—Pero ¿y V.? exclamó la joven con viveza.
—¿No he dicho ya que me quedaré aquí?
—Sí, pero entonces caerá V. en sus manos y será V. asesinado inevitablemente.
—¡Puede ser! respondió el cazador con inexplicable expresión de melancolía; pero al menos mi muerte habrá servido para algo, puesto que habrá salvado a VV.
—Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta. Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han de pasar así. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo terminarle yo solo a mi manera. Márchese V. con la señorita, entréguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y él le pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi promesa dando mi vida por doña Carmela.
—¡Nunca consentiré en ello! exclamó enérgicamente la joven.
—¡Silencio! dijo el mestizo interrumpiéndola bruscamente, márchense, márchense, que no se puede perder un solo instante.
Y a pesar de la resistencia de la joven, la levantó en sus robustos brazos y se la llevó corriendo hacia los matorrales.
Carmela comprendió que nada podría alterar la resolución del mestizo y se resignó.
El cazador aceptó el sacrificio de Lanzi con la misma sencillez con que había ofrecido el suyo, pues la conducta del mestizo le parecía muy natural. Así pues, no opuso la más leve objeción y se ocupó con actividad en preparar los caballos.
—Ahora márchense VV., dijo el mestizo tan luego como el cazador y la joven estuvieron a caballo, márchense, ¡y sea lo que Dios quiera!
—¿Y V., amigo mío? dijo todavía Carmela.
—Yo, respondió el mestizo moviendo la cabeza con expresión indiferente, aún no he caído en poder de esos diablos rojos. ¡Vamos, en marcha!
Y en seguida, para cortar toda conversación, sacudió un zendo latigazo a los caballos. Los nobles animales arrancaron a galope, y muy luego desaparecieron de su vista.
El pobre hombre lanzó un suspiro tan luego como se hubo quedado solo.
—¡Ah! murmuró con tristeza, esta vez mucho me temo que todo haya concluido para mí. Pero no importa, ¡qué diablo! Lucharé hasta el fin, y si los indios me cogen, su trabajillo les ha de costar.
Después de haber adoptado esta determinación enérgica, que pareció le restituía todo su valor, el buen mestizo montó a caballo y se mantuvo dispuesto a obrar.
Los Apaches se acercaban con un ruido semejante al estampido de un trueno prolongado.
Ya se podían distinguir vagamente sus negras siluetas que se perfilaban en la sombra.
Lanzi cogió la brida con los dientes, agarró una pistola con cada mano, y cuando juzgó propicio el momento, clavó las espuelas en los ijares de su caballo y se lanzó a escape tendido al encuentro de los pieles rojas, cortándolos en diagonal.
Cuando hubo llegado cerca de ellos, descargó sus armas en medio del grupo, lanzó un grito de reto y continuó huyendo con creciente rapidez.
Entonces sucedió lo que el mestizo había previsto. Sus tiros habían sido certeros: dos Apaches cayeron con el pecho atravesado de parte a parte. Los indios, furiosos al ver aquel ataque audaz que estaban muy lejos de esperar por parte de un solo hombre, lanzaron un grito de coraje y se precipitaron en seguimiento suyo.
Ya lo hemos dicho: esto era lo que quería Lanzi.
—¡Eso es! dijo al ver el buen éxito de su treta, ya están reunidos, y no hay que temer que se desparramen por la llanura; los otros están salvados. En cuanto a mí... ¡bah! ¿Quién sabe?
Carmela y el cazador solo se habían librado de los Apaches para caer en medio de los jaguares; pero ya hemos visto como se salvaron, merced al auxilio de Tranquilo.
Tranquilo había escuchado atentamente la narración de la joven, con la cabeza baja y el entrecejo fruncido; cuando Carmela calló, la miró un momento con expresión interrogadora.
—¿Y es eso todo? le preguntó.
—Todo, contestó Carmela con timidez.
—¿Y de Lanzi, de mi pobre Lanzi, no han tenido VV. más noticias?
—Ninguna. Hemos oído dos tiros, el galope furioso de varios caballos, el grito de guerra de los Apaches, y luego todo ha vuelto a quedar silencioso.
—¿Qué habrá sido de él? murmuró con tristeza el tigrero.
—Es un hombre resuelto, y me parece que conoce la vida del desierto, repuso Corazón Leal.
—Sí, replicó Tranquilo; pero está solo.
—Es verdad, dijo el cazador, y solo contra cincuenta quizás.
—¡Oh! exclamó el canadiense, daría diez años de mi vida por tener noticias suyas.
—¡Cáspita, compadre! exclamó una voz gozosa, yo se las traigo a V. muy fresquitas, y nada le pido por ellas.
Los circunstantes no pudieron menos de estremecerse al oír aquella voz, y se volvieron con viveza hacia el lado en que había sonado.
Apartáronse las ramas y apareció un hombre.
Era Lanzi.
El mestizo parecía estar tan tranquilo y tan descansado como si nada le hubiese sucedido; solo que su semblante, por lo general frío y aún de mal gesto, tenía una expresión de alegría burlona inexplicable, sus ojos chispeaban, y una sonrisa irónica vagaba por sus labios.
—¡Pardiez! amigo mío, dijo Tranquilo tendiéndole la mano, sea V. mil veces bienvenido entre nosotros: estábamos con suma inquietud por su suerte.
—Doy a V. gracias, compadre; pero, afortunadamente para mí, el peligro no era tan inminente como se hubiera podido suponer, y he conseguido desembarazarme con bastante facilidad de esos demonios de Apaches.
—¡Tanto mejor! Importa muy poco la manera en que haya V. conseguido escaparse. Está V. sano y salvo, y eso es lo principal. Ahora que estamos reunidos, ya pueden venir si gustan, que encontrarán con quien entenderse.
—No harán tal. Además, tienen otra cosa que hacer en este momento.
—¿Eso cree V.?
—Estoy seguro de ello. Han visto un campamento de soldados mejicanos que van escoltando una conducta de plata, y como es natural, intentan apoderarse de ella, tanto que a esa circunstancia enteramente fortuita debo yo en parte mi salvación.
—¡Eh! Tanto peor para los mejicanos, dijo con indiferencia el canadiense, cada cual para sí y Dios para todos. Que se arreglen como puedan, que no nos importan sus asuntos.
—Eso mismo pienso yo.
—Todavía nos quedan tres horas de noche: aprovechémoslas para descansar, con el fin de estar dispuestos para encaminarnos a la hacienda en cuanto salga el sol.
—El consejo es bueno y debe seguirse, dijo Lanzi, quien se tendió inmediatamente con los pies junto al fuego, se envolvió en su zarapé y cerró los ojos.
Corazón Leal, que sin duda opinaba del mismo modo, siguió su ejemplo.
En cuanto a Quoniam, después de haber desollado concienzudamente los tigres y sus cachorros, se había tendido delante del fuego, y hacía dos horas que dormía con un sueño profundo y con esa indiferencia indolente que caracteriza a la raza negra.
Tranquilo se volvió entonces hacia Carmela. La joven estaba sentada a pocos pasos de él; miraba al fuego con ademán pensativo y en sus ojos brillaban algunas lágrimas.
—¡Vamos, niña! le dijo el canadiense con dulzura, ¿qué haces ahí? Debes estar molida de cansancio; ¿por qué no tratas de descansar un rato?
—¿Para qué? murmuró Carmela con tristeza.
—¿Para qué? repuso con viveza el tigrero, a quien el acento de la joven hizo estremecer; ¿para qué ha de ser? Para que recobres tus fuerzas.
—Déjeme V. velar, padre; no podría dormir por mucho cansancio que tenga; el sueño huiría de mis párpados.
El canadiense la examinó un instante con la mayor atención, y luego moviendo la cabeza con visible preocupación, dijo:
—¿Qué significa eso?
—Nada, padre mío, respondió Carmela procurando sonreír.
—¡Niña! ¡Niña! murmuró Tranquilo, ¡aquí hay algo! Yo no soy más que un pobre cazador, muy ignorante respecto de las cosas del mundo y sin malicia alguna. Pero te quiero, hija mía, y mi corazón me dice que sufres.
—¡Yo! exclamó Carmela haciendo un gesto negativo.
Pero de improviso prorrumpió en llanto, y reclinándose en el pecho leal del cazador, ocultó allí su cabeza y murmuró con voz ahogada:
—¡Ah! ¡Padre! ¡Padre! ¡Soy muy desgraciada!
Tranquilo, al oír esta exclamación arrancada por la fuerza del dolor, se enderezó como si una serpiente le hubiese picado; sus ojos chispearon, fijó en la joven una mirada impregnada en amor paternal, y obligándola suavemente a que le mirase de frente, exclamó con ansiedad:
—¿Desgraciada, tú, Carmela? ¡Qué ha pasado, Dios mío!
La joven, haciendo un esfuerzo supremo, logró calmarse; sus facciones recobraron su habitual mansedumbre, enjugó sus lágrimas, y sonriendo al cazador que la miraba con inquietud, le dijo con voz zalamera:
—Perdóneme V., padre mío, estoy loca.
—¡No, no! respondió Tranquilo moviendo la cabeza a uno y otro lado, no estás loca, hija mía, solo que me ocultas algo.
—¡Padre mío! dijo Carmela ruborizándose y bajando los ojos muy confusa.
—Sé franca conmigo, chiquilla; ¿no soy por ventura tu mejor amigo?
—¡Es verdad!
—¿Me he negado nunca a satisfacer tus más mínimos caprichos?
—¡Oh! ¡Nunca!
—¿Me has encontrado alguna vez demasiado severo para ti?
—¡No por cierto!
—Pues bien, ¿entonces por qué no me confiesas francamente lo que te atormenta?
—Es que... murmuró Carmela vacilando.
—¿Vamos, qué? dijo el cazador con voz insinuante.
—No me atrevo.
—Según eso, ¿es cosa muy difícil de decir?
—Sí.
—¡Bah! Sigue hablando, chiquilla. ¿Dónde has de encontrar un confesor tan indulgente como yo?
—En ninguna parte, ya lo sé.
—Pues entonces habla.
—Es que temo que V. se enfade.
—Más me harás enfadar si te obstinas en guardar silencio.
—Pero...
—Escucha. Carmela, tú misma, al referirnos, hace un momento, todo lo que ha pasado hoy en la venta, confesaste que habías querido venir a buscarme a donde quiera que me encontrase y en esta misma noche; ¿es verdad, sí o no?
—Sí, padre mío.
—Pues bien, heme aquí, ya escucho; además, si lo que tienes que decirme es tan importante como me das margen a suponerlo, creo que harás muy bien en darte prisa.
La joven se estremeció, dirigió una mirada al cielo cuyas sombras comenzaban a teñirse con fajas blanquecinas, y toda vacilación desapareció entonces de su semblante.
—Tiene V. razón, padre mío, dijo con voz firme. Tengo que hablar a V. de un asunto de la mayor importancia, y quizás lo haya retrasado ya en demasía, porque es cosa de vida o muerte.
—¡Me asustas!
—Escuche V.
—Habla, hija, habla sin temor, y cuenta con el cariño que te tengo.
—Cuento con eso, padre mío, y todo lo sabrá V.
—Bien.
Carmela pareció que se recogía un instante; luego dejando caer su manita en la ruda y ancha mano de su padre, mientras que sus largas y sedosas pestañas se bajaban tímidamente para velar su mirada, comenzó a hablar con voz débil al pronto, pero que muy luego se serenó y se tornó firme y clara.
—Lanzi le ha dicho a V. que el encuentro de una conducta de plata acampada a poca distancia del sitio en que nos hallamos, le había ayudado a librarse de la persecución de los indios. Padre mío, esa conducta de plata pernoctó anoche en la venta; el capitán que manda la escolta es uno de los oficiales más distinguidos del ejército mejicano; en varias ocasiones ha oído V. hablar de él con elogio, y aún creo que le conoce V. personalmente: se llama D. Juan Melendez de Góngora.
—¡Ah! dijo Tranquilo.
La joven se detuvo palpitante.
—Continúa, repuso el canadiense con dulzura.
Carmela le miró de reojo, vio que se sonreía, y se decidió a hablar.
—La casualidad ha llevado ya varias veces al capitán Melendez a la venta. Es todo un caballero, amable, cortés, fino, atento, y nunca hemos tenido la más mínima queja de él, como se lo dirá a V. Lanzi.
—Estoy convencido de ello, hija mía: el capitán Melendez es tal como me lo pintas.
—¿Verdad que sí? dijo la joven con viveza.
—Sí, es todo un caballero. Desgraciadamente hay muy pocos oficiales como él en el ejército mejicano.
—Esta mañana se puso en marcha la conducta de plata, escoltada por el capitán y sus soldados. Dos o tres individuos de mala catadura se habían quedado en la venta. Estuvieron viendo marchar a los soldados con una sonrisa burlona; luego se sentaron a la mesa, se pusieron a beber y quisieron principiar a hablarme de una manera poco decente y a decirme ciertas palabras que una muchacha honrada nunca debe escuchar, llegando hasta el extremo de amenazarme.
—¡Ah! exclamó Tranquilo interrumpiéndola y frunciendo el entrecejo; ¿y conoces a esos tunos?
—No, padre mío; son de esos merodeadores de las fronteras como hay tantos por aquella parte; pero, aunque los he visto varias veces, ignoro sus nombres.
—Poco importa; no te dé cuidado, que yo los descubriré.
—¡Oh! Padre mío, haría V. mal en atormentarse por eso, se lo juro.
—Bueno, bueno, eso es cuenta mía.
—Afortunadamente para mí, en aquel intermedio llegó un jinete cuya presencia bastó para imponer silencio a los tales hombres y obligarles a ser de nuevo lo que siempre debieran haber sido conmigo, es decir, atentos y respetuosos.
—Y sin duda, dijo el canadiense, ese jinete que llegó tan oportunamente para ti, sería algún amigo tuyo.
—Solo un conocido, padre mío, dijo Carmela ruborizándose levemente.
—¡Ah! Muy bien.
—Pero es muy amigo de V., al menos así lo supongo.
—¡Ya! Y de ese ¿sabes el nombre, hija mía?
—¡Sí por cierto!
—¿Y cuál es? Si no te disgusta demasiado decírmelo.
—Nada de eso. Se llama el Jaguar.
—¡Oh! ¡Oh! repuso el cazador frunciendo el entrecejo, ¿qué podía tener que hacer en la venta?
—No lo sé, padre. Dijo algunas palabras en voz baja a los hombres de quienes he hablado a V., estos se levantaron inmediatamente de la mesa, montaron a caballo y se alejaron a galope sin hacer la más mínima observación.
—¡Es singular! murmuró el canadiense.
Hubo un momento de silencio bastante prolongado. Tranquilo reflexionaba profundamente: era evidente que buscaba la solución de un problema que sin duda le parecía muy difícil de resolver.
Al fin levantó la cabeza y preguntó a la joven:
—¿No tenías que decirme más que eso? Hasta ahora nada extraordinario veo en lo que me has contado.
—Aguarde V., dijo Carmela.
—¡Ah! ¿Entonces no has concluido?
—Todavía no.
—Bueno, continúa.
—Aunque el Jaguar habló en voz muy baja con aquellos hombres; sin embargo, por algunas palabras que oí... sin querer, se lo juro a V., padre mío...
—Estoy persuadido de ello. ¿Y qué adivinaste por esas pocas palabras?
—Es decir, creí comprender...
—Es lo mismo: sigue.
—Creí comprender que hablaban de la conducta de plata.
—Y por consiguiente, del capitán Melendez, ¿verdad?
—Sí, y aún estoy segura de que pronunciaron su nombre.
—Eso es. Y entonces supusiste que el Jaguar tenía intención de atacar la conducta y dar muerte al capitán, ¿verdad?
—¡No digo eso, padre mío! repuso la joven balbuceando y muy desconcertada.
—No, pero lo temes.
—¡Dios mío! repuso Carmela con cierto gestecillo de mal humor, ¿no es natural que me interese por un valiente oficial que...?
—Es muy natural, hija mía, no te lo censuro; aun diré más, y es que, según creo, tus suposiciones se acercan mucho a la verdad; con que así no te enfades.
—¿Lo cree V., padre? exclamó la joven juntando las manos con terror.
—Es muy probable, repuso tranquilamente el canadiense. Pero sosiégate, hija mía, añadió con tono bondadoso; aunque hayas tardado acaso demasiado en hablarme, quizás lograré apartar el peligro que en este momento amenaza al hombre por quien tanto te interesas.
—¡Oh! Haga V. eso, padre mío, ¡se lo suplico!
—Al menos pondré los medios, hija; he ahí lo único que puedo prometerte por ahora. Pero y tú, ¿qué vas a hacer?
—¿Yo?
—Sí, ¿mientras mis compañeros y yo intentemos salvar al capitán?
—Seguiré a VV., padre mío, si V. me lo permite.
—Corriente, porque yo también creo que lo más prudente será eso. ¿Con que profesas al capitán tanto afecto, puesto que tan ardientemente deseas salvarle?
—¿Yo, padre mío? respondió la joven con entera franqueza, nada de eso, solo que me parece que sería espantoso dejar matar a un oficial valiente cuando se le puede salvar.
—¿Entonces aborreces al Jaguar, sin duda alguna?
—No por cierto, padre: a pesar de su carácter exaltado, me parece que tiene un corazón noble, y aún V. mismo le estima, lo cual es para mí la razón más poderosa. Lo que me hace padecer es ver en abierta oposición a dos hombres que, si se conociesen, estoy persuadida de que muy pronto simpatizarían mutuamente, y por eso no quisiera que hubiese sangre derramada entre ambos.
Estas palabras fueron pronunciadas por la joven con tan cándida franqueza que el canadiense permaneció algunos instantes completamente atónito; el leve destello de verdad que creía haber percibido, se le escapaba de improviso sin que le fuese posible explicarse como había desaparecido; ya nada comprendía en la conducta de Carmela, ni en los motivos que la impulsaban a obrar; pues no había razón alguna para desconfiar de su buena fe en cuanto había dicho.
Después de haber mirado atentamente a la joven durante un momento, movió dos o tres veces la cabeza como un hombre completamente desorientado, y sin añadir una palabra, se dispuso a despertar a sus compañeros.
Tranquilo era uno de los cazadores más experimentados de los bosques de la América del Norte, todos los secretos del desierto le eran conocidos; pero ignoraba por completo ese gran misterio que se llama el corazón de las mujeres, misterio tanto más difícil de penetrar cuanto que las mismas mujeres le ignoran casi siempre, pues por lo general obran bajo la impresión del momento, bajo el dominio de la pasión y sin segunda intención.
El canadiense en pocas palabras puso a sus compañeros al corriente de su proyecto, y estos, según él lo esperaba, no opusieron objeción alguna y se dispusieron a seguirle.
Diez minutos después montaban a caballo y abandonaban el campamento en pos de Lanzi que les servía de guía.
En el momento en que desaparecían bajo la enramada, el búho hizo resonar su grito matutino, precursor de la salida del sol.
—¡Dios mío! murmuró Carmela con angustioso acento, ¿llegaremos a tiempo?
Cuando el Jaguar se marchó de la venta del Potrero, iba poseído de extremada agitación; las palabras de la joven resonaban en su oído con un acento irónico y burlón; la última mirada que le había dirigido le perseguía como un remordimiento: el joven se arrepentía amargamente de haber interrumpido de una manera tan brusca su conversación con Carmela, estaba descontento de la manera en que había respondido a sus súplicas, en fin, se hallaba en la mejor disposición de ánimo imaginable para cometer uno de los actos de crueldad a que con sobrada frecuencia le había arrastrado su carácter violento y que habían marcado su fama con un sello vergonzoso, actos que se arrepentía en extremo de haber cometido cuando era ya demasiado tarde.
Corría a escape tendido por medio de la pradera, ensangrentando con las espuelas los ijares de su caballo, que se encabritaba a impulso del dolor, profiriendo maldiciones ahogadas, y dirigiendo en torno suyo unas miradas tan feroces como las de una fiera cuando anda en busca de una presa.
Hubo un momento en que tuvo intenciones de volver a la venta, arrojarse a los pies de la joven, y reparar, en una palabra, la falta que le hiciera cometer la pasión sorda que le agitaba, prescindiendo de toda clase de celos y poniéndose completamente a disposición de Carmela para cuanto se le antojase mandarle.
Pero, como suele suceder con la mayor parte de las buenas resoluciones, ésta no tuvo más que la duración de un relámpago. El Jaguar reflexionó, y con la reflexión volvieron la duda y los celos, y como consecuencia inmediata, un nuevo furor más insensato y más loco que el primero.
El joven fue galopando así durante mucho tiempo sin seguir, al parecer, ninguna dirección determinada; sin embargo, de vez en cuando y a largos intervalos se paraba, se empinaba sobre los estribos, exploraba la llanura con una mirada de águila, y luego volvía a arrancar a rienda suelta.
Hacia las tres de la tarde se adelantó a la conducta de plata; pero como la había visto desde lejos, le fue fácil evitar su encuentro, oblicuando levemente a la derecha y metiéndose por medio de un poblado bosque que le hizo ser invisible durante un espacio de tiempo suficiente para que no temiese ser descubierto por los exploradores destacados a vanguardia.
Sin embargo, una hora próximamente antes de la puesta del sol, el joven, que por centésima vez acababa de pararse con el fin de explorar los alrededores, lanzó un grito de júbilo contenido: por fin iba a reunirse con aquellos a quienes tanta prisa tenía de alcanzar.
A unos quinientos pasos del sitio en que el Jaguar estaba parado en aquel momento, una partida de treinta a treinta y cinco jinetes seguía en buen orden la senda calificada con el pomposo nombre de carretera que cruzaba la pradera.
Aquella partida, compuesta en su totalidad de blancos, según era fácil conocerlo por sus trajes, parecía que ostentaba en su marcha cierto aspecto militar. Además, todos aquellos jinetes iban ampliamente provistos de armas de todas clases.
Al comenzar la presente narración, mencionamos a varios jinetes que se hallaban próximos a desaparecer a lo lejos cuando los dragones salían de la venta del Potrero: eran precisamente los que el Jaguar acababa de ver.
El joven se llevó las dos manos abiertas a la boca para formar una especie de bocina, y por dos veces lanzó un grito agudo, estridente y prolongado.
Aunque la partida se hallaba en aquel momento bastante lejos, al oír la señal, los jinetes se detuvieron como si los pies de sus caballos se hubiesen clavado súbitamente al suelo.
El Jaguar se inclinó entonces sobre su silla, hizo saltar a su caballo por encima de los matorrales, y en pocos minutos llegó junto a aquellos que se habían detenido para esperarle.
El joven fue acogido con gritos de júbilo, y todos los circunstantes se estrecharon en torno suyo dando muestras del mayor interés.
—Gracias, amigos míos, dijo el joven, gracias por las pruebas de simpatía que me dais; pero os ruego que me concedáis un momento de atención, pues el tiempo urge.
Restablecióse el silencio como por encanto; pero las miradas chispeantes que se fijaban en el joven revelaban a las claras que la curiosidad, no por ser muda, era menos ardiente.
—No se había V. equivocado, John, continuó el Jaguar dirigiéndose a uno de los individuos colocados más cerca de él, la conducta de plata viene detrás de nosotros: no la llevamos más que tres o cuatro horas de delantera. Según me lo había V. advertido, viene escoltada, y la prueba de que atribuyen mucha importancia a su seguridad es que la escolta la manda el capitán Melendez.
Al oír esta noticia, los oyentes hicieron un gesto de desagrado.
—¡Paciencia! repuso el Jaguar con una sonrisa burlona; donde no basta la fuerza queda la astucia. El capitán Melendez es todo un valiente y un hombre de experiencia, convengo en ello; pero y nosotros ¿no somos también valientes? ¿La causa que defendemos no es bastante hermosa para excitarnos a proseguir de todos modos nuestra empresa?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Hurra! ¡Hurra! exclamaron todos los circunstantes blandiendo sus armas con entusiasmo.
—John, V. ha entablado ya relaciones con el capitán, le conoce a V. Quédese aquí con otro de nuestros amigos, y déjense coger prisioneros los dos. Confío en VV. para disipar las sospechas que pueda abrigar la mente del capitán.
—Descuide V., yo me encargo de ello.
—Muy bien. Solo que le aconsejo a V. se ande con cuidado con él, porque es rudo adversario.
—¡Ah! ¿De veras?
—Sí. ¿Sabe V. quien le acompaña?
—No por cierto.
—Fray Antonio.
—¡Vive Dios! ¿Qué me dice V.? ¡Diantre! Hace V. bien en avisarme.
—¡Ya lo veo!
—¡Oh! ¡Oh! ¿Querrá por ventura ese fraile maldito hacernos mal tercio?
—Mucho lo temo. Ese hombre, como V. sabe, se halla relacionado con todas las gentes de mal vivir, sean del color que quieran, que vagan por el desierto, y aún pasa por ser uno de sus jefes. Puede muy bien habérsele ocurrido la idea de apropiarse la conducta de plata.
—¡Vive Dios! Yo lo impediré. Confíe V. en mí: le conozco muy bien, y hace demasiado tiempo, para que él quiera ponerse en abierta oposición conmigo. Si se atreviese a intentarlo, yo sabría reducirle a la impotencia.
—Está muy bien. Ahora, en cuanto haya V. obtenido los últimos datos que necesitamos para obrar, no pierda V. un solo instante para volver a reunirse con nosotros, porque estaremos casi contando los minutos hasta su regreso.
—Queda convenido. ¿El punto de reunión sigue siendo la barranca del Gigante?
—Sí
—Una palabra todavía.
—Diga V. pronto.
—¿Y el Zorro-Azul?
—¡Diablo! Me le hace V. recordar, que ya le había olvidado.
—¿Debo aguardarle?
—Sí por cierto.
—¿Entraré en tratos con él? Ya sabe V. que se puede fiar muy poco en la palabra de los Apaches.
—¡Es verdad! repuso el joven con ademán pensativo; sin embargo, nuestra posición, en este momento, es en extremo difícil. Estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, por decirlo así: nuestros amigos vacilan; todavía no se atreven a decidirse en favor nuestro, mientras que nuestros enemigos, por el contrario, levantan la cabeza, cobran ánimo y se disponen a atacarnos con vigor. Aunque a mi corazón le repugna semejante alianza, es evidente para mí que si los Apaches consienten en ayudarnos de una manera franca y decidida, su auxilio nos será muy útil.
—Tiene V. razón. En la situación en que nos encontramos, desterrados de la sociedad, perseguidos como fieras, acaso fuera imprudente rechazar la alianza que nos proponen los pieles rojas.
—En fin, amigo mío, doy a V. carta blanca; los acontecimientos le inspirarán la mejor manera de obrar. Confío por completo en la inteligencia y adhesión de V.
—No se arrepentirá V. de ello.
—Ahora separémonos, y ¡buena suerte!
—Adiós, hasta la vista.
—Hasta mañana.
El Jaguar hizo una señal postrera de despedida a su amigo o a su cómplice, según le plazca al lector denominarle, se colocó a la cabeza de la partida y arrancó a galope.
Este John no era sino John Davis el mercader de esclavos a quien sin duda recordará el lector haber visto aparecer en los primeros capítulos de la presente historia. El cómo le encontramos en Tejas formando parte de una partida deoutlaws,y de perseguidor convertido a su vez en perseguido, sería cosa sobrado larga de explicar en este momento; pero nos reservamos dar acerca de esto al lector la correspondiente satisfacción cuando sea ocasión oportuna.
John y su compañero se dejaron coger prisioneros por los exploradores del capitán Melendez, sin cometer la falta de oponer la más leve resistencia. Ya hemos referido en un capítulo anterior la manera en que se habían conducido en el campo mejicano. No volveremos a ocuparnos de estos hechos y seguiremos al Jaguar.
El joven parecía ser y era, en efecto, el jefe de los jinetes a cuyo frente cabalgaba.
Estos individuos pertenecían todos a la raza anglo-sajona; es decir, todos ellos eran norteamericanos.
Ahora bien: ¿qué oficio ejercían? Uno muy sencillo.
Por el momento eran insurgentes. Llegados la mayor parte de ellos a Tejas en la época en que el gobierno mejicano había autorizado la emigración americana, se fijaron en el país, lo colonizaron y lo desmontaron; en resumen, concluyeron por considerarle como una nueva patria.
Cuando el gobierno de Méjico inauguró el sistema de vejaciones de que ya no había de apartarse, aquellas buenas gentes abandonaron el azadón y el pico para empuñar el rifle; montaron a caballo y se pusieron en abierta insurrección contra un opresor que quería arruinarlos y desposeerlos.
Varias partidas de insurgentes se formaron así de improviso en diferentes puntos del territorio de Tejas, luchando valerosamente contra los mejicanos en cuantas partes los encontraban. Desgraciadamente para ellos, aquellas partidas estaban aisladas; ningún vínculo las unía con otras para formar un contingente compacto y temible; obedecían a jefes independientes unos de otros, que todos querían mandar sin consentir en doblegar su voluntad bajo otra superior y única, medio exclusivo, sin embargo, para obtener resultados positivos y conquistar esa independencia que, en el ánimo de las personas más ilustradas del país, era considerada aún como una utopía por razón de tan malhadada desunión.
Los jinetes a quienes hemos puesto en escena se habían colocado bajo las órdenes del Jaguar, quien, no obstante su juventud, tenía una fama de valiente, prudente y hábil, harto sólidamente establecida en toda la comarca para que su solo nombre no inspirase terror a los enemigos con quienes la casualidad le hiciese tropezar.
Los acontecimientos sucesivos probarán que los colonos, al elegirle por jefe, no se habían equivocado respecto de él.
El Jaguar era realmente el jefe que tales hombres necesitaban; era joven y hermoso, y se hallaba dotado de esa fascinación que improvisa los reyes. Hablaba poco; pero cada frase suya dejaba un recuerdo.
Había comprendido lo que sus compañeros esperaban de él, y había realizado prodigios, porque, como sucede siempre con las almas que han nacido para ejecutar cosas grandes, almas que se van elevando y permanecen constantemente al nivel de los sucesos, su posición, al ensancharse, había hecho más vasta su inteligencia, por decirlo así; su golpe de vista se había tornado infalible, su voluntad era de hierro; se identificó tan bien con su nueva posición, que ya no se dejó dominar ni avasallar por ningún sentimiento humano; su rostro fue de mármol para la alegría lo mismo que para el dolor; el entusiasmo de sus compañeros en ciertas ocasiones no alcanzaba a hacer pasar por sus facciones ni una llamarada ni una sonrisa.
El Jaguar no era un ambicioso vulgar; le hacía padecer el desacuerdo que reinaba entre los insurgentes; anhelaba obtener una fusión que había llegado a ser indispensable, y trabajaba con todo su poder para llevarla a cabo; en una palabra, ¡el joven tenía fe! Creía, porque, a pesar de las innumerables faltas cometidas desde el principio de la insurrección por los colonos de Tejas, había conocido tanta vitalidad en aquella obra de libertad tan mal dirigida hasta entonces, que concluyó por comprender que en toda cuestión humana hay algo más poderoso que la fuerza, el valor y aún el genio, y es la idea cuyo tiempo ha llegado, cuya hora ha sonado en el reloj de Dios. Entonces, olvidando toda preocupación, esperó y confió en un porvenir seguro.
Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su partida, el Jaguar inauguró una táctica que hasta entonces había triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada en el vacío, con los ojos inútilmente fijos en todos los puntos del horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en realidad ni formalmente por fuerzas respetables: éste fue el plan que el Jaguar inauguró contra los mejicanos, a quienes enervó así en esa fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad más temible para los que tienen de parte suya a la fuerza.
Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tenía bajo su mando eran más temidos por el gobierno mejicano que todas las demás fuerzas reunidas de los insurgentes.
Así pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les precedía, y su sola aproximación introducía el desorden entre las tropas enviadas contra ellos.
El Jaguar aprovechaba hábilmente sus ventajas para intentar las expediciones más aventuradas y los golpes de mano más temerarios. El que en aquel momento meditaba era uno de los más atrevidos que había concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar la conducta de plata y coger prisionero al capitán Melendez, oficial a quien con razón consideraba como a uno de sus adversarios más temibles, y con el cual, por esto mismo, ardía en deseos de medir sus fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta acción audaz daría al instante mucho lauro a la insurrección y le atraería numerosos partidarios.
El Jaguar, después de haber dejado detrás de sí a John Davis, se adelantó con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en el horizonte con un color oscuro, y en el cual se proponía acampar aquella noche, pues no podía llegar a la barranca del Gigante hasta el siguiente día muy tarde. Además, quería quedarse cerca de los dos hombres que había destacado como exploradores, con el fin de hallarse más pronto al corriente del resultado de sus operaciones.
Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y desaparecieron inmediatamente bajo la enramada.
Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequeña colina que dominaba el paisaje, mandó hacer alto y echar pie a tierra, y dio la orden de acampar.
En el desierto se organiza muy pronto un campamento.
A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los caballos, se colocan los centinelas para velar por la común seguridad, luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus mantas y todo está dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente bajo la celeste bóveda como los habitantes de las ciudades en el seno de sus suntuosas moradas.
Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvió a sentarse junto al fuego y quedó sumido en serias meditaciones.
Trascurrió la noche entera sin que hiciese el movimiento más leve, y sin embargo no dormía; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones de la hoguera que acababa de consumirse lentamente.
¿Cuáles eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacían fruncir el entrecejo?
Nadie hubiera podido decirlo.
¡Quizás viajaba por la región de las quimeras, quizás soñaba despierto, halagándose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte años, que son tan embriagadoras y tan engañosas!
De pronto se estremeció y se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.
En aquel momento aparecía el sol en el horizonte y comenzaba a disipar lentamente las tinieblas.
El joven inclinó el cuerpo hacia adelante y escuchó.
Oyóse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, gritó con voz breve y acentuada.
—¿Quién vive?
—¡Amigo! respondió otra voz desde más lejos.
El Jaguar se estremeció, y hablando consigo mismo, murmuró:
—¡Tranquilo aquí! ¿Por qué razón me buscará?
En seguida se lanzó en la dirección en que suponía que había de encontrar al cazador de tigres.
Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compañeros, a quienes en un capítulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una bala junto a sus oídos, se atrincheraron instintivamente detrás de unas rocas y unos troncos de árbol.
Tan luego como hubieron adoptado esta precaución indispensable contra sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas partes una mirada investigadora.
Así permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el más leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra ellos hubiese de reproducirse.
Poseídos de la más viva inquietud, sin saber a qué atribuir aquella agresión ni qué enemigos tendrían que temer, los tres hombres ignoraban qué partido deberían adoptar, y cómo podrían salir de una manera honrosa de la posición apurada en que la casualidad les había colocado de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se resolvió por fin a ir de descubierta.
Sin embargo, como el jefe temía, y con razón, caer en algún lazo hábilmente preparado para apoderarse de él y de sus compañeros sin disparar un tiro, antes de alejarse juzgó prudente adoptar las precauciones más minuciosas.
Los indios tienen merecida nombradía por su astucia. Obligados, por razón de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo de las facultades físicas con que les ha dotado la Providencia, su oído, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos plagiarios. Pero como tienen a su disposición, en ventaja sobre los animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina, si nos es lícito emplear esta expresión, que les hace ejecutar cosas sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad excede de los límites de lo posible.
Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro cuyas páginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca se equivoquen ni siquiera vacilen.
El Zorro-Azul, aunque era todavía muy joven, había adquirido ya merecida nombradía de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasión presente, rodeado, según toda probabilidad, de enemigos invisibles cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le servía de escondite vigilaban atentamente todos sus movimientos, se preparó con mayor prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus proyectos.
Después de haber convenido con sus dos compañeros una señal para el caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembarazó de su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido entorpecer sus movimientos, se despojó de todos los adornos que cubrían su cabeza, su cuello y su pecho, y no conservó más que sumitasse, especie de calzón de dos pedazos que baja hasta los tobillos, está cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas por medio de una correa de piel de gamo sin curtir.
Cuando estuvo así, casi desnudo, se revolcó varias veces en la arena para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colgó del cinto sutomahawky su cuchillo de desollar, armas de que nunca se separa un indio; cogió su rifle con la mano derecha, y después de haber hecho una seña postrera de despedida a sus compañeros que observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendió en el suelo y comenzó a arrastrarse como una culebra por entre la crecida yerba.
Aunque hacía ya mucho tiempo que había salido el sol y derramaba con profusión sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida del Zorro-Azul se efectuó con tanto cuidado, que ya estaba lejos en la llanura cuando sus compañeros le juzgaban todavía muy cerca; ni un átomo de yerba se había agitado con su paso, ni un guijarro había rodado bajo sus pies.
De vez en cuando el piel roja se detenía, exploraba los alrededores con una mirada penetrante, y luego, cuando creía hallarse cerciorado de que todo estaba tranquilo, de que nada había revelado su presencia, comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en dirección a la espesura del bosque, a cuyas cercanías llegó muy pronto.
Así consiguió situarse en un sitio enteramente desprovisto de árboles, en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo suponer que se aproximaba al paraje en que debían estar emboscados los que habían hecho fuego.
El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas que acababa de descubrir.
Aquellas huellas parecía que pertenecían a un solo individuo; eran pesadas, anchas, hechas sin precaución alguna, y parecía que pertenecían a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, más bien que a un cazador o a un indio.
Los matorrales estaban aplastados como si la persona que había cruzado por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos sitios empapada en sangre.
Él Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en nada se parecía a los que estaba acostumbrado a seguir.
¿Era aquello una ficción empleada por sus enemigos para engañarle con mayor facilidad, dejándole ver un rastro tosco destinado a ocultar el verdadero? ¿Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba?
El indio no sabía en qué opinión fijarse, y su perplejidad era extremada. Para él era evidente que de aquel sitio había salido el tiro con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso; pero ¿con qué interés el hombre, quién quiera que fuese, que había escogida aquella emboscada, había dejado huellas tan manifiestas de su paso? Desde luego debía suponer que su agresión no quedaría impune, y que aquellos a quienes había querido tomar por blanco se lanzarían inmediatamente en persecución suya.
En fin, después de haber buscado durante mucho tiempo en su mente la solución de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos para obtener una conclusión probable, el piel roja, apuradas ya todas las suposiciones, se fijó en la primera que se le había ocurrido, a saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el verdadero y a desorientar a los que les siguiesen.
El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos, y que no emplean más que la astucia para combatirlos; por eso se engañan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace perder una partida que en cualquiera otra ocasión habrían ganado.
El Zorro-Azul observó muy luego que su suposición era errónea, que había atribuido a su enemigo mucha más astucia y sagacidad de la que en realidad poseía; y que donde creyó ver un ardid en extremo complicado, con el objeto de engañarle, no existía en realidad sino lo que desde luego había visto, es decir, únicamente el paso de un hombre.
El indio, después de haber estado mucho tiempo vacilando y tergiversando, se decidió por fin a continuar avanzando y a seguir lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardaría en descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tenía que habérselas con gentes sumamente ladinas, aumentó su prudencia y su precaución, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino cuando creía estar seguro de que no tenía que temer sorpresa alguna.
Este manejo duró bastante tiempo. Hacía cerca de dos horas que se había separado de sus compañeros cuando de improviso se encontró en la errada de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba más que un cortinaje de hojarasca.
El indio se detuvo, se incorporó muy despacio, apartó las ramas a derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada sin que le descubriesen, y miró.
En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas, producidas unas veces por la caída de árboles que se mueren de viejos y son materialmente deshechos por la acción del tiempo; y otras por árboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus orillas se veían profundamente impresas las pisadas de las fieras, de las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados.
Un magnífico roble, cuya espléndida copa daba sombra a toda la explanada, se alzaba próximamente en el centro de esta. Al pie de aquel gigantesco huésped de los bosques había dos hombres.
El primero, vestido con un hábito de fraile, estaba tendido en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el segundo, arrodillado junto a él, parecía que le prodigaba los cuidados más solícitos.
Merced a la posición que el piel roja ocupaba, le fue fácil distinguir las facciones de este último personaje, que se hallaba en frente de él.
Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante, que sin duda por lo mucho que habría estado a la intemperie, según toda probabilidad, había adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caía sobre el pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera también blanca, que se extendía en desorden por sus hombros; vestía el traje de los partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un sombrero de vicuña, guarnecido con una redecilla de oro, cubría su cabeza; un zarapé le servía de capote, y su pantalón de pana de color de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante que le subían hasta la rodilla.
Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones sombrías y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un fuego sombrío y una expresión extraviada, revelaban que había llegado a una vejez avanzada, ninguna señal de decrepitud se descubría en toda su persona; su estatura parecía que no había perdido ni una sola pulgada de altura, tanto era lo derecho que aún se mantenía su cuerpo; sus miembros nudosos, provistos de músculos duros como cuerdas, parecía que se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen, tenía toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista debía ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido cuarenta años.
En su cinto llevaba un par de pistolas de cañón largo y un machete de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del árbol, y un magníficomustang,maneado a pocos pasos de distancia, comía los retoños de los árboles.
Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos de esperar, no le tranquilizó en manera alguna, porque su entrecejo se frunció y contuvo a duras penas una exclamación de sorpresa y de disgusto al ver a aquellos dos individuos.
Por un movimiento instintivo de prudencia amartilló su rifle, y después que hubo adoptado esta precaución, comenzó a observar de nuevo lo que hacían los dos personajes.
Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como para levantarse y entreabrió los ojos; pero harto débil todavía, probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvió a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba prodigando auxilios observó que había vuelto en sí, pues vio el movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una oración en voz baja.
Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran ya necesarios a aquel a quien socorría, el desconocido se levantó, cogió su rifle, apoyó las dos manos cruzadas sobre la boca del cañón, y aguardó impasible, después de haber dirigido a la explanada una mirada circular cuya expresión sombría y rencorosa hizo estremecer de espanto al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto.
Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oyó más ruido que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba.
Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento más pronunciado que el primero y abrió los ojos.
Después de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su vista se fijó con una especie de fijeza singular en el anciano alto que continuaba inmóvil junto a él y le examinaba con cierta mezcla de compasión irónica y de melancolía sombría.
—Gracias, murmuró al fin el fraile con voz débil.
—Gracias, ¿por qué? respondió el desconocido con dureza.
—Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido.
—No soy hermano de V., fraile, exclamó el desconocido con tono burlón; yo soy un hereje, ungringo, como a VV. les gusta llamarnos; míreme V. bien, que no me ha examinado con cuidado: ¿no tengo yo cuernos en la cabeza y pies de macho cabrío?
Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el fraile se quedó cortado durante un momento.
—¿Quién es V.? le preguntó por fin con cierto temor secreto.
—¿Qué le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno presagiaba; el diablo quizás.
El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santiguó repetidas veces balbuceando:
—¡Dios me libre de haber caído en manos del espíritu del mal!
—Vamos, ¡loco! tranquilícese V., repuso el desconocido encogiéndose de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V., quizás un poco menos hipócrita, y he ahí toda la diferencia.
—¿Dice V. la verdad? ¿Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto a serme útil?
—¿Quién puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una sonrisa enigmática; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido motivo para quejarse de mí.
—No, ¡oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmayé, mis ideas se han embrollado por completo y de nada me acuerdo.
—Poco me importa, eso no es cuenta mía y nada le pregunto a V.; bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos de los demás. Vamos a ver, ¿se siente V. mejor? ¿Está V. bastante aliviado para continuar su camino?
—¡Cómo! ¿Continuar mi camino? preguntó el fraile aterrado; ¿Se propone V. abandonarme solo aquí, por ventura?
—¿Por qué no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora debo pensar en mis negocios.
—¡Ah! exclamó el fraile, después del interés, que tan bondadosamente me ha demostrado V., ¿tendría valor suficiente para abandonarme así, casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme después de su marcha?
—¿Por qué no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V. tendido ahí sin aliento y pálido como un cadáver; le prodigué esos cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en sí, ya no le soy útil para nada, y me marcho. ¿Puede haber cosa más sencilla ni más lógica? Adiós, y que el diablo, por quien me tomaba V. hace un momento, le conceda su protección.
Después de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y de ironía amarga, el desconocido se echó su rifle al hombro y anduvo algunos pasos en dirección a su caballo.
—¡Deténgase V.! ¡En nombre del cielo! exclamó el fraile levantándose con más presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. ¿Qué va a ser de mí, solo, en este desierto?
—Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando fríamente la punta de su zarapé que el fraile había agarrado. ¿No dice por ventura la máxima del desierto: Cada cual para sí?
—¡Escuche V.! replicó el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensaré generosamente.
El desconocido se sonrió con desdén y dijo: ¿Qué tiene V. que temer? Es V. joven, robusto, y se halla bien armado: ¿no se encuentra, pues, en estado de protegerse a sí mismo?
—No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta mañana la casualidad me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoderó de mí una especie de locura furiosa, y se me ocurrió la idea de vengarme; les apunté e hice fuego, y en seguida comencé a huir sin saber a donde me dirigía, loco de cólera y de espanto; cuando llegué aquí, caí anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padecí en la pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirán, porque son unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto, me matarán sin compasión. No tengo más esperanza que en V.; ¡en nombre de aquello que más quiera V. en este mundo le suplico que me salve! ¡Sálveme V. y mi gratitud no tendrá límites!
El desconocido había escuchado este largo y patético discurso sin que se moviese un solo músculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo, porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el otro apoyó en el suelo la culata de su rifle, y respondió con sequedad:
—Todo lo que está V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro como mejor le parezca, sus ruegos son inútiles: si V. supiera quién soy, se ahorraría el estarme calentando los oídos tanto tiempo.
El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin saber ya qué decirle ni qué medio emplear para ablandar su corazón.
—Pero ¿quién es V.? le preguntó, más bien por decir algo que para obtener una respuesta.
—¿Quién soy? dijo el desconocido con una sonrisa irónica; ¿quiere V. saberlo? ¡corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy pocas palabras, pero bastarán para helar de espanto la sangre en sus venas: soy el hombre a quien llaman el;¡Desollador-Blanco!el¡Sin piedad!
El fraile retrocedió algunos pasos tambaleándose y juntando ambas manos con esfuerzo.
—¡Dios mío! exclamó con terror, ¡Estoy perdido!
En aquel momento se oyó a corta distancia el grito del mochuelo.
El cazador se estremeció.
—¡Nos escuchaban! exclamó, y se precipitó con rapidez hacia el lado en que acababa de oírse la seña, mientras que el fraile, medio muerto de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y dirigía al cielo una oración fervorosa.
Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra narración con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro capítulo precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna, pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los acontecimientos sucesivos.
Si en vez de referir una historia verídica, inventásemos una novela, de seguro nos guardaríamos muy bien de introducir en nuestro relato personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos vemos obligados a seguir la línea que ya de antemano se halla trazada ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son, tales como han existido y como todavía existen en su mayor parte.
Algunos años antes de la época en que comienza la primera parte de esta narración, comenzó a circular casi súbitamente un rumor que al pronto fue sordo, pero que muy luego adquirió cierta consistencia y grande notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en todos sentidos aquellas soledades inmensas.
Decíase que un hombre que tenía la apariencia de un blanco recorría hacía algún tiempo el desierto en persecución de los pieles rojas, a quienes parecía que había declarado una guerra encarnizada; acerca de aquel hombre que, según decían, caminaba siempre solo, se referían actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su número, los atascaba; a los que caían en sus manos les desollaba el cráneo, les arrancaba el corazón del pecho, y a fin de que se conociese que habían sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les hacía sobre el estómago una gran incisión en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el desierto en toda su extensión, aquel enemigo implacable de la raza roja se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche cuando cada cual se hallaba entregado al sueño, y entonces hacía una matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, niños, ancianos, nadie quedaba exceptuado.
No era solo a los indios a quienes aquel sombrío enderezador de entuertos perseguía con odio implacable; los mestizos y los cuarterones, los contrabandistas, los piratas, en fin todos esos atrevidos merodeadores de las fronteras acostumbrados a vivir a costa de la sociedad, tenían que arreglar con él una estrecha cuenta, solo que a éstos no les desollaba el cráneo: se contentaba con atarlos sólidamente a un árbol, en donde los condenaba a morirse de hambre y a ser presa de las fieras.
Durante los primeros años, los aventureros y los pieles rojas, impulsados por el sentimiento de un peligro común, se coaligaron varias veces para concluir con aquel enemigo feroz, apoderarse de él e imponerle la pena del talión; pero aquel hombre parecía que estaba protegido por un encanto que le hacía librarse de cuantos lazos se le tendían, y adivinar cuantas emboscadas se le preparaban. Era imposible alcanzarle: sus movimientos eran tan rápidos e imprevistos, que con frecuencia aparecía a una distancia considerable del sitio en que se le aguardaba, y en cuyas cercanías se le había visto poco antes. Al decir de los indios y de los aventureros, era invulnerable, y su pecho rechazaba las balas y las flechas; aquel hombre, merced a la continua fortuna que protegía todas sus empresas, llegó a ser muy luego un objeto de universal terror en la pradera. Sus enemigos, convencidos de que cuanto intentasen contra él sería inútil, renunciaron a una lucha que juzgaron se dirigía contra un poder superior; circularon acerca de él las leyendas más singulares; cada cual le temió como un ser maléfico; los indios le denominaronKiéin-Stomann, es decir, el Desollador-Blanco, y los aventureros le designaron con el epíteto deSin Piedad.
Como se ve, estos dos nombres habían sido aplicados con razón a aquel hombre para quien el asesinato y la carnicería parecía que eran el goce supremo; tanto era el placer que experimentaba al sentir a sus víctimas palpitar bajo su mano teñida en sangre y al arrancarles el corazón del pecho. Por eso, su solo nombre pronunciado en voz baja helaba de espanto a los más valientes.
Pero ¿quién era aquel hombre?
¿De dónde procedía?
¿Qué catástrofe espantosa le había lanzado al horrible género de vida que llevaba?
Nadie había podido responder a estas preguntas. Aquel individuo era un enigma aterrador que nadie podía descifrar.
¿Era por ventura una de esas organizaciones monstruosas que, bajo la exterioridad de un hombre, encierran un corazón de tigre?
¿Era más bien un alma ulcerada por alguna desgracia terrible y cuyas facultades todas se hallaban tendidas hacia un solo objeto, él de la venganza?
Estas dos hipótesis eran tan posibles la una como la otra, y aún acaso ambas eran ciertas.
Sin embargo, como toda medalla tiene su reverso, y el hombre nunca es completo para el bien ni para el mal, aquel individuo tenía algunas veces ciertas ráfagas, no de compasión, sino quizás de cansancio, momentos en que la sangre le subía a la garganta, le ahogaba y le hacía ser un poco menos cruel, un poco menos implacable, casi humano en una palabra; pero aquellos momentos eran breves, aquellosaccesos, según él mismo los llamaba, muy escasos: casi al momento prevalecía su naturaleza, y entonces se tornaba tanto más terrible cuanto más próximo se había hallado a enternecerse.
He aquí cuanto se sabía acerca de aquel individuo en el momento en que le hemos puesto en escena de un modo tan singular; el auxilio que había prestado al fraile era tan ajeno a todos sus hábitos que por fuerza debía hallarse entonces en uno de sus mejores accesos para haber consentido, no solo en prodigar cuidados tan solícitos a uno de sus semejantes, sino también en perder tanto tiempo escuchando sus ruegos y lamentaciones.
Para concluir los datos que debemos dar acerca de tal personaje, añadiremos que nadie sabía si tenía una residencia habitual; que no se le conocía ninguna afección, ningún partidario; que siempre se le había visto solo, y que en los diez años, que hacía estaba recorriendo el desierto en todas direcciones, su fisonomía no había sufrido alteración alguna: siempre había tenido la misma apariencia de vejez y de fuerza; siempre la barba igualmente larga y blanca, y la cara llena de arrugas.
Según dijimos, el Desollador-Blanco se había lanzado a los matorrales con el fin de descubrir quien hizo aquella señal que le dio la alarma; sus pesquisas fueron minuciosas, pero no obtuvieron más resultado que el de hacerle descubrir que no se había equivocado, y que, en efecto, un espía oculto en la espesura había visto cuanto pasaba en la explanada y oído cuanto en ella se decía.
El Zorro-Azul, después de haber llamado a sus compañeros, se había echado hacia atrás con prudencia y viveza, convencido de que, a pesar de todo su valor, si caía en manos del Desollador-Blanco, era hombre perdido.
El Desollador se volvió muy pensativo junto al fraile, cuya oración duraba todavía y adquiría tales dimensiones que amenazaba con llegar a ser interminable.
El Desollador miró un momento al fraile, mientras que una sonrisa irónica vagaba por sus pálidos labios; en seguida, aplicándole un vigoroso culatazo entre los dos hombros, le dijo rudamente:
—¡Arriba!
El fraile cayó sobre las manos y permaneció inmóvil: creyendo que el otro tenía intención de asesinarle, se resignaba con su suerte, y aguardaba el golpe de gracia que, en concepto suyo, no debía tardar en recibir.
—¡Vamos, arriba, fraile del diablo! repuso el Desollador; ¿no has mascullado bastante tus oraciones?
Fray Antonio levantó muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar alguna esperanza.
—Perdone V., respondió, he concluido; ahora estoy a sus órdenes: ¿qué desea V. de mí?
Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto adivinó por la expresión sombría de la mirada de su interlocutor que una derrota, por buena que fuese, no sería admitida.
—Está bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un tiro como para decir una oración; carga tu rifle, porque ha llegado el momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un perro.
El fraile dirigió una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando:
—¡Señor! ¿Con que me es preciso batirme?
—Sí, a menos que no tengas empeño en conservar intacta tu piel, en cuyo caso puedes quedarte quieto.
—Pero acaso haya algún otro medio...
—¿Cuál?
—La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante.
—Prueba ese medio, dijo el otro con tono burlón.
El fraile, alentado por esta semi-concesión, continuó diciendo con un poco más de atrevimiento:
—Tiene V. un caballo hermoso.
—¿Verdad que sí?
—¡Magnífico! repuso fray Antonio extasiándose.
—Sí, y no te pesaría que yo te dejase montar en él a fin de huir más pronto, ¿verdad?