[1]Nada hay que nos parezca tan ridículo como ese lenguaje extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer lugar, tiene la desventaja de hacer más lenta la narración, y que además es falso, doble razón que nos induce a no emplearle aquí, aunque en concepto de algunos perjudique al colorido local.(N. del A.).
[1]Nada hay que nos parezca tan ridículo como ese lenguaje extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer lugar, tiene la desventaja de hacer más lenta la narración, y que además es falso, doble razón que nos induce a no emplearle aquí, aunque en concepto de algunos perjudique al colorido local.(N. del A.).
La noche estaba espléndida. El cielo, de un azul oscuro, se veía tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y misteriosa.
El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas de los árboles corrían sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos. En la orilla opuesta del río algunos robles secos y carcomidos se alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos incalificables salían de las madrigueras invisibles de la selva; se oían los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser aún más imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas.
El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al encontrarse aislado así en ella, por todos los poros percibía su savia fortalecedora; todo su ser se estremecía y se identificaba con la escena sublime a que asistía; apoderábase de él una melancolía dulce y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilización, se sentía más cerca de Dios, y su fe cándida se aumentaba con toda la admiración que le causaban los secretos medio revelados de los grandes arcanos de la naturaleza, secretos que sorprendía, por decirlo así, en el acto.
Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con el contacto de esa vida nómada, en la que cada minuto que trascurre produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el hombre el dedo de Dios señalado de una manera evidente en los paisajes ásperos y grandiosos que le rodean.
Así esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables, alegrías incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos, porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su poder.
Así trascurrían las horas con rapidez para el cazador, sin que el sueño llegase todavía a cerrar sus párpados; ya la fresca brisa de la mañana hacía estremecer las altas copas de los árboles y rizaba la tersa superficie del río, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas fajas rosadas anunciaban la próxima salida del sol; el búho, oculto en la enramada, había saludado por dos veces con su grito melancólico la vuelta del día: eran próximamente las tres de la madrugada.
Tranquilo abandonó el rústico asiento en que hasta entonces había permanecido en completa inmovilidad, sacudió el entorpecimiento que se había apoderado de él, y dio algunos paseos por la playa con el fin de restablecer la circulación de la sangre en todos sus miembros.
Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense ni un solo instante había cerrado los ojos durante el trascurso de aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el frío penetrante de la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de nuevo en posesión de todas sus facultades y restablecer el equilibrio en su cerebro: esto fue lo que le sucedió al cazador. Sin embargo, acostumbrado hacía muchos años a la vida del desierto, aquel espacio de tiempo fue menos largo para él que para cualquier otro, y muy luego recobró la plenitud de su inteligencia, sintiéndose tan despejado, y con la mirada tan penetrante y el oído tan sutil, como en la noche anterior. Disponíase, por lo tanto, a despertar a su compañero, que seguía durmiendo con ese sueño bueno y reparador que en este mundo solo disfrutan los niños y los hombres cuya conciencia está pura de todo mal pensamiento, cuando de improviso se paró, prestando atento oído con marcada inquietud.
Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso cortinaje detrás de su campamento, el canadiense había oído alzarse un ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquirió las proporciones de los violentos estampidos del trueno.
Este ruido se acercaba cada vez más: eran patadas secas, fuertes y apresuradas, estremecimientos y roces de árboles y de ramas, mugidos sordos que parecían sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable, espantoso, indefinible, que, acercándose ya bastante, resonaba como el ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir una inundación.
Quoniam, que había despertado sobresaltado por aquel tumulto singular, estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador, dispuesto a obrar a la primera señal, aunque sin adivinar lo que pasaba, con la imaginación embotada todavía por la pesadez del sueño, y poseído de ese terror instintivo que se apodera del hombre más valiente cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido.
Así trascurrieron algunos minutos.
—¿Qué haremos? murmuró Tranquilo con vacilación, procurando, aunque inútilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y adivinar lo que ocurría.
De pronto resonó a corta distancia un silbido agudo.
—¡Ah! exclamó Tranquilo haciendo un movimiento de alegría y alzando súbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qué atenerme.
Y llevándose los dedos a la boca, imitó el grito de la garza. En el mismo instante se precipitó un hombre fuera de la selva, y dando dos saltos de tigre llegó junto al cazador.
—¡Ooah! exclamó; ¿Qué hace aquí mi hermano?
Aquel hombre era el Ciervo-Negro.
—Le estaba a V. aguardando, jefe, respondió el canadiense.
El piel roja era un hombre de veintiséis a veintisiete años, de estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje de guerra de su nación, y estaba pintado y armado como para ir a una expedición. Su semblante era hermoso; su fisonomía inteligente y leal revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una majestad suprema.
En aquel momento parecía que se hallaba poseído de una agitación tanto más extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible que sea; sus ojos lanzaban relámpagos, sus palabras eran breves, su voz tenía un acento metálico.
—¡Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo.
—Pues ¿qué sucede? preguntó Tranquilo.
—¡Los bisontes! dijo el jefe.
—¡Oh! ¡Oh! exclamó Tranquilo con terror.
Había comprendido: aquel ruido que estaba oyendo hacía algún tiempo, le producía una manada de bisontes que venía del este, y se dirigía probablemente a las praderas altas del oeste.
Lo que el cazador había adivinado tan pronto necesita serle explicado brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes.
Llámese manada, en las antiguas posesiones españolas, a una reunión de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus emigraciones periódicas durante la estación de los amores, se reúnen algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en derechura delante de sí, oprimiéndose unas contra otras, trasponiendo y derribando cuantos obstáculos se oponen a su paso. Desgraciado el temerario que intentase detener O variar la dirección de su furibunda carrera, porque sería destrozado y molido como paja bajo los pies de aquellos animales estúpidos, que pasarían por cima de su cuerpo sin tan siquiera verle.
Así pues, la posición de nuestros personajes era muy crítica, porque la casualidad les había colocado precisamente en frente de una manada que llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo.
Toda fuga era imposible; no había que pensar en ello, y la resistencia era aún más imposible.
El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oían clara y distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con los aullidos de los lobos rojos y con los ásperos maullidos de los jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a la izquierda.
Con un cuarto de hora más que trascurriese, nuestros tres hombres quedaban perdidos; pues la espantosa masa aparecía barriéndolo todo en su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede vencer.
Lo repetimos, la posición era crítica.
El Ciervo-Negro se dirigía al punto de cita que él mismo había designado al cazador canadiense; ya no distaba más que tres o cuatro leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su oído ejercitado percibió el ruido de la furibunda carrera de los bisontes. Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisión que caracteriza a los pieles rojas en los casos apurados, resolvió avisar a su amigo y salvarle o perecer con él; entonces se lanzó a la carrera, salvando con vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita, sin tener más que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente, por rápida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo a aquel a quien quería librar.
Cuando el jefe, después de haber avisado al cazador, hubo reconocido la inutilidad de sus esfuerzos; verificóse en él una reacción súbita; sus facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual; una sonrisa triste arqueó sus labios desdeñosos, y se dejó caer al suelo murmurando con voz sombría:
—¡Wacondah no ha querido!
Pero Tranquilo no aceptó la posición con igual resignación y fanatismo; el cazador pertenecía a esa raza de hombres enérgicos cuyo carácter, de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el último instante.
Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza, abandonaba la partida, resolvió hacer un esfuerzo supremo e intentar un imposible.
A veinte pasos más allá del sitio en que el cazador había establecido su campamento, había varios árboles derribados por el suelo, muertos de vejez, y, por decirlo así, amontonados unos sobre otros; luego, detrás de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de cinco o seis robles aislados de todos los demás, y que formaban como un oasis en medio de los arenales de la orilla del río.
—¡Alerta! gritó el cazador. Quoniam, recoja V. toda la leña seca que pueda, y véngase acá; jefe, haga V. lo mismo.
Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la sangre fría de su compañero.
En pocos momentos quedó amontonada sobre los árboles derribados una cantidad considerable de leña seca.
—¡Bueno! gritó el cazador; ¡Vive Dios! Aún no se ha perdido todo: ¡buen ánimo!
Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre que había encendido en su campamento para combatir el frío de la noche, atizó y avivó el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco minutos una ancha llamarada se alzó oscilando hacia el cielo, y formó una cortina espesa y de más de diez metros de extensión.
—¡En retirada! ¡En retirada! exclamó el cazador; ¡Seguidme!
El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de él.
El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de árboles de que hemos hablado, trepó al más corpulento con sin igual destreza y agilidad, y muy luego sus compañeros y él se encontraron encaramados a cincuenta metros de altura, cómodamente establecidos sobre fuertes ramas, y ocultos por completo entre las hojas.
—Así, dijo el canadiense con la mayor sangre fría; éste es nuestro último recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes, nos salvamos; si no, no nos quedará más remedio que morir. Pero al menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas.
El fuego encendido por el cazador había tomado proporciones gigantescas; se había ido extendiendo, inflamando las yerbas y los arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder incendiarla, muy luego formó una cortina de llamas de cerca de un cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos teñían a lo lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente y salvaje.
Los cazadores, desde el sitio en que se habían refugiado, dominaban aquel océano de llamas, que no podía alcanzarles, y se cernían, por decirlo así sobre él.
De pronto se oyó un crujido horrible, y en el linde de la selva apareció la vanguardia de la manada.
—¡Atención! exclamó el cazador echándose el rifle a la cara.
Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro de llamas que se alzaba súbitamente ante ellos, deslumbrados por el resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando bramidos de cólera.
Sonaron tres tiros.
Los tres bisontes que iban más adelantados cayeron revolcándose en las angustias de la agonía.
—Estamos perdidos, dijo Tranquilo fríamente.
Los bisontes seguían avanzando.
Pero muy luego el calor llegó a ser insoportable; el humo, lanzado por la brisa en dirección de la manada, cegó a las reses, y entonces se verificó una reacción; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de un movimiento de retroceso.
Los cazadores, con el pecho anheloso, seguían con una mirada ansiosa las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestión de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decidía; su existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo así.
Entre tanto la imponente masa seguía avanzando. Los animales que guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les seguían; fueron derribados y pisoteados por los que venían detrás; pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron también retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron a derecha e izquierda, y esto bastó para que los demás les siguiesen; entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego, y la manada, cortada en dos, pasó como un torrente que ha roto sus diques, reuniéndose en la playa y vadeando el río en columna cerrada.
Era un espectáculo horrible el que ofrecía aquella manada huyendo aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que parecía un faro lúgubre destinado a iluminar el camino.
Muy luego se echaron los bisontes al río, que atravesaron en línea recta, y su prolongada columna oscura serpenteó en la opuesta orilla, en donde no tardó en desaparecer la cabeza de la manada.
Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante dos horas entre las ramas que les cobijaban.
Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por ambos lados.
Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto, cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de aquella tropa desordenada.
Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo.
Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del árbol, reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo.
Los víveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida en el suelo les ofrecían con profusión el manjar más suculento del desierto.
Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa.
El negro se reía como un loco considerando el aspecto singular del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen Quoniam, quien, según ya hemos dicho, nunca se había encontrado con indios.
El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Después de haber permanecido mucho tiempo inmóvil mirando al negro, se acercó a él, y sin decir una palabra le cogió de un brazo y comenzó a frotarle con toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte.
El negro, que al pronto se había prestado gustoso al capricho del indio, no tardó en impacientarse; al pronto procuró desasirse, pero no lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y procedía de una manera concienzuda a su operación singular. Entre tanto, Quoniam, a quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer sufrir en extremo, principió a lanzar gritos horribles, haciendo los mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo.
Los gritos de Quoniam llamaron la atención de Tranquilo; levantó la cabeza y acudió presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado.
—¿Por qué atormenta mi hermano así a ese hombre? preguntó el canadiense interponiéndose.
—¿Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es necesario y se lo quito.
—¿Cómo, mi disfraz? exclamó Quoniam.
Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:
—Ese hombre no está disfrazado.
—¿A qué pintarse así todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe; los guerreros no se pintan más que el rostro.
El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobró su seriedad, dijo:
—Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah le ha hecho la piel negra, así como ha hecho roja la de mi hermano y blanca la mía. Todos los hermanos de ese hombre son de su color; el Gran Espíritu lo ha querido así, a fin de no confundirlos con las naciones de los pieles rojas y de los rostros pálidos; mire mi hermano su manto de piel de bisonte y verá que no se le ha pegado el más mínimo átomo negro.
—¡Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede.
Y obedeció maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distraída a la punta de su manto, que aún no había pensado en soltar.
—Ahora, continuó diciendo Tranquilo, sírvase V., jefe, considerar a este hombre como a un amigo, y hacer por él lo que en caso necesario haría V. por mí; pues se lo agradeceré en extremo.
El jefe se inclinó con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo:
—Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi oído con la dulzura del canto delcenzontle. ElWah-rush-ar-menec(el Ciervo-Negro) es un sachem en su nación, su lengua no está partida, y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su corazón; el Cara-Negra tendrá su puesto en el fuego del consejo de los Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe.
Quoniam saludó al indio y correspondió cordialmente a su apretón de mano, diciéndole:
—No soy más que un pobre negro; pero mi corazón es puro, y mi sangre corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos tenéis derecho para pedirme mi vida; os la daré con alegría.
Después de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar.
Merced a las emociones sufridas durante la mañana, los aventureros tenían un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareció casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo una pequeña provisión en una calabaza colgada de su cintura.
Cuando el almuerzo hubo terminado, encendiéronse las pipas, y cada cual se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes que viven en los bosques.
Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudió sus cenizas golpeándola sobre la uña del dedo pulgar de la mano izquierda, se la colocó en el cinto, y volviéndose hacia Tranquilo, le dijo:
—¿Quieren mis hermanos celebrar consejo?
—Sí, respondió el canadiense. Cuando me separé de V. en el Alto Misuri, a fines de la luna deMikini-Quisis(mes de las frutas quemadas, julio), me citó V. para la caleta de los sauces secos del Río del Alce, para el diez de setiembre, día de la luna deInaqui-Quisis(mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se sirva V. explicarme, jefe, por qué me ha dado esta cita.
—Tiene razón mi hermano: el Ciervo-Negro hablará.
Después de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio pareció que se oscurecía, y quedó sumido en una meditación profunda que sus compañeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a tomar la palabra.
Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pasó la mano por la frente varias veces, levantó la cabeza, dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y se decidió a hablar, pero en voz baja y contenida, como si aún en aquel desierto hubiese temido que sus palabras fuesen escuchadas por oídos enemigos.
—Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que ha sido criado por los sachems de mi nación; así pues, nada le diré de mí. El gran cazador pálido tiene en su pecho un corazón indio; el Ciervo-Negro le hablará como a un hermano. Hace tres lunas el jefe estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del Misuri, cuando un guerrero Pawnee llegó a rienda suelta, llamó al jefe aparte y habló en secreto con él durante largas horas. ¿Recuerda eso mi hermano?
—Perfectamente, jefe: recuerdo que, después de aquella conversación prolongada, el Zorro-Azul, que así se llamaba el guerrero Pawnee, partió con la misma rapidez con que había llegado; y mi hermano, que hasta aquel momento había estado alegre y gozoso, se tornó triste de improviso. A pesar de las preguntas que dirigí a mi hermano, no quiso revelarme la causa de aquella tristeza súbita, y al día siguiente, al salir el sol, se separó de mí citándome para hoy aquí.
—Sí, respondió el indio, eso es exacto, así pasó todo; pero lo que entonces no podía yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano.
—Mis oídos están abiertos, respondió el cazador inclinándose; temo que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas noticias.
—Mi hermano juzgará, dijo el indio: he aquí las noticias que me trajo el Zorro-Azul. Un día llegó a las orillas del Río del Elk, en donde se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro pálido de los Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los rostros pálidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro pálido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nación, en la orilla opuesta del río, encendió hogueras y acampó. Mi padre, como sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; montó a caballo, y seguido de algunos guerreros, pasó el río y se presentó al extranjero con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza de nuestra nación y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar.
«Aquel rostro pálido era un hombre de elevada estatura, de facciones duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos había blanqueado su cabellera. Al oír las palabras de mi padre, se echó a reír, y respondió:
—»¿Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea?
—»Sí, dijo mi padre.
»Entonces el rostro pálido sacó un grancollar(carta) en el cual estaban dibujadas figuras singulares, y enseñándosele a mi padre, le dijo:
—»Vuestro abuelo pálido de los Estados Unidos me ha concedido la propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del Antílope hasta el lago de los Bisontes. He aquí, añadió dando con el dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho.
»Mi padre y los guerreros que le acompañaban se echaron a reír.
—»Nuestro abuelo pálido, respondió mi padre, no puede dar lo que no le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de caza de mi nación desde que la gran tortuga salió del seno del mar para sostener al mundo sobre su concha.
—»No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro pálido; solo sé que esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse y dejarme su libre goce, yo sabré obligarte a ello.»
—Sí, dijo Tranquilo interrumpiéndole; he ahí el sistema de esos hombres: ¡el asesinato y la rapiña!
—Mi padre se retiró al oír aquella amenaza, continuó diciendo el indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la resistencia. Al día siguiente, al amanecer, los rostros pálidos pasaron el río y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; duró todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero ¿qué podían hacer unos pobres indios contra los rostros pálidos armados con rifles? Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas después la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados desparramados en todas direcciones. Mi padre había sido muerto en la batalla.
—¡Oh! exclamó el canadiense lleno de dolor.
—Aún no es eso todo, repuso el jefe; los rostros pálidos descubrieron la cueva en que se habían refugiado las mujeres de la tribu, y todas, o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse llevándose sus niños, ¡fueron asesinadas a sangre fría con todo el refinamiento de la más horrible barbarie!
El jefe, después de haber pronunciado estas palabras, ocultó el rostro en su manto de piel de bisonte, y sus compañeros oyeron los sollozos que en vano procuraba ahogar.
—He ahí, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunicó el Zorro-Azul: mi padre había muerto en sus brazos legándome su venganza; mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos, obligados a esconderse en el fondo de las selvas más impenetrables, me habían elegido para ser jefe suyo: acepté haciendo jurar a los guerreros de mi nación que, en los rostros pálidos que se apoderaron de nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, habían de vengar todo el mal que nos hicieron. Desde nuestra separación no he desperdiciado un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy todo se halla dispuesto; los rostros pálidos se han adormecido en una seguridad engañosa: su despertar será terrible. ¿Me seguirá mi hermano?
—¡Sí, vive Dios! Le seguiré a V., jefe, y le ayudaré con todo mi poder, respondió Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa. Pero impongo una condición.
—Hable mi hermano.
—La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad; pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades inútiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y el Grande Espíritu sonreirá a sus esfuerzos y le será propicio.
—El Ciervo-Negro no es cruel, respondió el jefe; deja eso para los rostros pálidos; no quiere más que la justicia.
—Lo que dice V. está muy bien, jefe, y me alegro de oírle hablar así. ¿Pero ha tomado V. bien sus medidas? ¿Son sus fuerzas bastante considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros pálidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresión; suceda lo que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles.
El indio se sonrió con desdén y respondió:
—Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos cobardes; las mujeres de los Pawnees les darán unas sayas; el Ciervo-Negro irá con su tribu a establecerse en las grandes praderas de los Comanches, quienes les recibirán como hermanos, y los rostros pálidos no sabrán donde encontrarlos.
—Eso está bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su aldea, ¿no ha mantenido V. espías cerca de los americanos para que le tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para el buen éxito de sus proyectos posteriores.
El Ciervo-Negro se sonrió, pero no contestó, de lo cual dedujo el canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que caracterizan a los hombres de su raza, había adoptado todas las precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del golpe de mano que quería intentar contra los nuevos colonos.
Tranquilo, por la educación semi-india que había recibido, y por el odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos que de ellos había recibido: pero con esa rectitud que constituía el fondo de su carácter, no quería dejar que los indios cometiesen con sus enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la determinación que había adoptado tenía doble objeto: primero asegurar, si era posible, el triunfo de sus amigos, y después emplear toda su influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las mujeres y los niños.
Para esto no se ocultó del Ciervo-Negro, y, según hemos visto, impuso como condición expresa de su cooperación, que de seguro no era cosa de desdeñar por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad inútil.
Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrúpulos. Enemigo natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovechó presuroso la ocasión que se le presentaba para hacerles todo el daño posible y vengarse de los malos tratos que había sufrido, sin tomarse la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear, eran completamente inocentes respecto de las injurias que él había recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razón bastaba en demasía para justificar a los ojos del vengativo negro la conducta que se proponía observar cuando llegase el momento oportuno.
Al cabo de algunos instantes el canadiense volvió a tomar la palabra.
—¿Dónde están los guerreros de V.? preguntó al jefe.
—Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos: si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aquí, nos pondremos en marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo más pronto posible, pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia.
—Entonces marchemos, dijo el canadiense; el día aún no está muy adelantado, pero es inútil que perdamos el tiempo en charlar como viejas curiosas.
Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que la manada de los bisontes había trazado en la selva, y muy luego desaparecieron bajo la enramada.
Abandonaremos durante algún tiempo a nuestros tres viajeros, y usando de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro relato a algunos centenares de millas más lejos, a un fértil y verde valle del alto Misuri, ese río majestuoso de aguas claras y limpias, en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prósperos y florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magníficos vapores americanos, pero que, en la época en que pasaba nuestra historia, era todavía casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas aguas más que los corpulentos y frondosos árboles de las misteriosas selvas vírgenes que cubrían sus bordes.
En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado en un lado por montañas escabrosas, y en el otro por una prolongada cordillera de altas y fragosas colinas.
Este valle, cubierto casi en toda su extensión por poblados bosques llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunión predilecto de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las Serpientes, se había establecido por completo en el ángulo de la horquilla con el fin de hallarse más cerca de su territorio de caza favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran número en un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la posición de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les suministraba más caza de la que podían consumir; por otro el río abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el año de una yerba crecida y sustanciosa que ofrecía excelente pasto para los caballos. Hacía varios siglos quizás que los Pawnees-Serpientes se habían fijado definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posición abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de esas grandes perturbaciones atmosféricas que con tanta frecuencia trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivían allí tranquilos e ignorados, ocupándose en cazar y pescar, enviando a lo lejos todos los años reducidas expediciones de jóvenes a seguir el sendero de la guerra bajo las órdenes de los jefes más afamados de la nación.
De improviso aquella existencia pacífica fue turbada para siempre; el asesinato y el incendio se habían extendido cual un sudario siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus habitantes muertos sin compasión.
Los norteamericanos habían llegado a tener noticia por fin de aquel Edén ignorado, y su presencia en aquel rincón de tierra, nuevo para ellos, y su toma de posesión, se habían señalado, como siempre, con el robo, el rapto y el asesinato.
No reproduciremos aquí el relato hecho al canadiense por el Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era exacto y fiel en todas sus partes, y que el jefe, al hacerle, lejos de recargarle con enfáticas exageraciones, le había suavizado por el contrario con una justicia y una imparcialidad poco comunes.
Penetraremos en el valle unos tres meses después de la llegada de los americanos, tan fatal para los pieles rojas, y describiremos en pocas palabras la manera en que los nuevos colonos se habían establecido en el territorio de donde tan cruelmente expulsaron a los legítimos propietarios.
Tan luego como los norteamericanos fueron dueños absolutos del terreno, comenzaron lo que llaman un desmonte.
Hace unos treinta años, el gobierno de los Estados Unidos tenía, y probablemente tendrá aún en la actualidad, la costumbre de recompensar los servicios de sus antiguos oficiales haciéndoles concesiones de terrenos en las fronteras de la República más amenazadas por los indios. Esta costumbre ofrecía la doble ventaja de extender paulatinamente los límites del territorio americano; rechazando a los pieles rojas a los desiertos, y de no abandonar sin recursos, en su vejez, a unos soldados valientes que, durante la mayor parte de su vida, habían derramado noblemente su sangre por la patria.
El capitán Jaime Watt era hijo de un oficial distinguido de la guerra de la Independencia: el coronel Lionel Watt, ayudante de campo de Washington, había asistido, al lado de este celebre fundador de la República americana, a todas las batallas dadas a los ingleses: herido de gravedad en el sitio de Boston, con gran sentimiento suyo se vio obligado a volver a la vida privada; pero fiel a sus principios de lealtad, tan luego como su hijo Jaime llegó a los veinte años, le hizo ocupar su puesto bajo las banderas.
En la época en que le ponemos en escena, Jaime Watt era un hombre de unos cuarenta y cinco años, aunque representaba diez más por lo menos, por las innumerables fatigas de la dura vida militar en que había trascurrido su juventud.
Era un hombre de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, robusto y vigoroso, ancho de hombros, seco, nervioso y dotado de una constitución de hierro; su rostro, cuyas líneas eran de extremada rigidez, tenía impresa esa expresión de enérgica voluntad mezclada con indiferencia, rasgo peculiar de la fisonomía de los hombres cuya existencia no ha sido sino una serie continua de peligros vencidos. Su cabellera corta y canosa, su tez tostada, sus ojos negros y penetrantes, su boca bien rasgada, pero de labios algo delgados, daban a su semblante un aspecto de severidad inflexible que no carecía de grandeza.
El capitán Watt, casado hacía dos años con una preciosa joven a quien adoraba, era padre de dos hijos, un niño y una niña.
Su mujer, llamada Fanny, era parienta suya lejana. Era morena, con unos ojos azules encantadores, y tenía un carácter dulce y modesto. A pesar de ser mucho más joven que su marido, puesto que aún no tenía veintidós años, Fanny le profesaba el más puro y acendrado cariño.
Cuando el veterano militar vio que era padre, cuando comenzó a experimentar las alegrías íntimas de la familia, se verificó en él una revolución completa; le inspiró súbita repugnancia la carrera militar, y ya no deseó más que los goces tranquilos del hogar.
Jaime Watt era uno de esos hombres para quienes la concepción de un proyecto va seguida inmediatamente después de su ejecución. Por eso, tan luego como se le ocurrió la idea de retirarse del servicio la realizó, resistiéndose a todas las reflexiones y objeciones que sus amigos le hacían.
Sin embargo, aunque el capitán deseaba volver a la vida privada, no era su intención en manera alguna abandonar el uniforme para vestirse el traje de paisano. La vida monótona de las ciudades de la Unión nada agradable podía ofrecer para un antiguo soldado cuyo estado normal, durante todo el curso de su existencia, había sido, por decirlo así, la agitación y el movimiento.
Por consiguiente, después de haberlo reflexionado maduramente, se fijó en un término medio que, a su modo de ver, debía salvar lo que la vida civil pudiese tener de demasiado sencilla y tranquila para él.
Este medio era él de solicitar una concesión de territorio en la frontera india, desmontar aquel terreno con sus enganchados y sus criados, y vivir allí feliz y ocupado, como un señor de la edad media, en medio de sus vasallos.
Este pensamiento le halagaba tanto más al capitán, cuanto que le parecía que de este modo continuaba en cierto modo sirviendo activamente a su país, puesto que plantaba los primeros jalones de una prosperidad futura, y hacía surgir los primeros resplandores de la civilización en unas tierras entregadas todavía a todos los horrores de la barbarie.
El capitán había estado ocupado durante mucho tiempo con su compañía en defender las fronteras de la Unión contra las depredaciones continuas de los pieles rojas, y en oponerse a sus incursiones. Así pues, tenía un conocimiento superficial, si se quiere, pero suficiente, de las costumbres indias y de los medios que era preciso emplear para no ser hostigado por aquellos vecinos turbulentos.
En el curso de las numerosas expediciones que su servicio le obligó a hacer, el capitán visitó muchas llanuras fértiles, muchos territorios cuyo aspecto le había agradado; pero había uno, sobre todo, cuyo recuerdo quedaba pertinazmente grabado en su memoria: era él de un valle delicioso que vislumbró un día como en un sueño, después de una cacería verificada en compañía de un habitante de los bosques, cacería que duró más de tres semanas y que le llevó insensiblemente más lejos de lo que ningún hombre civilizado había visitado hasta entonces en el desierto.
Hacía más de veinte años que no había vuelto a ver aquel valle, y le recordaba como si le hubiese abandonado la víspera, viéndole, por decirlo así, hasta en sus más mínimos pormenores. Esta obstinación de su memoria para representarle de continuo aquel rincón de tierra, concluyó por fascinar en tal manera la mente del capitán, que, cuando hubo adoptado la resolución de abandonar el servicio y solicitar una concesión, fue allí, y no a ninguna otra parte, a donde resolvió retirarse.
Jaime Watt tenía numerosos protectores en las oficinas de la Presidencia; además, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy alto en su favor, y por lo tanto no experimentó dificultad alguna para obtener la concesión que solicitaba.
Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados copiar hacía mucho tiempo por el gobierno, diciéndole que escogiese el territorio que mejor le conviniese; pero el capitán hacía mucho tiempo que había escogido el que quería. Rechazó los planos que le presentaban, sacó de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce curtida, le desdobló y se le enseñó al comisario encargado de las concesiones, diciéndole que no quería más que aquella.
El comisario frunció el entrecejo: era amigo del capitán, y no pudo contener un gesto de espanto al oír su petición.
Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a más de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura, un suicidio, lo que quería cometer el capitán; le sería imposible mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolverían por todas partes. No trascurriría un mes sin que fuese desapiadadamente asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que se atreviesen seguirle.
A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle variar de idea, el capitán solo respondía con un movimiento de cabeza acompañado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una resolución irrevocable.
Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y apurados ya sus argumentos, concluyó por decirle de una manera terminante que era imposible darle tal concesión, porque aquel territorio pertenecía a los indios, y además una de sus tribus tenía allí una aldea desde tiempo inmemorial.
El comisario había guardado este argumento para lo último, convencido de que el capitán nada podría oponerle y se vería obligado a modificar, cuando menos, sus proyectos.
El buen comisario se había equivocado: no conocía tan bien como se lo figuraba el carácter de su amigo.
Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario había acompañado su peroración, sacó fríamente de otro bolsillo un segundo pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo presentó a su amigo.
El comisario lo cogió dirigiéndole una mirada interrogadora; el capitán le hizo una seña con la cabeza, indicándole que lo examinase con la vista.
El comisario lo desdobló vacilando. Teniendo en cuenta el modo de proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contenía una respuesta perentoria.
En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tiró encima de la mesa con un gesto violento de mal humor.
Aquella piel de alce contenía la venta del valle y de todo el territorio circunvecino, hecha porItsichaichéo Cara de Mono, uno de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en su nombre y en el de los demás jefes de la nación, mediante cincuenta fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras de pólvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamadowhiskey, y veintitrés uniformes completos de soldados de la milicia.
Cada uno de los jefes había puesto su jeroglífico al pie del acta de venta y debajo del de Cara de Mono.
Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto el capitán había sido completamente engañado por Cara de Mono.
Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias causas que revelaremos cuando sea ocasión oportuna, había falsificado aquel documento, primero con el objeto de robar al capitán, y después con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque sabía muy bien que si Watt obtenía la autorización del gobierno, no vacilaría para apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de esta expoliación; el capitán solo había exigido que el piel roja le sirviese de guía, en lo cual consintió el indio sin dificultad alguna.
Ante el acta de venta que tenía a la vista, el comisario hubo de confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorización tan pertinazmente solicitada por el capitán.
Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitán comenzó los preparativos de su viaje sin perder un solo instante.
Mistress Watt quería demasiado a su marido para oponer la más leve observación a sus proyectos: habiéndose criado ella también en un desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con los indios, y la costumbre de verlos le había enseñado a no temerlos. Además, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que tuviese consigo a su marido.
El capitán, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con la actividad febril que le caracterizaba.
La América es la tierra de los prodigios, es quizás el único país del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecución de los proyectos más excéntricos y descabellados.
El capitán no se hacía ilusiones en manera alguna acerca de las consecuencias probables de la determinación que había adoptado; y por lo tanto, quería precaverse en lo posible contra todas las eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que habían de acompañarle al terreno de la concesión, especialmente la de su mujer y sus hijos.
Por lo demás, no tardó mucho en hacer su elección. Entre sus antiguos compañeros, es decir, entre sus antiguos soldados, había muchos que deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado Walter Bothrel, que había servido bajo sus órdenes durante cerca de quince años, y que a la primera noticia que tuvo de la declaración de retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba el servicio, era inútil que él permaneciese en las filas, y que estaba seguro de que su capitán no le negaría el favor de permitirle que le siguiese.
La oferta de Bothrel fue aceptada con júbilo por el capitán, que conocía a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de un valor a toda prueba, y con el cual podía contar por completo.
Al sargento fue a quien el capitán confió el encargo de organizar el destacamento de cazadores que se proponía llevar consigo para defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia.
Bothrel cumplió la orden que había recibido con esa conciencia inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontró en la misma compañía del capitán treinta hombres resueltos y fieles que se alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a él.
El capitán, por su parte, había enganchado unos quince obreros de todas clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por cinco años, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y mediante un ligero censo, serían dueños del terreno que el capitán les concediese, y en el cual se establecerían con sus familias. Aún este mismo censo había de caducar al cabo de cierto tiempo.
Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos, en número de cincuenta hombres y unas doce mujeres próximamente, se pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesión. Era a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros cargados con géneros de todas clases y un numeroso rebaño de reses destinadas a alimentar a la colonia y a dar crías.
Cara de Mono servía de guía, según se había convenido. Haciendo al indio la justicia debida, diremos que desempeñó concienzudamente la misión de que se había encargado, y que durante un largo viaje de cerca de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes, logró librar a aquellos a quienes dirigía de la mayor parte de los peligros que a cada paso les amenazaban.
Ya hemos visto de qué modo se apoderó el capitán del territorio que le había sido concedido. Ahora vamos a explicar cómo se estableció en él y qué precauciones adoptó para no ser molestado por los indios a quienes tan brutalmente había desposeído, y que, según el carácter vengativo que ya les conocía, probablemente no se darían por vencidos y no dejarían de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron.
El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a Cara de Mono, que había revelado al capitán los puntos más débiles delAtepelt(aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas de fuego de los americanos, los indios se habían visto fatalmente obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto poseían, triste botín que solo consistía en pieles de animales y en algunas vasijas hechas con tosca arcilla.
El capitán, tan luego como fue dueño de la plaza, comenzó su obra y principió a fundar la nueva colonia. Comprendía la necesidad de ponerse lo más pronto posible al abrigo de un golpe de mano.
El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las ruinas que le obstruían; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicación con el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo río. Detrás de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras extraídas y allí amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales era fácil pasar el cañón de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este atrincheramiento se practicó una puerta bastante ancha para que por ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba todos los días al ponerse el sol.
Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensión de terreno de cuatro mil metros cuadrados próximamente quedó rodeada de agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la parte que daba al Misuri, en donde se había considerado que la anchura y la profundidad del río ofrecían suficientes garantías de seguridad.
En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el capitán se dispuso a construir los edificios y dependencias de la colonia.
Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios habían de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de árboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba, merced al bosque situado cuando más a cien metros de distancia de la colonia.
Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses después de la llegada del capitán a aquel sitio, todos los edificios estaban terminados y la distribución interior casi completa.
En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto, habían construido una especie de torre octógona de unos veinticinco metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos: en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su servidumbre, es decir, al capitán, a su mujer, a sus dos hijos, a las dos criadas de estos, muchachas jóvenes y vigorosas del Kentucky, de mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco años de edad y todavía tenía pretensiones de belleza, y por último, al sargento Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy sólida, forrada de hierro, y en cuyo centro se abría un postigo para reconocer a los que llamaban.
A diez metros próximamente de la torre, y comunicando con ella por medio de un pasadizo subterráneo, estaban la habitación de los cazadores, la de los obreros de todas clases, y por último, la de los pastores y labradores.
Después se veían las cuadras para los caballos y los establos para las reses.
Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la colonia.
Pero estos diferentes edificios habían sido construidos de modo que estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de incendio (y esto era lo que se había tenido presente para colocarlos así), la pérdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de otro. De trecho en trecho se habían abierto varios pozos, con el fin de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a buscarla al río.
En fin, para resumir, diremos que el capitán, como soldado viejo, experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las fronteras, había adoptado las precauciones más minuciosas para precaver un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa.
Habían trascurrido tres meses desde que se establecieron allí los norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes, verificados en grande escala, habían llevado los linderos de la selva a cerca de dos kilómetros de la colonia; todo ofrecía la imagen de la prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados.
En el interior de la colonia, todo ofrecía el espectáculo más vivo y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia de algunos ganaderos montados y bien armados; los árboles seculares caían bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar de las sierras; en las orillas del río, enormes pilas de tablas se alzaban a poca distancia de otros rimeros de leña; varias embarcaciones estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oían resonar a lo lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque con el fin de proveer de caza a la colonia.
Eran próximamente las cuatro de la tarde. El capitán, montado en un magnífico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera recientemente desmontada.
Una sonrisa de satisfacción íntima animaba el rostro severo del antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su febril actividad habían verificado en tan poco tiempo en aquel rincón de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, según toda probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su posición tan ventajosa. Acercábase a la colonia, cuando un hombre, oculto hasta entonces detrás de un montón de cepas y raíces de árboles colocadas allí para secarse, apareció súbitamente junto a él.
El capitán reprimió un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que era Cara de Mono.
Diremos aquí algunas palabras acerca de este personaje, que está llamado a representar un papel bastante importante en la presente narración.
Itsichaichéera un hombre de unos cuarenta años, de elevada estatura y bien formado; tenía un rostro astuto y ratero, animado por dos ojos muy pequeños; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo, y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una expresión ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba una repulsión instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la casualidad ponía en contacto con él.
Al revés de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresión desagradable, la acrecentaba más y más.
Había cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de guía conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a donde se dirigían; pero desde aquella época se había quedado con ellos, y por decirlo así, se había avecindado en la colonia en donde andaba de un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que hacía.
Algunas veces desaparecía sin decir una palabra, permanecía ausente durante algunos días, y luego volvía de improviso, sin que fuese posible arrancarle ningún dato, ni saber lo que había hecho, ni a donde había ido.
Sin embargo, había una persona a quien el semblante sombrío del indio había causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar la repulsión que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qué se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre madre sentía un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran todo para ella en este mundo.
Algunas veces había procurado hacer que su marido compartiese sus temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitán encogiéndose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el tiempo se debilitaría aquella impresión y concluiría por desaparecer. Sin embargo, como mistress Watt volvía de continuo a la carga con la perseverancia y la obstinación de una persona cuyas ideas están positivamente fijadas y no han de variar, el capitán, impacientado y no teniendo razón alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no sentía la más leve estimación ni simpatía, le prometió por fin que la desembarazaría de él; y como en aquel momento hacía algunos días que el indio se hallaba ausente de la colonia, formó el propósito de verle en cuanto volviese y pedirle una explicación de su conducta misteriosa: en el caso de que el indio no le diese una respuesta categórica y satisfactoria, le diría de una manera terminante que no quería volverle a ver en la colonia, y que por lo tanto se alejase al momento y para siempre.
He ahí en que disposición de ánimo se hallaba el capitán respecto de Cara de Mono, cuando la casualidad colocó a éste en su camino, en el momento en que menos lo esperaba.
Al ver al indio, el capitán paró a su caballo.
—¿Está mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee.
—Sí, contestó el capitán.
—¡Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposeídos los Pawnees-Serpientes.
El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melancólica que dio en que pensar al capitán, y le inspiró cierta inquietud.
—¿Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le preguntó. Me parecería eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien me vendió el territorio que ocupo.
—Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene derecho para quejarse: él fue quien vendió a los rostros pálidos del Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde él mismo y sus hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar.
—Vamos, jefe, le encuentro a V. lúgubre hoy: ¿qué tiene V? ¿Estaba V. acostado esta mañana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el capitán aludiendo a una de las supersticiones más acreditadas entre los indios.
—No, repuso el indio, el sueño de Cara de Mono ha estado exento de malos pronósticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma.
—Felicito a V. por ello, jefe.
—Mi padre dará tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la amistad a su regreso.
—Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta.
—Mi padre puede hablar, los oídos de su hijo están abiertos.
—Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aquí.
—Sí, está comenzando la cuarta luna.
—En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin avisarnos.
—¿Para qué? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los rostros pálidos, el guerrero Pawnee es dueño de ir a donde mejor le parezca. Era un jefe afamado en su tribu.
—Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de los hombres que me han acompañado hasta aquí.
—¿Pues en qué puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel roja.
—Voy a decírselo a V., jefe; escúcheme atentamente, pues lo que voy a manifestarle es muy serio.
—Cara de Mono no es más que un pobre indio, respondió el piel roja con ironía; el Gran Espíritu no le ha dado el talento claro y sutil de los rostros pálidos; sin embargo, procurará comprender.
—No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe. Estoy seguro de que me comprenderá V. perfectamente si quiere tomarse ese trabajo.
—El jefe procurará hacerlo.
El capitán contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y continuó diciendo:
—No estamos aquí en una de las grandes ciudades del interior de la Unión americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los pieles rojas, alejados de toda protección que no sea la de nuestras propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos y asesinarnos si pueden; así pues, es deber nuestro velar con el mayor cuidado por nuestra seguridad, que se vería gravemente comprometida por la imprudencia más leve. ¿Comprende V. eso, jefe?
—Sí, mi padre ha hablado bien; su cabeza está cenicienta; su sabiduría es grande.
—Así pues, repuso el capitán, debo vigilar con el mayor cuidado los pasos de todas las personas que más o menos directamente pertenecen a la colonia; y cuando su conducta me parezca sospechosa, debo pedirles explicaciones que no tienen derecho para negarme. Ahora bien, jefe, me veo obligado a confesar a V. con sumo sentimiento que la vida que lleva V. de algún tiempo a esta parte me parece más que sospechosa, que ha llamado mi atención, y que espero me dé V. una contestación que disipe mis dudas.
El piel roja había permanecido impasible; ni un músculo de su rostro se había movido. El capitán, que le examinaba atentamente, no pudo sorprender en sus facciones la más leve huella de emoción. El indio aguardaba ya la pregunta que en aquel momento le dirigían, y se hallaba dispuesto a contestar.
—Cara de Mono ha conducido a mi padre y a sus hijos desde las grandes aldeas de piedra de los Grandes Cuchillos del Oeste hasta aquí. ¿Ha tenido mi padre que dirigir alguna reconvención al jefe?
—Ninguna, tengo que confesarlo, respondió el capitán con franqueza; ha desempeñado V. su encargo honradamente.
---¿Por qué ahora cubre una piel el corazón de mi padre y se ha introducido en su alma la sospecha respecto de un hombre contra el cual confiesa él mismo que nunca ha podido formular la más leve reconvención? ¿Es ésa, por ventura, la justicia de los rostros pálidos?
—No nos salgamos de la cuestión, jefe, y sobre todo no la alteremos, si V. gusta, porque yo no podría seguirle en todos sus circunloquios indios. Así pues, me limitaré a significarle a V. de una manera explícita que, si no quiere decirme claramente el motivo de sus reiteradas ausencias y darme una prueba positiva de su inocencia, no volverá V. a poner los pies en el interior de la colonia, y le obligaré a alejarse para siempre del territorio que ocupo.
Un relámpago de odio chispeó en los ojos del piel roja; pero apagando instantáneamente la llama de su mirada, respondió con su voz más dulce:
—Cara de Mono es un pobre indio; sus hermanos le rechazaron por razón de su amistad con los rostros pálidos, y esperaba encontrar entre los Grandes Cuchillos del Oeste, ya que no cariño, al menos gratitud por los servicios que les prestó. Se ha equivocado.
—No se trata ahora de eso, repuso el capitán impacientado; ¿quiere V. contestar, sí o no?
El indio se puso derecho, y acercándose a su interlocutor bastante cerca para tocarle, le lanzó una mirada de cólera y de reto, y le dijo:
—¿Y si me niego a contestar?
—¡Si te niegas, miserable, te prohíbo que vuelvas a presentarte delante de mí en tiempo alguno; y si te atreves a desobedecerme, te castigaré con el látigo con que pego a mis perros!
Apenas hubo pronunciado el capitán estas palabras insultantes cuando ya se arrepintió: estaba solo y sin armas con el hombre a quien acababa de inferir una injuria mortal, y por lo tanto trató de arreglar el asunto diciendo:
—Pero Cara de Mono es un jefe, es prudente, y me responderá, porque sabe que le estimo.
—¡Mientes! Perro de los rostros pálidos, exclamó el indio rechinando los dientes con rabia; ¡me odias casi tanto como yo te odio!
El capitán, exasperado, levantó la fusta que llevaba en la mano; pero en el mismo instante, el indio, saltando como una pantera, se lanzó sobre la grupa del caballo, levantó de la silla al capitán, le arrojó rudamente al suelo, y cogiendo las riendas, le dijo:
—Los rostros pálidos son unas viejas cobardes; los guerreros Pawnees los desprecian y les enviarán unas sayas.
Después de haber pronunciado estas palabras con un tono de amargo sarcasmo, que sería imposible reproducir, el indio se inclinó sobre el cuello del caballo, aflojó las riendas, lanzó una carcajada estridente y partió a escape tendido, sin cuidarse del capitán a quien abandonó medio aturdido y contuso por su caída.
Jaime Watt no era hombre capaz de sufrir un trato semejante sin procurar vengarse; se levantó tan de prisa como pudo, y llamó a gritos para que acudiesen junto a él los cazadores y los leñadores diseminados por la llanura.
Algunos vieron una parte de lo ocurrido y se precipitaron presurosos para auxiliar a su capitán; pero mientras llegaban a donde él estaba y les explicaba el suceso dándoles sus órdenes para que persiguiesen de una manera encarnizada al fugitivo, éste había desaparecido ya en medio de la selva, que era a donde había dirigido su rápida carrera.
Sin embargo, los cazadores, a cuyo frente se había puesto el sargento Bothrel, se precipitaron en persecución del indio jurando cogerle vivo o muerto.
El capitán les siguió con la mirada hasta que los hubo visto internarse unos después de otros entre los árboles; en seguida regresó a la colonia con paso lento, reflexionando acerca de la escena que acababa de mediar entre el piel roja y él, y con el corazón oprimido por un presentimiento sombrío. Un instinto secreto le decía que, para que Cara de Mono, por lo general tan prudente y circunspecto, hubiese obrado de aquel modo, era preciso que se juzgase muy fuerte y muy seguro de la impunidad.