio destinado a detener provisionalmente la efusión de sangre.
Los hados adversos quisieron que una nueva complicación hiciese imposible toda esperanza de arreglo.
El general Márquez había sido enviado en auxilio de Guadalajara, la cual, según suponían, continuaba resistiendo victoriosamente a las tropas federales; pero de improviso y sin mediar circunstancias que lo hiciese prever, y en pos de haberse los federales apoderado de una conducta de plata perteneciente a varios comerciantes ingleses, se firmó un armisticio entre los beligerantes, al cual es indudable que no fue extraña la mencionada conducta de plata. El general Castillo, gobernador de la plaza, abandonado por la mayor parte de sus tropas, se vio obligado a salir de la ciudad y a refugiarse en el Pacífico: de modo que los federales, libres de este estorbo, se reunieron contra Márquez, le derrotaron y destruyeron su cuerpo de ejército, único que sostenía la campaña.
La situación iba haciéndose pues más y más crítica; los federales, que no encontraban obstáculo ni resistencia en su victoriosa marcha, se desparramaban por todas partes, y estaba perdida toda esperanza de entrar en negociaciones. A pesar de todo era menester luchar.
Por decirlo así, la caída de Miramón no era sino asunto de tiempo; indudablemente lo comprendía en su fuero interno el general; pero nada dejaba transparentar; al contrario, redoblaba su ardor y su actividad para hacer frente a los sin cesar renacientes apuros de la situación.
Después de haber hecho un llamamiento a todas las clases de la sociedad, el presidente decidió por último dirigirse al clero, al cual siempre había sostenido y protegido; éste respondió a su llamamiento, colectó a toda prisa un diezmo sobre sus bienes y resolvió que llevasen a la casa de la moneda sus joyas de oro y plata para que las acuñasen y las pusiesen a la disposición del poder ejecutivo. Por desgracia tales esfuerzos resultaron estériles, pues los gastos aumentaban en proporción de los peligros siempre crecientes de la situación, y pronto el presidente, después de haber empleado inútilmente todos los recursos que le sugería su posición por demás crítica, se encontró con un tesoro exhausto y con la amarga certidumbre de que no había que pensar en llenarlo otra vez.
Hemos ya presentado ocasión de explicar como quedándose como se quedaba con el caudal público en tiempos de revolución, cada uno de los estados de la confederación mejicana, el gobierno, que reside en la capital, se encuentra de continuo en la mayor penuria. Efectivamente, éste no puede disponer, y aun, más que de los fondos del Estado de Méjico, mientras sus competidores, que recorren sin cesar y en todas direcciones el campo, no sólo detienen en los caminos las conductas de plata y se apropian sumas a las veces muy cuantiosas sin escrúpulo alguno, sino que también saquean las cajas de los Estados en los cuales penetran, con lo que se encuentran en disposición de sostener sin desventaja la guerra.
Ahora que sucintamente hemos dado a conocer al lector la situación política de Méjico, anudamos nuestro relato en los primeros de noviembre de 186..., es decir, unas seis semanas después del día en que le hemos interrumpido.
Las sombras de la noche empezaban ya a invadir la llanura; los oblicuos rayos del sol poniente, arrojados poco a poco del fondo de los valles, se agarraban aun a las nevadas cumbres de las montañas del Anáhuac, tiñéndolas de carmín; la brisa se estremecía al través del follaje; algunos vaqueros montados sobre caballos tan indómitos como sus jinetes, aguijaban, al través de la planicie, numerosos rebaños que todo el día habían errado en libertad, pero que al anochecer volvían al corral, y en lontananza resonaban los cascabeles de las mulas de algunos arrieros rezagados que se apresuraban a llegar a la magnífica calzada orillada de corpulentos áloes contemporáneos de Motecuhzoma y que conduce a Méjico.
Un viajero de gallarda presencia, montado en caballo de musculatura férrea y cuidadosamente envuelto en una capa cuyo embozo le subía hasta los ojos, seguía al paso las caprichosas sinuosidades de un angosto sendero que, abierto a campo atravieso, se unía a unas dos leguas de la ciudad, a la carretera de Méjico a Puebla, carretera completamente desierta en el instante que presentamos en escena a nuestro desconocido, no sólo a causa de la aproximación de la noche, sino también y principalmente porque el estado de anarquía en que tanto tiempo hacía estaba hundido el país, había arrojado al campo numerosas pandillas de bandidos que, aprovechándose de las circunstancias y guerreando a su guisa, destrozaban sin distinción de opiniones políticas a liberales y a constitucionales, y, envalentonados por la impunidad, a menudo no se contentaban conmaniobraren las carreteras, sino que ejercían sus depredaciones en las ciudades mismas.
Sin embargo, el viajero de quien estamos hablando parecía preocuparse muy poco con los riesgos a que se exponía, y continuaba indolentemente su peligrosa marcha al mismo paso tranquilo y reposado.
Tres cuartos de hora hacía, poco más o menos, que el incógnito avanzaba de esta suerte, y todavía no se había alejado una legua de la ciudad, cuando al levantar la cabeza advirtió que acababa de llegar a un sitio en que el sendero se dividía en dos ramales que se dirigían en opuestas direcciones; entonces se detuvo marcadamente perplejo, y al cabo de un instante tomó por el ramal de la derecha.
Después de haber seguido por espacio de unos diez minutos esta dirección, el jinete pareció orientarse, y dando un suave espolazo a su cabalgadura la obligó a tomar un trote bastante largo.
Pronto el jinete llegó a un montón de ruinas negruzcas, esparcidas desordenadamente por el suelo y cerca de las cuales se hacía un bosquecillo de árboles cuyas largas ramas sombraban en torno de sí la tierra en una extensa circunferencia. Una vez allí, el desconocido se detuvo, después de haber tendido en torno suyo una mirada escrutadora, indudablemente para convencerse de que estaba solo, se apeó, se sentó cómodamente en un otero de césped, se arrimó a un árbol, se quitó el embozo, dejando el rostro al descubierto y mostrando las facciones pálidas y macilentas del herido a quien vimos conducir al rancho por el vaquero Domingo.
Don Antonio de Cacerbar, que así se llamaba el personaje, no era sino sombra de lo que fue; especie de espectro lúgubre, parecía que toda la vida se le había concentrado en los ojos, que le brillaban con fulgor siniestro, pero en aquel cuerpo tan endeble en la apariencia alentaba un alma ardorosa y una voluntad firme y decidida; aquel hombre, salido vencedor de una lucha encarnizada con la muerte, perseguía con un tesón inquebrantable la ejecución de terribles resoluciones que anteriormente tomara. Apenas curado de su honrosa herida, por demás endeble aún y no soportando sino con grandísima dificultad la fatiga de un largo viaje a caballo, había sin embargo acallado sus padecimientos para acudir, a prima noche, a una cita que él mismo diera para un sitio distante no tres leguas de Méjico. Muy importantes debían ser para él las causas que le impulsaran a dar semejante paso, máxime en el estado de postración en que se encontraba.
De esta suerte transcurrieron algunos minutos, durante los cuales don Antonio, con los brazos cruzados sobre el pecho y cerrados los ojos, se reconcentró, probablemente con objeto de prepararse para la entrevista que iba a celebrar con la persona a quien había venido a buscar a tanta distancia.
Prontamente se oyó ruido de caballos y choque de sables, nuncio de que se acercaba numeroso escuadrón al sitio donde se encontraba don Antonio.
El cual se irguió, dirigió una investigadora mirada hacia donde se oía el ruido, y se levantó sin duda para recibir a los que llegaban.
Éstos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no echaron pie a tierra.
Sólo uno de ellos se apeó, puso las bridas de su caballo en manos de un jinete y se acercó apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte, se había adelantado a recibirle.
—¿Quién es V.? preguntó Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban del desconocido sino cinco o seis pasos.
—Él que está V. aguardando, señor don Antonio, respondió incontinente el recién llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a usted.
—Le conozco; acérquese V., don Felipe.
—Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a éste, ¿cómo va esa salud?
—Mal, respondió Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del guerrillero.
Éste no notó el movimiento de su interlocutor, o si lo notó no le dio importancia alguna.
—Viene V. muy acompañado, dijo don Antonio.
—¡Caramba! ¿V. cree que me daría gusto caer en manos de las avanzadas de Miramón? ¡Diablos! como se apoderasen de mí, pronto me ajustarían las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfacción que el vernos reunidos nos proporciona, obraríamos cuerdamente en ocuparnos sin demora en nuestros asuntos, ¿le parece?
—Esto deseo.
—El general le da las gracias por las últimas y exactísimas noticias que le envió usted; así es que ha jurado recompensarle merecidamente tan pronto se ofrezca la ocasión.
—¿Trae V. el papel? preguntó con cierta vivacidad don Antonio, al mismo tiempo que hacía un movimiento de disgusto.
—Sí traigo, respondió el coronel.
—¿Redactado cual pedí?
—Nada falta en él, señor, tranquilícese usted, respondió el coronel dando una carcajada; ¿por dónde andaría hoy la honradez si no se hubiese refugiado entre nosotros? Cuanto estipuló V. lo ha aceptado y firmado el general Ortega, general en jefe del ejército federal, y lo ha refrendado Juárez, presidente de la república. ¿Está V. satisfecho?
—Cuando haya visto el papel le responderé a usted.
—Ello es lo más fácil del mundo; ahí está, profirió el guerrillero sacando de un bolsillo de su dolmán un ancho pliego y entregándolo a don Antonio.
Éste lo cogió con mal disimulada alegría y le abrió con mano temblorosa.
—Me parece que en este instante le va a ser a V. difícil el leerlo, dijo con zumba don Felipe Neri.
—¿Le parece? repuso Cacerbar con ironía.
—¡Demontre! está bastante oscuro.
—No importa, pronto tendré luz, replicó don Antonio, frotando un fósforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se sacó de la faltriquera.
A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando la satisfacción más viva.
—Señor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el papel y metiéndolo cuidadosamente en una cartera, dé V. de mi parte las más expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un caballero cumplido.
—No me olvidaré de dárselas, repuso el coronel haciendo un saludo, sobre todo si puede V. añadir algunas noticias a las que anteriormente ha dado.
—Sí, y por cierto muy importantes.
—¡Ah! profirió el guerrillero frotándose con satisfacción las manos; diga V. querido señor.
—Escuche V.; Miramón no sabe dónde dar de cabeza; no tiene dinero ni sabe ya como proporcionárselo; sus soldados, casi todos ellos reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben paga alguna y el descontento cunde en sus filas.
—Perfectamente. ¡Pobre Miramón! Diga usted pues que está apuradillo.
—Tanto más cuanto el clero, que al principio le prometiera su auxilio le ha negado rotundamente su apoyo.
—Pero ¿cómo está V. tan bien informado, señor? preguntó irónicamente el guerrillero.
—¿Olvida V. que estoy agregado a la embajada española?
—Verdad es, se me había olvidado, dispénseme V.; pero vayamos al grano: ¿qué más sabe V.?
—Las filas de los secuaces del presidente se van aclarando más y más; sus más antiguos amigos le abandonan; así es que para rehacerse un poco ante la opinión pública, ha resuelto intentar una salida y atacar al general Berriozábal.
—Toma, toma, toma, bueno es saberlo.
—Ya está V. advertido.
—Gracias; vigilaremos. ¿Sabe V. más?
—Sí: reducido, como ya le dije a V., al último extremo y queriendo proporcionarse dinero a toda costa, Miramón ha tomado por pretexto el robo de la conducta de Laguna Seca, llevada a cabo por los de V.
—Ya sé, interrumpió el coronel, frotándose las manos, yo soy quien llevé a cabo esanegociación; por desgracia, añadió con pesadumbre, tales redadas pueden cantarse con los dedos.
—Miramón está pues resuelto, continuó don Antonio, a apoderarse del dinero de la Convención, en la actualidad depositado en la legación británica.
—¡Magnífica idea! profirió el coronel; ¡no estarán poco furiosos esos demonios de herejes! ¿Cuál es el hombre de talento que le ha inspirado esa determinación que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.
—Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.
—Señor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V. bien de la patria. Pero ¿quiere V. decir que la cantidad es importante?
—No es despreciable.
—¿Cuánto poco más o menos?
—Seiscientos sesenta mil duros.
—¡Carape! exclamó el coronel experimentando un como deslumbramiento; me rindo, lo entiende más que yo. El negocio de Laguna Seca es una bicoca en comparación. ¡Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar la guerra.
—Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se gaste en pocos días, repuso don Antonio riendo sardónicamente; fíen Vds. en nosotros.
—¡Dios lo quiera!
—Ahí por ahora cuantas noticias puedo dar, y a mí me parece son importantes.
—¡Yo lo creo! profirió el coronel; en grado sumo.
—Dentro de algunos días espero dárselas más importantes todavía.
—¿En este mismo sitio?
—Sí, y a la misma hora y valiéndonos de la misma seña.
—Conforme; no va a estar poco satisfecho el general, al enterarse de todos esos pormenores.
—Bueno, ahora tratemos de lo demás, del asunto que nos atañe a nosotros dos: ¿qué ha hecho V. desde la última vez que nos vimos?
—Poco; en la actualidad me faltan recursos para llevar a cabo las difíciles pesquisas que me encargó V.
—Sin embargo, la recompensa es cuantiosa.
—No digo que no, contestó distraídamente el guerrillero.
—¿Pone V. en duda mi palabra? dijo con altivez don Antonio mientras lanzaba a su interlocutor una mirada penetrante.
—Tengo por norma no dudar nunca de nada, señor, respondió don Felipe Neri.
—La cantidad es importante.
—Precisamente esto es lo que me da espina.
—No le entiendo a V., don Felipe.
—¡Caramba! profirió el guerrillero, tomando de improviso una determinación, creo que es lo mejor que puedo hacer; escúcheme V.
—Ya escucho.
—Sobre todo no se incomode V., querido señor; ¡qué diablos! los negocios son negocios y deben tratarse lisa y llanamente.
—Abundo en este parecer, prosiga V.
—Bien; V. me ofreció cincuenta mil duros para...
—Ya me lo sé; al grano.
—Al grano pues; y como cincuenta mil duros no son moco de pavo y no cuento con otra garantía que su palabra de V.
—¿No le basta?
—No, señor; ya sé que entre caballeros la palabra es inquebrantable; pero tratándose de negocios, ya es distinto; creo que está V. rico, riquísimo, pues me lo dice V. y me ofrece cincuenta mil duros; pero ¿quién me asegura a mí que en el momento de saldar cuentas y a pesar de su buen deseo esté V. en estado de hacerlo?
Mientras el guerrillero estaba planteando en términos tan descarnados el asunto, don Antonio era pábulo de una cólera sorda que estuvo a punto de reventar Dios sabe cuántas veces; pero por fortuna logró dominarse y conservar su impasibilidad.
—Entonces ¿qué desea V.? preguntó con voz atragantada Cacerbar al coronel.
—En lo presente, nada, señor; deje que terminemos nuestra revolución. Una vez hayamos entrado en Méjico, lo que por V. y por mí espero no va a tardar, me acompañará V. a casa de un banquero conocido mío, quien saldrá garante de los cincuenta mil duros. ¿Le conviene a V.?
—Preciso es; ¿pero de aquí a entonces?
—Tenemos que ocuparnos en asuntos más urgentes; unos días más o menos nada significan; pero ya que por ahora nada más tenemos que comunicarnos, con su permiso me retiro, señor.
—Cuando V. guste, contestó con sequedad don Antonio.
—Beso a V. las manos, querido señor, profirió el coronel; hasta luego.
—Adiós.
D. Felipe saludó cortésmente al español, giró sobre sus tacones, se reunió a los suyos, se subió sobre su caballo, y desapareció a escape al frente de su escuadrón.
En cuanto a don Antonio, tomó imaginativo y al paso la vuelta de Méjico, a donde llegó dos horas después.
—¡Oh! murmuró deteniéndose delante de su morada, que la tenía en la calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldré con la mía.
¿Qué significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su prolongada meditación?
Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos, las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún; por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la labor cotidiana.
En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por dos centinelas.
—¿Quién vive? gritó uno de éstos.
—Amigo, respondió el jinete.
—Pase V. de largo.
—No por mi vida, repuso el jinete; aquí es a donde me llaman mis asuntos.
—¿Quiere V. entrar en palacio?
—Sí.
—Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.
—Sería muy tarde; necesito entrar ahora mismo.
—¡Bah! profirió en tono de zumba el centinela; y dirigiéndose a su compañero, añadió: ¿Qué dices tú a eso, Pedrito?
—¿Que qué digo? respondió el interpelado, chungueándose también, pues digo que el caballero debe de ser extranjero y que indudablemente imagina que se encuentra a la puerta de un mesón.
—¡Basta de groserías, tunantes! exclamó el jinete; he perdido ya demasiado tiempo, avisen ustedes al oficial de guardia; ¡vivo!
El tono imperativo que empleara el desconocido, produjo, al parecer, honda impresión en los soldados; los cuales, después de haber cruzado algunas palabras en voz baja, y como por otra parte aquél estaba en su derecho y lo que pedía lo preveía su consigna, se decidieron a satisfacerle, llamando a la puerta con la culata de sus fusiles.
Dos o tres minutos después acudió a la llamada un sargento, fácil de reconocer en la rama de vid, insignia de su grado, que ostentaba en la mano izquierda.
En preguntando a los centinelas el porqué de su llamada, saludó cortésmente al jinete, a quien rogó que se aguardase un instante, y se metió dentro otra vez dejando tras sí la puerta abierta; pero casi al punto reapareció precediendo a un capitán que iba de uniforme de servicio.
El jinete saludó al oficial y reiteró la petición que antes dirigiera a los centinelas.
—Siento en el alma no poder complacerle a usted, señor, respondió el oficial; la consigna nos prohíbe terminantemente introducir persona alguna en palacio antes de las ocho de la mañana. Si la causa que le conduce es grave, sírvase volver a la hora que le he indicado y entonces podrá entrar con entera libertad.
—Perdone V., dijo el jinete al capitán, que se disponía a entrar de nuevo en palacio; ¿me permite dos palabras?
—Diga V., señor.
—Es inútil que nadie más que V. me oiga.
—Nada más fácil, repuso el oficial acercándose al desconocido hasta tocarle; diga V.
El jinete se inclinó hasta el capitán y murmuró a su oído algunas palabras que éste escuchó con marcadas muestras de sorpresa.
—¿Está V. satisfecho ahora? preguntó el jinete.
—Sí, señor, respondió el capitán, el cual volviéndose hacia el sargento, que permanecía inmóvil a algunos pasos de distancia, añadió: Abra V. la puerta.
—No hay necesidad; si V. me da su permiso voy a apearme aquí y uno de los soldados cuidará de mi caballo.
—Como V. guste, señor.
El jinete echó pie a tierra, dio las bridas al sargento, que las tomó mientras esperaba que un soldado viniese a reemplazarle, y dirigiéndose al capitán, repuso:
—Ahora si quiere V. colmar su galantería sirviéndome de guía y conduciéndome personalmente al lado de la persona que me está aguardando, me tiene a sus órdenes.
—Yo soy quien estoy a las de V., señor, contestó el oficial, y ya que tal es su deseo, tendré la honra de conducirle.
El desconocido y el capitán penetraron en palacio, dejando tras sí al sargento y a los dos centinelas, que no volvían de su sorpresa.
Precedido del capitán, el jinete atravesó gran número de piezas que a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y consejeros de la Suprema Corte que parecían haber pasado la noche en palacio.
La mayor agitación reinaba en los grupos, compuestos de militares, miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos, aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus fisonomías un recelo sombrío.
El capitán y su acompañado llegaron por fin a la puerta de un gabinete custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.
—Ha llegado V., señor, dijo el capitán al desconocido.
—No me queda sino despedirme de V. y darle las más expresivas gracias por su atención, contestó aquél.
El jinete cruzó un saludo con el capitán, que se volvió al cuerpo de guardia.
—Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; éstas son sus órdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.
—Pues va a hacer una excepción en mi pro su excelencia, repuso cortésmente el jinete.
—Lo dudo, señor, replicó el ujier; la orden es general y no me atrevería a faltar a ella.
El desconocido pareció reflexionar, mientras el ujier le contemplaba admirado de que perseverase en quedarse allí.
—Comprendo, señor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete, cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.
—Para complacerle haré cuanto sea compatible con los deberes de mi cargo, contestó el ujier.
—Gracias, señor; por otra parte le garantizo que pronto va V. a tener una prueba de que en lugar de recibir V. una reprimenda, su excelencia el presidente le agradecerá que me haya dejado entrar.
—Ya he tenido el honor de hacerle observar señor...
—Déjeme que le explique lo que deseo de V., interrumpió con viveza el desconocido, luego ya me dirá si puede o no hacerme el favor que deseo.
—Dice V. bien.
—Voy a escribir cuatro letras en un pedazo de papel, y el papel ese lo pone V. ante los ojos del presidente, sin pronunciar palabra alguna; si su excelencia no le dice a V. nada, me retiro; ya ve que no es dificultoso lo que solicito y que no quebranta V. de ningún modo las órdenes que ha recibido.
—Cierto es, repuso el ujier sonriendo; pero les doy una interpretación torcida.
—¿Halla V. dificultades?
—¿Tan necesario es que vea V. a su excelencia esta mañana? repuso el ujier, sin responder a la pregunta que acababa de dirigirle el desconocido.
—Señor don Livio, respondió éste en voz grave, porque aunque V. no me conozca a mí yo sí a V.; sé hasta dónde llega su devoción al general; pues bien, por mi honor le juro que es urgente por modo gravísimo que yo le vea sin perder instante.
—Basta, señor, repuso seriamente el ujier, si sólo depende de mí, dentro de un minuto va usted a verle; en esa mesa hay papel, pluma y tinta; escriba V.
El jinete dio las gracias al ujier, tomó una pluma y en gruesos carácteres escribió casi en el centro de una blanca hoja esta sola palabra:
ADOLFO .°.
seguida de tres puntos en forma de triángulo; luego entregó la hoja abierta al ujier, diciéndole:
—Tome V.
—¡Cómo! exclamó aquél con pasmo, V. es...
—¡Silencio! repuso el desconocido llevándose un dedo a los labios.
—Entrará V., dijo el ujier, levantando la cortina y abriendo la puerta, tras la cual desapareció.
Casi al mismo instante se abrió de nuevo la puerta, y del interior del gabinete partió una voz sonora, que no era la del ujier, y que repitió por dos veces:
—Entre V., entre V.
El desconocido penetró en el gabinete.
—El cielo le envía a V., mi querido don Adolfo, dijo el presidente saliendo al encuentro de éste y tendiéndole la mano.
Don Adolfo correspondió efusivamente a las demostraciones afectuosas de Miramón, y se sentó al lado de éste en una silla de brazos.
En el momento que le presentamos en escena, el presidente Miramón, general cuyo nombre circulaba de boca en boca y que con justicia pasaba por el militar más notable de Méjico, como de la república era el mejor administrador, era tan joven que apenas frisaba con los veintiséis, sin embargo de lo cual y en tres años que ocupaba el poder había llevado a cabo muchas grandes y nobles acciones.
En lo físico era elegante y bien formado, francos sus modales, y noble su andar, y sus facciones correctas y llenas de distinción respiraban audacia y lealtad; tenía ancha la frente y arrugada ya bajo el esfuerzo de la meditación; y grandes los ojos, negros y de mirada leal y límpida cuya penetración turbaba a las veces a aquéllos en quienes se fijaba. En el instante en que entró el misterioso personaje en el gabinete de Miramón, éste estaba pálido y una oscura faja le rodeaba los ojos: evidentes señales de un largo insomnio.
—¡Ah! profirió gozosamente el general dejándose caer en su silla de brazos, ahí de vuelta a mi genio del bien; de seguro me trae la dicha que voló.
Don Adolfo movió tristemente la cabeza.
—¿Qué significa este movimiento, amigo mío? preguntó el presidente.
—Quiere decir que temo sea demasiado tarde, general, respondió el interpelado.
—¿Demasiado tarde? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no me cree V. capaz de tomar un ruidoso desquite sobre mis enemigos?
—Le creo a V. capaz de todas las acciones nobles y grandes, general, respondió don Adolfo; pero por desgracia la traición le cerca a V. estrechamente y sus amigos le abandonan.
—Le sobra a V. la razón, dijo el general con amargura; el clero y los comerciantes acaudalados, de quienes me he constituido en égida, a quienes he defendido siempre y en todas partes, dejan egoístamente que gaste todos mis recursos en protegerles, sin dignarse venir en mi ayuda. ¡Ah! pronto van a echarme de menos, si, lo que es muy probable, sucumbo por su culpa.
—Es verdad, mi general, y en el consejo que celebró V. esta noche, indudablemente se ha convencido V. definitivamente de las intenciones de esos hombres a los cuales se lo ha sacrificado V. todo.
—Sí, profirió el presidente frunciendo el cejo y recalcando amargamente sus palabras; a cuantas peticiones les he dirigido y a todas mis observaciones, sólo me dieron una respuesta: «No podemos.» No parecía sino que obedecían a un santo y seña.
—¿Entonces su posición de V., general, y dispénseme la pregunta, debe ser por demás crítica?
—Diga V. más bien precaria, amigo mío; el tesoro está completamente exhausto, sin que me sea posible llenarlo de nuevo; el ejército, que hace dos meses no ha recibido paga alguna, murmura y amenaza desbandarse, y mis oficiales se pasan uno tras otro al enemigo, el cual avanza a marchas forzadas sobre Méjico. Ésta es limpia y claramente mi situación, ¿qué le parece a V.?
—Triste, terriblemente triste, general, respondió don Adolfo. Dispénseme V. que le dirija una pregunta: ¿qué piensa V. hacer para contrarrestar el peligro?
En lugar de responder, el presidente dirigió al soslayo una mirada penetrante a su interlocutor.
—Pero antes de seguir adelante, repuso don Adolfo, permítame V. que le dé cuenta de mis operaciones.
—¡Oh! profirió Miramón sonriendo, estoy convencido de que han sido afortunadas.
—Tal espero que va a hallarlas vuecencia. ¿Me autoriza V. para que se las relate?
—Diga, diga V., amigo mío, tengo comezón de saber lo que ha hecho V. en pro de nuestra noble causa.
—Dispense V., general, repuso con viveza don Adolfo, no paso de ser un aventurero y mi devoción radica personalmente en V.
—Bien, bien, yo me entiendo, arguyo Miramón; a ver, diga V.
—En primer lugar, dijo don Adolfo, he logrado arrebatar al general Degollado los restos de la conducta robada por él en la Laguna Seca.
—Bravo, esto es en buena lid; con el dinero de la conducta esa me quitó Guadalajara. ¡Oh! Castillo; en fin, ¿y cuánto poco más o menos?
—Doscientos setenta mil duros.
—No es despreciable la suma.
—¿Verdad que no? Luego sorprendí al bandido Cuéllar, después a su asociado Carvajal y por fin a su amigo Felipe Irzabal, sin mentar algunos secuaces de Juárez a quienes su mala estrella colocó en mi camino.
—En resumen, dijo Miramón, el total de esos encuentros asciende a...
—Más de novecientos mil duros; los guerrilleros del íntegro Juárez saben tundir, obran a sus anchas y se aprovechan para enriquecerse grandemente en este río revuelto; en resumen, le traigo a V. un millón doscientos mil duros que serán conducidos acá antes de una hora, a lomo de mula, y podrá V. ingresarlos en su tesoro.
—¡Pero esto es magnífico! exclamó Miramón.
—Se hace lo que se puede, general, repuso don Adolfo.
—Demontre, si todos mis amigos recorriesen el campo con tan buenos resultados, pronto me vería rico y en estado de sostener vigorosamente la guerra; por desgracia no sucede así, pero esta cantidad añadida a la que he logrado procurarme por otro lado, forman una suma bastante redonda.
—¿De qué otra cantidad está V. hablando, general? ¿Ha hallado V. dinero?
—Sí, respondió con cierta vacilación el presidente; un amigo mío, agregado a la embajada española, me ha sugerido un medio.
Don Adolfo dio un brinco cual si le hubiese mordido una serpiente.
—Cálmese V., amigo mío, dijo Miramón con viveza; sé que es V. enemigo del duque; sin embargo, éste, desde que se encuentra en Méjico, me ha prestado importantes servicios.
El aventurero, que estaba pálido y sombrío, no respondió palabra. En cuanto a Miramón, leal como era y sintiendo necesidad de disculparse de una mala acción hija únicamente de la apurada situación en que se encontraba, continuó:
—Después de la derrota de Silao y cuando todo me abandonaba a la vez, el duque ha logrado hacerme reconocer por el gobierno de España, lo que no puede V. negar me ha sido utilísimo.
—No digo que no, general. ¡Oh Dios! ¿luego es cierto lo que me han dicho?
—¿Y qué le dijeron a V.?
—Que ante la obstinada negativa del clero y del alto comercio de prestarle a V. ayuda y reducido al último extremo, había tomado V. una determinación terrible.
—Es cierto, contestó el presidente bajando la cabeza.
—Pero tal vez no sea demasiado tarde todavía; con el dinero que le traigo ha cambiado su situación de V., y si V. lo consiente, voy...
—Escuche V., dijo Miramón asiendo del brazo a su amigo.
En esto se abrió la puerta.
—¿No he prohibido que se me moleste? dijo el presidente al ujier que estaba inmóvil e inclinado delante de él.
—El general Márquez, excelentísimo señor, respondió el ujier con la mayor impasibilidad.
Miramón se estremeció, le subió al rostro un ligero rubor y dijo:
—Que entre.
El general Márquez se presentó en el gabinete.
—¿Y bien? le preguntó el presidente.
—Ya está, respondió lacónicamente el general; el dinero ha ingresado en el tesoro.
—¿Qué sucedió? repuso Miramón con imperceptible temblor en la voz.
—Vuecencia me envió orden para que con una fuerza respetable me dirigiera a la legación de S. M. británica, exigiese del representante inglés la entrega inmediata de los fondos destinados a pagar a los tenedores de bonos de la deuda inglesa, y les hiciese observar que en las circunstancias actuales vuecencia necesitaba de dicha cantidad para poner la ciudad en estado de defensa; además, en nombre de vuecencia le empeñé mi palabra de que le restituiría la mentada cantidad, que sólo debía ser considerada como un préstamo por algunos días, ofreciéndole, por otra parte, concertar con vuecencia la forma del pago en el modo que a él más le pluguiese. A todas mis observaciones, el representante inglés se limitó a responder que el dinero no le pertenecía, que no era sino el depositario responsable de él y que le era imposible soltarlo. Yo, conociendo que todas mis observaciones iban a estrellarse ante una resolución inquebrantable, después de una hora de pláticas inútiles resolví llevar a cabo la última parte de las órdenes que me habían sido transmitidas: así pues, ordené a mis soldados que rompiesen el sello oficial y las cajas de la legación y me apoderé de todo el dinero que en ellas había, cuidando empero de hacerlo contar por dos veces y ante testigos, para que constase de un modo indudable el importe total de la cantidad que me apropiaba, a fin de devolverla íntegra más adelante. El dinero que me llevé y se encuentra ya en palacio, asciende a un millón cuatrocientos mil duros.
Después de esta narración sucinta, el general Márquez se inclinó como hombre que está convencido de haber cumplido con su deber y que espera las gracias.
—¿Y el representante inglés, qué hizo Entonces? preguntó el presidente.
—Después de haber protestado arrió su pabellón, y seguido de todo el personal de la legación abandonó la ciudad, declarando que rompía toda clase de relaciones con el gobierno de vuecencia, y que ante el inicuo acto de expoliación de que acababa de ser víctima, que así se expresó, se retiraba a Jalapa, en cuyo punto aguardará las nuevas instrucciones del gobierno británico.
—Está bien, general, le doy a V. las gracias; ya tendré el honor de hablar más extensamente con V. dentro de un instante.
Márquez saludó y se retiró.
—Ya lo ve V., amigo mío, dijo el presidente a don Adolfo, es demasiado tarde para devolver el dinero.
—Sí, por desgracia el mal es irremediable.
—¿Qué me aconseja V.?
—General, respondió don Adolfo, se encuentra V. en el fondo de un precipicio; su ruptura de V. con Inglaterra es la desdicha más grande que podía acaecerle en las presentes circunstancias; necesita V. vencer o morir.
—¡Venceré! exclamó fogosamente Miramón.
—Dios lo quiera, repuso el aventurero con tristeza y levantándose, porque solamente la victoria puede absolverle a V.
Se levantó.
—¿Se va V. ya? preguntó el presidente.
—Es preciso; ¿no debo hacer que traigan a palacio el dinero que yo a lo menos he quitado a los enemigos de vuecencia?
Miramón bajó tristemente la cabeza.
—Perdóneme V., general, dijo don Adolfo, he hecho mal al hablar de esta suerte; ¿acaso no sé por propia experiencia que la desgracia es mala consejera?
—¿No tiene V. nada que pedirme?
—Sí, señor, una firma en blanco.
—Tome V., dijo Miramón satisfaciendo inmediatamente los deseos del aventurero; y dígame, ¿volveré a verle a V. antes de su salida de la capital?
—Sí, general; pero permítame dos palabras más.
—Diga V.
—Desconfíe V. del duque español; ese hombre le vende.
Y despidiéndose del presidente, don Adolfo abandonó la estancia.
A la puerta del palacio el aventurero halló su caballo, al que un soldado sujetaba por las bridas, y subiéndose inmediatamente sobre la silla, tiró una moneda al asistente, atravesó de nuevo la plaza Mayor y se internó en la calle de Tacuba.
A eso de las nueve de la mañana las calles estaban henchidas de viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofrecía el animado aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos críticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbación, todas las miradas traducían el recelo, todos hablaban en voz baja, todos veían un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les ponía en su camino.
Don Adolfo, mientras avanzaba rápidamente al través de las calles, no dejaba de observar lo que ocurría en torno suyo; aquella zozobra mal disimulada, aquella creciente ansiedad de la población, no le pasaron inadvertidas. Realmente devoto del general Miramón, cuyo carácter magnánimo, vastos planes y sobre todo el deseo real de labrar la ventura de su patria le habían cautivado, don Adolfo experimentó un pesar íntimo, profundo, al ver aquel abatimiento general del pueblo, la defección de éste hacia el único hombre que en aquellos momentos, de verse lealmente sostenido, podía haber salvado a Méjico del gobierno de Juárez, es decir, de la anarquía organizada por el terrorismo del sable. Don Adolfo continuó adelante, al parecer sin ocuparse en lo que hacía y decía en torno de él la gente agrupada en el umbral de las puertas, en la entrada de las tiendas y en las esquinas, grupos en los cuales no se hablaba sino de la ocupación de los bonos de la Convención inglesa por el general Márquez, en virtud de una orden perentoria del presidente de la república, ocupación apreciada de mil modos distintos.
Sin embargo, don Adolfo, al penetrar en los arrabales encontró más tranquila a la población; y es que en ellos aún no había cundido la noticia y los que la sabían denotaban hacer poquísimo caso de ella o tal vez hallaban muy en su lugar aquel acto arbitrario del poder.
Don Adolfo comprendió perfectamente el contraste: los vecinos de los arrabales, pobres casi todos ellos, pertenecían a la clase más ínfima de la población y por lo tanto eso se les daba de una acción cuyas consecuencias no podían alcanzarles y de la que sólo debían salir perjudicados los comerciantes ricos de la ciudad.
Una vez cerca de la Garita o Puerta de Belén, don Adolfo se detuvo delante de una casa aislada, de modesta aunque no pobre apariencia y cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada.
Al ruido de los pasos del caballo se entreabrió una ventana, del interior de la casa partió un grito de alegría, y poco después se abrió de par en par la puerta, por la que entró el jinete.
Don Adolfo atravesó el zaguán y penetró hasta un patio, donde se apeó y arrendó su caballo a una argolla empotrada en el muro.
—¿Por qué toma V. esta precaución, don Jaime? preguntó con voz suave y melodiosa una señora saliendo al patio; ¿acaso tiene V. la intención de dejarnos tan pronto?
—Hermana mía, respondió don Adolfo o don Jaime, tal vez no me sea dable permanecer sino muy poco tiempo aquí a pesar de mi ardiente deseo de conceder a V. muchas horas.
—Bien, bien, hermano, profirió la señora; pero por sí o por no deje V. que José conduzca el caballo al corral donde estará más bien que no en el patio.
—Como a V. le plazca, hermana.
—¿Ha oído V., José? dijo la señora a un criado anciano; conduzca V. al Moreno al corral, estréguelo V. cuidadosamente y échele doble pienso de alfalfa. Y volviéndose a don Adolfo y tomándole el brazo, añadió: venga V., hermano mío.
Don Jaime, que así le llamaremos ahora, no hizo objeción alguna, y ambos penetraron en la casa.
El aposento en el cual entraron era un comedor sencillamente amueblado, aunque con el gusto y limpieza que denotan un cuidado asiduo, y en la mesa había tres cubiertos.
—Almuerza V. con nosotros ¿no es verdad, hermano?
—Con sumo placer, respondió don Jaime, pero ante todo, hermana, démonos un abrazo e infórmeme de mi sobrina.
—Estará aquí dentro de un momento; en cuanto a su primo está ausente, ¿no lo sabe V.?
—Creía que había regresado.
—Todavía no; como a V., nos tiene en zozobra el muchacho, pues lleva una vida muy misteriosa; se va sin decir a dónde, y tras una ausencia, a menudo muy larga, regresa sin manifestar de dónde viene.
—Paciencia, María, paciencia, profirió don Jaime con voz un tanto triste; ya sabe que trabajamos para V. y para su hija. Pronto va a aclararse todo, así lo espero.
—Dios lo quiera, don Jaime; pero en esta casita nos encontramos por demás solas e intranquilas; el país está en un estado deplorable de trastorno, los caminos están infestados de bandoleros, y de consiguiente vivimos en un ay temerosas de que V. o don Esteban no caigan en manos de Cuéllar, de Carvajal o del Rayo, desalmados bandidos respecto de quienes oímos espantosos relatos todos los días.
—Tranquilícese V., hermana; Cuéllar, Carvajal y aun... el Rayo, repuso sonriendo don Jaime, no son tan terribles como quiere suponer la gente; por lo demás, no reclamo de V. sino un poco de paciencia: antes de un mes, se lo repito, habrá cesado todo misterio y cada cual recibido lo que en justicia le corresponda.
—¡Justicia! murmuró doña María dando un suspiro; ¿acaso esa justicia me devolverá mi dicha pérdida, mi hijo?
—Hermana, respondió con solemnidad don Jaime, ¿por qué dudar del poder de Dios? Espere V.
—¡Ay! don Jaime: ¿comprende V. bien el alcance de esta palabra? ¿Sabe V. lo que significa decir a una madre que espere?
—María, dijo don Jaime, ¿necesito repetir que V. y su hija son los únicos lazos que me unen a la vida, que les he ofrecido la mía entera, sacrificando, para verlas a Vds. dichosas un día, vengadas y repuestas en la elevada categoría de que debieran no haber descendido, todos los goces de la familia y todas las excitaciones de la ambición? ¿Si no estuviese a punto de conseguir el fin que desde hace tantos años persigo con tanta perseverancia y con tanta obstinación, me vería V. tan tranquilo y resuelto? ¿Acaso ha olvidado V. quién soy, o ha perdido ya la confianza en mí?
—¡Oh! no, confío en V., hermano mío, exclamó María echando los brazos al cuello de don Jaime; pero por eso mismo vivo en continua zozobra, aun en los instantes en que me dice usted que espere, porque sé que nada hay que pueda detenerle, ni valla que V. no derribe, ni peligro que no arrostre, y temo verle sucumbir en esta lucha insensata sostenida sólo en mi provecho.
—Y en pro de la honra de nuestro apellido, hermana mía, profirió don Jaime; no lo olvide usted, a fin de devolver a un blasón ilustre su empañado brillo; pero volvamos la hoja; ahí viene mi sobrina; de cuanto acabamos de decir no se acuerde V. sino de una sola palabra: espere V.
—¡Oh! gracias, gracias, hermano mío, dijo María abrazándole otra vez.
—Tío, mi buen tío, dijo en este instante una joven abriendo una puerta y encaminándose apresuradamente al encuentro de don Jaime, quien le llenó de besos las mejillas; por fin ha llegado V., bienvenido sea.
—¿Qué es eso, Carmen, hija mía? preguntó cariñosamente don Jaime a la joven; tiene V. los ojos enrojecidos, está V. pálida. ¿Ha llorado usted?
—No es nada, tío, una tontería de mujer nerviosa y turbada. ¿No viene con V. Esteban?
—No, respondió don Jaime con displicencia; no vendrá hasta dentro de algunos días; pero goza de perfecta salud, añadió, cruzando una mirada de inteligencia con doña María.
—¿Le ha visto V.?
—¡Pues no! apenas hace dos días, y aun yo me tengo algo la culpa de su retardo, pues insistí para que todavía no se venga, ya que necesito de él allá abajo; ¿pero no almorzamos? literalmente estoy pereciendo de hambre.
—Sí, al instante, sólo aguardábamos a Carmen; ¡ea! a la mesa, dijo doña María tocando un timbre, a cuyo son compareció el mismo criado que condujera al caballo de don Jaime al corral.
—Puedes servir, José, dijo doña Carmen al anciano.
Los tres se sentaron en torno de la mesa y dieron principio al almuerzo.
Vamos a trazar a vuela pluma el retrato de las dos señoras a quienes las exigencias de nuestro relato nos han obligado a presentar en escena.
La primera, doña María, de porte noble, graciosos modales y suave y triste sonrisa, era todavía hermosa por más que sus facciones, marchitas y fatigadas, ostentasen marcadas huellas de grandes dolores. De cuarenta y dos años apenas, estaba ya completamente cana y su cabellera formaba singular contraste con sus negras cejas y con sus ojos vivos y brillantes, que respiraban la fuerza y la juventud.
Doña María vestía de riguroso luto y su traje le daba una apariencia religiosa y ascética.
Su hija, doña Carmen, tenía a lo más veintidós años y era hermosa como su madre, de la que era el retrato viviente, lo había sido a su edad. Todo en ella era gracioso y lindo; su voz tenía modulaciones de armonía extraordinaria, su pura frente respiraba el candor y de sus grandes y negros ojos, coronados de cejas al parecer trazadas con un pincel y rodeados de largas y sedosas pestañas; emanaba una mirada suave y húmeda, impregnaba de singular atractivo.
El traje de Carmen era por demás sencillo: se componía de un vestido de muselina blanca ceñido a la cintura con una ancha cinta azul y de una toca de blondas.
Tales eran las dos damas.
A pesar de la indiferencia que fingía, el aventurero don Jaime estaba visiblemente inquieto y receloso; en ocasiones permanecía con el tenedor levantado olvidándose de llevarlo a la boca y pareciendo prestar oído atento a ruidos perceptibles solamente para él; otras veces se sumergía en una divagación tan profunda, que su hermana o su sobrina se veían obligadas a volverle a la realidad dándole un golpecito.
—¡Oh! a V. le pasa algo, hermano mío, no pudo menos de decirle doña María.
—Sí, añadió la doncella, esta preocupación no es natural, tío mío, nos preocupa. ¿Qué tiene?
—Yo, nada, les aseguro, contestó él.
—Tío, nos esconde algo.
—Está equivocada, Carmen, no le estoy escondiendo nada, que me sea personal al menos; pero en este momento, existe una agitación tan fuerte en el pueblo, que le admito francamente que temo un catástrofe.
—¿Vendrá tan pronto, entonces?
—¡Oh! No lo creo; sólo que tal vez habrá ruido, reuniones, ¿qué sé yo? Le aconsejo seriamente, si no es absolutamente obligatorio, de no salir de casa hoy.
—¡Oh! Ni hoy, ni mañana, hermano mío, contestó doña María, tiene mucho tiempo ya que no salimos, con excepción de ir a misa.
—Tampoco para ir a misa, a partir de ahora y por algún tiempo, hermana mía, creo que sería imprudente arriesgarse en las calles.
—¿El peligro es tan grande? preguntó ella con inquietud.
—Sí y no, hermana mía, estamos en un momento de crisis donde un gobierno está a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de proteger a los ciudadanos; sin embargo, él que lo reemplazará aún no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la seguridad pública, así que, en una circunstancia como ésta, lo más sabio es de protegerse a sí mismo.
—En verdad, me espanta, hermano mío.
—Dios mío, tío, ¿qué pasará con nosotras? exclamó doña Carmen juntándose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son verdaderos bárbaros.
—Tranquilícese, no son tan malos como usted lo supone; son niños traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen buen corazón; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus buenos sentimientos.
—Pero usted sabe, tío, el odio que nos tienen, a nosotros los españoles.
—Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos españoles, las creen hijas del país, lo que es para ustedes una garantía; por lo de don Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos están convencidos que soy francés; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin protectores, no las dejaré solas en esta casa con un viejo doméstico, cuando hay un catástrofe tan cerca; así que sean tranquilas.
—¿Se va a quedar con nosotras, tío?
—Sería con gran placer, mi querida niña; malamente, no me atrevo prometérselo, me temo que me sea imposible.
—Pero, tío, ¿cuáles son esos asuntos tan importantes?
—Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no sé que he hecho con mi mechero.
—Tome V., dijo Carmen dando un fósforo a su tío; siempre emplea V. las mismas argucias para cambiar la conversación; es V. muy feo.
Don Jaime se echó a reír, y sin replicar a su sobrina encendió el cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo:
—A propósito, ¿ha venido alguien del rancho?
—Sí, hace unos quince días Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron algunos quesos y dos odres de pulque.
—¿Dijeron algo del Arenal?
—No, en la hacienda no ocurría novedad.
—Mejor.
—Loick sólo habló de un herido.
—¡Ah! ¿y qué dijo?
—No lo recuerdo bien.
—Yo sí lo recuerdo, repuso doña Carmen. En cuanto vea V. a su tío, señorita, me dijo Loick, sírvase decirle que el herido que había mandado depositar en el subterráneo bajo la guarda de López, se ha aprovechado de la ausencia de éste para escaparse, y que a pesar de todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con él.
—¡Maldición! exclamó don Jaime reventando en ira. ¡Ah! ¿por qué ese necio de Domingo no le dejó morir como una bestia fiera? Ya me presumí que esto concluiría de un modo semejante.
Pero al notar la sorpresa que se pintó en el semblante de las dos damas al oírle proferir tales palabras, don Jaime se calló, y simulando la más absoluta indiferencia, preguntó con la voz más natural del mundo:
—¿Nada más?
—Nada más, respondió la joven, y por cierto que Loick me recomendó eficazmente que no me olvidase de decírselo a V.
—No valía la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida niña, gracias; y levantándose de la mesa, añadió: ahora me veo obligado a dejarlas a Vds.
—¡Ya! profirieron doña María y doña Carmen abandonando con viveza sus respectivas sillas.
—Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos, esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aquí; pero como no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidaré de que me sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores.
—¡Ah! será muy distinto, repuso doña María.
—Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; ¿han acabado Vds. el dinero que les di la última vez que nos vimos?
—No gastamos mucho, hermano, respondió doña María, sino que vivimos con grande economía; nos queda todavía bastante.
—Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; así pues, como en este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas de cuyo peso les ruego me aligeren.
Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmán, don Jaime sacó una larga bolsa de seda encarnada, al través de cuyas mallas se veía brillar el oro.
—Esto es demasiado, hermano, ¿qué quiere usted que hagamos con tanto dinero?
—Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen.
—Ya que V. lo exige.
—Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas más de las que he dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen, pues quiero que ésta pueda ponerse elegante cuando se le antoje.
—¡Qué bueno es V., tío! profirió la doncella; estoy segura de que V. se sujeta a privaciones por nosotras.
—Esto no le atañe a V., señorita, replicó don Jaime; lo que yo quiero es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin permitirse hacer observación alguna; ¡ea! denme Vds. un abrazo y adiós; me he entretenido ya demasiado.
Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar al Moreno, al cual doña Carmen daba terrón de azúcar tras terrón mientras le acariciaba, a lo que el noble animal parecía estar muy agradecido.
En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que abriese la puerta, se oyó en la parte de afuera el precipitado galopar de un caballo, y poco después repetidos golpes en aquélla.
—¿Quién será? dijo don Jaime avanzando resueltamente hacia el zaguán.
—¡Tío! ¡hermano! gritaron a una las dos damas, intentando detenerle.
—Soltad, dijo don Jaime inmovilizando con una mirada a su hermana y a su sobrina; sepamos quién es. Y llegando hasta la puerta, gritó: ¿Quién vive?
—Amigo, respondieron desde la calle.
—Es la voz de Loick, dijo el aventurero, abriendo la puerta.
—¡Alabado sea Dios! profirió el ranchero entrando y al conocer a don Jaime, pues él hace que dé con V.
—¿Qué ocurre? preguntó con viveza el aventurero.
—Una gran desgracia, respondió Loick, la hacienda del Arenal ha caído en manos de la pandilla de Cuéllar.
—¡Demonios! exclamó don Jaime, palideciendo de cólera. ¿Y desde cuándo?
—Desde hace tres días.
Don Jaime asió del brazo a Loick, se lo llevó al interior de la casa, y le preguntó:
—¿Tienes hambre? ¿sed?
—Tanto me apremiaba el llegar, respondió el ranchero, que hace tres días que no como ni bebo.
—Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contarás lo ocurrido.
Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne y pulque.
Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad sentía, don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del comedor.
Se nos olvidaba decir que las dos damas se habían retirado discretamente a una señal de su deudo, dejándolo a solas con Loick.
—¿Has concluido? preguntó el aventurero, al ver que su interlocutor había dejado de comer.
—Sí, respondió el ranchero.
—¿Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la catástrofe?
—Estoy a sus órdenes, señor.
—Di pues, te escucho.
El ranchero, después de haber apurado su último vaso de pulque para aclararse la voz, empezó su relato.
Vamos nosotros a suplir con el nuestro el relato del ranchero, quien, por otra parte, ignoraba muchas particularidades, ya que no conocía lo ocurrido sino de oídas. Para ello nos es preciso retroceder al momento preciso en que Oliverio, porque el lector indudablemente le ha adivinado en don Jaime, se separó de doña Dolores y del conde a unas dos leguas del Arenal.
Doña Dolores y los que le acompañaban no llegaron a la hacienda hasta poco antes de ponerse el sol.
Don Andrés, inquieto por tan largo paseo, les recibió con muestras del gozo más vivo; pero viéndoles como les había visto a lo lejos acompañados de León Carral, se había tranquilizado.
—No permanezca V. por tanto tiempo fuera de la hacienda, señor conde, dijo a Luis don Andrés con solicitud verdaderamente paternal; comprendo el placer que halla V. en galopar en compañía de la atolondrada Dolores, pero como no conoce esta tierra, puede extraviarse. Demás, en estos momentos los caminos están infestados de merodeadores pertenecientes a todos los partidos que dividen esta desgraciada república, y a estos pícaros tanto les da disparar un tiro contra un hombre como dispararlo sobre un coyote.
—Me parece que V. exagera, señor, replicó Luis; hemos dado un magnífico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo.
Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba aguardando la comida.
Ésta fue silenciosa como de costumbre; la única diferencia que se notaba era que parecía haber desaparecido la indiferencia entre doña Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversación, lo que hasta entonces no había acontecido.
Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comió sin despegar los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la buena armonía que parecía reinar entre su hermana y el francés, se fijó en ellos, mirándoles con expresión singular; pero los jóvenes fingieron no reparar en él y continuaron su conversación a media voz.
Don Andrés estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensación que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y bebía y comía como un hambriento.
Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis detuvo al anciano, diciéndole:
—V. dispense, ¿podría escuchar dos palabras?
—Me tiene V. a sus órdenes, respondió don Andrés.
—No sé como explicarme, señor, repuso el conde: temo haber obrado con alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales.
—¡Usted! exclamó don Andrés sonriendo; ¡bah! permítame que le diga que no le creo.
—Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo hacerle a V. juez de mi conducta.
—Si es así, explíquese V.
—El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente a Méjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aquí...
—En efecto, interrumpió el anciano; prosiga usted.
—Pues bien, continuó Luis, ignorando, como he dicho, su presencia de V. en la hacienda, había escrito a uno de mis íntimos amigos, agregado a la legación francesa, primeramente para notificarle mi llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme habitación. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barón Carlos de Meriadec y perteneciente a la más calificada nobleza de Francia, acogió favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe que vivía V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad de ofrecerme hospitalidad en ella, escribí inmediatamente al barón diciéndole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era más que probable que yo me quedaría aquí durante un largo espacio de tiempo.
—Al aceptar V. mi hospitalidad, señor conde, me dio una prueba de amistad y de confianza, de que le estoy agradecidísimo.
—Creía que todo estaba terminado respecto del particular, cuando esta mañana recibí una carta en la cual el barón me participa haber obtenido licencia y su resolución de pasar en mi compañía los días de asueto que le han concedido.
—¡Ah! ¡caramba! exclamó gozosamente don Andrés, buena está la idea, y por ella le daré las gracias a su amigo de V.