CXLIX.Esta respuesta, dicen los de Argos, dio su Senado, no obstante que el oráculo les prohibiera entrar en liga contra los griegos; de suerte que en medio del temor que les causaba el oráculo, querían hacer seriamente un tratado de paz por treinta años, con la mira de que creciera entretanto hasta la edad varonil su juventud. Dan por razón de estas pretensiones que no querían exponerse a quedar en lo porvenir por vasallos de los lacedemonios, como era de temer que sucediese, si antes de concertaraquella suspensión de armas con ellos, se les añadiera a las desgracias anteriores algún nuevo tropiezo en la guerra contra el persa. Añaden que los embajadores de Esparta respondieron en su Senado, que por lo tocante al tratado de paz darían parte a su república; pero que acerca del mando del ejército, venían ya con el encargo de responder, en nombre de los espartanos, que estos tenían sus dos reyes, no teniendo sino uno los de Argos; que no era posible despojar del imperio a ninguno de los dos, y que ellos no se opondrían a que el rey de Argos tuviese un poder y mando igual al de los suyos.[228]Por estas razones, añaden los argivos que, no pudiendo sufrir la insolencia y soberbia de los espartanos, antes quisieron ser gobernados de los bárbaros que ceder en nada a los lacedemonios, y que en fuerza de esta resolución, intimaron a los embajadores que antes de ponerse el sol saliesen de los dominios de Argos, pues de otra manera les mirarían como enemigos.
CL.He aquí cuanto refieren los argivos sobre este caso; pero corre por la Grecia otra historia, a saber, que Jerjes, antes de emprender la expedición contra ellos, envió un heraldo a la ciudad de Argos, quien llegado allá les habló en estos términos: «Caballeros argivos, mándame el rey Jerjes que os diga de su parte lo siguiente: Nosotros los persas vivimos en la inteligencia de que Perses, de quien somos descendientes, era hijo de Perseo, el hijo de Dánae, y que Perses tuvo por madre a Andrómeda, la hija de Cefeo; de donde venimos nosotros a ser descendientes vuestros. Siendo pues así, no será razón ni que hagamosnosotros la guerra contra nuestros primogenitores, ni que vosotros, confederados con los demás, seáis contrarios nuestros. Vuestro deber será manteneros quietos y neutrales, pues si el negocio me saliese como deseo y espero, sabed que a nadie pienso hacer mayores mercedes que a vosotros». Dícese, pues, que tal propuesta ni la oyeron los argivos de mala gana, ni les pareció digna de desprecio; si bien nada ajustaron en el momento con el persa, ni entraron en pretensión alguna; pero cuando los griegos los solicitaron para la liga, bien persuadidos de que los lacedemonios no vendrían en concederles el mando de las tropas, pretendieron entonces parte del mismo pretexto de que se valieron para mantenerse quietos y neutrales.
CLI.No faltan griegos que en confirmación de lo referido cuentan otra historia, que pasó muchos años después, de esta manera: Dicen que sucedió hallarse en Susa la memnonia los embajadores de Atenas, Calias, el hijo de Hipónico, y los que en su compañía habían subido a aquella corte encargados de un negocio diferente del que traían otros embajadores enviados allí por los de Argos; que estos preguntaron a Artajerjes, hijo y sucesor de Jerjes, si subsistía aún en su vigor la paz y amistad que tenían ellos concertada con Jerjes, o si les miraba ya como enemigos, y que les respondió el rey Artajerjes que en verdad quedaba el tratado en su vigor, y tanto que a ninguna ciudad miraba él por más amiga de la corona que a la de Argos.
CLII.Pero no me atrevo a asegurar si Jerjes envió o no a Argos al tal heraldo con aquella embajada, ni si hicieron dicha pregunta a Artajerjes los embajadores de los argivos subidos a Susa, ni diré sobre ello otra cosa diferente de la que refieren los mismos argivos. Sé decir únicamente que si salieran a plaza todos los hombres cargados con sus males a cuestas, con la mira de trocar su hatillo con el de otro, echando cada cual los ojos y mirando los males de su vecino, tornarían a toda prisa a cargar con susmismas alforjas, y se volverían con ellas de mil amores a su propia casa. De donde digo que no hay por qué notar con particular infamia a los argivos. Por lo que a mí toca, miro como un deber de referir lo que se dice, pero no de creerlo todo; y quiero que esta mi prevención valga en toda mi historia, ya que corre también otra voz que los argivos fueron los que llamaron al persa contra la Grecia, por haberles salido muy mal la guerra contra los lacedemonios, queriendo vengarse por cualquier vía de sus enemigos, antes que sufrir la pena de verse sujetados y vencidos.
CLIII.Y con esto llevo ya dicho lo que a los argivos pertenece. Por lo que mira a Sicilia, a más de los embajadores enviados a negociar con Gelón de parte de los confederados, fue destinado al mismo fin Siagro en nombre de los lacedemonios. Para decir algo de Gelón, es de saber que uno de sus abuelos, colono y morador en Gela, fue natural de la isla de Telos, situada cerca del Triopio;[229]a este quisieron tener consigo los lindios oriundos de Rodas, cuando fundaron a Gela juntamente con Antifemo. Andando después el tiempo, sucedió que sus descendientes vinieron a perpetuar en aquella familia el sacerdocio de las diosas infernales, cuyos hierofantes eran, desde que uno de ellos, por nombre Telines, se posesionó de aquel ministerio del modo siguiente: Avino que unos ciudadanos de Gela vencidos en cierta discordia y sedición, huyendo de su patria, pasaron a Mactorio, ciudad situada sobre Gela. Telines, sin el socorro de tropas, armado solamente con el aparato y monumentos sagrados de aquellas diosas,[230]logró restituir a Gela aquellos fugitivos.No sabré decir en verdad quién fue el que le dio aquellos misterios y ceremonias, o de qué manera llegaron a sus manos: sé tan solo que lleno de confianza en ellas obtuvo la vuelta de los desterrados, con el pacto y condición de que en el porvenir debiesen ser sus descendientes hierofantes o sacerdotes de dichas diosas. Lo que de cierto no deja de causarme mucha admiración, es oír que saliese con tal empresa un hombre como Telines, pues fue una de aquellas hazañas que no son para cualquiera, sino propias de un político de talento y soldado de valor; siendo así que Telines, según es fama entre los vecinos de Sicilia, lejos de tener ninguna de estas dos prendas, era naturalmente hombre afeminado y cobarde y dado a las delicias. En resolución, este fue el modo con que obtuvo aquella dignidad.
CLIV.Muerto ya Cleandro, hijo de Pantares, al cual, después de siete años de dominio o tiranía en Gela, quitó la vida Sabilo de Gela, se apoderó del mando de la ciudad Hipócrates, hermano del difunto Cleandro. En el reinado de Hipócrates, como Gelón, descendiente del hierofante Telines, hubiese sido uno de los que mucho se distinguieron en valor y prendas, en las que otros particularmente lucían, y en especial Enesidemo, hijo de Pateco y alabardero de Hipócrates, no pasó mucho tiempo sin que por su virtud y mérito fuera aquel nombrado general de caballería. Bien merecido tenía Gelón el empleo, porque sitiando Hipócrates a los calipolitas, a los naxios, a los zancleos, a los leontinos, a los siracusanos,[231]y además de estos a muchos de los bárbaros, en todas estas guerras había hecho brillar muy particularmente su valor y habilidad. Y en efecto, ninguna de las ciudades que acabo decitar pudo librarse de caer en manos de Hipócrates, si no es la de los siracusanos, y aun estos, derrotados y vencidos por él cerca del río Eloro, necesitaron de los ciudadanos de Corinto y de Corcira para librarse de su dominio, y se libraron por medio de un ajustamiento, en fuerza del cual obligáronse los siracusanos a entregar a Hipócrates la ciudad Camarina,[232]plaza ya que de tiempos antiguos les pertenecía.
CLV.Después de la muerte de Hipócrates, cuyo reinado duró los mismos años que el de su hermano Cleandro, habiéndole sobrevenido el fin de sus días cerca de la ciudad de Hibla,[233]en la expedición que hacía contra los sículos o antiguos sicilianos, Gelón, so color de volver por Euclides y Cleandro, hijos del difunto Hipócrates, a quienes sus ciudadanos no querían reconocer por señores, dio una batalla y venció en ella a los de Gela. Esta victoria le dio lugar a salir con sus verdaderos intentos, apoderándose del señorío y despojando de él a los hijos de Hipócrates. Después de logrado este lance, sucediole otro igual: los gamoros siracusanos,[234]que eran los poseedores de los campos, habiendo sido arrojados de la ciudad por la violencia de la plebe y de sus mismos esclavos, nombrados los cilirios, llamaron en su ayuda a Gelón, quien queriéndolos restituir desde la ciudad de Casmena a la de Siracusa, logró apoderarse de esta plaza, pues la plebe de los siracusanos al venir Gelón se la entregó, entregándose igualmente a sí misma.
CLVI.Viéndose ya Gelón dueño de Siracusa, empezó a contar menos con Gela, que tenía bajo su dominio, el queencargó a su hermano Hierón, quedándose con el mando de aquella, poniendo en ella toda su afición, sin haber para él otra cosa que Siracusa. Con este favor del soberano, se vio desde luego crecer la ciudad y subir como la espuma, así pasando a ella todos los vecinos de Camarina, a los que arruinó, dándoles la naturaleza y derechos de siracusanos, como por haber practicado otro tanto con más de la mitad de los moradores de Gela. Hizo más aún, pues habiéndosele entregado los megarenses, colonos en Sicilia a quienes tenían sitiados, entresacó los más ricos, que por haber sido los motores de la guerra contra él mismo temían de él su ruina y muerte, y lejos de castigarles, trasladándolos a Siracusa, los alistó por sus ciudadanos. No lo hizo empero así con el bajo pueblo de los megarenses, al cual, transportado a Siracusa, por más que no tuviese culpa alguna en aquella guerra, ni temiese en nada del vencedor, vendió Gelón por esclavo, con la expresa condición de que hubiese de ser sacado de Sicilia, tomando entrambas resoluciones por la máxima en que estaba de que el pueblo bajo era malo para vecino.
CLVII.Con estas artes y mañas vino Gelón a ser un gran señor o tirano. Entonces, pues, llegados a Siracusa los embajadores de la Grecia y admitidos a la audiencia de Gelón, le hablaron así: «Aquí venimos, oh Gelón, enviados de los lacedemonios, de los atenienses y de sus aliados, para convidarte a entrar en la liga contra el bárbaro. Sin duda tendrás entendido cómo el persa viene a invadir la Grecia, habiendo construido un puente sobre el Helesponto, y conduciendo desde el Asia todas las fuerzas de levante para hacer la guerra a los griegos. El pretexto de la expedición es la venganza contra Atenas; sus miras son la conquista de la Grecia toda, que pretende avasallar. De ti quisiéramos, oh Gelón, puesto que es mucho el poder que tienes, poseyendo no pequeña porción de la Grecia, como príncipe y gobernador que eres de Sicilia, quete unieras para el socorro con los libertadores de la patria, y por tu parte la libraras de la opresión. Bien ves que coligada toda la Grecia vendrá a componer un grande ejército capaz de hacer frente en campo de batalla a sus invasores; pero si una parte de los griegos se dan a partido; si otra no quiere salir a la defensa con sus socorros; si en fuerza de esto fuera muy corta la porción sana de los que sienten bien, corre toda la Grecia el mayor peligro de venir a caer de su estado y libertad. Ni debes lisonjearte de que si uno por uno nos avasallare en la batalla el persa victorioso, no vendrá en derechura contra tu persona. Lo mejor es que de antemano te pongas a cubierto de sus tiros: unido a nuestra causa, defenderás la tuya. Basta ya, pues no ignoras que por la ley ordinaria el buen éxito de un negocio depende del buen consejo previo».
CLVIII.Así se explicaron: tomó la mano Gelón, y habloles así con mucha fuerza y libertad: «Maravíllome, señores griegos, de que con esa proposición atrevida o insolente tengáis ahora la osadía de exhortarme a entrar en liga contra el bárbaro. ¿No os acordáis acaso de lo que conmigo hicisteis, cuando antes os pedí socorro contra un ejército de bárbaros, hallándome empeñado en la guerra con los cartagineses; cuando os insté otra vez con muchas veras a tomar venganza de los egesteos por la muerte dada a Dorieo, el hijo de Anaxándridas;[235]cuando os ofrecí concurrir con mis tropas a libertar y hacer francos aquellos puertos y emporios de donde sacáis vosotros grandes provechos y ventajas? ¿No os acordáis, repito, que ni os dignasteis de venir en mi socorro, ni de vengar lamuerte de Dorieo? Todo esto de Sicilia, por lo que a vosotros toca, señores míos, pudieran ya poseerlo los bárbaros a su salvo: gracias a la buena suerte y a mi desvelo, que no nos salió mal el negocio, antes bien mejoramos de suerte. Ahora que la rueda de la fortuna os amenaza en casa con la guerra, al cabo os acordáis de Gelón. Yo por más que me vi antes desatendido y despreciado de vosotros, no imitaré vuestra conducta volviéndoos la vez: no haré tal, antes por el contrario estoy pronto a socorreros, ofreciendo daros 200 galeras armadas, 200.000 infantes de tropa reglada, 2000 soldados de a caballo, 2000 ballesteros, 2000 honderos y 2000 batidores jinetes a la ligera:[236]aún más, oblígome a dar a todo el ejército griego el trigo que durante la guerra necesitare. Pero bien entendido que todo ello ha de ser con la condición de que sea yo el general y conductor de los griegos contra el bárbaro; que de otra suerte, protesto que ni concurirré yo mismo, ni enviaré allá tropa alguna».
CLIX.Siagro que esto oía, no pudo sufrirlo con paciencia, sin que respondiera en esta conformidad: «¡Pardiez!, si tal oyera el generalísimo Agamenón, aquel hijo de Pélope, ¿no daría un gran gemido, bañado en lágrimas su rostro, viendo a sus espartanos despojados de su imperio por Gelón y por los siracusanos? Gelón, no vuelvas a tomar en boca esa demanda pretendiendo que te demos el mando del ejército. Si quieres socorrer a la Grecia, puedes hacerlo, bien entendido que deberás estar a las órdenes de los lacedemonios; y si te desdeñas de obedecernos, está muy bien; no vengas en socorro nuestro». Como oyese Gelón tal respuesta, y viese tan mal recibida su demanda, replicó por fin en estos términos:
CLX.«Amigo espartano, eso de echar en cara a un hombre honrado tantas desvergüenzas suele despertar y encender en todos la cólera, aunque tú con esa insolencia que conmigo usas no has de poder tanto que me fuerces a perderte el respeto que tú no has sabido guardarme. Solo te diré que si estáis tan hechos y asidos vosotros con el imperio, por buena razón puedo yo estarlo más, pues soy general de un ejército mayor y de una escuadra más numerosa. Con todo, ya que se os hace tan ardua y tan cuesta arriba mi primera propuesta, voy a bajar algo y ceder de mi pretensión: pido para mí el mando por mar si vosotros lo tuviereis por tierra; yo me contento de mandar por tierra si mejor os viniese mandar en los mares. Esta es mi última resolución; escoged, o contentaros con lo que os digo, o despediros sin esperar tener tales y tan poderosos aliados».
CLXI.Tal fue el partido que Gelón les propuso: previniendo el enviado de Atenas la respuesta del de Lacedemonia, replicole en esta forma: «A vos, señor rey de los siracusanos, nos envió la Grecia, no para pediros un general, sino un ejército. Cerrándoos con decir que no lo enviaréis a menos de no capitanear en persona a la Grecia, mostráis bien claro lo mucho que deseáis veros con el mando de ella y con el bastón de general. Al oír nosotros los enviados de Atenas vuestra demanda primera tocante al imperio total de los griegos, tuvimos por bien de no hablar palabra, bien creídos de que el laconio solo sería bastante para volver por su causa y por la nuestra igualmente. Mas ahora que vos, rechazado de la pretensión del mando universal, entráis en la demanda de ser el jefe de la escuadra, queremos sepáis bien que ni aun en el caso de que el laconio os lo conceda, convendremos nosotros en ello, pues nuestro es el imperio del mar si los lacedemonios no se lo toman, pues a ellos solos lo cederemos si gustaren de tenerlo; fuera de ellos, a nadie del mundo sufriremospor nuestro almirante. Porque ¿de qué nos sirviera poseer una marina superior a la de los demás griegos, si cediéramos el mando de las escuadras a los siracusanos, siendo nosotros los atenienses la nación más antigua de la Grecia, siendo a más de esto los únicos griegos nunca vagabundos en busca de nuevas colonias, siendo un pueblo de quien hace el poeta Homero un insigne elogio, diciendo que de Atenas fue al Ilión el hombre más hábil de todos en formar las filas y gobernar un ejército, para que se vea que no nace de arrogancia lo que a nuestro favor decimos?».
CLXII.«¿Sabes lo que puedo decirte, amigo ateniense?, respondió Gelón: que según parece, teniendo vosotros muchos que manden, no tendréis a quien mandar. Ahora, pues, ya que sin ceder nada lo queréis todo para vosotros, tomad al punto la vuelta a casa, y acordaos de decir a la Grecia que ella quiere pasar el año sin gozar de la primavera». Y lo que Gelón quiso con aquella expresión significar bien se deja entender haber sido, que como el tiempo mejor del año es el de la primavera, así la flor de los griegos era su propio ejército; por donde privándose la Grecia de las tropas auxiliares de Gelón, acudía este a la comparación de que era aquello como querer quitar al año la florida primavera.
CLXIII.Sucedió, pues, que embarcados ya los embajadores griegos para la Grecia, después de estas conferencias, Gelón, receloso por una parte de que no tendrían los griegos fuerzas bastantes para vencer al bárbaro, y no pudiendo por otra sufrir la mengua y desdoro de obedecer a los lacedemonios, siendo soberano de Sicilia, en caso de pasar con sus tropas al Peloponeso, dejando este medio, echó mano de otro más seguro.[237]Apenas oyó decir queel persa ya había pasado el Helesponto, despachó luego con tres galeotas o pentecónteros para Delfos a Cadmo, hijo de Escites, y natural de Cos, bien provisto de dinero y encargado de una embajada muy atenta. Mandole que esperase el éxito de la batalla, y si el bárbaro salía con la victoria, que le regalase en su nombre aquel dinero y le entregase el reino de Gelón, dándole la tierra y el agua; pero si salían victoriosos los griegos, que diese la vuelta a Sicilia.
CLXIV.Era este Cadmo un hombre tal, que habiendo heredado de su padre el principado de Cos, quieto a la sazón y pacífico sin peligro de mal alguno, él, con todo, de su voluntad y por amor únicamente de la justicia, renunció en manos de los Cos el gobierno, y pasó a Sicilia, donde en compañía de los samios fundó la ciudad de Zancle, que mudó después este nombre en el de Mesana, en la cual él mismo habitaba.[238]A este Cadmo, repito, venido a Sicilia del modo referido, envió allá Gelón, movido de su entereza, que en otras ocasiones tenía bien conocida. Y en efecto, a más de otras muchas pruebas que de su hombría de bien había dado, dio entonces una de nuevo que no fue de menor consideración, pues teniendo en su poder tan grandes sumas de dinero como le había fiado Gelón, no quiso alzarse con ellas pudiendo hacerlo impunemente, sino que al ver que habían salido victoriosos los griegos en la batalla naval, de cuyas resultas huía Jerjes con su armada, púsose luego en viaje para Sicilia, volviendo allá con todos aquellos tesoros.
CLXV.No obstante lo dicho, es fama entre los vecinos de Sicilia, que se hubiera Gelón vencido a si mismo, a pesar de la repugnancia que sentía en tener que obedecera los lacedemonios, dando socorro a los griegos, si por aquel mismo tiempo no hubiera querido la fortuna que el tirano de Hímera[239]Terilo, hijo de Crinipo, arrojado antes de ella por el señor de los acraganteos, Terón, el hijo de Enesidemo, condujese a Sicilia un ejército de trescientos mil combatientes, compuesto de fenicios, libios, iberos, ligures, elísicos,[240]sardonios y cirnios, a cuyo frente venía Amílcar, hijo de Hannón, rey o general de los cartagineses. Había Terilo logrado el juntar tan poderoso ejército, valiéndose así de la alianza y amistad que con Amílcar tenía, como principalmente del favor y empeño de Anaxilao, hijo de Cretines y señor de Regio, quien no había dudado en dar sus mismos hijos en rehenes a Amílcar, con la mira de vengar la injuria hecha a Terilo su suegro, con cuya hija, llamada Cidipe, había casado Anaxilao. Con esto, pues, quieren decir que no pudiendo Gelón socorrer a los griegos, resolviose enviar a Delfos aquel dinero.
CLXVI.A lo dicho también añaden que en un mismo día sucedió que vencieran en Sicilia Gelón y Terón al cartaginés Amílcar, y los griegos al persa en Salamina;[241]y aun oigo decir que Amílcar, hijo de padre cartaginés y de madre siciliana, a quien su valor y prendas habían merecido la dignidad de rey de los cartagineses, después de dada la batalla en que fue vencido, desapareció de todo punto, no habiendo parecido ni vivo ni muerto en parte alguna, a pesar de las diligencias de Gelón, que por donde quiera hizo buscarle.
CLXVII.Los cartagineses por su parte, guiados quizá por una conjetura razonable, cuentan el caso diciendo que aquella batalla de los bárbaros contra los griegos que en Sicilia se dio, empezó desde la madrugada, y duró hasta el cerrar de la noche; tan largo quieren que fuese el combate: que Amílcar, entretanto, estábase en sus reales ofreciendo de continuo sacrificios, todos de buen agüero, y quemando en holocausto sobre una gran pira las víctimas enteras; pero que al ver la derrota de los suyos, así como se hallaba haciendo libaciones sobre los sacrificios se arrojó de golpe en aquel fuego, y así abrasado y consumido desapareció. Lo cierto es que ora desapareciese Amílcar del modo que dicen los fenicios, ora del otro que cuentan los siracusanos, es tenido por héroe, a quien hacen sacrificios y a cuya memoria no solo en las colonias cartaginesas se han erigido monumentos, pero aun en Cartago misma se le edificó uno grandísimo. Y baste ya lo dicho de Sicilia.
CLXVIII.Pero los corcireos, contentos con dar buenas palabras a los enviados, no pensaban en hacerles obra buena; porque encarados con ellos los mismos embajadores que fueron a Sicilia y proponiéndoles las razones mismas que a Gelón propusieron, los de Corcira, desde luego se les ofrecieron a todo, prometiendo enviarles las tropas en su socorro, añadiendo que bien veían ellos que no les convenía desamparar la Grecia y dejarla perecer, que perdida esta cargaría sin la menor dilación sobre sus cervices el yugo de la esclavitud persa, que sus mismos intereses les obligaban a hacer todo esfuerzo posible para defenderla: tan especiosa fue la respuesta que les dieron. Pero cuando vino el tiempo crítico del socorro, con miras bien contrarias armaron sesenta naves, y hechos a la vela, floja y pesadamente llegaron al cabo al Peloponeso. Allí, cerca de Pilos y del Ténaro[242]echaron ancla en las costas de loslacedemonios, estándose también a la mira a ver en que pararía la guerra, desconfiados de que pudiesen vencer los griegos, y persuadidos de que el persa, tan superior en fuerzas, se apoderaría de toda la Grecia. Así que ellos obraban de modo que llevaban estudiada ya la arenga para el persa en estos términos: «Nosotros, señor, por más que fuimos solicitados de los griegos para entrar en la liga y haceros la guerra, no quisimos ir contra vos ni daros que sentir en cosa alguna, y esto no siendo las más cortas nuestras fuerzas, ni el número de nuestras naves el menor, antes bien el más crecido después de los de Atenas». Con estas razones esperaban sacar del persa un partido ventajoso y superior al de los otros, ni les saliera vana su esperanza a mi modo de entender; y para con los griegos llevaban prevenida también su excusa, de que después en efecto se valieron; porque como les culpasen los griegos por no haberles socorrido, respondieron que de su parte habían hecho su deber armando sesenta galeras; que el mal había estado en no poder doblar el promontorio de Malea impedidos de los vientos etesios, y que con esto no habían arribado a Salamina, donde sin culpa ni engaño alguno habían llegado algo después de la batalla naval. Con este pretexto procuraron engañar a los griegos.
CLXIX.Por lo que mira a los de Creta, después que les convidaron los enviados de la Grecia para la confederación, destinaron ellos de común acuerdo sus remeros a Delfos, encargados de saber de aquel oráculo si les sería de provecho socorrer a la Grecia, a quienes respondió la Pitia: «¡Simples de vosotros! Quejosos de los desastres que os envió furioso Minos, en pago de la defensa y socorro dado a Menelao, no acabáis de enjugar vuestras lágrimas. Vengose Minos porque no habiendo los griegos concurrido a vengar la muerte que en Cámico se le dio, vosotros con todo salisteis en compañía de ellos a vengar a una mujer que robó de Esparta un hombre bárbaro». Lomismo fue oír los cretenses el tenor del oráculo traído, que suspender el socorro a favor de los griegos.
CLXX.Aludía el oráculo a lo que se dice de Minos, quien habiendo llegado en busca de Dédalo a Sicania, que ahora llamamos Sicilia, acabó allí sus días con una muerte violenta;[243]que pasado algún tiempo, los cretenses, a quienes Dios incitaba a la venganza, todos de común acuerdo, excepto solamente los de Policna y Presio, pasando a Sicilia con una poderosa armada, sitiaron por cinco años a la ciudad de Cámico que poseen al presente los de Agrigento; pero como al cabo ni la pudiesen rendir ni prolongar más el sitio por falta de víveres, la dejaron libre y se volvieron. Que cuando en su navegación estuvieron en las costas de la Yapigia, les cogió una tempestad que les arrojó a la playa, y que perdidas en el naufragio o fracasadas las naves, como les pareciese imposible el regreso a Creta, se vieron precisados a quedarse allí en la ciudad de Hiria,[244]que fundaron ellos mismos, en donde, mudándose el nombre, en vez de cretenses se llamaron yapiges mesapios, y dejando de ser isleños, se hicieron moradores de tierra firme. Que desde Hiria salieron a fundar otras ciudades, de donde como mucho tiempo después quisiesen desalojarlos los tarentinos, fueron rotos y deshechos totalmente, de suerte que la matanza así de los de Regio como de los de Tarento allí sucedida, fue la mayor de cuantas sepa yo haber padecido los griegos; pues entonces fue cuando 3000 ciudadanos de Regio a quienes Micito, hijo de Quero, obligó a tomar las armas en socorro de los tarentinos, perecieron del mismo modo que sus aliados; si bien nopudo hacerse el cómputo de los tarentinos que allí murieron. Y este Micito de que hablo fue aquel que, siendo criado de la familia de Anaxilao, se quedó por gobernador de Regio, de donde arrojado después pasó a Tegea la de los arcadios, y erigió en Olimpia muchas estatuas.
CLXXI.Pero dejada ya esta digresión que hice de mi historia para decir algo de las cosas de Regio y de Tarento, volvamos a Creta, adonde, según cuentan los presios, pasaron a vivir como en una tierra despoblada muchos hombres, especialmente de los griegos.[245]En la tercera edad, después de muerto Minos, sucedió la expedición contra Troya, en la cual no se mostraron los cretenses los peores defensores de Menelao, en pena de cuya defensa y del descuido de vengar a Minos, vueltos ya de Troya, viéronse asaltados del hambre y de la peste, así hombres como ganados; de suerte que habiendo sido segunda vez despoblada Creta, son los cretenses que ahora la habitan los terceros colonos de ella mezclados con los pocos que allí habían quedado. La Pitia, al fin, recordando a los cretenses estas memorias, les hizo desistir del socorro que deseaban dar a los griegos.
CLXXII.Los tesalios, aunque siguieron por fuerza al principio el partido de los medos, mostraron después que no les placían las artes y designios de los Alévadas; porque luego que entendieron estar ya el persa para pasar a Europa, enviaron sus embajadores al Istmo, sabiendo que allí se había juntado un congreso de los diputados de la Grecia, varones escogidos de todos los pueblos que seguían el partido mejor a favor de la independencia de la misma. Llegados allá los embajadores de los tesalios, hablaron en esta conformidad: «Nosotros, oh varones griegos,sabemos bien que para que la Tesalia, y con ella toda la Grecia, quede a cubierto de la guerra, es menester guardar bien la entrada del monte Olimpo, la cual nosotros estamos prontos a custodiar en compañía vuestra; si bien os prevenimos que a este fin es preciso enviar allá mucha tropa. Pero una cosa queremos que entendáis: que si no queréis enviarnos guarnición, nosotros nos compondremos con el persa; pues no es razón que nosotros solos, apostados en tanta distancia para la guardia y defensa del resto de la Grecia, seamos las víctimas de toda ella, mayormente no teniendo vosotros derecho que nos pueda obligar a tanto, si no queremos nosotros; pues el no poder más, puede más que el deber. Veremos nosotros, en suma, cómo poder quedar salvos».
CLXXIII.Tal fue el discurso de los tesalios, en fuerza de cuya representación acordaron los griegos enviar a Tesalia por mar un ejército de infantes que guardase aquellas entradas, el cual, luego de levantado y junto, navegó allá por el Euripo. Así que la gente hubo llegado a Alo, ciudad de Acaya,[246]saltó en tierra, y dejadas las naves, marchaba hacia Tesalia, hasta que en Tempe se apostó en aquella entrada que desde Macedonia la baja lleva a Tesalia por las riberas del Peneo entre los dos montes Olimpo y Osa. En aquel puesto atrincheraron los hóplitas o infantes griegos, que venían a ser 10.000, con quienes se juntó la caballería de los tesalios. Eran dos sus comandantes: uno el de los lacedemonios, por nombre Eveneto, hijo de Careno, quien a pesar de no ser de familia real, había sido nombrado para este mando como uno de los polemarcos u oficiales mayores; otro el de los atenienses, llamado Temístocles, hijo de Neocles. Detuviéronse allí las tropas unos pocos días: el motivo de ello fue que unos enviados allá de parte de Alejandro, soberano de la Macedonia ehijo de Amintas, les aconsejaron que se retirasen si no querían ser atropellados y aun pisados en aquel estrecho paso por el ejército enemigo, significándoles cuán innumerable era el ejército de tierra y la copia de naves. Al oír el aviso y consejo que les daba el macedonio, teniéndolo por acertado y mirándolo nacido de un ánimo amigo y de buen corazón, resolviéronse a seguirlo; aun cuando lo que en efecto les impelió más a ello, a mi juicio, fue el miedo o desconfianza de lograr su intento, oyendo decir que a más de aquella entrada había otra para la Tesalia yendo por los perrebos en la alta Macedonia y por la ciudad de Gonos,[247]que fue el camino por donde entró cabalmente el ejército de Jerjes. Con esto, embarcadas de nuevo las tropas griegas, se volvieron al Istmo.
CLXXIV.En esto vino a parar el subsidio destinado a guarnecer la Tesalia, cuando el rey, que se hallaba ya en Abido, estaba para pasar desde el Asia a la Europa. Viéndose, pues, los tesalios destituidos de aliados, se entregaron con tanta resolución y empeño al partido de los medos, que a juicio del mismo rey fueron los que mejor y con más utilidad le sirvieron en aquella ocasión.
CLXXV.Vueltos al Istmo los griegos, movidos del aviso que les había dado Alejandro, entraron de nuevo en consulta dónde sería mejor oponerse al enemigo y qué región fuese más oportuna para teatro de aquella guerra. La opinión más seguida fue que convenía ocupar la entrada en las Termópilas, así por parecerles que era más angosta que la que da paso a la Tesalia, como también por estar más cercana y vecina de la Grecia propia. Ayudoles a ello no tener por entonces noticia de cierta senda de que ni los mismos griegos que después perecieron cogidos en Termópilas la tuvieron antes que de ella les informasenlos traquinios,[248]hallándose ya en aquellas angosturas. Acordaron, pues, guardar aquel paso para impedir que el bárbaro entrase en la Grecia, y despachar al mismo tiempo las escuadras hacia Artemisio y la costa histieótida. Y así lo resolvieron, por estar tan vecinos aquellos dos puestos que en cada uno se podía saber lo que en el otro sucediese.
CLXXVI.Explicaré la situación de tales lugares: desde el mar ancho de la Tracia empieza a encerrarse el dicho Artemisio en un canal estrecho que corre entre la isla de Escíatos y el continente de Magnesia. Desde el estrecho de Eubea comienza la playa después del promontorio de Artemisio, en la cual está el templo de Artemisa. Por lo que mira a la entrada en Grecia por Traquinia, viene a tener un medio pletro (yugada) donde más se estrecha; si bien esta estrechez suma no es la misma en todo aquel paso, sino solamente un poco antes de acercarse y después de dejar las Termópilas; y aun el camino cerca de Alpeno, que deja a las espaldas, solo da lugar a un carro; y pasando adelante al lado del río Fénix y cerca de la ciudad de Antela, otra vez solo hay paso para un carro. Al poniente de las Termópilas se levanta un monte alto, inaccesible y escarpado que va hasta el Eta, y por el levante de las mismas el mar estrecha aquel camino juntamente con unas lagunas y cenagales. Hay en aquella entrada unos baños de agua caliente, que los naturales llaman ollas, y en ellos se deja ver un altar erigido en honra de Heracles. Antiguamente se había levantado una muralla en aquel paso y en ella había puertas: sus constructores fueron losfocidios por miedo de los tesalios, viendo que estos desde la Tesprotia habían pasado a vivir en la región Eólida,[249]que es la que al presente poseen; porque como los tesalios procurasen sujetar a los focidios, opusiéronle estos aquel reparo para su defensa, y entonces fue cuando discurriendo todos los medios para impedir que pudiesen invadirles su tierra, dieron curso por aquella entrada a las fuentes de agua caliente. Verdad es que aquel muro viejo desde tan antiguo edificado, se hallaba ya con el tiempo por la mayor parte desmoronado y caído; y con todo, resolvieron los griegos que convenía repararle y cerrar al bárbaro con aquel reparo el paso para la Grecia. Muy cerca de aquel camino hay una aldea llamada Alpeno, en donde pensaron los griegos que podrían proveerse de víveres.
CLXXVII.Estos parajes parecieron a los griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de su caballería; y luego que supieron que el persa se hallaba ya en Pieria, partiéndose del Istmo, unos se fueron por tierra a Termópilas con sus tropas, los otros por mar a Artemisio con sus galeras.
CLXXVIII.Los griegos destinados al socorro de la patria iban a prestársele con toda puntualidad. Los delfios entretanto, solícitos por su salvación y por la de la Grecia, consultaron acerca de ella a aquel su dios. La respuesta del oráculo fue que se encomendasen muy de veras a los vientos, que ellos serían los mejores aliados y compañeros de armas de la Grecia. Recibido este oráculo, diéronse luego prisa los de Delfos a comunicar con aquellos griegosque querían conservar su libertad lo que se les había respondido; medio con que se ganaron sumamente el favor y gracia de los pueblos a quienes el bárbaro tenía amedrentados. Hecho esto, alzaron los delfios en honor de los vientos una ara en Tyia, allí donde Tuya,[250]la hija de Cefiso, tiene su recinto sagrado, tomando de ella nombre aquel lugar, y les hicieron sacrificios; en fuerza de cuyo oráculo aun hoy día los delfios con sacrificios aplacan a los vientos.
CLXXIX.Para volver a la armada de Jerjes, habiendo salido de la ciudad de Terma, envió delante diez naves las más ligeras de todas en derechura hacia Escíatos, en donde los griegos tenían adelantadas tres galeras de observación, una de Trecén, otra de Egina, y otra de Atenas, y al descubrir estas las naves de los bárbaros entregáronse luego a la fuga.
CLXXX.Los bárbaros, dando caza a la galera trecenia en que iba por capitán Praxino, muy presto la rindieron; y luego, cogiendo al soldado que hallaron el más gallardo de la tripulación, le degollaron encima de la proa de la nave, interpretando a buen agüero el que fuera tan bello y gentil el primero de los griegos que prendieron. Llamábase León el degollado, nombre que tal vez contribuyó a que fuese la primera víctima de los persas.
CLXXXI.La galera de Egina, en que iba por capitán Asónides, no dejó de dar mucho que hacer a los persas, obrando aquel día en su defensa prodigios de valor un soldado que en ella servía, por nombre Píteas, hijo de Isquénoo. Este, al tiempo de la refriega, al ser apresada su nave, resistió con las armas en la mano, hasta que todo él quedó acribillado de heridas. Pero como al cabo cayese, los persas que en las naves servían, viéndole respirar todavía,prendados del valor del enemigo, procuraron con sumo empeño conservarle la vida, curándole con mirra las heridas, y atándoselas después con unas vendas cortadas de un lienzo debiso(holanda muy fina). Cuando volvieron a sus reales iban mostrándolo a toda la gente, pasmados de su valor y con mucha estima y humanidad, siendo así que trataban como a viles esclavos a los otros que en la misma nave habían cogido.
CLXXXII.Así fueron apresadas las dos mencionadas naves; pero la tercera, cuyo capitán era Formo, ciudadano de Atenas, varó al huir en la embocadura del Peneo, con lo cual lograron los bárbaros apoderarse del buque, pero de la gente no; pues lo mismo fue ver encallada la nave que saltar a tierra los atenienses, y volverse a Atenas a pie, caminando por la Tesalia. Los griegos apostados con sus naves en Artemisio, después de entender lo que pasaba por medio de los fuegos, que para señal y aviso se encendieron en Escíatos, llenos de miedo, desamparada aquella posición, hiciéronse a la vela para Calcis, con ánimo de cubrir y guardar el Euripo, si bien dejaron en las alturas de Eubea sus atalayas que de día observasen al enemigo.
CLXXXIII.De las diez naves mencionadas de los bárbaros, tres se fueron arrimando a aquel escollo que está entre Escíatos y Magnesia y se llamaMírmex(hormiga). Después que los bárbaros levantaron encima del escollo una columna de piedra que consigo traían, salió de Terma el grueso de su armada, once días después que de allá había partido con sus tropas el monarca, y viendo que en aquellas aguas no parecía enemigo que les disputase el paso, iban navegando con toda la escuadra. El piloto principal que la conducía, a fin de no dar en aquel escollo notado con la columna que se hallaba en la derrota que seguían, era Pamón de Esciro. Habiendo los bárbaros navegado todo aquel día, pasaron parte de la costa de Magnesiahasta llegar a Sepíade[251]y a la playa que está entre aquella costa y la ciudad de Castanea.
CLXXXIV.Hasta llegar al dicho lugar y a Termópilas no tuvo contratiempo alguno aquella armada, cuyo número subiría entonces, según hallo por mis cuentas, a la suma de 1207 naves venidas del Asia. La suma de la gente que en las naves venía, tomada desde el principio de todas aquellas naciones, sería de 241.400 personas, y esto a razón de 200 hombres por nave; pues a más de esta guarnición nacional de las naves iban en cada una de ellas 30 soldados de tropa, ya persas, ya medos, ya sacas, cuya suma de tropa, subía por su parte a 36.210 soldados. A este último número y al otro anterior voy a añadir la suma de gente que en las galeotas o pentecónteros venía a razón de 80 hombres por galeota, pues tantos vendrían a ser poco más o menos. Llevo de antes dicho ya que eran 3000 esos buques, de donde se saca que la suma de su tripulación era de 240.000 hombres. Así que todo el número del ejército de mar asiático hacía la suma de 517.000 hombres con el pico de más de 610. El número de la infantería en el ejército de tierra fue de 1.700.000 y el de la caballería de 80.000: a estos quiero añadir los árabes que venían en sus camellos, los libios que acudían en sus carros, y solamente calcularé que fuesen todos 20.000 hombres: ahora, pues, la suma total que resulta de los dos ejércitos de mar y de tierra juntamente computadas sube a 2.317.910 hombres; y en este número de tropas sacadas del Asia no incluyo el número de criados y vivanderos, como tampoco el de los que venían con las embarcaciones cargadas de bastimentos.
CLXXXV.Al número ya sumado es preciso añadir ahora las tropas que le acompañaban tomadas de la Europa, sibien deberemos en esto seguir un cómputo prudente. Digo, pues, que los griegos situados en Tracia y en las islas a ella adyacentes concurrían con 120 naves, por donde los hombres que en ellas venían subirían a 24.000. Añado que los que al ejército juntaban sus tropas por tierra eran los tracios, los peonios, los eordos, los botieos, los colonos oriundos de Calcídica, los brigos, los pieres, los macedonios, los perrebos, los enianes, los dólopes, los magnesios, los aqueos, y en un palabra todos los pueblos de las costas de la Tracia, de cuyas naciones pongamos que fuera de 300.000 el número de soldados. De suerte, que añadidas estas cifras a la suma de tropa que del Asia venía, el grueso de la gente de guerra se componía de 264 miríadas con el pico de 1610 hombres, que hacen 2.641.610.
CLXXXVI.Y siendo tan excesivo el número de esta gente de guerra, para mí tengo que no sería menor, sino mayor aún, la chusma en la comitiva de criados y de marineros en las embarcaciones de transporte, en especial en otras naves del convoy que al ejército seguían. Pero demos que el número de la gente del séquito fuese el mismo ni más ni menos que el de la guerra, y que compusiese aquella otras tantas miríadas como esta componía. Así, con este cómputo, la suma total que Jerjes, el hijo de Darío, condujo hasta Sepíade y Termópilas, subiría a 528 miríadas y 3220 hombres, que son 5.283.220 hombres.
CLXXXVII.Esta era, pues, la suma mayor del ejército de Jerjes, que el número cabal de las mujeres panaderas, de las concubinas y de los eunucos, no será fácil que nadie lo defina, como ni lo será tampoco el que se nos diga el número de tiros en los carros, bestias de carga y el de los perros indianos que allí iban. De suerte, que nada me maravilló que el agua de algunos ríos no bastase a satisfacer la sed de tanta turba; pero sí me admiro mucho de que hubiese víveres a mano para abastecer la necesidad de tantos millares de bocas, porque por mis cuentas halloque llevando al día cada soldado la ración de un quénice (o celemín) de trigo, se gastarían diariamente once miríadas, o bien 110.310 medimnos o cargas del mismo grano, sin contar en este número los víveres para las mujeres, para los eunucos, para los bagajes y para los perros. Y entre tanta muchedumbre de gente no se hallaba nadie que en lo gentil de la persona y alto del talle, pareciera más digno y acreedor al mando soberano que el mismo rey Jerjes.
CLXXXVIII.Esta gran armada, después que emprendido el curso hubo ya llegado a cierta playa de la costa de Magnesia que está entre la ciudad de Castanea y la costa Sepíade, sacó a la orilla las primeras naves que allí arribaron; pero las que después llegaban, dejábanlas ancladas por su turno, de suerte que por no ser muy grande la playa, anclaron allí formando una escuadra de ocho naves de fondo, todas con la proa al agua. En este orden pasaron aquella noche; pero un poco antes del día, estando el cielo sereno y el mar tranquilo, levantóseles de repente una gran tempestad, hinchándoseles el agua con la furia del viento subsolano, al cual suelen los del país llamar Helespontias. Sucedió, pues, que todos los que observaron que el viento crecía y que por el puesto y orden que anclaban pudieron prevenir la tempestad sacando a tierra sus naves, todos quedaron salvos con ellas. Pero a todas las demás naves que el viento halló ancladas, se las fue llevando con furia, y arrojó las unas a un lugar que está en Pelión llamadoIpnos(hornos), y las otras hacia las playas, de suerte que estas se estrellaban en Sepíade, aquellas en la ciudad de Melibea,[252]otras naufragaron en Castanea. Tan deshecha y formidable era la tormenta.
CLXXXIX.Es fama común que los atenienses, avisados por un nuevo oráculo que acababa de venirles, en que lesdecía que llamasen en su asistencia y socorro alyerno, invocaron con ruegos al Bóreas; pues que, según la tradición de los griegos, el viento o dios Bóreas estaba casado con una dama ática por nombre Oritía, hija de Erecteo. Movidos, pues, de tal parentesco, que la fama pública dio por valedero, conjeturaban los atenienses que sería el Bóreas aquel yerno del oráculo, y hallándose con la armada apostados en Calcis, ciudad de Eubea, luego que vieron iba arreciando la tormenta, o quizá antes que la tormenta naciese, invocaban en sus sacrificios al Bóreas y a Oritía que soplasen en su favor, y que hicieran fracasar las naves de los bárbaros, como antes lo habían hecho cerca de Atos. Si fue por estos ruegos y motivos que cargase el Bóreas sobre los bárbaros anclados, no puedo decirlo; solo digo que pretenden los atenienses que así como antes les había socorrido el Bóreas, él mismo fue entonces el que tales estragos a favor suyo ejecutó. Lo cierto es, que después de partidos de allí edificaron un templo a Bóreas cerca del río Iliso.[253]
CXC.En aquel contratiempo acaecido a los bárbaros, los que más cortos andan no bajan de 400 las naves que dicen haberse perdido allí, y con ellas un número infinito de gente, y una inmensidad de dinero y de cosas de valor. Aquel naufragio, en efecto, fue una mina de oro para un ciudadano de Magnesia llamado Aminocles, hijo de Cretines, que tenía en Sepíade una posesión, pues en algún tiempo recogió allí mucho vaso de oro y mucho asimismo de plata; allí encontró tesoros de los persas, allí logró infinitas preciosidades y alhajas de oro, de suerte que no siendo por otra parte hombre afortunado, vino a ser muy rico con tanto hallazgo; pero con él dolor y pena de ver muertos desastradamente a sus hijos.
CXCI.Fueron sin número las arcas cargadas de víveresy los otros buques que entonces perecieron. El destrozo en suma fue tal y tan grande, que los jefes de la armada, recelosos de que los tesalios, viéndolos tan abatidos y mal parados, no se dejasen caer sobre ellos, hicieron de las mismas tablas y reliquias del naufragio unas altas trincheras alrededor de su campo. Duró la borrasca por el espacio de tres días: al cuarto los magos, con víctimas humanas, con encantamientos del viento acompañados de aullidos, con sacrificios hechos a Tetis y a las nereidas, lograron que calmase, si no es que calmó de suyo sin la mediación de los magos. Y la causa que les movió a sacrificar a Tetis fue haber entendido de los jonios cómo aquella diosa había sido arrebatada por Peleo de aquel lugar, y que toda la costa de Sepíade estaba bajo la protección y tutela de Tetis y de las demás nereidas.
CXCII.Las centinelas diurnas de Eubea, bajando de sus eminencias, fueron corriendo a dar a los griegos la noticia de los estragos del naufragio el segundo día de la tempestad. Ellos, con este aviso, hechas sus súplicas y ofrecidas sus libaciones a Poseidón el Salvador, volviéronse con toda prisa a Artemisio, esperando hallar corto número de naves enemigas; y llegados segunda vez, anclaron cerca de aquel promontorio. Esta fue la primera que dieron a Poseidón el nombre de Salvador.
CXCIII.Luego que cesó el viento y calmaron las olas, los bárbaros, echando al agua sus naves, iban navegando por la costa del continente, y doblado el cabo de Magnesia, encaminaron las proas hacia el seno que lleva a Pagasas.[254]Hay allí en aquel golfo de Magnesia cierto lugar en donde dicen que Heracles, habiendo sido enviado a hacer aguada, fue abandonado de Jasón y de sus compañeros, los de la naveArgos, cuando viajaban hacia Ea[255]deCólquide, en busca del vellocino de oro; pues desde aquel lugar, hecha la provisión de agua, habían resuelto hacerse a la vela; y este fue el motivo por el que se le dio al lugar el nombre de Áfetas, o abandono. Aquí fue donde dio fondo la escuadra de Jerjes.
CXCIV.Pero sucedió que quince naves de la misma que se habían quedado muy atrás en la retaguardia, como viesen las de los griegos que estaban en Artemisio, y creyesen aquellos bárbaros que serían de las suyas, fuéronse hacia ellas y dieron en manos de los enemigos. Era el comandante Sandoces, hijo de Tamasio y gobernador de Cima en la Eólida, a quien siendo uno de los jueces regios, había el rey Darío condenado antes a muerte de cruz, convencido del grave delito de haberse dejado cohechar con dinero en una causa que sentenció. Pendiente ya en la cruz el reo juez, mirando en ello Darío, halló que eran mayores los servicios hechos a la casa real por aquel ministro que los delitos cometidos; y parte por esto, parte por conocer que él mismo había obrado en aquello con más precipitación que acuerdo, le soltó y dio por libre. Así escapó con la vida de las manos del rey; pero entonces, dando por mar en las de los griegos, no había de tener la dicha de escapar segunda vez, porque viéndoles navegar los griegos hacia ellos, entendido luego el error y equivocación en que estaban, saliéndoles al encuentro, fácilmente los apresaron.
CXCV.En una de dichas naves fue preso Aridolis, señor de los alabadenses[256]que moran en Caria, y en otra lo fue asimismo Pentilo, hijo de Demónoo, jefe de los pafios, de donde, como hubiese conducido doce naves, perdidas después las once en la tempestad sufrida en la costa de Sepíade, navegando hacia Artemisio en la única que lequedaba, fue hecho prisionero. A todos estos cautivos, después de tomar lengua de ellos de cuanto querían saber tocante al ejército de Jerjes, enviaron los griegos atados al istmo de los corintios.
CXCVI.Así arribó a Áfetas la armada naval de los bárbaros, exceptuadas las quince naves que, como decía, eran mandadas por el general Sandoces. Jerjes, con el ejército de tierra, marchando por la Tesalia y por la Acaya, llegó al tercer día a la ciudad de los melienses, habiendo hecho en Tesalia la prueba de la caballería tesalia, de la que oía decir que era la mejor de toda la Grecia, ordenando un certamen ecuestre en que la hizo escaramuzar con la suya propia, y en el cual aquella caballería griega llevó de mucho la peor parte. Entre los ríos de Tesalia, el Onocono no dio por sí solo bastante agua al ejército con toda su corriente; ni entre los de la Acaya pudo el Epidano, siendo el mayor de todos, satisfacer sino escasamente a las necesidades de aquellas tropas.
CXCVII.Al marchar Jerjes hacia Alo, ciudad de la Acaya, queriéndole dar cuenta y razón de todo los guías del camino, íbanle refiriendo cierta historia y tradición nacional acerca del templo de Zeus el Lafistio. Decíanle cómo un hijo de Eolo, por nombre Atamante, de acuerdo y consentimiento con Ino, había maquinado dar la muerte a Frixo;[257]cómo después los aqueos, en fuerza de un oráculo, establecieron contra los descendientes de Frixo cierta ley gravosa, que fue prohibir a todo mayorazgo de aquella familia la entrada en su pritaneo, que llamanleitolos de Argos, colocando allí guardias para no dejarles entrar, y esto so pena que el que entrase allí no pudiese salir de modo alguno antes de ser destinado al sacrificio. Añadían también que muchos de aquella familia, estando yacondenados al sacrificio, por miedo de la muerte se habían huido a otras tierras, los cuales, si volvían después de pasado algún tiempo y podían ser cogidos, eran otra vez remitidos al pritaneo. Decían que la tal víctima, cubierta toda de lazos y guirnaldas y llevada en procesión, era al cabo inmolada, y que el motivo de ser así maltratados aquellos descendientes de Citisoro, que era hijo del mencionado Frixo, fue el siguiente: habían resuelto los aqueos, conforme cierto oráculo, que Atamante, hijo de Eolo, muriese como víctima propiciatoria por su país, y cuando estaban ya para sacrificarle, volviendo dicho Citisoro de Ea, ciudad de la Cólquide, librole de sus manos, y en pena de este atentado descargó Zeus el Lafistio la ira y furor contra sus descendientes. Jerjes, que tal había oído, cuando llegó cerca del templo y sagrado recinto, no solo se abstuvo de profanarlo, sino que prohibió a todo el ejército que nadie le violase, y aun a la casa de los descendientes de Atamante tuvo el mismo respeto con que había venerado aquel santuario.
CXCVII.Esto es lo que sucedió en Tesalia y en Acaya, de donde continuó Jerjes sus marchas hacia Mélide por la costa de aquel golfo, en el cual no cesa en todo el día el flujo y reflujo del mar.[258]Hay allí vecino al golfo un terreno llano, en unas partes espacioso y en otras muy angosto; alrededor de la llanura se levantan unos altos e inaccesibles montes, que cierran en torno toda la comarca Mélide y se llaman los Peñascos Traquinios. La primera ciudad que en aquel golfo se encuentra al venir de Acaya es Anticira,[259]bañada por el río Esperqueo, que corre desde los enianes y desagua en el mar. Después de este río, a distancia de 20 estadios, hay otro que se llama el Diras, delcual es fama que apareció allí de repente para socorrer a Heracles mientras se estaba abrasando; pasado este, cosa de otros 20 estadios, se da con otro río llamado el Melas.
CXCIX.Distante del Melas por espacio cinco estadios está una ciudad llamada Traquinia, y por aquella parte donde se halla situada es por donde se extiende más a lo ancho todo el país desde los montes hacia el mar, pues se cuentan allí 22.000 pletros o yugadas de llanura. En el monte que ciñe la comarca traquinia se descubre una quebrada que cae al mediodía de Traquinia, y pasando por ella el río Asopo va corriendo al pie de la montaña.
CC.Al mediodía del Asopo corre otro río no grande, llamado el Fénix, que bajando de aquellos montes va a desaguar en el Asopo. El paso más estrecho que hay allí es el que está cerca del río Fénix, en donde no queda más espacio que el de un solo camino de ruedas, abierto allí por el arte. Desde el río Fénix hasta llegar a Termópilas se cuentan 15 estadios, y a la mitad de este camino, entre el río Fénix y Termópilas, se halla una aldea llamada Antela, por donde pasando el Asopo desemboca en el mar. Ancho es el sitio que hay cerca de dicha aldea y en donde está edificado el templo de Deméter la Anfictiónide,[260]los asientos de los Anfictiones y el templo también del mismo Anfictión.
CCI.Volviendo a Jerjes, tenía este su campo en la comarca traquinia de Mélide, y los griegos el suyo en aquel paso estrecho que es el lugar al que la mayor parte de los griegos llaman Termópilas, si bien los del país y los comarcanos le dan el nombre de Pilas. Estaban, pues, como digo, acampados unos y otros en aquellos lugares: ocupaba el rey todo el distrito que mira al Bóreas hastala misma Traquinia; los griegos el que tira al mediodía en aquel continente.
CCII.Era el número de los griegos apostados para esperar al rey en aquel lugar: de los espartanos 300 hóplitas; de los tegeos y mantineos 1000, 500 de cada uno de estos pueblos; de Orcómeno, ciudad de la Arcadia, 120; de lo restante de la misma Arcadia, 1000, y este era a punto fijo el número de los arcadios; de Corinto, 400; de Fliunte, 200; y de los de Micenas, 80; siendo estos todos los que se hallaban presentes venidos del Peloponeso; de los beocios 700 tespieos y 400 tebanos.
CCIII.A más de los dichos, habían sido convocados los locros opuntios[261]con toda su gente de armas y mil soldados más de los focidios. Habíanlos llamado los griegos enviándoles unos mensajeros que les dijesen cómo ellos se adelantaban ya, precursores de los demás, a ocupar aquel paso, y que de día en día esperaban allí a los otros aliados que estaban en camino; que por lo tocante al mar estaba cubierto y guardado con las escuadras de los de Atenas, de los de Egina y de los restantes pueblos que tenían fuerzas navales; que no tenían por qué temer ni desmayar, pues no era ningún dios venido del cielo, sino un hombre mortal, el enemigo común de la Grecia invadida; que bien sabían ellos que ni había existido mortal alguno, ni había de haberlo jamás, que desde el día de su nacimiento no estuviese expuesto a los reveses de la fortuna, tanto más grandes cuanto más lo fuese su estado y condición; en suma, que siendo un hombre de carne y hueso el que venía a acometerles, no podía menos de tener algún tropiezo en que, humillado, conociese que lo era. Así leshablaron, y con estas razones se resolvieron aquellos a enviar sus socorros a Traquinia.
CCIV.Tenían dichas tropas, a más del comandante respectivo de cada una de las ciudades, por general de todo aquel cuerpo, a quien todos sobremanera respetaban, al lacedemonio Leónidas, hijo de Anaxándridas y descendiente de varón en varón de los principales personajes siguientes: León, Euricrátidas, Anaxandro, Eurícrates, Polidoro, Alcámenes, Téleclo, Arquelao, Egesilao, Doriso, Leobotes, Equestrato, Agis, Eurístenes, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo y Heracles. Había el citado general Leónidas sido hecho rey en Esparta del siguiente modo, fuera de lo que se esperaba:
CCV.Como tuviese dos hermanos mayores, el uno Cleómenes y el otro Dorieo, bien lejos estaba de pensar que pudiese recaer el cetro en sus manos. Pero habiendo muerto Cleómenes sin hijo varón y no sobreviviéndole ya Dorieo, que había acabado sus días en Sicilia, vino la corona por estos accidentes a sentarse rodando en las sienes de Leónidas, siendo mayor que su hermano Cleómbroto, el menor de los hijos de Anaxándridas, y estando mayormente casado con una hija que había dejado el rey Cleómenes. Entonces, pues, se fue a Termópilas el rey Leónidas, habiendo escogido en Esparta 300 hombres de edad varonil y militar que ya tenían hijos. Con ellos había juntado el número de tebanos que llevo dicho, a cuyo frente iba por comandante nacional Leontíades, hijo de Eurímaco.[262]El motivo que había determinado a Leónidas a que procurase llevar consigo a los tebanos con tanta particularidad,fue la mala fama que de ellos, como de partidarios del medo, corría muy válida. Bajo este supuesto les convidó a la guerra, para ver si concurrían a ella con los demás, o si manifiestamente se apartaban de la alianza de los otros griegos. Enviaron los tebanos sus soldados, si bien seguían aquel partido con ánimo discordante.
CCVI.Enviaron delante los espartanos esta tropa capitaneada por Leónidas con la mira de que los otros aliados quisiesen con aquel ejemplo salir a campaña y de impedir que se entregasen al medo, oyendo decir que dilataban en tardanzas aquella empresa. Por su parte estaban ya resueltos a salir con todas sus fuerzas, dejando en Esparta la guarnición necesaria, luego de celebradas lasCarneas, que eran unas fiestas anuas que les obligaban a la detención. Lo mismo que ellos pensaban hacer los otros griegos sus aliados por razón de concurrir en aquella misma sazón de tiempo a los juegos olímpicos,[263]y con esto, pareciéndoles que no se vendría tan presto a las manos en Termópilas, enviaron allá adelantadas sus tropas como precursores suyos.
CCVII.Esto era lo que pensaban hacer aquellos griegos; pero los que estaban ya en Termópilas, cuando supieron que se hallaba el persa cerca de la entrada, deliberaban llenos de pavor si sería bien dejar el puesto. Los otros peloponesios, en efecto, eran de parecer que convenía volverse al Peloponeso y guardar el Istmo con sus fuerzas; pero Leónidas, viendo a los locros y focidios irritados contra aquel modo de pensar, votaba que era preciso mantener el mismo puesto, enviando al mismo tiempo mensajeros a las ciudades, que las exhortasen al socorro, por no ser ellos bastantes para rebatir el ejército de los medos.
CCVIII.Entretanto que esto deliberaban, envió alláJerjes un espía de a caballo, para que viese cuántos eran los griegos y lo que allí hacían, pues había ya oído decir, estando aún en Tesalia, que se había juntado en aquel sitio un pequeño cuerpo de tropas, cuyos jefes eran los lacedemonios, teniendo al frente a Leónidas, príncipe de la familia de los Heráclidas. Después que estuvo el jinete cerca del campo, si bien no pudo observar todo el campamento, no siéndole posible alcanzar con los ojos a los que acampaban detrás de la muralla, que reedificada guardaban con su guarnición, pudo muy bien observar con todo los que estaban delante de ella en la parte exterior, cuyas armas yacían allí tendidas por orden. Quiso la fortuna que fuesen los lacedemonios a quienes tocase entonces por turno estar allí apostados. Vio, pues, que unos se entretenían en los ejercicios gimnásticos y que otros se ocupaban en peinar y componer el pelo: mirando aquello el espía, quedó maravillado haciéndose cargo de cuántos eran: certificose bien de todo y dio la vuelta con mucha paz y quietud, no habiendo nadie que le siguiese, ni que hiciese caso ninguno de él. A su vuelta dio cuenta a Jerjes de cuanto había observado.
CCIX.Al oír Jerjes aquella relación, no podía dar en lo que era realmente la cosa, sino prepararse los lacedemonios a vender la vida lo más caro que pudiesen al enemigo. Y como tuviese lo que hacían por sandez y singularidad, envió a llamar a Demarato, el hijo de Aristón, que se hallaba en el campo; y cuando lo tuvo en su presencia, le fue preguntando cada cosa en particular, deseando Jerjes entender qué venía a ser lo que hacían los lacedemonios. Díjole Demarato: «Señor, acerca de estos hombres os informé antes la verdad cuando partimos contra la Grecia. Vos hicisteis burla de mí al oírme decir lo que yo preveía había de suceder. No tengo mayor empeño que hablar verdad tratando con vos: oídla ahora también de mi boca: Sabéis que han venido esos hombres a disputarnos laentrada con las armas en la mano, y que a esto se disponen; pues este es uso suyo, y así lo practican, peinarse muy bien y engalanarse cuando están para ponerse a peligro de perecer. Tened por seguro que si vencéis a estas tropas y a las que han quedado en Esparta, no habrá, señor, ninguna otra nación que se atreva a levantar las manos contra vos; pero reparad bien ahora que vais contra la capital misma, contra la ciudad más brava de toda la Grecia, contra los más esforzados campeones de todos los griegos». Tal respuesta pareció a Jerjes del todo inverosímil, y preguntole segunda vez que le dijese cómo era posible que siendo ellos un puñado de gente y nada más, se hubiesen de atrever a pelear con su ejército; a lo cual respondió Demarato: «Convengo, señor, en que me tengáis por embustero si no sucede todo puntualmente como os lo digo».
CCX.No por esto logró que le diese crédito Jerjes, quien se estuvo quieto cuatro días esperando que los griegos se entregasen por instantes a la fuga. Llegado el quinto, como ellos no se retirasen de su puesto, pareciole a Jerjes que nacía aquella pertinacia de mera desfachatez y falta de juicio, y lleno de cólera envió contra ellos a los medos y cisios, con la orden formal de que prendiesen a aquellos locos y se los presentasen vivos. Acometen con ímpetu gallardo los medos a los griegos, caen muchos en la embestida, vanles otros sucediendo de refresco, y por más que se ven violentamente repelidos, no vuelven pie atrás. Lo que sin duda logran con aquello es hacer a todos patente, y mayormente al mismo rey, que tenía allí muchos hombres, pero pocos varones esforzados. La refriega empezada duró todo aquel día.
CCXI.Como los medos se retirasen del choque, después de muy mal parados en él, y fuesen a relevarles los persas entrando en la acción, hizo venir el rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que estosse llevarían de calle a los griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los Inmortales a medir sus fuerzas con los griegos, y no con mejor fortuna que la tropa de los medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las que usaban los griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre. Hacían allí los lacedemonios prodigios de valor, mostrándose en todo guerreros peritos y veteranos en medio de unos enemigos mal disciplinados y bisoños, y muy particularmente cuando al volver las espaldas lo hacían bien formados y con mucha ligereza. Al verlos huir los bárbaros en sus retiradas, daban tras ellos con mucho alboroto y gritería; pero al irles ya a los alcances, volvíanse los griegos de repente, y haciéndoles frente bien ordenados, es increíble cuánto enemigo persa derribaban, si bien en aquellos encuentros no dejaban de caer algunos pocos espartanos. Viendo los persas que no podían apoderarse de aquel paso, por más que lo intentaron con sus brigadas divididas, y con sus fuerzas juntas, desistieron al cabo de la empresa.
CCXII.Dícese que el rey, que estuvo mirando todas aquellas embestidas del combate, por tres veces distintas saltó del trono con mucha precipitación receloso de perder allí su ejército. Tal fue por entonces el tenor de la contienda: el día después nada mejor les salió a los bárbaros el combate, al cual volvieron muy confiados de que, siendo tan pocos los enemigos, estarían tan llenos de heridas que ni fuerza tendrían para tomar las armas ni levantar los brazos. Pero los griegos, ordenados en diferentes cuerpos y repartidos por naciones, iban entrando por orden en la refriega, faltando solo los focidios, que habían sido destacados en la montaña para guardar una senda que allí había. Así que, viendo los persas que tan mal les iba el segundo día como les había ido el primero, se fueron otra vez retirando.
CCXIII.Hallábase el rey confuso no sabiendo qué resolución tomar en aquel negocio, cuando Efialtes, hijo de Euridemo, de patria meliense, pidió audiencia para el rey, esperando salir de ella muy bien premiado y favorecido. Declarole, en efecto, haber en los montes cierta senda[264]que iba hasta Termópilas, y con esta delación abrió camino a la ruina de los griegos que estaban allí apostados. Este traidor, temiendo después la venganza de los lacedemonios, huyose a Tesalia, y en aquella ausencia fue proscrito por los pilágoras, habiéndose juntado en Pilea el congreso general de los anfictiones, y puesta a precio de dinero su cabeza. Pasado tiempo, habiéndose restituido a Anticira, murió a manos de Atenades, natural de Traquinia; y si bien es verdad que Atenades le quitó la vida por cierto motivo, como yo en otro lugar explicaré,[265]con todo, no se lo premiaron menos los lacedemonios: Efialtes, en suma, pereció después.
CCXIV.Cuéntase también la cosa de otro modo; dícese que los que dieron aviso al rey y condujeron a los persas por el rodeo de los montes, fueron Onetes, hijo de Fanágoras, ciudadano caristio, y Coridalo, natural de Anticira.[266]Pero de ningún modo doy crédito a esta fábula, por dos razones: la una, porque debemos atenernos al juicio de los pilágoras, quienes, bien informados sin duda del hecho como diputados públicos de los griegos, no ofrecieron premio con su bando de proscripción por la cabeza deOnetes ni por la de Coridalo, sino solamente por la de Efialtes el traquinio; la otra, porque sabemos que Efialtes se ausentó por causa de este delito. Pudo muy bien Onetes, por más que no fuese meliense, tener noticia de aquella senda excusada, si por mucho tiempo había vivido en el país, no lo niego: solo afirmo que Efialtes fue el guía que les llevó por aquel rodeo del monte, y en el descubrimiento de la senda le cargo toda la culpa.
CCXV.Alegre Jerjes sobremanera, luego que tuvo por bien seguir el aviso y proyecto que Efialtes le proponía, despachó al punto para que lo pusiese por obra a Hidarnes con el cuerpo de tropas que mandaba. Salió del campo Hidarnes entre dos luces antes de cerrar la noche. Por lo que mira a dicha senda, los naturales de Mélide habían sido los primeros que la hallaron, y hallada, guiaron por ella a los tesalios contra los focidios, en el tiempo que estos, cabalmente por haber cerrado la entrada con aquel muro, se miraban ya puestos a cubierto de aquella guerra. Y desde que fue descubierta, habiendo pasado largo tiempo, nunca había ocurrido a los melienses hacer uso ninguno de aquella senda.