¿Por qué?, hubiera preguntado la fría razón.
¿Se habían modificado sus ideas en el curso de aquel paseo sentimental? ¿Ponía ya a un lado sus prejuicios? ¿Había pasado la barrera de los vanos escrúpulos? ¿Se iba a declarar pretendiente de aquella manita demasiado llena de oro?
No, seguramente.
Entonces... ¡Bah! ¿Qué importaba? ¡Qué tonta es la señora Razón congelada en sus principios e incapaz de comprender... lo incomprensible!
No, nada había cambiado en sus proyectos para el porvenir. Eva se volvería a América y él a alguna guarnición lejana. Probablemente no se verían más; él envejecería solitario como la tía Liette: ella se casaría con algún brillante noble o con algún rey del país de los dólares... No era esta una agradable perspectiva, y, sin embargo, era feliz.
«El corazón tiene razones que la razón no conoce.»
—¡La amo!—murmuraba Carlos muy bajito.
Y el eco le respondía más bajo todavía:
—¡También te ama ella!
El que no encuentre estas razones suficientes es que no ha tenido nunca veinte años.
Poseído por la embriaguez de la hora presente, Carlos no miraba más allá ni pensaba más que en el momento en que debía reunirse de nuevo con su amada. El señor de Candore había invitado colectivamente a todos los cazadores presentes en Argicourt a una gran batida en sus bosques en la semana siguiente. Y el joven oficial no esperaba más que la invitación particular fijando el día definitivo, cuando la tía Liette le dijo después de una ligera vacilación:
—¿Deseas mucho ir a esa cacería?
¿Si lo deseaba? ¡Oh! sí...
Carlos la miró muy sorprendido.
—No te ocultaré, tía Liette, que debo encontrar allí muy buenos camaradas...
—¿Y si yo te pidiera que me la sacrificases como querías sacrificarme la otra?...
—No podría rehusártelo, pero lo sentiría mucho más.
—¿Por qué? Apenas conoces al señor de Candore.
—No es solamente por él, pero sus bosques son, según se dice, muy abundantes en caza y a mí me gusta mucho esta diversión.
El joven se embrollaba más y más.
—En fin, tía Liette, me sería muy penoso el no ir, confesó francamente.
Por las tranquilas facciones de la solterona se deslizó la sombra de una duda.
—Entonces, me es doblemente penoso el insistir, hijo mío, pero te lo ruego, no vayas a esa cacería—dijo con dulce firmeza.
Impresionado por su acento, el joven experimentó una vaga inquietud. ¿Había su tía adivinado su secreto? ¿Desaprobaba su conducta?
—¿Tienes algo que reprocharme, tía Liette?—balbució confuso.
Liette hizo un gesto de orgullo.
—¿A ti? No, hijo mío; mis razones son enteramente personales. No me las preguntes... por el momento.
Asombrado, Carlos se inclinó discretamente.
—Está bien, tía Liette, no aceptaré la invitación—dijo ahogando un suspiro.
El joven no debía tener este disgusto...
¿Fue olvido voluntario o involuntario? Ello fue que la invitación no llegó...
—Mejor, así no tendrás necesidad de excusarte—dijo la oficinista tranquilamente timbrando la serie de tarjetas de invitación destinadas a las personas de los alrededores.
Pero Carlos no lo veía lo mismo, y se tiraba del bigote, presa de una sorda irritación.
Aquello era más que una falta de política por parte de una persona tan correcta; se veía una intención ofensiva. ¿Por qué?
El conde no le había sido muy antipático a primera vista. Con el desprecio inconsciente de la juventud por la edad madura, Carlos no había podido ver un rival en aquel cincuentón bien conservado... Pero ahora, pensando mejor en el asunto, recordaba pequeños detalles que habían pasado inadvertidos: su frialdad intencionada, su hostilidad transparente, su despecho mal disimulado... y se preguntaba si esta omisión más o menos premeditada sería un desquite...
Lo peor era que no podía enfadarse sin ponerse en ridículo. No se puede provocar a un caballero para obligarle a que nos invite. Había que tascar el freno en silencio mientras el hábil diplomático ocupaba al lado de Eva el sitio reconquistado. El joven, a su vez, sufría el duro escozor de los celos y seguía con mirada de envidia a los convidados más felices que iban a Candore en carruajes variados.
¡Qué triste día! ¡Qué lúgubre y largo al lado del anterior, tan corto y tan radiante y que no tenía continuación! ¡Todo se había acabado!
Su licencia expiraba dentro de ocho días. Una visita de cumplimiento a Argicourt, donde tendría acaso la suerte de un encuentro fortuito, de una entrevista rápida, de una despedida trivial, y nada más. ¡Era poco! ¡Ah! tía Liette, tía Liette...
No la acusaba, seguramente; debía de tener buenas razones... De otro modo, ¿le hubiera causado semejante pena con mala intención?
Porque Carlos había tenido mucha pena, y ella también de rechazo, pero ella se callaba sabiendo por experiencia que la mano más delicada es siempre torpe al tocar ciertas heridas... Y las horas pasaban lentamente; el crepúsculo desplegaba su velo gris por los campos y ya comenzaba el desfile del regreso. Delante del Correo detúvose un coche y apareció en el umbral el anciano general Estry.
—No molestarse—dijo con su franqueza militar,—es la visita de un amigo que pasa. Quiero felicitar a su tía de usted por el valiente soldado que nos ha dado. Felicito a usted sinceramente, señorita, he conocido mucho a su padre de usted, y su sobrino no ha degenerado. ¡Haría falta que hubiera muchas mujeres como usted y muchos hombres como él...
Marchose el general, y la madre y el hijo no habían vuelto de su sorpresa cuando se abrió de nuevo la puerta. Eran dos antiguos camaradas de Saint-Cyr de guarnición en Noyon.
—Dispénsenos usted, señorita, pero queríamos absolutamente presentar a usted nuestros respetos y estrechar la mano del capitán antes de su partida. Sabe que no tiene más que amigos en el ejército y que puede contar con nosotros en todas las ocasiones...
Ni el uno ni los otros hicieron la menor alusión a la ausencia de Carlos a la cita dada. Y continuó el desfile...
Cordiales apretones de manos, protestas de estima, señales de respeto, nada faltó, y el corazón de los que eran objeto de estas manifestaciones llegó a oprimirse vagamente. ¿Qué había pasado? ¿Por qué esas muestras de simpatía que parecían cumplimientos de pésame? ¿Quién se les había muerto? ¿Qué desgracia les castigaba?
Un gran ruido de cascabeles, y un break se detiene en la puerta. Los señores de Argicourt entran a su vez seguidos de Eva, que abraza valientemente a la tía Liette.
—Señorita—dice la joven castellana, mientras su marido estrecha una vez más la mano de Carlos,—tendríamos mucho gusto en ver a ustedes en Argicourt antes de que se vaya el capitán. Estaremos en toda intimidad; una comida de familia. No nos rehusarán ustedes este favor, que nos honrará mucho, y ustedes elegirán día...
Decididamente, había algo...
Cuando se marcharon, el joven oficial se puso el abrigo con ademán nervioso y cogió el sombrero.
—¿Adónde vas?—le preguntó la tía Liette asustada.
—A dar una vuelta antes de comer; me ahogo aquí.
Carlos salió y se alejó a grandes pasos. Quería saber... El sabría...
Al llegar a Candore, la primera mirada de Eva fue para buscar al capitán. Raúl lo echó de ver, y sintió un sordo resentimiento, pero se contuvo gracias a ese dominio de sí mismo que da la costumbre del mundo, y siguió mostrando la exquisita cortesía que hacía de él un perfecto caballero cuando quería tomarse ese trabajo. Neris, por su parte, acogió a la joven americana con una amabilidad meritoria dados los proyectos matrimoniales de su sobrino, y estaba hablando amistosamente con ella de los recuerdos comunes traídos de la Ciudad Eterna cuando este último fue a interrumpirlos dando la señal de la marcha.
Por segunda vez, Eva echó una mirada circular a la multitud de los cazadores, equipados y armados en razón inversa de su habilidad cinegética, pues los más temibles para la caza no eran los que tenían mejor escopeta ni más profundo morral; pero ella no hizo ninguna profunda reflexión. Carlos se reuniría con ellos, sin duda, en la Cruz del Pequeño, donde debía empezar la batida.
Solamente, en lugar de seguir a pie con Jenny y unos cuantos intrépidos, declaró que prefería el coche, con gran contrariedad del diplomático.
—No tengo verdaderamente suerte con usted, miss Darling—dijo con involuntaria acritud.—¡Yo que esperaba hacerle a usted tirar la primera pieza!
—No lo sienta usted, porque no la acertaría.
—Pero, en fin, ¿es que le desagrada a usted mi compañía?
—Nada de eso, pero prefiero la del señor Neris—respondió con una sonrisa al anciano, que se quedó encantado;—esta vez no dirá usted: «¡Plaza a los jóvenes!»
—Ahí lo tienes, sobrino, no eres bastante viejo—observó el octogenario con un dejo de malicia.
El conde se encogió de hombros.
—Al menos aboga por mí—le dijo al oído.
Lo que era quizá mucho pedir.
Además de Eva y el señor Neris, la carretela contenía también al notario Hardoin y al tío Dick.
—Un terceto de inválidos respirando un capullo de rosa—dijo galantemente el anciano Héctor.
—Hable usted por sí mismo—respondió en tono de protesta el notario.—Yo mato aún con limpieza una liebre cuando se me antoja, y pienso festejar mis bodas de oro con mi despacho cuando la señorita Raynal festeje las de plata con la oficina de Correos.
Al oír este nombre, un fugitivo rubor coloreó la graciosa cara de Eva.
—Tiene usted una encantadora vecina—dijo con convicción.
—¿A quién se lo cuenta usted, señorita?—exclamó alegremente el señor Neris.—Hace veinte años que este pobre señor Hardoin es fiel a su despacho por no renunciar a esa preciosa vecindad, esperando que el mejor día la señorita Raynal se equivoque de puerta y se meta en su casa para no salir más. Hasta se dice que tiene encima de la mesa un contrato enteramente redactado en el que sólo falta una firma...
—Ríase usted, señor Neris. No había más que una mujer para hacerme abjurar el celibato, y esa se ha quedado soltera...
—Su sobrino es enteramente...wery-well—dijo el tío Dick.
—Son dignos el uno del otro—afirmó gravemente el señor Hardoin.—Hubiera deseado tener a la una por mujer y al otro por hijo.
—Muy exigente es usted, querido; yo me contentaría con tenerle por sobrino—suspiró el tío de Raúl.
Eva estaba radiante; sus ojos brillantes y su color animado expresaban el placer que le causaba la conversación. Así fue que cuando el conde volvió a la carga renovando sus instancias para hacerla decidirse a hacer compañía a la juventud, la joven rehusó con viveza y le envió bastante bruscamente a sus ojeadores, que ya estaban haciendo ruido.
¡Qué diablo! No sólo hay éxitos en la carrera diplomática y un solo pantalón rojo vence a veces, nada más que con mostrarse, a las sabias combinaciones de todos los Talleyrand del mundo.
Es probable que si la joven miss hubiera vislumbrado el dormán del capitán al través de las ramas hubiera encontrado de pronto menos atractivos a la sociedad de los tres inválidos, pero las instancias del diplomático no tenían el mismo poder. En amor como en la guerra, los más elocuentes no son los más habladores, y Eva hubiera respondido de buena gana como Inés:
Horacio con dos palabraslo hablara mejor que vos...
Y falta saber si esas dos palabras eran necesarias...
La cacería estaba acabada. De vez en cuando algún tiro aislado como último eco del tiroteo del día; alguna liebre que saltaba por el llano; alguna perdiz asustada que rastreaba el surco.
Carlos no había parecido...
—¿Por qué?—se preguntaba Eva muy triste.
¿Sería que su huraño orgullo podía más que su tímido amor? ¿Sería que aquel valiente tenía miedo de ella y de sí mismo, y, sin fuerza para afrontar una nueva entrevista, empleaba su valor en la fuga?
Porque Carlos la amaba, estaba segura.
Si la duda trataba de insinuarse en su corazón, Eva no tenía más que cerrar los ojos para volver a ver a aquel varonil semblante ansiosamente inclinado hacia ella y para oír el eco todavía vibrante de aquel apasionado: «¡Eva, mi querida Eva!» que hacía estremecerse deliciosamente todo su ser.
¿Era, pues, su voluntad más fuerte que su amor?
Y la joven miss hacía una linda mueca que indicaba un ligero despecho. Por una vez, ella, que tanto apreciaba a los fuertes, hubiera preferido un poco de debilidad... Ya el sentimiento que turbaba su alma quitábale el aplomo, y ella tan valiente, no se atrevía a preguntar. Pero el tío Dick acercó tranquilamente el fuego a la pólvora.
—¿Cómo será que no hemos visto al capitán? ¿Se habrá acabado su licencia?
—No, señor Darling—respondió el notario con acento distraído,—pero no estaba invitado que yo sepa...
—¡Cómo!—protestó vivamente Eva;—fue una invitación colectiva y yo fui testigo.
—Entonces no ha sido reiterada.
—¿Está usted seguro, señor Hardoin?
—Segurísimo, señorita.
La cara de la joven se iluminó con una llama. Aquella flagrante falta de educación, cuyo secreto motivo adivinaba, le hizo el efecto de una injuria personal a la que se propuso responder duramente.
Al volver al castillo, donde había preparado un lunch Raúl ofreció el brazo a su «perversa amiga», que lo aceptó con una espontaneidad de buen agüero y se dejó conducir al puesto de honor. Pero apenas el conde, muy entusiasmado, hubo dicho unas cuantas galanterías triviales, la joven le disparó a quemarropa y en voz tan clara que todo el mundo lo oyó:
—A propósito, el capitán Raynal no ha recibido invitación, ¿sabe usted?
Desconcertado por aquel ataque imprevisto, el conde balbució algunas palabras vagas.
—Quería advertírselo a usted—prosiguió Eva agresiva,—por si es un olvido... lamentable...
—Sí y no, señorita—respondió Raúl picado en lo vivo por aquella visible ironía. Siento infinito haber privado a usted de un acompañante a quien parece apreciar mucho...
—Mucho...
—Pero por otra parte, lo confieso, le agradezco una reserva muy indicada en él.
—¿Por qué? Explíquese usted, si gusta.
—Hay cosas imposibles de explicar a una señorita.
Hubo un instante de silencio molesto.
El señor Hardoin jugaba con el cuchillo, con una enigmática sonrisa en los labios.
—Dispense usted, querido conde—dijo gravemente el señor de Argicourt,—pero usted ha encontrado al capitán Raynal en mi casa y soy solidario de todos mis huéspedes. ¿Sabe usted alguna historia respecto de él?
—No quiera Dios, mi querido amigo—protestó vivamente Raúl, que sentía ya su torpeza;—creo que es un oficial de mérito, del que no tengo nada que decir... Pero no es sólo...
—Creía haber encontrado con frecuencia a la señorita Raynal en casa de su madre de usted, señor conde—dijo tranquilamente el notario.
—Y yo siento tener que recordarte que esa persona, por la que profeso la más alta estima, ha sido la compañera y la amiga de tu mujer, mi pobre hija—añadió Neris con severidad.
El conde se mordió los labios. Su celoso rencor le había llevado demasiado lejos.
—Tienes razón, tío, no he debido olvidarlo—dijo esperando cortar así el debate.
Pero Eva no le permitió esquivarse por esta hábil maniobra.
—Perdone usted—dijo extendiendo su fina mano como para cortarle la retirada;—si no comprendo mal, es a la señorita Raynal a la que se refieren sus insinuaciones... No diré a usted que eso no es digno de un noble, ni siquiera de un caballero... Pero, ¿no la ha mirado usted nunca?
—Dispense usted, señorita, pero la cuestión se extravía a un terreno muy delicado al que no puedo seguirla.
—Entonces era preciso no haberme precedido en él.
La respuesta fue clara y ceñida como un latigazo, y la joven y valiente miss que así defendía a su sexo fue saludada con un murmullo de discreta aprobación.
El conde se inclinó un poco pálido.
—He hecho mal, lo confieso—dijo no sin nobleza;—he pronunciado palabras inconvenientes, falta imperdonable en un viejo diplomático, y pido a usted que me dispense, señorita, dándole gracias por la lección... que no aceptaría de nadie más—añadió con altanería.
Quedaba terminado el incidente; pero no por eso dejó de reinar cierto malestar hasta que se marcharon los convidados. Al despedirse del conde, el notario Hardoin le dijo con bondad:
—Si tiene usted curiosidad de conocer la verdad sobre el capitán Raynal, señor conde, tómese el trabajo de ir el domingo a mi despacho; necesito justamente un testigo para un acta de adopción.
Cuando el señor Hardoin, que había acechado la salida del joven, aprovechó su ausencia para poner a su vecina al corriente de los hechos del día, Liette se quedó un instante pensativa y una sombra alteró la serenidad de su frente.
—Esto es lo que yo temía—murmuró.
—Aseguro a usted, querida amiga, que aquello fue para usted la ocasión de un verdadero triunfo. No hubo ni una nota discordante.
—¡Ay! sí, una sola, y lo deploro por él y por Carlos.
—Permítame usted que no me asocie a su pena en cuanto al primero. La impunidad de ciertos culpables me subleva, y es pan bendito cuando ellos mismos recogen varas para azotarse.
—Pero Carlos...
—¿Qué? ¿No contaba usted con aprovechar su presencia para decirle la verdad y regularizar su situación?
—Sin duda, pero no preveía tales complicaciones...
—Vamos a ver, mi prudente amiga, un poco de calma; no perdamos la cabeza sin ton ni son. El señor de Candore ha estado... torpe, por no decir más; ya ve usted si soy indulgente. Si se ha puesto en el caso de avergonzarse delante de usted y delante de Carlos, peor para él; será un castigo merecido.
—No es eso sólo, aunque sea en extremo penoso; pero temo...
—¿Qué?
—Todo. Carlos está celoso...
—¿Del conde? Yo hubiera creído lo contrario, y con razón... Miss Darling manifiesta tan claramente su preferencia, que no hay necesidad de ser gran psicólogo para leer en su corazón...
—¡Y él! Carlos no piensa más que en ella; por esto quisiera evitar a toda costa un escándalo lamentable... Sin esa funesta rivalidad, ¿quién sabe? El conde no está absolutamente desprovisto de buenos sentimientos... Es libre, rico...
—¿En qué piensa usted, querida amiga?
—En la felicidad de Carlos.
—¡Usted, que no quería compartir sus derechos con nadie, ni siquiera conmigo!...
—¿Y no había en eso un poco de egoísmo? Hay que querer a los hijos por ellos, no por uno mismo. Si él tuviese una fortuna, un nombre...
—Pronto tendrá legalmente el de usted, y es demasiado ahijado mío para no preferirlo a cualquiera otro. En cuanto a la fortuna... no creo faltar al secreto profesional confiando a usted que hay alguien que se interesa por él... y le asegura en su testamento una honrosa medianía... sin perjudicar a nadie... Esa es la ventaja de ser soltero.
Liette, enternecida, le estrechó silenciosamente la mano.
—¡Bah! nada de emoción—dijo el notario con expresión de mal humor;—eso me quitaría el apetito y acaso perturbara al muchacho, que probablemente no sospecha nada y va a venir a comer según costumbre.
Sin embargo, él tampoco estaba muy tranquilo, y cuando vio al fin a su ahijado, ahogó un suspiro de alivio.
Carlos estaba tranquilo, casi risueño.
—¿Tú quoque, padrino?—exclamó con alegría un poco forzada.—Todo el pueblo se había dado cita en nuestra humilde casa, y usted sólo faltaba. La verdad es que le estaba a usted esperando con una delegación de los bomberos. ¿No es usted su capitán honorario?
—Sí, búrlate, mal muchacho. No se hará jamás bastante público homenaje a la que tienes el honor de pertenecer...
—Ciertamente—respondió Carlos con voz un poco alterada.
Mientras Hardoin, muy verboso, se metía en una larga digresión sobre un proyecto de fiesta del «Mérito modesto», generalmente desconocido, Liette seguía con mirada inquieta al joven, que iba y venía en el comedor como si no pudiera estarse quieto.
—¿No me había usted dicho que iba el domingo a Argicourt, padrino?—preguntó de repente, cortando un período que ni siquiera había oído.
—¿A Argicourt?... ¡Ah! sí, perfectamente. Un arriendo que renovar.
—Si usted no tiene inconveniente, aprovecharé su coche para hacer la visita de despedida al castillo.
—Concedido, ahijado; si eres bueno, tú guiarás a la Gris.
Carlos se rió al recordar aquel tiempo ya lejano, y durante toda la comida se complació en recordar los hechos de su primera infancia con una animación un poco fingida en la que se descubría un poco de melancolía.
Cuando por la noche acababa de meterse en la cama, llamaron suavemente a su puerta. Era la tía Liette con su candelero en la mano...
—Esta noche no me has dado un beso, hijo mío—dijo medio en broma, medio regañando;—sabes que cuando eras pequeño, eso era mala señal; alguna tontería o alguna pena que ocultarme. No querías mirarme de frente porque decías que leía en tus ojos...
Y apoyándose en la almohada, preguntó en tono risueño, desmentido por su acento angustiado:
—¿Tontería o pena, hijo mío?
—Ni lo uno ni lo otro, tía Liette—respondió Carlos en un relámpago de orgullo.
Liette no insistió, y después de rozar su mejilla con un beso maternal, se retiró sin decir una palabra. Pero la bujía temblaba en su mano y las gotas de cera caían a su paso, pesadas y cálidas como lágrimas.
La Gris, con su apacible trote, llevaba por el camino brumoso al anciano y al joven igualmente preocupados... Para engañarse mutuamente hablaban de cosas indiferentes con animación ficticia, pero sus pensamientos estaban en otra parte. Carlos se representaba la escena del día anterior, cuyo relato le había sido fácil obtener de algunos vecinos labradores, y subíanle al rostro vapores de cólera. A cada paso tiraba de las riendas nerviosamente, con gran escándalo de la buena yegua, acostumbrada a más consideraciones.
—Trae muchacho—decía entonces el notario,—los militares tenéis la mano dura.
¡Dura! nunca lo sería bastante para castigar al que se había atrevido a tocar a la tía Liette. Rivalidad, celos, todo estaba olvidado y arrebatado por el viento del ultraje hecho a su madre adoptiva, sacrilegio al lado del cual parecía todo mezquino y pueril a su culto filial. En aquel momento era hijo, nada más que hijo, y si de vez en cuando una blanca silueta que flotaba ante sus ojos endulzaba un poco su brillo metálico, era que le agradecía el haber ocupado tan bien su lugar.
El notario iba pensando en esa justicia inmanente, para la cual no hay prescripción y que obliga, un día u otro, al deudor insolvente a remover las cenizas del pasado en que debe encontrar el pagaré en descubierto.
—El invierno va a ser crudo este año—decía el uno.
La cosecha de remolacha no va a ser mala—decía el otro.
Y la conversación, de la que estaba ausente el pensamiento, continuaba indiferente y vacía, mientras Liette, en su casa, cumplía su misión maquinal, con el corazón oprimido por dolorosa angustia. ¿Sabía algo Carlos?
La madre adoptiva analizaba sus menores palabras y sus menores gestos... Carlos parecía tranquilo y contento... Pero evitaba el mirarla... Además, ¿por qué iba a Argicourt?... La visita de cumplimiento por su próxima partida y, sobre todo, la presencia de Eva, bastaban para explicar... Evidentemente, no había para qué alarmarse...
Y con mano temblorosa, comenzaba una carta para desgarrarla en seguida.
Si Carlos no sospechaba nada, un paso prematuro podía ser contraproducente. Más valía no precipitar nada y dejar hacer al señor Hardoin. Pero, ¿y si sabía algo? ¿Y si él tomaba la delantera mientras ellos andaban en esas dilaciones? ¿Y si daba un escándalo, provocaba un encuentro y ella lo sabía demasiado tarde? ¡Dios mío!
Estremecida por este pensamiento, Liette tomaba la pluma y escribía:
«Señor conde.»
Después se detenía de nuevo indecisa y turbada. ¿Qué hacer?
Estaba dando vueltas en la mente por centésima vez a esta cuestión, cuando se paró a la puerta una «charrette» inglesa y Eva apareció en el umbral conmovida y agitada. La joven, sin más preámbulos, se echó en los brazos de la anciana admirada.
—¡Oh! tía Liette, tía Liette...
Y rompió a sollozar... Aquel era el peligro previsto y temido; la hija del comandante encontró toda su energía para hacerle frente.
—Vamos a ver, hija mía, ¿qué hay?—preguntó con su dulce firmeza.
—¡Va a batirse!
La joven, tímida, no se atrevía a pronunciar su nombre; pero no había necesidad.
—¡Oh! los presentimientos de las madres...
—¿Está usted segura? ¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Va usted a oír, tía Liette... ¿Me permite usted que la llame así?... Eso me tranquiliza... Tengo el corazón tan oprimido...
—Sí, querida hija mía; vamos, tranquilícese usted y hable pronto.
—Hoy ha venido a despedirse, pero estaba muy cambiado, muy distraído, muy preocupado... apenas me miraba...
—¡Oh! eso es grave, hija mía—dijo la tía Liette sonriendo a pesar de su tristeza.
—¿Verdad que sí?—respondió cándidamente la joven miss.—Así fue, que cuando el señor de Argicourt fue a acompañarle, los seguí con disimulo y me puse a escuchar... Sé que hice mal, tía Liette...
Liette le estrechó la mano, como para animarla.
—Entonces, le oí rogar a su antiguo compañero que le sirviese de padrino en un lance de honor... a propósito de unas palabras... que usted ignora sin duda, tía Liette...
La anciana movió la cabeza.
No, no ignoraba nada, ni el ataque ni la defensa, y una presión significativa de sus temblorosos dedos dijo su tierno agradecimiento hacia su valiente campeón.
—En una palabra, el señor de Argicourt y el señor de Estry deben de estar en este momento en casa del señor de Candore para pedirle una satisfacción.
—¡Oh! Dios mío.
—Y he tenido miedo, yo, tía Liette, que no soy sin embargo, una mujerzuela y comprendo muy bien que un oficial... En su lugar, hubiera hecho lo que él... Dios protegerá el buen derecho, ¿verdad? Pero por mucho que me repito todo esto, tengo miedo, tía Liette, y he venido a usted, que es tan fuerte y tan poderosa, a pedirle un poco de su fuerza y de su valor... Y es que le amo, tía Liette... No debía decir a usted esto... pero nunca he tenido madre...
Y ocultó la cara, que se enrojecía bajo las lágrimas como una rosa bajo el rocío, en el seno de la anciana enternecida por esta ingenua declaración.
—Tranquilícese usted, hija mía; ese duelo no puede verificarse y no se verificará...
—¿Quién podrá impedirlo?
—Yo—respondió tranquilamente la tía Liette.
El despacho presentaba una animación inusitada. Los ruidosos dependientes charlaban a más y mejor a pesar de las llamadas al orden del principal, un poco distraído él también de su importante tarea. Desde aquella mañana el notario tenía la cara de los grandes días y no hacía más que abrir la puerta de su despacho para dar órdenes. Y todo se volvían idas y venidas del despacho al Correo, por fortuna próximo, como decía el aprendiz, que de otro modo hubiera estado cocido en obra. Después había empezado el desfile. Primero el señor Darling y su sobrina, que habían tenido una larga conferencia con el notario. Después había sido introducido el capitán Raynal y ahora estaban esperando al señor de Candore.
¿Qué significaba todo aquello?
Un contrato de matrimonio, evidentemente.
¿Pero con quién?
¿Con el oficial o con el diplomático?
—Su corazón se columpia entre los dos—exclamó el aprendiz acechando desde la ventana la llegada del conde.
—¡Silencio!—mandó de nuevo el principal.
—Usted, que es un hombre de peso, ¿cuál es su opinión?
—Mi opinión es que no la tengo, querido Candore. Evidentemente, un simple oficial de fortuna no debía pesar en la balanza al lado de un personaje de la importancia del señor de Candore, noble, rico e influyente.
—Un poco farsante—dijo el incorregible empleado.
—Pero el corazón de las mujeres es un abismo insondable—dijo el primer dependiente con aire doctoral,—Josefina prefirió Bonaparte a Barras.
—Y no anduvo descaminada.
—¡Silencio! Ahí está Barras.
Entraba el conde, frío y altanero según su costumbre.
El principal se levantó con deferencia para introducirle en el despacho del notario, a quien encontró solo con gran asombro suyo.
—¿Dónde diablos se han metido los otros?
—Puede que en algún armario—dijo el joven Candore, que había estado en París y se jactaba de conocer las piezas de Hennequín.
Pero se calló porque la señorita Raynal entraba a su vez en el despacho.
—El señor Hardoin está ocupado, señorita.
—Lo sé, me está esperando...
La puerta se había abierto, y el notario dejaba paso a Liette, con gran asombro de los pasantes.
—Amigos míos, esto huele a quinto acto—exclamó el supuesto «boulevardier».
El conde no había acudido a la cita del notario sin una secreta aprensión. Un poco molesto ya por la querella que se había buscado con su inexcusable intemperancia de lenguaje, y en la que veía que no era el suyo el mejor papel, estaba de un humor execrable y arrugaba nerviosamente la esquela tan lacónica como urgente llevada al castillo.
—¿Qué diablos puede quererme?—murmuraba entre dientes.
—Lo mejor es ir a verlo—dijo sencillamente su tío.—Hardoin es demasiado formal para molestarte sin motivo serio.
—¿No te figuras tú lo que es?
—Es posible—respondió gravemente el anciano.
Raúl se le quedó mirando con cierta alarma. Cuando se es heredero, las menores palabras tienen su importancia, sobre todo si se trata de notario. Raúl se daba cuenta de que el señor de Neris no tenía por qué elogiarle, ni como sobrino ni como yerno; sus veleidades matrimoniales habían hecho quizá rebosar el vaso. Al llegar a la cita iba mascullando estas ideas, pero al ver a la empleada de Correos cambió de repente de pensamiento.
¿Habría tenido noticias del encuentro proyectado?
¿Era aquello un lazo?
¿Iba a sufrir súplicas y reproches?
¿Le preparaba alguna escena de melodrama aquel imbécil de Hardoin?
No le faltaba más que ese ridículo.
Presa de una viva irritación, saludó con tiesura y se puso a la defensiva.
—Señor conde—comenzó el notario en tono ceremonioso,—he rogado a usted que pasara por mi despacho para una comunicación urgente de parte de esta señorita.
Raúl le interrumpió con mucha sequedad:
—Basta, señor Hardoin, sé de lo que se trata.
—No creo.
—Y me va usted a permitir que le diga que su papel en este negocio me parece un poco inoportuno. No es propio de un notario desfacer entuertos y representar a Don Quijote...
Y dio un paso hacia la puerta.
El notario extendió la mano con autoridad.
—Perdóneme usted, señor conde, pero no creo tener que aprender los deberes que ya ejercía con honor cuando usted estaba en la cuna.
—Sí—dijo el conde un poco dulcificado;—sé que es usted un antiguo amigo; pero hay cuestiones que no son de su competencia. Si se tratase de un acta notarial, en hora buena.
—No se trata de otra cosa—declaró Hardoin sencillamente.
Raúl se detuvo desconcertado. Ya no comprendía.
—He aquí los hechos—expuso metódicamente el notario.—La señorita Raynal aquí presente, recogió, hace cerca de veinticinco años, a un niño huérfano de madre y abandonado por su padre. Esta señorita le prestó su nombre, pero hoy quiere dárselo legalmente y ha creído, por consejo mío, que debía consultar con usted previamente.
—¿Conmigo?—exclamó el diplomático estupefacto y en tono de protesta.—¿A título de qué?
—A título de padre—respondió fríamente el notario.
Raúl paseó sus ojos extraviados del semblante impasible del uno a la bella y triste cara de la otra.
—Esto es una locura, dijo.
El digno notario desdobló un papel amarillento con el sello de Inglaterra.
—Aquí tiene usted la partida de nacimiento de Raúl Carlos, nacido del matrimonio que contrajeron irregularmente en Inglaterra miss Juana Dodson y el conde Raúl de Candore.
—Y vea usted el telegrama dirigido a la señorita Blanca de Candore en el día de su boda, y que me acuso de haber interceptado para evitarle un dolor inútil—añadió sencillamente la empleada.
El conde leyó maquinalmente:
«Señorita, el hombre con quien se va usted a casar es mi esposo ante la ley inglesa y el padre de mi hijo, que pronto no tendrá ya madre. Juana Dodson.»
...Aquella era la venganza de Liette.
Había ahorrado lágrimas a Blanca; y a Raúl el escándalo, a costa de una falta profesional, duro sacrificio para aquella hija de soldado, esclava de la disciplina.
Había salvado a la madre de la desesperación y a su hijo del abandono; gracias a ella, la pobre abandonada se había extinguido suavemente, sin odio y en la paz del perdón, encomendando su alma a Dios y su hijo a Liette, y durmiéndose confiando en los dos...
Su confianza no debía ser defraudada. Sin vacilación ni desfallecimiento, Liette había recogido esa pesada herencia; había reemplazado al padre desertor, había abierto al huérfano sin familia su puerta, sus brazos y su corazón; había hecho de él un hombre, y ya que no la vida, le había dado su alma.
Y había hecho eso sencillamente, sin cuidarse de las falsas interpretaciones ni de los comentarios injuriosos que pudiera provocar su conducta, y era tal la fuerza de aquella apacible virtud y de aquella incomparable dignidad, que en el círculo estrecho y malévolo de las comadres de provincia, ni una palabra, ni una insinuación la habían rozado. ¡Había sido preciso que fuese Raúl!... El... ¡Oh!.
Aterrado por aquella revelación repentina que hacía vibrar las fibras embotadas de su corazón ya seco, el noble, tan frío, tan correcto de ordinario, cedió a la influencia generosa del momento con el impulso de la primera juventud y confesó sus faltas, sus penas, sus remordimientos, acusándose con una vehemencia en que entraba un poco de fatuidad de haber hecho dos desgraciadas: Juana y Liette.
Bajo las cocas argentinas de la solterona se deslizó una débil sonrisa.
—Tranquilícese usted, señor conde, al menos en cuanto a la última—dijo con sencillez.—He amado mucho, apasionadamente, puedo confesarlo a mi edad... Pero el hombre a quien he amado no es usted. Era un príncipe encantado, creado completamente por mi imaginación de colegiala retrasada que pide demasiado a la vida, porque la ignora... Yo no tenía, sin embargo, esta excusa... Hoy, dispuesta a bajar la otra vertiente, me detengo un instante en la cima de la colina y no siento en mí ni cólera, ni amargura, ni pena, pues entre las piedras y las malezas he encontrado algo mejor que la florecita azul con que sueñan las jóvenes, he encontrado el reflejo de cielo que Dios pone en la mirada de los niños... Creo que había nacido para eso; no puedo guardar a usted rencor por haberme dado un sobrino que ha realizado todas sus promesas de usted y cumplido todas mis esperanzas. Las cualidades imaginarias de que yo dotaba a mi héroe, él las tiene realmente, y le debo tantos goces que casi tengo que estarle a usted agradecida.
—Debemos estárnoslo el uno al otro—dijo el conde profundamente conmovido,—por lo que ha hecho usted y por lo que quería hacer aún. Pero es a mí a quien corresponde ofrecer a usted y a él la única reparación posible. Ha redactado usted un acta de adopción, señor Hardoin; no tiene usted más que cambiar una palabra. Yo dejaré a mi hijo mi nombre y mi fortuna.
Esta vez fue Liette quien palideció. Había, sin duda, deseado ardientemente esta solución justa y natural en interés de su hijo adoptivo, y sin embargo... En el dolor atroz y profundo que le retorció el corazón e hizo brotar las lágrimas en sus ojos comprendió la feroz sublevación que se apodera de las madres a quienes se arranca su hijo. El notario, sin responder, abrió la puerta de la derecha.
—Ya ha oído usted, capitán; usted es quien debe decidir...
Al ver a aquel guapo y altivo oficial que era su hijo, el conde experimentó una sensación desconocida, un irresistible impulso de orgullo paternal. Dio un paso adelante con los brazos abiertos, pero Carlos se inclinó, muy pálido, y dijo con voz ahogada:
—Caballero, no puedo ya pedir a usted reparación ni quiero aceptar ninguna. Mi madre ha muerto; procuraré olvidar el nombre de su verdugo, lo que quiere decir que no puedo llevarle. Y, con una especie de violencia, atrajo hacia su pecho a la tía Liette desfallecida.
—Tú, que me lo has dado todo, dame también tu nombre; ten la seguridad de que no seré ingrato.
El señor de Candore sintió que le subía a la cara una oleada de sangre; pero la conciencia de su culpa pudo más que su orgullo herido.
—He merecido esto, y no puedo quejarme ni vituperar a usted, caballero... Pero a usted me dirijo, señorita; abogue por mi causa, que es también la suya... Conozco sus esperanzas, y puedo ayudarle a realizarlas... No me niegue usted esta satisfacción, la única que conviene a mi edad.
—¡Es verdad!—dijo Liette turbada;—reflexiona; hijo mío... ¡La amas tanto!
Carlos cerró los ojos para huir de la visión tentadora.
—No—respondió con energía,—no quiero la dicha a ese precio...
—Y yo no quiero llamarme la señora de Candore, sino la señora de Raynal...
La puerta de la izquierda se había abierto a su vez, y Eva se adelantaba valientemente hacia el joven admirado.
—Me ha declarado usted—le dijo,—que no pediría jamás la mano de una heredera, capitán; soy yo quien pide la de usted...
Y mientras Carlos, loco de amor, se atrevía apenas a estrechar aquella manita adorable, que se entregaba espontáneamente a él, Eva rodeó con el otro brazo el cuello de la solterona enternecida y dijo cariñosamente:
—Usted quería adoptar un hijo, tía Liette; adopte dos... Tiene usted el corazón bastante ancho para ello.
FIN