Chapter 12

Pero en lo mejor de estos ensueños ambiciosos, el cruzado del pangermanismo recibía un balazo del «latino» despreciable, bajando á la tumba con todos sus orgullos.

«Bien estás donde estás, pedante belicoso», pensaba Desnoyers, acordándose de las conversaciones con su amigo el ruso.

¡Lástima que no estuviesen allí también todos losHerr Professorque se habían quedado en las universidades alemanas, sabios de indiscutible habilidad en su mayor parte para desmarcar los productos intelectuales, cambiando la terminología de las cosas! Estos hombres de barba fluvial y antiparras de oro, pacíficos conejos del laboratorio y de la cátedra, habían preparado la guerra presente con sus sofismas y su orgullo. Su culpabilidad era mayor que la delHerr Lieutenantde apretado corsé y reluciente monóculo, que al desear la lucha y la matanza no hacía mas que seguir sus aficiones profesionales.

Mientras el soldado alemán de baja clase pillaba lo que podía y fusilaba ebrio lo que le saltaba al paso, el estudiante guerrero leía en el vivac á Hégel y Nietzsche. Era demasiado culto para ejecutar con sus manos estos actos de «justicia histórica». Pero él y sus profesores habían excitado todos los malos instintos de la bestia germánica, dándoles un barniz de justificación científica.

«Sigue en tu sepulcro, intelectual peligroso», continuaba Desnoyers mentalmente.

Los marroquíes feroces, los negros de mentalidad infantil, los indostánicos tétricos, le parecían más respetables que todas las togas de armiño que desfilaban orgullosas y guerreras por los claustros de las universidades alemanas. ¡Qué tranquilidad para el mundo si desapareciesen sus portadores! Ante la barbarie refinada, fría y cruel del sabio ambicioso, prefería la barbarie pueril y modesta del salvaje: le molestaba menos, y además no era hipócrita.

Por esto los únicos enemigos que le inspiraban conmiseración eran los soldados obscuros y de pocas letras que se pudrían en aquellas tumbas. Habían sido rústicos del campo, obreros de fábricas, dependientes de comercio, alemanes glotones de intestino inconmensurable que veían en la guerra una ocasión de satisfacer sus apetitos, de mandar y pegar á alguien, después de pasar la vida en su país obedeciendo y recibiendo patadas.

La historia de su patria no era mas que una serie de correrías hacia el Sur, semejantes á losmalonesde los indios, para apoderarse de los bienes de los hombres que viven en las orillas templadas del Mediterráneo. LosHerr Professorhabían demostrado que estas expediciones de saqueo representaban un trabajo de alta civilización. Y el alemán marchaba adelante, con el entusiasmo de un buen padre que se sacrifica por conquistar el pan de los suyos.

Centenares de miles de cartas escritas por las familias con manos temblorosas seguían á la gran horda germánica en sus avances á través de las tierras invadidas. Desnoyers había oído la lectura de algunas de ellas, á la caída de la tarde, ante su castillo arruinado. Eran papeles encontrados en los bolsillos de muertos y prisioneros. «No tengas misericordia con los pantalones rojos. Matawelches: no perdones ni á los pequeños...» «Te agradecemos los zapatos, pero la niña no puede ponérselos. Esos franceses tienen unos pies ridículamente pequeños...» «Procura apoderarte de un piano.» «Me gustaría un buen reloj.» «Nuestro vecino el capitán ha enviado á su esposa un collar de perlas. ¡Y tú sólo envías cosas insignificantes!»

Avanzaba heroicamente el virtuoso germano con el doble deseo de engrandecer á su país y hacer valiosos envíos á los hijos. «¡Alemania sobre el mundo!» Pero en lo mejor de sus ilusiones caía en la fosa revuelto con otros camaradas que acariciaban los mismos ensueños.

Desnoyers se imaginó la impaciencia, al otro lado del Rhin, de las piadosas mujeres que esperaban y esperaban. Las listas de muertos no habían dicho nada tal vez de los ausentes. Y las cartas seguían partiendo hacia las líneas alemanas: unas cartas que nunca recibiría el destinatario. «Contesta. Cuando no escribes es tal vez porque nos preparas una buena sorpresa. No olvides el collar. Envíanos un piano. Un armario tallado de comedor me gustaría mucho. Los franceses tienen cosas hermosas...»

La cruz escueta permanecía inmóvil sobre la tierra blanca de cal. Cerca de ella aleteaban las banderas. Se movían á un lado y á otro como una cabeza que protesta, sonriendo irónicamente. ¡No!... ¡No!

Siguió avanzando el automóvil. El guía señalaba ahora un grupo lejano de tumbas. Allí era indudablemente donde se había batido el regimiento. Y el vehículo salió del camino, hundiendo sus ruedas en la tierra removida, teniendo que hacer grandes rodeos para evitar los sepulcros esparcidos caprichosamente por los azares del combate.

Casi todos los campos estaban arados. El trabajo del hombre se extendía de tumba en tumba, haciéndose más visible así como la mañana iba repeliendo su envoltura de nieblas.

Bajo los últimos soles del invierno empezaba á sonreir la Naturaleza, ciega, sorda, insensible, que ignora nuestra existencia y acoge indiferente en sus entrañas lo mismo á un pobre animalillo humano que á un millón de cadáveres.

Las fuentes guardaban todavía sus barbas de hielo; la tierra se desmenuzaba bajo el pie con un crujido de cristal; las charcas tenían arrugas inmóviles; los árboles, negros y dormidos, conservaban sobre el tronco la camisa de verde metálico con que los había vestido el invierno; las entrañas del suelo respiraban un frío absoluto y feroz, semejante al de los planetas apagados y muertos... Pero ya la primavera se había ceñido su armadura de flores en los palacios del trópico, ensillando el verde corcel que relinchaba con impaciencia: pronto correría los campos, llevando ante su galope en desordenada fuga á los negros trasgos invernales, mientras á su espalda flotaba la suelta melena de oro como una estela de perfumes. Anunciaban su llegada las hierbas de los caminos cubriéndose de minúsculos botones. Los pájaros se atrevían á salir de sus refugios para aletear entre los cuervos que graznaban de cólera junto á las tumbas cerradas. El paisaje iba tomando bajo el sol una sonrisa falsamente pueril, un gesto de niño que mira con ojos cándidos, mientras sus bolsillos están repletos de cosas robadas.

El labriego tenía arado el bancal y relleno de semilla el surco. Podían los hombres seguir matándose; la tierra nada tiene que ver con sus odios, y no por ellos va á interrumpirse el curso de su vida. La reja había abierto sus renglones rectos é inflexibles, como todos los años, borrando el pateo de hombres y bestias, los profundos relejes de los cañones. Nada desorientaba su testarudez laboriosa. Los embudos abiertos por las bombas los había rellenado.

Algunas veces, el triángulo de acero tropezaba con obstáculos subterráneos... un muerto anónimo y sin tumba. El férreo arañazo seguía adelante, sin piedad para lo que no se ve. De tarde en tarde se detenía ante obstáculos menos blandos. Eran proyectiles hundidos en el suelo y sin estallar. Desenterraba el campesino el aparato de muerte, que á veces, con tardía maldad, hacía explosión entre sus manos... Pero el hombre de la tierra no conoce el miedo cuando va en busca del sustento, y continuaba su avance rectilíneo, torciéndolo únicamente al llegar junto á una tumba visible. Los surcos se apartaban piadosamente, rodeando con su pequeño oleaje, como si fuesen islas, á estos pedazos de suelo rematados por banderas ó cruces. El terrón hundido en una boca lívida guardaba en sus entrañas los gérmenes creadores de un pan futuro. Las semillas, como pulpos en gestación, se preparaban á extender los tentáculos de sus raíces hasta los cráneos que pocos meses antes contenían gloriosas esperanzas ó monstruosas ambiciones. La vida iba á renovarse una vez más.

El automóvil se detuvo. Corrió el guía entre las cruces, inclinándose para descifrar sus borrosas inscripciones.

—¡Aquí es!

Había encontrado en una sepultura el número del regimiento.

Saltaron con prontitud fuera del vehículo Chichí y su marido. Luego descendió doña Luisa con una rigidez dolorosa, contrayendo el rostro para ocultar sus lágrimas. Finalmente, los tres se decidieron á ayudar al padre, que había repelido su envoltorio de pieles. ¡Pobre señor Desnoyers! Al tocar el suelo vaciló sobre sus piernas; luego fué avanzando trabajosamente, moviendo los pies con dificultad, hundiendo su bastón en los surcos.

—Apóyate, viejo mío—dijo la esposa ofreciéndole un brazo.

El autoritario jefe de familia no podía moverse ahora sin la protección de los suyos.

Se inició la marcha entre las tumbas, lenta, penosa.

Exploraba el guía el matorral de cruces, deletreando nombres, permaneciendo indeciso ante los rótulos borrosos. René efectuaba el mismo trabajo por otro lado. Chichí avanzó sola, de tumba en tumba. El viento hacía revolotear sus velos negros. Los rizos se escapaban de su sombrero de luto cada vez que inclinaba la cabeza ante una inscripción, pugnando por descifrarla. Sus breves pies se hundieron en los surcos. Recogió su falda para marchar con más soltura, dejando al descubierto una parte de su adorable basamento. Una atmósfera voluptuosa, de vida, de belleza oculta, de amor, siguió sus pasos sobre esta tierra de muerte y podredumbre.

A lo lejos sonaba la voz del padre.

—¿Todavía no?...

Los dos viejos se impacientaban, queriendo encontrar cuanto antes la tumba de su hijo.

Transcurrió media hora sin que los exploradores diesen con ella. Siempre nombres desconocidos, cruces anónimas ó inscripciones que consignaban cifras de otros regimientos. Don Marcelo ya no podía tenerse en pie. La marcha por la tierra blanda, á través de los surcos, era para él un tormento. Empezó á desesperarse... ¡Ay! No encontrarían nunca la sepultura de Julio. Los padres también la buscaron por su lado. Inclinaban sus cabezas dolorosas ante todas las cruces; hundían muchas veces los pies en el montículo largo y estrecho que parecía marcar el bulto del cadáver. Leían los nombres... ¡Tampoco estaba allí! Y seguían adelante por el rudo camino de esperanzas y desalientos.

Fué Chichí la que avisó con un grito: «¡Aquí... aquí!» Los viejos corrieron, temiendo caer á cada paso. Toda la familia se agrupó ante un montón de tierra que tenía la forma vaga de un féretro y empezaba á cubrirse de hierbas. En la cabecera, una cruz con letras grabadas profundamente á punta de cuchillo, obra piadosa de los compañeros de armas. «Desnoyers...» Luego, en abreviaturas militares, el grado, el regimiento y la compañía.

Un largo silencio. Doña Luisa se había arrodillado instantáneamente, con los ojos fijos en la cruz: unos ojos enormes, de córneas enrojecidas, y que no podían llorar. Las lágrimas la habían acompañado hasta allí. Ahora huían, como repelidas por la inmensidad de un dolor incapaz de plegarse á las manifestaciones ordinarias.

El padre quedó mirando con extrañeza la rústica tumba. Su hijo estaba allí, ¡allí para siempre!... ¡y no le vería más! Le adivinó dormido en las entrañas del suelo sin ninguna envoltura, en contacto directo con la tierra, tal como le había sorprendido la muerte, con su uniforme miserable y heroico. La consideración de que las raíces de las plantas tocaban tal vez con sus cabelleras el mismo rostro que él había besado amorosamente, de que la lluvia serpenteaba en húmedas filtraciones á lo largo de su cuerpo, fué lo primero que le sublevó, como si fuese un ultraje. Hizo memoria de los exquisitos cuidados á que se había sometido en vida: el largo baño, el masaje, la vigorización del juego de las armas y del boxeo, la ducha helada, los elegantes y discretos perfumes... ¡todo para venir á pudrirse en un campo de trigo como un montón de estiércol, como una bestia de labor que muere reventada y la entierran en el mismo lugar de su caída!

Quiso llevarse de allí á su hijo inmediatamente y se desesperó porque no podía hacerlo. Lo trasladaría tan pronto como se lo permitiesen, erigiéndole un mausoleo igual á los de los reyes... ¿Y qué iba á conseguir con esto? Cambiaría de sitio un montón de huesos; pero su carne, su envoltura, todo lo que formaba el encanto de su persona, quedaría allí confundido con la tierra. El hijo del rico Desnoyers se había agregado para siempre á un pobre campo de la Champaña. ¡Ah, miseria! ¿Y para llegar á esto había trabajado tanto él, amontonando millones?...

No conocía siquiera cómo había sido su muerte. Nadie podía repetirle sus últimas palabras. Ignoraba si su fin había sido instantáneo, fulminante, saliendo del mundo con una sonrisa de inconsciencia, ó si había pasado largas horas de suplicio abandonado en el campo, retorciéndose como un reptil, rodando por los círculos de un dolor infernal antes de sumirse en la nada. Ignoraba igualmente qué había debajo de aquel túmulo: un cuerpo entero tocado por la muerte con mano discreta, ó una amalgama de restos informes destrozados por el huracán de acero... ¡Y no le vería más! ¡Y aquel Julio que llenaba su pensamiento sería simplemente un recuerdo, un nombre que viviría mientras sus padres viviesen y se extinguiría luego poco á poco al desaparecer ellos!...

Se sorprendió al oir un quejido, un sollozo... Luego se dió cuenta de que era él mismo el que acompañaba sus reflexiones con un hipo de dolor.

La esposa estaba á sus pies. Rezaba con los ojos secos, rezaba á solas con su desesperación, fijando en la cruz una mirada de hipnótica tenacidad... Allí estaba su hijo, tendido junto á sus rodillas, lo mismo que de niño, en la cuna, cuando ella, vigilaba su sueño... La exclamación del padre estallaba también en su pensamiento, pero sin exasperaciones coléricas, con una tristeza desalentada. ¡Y no le vería más!... ¡Y era posible esto!

Chichí interrumpió con su presencia las dolorosas reflexiones de los dos. Había corrido hacia el automóvil y regresaba con una brazada de flores. Colgó una corona en la cruz; depositó un ramo enorme al pie de ésta. Luego fué derramando una lluvia de pétalos por toda la superficie del túmulo, grave y ceñuda, como si cumpliese un rito religioso, acompañando la ofrenda con salutaciones de su pensamiento: «A ti, que tanto amaste la vida por sus bellezas y sus sensualismos... A ti, que supiste hacerte amar de las mujeres...» Lloraba mentalmente su recuerdo con tanta admiración como dolor. De no ser su hermana, hubiese querido ser su amante.

Y al agotarse la lluvia de flores se apartó, para no turbar con su presencia el dolor gimente de los padres.

Ante la inutilidad de sus quejas, el antiguo carácter de don Marcelo se había despertado colérico, rugiendo contra el destino.

Miró al horizonte, allí donde él se imaginaba que debían estar los enemigos, y cerró los puños con rabia. Creyó ver á la bestia, eterna pesadilla de los hombres. ¿Y el mal quedaría sin castigo como tantas veces?...

No había justicia; el mundo era un producto de la casualidad; todo mentiras, palabras de consuelo para que el hombre sobrelleve sin asustarse el desamparo en que vive.

Le pareció que resonaba á lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos atropellando á los humanos. Vió al mocetón brutal y membrudo con la espada de la guerra, al arquero de sonrisa repugnante con las flechas de la peste, al avaro calvo con las balanzas del hambre, el cadáver galopante con la hoz de la muerte. Los reconoció como las únicas divinidades familiares y terribles que hacían sentir su presencia al hombre. Todo lo demás resultaba un ensueño. Los cuatro jinetes eran la realidad...

De pronto, por un misterio de asimilación mental, le pareció leer lo que pensaba aquella cabeza lloriqueante que permanecía á sus pies.

La madre, impulsada por sus propias desgracias, había evocado las desgracias de los otros. También ella miraba al horizonte. Se imaginó ver más allá de la línea de los enemigos un desfile de dolor igual al de su familia. Contempló á Elena con sus hijas marchando entre tumbas, buscando un nombre amado, cayendo de rodillas ante una cruz. ¡Ay! Esta satisfacción dolorosa no podía conocerla por completo. Le era imposible pasar al lado opuesto para ir en busca de otra sepultura. Y aunque alguna vez pasase, no la encontraría. El cuerpo adorado se había perdido para siempre en los pudrideros anónimos, cuya vista le había hecho recordar poco antes á su sobrino Otto.

—Señor, ¿por qué vinimos á estas tierras? ¿por qué no continuamos viviendo en el lugar donde nacimos?...

Al adivinar estos pensamientos, vió Desnoyers la llanura inmensa y verde de la estancia donde había conocido á su esposa. Le pareció oir el trote de los ganados. Contempló al centauro Madariaga en la noche tranquila, proclamando bajo el fulgor de las estrellas las alegrías de la paz, la santa fraternidad de unas gentes de las más diversas procedencias unidas por el trabajo, la abundancia y la falta de ambiciones políticas.

El también, pensando en su hijo, se lamentó como la esposa: «¿Por qué habremos venido?...» El también, con la solidaridad del dolor, compadeció á los del otro lado. Sufrían lo mismo que ellos: habían perdido á sus hijos. Los dolores humanos son iguales en todas partes.

Pero luego se revolvió contra su conmiseración. Karl era partidario de la guerra; era de los que la consideraban como el estado perfecto del hombre, y la había preparado con sus provocaciones. Estaba bien que la guerra devorase á sus hijos: no debía llorarlos. ¡Pero él, que había amado siempre la paz! ¡él, que sólo tenía un hijo, uno solo... y lo perdía para siempre!...

Iba á morir; estaba seguro de que iba á morir... Sólo le quedaban unos meses de existencia. Y la pobre compañera que rezaba á sus pies también desaparecería pronto. No se sobrevive á un golpe como el que acababan de experimentar. Nada les quedaba que hacer en el mundo.

Su hija sólo pensaba en ella, en formar un núcleo aparte, con el duro instinto de independencia que separa á los hijos de los padres, para que la humanidad continúe su renovación.

Julio era el único que podía haber prolongado la familia, perpetuando el apellido. Los Desnoyers habían muerto; los hijos de su hija serían Lacour... Todo terminado.

Don Marcelo sintió cierta satisfacción al pensar en su próxima muerte. Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el final de esta guerra que tanto le había preocupado. Fuese cual fuese su terminación, acabaría mal. Aunque la bestia quedase mutilada, volvería á resurgir años después, como eterna compañera de los hombres.... Para él, lo único importante era que la guerra le había robado su hijo. Todo sombrío, todo negro... El mundo iba á perecer... El iba á descansar.

Chichí estaba subida en un montículo que tal vez contenía cadáveres. Con el entrecejo fruncido contemplaba la llanura. ¡Tumbas... siempre tumbas! El recuerdo de Julio había pasado á segundo término en su memoria. No podría resucitarle por más que llorase.

La vista de los campos de muerte sólo le hacía pensar en los vivos. Volvió sus ojos á un lado y á otro, mientras sujetaba con ambas manos el revuelo de sus faldas, movidas por el viento.

René se hallaba al pie del montículo. Varias veces le miró, luego de contemplar las sepulturas, como si estableciese una relación entre su marido y aquellos muertos. ¡Y él había expuesto su existencia en combates iguales á éste!...

—¡Y tú, pobrecito mío—continuó en alta voz—, podías estar á estas horas debajo de un montón de tierra con una cruz de palo, lo mismo que tantos infelices!...

El subteniente sonrió con melancolía. Así era.

—Ven, sube—dijo Chichí imperiosamente—. Quiero decirte una cosa.

Al tenerle cerca le echó los brazos al cuello, lo apretó contra las magnolias ocultas de su pecho, que exhalaban un perfume de vida y de amor, le besó rabiosamente en la boca, le mordió, sin acordarse ya de su hermano, sin ver á los dos viejos, que lloraban abajo queriendo morir... y sus faldas, libres al viento, moldearon la soberbia curva de unas caderas de ánfora.

FIN


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