LXIX.«Ya que con tus palabras me obligas, hijo mío, a que te hable claro, voy a decírtelo todo sin encubrirte cosa alguna. Has de saber que la tercera noche a punto después que me llevó a su casa Aristón, acercóseme una fantasma en figura de él mismo, durmió conmigo y púsome después en la cabeza una guirnalda que llevaba: hecho esto, me dejó y vino luego a mi lecho Aristón. Al verme con aquella corona, pregúntame quién me la había dado, y respondiéndole yo que él mismo, díceme que no hay tal. Yo no hacía más que jurar una y mil veces que él había sido en efecto, y que muy mal hacía en querérmelo negar, sabiendo que muy poco antes había venido, estado conmigo y puéstome aquella misma corona. Como vio Aristón cuánto me afirmaba en ello y cuán de veras se lo juraba, cayó en la cuenta y persuadiose de que sería aquella cosa misteriosa y de orden sobrenatural, a lo cual hubo dos motivos quemucho le inclinaron: uno, porque se veía haber sido tomada la corona de aquelheroo[135]que cerca de la puerta del patio de nuestra casa está levantado en honor de Astrábaco; otro, que consultados sobre el caso los adivinos, respondieron no haber sido otro el que vino a verme que el mismo héroe Astrábaco. He aquí, hijo, cuanto deseas saber; no hay medio: o eres hijo de un héroe, y entonces tu padre es Astrábaco, o cuando no lo seas, eres hijo de Aristón, pues de uno de los dos aquella noche te concebí. Y por lo que mira a la razón con que mayor guerra te hacen tus enemigos, alegando contra tu legitimidad que el mismo Aristón al recibir el aviso de tu nacimiento dijo delante de muchos que tú no podías ser suyo por no haber pasado diez meses, entiende, hijo, que se le deslizaron aquellas palabras por no saber lo que suele pasar en tales asuntos, pues las mujeres paren unas a los nueve, otras a los siete meses, no esperando siempre a que se cumplan los diez, y yo cabalmente parí sietemesino; de suerte que no mucho después de su dicho conoció el mismo Aristón haber sido muy simple en lo que había hablado. Créeme a mí y déjales decir esas otras necedades acerca de tu generación, pues lo que has oído es la pura verdad. Esotro de arrieros, guárdelo para sí Leotíquidas y para los que hacen correr tal patraña, y quiera Dios que sus mujeres no paran sino de sus arrieros». Hasta aquí habló la madre.
LXX.Demarato, oído lo que quería saber, preparó lo necesario para el viaje que meditaba. Esparce la voz que va a Delfos para consultar al oráculo y encamínase en derechura hacia la Élide. Los lacedemonios, recelándose de que pretendía huírseles, le siguieron los alcances; pero llegados a Élide, hallaron que se les había adelantado hacia Zacinto.[136]Pasan luego allá y pretendenecharse sobre Demarato, y en efecto, le quitan todos sus criados; pero como los zacintios se opusiesen a aquella prisión no queriendo entregar al fugitivo, pasó este al Asia y se refugió a la corte del rey Darío, quien acogiéndole con real magnificencia le señaló estados, dándole algunas ciudades para su dominio. Tal fue el motivo y la forma de la retirada que hizo al Asia Demarato y tal la buena acogida que la suerte le procuró: varón ilustre entre los lacedemonios, así por sus muchos hechos y dichos memorables, como en especial por haber alcanzado la palma en la carrera de las carrozas de Olimpia; gloria que entre todos los reyes de Esparta él solo había logrado.
LXXI.Volviendo a Leotíquidas, hijo de Ménares, que ocupó el trono de que había sido depuesto Demarato, tuvo un hijo por nombre Zeuxidamo, a quien algunos espartanos suelen llamar Cinisco, el cual por haber muerto primero que su padre no llegó a reinar en Esparta, dejando al morir un hijo llamado Arquidamo. Muerto Zeuxidamo, casó Leotíquidas, su padre, en segundas nupcias con Eurídama, hija de Diactóridas y hermana de Menio. En ella no tuvo hijo alguno varón, pero si una hija con el nombre de Lampito, la que el mismo Leotíquidas dio por esposa a su nieto Arquidamo, el hijo de Zeuxidamo.
LXXII.Leotíquidas, en castigo sin duda de la injuria cometida centra Demarato, no logró la fortuna de tener en Esparta una dichosa vejez. Su desventura procedió de que, capitaneando las tropas lacedemonias contra Tesalia, aunque tuvo en su mano subyugar todo el país, se dejó corromper con una gran suma de plata. Cogido, pues, en sus mismos reales con el hurto en las manos, pues le habían hallado sentado encima de una gran valija llena de dinero, fue por ello acusado en Esparta y, citado a comparecer allí en juicio, huyose a Tegea,[137]donde acabó sus días, habiendosido arruinada su casa en Esparta por sentencia del tribunal: sucesos que, por más que los note aquí, acaecieron algún tiempo después.
LXXIII.Pasemos a Cleómenes, quien al ver que le había salido bien su intriga contra Demarato, tomando consigo a Leotíquidas, su nuevo colega y partidario, encaminose luego contra Egina, poseído del enojo y del ardiente deseo de vengar el desacato que allí se le había hecho. No osaron los de Egina, viendo venir contra ellos a los dos reyes, hacerles resistencia, con lo cual los reyes entresacaron a su salvo diez sujetos de Egina, los de mayor consideración, ya por lo rico, ya por lo noble de sus familias, e incluidos en este número Crío, el hijo de Polícrito, y Casambo, hijo de Aristócrates, los dos sujetos de mayor crédito y poder en la isla, se llevaren presos a los diez, y pasando con ellos al Ática, los confiaron en depósito y custodia a los atenienses, los mayores enemigos que tuviesen los eginetas.
LXXIV.Pero Cleómenes, después de lo que llevo referido, temiendo mucho el resentimiento de los espartanos, entre quienes se había ya divulgado la calumnia y negra trama de que se había valido para la ruina de Demarato, se retiró a Tesalia. De allí pasando a la Arcadia y sublevados los arcadios por su medio e influjo, empezó a maquinar novedades contra Esparta, a la cual queriendo hacerla guerra, no solo obligaba a jurar a los arcadios que le seguirían donde quiera que les condujese como general, sino que además tenía resuelto llevar consigo los magistrados de Arcadia a la ciudad de Nonacris, donde quería tomarles el juramento de fidelidad por la laguna Estigia, a lo cual le movería la opinión de los mismos arcadios de que en dicha ciudad se halla el agua de la Estigia. Es cierto en realidad que se ve allí cómo va goteando de una peña una poca agua que de allí se encamina hacia un valle circuido con una pared seca: Nonacris, donde se encuentra estafuente, es una de las ciudades de Arcadia vecina a Feneo.[138]
LXXV.Informados en tanto los lacedemonios del manejo de Cleómenes y temerosos de lo que de allí podría resultarles, llamáronle a Esparta con la promesa de mantenerle en la posesión de sus antiguos derechos a la corona. Apenas volvió allá Cleómenes, cuando se apoderó de él, algo propenso de antes a la demencia, una locura declarada, pues apenas se encontraba entonces con algún espartano, dábale luego en la cara con el cetro; de suerte que sus mismos parientes, viendo que se propasaba a tales extremos de locura, le ataron a un cepo. Preso allí, cuando vio que un hombre solo le estaba guardando, pidiole que le diese su sable, y si bien el guardia se lo negó al principio, oídos con todo los castigos con que le amenazaba para algún día, dióselo al cabo de puro miedo; ni es de admirar que temiera siendo uno de los ilotas. El furioso Cleómenes, al verse con la cuchilla en la mano, empezó por sus piernas una horrorosa carnicería, haciendo desde el tobillo hasta los muslos unas largas incisiones; continuolas después del mismo modo desde los muslos hasta las ijadas y lomos, ni paró hasta acabar consigo llevando su destrozo sobre el vientre. Así murió Cleómenes con fin tan desastrado, bien fuese aquel un castigo del soborno con que cohechó a la Pitia en la causa de Demarato, como dicen muchos griegos; bien fuese en pena de haber talado el bosque sacro de las diosas, cuando acometió contra Eleusis, como aseguran solos los atenienses; bien fuese aquella la paga de la violación del templo de Argos, de donde sacó a los argivos refugiados después de la rota del ejército y los hizo pedazos, incendiando al mismo tiempo el bosque sagrado sin el menor escrúpulo ni reparo, comopretenden los mismos argivos, cuyo hecho pasó en los términos siguientes:
LXXVI.Consultando Cleómenes en cierta ocasión al oráculo en Delfos, fuele respondido que lograría rendir a Argos; condujo, pues, contra Argos a sus espartanos, y llegando al frente de ellos al río Erasino, el cual, según se dice, tiene su origen en la laguna Estinfálide, pues sumiéndose esta en una abertura oculta y subterránea, aparece otra vez en Argos, desde donde lleva ya aquella corriente el nombre de río Erasino que le dan los argivos; llegado, repito, Cleómenes a aquel río, hízole sacrificios como para pedirle paso. En ninguna de sus víctimas se presentaba al lacedemonio algún agüero propicio en prueba de que Erasino le diera paso por su corriente. Dijo Cleómenes que le parecía muy bien que no quisiera el Erasino ser traidor a sus vecinos, pero que no por eso se felicitarían mucho por tal fidelidad los argivos. En efecto, partiose de allí con sus tropas hacia Tirea,[139]donde, hechos al mar sus sacrificios, pasó en naves con su gente a los confines de Tirinto y de Nauplia.
LXXVII.Sabido esto por los argivos, salieron armados hacia las costas a la defensa del país, y llegados cerca de Tirinto, plantaron sus trincheras enfrente de las de los lacedemonios, en un lugar llamado Sepea, dejando un corto espacio ente los dos reales. Los argivos, muy alentados y animosos para entrar en batalla campal, solo se recelaban de alguna sorpresa insidiosa, pues a algunas asechanzas aludía un oráculo que contra ellos y contra los milesios juntamente había proferido antes la Pitia en estos términos: «Cuando la mujer victoriosa repela en Argos al hombre y lleve la gloria de valiente, hará que corran las lágrimas a muchas argivas, hará que alguno pasada tal época diga:horrible yace la triple serpiente, domada por la lanza».[140]Como viesen, pues, los argivos que todo lo del oráculo se les había puntualmente cumplido, les ponía esto mismo en grandes temores; así que para su mayor seguridad les pareció seguir en su campo las órdenes que diese en el de los enemigos el pregonero de estos, y lo practicaron tan puntualmente, que lo mismo era hacer la señal el pregonero espartano, que poner por obra los argivos lo mismo que intimaba aquel a los suyos.
LXXVIII.Cuando Cleómenes estuvo ya bien seguro de que los argivos iban ejecutando lo que su pregonero indicaba a sus tropas, dio orden a los suyos de que, cuando el pregonero les toque a comer, al punto tomando las armas embistan a los argivos. Con aquella orden los lacedemonios se dejaron caer de repente sobre los argivos en el momento que estaban comiendo según la voz del pregonero enemigo, y llevaron a cabo con tal éxito su artificio, que muchos de los contrarios quedaron tendidos en el campo, y muchos más se refugiaron al bosque sagrado de Argos, donde luego se los sitió cerrándoles el paso para la salida.
LXXIX.Entonces fue cuando Cleómenes echó mano del ardid más alevoso, pues informado por ciertos fugitivos que consigo tenía del nombre de los retraídos, mandó a su pregonero que se acercase al bosque y llamase afuera por su propio nombre a algunos de los refugiados, diciendo que les daba libertad como a prisioneros cuyo rescate ya tenía, pues sabido es que entre los peloponesios el rescate estátasado y convenido en dos minas por prisionero. Llamando, pues, Cleómenes a los argivos uno a uno, había ya hecho morir a 50 de ellos, sin que los refugiados del bosque hubiesen imaginado lo que pasaba por afuera con los que salían, pues por lo espeso de la arboleda no alcanzaban a verlo los de dentro. Pero al cabo, subiendo uno de ellos encima de un árbol, observó lo que allá sucedía a los llamados, y desde entonces llamaba Cleómenes y nadie más salía.
LXXX.Visto lo cual por Cleómenes, dio orden a los ilotas que rodeasen el bosque de fagina, unos por una parte y otros por otra, y hecho esto, le mandó dar fuego. Ardía ya todo en llamas, cuando preguntando Cleómenes a uno de los desertores de qué dios era el bosque sagrado, y oyendo responder que era del dios de Argos, con un gran gemido: «Cruelmente, dijo, me has burlado, adivino Apolo, al decirme que rendiría a Argos; concluido está todo, a lo que veo, y cumplido tu oráculo».
LXXXI.Desde aquel punto da licencia Cleómenes al grueso del ejército para que se vuelva a Esparta, y tomando en su compañía mil soldados de la tropa más escogida, va a sacrificar con ellos en el Hereo.[141]Luego que el sacerdote de Hera le ve ir a sacrificar en aquella ara, se le opone, alegando no ser lícito tal sacrificio a ningún forastero; mas Cleómenes, mandando a sus ilotas que aparten del ara y azoten al sacerdote, lleva adelante su sacrificio, el cual concluido, da la vuelta hacia Esparta.
LXXXII.Vuelto allí de su expedición, citáronle sus enemigos a comparecer delante de los éforos, acusándole de soborno por no haber tomado la ciudad de Argos, pudiendo con toda seguridad hacerlo; a quienes respondió así Cleómenes, no sé si mintiendo o si diciendo verdad: queuna vez apoderado del templo de Argos, habíale parecido quedar ya verificado el oráculo de Apolo, y que por tanto había juzgado no deber hacer la tentativa de rendir la misma ciudad de Argos, hasta que de nuevo hiciera la prueba si el dios permitiría que la tomase, o si antes bien se opondría a ello; que como a este fin sacrificase en el Hereo con agüeros propicios, vio que del pecho del ídolo de Hera salía una llama, prodigio que le hizo pensar no estaba reservada para él la toma de la plaza de Argos, porque si la llama de fuego, en vez de salir del pecho de la estatua, le hubiera salido de la cabeza, hubiera creído en tal caso poder rendir a fuerza la ciudad; pero saliendo del pecho, entendió que estaba ya hecho allí cuanto Dios quería que se hiciera. Lo cierto es que esta apología pareció a los espartanos tan justa y razonable, que en fuerza de ella la mayor parte de votos dio por absuelto a Cleómenes.
LXXXIII.Quedó Argos de resultas de aquella guerra tan huérfana de ciudadanos, que los esclavos que en ella había, apoderados del estado, se mantuvieron en los empleos públicos hasta que los hijos de los argivos allí muertos llegaron a la edad varonil, pues entonces recobraron el dominio, quitando a los esclavos el mando y echándolos de la ciudad, si bien los expulsos lograron con las armas en la mano hacerse dueños de Tirinto. Por algún tiempo quedaron así los negocios en paz y sosiego, hasta tanto que quiso la desventura que cierto adivino Cleandro, natural de Figalia,[142]pueblo de la Arcadia, juntándose con los esclavos dominantes en Tirinto, lograse alarmarles con sus razones contra los de Argos, sus señores. Encendiose con esto una guerra entre señores y esclavos que duró bastante tiempo, y de que a duras penas salieron al cabo vencedores los argivos.
LXXXIV.En pena de tan funestas violencias, pretenden los argivos, como decía, que acabó furioso Cleómenes, cuya desastrada muerte niegan los espartanos que haya sido castigo ni venganza de ningún dios, antes aseguran que por el trato que tuvo Cleómenes con los escitas se hizo un gran bebedor, y de bebedor y borracho vino a parar en loco furioso. Cuentan que los escitas nómadas, después que Darío invadió sus tierras, concibieron un vehemente deseo de tomar venganza del persa, y con esta mira por medio de sus embajadores formaron con los espartanos una liga concertada en estos términos: que los escitas, siguiendo el río Fasis, debiesen invadir la Media, y que los espartanos, acometiendo desde Éfeso al enemigo, hubiesen de subir tierra adentro hasta juntarse con los escitas. Con esto pretenden los lacedemonios que por el sobrado trato que tuvo Cleómenes con los embajadores venidos con el fin mencionado, aprendió a darse al vino y a la bebida, de manera que de allí le nació después su furiosa manía. Añaden aún más, en prueba de lo dicho: que de esta venida de los escitas tomó principio la frase que usan los espartanos al querer beber larga y copiosamente:Vaya a la escítica. Pero, por más que así piensen y hablen los espartanos, creo que el fin de Cleómenes no fue sino castigo del cielo por lo que hizo contra Demarato.
LXXXV.Apenas los de Egina supieron la muerte de Cleómenes, cuando por medio de sus diputados en Esparta resolvieron afear a Leotíquidas la prisión de los suyos, detenidos como rehenes en Atenas. En la primera audiencia pública que delante del tribunal se dio a los diputados, decretaron los lacedemonios ser un atentado lo que Leotíquidas había ejecutado con los eginetas, condenándole a que, en recompensa del agravio padecido por los que en Atenas quedaban prisioneros, fuese llevado preso a Egina. En efecto, estaban ya los eginetas a punto de llevarse preso a Leotíquidas, cuando un personaje de mucho créditoen Esparta, por nombre Teásides, hijo de Leóprepes, les reconvino con estas palabras: «¿Qué es lo que tratáis de hacer ahora, oh eginetas? ¿Al rey mismo de los espartanos, que ellos entregan a vuestro arbitrio, pretendéis llevar prisionero? Creedme, y pensadlo bien antes; pues aunque llevados del enojo y resentimiento presente así acabáis de resolverlo, si vosotros lo ejecutáis, corre mucho peligro de que, arrepentidos los espartanos y corridos de lo hecho, maquinen después vuestra total ruina en alguna expedición». Palabras fueron estas que, haciendo desistir a los eginetas de la prisión ya resuelta de Leotíquidas, les persuadieron a la reconciliación con tal que él les acompañase a Atenas y les hiciese restituir sus rehenes.
LXXXVI.Pasando, en efecto, Leotíquidas a Atenas, pedía su antiguo depósito; pero los atenienses, obstinados en no restituirlo, no hacían sino buscar excusas y pretextos, saliéndose con decir que, puesto que los dos reyes de Esparta les habían a una confiado aquellos rehenes, no les parecía justo ni conveniente restituirlos a uno de ellos y no a los dos juntos.[143]Oídas estas razones y viendo Leotíquidas que no querían volverlos, les habló de este modo: «Ahora bien, atenienses, allá os avengáis; escoged el partido que mejor os parezca: solo os diré que en volver ese depósito haréis una obra justa y buena, y en no volverlo no haréis sino todo lo contrario. A este propósito quiero contaros lo que acerca de un depósito sucedió en Esparta.Cuéntase, pues, entre nosotros los espartanos que vivía en Lacedemonia, hará tres generaciones, un varón llamado Glauco, hijo de Epicides, el cual es fama que, a más de ser en las demás prendas el sujeto más excelente de todos, muy particularmente en punto a justicia y entereza, era reputado por el más cabal y cumplido de cuantos tenía Lacedemonia. En cierta ocasión, pues, sucedió a este, como solemos contar los espartanos, un caso muy singular, y fue que desde Mileto vino a Esparta un forastero jonio, solo con ánimo de tratarle y de hacer prueba de su entereza, y llegado, le habló en esta conformidad: “Quiero que sepas, amigo Glauco, como yo, siendo un ciudadano de Mileto, vengo muy de propósito a valerme de tu equidad y hombría de bien; porque viendo yo que en toda la Grecia y mayormente en la Jonia tenías la fama de ser un hombre justo y concienzudo, empecé a pensar y ponderar dentro de mí cuán expuestas están a perderse allá en Jonia las riquezas y cuán seguras quedan aquí en el Peloponeso, pues jamás los bienes se mantienen allá largo tiempo en las manos y poder de unos mismos dueños.[144]Hechos, pues, tales discursos y sacadas conmigo estas cuentas, me resolví a vender la mitad de todos mis haberes y a depositar en su poder la suma que de ellos sacase, bien persuadido de que en tus manos estaría todo salvo y seguro. Ahí tienes, pues, ese dinero; tómalo juntamente con el símbolo que aquí ves; guárdalo, y al que te lo pida presentándote esa contraseña, harasme el gusto de entregárselo”. Estas razones pasaron con el forastero de Mileto, y Glauco, en consecuencia, se encargó del depósito bajo la palabra de volverlo. Pasado mucho tiempo, los hijos del milesio que había hecho el depósito, venidos a Esparta y avistados con Glauco, pedíansu dinero presentándole la consabida contraseña. Sobrecogido el hombre con aquella visita, les despacha brusca y descomedidamente. “Yo, les decía, ni me acuerdo de tal cosa, ni me queda la menor idea que haga venirme ahora en conocimiento de eso que decís. Con todo, os afirmo que si al cabo hago memoria de ello, estoy aquí pronto para hacer con vosotros cuanto fuere razón. Si lo recibí, quiero volvéroslo sin defraudaros en un óbolo; pero si hallo que nunca toqué tal dinero, tened entendido que con vosotros haré lo que hubiere lugar en justicia, según las leyes de Grecia. A este fin me tomo, pues, cuatro meses de tiempo para salir de duda”. Con tal respuesta, llenos de pesadumbre los milesios, como quienes creían no ver más su dinero, dieron la vuelta a su casa. Entretanto, nuestro Glauco para consultar el punto hace a Delfos su peregrinación, y preguntando allí al oráculo si haría bien en apropiarse la presa jurando no haber recibido tal depósito, recibió la respuesta de la Pitia en estos versos: “Glauco, hijo de Epicides, por de pronto hará tu fortuna el perjurar y robar el oro pérfidamente: júralo; un hombre de fe llega al término en su muerte. Mas al juramento queda un hijo anónimo[145]que, sin mover pies ni manos, llega velocísimo y acaba con el nombre y con la familia toda del perjuro, al paso que mejora la prole póstuma del hombre leal”. Por más que Glauco al oír tales documentos pidiese perdón al dios de sus intenciones, oyose con todo de boca de la Pitia que lo mismo era ante Dios tentarle para que aprobase una ruindad, que cometerla realmente. La cosa paró en que Glauco, llamados los milesios, les restituyó su dinero. Ahora voy a deciros, atenienses, a qué fin os he contado esta historia. Sabed, pues, que en el día no queda rastro de aquel Glauco; no hay descendienteninguno, ni casa ni hogar que se sepa ser de Glauco, tan de raíz pereció en Esparta su raza; y tanto como veis importa el dejarse de supercherías en punto a depósitos, volviéndolos fiel y puntualmente a sus dueños cuando los exijan». Habiendo hablado así Leotíquidas, como viese que no le daban oídos los atenienses, regresó de nuevo.
LXXXVII.Era mucho el encono entre los de Atenas y los eginetas, quienes antes de satisfacer a las injurias que declarados a favor de los tebanos habían hecho a los primeros, les hicieron un nuevo insulto; pues llevados de cólera y furor contra los atenienses, de quienes se daban por ofendidos, preparándose a la venganza, tomaron la siguiente resolución: Tenían los atenienses en Sunio una nave capitana de cinco remos, que era la famosaTeórida,[146]y estando llena de los personajes principales de la ciudad, apresáronla los eginetas apostados en una celada, y tomada la nave, retuvieron en prisión a todos aquellos ilustres pasajeros. Los atenienses, recibida tan insigne injuria, pensaron que no convenía dilatar la venganza de ella, procurándola tomar por todos los medios posibles.
LXXXVIII.En aquella sazón vivía en Egina un sujeto principal, por nombre Nicódromo, hijo de Eneto, el cual resentido de sus conciudadanos por haberle antes desterrado de su patria, al ver entonces a los atenienses deseosos de venganza y prontos a invadir su país, entendiose con ellos, ajustando el día en que él acometería la empresa y ellos vendrían a su socorro. Concertadas así las cosas, apoderose ante todo Nicódromo, según antes se convino con los atenienses, de la ciudad vieja, que así la llamaban en Egina.
LXXXIX.Quiso la desgracia que los atenienses, por no haber tenido a punto una armada que pudieran oponer a la de los eginetas, no acudieron al plazo señalado; de suerte que entretanto que negociaban con los de Corinto para que les dieran sus buques, pasada la ocasión, se malogró la empresa. En efecto, aunque los corintios, que eran a la sazón los mayores amigos de Atenas, dieron a los atenienses veinte naves que les pedían so color de vendérselas a cinco dracmas por nave, y esto por no faltar a la ley que les prohibía dárselas regaladas, los atenienses con todo, formando con estas naves cedidas y con las suyas bien armadas una escuadra de setenta naves y navegando hacia Egina, no pudieron llegar a ella sino un día después del término convenido.
XC.Cuando vio, pues, Nicódromo que al tiempo prefijado no parecían los atenienses, tomó entonces un barco y escapose de Egina en compañía de los paisanos que seguirle quisieron. A todos estos desertores dieron los atenienses casa y acogida en Sunio, lugar de donde solían ellos salir a talar y saquear la isla de Egina; bien que esto sucedió algún tiempo después.
XCI.Los aristócratas de Egina, vencido en ella el vulgo que en compañía de Nicódromo se les había levantado, tomaron la resolución de hacer morir a todos aquellos de quienes acababan de apoderarse, y entonces puntualmente fue cuando cometieron aquella acción tan impía y sacrílega, que jamás pudieron expiar por más recursos y medios que a este fin practicaron, en tanto grado, que antes se vieron arrojados de su isla, que no aplacado y propicio el numen de Deméter profanado. He aquí el caso: llevaban de una vez al suplicio a 700 de sus paisanos cogidos prisioneros de guerra, cuando uno de ellos, rompiendo sus prisiones y refugiándose al atrio de Deméter la Legisladora, asió con las dos manos las aldabas de la puerta. Procuran a viva fuerza arrancarle de las aldabas, y no pudiendo conseguirlo,cortan al infeliz los puños, y quedando las dos manos asidas de la puerta de Deméter, llévanle así arrastrando al matadero. Tan inhumana fue la impiedad que por su daño cometieron los eginetas.
XCII.Entran después en un combate naval con los atenienses, los cuales con 70 naves se habían acercado a la isla. Vencidos los de Egina, por más que llamaron después en su socorro a los argivos, antes sus aliados, nunca quisieron estos venir en su ayuda; y el motivo de queja de su parte era porque la tripulación de las naves eginetas, a las que Cleómenes obligó a seguirle al ir a acometer las costas de Argólida, había allí desembarcado en compañía de los lacedemonios, ocasión en que asimismo saltó a tierra la gente que venía en las naves sicionias; y de aquí resultó después que los argivos impusieron a las dos naciones 1000 talentos de multa, 500 a cada una. Los sicionios, confesando su culpa en el desembarco, ajustaron la enmienda en 100 talentos, pago con que redimieron la multa por su parte. Los eginetas, al contrario, altivos y presumidos, ni reconocieron la injuria, ni excusaron la culpa; motivo por el cual, cuando pedían ser socorridos, ninguno de orden del común de los argivos les dio asistencia ni favor; bien es verdad que mil sujetos particulares de su propia voluntad les socorrieron. Un luchador famoso en elpentatlo, por nombre Euríbates, condujo a Egina estos aventureros en calidad de general; pero los más de ellos, muertos a manos de los atenienses, no vieron más a Argos, y aun el valiente Euríbates, por más que en tres duelos mató a tres competidores, en el cuarto quedó vencido y muerto por Sófanes, de Decelia.
XCIII.Durante la guerra, como lograsen los eginetas en un lance hallar la armada de Atenas desordenada, cogiendo cuatro naves con toda la tripulación, alcanzaron una victoria naval. De este modo los atenienses continuaban la guerra con los de Egina.
XCIV.Entre tanto el persa Darío, ya porque su criado le estuviese inculcando cada día que se acordase de los atenienses, ya porque los Pisistrátidas que tenía cerca de su persona nunca paraban de enconarle más y más contra Atenas, ya porque él mismo, echando mano de aquel pretexto ambiciosamente, aspirase de suyo a rendir con la fuerza a cuanto griego no se le sujetase de grado, entregándole al modo persa la tierra y el agua; por todos estos motivos, repito, llevaba adelante sus designios primeros. Viendo, pues, cuán poco adelantaba Mardonio al frente de su armada, quitole el cargo de general y nombró de nuevo dos jefes para ella, el uno Datis, de nación medo, el otro Artafrenes, su sobrino, hijo del virrey Artafrenes. Destinándolos contra Eretria y contra Atenas, dioles orden al partir de su presencia de que, arruinadas entrambas ciudades, le presentasen a su vista esclavos y presos a los ciudadanos de ellas.
XCV.Partidos los dos generales de la presencia del rey y llegados al campo Aleo en Cilicia, conduciendo un grueso ejército bien apercibido y abastecido de todo, asentaron allí sus reales en tanto que acababa de juntarse toda la armada naval, cuyo contingente se había antes distribuido y exigido a cada ciudad marítima, como también el convoy de las naves destinadas al trasporte de la caballería, las que un año antes había mandado Darío que le tuviesen a punto sus vasallos tributarios. Luego que en las costas estuvieron aprontadas las naves, embarcando la caballería y tomando la infantería a bordo del convoy, hiciéronse a la vela navegando con seiscientas[147]galeras hacia la Jonia. Desde allí no siguieron su rumbo costeando la tierra firme y tirando en derechura hacia el Helespontoy la Tracia, sino que salidos de Samos, tomaron la derrota por cerca de Ícaro, pasando entre aquellas islas circunvecinas. El miedo que les causaba el promontorio Atos, difícil de doblar, hizo, según creo, que siguieran aquel nuevo curso, por cuanto el año anterior, siguiendo por él su rumbo, habían allí experimentado un gran infortunio y naufragio; a lo cual les precisaba además la isla de Naxos, no domada todavía por los persas.
XCVI.Desde las aguas del mar Icario, intentando los persas en su expedición dar el primer golpe contra la citada Naxos, dejáronse caer sobre ella; pero los naxios, que bien presentes tenían las muchas hostilidades cometidas antes contra los persas, huyendo hacia los montes, ni aun quisieron esperar la primera descarga del enemigo: así que los persas, incendiados los templos con la ciudad toda de Naxos, se hicieron a la vela contra las demás islas, llevándose a cuantos prisioneros pudieron haber a las manos.
XCVII.Los delios, en tanto que los persas se ocupaban en dichas hostilidades, desamparando por su parte a Delos, iban huyendo hacia Tenos.[148]Llevaban la proa de las naves con dirección a Delos, cuando el general Datis, adelantándose en su capitana a todas ellas, no les permitió echar ancla cerca de aquella isla, sino más allá, en Renea; aun hizo más, pues informado del lugar adonde los delios se habían refugiado, quiso que de su parte les hablara así un heraldo a quien hizo pasar allá: «¿Por qué, oh delios, siendo personas sagradas, movidos de una sospecha, paramí indecorosa, vais huyendo de Delos? Quiero que sepáis que así por mi modo mismo de pensar, como por las órdenes que tengo del rey, estoy totalmente convencido de que no debe ejecutarse la más mínima hostilidad ni contra el suelo en que nacieron los dos dioses vuestros, ni menos contra vosotros, vecinos de ese país. Ahora, pues, volveos a vuestras casas y vivid quietos en vuestra isla». Y no comento Datis con la embajada que por su heraldo envió a los delios, mandando él mismo acumular sobre al ara de Delos hasta 300 talentos de incienso, los quemó en honor de los dioses.
XCVIII.Dadas estas pruebas de su religión, Eretria fue la primera ciudad contra quien partió Datis con toda la armada, en la que llevaba a los jonios y a los eolios. Apenas había levantado ancla, cuando en Delos se sintió un terremoto,[149]el primero que se hubiera allí sentido, según dicen los delios, y el último hasta mis días: singular prodigio con que significaba Dios a los mortales el trastorno y calamidades que iban a oprimirles. Así fue en realidad que bajo los reinados de Darío, hijo de Histaspes, de Jerjes, hijo de Darío, y de Artajerjes, hijo de Jerjes, tuvo la Grecia más daños que sufrir por el espacio de tres generaciones que no había sufrido antes en las veinte edades continuas que habían precedido a Darío; daños ya causados en ella por las armas de los persas, ya también sucedidos por la ambición de los jefes de partido y corifeos de la nación, que con las armas se disputaban entre sí el imperio de la patria común. Por donde no podrá parecer inverosímil que entonces Delos, no sujeta antes al terremoto, se pusiera por primera vez a temblar, mayormente estandoya escrito de ella en un oráculo. «A Delos la innoble, al último la moveré». Los nombres mismos de los dichos reyes parecían ominosos para los griegos, en cuyo idioma Darío equivale al que llamamos refrenador; Jerjes, el guerrero, y Artajerjes, el gran guerrero; de suerte que razón tendrían los griegos para llamar así en su lengua a aquellos tres reyes el Refrenador, el Guerrero y el Gran Guerrero.
XCIX.Los bárbaros partidos de Delos iban acometiendo las islas circunvecinas, a cuya gente de guerra obligaban a seguir su armada, tomando al mismo tiempo en rehenes a los hijos de aquellos isleños. Continuando su curso, aportaron los persas a la ciudad de Caristo,[150]donde viendo que los caristios no querían dar rehenes y que se resistían a tomar las armas contra las ciudades sus vecinas, designando con este nombre a la de Eretria y la de Atenas, puesto sitio a la plaza y talando al mismo tiempo la campiña, obligáronles por fin a declararse por su partido.
C.Informados los moradores de Eretria de que venía contra ellos la armada de los persas, pidieron a los de Atenas les enviasen tropas auxiliares. No se resistieron los atenienses a enviarles socorro, antes bien les destinaron 4000 colonos suyos que habían sorteado entre sí el país que antes había sido de los caballeros calcideos. Pero los de Eretria, aunque llamasen en su ayuda a los atenienses, no procedían con todo de muy buena fe en su resolución, vacilantes entre dos partidos y aun encontrados en sus pareceres, queriendo unos desamparar la ciudad y retirarse a los riscos y escollos de Eubea, y maquinando otros vender su patria con la mira de sacar del persa ventajas particulares. Viendo Esquines, hijo de Notón, uno de los principales de la ciudad, aquella disposición de ánimo en los de entrambos partidos, dio cuenta de lo que pasabaa los atenienses que ya se les habían juntado, pidiéndoles que tomasen la vuelta de sus casas si no querían acompañarles en la ruina. Por este medio lograron salvarse los atenienses, siguiendo el aviso y pasando de allí a Oropo.
CI.Llegando los persas con su armada, abordaron en las playas de Eretria contra su bosque sagrado,[151]contra Quereas y contra Egilia. Aportados a estos lugares, desembarcaron desde luego sus caballos, formándose ellos mismos en escuadrones como dispuestos a entrar en acción con los enemigos. Habían resuelto los eretrieos no salirles al encuentro ni cerrar con el enemigo, antes ponían todo su cuidado en fortificar y guardar sus muros, pues había prevalecido el parecer de los que no querían desamparar la plaza. Hacíase con la mayor actividad el ataque de los persas y la defensa de los sitiados; de suerte que durante seis días cayeron muchos de una y otra parte. Pero llegado el séptimo, dos sujetos principales, Euforbo, hijo de Alcímaco, y Filagro, hijo de Cíneas, entregaron alevosamente la ciudad a los persas, quienes, entrando en ella, primeramente pegaron fuego a los templos, vengando las llamas con que habían ardido los de Sardes, y después, conforme las órdenes de Darío, redujeron al estado de cautivos a sus moradores.
CII.Rendida ya Eretria, interpuestos unos pocos días de descanso, navegaron hacia el Ática, donde, talando toda la campiña, pensaban que los atenienses harían lo mismo que habían hecho los de Eretria; y habiendo en el Ática un campo muy a propósito para que en él obrase la caballería, al cual llamaban Maratón, lugar el más vecino a Eretria, allí los condujo Hipias, hijo de Pisístrato.
CIII.Sabido el desembarco por los atenienses, movieronlas armas para oponerse al persa, conducidos por diez generales. Tenía entre estos el décimo lugar Milcíades, cuyo padre Cimón, hijo de Esteságoras, se había visto precisado a huir de Atenas en el gobierno de Pisístrato, hijo de Hipócrates. En el tiempo que Cimón se hallaba desterrado de Atenas tuvo la dicha de alcanzar la palma en Olimpia con su carroza, y quiso ceder la gloria de aquel primer premio a Milcíades, su hermano uterino; y habiendo salido él mismo vencedor con las mismas yeguas en los juegos olímpicos inmediatos, concedió a Pisístrato que fuese aclamado por vencedor a voz pública de pregonero, cuya victoria le reconcilió con él e hizo restituirle a su patria. Pero habiendo tercera vez logrado el premio en Olimpia con el mismo tiro de yeguas, tuvo la desgracia de que los hijos de Pisístrato, que ya no vivía por entonces, le maquinasen la ruina; y en efecto, acabaron con él haciendo que de noche le acometiesen unos asesinos en el pritaneo. Cimón fue sepultado en los arrabales de la ciudad, más allá del camino que llaman de Cela, y enfrente de su sepulcro fueron enterradas sus yeguas, tres veces vencedoras en los juegos olímpicos; proeza que si bien habían hecho ya las yeguas de Evágoras el laconio, ningunas otras hallaron que en ello les igualasen. Siendo Esteságoras, de quien hablé, el hijo primogénito de Cimón, a la sazón se hallaba en casa de su tío Milcíades, que le tenía consigo en el Quersoneso; el menor estaba en Atenas en casa de Cimón, y en atención a Milcíades el poblador de Quersoneso, se llamaba con el mismo nombre.
CIV.Era entonces general de los atenienses este mismo Milcíades llegado del Quersoneso y dos veces librado de la muerte; pues una vez los fenicios le dieron caza hasta Imbros, muy deseosos de haberle a las manos y poderle llevar prisionero a la corte del rey; y otra vez, escapado de ellas y llegado ya a su casa, cuando se tenía por salvo y seguro, tomándole sus émulos por su cuenta, le llamarona juicio acusándole de haberse alzado con la tiranía o dominio del Quersoneso. Pero habiendo sido absuelto, fue nombrado entonces por elección del pueblo general de los atenienses.
CV.Lo primero que hicieron dichos generales, aun antes de salir de la ciudad, fue despachar a Esparta por heraldo a Filípides, natural de Atenas,hemerodromo(o correo de profesión). Hallándose este, según él mismo decía y lo refirió a los atenienses, cerca del monte Partenio, que cae cerca de Tegea, apareciósele el dios Pan, el cual, habiéndole llamado con su propio nombre de Filípides, le mandó dar quejas a los atenienses, pues en nada contaban con él, siéndoles al presente propicio, habiéndoles sido antes muchas veces favorable y estando en ánimo de serles amigo en el porvenir.[152]Tuvieron los de Atenas por tan verdadero este aviso, que estando ya sus cosas en buen estado, levantaron en honor de Pan un templo debajo de la fortaleza, y continuaron todos los años en hacerle sacrificios desde que les envió aquella embajada, honrándole con lámparas y luminarias.
CVI.Despachado, pues, Filípides por los generales, y haciendo el viaje en que dijo habérsele aparecido el dios Pan, llegó a Esparta el segundo día de su partida,[153]y presentándose luego a los magistrados, habloles de esta suerte: «Sabed, lacedemonios, que los atenienses os piden que los socorráis, no permitiendo que su ciudad, la más antigua entre las griegas, sea por unos hombres bárbarosreducida a la esclavitud; tanto más, cuando Eretria ha sido tomada al presente y la Grecia cuenta ya de menos una de sus primeras ciudades». Así dio Filípides el recado que traía: los lacedemonios querían de veras enviar socorro a los de Atenas, pero les era por de pronto imposible si no querían faltar a sus leyes; pues siendo aquel el día nono del mes, dijeron no poder salir a la empresa, por no estar todavía en el plenilunio, y con esto dilataron hasta él la salida.
CVII.El que conducía a los bárbaros a Maratón era aquel Hipias, hijo de Pisístrato, que la noche antes tuvo entre sueños una visión en que le parecía dormir con su misma madre, de cuyo sueño sacaba por conjetura que, vuelto a Atenas y recobrado el mando de ella, moriría después allí en edad avanzada: tal era la interpretación que daba al sueño. Este, pues, sirviendo de guía a los persas, hizo primeramente pasar luego los esclavos de Eretria a la isla de los estireos[154]llamada Egilia; lo segundo señalar a las naves aportadas a Maratón el lugar donde anclasen; lo tercero colocar en tierra a los bárbaros salidos de sus naves. Al tiempo, pues, que andaba en estas providencias, vínole la gana de estornudar y toser con más fuerza de lo que tosía el anciano; y fue tal la tos, que los más de los dientes mal acondicionados se le movieron, y aun hubo uno que le saltó de la boca. Todo fue luego buscar el diente que le había caído en la arena, y como este no pareciese, dio un gran suspiro, diciendo a los que cerca de sí tenía: «Adiós, amigos; ya rehúsa ser nuestra esta tierra; no podremos, no, otra vez poseerla; lo poco que de ella para mí quedaba, de eso mi diente tomó ya posesión».
CVIII.En esto, como Hipias infería, había venido a parar todo su sueño. Estaban los atenienses formados en escuadrones en el templo de Heracles, cuando vinieron ajuntarse en su socorro todos los de Platea[155]que podían tomar las armas, como hombres que se habían entregado los atenienses, y por quienes los atenienses, puestos a peligro repetidas veces, mucho habían sufrido. La ocasión de entregarse a Atenas fue la siguiente: hallábanse los plateos acosados por los tebanos, y desde luego quisieron ponerse bajo el imperio de Cleómenes, hijo de Anaxándridas, dándose a los lacedemonios que casualmente se les habían presentado, pero no queriendo estos admitirles, les dijeron: «Nosotros vivimos muy lejos; sería nuestro socorro un triste consuelo para vosotros: muchas veces os veríais presos antes que nosotros pudiéramos saber lo que pasase. El consejo que os damos es que os entreguéis a los atenienses; son vuestros vecinos, y no desaventajados para protectores». Este consejo de los lacedemonios no tanto nacía de afecto que tuviesen a los de Platea, cuanto del deseo de inquietar a los atenienses, enemistándoles con los beocios. No fue vano el aviso de los lacedemonios, porque gobernados por él los de Platea, esperando el día en que los atenienses sacrificaban a los doce dioses, presentáronseles en traje de suplicantes a las mismas aras, e hiciéronles donación de sus haciendas y personas. Habida esta noticia, movieron los tebanos sus armas contra los de Platea, y los atenienses acudieron a su defensa. Estando ya a punto de acometerse los ejércitos, impidiéronselo los corintios, quienes interponiéndose por medianeros, y comprometiéndose a su arbitrio los dos partidos, señalaron los límites de la región de manera que los de Tebas no pudieran obligar a ser alistados o incorporados en los dominios de Beocia a los beocios que no quisiesen serlo: así lo determinaron los corintios, y se volvieron. Al tiempo que los atenienses retirabansus tropas, dejáronse caer sobre ellas los beocios; pero fueron vencidos en la refriega: de donde resultó que los atenienses, pasando más allá de los términos que los corintios habían señalado a los de Platea, quisieron que el mismo río Asopo sirviese de límites a los tebanos por la parte que mira a Hisias y a Platea. Tal fue la manera como los plateos se alistaron entre los vasallos de los atenienses, a cuyo socorro vinieron entonces a Maratón.
CIX.No convenían en sus pareceres los generales atenienses: decían unos que no era a propósito entrar en batalla, siendo pocos para combatir con el ejército de los medos; los otros, con quienes asentía Milcíades, exhortaban el combate. Viendo los votos encontrados, y que iba a prevalecer el partido peor, entonces Milcíades tomó el expediente de hablar aparte al polemarco. Era el polemarco (o general de armas) un magistrado que había sido nombrado en Atenas a pluralidad de votos[156]para que diese su parecer en el undécimo lugar después de los diez generales, y al cual daban antiguamente los atenienses la misma voz en las decisiones que a losestrategoso generales: ocupaba entonces aquella dignidad Calímaco de Afidnas, a quien habló así Milcíades: «En tu mano está ahora, Calímaco, o el reducir a Atenas a servidumbre, o conservarla independiente y libre, dejando con esto a toda la posteridad un monumento igual al que dejaron Harmodio y Aristogitón. Bien ves que es este el mayor peligro en que nunca se vieron hasta aquí los atenienses: si caen bajo de los medos, conocido es lo que tendrán que sufrir entregados a Hipias; pero si la ciudad vence, llegará con esto a ser la primera y principal de las ciudades griegas. Voy a decirte cómo cabe muy bien que suceda lo que dije, y cómo la suma de todo ello viene a depender de tu arbitrio.Los votos de los generales, que aquí somos diez, están encontrados y empatados: quieren los unos que se dé la batalla; los otros lo resisten. Si no la damos, temo no se levante en Atenas alguna gran sedición que pervierta los ánimos y nos obligue a entregarnos al medo; pero si la damos antes que algunos atenienses se dejen corromper, espero en los dioses y en la justicia de la causa que podremos salir del combate victoriosos. Dígote, pues, que todo al presente estriba en ti, y depende de tu voto: si votas a mi favor, por ti queda libre tu patria, y por ti vendrá a ser la ciudad primera y la capital de la Grecia; pero si sigues el parecer de los que no aprueban el choque, sin duda serás el autor de tanto mal cuanto es el bien contrario que acabo de expresarte».
CX.Con este discurso Milcíades trajo a Calímaco a su partido, con la adición de cuyo voto quedó decretado el combate. Los generales cuyo parecer había sido que se diese la batalla, cada cual en el día en que les tocaba la pritanía (o mando del ejército) cedían sus veces a Milcíades, quien, aunque lo aceptaba, no quiso con todo cerrar con el enemigo hasta el día mismo en que por su turno le tocaba de derecho la pritanía.
CXI.Al tocarle empero su legitimo turno, formó para la batalla las tropas atenienses del siguiente modo: en el ala derecha mandaba Calímaco el polemarco, pues es costumbre entre los atenienses que su polemarco dirija esta ala; tras aquel jefe seguían las filas (o tribus), según el orden con que vienen numeradas; y los últimos de todos eran los plateos, colocados en el lado izquierdo. De esta batalla se originó que siempre que los atenienses ofrecen en suspanegires(o juntas generales) los sacrificios que se celebran en cadapentetérida(o quinquenio), el pregonero ateniense pida a los dioses la prosperidad para los atenienses y juntamente para los de Platea. Ordenados así en Maratón los escuadrones de Atenas, resultaba que constandode pocas líneas, el centro de estos, a fin de igualar la frente de los medos con la de los atenienses, quedaba débil, mientras las dos alas tenían muchos de fondo.
CXII.Dispuestos en orden de batalla y con los agüeros favorables en las víctimas sacrificadas, luego que se dio la señal, salieron corriendo los atenienses contra los bárbaros, habiendo entre los dos ejércitos un espacio no menor que de ocho estadios. Los persas, que les veían embestir corriendo, se dispusieron a recibirles a pie firme, interpretando a demencia de los atenienses y a su total ruina, que siendo tan pocos viniesen hacia ellos tan de prisa, sin tener caballería ni ballesteros. Tales ilusiones se formaban los bárbaros; pero luego que de cerca cerraron con ellos los bravos atenienses, hicieron prodigios de valor dignos de inmortal memoria, siendo entre todos los griegos los primeros de quienes se tenga noticia que usaron embestir de carrera para acometer al enemigo,[157]y los primeros que osaron fijar los ojos en los uniformes del medo y contemplar de cerca a los soldados que los vestían, pues hasta aquel tiempo solo oír el nombre de medos espantaba a los griegos.
CXIII.Duró el ataque con vigor por muchas horas en Maratón, y en el centro de las filas en que combatían los mismos persas, y con ellos los sacas, llevaban los bárbaros la mejor parte, pues rompiendo vencedores por medio de ellas, seguían tierra adentro al enemigo. Pero en las dos alas del ejército vencieron los atenienses y los de Platea, quienes viendo que volvía las espaldas el enemigo no le siguieron los alcances, sino que uniéndose los dos extremos acometieron a los bárbaros del centro, obligáronles ala fuga, y siguiéndoles hicieron en los persas un gran destrozo, tanto que llegados al mar, gritando por fuego, iban apoderándose de las naves enemigas.
CXIV.En lo más vivo de la acción, uno de los que perecieron fue Calímaco el polemarco, habiéndose portado en ella como bravo guerrero: otro de los que allí murieron fue Estesilao, uno de los generales, hijo de Trasilao. Allí fue cuando Cinegiro, hijo de Euforión, habiéndose asido de la proa de una galera, cayó en el agua, cortada la mano con un golpe de segur. A más de estos, quedaron allí muertos otros muchos atenienses de esclarecido nombre.
CXV.En efecto, los de Atenas con esta acometida se apoderaron de siete naves. Los bárbaros, haciéndoles retirar desde las otras, y habiendo otra tomado a bordo los esclavos de Eretria que habían dejado en una isla, siguieron su rumbo la vuelta de Sunio, con el intento de dejarse caer sobre la ciudad, primero que llegasen allá los atenienses. Corrió por válido entre los atenienses, que por artificio de los Alcmeónidas formaron los persas el designio de aquella sorpresa, fundándose en que estando ya los persas en las naves levantaron ellos el escudo, que era la señal que tenían concertada.
CXVI.Continuaban los persas doblando a Sunio, cuando los atenienses marchaban ya a todo correr al socorro de la plaza, y habiendo llegado antes que los bárbaros, atrincheráronse cerca del templo de Heracles en Cinosarges, abandonando los reales que cerca de otro templo de Heracles tenían en Maratón. Los bárbaros, pasando con su armada más allá de Falero, que era entonces el arsenal de los atenienses, y mantenidos sobre las áncoras, dieron después la vuelta hacia el Asia.
CXVII.Los bárbaros muertos en la batalla de Maratón subieron a 6400; los atenienses no fueron sino 192;[158]yeste es el número exacto de los que murieron de una y otra parte. En aquel combate sucedió un raro prodigio: en lo más fuerte de la acción, Epicelo, ateniense, hijo de Cufágoras, peleando como buen soldado cegó de repente sin haber recibido ni golpe de cerca, ni tiro de lejos en todo su cuerpo; y desde aquel punto quedó ciego por todo el tiempo de su vida. Oí contar lo que él mismo decía acerca de su desgracia, que le pareció que se le ponía delante un infante elevado, cuya barba le asombró y le cubrió todo el escudo, y que pasando de largo aquel fantasma mató al soldado que a su lado tenía: tal era, según me contaban, la narración de Epicelo.
CXVIII.Volviéndose Datis al Asia con toda su armada, cuando estaba ya en Miconos[159]tuvo entre sueños una visión, la que no se dice cuál fuese, si bien el efecto de ella fue que apenas amaneció hiciese registrar todas sus naves, y habiendo hallado en una de los fenicios una estatua dorada de Apolo, preguntó de dónde había sido robada, y noticioso del templo de donde procedía, fuese a Delos en persona con su capitana. Ya entonces los delios se habían restituido a su isla. Depositó Datis dicha estatua en aquel templo, y encargó a los delios que volviesen aquel ídolo a Delio,[160]lugar de los tebanos que cae en la playa enfrente de Calcis. Dada la orden, volviose Datis en su nave; pero los delios no restituyeron la estatua, la cual 20 años después fueron a recobrar los tebanos, avisados por un oráculo, y la volvieron a Delio.
CXIX.Después que aportaron al Asia Datis y Artafrenes vueltos de su expedición, hicieron pasar a Susa losesclavos hechos en Eretria. El rey Darío, aunque gravemente enojado contra los eretrieos antes de tenerlos prisioneros, por haber sido los primeros en cometer las hostilidades, con todo, después que los tuvo en su presencia y los vio hechos sus esclavos, no tomó contra ellos resolución alguna violenta; antes bien les dio habitación en un albergue suyo, situado en la región de Cisia, que tiene por nombre Arderica,[161]distante de Susa 210 estadios y 40 solamente de aquel pozo que produce tres especies de cosas bien diferentes, pues de él se saca betún, sal y también aceite, del modo que expresaré. Sírvense para sacar el agua de una pértiga, en cuya punta en vez de cubo atan la mitad de un odre partido por medio. Métenlo de golpe, y luego derraman lo que viene dentro en una pila, de la cual lo pasan a otra, en donde derramado, se convierte en las tres especies dichas: el betún y la sal al punto quedan allí cuajados, el aceite lo van recogiendo en unas vasijas, y le dan los persas el nombre de radinace, siendo un licor negro que despide un olor ingrato. Allí fueron colocados los eretrieos por orden del rey Darío, cuya habitación, juntamente con su idioma antiguo, conservan hasta el presente, y a esto se reduce la historia de sus sucesos.
CXX.Los lacedemonios en número de 2000 llegaron al Ática después del plenilunio, y tan grande era el deseo de hallarse con el enemigo, que al tercer día después de salidos de Esparta se pusieron en el Ática. Habiendo llegado después de la batalla,[162]y no queriendo dejar de ver de cerca a los medos, fuéronse a Maratón para contemplarlos allí muertos. Colmaron de alabanzas a los atenienses por aquellas hazañas, y se despidieron para volverse a su patria.
CXXI.Volviendo a los Alcmeónidas, mucha admiraciónme causa, y no tengo por verdadero lo que de ellos se cuenta, que de concierto con los persas les mostrasen el escudo en señal de querer que Atenas fuese presa de los bárbaros y entregada al dominio de Hipias; pues ellos se mostraron más enemigos de los tiranos, o tanto por lo menos, como Calias, hijo de Fenipo y padre de Hipónico, quien fue el único entre todos los atenienses que después de echado Pisístrato de Atenas se atrevió a comprar sus bienes confiscados y vendidos a voz de pregonero, fuera de que en otras mil cosas más dio un público testimonio del odio que le tenía.
CXXII.De este Calias[163]es mucha razón que todos a menudo se acuerden no sin elogio, ya por haber sido, como llevo dicho, un hombre señalado particularmente en libertar a su patria; ya por la gloria que adquirió en Olimpia, donde logró como vencedor el primer premio en la corrida de un caballo singular, y el segundo en la de la cuadriga, ya porque en los juegos pitios, habiendo sido declarado vencedor, se mostró muy magnífico en el banquete que dio a los griegos; ya por lo bien que se portó con sus hijas, que fueron tres, con las cuales, luego que tuvieron edad proporcionada al matrimonio, usó la bizarría y generosidad de que cada cual escogiese entre los ciudadanos el marido que mejor le pareciese, y las casó, en efecto, con quien quiso cada cual.
CXXIII.Ahora pues, habiendo sido los Alcmeónidas igualmente o nada menos enemigos de los tiranos que Calias, paréceme un error monstruoso y una calumnia indigna de fe el que para llamar a los persas levantasen sus escudos unos hombres que vivieron desterrados por todo el tiempo del gobierno de los tiranos, y que no cesaron con susintrigas hasta obligar a los hijos de Pisístrato a desamparar su dominio, con lo cual, a mi entender, lograron tener más parte en la libertad de Atenas que Harmodio y Aristogitón, pues estos con dar la muerte a Hiparco nada adelantaron contra los otros que tiranizaban a la patria, antes bien irritaron más contra ella a los demás hijos de Pisístrato. Pero los Alcmeónidas sin la menor disputa fueron los libertadores de Atenas, si fueron ellos realmente los que ganaron a la Pitia para que diese a los lacedemonios el oráculo que les decidió a libertarla, según tengo antes declarado.
CXXIV.Podrá decirse que quizá por algún disgusto y ofensa recibida del gobierno popular de Atenas quisieron entregar la patria; pero esto no lleva camino, porque no hubo en Atenas hombres más aplaudidos ni más honrados por el pueblo. Así que contra toda buena crítica es el decir que levantasen el escudo con esta mira. Es cierto que hubo quien lo levantó, ni otra cosa puede decirse, porque así es la verdad; pero quién fuese el que lo verificó lo ignoro, ni tengo más que añadir sobre ello de lo que llevo dicho.
CXXV.La familia de los Alcmeónidas, si bien desde mucho tiempo atrás era ya distinguida en Atenas, se hizo notablemente más ilustre en la persona de Alcmeón, no menos que en la de Megacles. El caso fue que cuando los lidios de parte de Creso fueron enviados de Sardes a Delfos para consultar aquel oráculo, no solo les sirvió en cuanto pudo Alcmeón, hijo de Megacles, sino que se esmeró particularmente en agasajarles. Informado Creso por los lidios que habían hecho aquella romería de cuán bien por su respeto había obrado con ellos Alcmeón, convidole a que viniera a Sardes, y llegado, le ofreció de regalo tanto oro cuanto de una vez pudiese cargar y llevar encima. Para poderse aprovechar mejor de lo grandioso de la oferta, fue Alcmeón a disfrutarla en este traje: púsose una gran túnica, cuyo seno hizo que prestase mucho dejándolo bien ancho,calzose unos coturnos los más holgados y capaces que hallar pudo, y así vestido fuese al tesoro real adonde se le conducía. Lo primero que hizo allí fue dejarse caer encima de un montón de oro en polvo, y henchir hasta las pantorrillas aquellos sus borceguíes de cuanto oro en ellos cupo. Llenó después de oro todo el seno; empolvose con oro a maravilla todo el cabello de su cabeza; llenose de oro asimismo toda la boca: cargado así de oro iba saliendo del erario, pudiendo apenas arrastrar los coturnos, pareciéndose a cualquier otra cosa menos a un hombre, hinchados extremadamente los mofletes y hecho todo él un cubo. Al verle así Creso no pudo contener la risa, y no solo le dio todo el oro que consigo llevaba, sino que le hizo otros presentes de no menor cuantía, con lo cual quedó muy rica aquella casa, y el mismo Alcmeón, pudiendo criar sus tiros para las cuadrigas, fue vencedor con ellos en los juegos olímpicos.[164]
CXXVI.En la edad inmediata a esta, Clístenes, señor de Sición, subió hasta tal punto el nombre de la misma familia, que la hizo mucho más célebre todavía. Este Clístenes, hijo de Aristónimo, nieto de Mirón, y biznieto de Andreas, tuvo una hija llamada Agarista a quien quiso casar con el griego que hallase más sobresaliente de todos; y así, en el tiempo en que se celebraban las fiestas olímpicas, en las cuales alcanzó la palma con su cuadriga el mismo Clístenes, hizo pregonar que cualquiera de los griegos que se tuviese por digno de ser yerno de Clístenes, pasados sesenta días o bien antes, se presentase al concurso en Sición; pues que él había determinado celebrar las bodas de su hija dentro del término de un año, que se empezaría a contar desde allí a sesenta días. Entonces todos los griegos que se picaban de notables, ya por sus prendas y linaje, ya por la nobleza de su patria, concurrieron allá como pretendientes,a quienes estuvo Clístenes entreteniendo para ver quién era el más digno pretendiente en la carrera y en la palestra.
CXXVII.De la Italia concurrió el sibarita Esmindírides,[165]hijo de Hipócrates, que había llegado a ser el hombre más sobresaliente de todos en las delicias del lujo, en un tiempo en que Síbaris florecía sobremanera; concurrió asimismo Dámaso de Siris, hijo de Amiris, el que llamaban el sabio: ambos vinieron de la Italia. Del golfo Adriático, es decir, del seno Jonio, se presentó Anfimnesto, hijo de Epístrofo, natural de Epidamno.[166]Vino también un etolio, por nombre Males, hermano del famoso Titormo, que superó en valentía a todos los griegos, y vivió retirado en un rincón de la Etolia,[167]huyendo del comercio de los hombres. Del Peloponeso llegó Leocedes, hijo de Fidón, tirano de los argivos, quien descendía de aquel Fidón[168]ordenador de los pesos y medidas de los peloponesios, hombre el más violento e inicuo de todos los griegos, que habiendo quitado a los eleos la presidencia en los juegos olímpicos, se alzó con el empleo deAgonoteta(o prefecto de aquel certamen). Vino de Trapezunte[169]el arcadio Amianto, hijo de Licurgo; vino asimismo Láfanes el azanio, natural de la ciudad de Peos, hijo de aquel Euforión de quien es fama en la Arcadia que recibió ensu casa a los Dioscuros Cástor y Pólux, y desde aquel tiempo solía hospedar a todo hombre que se le presentase: vino por fin el eleo Onomasto, hijo de Ageo; todos los cuales vinieron del mismo Peloponeso. De Atenas fueron a la pretensión Megacles, hijo de aquel Alcmeón que había hecho la visita a Creso, y otro llamado Hipoclides, hijo de Tisandro, el sujeto más rico y gallardo de todos los atenienses. De Eretria, ciudad entonces floreciente, concurrió Lisanias, el único que se presentó venido de Eubea. De Tesalia acudió Diactóridas el Craconio, de la familia de los Escópadas; y de los molosos, vino Alcón: estos fueron los aspirantes a la boda.
CXXVIII.Habiéndose, pues, presentado los amantes al día señalado, desde luego se iba Clístenes informando de qué patria y de qué familia era cada uno. Después, por espacio de un año, los fue entreteniendo a su lado, haciendo pruebas de la bizarría, del valor, de la educación y de las costumbres de todos, ya tratando con cada uno en particular, ya con todos ellos en común; y aun a los más jóvenes los conducía a los gimnasios, donde ejercitasen desnudos sus fuerzas y habilidades. Pero con especialidad procuraba observarles en la mesa, pues todo el tiempo que los tuvo cerca de su persona, era quien llevaba el coste y el que les daba un magnífico hospedaje. Hecha la prueba, los que más le satisfacían eran los pretendientes venidos de Atenas, y entre estos nadie le placía tanto como Hipoclides, el hijo de Tisandro, gobernándose en este aprecio tanto por el valor que en él veía, como por ser de una familia emparentada con la de los Cipsélidas que antiguamente hubo en Corinto.
CXXIX.Cuando llegó el día aplazado así para el festín de la boda, como para la publicación del yerno que Clístenes hubiese escogido entre todos, mató este cien bueyes y dio un magnífico convite, no solo a los pretendientes, sino también a los moradores de Sición. Allí sobre mesaapostábanselas los pretendientes en la música, y a quién descifraría algún acertijo o enigma propuesto. Iban adelante los brindis después de la comida, cuando Hipoclides, que era el héroe y bufón de la fiesta, mandó al flautero que le tocase laemmelia,[170]y empezada esta, la bailó con mucha gracia y mayor satisfacción propia; si bien Clístenes, observando todas aquellas fruslerías, le miraba ya de mal ojo. No paró aquí Hipoclides: descansó un poco, e hizo que le trajesen una mesa, la cual puesta allí, bailó primero sobre ella a la lacónica, después danzó a la ática con gestos muy ajustados; finalmente dio sus tumbos encima de la mesa, la cabeza abajo y los pies en alto, haciendo manos de las piernas para los gestos. Clístenes, si bien viéndole bailar la primera y segunda danza se desdeñaba ya en su interior de tomar por yerno a Hipoclides, a un bailarín tal y sin vergüenza, reprimíase con todo no queriendo desconcertarse contra él; pero al cabo cuando le vio dar tumbos y vueltas y zapatetas en el aire, no pudiendo ya más consigo, lanzole estas palabras: «Ahora sí, hijo de Tisandro, que como saltimbanquis acabas de escamotearte la novia». Y replicole el mozo: «¿Qué se le da a Hipoclides de la novia?», cuyo dicho quedó desde entonces en proverbio.
CXXX.Clístenes, haciendo que todos en silencio le oyesen, habloles así: «Pretendientes de mi hija, muy pagado estoy de las prendas de todos vosotros, y si posible me fuera, a cada uno de vosotros daría con gusto la novia sin elegir en particular a ninguno y sin desechar a los demás. Pero bien veis que tratándose de una doncella sola, no cabe contentaros a todos: mi ánimo es regalar a cada uno de los que no alcancéis la novia un talento de plata en prueba de lo mucho que me honro con haberla todos pretendido,como también en atención a la ausencia que habéis hecho de vuestras casas. Por lo demás, doy por mujer mi hija Agarista a Megacles, hijo de Alcmeón, al uso de los atenienses». Aceptola por tal Megacles, y quedó contraído solemnemente el matrimonio.
CXXXI.Así se terminó la competencia de los pretendientes, y de ella dimanó la gran fama y celebridad de los Alcmeónidas por toda la Grecia. De este matrimonio nació aquel Clístenes que ordenó las filas y la democracia en Atenas, llamado así en memoria de su abuelo materno Clístenes el sicionio. Nacioles también Hipócrates, quien tuvo por hijos otro Megacles y otra Agarista, llevando esta el nombre de la Agarista hija de Clístenes. La segunda Agarista habiendo casado con Jantipo, hijo de Arifrón, tuvo un sueño estando encinta, en que le pareció que había parido un león; y poco después parió a Pericles, hijo de Jantipo.
CXXXII.Volviendo a Milcíades, después de la derrota de los persas en Maratón creció mucho su crédito entre los atenienses, de quienes era antes ya muy estimado. Entonces, pues, pidió Milcíades a sus conciudadanos que le confiasen 70 naves con la tropa y estipendios correspondientes, sin declararles contra quiénes meditaba aquella expedición, asegurándoles solamente que si querían seguirle, iba a enriquecerles, pues pensaba conducirles a cierta provincia, de donde sin el menor daño ni peligro podrían volver cargados de oro. En estos términos pidió la armada, y los atenienses, confiados en lo que les prometía, se la cedieron.
CXXXIII.Teniendo aquella tropa embarcada ya a su mando, partió Milcíades contra Paros, dando por razón que iba a castigar a los parios por haber antes hecho la guerra con sus galeras asistiendo al persa en Maratón. Pero este era un mero pretexto, y lo que en realidad le movía era el encono contra los parios, nacido de que Liságoras,hijo de Tisias y natural de Paros, le había acusado y puesto mal con el persa Hidarnes. Llegado allá Milcíades con su armada, puso sitio a la ciudad en que se habían encerrado los parios, a quienes envió un pregonero pidiéndoles le diesen 100 talentos, con la amenaza de que en caso de negarlos no levantaría el sitio antes de rendir la plaza. Los parios, lejos de discurrir cómo darían a Milcíades aquella suma, solo pensaban en el modo de defender bien su ciudad, fortificándola más y más y alzando de noche otro tanto aquella parte de los muros por donde la plaza estaba más expuesta a ser combatida.
CXXXIV.Hasta aquí concuerdan en la narración del hecho todos los griegos: lo que después sucedió lo cuentan los parios del siguiente modo: Dicen que Milcíades, falto de consejo, consultó con una prisionera natural de la misma Paros, que se llamaba Timo y era la sacerdotisa de las diosas infernales Deméter y Perséfone. Habiéndose esta presentado a Milcíades, aconsejole que si tanto empeño tenía en tomar a Paros, hiciera lo que ella misma dijese; y en efecto, habiéndole confiado el expediente, subió Milcíades a un cerro que está enfrente de la ciudad, y no pudiendo abrir las puertas del templo de Deméter Legisladora, quiso saltar la pared de aquel cercado; y saltada ya, íbase, ignoro con qué mira, dentro del santuario de la diosa, ya fuese con ánimo de quitar algo de las cosas que no es lícito quitar, ya con algún otro designio. Al ir a pasar aquel umbral, sobrevínole un terror religioso que le obligó a volver atrás por el mismo camino; y al pasar otra vez la cerca, se dislocó un muslo, o, como quieren otros, hirió malamente en tierra con una rodilla.
CXXXV.Mal parado, pues, Milcíades por la caída, determinó volverse de allí sin haber conquistado a Paros, a la cual había tenido sitiada 26 días, talando durante ellos toda la isla. Llegó a noticia de los parios que Timo, la sacerdotisa de la diosa, había dado a Milcíades los mediospara la toma de la plaza, y queriendo tomar venganza de ella por la traición, apenas se vieron libres del asedio enviaron a Delfos consultores encargados de preguntar si harían bien en castigar a la sacerdotisa de las diosas, así por haber ella declarado cómo podría ser tomada su patria, como también por haber mostrado a Milcíades aquellos sagrados misterios que a ningún varón era lícito ver ni saber. No se lo permitió la Pitia, diciendo que la culpa no era de Timo, sino que siendo el destino fatal de Milcíades que tuviese un mal éxito, ella le había servido de guía para la ruina: tal fue el oráculo que la Pitia dio en respuesta a los de Paros.