-IV-

Poco tiempo permaneció Morsamor en la iglesia. Pronto salió de ella acompañado de Tiburcio que le seguía como su sombra.

—Yo no podía estar allí—dijo Morsamor—. Aquel ambiente me sofocaba. Me consideré reo del sacrilegio más espantoso. Fraile perjuro a sus votos imaginé que me arrojaban del santuario aquellos mismos tres ángeles poderosos que armados de azotes y montados en fantásticos corceles, arrojaron del templo de Jerusalén, para que no le profanase, al impío Heliodoro, ministro del rey de Siria.

—Mucho exageras tu pecado y el castigo que merece—contestó Tiburcio—. Te atormentas en demasía. Es muy excepcional tu situación. Tú debes ser también excepcionalmente juzgado. Tu vida de ahora es vida nueva por completo. Tu remozamiento casi es resurrección. Desecha remordimientos vanos. No te tengas por la misma persona que hizo sus votos en el convento de Sevilla. Cree más bien que eres el hijo de aquel fraile, que te engendró antes de entrar en la regla, y hasta que eres el nieto de aquel otro aventurero Morsamor que andaba por el mundo en el reinado de Enrique IV de Castilla.

Morsamor replicó:

—Quiero suponer que tienes razón en lo que dices. Me serenaré; me aquietaré creyéndome otro del que era. Algo hay, no obstante, que me amarga y emponzoña esta nueva vida y me persuade de que soy el mismo: el desdén, el menosprecio con que todos me miran. Con rapidez ha pasado por mi alma, pero dejando en ella doloroso rastro como si fuese metal derretido, un abominable pensamiento. Si yo me hubiese lanzado de súbito sobre ese rey presuntuoso que me desdeñaba, y le hubiese dado violenta muerte, de súbito también hubiera salido yo de la insignificante obscuridad en que me veo y las diez mil voces de la Fama hubieran llevado mi nombre por el mundo todo.

—Menester es—interpuso Tiburcio—que deseches esa ridícula y constante preocupación de que no te hacen caso. El tenerla ha sido hasta hoy causa principal de que no te le hagan. Tal preocupación proviene de sobra de vanidad y de falta de orgullo. Quien anhela que le hagan caso es quien no está seguro de su propio valer. Ora duda de él y quiere que los extraños confirmen y acrediten que le tiene; ora en el fondo de su atribulada conciencia se ve ruin, necio y para poco, y aspira sin embargo, a imponerse, engañando al mundo. Al orgulloso, al que hace alta estimación de sí propio, poco o nada le preocupa la estimación de los demás. Si no le estiman es porque no le comprenden. Y si le estiman, todo el caso que hagan de él no aumentará en un escrúpulo, en un átomo, la importancia que él se atribuye. En lo antiguo, entre los gentiles, era muy frecuente esa preocupación que tú tienes ahora. Sin duda por el afán de lucirse y de inmortalizarse, así como Eróstrato incendió el templo de Diana en Efeso, hubo muchos que, sintiéndose ruines, amaron la celebridad más que la vida, y no por amor a la libertad y a la patria, sino por amor de la vanagloria, dieron muerte a sendos reyes o tiranos. El gran satírico de Roma lo consigna en sus versos:Pocos son los tiranos y los reyes que descienden al infierno con muerte sosegada y pacífica y sin violencia ni sangre. La religión de Cristo ha mitigado este furor de celebridad. Acaso llegue un día en que las creencias sean menos firmes, y entonces movidos los miserables por la sed de nombradía, volverán a intentar o a perpetrar crímenes que los levanten sobre los demás hombres, aunque sea en el patíbulo. Tiene de bueno la humildad cristiana, que es de todo punto contraria a la vanidad aviniéndose con el orgullo recto y sano. Después de exclamar, con el muy elocuente Obispo de Hipona:¡Gran cosa es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios!, ¿quién ha de preocuparse de que en esta baja tierra le hagan o no le hagan caso? Si ha de consistir nuestra aspiración enser perfectos como nuestro Padre que está en el cielo, ¿qué añaden a la suma de lo perfectible las vulgares alabanzas y los honores mundanos? El buen imitador de Cristo se muestra sin duda muy humilde, pero es con relación al Dios que ama y adora. Postrado ante su Dios es despreciable pecador, es vil gusano, pero esa misma humillación le encumbra luego. El humilde Francisco de Asís sube al cielo, y, si hemos de dar fe a la revelación que tuvieron sus hijos espirituales, fue a sentarse en el esplendoroso y elevadísimo trono que dejó allí vacante Lucifer después de su rebeldía. Y no dilato más mi razonamiento. Básteme concluir aconsejándote que no hagas el menor caso de que te hagan o de que no te hagan caso. La estimación se la da uno mismo sin necesidad de que se la dé nadie. Otras son las mil cosas materiales e inmateriales que están fuera de nosotros y que fuera de nosotros es menester buscar y hallar. Como ejemplo de las inmateriales pongo el amor. Ya encontrarás tú quien te ame. Como ejemplo de las materiales, casi como cifra y compendio de todas ellas, pongo el dinero, y ese le tenemos en abundancia, gracias a la espléndida munificencia del Padre Ambrosio. Alégrate pues, y ten pecho ancho. Ya el Padre Ambrosio, en su previsora sabiduría, habrá dispuesto los sucesos de tal manera que pronto te atiendan, no como fin, pues basta que te atiendas tú, sino como medio de realizar otros fines.

Aquí llegaba Tiburcio en su singular perorata, cuando salió de la iglesia un viejo venerable, ricamente vestido, como muy principal hidalgo que era. Y parándose delante de Morsamor y mirándole de hito en hito con jubilosa sorpresa, le dijo:

—Sois, señor, el vivo retrato, no sé si de vuestro padre o de vuestro abuelo, a quien conocí y traté hará ya medio siglo, pero cuya imagen está grabada en mi memoria con rasgos indelebles. Le debí primero franca, leal y cariñosa amistad y después, la vida. Yo me llamo Duarte y soy hijo del heroico Pedro de Mendaña, quien después de la batalla de Toro se mantuvo tanto tiempo en el castillo de Castronuño, contra todo el poder de Castilla. Un valeroso aventurero de aquella nación, cuyo nombre era como el vuestro Miguel de Zuheros, y cuyo sobrenombre de guerra era también Morsamor, fue en aquel castillo mi constante compañero de armas. Audaces correrías hicimos a menudo en el país enemigo. Talamos sus panes, saqueamos alquerías y granjas y volvimos no pocas veces a nuestra fortaleza cargados de botín riquísimo. En una de estas excursiones, que no olvidaré nunca, nos cercó gran golpe de villanos armados y de gente guerrera a caballo. Allí me derribaron del mío, asaz mal herido, y allí hubiera muerto yo, si Morsamor no me defiende con extraordinario brío. Él pudo rechazar por algunos instantes a los que nos cercaban, ponerme con increíble ligereza a las ancas de su corcel, y huir conmigo a todo escape entre un diluvio de flechas y de balas. Así pudimos refugiarnos en el castillo de Castronuño. Poco tiempo después desalojó mi padre el castillo en virtud de muy honrada y ventajosa capitulación. Siete mil florines cobró mi padre del castellano por el favor que le hizo de abandonar la fortaleza y de volverse a su patria. Entonces nos separamos de Morsamor que se quedó en Castilla. Como yo le debo tanto, jamás he podido olvidarle, aunque no volví a verle ni a saber de él después. Ya en aquella época era él, sin duda, de mayor edad que tú ahora. Precoces arrugas surcaban su rostro, y en sus cabellos y en su barba, negros como la endrina, blanqueaban bastantes hilos de plata. Morsamor era más joven, pero aparentaba tener más de cuarenta años. Tú resplandeces ahora en juventud lozana. Acaso no hayas cumplido aún los veinticinco. Entiendo, pues, que no eres el hijo, sino el nieto de mi salvador y amigo de tu mismo nombre. Permíteme que reanude contigo los lazos de aquella amistad, que te pague la deuda de mi gratitud y que estrechamente te abrace.

Morsamor se dejó abrazar y abrazó también con efusión a Duarte de Mendaña, recordando el beneficio que le hizo, aunque aceptando que el bienhechor no había sido él, sino su abuelo.

—Así es mejor—dijo Tiburcio riendo y por lo bajo—. Así te triplicas y de ti mismo te forjas antepasados. Así te asemejas a cierto mercader que el Padre Ambrosio conoció en Roma, de quien contaba que se hizo retratar en escultura y en pintura, con trajes de todas las edades, hasta de aquella en que florecieron los Scipiones y los Favios. Con tan buena maña se formó larga serie de progenitores ilustres.

Como quiera que ello fuese, el reconocimiento que Duarte de Mendaña hizo de Morsamor, le sirvió de mucho, allanó dificultades, disipó recelos e hizo que el Rey le hablase y le recibiese en su corte.

Recibidos ya en la corte Morsamor y su doncel Tiburcio, lograron pronto ser estimados y queridos.

Las fiestas de todo género se sucedían entonces sin un momento de descanso. El Rey quería celebrar el concertado enlace de su hija la Infanta doña Beatriz con el Duque de Saboya, y anhelaba deslumbrar a los embajadores de aquel potentado, que iba a ser su yerno, con el lujo, la magnificencia y el esplendor de la capital de sus dominios. El tiempo volaba sin sentir en medio de tantos deleites. Hubo brillantes saraos, festines, cacerías y giras campestres variadas y amenas.

Tiburcio, que era muy alegre y decidor, divertía y regocijaba a las damas y tenía con ellas mucho partido. No alcanzaba tanto favor con los hombres. Tal vez le envidiaban muchos. Tal vez se dolían otros de la insolente suerte con que les ganaba el dinero cuando jugaban a los dados.

De todos modos, aunque era muy lucido el papel que Tiburcio hacía, Morsamor se adelantaba en lucimiento y obtenía aplausos mayores.

Muy celebrado fue Tiburcio por la serenidad y la destreza con que en una montería a caballo, hirió con su rejón un enorme y espumante jabalí, dejándole muerto. Pero Morsamor aún fue más aplaudido, porque, en cerrado coso, a caballo, y armado también de frágil bastón en cuya extremidad había acicalado hierro, lidió y mató bravos toros entre las entusiastas aclamaciones de caballeros y de damas.

Sin duda entonces hubo de prendarse de Morsamor doña Sol de Quiñones. Lo cierto es que él se prendó de ella, hizo gala de que la servía y vistió sus colores.

Cuando se dispuso que hubiese también algo a modo de justas, donde los caballeros luciesen su habilidad en varios ejercicios a la jineta, corriendo sortijas y tirando bohordos, Morsamor quiso tomar parte en las justas y lucir en ellas una empresa significativa de los sentimientos amorosos que doña Sol le había inspirado.

Consultado sobre el caso a Tiburcio, que de todo entendía, Tiburcio hubo de decirle que no le parecía mal su propósito, con tal de que la empresa no fuese sobrado jactanciosa, ni tampoco muy clara ni muy obscura, sino dotada de la discreción conveniente y con lema, mote o divisa de notable concisión y más bien en latín que en idioma moderno.

Tiburcio añadió luego:

—Esto de las empresas es usanza muy agradable y muy seguida en el día. No hay príncipe, ni monarca, ni valiente y enamorado caballero que no guste ahora de salir luciendo alguna empresa, ya en su sobreveste, ya en su bandera o estandarte, ya en la cimera de su yelmo. Algunas de estas empresas han sido y son muy celebradas por el tino y primor con que expresan el pensamiento, la intención o el valer de quien las usa. De aquí que varones muy doctos no han desdeñado inventarlas, sino que lo han tenido a mucha gloria. De Antonio de Nebrija, egregio maestro en Castilla de letras humanas, se cuenta que inventó la empresa del Rey D. Fernando el Católico, la cual era el nudo gordiano, desbaratado y roto por la mano y espada de Alejandro, con un letrero que decía:Tanto monta, o sea que es lo mismo romper que desatar. Y más tarde el Sr. Luis Marliani, Obispo de Tuy y médico y matemático insigne, inventó empresa todavía mejor, para el César Carlos V, reemplazando el eslabón de Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña. Y fue y es la tal empresa la representación de las columnas de Hércules, con esta letra:Plus ultra; breves, elocuentes y sublimes palabras, que evocan en la mente de quien las lee la inmensidad del Océano, las islas y los continentes incógnitos, el nuevo mundo en suma, descubierto y dominado por la tenacidad, la osadía y la ventura de los hijos de Iberia. Empresas políticas son estas; pero también los galanes enamorados han solido inventar en ocasiones muy graciosas y gentiles empresas. Veamos si a ti se te ha ocurrido alguna que merezca elogio y que convenga a tus fines.

Morsamor contestó:

—En verdad, se me ha ocurrido una empresa, que me parece bien. Si peca por algo, es por ser sobrado clara. Pongo yo un campo dividido en quiñones o suertes, pero que nadie puede cultivar ni gozar porque le rodea una salamandra que en torno del campo se enrosca. Y en el centro hay un sol de oro cuyos rayos enamoran a la salamandra a par que la queman. Y de la boca de la salamandra sale una cinta que va hacia el sol y lleva este escrito:En ti vivo, muero y ardo.

Tiburcio no pudo menos de hallar la empresa sutil e ingeniosa; pero como era muy franco y decía su parecer sin rodeos y aconsejaba con toda libertad, habló a Morsamor de esta suerte:

—De perlas encuentro yo todo eso. He de permitirme, no obstante, hacer algunas observaciones, y aun de atreverme a aconsejarte y amonestarte, pues aunque novicio y más joven que tú, soy como el apoderado y representante del sapientísimo Padre Ambrosio, en cuyo nombre hablo. Declaro, pues, en su nombre, que estos enamoramientos son un tanto cuanto pueriles y pueden ser perjudiciales. ¿Has venido acaso a nueva vida por la virtud pasmosa de la ciencia para volver a las andadas e incurrir (perdóname que así las califique) en las mismas locuras y sandeces de tu vida anterior? Tú te has remozado para acometer grandes empresas que honren y glorifiquen a ti y a todo el linaje humano y no para enamorarte como un bobo de una damisela entonada y cogotuda que acabará por apartarse de sí con melindroso desprecio cuando se satisfaga y harte su amor propio de recibir adoraciones. Si yo creyese como Pitágoras que las almas transmigran y que van sucesivamente informando distintos cuerpos, lo que recelo que pasa en ti, me inclinaría a entender que de nada vale la tal transmigración para el adelanto de las almas. Aunque tuviésemos siete vidas como los gatos, haríamos en la séptima simplezas no menores que en la primera y daríamos idénticos tropiezos y caídas. Nada censuraría yo si se limitasen estos amoríos a ser un galante y fugaz pasatiempo, pero los hallo muy mal si son serios. El inaudito esfuerzo que el Padre Ambrosio hizo para remozarte, no debe tener tan mezquino resultado.

—Tu amonestación—contestó Miguel de Zuheros—es infundada y hasta perversa. Blasfemas calificando de sandio y de mezquino al amor, germen fecundo de virtudes y de grandes acciones. Acuérdate de la divina fábula de Esopo. Amor bajó del Olimpo para consolar al linaje humano. En el banquete de los dioses faltó la antigua alegría porque Amor estaba ausente. Amor volvió entonces al cielo y rara vez y muy de pasada acude al mundo, donde sus menores hermanos, hijos de las ninfas, toman su apariencia y le imitan hiriendo las almas vulgares. Pero el verdadero y celeste Amor hiere las almas escogidas, e hiriéndolas, las habilita y dispone para llevar a cabo las más altas hazañas. De este celeste Amor imagino y pretendo yo estar herido. ¿En qué contraría, en qué desluce o esteriliza semejante enamoramiento el propósito que pudo tener el Padre Ambrosio al remozarme?

—Mucho podría yo argumentar en contra—replicó Tiburcio—. Para impulso de grandes hazañas, preferiría yo en ti el amor de la gloria, el de la patria, el de todo el humano linaje, el de Dios mismo y no el de una mujer cualquiera. Tal amor tiene no poco de idolatría. Tú te le finges espiritual y alambicado, mas yo sospecho que no lo es. Yo le creo nacido del consorcio de tu vanidad mundana con cierto prurito que proviene sin duda de que al Padre Ambrosio se le fue la mano cuando compuso la poción preparatoria que te propinó antes de remozarte, vertiendo en ella en demasía cierto ingrediente: el zumo de las mandrágoras con que Lía apartaba a Jacob de Raquel y le atraía a su regazo.

—Inverosímil parece—interpuso Morsamor—que tú, siendo tan mozo, dudes de lo verdaderamente poético o más bien lo niegues, entregándote a cavilaciones diabólicas.

—¿Quién sabe?—dijo Tiburcio—. Posible es que tenga yo algo de diablo, pero, aun así, yo sería siempre un diablo muy puesto en razón y muy juicioso.

Sin enojo oyó Morsamor las amonestaciones de Tiburcio, pero no atendió a sus consejos y siguió pretendiendo y rindiendo culto a doña Sol de Quiñones.

En las justas figuró con brillantez y lució la empresa que él mismo nos ha descrito.

Hubo en palacio otra magnífica fiesta. El egregio poeta Gil Vicente había compuesto un auto alegórico y mitológico para celebrar la boda de la Infanta y desearle toda ventura en su viaje a los Estados de su esposo. El auto se representó en palacio con gran lujo y primor en los adornos y vestimentas de cuantos farsantes figuraron en él.

Nada menos que la Divina Providencia toma las convenientes medidas y lo apercibe todo para que la navegación de la recién desposada sea próspera, decorosa y grata. A este fin llama a Júpiter y le encomienda el asunto. Júpiter entonces convoca y reúne a las divinidades de los mares y de los vientos y con ellas arregla y ordena tan benignamente las cosas que la Infanta puede llegar al puerto de Villafranca, sana, salva y complacida, como llegó en efecto.

El lindo y candoroso auto de Gil Vicente se titulaCortes de Júpiter, y fue muy aplaudido por el noble auditorio. Pero, en medio de los aplausos, no faltaron cortesanos y damas que en voz baja hablasen de un sujeto cuya ausencia no extrañaban aunque hacían sobre ella comentarios, tal vez piadosos, tal vez malignos.

Era este sujeto el trovador Bernardín Riveiro, estimado como nuevo Macías. Nadie ignoraba su audacia, su fervoroso amor a doña Beatriz. Y no pocos creían que ella había correspondido a aquel amor con afecto tan puro como vehemente. Por cierta se daba la desesperación de Bernardín Riveiro al ver que iba a ausentarse el alto objeto de su adoración y de su culto. ¿Dónde habría ido Bernardín Riveiro a ocultar su dolor o más bien a darle en la soledad rienda suelta? Esto se preguntaban los caballeros y las damas, si bien se lo preguntaban como profundo misterio que todos sin embargo sabían. De lo que tal vez se dudaba era de si compartía doña Beatriz la pena del trovador, de si engreída con la pompa nupcial y con su triunfo, no se cuidaba de aquella pena o de si la convertía en su corazón en melancolía suave, en algo a modo de ensueño dulce, triste y vago que la brillante realidad iba desvaneciendo como se desvanece la pálida luz de las estrellas ante el alegre esplendor de la rosada aurora.

Como quiera que fuese, la Infanta doña Beatriz, acompañada de los embajadores, de su esposo y de gran comitiva de damas y de señores ilustres de la primera nobleza de Portugal, partió al fin de Lisboa para Villafranca de Niza. El Rey, su padre, y la señora Reina fueron embarcados hasta el convento de Belén para despedirla. Y de allí zarpó la magnífica armada de dieciocho bajeles, tan poderosos y bien artillados que, como dice Gil Vicente en su auto, no podían menos de hacer temblar al turco.

A poco de la partida de la Infanta doña Beatriz, la corte se fue a Cintra, deliciosa residencia de verano.

Morsamor, como gran forastero, siguió a la corte, acompañado de su doncel Tiburcio.

Aún no hermoseaban a Cintra los espléndidos bosques de camelias que le prestan hoy tan singular atractivo. En la más elevada cumbre de sus montes no resplandecía aún restaurado el castillo que llaman de la Peña, donde el maravilloso ingenio artístico del Rey D. Fernando, consorte de doña María de la Gloria, ha mostrado su inspiración y lucido su inventiva, labrando la piedra con mil primorosos caprichos y dando ser a un extraño monumento arquitectónico que más que de hombres parece vivienda de silfos y de hadas.

Cintra, no obstante, era entonces tan encantadora como en el día. Aquellos cerros, que estriban en el Atlántico y forman el promontorio más occidental de Europa, parecían tener, en edad de tanto predominio y triunfo de los portugueses, un simbólico significado; eran el trono de flores y de perenne verdura, donde había venido a sentarse el Genio de Portugal para derramar luz sobre el Mar Tenebroso, abrir nunca hollados caminos y extender su conocimiento y su dominación por los más apartados países y entre los más diversos pueblos.

Flora y Pales han prodigado sus tesoros en aquellos sitios. Arroyos de agua cristalina fecundan por donde quiera el suelo y dan grata frescura al ambiente, embalsamado por la esencia olorosa de una vegetación exuberante. Árboles lozanos y gigantescos crecen hasta en los más elevados picos, arraigan hasta en las hendiduras de las peñas y forman enramadas y verde bóveda sobre los mil senderos y veredas que cruzan los valles y que serpentean por la falda de los cerros, dibujándose como bordado de oro sobre el florido manto y sobre la mullida alfombra de hierba fresca que por todas partes se extiende.

Además del regio alcázar, ya había entonces en Cintra no pocos palacios y quintas de particulares ricos y no faltaban hospederías donde los extranjeros pudieran albergarse.

Doña Sol y algunas otras damas de palacio habían acompañado a la Reina a Cintra. Natural era que hubiesen acudido allí también los galanes que a estas damas servían.

Algo me incumbe decir aquí de que me pesa por dos razones. Es la primera, que lo que yo diga como historiador verídico redunda quizá en menoscabo, aunque ligero, de la alta opinión que de doña Sol debe tenerse. Y es la segunda que no acierto a decirlo, sin grandes rodeos y perífrasis, a no valerme de términos o vocablos disonantes por su anacronismo.

Nadie ignora en el día lo que significacoquetear. Otro verbo novísimo se va introduciendo ya en nuestro idioma, verbo que no sé bien si expresa la misma acción del coqueteo o si tiene un leve diferente matiz, que se opone a la completa sinonimia.Flirteares el verbo novísimo.

Permítaseme, pues, que, desechando mis escrúpulos morales y lingüísticos, me atreva a declarar aquí que doña Sol era muy inclinada a coquetear o aflirteary que con Morsamor había coqueteado oflirteadomucho.

El anhelo de ser servidas y adoradas es tan poderoso en las mujeres, aun en las más recatadas y honestas, que las mueve a atropellar muchos respetos y a ponerse en ocasión de graves dificultades y compromisos.

Sin duda no fue amor lo que Miguel de Zuheros inspiró a aquella dama: fue sólo sobrada y muy poética estimación de su gallarda apostura, elegancia, bizarría y ameno trato. Pero, al distinguir a Morsamor con inocentes favores, al atraerle con blandas sonrisas y con apenas perceptibles, fugaces y dulces miradas, y al mostrarse con él más conversable y benigna que con los otros hombres, doña Sol hizo que él se engriese y se juzgase correspondido. Doña Sol entonces hubo de asustarse de su poca prudencia, y deseosa sin duda de cortar las alas a los atrevidos pensamientos que ella misma había hecho nacer en el alma de Morsamor, apeló a un recurso, empleado con harta frecuencia, aunque por demás peligroso. Para que Miguel de Zuheros reconociese que no era amor lo que por él sentía, sino gratitud a sus rendimientos y obsequios y cierta vaga e indecisa predilección doña Sol atrajo y cautivó, aunque con menos marcados favores, con menos blandas sonrisas y con miradas menos dulces y más fugaces, a otro caballero de los que en la corte asistían.

El remedio fue peor que la enfermedad. El nuevo galán semi-favorecido fue Pedro Carvallo, hidalgo poco sufrido y en extremo orgulloso por las riquezas y por la fama de valiente soldado que de la India había traído. Pedro Carvallo era además infatigable emprendedor en conquistas amorosas de todo linaje. Con igual ahínco acometía la más fácil como la más difícil empresa, y ya le hemos visto aparecer en esta historia acompañando a la célebre aventurera italiana Donna Olimpia de Belfiore.

Con gusto entró Pedro Carvallo en más arduo y noble empeño. Y sobre el contento y la satisfacción de amor propio que por enamorar a tan bella e ilustre dama se prometía, hubo de prometerse también desbancar y humillar a aquel castellano intruso, a quien sin saber porqué, puede ser que por envidia, había cobrado odio desde que le vio por vez primera.

Pedro Carvallo, no obstante, distó mucho de conseguir su propósito. Doña Sol no le favoreció sino hasta el punto de hacer notar que su afecto hacia Morsamor no era exclusivo, y siguió otorgando a Morsamor favores más marcados y preferencia más clara.

Así acrecentó y emponzoñó doña Sol en el alma de Pedro Carvallo el enojo que Morsamor le Inspiraba. Y como Pedro Carvallo era poco circunspecto y muy jactancioso y no sabía refrenar la lengua, habló en varios sitios y con no pocas personas, contra el aventurero castellano y hasta llegó a decir que le provocaría, le retaría y le daría muerte.

Nadie, por fortuna, llevó a los oídos de Morsamor tales fieros y jactancias. Pero la Reina, con la propia condición de mujer, y más aún de la que vive retraída y desocupada, se complacía en saber todas las intrigas y sucesos, sobrando siempre damas de la servidumbre que se empleasen a porfía en averiguarlos y en contárselos luego.

Pronto, pues, supo la Reina la rivalidad de Pedro Carvallo y de Morsamor, así como las coqueterías de doña Sol que la habían causado. La Reina no tardó entonces en reprender severamente a su dama favorita. Doña Sol se arrepintió, lloró y prometió enmendarse. Hizo examen de conciencia y creyó sacar en limpio del examen que no amaba aunque agradecía; que la habían deleitado y lisonjeado el acatamiento y las finuras amorosas de ambos galanes, pero que no estaba prendada de ninguno de ellos y que sin pena quería y podía despedir al uno y al otro.

Entre tanto, en Cintra no era como en Lisboa. En Cintra no había en palacio grandes fiestas, sino íntimas reuniones.

Morsamor y Pedro Carvallo no eran de los íntimos, no iban a palacio y en balde procuraban acercarse y hablar a doña Sol, a quien sólo veían rara vez y desde lejos.

No por eso desistían ellos de sus pretensiones. Muy pertinaces y tercos eran los dos. La Reina acabó por enfadarse de encontrarlos siempre a su paso cuando salía del alcázar e iba a cualquiera parte. El temor de que sobreviniese un conflicto aumentaba su enfado.

La Reina volvió entonces a reprender a doña Sol y esta alegó que ya no tenía culpa. Y al cabo para mostrar mejor que no la tenía y para lograr que acabasen aquellos obstinados galanteos, concertó con la Reina el medio que le pareció más prudente.

Doña Sol no podía escribir decorosamente a ninguno de los dos galanes ni para despedirlos siquiera. El encargado de todo, por la Reina misma, fue el anciano Duarte de Mendaña, que tenía empleo en palacio y que había sido el que introdujo a Morsamor en la corte, según ya referimos.

Duarte de Mendaña se apresuró a cumplir con su comisión. Visitó primero a Pedro Carvallo, le enteró del enfado de la Reina y en nombre de su Alteza y con pleno y libre consentimiento de doña Sol, le intimó que desistiese de sus pretensiones y persecuciones.

Duarte de Mendaña, más severamente aún y con no menor recato, habló con Morsamor, le robó de parte de doña Sol toda esperanza de ser amado de ella y le exigió que no siguiese pretendiéndola.

Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibió tan mal recado.

Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados los puños, acudió Morsamor a su confidente Tiburcio para desahogarse hablando del caso.

Con entrecortadas y rápidas frases refirió Morsamor a Tiburcio su conversación con Duarte de Mendaña.

Luego añadió Morsamor:

—Ya ves cuán cruel ha sido mi desengaño. Casi me arrepiento de haber querido volver a ser joven. Viejo y retirado del mundo, ni yo me enamoraba de nadie ni nadie me desdeñaba. ¿Qué puedo yo ser en esta nueva vida sino el arrendajo miserable, la mal trazada copia del pobre Bernardín Riveiro?

—Cálmate, Miguel, y no imagines que debes ser copia de original tan menguado y atribulado. Yo topé con él varias veces y me dio lástima y grima el verle. Ya iba cruzando por entre las breñas e internándose en lo más esquivo, ya emulando con las cabras monteses, saltaba por esos vericuetos. Dos o tres veces pasó cerca de mí y me causó horror. Rota y manchada la vestidura y enmarañado el cabello, más parece fiera que hombre. Seguro estoy de que en las venideras edades no han de creer y han de negar los críticos juiciosos estos ridículos desatinos; pero yo los he visto y no puedo negarlos. Bernardín Riveiro, por otro lado, tiene algún fundamento para hacer lo que hace. La Infanta había correspondido a su pasión; le había querido y había dejado de quererle, pues se casó con otro. Tú distas mucho de hallarte en el mismo caso. Ni doña Sol es Infanta, ni doña Sol te ha querido nunca, ni inspirado tú por doña Sol has de escribir églogas, canciones, romances e historias en prosa que te inmortalicen. Dado que le imitases, sólo imitarías a Bernardín Riveiro en lo tonto. Serías la víctima candorosa de ciertas invenciones poéticas, falsas o exageradas, que deleitan mucho en el día, como, por ejemplo, la famosaQuestión de Amor. Indigno de ti y más que ridículo sería que te empeñases en traer a la vida real los ensueños de la fantasía y en convertir las flores retóricas en hechos. Bien está que se diga:

El primer día que os vitan mortal fue mi feridaque en veros quedé sin viday el vivir se vio sin mí.

Y todavía me parece mejor, más alambicado y más agudo, aquello otro que con tintas variantes suele repetirse:

Morir a vivir prefiero;y de tu beldad cautivo,o no vivo porque vivoo muero porque no muero.

No creas que no me deleitan estas y otras coplas parecidas. Son muy ingeniosas. Pero del dicho al hecho, hay gran trecho. Y el Padre Ambrosio tendría una desazón enorme si viese frustrado el buen éxito de su ciencia pasmosa y que no había valido el remozarte sino para que tú hicieses sin razón la parodia de Beltenebros en la Peña pobre. Si es verdad lo que se refiere de D. Enrique de Villena, yo me complazco en esperar que no salga jamás de la redoma a vivir segunda vida para incurrir en las mismas necedades que hizo en la primera. Escarmienta tú en el caso del monje Teófilo, cuya historia nos refirió el poeta Berceo, y escarmienta en otros casos de algunos sujetos que ya se remozaron con el auxilio del demonio y no disparates como ellos disparataron. Considera que tú tendrías menos disculpa, porque no te has dado al demonio como se dieron ellos y porque esta juventud nueva, que te ha caído encima como llovida del cielo, no se debe a Satanás, sino a ciencia y arte muy sanas. Indispensable es, por consiguiente, que tú te conserves sano también, que mires por tu gloria, que aproveches la ocasión que de alcanzarla se te ofrece y que no hagas muchas tonterías. Lícito te será, a mi ver, hacer algunas, por distracción y como de pasada, pero tu mira principal debe ponerse muy alto.

—Tan conforme estoy contigo en lo esencial—dijo Morsamor—que tu sermón es inútil porque predicas a un convertido. Antes que todo y sobre todo yo quiero gloria y harto sabes tú cuan dispuesto y apercibido estoy a buscarla. Concertado lo tengo todo con los ricos mercaderes genoveses Gabriel Adorno y Gaspar Salvago. La gruesa nave que ellos han fletado y con real privilegio han cargado de mercancías nos aguarda ya en Cascaes, pronta a zarpar para la India. Las direcciones náutica y mercantil están encomendadas por dichos mercaderes a un hábil piloto y a un administrador inteligente, pero yo he de ser el verdadero capitán de la nave y el que gobierne y ordene en ella cuanto importe a la defensa de las riquezas que conduce y cuanto sea menester para castigar y arrollar a los enemigos de la fe de Cristo, mahometanos o idólatras, que se atraviesen en nuestro camino. Iremos con la expedición que manda a Oriente el Rey D. Manuel y estaremos a las órdenes de su almirante y de su virrey, pero gozaremos de cierta independencia que yo sabré hacer mayor cuando conviniere. Acaso mañana mismo nos podremos ya dar a la vela. ¿Qué inconveniente hubiera habido en que yo, en vez de salir desdeñado, saliese alentado por el favor de una dama, señora de mis pensamientos, por sus promesas de ser mía cuando yo volviese triunfante y por el anhelo de acometer y dar cima a grandes hazañas para poner a sus pies mis laureles y mis trofeos?

—Bello era tu plan—replicó Tiburcio—pero de falsa y vana belleza. Un gran propósito se empequeñece cuando se subordina a fin pequeño. Por la patria a que perteneces, por la raza de hombres, cuya religión, cultura y lenguaje sostienes y defiendes, por amor de todo el humano linaje, por el afán de lograr altos fines a que puedes creerte como fadado y predestinado, comprendo que no haya empresa a que no te aventures; comprendo que todas ellas sean sublimes por la elevación del término que tú les busques. Pero, si todo se hace por lisonjear la vanidad de una dama, todo será también vanidad y lisonja, y nada serio habrá en ello ni digno de varón discreto y prudente. Extraños fueron a los sandios enamoramientos que tú fantaseas los héroes sanos de cuerpo y de alma que hubo en las antiguas edades. Y si por acaso caía alguno de ellos en sandez por el estilo era para su vencimiento y vergonzosa desventura. Sírvante de lección la vida y los amores de Marco Antonio y Cleopatra, que habrás leído o habrás oído referir a personas doctas.

—Juiciosa es la doctrina que expones—interpuso Miguel de Zuheros—. No atino contradecirla ni a disputar contigo. El corazón, no obstante, puede más que la cabeza. Y no bastan todas tus reflexiones, que hago mías, para que deje yo de lamentar la pérdida de la ilusión que me había forjado: que el recuerdo de doña Sol fuese como la estrella que me guiase en mis peregrinaciones, y que mi amor y mi esperanza de ser amado me prestasen aliento para dar cima a las proezas más altas. Te confieso que la pérdida de esta ilusión me tiene harto triste, aunque me esfuerzo para no estarlo.

—Bueno será—dijo Tiburcio—que sacudas de ti esa melancolía. El abatimiento y la tristeza enervan a los hombres y los incapacitan para todo. Menester es que tu ánimo se regocije. No se riegan con lágrimas los laureles. La alegría es quien mejor cuida de ellos y hace que florezcan lozanos.

De acuerdo con lo ya expuesto, el previsor y hábil Tiburcio lo preparó todo de la manera más conveniente, para que la partida de Morsamor no fuese con lágrimas humillantes y amargas, como nacidas de desdenes, sino con alegría, y hasta con cierto estrépito y alborozo según a un héroe y futuro conquistador correspondía y cuadraba.

Tiburcio era un hurón para descubrir y acosar su presa, por muy borrado que el rastro quedase en la pista y por muy oculta que fuese la madriguera.

No acertaremos a explicar con qué arte diabólico Tiburcio había averiguado que al anochecer del día anterior dos gentiles damas, conocidas suyas, habían llegado a Cintra muy recatadamente, y habían ido a instalarse en una hermosa casa de campo que allí poseían los señores Adorno y Salvago.

La casa estaba lejos de la población, en lugar retirado y esquivo, más allá de la sombría quinta que fue más tarde de D. Juan de Castro, y en amenísimo valle, camino de Colares.

Los genoveses, viudo el uno y solterón el otro, aunque eran ambos de edad provecta, enemigos del escándalo y muy inclinados a la devoción, gustaban de echar de vez en cuando una cana al aire, sin perder su grave circunspección y con la debida cautela. En aquellos días, estaban afanadísimos con los preparativos y el embarque de víveres y de otros bastimentos que por contrata debían hacer y que hacían para la salida de la flota.

No bien esta se diese a la vela, se proponían ellos reposar de sus fatigas y recrearse y holgarse en su retiro campestre, con un idilio delicioso y bien concertado. A este fin, enviaron por delante, para que lo tuviesen todo dispuesto y los aguardasen nada menos que a donna Olimpia de Belfiore y a su compañera Teletusa. Ambas, se comprometieron con gusto y fueron a esta excursión.

Donna Olimpia era muy singular mujer por todos estilos. Se preciaba de bien nacida, de leal en sus tratos, de fiel a sus compromisos y de tener una conciencia tan escrupulosa y estrecha, cuanto su profesión consentía.

Jactábase donna Olimpia de la nobleza de su cuna, procuraba hacer creer que era su familia del patriciado de Venecia y que figuraba en elLibro de oro, y aun llegaba a afirmar en ocasiones que en el Tribunal de los Díez se había sentado un tío suyo.

Años atrás, donna Olimpia había figurado con brillo en los saraos de la bella Imperia, Aspacia del siglo de León X, como la cortesana de Mileto lo había sido del de Pericles. Donna Olimpia, satélite ya de un astro tan refulgente, acaso hubiera llegado a igualarse con dicho astro, si su desatentada afición a correr mundo y ver tierras extrañas no lo hubiese estorbado. Era tal afición, que Pedro Aretino, autor de la preciosa historia deLa p... errante, pensó con insistencia en tomar a donna Olimpia por modelo, para dotar su historia de una segunda parte más variada y peregrina. Acaso impidió que dicho propósito se realizase la repentina muerte de Pedro Aretino, el cual, según aseguran, aunque donna Olimpia, que era muy su amiga, lo negaba como calumniosa patraña, murió de risa, al oír contar los embustes, embelecos y travesuras de una hermana suya, famosa por sus devaneos.

Como quiera que fuese, donna Olimpia, según hemos dicho, tenía la conciencia muy estrecha y jamás faltaba a sus compromisos, a no ser sorprendida por irrupciones y agresiones inesperadas y violentas.

Había, sin embargo, quien la acusase de que una vieja, llamada la señora Claudia, que iba siempre en su compañía como aya o como dueña, solía preparar dichas irrupciones y agresiones. A lo que parece, la señora Claudia había caído en aquellos días del favor de su ama, suplantándola Teletusa que se había apoderado de su voluntad por completo.

Empleado Morsamor en sus rendimientos y obsequios a doña Sol, no había vuelto a ver y apenas había recordado a donna Olimpia, desde que la vio salir de Belén el día del Rey: pero donna Olimpia, aunque distraída y empleada también a su manera, nunca había dejado de recordar a Morsamor desde entonces, porque le hizo impresión viva y profunda y porque daba por cierto que en toda nuestra península no había ni podía haber galán más apuesto y hermoso, ni más gallardo y gentil hombre.

Tiburcio que, libre de amores platónicos, privaba tiempo hacía con Teletusa, sabía por ella el buen concepto que donna Olimpia tenía de su amigo y la inclinación que hacia él le llevaba.

Aquella tarde vio Tiburcio a Teletusa, y juntos concertaron un plan muy alegre y una grata sorpresa para donna Olimpia.

A la hora de ánimas, Miguel y Tiburcio cenaron juntos en su posada, y ya solos y de sobremesa, con la regocijada confianza que el haber comido y bebido bien inspiran, Tiburcio expuso a Morsamor lo sustancial de su plan, venció su repugnancia y logró que le aceptase para desechar melancolías y para consolarse de los desdenes y sobreponerse a la altivez de la noble amiga de la Reina.

Para no dar tiempo a que Morsamor lo reflexionase y se arrepintiese, Tiburcio le condujo enseguida a la casa de campo donde las dos ninfas vivían.

A un silbido de Tiburcio, que era la convenida señal, Teletusa, que estaba aguardando, abrió sin ruido la puertecilla falsa del jardín, y guiándolos por lo más umbrío de la frondosa espesura, los introdujo en la casa, subió con ellos la escalera, atravesó corredores y salas, y vino a parar a amplio dormitorio escasamente alumbrado por tres velas de cera, puestas en un candelabro de plata, sobre una mesa que estaba en el centro de la estancia. Teletusa que tenía a Morsamor de la mano, le dijo entonces con voz dulce y sumisa:

—Quedaos aquí, señor Morsamor, que pronto vendrá quien os alegre y se alegre de veros.

Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestación o pregunta, desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo.

Solo ya, recapacitó Morsamor sobre lo que había hecho y casi se arrepintió y se afligió de su viciosa ligereza. Indigno del héroe que él anhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballerías: entrar con engañoso recato en casa ajena como ladrón astuto, y todo para alcanzar los venales y fáciles favores de una cortesana.

Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la impaciencia crecía en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propósitos de su doncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes, como ligero y hasta cínico cuando se trataba de otra clase de locuras.

Contrariado Morsamor, se sentó en una silla en el rincón más obscuro de la estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que había en ella.

En medio de sus cavilaciones, oyó o creyó oír de súbito voces y carcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en que estaba él. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sería, pero movido de recelosa curiosidad, intentó Morsamor ir adonde sonaba el ruido a fin de enterarse de todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuando por el lado contrario, se abrió una puertecilla, penetró por ella un bulto y Morsamor oyó una voz varonil que decía:

—¡Voto a los demonios todos del infierno! ¡Olimpia! ¡Olimpia! ¿Estás ahí? Al fin, tropezando en la obscuridad y dándome de calabazadas contra las paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita vieja Claudia me dejó solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volver y yo me cansé y he venido sin guía. Aquí estoy, Olimpia.

Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previó las fatales consecuencias que podía tener aquel encuentro, Morsamor se adelantó hacia el personaje que había entrado y le dijo:

—Mucho lamento, señor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujías os da de lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos reúna aquí donde y cuando los dos esperábamos encuentro más grato y suave.

Era Pedro Carvallo, el hombre de más violento carácter y más iracundo que hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era además su encono contra Morsamor, primero por natural antipatía, y después por su rivalidad en amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto modo había sido harto más favorecido.

Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y le replicó de esta suerte:

—Mi encuentro contigo, no será ni quiero que sea suave, pero me será grato. Tiempo ha, que me tienta el demonio con el prurito de matarte, y ahora me ofrece la ocasión más propicia. ¡Defiéndete, miserable!

Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia adelantándose hacia Morsamor.

Este, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún excusar un lance que le parecía poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:

—Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruin fundamento tendrían nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotros dos en esta casa extraña, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa sería la victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término de quien aquí quedase muerto o herido.

—La poca vergüenza—contestó Pedro Carvallo feroz y groseramente—es la de esas viles palabras con que tratáis de disimular vuestra cobardía. Defendeos o mataros he como a un perro.

Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.

Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con inaudita destreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darle muerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sin arte del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, por eso mismo, consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha con aquel energúmeno, ciego por el rencor y la soberbia.

La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo, aunque inhábil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, que los quites de Morsamor tenían que ser también muy violentos. En uno de estos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de su contrario, que le derribó por tierra la espada.

Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera a armarse. Y ya Pedro Carvallo había recogido la espada; y sin tener en cuenta en su furiosa locura la magnanimidad de Morsamor, se disponía de nuevo a embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido el cuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos.

Donna Olimpia,

In tutto il vezzo, della sua persona,

le tenía asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo:

—¡O gioja ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!

Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana, fueron acompañadas de un diluvio de improperios y de blasfemias, que salían de la boca de Pedro Carvallo, haciéndole coro con risotadas alegres Teletusa y Tiburcio.

Pedro Carvallo sólo podía herir ya con la lengua. Dos robustos y estupendos rufianes le tenían bien cogido entre sus enormes manazas fuertes como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de reír, le ataban de pies y manos con suma destreza y valiéndose de lienzos retorcidos a falta de cuerdas que por allí no había.

—¡Matadme o soltadme para que le mate!—gritaba Pedro Carvallo.

Y Tiburcio respondía riendo siempre:

—Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamos por caridad y para que no mueras.

Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pensó y propuso ponerle una mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia y con voz imperiosa dijo:

—Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela. Que pasen allí la noche. Ya veremos cómo sin peligro ni escándalo se les da suelta cuando sea de día.

Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia, y que ella traía siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a los insolentes, sobre todo, cuando eranspiantati, oído el mandato de su señora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desván con delicadeza y esmero cuidadoso.

Donna Olimpia así lo recomendaba diciendo:

—Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta podéis desatarle las manos cuando esté en el desván y llevarle de comer y de beber y un colchón para que duerma.

Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:

—Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os ha causado el venir a verme. No hubo en ello la menor culpa mía. Toda la culpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse más que a su propia codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de Teletusa y de mí, cuando menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen en Cintra los señores Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambos furtivamente. Dejó solo a Carvallo para que aguardase por un momento su vuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallábase allí vuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla. Buen doncel y consejero tenéis en él. Si la imaginación humana fuese tan viva y creadora en nuestros días como lo fue en la antigua Grecia, yo me daría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó y guió a Telémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así os acompaña y guía al presente bajo la figura de un garzón barbilindo, disfraz más adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo. Pero dejando a un lado alabanzas, diré en cifra y resumen, que Acevedo, lo mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y que prevenidos a tiempo mis dos escuderos, que andan siempre alerta y ojo avizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio desenvainasen las espadas, se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de Teletusa y de vuestro doncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja Claudia y traspusieron con ellos al desván, donde se los encontrará el Sr. Carvallo cuando allí llegue. La algazara promovida por estos sucesos que atrajo al cuarto de Teletusa en donde ocurrían. Tal ha sido la causa de mi tardanza en venir por aquí, donde algún indicio leve tenía yo de que tan dulce bien me aguardaba. Por dicha, y merced a vuestra destreza, serenidad y generosa sangre fría, todos hemos llegado a tiempo de evitar una tragedia.

—Y ya que no la hubo—dijo Teletusa—celebrémoslo bebiendo un trago a la salud de los amos de esta casa que no tienen mal provista la despensa. No os propongo que cenéis, porque no tendréis gana. Tal vez habréis cenado ya. Siempre, no obstante, habrá quedado lugar para un bocadillo de algo picante y salado que sea despertador de la sed. Las dos criadas de esta casa van a serviros al punto en esta misma mesa.

En efecto, salió Teletusa y a poco volvió, riendo, brincando y bailando, con un gran plato levantado en alto en sus manos como si representase a Herodias.

—No os asustéis—exclamó—que no os traigo la cabeza de Juan, sino la de un jabalí, rellena de verdes alfónsigos y de lengua y lomo con mucha sal, pimienta y otros aliños. Estas manos, que se ha de comer la tierra, lo han condimentado todo. Estoy orgullosa de mi habilidad culinaria. Ha sido mi tarea del día de hoy.

—Bien puedes decir como Tito—interpuso donna Olimpia—que no has perdido tu día.

—¿Lo oyes, Tiburcio? Llámame tu Tita que es más breve y más dulce que tu Teletusa.

Y diciendo esto, puso sobre la mesa el plato con la cabeza de jabalí.

Las dos criadas, que entraron en pos de ella, colocaron también sobre la mesa blanco pan, anchas copas y sendos y grandes jarros.

Señalándolos Teletusa con el dedo, habló así:

—Este es vino rancio y seco de Chipre, néctar exquisito, consagrado a Venus, cuya fue aquella isla, allá en las edades felices en que vivieron y reinaron las diosas entre los mortales. Este otro es moscatel de Siracusa, vino del que se embriagaba el Cíclope para consolarse de los desdenes de Galatea, con el que Arquímedes se inspiraba para sus más raras invenciones y del que siempre bebía Teócrito antes de componer sus idilios. No os pasméis, señores, de mi notable erudición. No en balde soy la discípula predilecta de donna Olimpia. De tal palo tal astilla, como suele decirse.

Donna Olimpia y Tiburcio aplaudieron a Teletusa. Y Morsamor, algo pensativo aún y no muy conforme con que todo aquello se aviniese bien con su papel de héroe, empezó a rendirse y a contagiarse del regocijo harto profano que allí reinaba. Morsamor se sintió ebrio antes de beber el vino.

—Que mis escuderos vuelvan aquí también—dijo donna Olimpia—para que coman y beban patriarcalmente con nosotros, que bien lo merecen después del primor con que se han conducido.

—Y vaya si lo merecen—dijo Teletusa—. ¡Hola! Asmodeo y Belcebú, acudid a beber y a regocijaros. Y vosotros, señores Morsamor y Tiburcio, no os maravilléis ni asustéis de los fingidos nombres que damos a estos dos galanes (y como ya habían entrado los señalaba), porque sus nombres verdaderos se guardan para mayores cosas. Ambos son de noble prosapia y aun creo que algo parientes de donna Olimpia.

—No hay duda en ello—interpuso esta—. Nuestro parentesco es evidente aunque remoto. Soy prima quinta de Belcebú y sexta de Asmodeo.

—Pues que sea enhorabuena—dijo Morsamor, desechando escrúpulos, echado a rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principal en la orgía que hubo de seguirse.

Resbaladizo y difícil sería describir aquí lo que allí ocurrió después. La cabeza de jabalí casi desapareció. Los dos enormes jarros quedaron vacíos. A las risas, a los brincos y a los cantares, con que se animó la cena, sucedió profundo silencio. Tiburcio y Teletusa se fueron por un lado. Asmodeo y Belcebú, por otro.

Sólo la tenue luz de una lámpara velada por el vaso de alabastro en que ardía iluminó la estancia tranquila, hasta que rayó el alba y sus resplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta a causa del calor del estío, penetrando también fresco y manso vientecillo, impregnado de aromas de mil flores, y el gorjeo de los pájaros que cantaban en la enramada y saludaban el día naciente. Poco más tarde, en la gran sala de la quinta, aparecieron Morsamor y Tiburcio, donna Olimpia y Teletusa y los dos formidables escuderos. Todos se movían y se afanaban como en el momento que precede a un largo viaje.

Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y habían resuelto acompañar a Morsamor y a Tiburcio al extremo Oriente. Los hijos de Lusitania no se les habían mostrado pródigos de los tesoros que de allá venían y así determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance, además, de la noche anterior podría acarrearles no pocas desazones, sobre todo cuando las abandonaran sus dos triunfantes amigos.

Donna Olimpia había expresado su resolución del modo más terminante.

—Os seguiremos—había dicho—y os seremos fieles. Unidos, conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos en amazonas. Teletusa será Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estaré contigo, Morsamor, hasta que se harte de mí tu alma. Sólo entonces, y si acertamos a dar con el verdadero y legítimo Preste Juan, que tantos han buscado en balde hasta ahora, yo le rendiré, le cautivaré, me sentaré en su trono y vendré a ser la Papisa Juana del Oriente.

Teletusa, Tiburcio y los dos jaques, holgaron mucho de oír este razonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas.

Allá en su interior, todo aquello repugnaba no poco a Miguel de Zuheros; pero cierto vehemente atractivo de amor vicioso luchaba con la repugnancia y la vencía. Morsamor no quiso o no se atrevió a rechazar los propósitos y ofrecimientos de donna Olimpia.

Dichos propósitos se cumplieron.

Apenas despuntó el día, acudieron a la puerta de la quinta dos criados de Morsamor y Tiburcio con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa, auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y embaularon sus alhajas, vestidos y demás prendas.

Todo esto, así como las mismas damas y sus escuderos, habían de viajar en mulas que los genoveses tenían en la caballeriza y de las que se dispuso como de bienes mostrencos. Y no mucho después, antes de que el sol apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron en marcha, formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes.

La llave del desván quedó en poder de las sirvientas de los señores Adorno y Salvago, para que pusiesen en franquía a la vieja Claudia y a los señores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de haber salido de la quinta Morsamor y su acompañamiento.

La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y él podía tripularla a su antojo. Con holgura, pues, instaló en ella a su gente. Y aquel mismo día, antes de que el sol rayase en lo más alto del cielo,

Yá no largo Oceano navegavam,As inquietas ondas apartando:Os ventos brandamente respiravam,Das naos as velas concavas inchando.

Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar como nacidas: como si fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se sentía también más a gusto que en tierra, lleno de esperanzas y forjando en su mente los más audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio eran de maravillar sus conocimientos náuticos, su alegre humor y su útil actividad a bordo. Por la traza seguía pareciendo mancebo de menos de veinte años, mas por las acciones podría suponérsele viejo y experimentado navegante. Así se lo decía Lorenzo Fréitas, piloto de la nave, que tenía más de sesenta años, que había navegado mucho y que había hecho ya otros dos viajes de ida y vuelta a la India.

Pronto Lorenzo Fréitas trabó amistad íntima con Tiburcio y se ganó el afecto y la confianza de Morsamor y de las damas aventureras.

Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero franciscano, cuyo nombre era Fray Juan de Santarén. Grandísima gana llevaba este de difundir la luz del Evangelio, de convertir idólatras y mahometanos y de bautizarlos a centenares. No se oponía todo ello a que Fray Juan, reservando la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese por lo pronto jocoso y alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y a tratarse bien para sufrir más tarde las fatigas del apostolado, y harto propenso a contar chascarrillos y a decir chirigotas, que no siempre despuntaban por su urbanidad y delicadeza.

Como cielo y mar estaban serenos y el viento era próspero, el viaje iba haciéndose con felicidad y prontitud.

Al subir una mañana sobre cubierta, nuestros seis principales personajes se extasiaron admirando el azul transparente de las aguas, rizadas apenas por el soplo de la brisa, donde se reflejaban el más claro azul del cielo y las ligeras nubes, que parecían de nácar, purpura y oro. La luz del sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rieles luminosos y se diría que penetraba por curiosidad en el seno transparente del agua para iluminar las grutas y los alcázares submarinos que allí se esconden.

La costa europea había quedado lejos. Sólo mar y cielo se hubiera visto, sino apareciese ante los ojos encantados de los de la nave, no lejos de ella y en medio del piélago azul, algo a modo de ingente y precioso canastillo de flores y verdura, que parecía flotar sobre la superficie del Atlántico. Mil lozanos y frondosos árboles subían hasta la cima del cerro que en el centro de la isla se alzaba, como ramillete en forma de piña, en cuya punta, destacándose sobre el limpio fondo del aire, resplandecía un blanco santuario de la Virgen, dorado ya por los casi horizontales rayos del sol naciente.

—Esa—dijo Lorenzo Fréitas a nuestros cuatro aventureros—es la isla de Madera, descubierta por Juan Gonzalves y Tristán Vaz en tiempo del glorioso Infante Don Enrique, instigador y fundador de nuestras grandes empresas marítimas, hoy tan en auge.

A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre cubierta y bajo un toldo, se desayunaron aquel día Miguel y Tiburcio, ambas damas, el misionero Fray Juan y el viejo piloto.

No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros. Pasaremos de largo cuando nada les ocurra de singular y memorable. Si ahora nos detenemos aquí es por considerar que, durante aquel desayuno, todos estuvieron expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantes a la narración que vamos haciendo.

Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una mesa redonda, tenía algo de exótico para los europeos de entonces, porque bebieron en hondas tazas, mezclada con leche y azúcar, una infusión de cierta hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traía a Portugal de los remotos reinos del Catay, que están mucho más allá del Indo y del Ganges.

—Larga y penosa—dijo Miguel de Zuheros—va a ser nuestra navegación hasta llegar a las regiones del extremo Oriente. Enorme es el rodeo que tenemos que dar, bajando hasta el Cabo de las Tormentas, hoy de Buena Esperanza, que Bartolomé Díaz dobló por vez primera. Pasman el esfuerzo constante y el secular empeño, primero del Infante Don Enrique y después de sus sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que han conseguido.

—Con menos tiempo y trabajo—repuso donna Olimpia—me parece a mí que, si mis compatriotas los venecianos se hubiesen puesto de acuerdo con árabes y turcos y con el Soldan de Babilonia y con el de Egipto, tal vez hubieran podido abrir algún ancho canal por donde sin tantos rodeos hubieran pasado sus naves del mar Mediterráneo al mar Rojo, encaminándose luego por allí hasta más allá de Trapobana, a Cipango y al remoto país de los seras. El pensamiento de abrir ese canal no es cosa nueva. Ya le tuvieron algunos Faraones, y sin duda le tuvieron también Salomón e Hiran rey de Tiro, cuando unidos en estrecha alianza enviaban sus flotas a Ofir, de donde volvían cargadas de riquezas. Si tal pensamiento se hubiera realizado no hubieran perdido Venecia y toda Italia la supremacía en la navegación y en el comercio, y el poder que consigo trae y que hoy tienen los portugueses.

Fray Juan de Santarén tomó parte en la conversación y exclamó:

—Lo que menos importa al bien de la cristiandad y del humano linaje es que decaigan Venecia y otros Estados de Italia a causa de los descubrimientos y conquistas de los portugueses. Más alto es el fin que estos han tenido y han de tener en lo futuro. No van los de mi nación a despojar en Oriente a los venecianos: van a que la religión de Cristo prevalezca allí sobre la de Mahoma: van a quebrantar allí el poderío de turcos, árabes y persas; y van, por último, a despertar del hondo sueño de muchos siglos a las dormidas naciones orientales, que aletargadas e inertes yacen en el seno letal de la idolatría.

—Todo eso, estará muy bien—interrumpió Tiburcio, riendo como tenía de costumbre—. Pero ¿a qué tanto rodeo? ¿A qué ir por tan extraviado camino hasta el extremo Sur de África? ¿A qué dejar atrás misterioso e inexplorado, este continente enorme, en cuyo centro, que nos fingimos abrasado, acaso esté el Paraíso que perdieron nuestros primeros padres? ¿A qué, en fin, dar tan desaforada vuelta y buscar el bien tan lejos, cuando le tenemos cercano?

El piloto Lorenzo Fréitas, aunque sospechaba que Tiburcio no hablaba con seriedad, sino para embromarlos, se enojó y no quiso consentir que ni en broma se tildara de poco razonable la gloriosa y secular empresa de los portugueses, y habló así en su defensa:

—No es sólo la codicia mercantil la que nos ha llevado a la India, no es sólo el deseo de sobreponernos a la Señoría del Adriático, ni es sólo tampoco el afán de vencer al Islam, buscándole en la fuente misma de su mayor riqueza y despojándole de sus ocultos tesoros, lo que movió al Infante Don Enrique y ha movido después a sus sucesores a hacer cuanto han hecho. Mil veces más elevadas eran y son sus miras. Noble curiosidad nos impulsó y nos impulsa. Anhelamos desgarrar el velo en que Naturaleza se envuelve aún y se encubre a nuestros ojos mortales. Y hemos aspirado y aspiramos todavía a que, así como se nos reveló el misterio del Mar Tenebroso, por la persistente violencia que sobre él ejercimos, se nos revelen también la magnitud y estructura de la tierra, y después todo el artificio y la máquina del Universo, con las leyes de su movimiento y vida.

—En verdad—dijo Fray Juan de Santarén—el señor Fréitas tiene razón que le sobra. Hay un enigma de la mayor transcendencia, no resuelto aún, que trae sin sosiego a cuantos hombres piensan y discurren en el día.

—Años ha, siendo yo muy mozo y reinando Don Juan II—interrumpió entonces Lorenzo Fréitas—aportó a Lisboa un genovés muy presumido y soberbio que estaba al servicio de Castilla y se llamaba Cristóbal Colón. A ser cierto lo que él imaginaba y afirmaba, el enigma se hubiera explicado y dejado de serlo. Aquel hombre audaz, fiado en sentencias e insinuaciones de antiguos sabios griegos, y singularmente de Aristóteles, había ido en busca de la India navegando hacia Occidente, y casi creía haberla hallado y se jactaba de ello. Había aportado a grandes y fértiles islas, y poco más allá casi daba por seguro que debían de estar Cipango y otros países visitados por Marco Polo. Se jactó también Colón de haber descubierto extensa costa al parecer de un gran continente, y supuso que aquello era el extremo oriental del Asia, y que más al Norte estaba el Catay, y la India más al Mediodía. A punto estuvo de costarle la vida esta jactancia, porque algunos señores de la corte, muy poco sufridos, creyeron lo que aseguraba y recelando que así el rey de Castilla iba antes y por camino más corto a llegar a la India, donde todavía no habían llegado los portugueses, decidieron provocar a Colón, y como era poco sufrido reñir con él y darle muerte, con lo cual su descubrimiento quedaría para Portugal y no aprovecharía a los castellanos. Por dicha, los mencionados señores expusieron su proyecto al Rey Don Juan II, apellidado con razón el Príncipe Perfecto, el cual, aunque vehementísimo en su cólera y de ímpetus tan vitandos que mataba a puñaladas a quien juzgaba que le ofendía, sin excluir al hermano de su mujer, reflexivamente era tan recto, tan temeroso de Dios y tan buen Católico, que rechazó el plan, indignado. Colón pudo pues volver a Castilla a lucir su descubrimiento y a que los reyes Don Fernando y Doña Isabel le aprovechasen. Suscitó esto, no obstante, recelos y diferencias entre los soberanos de España; pero pronto se arregló todo por virtud de aquella línea, que tiraron idealmente desde un Polo a otro, dividiéndose así las tierras y los mares apenas explorados y los que pudieran explorarse en lo venidero. El Padre Santo sancionó el convenio con el poder y la autoridad de que goza como Vicario de Cristo. Pocos años después, enviado por el rey Don Manuel, llegó a Malabar Vasco de Gama, Tristán de Acuña, el grande Albuquerque y otros héroes de Lusitania dilataron nuestro dominio y nuestra gloria por el Oriente. Y los castellanos en tanto llenos de noble emulación, hicieron nuevas conquistas y descubrimientos en aquellas tierras occidentales a donde Colón había llegado por vez primera y que por su magnitud merecieron llamarse Nuevo Mundo. Según las últimas noticias que yo tengo, un extremeño, cuyo nombre es Hernán Cortés, ha surcado el mar, ha pasado por medio de vastos territorios y ha llegado a la capital populosa de un bárbaro y desconocido Imperio, del que está a punto de enseñorearse. Todavía pretenden algunos que este Imperio, donde Hernán Cortés ha entrado a saco, está al Sur del Catay y al Norte de la India. De aquí presumo yo que está aclarado el enigma, que hay antípodas y que es evidente la redondez de la tierra.

—Poquito a poco, señor Fréitas—replicó Tiburcio—. Las cosas distan mucho de ser tan claras. Yo tengo noticias más recientes que invalidan lo que el señor Fréitas dice. Otro castellano, no menos valiente aunque menos venturoso que Hernán Cortés, un tal Vasco Núñez de Balboa ha cruzado ese continente por una región en que es muy estrecho; ha salvado altas montañas y ha descubierto más allá un mar extensísimo que tiene toda la traza de dilatarse más que el mar de Atlante. El enigma queda por consiguiente en pie en toda su obscuridad misteriosa. Posible será que los castellanos, navegando siempre hacia el Occidente por ese mar recién descubierto se alejen cada vez más de la India. Y posible será que los portugueses yendo siempre en dirección contraria a la que el sol sigue, no aporten jamás a las regiones visitadas ya por Colón, Cortés y Balboa.

—Ya sabía yo—dijo Morsamor—que ese Balboa de que habla Tiburcio había descubierto un gran mar al otro lado del mundo de Colón, entrando en sus aguas con la espada desnuda en la diestra y enseñoreándose de él en nombre del César Carlos V. Esto complica y retarda la resolución del problema, pero no me induce a creer que la resolución sea otra de la que yo pensaba. Para mí es evidente la forma esférica o casi esférica de la tierra. A la extremidad de ese mar han de estar Cipango, el Catay y la India. Lo difícil ahora ha de ser para el que navegue hacia el Occidente hallar el término de ese valladar o hallar un canal o estrecho, por donde se pase del mar del Atlante a ese otro mar de Balboa. El que esto logre y tenga además valor y fortuna para surcar el nuevo mar desconocido, aportará sin duda a la India y podrá luego dar la vuelta al mundo en que vivimos. Y el que navegue hacia Oriente, como navegaremos nosotros cuando salvemos el obstáculo que África nos opone, podrá volver también a su patria por opuesto camino si encuentra modo de salvar el valladar que el Nuevo Mundo de Colón le ofrece. Yo os confieso, señores, que la ambición me induce a señalarme en la India en empresas guerreras, pero como no cuento con muchos soldados para eclipsar allí las hazañas de Alejandro de Macedonia, preferiría yo sin estrago y sin sangre emprender y llevar a cabo un propósito que me daría gloria nueva y sin rival entre los seres nacidos de mujer: la gloria de circunnavegar este planeta. Así probaría yo experimentalmente que no es enorme disco, suspendido en el éter y asido por eje de diamante a las cristalinas esferas que giran en torno suyo sobre dicho eje con arrebatada y pasmosa armonía. Así aduciría yo razones y pruebas a los que pretenden que nuestra tierra no es el centro del Universo, sino astro pequeño y opaco, que va rodando en torno del sol, como Venus, Marte, Saturno y otros planetas.

—Atrevida es la tal suposición—dijo Fray Juan de Santarén—pero ni en Coimbra ni en Salamanca faltan doctores que la tienen por probable y aun por casi demostrada, respondiendo a los que tratan de invalidarla por mal entendidas sentencias de las Sagradas Escrituras, con aquellas célebres frases de Francisco de Villalobos, médico de la Reina Católica: los que acuden a la religión en asuntos de ciencias naturales son como los delincuentes que buscan en la iglesia un asilo.

—También en Italia—añadió donna Olimpia—anda desde hace años muy válida la opinión de que no es la tierra, sino el sol quien está en el centro; y ya, en mi primera mocedad, conocí yo y traté en Roma a cierto doctor polaco, cuyo nombre era Nicolás Copérnico, que enseñaba dicho sistema y andaba muy afanado componiendo un libro, que pensaba dedicar al Papa, sobre las revoluciones de los orbes celestes. No sería impío ni herético tal sistema cuando con semejante dedicatoria intentaba su autor santificar el libro que le defendiese.

—Así podrá ser—dijo Tiburcio—. Nadie, sin embargo, logrará quitarme de la cabeza un endiablado razonamiento que agua o mejor diré envenena el gozo de esta invención. Por ella resulta degradado y hasta envilecido este mundo en que habitamos. No es ya el centro y objeto principal de la creación entera para cuya iluminación, regocijo y deleite salieron de la nada el sol, la luna y todas las estrellas. Nuestro globo queda reducido a un astro opaco, pequeñuelo y hasta deforme que gira como otros muchos planetas más grandes y más hermosos que él, perdido en la inmensidad del éter. ¿Qué será de nuestra preeminencia sobre las demás criaturas; qué de la dignidad humana, si tal suposición llega a demostrarse por completo?

Morsamor, que coincidía por lo común con las opiniones de su joven amigo y se complacía en aceptar su parecer y su consejo, estaba en aquella ocasión tan poseído del parecer contrario y tan lleno de la fe y de la esperanza de contribuir a la demostración de su verdad, que encarándose con Tiburcio, exclamó con enojo:

—Sin duda tendrías razón si por lo material aspirase el hombre al principado y si su valer se midiese por varas o se pesase por arrobas. Pero como el gran ser del hombre es por el espíritu, lo mismo importa para que le conserve que tenga su vivienda corporal en el centro del Universo o en el más ruin y esquivo lugar de las profundidades del éter. Donde quiera que mi espíritu se halle, allí estará, allí creará el centro de todo; y en la capacidad inmensa de su entender encerrará cuantos seres existen y pueden existir, y comprendiendo sus leyes, será como si se las impusiera, porque si Dios está en todas partes, más esencialmente está en el alma humana. Y así el alma humana, si procura estar conforme con Dios y unirse con Dios, sólo será inferior a Dios mismo y no a los habitantes de otros mundos, dado que tales habitantes haya. Podrán ser más corpulentos, podrán tener sentidos más variados y perspicaces, pero la ley moral y los primeros principios absolutos, raíz de todo saber, y el amor inextinguible de lo infinito que sólo en lo infinito se aquieta, en nadie podrán asistir con mayor energía y virtud creadora que en el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.


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