Pasaron aún más de cinco semanas después del coloquio nocturno de que acabamos de dar cuenta. El esfuerzo violento y el consumo de vitalidad, hechos por Fray Miguel, para ir hasta la celda del Padre Ambrosio y para hablar con él lo que había hablado, produjeron terrible reacción, hundiendo a Fray Miguel en el mayor abatimiento físico. Se diría que hasta para hablar, hasta para pronunciar algunas palabras, le faltaban ya bríos. Fray Miguel estaba postrado en cama y callado como muerto.
Sólo acudían a visitarle en su celda el Padre Ambrosio, cuya reputación de excelente médico era grandísima e indiscutible, y el hermano Tiburcio que, ayudante del Padre, cuidaba de Fray Miguel, y le suministraba alimentos y medicinas.
En medio, no obstante, de aquella enfermiza inacción de su ser material y de aquel desmadejamiento y quebrante de su organismo, el pensamiento de Fray Miguel lucía con más viveza dentro de su cerebro, y como si le hubieran nacido pujantes alas, se remontaba a luminosas esferas y veía o creía ver con mayor claridad y serenidad que nunca, lo pasado, lo presente y lo futuro, fijando la mirada de águila en el radiante foco, donde lo real y lo ideal se compenetran, se confunden y son una cosa misma.
En la mente de Fray Miguel se realizó así saludable mudanza. En virtud de ella, depuso todo enojo contra el Padre Ambrosio. Lo que tal vez consideraba antes como burla, le pareció lección provechosa, rica en beatíficos resultados.
Harto bien conocía Fray Miguel la postración de su cuerpo y la proximidad de su muerte; pero, al mismo tiempo, conocía con reposado júbilo que nunca había estado su espíritu más sano, más perspicaz, ni más sereno que entonces.
En tal disposición, quiso Fray Miguel comunicar a alguien que le comprendiese los pensamientos y las ideas que en aquellos momentos supremos había en su alma. Y movido por este anhelo, con voz sumisa y débil, no en una vez sola, sino en varias veces, en diferentes visitas que el Padre Ambrosio le hizo, le fue manifestando en breves discursos su pensar y su sentir más íntimos.
Piadosamente recogió el Padre Ambrosio y puso por escrito aquellas confidencias, que ahora trasladamos aquí y que son como siguen:
—Veo con claridad, Padre Ambrosio, que la hora de mi muerte se aproxima. La veo sin desearla y también sin temerla. Rara vez la duda ha entrado en mi espíritu, y menos aún ha entrado en él una negativa convicción. Pero, aunque yo estuviese convencido de que la muerte era completa, de que para mí no había nada después, ni pena, ni gloria de que yo tuviese conciencia, ni siquiera una inconsciente prolongación de mi ser en el recuerdo de los demás hombres, la muerte no me aterraría ni me afligiría. No es que yo esté resignado. Es algo de más noble y de menos pasivo. Es que, dando yo aún inmenso precio a mi vida, la daría, la vertería toda en el seno de la naturaleza, en una efusión de amor hacia ella y hacia el ser inmenso que lo ha creado todo y que todo lo llena. Pero no, yo no dudo de mi inmortalidad individual y consciente. Yo creo en ella y ahora, cuando mis ojos, débiles y enfermos, apenas perciben la luz material, de la que huyen medrosos, luz clarísima, procedente de foco increado, penetra e inunda mi mente, ilustrándola y enseñándole la verdad. Yo fui, días ha, a tu celda con el intento de interrogarte y de disipar dudas sobre mi última vida pasada. Ahora me arrepiento y nada te pregunto porque nada quiero saber. Me es igual, me es indiferente que hayan sido realidad mi razonamiento, mis peregrinaciones y mis ulteriores crímenes y hazañas, o que todo haya sido prestigios, embustes o creaciones fantásticas formadas y sugeridas por tus elixires y linimentos y por el pasmoso poder de tus mágicas artes. En estos últimos días, desde que volví vi convento o desde que creí que había vuelto al convento, desde que me hallé más viejo y abatido que antes, casi ciego, baldado y postrado en el lecho, he cavilado y meditado mucho y siento que se ha mejorado y casi se ha transformado mi alma. Tal vez sin los últimos sucesos de mi vida, ora sean imaginarios, ora sean reales, no hubiera sobrevenido en mi ser esta transformación, esta conversión, que califico de dichosa. A ti te la debo y por ello te doy las gracias. El pensamiento, cuando no se expresa y se determina por medio de la palabra, cuando persiste hundido en las profundidades de nuestro ser, sin comunicarse y declararse a otro ser inteligente, es confuso caos, de cuya verdad o de cuya mentira, de cuya bondad o de cuya insignificancia, no estamos seguros. La plena conciencia no aparece sino con la palabra emitida y comunicada. Por eso es con Dios coeterno su Verbo. Ni el amor inefable y divino hubiera brotado nunca en la mente suprema, si de la contemplación del propio Verbo desde la eternidad no hubiera nacido. Débil trasunto, pobre semejanza de tan altos misterios hay sin duda en el fondo del alma humana. Dios, con su palabra, engendró el amor y creó el Universo. Yo, con mi palabra, si acierto a expresar con ella lo que agita mi mente de un modo confuso, engendraré también mi amor y daré consistencia a la todavía vaga creación en que este amor mío ha de satisfacerse y aquietarse, cumpliéndose así mi destino. Tales son los motivos que me impulsan hoy a dirigirme a ti y a hacerte una confesión sincera y amplia, procurando poner orden y concierto en mis ideas y expresarlas luego y presentarlas a tu inteligencia, creando yo así mi luz, mi amor y mi universo hasta donde alcancen mis limitadas y débiles facultades humanas.
Fray Miguel se fatigaba tanto al hablar, que, en breve, tenía que suspender su discurso y dejarle para otro día. Prescindiendo nosotros de tales interrupciones, aunque en cierto modo marcándolas e indicándolas, pondremos aquí los diversos fragmentos, unos en pos de otros, en el orden en que Fray Miguel los pronunció y en el que el Padre Ambrosio los conservó por escrito.
—Convencido estoy de que has querido darme una lección de moral, parecida en su traza a la que dio don Illán de Toledo, famoso mágico, a cierto ambicioso Deán de Santiago. Tú, con todo, no has querido demostrar que yo soy ingrato. Tú estabas seguro de mi gratitud. Más alta era la moraleja que de mi historia, semejante a la que refirió al Conde Lucanor su consejero Patronio, has querido tú sacar ahora. Yo soy buen discípulo, aspiro a ayudarte en tu trabajo, y voy a sacar de él deducciones tan trascendentales que ya coincidan con las que tú esperabas sacar, ya vayan más lejos o suban más alto todavía.
—Alégrate y enorgullécete. Has querido curarme de mi ambición desesperada. Duro ha sido el remedio. Como quien con hierro candente quema un cáncer, tú has curado el que roía mis entrañas. No sólo te perdono, sino que te agradezco la cauterización dolorosa. Mi sed de poder y de gloria se aquietó y sació con satisfacciones soñadas. Hoy, al reconocer que fueron sueño, reconozco también la vanidad de tales satisfacciones, aun cuando sean reales. El sabio lo ha dicho:que ni la carrera es de los ligeros, ni la guerra de los fuertes, ni el pan de los sabios, ni las riquezas de los doctos, ni la gracia de los artífices; sino el tiempo y la casualidad en todo. De mis victorias y de mis triunfos no debo, pues, jactarme. Si al tiempo y a la casualidad se deben, para contentamiento de mi orgullo, lo mismo valen e importan, ora hayan sido realidad, ora sueño.
—Tales son las consideraciones que me mueven a desechar primero el engreimiento personal y más tarde el engreimiento de nación y de casta. Por cima de todo está Dios, y con él y en él la fe y la esperanza de que no hay mal que no sea aparente o caduco y que no se ordene a fin dichoso y grande. Así, en mi interior meditación vine yo a resignarme y a buscar y hallar dulce quietud y algo a modo de bienaventuranza en mi plena conformidad con los designios divinos. Me desnudé del estrecho egoísmo y arrojé lejos de mí el amor propio sin anhelar ya gozarle complacido y sin el temor ya de sufrirle lastimado.
—Conforme hubiera estado desde entonces mi voluntad, con la voluntad del Altísimo, si un obstáculo, que me pareció insuperable, no se hubiera opuesto. Con este obstáculo he tenido que trabar tremenda lucha. Yo pude libertarme de la ambición y de la codicia, pude desdeñar y desdeñé gloria, poder y riqueza. El amor de la mujer quedó, no obstante, firme en contra mía, atajando el camino por donde ansiaba yo acercarme a la reconciliación suprema. Disípense en buena hora como niebla o como humo todas las proezas de que me sentí capaz y que realicé o soñé. Lo que yo no consentía era que el amor de la mujer también se disipase. Hasta los crímenes, hasta las horribles tragedias que este amor produjo, no me resignaba yo a que se convirtiese en sueños, convirtiendo en sueños el amor mismo. Urbási, la bella Urbási, se me aparecía, como recuerdo vivo le algo real, no como sombra fantástica, y me mostraba su admirable y hermosa figura y el blanco pecho desnudo, donde yo veía, en el lado del corazón, profunda herida brotando hirviente y roja sangre que ansiaba yo restañar y represar con mis labios. Pena infernal me causaba esta aparición trágica, pero me causaba a la vez tan inefable y sublime deleite, que mi alma toda se enfurecía de que fuese aquello ilusorio y vano y pugnaba aún por mantenerlo, al menos por recuerdo, como real y consistente. No; la causa de nuestro amor a la mujer no reside sólo en nuestro miserable cuerpo. Aunque el cuerpo decaiga, envejezca y enferme, el alma, inmortal, sigue amándola. El alma inmortal es alma de mujer o de hombre, y a veces imaginaba yo que esta diferencia de inmortal duración hacía también inmortalmente duradero e invencible el amor que una mujer me había inspirado. Y esta mujer, o si se quiere este hermosísimo aunque terrible fantasma de mi mente, se interponía entre ella y lo infinito en que su raíz estriba, y no me dejaba llegar hasta él, reteniéndome cautivo y arrancando a mi espíritu las alas con que anhelaba volar tan alto y el ímpetu vigoroso con que pensaba sumirse en el abismo del ser y hacerse superior a todo lo creado y contingente al penetrar en dicho abismo. No acierto a ponderar el esfuerzo pasmoso de mi voluntad para llegar a destruir, después de haber destruido y roto los demás ídolos, la imagen seductora de la mujer amada. Esta imagen, que llegué a suponer indeleble, lo perturbaba y lo bastardeaba todo en mi alma. No había concepto moral ni religioso al que ella no diese forma, profanando mi religión y convirtiéndola en idolatría. Ella, su imagen, ya se me mostraba representando la ciencia, ya la filosofía, ya la caridad, ya cualquiera de las otras virtudes, ya la ninfa pulquérrima y predilecta del cielo, esposa o amante de los dioses inmortales y madre dichosa de los semi-dioses o héroes salvadores. Yo me explicaba a mi modo, porque también los sentía, los encontrados sentimientos que inspira la mujer, desde hace muchos siglos. Ora el misticismo amoroso y caballeresco la ensalza y la purifica como algo venido del Empíreo, como fuente inexhausta de todo noble sentir y de todo arranque generoso, y crea la Beatriz y la Laura de los egregios poetas, ora el ascetismo adusto la aborrece y la teme, como nido de víboras, como oficina de embustes y de pecados, y como el más seguro anzuelo de que se vale Satanás para perdernos. Rudo combate y grandísima pena me costó lanzar de mi pensamiento la imagen de la mujer, que con tan contrarios aspectos se me mostraba y que del efímero enlace o de la mentida concordia, producida por la atracción irresistible que nos lleva hacia ella, hacía brotar discordias sin término y dualidad irreducible, como si hubiese dos eternos creadores y conservadores del mundo y no uno solo. En fin, mi empeño fue tan obstinado que logré borrar la imagen de Urbási, grabada en mi corazón como sello puesto allí por el demonio en señal de que yo era su esclavo. Entonces brotaron de nuevo y más pujantes las alas de mi espíritu. Y no por la ciencia, no por el presunto conocer, sino con humildad, desprendiéndome de todo afecto pasajero, de toda liviana inclinación a las cosas creadas, logré subir hasta el manantial inagotable de donde todas manan y en el amor del bien soberano cifrar y confundir todos mis otros amores, empezando por el de mí mismo. Hoy no hay mal que bien no me parezca, ni desdicha que no me parezca ventura, porque lo que Dios quiere no puede menos de ser lo mejor y lo más deseable. Aunque para el cumplimiento de su inflexible justicia, y a pesar de su infinita misericordia, tuviese yo que padecer las penas eternas, al padecerlas yo por su amor, gozaría de tan inefable deleite, que se me transformaría el infierno en cielo, de la misma manera que antes, dominado yo por el egoísmo, transformaba el cielo en infierno.