XIX

Al día siguiente el sol se levantó radiante entre oleadas de oro y de púrpura.

Méjico estaba de fiesta, parecía haber vuelto a los hermosos tiempos en que se disfrutaba de calma y tranquilidad; toda la población se había echado a la calle y se encaminaba al paseo Bucareli, profiriendo gritos, entonando canciones y riendo a más y mejor.

En direcciones distintas se oían resonar músicas militares, tambores y trompetas, y continuamente cruzaban galopando por en medio de la multitud oficiales de estado mayor ostentando uniforme lleno de bordados de oro y sombrero de picos adornado de plumas.

Las tropas salían de los cuarteles y se dirigían hacia el paseo, a ambos lados del cual iban formando.

La artillería tomó posiciones frente a la estatua ecuestre de Carlos IV, al que los léperos se obstinan en confundir con Hernán Cortés, y la caballería, fuerte de unos mil cien hombres, se alineó en la Alameda.

Los léperos y los pilluelos se aprovechaban de las circunstancias para distraerse arrojando petardos entre los pies de los paseantes.

A eso de las diez de la mañana se oyó gran clamoreo de voces, que fue acercándose rápidamente al paseo.

Era el pueblo que aclamaba al presidente de la república.

El general Miramón, que llegó rodeado de un lúcido estado mayor, parecía estar satisfecho de la ovación de que era objeto, pues sobre patentizarle que el pueblo seguía queriéndole, le demostraba que éste, con sus aclamaciones, le daba las gracias por la heroica determinación que acababa de tomar, de librar una batalla definitiva en campo raso, en vez de aguardar al enemigo en la ciudad.

Miramón avanzó saludando y sonriendo a derecha y a izquierda, y una vez a la entrada del paseo, los veinte cañones situados en él dispararon a un tiempo, anunciando de esta suerte la presencia de aquél a las tropas que estaban congregadas en aquel sitio.

Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas órdenes, los soldados se alinearon, las músicas de los regimientos y las bandas de tambores y cornetas dejaron oír sus acordes, el presidente pasó con lentitud por el frente de banderas y empezó la revista.

Los soldados, a quienes la muchedumbre había comunicado su entusiasmo, parecían estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a porfía.

La inspección que pasó el general fue severa y concienzuda; no fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad, aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de hacer frente al enemigo ante el cual debían encontrarse pocas horas después.

Las órdenes de Miramón habían sido ejecutadas con toda escrupulosidad; los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial.

Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo acá y allá la palabra a los soldados a quienes conocía o simulaba conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga el amor propio del soldado, se colocó en una de las plazoletas del paseo y ordenó varías maniobras a fin de cerciorarse del grado de instrucción de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran difíciles, tuvo la satisfacción de verlas ejecutadas con una precisión de conjunto por demás satisfactorio.

El presidente felicitó calurosamente a los jefes de los cuerpos, y luego empezó el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras posiciones, donde levantaron un campamento provisional.

Miramón, que no quería fatigar inútilmente a sus soldados obligándoles a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvió no salir de Méjico hasta la caída de la tarde.

Entre los oficiales que componían el estado mayor del presidente y que con él regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don Antonio Cacerbar y don Jaime.

Don Melchor, por más que se admirara de ver en uniforme militar a aquél a quien conocía solamente por don Adolfo, y al cual hasta entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le saludó sonriendo con ironía, a cuyo saludo correspondió don Jaime por modo serio y apartándose para no trabar conversación con semejante individuo.

En cuanto a don Antonio, como nunca había visto a don Jaime a rostro descubierto, no reparó en él.

Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se detuviera en la plaza Mayor, se había apeado y reunido al conde del Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no le hubieran conocido a no tomar aquél la precaución de encaminarse a su encuentro.

—¿Sale V. con el ejército? le preguntaron los dos jóvenes.

—Sí, amigos míos, pero pronto estaré de vuelta, respondió don Jaime; por desgracia la campaña será corta. Durante mi ausencia, les recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aquí.

—¿Solamente uno? preguntó Domingo.

—Sí, pero es el más temible de los dos: aquel a quien tan torpemente salvaste la vida.

—Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven.

—¿Y don Melchor? preguntó el conde.

—Este no nos molestará más, respondió don Jaime con acento singular. ¡Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen sorprender.

—En caso necesario recabaremos la ayuda de León Carral y la de nuestros criados.

—Será lo más acertado, y tal vez obrarían ustedes más cuerdamente todavía alojándoles en la casa de doña María. Ahora separémonos, tengo que hacer en palacio. Hasta la vista.

Los tres amigos se separaron.

Don Jaime entró en palacio y se encaminó directamente al gabinete de Miramón, sin que el ujier de guardia, que le conocía, opusiese obstáculo alguno a su paso.

El presidente estaba hablando con varios exploradores, que le daban noticias acerca de los movimientos del enemigo.

Don Jaime se sentó y aguardó con calma a que el presidente hubiese dado fin a su interrogatorio.

Por fin el último explorador terminó su relación y se retiró.

—¿Qué hay, mi amigo? ¿ha visto V. al embajador? preguntó Miramón a don Jaime.

—Sí, mi general; le vi ayer al salir de aquí.

—¿Y la famosa carta?

—Ahí está.

El general hizo un gesto de sorpresa, tomó el papel y lo leyó con rapidez.

—¿Qué tal? preguntó don Jaime.

—No sólo me dejan libre la acción, sino que aun me ruegan que trate con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro que me da V. más que no me ofrecía. Pero dígame, ¿cómo se las ha compuesto V.?

—Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada más.

—Es V. el hombre más misterioso que conozco.

Ahora me corresponde a mí el cumplir mi promesa.

—Nada apresura.

—¿No quiere V. ya hacerlo prender?

—Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos.

—Como V. quiera; mas ¿qué vamos a hacer con él de aquí a entonces?

—Le dejaremos aquí, a las órdenes del jefe de plaza.

—Tiene V. razón, repuso el presidente.

El cual extendió una orden, la selló, y llamando al ujier se la entregó a éste, a quien preguntó:

—¿Está ahí el coronel Cacerbar?

—Sí, excelentísimo señor.

—Que lleve esta orden al jefe de la plaza.

El ujier tomó la orden y partió.

—Ya está, dijo Miramón.

Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida.

A la caída de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza, rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron desfilado, el general Miramón salió de palacio seguido de su estado mayor.

En la plaza estaba formado un numeroso escuadrón de caballería.

—¿Qué jinetes son esos? preguntó el presidente.

—Mi cuadrilla, respondió don Jaime inclinándose.

Dichos jinetes, que eran en número de trescientos, iban envueltos en gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que sólo dejaban en descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba.

En vano el presidente los examinó para descubrir sus facciones.

—No los conocerá V., dijo don Jaime en voz baja a Miramón; las barbas que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero esté V. seguro de que no por esto dejarán de portarse como buenos en la batalla.

—Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda.

El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha.

Don Jaime blandió entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se colocaron a retaguardia.

Al revés de la caballería mejicana, cuya arma predilecta es la lanza, los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los cazadores de África franceses y pistolas en las fundas.

A media noche el ejército acampó en medio de la obscuridad, obedeciendo a la orden que de no encender fogata alguna se había circulado.

Tres horas después llegó un explorador, que inmediatamente fue conducido a presencia de Miramón.

—¡Hola! ¿eres tú, López? dijo el presidente conociendo al explorador.

—Sí, mi general, respondió el interpelado dirigiendo una risueña mirada a don Jaime, que estaba sentado al lado de Miramón y fumaba con indolencia un cigarrillo.

—¿Qué novedades ocurren? ¿Traes noticias del enemigo? preguntó el presidente.

—Sí, mi general, y muy frescas.

—Mejor; ¿dónde se encuentra?

—A cuatro leguas de aquí.

—Entonces no tardaremos en verle. ¿Qué cuerpo de ejército es ése?

—Él del general don Jesús González Ortega.

—¡Bravo! profirió con satisfacción el presidente; vales un Perú, muchacho.

Y poniendo algunas monedas de oro en la mano de López, Miramón añadió:

—Toma. Ahora dame algunos pormenores.

—El general Ortega, continuó López, trae consigo ocho mil infantes, tres mil caballos y treinta y cinco cañones.

—¿Lo has visto tú?

—Durante una hora marché con ellos.

—¿En qué disposiciones se encuentran?

—¡Canario! vienen furiosos.

—Está bien. Ve a descansar; puedes dormir por espacio de una hora.

López saludó y se alejó.

—Por fin vamos a vernos las caras, dijo Miramón.

—¿Cuántos soldados trae V. consigo, general? preguntó don Jaime.

—Cinco mil infantes, mil cien caballos y veinte cañones.

—¡Jum! profirió don Jaime, poco es contra once mil.

—No llegan al doble; el valor suplirá al número.

—Dios lo quiera.

A las cuatro se anudó la marcha bajo la guía de López.

Las tropas, transidas de frío, estaban en malas disposiciones.

A eso de las siete de la mañana se dio la orden de alto; el ejército fue colocado en batalla en una posición bastante buena y puestos en batería los cañones.

Don Jaime hizo situar a los suyos detrás de la caballería regular.

A las nueve de la mañana empezó a oírse un tiroteo; eran las avanzadas de caballería que se replegaban ante las cabezas de columna de Ortega que desembocaban en el campo de batalla elegido por Miramón y que cruzaban algunos disparos con ellas.

Nada hubiera sido más fácil al presidente que evitar la batalla; pero anheloso éste de acabar de una vez, no quiso de ningún modo.

Miramón estaba rodeado de Vélez, Cobos, Negrete Ayestarán y Márquez, sus más fieles generales, y al divisar al enemigo, se subió a caballo, recorrió las filas de su pequeño ejército, dio sus instrucciones con firmeza y laconismo, procurando infundir a todos el ardor de que él estaba poseído, y blandiendo su espada gritó en voz vibrante:

—¡A ellos!

La batalla se empeñó inmediatamente.

El ejército juarista, obligado a formar bajo el fuego del enemigo tenía de su parte una desventaja notable.

Los soldados de Miramón, excitados con el ejemplo de su joven jefe, que no tenía entonces más allá de veintiséis años de edad, peleaban como leones y hacían prodigios de valor.

En vano los juaristas se esforzaban en afirmar los pies en las posiciones que habían escogido; una y otra vez eran desalojados de ellas por las vigorosas cargas de sus enemigos. Así es que no obstante su superioridad numérica, los soldados no avanzaban sino palmo a palmo, para tener que ceder luego el terreno conquistado.

Los generales de Miramón, a quienes parecía haber pasado el alma de éste, se multiplicaban, se ponían al frente de sus tropas, las arrastraban en pos y con ellas se metían en lo más recio de la refriega.

Un esfuerzo más, y Ortega se veía obligado a pronunciarse en retirada.

Miramón, con su mirada certera, juzgó la situación inmediatamente. Había llegado el momento de lanzar la caballería sobre el centro de los juaristas a fin de romperlo con una carga decisiva.

—¡Adelante! gritó el presidente.

La caballería vaciló.

Miramón repitió la orden.

Los jinetes avanzaron; pero en vez de cargar, la mitad de ellos se pasó al enemigo para precipitarse luego lanza en ristre sobre la otra mitad que había permanecido fiel.

Desmoralizados por esta súbita deserción, los jinetes no pasados al campo juarista volvieron grupas y se dispersaron en todas direcciones.

La infantería, al verse tan traidoramente abandonada, perdió sus bríos, y por sus filas corrió la voz de ¡traición! ¡traición! ¡sálvese quien pueda!

Inútiles fueron los esfuerzos de los oficiales para obligar a los soldados a que atacasen al enemigo; estaban ya desmoralizados y no pensaron sino en desbandarse.

El ejército de Miramón había desaparecido, y Ortega quedado vencedor una vez más, si bien gracias a una traición indigna llevada a cabo en el momento mismo en que para él estaba perdida la batalla.

Hemos dicho que don Jaime había tomado con su cuadrilla posición detrás de la caballería del presidente.

Como trescientos hombres pudiesen haber cambiado la faz de la batalla, es indudable que aquellos bravos jinetes habrían hecho tal prodigio; aun en el instante mismo de la derrota combatían con sin igual encarnizamiento contra la caballería juarista lanzada en persecución de los fugitivos.

Al prolongar la lucha don Jaime obedecía a un propósito. Testigo de la indigna traición que ocasionara la pérdida de la batalla, había visto al primer oficial que se pasara al enemigo con sus soldados: dicho oficial era don Melchor de la Cruz, y don Jaime, que le conociera, había jurado apoderarse de él.

La cuadrilla del aventurero no la componían jinetes vulgares, como lo habían probado ya y debían probarlo nuevamente.

En pocas palabras don Jaime hizo comprender su intento a los suyos, los cuales profirieron gritos de rabia y atacaron resueltamente al enemigo, trabándose con tal motivo una lucha titánica de trescientos hombres contra tres mil.

La cuadrilla desapareció por completo como si hubiese sido engullida por aquella formidable mole de adversarios.

Luego los juaristas empezaron a oscilar, se abrieron sus filas, y por el boquete que dejaron pasó la cuadrilla llevando consigo y prisionero a don Melchor.

—¡Al presidente! ¡al presidente! gritó don Jaime echando a escape seguido de todos sus parciales hacia Miramón que en vano trataba de reunir algunos destacamentos.

Los generales del presidente, todos amigos suyos, fieles al juramento que prestaran de morir con él, no le habían abandonado.

La cuadrilla dio una última carga para librar al presidente.

El cual, después de haber dirigido una mirada de desconsuelo al campo de batalla, se decidió por fin a escuchar a sus amigos y a emprender la retirada.

De todo su ejército, apenas si al infortunado general le quedaban mil hombres; los demás estaban muertos, o se habían dispersado o pasado al enemigo.

Los primeros momentos de la retirada fueron terribles; a Miramón le ahogaba la pesadumbre, causada, no por su derrota, que ésta la había previsto, sino por la infame traición de que fuera víctima.

Cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser alcanzados por el enemigo, el presidente ordenó hacer alto para dar algún descanso a los caballos, y arrimado a un árbol, con los brazos cruzados encima del pecho y la cabeza caída, guardó un silencio lúgubre, que sus generales, inmóviles a su alrededor, no se atrevían a interrumpir.

D. Jaime avanzó, y deteniéndose a dos pasos del presidente, le dijo:

—General.

Al timbre de aquella voz amiga, Miramón levantó la cabeza y tendiendo la mano al aventurero, murmuró:

—¿Es V.? ¡Ah! ¿por qué me obstiné en no escuchar su consejo?

—Lo hecho, hecho está, general, repuso don Jaime; no hay que hablar más de ello; pero antes de abandonar este sitio, tiene V. que cumplir un deber, hacer un castigo ejemplar.

—¿Qué quiere V. decir? preguntó Miramón con extrañeza.

Los otros generales que se habían acercado estaban no menos sorprendidos que su jefe.

—¿Sabe V. por qué fuimos vencidos? preguntó el aventurero.

—Porque nos traicionaron.

—¿Pero V. conoce al traidor?

—No, respondió Miramón con resentimiento.

—Pues yo sí le conozco, pues me encontraba no lejos de él cuando llevó a cabo su infame proyecto, vigilándole, porque tiempo hacía que me inspiraba sospechas.

—¡Qué me importa si no podemos ya apoderarnos de él!

—Se equivoca V., general, repuso D. Jaime; se lo traigo a V.; fui a buscarle en medio de sus nuevos compañeros, como hubiera ido hasta el infierno para cogerlo.

Al escuchar tales palabras, los jefes y soldados experimentaron un estremecimiento de gozo.

—¡Vive Dios! exclamó Cobos, ese miserable merece ser descuartizado.

—Conduzcan acá a ese hombre y se le juzgará, dijo Miramón con tristeza, pues nada más penoso para él que verse obligado a emplear medidas rigurosas.

—Pronto habremos concluido, profirió el general Negrete; morirá como traidor, fusilado por la espalda.

—No se requiere sino probar su identidad y luego hacerle ejecutar, añadió Cobos.

A una señal de D. Jaime, dos soldados condujeron a D. Melchor, atado codo con codo.

El hermano de doña Dolores de la Cruz, estaba pálido y descompuesto y llevaba el traje desgarrado y manchado de sangre y lodo.

Los oficiales se habían constituido en consejo de guerra bajo la presidencia del general Cobos.

—¿Cómo se llama V.? preguntó éste al reo.

—D. Melchor de la Cruz, respondió en voz sorda el joven.

—¿Confiesa V. haberse pasado al enemigo junto con los soldados que estaban a sus órdenes?

D. Melchor no respondió, pero se estremeció de píes a cabeza.

—Al tribunal le cabe el convencimiento de que este hombre es un traidor, dijo Cobos, ¿qué castigo merece?

—Él de los traidores, respondieron unánimemente los oficiales.

—Que le fusilen, dijo el general Cobos.

El reo fue conducido ante el frente de banderas y puesto de rodillas, y tras él y a seis pasos diez cabos formaron pelotón. Luego Cobos se acercó al que iban a ejecutar, y le dijo:

—Cobarde y traidor, eres indigno de la jerarquía a que te habían elevado; por lo tanto, en nombre de todos nuestros compañeros te declaro degradado y expulso de entre la gente de honor.

Un soldado arrancó entonces a D. Melchor las insignias de su grado y con ellas le cruzó el rostro.

A este insulto, el joven lanzó un rugido de tigre, tendió en torno de sí una mirada despavorida e hizo un movimiento para levantarse.

—¡Fuego! gritó el general Cobos.

Resonó una descarga, el reo dio una horrible voz de agonía y cayó boca abajo, revolcándose entre terribles convulsiones.

—¡Remátenle! dijo el presidente movido a compasión.

—No, repuso Cobos con aspereza; que muera como un perro; cuanto más padezca más completa será nuestra venganza.

Miramón hizo un gesto de disgusto y ordenó que tocasen botasillas.

Los fugitivos anudaron la marcha.

Sólo dos hombres habían permanecido cerca del infeliz, contemplándole como se retorcía a sus pies en medio de los más atroces padecimientos: el general Cobos y D. Jaime.

El cual se inclinó hasta el moribundo, le levantó la cabeza y obligándole a fijar en él su vidriosa mirada, le dijo en voz sorda:

—¡Parricida, traidor hacia tu patria y hacia tus hermanos, éstos son los que hoy se vengan; muere como quien eres y llévese tu alma el diablo; tu cuerpo, privado de sepultura, será pasto de las fieras!

—¡Misericordia! exclamó el desdichado cayendo de espaldas, ¡misericordia!

Una postrer convulsión sacudió el cuerpo del joven, sus crispadas facciones cobraron un aspecto horrible, lanzó un rugido y quedó inmóvil.

D. Jaime le empujó con el pie: estaba muerto.

—¡Uno! murmuró el aventurero subiéndose otra vez a caballo.

—¿Qué dice V.? preguntó Cobos.

—Nada, estaba echando una cuenta, respondió D. Jaime riéndose con zumba.

Cuando Miramón llegó a Méjico, era ya pública la noticia de su derrota.

Entonces ocurrió un hecho singular: el clero y la aristocracia, a quienes Miramón había sostenido y defendido siempre, y la indiferencia y el egoísmo de los cuales sin embargo causaran la ruina y perdición de aquél, ahora deploraban la conducta que habían observado para con el único hombre capaz de salvarles.

Como en aquella hora suprema Miramón hubiese querido hacer un llamamiento a la población, ésta se habría agrupado inmediatamente en torno de él, facilitándole la organización de una vigorosa defensa.

A Miramón ni siquiera se le ocurrió tal pensamiento: disgustado del poder no aspiraba sino bajar de él y retirarse a la vida privada.

Apenas llegado a Méjico, lo que primero hizo el joven presidente fue reunir al cuerpo diplomático extranjero y rogar a los miembros del mismo que interpusieran su influjo para salvar a la ciudad, haciendo cesar un estado de guerra que no tenía ya razón de ser desde el instante que la capital estaba dispuesta a abrir sus puertas a las tropas federales sin disparar un tiro.

Sin pérdida de tiempo fue a entrevistarse con el general Ortega, para alcanzar una capitulación honrosa, una comisión compuesta de los representantes de Francia y España, del general Berriozábal el prisionero de Toluca, y del general Ayestarán, amigo particular de Miramón.

D. Antonio Cacerbar había ensayado unirse a la comisión expresada; y es que, sabedor del triste fin de su amigo Cruz, tenía el presentimiento de que le amagaba una suerte parecida; pero las puertas de la ciudad estaban cuidadosamente vigiladas, y nadie podía salir por ellas sin ir provisto de un pase refrendado por el jefe de plaza. Así pues, D. Antonio no tuvo más remedio que quedarse en la ciudad. Sin embargo, le hizo recobrar un tanto la esperanza una carta, en la cual le dejaban entrever la próxima realización de los proyectos que perseguía hacía tanto tiempo.

Ello no obstante, como D. Antonio Cacerbar era hombre muy precavido por haberle acostumbrado a estar siempre sobre aviso las sombrías maquinaciones a que se entregara durante toda su existencia, al par que permanecía en su casa, como a ello, le invitaban en la carta a que acabamos de hacer referencia, había convocado a ella a una docena de matones de los más desalmados y les había ocultado tras los tapices a fin de estar preparado a todo evento.

Esto sucedía el día mismo del regreso de Miramón a Méjico.

Poco más o menos a las nueve de la noche del mencionado día, D. Antonio estaba en su dormitorio, leyendo, o más bien dicho, ensayando leer, porque su atormentada conciencia no le dejaba la tranquilidad de ánimo necesaria para entregarse a tan inocente distracción, cuando oyó hablar bastante recio en la antesala. Cacerbar se levantó al punto y se encaminó hacia la puerta a fin de indagar la causa de tal ruido, pero no bien iba a abrirla cuando lo hizo otra mano y pareció en el dormitorio el ayuda de cámara de aquél, sirviendo de introductor a muchas personas, nueve en junto, seis hombres enmascarados y embozados en sarapes, y tres damas.

D. Antonio, al ver a los recién llegados experimentó un estremecimiento nervioso, pero rehaciéndose casi instantáneamente, permaneció en pie ante su mesa, probablemente aguardando a que uno de los desconocidos se decidiese a hacer uso de la palabra.

Esto fue lo que, en efecto, sucedió.

—Señor don Antonio, dijo uno de los enmascarados adelantando un paso, aquí le entrego a V. a doña María, duquesa de Tobar, su cuñada, a doña Carmen Tobar, su sobrina, y a doña Dolores de la Cruz.

Al oír estas palabras, pronunciadas con sangrienta ironía, don Antonio se echó atrás, palideció intensamente y en voz en la que se traslucía la emoción, repuso:

—No le entiendo a V.

—¿Conque no me conoce usted, don Horacio? dijo entonces doña María en voz suave; ¿por tal modo me ha desfigurado el dolor que le sea a V. posible negar que yo soy la desventurada esposa del hermano a quien V. asesinó?

—¿Qué significa esta comedia? exclamó don Antonio con arrebato; esta mujer ha perdido el juicio; y V., miserable, que se atreve a chancearse conmigo, váyase con cuidado.

Aquél a quien iban dirigidas estas palabras contestó con una sonrisa de desprecio, y levantando la voz, dijo:

—¿Quiere V. testigos de lo que va a pasar aquí, caballero? ¿Le parece que todavía no somos bastantes para oír lo que va a decirse aquí? Perfectamente: salgan Vds. de sus escondites, señores, y Vds., caballeros, acérquense.

Al mismo tiempo se levantaron los tapices y se abrieron las puertas y unas veinte personas penetraron en el dormitorio.

—¡Ah! ha llamado V. testigos, profirió don Antonio con acento zumbón; pues bien, caiga sobre su cabeza de V. la sangre que aquí va a derramarse.

Y volviéndose hacia los hombres que tras él permanecían inmóviles, les dijo en voz de trueno, al mismo tiempo que se apoderaba de dos revólveres de seis tiros que estaban sobre una mesa situada al alcance de su mano.

—¡Maten Vds. como perros a esos canallas!

Pero nadie se movió.

—¡Quítense todos las máscaras! dijo el personaje que hasta entonces había hablado; ya son inútiles; a ese hombre debemos hablarle a rostro descubierto.

Y arrojando la carátula que le cubría el semblante, sus compañeros le imitaron.

El lector los ha conocido ya: eran don Jaime, Domingo, el conde del Saulay, León Carral, don Diego y el ranchero Loick.

—Ahora, señor, dijo don Jaime, despójese V. de su nombre postizo como nosotros nos hemos despojado de nuestras máscaras. ¿Me conoce usted? soy don Jaime de Vivar, el hermano de su cuñada; veintidós años hace le sigo a V. paso a paso, señor don Horacio de Tobar, espiando todos los de V. y buscando la venganza que Dios me concede al fin, grande y cabal como yo la soñara.

Don Horacio levantó orgullosamente la cabeza, y dirigiendo una mirada de soberano desdén a don Jaime, replicó:

—Y diga V., mi noble cuñado, porque como usted desea renuncio a fingir y consiento en conocerle, ¿qué venganza es esa tan grande y cabal que ha conseguido después de veintidós años? ¿la de obligarme a que yo mismo me dé la muerte? ¡Vaya un provecho! ¿Acaso no está siempre pronto a morir un hombre de mi temple? ¿Qué más puede V.? nada; suponiendo que yo ruede aquí por el suelo, a sus pies, me llevaré conmigo a la tumba el secreto de esa venganza. Secreto que V. ni siquiera sospecha, y cuyos beneficios los reporto yo por completo, porque al morir le legaré una desesperación más profunda que la que en una noche encaneció los cabellos de su hermana.

—Desengáñese V., don Horacio, arguyó don Jaime; esos secretos que V. supone tan ocultos, los conozco todos, y en cuanto a matarle, esta consideración es secundaria en mi plan de venganza; le mataré a V., sí, pero por mano del verdugo, porque ha de saber que morirá V. deshonrado, de muerte infamatoria, en una palabra, de garrote vil.

—¡Mientes, canalla! exclamó don Horacio con rugido de bestia fiera; ¡yo, yo, el duque de Tobar! ¡noble como el rey! ¡yo, perteneciente a una de las más encumbradas y antiguas familias de España! ¡yo morir agarrotado! El odio te trastorna el juicio, estás loco; en Méjico hay un embajador de S. M.

—Sí, replicó don Jaime, pero ese embajador te abandona a todo el rigor de las leyes mejicanas.

—¿Quién, él, mi amigo, mi protector, él que me presentó al presidente Miramón? Esto no es verdad, no puede serlo. Además, soy extranjero y nada tengo que temer de las leyes de esta nación.

—Sí, un extranjero que en Méjico se ha puesto al servicio de un gobierno para venderlo en provecho de otro; la carta que con tanta instancia pedías al coronel don Felipe y que éste no quiso vendértela, me la dio a mí de balde, y las para ti tan comprometedoras cartas que te robaron en Puebla, gracias a don Esteban, a quien no conoces a pesar de ser primo tuyo, en este instante las tiene Juárez. Ya ves pues que por este lado estás irremisiblemente perdido. Por último, tu más precioso secreto, el secreto que tan bien guardado crees, también lo poseo yo: conozco la existencia del hermano gemelo de doña Carmen, y además sé donde está y si quiero puedo hacerle parecer de improviso a tu presencia: mira, aquí está el hombre a quien vendiste tu sobrino, añadió don Jaime designando a Loick, que estaba inmóvil a su lado.

—¡Oh! murmuró el cuñado de doña María, dejándose caer en una butaca y retorciéndose las manos con desesperación, estoy perdido.

—Irremisiblemente perdido, don Horacio, profirió don Jaime con desprecio, pues ni aun la muerte puede salvarte de la deshonra.

—Hable V., por Dios, dijo doña María acercándose a su cuñado; ¿verdad que no me he engañado? ¿que lo que don Jaime me dijo es cierto? en una palabra, ¿que tengo un hijo y que ese hijo es el hermano gemelo de doña Carmen?

—Sí, murmuró don Horacio en voz apagada.

—¡Bendito seas, Dios mío! exclamó doña María con expresión de gozo inefable; pero V. sabe dónde está mi hijo y va a restituírmelo ¿no es verdad? por favor, piense V. que no le he visto nunca y que necesito de sus caricias. ¿Dónde está? dígamelo V.

—¿Dónde está?

—Sí.

—No lo sé, respondió fríamente don Horacio.

La desventurada madre se dejó caer en un asiento y ocultó la cabeza entre las manos.

—¡Ánimo, hermana mía! la dijo don Jaime acercándose a ella.

Por espacio de algunos segundos reinó un silencio fúnebre; en aquel aposento donde se hallaban reunidas tantas personas no se oía más ruido que el de las silbantes respiraciones y el de los ahogados sollozos de doña María y de las dos jóvenes.

—Mí noble cuñado, dijo don Horacio avanzando un paso y en voz firme no exenta de grandeza, hágame V. el favor de rogar a esos caballeros que se retiren a una de las piezas contiguas; deseo hablar a solas con V. y mi cuñada.

—Amigo mío, dijo don Jaime al conde del Saulay, tenga V. la amabilidad de conducir a esas señoritas al salón inmediato.

El conde ofreció la mano a las jóvenes y salió sin proferir palabra, seguido de todos los circunstantes, que a una señal de don Jaime se retiraron silenciosamente.

Únicamente se quedó Domingo, el cual, fijando una mirada de fuego en don Horacio, dijo:

—Como ignoro lo que va a pasar aquí y temo una asechanza, no salgo hasta que expresamente me lo mande don Jaime, pues mi deber es defenderle; hijo adoptivo suyo soy y él es quien me ha educado.

—Puede V. quedarse, señor, profirió don Horacio sonriendo con tristeza, casi pertenece usted a nuestra familia.

—Cuñado, dijo entonces don Jaime, el hijo que V. arrebató a mi hermana, el heredero de los duques de Tobar a quien V. creía perdido, yo lo salvé. Domingo, abraza a tu madre; María, éste es tu hijo.

—¡Madre mía! exclamó el joven arrojándose en brazos de la hermana de don Jaime, ¡madre mía!

—¡Hijo mío! murmuró doña María en voz desfallecida y cayendo sin sentido en brazos del hijo a quien acababa de encontrar.

Fuerte contra el dolor, como todas las naturalezas privilegiadas, el gozo la había vencido.

Domingo levantó a su madre en sus robustos brazos y la colocó en una silla larga; luego, con el ceño fruncido, los ojos preñados de ira y oprimidos los labios, avanzó lentamente hacia don Horacio.

El cual, lleno de terror, con la mirada fija y la frente cubierta de palidez, le veía venir, retrocediendo a compás que el joven iba avanzando, hasta que por fin tocó de espaldas en la pared y se vio obligado a detenerse.

—¡Asesino de mi padre! ¡verdugo de mi madre! exclamó Domingo con acento terrible, infame y canalla, ¡maldito seas!

Ante tal anatema, don Horacio doblegó la cabeza; pero irguiéndose al punto, dijo:

—Dios es justo; mi castigo empieza; yo sabía que mi sobrino vivía; a fuerza de pesquisas había concluido por conocer el paradero de aquel a quien vendí el niño al nacer y que se encubre con el nombre de Loick...

—Sí, repuso don Jaime, y ese Loick a quien la miseria indujera al crimen, arrepentido de su falta me lo devolvió a mí.

—Es cierto, dijo don Horacio con acento entrecortado; ese joven es realmente mi sobrino; tienes las facciones y la voz de mi desventurado hermano.

Don Horacio se cubrió el rostro con las manos; pero rehaciéndose luego, continuó:

—Hermano mío, V. posee casi todas las pruebas de los horribles crímenes que he cometido; y acercándose a un mueble y rompiéndolo, sacó de él un mazo de papeles, que entregó a don Jaime, diciéndole: Aquí tiene V. las que le faltan. Tal vez inconscientemente había ya penetrado en mi corazón el arrepentimiento. Tome V., éste es mi testamento; en él nombro a mí sobrino mi heredero universal, fijando sus derechos de una manera indiscutible; pero no debe ser manchado el apellido de Tobar. Por usted, por su sobrino, cuyo apellido es el mío, no ejecute V. la cruel venganza que ha preparado contra mí; por mi honor, por la honra inmaculada de mis antepasados, le juro que alcanzará V. satisfacción cumplida de los crímenes que cometí y de la amarga existencia a que he condenado a mi cuñada.

Don Jaime y Domingo permanecieron sombríos y silenciosos.

—¿Se negarían Vds. a escucharme? ¿Por ventura no les movería yo a compasión? exclamó don Horacio con ansiedad.

En este momento doña María se levantó de la silla en la que su hijo la colocara, avanzó lenta y automáticamente hacía su cuñado, se interpuso entre éste, su hermano y su hijo, y tendiendo con ademán majestuoso el brazo, dijo en voz impregnada de suavidad inefable:

—Hermano de mi marido, la venganza no pertenece sino a Dios. En nombre de aquél a quien tanto amé y al que su crueldad de V. me arrebató, le perdono los atroces tormentos que me ocasionó y los dolores indecibles a que me condenó por espacio de veintidós años, con todo y ser yo una mujer desventurada e inocente. Le perdono a V., sí, y ojalá Dios le mire a V. con misericordia.

—Es V. una santa, profirió don Horacio cayendo de rodillas; no merezco perdón, lo sé; pero en cuanto dependa de mí y haciendo sacrificio de mi vida, procuraré rescatar los crímenes que cometí.

En pronunciando estas palabras, don Horacio se levantó e hizo ademán de querer besar la mano a doña María; pero ésta retrocedió con gesto de horror.

—Es justo, murmuró con acento triste el despreciado, soy indigno de tocarla a V.

—No, repuso doña María, desde el instante que el arrepentimiento entró en su corazón, no lo es V.

Y tendiendo la dama la mano y volviendo el rostro, don Horacio imprimió en ella un respetuoso beso.

—¿Sólo Vds. van a ser implacables? dijo luego éste con tristeza y dirigiéndose a don Jaime y a Domingo, que permanecían inmóviles.

—Ya no nos queda el derecho de castigar, respondió en voz sorda el aventurero.

Domingo bajó la cabeza guardando un silencio huraño, al ver lo cual doña María se le acercó y le asió suavemente el brazo.

—¿Qué quiere V., madre? preguntó el joven estremeciéndose.

—Yo perdoné a ese hombre, le respondió la buena mujer en voz dulce como una súplica.

—Madre, repuso Domingo con acento de odio implacable, al maldecir yo a ese hombre, mi padre habló por mi boca, y desde el fondo de la ensangrentada tumba donde le tendió ese infame, me dictó la maldición, que quedará impresa en él como estigma indeleble. ¡Ah! Dios va a preguntar a ese asesino lo que al primer fratricida: Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel?

Al oír estas palabras, pronunciadas con acento terrible, don Horacio cayó desplomado al suelo.

Don Jaime y doña María se habían alejado de él con horror.

Por espacio de largos minutos permaneció don Horacio tendido en el suelo, sin que los circunstantes hiciesen movimiento alguno para socorrerle. Sin embargo, doña María, dando rienda a los impulsos caritativos de su corazón, hizo por fin un movimiento como para acercarse a su cuñado.

—Deténgase V., madre, le dijo el joven; no toque V. a ese infame; su contacto la mancharía.

—¡Le perdoné! repuso en voz débil la dama.

Don Horacio, que poco a poco había ido recobrando los sentidos, se levantó lentamente, con las facciones espantosamente contraídas y llevando impresa en ellas una resolución singular.

—Usted lo exige, dijo volviéndose hacia Domingo; enhorabuena, la reparación será ruidosa.

Y registrando el cajón de una papelera cuya cerradura había abierto valiéndose de una llave que pendiente de una cadenita de oro llevaba al cuello, don Horacio tomó algo que nadie pudo ver, volvió a cerrar el cajón, se encaminó con paso firme hacia la puerta, la abrió de par en par y dijo en voz estridente:

—Entren Vds., caballeros.

En un instante la sala se llenó de gente; únicamente y a una seña de don Jaime, el conde del Saulay y don Esteban se habían quedado en el salón en compañía de doña Dolores y de doña Carmen.

Don Jaime se acercó entonces a su hermana, y ofreciéndole el brazo, dijo:

—Venga V., María, esta escena la está matando; ahora que perdonó V. a ese hombre, debe no permanecer aquí por más tiempo.

Doña María resistió apenas a la invitación de su hermano, el cual la condujo al salón, volvió a entrar inmediatamente y cerró la puerta.

A poco se oyó el rodar de un coche; eran las tres damas que, acompañadas del conde, se volvían a su casa.

Casi a compás resonó choque de armas en el salón.

—¿Qué es eso? preguntó don Horacio con gesto de inquietud.

Se oyó el ruido de pasos de mucha gente, la puerta se abrió de par en par y con estrépito y en el umbral de ella aparecieron multitud de soldados a cuyo frente iba el gobernador de la ciudad, el alcalde mayor y muchos corchetes.

—En nombre de la ley, dijo el gobernador en voz lacónica, es V. mi prisionero, don Antonio Cacerbar; corchetes, apodérense Vds. de este hombre.

—Don Antonio Cacerbar ha dejado de existir, dijo don Jaime interponiéndose con viveza entre los agentes de policía y su cuñado.

—Gracias, profirió éste, gracias por haber salvado la limpieza de mi apellido.

Y volviéndose a los recién llegados, y señalando a Domingo, que permanecía inmóvil, añadió en voz levantada:

—Señores, aquí tienen Vds. al duque de Tobar; yo soy un gran culpado; suplicad a Dios que me perdone.

—Ea, corchetes, exclamó el gobernador, apodérense Vds. de este hombre.

—Vengan por mí, dijo don Horacio llevándose prestamente la mano a la boca.

De improviso el cuñado de doña María palideció, se tambaleó como un borracho y dio consigo en tierra sin proferir un ay. Estaba muerto.

Don Horacio se había envenenado.

—Señores, dijo entonces don Jaime al gobernador y al alcalde mayor, su cometido de ustedes termina ante la muerte del culpado; desde este instante el cadáver de éste pertenece a su familia. Háganme el favor de retirarse.

—Dios perdone a ese desdichado su último crimen, profirió el gobernador; nada nos queda ya que hacer aquí.

Y después de haber saludado ceremoniosamente, el gobernador se salió de la sala y de la casa acompañado de su séquito.

—Señores, dijo entonces don Jaime en voz triste y dirigiéndose a los circunstantes, aterrorizados ante el desenlace singular y rápido de aquella escena, roguemos por el alma de ese gran culpado.

Todos se arrodillaron, excepto Domingo, que permaneció en pie, sombrío y con los ojos ardientemente fijos en el cadáver.

—Domingo, le dijo suavemente su tío, ¿llevas tu odio más allá de la tumba?

—¡Sí! exclamó el joven con acento terrible; ¡sí! ¡maldito sea por los siglos de los siglos!

Los circunstantes se levantaron con espanto; aquel anatema fulminante había helado la oración en sus labios.

Ínterin, los acontecimientos políticos se desenvolvían con rapidez fatal.

La diputación enviada a conferenciar con el general Ortega había regresado a Méjico sin haber conseguido capitulación alguna, y la situación se hacía más crítica por momentos.

En semejantes circunstancias el general Miramón dio pruebas de una abnegación suma: no queriendo comprometer más a la ciudad de Méjico, resolvió abandonarla aquella misma noche.

Entonces se encaminó a las casas consistoriales y propuso al ayuntamiento que nombrase un presidente o un alcalde interino que por sus relaciones anteriores con el partido victorioso estuviese en estado de salvar la ciudad y de mantener en ella el orden.

El ayuntamiento se dirigió en corporación al general Berriozábal, quien aceptó generosamente tan difícil cometido, siendo primer cuidado de éste rogar al cuerpo diplomático extranjero que armase a sus nacionales, para sustituir por ellos a la desorganizada policía y velar por la seguridad de la población.

Miramón, entre tanto, lo disponía todo para su partida; pero no pudiendo llevarse consigo a su mujer y a sus hijos en una huida cuyas peripecias corrían riesgo de ser sangrientas, resolvió confiar aquellos seres, para él tan queridos, a la embajada de España, donde los recibieron con todas las consideraciones debidas a su deplorable situación.

Como hubiese querido, Miramón podía haberse alejado sin tener nada que temer de los partidarios de Juárez, pues naturalmente simpático, si le miraban algunos como adversario político, nadie le odiaba como enemigo personal.

Repetidas veces habían propuesto a Miramón el dejarle huir solo; pero éste, con la delicadeza caballeresca que constituía una de las cualidades más culminantes de su carácter, se negó aceptar tales proposiciones, no queriendo como no quería abandonar en el último momento a ciertas personas que en pro de él combatieran y se habían comprometido por su causa, al odio implacable de sus enemigos, sentimiento noble, conducta generosa que sus adversarios mismos no pudieron menos de admirar.

Don Jaime pasó parte del día al lado del general, esforzándose en consolarle y ayudándole a reunir en torno de él los dispersados restos, no diremos de su ejército, pues éste había dejado de existir, sino de los diferentes cuerpos que aún estaban indecisos respecto de la causa a cuyo favor se inclinarían.

El conde del Saulay y el duque de Tobar, que así llamaremos a Domingo desde este instante, después de haber pasado la noche en compañía de las damas y hablado con ellas de los singulares acontecimientos del precedente día, se habían despedido de ellas, algo inquietos por la prolongada ausencia de don Jaime, a causa de la confusión que en aquellos momentos reinaba en la ciudad; pero no bien acababan de entrar en su casa y se disponían a entregarse al descanso, cuando Raimbaut, el criado del conde, les anunció a López, el cual se presentó poco después armado de punta en blanco.

—¡Caramba! dijo el duque al verle, vaya un arsenal trae V. consigo, amigo López.

—¿Tiene V. que comunicarnos algo? preguntó el conde.

—Nada más que esto;Dos y uno hacen tres.

—¡Vive Dios! exclamaron a una los dos jóvenes levantándose espontáneamente. ¿Qué hay que hacer?

—Armarse Vds. y sus criados, dar orden de que ensillen los caballos y aguardar.

—¿Así pues ocurren novedades? preguntó el duque.

—Lo ignoro, señor, mi amo se lo dirá a V.

—¿Va a venir?

—Antes de una hora estará presente; me dio orden de que me quedase aquí con Vds.

—Pues aprovéchela para descansar, dijo el conde; nosotros vamos a prepararnos.

Cuando, a las once de la noche, llegó don Jaime, éste encontró ya a sus amigos completamente preparados y armados.

—Partiremos, dijo don Jaime.

—Cuando V. quiera, profirió Luis del Saulay.

—¿Vamos lejos? preguntó el duque.

—Me parece que no, respondió don Jaime; pero tal vez tengan que hablar las armas.

—Mejor, dijeron los dos jóvenes.

—Todavía podemos disponer de media hora, tiempo más que sobrado para que les explique a Vds. lo que pienso hacer, profirió don Jaime. Ya saben Vds. cuan sincera es la amistad que me une al general Miramón.

—Nos consta.

—Pues vean Vds. lo que ocurre: el general ha reunido unos mil quinientos hombres, con cuya escolta imagina llegar con seguridad a Veracruz, donde piensa embarcarse. A la una de esta madrugada se pone en marcha.

—¿A tal extremo han llegado ya las cosas? preguntó el conde.

—Todo ha concluido, respondió don Jaime; Méjico se ha rendido a los juaristas.

—En fin, que se arreglen como puedan; esto no nos atañe.

—Hasta ahora, dijo el duque, no veo qué papel nos toca desempeñar en este drama.

—Voy a decírselo a Vds., repuso don Jaime. Miramón cree poder contar con los mil quinientos hombres que componen su escolta; pero yo estoy persuadido de lo contrario. Los soldados le quieren, es cierto, pero detestan a ciertos personajes que parten con él; y como me consta que se han hecho proposiciones a las tropas para que éstas los entreguen, temo que se dejen convencer y que por la misma causa Miramón caiga prisionero.

—Que es lo que probablemente sucederá, dijo el conde moviendo la cabeza.

—Pues ahí lo que yo quiero evitar, dijo don Jaime con energía, y para ello cuento con ustedes.

—Hace V. bien, profirió Luis.

—No podía V. elegir con más acierto, añadió el duque.

—Perfectamente, continuó don Jaime; de este modo Vds., yo, López, León Carral y los dos criados formamos un efectivo de siete hombres decididos, con quienes será menester contar en el caso de que las circunstancias se presenten desfavorables; demás, la calidad de extranjeros que les ampara a Vds. y el cuidado que han puesto en vivir retirados, nos permitirán coronar nuestra obra, ocultando al general en esta casa.

—Donde estará en completa seguridad, dijo el conde.

—Por otra parte cuanto acabo de manifestarles a Vds. es todavía muy inseguro; las circunstancias nos servirán de guía. Tal vez la escolta permanezca fiel al general; entonces, como nuestro concurso no le servirá de nada, nos retiraremos después de haberle acompañado hasta bastante distancia de la ciudad.

—A la buena de Dios, dijo Luis del Saulay; Miramón asume algo de grande y caballeresco que me ha seducido, y no sentiría que se me presentara coyuntura de serle útil.

—Ahora que nos hemos puesto de acuerdo, profirió el duque, podríamos partir; ardo en deseos de encontrarme al lado de ese valiente general; pero dígame usted, supongo que ante todo ha vigilado por la seguridad de mi madre.

—Nada temas, sobrino, respondió don Jaime; a mi ruego el embajador de España ha colocado una guardia de comerciantes de nuestra nación en la misma casa donde ella mora; tu madre, Carmen ni Dolores tienen qué temer. Por otra parte Esteban está con ellas, y gracias al aprecio en que a éste le tiene Juárez, basta su sola presencia para protegerlas eficazmente.

—Entonces adelante, dijeron los jóvenes levantándose, embozándose en sus capas y armándose.

—Partamos, dijo don Jaime.

Los criados, que estaban ya en su sitio, se unieron a sus amos, y juntos se salieron los siete de la casa, jinetes en sendos caballos, y se encaminaron a la plaza Mayor donde se iban reuniendo las tropas.

Las casas estaban iluminadas y por las calles circulaba una multitud inmensa; pero en la ciudad reinaba la mayor tranquilidad, gracias a las fuertes patrullas compuestas de franceses, ingleses y españoles que la recorrían en todas direcciones y vigilaban con la más generosa abnegación para el mantenimiento del orden durante el intervalo de anarquía que siempre separa la caída de un gobierno de la instalación del que le sustituye.

La plaza Mayor estaba muy animada; los soldados fraternizaban con el pueblo, hablando y riendo como si lo que en tal momento pasaba fuese lo más natural del mundo.

El general Miramón rodeado de un grupo bastante numeroso de oficiales que habían permanecido fieles a su causa, o que demasiado comprometidos para esperar que el vencedor les concediese buenas condiciones, preferían acompañarle en su fuga a quedarse en la ciudad, fingía una tranquilidad y un buen humor que estaba muy lejos de sentir; hablaba con notable soltura, defendiendo sin acritud los actos de su gobierno y despidiéndose, sin dirigir reproche ni recriminación, de aquéllos que por egoísmo le habían abandonado y ocasionado su caída.

—¡Ah! profirió Miramón al divisar a don Jaime y encaminándose hacia él, ¿conque se viene V. decididamente conmigo? Temí que mudase V. de consejo.

—Está V. muy amable, dijo don Jaime riéndose.

—No tome V. a mal mis palabras, repuso el general.

—La prueba de que le acompaño a V. es que le traigo dos amigos que a toda costa quieren seguirle.

—Gracias mil, profirió Miramón; dichoso el hombre que al caer de tan alto puede contar con amigos que le suavicen la caída.

—De esto no puede V. quejarse, general, dijo el conde haciendo una profunda reverencia, porque amigos no le faltan.

—En efecto, murmuró Miramón tendiendo una triste mirada a su alrededor, todavía no me encuentro solo.

Por espacio de algún tiempo la conversación continuó rodando sobre este tema, hasta que dio la una en el Sagrario.

—Partamos, señores, dijo Miramón levantándose y en voz firme, ha llegado la hora de salir de la ciudad.

—Que toquen marcha, gritó un oficial.

Las cornetas dieron la señal, los soldados se subieron a caballo y formaron filas, y la multitud se refugió en los portales.

Luego se restableció la calma como por encanto y sobre aquella plaza inmensa llena de una compacta muchedumbre y materialmente empedrada de cabezas, se cernió un silencio de muerte.

Miramón estaba erguido y firme en su caballo, en medio de sus tropas; don Jaime y sus compañeros habían tomado sitio entre el estado mayor que rodeaba al general.

Después de un momento de perplejidad, el presidente dirigió una triste y postrer mirada al sombrío y silencioso palacio presidencial, en él que no brillaba luz alguna, y luego dio en voz potente la orden de marcha.

Las tropas se pusieron en movimiento, y a compás y de todas partes partieron gritos de ¡viva Miramón!

—Ya me echan de menos, dijo éste inclinándose hasta el oído de don Jaime, y eso que aún no he partido.

Las tropas atravesaron lentamente la ciudad, seguidas de la multitud, que al rendir este último tributo al presidente caído, parecía como si quisiese demostrarle la estimación en que le tenía personalmente.

Por fin a las dos de la madrugada se encontraron los expedicionarios en campo raso, y pronto la ciudad no apareció sino como un punto luminoso en el horizonte.

Las tropas marchaban tristes y silenciosas, y buen rato hacía que emprendieran la caminata, cuando prontamente pareció que en las filas reinase una agitación sorda.

—¡Alerta! algo se prepara, dijo don Jaime en voz queda a sus amigos.

A no tardar la agitación fue en aumento, y en la vanguardia se oyeron algunos gritos.

—¿Qué ocurre? preguntó Miramón.

—Los soldados se sublevan, le respondió don Jaime sin ambages.

—No puede ser, exclamó el general.

Al mismo instante reventó una de gritos y silbidos, entre los que sobresalían estas voces:

—¡Viva Juárez! ¡El hacha! ¡el hacha!

El hacha en Méjico es el símbolo de la federación, y aclamarla es sublevarse, o más bien dicho pronunciarse.

El grito ¡el hacha! recorrió con rapidez todas las filas, hasta hacerse unánime, y pronto llegaron al colmo la confusión y el desorden.

Los partidarios de Juárez, confundidos con los soldados, proferían amenazas de muerte contra los enemigos a quienes no querían dejar escapar, y desenvainando los sables y afianzando las lanzas en el ristre se hizo inminente un conflicto.

—Es preciso huir, general, dijo don Jaime a Miramón.

—¡Nunca! respondió éste; moriré con mis amigos.

—Va V. a perecer asesinado sin lograr salvarse; por otra parte, vea V., ellos mismos le abandonan.

Era cierto, los amigos del presidente se habían desbandado y huían en todas direcciones.

—¿Qué hacer? preguntó Miramón.

—Abrirnos paso, respondió don Jaime.

Y sin dar al presidente lugar a la reflexión.

—¡Adelante! gritó en voz de trueno a los suyos.

Al mismo tiempo los sublevados se revolvían, con las lanzas en el ristre, contra el exiguo grupo en el centro del cual estaba Miramón.

Por espacio de algunos segundos la lucha fue espantosa: don Jaime y sus amigos, bien montados y sobre todo bien armados, consiguieron por último abrirse paso conduciendo al general en medio de ellos.

Entonces empezó una carrera vertiginosa.

—¿A dónde vamos? preguntó el presidente.

—A Méjico, respondió don Jaime; es el único sitio donde no pensarán en buscarle a V.

Una hora después penetraban de nuevo en la ciudad, confundidos con los soldados desbandados que proferían ensordecedores vivas a Juárez y gritando ellos solos más que todos los que les rodeaban.

Ya en la ciudad, Miramón y don Jaime se separaron de sus amigos, pues la prudencia exigía que los fugitivos se retirasen a sus casas uno a uno.

A las cuatro de la madrugada estaban todos reunidos y en seguridad.

Las tropas de Juárez entraron en Méjico sólo algunas horas antes de lo que hiciese el general Ortega.

Gracias a las disposiciones tomadas de con concierto entre el general Berriozábal y los residentes extranjeros, el cambio de gobierno se había operado casi sin conmoción: al día siguiente Méjico parecía tan tranquilo como si en su seno no hubiese ocurrido nada.

Sin embargo, don Jaime no tenía confianza alguna en aquella calma aparente; temía que de permanecer Miramón algunos días en la ciudad no acabase por ser conocida su presencia en ella. Así es que buscaba ocasión propicia para hacerle evadir, y ya empezaba a desesperar de conseguirlo, cuando el acaso le ofreció una, en la que estaba por cierto muy distante de contar.

Habían transcurrido muchos días; la revolución estaba hecha y todo caminaba por su cauce ordinario, cuando por fin Juárez llegó de Veracruz e hizo su entrada en la capital.

Lo primero que, conforme previera Miramón, hizo el nuevo presidente, fue dar una orden de expulsión contra el embajador de España, el legado pontificio y los representantes de Guatemala y del Ecuador.

La ocasión que don Jaime buscaba tanto tiempo hacia, se le presentaba por fin.

Miramón partiría no con el embajador de España, sino con el representante de Guatemala.

Y así sucedió.

La partida de los diplomáticos expulsados se efectuó el mismo día: eran éstos el embajador de España, el legado pontificio, el representante de Guatemala y el del Ecuador; además, el arzobispo de Méjico y cinco obispos mejicanos que componían todo el episcopado de la confederación y habían sido desterrados, se aprovecharon de la escolta del embajador para abandonar la capital.

Miramón, la esposa y los hijos del cual habían partido hacía ya algunos días, seguía, vestido con un disfraz que le hacía de todo punto desconocido, al representante de Guatemala.

En cuanto a Luis del Saulay y al duque de Tobar, tomaron el camino de Veracruz escoltando a doña María y a las dos jóvenes.

Don Jaime, que no quiso abandonar a su amigo, viajaba con éste en compañía de López.

Únicamente don Esteban se había quedado en la capital.

Dos días después elVelascode la marina de guerra española, hacía rumbo a la Habana, llevando a bordo todos nuestros personajes.

El 15 de enero de 1863 se efectuaron dos bodas en la hermosa capital de la isla de Cuba: la del conde del Saulay con doña Carmen de Tobar, y la del duque de este título con doña Dolores de la Cruz, siendo testigos el embajador de España en Méjico, el general Miramón, el comandante delVelascoy el ex-representante de Guatemala, y oficiante el legado del papa.

Traducción deLuis CALVO.


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