ACTO TERCERO

Ilustración ornamentalACTO TERCERO

Ilustración ornamental

La misma decoración del acto segundo. Es de noche.

PEPE OJEDA, DON RÉGULO y CAZORLA.

Al levantarse el telón aparece Ojeda en el Casino. Está de pie, pronunciando un brindis a la cabecera de la mesa donde acaban de celebrar un banquete. Se ven socios sentados cerca de él, que en las ocasiones que se indicarán le aplauden. En el cuarto de la fonda, que tiene las vidrieras de los dos balcones cerradas, razón por la cual se ve accionar a Ojeda sin que se le oiga, están Don Régulo y Cazorla. Se hallan situados junto al balcón de la izquierda, mirando a través de las vidrieras hacia el Casino.

D. Régulo

(Iracundo y exaltadísimo apunta a Ojeda con una browning que tiene en la mano.)¡Sí, sí, déjeme usted, lo mato sin remedio! ¡Lo mato en pleno discurso!

Cazorla

(Esforzándose por contenerle.)¡No, no, por Dios! ¡Sería una tragedia espantosa! ¡Sería una interrupción que ni en el Congreso! Calma, mucha calma.

D. Régulo

¿Pero no oye usted lo que dice? ¿No oye usted lo que grita ahora ese cínico?

(Quedan atentos, abren un poco la vidriera y entonces se oye a Ojeda hablando como un poco lejos y en tono oratorio.)

Pepe

Celebremos, sí, celebremos todas nuestras conquistas, nuestras hermosas conquistas, para que nos envidien aquellos que...

(Cierran. Se deja de oír, aunque se le sigue viendo accionar.)

D. Régulo

¡Ah, miserable! ¡Que celebren sus conquistas! ¡Y mírela usted, mi mujer se sonríe! ¡¡Oh!!

Cazorla

¡Qué cinismo! ¡Pobre amigo!(Le abraza.)

D. Régulo

¡Ah, no, no; yo no lo sufro!(Apunta de nuevo.)¡Déjeme usted que dispare!

Cazorla

(Desviándole el brazo.)¡Sí, le sobra a usted la razón por encima de los pelos, pero conténgase usted ahora! Sería producir una tragedia inútil. ¡No es este el momento! Yo, don Régulo, que estimo su honor como mi propio honor, le diré a usted que realice su justa venganza cuando sea llegado el instante; ahora, no.(Misteriosamente.)Piense usted que al disparar desde esta casa, no solo se comprometería usted, sino que comprometería a don Acisclo.(Entorna la puerta del balcón y deja de verse a Ojeda.)

D. Régulo

¡Sí, es verdad! ¡Eso te vale, villano!

Cazorla

A don Acisclo, que está ahí dentro,(Señala la puerta primera derecha.)haciendo, en complicidad con la Anastasia, un registro entre los papeles de esos hombres; registro que puede ser nuestra salvación... ¡La salvación del pueblo!

D. Régulo

Sí, sí, es cierto, amigo Cazorla, lo comprendo todo; pero es que las leales revelaciones de usted han despertado en mi corazón el demonio de los celos...

Cazorla

Don Régulo, yo no podía consentir el ridículo de un amigo entrañable.

D. Régulo

¡Si ha hecho usted bien, muy bien; pero es que yo ya no puedo vivir sin una venganza terrible! ¡Y me vengaré, sí, me vengaré!

(Queda junto al balcón, mirando obstinadamente al Casino.)

Cazorla

Sin embargo, calma, calma ahora.

DICHOS, DON ACISCLO, SEÑÁ CESÁREA y ANASTASIA, primera derecha.

D. Acisclo

(Sale cautelosamente por la primera derecha seguido de la señá Cesárea y Anastasia. Habla con voz velada por el despecho.)¡Na, asolutamente na! ¡Ni un papel, ni un detalle! ¡Maldita sea!

Cazorla

(Yendo a su encuentro.)¿No encontraron nada?

D. Acisclo

¡Naa, estoy que me muerdo! ¡Too registrao y naa! Ni el nombramiento, pa haberlo roto; ni cartas, ni credenciales, ni oficios... ¡naa!

Cazorla

¡Pero no han encontrado ni siquiera!...

Anastasia

Naa. ¿No lo oye usté? Cuatro calcetines con una de tomates que ni una fábrica e conservas, tres camisolas sin marcar, dosjerseisesy unas silenciosas. Es too lo que tenía la maleta.

Cesárea

Y la mar de faturas. Zapatería de no sé qué... debe. Sastrería de no sé cuántos, debe. Camisería... de quién sabe Dios..., debe. Esos han dejao a deber hasta el bautizo.

Anastasia

Y también los hemos encontrao una faztura de la sombrerería, de cinco gorras. ¡Pásmese usté!

D. Acisclo

Claro, cinco gorras. ¡Como que es su uniforme!

Cazorla

¡No tener más, es inverosímil!

Cesárea

No lo duden ustés; esos hombres son mu ladinos, y pa mí que han dejao el equipaje en el cuartel de la Guardia Cevil, pa que no pudieran tocarles la documentación.

Cazorla

Es muy posible.

D. Acisclo

(A Anastasia.)¿Y tú no les has visto romper papeles u esconderlos?

Anastasia

¡Digo, pues si yo lo hubiá visto! Ya los tendrían ustés en su poder. Les llevo una lista basta de las veces que estornudan, conque usté verá,(Yendo hacia el balcón.)¡Y todavía está hablando! Eso es un loro.

D. Acisclo

¡Maldito sea! Pos yo no pueo hacer más pa quitámelos de encima, ya lo han visto ustés. Por las buenas, regalos, dinero, festejos...

Cesárea

¡Qué lástima fue lo del cohete! ¡Con el ingenio que tenía!

Cazorla

¡Si estalla medio metro más abajo... tiene que ir a curarse a Madrid!

D. Acisclo

Ya les dije a ustés que eso era un poco inocente. ¡Ahora hay que comenzar por las malas!

Cesárea

Pero por las malas... de veras.

Cazorla

¡Mi plan! Voy a seguir azuzando.(Vase al balcón con don Régulo.)

D. Acisclo

Por de pronto, ya he metido en la cárcel hasta El Perniles y Garibaldi, pa que no les puan dar datos contra nosotros.

Cesárea

Pero no basta, Acisclo, no basta. No seas infeliz, que tú eres un desgraciao.(Hablan el resto de la escena en tono confidencial.)

D. Acisclo

¿Yo?

Cesárea

¡Tú! Ya lo ves. Esos tíos t’han cogío el dinero y s’han reío de ti.

D. Acisclo

Pues mal año pa ellos, que el que se ríe de mí, llora a la postre.

Cesárea

Siquiá, quítales las dos mil pesetas.

D. Acisclo

Déjalo, que de eso s’ha encargao Carlanca. Ha cogío la bufanda, el retaco... y dos amigos, y esos canallas se dejan en el pueblo los billetes, como se los dejó aquel recaudador de contrebuciones... ¡Por estas!

Cesárea

Haces bien. Y a más, no consientas que a ti te quiten de mandar.

D. Acisclo

¡Nunca!

Cesárea

Tú ties en el pueblo too el poder; pos antes que soltar la tajá hay que dejarse en ella los dientes.

D. Acisclo

Descuida. No suelto las riendas. Treinta años mandando... ¡Con los enemigos que da eso! ¡Si mevíancaído, me se comían! Pero estoy yo ya muy duro pa que me roan. No; yo te digo que no. Yo te digo que antes ¡le pegaba fuego al pueblo!

Cesárea

(Con entusiasmo.)¡Ese eres tú!

D. Acisclo

¡Antes que verme pisao, too! ¿Lo oyes bien?(Con gesto de ira feroz.)¡¡Too!!

Cesárea

¡Acisclo, que me espantas!

D. Acisclo

(Sonriendo.)¡Mujer!

Cesárea

¡Lo has dicho en un tono, que me s’han puesto de punta hasta los pelos del añadío!

D. Acisclo

(Sigue sonriendo.)No t’apures, ya me conoces.

En el fondo soy un infeliz.Too, le llamo yo a un sustejo de naa.

Cesárea

¡Pero ten cuidao con Carlanca que ese es mu bruto!

D. Acisclo

¡Bah, otro infeliz!... ¿Sabes quién va a hacerles el avío a los forasteros?

Cesárea

¿Quién?

D. Acisclo

Ese rebajuelete.

Cesárea

¡Cazorla!

D. Acisclo

Ese. Que, míalo,(Riendo socarronamente.)no s’arrima una vez a don Régulo, que no le encienda el coraje.

(Para cumplir la indicación del diálogo, un momento antes se ve a don Régulo, inquieto, volver a su maníade dispararle a Ojeda, y a Anastasia y Cazorla que tratan de detenerlo.)

D. Régulo

(Exaltado de nuevo.)Sí, sí, tiene usted razón; luego se irán a Madrid ufanándose de habernos burlado y habernos escarnecido... y eso, no; de un caballero no se ríen esos... ¡Déjeme usted, lo mato!

Cazorla

¡Sí, sí... pero ahora no!

Anastasia

(Asustada.)¡Por la Virgen Santísima! ¡Caramba! ¡Calma!

D. Acisclo

¿Pero qué le pasa a ese hombre?

Cazorla

¡Por Dios, señor Alcalde, intervenga usté, que le quiere disparar!

D. Acisclo

(Va hacia él.)¡Pero qué va usté a hacer, so loco!...(Le separa del balcón.)Venga usté aquí.

D. Régulo

¡Don Acisclo, mi honra peligra! ¡Estoy en un estado de excitación que o mato a ese hombre, o me muero de un berrinche, me muero!

D. Acisclo

Serenidad, don Régulo, que no semos creaturas. Ya conoce usté mis dotrinas; brutos, pero a tiempo.

Cazorla

Eso le digo yo, quizá esta misma noche nos dará ocasión para todo.

Cesárea

Seguro. Cuando le traigan ustés los libros del Ayuntamiento pa que los revise.

D. Acisclo

Espérese usté a entonces, y de que ponga tanto así de reparo en naa, le da usté el puñetazo acordao en sesión, y en seguía los padrinos, la custión de honor y lo que sea, que no será poco, siendo usté el atizante.

D. Régulo

No sé si tendré paciencia para esperar, señor Alcalde. Yo aguanto pocas cosas, muy pocas, pero menos que ninguna, que nadie levante los ojos hasta mi mujer, porque a ese lo mato.

D. Acisclo

¡Hombre, no se ponga usté así! Después de too, aunque descubriese usté cualisquier cosilla...

D. Régulo

¡Ese muere!

D. Acisclo

(Aparte.)¡Sabrá lo mío!

Cesárea

Es que doña Eduarda es una mujer honrá, don Régulo.

D. Régulo

Pero le tolera a ese hombre excesivas galanterías, señora Cesárea.

D. Acisclo

Bueno... no hay que olvidar tampoco que usté mismo la recomendó que estuvieseamable con ese sujeto, y ella, quizás que por hacerle a usté caso...

D. Régulo

Pero una cosa es que me haga caso a mí, y otra que le haga caso a él. ¡Caramba!

Cazorla

Eso es bíblico.

D. Régulo

Comprenderán ustedes mi deseo de venganza.

D. Acisclo

Bueno, calma, que too llegará. Y ahora, antes que acabe, al Casino.(A Anastasia.)Y tú, de esto, ni tanto así, porque te costaría...

Anastasia

Quie usté callarse... Pasen pol gabinete y bajen por la escalera que da al callejón.(Vanse todos segunda derecha.)

EDUARDA, CRISTINA y EUSTAQUIO, primera derecha.

Entran las dos acongojadas, jadeantes, con caras de angustia, precedidas del criado.

Eustaquio

¿Pero qué les ocurre a ustés pa ese desasosiego y ese agobio?

Eduarda

Nada, Eustaquio, no te preocupes, no es nada.(Aparte.)Me sorberé las lágrimas.

Eustaquio

(Ofreciendo una silla a Cristina.)Pero, asiéntense ustés, que vienen que s’ahogan.

Cristina

(Que pasea agitada.)No, no, gracias, yo no podría estarme quieta.

Eduarda

Mira, Eustaquio, hijo, lo que deseamos es que nos dejes solas.

Eustaquio

Pero ya saben ustés que esta habitación la ocupan...

Eduarda

Sí, sí... lo sabemos todo, pero nos precisa asomarnos a ese balcón un momento. Por eso venimos. Nada más.(Saca una moneda que le da.)Toma y calla.

Eustaquio

(Cogiéndola.)¡Dos reales!

Eduarda

Si eres discreto, no serán los últimos.

Eustaquio

(¡Gorda tie que ser la cosa!)(Vase primera izquierda.)

EDUARDA y CRISTINA.

Eduarda

(Dando rienda suelta a su dolor.)¡Ay, Cristina de mi alma, estoy desolada, muerta de angustia!

Cristina

¡Y yo, doña Eduarda, y yo! Mire usted cómo tiemblo desde que sorprendí entre mi tío y el secretario la conversación que he sorprendido.

Eduarda

Es preciso que estos hombres conozcan el peligro en que están.

Cristina

Sí... Para que se vayan del pueblo, para que huyan a escape.

Eduarda

¡Sí, para que se vayan, pero también para que antes Ojeda me salve a mí, salve mi honor! ¡Ah, ese infame, ese canalla de Cazorla!

Cristina

Tiene la maldad del demonio.

Eduarda

¡Peor! ¡El demonio es un niño de primera comunión comparado con él!... ¡Ese miserable, haber sembrado el infortunio en mi hogar, hasta hoy dichoso!... ¡Ah!(Llora.)

Cristina

¡Qué infamia! ¡Si parece mentira!... Habérsele ocurrido meter celos contra usted en el corazón de don Régulo para que mate al señor Ojeda y que el Ayuntamiento se vea libre de él. ¡Vamos, que no paga ni hecho trizas!

Eduarda

¡Y haberme infamado a mí, Cristina, a mí, que teniendo clavado en mi corazón el dardo que tengo, antes moriría cien veces que faltar a mi esposo!...(Llora.)

Cristina

¿Pero usted cree que don Régulo le dará crédito a esa infamia?

Eduarda

¡Ya lo creo que le da crédito, pues eso es lo trágico! En unas cuantas horas, mi marido es otro. Antes no tenía más que ojos para mirarme. Ahora busco su mirada y la encuentro en los calcetines, en la alacena, en elBlanco y Negro, en cualquier parte menos en mí. Estamos en la mesa, me habla, y lo hace en un tono tan glacial, que me enfría hasta la sopa. Y luego, él, de suyo tan amable siempre, tan cortés conmigo... ¡Ay, lo que me ha hecho hoy a los postres, Cristina!(Llora.)

Cristina

¿Qué le ha hecho?

Eduarda

Figúrate que yo cuando una naranja me sale dulce, nunca me la como sin darle dos o tres cascos. Pues hoy, hoy como siempre, se los di...(Llorando amargamente.)y me ha dado con los cascos en las narices... ¡Él, devolverme los cascos!

Cristina

¡Pues si con el carácter que tiene se pone furioso!...

Eduarda

¡Figúrate qué tragedia! ¡Una mujer deshonrada, un hombre muerto!

Cristina

Sí, sí. Pues no perdamos tiempo. Hay que ponerlos sobre aviso. Llámelos usté.

Eduarda

¿Pero cómo?

Cristina

Acerquémonos al balcón a ver si nos ven.

Eduarda

Sí, es lo mejor. Le haré una seña.

Cristina

Dé usted en los cristales.

Eduarda

Calla, ya parece que mira. ¡Chistss, chistss!

(Ojeda mira; le hacen señas que no entiende y que le obligan a poner cara de extrañeza, sin interrumpir por eso el discurso.)

Cristina

(Abriendo el balcón.)Que vengan.

Eduarda

(Haciendo señas.)Venid...

Pepe

(Como si continuara dirigiéndose al auditorio.)¿Qué decís?

Cristina

Que vengan ustedes.

Pepe

¿Qué decís a esta afirmación que yo os hago?...(Más señas.)¿Qué queréis decir?... ¡Ah, señores!

Eduarda

¡Que vengas, hombre!

Pepe

¿Yo?...(Le hacen señas que sí.)Yo... Ya voy... Ya voy a terminar...

Eduarda

Pronto.(Señas.)

Pepe

Voy a terminar y voy en seguida... porque en este brindis creo haberos confirmado todo...(Cierran y deja de oírse a Ojeda.)cuanto en mi larga actuación...

Cristina

Ya nos ha entendido.

Eduarda

Entonces no tardarán. Estoy deseando que llegue.

Cristina

¿Y yo, qué hago yo, doña Eduarda, qué hago? ¿Qué le diré a mi Alfredo?... ¡Estoy inquieta, indecisa, no duermo, no vivo!...

Eduarda

¿Tú no le quieres, Cristina?

Cristina

Con un cariño inmenso, ya lo sabe usted.

Eduarda

¿Pues entonces?...

Cristina

Pero por otra parte le tengo miedo a mi tío, que si supiera que venían a quitarle mi fortuna, era capaz de hacer una brutalidad; y luego, Alfredo parece que me quiere, pero hace tan poco que le conozco...

Eduarda

Mira, Cristina. En amor sigue siempre el impulso de tu corazón. No vaciles. ¿Tú, aunque lejanos, no tienes unos parientes en Madrid?

Cristina

Sí, señora.

Eduarda

Pues vete con ellos. Emancípate de la tutela de estos egoístas. Dichosa tú que puedes abrir tus alitas de golondrina, tender el vuelo y hacer el nido en el alero de un tejado cortesano. ¡Ay de las que tenemos la jaula colgada en el clavo del deber, a la puerta de un corral!

Cristina

Pero si yo me marchase, el pueblo... la gente... podrían decir...

Eduarda

¿Serías tú capaz de algo indigno?

Cristina

Antes me moriría, ya lo sabe usted.

Eduarda

Entonces... ¿no te temes a ti misma y temes a los demás? No vaciles, Cristina... vete a Madrid, cásate con Alfredo. Y ya ves que te lo digo yo, yo que cuando te vayas me quedaré sin tu tierno afecto y sin...(Vacila.)¡Ay!... Pero la jaula, el clavo... ¡qué remedio! Alegremos la vida de los que nos enjaularon y bendigamos a Dios, hundiendo el pico en el alpiste cuotidiano... y perdona esta imagen pajarera y dolorida...

Cristina

Usted me da ánimos, doña Eduarda.

Eduarda

¡Calla, sí... él sube!

DICHOS y PEPE OJEDA, puerta izquierda.

Pepe

¡Eduarda!

Eduarda

¡Pepe!(Se estrechan la mano.)

Cristina

¿Y Alfredo?

Pepe

Ahora vendrá. Quedó con unos señores. Creo que querían regalarle un perro y le llevaron a que lo viese.

Eduarda

¿Un perro? ¡Qué cosa más rara!

Cristina

¡Ay! Yo no estoy tranquila. ¡Si vieran ustedes que también he oído a Cazorla no sé qué de un perro!...

Pepe

Bueno, ¿y qué os ocurre?

Eduarda

¡Ay! Pues que yo deseaba por momentos hablar contigo. ¿Sabes ya con quién te confunden?

Pepe

Sí, al fin lo sé: con un Delegado del Gobierno.

Cristina

¿Quién se lo ha dicho a ustedes?

Pepe

(Muy confidencial.)Pues el propio Delegado,que llegó esta tarde al pueblo y que se aloja en casa del sargento de la Guardia Civil.

Las dos

¿Es posible?

Pepe

Se llama Abilio Monreal, y da la feliz coincidencia de que le conozco por ser pariente de unos amigos míos. Le conté el objeto de nuestro viaje, la confusión de que éramos víctimas, y me prometió no presentarse hasta que yo le avise para darnos tiempo a que Alfredo y tú resolváis lo que os convenga. De modo que por ese punto nuestra seguridad personal no corre peligro.

Eduarda

¡Ay, no, Pepe, no, no lo creas; tú estás en un error! ¡Tu vida corre más peligro que nunca!

Pepe

Caracoles, ¿qué dices, Eduarda?

Cristina

¡Que está usted en un peligro terrible, señor Ojeda!

Pepe

¿Yo?... ¡Caramba! ¿Pero por qué en un peligro?... Haced el favor de explicaros...

Eduarda

¡Sí, Pepe, es preciso que lo sepas todo! Un canalla ha metido en el corazón de mi esposo el torcedor de los celos.

Pepe

¡Cuerno!... ¿Quién dices que ha metido el torcedor?

Cristina

Un granuja.

Pepe

¿Pero quién ha sido ese sacacorchos?

Eduarda

El infame de Cazorla.(Llora.)

Pepe

¿El Secretario?

Cristina

Ese bandolero, que suponiéndole el Inspector que esperaban, le ha hecho creer a don Régulo que usted pretende a doña Eduarda.

Pepe

¡Canastos!

Eduarda

(Llorando.)Y que yo, ¡pobre de mí!, te correspondo; para que así, mi esposo ofendido, te rete a un duelo y te mate.

Pepe

¡Qué bestia!... Oye, tú, ¿ese facineroso ha hecho películas?

Eduarda

No, pero tiene un ingenio maléfico que espanta.(Desconsolada.)Y lo grave es que mi marido te reta.

Pepe

(Alarmado.)¿Tú crees?...

Eduarda

Te reta, sí, te reta y te mata.

Pepe

(Tratando de disimular el miedo.)Mujer, eso no; me mata o le mato yo a él. Después de todo...

Eduarda

No, no, te mata, Pepe, te mata. Mi marido tira a la pistola de un modo que a veintepasos le quita al canario un cañamón del pico.

Pepe

(Crece su alarma.)¡Caracoles!

Cristina

¡A veinte pasos, sí, señor!

Pepe

¿Pero esos blancos?

Cristina

No le fallan.

Pepe

Pues me habéis dejado el corazón que parece un despertador sin timbre. ¿Y dices que un cañamón?

Eduarda

Al canario.

Pepe

(¡Canario!)

Eduarda

Además boxea de un modo, que aunque no tuviese armas, si te coge y te tira un directo al estómago, te deja enocaut.

Pepe

¿Ocaut?... ¿Ocaut a mí?... Oye: ¿la carretera es saliendo de aquí a la izquierda? Porque a boxeo puede que me gane, pero en el últimocross country, he batido yo el récord de los cinco kilómetros con obstáculos. Me seguían dos sastres en motocicleta y no me vieron, no os digo más.

Eduarda

Pero es que tú no puedes abandonarme, Pepe.

Pepe

¿Qué no puedo?

Eduarda

¡No puedes, porque hay algo peor!

Pepe

¿Peor que el cañamón?

Eduarda

Que mi marido cree que te correspondo y no me habla y me rechaza y me desprecia... Y vosotros, al fin, os iréis de aquí, os iréis para siempre; pero yo he de quedarme, ¿y cómo me quedo yo, infeliz de mí, si del corazón de mi esposo no se disipa la duda infamante?

Pepe

¿Y qué puedo hacer yo, para disiparle esa ridiculez?

Eduarda

Que le hables, que reivindiques mi honor, que le jures que es una calumnia...

Pepe

¿Oye, y todo eso no se lo podría yo decir por escrito? Ya sabes que tengo una letra clarísima y que redacto con cierta soltura.

Cristina

No, yo creo que solo oyéndole a usted mismo se quedaría tranquilo.

Pepe

Sí, Cristina, pero es que una persona tan exaltada y con esa puntería... porque al canario le quita el cañamón y le estropea el almuerzo, pero a mí me quita el cráneo... y ¡adiós Pepísimo!... Además, ¿cómo puede ese imbécil dudar de tu honra?

Cristina

Es que es Otelo.

Pepe

¡Aunque sea su padre, hija! Hay que tener sentido común y saber contar.

Eduarda

Saber contar, ¿qué?...

Pepe

Años.

Eduarda

¡Pepe!

Pepe

¡Lo digo por los míos!

Eduarda

¡Ay, no, no me abandones, Pepe!

Cristina

¡No, no la abandone usted, señor Ojeda!

Pepe

Bueno, no tengáis cuidado. No soy ningún Cid Campeador, para qué voy a engañaros, y sentiría que un ventajista o un loco me hiciera dejar en este villorrio el agradable pergamino que me envuelve y que tantos afanes me ha costado conservar; pero al cabo, más mérito tiene jugarse el tipo con miedo que sin él. De modo que me quedo; le hablaré a tu marido.

Eduarda

Gracias, Pepe, muchas gracias.(Cristina va al balcón a mirar.)

Pepe

Eso sí, que yo le hablo a tu marido, pero el Cazorlita ese y el Alcalde me las pagan, vaya si me las pagan. ¿Lo que me contaste de que el Alcalde te hace el amor es cierto, verdad?

Eduarda

¡Cómo si no iba yo a decírtelo!

Pepe

Basta.

Eduarda

¿Qué intentas?

Pepe

No, nada. A mí a agilidad intelectual no me sobrepasa ningún munícipe, como diría ese mirlo legislativo. ¡Ya veréis!

Cristina

(Que entra del balcón.)Alfredo, ya viene Alfredo... ¡Pero viene corriendo, como aterrado!...

Pepe

¿Aterrado? ¿Qué le pasará?

DICHOS y ALFREDO.

Alfredo

(Que entra lívido, descompuesto, con la americana rota.)¡Ay, tío, ay, tío de mi alma!

Cristina

(Anhelante.)¡Alfredo!

Pepe

¿Qué te ocurre?

Eduarda

¡Viene usted lívido!

Cristina

¡Tiemblas!

Pepe

¿Qué te ha pasado?

Alfredo

No, nada. ¿Se acuerda usted del perro que me querían regalar?

Pepe

Sí, un «seter», un precioso «seter».

Alfredo

«Seter», ¿eh? Pues mire usted la americana.(La lleva desgarrada por detrás.)¡Mire usted qué «seter»!

Eduarda

¡Qué siete!

Alfredo

El perrito, que estaba rabioso.

Pepe

¿Qué dices?

Alfredo

Absoluta y totalmente rabioso. Si no tengo la suerte de esquivarle me destroza.

Cristina

¡Qué infames!... ¿Ven ustedes lo que yo decía del perro?

Eduarda

¡Asesinos!

Alfredo

¡Ay, qué rato he pasado!

Pepe

Por lo que parece, estos cafres empiezan a tirar con bala.

Cristina

¡Por algo temblaba yo de que no vinieras!

Alfredo

Y además, sospecho que nos preparan algo terrible. En ese callejón he visto un tío envuelto en una manta y con algo debajo, que si no es un trabuco es un pariente próximo.

Cristina

¡Ay!... ¿Os acecharán?

Eduarda

¡Debe ser el Carlanca, es un asesino!

Pepe

Ya, ya... uno de los que gritaban ¡viva la España del Dos de Mayo y de Covadonga!... ¡Y de las encrucijadas!... ¡Ladrones!... ¡Sois muchos y malos, pero no podréis conmigo, yo os lo prometo! ¡Ay, la partida que os voy a jugar!

Alfredo

Ya lo oyes, Cristina, es imposible permanecer aquí sin grave riesgo. Es necesario que resuelvas pronto.

Cristina

¿Y qué he de hacer yo?

Alfredo

Decidirte, venirte a Madrid. Huir de estos canallas.

Pepe

Sí, hay que marchar esta misma noche.

Cristina

¡Pero huir, irme con ustedes!...

Alfredo

Fía en mi amor y en mi lealtad.

Cristina

Sí, en ti fío, Alfredo... Pero irme sola... ¡No, no me atrevo!

Alfredo

Entonces me quedo yo también; ¡porque yo no te dejo en manos de estos energúmenos! Sea lo que Dios quiera.

Cristina

No, eso no, tú vete, sálvate.

DICHOS y EUSTAQUIO, puerta izquierda.

Eustaquio

Excelentísimo señor.

Pepe

¿Qué se te ofrece?

Eustaquio

Dispénseme usted y que haiga entrao sin premiso, pero es que la cosa...

Pepe

¿Qué pasa?

Eustaquio

Don Sabino, el médico, que viene llorando que da compasión, con su hija de la mano y un lío de ropa, que ice que tie precisión de hablar con usté; que por Dios y que si pue usté recibilo.

Pepe

¿Que lo reciba yo?... ¿Al médico?... ¿Pero qué desea?

Eustaquio

Yo no sé, pero está el pobre que su alma se la parten.

Eduarda

¡Pobre don Sabino! ¿Qué le ocurrirá?

Pepe

En fin, dile que pase. Vosotros mientras entrad ahí y resolved con urgencia lo que nos conviene a todos. Pero pronto, antes que nos corten la retirada.(Entran Eduarda, Cristina y Alfredo, segunda derecha.)

PEPE OJEDA, DON SABINO y MARÍA TERESA, primera izquierda.

D. Sabino

(Entra rápido, desolado, seguido de María Teresa y en actitud suplicante)¡Caballero, caballero, por piedad, ampárenos!

Pepe

¿Qué le ocurre a usted, señor mío?

D. Sabino

Ampárenos, vengo huyendo, lleno de temor y zozobra.

Pepe

¿Pero qué le pasa? ¿Qué es lo que teme?

D. Sabino

Que cometan conmigo la más infame de las iniquidades. Sospecho que me persiguen, que me quieren encarcelar.

Pepe

¿Pero por qué causa?

D. Sabino

Por nada en realidad. El Alcalde, que pretexta un ridículo desacato. ¡Son unos miserables! Pero a mí lo que me importa, sobre todo, es salvar a mi hija. ¡A mi hija!... No tengo otra cosa en el mundo... ¡Por Dios, caballero!

M.ª Teresa

(Suplicante.)¡Piedad, señor!

Pepe

Cálmese usted, señorita, cálmense ustedes, siéntense y tengan la bondad de decirme cuáles son sus desdichas y cómo puedo yo remediarlas.(Se sientan.)

D. Sabino

Caballero, soy el médico de este pueblo, me deben mis honorarios de siete años. Ayer mañana fui con otros dos hombres de bien a elevar una protesta a casa de ese fariseo. Mis compañeros ya están en la cárcel, yo temo correr la misma suerte. Por eso vengo a implorar auxilio y protección de usted, que en estos instantes es aquí autoridad suprema como Delegado del Gobierno.

Pepe

(¡Caracoles! ¿Y cómo le digo yo a este pobre señor?)... ¿Pero usted es realmente enemigo del alcalde?

D. Sabino

¡Yo qué he de ser!... Yo no soy enemigo de nadie, señor; pero como yo no he tolerado que mi asistencia a los enfermos esté mediatizada por los caprichos políticos de un bárbaro, me llama su enemigo y me persigue, y no me paga, y quiere hundirme en la miseria y en la desesperación, o quizá lanzarme al crimen... Por eso solicito el auxilio de usted. Tengo miedo. Quiero irme, irme pronto. Antes que permanecer aquí, prefiero morir de hambre en la cuneta de una carretera. Después de todo, esto coronaría gloriosamente el martirio de una vida consagrada a la humanidad y a la ciencia en un país de ingratos.(Llora.)

M.ª Teresa

¡No llores, papá!

Pepe

¿Pero tanta infamia es posible?...

D. Sabino

¡Qué saben ustedes los que viven lejos de estos rincones!... Treinta y cinco años, señor, me he pasado de médico titular, de médico rural, luchando siempre contra el odioso caciquismo; contra un caciquismo bárbaro, agresivo, torturador; contra un caciquismo que despoja, que aniquila, que envilece... y que vive agarrado a estos pueblos como la hiedra a las ruinas... Yo he luchado heroicamente contra él, con mi rebeldía, con mis predicaciones; porque yo que la conozco, estoy seguro de que en esta iniquidad consentida a la política rural, está el origen de la ruina de España.

Pepe

Ah, sí; tiene usted razón, señor mío, y lo grave es que esa tremenda iniquidad de que usted habla no desaparece, porque en ella tienen su fundamento las tradicionales oligarquías de nuestra vieja política.

D. Sabino

Exacto, exacto...

Pepe

(Sigue con exaltación oratoria.)Por eso este mal es tan hondo y tan permanente, porque es base de muchos intereses creados, raíz sustentadora de muchos poderes constituidos.

D. Sabino

¿Y será tal nuestra desgracia, señor, que esta vileza no tenga remedio?

Pepe

¡Cómo no!... Abandonemos valientemente este árbol añoso y carcomido de la política caciquil, y plantemos otro joven, sano y fuerte que absorba para sí la savia fecunda, y seque al otro y dé con él en tierra, porque solo en las ramas de ese árbol nuevo podrá cantar el pájaro de nuestra aurora... (¡Ojeda, que te pones cursi!)

D. Sabino

¿Y usted que lo sabe y que lo dice, por qué no va a Madrid y lucha para lograrlo, y trabaja?...

Pepe

(Vivamente con disgusto.)¡Ah, no; trabajar no!... A mí pedidme verbo, no acción. Yo soy un apóstol, los apóstoles no han trabajado nunca. Además, yo, que me parezco un poco a los políticos españoles, soy como un libro de cocina; tengo recetas para todo; pero... pero hay que buscar la cocinera.

D. Sabino

¿Pero si la cocinera no parece, qué vamos a hacer políticamente los españoles?

Pepe

Pues lo que venimos haciendo, ¡comer de fiambre!... Pero usted, mi pobre amigo, no ceje en su generosa lucha.

D. Sabino

¿Y cómo no cejar? ¿No ve usted el resultado de mi rebeldía? La niña y yo hemos sufrido miseria, nos morimos de hambre, de hambre ¡señor mío!... y cuando voy a implorar como una limosna mi sueldo, no quieren pagarme, me dicen que el Ayuntamiento no tiene dinero... ¡no tiene dinero!...

Pepe

(Exaltado.)¿Que el Ayuntamiento no tiene dinero?... ¡Canallas!... ¡Y me dan a mí todo esto para que no los lleve a la cárcel!... ¡Don Sabino, tome usted!(Le entrega los billetes que ha sacado del bolsillo.)

Pepe

Dos mil pesetas.

D. Sabino

¡Señor!...

Pepe

Guárdeselas. No le humillo con el oprobio de una limosna, no. Ese dinero es del Ayuntamiento. ¿No es usted su acreedor?... Pues guárdeselo sin escrúpulo.

D. Sabino

Pero...

Pepe

¿No le deben a usted siete años? Pues uno menos.

D. Sabino

¿Y cómo le pagaría yo a usted, señor Delegado?...

Pepe

A mí no me llame usted Delegado, ¡por lo que más quiera!

D. Sabino

¿Pero por qué?

Pepe

Pues... porque no lo soy.

D. Sabino

¿Qué dice usted?

Pepe

La verdad.

D. Sabino

¿Entonces usted ha venido aquí?...

Pepe

A una cosa muy distinta de la que suponen, y para la cual usted podría hacerme ahora un favor inmenso.

D. Sabino

Usted me dirá.

Pepe

¡Mi sobrino y la sobrina del alcalde se aman!

D. Sabino

¡Cielos! ¿Cristinita?

Pepe

Es preciso que esa muchacha salga para Madrid esta misma noche. ¿Usted tendría inconveniente en acompañarla?

D. Sabino

¡Con alma y vida! Si ella quiere... Precisamente a Madrid vamos nosotros.

Pepe

¿A qué hora sale el tren?

D. Sabino

A las diez y cuarto.

Pepe

Todavía queda media hora; sobra tiempo. Usted y su hija se llevan a Cristina, esperan en la estación y toman los billetes. Nosotros no tardaremos.

D. Sabino

¡Pero cómo podrá usted salir del pueblo, porque yo he sabido que quieren coaccionarle, que le tienen cercado!

Pepe

No importa. Me iré.

D. Sabino

Además, esos bribones no tardarán en venir con los libros... ¡y con la murga!

Pepe

¿Con la murga, para qué?

D. Sabino

Es la costumbre del alcalde. En cuanto tiene que rendir cuentas de cualquier cosa, lleva la murga para que en cuanto le pidan una aclaración, toque el pasodoble de Joselito y no haya modo de entenderse.

Pepe

No está mal. Ahora, que a mí, como si me quiere traer la Sinfónica. Contra todos puedo. Yo le doy a usted mi palabra que no solo no han de tocarme el pelo de la ropa, sino que hasta alguno de ellos puede que me acompañe a la estación.

D. Sabino

¡Pero usted es el demonio!

Pepe

Peor. Soy el hombre que ha vivido sin dinero.


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