Chapter 2

Raúl parecía un poco turbado a pesar de su aplomo. La actitud cortés pero digna de la joven empleada paralizaba sus brillantes facultades.

Después de unos cuantos cumplimientos triviales, a los que ella respondió con extremada reserva, se quedó cortado golpeando con expresión indecisa la tabla del ventanillo y como molesto por aquella límpida mirada que formulaba claramente esta pregunta:

—No es a la señorita Raynal a quien debe estar dedicada esta visita; ¿qué quiere usted, pues?

Por fin dijo el joven, rompiendo resueltamente el silencio.

—Debo, señorita, parecer a usted muy torpe y muy tonto, pero por más que hago no puedo separar la función de usted de su persona, y necesito todo mi cariño hacía mi tío...

Liette le miró asombrada.

—En resumen, señorita, el señor Neris, por motivos personales, desea que cierta correspondencia no pase por el castillo ni por las manos de los criados... No queriendo venir a recogerla él mismo, me encarga de ese cuidado cuando estoy aquí... Con la señorita Beaudoin la cosa me era indiferente... pero con usted...

Tenía una expresión tan confusa, que Liette vino en su ayuda:

—Nada más sencillo, caballero; dígame usted las iniciales.

—H. N., 32.

La empleada buscó en la casilla correspondiente y retiró dos cartas de una elegante letra inglesa y sello de Londres, que él hizo desaparecer prestamente en el bolsillo de la americana como si tuviera prisa por sustraerlas a aquella cándida mirada. Después dijo tratando de dar una explicación:

—No hay nada en esto que no sea muy natural. Mi tío hace mucho bien y se interesa paternalmente por muchas personas... Pero mi madre es muy propensa a sospechar el mal, y por no disgustarla... En fin, hay que ser indulgentes con las debilidades de un anciano que es en suma el mejor de los hombres.

Raúl balbucía y se contradecía mil veces, fingiendo una cortedad que era un homenaje a la virtud de la huérfana, que no podía menos de agradecérselo.

Así, cuando el joven se despidió deshaciéndose todavía en excusas, Liette pensó sin la menor sospecha:

—¡Pobre muchacho! Bonitas comisiones le encarga su tío...

Raúl no era uno de esos fríos corrompidos, uno de esos «feroces» sin principios, sin moral y sin freno que no conocen otra regla más que su placer, otros deberes que sus apetitos ni otra ley más que el código.

No era tampoco un Lovelace, un don Juan ni un Richelieu, brillantes mariposas que revolotean de flor en flor, incapaces de un cariño sincero, únicamente cuidadosos de enredar en las guías de su bigote los corazones femeninos y para quienes Amor es sinónimo de Amor propio.

Lejos de eso; a pesar de cierto fondo de escepticismo, su alma era susceptible de ímpetu espontáneo, de súbito desinterés y de efímero entusiasmo, de donde brotaba una emoción fugitiva, una sensibilidad superficial bastante para dar la ilusión de un corazón tierno y generoso donde no había en realidad más que un manojo de nervios.

Era víctima de una educación mal dirigida que había tratado ante todo de hacer de él un hombre brillante, pero no un simple hombre honrado en la alta acepción de la palabra.

Indulgente, pero firme, la de Candore no vacilaba nunca para hacerle sentir el freno y la brida cuando se trataba de su salud, de su fortuna o de su porvenir, pero sin cuidarse seriamente del lado moral. Muy orgullosa de aquel guapo y elegante caballero, que no había heredado de su padre más que el nombre, le dispensaba con gusto sus defectos de hijo de familia y sus caprichos de desocupado con tal de que no adoleciesen de burguesismo ni de vulgaridad.

La hija del jardinero Neris tenía un desdén de gran señora por lo que ella llamaba la moral de la gentecilla, y a pesar de su aparente rigorismo, pedía solamente a su hijo que sus vicios fuesen de buen tono.

Por otra parte estaba segura de su ascendiente sobre aquella naturaleza débil y maleable bajo una aparente independencia. Raúl era incapaz de resistir a la autoridad de su madre y cualquiera que fuese su rebelión pasajera, cedía tascando el freno a esa influencia maternal siempre sabiamente disfrazada.

En efecto, por una diplomacia femenina digna de un discípulo de Talleyrand, la condesa no parecía jamás preocupada por las acciones de su hijo, y los hilos que hacía mover estaban muy hábilmente disimulados para inspirar la menor sospecha a la naturaleza más quisquillosa.

En las pocas circunstancias delicadas en que había intervenido indirectamente, Raúl no lo había jamás sospechado y había atribuido a su iniciativa, a su voluntad y a su energía decisiones que hubiera sido incapaz de tomar solo.

Actualmente, las forzadas aproximaciones de la existencia común no habían hecho apartarse a la castellana de esa sabia línea de conducta, y el joven agregado estaba tan libre en el castillo (así al menos lo creía) que en su embajada de Londres, y toda la vigilancia, todos los rigores y todas las precauciones maternales se concentraban en la cabeza del señor Neris.

—Lo que yo defiendo es vuestra herencia, hijos míos—había declarado redondamente la de Candore a su hijo.

Y la cosa, naturalmente, no podía parecer mal a Raúl, aunque las medidas tomadas contra uno se aplicasen también al otro.

Esta hábil política tenía la doble ventaja de respetar el amor propio de Raúl y de evitar toda explicación.

Neris era, pues, la cabeza de turco encargada de sufrir los golpes de su sobrino, que no podía defenderse puesto que no le acusaban, y debía simular la indiferencia... cosa bastante fácil para aquel corazón ligero.

Bueno es decir que por una especie de adivinación, la condesa percibía siempre el momento favorable, el instante psicológico, y que tenía, por otra parte, una extremada delicadeza de tacto y una rara habilidad.

Con esta táctica evitaba a su hijo toda lamentable aventura; en cuanto a los demás, poco le importaban.

La pobre Juana lo había experimentado duramente.

Es justo reconocer que si la noble dama temía en su hijo un amor naciente causado por el azar de un encuentro fortuito, estaba lejos de suponer la gravedad de su conducta y de saber que era a su mujer legítima a quien había logrado introducir bajo el techo materno en calidad de institutriz.

Locamente enamorado y con una ligereza que no podía compararse más que con su inconsciencia, había determinado a la joven inglesa a casarse clandestinamente con él al salir de Londres, matrimonio facilitado por las leyes de la libre Inglaterra, pero absolutamente nulo en el continente. La cándida miss se había fiado de su palabra, que él tenía acaso entonces intención de cumplir, y, para captarse las simpatías de su futura suegra, había aceptado el papel dictado por aquel a quien consideraba como su legítimo dueño y señor ante Dios y ante los hombres.

Hemos visto lo que había resultado.

Después de una luna de miel que debía ser eterna y que ya se había ido a reunirse con las lunas pasadas, el conde, cansado de aquella gran pasión, importunado por aquel amor de que él no participaba e irritado por las dificultades crecientes de aquella situación imposible que él mismo se había creado, agradeció a su madre que le sacase de ella bruscamente por un acto de rigor en el que él no tenía que hacer más que lavarse las manos, y había saludado como un verdadero alivio la libertad reconquistada en el momento preciso en que se dibujaba en su horizonte de desocupado una nueva aventura llena de atractivos.

—¡Qué gran mujer es mi señora madre!—se decíain pettocon una mezcla de gratitud y de admiración.

Desde los primeros días Liette había producido una profunda impresión en aquel espíritu frívolo, superficial y estragado. Aquella belleza pálida y severa, de facciones regulares, de austera sencillez y de aspecto modesto y digno, era para él una novedad comparada con las muñecas de caritas sonrosadas y peinados estrepitosos, con aspecto atrevido o lánguido que había tratado hasta entonces y entre las cuales estaba comprendida irreverentemente la pobre Juana con su encanto de linda rubia.

Raúl había decidido, después de un simulacro de asedio, dar inmediatamente el asalto, pero conoció que se trataba de un adversario temible, y esta dificultad inesperada estimuló su ingenio y su corazón.

En amor sobre todo, los obstáculos dan más precio a la victoria. Como dice muy ingeniosamente Gondinet:

«Sin la alondra, Romeo se hubiera dormido... y Julieta también.»

Al revés que con la sentimental y lánguida inglesa, crédula e inocente como un niño, subyugada por su irresistible vencedor y adorándole como a un dios, Raúl se veía esta vez en presencia de una fuerza real, de un carácter firme, viril y enérgico, templado en la dura escuela de la desgracia. Tuvo, pues, que establecer sus paralelas con la ciencia de un antiguo estratégico y el ardor de un joven neófito, avanzando a pasos contados para no asustar al «pájaro rebelde» pronto a volar a la primera demostración un poco viva.

Era el medio más largo, pero el más seguro, pues Liette no podía alarmarse por una conducta tan cortés y correcta, a no ser una coqueta farsante o una ridícula mojigata.

Raúl le mostraba un respeto caballeresco y evitaba cuidadosamente esa galantería trivial y esas atenciones indiscretas a que su situación la exponía, y se lo agradecía infinito. El joven reservaba todas sus atenciones para la señora de Raynal y todas sus felicitaciones a Blanca, y ese homenaje indirecto al mérito de la institutriz y a su abnegación filial valía más que la más delicada adulación.

—¡Qué metamorfosis en mi hermana!—decía algunas veces.—¿No le parece a usted, señorita? Hasta aquí no era más que una niña.

—A los dieciséis años era más que su derecho, era su deber, caballero.

—Sin duda, pero la gracia puede aliarse con la seriedad. Hasta los quince años se es una niña, de quince a treinta una joven.

—Y hasta una solterona...

—Es usted severa, señorita. Mi tío, que apenas se considera como un soltero maduro...

—Anda, sobrino, no te quedes corto.

—Dispensa...

—Con mucho gusto, y con más razón porque me asocio a tus elogios. Nuestra Blanca gana todos los días con su contacto de usted, señorita. Mi deseo es que sea digna de tal modelo...

—Me hace usted demasiado honor, caballero; la tarea estaba casi acabada y Blanca hace que mi papel sea muy fácil tratándome como amiga...

—Era sobre todo una amiga lo que ella necesitaba; por eso estamos todos muy agradecidos de que haga usted de esta querida niña una mujer cumplida.

Esta opinión halagüeña salida de los altaneros labios de la condesa era preciosa porque la dama no las prodigaba; pero apreciaba a la institutriz en su justo valor y no temía decírselo. Con una condescendencia rara en ella, colmaba a aquellas señoras de atenciones y de regalitos, les enviaba frutas de su jardín y flores de su estufa y hasta invitaba a su hijo a unir al envío alguna banasta de caza.

Algunas veces se encargaba el mismo Raúl de la comisión y, escogiendo discretamente un momento en que Liette estaba ausente, entraba en el Correo a vaciar su morral y tragaba sin pestañear las interminables divagaciones de la viuda, que se despachaba a su gusto con aquel interlocutor complaciente... pero no desinteresado.

Al hacer la corte a la madre evitaba el comprometer a la hija y su causa no perdía, al contrario, por ser defendida por un tercero. Con su imprudencia ordinaria, la buena señora no cesaba de hablar de «aquel buen don Raúl», y era imposible a la conciencia más timorata alarmarse lo más mínimo por sus asiduidades.

De este modo no había ninguna alarma en la de Candore, ninguna desconfianza en la institutriz, y Raúl llegaba pacíficamente a sus fines por caminos de travesía.

A principio del verano la salud de la señora de Raynal se alteró sensiblemente. Ya delicada y débil, verdadera planta de los Trópicos cuidada en estufa, no ofrecía ninguna resistencia a la anemia abrumadora que la había invadido lentamente e iba pereciendo de día en día a pesar de los cuidados minuciosos que se le prodigaban.

Acurrucada en su butaca al lado de la ventana y envuelta en chales y mantas a pesar del ardiente sol de junio, cuyos rayos espolvoreaban de oro el estrecho despacho, permanecía allí largas tardes con la mirada vaga, sin hablar y acaso sin pensar, las manos inertes, y los párpados medio cerrados como esos pobres pajarillos de las islas que esconden la cabeza debajo del ala sin que nada pueda sacarlos de su sopor.

Síntoma alarmante; no se interesaba ya por los ruidos de la calle ni por la charla de las comadres, no levantaba los ojos al ruido de los zuecos en la calle, ni al de los coches del notario o del médico, no hacía caso de las voces de las vecinas que iban a informarse de la salud de «la querida señora».

Se acabó la interminable charla que zumbaba en los oídos de la joven empleada; se acabaron los sempiternos discursos tan difíciles de escuchar haciendo una suma. ¡Ay! ya no había que temer errores en las cuentas; sólo turbaba el pesado silencio el ruido monótono del reloj y la ronca voz del cartero, y las palabras más afectuosas y las más tiernas caricias no lograban arrancar a la enferma más que una sonrisa pálida y lánguida.

Solamente Raúl tenía el privilegio de alegrarla un poco; sus visitas, aunque frecuentes, resultaban para ella escasas.

Cuando su elegante silueta aparecía en la esquina de la calle animaba la cara de la viuda un reflejo de vida. Siempre era ella la primera que le veía, y decía guiñando sus ojos de miope:

—Ahí viene don Raúl; ¿qué traerá hoy?

Con una solicitud y una amabilidad que conmovía profundamente a la madre y a la hija, el joven se proporcionaba el placer de satisfacer los caprichos de la enferma, y sabe Dios si los tenía.

Un día era un cesto de dátiles impacientemente deseados y que la anciana devoraba con avidez; otras veces granadas, plátanos o nueces de coco que engañaban apenas la repugnancia de su estómago gastado.

En vano insistían para hacerla bajar al minúsculo jardinillo en el que florecían algunas dalias multicolores y un modesto cuadro de rosales.

—¡Están tan débiles mis piernas!—gemía.—Además, necesitaría que mis negritos me llevaran como en otro tiempo en mi hamaca.

Al día siguiente estaba allí la hamaca de Blanca colgada a la sombra de un quitasol, y Raúl se ofrecía alegremente a embadurnarse la cara de negro como el Nelusco de la Africana, para completar el programa.

—La verdad, no se atreve ya una a expresar el menor deseo—suspiraba la buena señora encantada columpiándose con un gozo de niña mientras el conde la abanicaba gravemente con un marabú.

Acaso el papel de Raúl no era el más agradable y hubiera él preferido el de Blanca, que acompañaba generalmente a su amiga y se esforzaba por consolarla mientras él divertía a la madre. Pero hubiera sido imprudente invertir los papeles y el provecho hubiera sido menor.

En efecto, la abnegación de Raúl no era perdida. Aquella ingrata tarea debía producirle grandes intereses, y cuando la de Raynal le proclamaba irresistible, estaba muy cerca de la verdad.

A la dolorosa angustia que le oprimía el corazón se mezclaba en Liette un sentimiento muy dulce del que no pensaba en desconfiar ni en defenderse; era el agradecimiento y nada más...

El médico del pueblo se mostraba poco tranquilizador.

—No hay atacados órganos esenciales—diagnosticaba,—pero todo el organismo está alterado. Haría falta una energía moral que nos falta completamente, lo que nos entrega atados de pies y manos a lo desconocido.

Mandaba tónicos, un régimen fortificante, ejercicio y aire libre, pero la enferma no quería oír hablar de nada de esto y declaraba que la vista de una chuleta le daba náuseas y que el más corto paseo la mataría seguramente.

Liette, desolada, pensaba ir a Amiens a consultar al doctor Duplan, joven profesor ya famoso en la región y condiscípulo del señor de Candore, pero ante la idea de semejante viaje la enferma ponía el grito en el cielo.

—Te lo ruego, hija mía, déjame morir en paz—repetía en tono doliente:—creo que no pido mucho.

Lágrimas, razonamientos y súplicas, todo fue inútil. Liette estaba desesperada, cuando una mañana se presentó Raúl en el correo con el sabio médico.

—Mi amigo el doctor Duplan, que viene a pasar unos días en el castillo, invitado por mí, tendrá mucho gusto en ponerse a la disposición de usted. Espero que nuestra querida obstinada no se negará a recibirle.

Esta vez el corazón de la joven se fundió ante la ingeniosa delicadeza del procedimiento y, en un impulso espontáneo, ofreció las dos manos al diplomático.

—¡Es usted bueno; gracias!—dijo con las lágrimas en los ojos y una mirada tan elocuente que el médico se quedó deslumbrado y no pudo menos de decir a su amigo cuando salían:

—Querido amigo, una mirada semejante vale más que los honorarios.

El sabio fisiólogo había conocido a primera vista una de esas enfermedades de languidez en las que la inercia del enfermo paraliza los esfuerzos del médico y en las que el abatimiento moral hace inútil la ciencia más profunda.

—Tendrá usted que usar de toda su influencia, señorita, para galvanizar esta energía que se apaga. La distracción de un viaje y el aire puro y vivificante del mar tendrían acaso un efecto saludable.

La cosa presentaba numerosas dificultades, pero todos se emplearon en suprimirlas. El señor Hardoin, en relación con el director de Correos del departamento, obtuvo fácilmente una licencia de un mes. Neris, gran accionista de varias compañías, sacó un doble permiso de circulación gratuita. En fin, para evitar a la enferma la promiscuidad penosa del hotel, Blanca le ofreció amablemente una deliciosa quinta que llevaba su nombre, que su tío había hecho edificar para ella en Saint-Pair, en el camino de Granville, y a la que la familia debía ir en el mes de agosto.

Raúl se reservó la misión ardua y delicada de arrancar el consentimiento de la principal interesada, pero la cosa fue más fácil de lo que se suponía. La de Raynal, refractaria a un corto viaje a Amiens, se dejó seducir por la perspectiva de una expedición elegante, rodeada de un lujo y de unas comodidades que halagaban su orgullo de niña mimada, y el joven agregado de embajada obtuvo un éxito de buen agüero para su carrera diplomática.

El carruaje dejó las calles tortuosas de Granville y tomó el camino de Saint-Pair.

Era uno de esos vehículos prehistóricos de forma anticuada y muelles rechinantes que salen de no se sabe qué depósito de antiguallas para la temporada balnearia y en los que se amontonan dócilmente las más elegantes parisienses, cuyos frescos y airosos trajes hacen resaltar más la desagradable vejez de las banquetas de terciopelo ajado.

El caballejo, de una delgadez inverosímil, como si hubiera ayunado todo el invierno, parecía un fantasma de caballo tirando de un fantasma de coche y que hacía pensar en los versos de Scarron:

Se ve la sombra de un lacayoCepillar la sombra de una carrozaCon la sombra de cepillo.

En cambio el cochero, con su blusa azul formando globo alrededor de un vientre respetable, presentaba un aspecto regocijado y exuberante de salud, que contrastaba con las facciones pálidas y demacradas de la enferma, lánguidamente echada en los almohadones hundidos y que apenas levantaba los párpados para contemplar un instante el magnífico panorama que deslumbraba a su joven compañera.

Nada, en efecto, más pintoresco en su uniformidad que aquel camino que costea el mar durante más de tres leguas para ir a parar en la punta de Carolles.

No hay allí los altos acantilados normandos tras de los cuales se ocultan las olas que van a romperse a sus pies con sordos mugidos como los golpes de una invisible catapulta. Vense en cambio aglomeraciones de sombrías rocas de aristas cortantes y que la blanca espuma hace parecer más negras todavía como el carbón bajo la nieve; una larga banda de dorada arena, lisa como las calles de un jardín inglés, donde, para completar la semejanza, las jóvenes misses juegan al crocket en la marea baja; y el mar, ese mar azul de tonos cambiantes de zafiro, de esmeralda, de rubí y de amatista que refleja a veces el azul del cielo y a veces los horrores del infierno.

Es aquello todavía la costa normanda, pero es el mar bretón, ese mar inolvidable, «cautivador de almas» según la justa expresión de un poeta ignorado, mar acariciador y terrible, dulce y suave como el terciopelo, claro y transparente como el cristal o rugiente y amenazador, erizado de picos monstruosos y de insondables cráteres.

—¡Qué hermoso es esto, madre, qué hermoso!

Presa de una especie de éxtasis, Liette contemplaba ávidamente aquella inmensidad hinchada de vida, aquella buena nodriza que vierte a sus hijos la salud, el vigor y la fuerza y que iba acaso a devolverle su madre.

Y la joven juntaba las manos en un ademán de ferviente súplica.

—¿Llegamos pronto?—preguntó la de Raynal después de una mirada vaga y distraída al maravilloso cuadro.

El cochero, que había oído la pregunta, designó con la punta de la fusta un campanario nuevo que levantaba su esbelta flecha por encima de los techos en los que dominaba todavía la paja característica de las cabañas.

—Eso es Saint-Pair y esa la villa Blanca—añadió parando delante de una de las bonitas casas construidas en la costa.

La «Villa Blanca» merecía su nombre y en medio de las edificaciones multicolores y de las quintas chillonas en que se complace la extravagante fantasía de arquitectos delirantes se distinguía por su elegante sencillez y por su fachada inmaculada.

Era blanca la casa, blancas las persianas, blanca la verja, blanca la tienda de campaña de blanco pabellón ya levantada en la playa, blanca la lancha amarrada a la orilla; blancos los rosales que florecían en los cuadros, los geranios que adornaban la entrada y los claveles que perfumaban el jardín.

Dentro como fuera, cortinas, alfombras y muebles de laca, todo era blancura propia del nido virginal escogido para los dieciséis años de la exquisita y pura niña, objeto de tan tierna solicitud.

—¡Querida Blanca! Pensar que nos abandona estas lindas cosas...—murmuró Julieta llena de agradecimiento.

La de Raynal manifestaba una alegría de niña; encontrábase en su elemento y recibía con majestuosa condescendencia, digna de la condesa, los homenajes de la jardinera, que cuidaba el inmueble y que fue a ponerse a las órdenes de los «parientes» de sus propietarios, como aquellas señoras habían sido designadas, por una ingeniosa delicadeza, en la carta anunciando su llegada y poniendo generosamente la casa a su disposición por todo el mes de julio.

A pesar del cansancio del viaje, la enferma, encontrando una energía ficticia en la alegría íntima que le causaba aquella plenitud de bienestar y de comodidad, quiso inspeccionar sus dominios de un mes.

Una tras otra, inspeccionó todas las piezas de la casa, jugando «a los propietarios» como los niños «a las personas mayores» y aprobándolo o criticándolo todo con un aplomo y una convicción de las más graciosas.

Tan bien representaba su papel, que se engañaba a sí misma, y si la de Candore se hubiera presentado de pronto casi la hubiera recibido como invitada.

—Es fastidioso que se te haya olvidado mi hamaca, hija mía. La hubiéramos instalado en la escalinata.

—Hubiera sido inútil, mamá—respondió Liette sonriendo y mostrando una hamaca que se columpiaba en la cubierta de cristales.

—Estoy segura de que es una atención de ese querido don Raúl—exclamó la criolla muy gozosa; sabe que no puedo pasarme sin ella.

Al oír el nombre del amigo fiel y adicto, la clara mirada de Julieta se empañó con una sombra de melancolía. ¡Iba a estar un largo mes sin verle! Y una pena vaga e inconsciente le arrancó un involuntario suspiro.

Pero no tuvo tiempo para abandonarse a esta impresión.

Impaciente por ver y por ser vista, su madre quería dar una vuelta por la playa. Apoyada descuidadamente en el brazo de su hija como una débil y flexible caña, levantaba su talle prematuramente encorvado y andaba a pequeños pasos, con el pecho oprimido, pero con un poco de rosa en las mejillas y un poco de llama en los ojos. Así llegó lentamente a la tienda de campaña objeto de admiración de los bañistas modestos reducidos a una simple caseta decorada con oropeles chillones o con adornos japoneses baratos.

En aquel comienzo del verano no había más que gentecilla; matrimonios viejos y económicos y jóvenes mamás que aprovechaban de su libertad relativa para gozar de aquel delicioso mes de julio tan a propósito para las vacaciones con sus días interminables.

Los niños, sin pensar en su próxima esclavitud, jugaban entusiasmados y se mojaban en los pequeños estanques que hacían con las manos.

La de Raynal, repantigada en una mecedora, sonreía benévolamente a toda aquella familia menuda y se interesaba por las diminutas pescadoras que iban, rojas de placer, a hacerle admirar su cosecha de «frutti di mare», y por los precoces ingenieros que plantaban gravemente una bandera en los minúsculos fuertes que habían construido con la arena.

—¿Te acuerdas, Liette, del hermoso castillo de juguete que hizo construir tu padre en Trouville cuando no eras más alta que esos niños?

La buena señora se animaba, y ante aquel flujo de vida que galvanizaba sus facciones ya fijas por la helada mano de la muerte, Liette volvía a la esperanza...

—¿Quién sabe?

Por la noche, cuando vio a su madre dormirse con un sueño tranquilo, reparador y poblado de ensueños felices que hacían dibujarse una fugitiva sonrisa en sus descoloridos labios, Julieta se sentó ante el escritorio de plata con las iniciales de Blanca, y, dejando rebosar su alma henchida de gratitud, escribió largamente a su amable discípula.

«En fin, hija mía—decía al terminar,—gracias a usted y a sus queridos padres he conocido hoy un fulgor de esperanza, muy débil, por desgracia, y que se apagará probablemente mañana. Pero ni vientos ni tempestades podrán nunca apagar en mi corazón la llama eterna de mi viva gratitud por tan afectuosa bondad, y ruego a Dios que me permita un día dar a ustedes la prueba, aunque sea a costa de mi propia dicha...»

Hacia la segunda quincena de julio, un hombre y una mujer, ambos jóvenes, seguían lentamente el muelle de Saint-Helier donde se agolpaba ya la multitud de las primeras hornadas de viajeros, gentlemen apopléticos, secas ladies y rubias misses montadas al aire, «smala» de viajeros que están dando la vuelta al mundo con gravedad sacerdotal y que contrasta por su tiesura y su flema británica con la exuberancia y la «furia francesa» de nuestros compatriotas que han huido momentáneamente del mostrador o de la oficina y se maravillan cándidamente de verse tan lejos de la calle Saint-Denis... o del ministerio.

El hombre llevaba con desenvoltura un elegante traje de viaje y unos gemelos en bandolera.

Ella, muy sencilla, iba empujando uno de esos encantadores cochecitos ingleses, obra maestra de la industria nacional de ese pueblo pesado y prosaico de ordinario, pero de un gusto tan delicado y refinado en todo lo que se refiere a la infancia.

Eran Raúl de Candore y nuestra antigua conocida Juana Dodson, cuyos ojos azules desembarazados de los anteojos, se fijaban con amor en el precioso niño dormido en los almohadones y cuya cabecita rubia desaparecía a medias bajo la capota rosa querida de Kate Grenavay.

—¡Todavía una hora!—exclamó el conde consultando un bonito reloj de caza.

—¡Más de una hora!—suspiró la joven inclinándose con un ademán lleno de gracia hacia el niño, cuya pura frente se humedeció con una perla que le hizo fruncir la bonita nariz como un gatito molestado por una mosca. ¡Qué hermoso es! Y cómo se parece a ti...

Raúl se encogió de hombros irreverentemente.

—Palabra de honor, Juana, creo que estás loca. Todos los recién nacidos se parecen entre sí mucho más que a sus autores; pero tú eres tan romántica...

—¿Yo?

—¡Pardiez! Ha sido disparatada esta idea de dejar Londres en vísperas de ir yo, para venir a instalarte aquí con el pretexto de que se ven las costas de Granville...

—Eres injusto, amigo mío; yo no podía esperar indefinidamente un regreso siempre diferido cuando el médico juzgaba a nuestro hijo enfermo y mandaba el aire del mar.

—Hay otras playas que no son Jersey, me parece. ¿Por qué no has ido a Brighton?

—Aquí tenía a mi antigua nodriza para ayudarme a cuidarle, y además...

—¿Creías que yo atravesaría todos los días a nado este brazo de mar, como atravesaba el Helesponto el bello Leandro?

—Te burlas, pero el respirar el mismo aire que tú, era también la dicha...

—Decididamente, querida, puedes dar cruz y raya a las sentimentales grisetas de Murger y no tienes ni pizca de ese espíritu práctico de que se jactan los hijos de la prudente Albión.

—Tienes razón, Raúl. De otro modo no hubiera soportado tanto tiempo esta situación intolerable, cuyo fin no veo, a pesar de tus promesas.

—¿Mis promesas?

—¿Soy tu mujer, sí o no?

—Montaigne diría: Quizá, y Rabelais: ¿Quién sabe?

—¡Raúl!

—¡Diablo! Inglaterra y Francia no están de acuerdo en este punto, como en tantos otros... Un simple aprendiz de diplomático no puede cortar el nudo gordiano tan fácilmente como Alejandro.

—Me has engañado indignamente.

—Vamos a ver, querida Juana, tenemos apenas un cuarto de hora, y no hay tiempo para una querella y una reconciliación. ¿Quieres que empecemos por el fin? En el fondo, ya sabes que te amo.

La pobre miss era incapaz de resistir a la inflexión tierna y acariciadora de aquella voz burlona de ordinario, y suspiró, mas que dijo, levantando hasta él los ojos llorosos:

—¡Ay! no pido más que creerte.

—Y yo no te pido más que un poco de paciencia, niña querida. No comprendes las dificultades de mi situación, que es muy sencilla sin embargo. No tengo patrimonio personal, o muy poco. Estoy, pues, obligado a grandes precauciones y tengo que contar, no sólo con mi madre, sino con mi tío, y no violentar las cosas, en el mismo interés de este caballero.

—No reclamo para él más que tu nombre.

—El nombre haría muy mal papel sin la fortuna, amiga mía.

—Lo poco que yo tengo...

—Lo poco que tú tienes podría apenas bastar para tu hijo, pero de ningún modo para el vizconde de Candore. Sé, pues, razonable, te lo ruego, y ten confianza en mí como yo en ti. ¿Piensas que te dejo con gusto, joven y bonita como eres, expuesta a todas las tentaciones del aislamiento?

—Yo no estoy sola.

—¡Bah!... ¿Crees que este es un guardia de corps suficiente?

Se echó a reír jugando con el pequeño, que acababa de despertarse y trataba de cogerle el bastón.

Medio tranquila, la madre sonreía ante este gracioso espectáculo.

De repente una campana de a bordo llamó a los pasajeros retrasados e hizo palidecer a la pobre Juana, que vaciló en el brazo de su compañero.

—¡Ea! adiós, querida mía—dijo Raúl separándose suavemente.

—¿Adiós?

—No, hasta la vista. ¡Qué purista eres!

—Dale un beso, Raúl...

—Por supuesto; más bien dos que uno.

El joven rozó con su rubio bigote la frente sonrosada del niño.

—Ahora a la mamá, dijo.

Juana se acercó a él y dijo estremeciéndose.

—¿Volverás?

—Sin duda...

—¿No me olvidarás?

—¡Qué tontería!

Iba Raúl a meterse en el barco cuando ella apoyó la mano en su hombro y le dijo gravemente y con una firmeza que cuadraba mal con su fino y vaporoso perfil de rubia:

—Quiero creerte y te creo; pero te lo suplico, no abuses de mi credulidad y de mi paciencia, pues ahora tengo un hijo a quien defender, y le defenderé.

—¿Amenazas?

—No, una advertencia.

—Querida niña, si tuviera tiempo te demostraría que entre tú y yo no puede haber nada más torpe ni más inoportuno. Pero oigo el segundo toque y prefiero olvidar esta declaración intempestiva a exponerme a oír otra más difícil de digerir.

Un instante después el vapor navegaba hacia Granville y el puerto erizado de blancas velas, las negras chimeneas y las murallas de granito desaparecían en lontananza; pero Raúl, apoyado en la borda, creyó distinguir por mucho tiempo una esbelta silueta de mujer que levantaba un niño por encima de la cabeza.

Por fin todo desapareció, y, desagradablemente impresionado por esa vista y por las últimas palabras de Juana, Raúl se puso a pasear por el puente lleno de gente y se esforzó en vano por ahuyentar el malestar que le causaba aquella despedida profética.

Pero pronto dominaron su ligereza y su escepticismo, y encogiéndose de hombros murmuró:

—¡Bah! amenazas de mujer.

Raúl olvidaba a la madre...

Fue aquel para la de Raynal un período de alivio y de calma. Fuese por la distracción, por el cambio o por el aire vivificante y saludable, nadie hubiera conocido a la agonizante de la víspera, de movimientos cansados, mirada muerta y piernas inertes en la intrépida paseante que se veía con frecuencia en la «Brecha de los Ingleses», en el jardín de la «Villa Blanca», en el casino de Granville y en la playa de Saint-Pair.

En efecto, poco sensible a las bellezas de la naturaleza, la indolente criolla, que no hubiera dado dos pasos para admirar el más maravilloso paisaje, no retrocedía ante media legua para ir a ahogarse en una sala de concierto escuchando a algún cantante parisiense mientras protestaba llena de convicción:

—Es por ti, hija mía, exclusivamente por ti. Es preciso que te distraigas y no te encierres en una alcoba de enfermo.

Liette no regateaba nada de esto; era muy feliz. Después de las mortales angustias que acababa de pasar, su corazón se dilataba con esta nueva esperanza:

—¡Dios me conservará mi madre!

—Bien puedes dar las gracias a ese buen don Raúl decía la enferma;—sin él, nunca me hubiera decidido a semejante viaje.

No era necesario recordárselo; demasiado pensaba en ello Julieta. El pensamiento de la criatura se mezclaba involuntariamente al del Creador en sus acciones de gracias.

Así fue que el día en que vieron desembarcar al conde entre los pasajeros que venían de Jersey experimentaron más alegría que sorpresa, hasta tal punto le tenían presente en la memoria.

El joven, por su parte, hizo un gesto de vivo placer en cuanto las vio y dijo acercándose a ellas con la maleta en la mano:

—No esperaba la buena fortuna de encontrar a ustedes al llegar al puerto. Cuento, sin embargo, con que no creerán ustedes que hubiera esperado a mañana para ir a presentarles mis homenajes y a pedir noticias de mi enferma... que veo que son buenas a juzgar por su cara.

—¿Verdad que sí?—dijo vivamente Liette radiante;—mamá está mucho mejor, gracias a Dios.

—Y a usted, querido don Raúl—añadió aturdidamente la viuda;—no nos cansamos de repetirlo.

Raúl no recogió la frase, pero tomó nota de ella con íntima fatuidad.

—Le creíamos a usted en Londres—dijo la joven para cambiar de conversación.

—Allí estaba, en efecto, la semana pasada; pero he hecho un rodeo para visitar esa famosa isla de Jersey que los ingleses consideran como la octava maravilla del mundo por la única razón de que tiene el honor de ser inglesa, y también para comprobar el efecto de mi receta, pues sabe usted, señora de Raynal, que pretendo ser su médico de cabecera.

—Entonces, doctor, la curación le hace a usted honor. Me encuentro perfectamente bien con sus consejos.

—Sin embargo, ¿no es un poco imprudente el venir tan lejos?

—No, tomamos un coche...

—¿Uno de esos horribles armatostes?—dijo el conde haciendo un gesto ante las muestras del género alineadas en la plazuela.—Deben de tener peor movimiento que el barco...

—Usted lo verá acompañándonos a la Villa Blanca, donde le haremos los honores.

—Con mucho gusto, querida señora, en cuanto deje la maleta en el hotel de Francia, donde he tomado una habitación.

—¡Cómo! ¿Piensa usted alojarse en Granville?

—Eso no me impedirá ir con frecuencia a Saint-Pair si ustedes me invitan...

Liette dejó ver una sonrisa de aprobación; le gustaba la delicadeza del joven y la elogiaba. Raúl dejó a las dos señoras en la «Brecha de los Ingleses» y les pidió permiso para ir a mudarse de traje mientras ellas oían la música, prometiendo venir a buscarlas a las cinco para ir a acompañarlas a su casa.

Su ausencia, no muy larga, no fue perdida para él, pues la de Raynal no cesó de prodigarle elogios.

—¡Qué encantador caballero! Tan sencillo, tan amable, tan respetuoso con las señoras... Enteramente como tu pobre padre, hija mía.

Liette no pensaba en interrumpirla, dulcemente mecida por aquellas palabras acompañadas muy bajito por una melodía de Gounod.

A la hora convenida apareció el joven guiando una «Charrette» inglesa tirada por un «poney» muy pacífico, según afirmó Raúl.

—Permítame usted que sea su cochero durante mi corta estancia aquí, querida señora; me comprometo a no volcar.

La buena señora estaba radiante. Volver a Saint-Pair en aquel bonito carruaje y en tan elegante compañía era una de esas satisfacciones de vanidad pueril que halagaban más que nada a su frívola cabeza.

Dio señales de agradecer mucho la atención, y cuando se pararon en la verja dijo al joven:

—Si no tiene usted miedo de una cocina de enferma, le pediré que participe de nuestra comida.

Raúl buscó la autorización de aceptar en la clara mirada de Liette...

—Ya conoce usted los talentos culinarios de Mariana.

El joven aprovechó esta aprobación indirecta, y un instante después estaba instalado debajo de la cubierta de cristales, al lado de la viuda, que le contaba los chismes de la playa, escuchados por él con resignación ejemplar, mientras Liette, improvisándose cocinera, confeccionaba un plato de dulce para las circunstancias.

Fue aquella una velada deliciosa. En aquel marco tan bien hecho para ella, Raúl, sensible como todos los refinados a las delicadezas exteriores más que a las del alma, encontraba un nuevo encanto a la modesta empleada de Correos, cuyas vulgares funciones olvidaba entonces por completo.

Los días siguientes pasaron como un sueño. Candore, como un verdadero paladín, iba todas las mañanas a tomar las órdenes de las señoras para el día.

El tiempo estaba hermoso y había que aprovecharlo. Era la ocasión de hacer expediciones románticas a La Lucerne y a Chanteloup.

¿Cómo rehusar? Estaba hecho el ofrecimiento con tanta amabilidad y la enferma palmoteaba con tan infantil alegría... Liette no lo pensaba siquiera. Por otra parte, era feliz, muy feliz, y se abandonaba a la felicidad sin tratar de analizarla. ¡Había habido tan pocos días floridos en el jardín de su severa juventud!

Íbanse a la ventura, sin más guía que un mapa de Estado Mayor, y caían a veces en una ruidosa fiesta de pueblo o entre los empujones y el polvo de un mercado de ganados.

Raúl hacía mil locuras para hacer aparecer una sonrisa en los labios descoloridos de la madre o merecer una mirada de agradecimiento de la hija.

Y había que ver a los vendedores, verdaderas sanguijuelas normandas que adivinaban una presa fácil, seguirle los pasos, meterle en el bolsillo pitos, rosquillas y golosinas y ponerle delante de las piernas rosados cochinillos y rizados y blancos corderos.

—¡Cómpreme usted algo para su señora!

«¡Su señora!»

Por oír esas dos palabras, que ponían un tinte de rubor en las mejillas de Liette, hubiera el conde despojado todas las tiendas y hecho la fortuna de todos los ganaderos.

De este modo se llevaron triunfalmente de Breal un precioso corderillo, «que acaba de dejar a la oveja, caballero, y que su señora de usted podrá domesticar como un perro faldero.»

—Será un recuerdo de este día, que es el último—dijo Raúl dando un suspiro.

En efecto, se marchaba al día siguiente. ¡Pero cuánto camino recorrido en aquellos días, en sentido propio y figurado! ¡Cuánto camino por las carreteras de Normandía y en el corazón de Liette!

Y es que el amor sincero es comunicativo, y, por primera vez, aquel amante veleidoso estaba sinceramente enamorado.

¿Cómo se había apoderado ese sentimiento profundo y verdadero de aquel estragado que había ido a Saint-Pair con las intenciones menos puras? Raúl era un ser de impulsión más que de razonamiento, esclavo de su imaginación y de sus nervios, tan incapaz de obedecer a fríos cálculos como a la regla austera del deber.

En aquel cuadro de familia, en medio de aquella comodidad mundana que tan bien se armonizaba con su elegancia natural y con su perfecta distinción, nada le recordaba a la modesta empleada y el enamorado estaba bastante entusiasmado para ver en ella la futura condesa de Candore.

Ganada por su parte y sin darse cuenta de ello por la llama penetrante de aquel amor que se estaba incubando hacía mucho tiempo en el fondo de su ser, la tranquila, la prudente y severa Julieta, aturdida y fascinada por una especie de vértigo, se abandonaba inconscientemente a la ola de sensaciones nuevas, tumultuosas y confusas que turbaban vagamente su alma virginal.

A unos cien pasos de la Villa Blanca, se elevaba, o más bien, se hundía, hasta tal punto parecía una topera, una construcción gris aplastada bajo un techo de bálago con una puerta baja y de medio punto y una estrecha ventana guarnecida de dos barrotes en cruz en la que con frecuencia danzaba una pálida luz a la sombra del crepúsculo.

Si algún paseante retrasado se aproximaba por azar, podía ver una humilde capilla a la que se bajaba por tres escalones gastados y desportillados y alumbrada por el resplandor tembloroso de unos cirios casi consumidos, mientras alguna vieja de cabeza vacilante bajo la manta bretona murmuraba una oración.

No había allí estatuas de mármol, ni custodias doradas, ni ricos vidrios ni cuadros raros; solamente las cuatro paredes húmedas y agrietadas, el tragaluz abierto por el que entraban libremente el viento, la lluvia y la nieve o, a veces, un cálido rayo de sol y la imagen argentina de la luna o de la estrella de los marinos; la puerta maciza como la de una cárcel, abierta día y noche en el camino solitario sin temor de que nadie encontrase nada que meter en las alforjas; unos bancos de piedra incrustados en el suelo apisonado y alineados enfrente de un altar de madera carcomida en el que se mostraba una grosera imagen de la Virgen niña, apoyada en la falda de su madre, dos figuras angulosas y tiesas, pero a las que el pintor primitivo, a falta de genio, había dado una suavidad divina. Era la capilla de Santa Ana.

Además de la célebre peregrinación de Santa Ana de Auray, hay así numerosos santuarios sembrados a todos los vientos en aquella tierra de fe cándida, reputaciones de campanario muy reducidas hoy gracias a los billetes de ida y vuelta que permiten a cualquier peregrino ir a contemplar al mismo tiempo el Sagrado Corazón y la torre Eiffel, como lo hace constar melancólicamente el delicioso autor de «Colás, Colasse et Colette».

Sin embargo, la capillita en cuestión tenía aún sus fieles, escasos, pero tenaces; aldeanas viejas apegadas a las antiguas costumbres como a las antiguas modas, y que iban a quemar un cirio por la curación de alguna enfermedad, rudos pescadores que en la tormenta han puesto su confianza hereditaria en la Virgen que acogía los votos de sus padres, y jóvenes prometidos, supersticiosos como todos los enamorados, que van a encender dos cirios juntos cuya llama más o menos viva es el símbolo de su amor.

A Liette le gustaba aquel rincón, poético vestigio del pasado que se armonizaba mejor con sus inocentes prácticas que el cuadro moderno de las iglesias parisienses. Todos los días iba a rezar por su querida enferma y mientras se consumía lentamente el cirio ofrecido por ella, la joven sentía poco a poco amortiguarse su dolor y disiparse sus temores, ahuyentados como por un aletazo del pájaro místico de la esperanza, refugiado en el más pobre tabernáculo.

¡Hace tanta falta creer y esperar cuando se sufre!

Liette se sentía aquella tarde cansada, triste y oprimida; una angustia indefinible se había apoderado de ella y las primeras sombras del crepúsculo, que ensombrecían la capilla helada aumentaban su malestar inexplicable.

Arrodillada en el fondo del santuario vacío, en el que dormitaba la vendedora de cirios, permanecía inmóvil y con el corazón oprimido.

¿Por qué?

Su madre no estaba peor, al contrario, sus fuerzas parecían renacer y la anciana volvía a la vida.

Entonces...

¡Su madre! ¿No era su única preocupación y su único cuidado?

—¡Dios mío, consérvame a mi madre!—repetía, tratando en vano de absorberse en la oración.

Pero esa oración maquinal no le devolvía la calma, ni el reposo ni la paz...

¿Qué tenía?

En la puerta aparecieron dos sombras; eran dos prometidos.

Ambos avanzaron tímidamente, él dando vueltas al sombrero, y ella echando una mirada furtiva a la parisiense. La guardiana, arrancada a su sueño, sonreía con malicia mostrando sus cirios. Los novios eligieron dos del mismo largo, los encendieron juntos gravemente y los colocaron en el altar.

Después, cogidos de la mano, se quedaron silenciosos y recogidos, con los ojos fijos en aquel frágil emblema de su amor.

Y cuando la mecha se carbonizaba, cuando la cera corría mal, eran de ver sus frentes sombrías y sus pupilas mojadas. La operación fue larga aunque los cirios eran modestos, pero los novios esperaron paciente y pasivamente siguiendo las etapas de su común destino...

Un chisporroteo... Una llamarada más viva...

El cirio del mozo se apagó el primero.

—Mejor; así no te veré morir—exclamó con una especie de alegría egoísta.

—Mejor; así estaré allí para ayudarte a morir—suspiró dulcemente la novia, cuya cándida abnegación brillaba bajo la cofia blanca.

Y se fueron en la paz de la radiante tarde, cogidos del brazo...

Liette ocultó la cara entre las manos y lloró.

—¡Valor, Liette!

No había dicho aquello la tierna voz paternal, pero sí otra voz también muy tierna.

Raúl estaba a su lado.

¿Había sorprendido aquella escena conmovedora que alteró el corazón de la pobre niña como una repentina revelación? ¿Adivinaba lo que hacía correr sus lágrimas? ¿Leía en sus ojos húmedos el secreto de su emoción?

La joven se levantó sobresaltada para esquivar su mirada y fingió estar distraída en la elección de un cirio, que encendió y puso en el sitio del de la bretona.

Después volvió a su banco y se arrodilló, con la cabeza entre las manos.

Cuando se levantó dejó escapar una exclamación; dos cirios estaban ardiendo juntos, y, como los dos novios de hacía un momento, Raúl, arrodillado al lado suyo, murmuraba a su oído:

—Liette, amo a usted. ¿Me ama usted a mí?

Al encontrarse en la pacífica casa del Correo, sentada en su estrecha oficina junto al ventanillo ante el cual desfilaban las mismas caras familiares, Liette hubiera podido creer que nunca había salido de allí.

La de Raynal, vuelta a caer en su atonía, dormitaba inerte y pasiva recostada en su butaca junto a la ventana abierta. Las comadres la saludaban al pasar con las mismas palabras de conmiseración, y el cartero, poco hablador naturalmente, se llevaba militarmente la mano al quepis y dirigía a la madre y a la hija una mirada de respetuosa simpatía mordiéndose el duro bigote.

Saint-Pair, la Villa Blanca, el mar bretón, la campiña normanda, la Brecha de los Ingleses, la capilla de Santa Ana, ¿era todo eso un sueño, una ilusión, una quimera?

Liette estaba a veces por preguntárselo.

Un balido quejumbroso y una cabeza rizada que se apoyó en su falda, respuesta indirecta a su pregunta, arrancáronle un suspiro involuntario.

—Silencio Breal, vas a despertar a mamá—dijo temerosa.

Lo que despertaba sobre todo el pobre Breal eran los ardientes recuerdos que la joven hubiera querido adormecer para siempre; las locas carreras por el polvoriento camino al galope del fogoso poney, los chasquidos del látigo del cochero improvisado mezclados con los gritos de susto de la de Raynal, los regresos melancólicos en las primeras sombras del crepúsculo que borraban el paisaje y echaban en las olas como un velo de viuda, el estrépito de la feria de Breal, el acento zalamero de la aldeana:

—¡Un corderito para la señora!

Era sobre todo el instante supremo, en el recogimiento de la obscura capilla, cuando conoció la inefable embriaguez de un amor correspondido.

¡Pobre Breal! Mago inconsciente, su voz evocaba aquel pasado inolvidable, y mientras le regañaba un poco, Liette acariciaba maquinalmente sus lanas de nieve como las imágenes engañadoras que pasaban ante sus ojos soñadores.

No había vuelto a ver a Raúl ni a su familia, que se habían marchado antes de su vuelta y estaban ya instalados en la Villa Blanca; pero además de una correspondencia activa y cariñosa con su discípula, había recibido varias cartas del joven conde a pesar de su formal prohibición.

En efecto, Liette no era mujer de abandonarse sin resistencia y sin lucha a una pasión cuyos peligros le mostraba claramente su severa conciencia.

Arrancándose a la emoción deliciosa en que la había sumido la declaración espontánea de Raúl, se había dominado valientemente y, mostrándole el callejón sin salida en que iba a meterse imprudentemente, la habló el lenguaje imperioso de la razón y del deber.

Todo les separaba, nombre, posición y fortuna. La de Candore quería seguramente para su hijo el brillante matrimonio que él tenía derecho a esperar, y corresponder a sus bondades introduciendo la perturbación en su casa era una verdadera falta de delicadeza.

—Olvídeme usted, amigo mío: olvide un momento de locura del que no tardaría usted en arrepentirse. Separémonos sin remordimientos, ya que no sin pesar. Nuestro bello sueño se rompería las alas contra las brutales realidades de la existencia; devolvámosle su vuelo y mirémosle perderse en el espacio entre una sonrisa y una lágrima. Este recuerdo será para mí la florecilla azul cogida juntos y que se secará solitaria en la mejor página del libro de mi vida. Para usted será el perfume fugaz respirado al paso y al que no se mezclará ninguna amargura, y más adelante, cuando seamos viejos, muy viejos, si el malicioso azar nos reúne, tendremos la impresión fugitiva, pero exquisita, de haber sido el uno para el otro menos que nada y más que todo.

Raúl no quería oír nada y le cerraba la boca con sus declaraciones inflamadas y sus calurosas protestas, fraseología sentimental en la que sobresalía y de la que se servía esta vez con una sinceridad más comunicativa que su habilidad ordinaria.

La amaba, y el amor era la razón suprema y el supremo deber. La amaba, y ese amor saldría victorioso de todos los obstáculos, cuya importancia, por otra parte, se exageraba Liette. La amaba, y por la sola potencia de ese amor, se comprometía a convencer a la señora de Candore y a obtener su consentimiento.

—Pruebe usted—murmuró ella vencida.

Raúl se agarró a aquel medio consentimiento arrancado a su cansancio y todo lo que Liette pudo obtener fue un mes de reflexión y la promesa de guardar silencio con una y otra madre y de abstenerse hasta entonces de todo paso y de toda carta... promesa a la que él se apresuró a faltar en cuanto a este último punto.

«Perdóneme usted que infrinja su prohibición, Liette—le escribió al día siguiente de su separación,—pero necesito dar a usted la fe que le falta. Mal me juzga usted si cree que el tiempo puede modificar mis sentimientos y si atribuye la declaración sincera y espontánea de mis labios a un impulso irreflexivo y a una animación pasajera. Si cedí a una tracción irresistible, no fue sin lucha ni combate. Hoy me confieso vencido y ni mi corazón ni mi razón pueden hacerme avergonzar de mi derrota. Pertenecemos a la misma clase; nada nos separa realmente, ni la educación ni los gustos. Reconozco humildemente la superioridad de su mérito de usted, de su carácter y de sus sentimientos, y ya sabe usted que mi misma madre los ha reconocido muchas veces. Así, pues, no podrá menos de aprobar mi elección y acoger a usted como a una hija predilecta, digna hermana de nuestra Blanca que tanto quiere a usted. No sea usted más severa que los míos, Liette; no se niegue a mi dicha, a la suya y a la de la querida enferma a quien he dedicado los sentimientos de un hijo.

«Una palabra de aliento y de confianza para darme el valor que tanto necesito.»

A pesar de esta última súplica, que denotaba una inquietud y una vacilación mal disimuladas bajo la aparente resolución de las primeras líneas, Liette no respondió, firmemente decidida, aunque se rompiese su corazón, a no salir de la reserva que le mandaban imperiosamente su dignidad y su deber.

Raúl volvió a la carga.

«Me encuentro en estos lugares llenos de usted, donde las cosas, menos crueles que su alma, me dan el aliento que usted me niega sin piedad. El mar, con sus olas cambiantes como sus ojos de usted, y de voz grave como la suya, meciendo mi dolor al ritmo de sus ondas me ha dicho «Esperanza». Santa Ana, testigo mudo de nuestros esponsales, parece que me sonríe y que murmura «Confianza». El verde campo, dormido bajo la caricia del sol, el beso de la brisa y la canción de sus nidos, me ha suspirado «Amor». Y todos me han gritado ¡«Anda»!

«¿No me lo repite usted también, Liette?»

Liette permaneció silenciosa.

En el fondo, Raúl no deploraba más que a medias el plazo que se le había impuesto. La verdad era que la presencia de la señora de Candore paralizaba un poco sus veleidades de independencia y no le disgustaba dejar para más adelante una explicación embarazosa, de la que no estaba seguro de salir con los honores de la guerra a pesar de sus fanfarronadas. Así era que veía llegar el fin del mes con menos impaciencia que inquietud.

El plazo había ya expirado.

Aquel día, al acabar de comer, Raúl pidió bruscamente a su madre el favor de una entrevista particular, decidido a quemar sus naves.

Blanca, que contaba con él para una partida monstruo de tennis organizada con una colonia americana compuesta de jugadores de mérito, hizo una linda mueca de despecho.

—Otra vez me das esquinazo... Tu «amabilidad» empieza a pesarte. Ya nos has dejado a mamá y a mí ir solas a Jersey... Y tú te lo has perdido...

—¿Por qué?

—Porque hubieras encontrado a una antigua amiga, que tenía el privilegio de excitar tu elocuencia a falta de tu admiración... miss Dodson, y miss Dodson sin anteojos.

Aunque preveía la alusión, la frente del joven se obscureció con una sombra.

—¡Estás loca, Blanca!—dijo la condesa ligeramente contrariada por esa salida intempestiva.

—No, mamá, te aseguro que he conocido muy bien de lejos a mi antigua institutriz conduciendo un cochecito de niño.

Esta vez Raúl palideció a pesar suyo.

—¡Pobre muchacha!—dijo Neris con interés.—¿Estará reducida al papel de niñera?

La de Candore, que no quitaba los ojos de su hijo, notó su visible turbación y su frente se arrugó con un fruncimiento imperceptible.

—¿Vas a acompañar a Blanca, hermano?

—Ciertamente, querida Hermancia. ¿Vienes, pequeña?

Blanca presentó la frente a su madre y dijo a Raúl amenazándole con el dedo:

—A ti no te doy un beso.

Pero como era incapaz de un enfado prolongado, cambió de parecer al llegar a la puerta y dijo con gracioso aturdimiento lanzándose a abrazarle:

—Ya me desquitaré mañana; te confisco por todo el día.

—Aprobado—respondió Raúl alegremente.

Mientras la joven se echaba a correr para alcanzar a su tío, la condesa se dirigió a la cubierta de cristales seguida por el diplomático, que iba mascullando su exordio.

—¿Tienes que hablarme, Raúl?—dijo la condesa.—¿Qué quieres? Yo también tengo que decirte algo.

—Entonces, tú la primera—respondió cortésmente el joven, interesado en aprovechar el menor plazo, aunque un poco alarmado por el tono de su madre.

—Como quieras.

La condesa se recogió un momento y dijo:

—Es un asunto delicado, extremadamente delicado... del que hubiera deseado no hablar todavía contigo... Pero hay en esto para mí un caso de conciencia... En una palabra, se trata de tu excesiva familiaridad con Blanca...

—¡Blanca! mi hermana...

Raúl que hacía un momento estaba literalmente sobre ascuas, miró a su madre con verdadera estupefacción... ¿Estaba en su juicio?... ¿Sabía él mismo lo que había oído?

—Blanca no es tu hermana—dijo gravemente la noble dama.

—¡Que no es mi hermana!... ¿Qué es entonces?

—Mi sobrina y tu prima.

—Entonces mi tío...

—Es su padre.

Recordando en términos discretos la juventud tempestuosa del señor Neris, la condesa reveló a Raúl el matrimonio escandaloso de su tío con una mujer indigna que le había indispuesto con toda la familia hasta el día en que, solo y abandonado con una hija en la cuna, había venido a suplicar a su hermana que le acogiese en su casa.

—Sin dejar de desaprobar su conducta, cedí a sus súplicas en interés de esa pobre niña y en el tuyo.

—¿En el mío?

—Sin duda. Esta complacencia te aseguraba las bondades de tu tío, muy necesarias para establecerte, dada la exigüidad de tu patrimonio.

A través de los cristales, Raúl seguía con mirada curiosa al padre y a la hija, a quienes veía bajo un nuevo aspecto. ¡Qué ternura, en efecto, en los menores ademanes del anciano, en el largo beso que depositaba en la frente de su hija cuando ésta se iba muy alegre hacia sus compañeras y en la mirada con que le envolvía al desdoblar maquinalmente «Le Temps» del día anterior!

—¿Cómo diablos no lo he sospechado?—dijo el diplomático encogiéndose de hombros, humillado por su poca perspicacia.—Salta a la vista que es su hija.

—Y su única heredera.

El joven se volvió como si le hubiera picado una mosca.

—¿Cómo es eso?

—¡Diablo! su padre le dejará naturalmente toda su fortuna.

—Es muy probable—murmuró el conde mordisqueándose nerviosamente el bigote.

Dio unos paseos en silencio, y dijo parándose delante de su madre:

—¿Y yo, entonces?

—No dudo que, como agradecimiento, mi hermano te dejará...

—Un hueso que roer. ¡Vaya una ganga!

—¡Raúl!

—¡No, verdaderamente, es inicuo!... Se me deja crecer con una esperanza quimérica y comprometer, acaso, mi porvenir, y, de la noche a la mañana, todo se viene abajo como un castillo de naipes y se me deja reducido a una medianía que no es siquiera dorada.

Impotente para devorar su amarga decepción, pisoteaba rabiosamente la estera de China que cubría el suelo.

—Vamos a ver, mamá, debe de haber algún medio...

Por los delgados labios de la condesa se deslizó una imperceptible sonrisa. ¡Qué bien conocía a su hijo y qué bien le había llevado insensiblemente al punto preciso en que le quería!

—¡Un medio!... No veo más que un buen matrimonio, al que tu nombre te da derecho a aspirar. En cuanto a la herencia de tu tío, no hay que pensar en ella, y es posible, por otra parte, que de aquí a entonces Blanca tenga un marido que cuide de sus intereses...

—¿Crees que, en su posición, se casará fácilmente?

—Sí y no, amigo mío; es una muchacha encantadora y bien educada, a la que la madre más exigente será dichosa en tener por hija. Sin embargo, aunque cubierta por mi tutela de un barniz de respetabilidad, ciertas familias... timoratas... tendrían ciertos escrúpulos. Pero, en suma, no le faltarán pretendientes aceptables y más de un noble arruinado, aficionado a la buena vida, querrá dorar su blasón gracias a la generosidad asegurada de su suegro.

—Blanca no consentirá en casarse con el primero que se presente; quiere un marido...

—Que se parezca a ti; lo dice muy alto.

Fue esto dicho negligentemente y sin la menor intención aparente, pero el tiro había dado en el blanco. Raúl aguzó el oído, y dijo tratando de leer en el pensamiento de su madre:

—¿Decididamente, no tienes ninguna idea?

—Dios mío, no, ni sombra de una... Pero acaso la tendré más adelante... Por otra parte, busca por tu lado. ¿No eres diplomático?

Raúl hizo un gesto de mal humor, pero sabía por experiencia que la condesa no entregaba nunca por entero su pensamiento y que él usaría en vano todas las astucias de su diplomacia. Así, pues, dijo levantando el sitio:

—Te doy las gracias por tu confianza y tus consejos, mamá. Pensaré en todo esto.

—Pero tú, hijo mío, ¿no tenías una confidencia que hacerme?

Raúl sufrió un estremecimiento significativo.

¡Liette! La había olvidado. Además la situación no era ya la misma...

Y respondió balbuciendo avergonzado y confuso:

—Nada, mamá, una pequeñez...

Raúl se subió a su cuarto.

Era una gran pieza clara y alegre, con anchas ventanas, una de las cuales daba al mar y la otra al campo. Por un lado el movimiento y el ruido de la playa, el murmullo cadencioso de las olas, las canciones de las lavanderas al depositar la ropa en las rocas, las risotadas de los bañistas y las locas carreras en la marea baja por la inmensa sábana de arena franjeada de plata; y por el otro la calma y el reposo de los campos, las frondosas laderas y el camino solitario en el que raros transeúntes ponían una sombra de vida, mientras que la capilla con sus muros grisáceos, su puerta baja y sus barrotes en cruz, parecía, al contrario, un monumento funerario.

Aunque nada tenía de poeta, era a aquel balcón donde el conde iba a menudo a soñar con su amiga. En el recogimiento de la hora crepuscular, que confunde el paisaje en tintas imprecisas y dulces tan en armonía con las impresiones melancólicas, Raúl evocaba el recuerdo turbador de sus místicos esponsales, como ella en su estrecha oficina.

Pero aquel día no tuvo ni una mirada para aquel cuadro familiar y dejándose caer en una butaca, se abandonó a un verdadero acceso de misantropía agresiva.

Su tío, su prima, su madre misma, pasaron allí un mal cuarto de hora.

¡Oh! ¿De qué no son capaces esos vividores camastrones que olvidan los derechos sagrados de la familia? Y la condesa, tan alarmada por la menor travesura, que protegía aquel escándalo uniendo al padre con la hija en lugar de separarlos y preparando inconscientemente la ruina de su hijo en lugar de defender sus intereses...

—¡Todo el mundo se ha ligado contra mí!—pensaba con rabia reconcentrada.

Muy sincero en sus recriminaciones egoístas, como acostumbrado a considerar como suya la fortuna de Neris, se juzgaba desposeído de unos bienes legítimos y su indignación, bastante cómica, era perfectamente justificada a sus ojos. Poco le faltaba para hacer a la pobre Blanca responsable de aquel despojo.

¡Ella, a quien había tenido la candidez de querer como a una hermana, sin desconfianza, robarle su herencia!

Todavía, si hubiera podido tomarla con alguien... Pero un anciano y una niña... Estaba impotente y desarmado, condenado a devorar su cólera so pena de ser ridículo u odioso.

Caído delante del escritorio, estaba atormentando maquinalmente su cortapapeles de marfil y doblándole como un florete.

¡Clac! En su mano nerviosa, se rompió la hoja de repente con un ruido seco.

Este accidente tan ligero puso el colmo a su irritación... Con un brusco ademán, barrió todo lo que se encontraba delante de él, y portaplumas, lápiz y papeles volaron hasta el centro de la pieza.

Sólo permaneció en la mesa una carta comenzada.

«Liette.»

¿Liette?

¡La había olvidado!

«Voy a hablar a mi madre, le escribía aquella misma mañana; cuando acabe estas líneas será usted mi prometida a mis ojos como a los suyos.

«¿Late su corazón de usted más de prisa en esta hora en que me juego más que la vida y se acuerda un poco del que no piensa más que en usted?

«Suena la campana... Echo la última mirada a la capilla de Santa Ana, donde tiembla un débil resplandor, estrella de esperanza. Si escucha mis ruegos, esta noche iluminaré su santuario hasta dar envidia a su hermana de Auray.»

Raúl leyó fríamente estas ardientes palabras.


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