EL HONOR

—¡Llama!—dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.

—¡Llama!—respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.

—¡Muy bien!

—¡Sí, muy bien!—confirmó San Nicolás.

Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones.

—¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que me oprime, que me pesa? Di, Nicolás.

—¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarse alguna vez.

—¿Crees...?

Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba con afecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.

—¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo.

—¿Y tú? Tú también sonríes y lloras.

Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones.

—¡Llama!—dijo Pomerantzev.

—¡Llama!—respondió San Nicolás.

—Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto de fuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no te cuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que no me olvidas.

—No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar.

—¡Llama!—dijo Pomerantzev—. Vámonos volando a cualquier parte, ¿te parece? Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, me duelen las piernas.

—¡Bueno, volemos!—aceptó San Nicolás.

Y volaron.

En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras las puertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían el descanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hasta entonces, se oyó un grito:

—¡Qui-qui-ri-quí!

Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidad de un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis, agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo y despertando a los otros enfermos.

Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo se durmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta, del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modo regular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque se confundía con él.

La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restorán Babilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando, locamente obstinado, infatigable, casi inmortal.

(DRAMA PARODIA)

Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada de primavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Una escalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de los árboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanas están iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encender barriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros.

La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un traje blanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en la escalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede su fiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de su amo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra el camino al conde.

El conde.(Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)—¡Que levanten de nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que la servidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos! Es hora ya de que todo el mundo descanse. Harto hemos esperado al novio, y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastante ricos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguen todos los fuegos!

Astolfo.—¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a las mesas servidas?

El conde.—¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somos demasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros. No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están no menos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos los comeremos después, procurando que duren todo lo posible. Sí, Astolfo, todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos.

Astolfo.—¡A vuestras órdenes, conde!

El conde.—Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquella burguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durante medio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo, pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesar de eso, lo comeremos muy a gusto.

Astolfo.—Los barones están furiosos; desde por la mañana están esperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa.

El conde.—¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tu cara, me parece que no.(Reparando en su hija.)¿Ah, estáis ahí, condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía?(A Astolfo.)¡Puedes irte, muchacho!

(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.)

El conde.—Vuestro prometido no se apresura demasiado, condesa Elsa; hace largo rato que ha anochecido, y sigue sin venir. Desde por la mañana tenemos abiertos los brazos para recibir al noble huésped, y sólo abrazamos el vacío. ¿No creéis, condesa, que esta tardanza manifiesta una falta de respeto, tanto a vos como a vuestro viejo padre?(Elsa no contesta.)

El conde.—¿Os calláis? Sí, tenéis razón; cuando se trata del honor de vuestro padre, preferís callaros. Vuestro padre está enfermo de orgullo—¿no se llama así mi enfermedad?—, y nuestro buen emperador le ha prescrito, como medicina, un yerno para uso interno, como dicen los médicos. ¡Ja, ja, ja! Sí, para uso interno, y nosotros hemos abierto ampliamente la boca... es decir, la puerta, para recibirle; pero no viene. Sí; nuestro buen emperador ha encontrado un remedio seguro contra mi enfermedad. Pero si vuestro prometido os ama, hay que confesar que su amor tiene pasos muy cortos. Qué, condesa, ¿lloráis?

Elsa.(Llorando.)—Padre, le ha ocurrido una desgracia. Tengo un presentimiento. Le ha ocurrido una desgracia.

El conde.—¡Crees! Es chistoso; hasta ahora, yo estaba seguro de que era a nosotros a quien nos había ocurrido una desgracia.

Elsa.—Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté un presentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El sol se ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoy segura.

El conde.—Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud. Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo la protección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestras tierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan, rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno. No tiene nada que temer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapaz del propio emperador.

Elsa.—Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y le sigo esperando en vano.

El conde.—Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavía aquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en la corte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas; si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiempos de mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría! ¡Sería cortés y respetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañana y, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, la mano!

Elsa.—¡Padre, es el elegido de mi corazón!

El conde.—¡Y al mismo tiempo, mi enemigo!

Elsa.—No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste a odiar al duque sin haberle visto siquiera.

El conde.—Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatro patas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por la fuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado a su caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestra libertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyos muros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora sus nidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mando levantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetrar en el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja, ja, ja!

Elsa.—No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te ha tendido la mano para obtener tu gracia?

El conde.—Sí, y yo no he aceptado esa mano.

Elsa.—Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientras que tú, con la crueldad de un hombre obcecado...

El conde.—Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes que violentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garras mantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana mis cabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tu prometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable se opone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde se obstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y le rogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija del ridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientras su viejo padre!...

Elsa.—¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto!

El conde.—Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubiera parecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a una innoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de sus amos.

Elsa.—¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteis brutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies del emperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados y que suavizase con su poder divino vuestra crueldad.

El conde.—¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho!

Elsa.—Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigió una orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador.

(El conde baja irónicamente la cabeza.)

El conde.—¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestras órdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismo que a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen las luces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que se enciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamos a esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos en nuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina.

Elsa.—Perdóname, padre.

El conde.—Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperador podrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al conde miserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana, quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción del nido.(Finge que llora.)¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? ¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido. Los perros de la aldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él. ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde?(Cae de rodillas ante Elsa y trata de coger sus manos para besarlas.)¡Oh, noble y generosa duquesa! ¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperador que no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absoluta sumisión...

Elsa.—¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate.

El conde.—Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya el nido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero en el castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por las losas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos, soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquí conoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a su pequeña Elsa, que era el sol de su vida...

Elsa.(Llorando.)—¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces daño en las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad de tus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supieras cómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo el día. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procura tranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo la amabas!(El conde se levanta y se aparta un poco.)

El conde.—Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá. El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voy a mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están ya apagándose.

Elsa.—¡Padre!

El conde.—¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía? No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad. Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestras órdenes!

(Sube por la escalinata.)

Elsa.(Sola.)—¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique. Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene esta tristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego ese lúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Lo aborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltan ruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarse nuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil del estanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡La muerte!... Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tan cerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón...

(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque de entre los árboles.)

Elsa.—¿Quién es?

Enrique.—¡Elsa! ¡Amor mío! ¡Mi amada prometida!

Elsa.—¡Enrique!

(Se abrazan y permanecen así unos momentos, las bocas juntas en un beso. En lo alto de la escalinata aparece Astolfo. Mira un instante y desaparece de nuevo.)

Elsa.—¿Por qué me habéis hecho esperar tanto tiempo? He creído morir de angustia y desesperación. Enseñadme la faz... Si sois vos... eres tú... ¿Por qué no dices nada, Enrique? ¿Acaso has muerto y no eres más que tu espectro?

Enrique.—Sí, soy mi espectro.

Elsa.—¿Pero cómo queman tus labios de tal modo? Los labios de un espectro están fríos y mudos.

Enrique.—Una llama del infierno arde en ellos.

Elsa.—¿Y cómo fulguran de tal modo tus ojos? Los ojos de los espectros están apagados y mudos.

Enrique.—Los iluminan resplandores del paraíso. ¡Amor mío, novia querida! ¡Si supieras cómo te amo! ¡Qué largo ha sido este día para mí!

Elsa.—¡Y para mí qué terrible!

Enrique.—No podía más. He abandonado a mis barones y mis guerreros—¡avanzan tan lentamente, de una manera tan solemne!—, y he corrido aquí. ¡Qué dicha, te he encontrado sola! ¿Me esperabas aquí, amor mío?

Elsa.—No. ¡Pero qué extraña capa llevas!

Enrique.—Es la de uno de mis servidores; no he querido que me reconociesen aquí. No soy yo, Elsa; soy mi espectro. El verdadero duque viene con sus barones.

Elsa.—No estarán lejos.

Enrique.—No; pronto oirás los sonidos de sus trompetas, y entonces mi espectro te dejará.

Elsa.—¿Por mucho tiempo?

(Cambian besos y hablan en voz baja. En lo alto de la escalinata aparecen el conde y Astolfo.)

Astolfo.(Quedamente.)—¿Veis, conde?

El conde.(También quedamente.)—Sí, ya veo.

Astolfo.—¡Es el duque!

El conde.—¿Crees?

Astolfo.—¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque.

El conde.—Pero esa no es su capa.

Astolfo.—Y, sin embargo, le reconozco: es el duque.

El conde.—Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero es terrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuela hacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo. ¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo!

(Se echa a reír.)

Astolfo.—¿Bromeáis, conde?

El conde.—Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma.

Astolfo.—Pero os aseguro que es el duque.

El conde.—¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Según tú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, por cualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero para robar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por el emperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca... Parece que requieres tu acero, amigo.

Astolfo.—Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde.

El conde.—Además, la noche es obscura, ¿verdad?

Astolfo.—Sí, muy obscura.

El conde.—¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse.

Astolfo.—Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque!

El conde.—¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma noche de bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por sí mismo.

Astolfo.—Sí, no es él. Ahora lo veo bien.

El conde.—¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre: el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a la novia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso. Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradlo al estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómo besa a mi hija ese ladrón de mi honor!

Astolfo.—Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque.

El conde.—¡Silencio!

(Se van.)

Elsa.—¿Por qué te has hecho esperar tanto?

Enrique.—¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana, desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo cruzo a nado. Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo.

Elsa.(Lanza un grito.)—¡Ah!

Enrique.—¿Qué tienes?

Elsa.—Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te había atajado el camino...

Enrique.—Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrienta sobreviene; pero logramos abrirnos paso.

Elsa.—¿Y después?

Enrique.—Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir de ella. No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todos estos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunque intrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten en que nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mi hermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos y tus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero ¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso. Di, querida mía, ¿qué tienes?

Elsa.—Nada. Pero el sol de hoy era tan triste...

Enrique.—Ya se ha puesto.

Elsa.—Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, junto a mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y la mirada luminosa.

(Se oyen las trompetas.)

Elsa.—¡Es el duque que llega!

Enrique.—Sí, es el duque.

Elsa.—Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro.

Enrique.—El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspira algo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esas trompetas.

Elsa.—Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados.

Enrique.—Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magnífico caballo... Pero no va nadie en la silla.

(Ríen. En lo alto de la escalinata aparecen cuatro sombras, y desaparecen al punto en las tinieblas. Se oyen por segunda vez las trompetas.)

Enrique.—¡Adiós, amor mío!

Elsa.—¡Un momentito más!

Enrique.—Están ya a la puerta. Hemos convenido en que si yo no los respondo a la tercera llamada, invadirán el patio del castillo. Tienen miedo de que me suceda alguna desgracia.

Elsa.—Sí, mi padre está furioso.

Enrique.—Le reservo una sorpresa: cediendo a mis ruegos, el emperador se ha dignado devolver a tu padre todos sus antiguos dominios.

Elsa.—¡Qué bueno eres!

Enrique.—¡Cuánto te amo! ¡Adiós, mi amor, mi dicha, mi sol de mañana! He venido a tu lado por breves instantes, como un espectro, y dentro de un momento vendré de nuevo, entonces a unirme contigo para toda la vida.

Elsa.—¡Un momento más!

(Se oyen por tercera vez las trompetas.)

Enrique.—Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío!

Elsa.—¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algo más... una sola palabra! ¡Enrique!

(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda:«¡Elsa!»Luego desaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido; después, todo queda tranquilo.)

Elsa.(Asustada.)—¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado ese gemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Es posible.

(El sonido de las trompetas se hace más insistente.)

Elsa.—¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, más alegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectro de los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay que perdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! No tienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillas enrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han callado al fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estar entrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobre padre!

(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.)

Elsa.—¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esos guerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya han entrado! ¡Están en el patio del castillo!

(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venir antorchas.)

Elsa.—Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillas enrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas. Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré de confusión. No, no; esperaré aquí...(Una corta pausa.)¡Dios mío, se acercan! Oigo pasos pesados y rápidos...

(Aparece, gritando, una turba de hombres armados. Llevan en la mano aceros desnudos. Les siguen los barones del viejo conde, con las cejas fruncidas, gruñendo, llenos de una cólera sorda. Las antorchas proyectan una luz lúgubre sobre la escena. Se oyen gritos de«¡El duque!» «¿Dónde está el duque?»)

Valdemar.—¿Sois vos, condesa? ¿Dónde está el duque? ¿Dónde está Enrique?

Elsa.—No comprendo lo que me preguntáis.

Valdemar.—¿Dónde está Enrique? Soy su amigo. Le buscamos por todas partes y no le encontramos. Os suplico, condesa, que nos digáis dónde se halla: ¡vos debéis saberlo!

Los barones.—¡Es terrible! ¡Insultan a la condesa!

Elsa.—¡Pero yo no le he visto!

Valdemar.—Eso no es verdad; nos ha dejado para correr junto a vos. ¡Le habéis visto!

Los barones.(Blandiendo los aceros.)—¡Qué insolencia! Llamad al conde: ¡insultan a su hija!

—¡Nos han hecho esperar todo el día!

—¡Y ahora se atreven a acusar de liviandad a la condesa!

—¡Defenderemos su honor!

—¡No permitiremos que se la insulte!

(En lo alto de la escalinata aparece el viejo conde.)

El conde.—Esperad, barones. ¿Quién se atreve a acusar de liviandad a mi hija? ¿Y qué gentes son ésas, con traza y gesto de bandidos?

(Valdemar y los barones del duque Enrique se descubren.)

Valdemar.—Perdonad, conde, nuestra irrupción: buscamos al duque. Nadie pone en duda vuestra nobleza caballeresca, conde. Pero nuestro amor al duque no es menos grande. Debéis comprender nuestra ansiedad cuando, a pesar de nuestra tercera llamada, no ha acudido junto a nosotros.

Elsa.—¿Cómo? ¡No ha acudido!

El conde.—Me llenáis de asombro. ¿No está con vosotros el duque? ¿Dónde está entonces? Desde muy de mañana esperamos con los brazos abiertos al noble prometido de mi hija. Los barones están ya cansados de esperarle.

(Los barones prorrumpen en exclamaciones de enojo.)

El conde.—¿Dónde está, pues, vuestro duque? ¿Acaso la turba de bandidos que, pisoteando el honor caballeresco, se atreve a blandir los aceros en nuestro castillo, pretende reemplazarle? En tal caso, me veré obligado a decirle al emperador: «Son demasiados prometidos para mi hija.»

Valdemar.—A vos, conde, os toca decir dónde está el duque.

El conde.—¿A mí?

Valdemar.—Sí, a vos. El duque estaba aquí. Ved la prueba: aquí está su guante.

(Asombro. Gritos de indignación.)

Valdemar.—Sí, ha estado aquí, donde tenía una cita con vuestra hija.

(Los gritos de indignación aumentan.)

El conde.—Estáis en un error, caballero. Aunque yo no vea con buenos ojos la boda del duque con mi hija, no puedo creerle un ladrón que se cuele por un agujero en el castillo, cuando todas las puertas están abiertas para él de par en par. No tenemos motivos para amar al duque; pero le debemos respeto por el rango que ocupa. Y aunque sois tan amigo suyo, le conocéis muy poco si le juzgáis capaz de atentar contra el honor de su prometida y contra el mío. Buscad a vuestro duque en cualquier otro sitio; acaso le encontréis en una taberna del camino, empinando el codo...

(Los barones del conde ríen. Los del duque hacen gestos amenazadores y lanzan gritos de indignación.)

Valdemar.—¡Registraré de arriba abajo el castillo!

El conde.—Haced lo que os plazca...(Una corta pausa.)Pero oíd un momento. Astolfo, ven aquí.(A Valdemar.)¿Estáis seguro, caballero, de que el duque no está entre vosotros? Eso me inquieta: temo que haya sido víctima de un advenedizo. Yo no quería revelar este secreto sino al propio duque; pero puesto que sois su amigo... Caballeros, escuchad lo que voy a deciros: ¡Mi hija ha sido infiel a su prometido! Es una vergüenza para ella y para mí; pero no quiero ocultarla.

Elsa.—¿Dónde está Enrique? ¡Voy a volverme loca! ¿Por qué todas esas antorchas? Lanzan un resplandor terrible. Enrique, ¿dónde estás?

El conde.—¡Representas bastante bien la comedia, hija mía! Sin embargo... Astolfo, refiere lo que has visto.

Astolfo.—Estábamos aquí, en este mismo escalón...

El conde.—¡Más aprisa, muchacho! Sé lacónico.

Astolfo.—Y vimos de repente a alguien, que llevaba una vieja capa y parecía un criado, abrazar a la condesa. «¡Qué desgracia!—me dijo el conde—. Mi hija le es infiel a su prometido. Nunca una cosa así ha deshonrado a nuestra familia!»

El conde.—¡Más aprisa, muchacho!

Astolfo.—El conde añadió: «Coge tres hombres, cae sobre el malhechor, átale a los pies plomo y piedras y...»

Valdemar.—¿Y lo has hecho? ¡Oh, cielos! ¿Dónde está el duque entonces?

(Silencio.)

El conde.(Señalando con la mano.)—Ahí, en el fondo del estanque.

(Gran agitación entre los asistentes.)

Elsa.—¡Enrique! ¡Espectro querido de los labios ardientes! ¡Voy a reunirme contigo, amado mío!

(Cae muerta.)

Valdemar.—No eres un padre; eres una bestia feroz. Coged a ese monstruo y encadenadle. ¡Como una fiera, se lo llevaremos enjaulado al emperador! ¡Prended fuego por los cuatro costados a ese castillo maldito! ¡Que no quede nada de este nido lúgubre! ¡Que la inmensa hoguera se eleve, en media de la obscura noche, a los cielos! ¡Así festejaremos tu boda, duque Enrique, desgraciado amigo!

TELÓN

La nieve caía tras los cristales; pero en el gran edificio del tribunal hacía calor. Había mucha gente, y los que frecuentaban el tribunal en cumplimiento de su deber—como, por ejemplo, los reporteros judiciales—se hallaban allí muy a gusto. Encontrábanse con sus desconocidos; como en el teatro, asistían diariamente a la representación de dramas—llamados por los reporteros «dramas judiciales»—. Era agradable ver al público, oír el ruido de las voces en los corredores, mezclarse con aquella multitud agitada.

Elbuffetestaba muy animado. Lo alumbraba ya la luz eléctrica, y sobre el mostrador veíanse cosas muy apetitosas. El público se agolpaba junto al mostrador, y charlaba, comiendo y bebiendo. Los rostros melancólicos que se veían a veces no turbaban la alegría general: al contrario, son precisos con harta frecuencia para hacer más pintorescos el cuadro, sobre todo en lugares donde se representan dramas. Todos contaban que en una de las salas del tribunal acababa de suicidarse un acusado; se oía ruido de cadenas y de fusiles. Un dulce calor reinaba en todo el edificio, y se estaba allí divinamente.

En una de las salas, la animación era grandísima: un proceso pintoresco atraía mucha gente. Los jueces, los jurados, los abogados estaban ya en sus puestos. Un reportero, mientras llegaban sus demás colegas, disponía ante él las cuartillas y examinaba muy contento la sala. El presidente del tribunal, un hombre grueso, de rostro vulgar y bigotes blancos, pasaba revista presuroso y con voz monótona, a los testigos.

—¡Efimov! ¿Cuál es el patronímico de usted?

—Efim Petrovich.

—¿Quiere usted prestar juramento?

—Sí.

—Colóquese entonces a la izquierda... ¡Karasev! ¿El patronímico de usted?

—Andrey Egorich.

—¿Quiere usted prestar juramento?

—Sí.

—A la izquierda. ¡Blumental!

En esto se empleó mucho tiempo; los testigos eran lo menos veinte. Unos contestaban a las preguntas del presidente en alta voz, con un placer visible, y pasaban a la izquierda sin esperar la orden; otros parecían sorprendidos por la llamada del presidente, ponían cara estúpida, miraban en torno, sin comprender nada, como si hubieran olvidado su propio nombre o como si creyesen que había en la sala otras personas que tuvieran el mismo. Los testigos honorables esperaban que el presidente terminase su pregunta y respondían sin apresurarse, de una manera detallada.

El acusado, un joven con un cuello postizo muy alto, se acariciaba el bigotito y tenía los ojos bajos. Estaba preso por distracción de fondos y operaciones financieras sucias. A veces, al oír el nombre de cualquier testigo, hacía un gesto, examinaba con mirada hostil al declarante y empezaba de nuevo a acariciarse el bigote.

Su abogado, un joven también, bostezaba de vez en cuando, tapándose la boca con la mano, y miraba por la ventana caer, en gruesos copos, la nieve. Había dormido bien aquella noche, y acababa de comerse en elbuffetdel tribunal una ración de jamón con guisantes.

Sólo quedaban por llamar media docena de testigos, cuando el presidente tropezó, de pronto, con una dificultad imprevista.

—¿Quiere usted prestar juramento?

—¡No!—respondió una voz femenina.

Al modo de aquel que, corriendo, choca contra un árbol, el presidente se detuvo, aturdido; buscó con la mirada entre los testigos a la mujer que le había contestado tan rotundamente, y todas las mujeres se le antojaron iguales, lo que le impidió orientarse. Entonces examinó la lista de testigos.

—¡Pelagueia Vasilievna Karaulova! ¿Quiere usted prestar juramento?—preguntó otra vez.

—No.

Ahora vio a aquella mujer. Era de regular edad, nada fea, de cabellos negros. A pesar de su sombrerochicy su traje a la moda, su aspecto no era el de una mujer de posición o ilustrada. Llevaba grandes pendientes semicirculares; con las manos, que tenía juntas sobre el vientre, sujetaba un bolso. Su rostro, cuando hablaba, permanecía inmóvil, impasible.

—¿Pero usted es ortodoxa?

—Sí.

—¿Por qué no quiere entonces prestar juramento?

Ella le miró y no respondió.

—¿Acaso pertenece usted a alguna secta que prohíbe prestar juramento?... Dígalo francamente, sin temor. El tribunal tomará en consideración sus explicaciones.

—No.

—¿Cómo que no? ¿No pertenece usted a ninguna secta?

—No.

—Usted teme quizá que en su declaración haya algo enojoso para usted... Teme, en fin, verse obligada a decir cosas que no querría decir. Pues bien: la ley le permite a usted dejar de contestar a las preguntas que le parezcan enojosas. ¿Quiere usted ahora prestar juramento?

—No.

Su voz era sonora, joven—más joven que el rostro—, clara y limpia. Debía de cantar muy bien.

El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que se hallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído.

El otro le contestó en voz baja:

—Sí, es extraordinario. No lo entiendo.

—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo a Karaulova—. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarse a prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted de prestarlo. Responda.

Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tan débil que no pudo oírse claramente.

—No se oye nada. Más alto; tenga la bondad.

La testigo tosió, y luego dijo en alta voz:

—Soy una prostituta.

El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto la cabeza y miró con curiosidad a aquella mujer.

—Convendría iluminar la sala—pensó.

El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno tras otro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigos levantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los jueces permanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de los jurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino:

—¡Tiene gracia esa mujer!

—Sí—contestó el otro.

—Bueno—objetó el presidente—. El hecho de que sea usted una prostituta no es una razón para negarse a prestar juramento.

Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estaba habituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido».

—¿Usted es, con todo, cristiana?

—No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta.

La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas, consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó en la cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y se inclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo de aprobación.

—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova—. El tribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se considera cristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es un error, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sino solamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos en eso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana. ¿Comprende? Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano, mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal, tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el ser cristianos...

Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó:

—¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a esta cuestión. Si usted practica los ritos de la religión cristiana, si frecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia?

—No.

—¿Cómo que no? ¿Por qué?

—Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia?

—Pero irá usted a confesar.

—No.

Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, la testigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de la emoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido, risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, se hallaba en el colmo del regocijo.

—¡Esto va siendo interesante!—proclamó, en voz tan poco queda, que se le oyó en toda la sala.

—Pero rezará usted...—preguntó el presidente.

—No. Antes rezaba; mas hace ya tiempo que no lo hago.

El miembro del tribunal que se encontraba a la izquierda del presidente le dijo por lo bajo:

—¿Por qué no les pregunta usted a las demás mujeres? ¿Acaso tampoco querrán prestar juramento?

El presidente tomó la lista de testigos y leyó:

—¡Pustochkina! Usted también, a lo que parece, se ocupa...

—¡Sí, también yo soy prostituta!—respondió con apresuramiento, casi con orgullo, una muchacha no menos bien trajeada.

Estaba muy contenta de verse en la sala del tribunal, donde todo le gustaba. Había ya cambiado algunas miradas con el joven abogado.

—¿Y usted? ¿Quiere prestar juramento?

—Sí, con mucho gusto.

—¿Ve usted, Karaulova? Su amiga no se opone a prestar juramento... ¿Y usted, Kravchenko? ¿Consiente?

—Sí—contestó con voz ronca, masculina, Kravchenko, una mujer alta y gruesa, con sotabarba.

—¿Ve usted, Karaulova? Todas están dispuestas a prestar juramento. ¿No cambiará usted de opinión?

Karaulova no respondió.

—¿No quiere usted?

—No.

Pustochkina le sonrió amistosamente. Karaulova, a su vez, le sonrió, y luego volvió a ponerse seria. El tribunal deliberó en voz baja, después de lo cual el presidente, con una expresión amable y al mismo tiempo respetuosa, punto menos que religiosa, se dirigió al sacerdote, que, en espera de que los testigos prestasen juramento, se mantenía un poco a distancia.

—Padre: en vista de la obstinación de esta mujer, ¿quiere usted tomarse el trabajo de persuadirla de que es cristiana? ¡Karaulova, acérquese!

Karaulova, sin descomponerse, dio dos pasos hacia delante.

El sacerdote estaba visiblemente molesto. Muy colorado, se acercó al presidente y le dijo algo al oído.

—¡No, no, padre!—le respondió el presidente—. ¡Se lo suplico a usted! Si no, las demás pueden también negarse...

Luego de arreglarse la cruz que llevaba en el pecho, el sacerdote, más colorado aún, se dirigió a Karaulova en voz apenas perceptible:

—Señora, sus sentimientos le hacen a usted honor; pero siendo cristiana...

—¡Si yo no soy cristiana!

El sacerdote miró, confuso e impotente, al magistrado, que dijo:

—Karaulova, escuche al sacerdote; él se lo explicará a usted todo.

Y el pobre sacerdote siguió:

—Todos nosotros, señora, somos pecadores. Unos pecamos de palabra; otros, de obra. Dios omnipotente, tan sólo, puede ser juez de nuestra conciencia. Dócil y humildemente, debemos someternos a cuantas pruebas nos envía... Como cuenta de Job la Biblia, debemos resignarnos con nuestro destino. Sin la voluntad del Todopoderoso, ni un solo cabello puede desprenderse de nuestra cabeza. Por grandes que sean nuestros pecados y nuestros crímenes, no tenemos derecho a condenarnos nosotros mismos ni a alejarnos de la Santa Iglesia por nuestra propia voluntad; sería un crimen aun más grande e imperdonable, porque de ese modo nos mezclaríamos en las decisiones del Juez Supremo. Quizá, con motivo de su oficio de usted, le envía Dios una prueba, de la misma suerte que envía enfermedades y otras desgracias, mientras que usted, en su orgullo...

—¡Pero si nosotras no estamos nada orgullosas de nuestro oficio! No hay por qué estarlo...

—...Mientras que usted, en su orgullo, se mezcla en las decisiones del Juez Supremo y se atreve a apartarse de la Santa Iglesia Ortodoxa. ¿Usted conoce los símbolos de la fe?

—No.

—¿Pero cree usted en Nuestro Señor Jesucristo?

—¿No he de creer?

—Pues todo el que cree en Nuestro Señor debe ser considerado cristiano.

El presidente se juzgó en el deber de apoyar al sacerdote:

—Perfectamente—dijo—. ¿Comprende usted? Basta creer en Nuestro Señor Jesucristo...

—¡No, no!—repuso firmemente Karaulova—. Puedo creer todo lo que quiera; pero con este oficio... Si yo fuera cristiana, no haría las cosas que hago. Ni siquiera rezo.

—¡Es verdad!—afirmó su amiga Pustochkina—. No reza nunca. Cuando hace poco trajeron a nuestra casa un icono, se marchó para no asistir a la ceremonia. Nuestros esfuerzos para retenerla fueron inútiles. ¿Qué se le va a hacer? ¡Es así, señores jueces! Ella es la primera víctima de su carácter.

—Nuestro Señor Jesucristo—continuó el sacerdote—perdonó a la mujer perversa cuando se arrepintió.

—Pero yo no me he arrepentido.

—Ya llegará la hora en que usted se arrepienta.

—No. Quizá cuando me haga vieja o cuando me vaya a morir; pero no se trata de eso. No puede tomarse en serio semejante arrepentimiento: peca una toda su vida, años y años, y luego, cuando es ya demasiado tarde, comienza a arrepentirse... No; en cuanto a eso, sé a qué atenerme.

—Tiene razón—afirmó la joven prostituta Kravchenko, que seguía la discusión con un interés sostenido—. ¡Se divertiría, cantaría, bebería, recibiría hombres, y luego, de la noche a la mañana, a hacer penitencia! No; sería demasiado cómodo. De ese modo, hasta a los mayores pecadores les sería fácil convertirse en santos.

El joven abogado la miraba con una atención siempre en aumento. Asombrábase de no haber visto hasta entonces a aquellas mujeres y de no saber siquiera dónde se encontraba su casa de tolerancia.

El presidente hizo un gesto de desesperación y dijo al sacerdote:

—Perdóneme usted... Tozudez semejante... Dispense que la hayamos molestado...

El sacerdote saludó y volvió a su sitio. Sus manos, mientras arreglaban la cruz que pendía sobre su pecho, temblaban ligeramente.

—¡Esto es magnífico!—comentó entusiasmado, en voz queda, el artesano de los últimos bancos, volviendo a todos lados su rostro, radiante de alegría, sonriente.

El acusado, a quien contrariaba el retraso causado por la obstinación de Karaulova, la miraba con desprecio.

El tribunal deliberaba.

—Bueno. ¿Qué hacer?—decía en voz baja el presidente, furiosísimo—. Es una verdadera imbécil: la arrastran al paraíso y no quiere ir...

—Creo que debían examinarse sus facultades mentales—dijo su vecino de la izquierda—. En la Edad Media, los tribunales condenaban a la hoguera a mujeres que no tenían nada de brujas, sino que eran simplemente histéricas.

—¡Ya comienza usted con sus concepciones patológicas!—repuso el presidente—. En ese caso deberíamos comenzar por examinar las facultades mentales del adjunto del fiscal. ¡Tenga usted la bondad de mirarle!

El adjunto del fiscal, un joven con alto cuello postizo y fino bigote, parecido de un modo extraño al acusado, se esforzaba hacía largo rato en atraer sobre su persona la atención del tribunal. Se removía en su asiento, se alzaba de él, se apoyaba sobre la mesa hasta casi tenderse, balanceaba la cabeza, sonreía y, cuando el presidente le dirigía por casualidad una mirada, avanzaba todo el cuerpo en dirección al magistrado. Era evidente que sabía algo y ardía en deseos de decírselo al tribunal.

—¿Usted quiere decir algo, señor fiscal?—le preguntó al fin el presidente—. Le suplico que sea breve.

—Permítame usted una pregunta...

Y sin esperar el permiso se puso de pie, y, fijando los ojos en Karaulova, le preguntó:

—Diga usted, testigo, ¿cuál es su nombre de pila?

—Grucha.

—Grucha es el diminutivo; pero el verdadero nombre es, si no me engaño, Agrafena, ¿no es eso? Es un nombre cristiano. Así, pues, ha sido usted bautizada y se le ha puesto tal nombre. Por consiguiente...

—No; al bautizarme me pusieron el nombre de Pelagueia.

—¿Cómo? Si acaba usted de afirmar que la llaman Grucha...

—Sí, me llaman Grucha; mas mi verdadero nombre es Pelagueia.

—¡Cómo! Entonces...

Pero el presidente le interrumpió:

—Sí, señor fiscal, tiene razón: en la lista también figura con el nombre de Pelagueia. Puede usted cerciorarse.

—Entonces, no tengo nada más que decir.

Se separó los faldones de la levita, y, lanzando una mirada severa al acusado y a su defensor, se sentó.

Karaulova esperaba. La situación se iba haciendo ridícula.

En el público se hablaba del incidente en alta voz, y el ujier, levantando amenazadoramente el dedo, trataba de restablecer el silencio para mantener incólume el prestigio del tribunal. Mas el regocijo era tan desbordante, que se hacía muy poco caso de aquella advertencia.

—¡Silencio!—exclamó el presidente—. Ujier, si alguno habla alto, hágale usted salir.

En aquel momento se levantó un miembro del Jurado, un viejo delgado, huesudo, con una larga levita negra, y se dirigió al presidente:

—¿Quiere usted permitirme una pregunta?... Karaulova, ¿hace mucho tiempo que es usted prostituta?

—Ocho años.

—¿Y qué hacía usted antes?

—Era criada.

—Y, naturalmente, quien la puso a usted en el mal camino fue su amo... ¿O su hijo quizá?

—No, el amo mismo.

—¿Y cuánto le dio a usted?

—Diez rublos, y, además, un broche de plata y un corte de traje... Tenía un gran almacén de telas.

—¿Y por eso se perdió usted para toda la vida?

—¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta.

—¿Tuvo usted hijos?

—Sí, un muchacho.

—¿Qué ha sido de él?

—Murió en un asilo.

—Claro, después no ha tenido usted hijos...

—No.

El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado, dijo:

—Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo y tu alma.

—¡Hay viejos que dan más de diez rublos!—replicó, en defensa de Karaulova, su amiga Pustochkina—. No hace mucho estuvo en casa un viejo muy respetable... como usted...

El público soltó la carcajada.

—¡Cállese usted!—gritó, dirigiéndose a Pustochkina, el presidente—. ¡No tiene usted derecho a hablar mientras no se le pregunte!

Y viendo que otro miembro del Jurado se levantaba, preguntó:

—¿Usted también quiere hacer una pregunta?

—Sí, con su permiso—dijo, con voz fina, casi infantil, un alto y grueso comerciante, formado todo él de esferas y semiesferas: su vientre, su pecho, sus mejillas y sus labios eran redondos, abombados.

Y dirigiéndose a Karaulova, continuó:

—Escucha: tú puedes arreglar tus asuntos con Dios como quieras; pero aquí, en la tierra, debes cumplir tus deberes. Hoy te niegas a prestar juramento so pretexto de que no eres cristiana; quizá mañana cometas un robo o envenenes a uno de tus clientes: de mujeres como vosotras puede esperarse todo... Haces mal en obstinarte y separarte de nuestra Santa Iglesia. Si has pecado, puedes arrepentirte—para eso existen los templos—; en modo alguno rechazar tu religión, sin la cual carecerás de todo freno y creerás que todo te está permitido.

—Tal vez me haga ladrona o algo peor todavía... Desde el momento en que no soy cristiana...

El grueso comerciante sentóse, y dijo a su vecino:

—¡Imposible hacerla entrar en razón! ¡Tiene la cabeza demasiado dura!

Apenas se hubo sentado, el adjunto del fiscal se levantó:

—Permítame usted otra pregunta, señor presidente... Usted ha dicho, Karaulova, que su verdadero nombre es Pelagueia. Por consiguiente, se la bautizó con tal nombre. Así, pues, es usted cristiana, lo que consta, como es natural, en su pasaporte.

El presidente hizo una mueca, y dijo a su colega de la izquierda, bajando la voz:

—¡Nos está haciendo perder el tiempo!

Dirigiéndose a Karaulova, preguntó:

—¿Ha comprendido usted? Según sus documentos, es usted cristiana.

—Y, sin embargo, no lo soy.

—Ya ve usted, señor fiscal, no quiere comprender.

El incidente comenzaba a enojarle. La tozudez de aquella mujer turbaba el orden, paralizaba todo el mecanismo de la justicia, que solía funcionar con mucha regularidad, sin ningún entorpecimiento. Era hasta ofensivo; con toda su modestia aparente, su resignación y su humildad, aquella mujer parecía, en cierta manera, superior a los jueces, a los jurados, al público.

El ruido en la sala aumentaba, y al ujier le costaba mucho trabajo restablecer un silencio relativo. El tribunal deliberó en voz baja.

—¡Es inadmisible!—protestó uno de los jueces—. Esto no es ya un tribunal, sino más bien una casa de locos. Se diría que es ella quien nos está juzgando.

—¡La culpa no es mía!—repuso el presidente—. ¿Qué quiere usted que yo le haga? Lo peor es que las otras mujeres están de parte de esta loca. Es una verdadera rebelión contra la Iglesia.

En aquel momento, un tercer miembro del Jurado se levantó:

—¿Quiere usted decir algo?—le interrogó el presidente—. Haga el favor de darse prisa; ya hemos perdido bastante tiempo.

Era un joven de rostro en extremo inteligente, en demasía inteligente, de largos cabellos de poeta y de manos finas. Hablaba con mucho trabajo, como si se viera obligado a vencer, a cada palabra, la resistencia encarnizada del aire. En su dulce voz se adivinaba el sufrimiento:

—Es muy triste todo esto—dijo a Karaulova—. La comprendo a usted y la miro con simpatía. Sin embargo, la idea que tiene usted del cristianismo es falsa. El cristianismo es algo de más monta que las virtudes y los pecados, los ritos exteriores y las oraciones. El verdadero cristianismo consiste en una comunión mística con Dios.

—¡Perdón!—le interrumpió el presidente—. Karaulova, ¿comprende usted lo que quiere decir «mística»?

—No.

—Ya lo ve usted, señor miembro del Jurado: no le entiende a usted. Tenga la bondad de hablar más sencillamente.

—Bueno. Escúcheme bien, Karaulova: la base del cristianismo es la imagen de Cristo. Las virtudes y los pecados no son sino categorías pasajeras, emanaciones personificadas de la especie humana, la esfinge enigmática, por decirlo así.

—Señor jurado—le interrumpió una vez más el presidente—. Yo tampoco comprendo nada. ¿No podría usted encontrar términos más claros?

—Lo siento; pero no me es posible—dijo con tono melancólico el jurado—. No se puede hablar de las cosas místicas en términos vulgares... ¿No me entiende usted, Karaulova? Hay que estar en comunión con Dios.

—Eso es imposible para mí... Cuando se tiene este oficio, no se puede estar en comunión con Dios. Ni siquiera me atrevo a encender una lamparilla ante el icono de mi cuarto.

Todos estaban fatigados.

—¡Hay que acabar, cueste lo que cueste!—dijo uno de los jueces—. ¡Es un escándalo inadmisible!

Pero, luego del jurado, se levantó el defensor.

—¿Aún más?—exclamó el presidente—. ¿Usted también quiere decir algo?

—Puesto que usted ha permitido hablar al señor adjunto del fiscal...

—¿Usted tiene que hablar también?—preguntó con ironía el presidente—. Bueno, está usted en su derecho. Pero le suplico que sea lo más breve posible.

El abogado, haciendo un ademán elegante con su mano derecha, se volvió hacia el Jurado y comenzó:

—Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal...

—Señor abogado, no puedo permitir polémicas.

—Bueno, obedezco.

Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada, clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadas ambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejas fruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperando algo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratorias de aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, el defensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrió luego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemne acento:

—¡Señores jurados y señores jueces!

Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manera bastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa, fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volver a otro lado los suyos.

—Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discurso del señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo si les digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer el señor adjunto del fiscal...

—Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a los representantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veré obligado a retirarle la palabra.

El abogado saludó.

—Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señora Karaulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace con hacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de la Inquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En la persona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como el reverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo, y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí».

Se iba arrebatando con su propia elocuencia. En su entusiasmo oratorio, hasta sintió un escalofrío, y, con voz conmovida, añadió:

—Sí, es cristiana y voy a probároslo, señores jurados. Las declaraciones de las señoras Pustochkina y Kravchenko, así como las confesiones de Karaulova misma, nos han trazado, de modo elocuente, el camino por donde ha llegado a esta terrible situación. Muchacha inexperta, ingenua, que acaba, acaso, de dejar la aldea, con sus alegrías sencillas e inocentes, cae en manos de un repugnante sátiro, y ve, horrorizada, que ha quedado encinta. Habiendo dado a luz en cualquier parte, bajo un cobertizo, un niño...

—Abrevie usted, si le es posible, señor defensor—dijo el presidente—. Sabemos desde el principio que Karaulova es una prostituta. Los señores jurados no son unos niños y comprenden muy bien, sin que haya que explicárselo, cómo se llega a prostituta. Por otra parte, la testigo no es una campesina, sino una hija de la ciudad de Vorones.

—Bueno, obedezco, señor presidente; por más que las hijas de las ciudades tienen también sus pequeñas alegrías sencillas... El caso es que la señora Karaulova lleva en su corazón un ideal de verdadera cristiana. Por desgracia, la triste realidad, con los viejos perversos, la embriaguez, el desorden y los ultrajes, maltrata y desnaturaliza ese ideal. Y en este choque trágico, el corazón de Karaulova se desgarra. ¡Señores jurados! La veis ahí tranquila, casi sonriente; pero ¿sabéis cuántas lágrimas amargas han vertido esos ojos en el silencio de la noche, cuántas flechas agudas de remordimientos de conciencia se han clavado en ese corazón de mártir? ¿Acaso no querría ella ir a la iglesia, como las mujeres honradas, y confesarse con el sacerdote, vestida con un traje blanco, símbolo de pureza, y no como mujer menospreciada y desdeñada? Tal vez, en sus sueños nocturnos, se vea de rodillas en las gradas de piedra del templo, sintiéndose indigna de entrar en él y llorando desconsolada. ¡Y pretende que no es cristiana! ¿Quién, entonces, merece el nombre de cristiano si ella no lo es? Con sus lágrimas ha hecho penitencia, como la Magdalena, y sus lágrimas la han purificado para siempre, convirtiendo en mártir cristiana a esta pecadora.

—¡Nada de eso es verdad!—le interrumpió Karaulova—. No he llorado ni hecho penitencia. Y continúo con mi oficio; por tanto, no me he arrepentido. ¡Miren ustedes!—Abrió su bolso y sacó el portamonedas, tomó dos piezas de a rublo y un poco de plata menuda y se los enseñó al abogado y a los jueces—-. ¡Miren! Este dinero lo he ganado con mi oficio. Este traje también, así como este sombrero y estos pendientes. No tengo nada, absolutamente nada que no haya ganado así. Ni mi cuerpo me pertenece; está vendido por tres años, quizá por toda la vida, que no es mucho decir, puesto que nuestra vida es corta. No, no me hable usted de penitencia. No sólo no me arrepiento, sino que no tengo vergüenza ni conciencia. Que me digan que me quede en cueros, y me quedaré. Que me digan que escupa a la cruz, y escupiré.

Kravchenko empezó de pronto a llorar. Lágrimas abundantes caían sobre su pecho, como sobre una ancha bandeja.

—Entre nosotras—continuó Karaulova—no se respeta nada, ni moral, ni religión. El otro día me casaron, en broma, con uno de los clientes. Toda la ceremonia fue un sacrilegio. Se hizo burla de cuanto se considera sagrado... ¡No, no, no hago penitencia! No voy a la iglesia, y no sólo no lloro en sus gradas de piedra, como ha dicho el señor abogado, sino que hasta evito pasar por delante. No rezo, y ni siquiera sé rezar. Ignoro con qué palabras debe una dirigirse a Dios. ¿Y qué pedirle? ¿Ganar el reino de los cielos? No creo en él. Aquí abajo, las oraciones no dan gran resultado; yo recé en otro tiempo para que mi hijo no se separase de mí, y murió en un asilo. Yo pedí, cuando aun era joven, muchas cosas a Dios, y mis oraciones no sirvieron de nada. Ya no rezo nunca... No, señores, no soy cristiana, y cuanto el señor abogado ha dicho es una monserga. ¡Soy Grucha la prostituta, y nada más! Por eso, ni puedo ni quiero prestar juramento...

—Señor presidente—dijo, levantándose, el adjunto del fiscal—. En vista de que Karaulova ha mencionado aquí casos de sacrilegio, yo quisiera, en mi calidad de representante de la autoridad pública, que me diese los nombres de quienes cometieron tal acto.

—¡No hubo sacrilegio ninguno!—contestó Karaulova—. Estaban todos borrachos. Además, no recuerdo los nombres.

El adjunto del fiscal se sentó, descontento.

—Entonces ¿no prestará usted juramento?—interrogó el presidente a Karaulova.

—No.

—¿Y ustedes?—preguntó, dirigiéndose a Kravchenko.

—Nosotras aceptamos.

El tribunal deliberó largamente, hasta invitó al adjunto del fiscal a dar su opinión. Al fin, el presidente hizo conocer la decisión tomada:

—En vista de las opiniones no cristianas de Karaulova, el tribunal le permite que haga su declaración sin prestar juramento.

Los demás testigos se acercaron al altarcito, ante el cual esperaba el sacerdote.

—¡Levantaos!—proclamó en alta voz el ujier.

Todo el mundo en la sala se levantó y volvió la cabeza hacia el altarcito.

—¡Levantad la mano!—dijo el sacerdote.

Todos obedecieron.

—¡Repetid lo que voy a decir!

Luego, cambiando de voz, continuó en tono más solemne:

—Me comprometo y juro...

Los testigos repitieron en voces diferentes, y no todos a una:

—Me comprometo y juro...

—Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...

—Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...

El presidente lanzó un suspiro de satisfacción; al fin, todo estaba arreglado, y el mecanismo judicial, después de aquel entorpecimiento, funcionaba con regularidad, como es necesario.

Los testigos, excepto Karaulova, fueron alejados de la sala.

—Karaulova—dijo el presidente—. El tribunal le permite a usted no prestar juramento; pero no olvide usted que debe decir toda la verdad, según su conciencia. ¿Lo promete usted?

—No puedo prometerlo, porque no tengo conciencia.

—¿Y qué quiere usted que hagamos nosotros?—exclamó con desesperación el presidente—. Le pedimos que diga la verdad. ¿Comprende usted?


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