IVCURSO DE NATACION

Detiénese la música entre bastidores. Aparece la señorita Terpsy. Es una mujer alta, de cuarenta años, con rasgos un poco cansados, pero muy regulares. Está vestida con unaespecie de peplo grisáceo, que cubre un traje de malla de color de carne; piernas y brazos desnudos, pies calzados con sandalias entrelazadas; el peinado rojo de la señorita Terpsy está sujeto con bandeletas de oro. Adivínase un cuerpo espléndido, sobre el cual el peplo forma pliegues de una perfecta armonía.

Detiénese la música entre bastidores. Aparece la señorita Terpsy. Es una mujer alta, de cuarenta años, con rasgos un poco cansados, pero muy regulares. Está vestida con unaespecie de peplo grisáceo, que cubre un traje de malla de color de carne; piernas y brazos desnudos, pies calzados con sandalias entrelazadas; el peinado rojo de la señorita Terpsy está sujeto con bandeletas de oro. Adivínase un cuerpo espléndido, sobre el cual el peplo forma pliegues de una perfecta armonía.

TERPSY (indicando unas sillas).—¡Tengan la bondad de sentarse, señoras...!

Ella se adjudica un sillón de forma griega; actitud de Tanagra. Las visitantes están maravilladas.

Ella se adjudica un sillón de forma griega; actitud de Tanagra. Las visitantes están maravilladas.

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Es usted la señora Terpsy? Yo soy amiga de la señora Gimblon.

TERPSY (inmóvil).—¡Ah...! ¡Ya...! ¡De mi Diez-kilos...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué dice usted...?

TERPSY.—¡Le quité diez kilos en un mes...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Ya me lo contó...! ¡Ahora ya puede agacharse!

TERPSY.—¡Esto no es mas que el principio...! La estoy retrasando un poco a causa de los senos...[1].

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué designios...?

TERPSY.—¡Hablo del pecho...! Cuando se adelgaza demasiado de prisa, el pecho cae... ¡Y no conviene...!

LEA (curiosa).—¿De manera que los senos de la señora Gimblon...?

TERPSY.—¡Marchan muy bien, gracias a Dios...! Pero... ¿cómo decirlo...? ¡Sentían vértigos...! ¡Dejábanse caer en... la tentación...! Yo dije a la señora Gimblon: «Hay que someterse al masaje, y cuando ellos no tengan ya vacilaciones volverá usted y la dedicaré a la pírrica...»

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Y qué es eso...?

TERPSY.—La danza guerrera... Usted desconoce todavía mi enseñanza: la danza clásica en todas sus manifestaciones. ¡No hay ejercicio mejor...! ¡Desde luego aquí no aprenderá usted el tango...!

LEA (vivamente).—¡Oh...! ¿El tango...? ¡Ya lo sé...!

TERPSY.—¡Peor para usted...! Es la única danza que hace engordar. ¡Principalmente las piernas y el bajo-vientre!

LA SEÑORA BOUZINE (severa).—¡No bailarás más el tango, Lea...!

TERPSY (interesada).—¡Ah...! ¿Es esta joven la que necesita mis consejos...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Claro...! ¿Qué pensaba usted...?

TERPSY (contemplándola).—¡Oh...! ¡Gentil...! ¡Bien proporcionada...! ¡Rostro interesante...! Sin embargo, ¡ya era tiempo...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Lo mismo pensó su tío...! ¡Su tío es médico...!

TERPSY.—¡Estos señores nos envían muchas clientes...!

LA SEÑORA BOUZINE.—Además, mi cuñado se pasará por aquí al caer la tarde... ¡Siente curiosidad por conocer el método de usted...!

TERPSY.—¡Yo no tengo nada oculto para los señores de la Facultad...! ¡Ah...! ¡Le recuerdo el precio de la lección...! ¡Es de tres mil francos mensuales, a lección por día...!

LA SEÑORA BOUZINE (inclinando la cabeza).—¡Ya me lo habían indicado...!

TERPSY.—Yo les facilito el traje y el peplo: son cuarenta luises.

LEA (irónica).—¡Habría que ser verdugo de su cuerpo para privarse de ello...!

TERPSY (muy amable).—Pero si su señor cuerpo no quiere nada de esto, no hay por qué disgustar a los demás... ¡Yo no corro detrás de las lecciones...!

LA SEÑORA BOUZINE (alargándole discretamente un sobre).—¡Dispense a mi hija...! ¡Es un poco burlona...! Ahí van los dos primeros meses.

TERPSY (arrojando el sobre al fondo de un cajón).—¡Gracias...! (Firma un recibo en pergamino, que parece un diploma.) Voy a exponerle mi sistema a grandes rasgos. ¡Aquí tenemos, por ejemplo, a su hija, que es bastante linda...! Sin embargo, se sostiene mal, es de aspecto vulgar y se mueve con dificultad. ¡No tiene un solo ademán que sea gracioso...!

LEA (sonriente).—¡Encantador...! ¡Siga usted echándome flores, mientras las haya en su jardín...!

TERPSY.—Yo, hija mía, le digo a usted la verdad... Usted no sabe sentarse ni levantarse; usted no sabe acostarse... ¡Usted no sabe andar...! ¡Usted no sabeinclinarse...! Procure usted designar un objeto; este jarrón... Y diga: «¡He aquí un jarrón...!»

LEA (obedeciendo).—¡He aquí un jarrón... que no me gusta...!

TERPSY.—¿Lo está usted viendo...? ¡Es lo que yo decía...! ¡Hace usted un ademán torpe, un ademán vulgar...! Parece que está usted disparando una pistola con su índice... ¡Eso carece de gracia...!

LEA.—¡Yo me sirvo de mi índice como puedo...!

TERPSY.—¡Qué error...! ¡Es una cosa muy villana enseñar un dedo...! ¡Míreme...! ¡Yo contemplo el jarrón...! Luego curvo mi brazo, como para la ofrenda de mi deseo, y tiendo mis manos como si fueran una flor... (Actitud.)

LA SEÑORA BOUZINE (entusiasmada).—¡Bravo...!

LEA (vejada).—¡Evidentemente, es bonito...! Pero ¡si hay que ir de ofrenda siempre que se quiera un vaso...!

TERPSY (severa).—¡Es necesario...! ¡Atienda...! ¡Apuesto a que usted no sabe coger un paraguas caído...! (Toma el paraguas de la señora Bouzine y lo tira al suelo.) ¡Hala...! (Deteniendo a la señora Bouzine, que va a agacharse.) ¡Deje usted a su hija...! ¡Haga usted el favor de cogerlo, señorita Lea...!

LEA (doblándose en dos y cogiendo el paraguas).—¡No es nada difícil...!

TERPSY (indignada).—¡Quieta...! ¡Suéltelo usted, desventurada...! Y míreme; me acerco; voy, no «sobre» el objeto, sino «al lado» del objeto; doblo la rodilla derecha y pliego la izquierda; inclino mi cuerpo a la derecha y, con brazo alado, cojo el objeto como la lanza de un héroe difunto...

LA SEÑORA BOUZINE (en el colmo de la dicha).—¡Ah, qué hermoso...! ¡Bravo, señora Terpsy...! ¡Bravo...! (A su hija.) ¿Te acordarás...? (Lea hace una mueca.)

TERPSY.—Se enfada usted conmigo, señorita... Sin embargo, usted adquirirá poco a poco la costumbre de poner cierta armonía en sus menores ademanes... ¡Bajará usted del coche como una princesa baja de una carroza...! ¡Comerá usted tan noblemente, que su yantar no será la satisfacción, sino la idealización de una necesidad...! ¡Hasta sus más bajas funciones se revestirán de belleza...!

LEA (interesada).—¿Tiene usted también una actitud para esto...?

TERPSY.—¡Para todo, señorita...! Mi enseñanza no hace mas que expresar con ademanes los sentimientos sugeridos por la música: de esta suerte, yo la acostumbro a usted a guardar en el oído ciertas frases líricas; éstas acompañarán su vida en lo sucesivo. Principio por los sentimientos sencillos:la alegría(danza báquica),la tristeza(el treno),el ensueño(Beethoven),la voluptuosidad(erótica),la cólera(pírrica), etcétera. Una orquesta, oculta detrás de un biombo, toca los trozos de los mejores maestros, mientras que usted realiza cortejos tomados de jarrones etruscos, de bajorrelieves, de medallones y de reconstituciones cuidadosamente clasificadas. Así preparamos una juventud digna de este país...

LEA.—¿Una juventud...? ¿Con la señora Gimblon, que tiene ya la cuarentena...? ¡Hasta le llaman «la Fiebre amarilla»...!

TERPSY (digna).—¡La señora Gimblon torna a sus treinta años, demasiado mal cuidados...! ¡Es ya «canéfora», que quiere decir portadora de canastillo...! Dentro de poco será promovida a «hierofante»... Vamos a pasar a la sala de los oficios; antes ¿quiere usted decirme el nombre del doctor amigo de la familia que debe venir a buscarlas...?

LA SEÑORA BOUZINE.—Es mi hermano, el profesor Tassouin.

TERPSY (sobrecogida).—¿Gilberto Tassouin...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¡El mismo! ¿Le conoce usted...?

TERPSY.—¡De nombre...! Por aquí, señoras...

Dice algunas palabras en voz baja a la criada; luego entran en el estudio: las damas, en peplo y traje de mallas, toman el te con unas amigas más vestidas. A la entrada de Terpsy se levantan.

Dice algunas palabras en voz baja a la criada; luego entran en el estudio: las damas, en peplo y traje de mallas, toman el te con unas amigas más vestidas. A la entrada de Terpsy se levantan.

TERPSY.—¡Señoras...! ¡Al altar...!

Todas suben a un pequeño tablado.

Todas suben a un pequeño tablado.

TERPSY (manda).—¡Los tirsos...! ¡Interpretemos las Bacantes...! ¡Según el dibujo número 315, copa del museo de Pompeya...! (A la orquesta.) ¡Elagitatode lasuiteen mi...!

Y de súbito, golpeando a un Baco imaginario, las jóvenes se precipitan. Terpsy, con los crótalos en las manos, rima la danza,cuyos pasos son cada vez más rápidos; todo esto acaba en un furioso torbellino. La señora Bouzine y su hija están estupefactas y piensan:

Y de súbito, golpeando a un Baco imaginario, las jóvenes se precipitan. Terpsy, con los crótalos en las manos, rima la danza,cuyos pasos son cada vez más rápidos; todo esto acaba en un furioso torbellino. La señora Bouzine y su hija están estupefactas y piensan:

—«¡Imposible...! ¡Nos encontramos entre los dingos...!»

TERPSY (a Lea).—¿Qué le parece a usted, hija mía...?

LEA.—¡Oh! ¡Cuando yo refiera esto a mis compañeras de pensión van a sudar de firme...! ¡Me explico que se pierda grasa con este ejercicio...!

TERPSY.—¡Espere...! Tenemos el treno para descansar. (A sus discípulas.) ¡Señoras...! ¡El peplo..., los velos negros..., las palmas...! ¡Usted llevará la urna, señorita Punas...! Dibujo 215, según el vaso fúnebre del Louvre... (A la orquesta.) ¡La marchaSulla morte d'un héroe...!

Las damas forman una procesión detrás de la señorita Punas; avanzan con lento paso, dando muestras del más profundo dolor.

Las damas forman una procesión detrás de la señorita Punas; avanzan con lento paso, dando muestras del más profundo dolor.

LA SEÑORA BOUZINE (encantada).—¡Mira, Lea...! ¡Qué hermoso...!

LEA (burlona).—¡Sí...! ¡Aquí estamos más contentas que ahí enfrente...!

Y la jornada continúa de esta manera. A cosa de las seis, el profesor Gilberto Tassouin, antiguo buen mozo, muy grave, se presenta; asiste al final de la sesión sindecir una palabra. La señora Bouzine está inquieta.

Y la jornada continúa de esta manera. A cosa de las seis, el profesor Gilberto Tassouin, antiguo buen mozo, muy grave, se presenta; asiste al final de la sesión sindecir una palabra. La señora Bouzine está inquieta.

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué te parece, Gilberto...?

LEA.—¿Verdad, tío, que no se trata de una cosa ordinaria...?

GILBERTO (grave).—¡Tú no comprendes nada de esto, hija mía...! ¡Es muy notable...!

LEA (asombrada).—¿Qué dices...? ¿Tú también, maestro, te prendas de esto...?

GILBERTO.—Hay en ello una revelación: la Kineterapia aplicada a la Estética. Nunca podría aconsejarte bastante cuán necesario es para ti que sigas este curso... Por otra parte, voy a quedarme un instante con la señora Terpsy; deseo interrogarla acerca de los resultados obtenidos. (A la señora Bouzine.) Iré a buscaros esta noche.

Las dos mujeres se marchan. El profesor entra en el saloncito, donde Terpsy se le une, apenas ida su última discípula.

Las dos mujeres se marchan. El profesor entra en el saloncito, donde Terpsy se le une, apenas ida su última discípula.

GILBERTO (ceremonioso).—Señora: ¡dispense usted mi curiosidad...!

TERPSY (saltándole al cuello).—¡Quita de ahí...! ¿A qué viene eso de señora...? ¿No me besas ya, Gilberto mío...?

GILBERTO (turbado por este beso).—Ignoraba si debía...

TERPSY.—¡Es cierto...! ¡Me abandonaste cochinamente hace veinte años...! ¡Pero tuve tiempo de perdonarte...! ¡Te di los mejores años de mi juventud,bandido...! ¡Y no lo siento...! ¡Quia...! ¡Cuánto me alegra que hayas venido...!

GILBERTO.—¡Oh! ¡Me sentía atraído por la curiosidad! ¡Que me lleve el diantre si sospechaba que la célebre Terpsy era Melania Boujotte, a la que yo había dejado de modista en Montmartre...!

TERPSY.—Pues, querido mío, algo de culpa tienes tú de que yo me haya convertido en Terpsy... Es una cosa que te debo, además de la pérdida de mis ilusiones.

GILBERTO.—¡Imposible...!

TERPSY.—Vas a ver cómo se encadena todo. Cuando me dejaste plantada con el pretexto de que te impedía estudiar, estuve a punto de matarme... ¡Sí, alma mía...! Yo, tu «alegría de vivir», como tú me llamabas, quise envenenarme; claro está que no pude hacerlo. No tenía ganas de trabajar, y entonces me lancé a la vida alegre... Todas las noches iba al baile Vestris y allí danzaba para aturdirme... ¡Y nunca regresaba sola...!

GILBERTO (disgustado).—¿Siempre con el fin de aturdirte...?

TERPSY.—¡Ahí tiene usted a los hombres...! Se preocupan de nuestra fidelidad aun después que ellos fueron los causantes de nuestra caída... Un día, o, mejor dicho, una mañana, había venido conmigo un viejo cómico, que tuvo antaño talento, un tal La Tharillière...

GILBERTO.—¡Sí...! ¡Lo recuerdo...!

TERPSY.—Como no tenía ganas de... reír, nos pusimos a charlar. Escuchóme bonitamente y luego me dijo: «Tú, hija mía, no serás nunca mas que una pobrecillafracasada, una tristehorizontal. De esta manera no lograrás atrapar jamás al multimillonario. Sin embargo, hace poco te veía bailar: tienes en las piernas una cosa que no es vulgar; estás muy bien formada. ¡Y con esto ya se puede hacer algo...!» Me explicó su plan: fundar un curso de danza parasnobs. «¡Oh...! ¡Nada defox-trotni de matchichas argentinas...! ¡Esto está gastado y archiconcluído! ¡No! ¡Ha de ser algo medicinal y neosimbolista a la vez...!» ¡Entonces fundamos el curso de Belleza aplicada...! ¡La Tharillière subvino a los primeros gastos, y hasta se casó conmigo... ¡Sí; yo soy la señora La Tharillière...! ¡Ah...! ¡Cómo recuerdo aquellos principios en un cuartito pequeñín de Clignancourt! ¡Teníamos tres discípulos y un ciego que tocaba el piano...! Poco a poco fué aumentando la clientela: cubanas, chilenas y norteamericanas, que acudían por casualidad y por... algo más... ¡No frunzas el ceño...! ¡Es necesario comer...! ¡Ya estábamos lanzados...! Nos habíamos mudado aquí, contratado una orquesta y hecho repartir prospectos... ¡En esto se le ocurre a mi marido dejarme viuda...!

GILBERTO (interesado).—¡Ah...! ¿Eres viuda...?

TERPSY.—¡Desde hace cinco años...! ¡Apechugué yo sola con el negocio...! Y te aseguro que, si tengo buenas piernas, tampoco tengo mala cabeza... ¿Sabes cuánto gano ahora por año...? ¡Doscientos mil francos...!

GILBERTO (amargado).—¡Menos gano yo y soy médico de los hospitales...!

TERPSY (riendo).—¡Caramba! ¡Tú no puedes recibir a los enfermos mas que de uno en uno, y yo losrecibo a montones...! Tengo diez por la mañana y veinticinco por la tarde. Voy a ampliar el negocio y a tomar un hotel... ¡Y te aseguro que haré una propaganda monstruosa!

GILBERTO.—Y... ¿cómo aprendiste los preceptos de tu arte...?

TERPSY.—¿Yo...? ¡Yo no aprendí nada...! Entre La Tharillière y yo inventamos todo esto. Compramos cuatro grabados antiguos, y ¡cuánto nos divertimos confeccionando las danzas arcaicas...! ¡Pobre viejo...!

GILBERTO (conmovido).—¡Melania mía...! (Le coge la mano.) Estoy turbadísimo... Te encuentro más bella que nunca..., más mujer..., más...

TERPSY (retirando su mano).—¡Sí...! ¡Tus ojos se nublan...! ¡Ya sé lo que significa esto...! ¡Nada..., nada...! ¡Aquello se acabó...!

GILBERTO.—Entonces, ¿me echas...?

TERPSY.—¡Quia...! Estoy encantada de tenerte y te guardo conmigo. ¡Te hago un contrato...!

GILBERTO (asombrado).—¿Eh...?

TERPSY.—Precisamente estaba buscando un médico..., un médico de fama..., para que figurara en mi establecimiento... ¡Necesito un nombre conocido! ¡Tú no puedes negármelo...! Te daré un sueldo de cuatro mil francos mensuales... ¡Esto te entretendrá una media hora por día...! Y yo pongo en mis prospectos: «Dirección médica: Profesor Gilberto Tassouin». ¡Esto es importante...! ¿Quieres...?

GILBERTO.—Acepto; pero por nada, ¿me entiendes? Por nada...

TERPSY (resignada).—¡Comprendido...! «Por nada»quiere decir «por mí», ¿no es eso...? En fin, si ese es tu gusto... ¡Removeremos las cenizas...!

GILBERTO.—¡Querida mía...! (Va a ceñirle la cintura.)

TERPSY.—¡Un momento...! ¡Voy a avisar a la orquesta...! (En el acústico.) ¡Toquen ustedes elConcerto de Schumann...! (Volviendo.) Ahora..., ¡a tu disposición...!

La señora Grelou entra en el establecimiento del doctor Sinclar; enseña su tarjeta de abono y permanece algunos minutos en una cabina; esta mujer es todavía deseable, aunque disimula sus cuarenta y cinco primaveras. Las piernas de la señora Grelou son famosas por su contorno. Unicamente el rostro acusa cierto cansancio, por haber estado expuesto durante un cuarto de siglo a la admiración de los hombres y al menosprecio de las mujeres. Los ojos, azules, muy tiernos, tienen lo que llaman los poetas «pata de gallo». Sus cabellos, que eran naturalmente rubios, siguen siendo rubios, aunque menos naturalmente. Su epidermis no tiene ya el brillo de hace diez años y va adquiriendo un matiz harinoso. En una palabra, la señora Grelou es una antigua rubia; sin embargo, su línea es siempre elegante y su porte bastante juvenil. Esta dama ha venido a la piscina Sinclar (baño mixto, para uso de los parisienses y de las parisienses de la mejor sociedad) sin la menor intención de bañarse. Sería imprudente para ella arriesgar una zambullida en público; hase puesto comopretexto un traje de baño azul obscuro, un gorrito lorenés de satén impermeabilizado y unas sandalias gris perla; un peinador de baño, salpicado de dibujitos amarillos y azules, completa su atavío de bañista jubilada. Llega hasta la piscina.

La señora Grelou entra en el establecimiento del doctor Sinclar; enseña su tarjeta de abono y permanece algunos minutos en una cabina; esta mujer es todavía deseable, aunque disimula sus cuarenta y cinco primaveras. Las piernas de la señora Grelou son famosas por su contorno. Unicamente el rostro acusa cierto cansancio, por haber estado expuesto durante un cuarto de siglo a la admiración de los hombres y al menosprecio de las mujeres. Los ojos, azules, muy tiernos, tienen lo que llaman los poetas «pata de gallo». Sus cabellos, que eran naturalmente rubios, siguen siendo rubios, aunque menos naturalmente. Su epidermis no tiene ya el brillo de hace diez años y va adquiriendo un matiz harinoso. En una palabra, la señora Grelou es una antigua rubia; sin embargo, su línea es siempre elegante y su porte bastante juvenil. Esta dama ha venido a la piscina Sinclar (baño mixto, para uso de los parisienses y de las parisienses de la mejor sociedad) sin la menor intención de bañarse. Sería imprudente para ella arriesgar una zambullida en público; hase puesto comopretexto un traje de baño azul obscuro, un gorrito lorenés de satén impermeabilizado y unas sandalias gris perla; un peinador de baño, salpicado de dibujitos amarillos y azules, completa su atavío de bañista jubilada. Llega hasta la piscina.

Es un estanque cuadrado, bastante amplio, rodeado de una columnata dórica. En el agua, cuatro o cinco personas de uno u otro sexo retozan bajo la vigilancia de cuatro maestros nadadores, que están pensando en otra cosa; al pie de la columnata hay una profusión de mesitas de te, rodeadas de bañistas, con trajes de baño y con peinadores, que se han guardado muy bien de remojarse. La señora Grelou es detenida, al pasar, por cuatro náyades, entre los treinta y cinco y los cincuenta años, que toman el te.

LA SEÑORA CELAMINA.—¡Hola, Simona...! ¡Ven aquí...!

LA SEÑORA GRELOU.—¡Dentro de un ratito, querida mía...! ¡Aun no he tomado mi baño...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Tiene usted tiempo...! ¡Una taza de te no la hará daño...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—¿Quiere usted un sorbito de oporto...?

EL VIZCONDE GEDEÓN (levantándose).—¡Siéntese usted aquí, señora...!

LA SEÑORA GRELOU (pasando entre ellos).—¡No...! ¡Resueltamente, no...! ¡Tengo que mojarme un poco...! (Se aleja.)

EL VIZCONDE GEDEÓN (tornando a sentarse).—¡No cabe duda...! ¡Esta mujer está todavía bastante buena...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Cierto...! ¡Nadie diría que tiene cuarenta y ocho años...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—¡No hay que ser mala lengua...! ¡No pasa de los cuarenta...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¿Lo dice usted de veras...? ¡Pero si tiene una hija de veinticinco años...!

EL VIZCONDE.—Y un hijo, que está en el asilo de Ancianos del Vesinet. Es el más pequeño.

LA SEÑORA CELAMINA.—¡Es usted absurdo, Gedeón...! ¡Para usted son viejas todas las mujeres que no se le rindieron...!

EL VIZCONDE.—¡Evidente! Tengo veinticinco años. Me quedan, pues, todavía diez años para no pasar de esa edad. Y me aprovecho de ello para vengarme de las damas que no me quisieron...

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Y Simona no le quiso...!

EL VIZCONDE.—Lo confieso. Me gustaba mucho y se lo insinué. Adoro a las mujeres de esta edad, a las mujeres de las que se dice que «se defienden»; pero a las que nadie ataca ya. Ella me contestó que era honrada.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Lo era para usted...!

EL VIZCONDE.—Eso pensé yo. Y no tardé en descubrir que era honrada para todo el mundo menos para Raúl de Saint-Crazy.

LA SEÑORA CELAMINA (interesada).—¡Caramba...! ¿Está usted seguro...?

EL VIZCONDE.—Voy a revelarle a usted un secreto, mi querida señora: «¡Ha muerto Napoleón...!»

LA SEÑORA CELAMINA (disgustada).—¡Es un rumor que se hace correr por ahí...!

EL VIZCONDE.—¿Que ha muerto Napoleón...?

LA SEÑORA CELAMINA.—¡No! Que la señora Grelou y el pequeño Crazy...

LA SEÑORA LABONNETTE.—¡Ah! Permítame usted que proteste... No se habla de otra cosa desde hace mucho tiempo... Esta buena Simona no viene aquí mas que para vigilar al hermoso Raúl.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡El hermoso Raúl no se priva de nada...! Ayer me lo encontré en el auto de la señorita Fraicherose, la bailarina. ¡Iba en él como en su casa...!

LA SEÑORA CELAMINA.—¿De qué vive el pobre Raúl?

EL VIZCONDE.—No se sabe... Vive. ¡Ya es bastante para los tiempos que corremos...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—Su padre se arruinó por las mujeres.

EL VIZCONDE.—Y el hijo sigue aumentando las trampas del padre.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Usted, Gedeón, es peor que la peste...! Contamina todas las reputaciones...

EL VIZCONDE.—¡No me defiendo...! ¡Me molesta el tal Raúl...! Parece una de esas muñecas de escaparate que se visten de oficial para Año Nuevo. Es dulce, insolente, feroz y, además, delicioso. Ha poseído a todas las mujeres que yo deseaba.

LA SEÑORA LABONNETTE.—¿El qué...? ¿A la señorita Fraicherose también...?

EL VIZCONDE.—¡A la señorita Fraicherose también...! Después de todo, la señorita Fraicherose tampoco está ya en la flor de su juventud.

LA SEÑORA CELAMINA (riendo).—¡Claro...! ¡Se resistió a usted...!

EL VIZCONDE.—¡Desde luego...! Por eso la envejezco...¡Además... es una cualquier cosa! Vive a costa del hermoso Raúl y, de propina, le hace pasar por un chulo indecente... ¡Es delicioso...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¿Está aquí esa Fraicherose...?

EL VIZCONDE.—Sí. Al otro lado del abrevadero... Es aquella muchacha alta, delgada y morena que acaba de salir del agua. ¡Porque ella se baña...! Puede resistir la prueba del agua, que fortalece sus carnes, en vez de poner de manifiesto, como en algunas, las injurias del tiempo.

LA SEÑORA GENTISEL (furiosa).—¡Yo también me baño...!

EL VIZCONDE.—¡Por Dios, señora...! ¡Yo no me refería a usted...! Sin embargo, consiento en perder todos mis derechos a la corona de Portugal si la señora Grelou desciende a la piscina... ¡Mírela...! Se detiene junto a las mesas... Poco a poco se llega hasta Raúl, que charla con la señorita Fraicherose y le paga el te... ¡Porque Raúl paga...! ¡Usted es testigo de que paga...!

En efecto; el señor de Saint-Crazy recibe a la señorita Fraicherose a su salida de la piscina. Le ha alargado el peinador recio para que se enjugue y la ha secado tiernamente. Luego le ha puesto el peinador de gala, y los dos se han ido a tomar el te debajo de la columnata.

En efecto; el señor de Saint-Crazy recibe a la señorita Fraicherose a su salida de la piscina. Le ha alargado el peinador recio para que se enjugue y la ha secado tiernamente. Luego le ha puesto el peinador de gala, y los dos se han ido a tomar el te debajo de la columnata.

RAÚL (muy conmovido).—¡Querida mía...! ¡Hermosa mía...! ¡Al fin te tengo un instante...!

FRAICHEROSE.—¡Ay, amor mío...! ¡Qué cosa tan hermosa es ésta...! El agua fría... como una serpiente.

RAÚL.—¿Y la reacción...?

FRAICHEROSE.—¡Excelente...! ¡La Reacción Francesa...! Siento calor por dentro y frío por fuera... ¡Mira...! ¡Tienta...! (Ella le alarga su brazo desnudo.)

RAÚL (palpando).—Sí...! ¡Ten cuidado...! ¡Nos espían...!

FRAICHEROSE.—¿Qué dices...? Supongo que no te avergonzarás de mí...

RAÚL (protestando).—Pero ¿qué estás hablando ahí...? Soy prudente por ti, a causa de Blucher...

FRAICHEROSE.—¿A causa de mi amante...? ¡Bah! ¡Ya sabe a qué atenerse...! Todas las mañanas recibe varios anónimos. ¡Y figúrate si estará enterado...! Además le he confesado que tú eras el amado de mi corazón...

RAÚL.—¡Ah...! ¿Y qué te ha contestado...?

FRAICHEROSE.—Cosas muy bien dichas: «Podías haber elegido a alguno peor, querida mía...» ¿Eh...? ¡Es muychic...! ¡Es Luis XV puro...!

RAÚL.—¡Es muy mortificante para mí... y para ti...!

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Qué bobo eres...! ¡Este hombre será tu amigo íntimo antes de ocho días...!

RAÚL (amargamente).—¡Sí...! ¡Cuando nos hospedemos en la misma posada, bajo la misma muestra...!

FRAICHEROSE.—¿Bajo qué muestra...?

RAÚL.—«¡A los cornudos complacientes...! ¡Se admiten huéspedes a pie y a caballo...!»

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Esas son frases...! ¡Todo elmundo es cornudo...! ¡Mi padre lo era y el Emperador también...! ¡Oh...! ¡El te con mandarina es una delicia...! (Bebe.)

RAÚL (sin transición).—¿Te acompaño...?

FRAICHEROSE (indiferente).—No, amor mío; esta noche, no. ¡Viene Blucher...!

RAÚL (devorado por los celos).—¡Falso...! ¡Blucher no va...! ¡Está en Versalles...!

FRAICHEROSE.—Yo, vida mía, no puedo evitar que sufras; no hago nada para que padezcas... Eres el amado de mi corazón, ¿y no te basta...? En tu oficio no se sufre, porque sesufretodo...

RAÚL (constreñido).—¡Estás un poco fuerte...!

FRAICHEROSE.—Soy sincera, chico; al pan, pan, y al vino, vino. Yo no siento una pasión loca por ti; pero tampoco me desagradas. Sin embargo, no quiero que me tengas por muy tuya... Me habías prometido la sortija que vimos el otro día en la calle de la Paz... ¿Te acuerdas...?

RAÚL (inquieto).—¿Cuál...? ¡Hemos visto tantas sortijas en la calle de la Paz...!

FRAICHEROSE (insistiendo).—¡Ya lo creo...! Fué el día en que nos amamos tanto, a primera hora de la tarde... Hacía mucho calor... Hasta recalcaste esta frase: «¿Cómo podría yo saber por qué has suspirado, querida mía...?»

RAÚL (riendo).—¡Acaso me referiría a nuestro futuro hijo...!

FRAICHEROSE.—¡Picaronazo...! ¡Cómo cambias de conversación...! Esto no es obstáculo para que yo te recuerde que una hora después, en la calle de la Paz, delante de la tienda de Saste, el joyero, te señalé unasortija, diciéndote: «¡Si quieres saber por qué suspiraba, regálamela...!»

RAÚL (sobresaltado).—¡Atiza...! ¡Diez mil francos...!

FRAICHEROSE (tranquila).—¡Caramba! ¡Cómo recobras la memoria...!

RAÚL (descorazonado).—¡Es que... Rosette... es que no tengo los diez mil francos...!

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Si te paras en detalles, no acabaremos nunca...! Si tú no me das el brillante esta noche, otro me lo dará mañana. Seguiremos siendo buenos amigos, y nada más. Y dejarás de ser el amado de mi corazón.

RAÚL (en el colmo de la desesperación).—¡Quinientos luises...! ¿Dónde encontraré yo una cantidad semejante...?

FRAICHEROSE (digna).—¡Déjalo...! ¡Te lo ruego...! ¡Me horrorizan las cuestiones de dinero en el amor...! ¡Yo también tengo mi dignidad...! Te espero hasta las ocho y luego saldré...

RAÚL.—¿Adonde irás...?

FRAICHEROSE.—A ver al Nuncio de Su Santidad, que me ha dado una cita para confesarme. Después de esto, amor mío, me volveré a vestir y regresaré a casa. Aviso a los aficionados.

Se levanta y se marcha con la altivez de una reina.

Se levanta y se marcha con la altivez de una reina.

RAÚL (solo).—¡Qué estúpido...! ¡Y decir que estoy chiflado por esta potranca...!

Se levanta y va hacia su cabina rumiando losmás amargos pensamientos. Tropieza con la señora Grelou, que lo detiene. Está muy conmovida. El dolor la ha envejecido diez años.

Se levanta y va hacia su cabina rumiando losmás amargos pensamientos. Tropieza con la señora Grelou, que lo detiene. Está muy conmovida. El dolor la ha envejecido diez años.

LA SEÑORA GRELOU (avanza con el semblante risueño; pero su voz está velada por los sollozos).—¡Hola, señor de Saint-Crazy...! ¡Qué sorpresa...!

RAÚL (aburrido).—¡Encantado de haberla encontrado, señora...!

LA SEÑORA GRELOU.—Salgo del baño. ¿Quiere usted ayudarme a reaccionar...?

RAÚL.—¡Con mucho gusto...!

LA SEÑORA GRELOU (en voz baja).—¿Por qué no fuiste ayer, Raúl...?

RAÚL.—¡Tuve que hacer...!

LA SEÑORA GRELOU.—Te esperé durante tres horas. ¡Oh...! ¡Qué malo eres...! ¡Qué malo...!

RAÚL (en voz baja).—¡Por favor...! Ten cuidado... Nos están mirando... ¡Sonríe, mujer, sonríe...!

LA SEÑORA GRELOU.—¡No puedo más...! ¡Te estuve acechando allí, a tu lado, mientras flirteabas con aquella zorra...!

RAÚL.—¡Yo...! ¡Flirtear yo con Fraicherose...! ¡Con la amiga de mi amigo Blucher...! ¿Por quién me tomas tú...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Te la comías con los ojos...! Y yo no quiero, ¿lo oyes...? No quiero...

RAÚL.—Apretemos el paso, porque de lo contrario la gente verá que estamos de cuestión...

LA SEÑORA GRELOU.—¡Es atroz...! ¡Cuánto me haces sufrir...! ¡Ya no me amas...! ¡Confiésamelo...! ¡Es más leal...!

RAÚL (cansado).—¡Por lo que más quieras...! No. ¡Que llores en público! Será un escándalo...

LA SEÑORA GRELOU (con las mejillas chorreando).—¡No...! ¡No...! ¡No lloro...!

RAÚL.—¡Pero si tienes los ojos arrasados de agua...! ¡Tiene gracia...! ¡Vamos a ser la irrisión de Europa...!

LA SEÑORA GRELOU (dominándose).—¡Tranquilízate...! Seré razonable. Mira cómo se borran mis lágrimas sin que nadie se dé cuenta... ¡Anda...! ¡Se luce la señora Gentisel, que nos acecha...!

LA SEÑORA GENTISEL (al pasar).—¡Hola, Simona...! ¡Te cojo con tu flirteo...!

LA SEÑORA GRELOU (riendo).—¡Mi flirteo Saint-Crazy...! ¡Estoy trabajando para casarlo...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡A buena hora...! ¿Te bañaste ya...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Sí...! El agua estaba deliciosa... ¡Hasta luego...!

La señora Gentisel se aleja.

La señora Gentisel se aleja.

RAÚL.—Una más que va a chismorrear.

LA SEÑORA GRELOU.—Me da lo mismo. ¿Por qué no viniste ayer...?

RAÚL.—Tuve disgustos... disgustos de importancia.

LA SEÑORA GRELOU.—¿Y... qué disgustos...?

RAÚL.—¡Bah! No te interesa... ¡Disgustos de familia...!

LA SEÑORA GRELOU.—¿Tu hermano...?

RAÚL.—Sí. Mi hermano, que ha jugado y que ha contraído una deuda de veinte mil francos. Necesitoencontrarlos antes de esta noche o, de lo contrario, está perdido.

LA SEÑORA GRELOU (sorprendida).—¡Dios mío...!

RAÚL (mintiendo con aplomo).—Ahora figúrate cómo habré removido el cielo y la tierra desde ayer; logré reunir diez mil francos... ¡Es todo lo que pude hacer...!

LA SEÑORA GRELOU (con reproche).—¿Y no te acordaste de mí...?

RAÚL (altivo).—¡Me estás ofendiendo, Simona...!

LA SEÑORA GRELOU (ardiente).—¡Amor mío...! ¡Ya sabes de sobra que, si fuera preciso, robaría para evitarte un disgusto...! ¿Amas a tu hermano...? ¿Deseas salvarlo...?

RAÚL (avergonzado).—¡Sí!

LA SEÑORA GRELOU.—¡Pues bien! ¡Tendrás tus diez mil francos...! ¡No te preocupes...! ¡Los tendrás mañana por la mañana...!

RAÚL.—¡Es que los necesitaba... antes de esta noche...!

LA SEÑORA GRELOU.—Desde el momento en que respondes por tu hermano, esperarán... ¡Los tendrás mañana sin falta...!

RAÚL (digno).—Te los devolveré en cuanto mi hermano haya cobrado sus rentas.

LA SEÑORA GRELOU (dichosa).—¡Bueno...! Oye... Vamos a vestirnos... Saldrás antes que yo, y yo iré a buscarte a nuestra casa... a nuestro nidito...

RAÚL.—¡Vida mía...! Siento a la vez vergüenza y...

LA SEÑORA GRELOU.—¡Alivia...! ¡No perdamos el tiempo...!

Ella corre hacia su cabina, en tanto que Raúl piensa que va a empeñar su amor en el Monte de Piedad.Pasadas dos horas, mientras Raúl, algo sofocado, corre a casa de la señorita Fraicherose para anunciarle que tendrá la sortija al día siguiente por la mañana, debido sólo a que «las joyerías estaban cerradas», la señora Grelou regresa a su domicilio. Esta dama encuéntrase alegre y satisfecha: primeramente, porque ha gozado de dos horas de pasión, las más hermosas de su vida; Raúl ha estado a la altura de las circunstancias. Además, piensa que ha salvado al hermano de su amante, el cual, por otra parte—¿es necesario decirlo?—no tiene hermano alguno.La señora Grelou va corriendo en busca de su marido, que leeEl Tiempoen el salón. El esposo—un hombrecillo insignificante—levántase en cuanto la ve.

Ella corre hacia su cabina, en tanto que Raúl piensa que va a empeñar su amor en el Monte de Piedad.

Pasadas dos horas, mientras Raúl, algo sofocado, corre a casa de la señorita Fraicherose para anunciarle que tendrá la sortija al día siguiente por la mañana, debido sólo a que «las joyerías estaban cerradas», la señora Grelou regresa a su domicilio. Esta dama encuéntrase alegre y satisfecha: primeramente, porque ha gozado de dos horas de pasión, las más hermosas de su vida; Raúl ha estado a la altura de las circunstancias. Además, piensa que ha salvado al hermano de su amante, el cual, por otra parte—¿es necesario decirlo?—no tiene hermano alguno.

La señora Grelou va corriendo en busca de su marido, que leeEl Tiempoen el salón. El esposo—un hombrecillo insignificante—levántase en cuanto la ve.

EL SEÑOR GRELOU.—¡Mujercita mía...! ¡Tú...! ¡Gracias a Dios...!

LA SEÑORA GRELOU (cándida).—¿Me he retrasado...?

EL SEÑOR GRELOU.—Acaban de dar las ocho y media. No puedes imaginarte lo que sufro cuando vuelves después de las ocho. ¡Se me ocurren unas ideas...!

LA SEÑORA GRELOU (digna).—¿Irías a sentir celos...?

EL SEÑOR GRELOU.—¡De ninguna manera...! Pero sufro, ¿sabes...? ¡Y es atroz...!

LA SEÑORA GRELOU (sincera).—¡Todo el mundo sufre...!

EL SEÑOR GRELOU.—¿Tienes algún disgusto...?

LA SEÑORA GRELOU.—Sí... No quería confesártelo: tengo que pagar una cuenta de doce mil francos...

EL SEÑOR GRELOU (aterrorizado).—¡Caramba...!

LA SEÑORA GRELOU (vivamente).—Sin embargo, por ahora tendré bastante con diez mil francos...

EL SEÑOR GRELOU.—No te preocupes, encanto mío. Te los llevaré esta noche a tu alcoba... ¿Vamos a comer...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Sí...! ¡Siento un hambre...! ¡Figúrate...! ¡He ido a tomar un baño a la piscina Sinclar...! ¡El agua estaba deliciosa...!

El resto de la charla se pierde en el comedor.

El resto de la charla se pierde en el comedor.

El señor César Juque es un joven agradable, de veintidós años, muy rubio para su edad; está vestido con una chaqueta de antes de la guerra; él ha crecido desde hace cinco años, mientras que la chaqueta se encogía. Adivínase lo que significa esto. El señor César Juque tiene unos ojos de un azul agrisado; su semblante acicalado y velloso tranquiliza a las familias. El señor César Juque, pequeñito y un tanto afeminado, no es demasiado ridículo; un joven cándido no se presta jamás a la risa. El señor César Juque va a casa de la señorita Givendolen Lorys, llamada Chadd no se sabe por qué. Esta persona ocupa un hotel muy pequeño, junto a las fortificaciones: una caricatura de casa de tres pisos; diríase que es un telescopio amueblado por Martine; una vivienda paradójica. César, que lleva una cartera de ministro, como si fuera un pedicuro, llama a la puerta de esta casa. Una criada gruesa, con aspecto de madre, o, si a ustedes les parece mejor, una madre con aspecto de criada gruesa, sale a abrir.

El señor César Juque es un joven agradable, de veintidós años, muy rubio para su edad; está vestido con una chaqueta de antes de la guerra; él ha crecido desde hace cinco años, mientras que la chaqueta se encogía. Adivínase lo que significa esto. El señor César Juque tiene unos ojos de un azul agrisado; su semblante acicalado y velloso tranquiliza a las familias. El señor César Juque, pequeñito y un tanto afeminado, no es demasiado ridículo; un joven cándido no se presta jamás a la risa. El señor César Juque va a casa de la señorita Givendolen Lorys, llamada Chadd no se sabe por qué. Esta persona ocupa un hotel muy pequeño, junto a las fortificaciones: una caricatura de casa de tres pisos; diríase que es un telescopio amueblado por Martine; una vivienda paradójica. César, que lleva una cartera de ministro, como si fuera un pedicuro, llama a la puerta de esta casa. Una criada gruesa, con aspecto de madre, o, si a ustedes les parece mejor, una madre con aspecto de criada gruesa, sale a abrir.

LA MADRE-CRIADA (insolente).—Si viene usted a pedir limosna, puede volverse. La señora socorre solamente a las Hermanitas... (Pretende cerrar la puerta.)

CÉSAR (sonriendo).—¡No soy un pobre...! Soy el profesor enviado por la Casa Marvitz.

LA MADRE-CRIADA (recelosa).—¿De veras...? ¿No dice usted esto para penetrar en la casa y sablear a la señora?

CÉSAR.—Aquí está la carta del Instituto Marvitz, que me acredita cerca de la señora Lorys. (Le entrega un sobre.)

LA MADRE-CRIADA (leyendo la carta).—¡Atiza...! ¡Chadd desea tomar lecciones de inglés...! Pero ¿quiere usted decirme si esto es tener sentido común...? ¡No me indicó nada...!

CÉSAR (un poco seco).—Hizo mal. Pero tengo los minutos contados. Si la señora Lorys no recibe, me vuelvo. Las lecciones se pagan por adelantado.

LA MADRE-CRIADA (repentinamente fina).—¡Entre, señor profesor, entre...! (Se deshace en cumplidos.) Siéntese en este cofre de madera. ¡Voy corriendo a avisar a mi hija...!

Desaparece. César se encuentra en una antesala, muy alta de techo, muy estrecha y amueblada con el mencionado cofre de madera y con una percha. En el fondo se abre una escalera monumental; en esta mansión inverosímil, las habitaciones son minúsculas, pero la escalera es inmensa;capricho del arquitecto. Al cabo de un minuto, una voz grita: «¡Señor profesor...! ¿Quiere usted subir hasta el estudio...? Son tres pisos.» César sube los tres pisos, a razón de treinta escalones cada uno. Ya en lo alto, es recibido por una mujercita con kimono morado y sembrado de grandes ibis; es la señorita Chadd, que, según se dice, danza en losmusic-halls,pero que principalmente desempeña otras profesiones menos confesables; pertenece a la «gente alegre» y se gana la vida desayunando, comiendo y bailando el tango en diversos establecimientos de la capital. Figura también en los fumaderos de opio, aunque no haya absorbido nunca una bocanada de este brebaje. Es fea; tiene la boca demasiado grande, la nariz bastante puntiaguda y los ojos grises y muy pequeños; pero no parece tonta, y su carilla viciosa de pilluela, muy avispada, promete mucho. Para los hombres, prometer vale más que cumplir lo prometido.

Desaparece. César se encuentra en una antesala, muy alta de techo, muy estrecha y amueblada con el mencionado cofre de madera y con una percha. En el fondo se abre una escalera monumental; en esta mansión inverosímil, las habitaciones son minúsculas, pero la escalera es inmensa;capricho del arquitecto. Al cabo de un minuto, una voz grita: «¡Señor profesor...! ¿Quiere usted subir hasta el estudio...? Son tres pisos.» César sube los tres pisos, a razón de treinta escalones cada uno. Ya en lo alto, es recibido por una mujercita con kimono morado y sembrado de grandes ibis; es la señorita Chadd, que, según se dice, danza en losmusic-halls,pero que principalmente desempeña otras profesiones menos confesables; pertenece a la «gente alegre» y se gana la vida desayunando, comiendo y bailando el tango en diversos establecimientos de la capital. Figura también en los fumaderos de opio, aunque no haya absorbido nunca una bocanada de este brebaje. Es fea; tiene la boca demasiado grande, la nariz bastante puntiaguda y los ojos grises y muy pequeños; pero no parece tonta, y su carilla viciosa de pilluela, muy avispada, promete mucho. Para los hombres, prometer vale más que cumplir lo prometido.

CHADD (introduciendo al visitante en un estudio tan pequeño que no podría pintar en él más que miniaturas).—¡Entre usted en la sala de estudio, señor profesor...!

CÉSAR (al ver una mesita).—Aquí está lo que necesitamos. (Se sienta.)

CHADD (mirándole con estupefacción).—¿De veras...? ¿Es usted profesor de idiomas...?

CÉSAR (molesto).—¡Sí, señora...! ¿No le inspiro confianza...?

CHADD (riendo).—¡Ni pizca...! ¡Es usted un chiquillo...! Tiene usted veinte años, ¿verdad...?

CÉSAR.—¡Cumpliré veintidós cuando maduren los albaricoques! Hablo cinco idiomas: el inglés, el ruso, el español, el italiano y hasta el francés.

CHADD (compadecida).—¡Pobrecito...! ¿Y no se cansó aprendiendo todo eso...? ¡Usted ganaría una fortuna como portero de hotel...!

CÉSAR (cortés).—¡Desde luego...! Pero prefiero ser profesor; me pagan menos, pero me consideran más. ¡Aunque su señora criada me haya tomado por un sablista...!

CHADD.—¡A mamá le pasa siempre lo mismo...! ¡Quiero que le presente sus excusas...! ¡Voy a llamarla...!

CÉSAR (vivamente).—Es inútil. Tengo alguna prisa. La lección que le he de dar será de una hora. ¿Conoce usted el método Marvitz?

CHADD.—¡No! ¡Yo quiero aprender inglés y nada más...!

CÉSAR.—Pues bien; el método consiste en hablar inmediatamente la lengua. A partir de este instante, no le hablaré ya mas que en inglés, indicándole los objetos. Usted repetirá las palabras a medida que yo las vaya diciendo.

CHADD.—¡Como usted quiera! ¡Tiene gracia...!

CÉSAR (indicándole una silla).—«¡Chair...!»

CHADD (repitiendo).—«¡Chair!» ¡En francés, esto quiere decir otra cosa muy distinta y resulta más bonito...! ¡En fin!...

CÉSAR (indicándole la mesa).—«¡Table!»[2]

CHADD (riendo).—¡Eres bonita...! ¡Y hueles bien...! ¡Y esto significa una mesa...! ¡Qué lengua tan hermosa es la lengua inglesa...!

CÉSAR (oliendo una rosa).—«¡Good smell...!»

CHADD (furiosa).—¿Cómo...? ¿Que esto tiene gusto a suela? ¿Una rosa...? ¡Eso es demasiado fuerte...! ¡Usted está de buen humor!

CÉSAR (interrumpiéndose).—«Good smell» significa «buen olor». ¡Si usted me ataja a cada paso, no acabaremos nunca...!

CHADD.—Tiene usted razón; pero me parece que estamos perdiendo el tiempo. Yo, amigo mío, no tengo empeño en aprender la lengua inglesa, sino solamente en conocer unas treinta frases de inglés que me son necesarias. Por esta causa no gaste usted su tiempo hablándome de la silla, de la mesa, de la suela y de un montón de cosas sin importancia.

CÉSAR (resignado).—¡Como usted guste, señora...! ¿Qué es lo que desea...?

CHADD.—Va usted a explicárselo todo. Mi profesión es la de artista, la de bailarina; pero esto no es mas que la fachada. En realidad, yo soy una... «mujer alegre». ¿Hay algún mal en ello...?

CÉSAR.—¡Santo Dios...! ¡Yo, personalmente, no veo que haya ningún inconveniente...!

CHADD.—Tengo una buena clientela en el ejército inglés y entre los norteamericanos. Pero estostipos no hablan francés. ¡Esto es muy molesto...! Para entrar en materia, es muy sencillo: basta una pantomima; pero cuando se trata de fijar las condiciones, ya es muy distinto. Por ejemplo: yo no sé cómo se dice «un regalito»...

CÉSAR.—«A little gift».

CHADD.—¡Bueno! Póngame eso por escrito, con la pronunciación...

CÉSAR (abre su cartera, saca una hoja de papel y escribe).—¡Ahí lo tiene...!

CHADD (que ha leído por encima del hombro).—¡Muy bien! Siga usted escribiendo: «Me gustas mucho», «Necesito veinticinco luises para mi costurera», «Tengo gana de ese sombrero tan bonito», «Querría un hermoso diamante para el día de mi santo», «Tengo sentimientos religiosos»... ¡Esto es muy importante...! «Soy de buena familia», «No sea usted brutal», «Hoy es imposible; pero dentro de tres días seré suya», «Esta noche tengo mucho apetito»... Y luego: «Siento mucha sed»... Y después: «Págueme el coche»... A continuación: «¡Qué bien sabes besar...!» «¡Cochinillo mío...!» «¡Nunca me quisieron así...!»

CÉSAR (escribiendo).—¿Podrá usted acordarse de todo esto...?

CHADD.—¡Ya lo verá usted...! ¡Cuando yo me propongo alguna cosa...! Además, me ensayaré con usted... ¡Nos veremos muchas veces...!

CÉSAR.—Tiene usted pagadas por adelantado veinte lecciones.

CHADD.—¿Ha ido usted con frecuencia a casa de señoras solas...?

CÉSAR.—¡Muy a menudo...! ¡Por lo general, suelen hacerme las mismas preguntas que usted!

CHADD.—¡Claro! ¡Hay que comprenderlo...! Una mujer que habla inglés se hace en seguida con un grupito de amigos, que se la recomiendan unos a otros... ¡Ah! ¡Se me olvidaba...! «¡Ponte a tu gusto!»...

CÉSAR (asombrado).—¿Qué dice usted...?

CHADD.—¡Es una frase esencial...!

CÉSAR.—¡Ah...! ¡Bueno...! (Torna a escribir.)

CHADD.—«¡Acuérdate de la criada!»... Y además: «Vuelve a verme»... Y póngame también los días de la semana y las horas....

CÉSAR.—¡Aguarde un momento...! (Silencio. Trabaja.) Tome usted...

CHADD.—¡Oh! ¡Ya está...! ¡Va a ser un exitazo...! ¡Me da lo mismo! ¡Cómo van a rabiar mis compañeras cuando me oigan hablar inglés...! ¿Va usted muchas veces al «Rey Dagoberto»?

CÉSAR.—¿Al establecimiento de baile? ¡No...!

CHADD.—Si quiere usted ir, le regalaré las entradas.

CÉSAR.—¡Es usted muy amable...! Pero no estoy libre por las noches.

CHADD.—¿Trabaja usted?

CÉSAR.—En efecto, trabajo para mí...

CHADD.—¿Tiene usted quizá una amiguita...! Le regalaré las entradas para ella.

CÉSAR.—¡Muchas gracias! ¡No tengo amiguita...!

CHADD (interesada).—¡Qué muchacho tan arreglado...!

CÉSAR (riendo).—Voy a parecerle algo ridículo... ¡No tengo amiguita porque no pensé nunca en ello...!

CHADD.—¡Apuesto a que es usted novio...!

CÉSAR.—¡Tampoco...!

CHADD.—¡Bah! ¡Aunque lo fuera usted, no había de confesármelo...!

CÉSAR.—¿Por qué...? Un novio no es ridículo. Lo ridículo es un marido, o un amante engañado...

CHADD.—¡Yo he conocido a muchos novios y nunca se atrevían a decírmelo...!

CÉSAR.—Le aseguro que carezco de medios para casarme o para tener una amiguita.

CHADD.—Entonces... ¿qué hace usted...?

CÉSAR (avergonzado).—Trabajo.

CHADD (insistiendo).—¡Bueno...! ¡El trabajo es muy bonito; pero hay momentos en que no reemplaza a una linda epidermis fresca, a unos labios, a... ¡Bueno! Va usted a ser la causa de que diga más de cuatro tonterías... Cuenta usted veintidós años... Sabe usted decir «te amo» en cinco idiomas. ¡Y no se lo dice usted a nadie...!

CÉSAR.—No tengo a nadie que me escuche.

CHADD.—¿Buscó usted...?

CÉSAR.—No he tenido tiempo... Además, yo no me contentaría con la primera que se presentara...

CHADD (burlona).—¿Tiene usted el gusto difícil?

CÉSAR.—Sé de sobra que no tengo derecho a ser así. Soy un jovenzuelo sin importancia. Como hermoso, dejo bastante que desear.

CHADD.—Verdad que no es usted bonito. Pero tampoco es usted feo. Es usted pasadero.

CÉSAR (ingenuo).—¿De veras...?

CHADD.—Hay hombres mucho más desagradables que usted y que causan grandes pasiones.

CÉSAR.—¡Tienen suerte...!

CHADD.—¡Vamos a ver...! ¡Usted me interesa...! ¡Es preciso que le encuentre una mujer...!

CÉSAR.—Nos alejamos un poco de la lección.

CHADD.—¡Bah! ¡La lección...! ¡Nos quedan todavía diez y nueve...!

CÉSAR.—En este momento yo soy el discípulo y no el profesor.

CHADD.—¡Nunca me he divertido tanto...! ¡Un mocoso que despabilar! ¡Si lo llego a saber, pago cuarenta lecciones...!

CÉSAR (molesto).—¡Usted dispense, señora...! Yo no he dado derecho a suponer...

CHADD.—¡Siéntese otra vez...! ¡Tengo todavía derecho a treinta minutos de su presencia...! Ya le miro...

CÉSAR (hablando en inglés).—«Table»... «Chair»... (Indica estos objetos.)

CHADD (preocupada).—¡Sí... sí...! ¡Déjelo para después...!

CÉSAR.—«What a fair foot»... (Indica el pie de Chadd.)

CHADD (furiosa).—¿Qué...?

CÉSAR.—Esto quiere decir en inglés: «¡Qué pie tan encantador...!»

CHADD.—¡No había caído...! ¡Tiene gracia esta lengua...! Todos los piropos parecen insultos... Yo había comprendido «¡Vete a hacer...!»

CÉSAR (confuso).—¡Jamás, señora, me hubiera permitido tal cosa...!

CHADD.—No me escriba usted esta frase... Y, además, dejemos ya el inglés... He reflexionado. El número que a usted le conviene es Juanita Pris,una rubia alta y lánguida, que baila conmigo en el «Rey Dagoberto».

CÉSAR.—Querría conocer más detalles.

CHADD (levantándose y yendo en busca de unas fotografías).—¡Aquí está...! Mírela vestida de incroyable, de rata de hotel y de Thais... ¿Verdad que está muy bien formada...?

CÉSAR (frío).—Si quiere que le dé mi opinión, me parece algo imbécil...

CHADD (riendo).—¡Y lo es...! Entre nosotras se le llama «la Crema». Sin embargo, no le gusta el dinero...

CÉSAR.—¡Y a mí tampoco...! Pero no me gusta la imbecilidad...

CHADD.—Yo creo que a ella no le gusta la inteligencia. Pasemos a otra cosa. (Sacando otra fotografía.) ¡Mire...! Es Julia Tubal... Esta no es imbécil... Aquí está completamente desnuda. Trabaja de modelo con los artistas.

CÉSAR.—¡En efecto, no parece mala...! Los senos son un poco grandes... las manos demasiado fuertes... y el rostro vulgar...

CHADD.—¡Tiene usted un golpe de vista...! Julia carece de educación y habla como una rabanera. ¡Se hartaría usted de ella en seguida...! (Tomando otra fotografía.) Esta es mi mejor amiga: Gladys Leal. Tiene un corazón de oro; unos ojos como no los hay de hermosos en la tierra; casi ningún pecho, y ¡unas pantorrillas tan espirituales...!

CÉSAR.—¡Es muy delgada...!

CHADD.—Tiene usted razón. Es delgada... bastante delgada... ¡Y, además, es muy exigente...! ¡Ya lodemostró con bastantes hombres...! Y, al tratarse de un jovencito como usted, en seguida iba usted a enfurruñarse...!

CÉSAR.—¿No tiene usted otra cosa...?


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