ESCENA IX

ISABEL, y después TERESA

ISABEL. ¿Qué es lo que oí? No lo he comprendido, no quiero comprender ese misterio horrible: sólo entiendo que de infeliz he pasado a más. (Sale Teresa.)

TERESA. Señora, un joven extranjero ha llegado a 560 casa pidiendo que se le dejara descansar un rato….

ISABEL. Recíbele … déjame.

TERESA. Ya se le recibió, y le han agasajado con vino y magras; por señas que nada de ello ha probado, como si fuera moro o judío. Aparte de esto, es muy lindo 563 muchacho: he trabado conversación con él, y dice que viene de Palestina.

ISABEL. ¿De Palestina?

TERESA. Yo me acordé al punto del pobre don Diego.—Como os figuráis que debe estar por allá…. 570

ISABEL. Sí. Llámale pronto. (Vase Teresa.) ¡Virgen piadosa! ¡Que haya sido sueño lo que pienso que oí! ¡Oh! Pensemos en el que viene de Palestina.

ZULIMA, en traje de noble aragonés, TERESA.—ISABEL

ZULIMA. El cielo os guarde.

ISABEL. Y a vos también.

ZULIMA (aparte.) Mi rival es ésta.

ISABEL. Mejor podéis descansar 575 en esta sala que fuera.

TERESA. Este mancebo, señora, viene de lejanas tierras, de Jerusalem, de Jope, de Belén … y de Judea. 580

ISABEL. ¿Cierto?

ZULIMA. Sí.

TERESA. Y ha conocidoallá gente aragonesa.

ZULIMA. Un caballero tratéde Teruel.

ISABEL. ¿Cuál? ¿Quién? ¿Quién era?¿Su nombre?

ZULIMA. Diego Marsilla. 585

ISABEL. ¡Os trajo Dios a mi puerta!—¿Dónde le dejáis?

TERESA. Entonces,¿era ya rico?

ZULIMA. Una herencia cuantiosa le dejaron allí.

ISABEL. Pero ¿dónde queda? 590

ZULIMA. Hace poco era cautivo del Rey moro de Valencia.

ISABEL. ¡Cautivo! ¡Infeliz!

ZULIMA. No tanto.La esposa del Rey, la bellaZulima, le amó.

ISABEL. ¿Le amó? 595

ZULIMA. ¡Sí! ¡mucho!

TERESA. ¡Qué desvergüenza!

ISABEL. Y ¿qué? ¿ No viene por esoMarsilla donde le esperan?

TERESA. ¿Se ha vuelto moro quizá?

ZULIMA (aparte). Ya que padecí, padezca. 600Finjamos.

ISABEL. Hablad.

ZULIMA. No es fácil resistir a una princesa hermosa y amante: al fin Marsilla, para con ella, era un miserable.

TERESA. Perovamos, acabad…. 605

ISABEL (aparte.) Apenasvivo.

ZULIMA. El Rey llegó a saber lo que pasaba; la Reina pudo escapar, protegida por un bandido, cabeza 610 de la cuadrilla temible que hoy anda por aquí cerca; y Marsilla….

ISABEL. ¿Qué?

ZULIMA. Rogada Dios que le favorezca.

ISABEL. ¡Ha muerto! ¡Jesús, valedme! 615(Desmáyase.)

TERESA. ¡Isabel! ¡Isabel!—¡Buenala habéis hecho!ZULIMA. (aparte.) Sabe amaresta cristiana de veras;yo sé más, yo sé vengarme.

TERESA. ¡Señora!—¡Paula! ¡Jimena! 620(A Zulima.)Buscad agua, llamad gente.

ZULIMA (aparte.)Salgamos.—Con esta nueva,se casará. (Vase.)

TERESA. ¡Dios confunda la boca ruin que nos cuenta noticia tan triste!… Pero 625 un prójimo que no prueba cerdo ni vino, ¿qué puede dar de sí?

(Salen dos criadas que traen agua.)

Pronto aquí, lerdas. ¿Dónde estabais? A ver: dadme el agua.

ISABEL. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Teresa! 630

MARGARITA. ¿Qué sucede?

ISABEL. ¡Ay, madre mía!Ya no es posible que venga.Murió.

MARGARITA. ¿Quién? ¿Marsilla?

TERESA. ¿Quiénha de ser?

ISABEL. Y ha muerto en penade serme infiel.

TERESA. Una mora, 635 que dicen que no era fea, la esposa del reyezuelo valenciano, buena pieza sin duda, nos le quitó.

ISABEL. ¡En esto paran aquellas 640 ilusiones de ventura que alimentaba risueña! Conmigo nacieron ¡ay!… se van, y el alma se llevan. Ese infausto mensajero, 645 ¿dónde está? Dile que vuelva.

MARGARITA. Sí: yo le preguntaré….

TERESA. Pues como nos dé respuestas por el estilo…. Seguidme.

(Vanse Teresa y las criadas.)

ISABEL. ¿Quién figurarse pudiera 650 que me olvidara Marsilla? ¡Qué sonrojo! ¡Qué vileza! Pero ¿cómo ha sido, cómo fué que no lo presintiera mi corazón? No es verdad: 655 imposible que lo sea. Se engañó, si lo creyó, la sultana de Valencia. Soló por volar a mí, quebrantando sus cadenas, 660 dejó soñar a la mora con esa falaz idea. Mártir de mi amor ha sido, que desde el cielo en que reina, de su martirio me pide 665 la debida recompensa. Yo se la daré leal, yo defenderé mi diestra: viuda del primer amor he de bajar a la huesa. 670 Llorar libremente quiero lo que de vivir me resta, sin que pueda hacer ninguno de mis lágrimas ofensa. No he de ser esposa yo 675 de Azagra: primero muerta.

MARGARITA. ¿Tendrás valor para?…

ISABEL. Sí, mi desgracia me le presta.

MARGARITA. ¿Y si te manda tu padre?…

ISABEL. Diré que no.

MARGARITA. Si te ruega…. 680

ISABEL. No.

MARGARITA. Si amenaza….

ISABEL. Mil veces no. Podrán en hora buena, de los cabellos asida, arrastrarme hasta la iglesia, podrán maltratar mi cuerpo, 685 cubrirle de áspera jerga, emparedarme en un claustro, donde lentamente muera: todo esto podrán, sí; pero lograr que diga mi lengua 690 un sí perjuro, no.

MARGARITA. Bien, bien. Tu valor … me consuela.

(Aparte. Nada oyó: más vale así. La culpa, no la inocencia debe padecer.) Ten siempre 695 esa misma fortaleza, y no te dejes vencer, suceda lo que suceda. Matrimonio sin cariño crímenes tal vez engendra. 700 Yo sé de alguna infeliz que dió su mano violenta… y … después de larga lucha … desmintió su vida honesta. Muchos años lleva ya 705 de dolor y penitencia… Y al fin le toca morir, de oprobrio justo cubierta.

ISABEL. ¡Ah, madre! ¿Qué dije yo? Me olvidé, con esa nueva, 710 de otra desdicha tan grande que a mi desdicha supera.

MARGARITA. ¡No te cases, Isabel!

ISABEL. Sí, madre: mi vida es vuestra: dárosla me manda Dios, 715 lo manda naturaleza.

MARGARITA. ¡Hija!

ISABEL. Por fortuna mía, Marsilla al morir me deja el corazón sin amor y sin lugar donde prenda. 720 Por más fortuna, Marsilla de mí se olvidó en la ausencia, y puso en otra mujer el amor que me debiera. Por dicha mayor, Azagra 725 es de condición soberbia, celoso, iracundo: así mis lágrimas y querellas insufribles le serán; querrá que yo las contenga; 730 no podré, se irritará, y me matará.

MARGARITA. ¡Me aterras,hija, me matas a mí!

ISABEL. Tengo yo cartas que lea:puede encontrármelas.

MARGARITA. ¡Oh! 735Si como las tuyas fueranotras….

ISABEL. Y tengo un retrato en esta joya. (Saca un relicario.) ¿Son ésas sus facciones? Pues sabed que, sin estudio ni regla, 740 de amor guiada la mano, al primer ensayo diestra, yo supe dar a ese rostro semejanza tan perfecta. Me sirvió para suplir 745 de Marsilla la presencia; no le necesito ya: más vale que no le vea. ¡Ah! dejadme que le bese una vez … la última es ésta. 750 Tomad. ¿Veis? el sacrificio consumo, y estoy serena, tranquila … como la tumba. Imitad vos mi entereza, mi calma … y no me digáis 755 una palabra siquiera. De mí vuestra fama pende: la conservaréis ilesa. Yo me casaré: no importa, no importa lo que me cuesta. (Vase.) 760

MARGARITA. Y ¿debo yo consentirque la inocente Isabel,por mi egoísmo cruel,se ofrezca más que a morir?Pero ¿cómo he de sufrir 765que, perdida mi opinión,me llame todo Aragónhipócrita y vil mujer?Mala madre me hace sermi buena reputación.A todo me resignaracon ánimo ya contrito,si al saberse mi delito,yo sola me deshonrara.Pero a mi esposo manchara 775con ignominia mayor.¡Hija infeliz en amor!¡Hija desdichada mía!Perdona la tiraníade las leyes del honor. 780

Retrete o gabinete de Isabel. Dos puertas.

Aparece ISABEL, ricamente vestida, sentada en un sillón junto a una mesa, sobre la cual hay un espejo de mano, hecho de metal. TERESA está acabando de adornar a su ama.

TERESA. ¿Qué os parece el tocado? Nada, ni me oye. Que os miréis os digo; tomad el espejo. (Se le da a Isabel, que maquinalmente le toma, y deja caer la mano sin mirarse.) A esotra puerta. Miren ¡qué trazas éstas de novia!—Ved ¡qué preciosa gargantilla voy a poneros! 5 (Isabel inclina la cabeza.) Pero alzad la cabeza, Isabel. Si esto es amortajar a un difunto.

ISABEL. ¡Marsilla!

TERESA. (Aparte.Dios le haya perdonado.) Ea, se concluyó. Bien estáis. Ello, sí, me habéis hecho perder 10 la paciencia treinta veces.

ISABEL. ¡Madre mía!

TERESA. Si echáis menos a mi señora, ya os he dicho que no está en casa, porque para ella, la caridad es antes que todo. El juez de este año, Domingo Celladas, tenía 15 un hijo en tierra de infieles: Jaime, ya le conocéis. Hoy, sin que hubiese noticia de que viniera, se le han encontrado en el camino de Valencia unos mercaderes, herido y sin conocimiento. Por un rastro de sangre que iba a parar a un hoyo, se ha comprendido que debieron echarle 20 dentro; y se cree que hasta poder salir, habrá estado en el hoyo quizá más de un día, porque las heridas no son recientes. Vuestra madre ha sido llamada para asistirle; me ha encargado que os aderece; os he puesto hecha una imagen; y ni siquiera he logrado que deis una mirada al 25 vestido, para ver si os gusta.

ISABEL. Sí: es el último.

TERESA. ¡El dulcísimo nombre de Jesús! No lo quiera Dios, Isabelita de mi alma: no lo querrá Dios; antes os hará tan dichosa como vos merecéis. Pero 30 salid de ese abatimiento: mirad que ya van a venir los convidados a la boda, y es menester no darles que decir.

ISABEL (con sobresalto). ¿Qué hora es ya?

TERESA. No tardarán en tocar a vísperas ahí al lado, en San Pedro. Es la hora en que salió de Teruel don 35 Diego; y hasta que pase, mi señor no se considera libre de su promesa.

ISABEL. Sí, a esa hora, a esa hora misma partió … para nunca volver. En este aposento, allí, delante de ese balcón estaba yo, llorando sobre mi labor, como ahora 40 sobre mis galas. Continuamente miraba a la calle por donde había de pasar, para verle; ahora no miro: no le veré. Por allí vino, dirigiendo el fogoso alazán, enseñado a parase bajo mis balcones. Por allí vino, vestida la cota, la lanza en la mano, al brazo la banda, último don 45 de mi cariño. «Hasta la dicha o hasta la tumba,» me dijo. «Tuya o muerta,» le dije yo; y caí sin aliento en el balcón mismo, tendidas las manos hacia la mitad de mi alma que se ausentaba.—¡Suya o muerta! Y voy a dar la mano a Rodrigo. ¡Bien cumplo mi palabra! 50

TERESA. Hija mía, desechad esas ideas. Yo ¿qué os he de decir para consolaros? Que os he visto nacer, que habéis jugado en mis brazos y en mis rodillas … y que diera yo porque recobraseis la paz del alma y fuerais feliz ¡ay!, diera yo todos los días que me faltan que vivir, 55 menos uno para verlo.

ISABEL. ¿Feliz, Teresa? Con este vestido, ¿cómo he de ser feliz? ¡Pesa tanto, me ahoga tanto!… Quítamele, Teresa. (Levantándose.)

TERESA. Señora, que viene don Rodrigo. 60

ISABEL. ¡Don Rodrigo! Busca pronto a mi madre. (Vase Teresa.)

RODRIGO. Mis ojos por fin os ven a solas, ángel hermoso. Siempre un amargo desdén y un recato rigoroso 65 me han privado de este bien. —Trémula estáis: ocupad la silla.

ISABEL. ¡Ante mi señor!

RODRIGO. Esclavo diréis mejor. Soberana es la beldad 70 en el reino del amor.

ISABEL. ¡Mentida soberanía!

RODRIGO. De mi rendimiento fiel, que dudarais no creía. ¡Si a conocer, Isabel, 75 llegaseis el alma mía!…

ISABEL. ¿Para qué? Señas ha dado que indican su índole bella.

RODRIGO. Mi destino desastrado sólo mostrar me ha dejado 80 lo deforme que hay en ella. Un Azagra conocéis orgulloso y vengativo; y otro por fin hallaréis que en vuestro rigor esquivo 85 figuraros no podéis. El Azagra que os adora, el Azagra para vos, aun no le visteis, señora; y nos conviene a los dos 90 una explicación ahora.

ISABEL. Mis padres pueden mandar, yo tengo que obedecer, nada pretendo saber: hiciera bien en callar 95 quien ha logrado vencer.

RODRIGO. El vencedor, que aparece lleno ante vos de amargura, manifestaros ofrece que sabe lo que merece 100 doña Isabel de Segura. Os ví, y en vos admiré virtud y belleza rara: digno de vos me juzgué, y uniros a mí juré, 105 costara lo que costara. Maldición más espantosa no pudo echarme jamás una lengua venenosa que decir: no lograrás 110 hacer a Isabel tu esposa. Lidiaré, si es necesario, por ella con todo el orbe, clamaba yo de ordinario. ¡Infeliz el que me estorbe, 115 competidor o contrario! En mi celoso furor cabe hasta lo que denigre mi calidad y mi honor. Amo con ira de tigre … 120 porque es muy grande mi amor. —No el vuestro, tan delicado, me pintéis para mi mengua: quizá no lo haya expresado en seis años vuestra lengua, 125 sin que me lo hayan contado. Cuantas cartas escribió Marsilla ausente, leí: él su retrato no vió, yo sí: junto a vos aquí 130 siempre tuve un guarda yo. Ha sido mi ocupación observaros noche y día; y abandonaba a Monzón siempre que lo permitía 135 la marcial obligación. Viéndoos al balcón sentada por las noches a la luna, mi fatiga era pagada: jamás fué mujer ninguna 140 de amante más respetada. Para romper mis prisiones, para defectos hallaros, fueron mis indagaciones; y siempre para adoraros 145 encontré nuevas razones. Seducido el pensamiento de lisonjeros engaños, un favorable momento espero hace ya seis años, 150 y aun llegado no lo cuento. Pero, por dicha, quizá no deba estar muy distante.

ISABEL. ¡Qué! ¿Pensáis que cesará mi pasión, muerto mi amante? 155 No, lo que yo vivirá.

RODRIGO. Pues bien, amad, Isabel, y decidlo sin reparo; que con ese amor tan fiel, aunque a mí me cueste caro, 160 nunca me hallaréis cruel. Mas si ese afecto amoroso, cuya expresión no limito, mantener os es forzoso, yo, mi bien, yo necesito 165 el nombre de vuestro esposo. No más que el nombre, y concluyo de desear y pedir: todas mis dichas incluyo en la dicha de decir: 170 «Me tienen por dueño suyo.» Separada habitación, distinto lecho tendréis…. ¿Queréis más separación? Vos en Teruel viviréis, 175 yo en la corte de Aragón. ¿Teméis que la soledad bajo mi techo os consuma? Vuestros padres os llevad con vos: mudaréis en suma 180 de casa y de vecindad. Nunca sin vuestra licencia veré esos divinos ojos…. ¡Ay! dádmela con frecuencia. Si os oprimen los enojos, 185 hablad, y mi diligencia ya un festín, ya una batida, ya un torneo dispondrá. Si lloráis…. ¡Prenda querida! cuando lloréis, ¿qué os dirá 190 quien no ha llorado en su vida? Míseros ambos, hacer con la indulgencia podemos menor nuestro padecer. Ahora, aunque nos casemos, 195 ¿me podréis aborrecer?

ISABEL. ¡Don Rodrigo! ¡Don Rodrigo! (Sollozando.)

RODRIGO. ¿Lloráis? ¿Es porque me muestro digno de ser vuestro amigo? ¿No sufrí del odio vuestro 200 bastante el duro castigo?

ISABEL. ¡Oh! no, no: mi corazón palpitar de odio no sabe.

RODRIGO. Ni al mirar vuestra aflicción hay fuerza en mí que no acabe 205 rindiéndose a discreción. Es ya el caso de manera que el infausto desposorio viene a ser obligatorio para ambos: lo demás fuera 210 dar escándalo notorio. Pero el amor que os consagro, se ha vuelto a vos tan propicio, que si Dios en su alto juicio quiere obrar hoy un milagro … 215 contad con un sacrificio. Ayer, si resucitara mi aciago rival Marsilla, sin compasión le matara, y sin limpiar la cuchilla, 220 corriera con vos al ara. Hoy, resucitado o no, si antes que me deis el sí, viene … que triunfe de mí.

ISABEL. ¡Vos, sí que triunfáis así 225de esta débil mujer!

(El llanto le ahoga la voz por unos instantes; luego, al ver a don Pedro y a los que le acompañan, se contiene, exclamando:)

¡Oh!

DON PEDRO, DON MARTÍN, DAMAS, CABALLEROS, PAJES.—ISABEL, DON RODRIGO. Después, TERESA

PEDRO. Hijos, el sacerdote que ha de bendecir vuestra unión, ya nos está esperando en la iglesia. Tanto mis deudos como los de Azagra me instan a que apresure la ceremonia; pero aun no ha fenecido el plazo que otorgué 230 a don Diego. Al toque de vísperas de un domingo, salió de su patria el malogrado joven, seis años y siete días hace: hasta que suene aquella señal en mi oído, no tengo libertad para disponer de mi hija. (A don Martín.) Porque veáis de qué modo cumplo mi promesa, os he rogado 235 que vinierais aquí.

MARTÍN. ¡Inútil escrupulosidad! No os detengáis.No romperá mi hijo el seno de la tierra para reconveniros.

ISABEL (aparte). ¡Infeliz!

PEDRO. Fiel a lo que juré me verá desde el túmulo, 240 cual me hallaría viviendo. (Sale Teresa.)

RODRIGO. Isabel deseará la compañía de su madre: pudiéramos pasar por casa del Juez….

TERESA. Ahora empezaba el herido a volver en su conocimiento. Si antes de vísperas no se halla mi señora 245 en la iglesia, es señal de que no puede asistir a los desposorios: esto me ha dicho.

PEDRO. La esperaremos en el templo. (A don Martín.)Si la pesadumbre os permite acompañarnos, venid….

MARTÍN. Excusadme el presenciar un acto que debe 250 serme tan doloroso.

PEDRO. Estad seguro de que mientras no oigáis las campanas, no habrá dado su mano Isabel. Estos caballeros podrán atestiguar que se esperó hasta el cabal vencimiento del plazo. Marchemos. 255

ISABEL (aparte). ¡Morada de mi pasado bien, adiós para siempre!

(Vanse todos, menos don Martín.)

MARTÍN. Con pena, con celos veo yo a Isabel dirigirse al altar. Hubo un tiempo en que la tuve por hija: hoy me quitan su filial cariño, y ella consiente. Pero ¿qué 260 falta hace al mísero cadáver de mi hijo la constancia de la que él amó? Si su sombra necesita lágrimas, bien se puede satisfacer con las mías.

ADEL. Cristiano, busco a Martín Marsilla, que está aquí, según se me dice. ¿Eres tú? 265

MARTÍN. Yo soy.

ADEL. ¿Qué sabes de tu hijo?

MARTÍN. ¡Moro!… su muerte.

ADEL. Esa noticia … ¿quién la ha traído?

MARTÍN. Un joven forastero. 270

ADEL. ¿En dónde para?

MARTÍN. Apenas se detuvo en Teruel: yo no pude verle.

ADEL. ¿Qué ha pasado con Jaime Celladas?

MARTÍN. Le han herido gravemente al llegar a la villa: 275 en su lecho yace todavía sin voz ni conocimiento.

ADEL. Luego ¿tú nada sabes?

MARTÍN. ¿Qué vas a decirme?

ADEL. Acabo de averiguar que, disfrazada con traje de hombre, ha entrado en Teruel Zulima, la esposa del 280 Amir de Valencia.

MARTÍN. ¿La que fué causa de la pérdida de mi hijo?

ADEL. Él la desdeñó, y ella se ha vengado mintiendo.

MARTÍN. ¿Mintiendo?

ADEL. ¡Anciano! Bendice al Señor: aun eres padre. 285

MARTÍN. ¡Dios poderoso!

ADEL. Tu hijo libró de un asesinato pérfido al Amir de Valencia, y el Amir le ha colmado de riquezas y honores. Herido en un combate, no se le permitió caminar hasta reponerse. Jaime venía delante para anunciar su vuelta. 290 Sígueme, y no pararé hasta poner a Marsilla en tus brazos. (Vase.)

MARTÍN (alzando las manos al cielo, arrebatado de júbilo). ¡Señor! ¡Señor!

MARGARITA (dentro). ¡Isabel! ¡Isabel! (Sale y repara en don Martín, que se retiraba con Adel.) Don Martín…. 295

MARTÍN (deteniéndose). Margarita, sabedlo….

MARGARITA. Sabedlo el primero. Jaime Celladas….

MARTÍN. Ese moro que veis….

MARGARITA. Ha vuelto en sí.

MARTÍN. Viene de Valencia. 300

MARGARITA. Jaime también.

MARTÍN. Vive mi hijo.

MARGARITA. Lo ha dicho Jaime. Corred, impedid ese casamiento. (Óyese el toque de vísperas.)

MARTÍN. ¡Ah! ya es tarde. 305

MARGARITA. ¡Dios ha rechazado mi sacrificio!

MARTÍN. ¡Hijo infeliz!

MARGARITA. ¡Hija de mis entrañas! (Vase.)

Bosque inmediato a Teruel

MARSILLA, atado a un árbol

Infames bandoleros, que me habéis a traición acometido, 310 venid y ensangrentad vuestros aceros: la muerte ya por compasión os pido. —Nadie llega, de nadie soy oído; vuelve el eco mis voces, y parece que goza en mi dolor y me escarnece. 315 Me adelanté a la escolta que traía: su lento caminar me consumía. Yo vengo con amor, ellos con oro. —Enemigos villanos, los ricos dones del monarca moro 320 no como yo darán en vuestras manos: tienen quien los defienda. Pero las horas pasan, huye el día. ¿Qué vas a imaginar, Isabel mía? ¿Qué pensarás, idolatrada prenda, 325 si esperando abrazar al triste Diego, corrido el plazo ves, y yo no llego? Mas por Jaime avisados en mi casa estarán: pronto, azorados con mi tardanza…. Sí, ya se aproxima 330 gente. ¿Quién es?

ZULIMA, en traje de hombre.—MARSILLA

ZULIMA. Yo soy.

MARSILLA. ¡Cielos! ¡Zulima!¡Tú aquí! (Aparte.¡Presagio horrendo!)

ZULIMA. Vecinos de Teruel vienen corriendo a quienes más que a mí toca librarte: yo sólo en esta parte 335 me debo detener mientras te digo que Isabel es mujer de don Rodrigo.

MARSILLA. ¡Gran Dios!—Mas no: me engañas, impostora.

ZULIMA. Zaén, que llega de Teruel ahora,Zaén ha visto dar aquella mano 340tan ansiada por ti.

MARSILLA. Finges en vano.Tú ignoras que mi próxima llegadaprevino un mensajero.

ZULIMA. Tú no sabes que un tirador certero supo dejar tu previsión burlada, 345 saliéndole al camino al mensajero. Yo hablé con Isabel, yo de tu muerte la noticia le dí, y a los bandidos encargué que tu viaje detuvieran. Yo, celebradas de Isabel las bodas, 350 te las vengo a anunciar.

MARSILLA. ¿Con que es ya tarde?

ZULIMA. Mírame, bien, y dúdalo si puedes. Inútiles mercedes el Rey te prodigó: más he podido, prófuga yo, que mi real marido. 355 Yo mi amor te ofrecí, bienes y honores, y te inmolé mi fe y el ser que tengo; tú preferiste ingrato mis rencores: me ofendiste cruel, cruel me vengo. Adiós: en mi partida 360 te dejo por ahora con la vida, mientras padeces en el duro potro de ver a tu Isabel en brazos de otro. (Vase.)

MARSILLA. Monstruo, por cuya voz ruge el abismo, vuelve y di que es engaño 365 todo lo que te oí. (Forceja para desatarse.) Lazos crueles, ¿cómo me resistís? ¡Ligan cordeles al que hierros quebró! ¿No soy el mismo? ¡Ah! no. Mujer fatal, cortos instantes me quedan que vivir, si no has mentido; 370 pero ¡permita Dios que mueras antes!

ADEL, pasando por una altura.—MARSILLA

ADEL. Rumor aquí he sentido. Atraviesan el valle bandoleros con Zulima a caballo. Yo, cueste lo que cueste, 375 la tengo de prender: voy a ver si hallo cerca mis compañeros.

MARSILLA. ¿Quién va?

ADEL. Marsilla es éste. (A voces.)Aquí! ¡Por este lado, caballeros! (Vase.)

MARTÍN (dentro.) Él es.

MARSILLA. ¡Mi padre!

VOCES (dentro.) Él es.

MARSILLA. ¡Padre!

MARTÍN (dentro.) ¡Hijo mío¡ 380Subid, corred, volad: libradle pronto.

(Salen caballeros y criados.)MARSILLA. Desatadme, decidme….

(Desatan a Marsilla.)

MARTÍN (saliendo.) ¡Hijo querido!

MARSILLA. ¡Padre!

MARTÍN. Por fin te hallé.

MARSILLA. Decid…. ¿Es tarde?Yo quisiera dudar … mi mal ¿es cierto?

MARTÍN. Respóndante las lágrimas que vierto. 385 Hijo del alma, a quien su hierro ardiente la desgracia al nacer marcó en la frente, tu triste padre, que por verte vive, con dolor en sus brazos te recibe. ¿Quién tu llegada ha retardado?

MARSILLA. El cielo … 390 el inferno … no sé … facinerosos … una mujer … dejadme.

MARTÍN. ¿La Sultana?¿Esos bandidos que cobardes huyende los guerreros que conmigo traje?—¿Te han herido?

MARSILLA. ¡Ojalá!

MARTÍN ¿Te han despojado? 395

MARSILLA. Nada he perdido: la esperanza sólo.

MARTÍN. ¡Suerte cruel! Cuando el fatal sonido de la campana término ponía….

MARSILLA. ¡Esa tigre anunció la muerte mía!

MARTÍN. ¿Lo sabes?

MARSILLA. De ella.

MARTÍN. ¡Horror! Entonces era 400 cuando Jaime, el sentido recobrando, la traidora noticia desmentía. Corro al templo a saber…. Miro, enmudezco…. ¡Eran esposos ya! Tu bien perdiste… Dios lo ha querido así… Pero aun te quedan 405 padres que lloren tu destino triste.

MARSILLA. El ajeno dolor no quita el mío. ¿Con qué llenáis el hórrido vacío que el alma siente, de su bien privada? ¡Padre! sin Isabel, para Marsilla 410 no hay en el mundo nada. Por eso en mi doliente desvarío sed bárbara de sangre me devora. Verterla a ríos para hartarme quiero, y cuando más que derramar no tenga, 415 la de mis venas soltará mi acero.

MARTÍN. Hijo, modera ese furor.

MARSILLA. ¿Quién osa hijo llamarme ya? ¡Fuera ese nombre! La desventura quiebra los vínculos del hombre con el hombre, 420 y con la vida y la virtud. Ahora, que tiemble mi rival, tiemble la mora. Breve será su victorioso alarde: para acabar con ambos aun no es tarde.

MARTÍN. ¡Desgraciado! ¿qué intentas?

MARSILLA. Con el crimen 423 el crimen castigar. Una serpiente se me enreda en los pies: mi pie destroce su garganta infernal. Un enemigo me aparta de Isabel: desaparezca.

MARTÍN. Hijo….

MARSILLA. Perecerá

MARTÍN. No….

MARSILLA. ¡Maldecido 430 mi nombre sea, si la sangre odiosa de mi rival no vierto!

MARTÍN. Es poderoso….

MARSILLA. Marsilla soy.

MARTÍN. Mil deudos le acompañan….

MARSILLA. Mi furia a mí.

MARTÍN. Merézcate respeto ese lazo….

MARSILLA. Es sacrílego, es aleve. 435

MARTÍN. En presencia de Dios formado ha sido.

MARSILLA. Con mi presencia queda destruído.

Habitación de Isabel en la casa de don Rodrigo. Dos puertas a la izquierda del espectador, una en el fondo, y una ventana sin reja a la derecha.

PEDRO. Ya cesó la vocería.

MARTÍN. Ya se tranquiliza el pueblo. Zaén en la cárcel queda con los demás bandoleros.

PEDRO. Milagro ha sido salvarlos 5 mayor que lo fué prenderlos.

MARTÍN. Y no los prenden quizá,si no acuden tan a tiempolos moros que de Valenciacon los regalos vinieron 10de su Rey para mi hijo.¡Regalos ya sin provecho!¡Castigue Dios a quien tienela culpa!

PEDRO. ¡Oh! lo hará.—Primeroque vayamos esta noche 15los dos al Ayuntamiento,donde ya deben hallarsejuntos el Juez y mi yerno,¿tendréis, don Martín, a bienque los dos conferenciemos 20un rato?

MARTÍN. Hablad.

PEDRO. Aquí estáZulima.

MARTÍN. Bien me dijeronlos moros.

PEDRO. En esta calle arremetió con los presos un tropel de gente; y ella, 25 puesta en libertad en medio del tumulto, se arrojó por estas puertas adentro.

MARTÍN. Confesad que don Rodrigola salvó.

PEDRO. No lo confieso … 30porque no lo ví.

MARTÍN Yo, en suma, no diré que fué mal hecho: él debe a la mora estar agradecido en extremo: por ella logra la mano 35 de Isabel.

PEDRO. Resentimiento justo mostráis; pero yo, que he sido enemigo vuestro, necesito de vos hoy.

MARTÍN. Aquí me tenéis, don Pedro. 40

PEDRO. Sois quien sois.—Esa mujer nos pone en terrible aprieto. Ya veis, los moros reclaman su entrega con mucho empeño.

MARTÍN. Y mientras el Juez resuelve, 45cercada se ve por ellosesta casa.

PEDRO. Y bien, ¿quisieraisque entre vos y yo de un riesgolibráramos a Teruel?

MARTÍN. Crimen fuera no quererlo. 50

PEDRO. Si en la junta de la villa negamos, como debemos, la entrega de la Sultana, va a ser enemigo nuestro el Rey de Valencia, y puede 55 gravísimo daño hacernos.

MARTÍN. Y el que recibimos ambosde su mujer, ¿es pequeño?

PEDRO. Pero es mujer, y nosotroscristianos y caballeros. 60

MARTÍN. Proseguid.

PEDRO. El compromiso queda evitado, si hacemos que huya en el instante.

MARTÍN. Hagámoslo.—Págueme Dios el esfuerzoque me cuesta no vengarme. 65Disponed.

PEDRO. Con un pretexto llevad los moros de aquí: de vos harán caso.

MARTÍN. Creo que sí.

PEDRO. Lo demás es fácil. Puesta ya en salvo, diremos 70 que ella huyó por sí.

MARTÍN. Voy pues, y ya que la mano tiendo al uno de los autores de mi desventura, quiero dársela también al otro. 75 Decid al dichoso dueño de esta casa y de Isabel, que mire en estos momentos por su vida: que mi hijo va, loco de sentimiento 80 y de furor, en su busca por Teruel; y, ¡vive el cielo que, doliente como está, valor le sobra al mancebo para vengar!… Perdonadme. 85 Adiós. Voy a complaceros, y a buscarle y conducirle esta noche misma lejos de unos lugares en donde vivimos los dos muriendo. 90

(Vase por la puerta de la izquierda, más cercana al proscenio.)

PEDRO. Id con Dios.—¡Padre infeliz! ¿Y nosotros? Me estremezco al pensar en Isabel, cuando de todo el suceso llegue a enterarse.

TERESA (dentro). ¡Favor, 95 que me vienen persiguiendo! (Sale.)

PEDRO. ¡Teresa! ¿Qué hay? ¿Quién te sigue?

TERESA. Las ánimas del infierno… Las del purgatorio… No sé cuáles; pero las veo, 100 las oigo….

PEDRO. Mas ¿qué sucede?

TERESA. ¡Ay! Muerta de susto vengo. ¡Ay!—Isabel me ha enviado por mi señora corriendo, que volvió, no sé por qué, 105 a la casa del enfermo; y antes de llegar, he visto en un callejón estrecho, junto a la ermita caída… ¡Jesús! convulsa me vuelvo 110 a casa.

PEDRO. ¿Qué viste? Di.

TERESA. Una fantasma, un espectro todo parecido, todo, al pobrecito don Diego.

PEDRO. Calla: no te oiga Isabel. 115Guarda con ella silencio.—Marsilla ha venido, y ellano lo sabe.

TERESA. Pero, ¿es ciertoque vive?

PEDRO. ¿No ha de ser?

TERESA. ¡Ay!Pues otra desgracia temo. 120

PEDRO. ¿Cuál?

TERESA. No lo aseguraré, por si es aprensión del miedo; sin embargo, yo creí ver que se llevaba el muerto asido del brazo al novio. 125

PEDRO. ¿Qué dices?

TERESA. Aun traigo el eco de su voz en los oídos. Con alarido tremendo decía: «Vas a morir, has de morir.»—«Lo veremos,» 130 replicaba don Rodrigo; y echando votos y retos, iban los dos como rayos camino del cementerio. Yo, señor, ya les recé 135 la salve y el padre nuestro en latín.

PEDRO. Se han encontrado, y van a tener un duelo. Esto es antes.

ISABEL, por la segunda puerta del lado izquierdo.—DON PEDRO,TERESA

ISABEL. ¡ Padre!

PEDRO. Aguárdame aquí: pronto volveremos 140 tu madre, tu esposo y yo. Venid, Teresa. (Vase los dos.)

ISABEL. ¿Qué es esto? ¡Mi padre me deja sola, cuando con tanto secreto un moro me quiere hablar! 145 Sin duda están sucediendo cosas extrañas aquí.

(Acércase a la segunda puerta.)

Llegad. Al mirarle, tiemblo.

ADEL. Cristiana, brillante honor de las damas de tu ley, 150 yo imploro, en nombre del Rey de Valencia, tu favor.

ISABEL. ¿Mi favor?

ADEL. Tendrás noticia de que salió de su corte Zulima, su infiel consorte, 155 huyendo de su justicia.

ISABEL. Sí.

ADEL. Mi señor decretó con rectitud musulmana castigar a la Sultana, ya que a Marsilla premió. 160

ISABEL. ¡Premiar!… ¿Ignoras, cruel,que le dió muerte sañuda?

ADEL. Tú no le has visto, sin duda,entrar como yo en Teruel.

ISABEL. ¡Marsilla en Teruel!

ADEL. Sí.

ISABEL. Mira 165 si te engañas.

ADEL. Mal pudiera. Infórmate de cualquiera, y mátenme, si es mentira.

ISABEL. No es posible.—¡Ah! ¡sí! que siendomal, no es imposible nada. 170

ADEL. Por la villa alborotadatu nombre va repitiendo.

ISABEL. ¡Eterno Dios! ¡Qué infelicesnacimos!—¿Cuándo ha llegado?¿Cómo es que me lo han callado? 175—Y tú, ¿por qué me lo dices?

ADEL. Porque estás, a mi entender,en grave riesgo quizá.

ISABEL. Perdido Marsilla, ya¿qué bien tengo que perder? 180

ADEL. Con viva lástima escucho tus ansias de amor extremas; pero aunque tú nada temas, yo debo decirte mucho. Marsilla a mi Rey salvó 185 de unos conjurados moros, y el Rey vertió sus tesoros en él, y aquí le envió. El despreció la liviana inclinación de la infiel…. 190

ISABEL. ¡Oh! ¡Sí!

ADEL. Y airada con él vino, y se vengó villana contando su falso fin.

ISABEL. ¡Ella!

ADEL. Con una gavilla de bandidos, a Marsilla 195 detuvo, ya en el confín de Teruel, donde veloces corriendo en tropel armado, le hallamos a un tronco atado, socorro pidiendo a voces. 200

ISABEL. Calla, moro: no más.

ADEL. Pasa más, y es bien que te aperciba. —La Sultana fugitiva se ha refugiado en tu casa: en ésta.

ISABEL. ¡Aquí mi rival! 205

ADEL. Tu esposo la libertó.

ISABEL. ¡Ella donde habito yo!

ADEL. Guárdate de su puñal. Por celos allá en Valencia matar a Marsilla quiso. 210

ISABEL. A tiempo llega el aviso.

ADEL. Confirma tú la sentencia que justo lanzó el Amir. Por esa mujer malvada para siempre separada 215 de Marsilla has de vivir. Ella te arrastra al odioso tálamo de don Rodrigo. Envíala tú conmigo al que le apresta su esposo, 220 pena digna del ultraje que siente.

ISABEL. Sí, moro; salga pronto de aquí, no le valga el fuero del hospedaje. Como perseguida fiera 225 entró en mi casa: pues bien, al cazador se la den, que la mate donde quiera. Mostrarse de pecho blando con ella, fuera rayar 230 en loca: voy a mandar que la traigan arrastrando. Sean de mi furia jueces cuantas pierdan lo que pierdo. ¡Jesús! Cuando yo recuerdo 235 que hoy pude… ¡Jesús mil veces! No le ha de valer el llanto, ni el ser mujer, ni ser bella, ni reina. ¡Si soy por ella tan infeliz! ¡tanto, tanto!… 240 Dime, pues, di: tu señor, ¿qué suplicio le impondrá?

ADEL. Una hoguera acabarácon su delincuente amor.

ISABEL. ¡Su amor! ¡Amor desastrado! 245Pero es amor….

ADEL. Y ¿es bastanteesa razón?…

ISABEL. ¡Es mi amante tan digno de ser amado! Le vió, le debió querer en viéndole.—¡Y yo, que hacía 250 tanto que no le veía … y ya no le puedo ver! —Moro, la víctima niego que me vienes a pedir: quiero yo darle a sufrir 255 castigo mayor que el fuego: ella con feroz encono mi corazón desgarró … me asesina el alma … yo la defiendo, la perdono. (Vase.) 260

He perdido la ocasión. Suele tener esta gente acciones, que de un creyente propias en justicia son. Yo dejara con placer 265 este empeño abandonado; pero el Amir lo ha mandado, y es forzoso obedecer. (Vase.)

MARSILLA, por la ventana

Jardín … una ventana … y ella luego. Jardín abierto hallé y hallé ventana; 270 mas ¿dónde está Isabel?—Dios de clemencia, detened mi razón, que se me escapa; detenedme la vida, que parece que de luchar con el dolor se cansa. Siete días hace hoy, ¡qué venturoso 275 era en aquel salón! Sangre manaba de mi herida, es verdad; pero agolpados al rededor de mi lujosa cama, la tierna historia de mi amor oían los guerreros, el pueblo y el Monarca, 280 y entre piadoso llanto y bendiciones «tuya será Isabel» juntos clamaban súbditos y señor. Hoy no me ofende mi herida, rayos en mi diestra lanza el damasquino acero… No le traigo… 285 ¡Y hace un momento que con dos me hallaba! —Salvo en Teruel y vencedor, ¿qué angustia viene a ser ésta que me rinde el alma, cuando, acabada la cruel ausencia, voy a ver a Isabel?

ISABEL. Por fin se encarga 290 mi madre de Zulima.

MARSILLA. ¡Cielo santo!

ISABEL. ¡Gran Dios!

MARSILLA. ¿No es ella?

ISABEL. ¡Él es!

MARSILLA. ¡Prenda adorada!

ISABEL. ¡Marsilla!

MARSILLA. ¡Gloria mía!

ISABEL. ¿Cómo ¡ay! cómo te atreves a poner aquí la planta? Si te han visto llegar… ¿A qué has venido? 295

MARSILLA. Por Dios … que lo olvidé. Pero ¿no basta, para que hacia Isabel vuele Marsilla, querer, deber, necesitar mirarla? ¡Oh! ¡qué hermosa a mis ojos te presentas! Nunca te ví tan bella, tan galana… 300 Y un pesar sin embargo indefinible me inspiran esas joyas, esas galas. Arrójalas, mi bien; lana modesta, cándida flor, en mi jardín criada, vuelvan a ser tu virginal adorno: 305 mi amor se asusta de riqueza tanta.

ISABEL. (Aparte.¡Delira el infeliz! Sufrir no puedo su dolorida, atónita mirada.) ¿No entiendes lo que indica el atavío, que no puedes mirar sin repugnancia? 310 Nuestra separación.

MARSILLA. ¡Poder del cielo!Sí. ¡Funesta verdad!

ISABEL. Estoy casada.

MARSILLA. Ya lo sé. Llegué tarde. Ví la dicha,tendí las manos, y voló al tocarla.

ISABEL. Me engañaron: tu muerte supusieron 315Y tu infidelidad.

MARSILLA. ¡Horrible infamia!

ISABEL. Yo la muerte creí.

MARSILLA. Si tú vivías, y tu vida y la mía son entrambas una sola, no más, la que me alienta, ¿cómo de ti sin ti se separara? 320 Juntos aquí nos desterró la mano que gozo y pena distribuye sabia: juntos al fin de la mortal carrera nos toca ver la celestial morada.

ISABEL. ¡Oh! ¡si me oyera Dios!…

MARSILLA. Isabel, mira, 325 yo no vengo a dar quejas: fueran vanas. Yo no vengo a decirte que debiera prometerme de ti mayor constancia, cumplimiento mejor del tierno voto que invocando a la Madre inmaculada, 330 me hiciste amante la postrera noche que me apartó de tu balcón el alba. «Para ti (sollozando me decías), o si no, para Dios.»—¡Dulce palabra, consoladora fiel de mis pesares 335 en los ardientes páramos del Asia y en mi cautividad! Hoy ni eres mía, ni esposa del Señor. Di, pues, declara (esto quiero saber) de qué ha nacido el prodigio infeliz de tu mudanza. 340 Causa debe tener.

ISABEL. La tiene.

MARSILLA. Grande.

ISABEL. Poderosa, invencible: no se casa quien amaba cual yo, sino cediendo a la fuerza mayor en fuerza humana.

MARSILLA. Dímelo pronto, pues, dilo.

ISABEL. Imposible. 345No has de saberlo.

MARSILLA. Sí.

ISABEL. No.

MARSILLA. Todo.

ISABEL. Nada. Pero tú en mi lugar también el cuello dócil a la coyunda sujetaras.


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